16463 (12-03-01)

2001

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso Nº 16463  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                                     Magistrado Ponente   

                                     Dr. JORGE ANIBAL GOMEZ GALLEGO   

                                     Aprobado Acta Nro. 37   

          Bogotá D.C., doce de marzo de dos mil uno.   

  VISTOS  

          Se  pronuncia  la Sala acerca de la admisibilidad de las demandas de  casación  formuladas por los defensores de JUAN CARLOS  RAMÍREZ   REYES   y  CARLOS  ANDRÉS   GONZÁLEZ   BELTRÁN,  contra  la  sentencia  proferida  por  el  Tribunal  Superior  de  Ibagué  el  18  de  marzo  de 1999,  confirmatoria  de  la  que  dictara  el  Juez  2º Penal del Circuito de Melgar,  Tolima,  y  por  cuyo medio se condenó a los procesados en calidad de coautores  del   delito   de  homicidio  agravado  perpetrado  en  Hoover  Laín  Saavedra,  imponiéndole  al  primero  de los nombrados la pena privativa de la libertad de  40  años  de  prisión,  y  al  segundo 41 años, este último a quien en causa  acumulada   también   halló   responsable   de   la   ilicitud   de   fuga  de  presos.   

  HECHOS  Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

          En  el paraje “Piedecuesta”, sobre la vía que de Melgar conduce  a  Icononzo,  Tolima, fue hallado en la madrugada del día 9 de enero de 1995 el  cadáver  de Hoover Laín Saavedra, quien presentaba herida de proyectil de arma  de fuego en región temporal derecha.   

          Realizado  el levantamiento del cadáver y emprendidas las pesquisas  tendientes  a  dar  con  los autores del hecho, pronto se supo que poco antes de  aquel  hallazgo,  a  la  víctima  se  le  vio deambular el día anterior por el  centro    Melgar    con    dos    jóvenes   identificados   como   CARLOS   ANDRÉS   GONZÁLEZ   BELTRÁN  y  JUAN  CARLOS  RAMÍREZ REYES.   

Capturados  éstos  en  Bogotá cuatro meses  después  de  los  hechos,  fueron  escuchados  en descargos por la Fiscalía 45  Seccional  de  Melgar,  despacho  que mediante proveído del 18 de septiembre de  1995  los  acusó,  en  calidad  de  coautores,  como presuntos responsables del  delito  de  homicidio con la circunstancia de agravación descrita en el ordinal  7º del Art. 324 del Código Penal.    

Impugnada  tal  determinación, la Fiscalía  6ª  Delegada  ante  el  Tribunal  de Ibagué la confirmó por el suyo del 12 de  enero  de  1996,  pero  con  la modificación de que el  cargo de homicidio  agravado   por   el  cual  se  llamó  a  responder  en  juicio  a  RAMÍREZ   REYES  debía  ser  adicionado  conforme  con  lo estipulado en el Art. 324-2, dado que la muerte de la víctima  obedeció    al    apoderamiento   que   sobre   sus   bienes   ejercieron   los  victimarios.   

Del  juicio  le  correspondió  conocer  al  Juzgado  Penal  del  Circuito  de  Melgar,  dependencia  que  a  la causa por el  homicidio  de  Hoover  Laín  Saavedra  acumuló  la  que  por fuga de presos se  seguía    contra    GONZÁLEZ   BELTRÁN,  quien  el  7  de  agosto  de  1995  se evadió del penal donde se  encontraba  detenido  preventivamente  por aquel ilícito, y cuya resolución de  acusación data del 14 de marzo de 1996.   

Agotado  el  rito  procesal  pertinente, por  fallo  del  13  de  marzo  de  1998  se finiquitó la instancia imponiendo a los  acusados  la  condena  ya  referenciada,  la  que  al  ser  impugnada  confirmó  integralmente   el   Tribunal   de   Ibagué   el   18   de   marzo   del   año  siguiente.   

          Demanda   a   nombre  de  JUAN  CARLOS  RAMÍREZ  REYES.   

          Como     primer     cargo,    diciendo    invocar    “como  segunda  causal  de casación la prevista en el artículo 220,  numeral   primero  cuerpo  del  segundo  inciso  del  Código  de  Procedimiento  Penal”,  el  demandante acusa la sentencia de violar  en  forma  indirecta  la ley sustancial “por error de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad  y  por  tergiversación  del contenido  material   de   la   prueba.”    Como   normas  infringidas  señala los Arts. 29 de la Carta Política, 2º, 246, 247 y 445 del  C. de P. Penal, y 324-2 del C. Penal.   

          Previa  advertencia  de  que orientará la censura por esa modalidad  de    error   dado   que,  “en  este  caso  ambas  instancias  fraccionaron  la  prueba  para  analizarla  pero  en  su análisis omitieron parte de ella, por lo  cual   se  distorsionó  su  sentido  material”,  el  libelista  aduce  que  en  el proceso no existen elementos de prueba suficientes  para   condenar   a   RAMÍREZ   REYES   como coautor del homicidio por el cual se le juzgó.   

          El  falso  juicio  de  identidad  lo  hace consistir en que tanto la  investigación  como  el  juzgamiento  se estructuraron con fundamento en prueba  testimonial  contradictoria  e  inconsistente  que  dice  relación  con:  a) La  identificación,  individualización  y  determinación  de  los  procesados, al  punto  que  el Tribunal confunde el supuesto vínculo de amistad existente entre  los  acusados y el occiso.  b) Con el hallazgo de unos anteojos en el lugar  donde  presuntamente  se  le dio muerte a la víctima. Y c) Con lo que la esposa  del  interfecto manifestó acerca de la identidad de la persona que acompañó a  Hoover  a  su  casa  en  busca  de  las  chaquetas  que sus amigos allí habían  dejado.   

En  relación  con  lo  primero, asevera que  salvo  Diana  Yamile  Gordillo  Saavedra,  los  demás  testigos  reconocieron a  JUAN  CARLOS,  su defendido,  pero  a través de la fotografía que de CARLOS ANDRÉS  GONZÁLEZ  BELTRÁN se les enseñó, y para demostrarlo  transcribe  algunos  apartes  de  sus declaraciones.  A tal punto llegó el  yerro  del  Tribunal,  asegura,  que  se permitió establecer a través de estos  testimonios  un  vínculo  de amistad íntima, ciertamente inexistente, entre la  víctima  y  RAMÍREZ  REYES,  cuando  la  inferencia  lógica  resultante de una correcta valoración no puede  ser   otra   que   esa   amistad   se  predicaba  del  occiso  con  GONZÁLEZ    BELTRÁN.      

Respecto del segundo punto, no empece admitir  que  el  fallador expresamente dijo encontrar graves indicios de responsabilidad  que  por  igual  afectan  a  uno  y  otro procesado, derivados de la posesión y  posterior  abandono de unas gafas en el lugar de la tragedia, el censor sostiene  que  el  Tribunal  le  atribuyó  erróneamente  la  propiedad  de  las mismas a  RAMÍREZ  REYES,  cuando  lo  cierto  es  que  en ningún aparte de sus intervenciones procesales este acusado  aceptó  tal  hecho,  antes por el contrario, como acertadamente lo pregonara el  juez  de  primera  instancia  de conformidad con lo confesado por el coprocesado  GONZÁLEZ   BELTRÁN,   el  dueño  de  los  mentados  anteojos   era   este   último,  quien  los  regaló  a  Hoover,  la  víctima,  desconociendo   si   fueron   los   mismos   que   se   hallaron   junto   a  su  cadáver.   

Y  en  cuanto al tercer aspecto, sostiene el  demandante  que  en  contravía  de  lo  demostrado  en  autos,  la esposa de la  víctima  equivocadamente  señala a BELTRÁN GONZÁLEZ  como el individuo que acompañó a Hoover a buscar las  chaquetas,  cuando  la  prueba  muestra  que  quien  esto  hizo fue JUAN        CARLOS       RAMÍREZ REYES.     

Explica  que en la resolución de situación  jurídica   la   fiscalía,   bajo   una  óptica  muy  particular  de  aquellos  testimonios,  emitió  un  juicio de valor en perjuicio de su defendido, e igual  cosa  ocurrió  en  la  resolución  de  acusación,  cuando  el ente instructor  partió  de  la falsa premisa de que los implicados fueron reconocidos por todos  y  cada uno de los testigos, desacierto en el que también incurrió el juzgador  de  la  segunda instancia cuando dijo analizar globalmente las pruebas de cargo,  otorgándole  a  dichos  elementos  similar  valor  probatorio al deducido en la  sentencia de primer grado.   

Fue  así,  afirma  el  libelista, como hubo  total  distorsión  de  la  prueba  en  la  sentencia  de segundo grado, lo cual  configura el falso juicio de identidad alegado.   

Aprovechando  que  la  fiscalía  de segunda  instancia  sugirió  la necesidad de recepcionar el testimonio de Flor Esperanza  Huertas  Ayala  y  Alexánder  Lara  Salamanca,  declaración  ésta a la que el  Tribunal  le  da  importancia por los datos que suministró a la investigación,  se  duele  el censor de que a la dama no se le hubiera escuchado su versión, en  la  medida  en  que  el  varón  no  deja de ser un simple testigo de oídas que  trasmitió  al  proceso  los  comentarios que sobre los hechos le hizo la mujer,  resultando  indispensable  verificar  todos y cada uno de tales asertos a fin de  poderlos  confrontar  con  las  manifestaciones  de los procesados, acerca de la  confesión  que  supuestamente le hicieron a la Huertas de estar involucrados en  el homicidio en cuestión.   

Sostiene  el casacionista que con las glosas  atrás  hechas  al  material  probatorio  mal  puede  predicarse  la  certeza en  relación  con  la  responsabilidad  de  su  defendido.   En  cambio sí se  presenta  una  gran  duda  no  advertida  en las instancias que hace menester la  aplicación  del  “in  dubio pro reo, por cuanto una  errónea  valoración  de  estos testimonios impidió que fuera tenido en cuenta  al  momento de proferirse la sentencia condenatoria, vulnerando así por la vía  indirecta   las   normas   sustanciales   indicadas   en   el   cuerpo  de  esta  demanda.”   

Finaliza el actor con una disertación acerca  del  fenómeno  de  la  coautoría para afirmar que allí no puede enmarcarse el  actuar  de  RAMÍREZ  REYES,  como  se  hiciera  en  la  resolución  de  acusación con base en el indicio de  presencia   en   el   lugar   de   los   hechos,   imputándosele  un  resultado  “con   fundamento   en   una  simple  relación  de  causalidad  material,  traducido  estos en una responsabilidad objetiva que como  he   reiterado   está   proscrita   en   nuestro  estatuto  punitivo  artículo  5.”   

Como  segundo  cargo, al amparo de la causal  tercera  el  demandante  plantea la nulidad por violación al derecho de defensa  material  del  procesado,  por  falta  de  investigación integral conforme a lo  regulado  en el Art. 333 del C. de P. Penal, citando como preceptos sustanciales  violados los Arts. 1º y 304 del C.P.P.   

Sostiene el libelista que, no empece a que el  Art.  333  del  C.  de  P.  Penal  impone  la obligación de investigar tanto lo  favorable  como  lo  desfavorable  al  procesado,  poco se hizo para escuchar en  declaración  al  taxista  que  conducía  a  Soledad Bravo Carrillo, pues ambos  descubrieron  el  cadáver  de  la  víctima  en la vía que de Melgar conduce a  Icononzo, Tolima.   

La  trascendencia  de esa omisión radica en  que,  según  la  deponente,  dicho  taxista “tuvo la  oportunidad  de  ver al presunto homicida en dos ocasiones, primero en el teatro  de  los  acontecimientos  de  noche  y en lugar despoblado, y minutos más tarde  dentro  del  perímetro urbano, lo que permitió que fuese la persona que logró  determinar,   individualizar   e   identificar   la   persona  vista  por  ellos  desplazándose  en  la  moto  cerca  del  sitio donde fue hallado el cadáver de  Hoover Laín.”   

A   pesar   de  que  la  defensa  técnica  desarrolló  eficazmente  su  labor,  si se hubiese decretado la prueba omitida,  bien  se  hubiera  podido  estructurar  la  ausencia  de  responsabilidad  de su  representado, arguye el demandante.    

Igual  suerte corrió la declaración que se  debió  recibir  a  Flor  Esperanza  Huertas,  brillando  por  su ausencia en el  proceso  la  constancia de los motivos que impidieron cumplir con lo ordenado en  su   momento   por   los  funcionarios  que  conocieron  de  la  investigación.   

Esas  falencias dan al traste con el derecho  de  defensa  porque limitan la actividad de oposición y refutación frente a la  pretensión  punitiva  del  estado,  y  la  labor  del  fallador  en  cuanto  lo  circunscribe  a  tener  que  valorar  única y exclusivamente lo desfavorable al  procesado.  De  esta manera aparece estructurada la causal de nulidad esgrimida,  en  el  entendido  de  que  no  existió  una  estimación conjunta del material  probatorio  allegado  a  la  encuesta, “con el único  propósito  de  confluir  en  una responsabilidad objetiva con fundamento en una  simple  relación  de  causalidad  material  apuntalada  sobre  un  único hecho  deficientemente  probado dentro del proceso”, reitera  el censor.    

Casar  el  fallo  es  la final petición del  actor,  conforme  con el reproche formulado en el primer evento, “y  en  su  defecto dictar sentencia de Sustitución Absolutoria para  mi  defendido”, solicitud que formula no sin advertir  que  ha  de  examinarse  con  prelación  lo  atinente  a  la nulidad, porque de  prosperar   esta  censura,  el  expediente  debería  regresar  al  Tribunal  de  instancia    “para    lo    del   caso”.   

Demanda a nombre de CARLOS ANDRÉS GONZÁLEZ  B.   

Al amparo de la causal tercera, un solo cargo  formula  la  impugnante  extraordinaria  aduciendo que la sentencia recurrida se  dictó  en  un  juicio  viciado  de  nulidad, habida consideración que tanto la  resolución  de  acusación  como el fallo proferido en ambas instancias carecen  de motivación en lo relacionado con el aspecto de la punibilidad.   

A manera de introito, advierte la demandante  que  de acuerdo con lo previsto en el Art. 442 del C. de P. Penal la resolución  de  acusación debe contener, entre otros elementos, la calificación del delito  que  aunque  provisional  ha de comprender “todas las  circunstancias  que  lo  agravan o atenúan”, lo cual  igualmente  exige  el  Art.  180  ibidem  respecto  de  la  sentencia  al disponer la determinación del hecho  punible,  su  tipicidad  y la responsabilidad del procesado con la anotación de  las  circunstancias  de agravación o atenuación, lo cual permite establecer la  pena concreta que debe purgar el procesado en caso de condena.   

Todo  ello  se  traduce  en  la exigencia de  “motivación total” tanto  del  pliego  de  cargos  como del fallo, no sólo en cuanto a la responsabilidad  sino    también,    como    es    obvio,   de   la   punibilidad,   arguye   la  libelista.   

Como  en el evento examinado la Fiscalía en  la  resolución de acusación y el sentenciador en el fallo omitieron motivar lo  que   decidieron  en  la  parte  resolutiva  de  sus  respectivas  providencias,  incurrieron  en  irregularidad  sustancial  que  conforme  con  lo normado en el  artículo  304  del C. de P. Penal vicia de nulidad lo actuado, por violación a  las  formas  propias  del  proceso al desconocerse las bases fundamentales de la  instrucción y el juzgamiento.   

Al   explicar   su   aserto   sostiene  la  casacionista  que  en la resolución de acusación de primera instancia, la cual  en  relación  con su defendido no fue impugnada, se les dedujo a los procesados  como  circunstancia  de  agravación  la  contemplada  para  el  homicidio en el  numeral  7º  del Art. 324 del C. Penal, sin que se precisara en qué consistió  la  misma  y  menos  de  qué  pruebas se valió el Fiscal para deducirla.    

Esa  determinación  que  fue  recurrida  en  apelación   por   el  coacusado  RAMÍREZ,  se  modificó  en  segunda instancia en el sentido de que como el  móvil  del  atentado  a la vida lo constituyó el hurto de algunos bienes de la  víctima,  el  impugnante  debía  responder por homicidio agravado conforme con  las estipulaciones contenidas en el Art. 324-2 del C. Penal.    

La  Fiscalía  en  la  audiencia  pública  solicitó  condena  para ambos procesados en consonancia con la calificación de  segundo  grado,  afirma  la  demandante,  sin embargo el sentenciador de primera  instancia  profirió  su  fallo  atendiendo al pliego de cargos endilgado a cada  uno  de  los  acriminados,  es decir, “tratándose de  los  mismos  hechos  a  cada  uno  de  los  encausados  se le deduce un distinto  agravante  sin  explicar  porqué  motivo,  deduciendo  la  pena, sin motivar la  punibilidad  porque  nada  dice  del  agravante  de  indefensión por el cual se  agrava el homicidio simple.”   

Tal confusión, deja entrever la recurrente,  aunada  a  la  falta  de  motivación  del agravante, no permitió una eficiente  defensa  porque  las  alegaciones se centraron en lo que la Fiscalía argumentó  en  la  audiencia  pública  para  sustentar la condena solicitada, omitiendo la  defensa   referirse   al   agravante   específico  deducido  para  GONZÁLEZ   BELTRÁN  en  el  vocatorio  a  juicio,  por  carecer  de hechos concretos de  los  cuales  defenderlo,  ni  en  aquella  diligencia,  ni en la  sustentación del recurso de alzada.   

Como colofón de su argumentación acerca de  que  un  tal  vicio  socavó  las  bases de la instrucción y el juzgamiento, la  impugnante  sólo  atina a transcribir los apartes del fallo del Tribunal que en  su  sentir  avalan  la  posición del A-Quo,  haciendo  alusión  simplemente  a que con el conjunto de pruebas  examinadas  se arriba a la certeza  de quiénes fueron los ejecutores de la  muerte  de  la  víctima  para apoderarse ilícitamente de sus bienes, pero para  nada   toca   el   punto   de   la   indefensión  contenida  en  el  pliego  de  cargos.   

Que  se declare la nulidad a partir de la  calificación    del    mérito   del   sumario,   es   la   petición   de   la  casacionista.   

  CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

         1.  Como  las  demandas  plantean  sendos cargos de nulidad, y en la  formulación  de  esta  censura  se  incurre  en  la misma informalidad, la Sala  despachará  conjuntamente  los reparos técnicos que en este punto hacen inepta  la demanda para un estudio de fondo.   

Ciertamente,  viene reiterando la Corte que  aunque  la  censura  por  nulidad  permite  alguna amplitud en su proposición y  desarrollo,  el  escrito  en  el  que  se invoca no es de libre formulación por  cuanto  la  demanda,  como  acontece  con  las demás causales, debe cumplir con  insoslayables  requisitos  de  claridad  y precisión dado que si se trata de un  medio  para  preservar la estructura del proceso y las garantías de los sujetos  que  en él intervienen, quien la aduzca no sólo debe acatar los principios que  rigen  la casación, sino que también ha de correr con la carga de una adecuada  sustentación,  dejando  claramente establecido, entre otros aspectos, el motivo  de  la  nulidad,  la  irregularidad  sustancial  que alega, la manera como ésta  socava  la  estructura  del  proceso  o  afecta las garantías de las partes, la  incidencia  transcendente en el fallo, con la demostración de que de no haberse  incurrido  en  ella  otra  hubiera  sido  la  decisión,  así  como también el  señalamiento  del  momento  procesal en que queda el proceso luego de invalidar  la actuación viciada.   

         Además,  si la nulidad está referida a la violación del principio  de   investigación  integral,  no  basta  enumerar  las  pruebas  supuestamente  omitidas,   sino   que   es   preciso  señalar  su  fuente,   conducencia,  pertinencia  y  utilidad,  amén  de su incidencia favorable a los intereses del  procesado  frente  a las conclusiones del fallo, puesto que, como también lo ha  señalado  la  Sala,  la  no  práctica de determinada diligencia no constituye,  per se, quebrantamiento de la  garantía  fundamental  que  se  reputa  violada,  comoquiera que el funcionario  judicial,  dentro  la  órbita  del Art. 334 del C. de P. Penal y conjugando los  criterios   de   economía,  celeridad  y  racionalidad,  está  facultado  para  decretar,  bien  de  oficio ora a petición de los sujetos procesales, solamente  la  práctica  de  las  pruebas  que  sean  de  interés para la investigación,  procurando  siempre  el  mejor conocimiento de la verdad real. Por consiguiente,  la  omisión  de  diligencias inconducentes, dilatorias, inútiles o superfluas,  no   constituyen   menoscabo   de   los  derechos  a  la  defensa  o  al  debido  proceso.   

         Ahora  bien, en lo que dice relación con la trascendencia del vicio  denunciado,  ésta  no  deriva de la prueba en sí misma considerada, sino de la  confrontación  lógica  de  las  que  sí  fueron  tenidas  en  cuenta  por  el  sentenciador  como  soporte  del fallo, para a partir de su contraste evidenciar  que  las  extrañadas,  de haberse  practicado, derrumbarían la decisión,  erigiéndose  entonces  como  único  remedio  procesal  la  invalidación de la  actuación  censurada  a  fin de que esos elementos que se echan de menos puedan  ser tenidos en cuenta en el proceso.   

         Tales  requisitos,  en  punto  a  las nulidades argüidas, no fueron  cumplidos por los casacionistas, como seguidamente pasa a verse.   

1.1. En efecto, el defensor de RAMÍREZ  REYES  asevera  que  se  omitió  recepcionar  el  testimonio del taxista que junto con su pasajera, Soledad Bravo  Carrillo,  descubrieron  a  la  vera  del  camino  los  despojos  mortales de la  víctima.  Empero,  ¿qué  dato distinto a lo reseñado por la citada deponente  podía   haber   aportado   el   testigo   cuya   declaración  dice  el  censor  extrañar?    

Claro  que se echa de menos este testimonio  porque  según  aquella  deponente,  el  conductor  le hizo el comentario de que  había  visto  en  el  perímetro  urbano  de  Melgar  al presunto homicida poco  después  de  los  acontecimientos,  y  estuvo  en  capacidad de “determinar,       individualizar      e      identificar”  al  victimario,  testimonio  que  de haberse practicado hubiera  redundado en beneficio de su asistido.   

Empero,  si  el  taxista no fue testigo del  homicidio,  como  que  del  mismo se enteró al descubrir el cadáver en la vía  pública  cuando  transportaba  a  Soledad Bravo, no explica el demandante cómo  podía  saber aquél que el autor del hecho era persona distinta al sentenciado,  para  que  de  haberse  recibido  su  testimonio  “se  hubiese  estructurado  la  ausencia  de responsabilidad en cabeza de JUAN CARLOS  RAMÍREZ REYES”.   

Pero  aparte  que  de una tal inferencia no  suministra  explicación  alguna,  también el censor omite contrastar lo que se  hubiera  podido derivar de la prueba echada de menos con los demás elementos de  convicción  soporte  del fallo, de los cuales ninguna mención realiza, máxime  cuando  en  el  contexto  global  de  la  demanda  paladinamente admite que a su  defendido  se  le  responsabilizó como coautor del referido homicidio en virtud  de la prueba indiciaria recopilada en su contra.    

Otro  tanto acontece con el fallido intento  de  escuchar  el  testimonio de Flor Esperanza Huertas, nulidad que en su sentir  se  habría  originado desde el momento mismo en que se ordenó practicar dichas  pruebas, sin que ello se cumpliera.    

En suma, la irregularidad sustancial alegada  la   hace   consistir  el  censor  en  la  ausencia  de  prueba  “siquiera   sumaria”   de  la  actividad  judicial  desplegada para procurar la comparecencia de los testigos en mención,  y  de las causas que pudieran tenerse como justificantes de una tal inactividad,  ausencia  material  de  motivación  que de suyo dizque vicia el acto procesal y  por  consiguiente  la decisión judicial, en la medida en que resultan afectadas  las garantías fundamentales de la defensa y del debido proceso.   

No  obstante,  si  el vicio precisamente se  fundamenta  en  la  inexistencia de las actuaciones procesales omitidas, resulta  un  contrasentido  sostener  que  la  deficiencia argumentativa sobre las mismas  desquicia la determinación judicial censurada.   

A  tal  extremo llega la informalidad de la  demanda,  que  al  interior  de  este mismo cargo la discusión se traslada a la  apreciación  de  la  prueba para sostener que  el acervo probatorio no fue  valorado  conforme  con  los  preceptos  sustanciales  que disponen la manera de  hacerlo,  aseveración  con  la  que  el actor abandona la censura por la prueba  dejada   de  practicar  para  incursionar  en  la  temática  de  la  violación  indirecta,  sin reparar en que, por resultar excluyente, un tal planteamiento ha  debido      formularse      en     capítulo     separado     y     en     forma  subsidiaria.      

1.2.  En relación con la nulidad planteada  por       la      defensora      de      GONZÁLEZ  BELTRÁN,  “por cuanto  la  resolución  de acusación, ni la sentencia de las dos instancias motivan lo  relacionado  con la punibilidad”, ha de advertirse de  entrada  que  el  motivo  aducido  como  causal  enervante  de  la actuación no  corresponde  con  su  desarrollo  por  cuanto,  cuando  era  de esperarse que la  demandante  en  casación le mostrara a la Corte que el fallador al dosificar la  sanción  que  en  definitiva le dedujo al procesado omitió tener en cuenta los  criterios  que  para una correcta tasación de la pena imponen las normas que la  regulan,  resultando  por  ende  arbitrario  ese quántum punitivo, extravía el  rumbo   de  su  argumentación  para  circunscribirlo  al  supuesto  de  que  la  circunstancia     de     agravación    del    homicidio    endilgada    a    su  pupilo             -indefensión-       carece       de  motivación.   

Pero  aún reducido el ataque a la supuesta  falta  de sustento de esta circunstancia de agravación, teniéndose de presente  que  los  fallos de primer y segundo grado conforman una unidad inescindible, se  ignora  qué  fue  lo  que  dijo  el  sentenciador en las instancias al apreciar  globalmente  las  pruebas  respecto  de  las circunstancias temporo-espaciales y  modales  que  rodearon la ejecución del hecho, examen que debió hacer antes de  abordar   el   tema   de   la   “DOSIMETRÍA  DE  LA  PENA”,  pues  la  demanda  se  limita a predicar del  juzgador  el  ejercicio de un operación matemática derivada de la conjugación  normativa  de  los  preceptos infringidos, olvidando que en desarrollo del mismo  cargo  también  había  admitió  que  para  confirmar  el proveído de primera  instancia  el  Ad-Quem había  partido  de  la  premisa  de  un  examen de “todo ese  conjunto de pruebas”.   

Es así como se desconoce si el juzgador en  la  fundamentación  del  fallo, por ejemplo, hizo alguna alusión a que por las  condiciones  del  lugar en donde se perpetró el hecho y la hora en que el mismo  se  ejecutó,  sus autores seguros de lograr dicho cometido estuvieron cubiertos  del riesgo de ser sorprendidos.   

Por  si  la  falta  de  demostración de la  irregularidad  sustancial  no  bastara para desestimar la censura, nótese cómo  tampoco  hizo  nada  la  casacionista  por acreditar la trascendencia de aquella  supuesta  falencia,  pues  parte  de  aceptar  que  el  cargo  formulado  en  la  resolución  de  acusación  fue precisamente el mismo por el cual fue condenado  su  poderdante;  con  todo  lo  cual  deja  traslucir  de  su  alegación que la  inconformidad  estriba  en el hecho de no poder comprender por qué, tratándose  de  unos  mismos  hechos,  cada  uno  de  los justiciables hubo de responder por  distintas   agravantes,   diferencia   en   la   imputación   que  per  se necesariamente no traduce un error  demandable en casación.     

2.  En  cuanto  se relaciona con el segundo  reparo   hecho   contra   la   sentencia   por   el   defensor  de  JUAN   CARLOS   RAMÍREZ   REYES  bajo  el  auspicio  de  un  falso  juicio  de  identidad,  al  rompe  se  advierte  que el  planteamiento  queda  en el mero enunciado, en la medida en que ningún error se  demuestra   en  la  apreciación  de  la  prueba  que  sin  fundamento  se  dice  distorsionó  el  fallador,  reduciéndose la censura a la presentación de otra  óptica  muy  particular  que  sobre  la  situación fáctico-jurídica tiene el  demandante.   

En   efecto,   su   tesis  acerca  de  la  inexistencia  de  pruebas que pudieran generar el grado de certeza requerida por  el  Art.  247  del  C.  de P. Penal para que se hubiese condenado a RAMÍREZ  REYES, se fundamenta en supuestos  yerros  de  percepción  cometidos por algunos declarantes que, a través de una  fotografía   del   otro  procesado,  dijeron  reconocer  a  su  defendido  como  partícipe  en  los  hechos.   Entre  otras  cosas, olvida el censor que el  falso  juicio  de  identidad,  como  una modalidad del error de hecho que es, se  presenta  en  la  contemplación  material   de  la  prueba  por  parte del  sentenciador,  esto  es,  cuando se tergiversa o altera el contenido fáctico de  la  prueba al momento de su apreciación, lo que hace suponer que el medio llega  íntegro  al  conocimiento del juez, de tal manera que los defectos o errores en  la  percepción  del  testigo no pueden dar lugar a un falso juicio de identidad  por  distorsión,  porque  ésta  no se habría dado en la estimación del medio  (no  es error del juez) sino en su producción (el yerro lo comete el órgano de  la prueba).   

Finalmente,  si  el  demandante  reclama un  fallo  sustitutivo de carácter absolutorio con fundamento en la aplicación del  in  dubio pro reo, la demanda  se  resiente  de  la  falta  de  demostración en cuanto a la manera de cómo el  fallador  violó  la  norma  que  consagra  dicho  principio  de claro contenido  sustancial,  bien  sea porque el Tribunal después de haber reconocido el estado  de  perplejidad  que  sobre la responsabilidad le dejaba la prueba se abstuvo de  aplicar  el precepto del artículo 445 C.P.P., evento en el cual el cargo debía  plantearse  por  la  vía  de  la  causal primera por violación directa; o bien  porque  a  consecuencia  de  los  supuestos  yerros  en  los  que  incurrió  el  sentenciador  en  la  apreciación  de  la  prueba,  el  fallo  se queda sin los  elementos  de  convicción suficientes para forjar certeza resultando imperativa  la  aplicación del in dubio pro reo, caso en el cual sí resultaría pertinente  el   ataque  por  la  vía  de  la  violación  indirecta,  pues  ella  estaría  mediatizada  por  los  errores  probatorios  en que se fundamenta la certeza del  fallador.   

Como en la forma debida nada de esto plantea  y  menos  demuestra  la demanda, lo que en verdad se descubre en el discurso del  censor  es  la vana pretensión de oponer sus propias conclusiones a las que con  autoridad  llegó el Tribunal, con olvido de que en una tal confrontación estas  últimas  devienen  prevalentes  por la doble presunción de acierto y legalidad  que acompaña sus fallos.   

En resumen, como las falencias advertidas en  ambas  demandas  ponen  de  presente  la  falta  de  claridad y precisión en la  formulación  de  los  cargos  así  como  la  ausencia  de demostración de las  irregularidades  y  los  yerros  alegados  y  la trascendencia de los mismos, no  queda  para la Corte alternativa distinta a decretar su rechazo de plano, con la  consecuente declaratoria de deserción del recurso.    

         En  mérito  a  lo  expuesto,  la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACION PENAL,   

RESUELVE  

        Inadmitir  las  demandas  que  a  nombre  de los procesados JUAN CARLOS  RAMÍREZ   YEPES   y  CARLOS  ANDRÉS    GONZÁLEZ    BELTRÁN,   presentaron   sus  respectivos  defensores contra el fallo de fecha, origen, naturaleza y contenido  indicados,  conforme  con  las  motivaciones  plasmadas  en  el  cuerpo  de este  proveído.   

         En  consecuencia,  se  declaran  desiertas  las  impugnaciones extraordinarias, con la advertencia  de  que  contra  la  presente determinación no cabe recurso alguno (Arts. 197 y  226 del C. de P. Penal).   

         Cópiese, comuníquese,  devuélvase a la oficina de origen y cúmplase.   

CARLOS E. MEJÍA ESCOBAR  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL            JORGE E.  CÓRDOBA POVEDA   

CARLOS   A.  GÁLVEZ  ARGOTE                            JORGE    ANÍBAL   GÓMEZ  GALLEGO   

EDGAR    LOMBANA  TRUJILLO              ALVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

                   

NILSON           PINILLA  PINILLA                               MAURO SOLARTE PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *