14082(03-05-01)

2001

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso Nº 14082  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. EDGAR LOMBANA TRUJILLO  

Aprobado Acta No.  64  

          Bogotá,  D.C.,  tres (3) de mayo de dos  mil uno (2001)   

          Decide  la  Corte el recurso extraordinario de casación interpuesto  por   los   defensores   de  Luis  Hernando  González  Castellanos  y  Oscar Armando  Díaz  Campos contra la sentencia de fecha julio 11 de  1997,  mediante la cual el Tribunal Superior de Bogotá confirmó la condena que  les  fue impuesta a los citados sindicados por el Juzgado Cuarenta y cinco Penal  del  Circuito  de esta misma ciudad a las penas principales de veinticuatro (24)  meses  de prisión, multa en cuantía de un mil trescientos treinta y tres pesos  ($1.333)  y  suspensión  en  el ejercicio de la actividad de conducción por el  término   de   un   (1)   año,   como   coautores   del  delito  de  homicidio  culposo.           

          HECHOS   

          Dan  cuenta los autos que en la madrugada del 27 de octubre de 1993,  en  el  sector  de  la  carrera  7  con  calle 112 del perímetro urbano de esta  ciudad,      el      automóvil     Hyundai     de     placa     CHM–516    conducido   por   Oscar  Armando Díaz Campos, colisionó con  el  Mazda 626 de placa BB0-841 guiado a su vez por Luis  Hernando   González  Castellanos.    En  el  impacto  fue  expulsado  de éste último automotor el pasajero Hernando Zalamea  Bernal,  quien  viajaba  en  el puesto trasero y al caer al pavimento sufrió el  trauma  craneo-encefálico  severo que determinó su deceso días después en el  centro  hospitalario  en  donde  fue  atendido.            

ACTUACION  PROCESAL   

          1.   Con  fundamento  en  el reporte policial del accidente, el  Juzgado  67  Penal Municipal de Bogotá dispuso la apertura de la investigación  correspondiente;  sin  embargo, noticiado el fallecimiento de Zalamea Bernal, el  control  de  las  diligencias  fue asumido por la Fiscalía 94 Seccional de este  Distrito   Capital,  despacho  que  vinculó  mediante  indagatoria  a  los  dos  conductores  aprehendidos,  a  quienes  afectó con detención preventiva por el  delito de Homicidio culposo.   

          2.   La  Fiscalía  9ª  Seccional  calificó  el mérito de la  investigación  con  resolución  de acusación contra los sindicados en calidad  de  coautores  del  homicidio  culposo  imputado  en la medida de aseguramiento;  decisión  confirmada  el  3 de mayo de 1996 por la Fiscalía ad quem al desatar  la apelación interpuesta por los defensores.   

          4.  El Juzgado 45 Penal del Circuito  de  Bogotá  celebró  la  audiencia  pública y dictó el fallo condenatorio en  armonía  con  los  cargos  imputados en la resolución de acusación, en el que  impuso  a los procesados las penas principales reseñadas en el acápite inicial  de  ésta  providencia.              El  Tribunal Superior de Bogotá lo confirmó en  su  integridad  al  resolver  las apelaciones interpuestas por los apoderados de  los  sentenciados,  con  la  adición  en  el  sentido  de  ordenar  la  entrega  definitiva    de    los    vehículos    afectados    en    razón    de   estas  diligencias.   

          LAS DEMANDAS.  CONCEPTO DE LA PROCURADURIA   

          1.    Demanda   del   defensor   de   Luis  Hernando  González  Castellanos.   

          Con  apoyo  en  el artículo 220-1º, cuerpo segundo, del Código de  Procedimiento  Penal,  el  censor  acusa la sentencia recurrida de la violación  mediata  de  los artículos 2º, 5º, 23, 329 y 330 del Código Penal, 247, 248,  273,  277, 278, 300, 302 y 303 del estatuto penal adjetivo, como consecuencia de  errores  “en  la  valoración y apreciación de las  pruebas   testimoniales,  experticios  técnicos  y  documentales”.   

          En  la  pretendida  sustentación de ese  reproche  único  el  impugnante  concreta  los  desaciertos  denunciados en los  siguientes términos:   

          1.  Señala  inicialmente  que  existió  error de derecho por falso  juicio  de  legalidad,  sin  embargo,  en  posterior  acápite  enmarca el yerro  denunciado  en  el   falso  juicio  de  convicción  para afirmar luego que  resulta  inaceptable  conforme  a  la lógica y a la sana crítica probatoria el  pleno   valor   concedido   a   las   intervenciones  procesales  del  sindicado  Díaz  Campos a pesar de las  contradicciones   y  coartadas  que  contienen;  incongruencias  que  el  censor  puntualiza así:   

          –    El   acriminado   en  mención  presentó  tres  versiones  disímiles  sobre la ruta que seguía para la fecha de los sucesos; imprecisión  en  la  cual  también  incurren  los  testigos Marco Antonio Garzón Baracaldo,  René Ropero Guerrero y Hugo Avila.   

          –  Díaz  Campos  tampoco  fue unívoco en cuanto a la forma como se  produjo el impacto con el otro vehículo.   

          –  Las explicaciones rendidas sobre el aliento alcohólico percibido  en  él  luego  del accidente resultan adversas a las reglas de la experiencia y  fueron desvirtuadas con el dictamen de medicina legal.   

          –    Las   contradicciones   del   croquis  levantado  por  las  autoridades  de  tránsito  son  aprovechadas  por  Díaz Campos para afirmar de  manera falaz que fue obligado a firmarlo.   

          –  Tampoco  es  verosímil  la  afirmación  de  haber  acelerado el  vehículo   que   conducía   con   el  propósito  de  esquivar  la  colisión.   

          –  Asegura  de  manera  genérica  que  la prueba aportada por Díaz  Campos  carece de seriedad y eficacia con sujeción a los parámetros de la sana  crítica,   especialmente  la  recaudada  en  la  audiencia  pública.   En  contraste,  las  declaraciones  del  sindicado  González  Castellanos  y  de su  acompañante  Jairo  Celis,  coherentes,  claras  y  precisas,  por  el error de  derecho  denunciado  no  recibieron  ninguna  credibilidad  en los fallos de las  instancias.   

          2.   En  opinión  del  demandante  el  a  quo  y  el  Tribunal  concluyeron  de  manera  equivocada  que  el  automóvil conducido por González  Castellanos  fue  golpeado  en  el  costado  derecho, concretamente, de adelante  hacia  atrás, porque dejaron de apreciar las siguientes pruebas que demostraban  la colisión en la parte trasera del mismo:   

          – La confesión contenida en el croquis del accidente.   

          –   La  versión del coprocesado Díaz Campos en cuanto aceptó  tal circunstancia.   

          –  El  recuento  de su asistido González Castellanos corroborado en  dicho aspecto a través del testimonio de Jairo Celis.   

          –  La  peritación en la que se dictaminó que el referido automotor  fue impactado por detrás.   

          –  El  estudio técnico sobre los daños ocasionados al vehículo de  marras y, finalmente,   

          –     Las     fotografías     tomadas     a     los     automotores  accidentados   

          Así  las  cosas,  concluye  el  censor,  en  el  fallo  atacado  se  incurrió  en  error  de derecho al imputarle al procesado González Castellanos  la  imprudencia,  la  falta  de  cuidado  y  un  exceso de velocidad que asegura  inexistentes.   

          3.   Bajo  otro  punto  el  casacionista indica que si el carro  guiado  por  su  representado hubiese sido golpeado en la forma colegida por los  juzgadores,  física y técnicamente resultaba imposible que el pasajero Zalamea  Bernal  fuera  expulsado de él, en consecuencia, que tal aserto fluye adverso a  las reglas de la lógica.   

          Por  otra  parte,  el demandante echa de  menos  en  el  presente caso la plena prueba que permita atribuirle al sindicado  González  Castellanos  un  estado  de ebriedad, la imprudencia, el descuido, la  violación  de  las  normas  de  tránsito o que guiaba con exceso de velocidad;  adversamente,  encuentra  acreditado  en  autos  que  no  estaba embriagado, que  efectuó  el  pare y luego avanzó con una velocidad reducida al mínimo pues se  disponía  a  realizar un cruce autorizado, cuando fue sorpresivamente embestido  por el otro conductor.   

          Con  fundamento  en las consideraciones atrás sintetizadas solicita  de   la   Corte   “revocar  el  fallo  condenatorio  impugnado”    y,   en   su   lugar,   “absolver al inocente”.   

          Concepto de la Procuraduría.   

          El  Procurador  Segundo Delegado advierte la falta de claridad en la  formulación  del  reproche,  que  tampoco  logra  inferir  del  contenido de la  propuesta,  máxime  que  se  entremezclan  en el mismo cargo conceptos de error  irreconciliables.   Señala  así,  en  primer  término, que el demandante  adujo  la  existencia  del  falso juicio de legalidad, que implicaba aceptar que  las  pruebas  no  fueron  omitidas  o  tergiversadas  en su contenido material y  orientar  la  censura  a demostrar el desapego en las directrices que regían su  aducción  o formación, alegato que quedó en el mero enunciado ante su notoria  falta de sustentación.   

          Posteriormente, el impugnante le atribuye  al  juzgador  el omitido análisis de algunos medios de convicción, esto es, de  aquellos  que eran relevantes para esclarecer la responsabilidad de su asistido,  pero  alude  tan  sólo  de manera genérica a la prueba testimonial, pericial y  documental,  inclusive,  a  la  confesión  del  otro procesado, en una falta de  precisión  que  impide  examinar los fallos de las instancias para establecer a  través  del  respectivo  cotejo  si  en  realidad  se  configuró  el  desatino  reprochado.    

          El Procurador señala, en todo caso, que  la  experticia  realizada en las diligencias y la indagatoria del otro sindicado  fueron  valorados  en  la  sentencia,  desde  luego, en una forma diferente a la  propugnada  en el libelo, por tal razón, la formalización del cargo se traduce  en  una  simple  oposición de criterios sobre el análisis de la prueba como si  la casación constituyera una tercera instancia.   

          Esta impropiedad fluye palmaria, a juicio  del  Ministerio Público, en los reparos que el actor eleva a la versión de los  hechos    rendida    por    el    acriminado    Díaz  Campos,  tildada  de  contradictoria  e  incoherente,  frente  a  la  cual  propende  por  la  prevalencia  de  las explicaciones de su  representado   a   través   de  un  discurrir  argumentativo  marginado  de  la  comprobación    de   errores   de   apreciación   probatorios   trascendentes.   

          En  idéntica  falencia  incurre  el  actor,  afirma, respecto a las  demás  probanzas,  inclusive, al discutir sobre postulados ajenos a la realidad  declarada  en  los  fallos.  Así, en manera alguna es cierto que al relato  del  otro  procesado  y  al  de los testigos que lo apoyan se les haya concedido  absoluto    crédito   para   deducir   la   responsabilidad   de   González  Castellanos, pues en tal evento  no  tendría  sentido la condena de ambos sindicados en calidad de coautores del  homicidio culposo investigado.   

El  Procurador  demuestra este último aserto  con  la  transcripción  de  los  fundamentos  atendidos  en las sentencias para  colegir  el  compromiso  del  citado;  y  tratándose del pronunciamiento del ad  quem,  resalta  que  ni  siquiera  se le otorgó crédito a las versiones de los  incriminados  ni  en  general  a la de los testigos, pues la reconstrucción del  accidente  se  realizó tomando como base el material fotográfico y el dictamen  pericial  para  colegir  la  posición  de  los  vehículos  en el momento de la  colisión.   En  este  orden de ideas, concluye, el debate planteado por el  censor     sobre     esos     elementos    de    juicio    carece    de    total  trascendencia.   

          Tratándose  de  la  supuesta  omisión probatoria que condujo a los  juzgadores  a  equivocarse  sobre  el impacto de los automotores y la dirección  que  llevaban,  destaca  que  un  desatino  de esta naturaleza no corresponde al  yerro  de  derecho  alegado,  sino  a  un  error  de  hecho  por falso juicio de  existencia;  asimismo,  que  en los fallos se apreciaron los elementos de juicio  cuyo  análisis  echa de menos el demandante, sólo que en un sentido diverso al  postulado de su parte.    

          Precisa  los  apartes que contienen la valoración de esos elementos  de  convicción  para  colegir  que el recurrente no evidencia un desacierto del  fallador,  sino  que  con  protuberantes  desaciertos  técnicos  intenta que la  prueba  sea  reexaminada desde su personal perspectiva.   

          Por  las  razones  anteriores  el  cargo  en  su  opinión  no  debe  prosperar.   

          2.     Demanda    del   defensor   de   Oscar   Armando   Díaz  Campos.   

          2.1   Al  amparo de la causal primera  de  casación,  cuerpo  segundo,  del artículo 220 del Código de Procedimiento  Penal,  el  recurrente  acusa  la  sentencia  impugnada  de  infringir de manera  indirecta  los  artículos  246, 247 y 248 ibídem como consecuencia de un error  de hecho por falso juicio de existencia.   

          En  el  desarrollo  del  reproche  aduce  que en el fallo atacado se  fundamentó  la  responsabilidad penal atribuida al sindicado Díaz Campos en la  circunstancia  de  desplazarse  en  el  momento  del  accidente  con  exceso  de  velocidad;  juicio  de valor sustentado en prueba inexistente pues no obra en el  informativo  medio  de  convicción  que permita dicha apreciación, que  a  juicio  del censor, sólo resultaba posible con un dictamen pericial y a través  del  aporte  a  las  diligencias  de  la  reglamentación  de las autoridades de  tránsito  sobre  el  límite de velocidad máximo para la vía de ocurrencia de  los hechos.   

          Concepto de la Procuraduría.   

          El  Ministerio  Público descalifica el desatino imputado pues en la  sentencia  se  concluyó  el  exceso  de  velocidad  con  apoyo en los medios de  convicción  recopilados, especialmente, a partir del análisis de los destrozos  en  los  vehículos, de su posición y de la prueba técnica. Por otra parte, al  asegurar  el  censor  que  ese  hecho  sólo  podía  establecerse  mediante una  pericia,  desconoció  el  principio  de  la libertad probatoria contenida en el  artículo  253  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  y  la  exigencia  de la  valoración  conjunta  de  los  elementos de juicio recaudados; en consecuencia,  solicita la desestimación de tal censura.   

          2.2   El  segundo cargo formulado por  el  recurrente  se  apoya  en  el  numeral 1º, inciso 1º del artículo 220 del  estatuto  procesal  penal, que hace consistir en la violación directa de la ley  sustancial  por  interpretación  errónea;  y  en la sustentación del reproche  expone  que  tratándose  de  un  accidente  de  tránsito y para la adecuación  típica,   el  fallador  debió  remitirse  al  Código  Nacional  de  Tránsito  Terrestre,  reformado  por  la Ley 33 de 1986, para establecer el comportamiento  que  le  era  exigible  al  sindicado Díaz Campos en dicho momento, esto es, al  desplazarse   por   una   vía  arteria  donde  los  semáforos  se  encontraban  intermitentes.   

          Precisa  además,  que  de  conformidad  con  el  artículo  110 del  precitado  decreto  tienen prelación, entre otras, las vías arterias; de igual  modo,  que  en  tal  estatuto  no está determinada la intermitencia en amarillo  como  una  señal  específica,  menos  aún,  con  entidad para hacer perder la  prelación que tiene la carrera 7ª.   

          A  partir  de  las reflexiones anteriores el demandante concluye que  el   fallador   “inaplicó”  la  reglamentación  del  Código  Nacional  de  Tránsito  con  violación  de  sus  artículos  110  y  119,  así  como de las  disposiciones   contenidas  en  los  artículos  3º,  5º  y  329  del  Código  Penal.   

          Demostrados  los  yerros del sentenciador ad quem, el actor solicita  a  la  Corte  que  case  el  fallo  recurrido  y  en su lugar profiera sentencia  absolutoria a favor del procesado Díaz Campos.   

          Concepto de la Procuraduría.   

          Encuentra  incoherente  acusar la interpretación errónea de normas  inaplicadas  por  los  juzgadores.   Destaca  además, de una parte, que en  verdad  el  tránsito  por  las vías en las zonas urbanas tiene una determinada  prelación  en  los  términos  del invocado artículo 110 del C.N.T., y que por  una  de  ellas  se  desplazaba Díaz Campos  al  momento  del  accidente, sin embargo, esta circunstancia no lo  eximía  del deber de cuidado, máxime al aproximarse a una intersección; de la  otra,  que  no es atendible la situación alegada por el recurrente al tenor del  artículo  119  ibídem,  precepto que no alude a la intermitencia que tenía el  semáforo  en tal instante, pues aparece cobijada en la regulación contenida en  el artículo 118 del mencionado estatuto.   

           Así  pues,  el  demandante  no  logró  desvirtuar  la  violación  del  deber  de  cuidado  imputada al unísono en los  fallos  de instancia, que no se cimentó exclusivamente en esa conducta omisiva,  sino  también,  en  la conducción con exceso de velocidad y bajo el influjo de  bebidas  embriagantes,  por  lo  tanto, la crítica parcelada emprendida en todo  caso  carece  de  la  entidad para desquiciar el fallo.            

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          1.  Demanda del defensor de González Castellanos.   

          Tratándose del cargo único formulado en  la   demanda   presentada   por   el   defensor   del   sindicado   Díaz  Campos,  la  Sala  echa de menos la  claridad  exigida  en  la enunciación del error probatorio denunciado así como  en  el  contenido  de la propuesta, conforme indica el Procurador Delegado en su  concepto.   

          1.   En  cuanto  a lo primero, el actor alude indistintamente a  las  dos expresiones del error de derecho al acusar el desacierto cometido en la  sentencia   recurrida,  esto  es,  a  los  falsos  juicios  de  legalidad  y  de  convicción,   perdiendo   de   vista   que   cada   uno   obedece   a  ámbitos  diferentes.    

          Así,  el  falso  juicio de legalidad se  relaciona  directamente  con la norma sobre la aducción de la prueba al proceso  y,  por  lo  tanto,  se  configura  cuando  se  tienen  en  cuenta  elementos de  convicción  ilegalmente  incorporados  al mismo; en cambio, el último desatino  mencionado  toca con el precepto que le fija su mérito legal de convicción, en  consecuencia,  se  estructura  cuando el sentenciador le da a la prueba un valor  diferente  al que la ley le atribuye o le niega el que ésta le asigna, etc., de  ahí  que  sea  propio de los sistemas tarifados y extraño al de la persuasión  racional que actualmente nos rige.   

          Por  otra parte, la integración de la proposición jurídica con la  que  pretende  desvirtuar  la  legalidad  del fallo fluye no menos incoherente e  incompleta,  pues  el  demandante  no sólo omitió señalar cuál es el sentido  del  quebranto  denunciado,  sino que también involucró la infracción mediata  de  disposiciones  adjetivas,  como es el caso de las referidas a los requisitos  probatorios  del  fallo  de  condena,  a  los  medios de prueba admitidos, a los  criterios  de  apreciación  del dictamen, así como a las que regulan la prueba  documental  e  indiciaria;  finalmente,  porque  en  esta cita indiscriminada de  normas  dejó entrever postulaciones excluyentes, al anunciar a través de ellas  una  simultánea  controversia  sobre  la  autoría, la culpabilidad, inclusive,  sobre  las  circunstancias  de  agravación del homicidio culposo cuando ninguna  fue deducida en los fallos de instancia.   

          2.   La  sustentación  del  reproche  se  resiente asimismo de  antitécnica,  por  cuanto  está impregnada de las confusiones conceptuales del  casacionista  sobre  el  error  acusable  en  esta  sede.   En efecto, a la  impropiedad  ya  comentada  de  refundir  los  falsos  juicios de legalidad y de  convicción,  se  suma  la  de  identificar  tales  categorías  con  una de las  expresiones   del  error  de  hecho,  pues  bajo  la  invocación  de  esas  dos  modalidades  posibles  del  error  de  derecho,  concreta  el primer ataque a la  sentencia  del  ad quem en el desconocimiento de la lógica y de los parámetros  de  la  sana  crítica  cuando  se analizaron las intervenciones del coprocesado  Díaz   Campos,   en   un  cuestionamiento  propio  del  falso  raciocinio  que  tampoco logró presentar y  desarrollar en debida forma el impugnante.   

          Ciertamente,  el  error  de  hecho por falso raciocinio se configura  cuando   el   fallador   al  discernir  la  eficacia  de  una  prueba  quebranta  las    reglas  de  la  sana  crítica,  llevando a declarar una verdad  distinta  a la que obra en el proceso.  Por tal razón, en tales hipótesis  para  una  adecuada  estructuración  de  la  censura  se  exige del demandante,  conforme  ha  precisado  la  Sala,  señalar  el  postulado  científico o de la  lógica  o  la  máxima  de  la experiencia desconocida; “2.2 indicar cuál ha  debido  ser  el  aporte científico correcto, la regla de la lógica apropiada o  la  máxima  de  la  experiencia que debió tenerse en cuenta para esclarecer el  asunto  debatido;  y  finalmente,  2.3   demostrar  la trascendencia de ese  error  de  modo  que  si  no  se  hubiera incurrido en él la decisión del juez  hubiera  sido  radicalmente  distinta”  (Cfr. Sentencia del 23 de noviembre de  2000, radicado 10.479).   

         

          Ninguno  de  estos  requerimientos  fue cumplido por el censor en el  evento  de  autos,  quien  además  de  la  equivocada identificación del yerro  denunciado  a  la  que  se  hizo  precedente  alusión,  si  bien  imputó a los  juzgadores  en  últimas  y en esencia un desatino de dicho talante, simplemente  ubicó  a  la  Corte en la controversia sobre la credibilidad que asegura le fue  concedida  en  los  fallos  a  la  injurada  del también condenado Díaz  Campos  al  deducir  el  compromiso  penal  de su asistido González Castellanos.   

          En  efecto,  el  demandante  no  intenta  la comprobación de algún  error   de   apreciación  probatoria  trascendente  cometido  en  la  sentencia  recurrida,  pues tan sólo avanza en la crítica de la versión del sindicado de  marras  en  quien  destaca  sus  contradicciones  e  incoherencias, que extiende  también  de  manera  lacónica  a  la  prueba  testimonial que lo apoya, en una  impropiedad  que  se  consolida  aún  más  al reivindicar en forma paralela la  huera  preeminencia  del veraz recuento de su representado y del deponente Jairo  Celis,  respecto  de  quienes  formula  el genérico aserto de no haber recibido  mérito alguno por parte de los juzgadores.   

          En  otros  términos,  el censor perdiendo de vista que la casación  no  constituye  una  tercera  instancia  sino  un  juicio  técnico –  jurídico  a  la sentencia de segundo  grado,   simplemente   postula  una  apreciación  personal  de  los  medios  de  convicción  aportados  al  proceso, en la que incluso parte de afirmaciones que  no  corresponden  al  análisis  probatorio  consignado  en  el  fallo  atacado,  condenando al fracaso la censura también desde esta otra arista.   

          No   es  cierto  entonces  que  el  Tribunal  hubiese  predicado  la  veracidad  del  recuento del también sentenciado Díaz  Campos y de los testigos que lo secundan, como asegura  el  actor;  por  el  contrario,  luego  de  confrontarlos,  especialmente con el  informe  del  accidente,  con las fotografías de la colisión y el dictamen del  físico   forense,   el   ad   quem   fue  enfático  en  asegurar  “que   la   prueba   testimonial,   comprendidas  indagatorias  y  declaraciones   comentadas,   no  infunde  incondicional  acogida”.    

          Tampoco corresponde a la realidad que la  responsabilidad    penal    discernida    en    detrimento    de    González  Castellanos  se  apoyara  en la  prueba   cuestionada  en  el  libelo,  esto  es,  en  el  relato  del  procesado  Díaz   Campos  y  de  los  deponentes  que  concurrieron  a las diligencias a avalar su dicho, sino en esas  otras  evidencias  atrás  aludidas,  con  sustento  en  las  cuales el Tribunal  coligió  la  inexcusable infracción al deber de cuidado que le era en concreto  exigible;  medios  de convicción que al quedar relegados de toda consideración  en   la  demanda,  muestran  también  incompleto  e  intrascendente  el  ataque  formulado.   

          3.   El  restante ataque del casacionista adolece de las mismas  deficiencias  en  materia  de  técnica.   En primer lugar, porque también  bajo  el  rótulo  de  los errores de derecho por falso juicio de legalidad y de  convicción,  el  actor  culmina enunciando una de las manifestaciones del error  de  hecho,  esto  es,  el  falso juicio de existencia por omisión de prueba, al  reprochar   a   los  juzgadores  el  prescindido  análisis  de  los  medios  de  convicción  que  en  el  proceso  demostraban, en su opinión, que el vehículo  guiado    por    González   Castellanos   fue   golpeado   en   la   parte  trasera  como  aseguró  aquél  insistentemente  en  las  intervenciones  procesales,  no  en el costado derecho  conforme se coligió en los fallos de instancia.   

         

          A  esta  equivocada identificación de la naturaleza y modalidad del  yerro  probatorio  denunciado  se une la de no demostrar tal desacierto y, menos  aún,  su  influjo  frente a la resolución contenida en la sentencia impugnada,  pues  el  demandante  se  conforma  con esbozar su particular e interesada tesis  sobre  la  forma  como  ocurrieron los hechos, para señalar luego la prueba que  supuestamente  la  sustenta  sin  ninguna  referencia  a  la  atendida  por  los  juzgadores  para  arribar  a  una  conclusión  del  todo  diferente  sobre  ese  específico aspecto.   

          Por  tal  motivo,  en el pretendido desarrollo del reproche el actor  acusa  la  omisión de prueba, que como advierte el Ministerio Público, sí fue  comprendida  en  la  valoración  de  los  juzgadores,  sólo  que en un sentido  diferente  al  propugnado  por el defensor de González  Castellanos.   Así,  en  lo  que  respecta  a la  decisión  de segundo grado, las conclusiones sobre las circunstancias comisivas  del  accidente encontraron apoyo, como advirtió el Tribunal, en la “prueba  documental  y  científica, utilizando de la testimonial  lo  que  armonice  con aquellas, ya que es manifiesto que tanto las versiones de  conductores  y  acompañantes, como del taxista Marco Antonio Garzón Baracaldo,  no        presentan        exactamente       lo       sucedido…”.   

          En  otros  apartes  de  la motivación del fallo, se alude de manera  aún  más  concreta  a la prueba que se afirma omitida socavando en sus propias  bases  el  reparo  formulado,  esto  es,  a  las indagatorias, a los testimonios  acopiados,  a la peritación, al estudio técnico sobre los destrozos causados a  los  rodantes,  así  como  a  las  fotografías de los vehículos; elementos de  juicio  que  ponderados  en forma conjunta le permitieron al juzgador ad quem la  reconstrucción  de lo acontecido arribando desde luego, insiste la Sala, a unas  conclusiones   del  todo  diversas  de  aquellas  por  las  cuales  propugna  el  demandante  y  que  simplemente  confronta  a  las del sentenciador perdiendo de  vista  que  el fallo impugnado se encuentra amparado por la doble presunción de  acierto  y  legalidad,  que  tratándose  de  la causal primera, cuerpo segundo,  sólo   puede   removerse  una  vez  acreditada  la  existencia  de  errores  de  apreciación probatoria trascendentes.   

          4.   Asegura  también  el  recurrente  que  la conclusión del  Tribunal  sobre  la  forma  como  se  produjo  el  impacto de los dos vehículos  resulta  contraria  a  las  reglas  de  la  lógica;  ataque  sustraído de todo  desarrollo  pues  lo  formula  a partir de una escueta apreciación personal sin  precisión  sobre  el  postulado quebrantado, sobre el que resultaba en concreto  aplicable,  más aún, sin referencia a los fundamentos probatorios del fallo en  dicho  tópico  y  que le era ineludible considerar para acreditar la ilogicidad  endilgada.   

En  todo  caso,  no  sobra  indicar  que  en  relación  con  ese  punto la providencia atacada se cimentó en las huellas que  quedaron  en  los  dos  vehículos  luego  del  accidente,  en  las fotografías  aportadas  al  proceso  y en el dictamen del físico forense, contrastada con la  prueba  testimonial  y las indagatorias, es decir, en la valoración conjunta de  la prueba acopiada.   

          5.   Los  restantes apartes del libelo los dedica el demandante  a  consignar  afirmaciones  que apenas quedan enunciadas, en las que se limita a  argüir  la precariedad de la prueba sobre el estado de ebriedad de su asistido,  respecto  a  la imprudencia, el exceso de velocidad o la infracción al deber de  cuidado,  sin  pretender  aquí  tampoco  acreditar  un  error  de  apreciación  probatoria con incidencia en el sentido del fallo proferido.   

          En  conclusión,  por  los  motivos  esbozados el cargo formulado no  prospera.   

          2. Demanda del defensor de Díaz Campos.   

          Cargo primero:  violación indirecta.   

          1.   El demandante en el primer motivo de impugnación acusa la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  como consecuencia de un error de  hecho  por  falso  juicio de existencia, sin embargo, con insalvable impropiedad  técnica,  al  señalar  los  preceptos  legales que resultaron transgredidos de  manera  mediata  a través del desatinado análisis probatorio que invoca, alude  únicamente   a   las   disposiciones  procesales  que  regulan  las  exigencias  sustanciales  del  fallo  de  condena,  sin  tener en cuenta que sólo tienen el  mencionado  carácter  las  normas que describen un comportamiento como delito y  le  señalan  la  pena  correspondiente, así como todas aquellas referidas a la  punibilidad  o  a  la  responsabilidad con independencia de su ubicación en los  estatutos penal o de procedimiento penal.   

          Más aún, tampoco indicó el sentido de  la  transgresión  invocada,  ni le señaló a la Corte el sendero normativo por  el  cual  debía  transitar en el evento de encontrar prosperidad la censura, es  decir,  omitió la perentoria obligación de integrar la proposición jurídica,  perdiendo  de  vista que la precisión echada de menos, según tiene establecido  desde  antaño  la  Sala,  es  indispensable no sólo como un requisito de forma  contemplado   en   el   artículo   225-3º   del   C.   de  P.P.,  “sino  también para fundamentar la impugnación y por constituir  un  presupuesto  de  elemental  lógica cuando se imputa la configuración de un  error  in  iudicando”  (Cfr.,  sentencia  del  19 de  diciembre de 2000, radicado 13.278).   

          2.   De  otra  parte,  como  el ataque fue elevado arguyendo el  error  de hecho por falso juicio de existencia en la modalidad de suposición de  prueba,  del  desarrollo argumentativo esbozado con miras a sustentarlo se tiene  que  el  casacionista  incumplió  el  deber de indicar el medio o los medios de  convicción  supuestos  en  el  análisis  de  los juzgadores, señalamiento que  resultaba  ineludible  para  discernir  también  la  trascendencia del desatino  frente    a    la    declaración    de   justicia   contenida   en   el   fallo  recurrido.   

          Efectivamente,  en  el caso examinado el demandante sin demostrar el  yerro  imputado  se  limitó  a  afirmar,  de  manera  escueta inclusive, que el  Tribunal   fundamentó  la  responsabilidad  penal  del  sindicado  Díaz   Campos  en  la  circunstancia  de  desplazarse  aquél  en el momento del accidente con exceso de velocidad, juicio  de  valor  apoyado,  asegura,  en  prueba inexistente pues no obra en el proceso  elemento de convicción que permita un aserto de dicho talante.   

          Sin  embargo,  en  ese  reproche  contraría  además  y  con  evidencia  el  contenido  de la sentencia  impugnada,  porque  no  es  cierto  que  el  ad quem haya supuesto la prueba que  demuestra  la  específica  circunstancia comentada; adversamente, arribó a tal  conclusión  a partir de la convergente prueba indiciaria que apunta a comprobar  en   autos   el   exceso   de  velocidad  en  el  desplazamiento  del  sindicado  Díaz       Campos  al     momento     del  siniestro.    El   Tribunal   adujo  con  tal  orientación,  avalando  las  apreciaciones  del  a  quo,  los  considerables  destrozos  sufridos  por  ambos  vehículos,  que  el automotor del citado se detuvo a 56 metros de distancia del  lugar  de la colisión “con  la     insólita     explicación     de     que     había    acelerado    para  evitar” el accidente, así  como  el  ascenso  al separador por cuanto “refleja  la  inercia  del  movimiento  que  traía  y no un acto  preordenado      del      conductor”.   

          3.   Tampoco  tiene  acogida el ataque en cuanto predica que el  exceso  de  velocidad  sólo  podía  establecerse mediante una prueba técnica,  pues  como  advierte  el  Ministerio  Público, una afirmación tal desconoce el  principio  de libertad probatoria consagrado en el artículo 253 del C. de P.P.,  de  conformidad  con  el  cual la responsabilidad del imputado puede demostrarse  con cualquier medio probatorio.   

          4.   Debe señalarse, por último, que el compromiso discernido  en    detrimento   de   Díaz   Campos   en  calidad  de  coautor  del  homicidio  culposo  investigado no se  fundamentó  exclusivamente  en  el  exceso  de  velocidad, sino también, en la  falta  de  deber  de  cuidado al no disminuir la velocidad ante la intermitencia  que  presentaba  el  semáforo  instalado  en  el  lugar de colisión de los dos  automotores,  y  en  la  conducción  que hacía de su coche bajo el influjo del  alcohol,  pregonada  del  mencionado  ante  los  signos clínicos que presentaba  compatibles  con  la  embriaguez  aguda  a  pesar de la ausencia de la prueba de  alcoholemia;  en  consecuencia, así el actor hubiese demostrado la realidad del  yerro  probatorio  argüido,  el  mismo resultaría insuficiente para quebrar la  legalidad  del  fallo  imputado,  al  encontrar apoyo en todo caso en esas otras  circunstancias.   

          Así  las  cosas, por incompleto y deficiente, el cargo formulado no  prospera.   

Cargo     segundo:      violación  directa.   

          La  demanda  propone  la  causal  primera, cuerpo primero, por haber  incurrido   la  sentencia  en  violación  directa  de  la  ley  sustancial  por  interpretación  errónea;  desatino  que el censor concreta, sin embargo, en la  falta  de  aplicación  de  las disposiciones del Código Nacional de Transporte  –artículos   110  y  119-  a  las  que  debió  remitirse  para la adecuación típica, esto es, para  establecer  el  comportamiento  que  le  era  exigible al sindicado Díaz     Campos    al    momento    del  accidente.   

         

          En  tal  enunciado  surge  ostensible  la inexcusable confusión del  actor  sobre  los  conceptos posible de la violación directa, que obedecen cada  uno  a  diversos errores de lógica jurídica.  Así, en la interpretación  errónea  el  yerro  del  fallador recae sobre el sentido de la norma sustancial  aplicada, que a pesar de ser  la  que  regula el asunto materia del juicio recibe un entendimiento equivocado,  es  decir,  se  trata  de  un  error  de  hermenéutica que en manera alguna fue  planteado    y,    menos   aún,   desarrollado   en   la   formalización   del  reproche.   

          Por  otra  parte,  en  esta  comprensión no le resultaba posible al  recurrente  hablar  de  la  infracción  directa  por  interpretación errónea,  cuando  el ataque finalmente lo hizo consistir en la falta de aplicación de los  preceptos,  que  en su opinión, concurrían a deslindar en el plano objetivo la  conducta  punible,  pues este discurrir argumentativo es propio de la exclusión  evidente  donde  el  desacierto del juzgador recae sobre la existencia o validez  en   el  tiempo  o  en  el  espacio  de  la  norma  que  se  aplica  o  deja  de  aplicarse.   

          Ahora  bien,  aún  en  el  evento de que se entendiera superado tal  desatino  por  surgir  del  contexto  del  cargo  el  verdadero  concepto  de la  violación   acusada,  se  tiene  que  el  ataque  tampoco  estaría  llamado  a  prosperar.                        En  primer  lugar,  porque  el  casacionista  al  integrar  la  proposición  jurídica,  dejó  por fuera la norma sustancial que  tipifica  el homicidio culposo quedando trunca la formulación de la censura; de  otra  parte  y,  primordialmente,  porque  no  es  cierto  que  el  Tribunal  al  determinar  el  deber  de  cuidado  que  le  era exige al sindicado Díaz  Campos  hubiese  prescindido de las  regulaciones  contenidas en el Código Nacional de Tránsito, a las que efectuó  una  implícita remisión en las motivaciones del fallo de condena, desde luego,  no  en  lo  atinente  a las normas a las cuales alude el recurrente –artículos  110  y 119- pues contemplan  una  situación  que  no  fue  materia  de  discusión  en  este asunto, sino al  pregonar  en  el  susodicho la falta de precaución ante una intersección donde  se  hallaba  el  semáforo  intermitente,  al  conducir  bajo  el  estado de una  embriaguez aguda y con exceso de velocidad en una zona urbana.   

          En fin, si los juzgadores no encontraron  la  causa  del accidente en el desconocimiento de la prelación de las vías por  las  cuales  se desplazaban los sindicados, que es la hipótesis regulada en las  disposiciones  que  invoca  el  impugnante,  huelga  colegir  que desacierta por  completo  al  atribuirles  la  exclusión evidente de unos preceptos que, por lo  anterior, no concurrían a regular el caso concreto.   

          Este otro cargo tampoco prospera, y como  a  conclusión similar arribó la Sala tratándose de las restantes censuras, el  fallo impugnado no se casará.   

          En  mérito  de  lo  expuesto,  la Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, administrando justicia en nombre  de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

                             NO  CASAR la sentencia recurrida.   

                  Cópiese,     devuélvase     al     Tribunal     de     origen    y  cúmplase,   

CARLOS  EDUARDO  MEJIA  ESCOBAR   

FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   JORGE  E. CORDOBA POVEDA   

HERMAN   GALAN   CASTELLANOS               CARLOS  A.  GALVEZ ARGOTE   

JORGE    A.   GOMEZ   GALLEGO          EDGAR LOMBANA  TRUJILLO   

ALVARO    O.   PEREZ   PINZON                  NILSON E. PINILLA PINILLA   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

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