15797(22-08-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 15797  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                            Aprobado acta No. 95   

                            Magistrado Ponente:   

                                Dr.     FERNANDO    E.    ARBOLEDA  RIPOLL   

Bogotá,  D. C., veintidós de agosto del dos  mil dos.   

Resuelve la Corte el recurso extraordinario de  casación  interpuesto  contra  la  sentencia de 20 de mayo de 1998, mediante la  cual  el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de Cúcuta condenó a los  procesados  WILLIAM  OMAR SANCHEZ (a. Galeano), CARMEN  CRISTINA  PAEZ  ANAVE  y  EDGAR ASDRUBAL OVIEDO AZUAJE (a. El enano),  a  la  pena  principal  privativa  de  la libertad de 46 años de  prisión  por  los  delitos  de  homicidio agravado, hurto calificado agravado y  lesiones  personales  agravadas, los primeros en calidad de determinadores, y el  último como autor material.   

Hechos  y  actuación  procesal.   

                               

El domingo 22 de agosto de 1996, en la ciudad  de   Arauca,   siendo  aproximadamente  las  10:30  de  la  noche,  dos  sujetos  encapuchados,  uno  de ellos portando un revólver de juguete, lograron llegar a  través  de  uno  de los solares de las casas vecinas hasta la residencia de los  hermanos  Ramón  Elías  Zambrano  (persona  inválida  de  74 años de edad) y  Leticia  Zambrano  Linares  (de 63 años), donde los redujeron a la impotencia y  los  golpearon,  causando  la  muerte del primero, y heridas a la segunda, quien  perdió  el  conocimiento,  recuperándolo dos horas después. Los asaltantes se  apoderaron  de  la  suma de $816.000.oo en dinero efectivo, un juego de pulseras  en  oro  antiguo,  y  una caja fuerte de tamaño mediano, que luego abandonaron,  sin  haber sido abierta, en el patio de la casa de la señora Gilma Rueda Castro  (fls.2,         13,         19,         22-39,        52,        54,        282,  319/1).          

Las  primeras averiguaciones determinaron que  los  asaltantes  ingresaron  a la residencia de las víctimas por el solar de la  casa  donde  convivían  William Omar Sánchez (a.  Galeano)  y  Carmen Cristina  Páez   Anave.   También,   que  la  pareja  habría  participado    en    la   ideación   del   crimen,   junto   con   Edgar  Oviedo  (a.  El enano), según datos  suministrados  por  un  informante  anónimo,  (fls.41/1).  En vista de ello, se  escuchó  en  declaración  a los primeros, siendo contestes en afirmar que solo  se  enteraron  de  lo sucedido en las horas de la madrugada, cuando Carmen  Cristina se dirigía a la Iglesia a  misa,   y   que   no   conocían   a   ninguna   persona   apodada  “El  enano”.  Explicaron que el sábado  en  las  horas  de  la  tarde  y  la  noche estuvieron bebiendo licor con varias  personas,    entre    ellas    Blanca   Edith   Pino  González,  y  que  la  noche del domingo (día de los  hechos)   se   acostaron  temprano   (fls.15, 16, 74, 78, 114/1).     

Blanca  Edith  Pino  González  rindió  varias declaraciones en el curso del proceso. En la primera  (enero  15  de  1997)  se  limitó  a  reafirmar lo dicho por la pareja Sánchez  Páez,  en  el  sentido  de  haber  estado  tomando  en su compañía y de otras  personas  el  día  sábado.  Afirmó  que  esa  noche se quedó allí, y que el  domingo  en  las  horas  de  la mañana visitó su casa, y  regresó en las  horas  de  la  tarde, encontrando en el lugar a William  Omar  Sánchez  (a  quien  distingue como Galeano), su  cónyuge   Carmen  Cristina  Páez  Anave,  y  un  señor alto, de cabellos negros ondulados, piel trigueña,  de  24  a 26 años, a quien no conocía. Siendo las 6:15 de la tarde, se marchó  del  lugar,  quedando  allí  las  personas  mencionadas.  Preguntada  por “El  enano”,  manifestó que es una persona bajita, gordita, de cabello negro liso,  algo  morena,  que  ha  oído  nombrar  y  ha  visto  en la casa de Carmen  Cristina  (fls.85-88  del cuaderno  No.1).   

Un  mes  después  (14  de  febrero),  se  la  escuchó  en  ampliación de declaración. En esta oportunidad reiteró lo dicho  en  su  primera  versión, pero agregó que en los días anteriores a los hechos  investigados,   William  Omar  Sánchez  (a.  Galeano),  y  Carmen  Cristina  Páez  Anave            

le  manifestaron  que  si  necesitaba  plata  ayudara  a  conseguir  una  persona  que tuviera arma de fuego, porque el dinero  estaba  al  lado,  en la casa de la viejita que vivía sola, en una caja fuerte,  donde  se  guardaba  mucho  dinero  y  morrocotas.  Aseguró  que  en  los días  siguientes  le  insistieron  en  la  propuesta,  pero  que  ella  no les prestó  atención,  hasta  cuando  se  enteró  por  la radio de lo sucedido. Afirma que  “El  enano”  era  conocido de William Omar y Carmen  Cristina,  y  que  inclusive  después  de  su primera  declaración  la buscaron para advertirle que no lo fuera a involucrar, pero que  ella  les  dijo que ya había testificado. Dice que la última vez que vio “El  enano”  fue  el sábado anterior a los hechos, en la casa de la pareja, cuando  llegó   a   hablar   con  William  Omar  (fls.122-128/1).   En   posteriores  declaraciones,  la  testigo  se  mantuvo en su dicho (fls.153-154, 302-304/1).   

En  los  primeros  días  del  mes  de  marzo  declaró   Constantino   Cruz   Pardo,   de  profesión  zapatero,  quien  manifestó que en el mes de enero,  Edgar  Asdrúbal  Oviedo  (a  quien   distingue  como  “El  enano”  o  “Comino”),  le  confesó  haber  participado  en  los hechos investigados. Le contó que en una conversación que  sostuvo  con  “Galeano”  se  enteró  que en la residencia del finado Ramón  Zambrano  existía  una  caja  fuerte  con  mucho  dinero y joyas, y que los dos  acordaron  buscar  un  tercero  para entrar a la casa y realizar el asalto, pero  que  los  ancianos  opusieron resistencia, y el señor no les quiso entregar las  llaves  de  la  caja  fuerte,  por  lo  que decidieron llevársela. Comentó que  habían  perdido  “el  viaje”,  y  que  “el hombre se les había muerto”  (fls.181-183/1).   

Con  fundamento en esta información, y otros  elementos   de   prueba   allegados   al   informativo,   la   Fiscalía  abrió  investigación  y  ordenó  la captura y vinculación al proceso de William  Omar  Sánchez  (a. Galeano), Carmen Cristina Páez Anave y  Edgar  Asdrúbal  Oviedo  Azuaje  (a.  El  enano).  Los  primeros,  en  sus  indagatorias,  negaron  haber  participado  en los hechos, y  calificaron  de  falsas  las  afirmaciones  hechas por los testigos Blanca Edith  Pino  González  y  Constantino  Cruz  Pardo.  Manifestaron además no conocer a  Edgar     Asdrúbal    Oviedo    Azuaje,  ni distinguir a persona alguna apodada “El enano”. Idénticas  afirmaciones   hicieron   en  posteriores  ampliaciones  (fls.201-206,  229-234,  328-329, 330-331/1).    

Edgar  Asdrúbal  Oviedo  Azuaje,   quien   también  se  declaró  inocente,   presentó  tres  versiones  distintas.  En  la primera, suministrada el 10 de marzo, tildó   de     mentirosas     las     aseveraciones     del     testigo     Constantino  Cruz  Pardo,  a quien dijo no  conocer,  y  manifestó  no  tener  por  apodo  “El  enano”, ni distinguir a  William   Omar   Sánchez  y  Carmen  Cristina  Páez  Anave   (fls.211-217/1).  En ampliación del día  siguiente  (11  de  marzo), precisó que el 21 de diciembre (día anterior a los  hechos  investigados),  llegó  hasta  su  residencia  un  señor  apodado “El  flaco”,  y le propuso que asaltaran la casa del señor Ramón Zambrano, que un  amigo    suyo,    llamado   “Galeano”,  les  permitía  la entrada, pero que él se negó a acompañarlo.  Entonces  dijo que iba a buscar a “El enano” para que lo apoyara. Tres días  después  (24  de  diciembre),  le comentó que el viejo se había muerto porque  había  querido,  y que la noche de los hechos debieron permanecer en casa de la  familia  Sánchez  Páez hasta las 4 de la mañana, porque había mucha policía  regada  en  la  cuadra,  y  que la señora los había ayudado a salir a esa  hora,  al  dirigirse  a  la  iglesia  para  asistir  a  misa (fls.221-225/1). En  ampliación  del  día  14 de abril, reiteró su inocencia, pero se retractó de  lo  afirmado en ampliación del 11 de marzo en relación con la intervención en  los  hechos  del  “El  flaco”  y  los esposos William Omar Sánchez y Carmen  Cristina  Páez. Aseguró que lo dicho entonces no era cierto, y que los Agentes  del  DAS,  donde se encontraba detenido, lo obligaron a presentar dicha versión  de  los  hechos,  bajo amenazas de muerte. Reconoció, en cambio, haber visitado  la  casa  de los otros implicados en el mes de noviembre, con el fin de negociar  con “Galeano” unas venas de palma (fls.323-327/1).   

Se efectuó reconocimiento en fila de personas  del   implicado   Edgar   Asdrúbal   Oviedo   Azuaje  por    parte    de    los    testigos   Blanca  Edith  Pino González y Constantino Cruz Pardo, siendo  identificado  por  la primera como el individuo que conoció  en  casa  de  la  pareja Sánchez Páez, y que apodaban “El enano”, y por el  segundo,  como  la  persona  a  la cual se refirió en su declaración, y que le  confesó  haber participado en los hechos investigados (fls.242-243 y 244/1). Se  escuchó  también  en  declaración  a Julián Herrera  Flórez,  detective del Departamento Administrativo de  Seguridad   (DAS),   quien   manifestó   que   las  afirmaciones  del  detenido  Edgar    Asdrúbal   Oviedo   Azuaje,   en  el  sentido  de  que  había  sido coaccionado para que ampliara  indagatoria  no eran ciertas, y que fue su voluntad hacerlo, pues como aseguraba  ser  inocente y tener conocimiento de quiénes habían cometido el crimen, se le  sugirió   que   contara   lo   que   sabía   al   Fiscal,   y   así  lo  hizo  (fls.387-388/1).   

   

Practicadas  otras  pruebas  y  clausurada la  investigación,  la  Fiscalía  calificó su mérito el 10 de septiembre de 1997  con  resolución  de  acusación  contra los tres implicados, por los delitos de  homicidio  agravado, hurto calificado agravado, y lesiones personales agravadas,  de  acuerdo  con lo previsto en los artículos 324.7 (modificado por el 30 de la  ley  40  de  1993),  332  inciso  primero,  339,  350  y  351  del Código Penal  (fls.413-432/1).  Esta  decisión  causó  ejecutoria  en  esa  instancia  el 19  siguiente (fls.432 vuelto/1).    

Rituado el juicio, el juzgado de conocimiento,  mediante  sentencia de 5 de febrero de 1998, condenó a los procesados a la pena  principal  privativa  de  la libertad de 55 años de prisión, y la accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas por el mismo término, como  coautores  responsables de los delitos imputados en la resolución de acusación  (fls.494-515/1).  Apelado  este  fallo  por  los  procesados  y  los  defensores  (fls.514  vuelto,  515, 522, 532, 538/1), el Tribunal Superior, mediante el suyo  de  20  de  mayo  del mismo año, que ahora recurre en casación la defensora de  Edgar    Asdrúbal    Oviedo    Azuaje    (a.    El  enano),  fijó  la  pena  principal  en  46  años  de  prisión,  y  la accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas en  diez años (fls.6-32 cuaderno del Tribunal).   

   

La         demanda:   

Con  fundamento  en  la  causal  primera  de  casación,  apartado  segundo, la demandante acusa la sentencia impugnada de ser  violatoria  de  la  ley sustancial, debido a errores de hecho por falsos juicios  de  identidad  en  la  apreciación  de  las  pruebas.  Como normas quebrantadas  relaciona  los  artículos  21  y  25 del Código Penal (Decreto 100 de 1980), y  247,  294, 300, 301, 302 y 303 de Procedimiento (Decreto 2700 de 1991), entonces  vigentes.   

Afirma  que  la  decisión  de condena contra  Edgar    Asdrúbal    Oviedo   Azuaje   se    fundamentó    en    las    declaraciones    de   Blanca  Edith  Pino González y Constantino Cruz Pardo, a  los  cuales  se les otorgó entera credibilidad, pero que existen  elementos  de  juicio que permiten concluir que estos testigos pudieron “estar  amañados  o  debieron  tener  un interés”, y que el funcionario investigador  omitió  dar  cumplimiento  a  lo preceptuado en el artículo 333 del Código de  Procedimiento  Penal,  en  el  sentido  de investigar tanto lo favorable como lo  desfavorable al procesado.   

Después de transcribir algunos apartes de los  testimonios   de   Blanca   Edith  Pino  González  y  Constantino  Cruz  Pardo,  tilda de absurdo que alguien  que  comete  un  delito,  o  ha  tenido  participación  en el mismo, comente lo  ocurrido  para  poner  en  peligro  su  libertad, y advierte que los testigos se  contradicen,  porque mientras Blanca Edith sostiene   que   “El  enano”  era  de  pelo  liso,  Constantino   asegura   que  es  de  pelo  churrusco,  tanto  que  cuando  lo  vio por primera vez pensó que era costeño.   

Aparte de esto, se tiene que el procesado, en  indagatoria,  manifestó  que “El flaco” vivía casi en frente del taller de  un  señor  MIGUEL  SANCHEZ, y que era de aproximadamente 1.70 de estatura, cara  barrosa,  no  muy gordo, pelo ondulado negro, que se movilizaba en una bicicleta  de  color  verde  y  rosada,  de acento llanero, pero el instructor nada hizo en  procura  de  verificar  si  sus  manifestaciones eran ciertas, desconociendo, de  esta manera, el principio de investigación integral.   

Concluye diciendo que las inferencias lógicas  realizadas  por  el  Tribunal  no  se  ajustan  a la realidad, por las siguiente  razones:   

–  La testigo Blanca  Edith  Pino  González  dijo que “El enano” tenía  pelo   grueso   liso,   y   Constantino   Cruz  Pardo  que  lo  tenía  churrusco.  Por tanto, al realizar la  inferencia    lógica,   se   concluye   que   no   se   trata   de   la   misma  persona.   

–  Mientras la testigo sostiene que el sujeto  que  vio  en  la  casa  de la familia Páez Sánchez lo apodaban “El enano”,  Constantino  afirma  que  a  Oviedo  Azuaje  lo  llaman  “El  enano  ó  Comino”. Por tanto, una correcta  inferencia  lógica  conduce  a  la  conclusión  de  que  se  trata de personas  distintas.            

–  De la declaración del testigo el Tribunal  infiere  que  la narración que el procesado le hizo de los hechos correspondía  a  lo  realizado  directamente  por  él.  Aquí también el ad quem yerra en la  inferencia  lógica,  porque  lo narrado por el procesado en su declaración fue  lo  que  escuchó  de  “Galeano” (sic). Por tanto, no pueden ponerse en boca  del acusado, afirmaciones que no ha hecho.   

– El Tribunal infiere que los hechos narrados  por  el  acusado  los  ejecutó  él  mismo,  pero  en  el  proceso se encuentra  demostrado  que  las únicas personas que conocían el interior de la casa de la  víctima  eran  William Omar Sánchez y Carmen Cristina  Páez.  Por tanto, en sana crítica se concluye que los  detalles  que  conocía el procesado alguien se los contó, y así lo sostuvo en  indagatoria,  donde manifestó que “El Flaco” le había hecho el comentario.   

– Otra inferencia del Tribunal, para ubicar a  Oviedo  Azuaje en el lugar de  los  hechos,  se  sustenta  en  las  afirmaciones  de  la  testigo  Edith  Pino  González,  quien inicialmente  sostuvo  haber  conocido “El enano” entre el 16 y 23 de diciembre de 1996, y  después,  que  empezó  a  verlo  desde  un  mes  antes  del  crimen en casa de  “Galeano”,   “lo   que   conlleva   nuevamente   a   una   inferencia   no  lógica”.       

–   El   Tribunal   incurre   también   en  tergiversación  de  la  inferencia  lógica  al  afirmar,  con fundamento en la  declaración    de   la   testigo   Pino   González,  que  “El  enano”  fue  el  organizador  del  acto  delictivo,   por   las   visitas   que   hacía   a   la  casa  de  William   Omar  y  Carmen  Cristina,  pero  olvida  que  su  defendido  no  era  la  única  persona  que  frecuentaba dicha  vivienda,  y que nunca permaneció allí más de diez minutos. Por el contrario,  la  sana  crítica y las reglas de la experiencia enseñan que los organizadores  y  autores de los hechos fueron “Galeano” y su compañera, quienes conocían  la vivienda y sus moradores.   

– Los juzgadores infieren que los testimonios  rendidos  por Blanca Edith Pino González y Constantino  Cruz  Pardo  son  seguros,  precisos y espontáneos, y  merecen  toda  credibilidad,  “a  lo  cual discrepo por error en la inferencia  lógica”,  porque  no es natural que una persona que tiene conocimiento de los  pormenores  de  un  acto  delictivo en potencia, contra una persona conocida, no  los  denuncie  ante las autoridades respectivas. La sana lógica enseña que una  persona  así  no  es merecedora de credibilidad, y que debió haber participado  en  los hechos para tener conocimiento de tantos detalles, “concluyéndose que  el  Tribunal  tergiversó la apreciación de los indicios, en el ejercicio de la  discrecionalidad  reglada  en  la  valoración  probatoria, pues como se sabe no  contempló  hipótesis  ni dedujo jerarquías según el grado de aproximación a  la certeza que brindó al indicio”.   

Con  fundamento  en  estas  consideraciones,  solicita  a  la  Corte  casar  la sentencia impugnada, y en su lugar absolver al  procesado de los cargos imputados en la resolución de acusación.   

Concepto  del Ministerio Público:   

La  Procuradora  Primera  Delegada  para  la  Casación  Penal  considera  que  el  cargo  no  debe prosperar, por defectos de  técnica,   y  porque  el   demandante  entremezcla  de  manera  inadecuada  aspectos  que  debieron  ser planteados en cargos distintos. Asegura que tras la  invocación,   por  ejemplo,  de  un  error  por  distorsión  de  las  pruebas,  correspondía   indicar  de  qué  manera  fueron  tergiversadas, pero esta  labor  no  fue   abordada  por  la casacionista, habiéndose conformado con  proponerlo,  para  mencionar en seguida en su desarrollo, “la ocurrencia de un  equívoco en la labor propia de la prueba indiciaria”.   

Dicha fundamentación no puede ser tenida como  desarrollo  del  primer  enunciado,  por corresponder a un falso raciocinio, que  tampoco  es  demostrado, porque para ello era preciso que se acreditara cuál de  los  criterios  de  apreciación  dentro  del  sistema  de  la sana crítica fue  desconocido,  y  la  demandante  no  acomete  este trabajo. Y mal puede señalar  estos  “dos sentidos” de la violación como si fuera uno solo, pues mientras  el  falso  juicio  de  identidad  implica  la confrontación del contenido de la  prueba  con  el  que  objetivamente  presentó  el fallador, el falso raciocinio  guarda  relación con la utilización de los criterios de apreciación racional.   

Sorprende además la ausencia de lógica en la  construcción  del  discurso,  pues  al  tiempo  que habla de “invalidar” el  fallo,   critica   el  reconocimiento  de  certeza  de  la  responsabilidad  del  procesado,  y  alude  a una pretendida interpretación errónea, haciendo que no  se  cumpla  el requisito formal de claridad, requerido para su estudio. Es más,  la  censura  terminó  convirtiéndose en una crítica a la credibilidad que los  juzgadores  le dieron a los testimonios de Blanca Edith  Pino  y  Constantino  Cruz  Pardo,  precedida  de  una  evaluación  insular  y  particular  de los mismos, sin atender que del conjunto  probatorio,  y  de  las contradicciones del procesado, se estableció la certeza  de   su   responsabilidad   en  los  hechos.         

Y  si  la  pretensión “estaba orientada al  proceso  de  inferencia  lógica  o la construcción del indicio, el ataque pudo  hacerlo  frente  a  las  pruebas,  señalando  los  errores  por falso juicio de  existencia  o  de  identidad  en  los  medios  de  convicción  o bien frente al  raciocinio  en  la inferencia lógica, lo que tampoco se ocupó de hacer, con lo  cual,  tampoco  debe  entenderse  este  (sic) , el sentido del quebranto y menos  aún  ocuparse  de  ello,  so  pena  de vulnerar el principio de limitación que  orienta la casación”.   

Afirma   que  el  camino  escogido  por  la  casacionista  es  equivocado,  y  que  no resulta pertinente hacerle juego a sus  manifestaciones  de  oposición  a la valoración que los falladores hicieron de  las  pruebas,  en el sentido de que no se indagó sobre el “Flaco”, o que no  coinciden  los  apodos  del implicado, porque estas presuntas inconsistencias no  pueden  ser  motivo  de  estudio en casación, “que se ocupa exclusivamente de  errores  relativos  a  la  legalidad  de  la  sentencia  y  que  no le es propio  convertirse  en  una  tercera  instancia  que  prolongue  la controversia de las  pruebas”.   

La verdad es que el juzgador de segundo grado  hizo  un  estudio  acertado  del  conjunto probatorio, y no deja de tener razón  cuando  sostiene  que la lógica y la experiencia indican que tantos detalles de  lo  sucedido,  “no  es  posible  darlos por quien apenas supo por versión del  autor,  lo  que  sucedió,  no  requiere  esfuerzo,  a  más  de  las  restantes  circunstancias  que  lo vinculan con lo ocurrido, que fue él y no el mencionado  ‘flaco’     quien    participó    en    el  ilícito”.       

Con  fundamento  en  estas  consideraciones,  solicita a la Corte no casar la sentencia impugnada.   

SE        CONSIDERA:   

La  casacionista acusa la sentencia impugnada  de  violar  indirectamente  la  ley  sustancial,  debido  a errores de hecho por  falsos  juicios  de  identidad.  Este  planteamiento  imponía demostrar que los  juzgadores  distorsionaron  el  contenido  fáctico de las pruebas, haciéndoles  decir  lo que no dicen, por una cualquiera de las siguientes razones: (1) porque  realizaron  una lectura equivocada de su texto (distorsión por transmutación),  (2)  porque hicieron agregados o adiciones que no corresponden a su materialidad  (distorsión  por  adición),  o  (3)  porque  omitieron tener en cuenta apartes  importantes     de     su    contenido    (distorsión    por    supresión    o  cercenamiento).       

Ninguna  de  las  referidas  hipótesis  es  acreditada  por la impugnante. Sus alegaciones, como acertadamente lo postula la  Delegada  en  su  concepto, involucran no solo ataques de naturaleza distinta al  que   inicialmente  anuncia,  sino  pretensiones  de  variada  índole, que  debieron   ser   propuestas  en  cargos  separados,  o  al  amparo  de  causales  diferentes.  De  manera  general,  puede  decirse  que  el  cargo involucra tres  aspectos:  De  una  parte,  cuestiona  la  falta  de  actividad probatoria de la  Fiscalía,  frente a las citas que el procesado hizo en indagatoria; de otra, la  valoración   que   los  juzgadores  hicieron  del  mérito  probatorio  de  los  testimonios   de   Blanca   Edith  Pino  González  y  Constantino   Cruz   Pardo,  y  los  razonamientos  de  carácter  lógico  inferencial realizados por los juzgadores, por considerarlos  equivocados.    

En el primer caso, se estaría en presencia de  un  error  in  procedendo, o de actividad procesal, por violación del principio  de  investigación  integral,  que  el casacionista no desarrolla, y que además  debió  ser  planteado al amparo de la causal tercera. En los restantes (segundo  y  tercero),  frente  a  un  error in iudicando, susceptible de ser propuesto al  amparo  de  la  causal  primera,  cuerpo  segundo, como error de hecho por falso  raciocinio,  que  resulta  ser  distinto  del denominado de identidad, en cuanto  surge  del  desconocimiento  manifiesto  de  las  reglas  de  la  sana  crítica  (principios  de  la  lógica,  postulados  de  la  ciencia,  o  máximas  de  la  experiencia)  en  la valoración que hace del mérito persuasivo de las pruebas,  o    en    la    construcción    de    inferencias    lógicas   de   contenido  probatorio.       

Preciso  es  recordar que la diferencia entre  estas  dos  especies de errores  la fija el objeto sobre el cual recae y el  momento  en que se produce. Mientras el de identidad se presenta por distorsión  del   contenido   material   de   la   prueba,   el  de  raciocinio  deriva  del  desconocimiento  de  las  reglas  de la sana crítica. Por eso ha sido dicho que  mientras  el  primero  (de identidad) es de carácter objetivo contemplativo, el  segundo  (de  raciocinio)  es  de valoración crítica, y presupone una correcta  aprehensión    del   contenido   material   de   la   prueba.      

Ahora  bien.  Las  inconsistencias del libelo  derivan  no  solo  de  la  indebida  formulación  de  pretensiones  disímiles.  También  provienen de la ausencia de fundamentación de los ataques, y la falta  de  acreditación  de  su  trascendencia. Al cuestionar por ejemplo la actividad  probatoria  de la Fiscalía, la casacionista se limita a destacar el hecho de no  haber  realizado  gestiones  orientadas  a  localizar  “El  flaco”,  a quien  Oviedo    Azuaje   acusó  inicialmente  de  ser  uno de los autores de los hechos, pero no explica de qué  manera  dicha  omisión  pudo  haber  afectado  las  garantías fundamentales, o  incidido  en  la  decisión  de  condena,  acreditación  sin la cual no resulta  posible  determinar  si la irregularidad puede o no tener efectos invalidatorios  (artículo 88 del Decreto 2700 de 1991).   

Situación   similar   se  presenta  cuando  cuestiona  la apreciación que los juzgadores hicieron del mérito persuasivo de  los  testimonios  de  Blanca  Edith  Pino  González y  Constantino  Cruz  Pardo.  Además  de no demostrar de  qué  manera  los  juzgadores desconocieron las reglas de la sana crítica en la  valoración  de  su  mérito,  nada  dice  sobre la trascendencia del yerro. Sus  argumentaciones,  se  circunscriben  a  la afirmación de que la valoración del  Tribunal  es  equivocada, porque resulta “absurdo” que alguien que comete un  delito  revele  lo  ocurrido a otras personas poniendo en peligro su libertad, y  porque  no  es  racional  que  alguien  que  ha tenido conocimiento de la futura  ejecución  de  un  ilícito,  omita  informar  del  hecho  a  las  autoridades.   

Estas afirmaciones están lejos de constituir  máximas  incontrastables  de  la  experiencia,  como  pareciera  entenderlo  la  casacionista.  Verdad  es  que  los  delincuentes,  para protegerse, procuran no  comprometer  su  responsabilidad revelando sus actividades delictivas a terceras  personas,  pero  ello  no  quiere decir que nunca lo hagan. Con frecuencia estas  situaciones   se   presentan,   dependiendo  de  múltiples  factores,  como  su  personalidad,  el  estado  de  ánimo,  cargos de conciencia, manifestaciones de  autosuficiencia, entre otros.   

También es cierto que la testigo Blanca   Edith   Pino   González  guardó  inicialmente   silencio   sobre   los   planes   de   la   familia  Sánchez  Páez,  pero  no  por ello puede  afirmarse  que  miente,  porque  las  personas  no  actúan  siempre de la misma  manera,   y  porque  la  declarante  explicó,  en  forma   razonable,  que  inicialmente  no le prestó atención a la propuesta, y que solo vino a advertir  su  seriedad  al  enterarse  por la radio de lo sucedido, siendo entonces cuando  decidió denunciar el hecho.      

Afirma también la impugnante que los testigos  Blanca  Edith Pino González y Constantino Cruz Pardo,  difieren   en   la  descripción  que  hacen  de  las  características  del  cabello  de  la  persona  a  quien  distinguen como “El  enano”,  al  igual  que  en  sus apodos, y que una correcta inferencia lógica  permite  concluir  que se refieren a sujetos distintos. Esta apreciación carece  igualmente  de  fundamento,  porque  los  referidos testigos en la diligencia de  reconocimiento  en  fila de personas coincidieron en señalar al implicado   Oviedo  Azuaje  como  “El  enano”,  el  mismo  al  cual  habían  aludido  en  sus  testimonios, quedando  superada,  de  esta  manera,  cualquier  duda  que pudiera haberse presentado al  respecto.    

Sostiene, así mismo, que el Tribunal puso en  boca   de   Oviedo   Azuaje  afirmaciones  que  no hizo, al asegurar que lo narrado en su primera ampliación  de  indagatoria  correspondía  a  lo  realizado  realmente  por  él como autor  material  de  los  hechos,  no siendo ello cierto. Esta apreciación es de igual  manera  equivocada,  porque las afirmaciones que el ad quem hace no las atribuye  al  procesado,  como  lo  sostiene  la  casacionista,  sino  que  corresponden a  conclusiones  de  carácter  inferencial  derivadas  del  análisis del conjunto  probatorio.          

Tampoco   es   cierto   que   Blanca  Edith  Pino  González  incurra en  contradicciones   en   torno   a   la   forma   como   conoció  a  Oviedo  Azuaje,  pues  la  testigo siempre  manifestó  haber  visto  por  primera vez “El enano” aproximadamente un mes  antes  de  los  hechos,  en  la  casa  de la familia Sánchez Páez (fls.125 del  cuaderno  No.1).  También  difiere  de la verdad procesal la afirmación que se  hace,  en  el  sentido  de  que el Tribunal se equivoca al señalar al procesado  como  organizador  del  hecho,  porque  el  fallo,  dice  todo lo contrario: que  William  Omar  Sánchez  y Carmen Cristina Páez Anave  debían   responder  en  condición  de  ideadores  y  organizadores  del  plan  criminal,  y  Edgar Asdrúbal  Oviedo  Azuaje como uno de los autores materiales. Y no  por  el  hecho de desconocer este último el interior de la casa de la víctima,  puede  ponerse  en  duda  su  participación  en  el crimen, como lo insinúa la  casacionista.   

El cargo no prospera.  

El  Juez  de Ejecución de Penas y Medidas de  Seguridad  se pronunciará  en forma definitiva sobre la redosificación de  la  pena  realizada por el Juez de primera instancia con motivo de la entrada en  vigencia  del  nuevo Código (fls.63 y 67 del cuaderno de la Corte), teniendo en  cuenta   que   la  impuesta  en  el  fallo  de  segunda  instancia  no  sufrirá  modificaciones   con  ocasión  de  la  casación.        

En mérito de lo expuesto, LA CORTE SUPREMA DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACION PENAL, oído el concepto de la Procuradora Primera  Delegada,  administrando  justicia en nombre de la república y por autoridad de  la ley,   

R   E   S   U   E   L   V   E:   

NO CASAR la sentencia  impugnada.   

Notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de  origen. CUMPLASE.   

ALVARO ORLANDO PEREZ PINZON  

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL                JORGE CORDOBA POVEDA   

HERMAN            GALAN  CASTELLANOS                   CARLOS                              A.                              GALVEZ   ARGOTE                          

JORGE         A.         GOMEZ  GALLEGO                           EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

CARLOS       E.       MEJIA   ESCOBAR                          NILSON PINILLA PINILLA   

                                                                                        No hay firma   

                                                    Teresa Ruiz  Nuñez   

                                                         SECRETARIA     

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