14959(05-12-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 14959  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 153  

          Bogotá,   D.   C.,   cinco  (05)  de  diciembre  del  dos  mil  dos  (2002).   

VISTOS  

          Mediante  sentencia  del  13 de marzo de  1998,  el  Juzgado  Tercero  Penal  del  Circuito  de Tuluá (Valle) declaró al  señor    Wilmer    Bedoya    Zapata    responsable  del  delito  de  tentativa  de  homicidio, a título de  autor.  Le  impuso  la  sanción principal de 12 años y 6 meses de prisión, la  accesoria  de  interdicción de derechos y funciones públicas por 10 años y la  obligación de indemnizar los daños causados.   

          El  fallo fue recurrido por el defensor y confirmado por el Tribunal  Superior  de  Buga el 21 de mayo siguiente. El apoderado del sindicado interpuso  recurso  de casación, fue concedido y sustentado. La Sala se pronuncia de fondo  sobre  el  mismo,  luego  de  obtenido el concepto del Señor Procurador Tercero  Delegado en lo Penal.   

HECHOS  

          Aproximadamente  a  las  once  de  la noche del 12 de enero de 1996,  Wilmer  Bedoya Zapata visitó  a  Jorge  Antonio  Herrera  Polo,  en  su  peluquería de la carrera 27, número  30-43,  de  Tuluá (Valle), y le indagó por el precio de algunos objetos. A eso  de  la  una de la madrugada del día 13, aquél regresó acompañado de un menor  y  le  solicitó  les  diera  posada, a lo cual accedió. Cuando Herrera Polo se  estaba  quedando  dormido,  Bedoya  Zapata  la  emprendió  a  puñaladas  en su contra. Ante los gritos de la  víctima e intervención de un vecino, el agresor huyó.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

          Luego  de  una  indagación preliminar, se inició la investigación  respectiva,  se  escuchó  en  indagatoria  al  imputado  y  se  le resolvió su  situación jurídica.   

          El  17  de  enero de 1997 fue acusado como responsable del delito de  tentativa  de  homicidio  agravado. Recurrida esta decisión, fue confirmada por  la  Fiscalía  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior  de  Buga,  el  6 de marzo  siguiente.   

          Proferidas  las  sentencias  de  primera  y  segunda  instancias, el  defensor interpuso recurso de casación.   

LA DEMANDA  

          Causal Tercera.   

          Cargo único.   

          La  sentencia se dictó en un juicio viciado de nulidad porque no se  respetó  el  debido  proceso.  La  actuación,  entonces, debe ser retrotraída  hasta  el  cierre  de  la  instrucción,  con  el  fin  de que el expediente sea  remitido  a  quien corresponda conocer de las lesiones  personales  pues  la conducta investigada y juzgada es  adecuable  a  esta  forma  delictiva  y  no  a  la  conocida  como  tentativa de  homicidio.  Aclara  el  demandante  en  su  escrito,  que  no  formula la simple  incompetencia  del juez, sino algo más: que por esa vía se faltó a las formas  propias del juicio.   

          Explica  su criterio, según el cual a pesar del arma utilizada, los  dictámenes  médicos  demuestran que las heridas causadas fueron superficiales,  no  penetrantes,  y que no comprometieron órganos vitales. Así, es descartable  la   intención   de   matar  y,  por  tanto,  el  Ad  quem  no se hallaba habilitado para invadir campos que  le    estaban    vedados,    y    sin    embargo    contrarió   los   conceptos  clínicos.   

          Tangencialmente   anota  que  la  Sala  de  Decisión  del  Tribunal  Superior  se  debió  declarar  impedida  para  revisar  la  sentencia, pues con  antelación  había  producido un auto interlocutorio en el que concluyó que la  conducta  implicaba  una  tipicidad  relacionada con un atentado contra la vida.  Con   ello   –dice-  se  estructuraba  la  causal  sexta  de impedimento, de acuerdo con el artículo 103  del Código de Procedimiento Penal de 1991.   

          En  conclusión,  afirma, el Tribunal aplicó de manera indebida los  artículos  22  y  323  del  Código  Penal  de  1980  y  61,  67  y  247 del de  Procedimiento Penal de 1991.   

EL MINISTERIO PUBLICO  

          Solicita no casar la sentencia. Expone:   

          Si   se  alega  falta  de  competencia  con  base  en  una  indebida  denominación  de  los  hechos,  la  censura  se  debe formular conforme con las  reglas  de  la causal primera, esto es, demostrar violación directa o indirecta  de  la  ley  sustancial,  para  probar  que  otro  era el funcionario que debía  instruir  o  juzgar  ese  hecho,  porque al suceso le correspondía un nombre de  delito diverso del asignado.   

          Con  nada  de ello, agrega, cumplió el demandante, quien se limitó  a  hacer análisis genéricos respecto de los dictámenes médicos para concluir  que  de  estos  surgía  la  ausencia del propósito homicida, sin demostrar por  qué  esas  pruebas  se  debían  evaluar de modo diverso a como lo hicieron las  sentencias.  Además,  el  actor  simplemente  expresó  un  criterio  subjetivo  –el   suyo-  sobre  los  estudios  clínicos,  tarea  inadmisible  pues  los  entiende como si estuvieran  aludiendo  a  heridas  superficiales  cuando,  por el contrario, los dictámenes  hablan de la severidad de las mismas.   

          Agrega   que   el   impugnante  no  demostró  que  el  Ad  quem  estuviera obligado a declararse  impedido,  además  de  que  se dedicó a atacar una providencia interlocutoria,  olvidando que la casación procede contra sentencias.   

          Finalmente,  estima  que  los  medios  de  prueba  valorados  por el  Tribunal    demuestran    que    la    calificación    de    los   hechos   fue  acertada.   

CONSIDERACIONES  

          La sentencia impugnada conserva su vigencia, porque:   

          1.  Cuando  se  acude  al  recurso  extraordinario de casación para  censurar  error  en  la denominación jurídica del delito porque -como anota la  defensa-  se parte de que el comportamiento tipifica el de lesiones personales y  no  el  de  tentativa  de homicidio, el cargo debe ser formulado con apoyo en la  causal  tercera  -como se hizo- pues si prosperara se impondría la retroacción  del   trámite  con  el  fin  de  que  se  actuara  con  base  en  una  acertada  calificación.  Como  es claro, en tal hipótesis no se podría dictar sentencia  sustitutiva  porque  hacerlo  resquebrajaría  la estructura lógica del proceso  pues  no  existiría  congruencia  entre  el  pliego  de  cargos  y la decisión  final.   

          Pero  la  demostración  de  un  reproche  así  formulado  se  debe  conducir  por  las  rutas  técnicas  de  la causal primera, con la consiguiente  obligación  para  el  recurrente  de  demostrar  si la calificación equivocada  procedía  de  violación  directa  o  indirecta  de la ley sustancial, y con el  señalamiento,  en  el  último  evento,  de  si  la infracción concurre por la  presencia  de  un  error de hecho o de derecho, con la especificación del falso  juicio    cometido:    existencia,    identidad,    raciocinio,    legalidad   o  convicción.   

          Y  se  afirma  lo  anterior,  por  cuanto si el yerro proviene de la  escogencia  del  nombre  de  la  conducta  punible  correspondiente a los hechos  investigados,  se incurre en equívoco al seleccionar la disposición aplicable.  Y  esta  falencia  tiene  que  ser  señalada y comprobada con fundamento en las  directrices  establecidas  para  la  causal  primera  de  casación.  A renglón  seguido,  una  vez  acreditado  que  los hechos han debido ser calificados en la  forma  formulada,  es  menester  dilucidar  si el cambio genera variación de la  competencia y, por contera, si se impone la nulidad.   

          2.  Para  desarrollar  el  reproche,  el  recurrente  se  limitó  a  presentar  su  propia  inteligencia  respecto  de  la  forma  como se han debido  apreciar  los  dictámenes médicos, y a concluir que de ahí se desprendía que  no  hubo propósito homicida, motivo por el cual el nombre del delito debía ser  inferido  a  partir  del  resultado.  Sin  embargo,  no  demostró  fallas de la  sentencia  en  materia  de  estimación probatoria, como tampoco la trascendencia  de las mismas, pues que no  analizó  -para  derrumbarlas-  las  restantes pruebas con base en las cuales el  Ad  quem dio por demostrada  la  comisión  de  una  tentativa  de  homicidio,  y  no  la  de  unas  lesiones  personales.   

          3.  De  los  conceptos médicos, el defensor dedujo conclusiones que  estos  no portan. Con ello, el fondo de su propuesta se desmorona completamente.  Así,  resaltó  de  manera  insistente  que los dictámenes demostraban que las  lesiones  sufridas  por  la  víctima  fueron superficiales y que, por tanto, la  intención del agente no comportaba atentados contra la vida.   

          Pero,  aún  en  gracia  de  discusión,  si  esa  inferencia  fuera  posible,  el cargo carecería de robustez porque estaría cimentado en supuestos  inexistentes,  toda  vez  que  los  estudios  científicos  no  se refieren a la  ligereza  o  liviandad     de     las     heridas.  Véase:   

          a)  Del  concepto del 15 de enero de 1996 nada se colige respecto de  la  gravedad  de  los daños, pues el mismo es provisional, hace hincapié en la  necesidad  de  otro  estudio y se limita a describir los rastros en el cuerpo de  la   víctima.  De  las  17  heridas  que  relaciona,  sólo  señala  dos  como  “moderadas”  (números  6  y 10) y tres como “leves” (11, 16 y 17). Pero  no se ocupó de las restantes, que conforman la mayoría.   

          b)  El  dictamen  del  30  de  mayo  de  1997  concluye  que  “las  heridas”  descritas en el anterior “fueron severas pero no fueron graves”.   

          c)  Y  un  último  concepto,  del  5  de enero de 1998: “llama la  atención  la  localización  de  las heridas, y su gravedad, dado que (se trata  de)  lesiones  en  la  cabeza  y  de la magnitud de las referidas en el dictamen  médico legal…”.   

          La  reseña  de  los  estudios  científicos no muestra, siquiera de  manera  tácita,  que los perjuicios que sufrió el ofendido fueran insignificantes,  esto  es,  ligeros        o       someros.  Por  el contrario, las expresas  alusiones  a heridas graves o  severas,  o,  lo  que es lo  mismo,  serias,  enormes,  importantes,  ponen  de  presente, de un lado, que la  defensa  distorsionó  el  real alcance de los dictámenes, que por parte alguna  aluden  al  calificativo que emplea; y, del otro, que, siguiendo el razonamiento  del  actor,  si  el propósito de matar o de lesionar surge de la magnitud de la  afectación,  los  conceptos  médicos llevarían a concluir en la demostración  del primero.   

          4.  Como  bien  lo  analiza  el Ministerio Público, el casacionista  dejó  de lado algo muy importante: que los fallos de instancia -que en el punto  de  debate conforman una unidad inescindible- no descartaron el tipo de lesiones  personales  -para  dar  paso  a  la  tentativa  de homicidio- teniendo en cuenta  exclusivamente  las  descripciones  que  hacen  los  dictámenes  oficiales. No.   

          El   juzgado,  fundamentado  en los relatos de la víctima y del menor Miguel Andrés Marín -a  los  que  otorgó eficacia- concluyó que si el primero corría y el acusado iba  detrás  de  él  “dándole puñaladas”, y pidiendo al joven que lo golpeara  en  la  cabeza,  “el  ataque  toma  visos  de  atentatorio contra la vida y la  integridad personal”.   

          El  dolo,  por  consiguiente,  se  probó  con las dos declaraciones  aludidas,  sin  necesidad  de  acudir a los dictámenes. Estos fueron utilizados  por  la  justicia solamente para cimentar más la conclusión, y no tanto por la  gravedad  de los agravios, sino, sobre todo, por su cantidad y por su ubicación  en  la  humanidad  de  la  víctima.  A  esto,  agregó  el  fallador de primera  instancia  que  la  muerte  no  se  había  logrado porque la víctima se había  defendido como pudo, para luego huir.   

          El   Tribunal  también  dedujo  la  adecuación  en  la  tentativa  de  homicidio,  de los dos  testimonios  mencionados, y advirtió que la prueba pericial “no hace más que  reforzar” esas apreciaciones.   

          De  lo  anterior  se desprende que el propósito de matar surgió de  la  eficacia otorgada a dos versiones de cargo, palabras que no fueron objeto de  reproche  por  parte del impugnante y que, por ende, permanecen incólumes y con  suficiencia  para  sustentar  el fallo condenatorio. En consecuencia, aún en el  evento   de   que  los  reparos  defensivos  tuvieran  fortaleza,  ésta  sería  intrascendente  por cuanto,  haciendo  abstracción  de  la  hipotética  irregularidad,  el  sentido  de  la  decisión    sería   idéntico   al   plasmado   en   su   sentencia   por   el  Tribunal.   

          5.  Con  un  trabajo  extraño a la casación, el recurrente enseña  malestar  porque  el  Tribunal  no  se  declaró  impedido  para  conocer  de la  apelación  del fallo, siendo que con antelación se había pronunciado sobre el  tema,   a   propósito   de   la   impugnación   de   un  auto  interlocutorio.  Dígase:   

          a)  En primer lugar, el objeto de la casación no es una resolución  o  un  auto  interlocutorio,  ni  siquiera  cuando la decisión de esta clase se  integra  en  una  sentencia,  formalmente  entendida.  No es, pues, momento para  debatir  si  procedía  o  no  una  declaración de impedimento, cuestionando un  proveído que la negó.   

          b)  Expresamente,  el  Tribunal manifestó que no concurría ninguna  de   las   causales   legales   de   impedimento.   Esta   es  la  historia  del  asunto:   

          El  10  de  abril,  de  1997,  el  defensor  del señor Bedoya  Zapata  le  pidió al Juez Tercero  Penal  del  Circuito  que se “declarara impedido por incompetencia”, pues el  hecho  constituía  delito  de  lesiones  personales,  razón por la cual debía  remitir el expediente a una fiscalía local.   

         El  12  de  junio  del  mismo  año,  el  destinatario  del memorial  decretó  su  incompetencia  con fundamento en un dictamen pericial y dispuso el  envío del expediente a tales fiscalías.   

         El   Ministerio  Público  interpuso  recurso  de  apelación  y  el  Tribunal,  en  providencia  del  11 de agosto de 1997, revocó aquella decisión  tras  demostrar  que  se  trataba  de  tentativa  de  homicidio agravado y no de  lesiones  personales.  Ordenó  al  A quo, entonces, que prosiguiera la actuación.   

         Dictada  la sentencia condenatoria de primera instancia, el defensor  apeló  con el propósito de que el Tribunal dijera que se trataba del delito de  lesiones  personales,  petición  que  reiteró  al  sustentar  la impugnación,  acompañada    de    la    tangencial    observación   sobre   la   causal   de  impedimento.   

         El  Tribunal,  al  conocer  del asunto, se ocupó del tema, explicó  por  qué  no  era  jurídico  hablar  de  “invitación  a  la declaración de  impedimento”,  así como el alcance de la causal 6ª. prevista en el artículo  103  del  Código  de  Procedimiento  Penal de 1991, motivo de exclusión que no  incluía  la  hipótesis  del juez que dentro de un mismo proceso, conoce en dos  ocasiones con ocasión de la alzada.   

         c)  Durante  el  proceso,  y  esto es capital, en ningún momento el  defensor  utilizó  los  mecanismos procesalmente establecidos para cuando surja  una  causal  de retiro, entre ellos, el más importante, la recusación. Y si no  lo  hizo,  mal  puede  ahora involucrar esa circunstancia dentro de una supuesta  causal de nulidad.   

         En  síntesis,  como  no  asiste razón al demandante, no es posible  casar la sentencia recurrida.   

         Y  por  último, debido a que la Corte no casa el fallo, el eventual  juicio  de  favorabilidad  que  pudiera  resultar  de la existencia de una nueva  normatividad  penal, corresponde al Señor Juez de Ejecución de Penas y Medidas  de Seguridad.   

         Como  consecuencia  de lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en nombre de la República y  por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

         No casar la sentencia impugnada.   

         Comuníquese,    cúmplase    y    devuélvase    al   Tribunal   de  origen.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL                                           JORGE  E.  CÓRDOBA  POVEDA             

HERMAN           GALÁN  CASTELLANOS             CARLOS   A.  GÁLVEZ     ARGOTE                                                           

JORGE       ANÍBAL       GÓMEZ  GALLEGO              ÉDGAR      LOMBANA  TRUJILLO           

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                           YESID  RAMÍREZ  BASTIDAS                      

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria    

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