16445(24-07-01)

2001

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso N° 16445  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. CARLOS AUGUSTO GÁLVEZ ARGOTE  

Aprobado Acta No. 104  

Bogotá,  D.C., veinticuatro (24) de julio de  dos mil uno (2.001).   

VISTOS:  

Se  pronuncia  la  Sala  sobre  la demanda de  revisión  presentada a nombre de JUAN CARLOS RAMIREZ ABADIA, quien, previos los  ritos  de  la  sentencia  anticipada  fue condenado en primera instancia el 9 de  diciembre  de  1.996  por  uno de los entonces Juzgados Regionales de Cali a las  penas  principales  de  13  años  y  4  meses  de  prisión y multa de 2.777.79  millones  de  pesos  y  la  accesoria  de  interdicción de derechos y funciones  públicas  como  autor de un concurso homogéneo y sucesivo de infracción a los  artículos  33,  38.3  y  44  de  la Ley 30 de 1.986, enriquecimiento ilícito y  testaferrato, este último en calidad de determinador.   

Apelada la anterior decisión, el 23 de abril  de  1.997  el Tribunal Nacional la modificó en el sentido de condenar a RAMIREZ  ABADIA  a  las  penas  principales de 12 años, 9 meses y 10 días de prisión y  multa  de  2.222.222,00  millones  de pesos por los mismos delitos reseñados en  precedencia,  declaró la extinción del dominio sobre los bienes y la adicionó  ordenando  el  decomiso de una sub ametralladora, 7 pistolas y 3 revólveres, al  tiempo  que  dejó  a  disposición  del  Ministerio  de Defensa 2 carabinas y 4  escopetas.   

LA DEMANDA:  

Aclara en primer lugar el actor, que conforme  lo  tiene  dicho la jurisprudencia de la Sala, procede en este asunto la acción  de  revisión,  no  obstante  que el proceso objeto del cuestionamiento culminó  mediante  sentencia anticipada, pues lo que se va discutir no son los hechos que  constituyeron  “el  núcleo  de la imputación y la aceptación de los cargos,  sino  …  un aspecto de la calificación jurídica que se le diera a los mismos  a    la    hora    de   dictar   sentencia”,   pues,   entre   éstos   existe  contradicción.   

Bajo  tal premisa, entonces, en lo que titula  como  “EL CARGO”,  manifiesta el demandante que se ampara en el numeral  primero  del  artículo 232 del Código de Procedimiento Penal, “por cuanto se  ha  condenado  e  impuesto  penas privativas de la libertad y pecuniarias a tres  personas  por  un  delito  que  no  hubiese  podido ser cometido sino por dos de  ellas”,  precisando  que  en los fallos aludidos, a JUAN CARLOS RAMIREZ ABADIA  se  le  sancionó  por los ilícitos de enriquecimiento ilícito y testaferrato,  imputándole  este  último  a  título  de  determinador  sobre  la base de que  determinó  a unas personas a que prestaran sus nombres para hacer aparecer como  suyos  los  que  en  realidad pertenecían al condenado y habían sido obtenidos  con  dineros  del  narcotráfico,  por  manera  que  la  demanda  se ocupará de  demostrar  que  “por  la  naturaleza jurídica del delito de testaferrato y la  manera  como  el  mismo  tiene  que  ocurrir  fácticamente, es imposible que al  condenado  RAMIREZ  ABADIA  se  le  pueda  imputar el cargo como determinador de  dicho  delito…  En  consecuencia  el condenado no lo pudo cometer, y el delito  por  el cual se juzgó y condenó como determinador a JUAN CARLOS RAMIREZ ABADIA  es  el  mismo  porque  en  sentencias  distintas  se  condenó a RODRIGO SANCHEZ  ESCOBAR  y  JAVIER  PELAEZ  CARDONA, como autores del delito de testaferrato, lo  que  significa que se condenó a tres personas por un delito que solo cometieron  y podían cometer dos de ellos”.   

Sin  embargo,  al ocuparse de lo que denomina  “sustentación  del  cargo.  Una  aclaración  necesaria respecto de lo que se  demanda  y  el  grado  de participación”, advierte que no pretende cuestionar  por  esta vía el grado de participación por el que fue condenado su defendido,  porque,  como  así lo ha sostenido la Sala no es el espacio adecuado para ello,  sino  que  quiere  dejar  en  claro  que su propósito es demostrar “…que es  imposible  condenar  a  cualquier  autor de narcotráfico, como determinador del  testaferrato  con  el  cual  pretende  ocultar  los  dineros  obtenidos  por ese  delito”,  lo que implica que ontológicamente no sea viable que sea testaferro  de sí mismo.   

Se    detiene    enseguida   en   algunas  consideraciones  sobre  la  naturaleza  jurídica  del  delito  de testaferrato,  destacando  que  su  descripción típica tiene referencia con una práctica muy  común  en  el  derecho privado, consistente en que una persona presta su nombre  para  que otra adquiera determinado bien, siendo la doctrina y la jurisprudencia  las   que   acuñaron   el  nomen  juris  en  cuanto  tal,  dentro  una  de  las  clasificaciones  del punible de encubrimiento, que a su turno se compone de tres  elementos  a  saber: “…(1) la realización de una actividad que en principio  acepta  el  ordenamiento jurídico como lícita prestar  el  nombre,  (2)  el  segundo elemento es adquirir  bienes  acto que por sí solo es  también    en    principio    lícito;    y    (3)    que    los   dineros     con   los   cuales   se  adquieren  los bienes, deben  provenir   del  delito  de  narcotráfico   u   otro   delito  conexo.  De  tal  suerte  que  el  elemento  objetivo de la conducta está  integrado  por  dos elementos, que por sí solos no revisten ilicitud alguna, en  tanto  que  el  tercero  domina los dos anteriores cobijándolos con el manto de  ilicitud”.   

Desde el punto de vista subjetivo, explica, es  menester  que la persona que realiza la transacción esté plenamente consciente  de  que  adquiere bienes para otro, pero simulando que son para ella misma y que  lo  hace con dineros producto de una actividad ilícita, pues de lo contrario se  presentaría  una  situación  de  atipicidad,  y tal valoración, agrega, ha de  hacerse  objetivamente,  o  sea considerando las condiciones y circunstancias en  que  el  hecho se presenta, pues lo que a la postre se sanciona es esa actividad  encaminada  a  permitirle  a  un tercero que con el uso de su nombre se eluda la  acción de la justicia y se legalicen bienes de origen ilícito.   

Dicho  delito,  entonces,  como  una  de  las  modalidades   del   encubrimiento,   como  así  se  ha  concebido  en  diversas  legislaciones,  se  compone de tres elementos: conocimiento de la existencia del  ilícito,   realización  de  actos  efectivos  para  ocultar  el  punible,  sus  resultados  y sus autores y la inequívoca intención en ese sentido frente a la  autoridad  encargada  de  su  investigación  y por eso, es en esencia un delito  doloso.   

Pasa,  así,  a  referirse  a las razones de  política  criminal  por  las  que  se incluyó el delito de encubrimiento en la  Convención  de  Viena  de  1.988,  exponiendo  de  inmediato  que conforme a su  evolución  histórica y dogmática en las diferentes legislaciones, se trata de  un  ilícito  autónomo  que  por  lo  mismo,  no  se  puede  hacer depender del  narcotráfico  por  cuanto  el dolo en cada caso es distinto, pues lo contrario,  esto  es,  “…Decir  que la suerte del testaferro se encuentra atada a la del  autor  del  delito  principal  sería  tanto como pretender que alguien pueda ex  post  sufrir  las  consecuencias  de  una  conducta  ocurrida ex ante, es decir,  sería  desconocer  su  calidad de forma de encubrimiento  para convertirla  en  forma  de  participación,  en  contra de lo que la evolución dogmática ha  señalado al respecto”.   

En  conclusión,  el  autor  del  delito  de  testaferrato  no  puede a la vez ser autor del ilícito que a través de aquella  otra  conducta  pretende ocultar, por cuanto estaría ocultando un delito propio  “y   eso   no  es  punible”,  pues  la  ley  le  concede  el  derecho  a  no  autoincriminarse.   

Cosa  distinta, es cuando con propósitos de  ocultar  el delito base el autor comete otro y de ello solo existe una modalidad  en  el  Código Penal prevista como circunstancia específica de agravación del  homicidio.   

Vuelve  sobre  la  concepción  y evolución  dogmática  del  delito  de  receptación  haciendo  extensas transcripciones de  varios   autores   y  legislación  extranjera  y  nacional,  así  como  de  la  exposición  de  motivos del proyectos de la actual ley 365 de 1.997 mediante el  que  se  proponía  darle  entidad autónoma al lavado de activos y sancionar la  delincuencia  organizada,  en  apartes  en que se precisó sobre la necesidad de  tipificar  por separado las modalidades de dicho punible a efectos de lograr una  mayor,  efectiva  y  proporcional  sanción  respecto de otras conductas de más  gravedad  como  el  narcotráfico,  secuestro,  extorsión etc., y concluye, que  “…resulta  por  completo incuestionable que a JUAN CARLOS RAMIREZ ABADIA que  se  sometiera  a  la  justicia  antes  de la vigencia de la citada ley, no se le  podía  sancionar como autor o partícipe del delito de testaferrato respecto de  sus  propios  bienes y puesto que la norma sobre lavado de activos es posterior,  no le es aplicable”.   

También,  dice, se vulneró el principio de  culpabilidad  al  sancionar el delito cometido y el intento para ocultarlo, pues  ello  implica  una  doble  incriminación,  más  aún  si el determinador de un  delito   de   encubrimiento   no   puede   ser  partícipe  del  delito  que  se  encubre.   

Sostiene,  igualmente  que  la  figura  del  determinador,   de  acuerdo  a  algunas  concepciones  dogmáticas,  bien  puede  ubicarse  como  una  las formas de coautoría o participación y por esa razón,  explica  que,  “…aceptar  que JUAN CARLOS RAMIREZ ABADIA es determinador del  delito   de   testaferrato,   es   tanto   como   aceptar  que  es  testaferro  de  si  mismo lo que resulta un  absurdo  lógico,  por  cuanto  testaferro solo puede ser quien presta su nombre  para   que   otro  adquiera  bienes.  Ahora bien, se podría en contra de esta afirmación sostener que no se  trata  de  algo  así  por  cuanto  si  el determinador no es autor, mal podría  decirse  que  aquí  no  se  está  condenando  a alguien como testaferro de sí  mismo,  en cuanto que el determinador por ser partícipe no es autor. De acuerdo  no  lo  es,  pero:  se le sanciona como tal,  es  decir,  que  dogmáticamente  no cumple los requisitos que la  doctrina  mayoritaria exige para que se le considere autor, pero en la práctica  sí  se le sanciona como autor. Con este giro dogmático se construye la falacia  de  la  decisión  demandada,  y  solo  sirve  para  encubrir una incriminación  indebida  respecto  del  determinador,  y  se  convierte en una inconstitucional  sanción  como  autor  a quien simplemente realiza actos tendientes a ocultar su  delito…“.   

Por  ello,  la propia descripción normativa  del  delito  de  testaferrato  impone  límites  ontológicos  que  no se pueden  desbordar  por  su interprete, toda vez que de proceder como se hizo en el fallo  se  llegaría  al absurdo lógico de determinar que como para la realización de  este  ilícito  se  requiere  de un acuerdo de voluntades entre quien incurre en  narcotráfico  y  la  persona que presta su nombre para adquirir bienes a nombre  del  primero,  aquél  debe  responder  penalmente  además  por  testaferrato a  título  de  determinador,  cuando  lo que sucede, reitera, es que esos actos de  ocultamiento  del  delito  propio  son impunes y por ende, frente a conductas de  estas  características  solo  debe  sancionarse al tercero que no participó ni  cometió el delito base.   

En  esta  medida,  precisa, que si lo que se  sanciona  con  el  testaferrato es el comportamiento de terceros que acuerdan su  voluntad  con  el  autor  del  ilícito para ocultarle a nombre suyo los bienes,  hacer  lo  mismo  con  quien  cometió  el  hecho  que  se  pretende esconder es  desconocer  el  principio  del derecho penal de acto y darle efectos punitivos a  un  mismo  hecho. Por eso la determinación tomada en tal sentido en “el fallo  impugnado”  lo  que  hizo  fue  suplir  la  voluntad  del legislador y aplicar  analogía  in  malam  partem,  ya  que,  bajo  lo que consideró un vacío legal  aplicó  “a una misma situación fáctica (actos de determinación), una misma  solución  jurídica (sanciona como determinador del punible), unos actos que en  principio  son  impunes”,  lo  cual  se  hace  más inadmisible si se tiene en  cuenta  que  a  RAMIREZ  ABADIA  se  le  condenó  también  por enriquecimiento  ilícito,  precisamente  por  adquirir,  entre  otros,  los  bienes  por los que  Sánchez   Escobar  y  Peláez  Cardona  fueron,  a  su  turno,  condenados  por  testaferrato  en  sentencia  del 13 de junio de 1.997 por un Juzgado Regional de  Cali.   

Solicita, en consecuencia, la revisión de la  sentencia  dictada  en  contra  de  JUAN  CARLOS  RAMIREZ  ABADIA y se remita la  actuación  a  un  Tribunal Superior de Distrito Judicial “a efectos de que se  profiera  nuevamente  la  decisión  de  segunda  instancia  conforme a lo aquí  argumentado”.          

Aporta  como  pruebas, copias autenticadas y  certificadas  de  las sentencias del 13 y 26 de junio de 1.997 proferidas por un  Juez  Regional  de  Cali  en contra de Rodrigo Sánchez Escobar y Javier Peláez  Cardona,  condenándolos  por  el  delito de testaferrato, respectivamente; y de  los  fallos  de  primera y segunda instancia dictados contra JUAN CARLOS RAMIREZ  ABADIA, con la correspondiente constancia sobre su ejecutoria.   

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             

CONSIDERACIONES:  

1. Como lo tiene dicho la jurisprudencia de la  Sala  las  sentencias  proferidas  por los ritos del artículo 37 del Código de  Procedimiento  Penal, no están sometidas a limitación alguna frente a  la  revisión,  precisamente  porque no goza de la naturaleza de un recurso sino que  se  trata  de  una  acción con la que se pretende atacar la seguridad jurídica  que  ofrece  la cosa juzgada de un fallo que se estima injusto, siempre y cuando  se  presenten  los  motivos  previstos en la ley como de entidad suficiente para  remover tales efectos.   

2.  Así, tratándose de la causal primera de  revisión,  ha  dicho  la Sala que ésta se presenta cuando el “…juzgador ha  condenado  o  impuesto medida de seguridad a un número mayor de personas de las  que  materialmente  pudieron  haber  tomado  parte  en  la  ejecución del hecho  punible,  tenidas  en  cuenta la naturaleza de éste, sus características, y la  verdad  fáctica  acreditada  en el proceso. De allí que la propuesta de ataque  deba  estar  encaminada  a  demostrar  que  entre  los  hechos acreditados en el  proceso  (verdad  formal),  y  los declarados probados por los juzgadores en las  sentencias  (verdad  declarada) se presenta una discrepancia en torno al número  de  personas  que tomaron parte en la realización de la conducta típica, y que  esta  disconformidad  de carácter cuantitativo condujo a la condenación de por  lo  menos  un inocente… Esta causal, ha sido dicho por la Corte, no se refiere  a  los  casos  en los cuales el actor, a partir de una particular valoración de  las  normas  y  de los hechos, considera, en contraposición a lo resuelto en el  fallo  objeto  de  acción, que el sentenciado no es coautor o partícipe de una  determinada  conducta  ilícita, puesto que esta controversia resulta ser propia  de  las  instancias, o la casación, no de la revisión, en cuya sede no adviene  viable  retomar  controversias probatorias o jurídicas ya definidas…” (Auto  de    marzo    6    de   2.001,   Rad.10.685,   M.P.   Dr.   Fernando   Arboleda  Ripoll).   

3.  Bajo tales premisas, resulta evidente que  el  planteamiento  que  propone  el apoderado de JUAN CARLOS RAMIREZ ABADIA como  sustento  de  la  causal primera de revisión aducida, con miras a que se revise  el  fallo dictado en su contra por el entonces Tribunal Nacional, no se ajusta a  los  presupuestos  teóricos  de  la  misma, puesto que se reduce a sostener que  habiéndosele  condenado  por  los  delitos  de  narcotráfico y enriquecimiento  ilícito   no   podía   también   atribuírsele   responsabilidad  por  el  de  testaferrato  en  calidad  de  determinador,  por cuanto ello implica el absurdo  lógico de tenerlo como testaferro de si mismo.   

5.  Por  ello,  todo  el  discurso teórico y  dogmático   que  expone  el  demandante  a  partir  de  un  estudio  sobre  las  modalidades  del encubrimiento resulta a la postre más que sofístico y termina  en  una  petición  de principio que en nada contribuye a darle entidad propia a  su  tesis  dentro  de la causal primera de revisión, ya que no solo se queda en  apreciaciones  jurídicas  que  fueron  debatidas en las instancias, como que lo  pertinente  a  la imputación por el ilícito de testaferrato fue cuestionada al  apelar  de  la  resolución  que  definió  la situación jurídica (a ello hace  alusión  el  fallo de segunda instancia), sino que termina por contradecirse en  su  propia  esencia al admitir que si bien el determinador no es autor, el hecho  de  que  participe de la mismas consecuencias punitivas de aquél lo hacen tener  como tal.   

6.  En  conclusión,  el  extenso  escrito de  demanda  no  logra  dejar  en  claro  las  razones  del  actor, por un lado para  sostener  que  se  condenó a RAMIREZ ABADIA como testaferro de sí mismo, y por  otro,  no  demuestra  el supuesto básico sobre el que estructura su tesis, esto  es,  que no es punible la conducta de ocultar los bienes de procedencia ilícita  a  través  del  delito de testaferrato, tema que por su naturaleza es propio de  los recursos ordinarios o de la casación.   

7. A la postre, el argumento de la defensa se  queda  en  planteamientos dogmáticos que no dinamiza frente al presente asunto,  pues,   los  fallos  proferidos  en  las  instancias  como  consecuencia  de  la  aceptación  de cargos rituada conforme lo prevé el artículo 37 del Código de  Procedimiento   Penal,   son   claros   en   identificar   tanto   óntica  como  jurídicamente  el  comportamiento  del ahora accionante sancionado a título de  determinador  del  delito  de  testaferrato,  quedando así en evidencia que los  cuestionamientos  del  censor  sobre  la  imposibilidad  de  hacer concursar los  delitos  de  narcotráfico  y  enriquecimiento  ilícito  con  el previsto en el  artículo  6º  del Decreto 1856 de 1.989, adoptado como legislación permanente  mediante  el  artículo  7º del Decreto 2266 de 1.991, terminan en una supuesta  atipicidad  bajo  el  entendido  de que el derecho a no autoincriminarse incluye  conductas  como  la  imputada,  esto es, aquellas tendientes al ocultamiento del  producto de los bienes obtenidos ilícitamente.   

8. Es que además, olvida el revisionista que  en  la confesión dada por el propio RAMIREZ ABADIA ante la Fiscalía General de  la  Nación,  manifestó  que  él  determinó  a  otras  personas  para  que le  prestaran  sus  nombres  y  así  aparecer  como  dueños de inmuebles y algunos  muebles  obtenidos  con  dineros del narcotráfico, como así se lee en el fallo  de primer grado:   

“Pesa  igualmente  en contra del procesado  JUAN  CARLOS  RAMIREZ  ABADIA  el  cargo  por el delito de Testaferrato, el cual  está  consagrado  y  sancionado  como  tal en el Artículo 6º del D.L. 1856 de  1.989,  que  fuera  adoptado  como  tal  en el artículo 7º del Decreto 2266 de  1.991,  en  armonía  con el artículo 23 del Estatuto Penal, que al referirse a  los   tipos   de   autores   hace   expresa   referencia   a   los  determinadores,  siendo  éstos  los  que  inducen  a  otros  a  cometer  un hecho delictuoso, haciendo nacer en el otro la  voluntad  de  infringir  la  norma  penal  a través de medios persuasores donde  igual  cabida  recibe la coacción como el ofrecimiento de remuneración, que es  lo  que  efectivamente  sucedió  en  el presente caso, pues así lo expresó el  implicado  en su confesión, cuando contó que varios de sus bienes figuraban en  cabeza  de  otras  personas  quienes  a  su vez derivaban un provecho económico  ilícito”.   

9.  Así las cosas, bien puede concluirse que  el  argumento  de  la  defensa  no  alcanza a demostrar la estructuración de la  causal  en  tanto  que  la  proposición  inicial  apunta  a  que  el  delito de  testaferrato,  por su naturaleza, no podía cometerse por todas las personas que  resultaron  involucradas,  así  fuera en procesos separados, sino a que RAMIREZ  ABADIA  no podía ser determinador de un punible que no ejecutó, pero frente al  que  llevó  a  cabo  todas  las  actividades  necesarias  para  que terceros lo  cometieran,     lo    cual    es    precisamente    el    fundamento    de    la  determinación.   

Por  lo anterior, entonces, se inadmitirá la  demanda  de  revisión  presentada  a  nombre  del condenado JUAN CARLOS RAMIREZ  ABADIA,  contra  la  sentencia proferida el 23 de abril de 1.997 por el entonces  Tribunal Nacional.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA DE  JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL,   

RESUELVE:  

1. Reconocer al doctor PEDRO A. ARBOLEDA GOMEZ  como  defensor  de  JUAN CARLOS RAMIREZ ABADIA en los términos y para los fines  del poder conferido.   

2.   Inadmitir   la  demanda  de  revisión  presentada  a nombre de JUAN CARLOS RAMIREZ ABADIA contra la sentencia proferida  el 23 de abril por el entonces Tribunal Nacional.   

Cópiese, notifíquese y cúmplase.  

CARLOS EDUARDO MEJÍA ESCOBAR  

FERNANDO           ARBOLEDA  RIPOLL                      JORGE ENRIQUE CÓRDOBA POVEDA   

HERMAN            GALÁN  CASTELLANOS                     CARLOS                              AUGUSTO                              GÁLVEZ  ARGOTE                        

JORGE        ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO                           EDGAR LOMBANA  TRUJILLO                                  

ALVARO       ORLANDO       PÉREZ  PINZÓN                       NILSON PINILLA PINILLA   

No hay firma  

Teresa Ruiz Núñez  

Secretaria  

    

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