14827(05-12-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 14827  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN   

APROBADO ACTA No. 153  

Bogotá,  D.  C., cinco (05) de diciembre del  dos mil dos (2002).   

VISTOS  

          Se  decide  el  recurso de casación interpuesto por el defensor del  señor  AGUSTÍN  MARTÍN  ORDÓÑEZ MORA contra  el  fallo  del  2  de abril de 1998, dictado por el Tribunal  Superior de San Juan de Pasto.   

HECHOS  

          En  la  noche  del  5  de  febrero  de  1997,  en un establecimiento  público  de  San  Juan de Pasto y en desarrollo de una disputa que se presentó  entre  su  administrador  y  FRANCISCO  MARCELIANO  GOYES  ARMERO,  AGUSTÍN  MARTÍN  ORDÓÑEZ MORA intervino  en  favor  de aquél. Lesionado por GOYES ARMERO con una varilla, se enfrentaron  ambos  a  golpes  y,  cuando  éste  se  encontraba  en  el  suelo, ORDÓÑEZ  MORA lo pateó repetidamente en  el   rostro,   ocasionándole  un  politraumatismo  facial  que  le  produjo  la  muerte.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

          AGUSTÍN  MARTÍN  ORDÓÑEZ  MORA  y  sus  compañeros  de  esa  noche, fueron privados de libertad. Un fiscal seccional de  San  Juan  Pasto,  después  de  escucharlos  en  indagatoria,  dispuso sólo la  detención  preventiva  del  primero por el delito de homicidio, ilícito por el  que  lo  convocó  a  juicio  el  4  de junio de 1997 y precluyó a favor de los  demás.   

          Celebrada  la  audiencia  pública,  el  Juzgado  Tercero  Penal del  Circuito,  mediante  sentencia  del  22 de enero de 1998, absolvió al procesado  por  estimar  que  había  actuado  en  legítima  defensa de su vida. El fallo,  apelado  por  el  fiscal  seccional, fue revocado el siguiente 2 de abril por el  Tribunal  Superior  de  San  Juan  de Pasto, que condenó al señor ORDÓÑEZ  MORA  a  la pena de 8 años y 4  meses  de  prisión  e  interdicción  de  derechos y funciones públicas por el  mismo  lapso,  como  autor del delito de homicidio simple, cometido en estado de  ira.   

LA  DEMANDA   

          Con  apoyo  en  la  causal  primera  de  casación,  el defensor del  procesado  acusa  la  sentencia de segunda instancia por violación indirecta de  la  ley  sustancial, debido a los errores de hecho y de derecho en que incurrió  el    Ad   quem   en   la  apreciación de los diversos medios de prueba.   

          Después   de  exponer  su  particular  visión  de  la  forma  como  sucedieron  los  hechos,  dice que el primer error consistió en que el Tribunal  dividió  el  hecho  indicador porque consideró que la pelea entre ORDÓÑEZ  MORA  y  GOYES ARMERO se había  realizado  en  dos episodios, cuando en realidad sucedió en una sola secuencia.  Los  actos  se  iniciaron cuando éste atacó injusta, sorpresiva y alevemente a  aquél,  quien  al principio no pudo defenderse pero luego logró reincorporarse  y  luchar  con  su  agresor por las escaleras, concluyendo la riña en el andén  del establecimiento.   

          El  segundo  error  de  hecho  se  produjo  porque se desconoció el  estado  sicofísico en que quedó ORDÓÑEZ  cuando recibió el impacto, pues si bien es cierto que el dictamen  psiquiátrico  dijo que se hallaba en condiciones de comprender lo que sucedía,  también   lo   es   que  quien  recibe  un  ataque  injustificado  se  defiende  instintivamente,   sin   pensar  en  la  molestia  que  le  puede  ocasionar  al  contrincante.  El  procesado  se  daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor,  pero   disminuido   en   sus   capacidades  mentales,  afectado  por  una  breve  locura.   

          El  tercer error radica en que el Tribunal admitió las afirmaciones  mentirosas  de  los  compañeros  del  procesado,  quienes dijeron haberlo visto  golpear  con  una  varilla al occiso. No consideró el juzgador que ORDÓÑEZ  es  diestro y sufre una lesión  permanente  en  su  mano  derecha  que le impide aprehender objetos. Además, la  varilla  fue  hallada  en  el  interior del mostrador del negocio, lo que impide  asegurar  que  aquél  la  hubiera  usado  o, por lo menos, introduce la duda al  respecto.   

          Considera   el   impugnante   que  el  Ad  quem,  al  dividir  el  hecho  indicador,  construyó  indicios  con  desconocimiento  de los ritos de formación del medio probatorio,  lo    que    constituye    un   error   de   derecho   por   falso   juicio   de  legalidad.   

          Finalmente,  después  de  aclarar  que  los  errores  señalados no  suponen   una  simple  divergencia  de  criterios  con  el  fallador,  sino  que  evidencian  la  ostensible  disparidad entre la sentencia impugnada y las normas  procedimentales  que  enseñan  la  forma  de  construir indicios, reivindica la  existencia  de  la  legítima defensa cuyo reconocimiento impone la casación de  la    providencia    recurrida   y   la   adopción   de   otra   de   carácter  absolutorio.   

EL    MINISTERIO  PÚBLICO   

          Para  la  Procuradora  Cuarta  Delegada  para la Casación Penal, la  demanda   no   cumple   con   las   exigencias  técnicas  propias  del  recurso  extraordinario,  pues  apenas  si  puede  ser  calificada  como  un  estudio  de  instancia,  insuficiente  para  sustentar  de  manera  adecuada la impugnación.   

          Después  de  recordar  en  qué consisten y cómo se configuran las  diversas  modalidades  y  especies como puede producirse la violación indirecta  de   la   ley  sustancial,  genérica  y  contradictoriamente  invocada  por  el  demandante  pues  alega en forma simultánea errores de hecho y de derecho en la  apreciación  de  la prueba, puntualiza la Delegada que los yerros atribuidos al  Ad   quem   en   realidad  evidencian  una  particular  visión  de  lo  sucedido  a  partir  de la cual el  libelista  i) asume la crítica de la construcción de la prueba indiciaria, sin  tener  en  cuenta que las conclusiones valorativas del Tribunal surgen de prueba  directa,  no indirecta; ii) reprocha el dictamen psiquiátrico para insistir que  su  cliente actuó amparado por una causal de justificación y no bajo el estado  de  ira  que  reconoció  el  fallador;  y, iii) cuestiona la credibilidad de la  prueba   testimonial,  pero  sin  el  desarrollo  argumentativo  necesario  para  demostrar el cargo por violación indirecta de la ley sustancial.   

          Estima  la representante del Ministerio Público que el único afán  del  casacionista  es  el de propiciar la revisión oficiosa de la sentencia, lo  que  obviamente no se puede hacer en un sistema rogado y dispositivo, respetuoso  de   los   principios  de  técnica,  taxatividad,  prioridad,  trascendencia  y  limitación  que  rigen  el  recurso.  Por  lo tanto, solicita no casar el fallo  impugnado.   

CONSIDERACIONES   

          La  exigencia  contenida  en  el  numeral 3º. del artículo 225 del  anterior   estatuto  procesal,  reproducida  en  el  mismo  numeral  del  actual  artículo  212,  obliga  a  quien  pretenda  recurrir  en  casación  no sólo a  enunciar  la  causal que le servirá de base para atacar la sentencia de segunda  instancia  cuya  doble presunción de acierto y legalidad busca desvirtuar, sino  a   formular   el   cargo   “indicando   en   forma   clara   y   precisa  sus  fundamentos”.   

          Por    eso    es    indispensable    que,   siguiendo   las   pautas  jurisprudenciales  trazadas  por la Corte, cuando se invoca el cuerpo segundo de  la  causal  primera  el  demandante concrete con total claridad la modalidad del  error   que   le   atribuye  al  Ad  quem  y  su  especie,  lo  que  permitirá  establecer el marco teórico  dentro  del  cual  se  formulará  el reproche y se intentará su demostración,  pues  bien  diferente  será  el  desarrollo  de  la censura según se alegue la  existencia  de  un error de hecho o de derecho por falsos juicios de identidad o  de     existencia     o     por     error     de     raciocinio     –en  el  primer  evento-  o  por falsos  juicios  de legalidad o de convicción –en   el   segundo-.  En  todo  caso,  le  corresponde  al  libelista  identificar  el  yerro  y  enseñar  con  precisión  de qué manera el Tribunal  incurrió en él.   

          Por     otro    aspecto,    no    podrá    plantear    simultáneamente  errores  de  hecho y de  derecho  respecto  de  la  misma prueba, pues aunque en efecto pueden coexistir,  “si  el  medio fue allegado con violación de sus formas propias, bastaría la  constatación  de  ese  error  de  derecho  para  repudiarlo,  sin  necesidad de  verificar  la  integridad  o  fragmentación  de  la  probanza en la estimación  material  que  el  juez hizo de sus contenidos, en busca de presuntos errores de  hecho,  amén  de  que  adicionalmente debería demostrarse la trascendencia del  yerro.  Por  otra  parte,  si  existiera temor de que no prosperara el cargo por  error  de  derecho,  bien  podría  plantearse  el  error de hecho como reproche  adicional,  pero  en  forma  separada  y subsidiaria”, como lo dijo la Sala en  sentencia  del  12  de  diciembre  de 2001, radicado 14.451, M. P. Jorge Aníbal  Gómez Gallego.   

          Así  mismo,  en  tanto  la  casación  no  constituye  una  tercera  instancia  sino  que  en ella se pretende enjuiciar la legalidad de la sentencia  de  segundo  grado,  el  demandante  se  debe  abstener  de  ensayar sus propias  valoraciones  probatorias para que centre su ataque en los errores trascendentes  que  dieron  lugar a la violación de la ley sustancial porque, precisamente por  las  presunciones que se predican del fallo, la más sólida argumentación o el  más   elaborado   razonamiento  sobre  lo  que  en  criterio  del  casacionista  debió    suceder,   son  absolutamente  inoponibles  a  la  apreciación  realizada  por  el  funcionario  judicial,  investido  por el Estado del poder de decir  el derecho.   

          Todas  estas  premisas  fueron desatendidas por el impugnante, quien  además  partió  de un falso supuesto pues criticó el proceso de construcción  del  indicio  sin tener en cuenta que la sentencia, como lo destaca la Delegada,  no  se  apoyó  en  medios  de convicción indirectos sino en los testimonios de  quienes   presenciaron   los   acontecimientos,   a   los   cuales  –dijo  expresamente  el  Ad-quem-  les  otorgó  plena  credibilidad  a  la  luz de la sana crítica, sana crítica que,  además, explicó.   

          Si  el indicio “supone un hecho indicador, del cual el funcionario  infiere  lógicamente  la existencia de otro”, según la formula del artículo  300  del  Código  de  Procedimiento  Penal  de  1991, reproducida en el 284 del  actual,  no  se  entiende  cómo  el  propio  acontecer fáctico, reconstruido a  partir  de  los  relatos  de  los  testigos y del procesado, pueda constituir un  “hecho  indicador” del que se derive, al mismo tiempo, la cabal comprensión  del  suceso en su desarrollo material. Más bien parece que el demandante, en su  afán  por  presentar  su  crítica  desde  un lenguaje que pudo considerar más  técnico,  trastocó  lo  que  era  un  hecho  puro  y  simple  en  un  “hecho  indicador”  y, ubicado entonces en la perspectiva del indicio, continuó en su  errática  argumentación  con el discurso de la indivisibilidad, cuando todo su  propósito  estaba  dirigido  a  cuestionar  que  lo que para él significaba el  desarrollo  secuencial  de un solo acto en el que acción y reacción carecen de  solución  de  continuidad,  el  Tribunal lo había convertido en dos y por ello  pudo  separar  la escena en que se produjo la agresión inicial de GOYES ARMERO,  de  la  otra  en  la  que  se  concretó  la  respuesta  final  de  ORDÓÑEZ MORA.   

          En  estas condiciones, el reproche nada tenía que ver con la prueba  indiciaria,  sino  con  la  percepción  de  los hechos que el Tribunal obtuvo a  través  de  los  testimonios  de  LUIS EDUARDO BOLAÑOS, JAIRO HERNÁN MORÁN y  LUIS  EDUARDO  LÓPEZ, “deponencias cuya eficacia se deduce de su concordancia  y  coherencia  en  el  conjunto del acervo probatorio, (y según las cuales) una  vez  que  los actores de la riña salieron del establecimiento, Goyes Armero fue  dominado  físicamente  por  el  procesado hasta caer tendido sobre la calle.”  (Página 9 de la sentencia).   

A  partir  del  supuesto de la ruptura de la  agresión,    concluyó   el   Ad   quem:   

“Es evidente entonces que el acusado, presa  de  la  ira sin duda provocada por la grave e injusta agresión de Goyes Armero,  no  se  detuvo  en  su  iracundo  actuar  cuando su contrincante estaba fuera de  combate.  Contrario  sensu,  persistió  en  golpearlo  en  zona vital y con tal  violencia que produjo los resultados ya conocidos…” (ib.).   

Y agregó: “Como corolario de las premisas  precedentes,  la  Sala  infiere  que  al  momento  de  propinarse los golpes que  ocasionaron  las  mortales  lesiones,  la  víctima se encontraba indefensa, sin  posibilidad   alguna  de  intentar  siquiera  una  agresión  en  perjuicio  del  procesado  y  por  ende,  está  ausente  una  de  las  condiciones sine  qua  non  de  la legítima defensa,  cual  es la existencia real de un ataque actual o la inminencia del mismo, hacia  un  derecho  del sujeto activo del delito o de un tercero, aspecto sobre el cual  desatina el defensor.” (Página 10).   

         

          El  punto  neurálgico de la controversia, por lo visto, se reducía  al  hecho  expuesto por los mencionados testigos sobre la posición dominante en  la   que   luego  se  encontró  ORDÓÑEZ,  tema que el libelista ciertamente descuidó. Y aunque le censuró  al  Tribunal  haber  aceptado  “el  dicho  mentiroso  de todos los testimonios  aludidos”,   redujo   el  ataque  a  un  problema  de  credibilidad  que  no  es  per   se   admisible   en  casación,  sino  sólo  en la medida en que la valoración de la prueba se haya  hecho  contrariando  las reglas de la sana crítica, esto es, las máximas de la  experiencia,   las  leyes  de  la  ciencia  y  los  principios  de  la  lógica.   

El único reparo que en este sentido formuló  el  demandante, referido a la imposibilidad de que el procesado hubiere golpeado  con  una varilla a la víctima dada la disfunción prensil que padece en la mano  derecha,  es  en  realidad  un cuestionamiento sofístico e interesado que omite  reconocer  la  normal  utilización  de la extremidad izquierda, la que usó esa  noche  para  jugar  el  “chico  de  sapo”,  según él mismo lo narró en la  audiencia.  Precisamente  por  esa  razón,  el  procesado  no  destacó  en esa  diligencia  su  dificultad  física  para coger la varilla, sino simplemente que  “hasta  donde  yo  me  acuerdo  de  las cosas yo nunca lo despojé” de ella.   

          El  otro  error  que  le atribuye el censor al Tribunal, relacionado  con  el  estado mental del procesado, no pasa de ser un simple comentario basado  en   suposiciones  que  pretende  enfrentar  a  los  resultados  de  la  pericia  psiquiátrica  que  de  manera  expresa  avaló  el Ad  quem,  cuya apreciación de la prueba sólo se podría  poner  en  entredicho si en el proceso valorativo hubiera desconocido las reglas  de    la    sana   crítica,   cuestión   que   el   recurrente   ni   siquiera  plantea.   

          Dígase,  por  último, que el pretendido error de derecho que aduce  porque   supuestamente  se  edificaron  unos  indicios  con  violación  de  los  requisitos  previstos  en la ley, carece por completo de fundamento porque, como  ya  se  anotó,  ninguna  referencia  hizo la sentencia a esta especie de prueba  indirecta.   

          El cargo, por lo tanto, no prospera.   

Del principio de favorabilidad.  

          En cuanto se refiere a la aplicación del  principio  de favorabilidad en razón de la vigencia de la Ley 599 de 2000, como  la  Corte  no  casará  el fallo impugnado y, por lo tanto, no puede actuar como  tribunal  de  instancia,  su  examen  le corresponderá al juez de ejecución de  penas  y  medidas  de seguridad, de acuerdo con el numeral 7º. del artículo 79  del Código de Procedimiento Penal.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

          No casar la sentencia impugnada.   

          Contra esta decisión no procede recurso alguno.   

Comuníquese   y devuélvase al Tribunal  de origen.   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL                                                JORGE       E.       CÓRDOBA  POVEDA   

HERMAN  GALÁN  CASTELLANOS                                                  CARLOS       A.       GÁLVEZ  ARGOTE   

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO                                              ÉDGAR     LOMBANA     TRUJILLO   

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                              YESID  RAMÍREZ BASTIDAS   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

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