9730 (03-05-95)

1995

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No. 9730  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado Ponente Doctor  

RICARDO CALVETE RANGEL  

Aprobado Acta No.58 IV-27-95  

Santa  Fe  de  Bogotá,  D.C., Mayo tres (3) de mil novecientos noventa y cinco.   

VISTOS  

         Decide  la  Sala  sobre el recurso de apelación interpuesto por el  Fiscal  Primero  Delegado  ante  el  Tribunal  Superior  de  Ibagué,  contra la  sentencia  absolutoria  proferida por dicha Colegiatura en favor del   procesado  José  Augusto  Hernández  Vargas,  exjuez Promiscuo Municipal de Alpujarra, por  los  hechos  que se le imputaron como presunto autor de un delito de prevaricato  por acción.   

HECHOS Y ACTUACION PROCESAL  

         

         En    oportunidad    anterior,    la   Sala   hizo   la   síntesis  correspondiente,  de  las  actuaciones  cometidas  por  el  funcionario  acusado  apartir  del  primero (1o) de marzo de mil novecientos ochenta y nueve (1989) en  los siguientes términos:   

         

         “Denunció  Carlos  Alberto  Salas  Lozada, quien se desempeñaba  como  escribiente  grado  cuarto  del  Juzgado Promiscuo Municipal de Alpujarra,  algunos  comportamientos atribuibles al doctor JOSE AUGUSTO HERNANDEZ VARGAS, en  su  carácter de titular del citado despacho judicial, que en su sentir podrían  constituír infracciones a la ley penal, así:   

         1o.  Exigir al Secretario del Juzgado a su cargo, que recibiese una  máquina  de  escribir  que  entregó la Alcaldía a cambio de otras que habían  sido dadas para su arreglo;   

         2o.  Dictar  a  un  empleado  del despacho del cual era titular, un  memorial  de  desistimiento  y  darle  el trámite correspondiente decretando la  cesación  de  procedimiento,  dentro  del proceso seguido contra Gentil Cardozo  Pedraza Heredia, por el delito de hurto;   

         3o.  Dar  curso  a  un  escrito  de  renuncia a la acción penal, y  ordenar  la  cesación  de  esta  , en el juicio seguido contra Florentino Peña  Florián   por  abuso  de confianza, cuando el documento no estaba suscrito  por el ofendido;   

         4o.  Diligenciar  la  solicitud  elevada  por  Jairo  Iván y Campo  Elías  García  Esquivel,  relacionada  con  el  desistimiento de la acción, a  pesar   de  no  hallarse  suscrita  por  todos   los  perjudicados  con  la  infracción  y  de tratarse el hecho punible  allí investigado de un hurto  calificado.   

         5o.    Dictar    auto    de    detención    sin   derecho   a   la  excarcelación    contra   Eleázar   González,   sindicado   de  lesiones  personales,  cuando  la  incapacidad  señalada  al  ofendido fue de veinte (20)  días sin secuelas, y este había dimitido de la acción.   

         6o.  Imponer  a  Hollman  Hernández  la  pena de veinticuatro (24)  meses  de  prisión   cuando la correcta era de dos meses de arresto , pues  se  le  juzgó  por  lesiones personales en donde se fijó a la víctima treinta  (30) días de incapacidad;   

         7o.   Condenar   a   Luis  Otálora  Gonzálezs  a  doce  meses  de  prisión   por  lesiones personales de las que fué sujeto pasivo Benjamín  Narváez   Castro,   cuando   se  daban  circunstancias  similares  a   las  mencionadas en el numeral anterior;   

         8o.  Entregar  copias del proceso seguido contra Luis Alfonso Arias  Pacheco,    al    mismo    sindicado,   sin   que   se   hubiese   suscrito   la  correspondiente   diligencia  de  compromiso   de no violar la reserva  sumarial.   

         Una  vez iniciada la investigación por parte del Tribunal Superior  de  Ibagué,  se  acreditó  la calidad de Juez Promiscuo Municipal de Alpujarra  del  doctor  JOSE  AUGUSTO  HERNANDEZ  VARGAS,  para  la  época en que tuvieron  ocurrencia los hechos.   

         Se  practicaron diligencias de inspección judicial  sobre los  procesos  a  los  cuales  se  refirió  CARLOS  HUMBERTO  SALAS en su denuncia y  ampliaciones  a  la misma, constatándose el trámite que se siguió en cada uno  de  ellos  y en especial lo actuado en relación con aspectos que fueron materia  de     investigación,     a     los     cuales    la    SALA    se    referirá  posteriormente.   

         Así  mismo  se  recepcionaron testimonios de personas que tuvieron  algún  conocimiento  de los hechos denunciados, bien como presuntas víctimas o  como    testigos    de    algunos    procedimientos    que   se   atribuyen   al  procesado.   

         El  doctor  JOSE  AUGUSTO HERNANDEZ VARGAS rindió indagatoria y en  ella  expresó que sus actuaciones estuvieron siempre dentro del marco de la ley  y  que  las  decisiones  cuestionadas  fueron  precedidas  de  buena  fé, y son  producto de estimaciones que consideró justas.   

         Con  fundamento  en  las pruebas allegadas, el Tribunal Superior de  Ibagué  -Sala  Penal-  en  la  providencia recurrida decretó la resolución de  acusación  contra  el  doctor  JOSE AUGUSTO HERNANDEZ VARGAS por “prevaricato  por   asesoramientoa   ilegal”    y   “prolongación   ilícita  de  la  libertad”,  por los comportamientos relacionados en los numerales 2o y 5o., de  la  parte  motiva  de esta providencia; cesación de todo procedimiento en favor  del  mismo,  respecto  de los prevaricatos y detención arbitraria que le fueron  atribuídos  y  que  aparecen  consignados  en  los numerales 1o., 4o., y 9o.; y  reapertura   de investigación por los prevaricatos y abuso de autoridad de  que tratan los apartes 3o., 6o.,7o., y 8o..   

         En  el  mismo  auto  se impuso conminación y caución prendaria al  acusado,  como  medida  de  aseguramiento por las infracciones por las que fuera  enjuiciado.   

         Contra    tal    decisión    se    interpuso    el    recurso   de  apelación..”..   

         Surtida   la   apelación,   la  Sala,  por  mayoría,  revocó  la  resolución  de  acusación  que  por  prevaricato  por  asesoramiento ilegal le  había  dictado por su actuación en el proceso seguido contra Robinson Pedraza,  decretando  en  su  lugar  cesación  de  procedimiento.  Lo  propio hizo por la  reapertura  de la investigación que decretara con base en un escrito presentado  por  el  procesado Florentino Peña que lo entendió equivocadamente el Tribunal  como  memorial  de  desistimiento. También adoptó igual medida por el presunto  delito  de  Abuso  de  autoridad  que  se  desprendía  de la alteración de una  constancia   secretarial.  Las  restantes  determinaciones  que  favorecían  al  exfuncionario  con  cesación  de procedimiento, también fueron confirmadas, es  decir,  las  referentes a los cargos por el aparente extravío de unas máquinas  de  escribir  del  juzgado,  por  la  entrega  de  copias al procesado y no a su  apoderado  y  a  la  cesación  de  procedimiento  dictada  en  favor de García  Esquivel.   

         Confirmó   la  resolución  de  acusación  correspondiente  a  la  prolongación  ilícita  de  libertad pero le cambió la denominación por el de  prevaricato  por  acción.  Además,  revocó la reapertura de la investigación  por  las  penas  desproporcionadas  que le impartió a Hollman Hernández y Luis  Otálora  González,  disponiendo  en su lugar el llamamiento a juicio de rigor.  En todo lo demás confirmó el proveído.   

         Durante  la  etapa  del  juicio  y luego de hacerse la tasación de  perjuicios  por  medio  de  perito,  se  realizó  la  diligencia  de  audiencia  pública,  sin  la  presencia  del  Fiscal  Delegado, dictándose el tres (3) de  septiembre   de   mil   novecientos   noventa   y   dos   (1992)   la  sentencia  correspondiente,  absolviendo  al  imputado.  Apelada la decisión por el Fiscal  Primero  (1o.)  Delegado ante el Tribunal Superior de Ibagué, la Corte decretó  la  nulidad  de  todo lo actuado a partir de la diligencia de audiencia pública  por no haber participado en ella este funcionario.   

         De  regreso  a  la  primera  instancia, el ocho (8) de marzo de mil  novecientos  noventa  y  cuatro  (1994)  se  celebró  la  primera  parte  de la  audiencia  pública,  culminando  en  una segunda sesión, el diez (10) de junio  siguiente.  Finalmente, el siete (7) de julio se profirió sentencia absolutoria  de  primera  instancia,  por mayoría, siendo partidario el Magistrado disidente  de  una  decisión  condenatoria. Contra dicho pronunciamiento interpuso recurso  de apelación el Fiscal Delegado.   

LA SENTENCIA DE PRIMERA INSTANCIA  

         Asegura  el  Tribunal que, luego de examinar los hechos materia del  proceso,  no  se  observa en el comportamiento del acusado “…la presencia de  un  propósito  particular, de un querer con un fin específico de violar la ley  penal   en   provecho   suyo   o   de   un   tercero,  o  de  hacerlo  por  mero  placer…”.   

         En  apoyo  de  su  tesis  recuerda  los dichos de Eleázar      González,   Hollman   Hernández   y   Luis   Antonio  Otálora,  quienes  niegan  que  el exfuncionario les tuviera animadversión  que  permitiera  deducir  el  móvil  de  su  comportamiento.  Tampoco los   testigos   que   aportaron   sus   luces   permiten  pensar  algo  similar.  Por  consiguiente,  la  conducta investigada sólo se explica por la impreparación e  ignorancia del ex-juez.   

         En  lo  que se refiere a las víctimas de los delitos (Luis  Antonio  Otálora González, Dora Vargas y Benjamín Narváez  Castro)   a  su  juicio  tampoco  existe  la  menor  constancia  de  que  fuesen amigos del encartado o de que le hubiesen ofrecido o  dado  dinero  o cualquier otra dádiva para favorecer sus intereses. Ello indica  que                   Hernández  procedía sin malicia, sin  intención   dañina,  acompañado  apenas  de  su  ignorancia  y  de  la  firme  convicción de que lo hacía atinadamente.   

        “De  ahí  su confusión en la estimación de los hechos y en la  selección   de   las   normas   que   tenía  que  aplicar  y  las  ostensibles  contradicciones  que  se  encuentran  en  la  motivación  de  las  providencias  tildadas     de     prevaricadoras     con     las     conclusiones    de    las  mismas…”.   

        Luego  pone  en  relieve  que  si bien el implicado desempeñó el  cargo  de juez en varios municipios del departamento del Tolima, también lo es,  que  la  mayor  parte  del tiempo lo hizo por encargo debido a las vacaciones de  sus  titulares,  advirtiendo  de  igual  manera que por aquel entonces apenas se  iniciaba en la judicatura.   

        Finalmente  resalta  que una muestra palpable de su incapacidad se  advierte  en  el  memorial  que  dirigió  cuando se abrió el juicio a pruebas,  señalando  que  como  la  misma Corte lo sostiene no hay mérito para imputarle  conducta  dolosa  alguna  “… pues aquella afirmación debe ser suya, así lo  patentice  su  defensor,  porque  su  ilógica está acreditada a través de sus  pobres  actuaciones,  pues  todavía  cree  y  en  alto  lo  pregona,  que donde  desempeñó   el   cargo   de   juez,  dejó  profundas  huellas  de  certeza  y  sabiduría.”.   

        Por  consiguiente,  dado que las pruebas recaudadas no muestran la  certeza  para  predicar  la responsabilidad del acusado, y, por el contrario, se  demuestra  palpablemente  su ignorancia          ,  su  conducta se ubica en el numeral  4o.  del  artículo  40  del  C.P.,  lo  que  obliga  a proferir en su favor una  sentencia de carácter absolutorio.   

LA IMPUGNACION  

        Recurre  en apelación el Fiscal Primero Delegado ante el Tribunal  Superior  de  Ibagué,  basando  su inconformidad en la interpretación que debe  darse  al  artículo  10o. del C.P. resaltando el paralogismo que resulta de por  un  lado  presumir  que  la  gente  del  común  conoce  la  ley  y  del otro la  convicción  de  que  un juez de la República pueda ignorarla en algunos de sus  aspectos   más   elementales.  Por  consiguiente,  en  su  opinión,  se  está  prohijando  un  contrasentido pues mientras al juez como tal se le excusa que no  conozca la ley, como particular se le presume que debe saberla.   

        A  continuación asevera que pese a las reiteradas manifestaciones  del  procesado sobre su aventajada capacidad y su elevado cuociente intelectual,  tanto  su  defensor  como  la  administración  de  justicia   persisten en  declararlo  ignorante,  llegando  al  extremo de casi ubicarlo en el campo de la  inimputabilidad  …o  en  algo  así como en un estado de interdicción que él  rechaza a toda costa.”.   

        Por  consiguiente,  solicita  de  la  Sala  la  revocatoria  de la  sentencia  absolutoria,  dictando  en  su  lugar  una decisión condenatoria por  hallarse plenamente demostrada la responsabilidad del acusado.   

ALEGATO DEL NO RECURRENTE  

        Comienza  por  demandar la aplicación “…dentro de un concepto  de  FAVORABILIDAD  al  contenido  del  estatuto  sustantivo  que en su artículo  Quinto    en    referencia    a   la   culpabilidad   proscribió   ‘toda   forma   de  responsabilidad  objetiva’.”.  Luego  habla  de la prevalencia del derecho sustancial sobre el adjetivo, “…máxime  cuando  no  está  debidamente  incorporado  al  estatuto  de  penas,  lo que se  pretende    invocar    por    la    Fiscalía…”,    de    la    conditio  sine  qua  non  del  artículo  247  del estatuto procedimental acerca “…de la  comparecencia  en  el ilícito tanto del elemento objetivo como del determinante  factor  subjetivo requiriéndose para ambos la plena prueba así como la certeza  del hecho punible y su intención de realizarlo.”.   

        Más  adelante  habla  de  la  exigencia  -para esta modalidad del  prevaricato-  del  dolo, para concluir que “…está claramente demostrado que  mi  defendido  ni conocía el hecho punible ni menos quería su realización, ya  que  su único interés era lograr una pronta y cumplida justicia…”. Asegura  a  renglón  seguido  que  tanto la doctrina, como los pronunciamientos emitidos  por  la  Corte  y  los  planteamientos  hechos  en  el proceso “…dan razones  suficientes  para  la exculpación proferida beneficiosamente en la Sentencia de  Primera  Instancia.”. Por consiguiente, solicita “…tener en consideración  las  Jurisprudencias  relievadas  en  la  primera  Audiencia  ante  el Honorable  Tribunal    y    las    proferidas    con    posterioridad    que   tipifican  favorablemente  la conducta  del incriminado…” (bastardillas de la Sala).   

        Después  de recordar pronunciamientos del Tribunal sobre el error  cuando  de  éste  están  ausentes  la  negligencia  y  la  mala  fe, así como  cualquier  otro  interés  dañino  en  relación con la figura del prevaricato,  advierte  que  las  determinaciones  que  tomara  su  prohijado  como juez de la  República  no  fueron  lesivas  ni  perjudicaron a los afectados, muestra de lo  cual  se encuentra en lo dicho por éstos ante el Tribunal, agradeciendo incluso  las    medidas    y    absteniéndose    de    presentar    cargos   contra   el  ex-funcionario.   

        Recuerda  a  continuación  el  carácter capcioso de la denuncia,  instaurada  por el escribiente de su Despacho (Carlos  Salas)  quien  fuera condenado por concusión por el  Juzgado  2o.  de  Purificación, causando en su ánimo un deseo retaliatorio que  se realizó a través de la queja penal.   

        En   lo   que  se  refiere  a  los  argumentos  expuestos  por  el  impugnante,  señala  el apasionamiento injusto que observa contra el procesado,  advirtiendo  que  de  aplicarse  dogmáticamente  el  criterio  fiscal  sobre la  carencia  de excusa para la ignorancia de la ley, implicaría la inexistencia de  la  institución  del  error como causal de inculpabilidad y, en general, de las  causales  de justificación. Aparte de ello manifiesta no entender porque quiere  hacerse  caso  omiso  del artículo 21 del estatuto punitivo ya que su defendido  no  tenía  razón alguna para actuar dolosamente, o por lo menos, tal aserto no  fue demostrado en el plenario.   

       Por   consiguiente,   solicita  de  la  Sala  se  confirme  en  su  integridad la sentencia materia del recurso.   

LA CORTE  

1.            Antes de acometer el examen del  asunto  vale la pena referirse a algunas manifestaciones del recurrente en torno  al  postulado  “La ignorancia de la ley penal no sirve de excusa”, principio  consagrado en el artículo 10o. del Código Penal.   

       Una  cosa  es  ignorar  la ley, que implica no conocerla, no tener  noticia  de  la  misma  y  otra bien diferente es el error  que recae sobre  ella,  que  indica  una concepción diferente a la que predica su contenido o un  conocimiento  deformado  de  la realidad. En el caso de la especie, jamás se ha  afirmado   que   el   procesado  desconociera  la  ley  por  ausencia  total  de  conocimiento   perceptivo   o  valorativo  de  sustento.  Si  bien  se  mira  la  investigación   y   se  examinan  las  providencias  que  hicieron  posible  la  construcción  y  desarrollo  de  este  expediente  hasta  el  presente  estadio  procesal,  es  de  ver  que  la  acusación que se endilga al funcionario es por  haber  dictado  una  providencia contraria a la normatividad vigente, pese a las  citas  de  las  disposiciones  pertinentes, lo que de por sí descarta cualquier  ignorancia  sobre su existencia.            

       Se  ha  hablado  -y  esto es lo que sostiene la primera instancia-  que  su  precaria formación académica en las disciplinas jurídicas fue lo que  determinó  su  obrar  contrario a la ley, pues el acusado siempre tuvo la firme  convicción  de que su decisión fue justa y exacta,  acomodada, por tanto,  a  la  normatividad  vigente.  Que esta carencia de conocimientos sea suficiente  para  predicar  su  presunta inculpabilidad es cuestión que se abordará en los  acápites siguientes.   

2.            Tres son las conductas por las  cuales  se  le  llamó  a  juicio  al  imputado,  todas  ellas  tipificadas como  prevaricato  por  acción,  (art.  149  del  C.P.) las cuales se analizarán por  separado, teniendo en cuenta los procesos donde se originaron.   

3.              Proceso   contra   Eleázar  González           

         

3.1.           Según se recuerda, el diez (10)  de   junio   de   mil   novecientos   ochenta   y   nueve  (1989),  Eleázar   González   fue  puesto  a  disposición  del  Juzgado Promiscuo Municipal de Alpujarra, cuyo titular era el  doctor  Hernández Vargas.  Al  ciudadano  se le imputaba la comisión de un delito de lesiones personales y  como  sujeto  pasivo de la infracción aparecía Luis  Antonio  Otálora. Tres días después se le escuchó  en  diligencia  de  inquirir  y tres días más tarde, el dieciséis (16), se le  resolvió   su   situación   jurídica  dictándosele  en  su  contra  auto  de  detención.   

       Aunque  para  esta fecha se había allegado al proceso un memorial  de  desistimiento presentado por el  ofendido y una experticia en la que se  fijaba  una  incapacidad de veinticinco (25) días, sin secuelas, el funcionario  acusado  rechazó  el  desistimiento argumentando que el sindicado se encontraba  en   estado   de   alicoramiento,   situación  que  lo  hacía  incurso  en  la  circunstancia  de agravación punitiva prevista en el artículo 330 delC.P. Así  se pronunció en dicha providencia:   

                “…como  el  ofendido  presentó  al  Despacho DESISTIMIENTO, el Juzgado considera que el  sujeto  activo  concurrió en una de las circunstancias de agravación previstas  en  el  art.  330 del C.P., o sea, el sujeto activo, en el momento de cometer el  hecho,  el  agente  se  encontraba  bajo  el  influjo  de bebida embriagante, en  consecuencia,  a  pesar  de existir DESISTIMIENTO y la incapacidad no pasa de 30  días,  la  acción penal no puede extinguirse y además el sujeto activo, posee  antecedentes  penales  y  de  policía  en la Alcaldía de Alpujarra Tolima, por  lesiones personales.”.   

       Sólo  hasta  el  veintitrés (23) de junio, es decir, siete días  más  tarde,  se  le  declaró  la  cesación  de  procedimiento y se ordenó la  libertad  del  sindicado,  ante  su  expresa  solicitud.   En  tal ocasión  hernández vargas aceptó  que  las  lesiones  causadas a la víctima admiten el desistimiento por no pasar  de  treinta  días  y  no  haber  dejado  secuelas  o  causado deformidades. Por  consiguiente:   

       “…el  Juzgado  considera  que  hay que aplicar el principio de  economía  procesal,  por  haberse  extinguido la acción penal, en consecuencia  debe  aplicarse el artículo 342 y 34 C.P.P. Es decir, la acción penal no puede  proseguirse,  por  extinguirse  la  acción penal en su totalidad, entonces debe  Cesar todo Procedimiento y archivarse el expediente.”(fl. 49) .   

3.2.            Dada  la  incapacidad menor de  treinta  (30)  días,  el  delito de lesiones personales imputado a González  se encontraba reprimido con  pena  de  arresto.  Por  consiguiente,  de  acuerdo  con  el  artículo  416 del  compendio  procedimental, la medida de aseguramiento aplicable al caso era la de  conminación,  lo  que  excluía  de  por  sí la posibilidad de privarlo de la  libertad.   

       Pero,   además,  existía  un  escrito  de  desistimiento  de  la  víctima,  hecho  que obligaba al juez a decretar la cesación de procedimiento,  ordenando  la  libertad  inmediata  del  imputado,  sin  necesidad  de  entrar a  resolver  su situación jurídica. Ninguna razón cabía, por consiguiente, para  restringirle  su  libertad  de locomoción a Eleázar  González.   

3.3.            Una razón esgrimió el acusado  para  desatender  el  mandato legal. No podía conceder la libertad al procesado  por  el  estado  de  embriaguez  en  que  se encontraba  cuando cometió el  hecho,  basado  en  la previsión del numeral 1o. del artículo 342 del C.P., en  concordancia con el 330 de la misma obra.   

       Podría  pensarse  en  un  simple error de interpretación dada la  redacción  del  artículo  342  en  cita.  Sin  embargo, éste se refiere a las  agravantes   “distintas  de  las  señaladas  en  el  ordinal  primero”  del  artículo  330,  es  decir,  las  de  abandonar  sin  justa causa el lugar de la  comisión del hecho. Nada se decía sobre la embriaguez.   

       Aunque  el  artículo  342  no  especificaba  que la excepción se  refería  a  las  lesiones  culposas,  el  precepto  anterior  indicaba  que las  circunstancias  de agravación previstas para el homicidio culposo (art. 330) lo  serían  también para las lesiones culposas. Por consiguiente, con una adecuada  interpretación  sistemática,  la  conclusión obvia era que la excepción a la  extinción  de la acción penal por la vía del desistimiento y la benignidad de  la  lesión  (hasta  30  días,  sin  secuelas) se refería exclusivamente a las  lesiones culposas.   

3.4.           Se ha  esgrimido  como  disculpa  una  deficiente  formación académica, como la causa  para  que  el  exjuez  no  hubiese  llegado a esta conclusión. También, que la  redacción  de  la  norma no es explícita al referirse a las lesiones culposas.  Sin  embargo,  ¿cómo explicar que, visto que la pena a imponer era de arresto,  por     lo     menos     no     le     hubiese     dictado    la    conminación        como  medida  de  aseguramiento,  decretándole  al  sindicado  la  libertad  consiguiente  al momento de resolverle la situación jurídica? La ley  vigente  para  la  época  era clara. El artículo 416 del C. de P.P. de 1987 no  daba  lugar  a hesitación alguna. Específicamente señalaba que esta medida de  aseguramiento  “Solo  procede  para  delitos sancionados con arresto o pena no  privativa de la libertad”   

3.5.            Es claro que, en ningún caso,  procedía  la  detención  preventiva. Ni siquiera enmarcando su conducta dentro  de  una  deficiente  interpretación.  Su  obligación, en cualquiera de los dos  supuestos  era  haber  dejado  en  libertad  al  imputado, sea por la vía de la  conminación,  ora  por  la  de  la  cesación  de  procedimiento.  No obstante,  decretó  su  detención  preventiva,  providencia  a  todas  luces  ilegal, que  adecúa su comportamiento al tipo penal de prevaricato por acción.   

3.6.            Nadie  niega  que  el juez, al  ejercer  su  labor  de  intérprete  de  la ley, pueda llegar a equivocarse. Una  redacción  confusa,  la proliferación abrumadora de normas, la complejidad del  tema,  pueden  conspirar  contra  una  correcta  intelección  legal.  En  estos  supuestos,  la  equivocación surge diáfana y excluye de suyo cualquier tipo de  conducta prevaricadora. Sin embargo,   

       “…cuando  el  sentido  literal  de  la  norma  y  su  concreta  finalidad  son suficientemente claros y pese a ello se distorsionan dándoles un  alcance  que  no  pueden tener, cuando esa torcida interpretación no se explica  por  ignorancia  o  por errónea asimilación de su contenido y cuando, además,  ella   se   concreta  en  una  decisión  que  conculca  indebidamente  derechos  legítimos,  entonces  tendrá  que  reconocerse  que una tal providencia sería  manifiestamente  ilegal  y,  por  ende,  demostrativa  de prevaricato.”. (CSJ,  agosto 16 de 1983).   

       Tal  es  el  caso  que  ocupa  la  atención  de  la  Sala. Aunque la providencia no abundó  en  razonamientos  sobre  la  materia, de todas maneras de su texto se vislumbra  que  para  decidir  sobre el particular el juez analizó y sopesó los elementos  de  juicio  que  tenía  a  su  disposición,  luego  de  lo cual, no empece las  evidencias  que  se  le  presentaban  con  la  claridad  del  caso,  decidió en  contrario.  Logrado  su  objetivo,  es  decir,  después  de conseguir el ilegal  encarcelamiento      de     González,   revocó  la  medida,  con  lo  cual  se  confirmó  su  ilegal  proceder.   

         

       No  puede  pretenderse  una completa ignorancia sobre el tema. Los  jueces,  como  profesionales del derecho, han tenido la formación académica de  rigor,  teniendo  oportunidad  de conocer, por lo menos, las bases fundamentales  de  las disciplinas jurídicas, hecho que los capacita mínimamente para, por lo  menos, aplicar adecuadamente la ley.   

       Afirmar  que, pese a tener los conocimientos de cualquier abogado,  no  se  encuentran  capacitados  para   tomar  decisiones  que no necesitan  conocimientos  especializados  en  grado sumo ni dotes especiales de análisis y  creatividad,  es  darle curso a que cualquier Juez de la República, so pretexto  de  desconocer  la  ley, tome decisiones que contraríen el derecho y atropellen  los  derechos  de  los  ciudadanos, poniéndose en peligro la tranquilidad de la  comunidad.   

       La  decisión  apelada  es  desacertada y, por consiguiente, ha de  revocarse,  disponiendo  en su lugar la condena del ex-funcionario como autor de  un  delito  de  prevaricato  por  acción,  tipificado  en  el artículo 149 del  Código Penal.   

4.                 Proceso    contra   Hollman  Hernández   

         

4.1.                  Hollman    Hernández  Hernández  lesionó  a  Dora  Vargas causándole  una  incapacidad de treinta (30) días, hecho que dio  a  lugar a que se le adelantara un proceso en el Despacho a cargo del procesado,  finalizando  con  una  condena  a  purgar  la pena de veinticuatro (24) meses de  prisión  por la presencia de agravantes, con fundamento en los artículos 331 y  332,  inciso  primero.  Apelada  la  sentencia, el Juez 1o. Superior del Espinal  revocó  la  determinación  imponiéndole al condenado una sanción de seis (6)  meses de arresto.   

4.2.            Dado que las lesiones inferidas  a  la  víctima  no  sobrepasaban  los  treinta  (30) días, la norma a regir el  asunto  era  el inciso primero del artículo 332 del estatuto punitivo, que fija  una  pena  de  arresto  que  va de dos (2) meses a dos (2) años y multa de cien  ($100.oo)  a  un  mil  pesos  ($1.000.oo).  En  el  evento  de  que  se hubiesen  presentado  circunstancias  de  agravación  punitiva (como lo predica el fallo,  sin  precisarlas),  se  debía aumentar la pena de una tercera parte a la mitad,  según  el  artículo  339  de  la  misma  obra,  es  decir, quedaban los lindes  punitivos entre seis (6) meses y tres (3) años de arresto.   

4.3.            El tenor literal de la norma es  claro  sobremanera.  Ningún  tipo  de  interpretación, ni el más osado, puede  rebasar  los  límites  mínimo  y  máximo  que  allí  se expresan. Tampoco la  ignorancia  supina  sobre  la  punibilidad llevaría a transformar el arresto en  prisión.   No   obstante,   así  se  hace  en  la  providencia  en  cuestión.  Obsérvese:   

4.4.            En el fallo se reconoce que la  preceptiva  del  artículo  332 del C.P. es la norma que rige el asunto. Incluso  se  hace  la  cita  correspondiente  de  su tenor literal. Sin embargo, luego de  advertir  que  el  procesado  se  hace  merecedor  al beneficio de la condena de  ejecución  condicional  “…ya que la pena impuesta es de arresto y no excede  de  tres  años  de  prisión…”,  cuando  llega  al tema de la dosificación  punitiva, asegura:   

       “Como  se  habla de lesiones personales tenemos que partir de la  mínima  impuesta  por el art. 332, es decir, de dos meses de arresto y multa de  cien  pesos,  pero  con los agravantes, el juzgado acata la pena que solicita el  Señor  Personero  de  Alpujarra  de  24  meses  de  prisión. Además como pena  accesoria  de  (sic)  la  interdicción de derechos y funciones públicas por un  período de 24 meses, es decir, igual a la pena principal.”.   

4.5.            La contradicción es manifiesta  y  la  decisión ilegal. Mientras atrás evoca la norma en forma correcta, luego  se  aparta  de  su  mandato  imponiendo  una  pena que no contempla. Ni siquiera  cabía  esta  mutación  pensando  en las agravantes que cita sin precisar, pues  aún  contando  con  su  presencia,  continúa  incólume  la  pena  de arresto.   

4.6.            De  nuevo,  como  en el primer  asunto    en    estudio,    la    Sala  debe  preguntarse  si  en  verdad  la  decisión  tomada  por el  exfuncionario   se  debió  a  su  incapacidad  para  asimilar  las  disciplinas  jurídicas  o  si,  por  el  contrario,  su  conducta  se  vio  gobernada por la  intención  y  voluntad  de mancillar la ley o como se dice en la resolución de  acusación      de      “     querer     deliberadamente     perjudicar     al  encausado”.   

       En  el  acápite  que  ampulosamente  denomina  “Fundamentos  de  derecho”,   el  acusado  asegura  que  la  conducta  imputada  a  Hollman  Hernández  no  es dolosa. Si  ello  era  así,  debió  atender  lo prescrito en el artículo 340 del C.P. que  versa  sobre  las  lesiones  culposas.  No  obstante,  su decisión la tomó con  fundamento   en   el   332   que   trata   precisamente   sobre   las   lesiones  dolosas.   

                                                         Luego  niega  la  absolución  (estas  son sus  palabras)  y  declara  la responsabilidad del encartado planteando la existencia  de  una  legítima  defensa  en  exceso,  lo cual quiere decir que la acción es  típica  y  culpable  pero no antijurídica. Finaliza el galimatías hablando de  arresto  al  conceder  el  subrogado  en comento para luego condenar con pena de  prisión  y  deducir  unas  agravantes  que no menciona ni mucho menos sustenta.   

                  

                                                         Ocultar  esa  arbitrariedad  -se  dijo en otra  oportunidad-  con  el  argumento  del  error,  es desfigurar lo que existe en el  proceso,  ya  que  en la propia providencia el funcionario demuestra que sabe lo  que tiene que hacer, pero resuelve otra cosa.   

                                             No  puede admitirse como errror la irresponsabilidad  de  un  funcionario  que en la misma providencia afirma que el hecho se cometió  sin   dolo,y   acto   seguido  condena  al  procesado  por  lesiones  personales  intencionales  dolosas.  Además, no obstante, saber que la pena aplicable es de  arresto  le  impone  dos  años  de  prisión  por  las  “agravantes” que ni  siquiera  menciona,  arbitrariedad sobre cuyo pleno conocimiento no hay la menor  duda.  Y  para  cerrar  la  injurídica  actuación,  le  concede al imputado la  condena  de  ejecución condicional, “ya que la pena impuesta es de arresto”  cuando como ya se dijo, le impuso dos años de prisión.   

4.7.            No  queda  la  menor duda, por  consiguiente,  que  si  bien  el  pronunciamiento  revela  notorias deficiencias  intelectuales  del  exjuez,  también  muestra  el  deseo  evidente  de  imponer  sanciones  severas,  más  allá  de lo permitido por la ley. Así las cosas, se  impone  revocar  la decisión absolutoria de la primera instancia, imponiendo en  su lugar una de carácter condenatorio.   

         

5.            Proceso  contra  Luis  Antonio  Otálora    González                    

       Similar   resulta   este   asunto   al   estudiado  en  el  aparte  anterior.Contra    Otálora   González  se adelantó un proceso por el delito  de  lesiones  personales inferidas a Benjamín Narváez Castro, cuya incapacidad  definitiva  fijó  el  médico  legista  en treinta (30) días, sin secuelas. El  procesado  le  impuso  una  pena  de  doce (12) meses de prisión, atendiendo la  existencia    de    “agravantes”    y    la    solicitud    del    Personero  Municipal.   

       Sin  embargo, la norma que regía el asunto, dada la benignidad de  las  lesiones,  era  el artículo 332 del C.P., que prescribía para el caso una  pena  entre  dos  meses y dos años de arresto. Así lo reconoce el exjuez en la  providencia  cuando  advierte  que  se debe aplicar esta norma en la decisión a  tomar.  No  obstante,  al  dosificar  la  sanción  le impone doce (12) meses de  prisión.  Tal determinación es por completo ilegal y adecúa su comportamiento  al  tipo  penal  del  prevaricato  por acción, descrito en el artículo 149 del  C.P.   

       Sin  que  se  asome  en el proceso prueba alguna que demuestre una  posible      justificación      del     hecho,     pasa     la     Sala   a examinar si al procesado  le  asistía  la  intención  y  voluntad  de  cometer el desafuero o si, por el  contrario, podía estar cobijado por una causal de inculpabilidad.   

       Lo  primero que se observa son los términos de la sentencia. Como  si  se  tratara  de  un modelo, en esta emplea casi la misma redacción que a la  expuesta  en  la  que  halló  responsable  a Hollman  Hernández,  estudiada  atrás. Así discurre cuando  evalúa la conducta sometida a su consideración:   

       “El  Despacho  considera que el sindicado no es merecedor de una  sentencia  absolutoria,  como quiera que el citado LUIS ANTONIO OTALORA GONZALEZ  se  sobrepasó  en  el  ataque,  en la agresión ya que esta agresión nunca fue  proporcional  a  la agresión verbal y material de MARIO GOMEZ a pesar de que el  sindicado  estaba  en  la  necesidad  de  defender  un derecho propio contra una  injusta  agresión  que  hizo  LUIS  OTALORA,  ya  que  éste fue la persona que  inició     dolosamente     los     hechos     en     el     teatro    de    los  acontecimientos.”.   

       Repite,  como  en  el  caso  anterior,  que  el  procesado es culpable no empece reconocerle  la  causal  de justificación de la legítima defensa. Luego, en algunos pasajes  se  limita  a  repetir  (mal, por cierto) las expresiones del Código Penal como  cuando  advierte  que  en  el  caso  en  estudio  se reúnen los requisitos para  conceder  el  subrogado  de la condena de ejecución condicional “…ya que la  pena  impuesta  es de arresto y (sic) no excede de tres años de prisión”, lo  que  es  un contrasentido pues, como es obvio, la presencia de aquella excluye a  la otra.   

       Sin  embargo, pese a que renglones atrás había reconocido que la  norma  aplicable  al  asunto era el artículo 332 y que la pena a imponer era de  arresto,  insólitamente,  al  realizar el proceso de dosificación punitiva, la  transforma  en prisión aduciendo “agravantes” en abstracto y apoyándose en  una solicitud del Personero.   

       Como  en  el anterior caso penal, ante el claro y concreto mandato  de  la  ley  y pese a que ni siquiera con la existencia de agravantes es posible  cambiar  el  arresto en prisión, intencional y voluntariamente decide apartarse  del mandato legal, imponiendo doce (12) meses de prisión.   

       Así  las  cosas, a su incapacidad profesional le agrega el ánimo  de  imponer  castigos exorbitantes, sin importarle que con ello se desborden los  mojones  legales.  Su  responsabilidad es manifiesta y así lo ha de declarar la  Sala,   revocando   la  sentencia  absolutoria materia de la impugnación, dictando, en su lugar, una de  carácter condenatorio.   

5.                De    la   decisión   a  tomar   

       El  procesado  fue  llamado  a  responder  en juicio criminal como  presunto  responsable  de  un  delito  de  prevaricato  por acción, en concurso  material,   tipificado   en   el  artículo  149  del  Código  Penal,  por  las  determinaciones    que   tomara   contra   Eleázar  González,    Hollman    Hernández    y   Luis   Antonio   Otálora, estudiadas atrás.   

       Se  impone  una  decisión  condenatoria,  hecho  que  implica  la  revocatoria  del  fallo de primera instancia en lo pertinente, tal y como quedó  explicado en cada uno de los apartes correspondientes.   

6.          De la punibilidad   

       Para  fijar  la  sanción  que  le  corresponde  al  procesado, se  partirá  de  dos (2) años de prisión, dada la investidura de juez que poseía  el  imputado,  cuya  delicada  misión le imponía no sólo la aplicación de la  ley,  sino  también obrar con ponderación, justeza y buen juicio, como garante  de  una eficaz administración de justicia. Dicho monto se incrementará en seis  meses  más  en  virtud  del  concurso  material  de  infracciones,  quedando en  definitiva  en  treinta  (30)  meses  de  prisión e interdicción de derechos y  funciones públicas por el mismo lapso.   

       En  atención, a que la pena a imponer no sobrepasa los tres años  de  prisión,  y  teniendo  en  cuenta  que  el  procesado es la primera vez que  delinque  y  sus  condiciones  personales no indican que requiera de tratamiento  penitenciario,  se  le  concederá  el  beneficio  de  la  condena de ejecución  condicional,   únicamente   respecto  de  la  pena  privativa  de  la  libertad  suspendiéndose  la  ejecución  de  la  pena por un período de tres (3) años,  lapso  en  el  cual  cumplirá  a cabalidad con las obligaciones previstas en el  artículo  69  del C.P.,  previo el depósito de una caución equivalente a  dos    (2)   salarios   mínimos   a   órdenes   del   Tribunal   Superior   de  Ibagué.   

       En  mérito  de lo expuesto La Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

1.                      Revocar   la   sentencia  impugnada,  en  su  lugar,     condenar  a   José  Augusto  Hernández  Vargas  a  la  pena  principal  de  treinta  (30)  meses  de  prisión  e  interdicción de derecho y  funciones  públicas por el mismo término, como autor responsable del delito de  prevaricato por acción.   

2.            Conceder  el  subrogado  de  la condena de ejecución condicional, únicamente respecto de  la pena de prisión.   

Notifíquese y cúmplase.  

NILSON   PINILLA   PINILLA                               RICARDO     CALVETE  RANGEL   

GUILLERMO    DUQUE   RUIZ                             CARLOS    E.    MEJIA  ESCOBAR   

DIDIMO    PAEZ   VELANDIA                     EDGAR SAAVEDRA ROJAS   

JUAN  MANUEL  TORRES FRESNEDA  JORGE  ENRIQUE VALENCIA M.   

                                                                     Salvamento  de Voto   

CARLOS A. GORDILLO LOMBANA  

Secretario  

***********************************************   

Proceso    No.   9730   Salvamento   de  Voto   

SALVAMENTO DE VOTO  

         

       Frente  a  la  conductas comportamentales denunciadas expresé muy  tempranamente  desde  el  momento  mismo  del  calificatorio  -y a esos planteos  exactos  y  estrictos me remito- mi criterio de que en el actuar del acusado hay  total  ausencia  de  dolo  como  fenómeno  de  representación  y voluntad. Esa  intención  realizadora  del  tipo  objetivo  -que  en  eso consiste el dolo- no  aparece   por   parte   alguna  por  las  fojas  del  proceso  y  menos  en  los  comportamientos  asumidos  por  el  ex-juez.  En lo de afuera y lo de dentro, la  Corte  tiene  una opinión diferente a la mía. Lamento que ello suceda y que se  encuentre  una  tipicidad dolosa de la conducta allí donde solo aparece error o  ignorancia,  o  ambas cosas a la vez. Y como hago mal en mezclar  mis   propias  reflexiones  a las reflexiones de la Sala, pluma en mano, salvo mi voto  en este asunto. Y basta.   

Cordialmente,   

JORGE ENRIQUE VALENCIA M.  

Magistrado  

Fecha ut supra  

     

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