14523 (30-06-98)

1998

Asistente Jurídico Inteligente

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    PRUEBA-Inconducencia         e  impertinencia   

La   solución  de  problemas  fácticos  o  jurídicos  que  surgen dentro del proceso, en primer lugar, debe buscarse en la  ley,  conforme  con  el  principio  de  legalidad  del  proceso  que  tiene  carácter constitucional y rector  (Const.  Pol.,  art.  29  y  C.  P.  P., art. 1°).  Este será el punto de  partida,   por   obvias  razones  de  igualdad,  seguridad  y  libertad  en  las  decisiones,   para  acudir  después,  en  segundo  lugar, al auxilio de la  equidad,  la  doctrina, la jurisprudencia y los principios generales del derecho  (art. 230 Const. Pol.).   

Pues  bien,  el  artículo 250 del Código de  Procedimiento Penal dispone:   

“Rechazo   de   las   pruebas.   No  se admitirán las pruebas que  no   conducen   a   establecer   la   verdad   sobre   los  hechos  materia  del  proceso o las que hayan sido obtenidas en forma ilegal  para   determinar  responsabilidad.   El  funcionario  rechazará  mediante  providencia    las    legalmente    prohibidas    o   ineficaces,   las  que versen sobre hechos notoriamente impertinentes   y   las  manifiestamente  superfluas.   Cuando  los  sujetos  procesales   soliciten   pruebas   inconducentes   o  impertinentes serán sancionados disciplinariamente, o  de  acuerdo  con  lo  previsto  en  el  artículo  258  de  este Código” (se ha  subrayado).   

Basta  la lectura de la norma para establecer  que  el  legislador  adoptó un concepto único y complejo, en el sentido de que  la  conducencia se predica de  la  prueba  y  la  pertinencia  de  los hechos materia del proceso, pero ninguna  prueba  será  conducente  si  no  es  apta para llevarnos a la verdad sobre los  hechos   objeto   del   procesamiento,   que   a   su   vez   son   los  únicos  pertinentes.   Son  dos  caracteres  inseparables,  porque si la prueba nos  guía  a  establecer  hechos  completamente  ajenos  al  proceso,  no  sólo  es  impertinente  sino  que  también  resulta  inconducente,  pues  se  ha separado  drásticamente   del  único  objeto  señalado  en  el  proceso  como  plan  de  acción.   La conducencia sólo puede apreciarse a través de una relación  de la prueba con los hechos (pertinencia).   

Este criterio aparece reforzado en la primera  parte  del  artículo  247  del  Código de Procedimiento Penal, norma según la  cual  “no  se  podrá  dictar sentencia condenatoria sin que obren en el proceso  pruebas  que conduzcan a la certeza del hecho punible  y   la   responsabilidad   del   sindicado…”.   Precisamente,  los  hechos materia del proceso sólo son aquellos que tienen que  ver   con   los   elementos  constitutivos  del  delito  que  se  examina  y  la  responsabilidad    (penal    y   civil)   de   quienes   han   sido   legalmente  vinculados.   

Todas  las  pruebas  ordenadas  dentro  de un  proceso,  antes  de  su  práctica, son potenciales, en el sentido de que pueden  arrojar  un  resultado positivo o negativo en relación con su objeto; es decir,  así  como  pueden contribuir a formar constancias relativas a la configuración  del  delito  o  de  la  responsabilidad  del  sujeto,  también  pueden llegar a  desestructurarlas,  pero,  eso  sí,  una  vez  se  hayan  valorado individual y  conjuntamente  (art.  254  C.  P. P.).  Por ello, con acentuada lógica, el  Estatuto  Procesal  Penal  Colombiano  señala  que  las  pruebas “conducen a la  verdad  o a la certeza”, es decir, siempre son medios o vehículos para llegar a  ella,  pero  no  son  fines  en sí mismos, porque no constituyen la verdad o la  certeza sino que la propician.   

PROCESO No. 14523  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 90 (25-06-98)  

Santafé de Bogotá, D. C., treinta de junio  de mil novecientos noventa y ocho.   

VISTOS:  

          En  el  Tribunal  Superior  de  Manizales  se adelanta el juicio en  relación  con  el  doctor IVÁN CASTAÑO YEPES, Fiscal Delegado ante el Juzgado  Promiscuo  del  Circuito de Manzanares (Caldas), a quien la Fiscalía General de  la   Nación   acusó   por  un  concurso  de  varios  delitos  de  cohecho     propio    y    prevaricato  por  acción, proceso en el  cual  el  defensor  del  procesado  solicitó pruebas para la etapa de la causa,  algunas  de  las  cuales  fueron  inadmitidas por medio de auto fechado el 19 de  marzo del año en curso.   

         El  defensor  no estuvo de acuerdo con el rechazo de la ampliación  del  testimonio de la doctora RUTH CLEMENCIA ZULUAGA ARISTIZÁBAL, razón por la  cual  interpuso simultáneamente los recursos de reposición y apelación (éste  como  subsidiario).   Negada la impugnación principal, la Sala se ocupa de  la segunda.   

ANTECEDENTES:  

         Los   hechos   delictivos,  según  los  narra  la  resolución  de  acusación  dictada  por el Fiscal Quinto de la Unidad Delegada ante el Tribunal  Superior  de  Manizales,  se  refieren a que el fiscal IVÁN CASTAÑO YEPES y el  auxiliar  JORGE  ESAÚ  LÓPEZ  GÓMEZ,  adscritos  a  la  Unidad  Seccional  de  Fiscalía  del  municipio  de  Manzanares,  recibieron  dinero  para  concederle  injustamente  la libertad a los individuos JOSÉ NEFTALÍ LÓPEZ SÁNCHEZ (alias  “tenedor”)  y  CÉSAR TULIO GÓMEZ HOYOS, apodado “huevo”, quienes junto  con  el  sujeto  ALBERTO  GÓMEZ  MONTOYA,  conocido como “gorrete”, estaban  vinculados   a   la  investigación  por  el  delito  de  homicidio  (tentativa)  perpetrado   en   contra  de  la  vida  del  señor  LUIS  FRANCISCO  CASTAÑEDA  GALLEGO.    Las   liberaciones  irregulares  se  produjeron  por  medio  de  resoluciones  que el funcionario acusado expidió el 16 de septiembre y el 11 de  octubre de 1996, respectivamente.   

         De  igual  manera,  el  funcionario  judicial  fue acusado por otro  delito  de  prevaricato,  en razón de su proceder supuestamente anómalo dentro  de  la investigación relacionada con el ciudadano BERTULFO GIRALDO CASTRILLÓN,  a  quien se imputaba el delito de homicidio que recayó en la persona del señor  AQUILINO  MARÍN  DE LOS RÍOS.  En efecto, se cuestiona la legalidad de la  resolución  del  6  de  marzo  de  1996,  por  medio de la cual inicialmente se  abstuvo  de  dictarle  medida  de  aseguramiento  al  sindicado, aunque después  repuso  la determinación a instancias del Ministerio Público, pero también se  tacha  de  abiertamente  ilegal  la  decisión calificatoria del 13 de junio del  mismo,   por   cuyo   medio   precluyó   la   investigación   en   favor   del  mismo.   

         El  defensor  indica  en  su memorial petitorio que es necesaria la  ampliación  del  testimonio  de la doctora RUTH CLEMENCIA ZULUAGA ARISTIZÁBAL,  quien,   como  representante  del  Ministerio  Público,  en  su  condición  de  Personera   Municipal   de   Manzanares,   fue  notificada  directamente  de  la  resolución  de  preclusión dictada dentro del proceso por homicidio adelantado  en    relación    con    el    sindicado    Giraldo  Castrillón,  con  el fin de “que explique por qué  razón  no  interpuso ningún recurso contra esa decisión” (fs. 701, cuaderno  principal # 2).   

         Como  razones de conducencia y pertinencia de la prueba solicitada,  el  peticionario  arguye que se propone establecer que la mencionada providencia  “no  fue  contraria  a la ley” (idem, fs. 702).   

         Por  medio  de  auto  fechado  el  19  de marzo pasado, el Tribunal  Superior  de  Manizales  admitió  algunas  de  las  pruebas  solicitadas por la  defensa,  decretó  otras  de  oficio,  se  negó  a recibirle declaración a la  señora   Luz   Helena   Herrera  Alzate   y  rehusó  también  la  ampliación  del testimonio de la  doctora       Ruth       Clemencia       Zuluaga  Aristizábal.   En  relación  con  los  medios  probatorios   rechazados,   se   trae   como  fundamento  que  las  pruebas  son  “inconducentes  e improcedentes”, porque, particularmente en lo que atañe a  la  ampliación  de  la declaración de la agente del Ministerio Público,   “la  intervención de las partes obedece a lo que, a su leal saber y entender,  consideran  procedente,  y  no  es  dable al Juzgador exigirles explicaciones en  torno  a  una  actuación  que  por  mandato  de la misma ley es discrecional”  (ibidem,   fs.   705   y  ss.).   

         El   impugnante   ofrece   la   siguiente   sustentación   de  los  recursos:   

         1.   De  acuerdo  con  el  artículo  277  de la Constitución  Política  y  los  artículos 131, 132, 133, 135 -nums. 3 y 4- y 188 del Código  de   Procedimiento   Penal,   el   Ministerio   Público   es   el  garante  de la legalidad, supuesto que le  corresponde,  entre otras funciones, vigilar el cumplimiento de la Constitución  y  las  leyes, proteger los derechos humanos y defender el orden jurídico y las  garantías   fundamentales.    Un   ejercicio  tan  trascendental  como  el  reseñado,  dice  el  impugnante,  no  puede  ser discrecional sino marcadamente  obligatorio.   

         2.     En   esa   especificada   posición   de   garante  de  la  legalidad, el agente del  Ministerio   Público,  una  vez  notificado  de  las  decisiones  judiciales  y  advertida  la ilegalidad de alguna de ellas, tiene la obligación de impedir que  la  misma  quede  en  firme,  mediante  la  interposición  de  los  respectivos  recursos.   

         3.   Si  el  representante  del Ministerio Público renuncia a  ejercer  el  mencionado  control  de legalidad, habida cuenta de su posición de  garante,  puede  estar incurso en el delito de prevaricato por acción (art. 149  del  C.  P.), cuya realización sería de comisión por omisión, o cuando menos  en    el    de    prevaricato    por    omisión    (art.    150    idem).   

         4.          Arguye         que         la         conducencia    y    la    pertinencia   de   la  prueba  son  dos  nociones   diferentes,  pues,  según  lo  enseña  el  tratadista  Hernando  Devis  Echandía,  la  primera  tiene  que  ver  con  la  aptitud  legal o jurídica de la prueba para convencer  sobre  el  hecho  a  que  se  refiere,  mientras la segunda, que el autor citado  denomina      también      relevancia,  consiste en la relación que el hecho por probar puede tener con  el  litigio o la materia del proceso de jurisdicción voluntaria o del incidente  o de la investigación penal, según el caso.   

         5.   Con apoyo en doctrina nacional y extranjera, circunscrito  al  tema  de  la  pertinencia,  el  recurrente afirma de que “si existe alguna  posibilidad,  por  remota que parezca, de que ese hecho tenga alguna relación y  resulte  de  algún  interés  para  la  decisión  del  litigio o del asunto de  jurisdicción  voluntaria  o del proceso penal, es mejor decretar y practicar la  prueba”.   Además,  el  rechazo  sólo  es procedente ante la evidencia,  porque  si aparecen dudas sobre la conducencia o la pertinencia de la prueba, el  juez  debe pronunciarse en favor de la admisión, dado que, de todas maneras, al  momento  de  valorarla habrá de volverse sobre el mencionado requisito y podrá  negarle valor en el supuesto de que falte.   

         6.   La  ampliación  de  declaración  solicitada, por cuanto  constituye  un  testimonio,  es una prueba conducente, supuesto que es apta para  demostrar  determinados  hechos;  además,  no  existe  norma  que prohiba a los  agentes  del  Ministerio  Público atestar sobre los hechos relacionados con los  procesos en los cuales intervinieron como tales.   

         7.   Si  la  resolución de preclusión fechada el 13 de junio  de  1996, por virtud del examen que hizo la Unidad de Fiscalía Delegada ante la  Corte,  es  manifiestamente  contraria  a  la  ley, resulta lógico y legítimo,  “para   los   fines   propios  de  este  proceso”,  exigirle  a  la  doctora  Zuluaga  Aristizábal  que  aporte  las  explicaciones  para  haberse  abstenido  de  interponer recursos en  contra de esa determinación.   

         8.   Agrega  el  recurrente que está seguro de que la actitud  omisiva  de  la  Personera  se  debió a que halló la decisión conforme con la  realidad  probatoria  y  la  ley,  “pero para los intereses procesales del Dr.  IVÁN  CASTAÑO  YEPES  es imperioso que la explicación de la descrita conducta  la  suministre  la  misma distinguida letrada que la asumió” (fs. 727).   Si   el   hecho   atribuido   al   doctor   Castaño  Yepes  es el que constituye el delito de prevaricato,  visto  que  la  declaración  de  la  doctora  Zuluaga  Aristibábal   versa  sobre  la  contrariedad  de  la  respectiva  decisión  con la ley, la pertinencia de la prueba no puede ser más  evidente.   

         9.   Como  en  el  auto  que  se  impugna  se  sugiere  que la  ampliación  de  la declaración poco puede aportar, el actor finaliza diciendo,  soportado  en  otro  doctrinante extranjero, que del juicio de pertinencia de la  prueba  debe  excluirse  “la  idea  de  su  eventual  eficacia”,  porque las  valoraciones  acerca del probable resultado sólo pueden hacerse una vez se haya  practicado  toda  la  prueba;  de  modo  que  para  la  admisión  basta que sea  “hipotéticamente  idónea  para  aportar, directa o indirectamente, elementos  de  conocimiento  sobre  los  hechos  que deben ser probados”.  Cualquier  anticipación  de  resultados  de la prueba, afirma el abogado, atenta contra la  imparcialidad  del  juez  y  el  derecho  de  las  partes  a  probar  los hechos  discutidos en el proceso (fs. 729).   

         En  el  auto  que  niega  la  reposición,  fechado  el 22 de abril  último, el Tribunal sienta las siguientes premisas:   

         1.   A  partir de la vigencia de la Constitución Política de  1991,   es  clara  la  discrecionalidad  de   la  intervención  del  Ministerio  Público,  dentro  de  una  relación  concreta sujeto procesal-acto procesal y no en abstracto (como parece  entenderlo  el  impugnante),  pues  así  se  infiere de expresiones tales como:  “cuando  sea  necesario” o “podrá intervenir”, o “cuando lo considere  necesario”,  consignadas en los artículos 277-7 de la Carta Fundamental y 131  del Código de Procedimiento Penal.   

         2.   En  cuanto  a  la  omisión  del Ministerio Público y su  consecuente  incursión  en  una  falta  al  deber  legal  o  en  el  delito  de  prevaricato,   es  cuestión  que  debe  manejarse  como  alegato  previo  a  la  sentencia,  porque  intentar erigir la culpabilidad del reo en el no hacer de un  sujeto   procesal   exige  entrar  en  un  examen  de  ese  estrato  del  delito  (culpabilidad),  lo  cual  significa  anticipar  juicios  sobre  el  tema  de la  responsabilidad.   

         3.   Acudiendo a la distinción entre las pruebas históricas    y    críticas,   según  clasificación   que  trae  el  tratadista  Francesco  Carnelutti,  el Tribunal sostiene que la subjetividad  de  la  representante  del  Ministerio  Público,  como  razón  para  no  haber  interpuesto  el  recurso  en contra de la decisión cuestionada, no requiere del  medio   de   convicción   solicitado,  dado  que  ya  existe  una  prueba  crítica  sobre  el  tema, en el  sentido  de  que por la naturaleza del fenómeno por probar puede inferirse “a  través  del  raciocinio  lógico y deductivo”.  Si el sujeto procesal no  ataca  una  providencia  a él notificada, se presume (presunción de hombre) su  conformidad con los contenidos de la misma.   

         4.   Con apoyo en la obra del tratadista Italiano Eugenio           Florián, el a  quo  afirma que “la relevancia de la prueba se mide  según  su  destinación y de conformidad con su resultado hipotético”.   Así  entonces,  si de la posición omisiva del Ministerio Público se colige la  aceptación  de  la providencia, se pregunta:  ¿cuál sería la relevancia  para  el proceso de un testimonio que va a exponer algo que se puede obtener por  la vía del raciocinio lógico?.   

         Dentro  del  término  previsto  en el inciso 3° del artículo 200  del  Código de Procedimiento Penal, el recurrente adiciona argumentos que en su  oportunidad se examinarán.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

         La  solución de problemas fácticos o jurídicos que surgen dentro  del  proceso,  en  primer  lugar,  debe  buscarse  en  la  ley,  conforme con el  principio   de   legalidad  del  proceso  que tiene carácter constitucional y rector (Const. Pol., art. 29  y  C. P. P., art. 1°).  Este será el punto de partida, por obvias razones  de   igualdad,  seguridad  y  libertad  en  las  decisiones,   para  acudir  después,  en  segundo  lugar,  al  auxilio  de  la  equidad,  la  doctrina,  la  jurisprudencia   y  los  principios  generales  del  derecho  (art.  230  Const.  Pol.).   

         Pues  bien,  el  artículo  250  del Código de Procedimiento Penal  dispone:   

         “Rechazo  de  las pruebas.      No    se    admitirán    las    pruebas    que    no  conducen    a    establecer   la   verdad   sobre   los   hechos   materia   del  proceso  o  las  que  hayan  sido  obtenidas en forma  ilegal   para   determinar   responsabilidad.   El  funcionario  rechazará  mediante  providencia  las  legalmente  prohibidas  o  ineficaces,  las  que versen sobre hechos notoriamente impertinentes   y  las  manifiestamente  superfluas.   Cuando  los  sujetos  procesales   soliciten   pruebas   inconducentes   o  impertinentes  serán sancionados disciplinariamente,  o  de  acuerdo  con  lo  previsto  en el artículo 258 de este Código” (se ha  subrayado).   

         Basta  la  lectura  de  la  norma para establecer que el legislador  adoptó  un  concepto  único  y  complejo, en el sentido de que la conducencia  se predica de la prueba y la  pertinencia  de los hechos  materia  del  proceso,  pero  ninguna prueba será conducente si no es apta para  llevarnos  a  la  verdad sobre los hechos objeto del procesamiento, que a su vez  son  los  únicos  pertinentes.  Son dos caracteres inseparables, porque si  la  prueba  nos  guía  a  establecer hechos completamente ajenos al proceso, no  sólo  es  impertinente  sino  que  también  resulta  inconducente,  pues se ha  separado  drásticamente  del único objeto señalado en el proceso como plan de  acción.   La conducencia sólo puede apreciarse a través de una relación  de la prueba con los hechos (pertinencia).   

         Este  criterio  aparece reforzado en la primera parte del artículo  247  del  Código  de  Procedimiento Penal, norma según la cual “no se podrá  dictar   sentencia  condenatoria  sin  que  obren  en  el  proceso  pruebas  que  conduzcan  a  la  certeza  del  hecho  punible  y  la  responsabilidad     del     sindicado…”.   Precisamente,  los  hechos materia del proceso sólo son aquellos que tienen que  ver   con   los   elementos  constitutivos  del  delito  que  se  examina  y  la  responsabilidad    (penal    y   civil)   de   quienes   han   sido   legalmente  vinculados.   

         A  sabiendas  de que la resolución del 13 de junio de 1996 ha sido  calificada   provisionalmente   por   la  Fiscalía  como  abiertamente  ilegal,  averiguar  los  motivos  que  tuvo  la  doctora  Ruth  Clemencia  Zuluaga Aristizábal para dejar de impugnar  dicha  decisión,  por  un  medio  tan  inquisitivo  como sería el de su propia  declaración  juramentada,  sería  abandonar el objeto propio de este proceso y  de  las  respectivas pruebas, cual es el prevaricato y la responsabilidad que se  atribuyen  al  doctor Iván Castaño Yepes,  para ingresar arbitrariamente en la indagación de las supuestas  responsabilidades  funcionales  o penales de aquella funcionaria, aspecto que no  deja  de  insinuar  el  apelante,  y  exponerla  por  esa  vía  entonces  a una  autoacusación  bajo  la  gravedad  del juramento.  Ahora bien, no obstante  que  a  la  declarante se le hicieran las advertencias del caso, conforme con el  artículo  33  de  la  Constitución  Política,  lo  cierto  es  que  el único  propósito  de la ampliación del testimonio, según lo expone el recurrente, se  orienta  a  inquirir  los motivos de su silencio frente a algo que objetivamente  viene  calificado  como manifiestamente ilegal, lo cual impone una veda desde su  comienzo.   Cosa  distinta  es  averiguar móviles de una conducta, de cuya  configuración  puede  resultar  la licitud o ilicitud de la misma, en la entera  libertad  de  una versión libre o de una indagatoria, pero, se repite, no es la  mencionada   profesional   el   sujeto  pasivo  de  la  acción  penal  en  este  caso.   

         Aunque  suene  meritorio  que  el actor pretenda buscar seguridades  para   controvertir  la  supuesta  ilegalidad  de  la  resolución  cuestionada,  obviamente  en  favor  de su defendido, la verdad procesal tiene límites cuando  el  medio  probatorio  puede  afectar  jurídicamente  la  situación  de  otras  personas.    La   verdad  es  que,  como  lo  resalta  el  Tribunal,  tales  seguridades  ya obedecen más a un momento de apreciación de las pruebas que al  proceso de su formación.   

         La  prueba  cuya ordenación y práctica se discute es notoriamente  inconducente,  en  el  sentido  de  que aunque ella sí puede dirigir la acción  penal  a  algún  resultado  hipotéticamente  considerado,  lo cierto es que la  eventualidad   aparece  completamente  desapegada  del  objeto  propio  de  este  proceso.   La  inadecuación  es  todavía  más  ostensible si se hace una  correlación  entre  el  momento  del  desarrollo  procesal y la necesidad de la  prueba,  pues  la  etapa del juicio debe concretarse al debate de una acusación  específica,  que  tiene  que  ver  con la responsabilidad penal del funcionario  judicial y no de la agente del Ministerio Público.   

         Parece  que  al  impugnante  le interesa más elucidar una eventual  responsabilidad     de     la    doctora    Zuluaga  Aristizábal, antes que la situación de su defendido  frente  a  la  actitud omisiva de ella, porque desde el comienzo de sus extensos  memoriales  le  apuesta  a  la  hipótesis de que si su asistido incurrió en el  delito  de  prevaricato,  igual  imputación debería hacerse a la representante  del  Ministerio  Público,  así  fuese  a  título  de  omisión,  por obra del  comportamiento    negativo    adoptado    frente   a   la   ilegalidad   de   la  resolución.   Es  más,  el propósito de la ampliación de sus argumentos  en  el  traslado  común,  después de negada la reposición, según lo expresa,  radica  en  que es necesario que se aclare la inferible idea de que la Personera  estuvo  conforme  con  una resolución manifiestamente contraria a la ley.   “Y  de  ahí que para despejar esa ambigüedad sea indispensable escuchar a la  distinguida  profesional  para  que  explique  si  fue consciente de la pretensa  antijuridicidad  de  tal  determinación  y si, a pesar de tener esa consciencia  sobre  la  ilicitud  de  esa  decisión,  la  avaló  no  recurriéndola” (fs.  758).   

         Ahora  bien, la imposibilidad de extender arbitrariamente el objeto  concreto  del  proceso  y  de  la  prueba,  que es lo que implicaría aceptar el  mencionado  testimonio,  no  comporta  propiciar una indefensión del procesado,  porque  el  hecho  o  dato  probatorio ya está dado.  En efecto, la prueba  documental  enseña  que  la  representante del Ministerio Público no interpuso  ningún  recurso  en  contra de la resolución del 13 de junio de 1996, y tal es  el  dato probatorio relevante.  Lo que sigue es la valoración del medio de  convicción, momento distinto al de su conformación.   

         Todas  las  pruebas  ordenadas  dentro  de  un proceso, antes de su  práctica,  son  potenciales,  en  el sentido de que pueden arrojar un resultado  positivo  o  negativo  en  relación  con  su objeto; es decir, así como pueden  contribuir  a  formar  constancias relativas a la configuración del delito o de  la  responsabilidad  del  sujeto,  también  pueden  llegar a desestructurarlas,  pero,  eso  sí,  una vez se hayan valorado individual y conjuntamente (art. 254  C.  P.  P.).   Por  ello, con acentuada lógica, el Estatuto Procesal Penal  Colombiano  señala  que  las pruebas “conducen a la verdad o a la certeza”,  es  decir, siempre son medios o vehículos para llegar a ella, pero no son fines  en  sí  mismos,  porque  no  constituyen  la  verdad  o  la certeza sino que la  propician.   

         De  modo  que basta contar con el hecho probado de que la Personera  no  interpuso  recurso  alguno  en contra de la decisión cuestionada, porque la  consecuencia  de  esa  noticia  será  objeto  de  una  valoración  y  no de la  declaración  de  un testigo.  La certidumbre o incertidumbre que genere el  dato  de la omisión del sujeto procesal, en relación con el delito investigado  y  la  responsabilidad  del  acusado, corresponde a la apreciación individual y  conjunta  de  las pruebas, fase completamente diversa y hasta opuesta a la de su  formación,  porque  ésta  es  conocimiento  o  comprobación  y  la primera es  valoración.   

         Pero  también  hay que decir que lo “manifiestamente contrario a  la  ley”,  como  elemento  normativo del tipo de prevaricato por acción (art.  149  C.  P.),  surge  directamente de una confrontación entre la determinación  adoptada  por  el  acusado  y la ley, no de la declaración de un testigo.   Esto  no  obsta para que en la elaboración del juicio concreto de exigibilidad,  se  pueda  acudir  a las explicaciones del procesado, o a las estimaciones   de  la  doctrina  y  la  jurisprudencia  (en  caso de interpretaciones), o a las  distintas  percepciones  de  los  sujetos procesales, sólo que en el subjúdice  estas  últimas  ya están evidenciadas y resultaría superflua su reiteración,  salvo  que  el defensor, en contravía de la naturaleza de la misión que le han  confiado,  pretenda  desvirtuar lo que legalmente se presume para empecinarse en  descubrir  o  sugerir  una imaginada solidaridad criminal de la Personera con su  defendido.   

         De  esta  manera,  la  solución del caso no exige el recurso a una  distinción  tajante  entre prueba histórica y prueba  crítica,  porque  así  se  trate  de  testimonios,  indicios  o  presunciones, todas las pruebas son históricas en la medida en que  se  orientan  a  reconstruir  un  acontecimiento  del pasado, bien sea porque el  hecho  o dato probatorio se experimente directamente ora porque lo sea de manera  indirecta.   Basta  decir que el actor pretendía que la testigo hiciera la  elaboración  mental  sobre  algo  ya  existente  en el proceso (la prueba de su  omisión),   cuando   esos  serían  razonamientos  sobre  el  medio  documental  histórico  que  contiene la constancia del silencio de la agente del Ministerio  Público,  que  como tales corresponden al momento ulterior de la valoración, y  que  es  lo  que  Carnelutti  denomina prueba crítica.   

         Se confirmará entonces la decisión impugnada.   

         Por  lo  expuesto,  LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,   

RESUELVE:  

         Confirmar  el auto fechado el 19 de marzo  de  1998,  por  medio  del  cual  el  Tribunal  Superior  de  Manizales negó la  práctica  de  la ampliación del testimonio rendido por la doctora Ruth Clemencia Zuluaga Aristizábal.   

         Cópiese, cúmplase y devuélvase.   

JORGE ENRIQUE CÓRDOBA POVEDA  

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL               RICARDO CALVETE RANGEL   

CARLOS  AUGUSTO  GÁLVEZ  ARGOTE    JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO   

CARLOS        E.        MEJÍA  ESCOBAR                   DÍDIMO PAEZ VELANDIA   

NILSON           PINILLA  PINILLA                         JUAN MANUEL TORRES FRESNEDA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.    

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