13628 (26-05-98)

1998

Asistente Jurídico Inteligente

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    PREVARICATO    POR    ACCION/    HABEAS  CORPUS   

Incurre   en   el  delito  de  prevaricato  por acción, de acuerdo con el  artículo  149  del  Código Penal (modificado por el artículo 28 de la Ley 190  de   1995),   “El   servidor   público  que  profiera  resolución  o  dictamen  manifiestamente  contrario  a  la  ley…”,  conducta que debidamente probada ha  lugar  a  la  sanción  de  “prisión  de  tres  (3)  a ocho (8) años, multa de  cincuenta  (50)  a  cien  (100)  salarios  mínimos legales mensuales vigentes e  interdicción  de derechos y funciones públicas hasta por el mismo tiempo de la  pena impuesta”.   

Se   tendrán   en  cuenta  las  siguientes  precisiones:   

Aunque  no deja de ser relevante el examen de  la  doctrina y la jurisprudencia sobre el derecho fundamental constitucional del  habeas  corpus, dado que ello  puede   contribuir   a   establecer   si  en  realidad  existe  una  resolución  abiertamente  contraria  a  la  ley  o  se trata mas bien de una interpretación  loable  de  las normas, lo cierto es que la dirección típica de la norma sobre  el  prevaricato  exige  primero  y  directamente  una  confrontación  entre  la  decisión  proferida  por  el acusado y la ley.  Puede ser que el juicio de  reproche   requiera   de  la  clarificación  que  eventualmente  surge  de  las  explicaciones  del  procesado  en  el  curso  de  sus  intervenciones,  o de las  reflexiones  de  los distintos sujetos procesales en torno a lo que significa el  presupuesto  fáctico  y jurídico sobre el cual se edifica la prevaricación, o  de  los  pareceres  de  otras  autoridades  judiciales, pero lo primero que debe  enfrentar  el juzgador es lo que hizo el inculpado en la resolución redargüida  de  ostensiblemente  ilegal,  pues,  por  lo obvio, es en este momento cuando se  realiza  la conducta juzgada y no, verbigracia, en la indagatoria o la audiencia  pública,  oportunidades  estas  en  las  cuales  se  producen  los  descargos o  explicaciones sobre los hechos que ya se habían consumado.   

De  igual  manera, la adecuación típica del  delito  de  prevaricato  debe  surgir  de  un  cotejo simple del contenido de la  resolución  o  dictamen  y  el  de  la ley, sin necesidad de acudir a complejas  elucubraciones  o  a elocuentes y refinadas interpretaciones, pues un proceso de  esta   índole  escaparía  a  una  expresión  auténtica  de  lo  “manifiestamente    contrario    a   la  ley”.    Así  entonces,  para  la  evaluación  de  esta  clase  de  conductas  delictivas  se  adopta una actitud más descriptiva que prescriptiva,  es  decir,  sujeta  a  lo  que  realmente  hizo  el  imputado  en  la respectiva  actuación,  asistido  de sus propios medios y conocimientos, no a lo que debió  hacer  desde la perspectiva jurídica y con base en los recursos del analista de  ahora  (juicio  ex ante y no a posteriori).   Desde  luego  que  si  el objeto de examen es una decisión  ostensiblemente  contraria a la ley, el juzgador no puede abstenerse de señalar  el  “deber  ser”  legal  que  el infractor soslayó maliciosamente, pero como un  “deber  ser”  que  éste conocía (no aquél) y que obviamente estaba al alcance  de sus posibilidades.   

Todo  ello  por  cuanto  las  investigaciones  penales  y disciplinarias no pueden convertirse en el expediente para menguar el  principio  de  independencia  judicial dentro de un Estado Social y Democrático  de  Derecho,  conforme  con el cual los jueces sólo están sometidos al imperio  de  la  ley,  pero  en  todo caso si a ella y no a su capricho (Const. Pol, art.  230).   

Conviene  resaltar  que  el  inciso  2°  del  artículo  2° de la Ley 15 de 1992 fue demandado de inconstitucionalidad porque  restringía    el    ámbito    del   derecho   fundamental   del   habeas   corpus,  de  conformidad  con  el  artículo   30   de  la  Carta  Fundamental,  pues,  según  el  demandante,  la  controversia  de  la legalidad de los mandatos judiciales de detención también  debía  articularse  por  medio  de la acción de habeas corpus y ante cualquier  autoridad  judicial.  Pero en la mencionada sentencia de constitucionalidad  C-301, además de lo ya transcrito, se reflexionó lo siguiente:   

“La Corte advierte que la tesis del demandante  tendría  pleno  asidero  si  a  través del proceso y apelando a los recursos y  acciones  ordinarios previstos en la legislación, no fuere posible controvertir  las  órdenes  de privación de la libertad dispuestas por la autoridad judicial  respectiva  y  si,  adicionalmente,  estas  acciones  y recursos no pudieren ser  resueltos  de  manera  imparcial.   Para  desechar  esta alternativa, basta  observar  que  en  el  Código  de  Procedimiento  Penal frente a cada decisión  judicial  de  privación  judicial  de  la libertad, puede plantearse un recurso  cuya  resolución  se  confía  a  la  autoridad  judicial  superior  como puede  comprobarse en el siguiente cuadro…”   

Caben  en  dicho  cuadro,  entre  otros,  los  recursos  contra  la  detención  preventiva,  la  solicitud de excarcelación y  revocación  de  la  determinación  cautelar  en cualquier momento procesal, el  control   de   legalidad   de  la  medida  de  aseguramiento,  la  petición  de  excarcelación  como  consecuencia  de la condena de ejecución condicional y el  pedido de libertad condicional.   

Se orienta el fallo de la Corte Constitucional  al   mantenimiento   del  sistema  judicial  y  la  debida  armonía  entre  las  instituciones  de  la  Carta  Magna,  pues si al lado del derecho fundamental al  habeas corpus (art. 30 Const.  Pol.)     existe    también    el    del    debido  proceso     (arts.    28    y    29    idem),  cuyo  presupuesto es la existencia  de  una  rama  judicial  organizada  e  independiente,  que  tiene  como misión  permanentemente  la  guarda  de la libertad y la igualdad de las personas, entre  otras  garantías,  no  puede  sostenerse  una alternatividad entre dos acciones  judiciales  que  recaen sobre el mismo bien jurídico de la libertad, siendo que  una  de  ellas  es  brevísima  y  obviamente  estaría dada para situaciones de  urgencia  no  removibles  por  los  medios  ordinarios.  En efecto, si toda  reclamación  de  quien se encuentra privado de la libertad pudiera surtirse por  la   acción  especial  de  habeas  corpus,  que es externa al proceso necesariamente adelantado por autoridad  judicial  competente,  entonces  sobraría  el  ejercicio  ordinario  y también  garantista  de  los mismos jueces, lo cual se traduce a la postre en una disputa  de  competencias  no propiciada por la Constitución; hasta el punto de llegar a  la  situación  crítica de la desordenada controversia funcional que finalmente  conduce  al  caos  en  la  administración  de  justicia en detrimento tanto del  individuo   como   de   la  sociedad.   De  este  modo,  los  razonamientos  posteriores  de  la Corte Constitucional apuntan a preservar la integridad de la  Constitución,  el  Estado-jurisdicción  y  la función judicial, de tal manera  que  declara  como  ámbito  propio  del juez de habeas  corpus  “las privaciones no  judiciales de la libertad”.   

A la luz de las anteriores consideraciones, la  Corte  no encontró razones para declarar inexequible el artículo 2° de la Ley  15  de  1992,  norma que entonces quedó vigente en términos tan claros que, de  acuerdo  con  las  condiciones  vividas  por  el  juez  acusado,  era  imposible  desconocerla.    Tampoco   sería   viable   revivir  el  debate  sobre  su  constitucionalidad,  cuando  la  decisión  contiene  efectos  de  cosa  juzgada  constitucional  (art. 243), que es lo que plantean el juez acusado y su defensor  al  sugerir  de nuevo incompatibilidades de aquella norma con el artículo 30 de  la Cartal Fundamental.   

         

Por  la  misma  naturaleza  jurídica  de  la  regulación      constitucional      del     habeas  corpus,  que prevé una solución rápida de 36 horas,  necesariamente  se  presuponen  palmarias agresiones informales o situaciones de  hecho,  cuestiones  tan  simples o tan ostensiblemente arbitrarias que no exigen  las  complejas  valoraciones  de hechos y normas procesales, de orden objetivo y  subjetivo,  como  aquellas  que  significan  negarle  legalidad  o mérito a una  medida  de  aseguramiento adoptada por la autoridad judicial.  Es que en un  término  tan  breve  de  horas no se puede aprehender la dimensión de toda una  actuación   procesal   que  se  ha  sujetado  a  un  método  durante  días  o  meses.   

Con el fin de que no se confundan nocivamente  las   esferas   de   acción   y   exigencia   de   los  derechos  fundamentales  constitucionales  (libertad,  habeas corpus  y  debido  proceso), no puede quedar duda de que el fin del habeas  corpus  es  la  tutela de la libertad en sentido material y no el debido proceso  en  sentido  formal.   Por  ello,  en  caso  de  prolongación ilegal de la  privación  de  la  libertad,  si  se  dicta  una  medida de detención antes de  cualquier  disposición  sobre  la  protección  especial,  es  necesario acudir  primero  a  los  mecanismos  de  solución y recursos propios del proceso que ya  está  en  curso,  tal  como lo indica el inciso 2° del artículo 430 del C. P.  P.   De  esta  manera,  la Corte Constitucional señaló claramente que una  vez  dictada  la  medida de aseguramiento de detención, sin que se haya dado el  rito  respectivo,  ya  no  es  procedente  acudir  al singular amparo sino a los  recursos propios del proceso penal, que es lo determinante.   

En relación con la norma últimamente citada,  se  pregunta  quién  se  encuentra “legalmente privado de la libertad”, pero la  respuesta  es  obvia,  según  el  momento  procesal,  al verificar si existe el  mandato  judicial  que  es fundamento de la captura o la medida de aseguramiento  (C.  P.  P.,  arts.  380  y  387), órdenes que se presumen legalmente adoptadas  mientras  no  se demuestre lo contrario.  Y tal demostración de ilegalidad  del  mandato  judicial, por la controversia que suscita, en general no es propia  de  una mera constatación rápida en el curso de una inspección judicial, sino  de  los  remedios  que  prevé la dialéctica del proceso penal.  Claro que  constitucionalmente  el  habeas  corpus  puede  solicitarse  por quien “creyere”  estar  ilegalmente privado de la libertad, pero son los jueces los encargados de  darle  cauce  a  la  petición,  según el momento procesal que se enfrente o la  situación de hecho que se señale.   

Si  en  toda  controversia  sobre la libertad  personal  se acude siempre al habeas corpus,  aunque  se  verifique  la existencia antecedente de una medida de  detención   adoptada   por   la  autoridad  judicial  competente,  por  motivos  previamente  definidos  en la ley y con las formalidades legales (art. 28 Const.  Pol),    se    corre   el   riesgo   de   caer   en   una   fatal   petición  de  principio, pues se tendría  por  ilegal  una  privación  de  la  libertad  que  por  lo  general se presume  formalmente   cumplida,  mientras  no  se  demuestre  lo  contrario  dentro  del  respectivo  proceso,  porque el sumarísimo procedimiento de habeas corpus no da  oportunidad ni fundamento para ello.   

Para concretar estos pensamientos en el caso,  recuérdese  que  si  a  una  persona  no se le resuelve la situación jurídica  dentro  del  término  indicado en el artículo 387 del Código de Procedimiento  Penal,  la  irregularidad  consiste  en mantenerla privada de la libertad sin la  respectiva  medida  de aseguramiento.  Pero una vez adoptada la detención,  sin    que   medie   provisión   sobre   el   habeas  corpus,  cesa la anomalía y se torna improcedente esa  acción.   Cuando  se  formuló  la  respectiva  solicitud  al  señor Juez  Ochenta  y  Ocho  Penal  Municipal,  ya  habían  transcurrido casi dos meses de  haberse  dictado  la orden judicial de detención, luego no se sabe cuál era el  agravio  a  la  libertad  que  permanecía para esa fecha, razón por la cual el  acto  cuestionado  no  revela propósito distinto al de conceder caprichosamente  una  libertad,  medida  que  afectó  el  correcto ejercicio de la justicia como  administración pública.   

Ahora bien, no se trata de que una eventual  arbitrariedad   del   órgano   judicial   pueda   “legalizarse”   con  la  sola  determinación  de  una  medida  de  aseguramiento,  sino que la remoción de la  iniquidad,  cuando  antes  de  la  decisión  nada  se había dispuesto sobre el  habeas  corpus,  ya no puede  intentarse   por   esta   vía   sino   al   interior   del  respectivo  proceso  penal.   

En  cuanto  a  la trascendencia en el ámbito  penal  de  la  exoneración  dictada  por  la  Sala  Disciplinaria  del  Consejo  Seccional  de  la  Judicatura,  no  puede olvidarse que fenomenológicamente una  misma  conducta  puede  lesionar  ordenamientos jurídicos diferentes.  Si,  como  lo  dice  el  artículo  2°  de La Ley 200 de 1991 (Código Disciplinario  Único),  “la  acción  disciplinaria  es independiente de la acción penal”, no  queda  duda  de que la jurisdicciones correspondientes funcionan autónomamente,  lo  cual  es  obvio  porque  en  ambos  casos  se  exige  un  distinto examen de  adecuación  frente a normas de contenido y alcance igualmente diferentes.   Así  mismo,  mientras  la  infracción  disciplinaria  tutela  el interés más  genérico  de la organización administrativa, en los delitos de responsabilidad  (cometidos  por  servidores públicos en ejercicio de sus cargos o funciones) se  ampara  la  rectitud  que la comunidad tiene derecho a exigir en el servicio que  presta   la  administración  pública,  razón  adicional  para  que  no  pueda  aspirarse  apriorísticamente  a  que el juez disciplinario y el penal lleguen a  idénticas    conclusiones    sobre    el   mismo   hecho   (cuaderno   3,   fs.  79-83).   

PROCESO No. 13628  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 72 (mayo 20)  

Santafé  de  Bogotá, D. C., veintiséis de  mayo de mil novecientos noventa y ocho.   

VISTOS:  

         Encara  la  Sala el recurso de apelación propuesto en contra de la  sentencia  fechada  el  8  de  agosto  de 1997, por medio de la cual el Tribunal  Superior  de  Santafé  de  Bogotá declaró la responsabilidad penal del doctor  CARLOS  EDUARDO  MUÑOZ  DÁVILA,  Juez  Ochenta  y Ocho Penal Municipal de esta  ciudad,  como  autor  del  delito  de  prevaricato por  acción,  y  consecuentemente  le  impuso  las  penas  principales  de  treinta  y  ocho  (38)  meses  de  prisión, multa por valor de  cincuenta  y  cinco  (55) salarios mínimos legales mensuales e interdicción de  derechos  y  funciones  públicas  por  un lapso igual al de la privación de la  libertad.   En  la  misma  decisión,  se  adopta  la sanción accesoria de  pérdida  del  empleo público u oficial; se le niega el subrogado de la condena  de  ejecución  condicional,  pero la captura está diferida a la ejecutoria del  fallo;   y   finalmente  se  abstiene  el  Tribunal  de  imponerle  condena  por  perjuicios.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL:  

         En  la  Unidad Cuarta de Fiscalía Delegada ante los Jueces Penales  del  Circuito  de la ciudad, se adelantaba investigación penal por el delito de  homicidio    cometido    en    la    persona    del    ciudadano    Germán    Alberto   Cifuentes   Vivas,  averiguación   en   la  cual  la  policía  metropolitana  capturó  y  puso  a  disposición  a los individuos CARLOS ALBERTO ARIAS GIRALDO, JHON FRANCISCO CRUZ  ROMERO,  JESÚS  CERVANDO  GIRALDO  MUÑOZ  y  ALVARO VEIRA DÍAZ, el día 21 de  febrero  de  1996,  siendo  oídos  en  indagatoria  al día siguiente.  La  situación  jurídica de los imputados fue resuelta el  6   de  marzo  posterior,  por  medio  de  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva  en  relación  con  los  dos primeros  sindicados;  mientras  que  los dos restantes fueron favorecidos con la libertad  sin  condiciones.   La  orden detentiva fue confirmada en segunda instancia  por la Unidad de Fiscalía ante el Tribunal Superior.   

         Pues   bien,   el   abogado   defensor  del  detenido  Jhon  Francisco  Cruz  Romero intentó la  acción  de habeas corpus en  beneficio  de  su  defendido  y del cosindicado Carlos  Alberto  Arias  Giraldo, petición que fue despachada  favorablemente  por  el señor Juez Ochenta y Ocho Penal Municipal de la ciudad,  según  providencia  fechada el 3 de mayo de 1996.  Como el Fiscal Cuarenta  y  Ocho  Delegado  ante  los  Jueces  Penales  del  Circuito,  encargado  de  la  investigación  por  homicidio,  estimó  que  la determinación liberatoria era  manifiestamente  contraria  a la ley, en la misma fecha ordenó compulsar copias  para que se investigara la conducta del juez.   

         Así  planteados  los  hechos,  la  Unidad  de  Fiscalía  ante  el  Tribunal  Superior  de  Santafé  de  Bogotá  y  Cundinamarca, por competencia,  ordenó  la  apertura de investigación, dispuso la práctica de algunas pruebas  y  recibió  indagatoria  al  funcionario  imputado  (fs.  13  y  108,  cuaderno  original).   Según  resolución  del  11  de junio de 1996, el funcionario  instructor  dictó  medida de aseguramiento consistente en detención preventiva  en   contra   del   doctor   Carlos  Eduardo  Muñoz  Dávila,   como  presunto  autor  de  un  delito  de  prevaricato  por  acción,  pero  le concedió la libertad provisional con fundamento en un favorable examen  anticipado  de  los  requisitos  de  la  condena  de ejecución condicional (fs.  217-228).   

         La  instrucción fue cerrada y se produjo la calificación sumarial  el  día  6  de febrero de 1997, por medio de resolución acusatoria dictada por  el  delito  de  prevaricato  por  acción,  de  acuerdo  con  las previsiones típicas del artículo 149 del  Código  Penal,  modificado por el artículo 28 de la Ley 190 de 1995 (fs. 274 y  339-347).   

         El  6  de  marzo  de 1997 se inició la fase del juzgamiento por la  Sala  Penal del Tribunal Superior de Santafé de Bogotá, se practicaron algunas  pruebas  y  se  negaron  otras  y  finalmente  se  cumplió el acto de audiencia  pública (fs. 3, 19 y 68, cuaderno del tribunal).   

         El  Tribunal  cerró su actuación con el fallo de primer grado que  es  objeto  de  apelación, el cual quedó reseñado en la introducción de esta  providencia (fs. 102-117).   

LA SENTENCIA IMPUGNADA:  

         Después  de  hacer  un  resumen  de  la  acusación y reseñar los  alegatos  de  las  partes  en  la  audiencia  pública, el Tribunal de instancia  reflexiona del siguiente modo:   

         Previa  cita  de  las sentencias del 6 de septiembre de 1946, 10 de  julio  de 1980 y 24 de junio de 1986, obra de esta Corporación, el a  quo  elabora  la  premisa  de  que es  “manifiestamente  contrario  a  la  ley”  el  acto funcional porque en forma  patética  se  aparta  de toda norma jurídica o cuando conculca arbitrariamente  un  derecho  ajeno,  o cuando mañosamente se hace decir a la ley lo que ella no  expresa,  sin  que  sea  argumento  excusante la mera alegación de ignorancia o  error,   pues   debe   estar   también   claramente   demostrado  que  no  hubo  acompañamiento de un propósito de actuar torcidamente.   

         A  partir  de  esta precisión de los elementos de la tipicidad, se  asegura  que  el  auto del 3 de mayo de 1996, dictado por el doctor Carlos   Eduardo   Muñoz   Dávila,  es  manifiestamente  contrario  al artículo 430 del Código de Procedimiento Penal,  modificado  por  el  artículo 2° de la Ley 15 de 1992, precepto según el cual  la  acción de habeas corpus  busca  la tutela de la libertad personal de quien es capturado con violación de  las  garantías constitucionales o legales, o cuando se prolongue ilegalmente la  privación   de   su   libertad.    Además,  como  lo  advierte  la  misma  disposición,  “las  peticiones  sobre  libertad de  quien  se  encuentra  legalmente  privado de ella deberán formularse dentro del  respectivo proceso”.   

         Como   el   supuesto   planteado   para  instaurar  la  acción  de  habeas   corpus  era  el  vencimiento  del  término  para  resolver  situación jurídica (art. 387 C. P.  P.),  se  tiene  que su procedencia habría de mirarse a la luz de la hipótesis  de  prolongación  ilegal  de privación de la libertad.  Así entonces, la  prosperidad  de la petición estaba supeditada a su formulación antes de que se  profiriera    la   medida   de   aseguramiento,  pues  ésta  convalida  la  restricción  libertaria,  y,  como  consecuencia,  no  procede  el habeas   corpus  y  la  pretensión  ya  deberá   orientarse   por   el  control  de  legalidad  respectivo  (art.  414A  idem).  En efecto, la  medidas   restrictivas   de  la  libertad  sólo  se  consideran  jurídicamente  ineficaces  cuando  se  dictan  después  de  haberse solicitado el habeas  corpus,  pues  se  entiende  que  estarían  encaminadas  a  impedir  la  libertad por virtud del ejercicio de esa  acción especial.   

         De  otra parte, la sentencia C-301 del 2 de agosto de 1993 declaró  exequibles  los  artículos  1°  y  2° de la Ley 15 de 1992, el segundo de los  cuales  prevé  que  las peticiones de libertad de quien se encuentre legalmente  privado  de  ella  deberán formularse dentro del respectivo proceso, razón por  la  cual  el juez acusado no podía acudir a una interpretación que significara  inaplicar  dicho  precepto  por  excepción  de inconstitucionalidad, de cara al  artículo   30   de   la  Carta  Fundamental,  dado  que  el  supremo  guardián  constitucional  ya  se  había  pronunciado sobre el tema.  Destaca de este  fallo  de  exequibilidad  la  parte  que  se  refiere  a  la  improcedencia  del  habeas    corpus   para  controvertir  las  órdenes  de  privación  de  la  libertad  dispuestas por la  autoridad  judicial,  merced  a  la existencia de recursos y acciones ordinarias  previstos  en  la  legislación para hacerlo dentro del proceso, salvo que ya no  fuere  posible  discutir  regularmente  esos mandatos de detención o que dichas  acciones y recursos no puedan ser resueltos de manera imparcial.   

         Con  esta  argumentación, el Tribunal sostiene que obra certeza en  el  proceso  de  que la providencia del juez de habeas  corpus  es manifiestamente contraria a la ley, y, por  ende,     su    conducta    es    típica    del    delito    de    prevaricato por acción.   

         Asegura  también  el  a quo  que  el  comportamiento  es antijurídico, en la medida en que ha  lesionado  injustificadamente  el buen nombre, el decoro y la buena marcha de la  Administración   Pública   en   general,   la   rectitud   en   el  desempeño  jurisdiccional, bien jurídico tutelado por el legislador.   

         En  cuanto  a la culpabilidad, el Tribunal estima que se ha probado  el dolo con base en los siguientes datos:   

         El  juez  acusado  tuvo  la  oportunidad  de  conocer  la medida de  aseguramiento  que  afectaba  a los investigados Arias  Giraldo  y  Cruz  Romero,  dictada  el  6 de marzo, y  también  las  respectivas  providencias  que  la  confirmaron  por  vía de los  recursos  de reposición y apelación (20 de marzo y 23 de abril), razón por la  cual    debió    negar   la   acción   de   habeas  corpus,  máxime  que  en  la  decisión  de  segunda  instancia  se  examinó  y  negó  una  petición que apuntaba a la libertad por  presunta  captura  ilegal  y  prolongación  ilegal de la restricción.  En  efecto,  la Unidad de Fiscalía ante el Tribunal sostuvo que, a pesar de haberse  dejado  vencer  el  término  para  resolver situación jurídica, finalmente se  adoptó  la  respectiva  determinación,  hecho  que  legalizaba la detención y  excluía   la   posibilidad   de   alegar  el  habeas  corpus,  toda  vez que esta acción sólo tiene lugar  durante la privación ilegal de la libertad.   

         También  es relevante el hecho de que la petición de habeas  corpus se haya presentado el 3 de  mayo  de  1996,  prácticamente  dos  meses  después  de  haberse  cometido  la  irregularidad  comentada,  situación que claramente excluía la aplicación del  mecanismo  protector,  pues, como se ha señalado, el amparo necesariamente debe  solicitarse  antes  de  que se adopte la medida correspondiente, a fin de evitar  la convalidación, y así no se hizo en este caso.   

         En  estas  condiciones, el Tribunal entiende que no puede aceptarse  el  error  aducido  por  el defensor del doctor Muñoz  Dávila,  pues este funcionario no sólo conocía las  decisiones  antes  mencionadas sino que su condición de abogado y por su amplia  experiencia  en  la  Rama  Judicial, todo indica que sabía el derecho objeto de  debate.   Por  lo demás, con apoyo en doctrinante nacional, se dice que si  bien  la  hostil  ceguera  no  reemplaza el dolo, lo importante es que el sujeto  conozca  “la norma prohibitiva, no importa que rechace su función motivadora,  pues   la   objetividad   imperativa  del  derecho  está  en  las  valoraciones  erga omnes”.   

         Tampoco  cuenta como convicción de buena fe el argumento de que el  funcionario  acusado  antes  resolvió casos similares en el mismo sentido, pues  la  única  constancia  que  obra  en  el  proceso  se  refiere a una acción de  habeas  corpus cuyo objeto  era  completamente diferente.  De igual manera, ninguna trascendencia tiene  la  absolución producida en materia disciplinaria, según decisión que adoptó  el  Consejo  Seccional de la Judicatura el 17 de abril de 1997, puesto que dicha  determinación no interfiere la acción penal.   

         De  esta  manera, el Tribunal aprecia que se reúnen los requisitos  del  artículo  247 del Código de Procedimiento Penal, y dispone la condena del  acusado.   

AUDIENCIA DE SUSTENTACIÓN ORAL:  

         En  el  debate  del recurso de apelación, el juez acusado discurre  de la siguiente manera:   

         Recaba  sobre  su  origen,  su  vida familiar, social y profesional  para  indicar  que no posee las características intelectuales del infractor que  tiende  a violar la ley, aclaración que le sirve para sostener que no se encara  la  situación  de  un  delincuente,  sino  la  de  una  persona que con decoro,  honradez   y   humildad   siempre   ha   tenido   presente   el   respeto  a  la  legalidad.   

         Para  el  caso  de  la acusación que lo afecta, el recurrente dice  que  estaba  convencido  plenamente de que actuaba conforme con el derecho, pues  se  trata  de  un  criterio  que  ya  se  venía  sosteniendo,  amén  de que lo  persuadía  la exposición de un autor nacional, según la cual el artículo 464  del  desaparecido  Código  de  Procedimiento  Penal  de  1987  constituía  una  cortapisa  a  la  eficacia  de  la  acción  de habeas  corpus  y  debía pensarse en su modificación.   En  efecto,  el  mencionado  precepto  se  refería  a  la  “improcedencia del  habeas               corpus”  y decía  que  “En  los  casos  de  prolongación  ilícita de privación de libertad no  procederá  el Habeas Corpus  cuando,  con anterioridad a la petición, se haya proferido auto de detención o  sentencia,  sin  perjuicio  de  la  responsabilidad  penal  y  disciplinaria del  funcionario”.   

         De  acuerdo  con  el  mismo  doctrinante,  cuya posición recibe el  impugnante,     el     habeas    corpus  deberá restituir la libertad “a quien ilegalmente se encuentre  capturado,  detenido,  encarcelado  o purgando pena más allá de la impuesta en  la  sentencia,  teniendo en cuenta las rebajas que el reo mereciere”.  De  tal  manera  que  dicha  acción  debe  ser  procedente en cualquier momento del  proceso,  no  prescribe  ni  caduca  mientras  subsista el acto arbitrario, y va  hasta el caso de que haya un prolongación ilegal de la condena.   

         Al  amparo  de  esta  concepción,  reforzada por la ausencia en la  actual  legislación de la misma norma de improcedencia prevista en el artículo  464  del  anterior  Código,  dice el apelante que su modesta interpretación lo  llevó  a  la  conclusión  de  que  lo  procedente  era  conceder  el beneficio  impetrado,  sin  que hubiese pensado en algún momento que tal decisión pudiera  ser considerada como prevaricato.   

         Le  extraña  al  funcionario  acusado  que la Fiscalía no hubiese  tenido  en  cuenta  la  declaración del doctor César  Rincón  Sabogal, agente del Ministerio Público ante  su  despacho  por  más  de  tres  años,  pues de allí emerge la buena fe y la  conducta  intachable  que  siempre  lo  ha  acompañado  en  el  ejercicio de su  función.   

         También  le parece curiosa la minimización que en la sentencia de  primera  instancia  se  hace  de  la  decisión  del  Consejo  Seccional  de  la  Judicatura,  habida  cuenta  que  se  trata  de situaciones idénticas, y en tal  proveído  le  dan  la  razón  al  declarar  que  su  acto estuvo ajustado a la  Constitución  y  a  la  Ley,  mas  paradójicamente ahora se le condena por los  mismos hechos.   

         Tampoco  entiende  el  apelante  porqué  el Tribunal aduce que él  violó  flagrantemente el inciso 2° del artículo 2° de la Ley 15 de 1992, que  remite  al  proceso  respectivo las peticiones de libertad de quien se encuentra  legalmente   privado  de  la  libertad,  cuando  la  Corte  Constitucional  dice  claramente    que    dicha    expresión   no   se   refiere   al   habeas   corpus   sino   a  solicitudes  normales  de  excarcelación  que  se  hacen  dentro  de la actuación procesal,  máxime  que  tal reparo se trajo a colación en la situación jurídica pero no  en la resolución de acusación.   

         Finalmente,  el  funcionario  acusado manifiesta que si en criterio  de  la  Corte  él  ha  cometido  un  error, de todas maneras no hubo mala fe ni  propósito   de   inferirle  daño  a  alguien,  pues  así  lo  demuestran  sus  inmaculados  antecedentes personales, razón por la cual ruega la revocatoria de  la decisión de primero grado.   

         El  defensor del acusado plantea, en primer lugar, que la decisión  de  su defendido no transgredió ninguna norma jurídica fundante; y, en segundo  lugar,  que  todo lo hizo bajo la creencia absoluta, en razón de su experiencia  judicial,  de  que  protegía  la  libertad  personal  mediante  el  recurso  de  habeas  corpus.    El desarrollo de sus planteamientos es el siguiente:   

           Existe  acuerdo en que hubo exceso en los términos para resolver  la  situación  jurídica,  pero  la discrepancia radica en la aplicabilidad del  artículo   2°  de  la  Ley  15  de  1992.   Pues  bien,  el  a  quo sostiene que el auto del 3 de mayo  de  1996,  proferido por el juez Carlos Eduardo Muñoz  Dávila,  es  manifiestamente contrario al inciso 2°  del  precepto  citado,  según el cual las peticiones sobre libertad de quien se  encuentre  legalmente privado de ella deberán presentarse dentro del respectivo  proceso.   Sin  embargo,  dice  el  defensor,  él  afirma,  con  apoyo  en  argumentación  de  la  Corte  Constitucional,  que  la  mencionada disposición  “…   no   es  una  excepción  al  principio  fundamental  del  habeas  corpus sino una complementariedad  a   la  órbita  de  actuación  y  de  funcionamiento  de  competencia  de  los  jueces…”;  esa  norma  del  inciso  2°  no  se  refiere  a  la  acción  de  habeas   corpus  sino  al  ámbito  de  actuación  ordinaria  de  los  jueces  dentro  de sus competencias  legales   y   constitucionales   y  dentro  de  los  límites  de  los  recursos  procesales.   Pero  en  este  punto ensaya una reflexión para decir que el  artículo  430  del  C.  P. P. contiene una proposición normativa completa, mas  como  el  poder  constituyente  consagró  el  habeas  corpus  como  un derecho fundamental, esta acción no  puede  estar limitada por los recursos del Procedimiento Penal, no precluye y es  amplia  para  reaccionar  contra  las arbitrariedades del poder del Estado, pues  tiene vigencia aún durante los estados de excepción.   

         Recuerda  que  solamente  el  artículo 464 del Decreto 050 de 1987  excluía  taxativamente  el  habeas corpus,  pero  a  raíz  del  cambio  constitucional  y  legal no solo se  derogó  dicha  norma  sino  que  se  le  dio  a  la  figura el rango de derecho  constitucional  fundamental;  de tal manera que su existencia y aplicabilidad no  se  le  pueden  delegar a la doctrina y a la jurisprudencia, pues se trata de un  problema    de    voluntad    constituyente   para   garantizar   los   derechos  fundamentales.   Dice  que  el Tribunal expone una visión procesalista del  habeas  corpus,  como mero  recurso  contra  detenciones  ilegales,  cuando  en  realidad  se  trata  de  un  principio fundamental de orden constitucional.   

         Quiere  hacer  ver  el  recurrente que existe un sentido encontrado  entre  las disposiciones del artículo 430 del C. de P. P. y del artículo 30 de  la   Constitución  Política,  pues  mientras  el  primero  se  refiere  a  las  peticiones  de  libertad  de  “quien  se  encuentre  legalmente  privado de la  libertad”,  el  segundo  alude  a  “Quien estuviere privado de su libertad y  creyere estarlo ilegalmente”.   

         Se  pregunta  el  impugnante si era legal o ilegal la privación de  la   libertad  de  los  beneficiados  con  el  habeas  corpus,  pero concluye que es un sofisma plantear que  dicha  acción  sólo puede plantearse antes de la medida de aseguramiento, pues  por  vía  jurisprudencial  a  ello puede llegarse aún después de la sentencia  condenatoria,  como  corresponde  a  un  derecho fundamental dentro de un Estado  Social  de  Derecho,  que  busca  sin  límites la protección de las libertades  individuales,  acorde con los tratados internacionales y la propia Constitución  Política,  particularmente  por  la previsión de los artículos 8° y 76 de la  Convención Americana de Derechos Humanos.   

         No  le  parece apropiado al recurrente que se aduzca la posibilidad  alternativa  de  que  los  beneficiarios  de  la protección hayan solicitado el  control  de  legalidad  de  la  medida  de aseguramiento, porque, de un lado, el  artículo  414A  no  hace forzosa sino facultativa dicha revisión y, en segundo  orden,  el  juez  de  conocimiento  no  puede  intervenir  sino  a virtud de una  necesaria    solicitud    de    los    sujetos   procesales   habilitados   para  ello.   

         Ahora  bien,  en lo que atañe al dolo en el delito de prevaricato,  el  impugnante  trae  a colación varias decisiones de esta Corporación, según  las  cuales el actuar doloso en dicha figura delictiva requiere el entendimiento  de  la manifiesta ilegalidad del dictamen o resolución, los cuales se profieren  con  plena  conciencia  de  que  se  vulnera el interés jurídico estatal en la  recta  y equilibrada solución oficial de los conflictos.  Sugiere entonces  que  esta  nítida  conciencia  de  la  antijuridicidad no ha sido demostrada en  relación con su defendido.   

         También  se  lamenta  de  que  el Tribunal de primera instancia no  haya  tenido  en  cuenta el fallo disciplinario, haya interpretado limitadamente  el   subrogado   penal   y,   finalmente,   aboga   por  la  absolución  de  su  pupilo.   

         Acudió   también  a  la  audiencia  de  sustentación  el  Fiscal  Delegado  ante  el  Tribunal  que elaboró la acusación, oportunidad en la cual  hace las siguientes manifestaciones:   

         La  acción  de habeas corpus  se  intenta  dos meses después de haberse ejecutoriado la medida  de  aseguramiento.   El  Juez  Ochenta  y  Ocho Penal Municipal le hace una  inspección  judicial  al  expediente  respectivo y constata que dicha decisión  cautelar  fue  objeto  de revisión en segunda instancia, oportunidad en la cual  la  fiscal  declaró  que  ya  no  había  lugar  a la libertad porque se había  formalizado  su  restricción;  verificó  también  el funcionario que antes se  había  intentado  la misma acción por captura ilegal y prolongación ilegal de  la  privación  de  la libertad en manos de la policía, pero el juez competente  la  negó  gracias  a que la aprehensión se produjo en flagrancia y la policía  retuvo  a  los  imputados  durante  el  tiempo  que era permitido por el Decreto  Legislativo 1901 de 1995.   

        En  la  providencia  cuestionada, el juez acusado cita una pequeña  parte  de  una  sentencia  de la Corte Constitucional, según la cual la acción  procede  en cualquier tiempo, pero omite todo el desarrollo del fallo en el cual  se  dice  que  se  reconoce  el  derecho  fundamental porque se ha producido una  captura  ilegal (caso completamente diferente), y que la medida de aseguramiento  allí   se  produjo  para  torpedear  la  efectividad  de  la  acción  especial  propuesta.   

        En  cuanto  al  error  de  tipo, dice el sujeto procesal que es una  invocación  de  última  hora  que  hace  la  defensa,  porque  todo  lo que ha  sostenido  el  juez  investigado  desde  la indagatoria es que él tiene toda la  razón.    ¿Y   cuál   puede  ser  la  posibilidad  de  error?.   El  habeas  corpus se refiere a  vías  de  hecho  y  en  este  caso  ya  había  proceso, existía una medida de  aseguramiento  avalada  en  segunda instancia, según planteamientos que el juez  acusado  ignora  dizque  porque  no  le  concernían, cuando en esa revisión de  segundo  grado  se  le remite a la doctrina que habla de la formalización de la  detención  preventiva  en  el  caso  que le interesaba.  De modo que si se  vislumbrara  un  error,  el  funcionario  nada  positivo hizo para salir de él,  habida  cuenta  de  su  amplia experiencia judicial, pues el mismo representante  del  Ministerio  Público ante su despacho, aunque la decisión no era apelable,  le  hace  ver  que  era  equivocado conceder el habeas  corpus  para  que corrigiera el yerro de oficio, pero  el acusado prefirió guardar silencio ante la oportuna sugerencia.   

        En  lo  que  se  refiere  a la providencia exculpatoria del Consejo  Seccional  de  la  Judicatura,  el  fiscal  sólo  la  explica por el cúmulo de  trabajo  existente  en  dicha Corporación, pues se trata de un decisión que se  limita  a  transcribir  lo  dicho  por  el  funcionario  investigado,  corrobora  aritméticamente  la  superación  del  término  legal para resolver situación  jurídica,  pero  sin hacer ningún análisis de la situación desde el punto de  vista  juridico.   Ninguna  reflexión  estimuló  a  dicha Corporación el  hecho  de  que  ya  hubieran  transcurrido dos meses después de ejecutoriada la  resolución  detentiva, como si dentro de dos o tres años pudiera concederse la  libertad  por habeas corpus,  gracias  a  que  el funcionario investigador en un comienzo excedió el término  para resolver situación jurídica.   

        El  fiscal  acusador  solicita, en consecuencia, que se confirme la  sentencia impugnada.   

        Intervino  también  el  señor  Procurador  Quinto  Delegado en lo  Penal,  propuso  la confirmación del fallo apelado y fundamenta su petición en  las siguientes premisas:   

        En  favor de los capturados por el delito de homicidio se interpuso  antes  el  habeas  corpus,  pero   no   prosperó   porque   la   aprehensión   se   había   producido  en  flagrancia.   A  sabiendas de esta primera declaración, y aunque es cierto  que  el  fiscal  investigador  tardó  algunos  días para proferir la medida de  aseguramiento,  el  Juez Ochenta y Ocho Penal Municipal concedió la liberación  dos   meses   después   de  lo  ocurrido,  cuando  en  el  preciso  momento  de  prolongación ilegal no se había intentado la respectiva acción.   

        Las  circunstancias  en  las cuales actuó el juez no eran el campo  propicio  para un error, pues contaba su experiencia en el área penal, existía  la   norma   a   la   cual  debía  acogerse,  la  jurisprudencia  de  la  Corte  Constitucional  y  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  no obstante lo cual se  citaron   parcial   y   amañadamente   los   pronunciamientos   de  la  primera  Corporación.   

        De   modo   que   en   verdad   es   procedente   el   habeas   corpus   en   contra   de  las  aprehensiones  arbitrarias o las prolongaciones ilícitas de la privación de la  libertad,  pero  una  vez  legalizada  la actuación, por el proferimiento de la  medida  de  aseguramiento  que  hace  la  autoridad competente con los supuestos  legalmente  establecidos,  en  relación  con  esa  decisión  sólo  operan los  recursos y no aquella acción especial.   

        Concluye   el   Procurador   Delegado   que   el   juez  contrarió  manifiestamente  el  contenido  del inciso 2° del artículo 2° de la Ley 15 de  1992,  asistido  de  dolo  porque  no  atendió  la  advertencia  que le hiciera  oportunamente  el  Ministerio  Público,  pues estaba convencido que su criterio  era ese “y no atendía absolutamente nada…”.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

        Incurre  en  el delito de prevaricato por  acción,  de acuerdo con el artículo 149 del Código  Penal  (modificado  por  el  artículo 28 de la Ley 190 de 1995), “El servidor  público  que  profiera  resolución  o  dictamen manifiestamente contrario a la  ley…”,   conducta  que  debidamente  probada  ha  lugar  a  la  sanción  de  “prisión  de  tres (3) a ocho (8) años, multa de cincuenta (50) a cien (100)  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes  e  interdicción de derechos y  funciones    públicas    hasta    por    el    mismo    tiempo   de   la   pena  impuesta”.   

        Se tendrán en cuenta las siguientes precisiones:   

        1.   Aunque  no deja de ser relevante el examen de la doctrina  y   la   jurisprudencia   sobre   el   derecho  fundamental  constitucional  del  habeas  corpus,  dado  que  ello  puede  contribuir  a  establecer  si  en  realidad  existe una resolución  abiertamente  contraria  a  la  ley  o  se trata mas bien de una interpretación  loable  de  las normas, lo cierto es que la dirección típica de la norma sobre  el  prevaricato  exige  primero  y  directamente  una  confrontación  entre  la  decisión  proferida  por  el acusado y la ley.  Puede ser que el juicio de  reproche   requiera   de  la  clarificación  que  eventualmente  surge  de  las  explicaciones  del  procesado  en  el  curso  de  sus  intervenciones,  o de las  reflexiones  de  los distintos sujetos procesales en torno a lo que significa el  presupuesto  fáctico  y jurídico sobre el cual se edifica la prevaricación, o  de  los  pareceres  de  otras  autoridades  judiciales, pero lo primero que debe  enfrentar  el juzgador es lo que hizo el inculpado en la resolución redargüida  de  ostensiblemente  ilegal,  pues,  por  lo obvio, es en este momento cuando se  realiza  la conducta juzgada y no, verbigracia, en la indagatoria o la audiencia  pública,  oportunidades  estas  en  las  cuales  se  producen  los  descargos o  explicaciones sobre los hechos que ya se habían consumado.   

        2.   De  igual  manera,  la  adecuación típica del delito de  prevaricato  debe  surgir  de un cotejo simple del contenido de la resolución o  dictamen  y el de la ley, sin necesidad de acudir a complejas elucubraciones o a  elocuentes  y  refinadas  interpretaciones,  pues  un  proceso  de  esta índole  escaparía     a     una    expresión    auténtica    de    lo    “manifiestamente     contrario     a     la    ley”.   Así  entonces,  para  la  evaluación  de  esta  clase de  conductas  delictivas  se  adopta una actitud más descriptiva que prescriptiva,  es  decir,  sujeta  a  lo  que  realmente  hizo  el  imputado  en  la respectiva  actuación,  asistido  de sus propios medios y conocimientos, no a lo que debió  hacer  desde la perspectiva jurídica y con base en los recursos del analista de  ahora  (juicio  ex ante y no  a  posteriori).  Desde  luego  que  si  el objeto de examen es una decisión ostensiblemente contraria a  la  ley,  el  juzgador  no puede abstenerse de señalar el “deber ser” legal  que  el  infractor  soslayó  maliciosamente,  pero  como un “deber ser” que  éste   conocía  (no  aquél)  y  que  obviamente  estaba  al  alcance  de  sus  posibilidades.   

        3.   Todo  ello  por  cuanto  las  investigaciones  penales  y  disciplinarias  no pueden convertirse en el expediente para menguar el principio  de  independencia judicial dentro de un Estado Social y Democrático de Derecho,  conforme  con  el  cual  los jueces sólo están sometidos al imperio de la ley,  pero   en   todo  caso  si  a  ella  y  no  a  su  capricho  (Const.  Pol,  art.  230).   

        En  este  orden de ideas, la Sala ha examinado directamente el auto  fechado   el   3   de   mayo   de  1996,  dictado  por  el  doctor  Carlos  Eduardo  Muñoz  Dávila,  en su  condición  de  Juez  Ochenta y Ocho Penal Municipal de la ciudad, que aparece a  folios  81-85  del  cuaderno  anexo, por cuyo medio se concedió el habeas    corpus    a   los   detenidos  Carlos    Alberto    Arias   Giraldo   y  Jhon Francisco Cruz Romero, para ver de comprobar lo siguiente:   

        El  funcionario  judicial  estableció,  por medio de diligencia de  inspección  judicial, que la Fiscalía recibió indagatoria a los imputados por  el  delito  de  homicidio  el  día  22  de  febrero  de 1996 y les resolvió la  situación  jurídica  con  adopción  de  medida de aseguramiento de detención  preventiva,  el  6  de  marzo  siguiente,  cuando esta determinación, según el  criterio  del  mismo  juez, debió tomarse a más tardar el 29 de febrero, si el  término  de  cinco  (5)  días  se  computa  sólo por los hábiles, o el 27 de  febrero,  si  se estima que son días calendario.  En consecuencia, declara  el  juez  protector que se presentaba “la figura jurídica de la prolongación  ilegal   de   la   privación   de  la  libertad  de  los  imputados…”  (fs.  83).   

        El  funcionario  despunta  sus  valoraciones  con  la  cita  de  la  sentencia  de tutela T-046 de 1993, obra de la Corte Constitucional, providencia  que,  según  la  referencia  del servidor, “… señala en uno de sus apartes  que  el  derecho  a invocar el HABEAS CORPUS asegura a la persona la posibilidad  de  que un Juez evalúe la situación jurídica por la cual se encuentra privada  de  la  libertad.   Y señala que el interés protegido en forma mediata es  la  libertad,  pero  el interés inmediato es el examen jurídico procesal de la  actuación  de  la  autoridad, y señala que precisamente sucede ello, porque el  control  de  legalidad de la detención es una garantía especial de la libertad  y  que  la  decisión  que  resuelve  el  HABEAS  CORPUS  no  es  susceptible de  impugnación,  entre  otras  opiniones.   Así mismo señala, que desde una  perspectiva         Constitucional,        la        tardía        ‘regularización’  de  una  situación  de  privación  indebida  de  la  libertad  por  prolongación ilícita contra la cual sea (sic)  interpuesto    recurso    de   Habeas   Corpus   es   inconstitucional”   (fs.  83).   

        Se   han   tomado   fuera  de  contexto  y  con  fines  proditorios  expresiones    tales    como    que    el    habeas  corpus   asegura   a   la   persona  la  posibilidad  “de que un juez evalúe la situación jurídica por  la  cual se encuentra privada de la libertad”; o que  el  interés  protegido  en  forma mediata  es  la  libertad,  “pero el interés  inmediato   es   el   examen   jurídico   procesal   de  la  actuación  de  la  autoridad”,   en   la   medida   en   que   dicho  “control  de  legalidad  de  la detención” ofrece  una  “garantía especial de la libertad”.   Claro, estas desarraigadas y maliciosas citas, sólo le  podían  indicar  al  juez  que  estaba  habilitado  para  dictaminar  sobre  la  privación  de  la  libertad,  con  la sola verificación de que en el pasado se  presentó  una  prolongación indebida de la misma, sin importarle que ya había  una  medida  de  aseguramiento  vigente,  proferida  antes de que se ensayara la  petición  de habeas corpus,  pues,  al  fin  y  al  cabo,  para el funcionario no existía mecanismo legal de  “convalidación”  o  “legalización”  de  la  anomalía,  dado  que  esa  hipótesis   estaba   contemplada   como   “improcedencia   del   habeas  corpus” en el artículo 464 del  Decreto 050 de 1987 y dicha norma fue derogada.   

        Lo  curioso es que el funcionario aduce que el mencionado artículo  464  fue  derogado,  obviamente  como  lo  fue todo el Decreto 050 de 1987, pero  evade  la  confrontación  del  caso  con el contenido  vigente del inciso 2° del artículo 430 del C. P. P.  (modificado  por  el  art. 2° de la Ley 15 de 1992), sobre todo con el término  “legalmente”,  aunque  sí  hace  una  cita general y escueta de la norma al  final  de  sus  consideraciones  para  decir, sin justificación alguna, que fue  violada,    al    igual    que    el    artículo   30   de   la   Constitución  Política.   

        De  modo  que  se  ha pretermitido abiertamente el tenor del inciso  2°  del  artículo  430,  por  cuanto  este precepto señala claramente que las  pretensiones  de  libertad  de  quien  se  encuentra  legalmente privado de ella  deberán  gestionarse dentro del respectivo proceso.  Además, la decisión  será  “manifiestamente  contraria a la ley” no sólo cuando se le adorna de  abundantes  citas normativas, doctrinarias o jurisprudenciales que no pertenecen  a  su  contexto  de  justificación  material,  que  sólo sirven de pretexto al  fraude,   sino  también  cuando  maliciosamente  no  se  le  acompaña  de  las  respectivas  razones  justificatorias  u objetivas, es decir, de un análisis de  los   hechos   en   relación   con  el  precepto  legal  pertinente,  así  sea  breve.   

        Ahora  bien,  el  fallo  de  tutela invocado es de fácil lectura y  comprensión,  de  modo  que  no  es  posible  pasar  por alto que el caso allí  relacionado  se  refería  no  a  la  concesión  inicial  de  la  libertad como  consecuencia    del    habeas    corpus,  sino  a  la  garantía  de  respeto  y eficacia de una decisión  judicial  que  ya  lo  había  reconocido.   En  tal  virtud,  “el examen  jurídico  procesal  de la actuación de la autoridad” demandada en tutela, no  se  refería  en ese caso a la supuesta anomalía ocurrida en el proceso matriz,  sino  a  la rituación del “habeas corpus”.  Por ello, para entender el  énfasis  en  las  frases  de  la  Corte  Constitucional,  resultaba leal que se  trajera  a colación el párrafo que precedía lo invocado por el juez, pero que  éste ocultó tendenciosamente y cuyo texto es el siguiente:   

        “…  El  procedimiento  establecido  en  la  ley para presentar,  tramitar   y   decir   las   solicitudes   de  habeas  corpus,  tiene por objeto asegurar la efectividad del  derecho   fundamental  al  habeas  corpus  (CP art. 30).  Las restricciones de hecho a su ejercicio, la  no     concesión    del    recurso    que   es   objetivamente  procedente  o  el  incumplimiento  de  la  decisión  favorable  al  solicitante  como consecuencia de medidas tendientes a  impedir  la  libertad  de  la  persona,  son actos u omisiones que desconocen el  núcleo esencial de este derecho fundamental”.   

        Se  recuerda  también  que  en  el caso debatido por la acción de  tutela  mencionada, el Tribunal de Orden Público -hoy Tribunal Nacional- había  concedido  la  libertad  por habeas corpus y argumentó de la siguiente manera:   

“Si  bien, la sección jurisdiccional de  orden  público  de  Medellín  informa (fl. 18), que la situación jurídica de  P…  fue  resuelta el cinco (5) de septiembre de 1991, dictándose en su contra  medida  de  aseguramiento  de detención preventiva como presunta responsable de  los  delitos de homicidio, lesiones personales con fines terroristas, rebelión,  disparo   de   armas   de  fuego  y  empleo  de  explosivos  contra  vehículos,  se  debe  tener en cuenta que con anterioridad a esta  medida,  P…  ya había invocado el derecho de habeas  corpus  (agosto  28  de  1991),  al considerar que se  encontraba  privada de su libertad en forma ilegal, como en efecto lo estaba, si  se  tiene  en  cuenta que fue capturada el 12 de agosto de 1991 y hasta la fecha  de  la  revisión  del  proceso  con  motivo de la petición que hoy se resuelve  (agosto  29  de  1991), no se le había recepcionado a la implicada su injurada,  prosperando  por  tanto  el  habeas corpus       en       favor      de      la      peticionaria”  (se ha subrayado).   

        El  párrafo  transcrito  es  explícito  en la decisión de tutela  examinada  y  se  refiere  a  una  prolongación ilícita de la privación de la  libertad  cometida  por  parte  de  la  autoridad administrativa que realizó la  captura,  no a una actuación que hubiere correspondido al funcionario judicial,  lo  cual  enseña  las distintas trazas del caso.  Nótese, además, que en  dicho  evento,  producida  la  anomalía  contra  el  derecho  a la libertad, se  introdujo  la  petición  de habeas corpus  y,  examinado  el  expediente  con  esa  expresa finalidad, no se  había  recibido indagatoria a la imputada ni mucho menos existía una medida de  aseguramiento,  amén  de  que  tenía  cumplida  vigencia  en  ese  entonces el  artículo  464  del  Decreto  050  de  1987  (C. de P. P. anterior).  En la  situación  que  examinaba  el juez acusado, por el contrario, cuando se hizo la  solicitud  de  habeas corpus  por  vencimiento de términos para resolver situación jurídica (3 de mayo), ya  se  cumplían  aproximadamente  dos meses de haberse proferido la determinación  cautelar  (6  de  marzo),  sentado además que una primera petición relacionada  con  la presunta ilegalidad de la captura había sido resuelta negativamente por  el Juzgado Veintidós Penal del Circuito (Anexo, fs. 18-26).   

        También  es  expedito  advertir cómo el acusado persiste en tomar  aisladamente  expresiones o párrafos de la sentencia de tutela T-46, con el fin  de  hacerles  producir el torcido efecto buscado, cuando se relieva que “Desde  una      perspectiva      constitucional,      la      tardía      ‘regularización’  de  una  situación  de  privación  indebida    de    la    libertad   por   prolongación   ilícita   contra  lo  cual  se  ha  interpuesto  el  recurso  de habeas          corpus         es  inconstitucional”  (subrayas fuera de texto).   Ocurre  que  este  apartado  se  halla  incorporado dentro del tema que el fallo  intitula  “Inexistencia de las medidas restrictivas  de   la  libertad  posteriores  a  la  solicitud  de  habeas  corpus”,  juicio  que  la  Corte  Constitucional  hace  a través de su  propia  interpretación  de  los  entonces  vigentes  artículos  463  y 464 del  Código de Procedimiento Penal de 1987.   

        Así  las  cosas,  la  decisión  de tutela que el funcionario toma  como    apoyo    de   la   concesión   del   habeas  corpus, antes que habilitarlo para una determinación  de  esa  clase,  en  su  letra  y contexto le llamaba poderosamente la atención  sobre  el  tiempo  en el que se hace la respectiva petición, que para la época  del   trámite   especial   (agosto  de  1991),  según  lo  entiende  la  Corte  Constitucional,  debía  ser  antes  de que se dictara cualquier medida judicial  limitativa  de  la libertad, supuesto que aún estaba en vigor el Decreto 050 de  1987.    Claro   que  el  juez  pretendió  justificar  las  cosas  con  la  desaparición  del artículo 464 del C. de P. P. de 1987, norma que expresamente  proscribía    el    habeas   corpus   por  prolongación  ilegal  de la privación de la libertad, cuando  con  anterioridad  a  la  solicitud  se  profería  la  medida restrictiva, pero  deliberadamente  omitió  consideraciones  sobre el inciso 2° del artículo 430  del   vigente  Estatuto  Procesal  Penal,  precepto  que  regula  la  situación  actualmente.   

EXAMEN     DE     EXPLICACIONES    Y  ALEGACIONES:   

        1.   El  funcionario  juzgado,  apuntalado  en  un  importante  ensayo  de autor nacional sobre el tema, al igual que su defensor, sostienen que  el  artículo  30  de  la Constitución Política permite acudir al habeas  corpus  sin  cortapisa  temporal  alguna,  de  tal  manera  que  la protección es viable en cualquier tiempo para  quien  se encuentre ilegalmente capturado, detenido, encarcelado o aún purgando  pena  más  allá  de  la  que  mereciere.   Es  más, el profesional de la  defensa   acoge   una   expresión   (otra  vez  aislada)  de  la  sentencia  de  constitucionalidad

  C-010 de 1994, cuyo objeto de  conocimiento  fue la presunta inexequibilidad del artículo 431, numeral 1° del  C.  de  P. P., para sostener que el inciso 2° del artículo 2° de la Ley 15 de  1992  “…  no  es  una  excepción  al principio fundamental del habeas     corpus    sino    es    una  complementariedad  a la órbita de actuación y de funcionamiento de competencia  de los jueces…”.   

        La  Corte  Constitucional  en  el  mencionado  fallo, cuya ponencia  correspondió    al    magistrado    Fabio   Morón  Díaz, en realidad dijo lo siguiente:   

“También  es  preciso  advertir  que de  conformidad  con  la  jurisprudencia  de  esta  Corte  que  ahora se reitera, lo  dispuesto  por  el  artículo  2°  de  la  Ley  15 de 1992 en relación con las  peticiones  sobre  libertad de quien se encuentra legalmente privado de ella, no  se  refiere  a la acción de Habeas Corpus  sino a la órbita de actuación ordinaria de los jueces dentro de  sus  competencias  legales  y  constitucionales  y dentro de los límites de los  recursos  procesales; al respecto esta Corporación tuvo oportunidad de señalar  que   el   ámbito   natural  de  la  acción  Habeas  Corpus  es  aquella  que  queda  por  fuera  de  las  disposiciones   que   regulan   de   modo  permanente  las  actuaciones  de  los  funcionarios    judiciales    dentro   del   desarrollo   de   las   respectivas  competencias…”.   

        Y  en el párrafo siguiente, que omite citar el defensor recurrente  (como lo hace ver el Procurador), se aclara:   

“En este sentido se destaca que la Corte,  en  sentencia C-301 de agosto 2 de 1993, advirtió que  en  estas  condiciones  no  es  admisible  la existencia de vías paralelas para  controvertir  la privación de la libertad so pena de desquiciar inútilmente la  función  judicial;  al  respecto  de  este  punto  se señaló que ‘En  lo  que  atañe a las privaciones  judiciales,  el  derecho  al  debido  proceso,  desarrollado a nivel normativo a  través  de  la  consagración  de  diversos  recursos  legales,  asegura que la  arbitrariedad  judicial  pueda ser eficazmente combatida y sojuzgada cuando ella  se  presente…” (Subrayas  fuera de texto).   

        2.   Conviene  resaltar que el inciso 2° del artículo 2° de  la  Ley  15  de 1992 fue demandado de inconstitucionalidad porque restringía el  ámbito   del   derecho   fundamental   del   habeas  corpus,  de  conformidad  con  el  artículo 30 de la  Carta  Fundamental,  pues, según el demandante, la controversia de la legalidad  de  los  mandatos judiciales de detención también debía articularse por medio  de   la   acción   de   habeas   corpus  y  ante cualquier autoridad judicial.  Pero en la mencionada  sentencia   de  constitucionalidad  C-301,  además  de  lo  ya  transcrito,  se  reflexionó lo siguiente:   

“La  Corte  advierte  que  la  tesis del  demandante  tendría  pleno  asidero  si  a través del proceso y apelando a los  recursos  y  acciones  ordinarios previstos en la legislación, no fuere posible  controvertir  las  órdenes  de  privación  de  la  libertad  dispuestas por la  autoridad  judicial  respectiva  y si, adicionalmente, estas acciones y recursos  no  pudieren  ser  resueltos  de  manera  imparcial.   Para  desechar  esta  alternativa,  basta  observar  que en el Código de Procedimiento Penal frente a  cada  decisión judicial de privación judicial de la libertad, puede plantearse  un  recurso  cuya  resolución  se confía a la autoridad judicial superior como  puede comprobarse en el siguiente cuadro…”   

        Caben  en  dicho  cuadro,  entre  otros,  los  recursos  contra  la  detención  preventiva,  la  solicitud  de  excarcelación  y  revocación de la  determinación  cautelar  en cualquier momento procesal, el control de legalidad  de  la medida de aseguramiento, la petición de excarcelación como consecuencia  de   la   condena   de   ejecución   condicional   y   el  pedido  de  libertad  condicional.   

        3.   Se  orienta  el  fallo  de  la  Corte  Constitucional  al  mantenimiento  del sistema judicial y la debida armonía entre las instituciones  de  la  Carta  Magna,  pues  si  al lado del derecho fundamental al habeas  corpus  (art.  30  Const.  Pol.)  existe  también  el  del  debido proceso   (arts.   28   y  29  idem),   cuyo  presupuesto  es  la  existencia  de  una  rama  judicial  organizada  e independiente, que tiene como misión permanentemente la guarda de  la  libertad  y  la  igualdad  de las personas, entre otras garantías, no puede  sostenerse  una alternatividad entre dos acciones judiciales que recaen sobre el  mismo  bien  jurídico  de  la libertad, siendo que una de ellas es brevísima y  obviamente  estaría  dada  para  situaciones  de urgencia no removibles por los  medios  ordinarios.   En efecto, si toda reclamación de quien se encuentra  privado  de la libertad pudiera surtirse por la acción especial de habeas  corpus, que es externa al proceso  necesariamente  adelantado por autoridad judicial competente, entonces sobraría  el  ejercicio  ordinario  y también garantista de los mismos jueces, lo cual se  traduce  a  la  postre  en  una  disputa  de  competencias  no propiciada por la  Constitución;  hasta  el  punto  de  llegar  a  la  situación  crítica  de la  desordenada  controversia  funcional  que  finalmente  conduce  al  caos  en  la  administración  de  justicia  en  detrimento  tanto  del  individuo  como de la  sociedad.   De  este  modo,  los  razonamientos  posteriores  de  la  Corte  Constitucional  apuntan  a  preservar  la  integridad  de  la  Constitución, el  Estado-jurisdicción  y  la  función  judicial,  de tal manera que declara como  ámbito  propio del juez de habeas corpus “las  privaciones  no judiciales de la  libertad”.   

        A  la  luz de las anteriores consideraciones, la Corte no encontró  razones  para  declarar inexequible el artículo 2° de la Ley 15 de 1992, norma  que  entonces  quedó  vigente  en  términos tan claros que, de acuerdo con las  condiciones  vividas  por  el  juez  acusado,  era imposible desconocerla.   Tampoco  sería  viable revivir el debate sobre su constitucionalidad, cuando la  decisión  contiene efectos de cosa juzgada constitucional (art. 243), que es lo  que   plantean   el   juez   acusado   y   su   defensor  al  sugerir  de  nuevo  incompatibilidades   de   aquella  norma  con  el  artículo  30  de  la  Cartal  Fundamental.   

         

        4.   Por  la  misma  naturaleza  jurídica  de  la regulación  constitucional    del    habeas   corpus,  que  prevé una solución rápida de 36 horas, necesariamente se  presuponen  palmarias  agresiones  informales o situaciones de hecho, cuestiones  tan  simples  o  tan  ostensiblemente  arbitrarias  que  no exigen las complejas  valoraciones  de hechos y normas procesales, de orden objetivo y subjetivo, como  aquellas   que   significan   negarle  legalidad  o  mérito  a  una  medida  de  aseguramiento  adoptada  por  la autoridad judicial.  Es que en un término  tan  breve  de horas no se puede aprehender la dimensión de toda una actuación  procesal que se ha sujetado a un método durante días o meses.   

        5.   Con el fin de que no se confundan nocivamente las esferas  de   acción   y   exigencia  de  los  derechos  fundamentales  constitucionales  (libertad,  habeas corpus y  debido   proceso),  no  puede  quedar  duda  de  que  el  fin  del  habeas   corpus  es  la  tutela  de  la  libertad  en  sentido  material  y no el debido proceso en sentido formal.   Por  ello,  en  caso de prolongación ilegal de la privación de la libertad, si  se  dicta  una  medida  de  detención  antes de cualquier disposición sobre la  protección  especial, es necesario acudir primero a los mecanismos de solución  y  recursos  propios  del  proceso  que ya está en curso, tal como lo indica el  inciso  2°  del  artículo  430  del  C.  P.  P.  De esta manera, la Corte  Constitucional   señaló   claramente   que   una  vez  dictada  la  medida  de  aseguramiento  de  detención, sin que se haya dado el rito respectivo, ya no es  procedente  acudir  al  singular  amparo sino a los recursos propios del proceso  penal, que es lo determinante.   

        6.    En  relación  con  la  norma  últimamente  citada,  se  pregunta  quién  se  encuentra “legalmente privado de la libertad”, pero la  respuesta  es  obvia,  según  el  momento  procesal,  al verificar si existe el  mandato  judicial  que  es fundamento de la captura o la medida de aseguramiento  (C.  P.  P.,  arts.  380  y  387), órdenes que se presumen legalmente adoptadas  mientras  no  se demuestre lo contrario.  Y tal demostración de ilegalidad  del  mandato  judicial, por la controversia que suscita, en general no es propia  de  una mera constatación rápida en el curso de una inspección judicial, sino  de  los  remedios  que  prevé la dialéctica del proceso penal.  Claro que  constitucionalmente   el   habeas  corpus  puede  solicitarse  por  quien  “creyere”  estar  ilegalmente  privado  de  la libertad, pero son los jueces los encargados de darle cauce a la  petición,  según  el momento procesal que se enfrente o la situación de hecho  que se señale.   

        7.   Si  en  toda  controversia  sobre la libertad personal se  acude    siempre    al   habeas   corpus,  aunque  se  verifique la existencia antecedente de una medida de  detención   adoptada   por   la  autoridad  judicial  competente,  por  motivos  previamente  definidos  en la ley y con las formalidades legales (art. 28 Const.  Pol),    se    corre   el   riesgo   de   caer   en   una   fatal   petición  de principio, pues se tendría  por  ilegal  una  privación  de  la  libertad  que  por  lo  general se presume  formalmente   cumplida,  mientras  no  se  demuestre  lo  contrario  dentro  del  respectivo   proceso,   porque  el  sumarísimo  procedimiento  de  habeas   corpus  no  da  oportunidad  ni  fundamento para ello.   

        8.   Para concretar estos pensamientos en el caso, recuérdese  que  si  a  una  persona  no  se  le resuelve la situación jurídica dentro del  término  indicado  en  el  artículo 387 del Código de Procedimiento Penal, la  irregularidad  consiste  en  mantenerla privada de la libertad sin la respectiva  medida  de  aseguramiento.   Pero  una  vez adoptada la detención, sin que  medie  provisión  sobre  el habeas corpus,  cesa  la  anomalía  y  se torna improcedente esa acción.   Cuando  se  formuló la respectiva solicitud al señor Juez Ochenta y Ocho Penal  Municipal,  ya  habían  transcurrido casi dos meses de haberse dictado la orden  judicial  de detención, luego no se sabe cuál era el agravio a la libertad que  permanecía  para  esa  fecha,  razón por la cual el acto cuestionado no revela  propósito  distinto  al  de  conceder  caprichosamente una libertad, medida que  afectó   el   correcto   ejercicio   de   la   justicia   como  administración  pública.   

        9.   Ahora bien, no se trata de que una eventual arbitrariedad  del  órgano  judicial pueda “legalizarse” con la sola determinación de una  medida  de aseguramiento, sino que la remoción de la iniquidad, cuando antes de  la  decisión nada se había dispuesto sobre el habeas  corpus,  ya no puede intentarse por esta vía sino al  interior del respectivo proceso penal.   

        10.   Así  entonces,  el  auto del 3 de mayo de 1998, dictado  por  el  Juez  Ochenta  y  Ocho  Penal  Municipal  de la ciudad para conceder el  habeas   corpus   a  los  detenidos  Carlos  Alberto Arias Giraldo y  Jhon Francisco Cruz Romero,  no  sólo es abiertamente contrario a la ley (art. 430 C. P. P.)  -tipicidad-,  sino  que  dicho comportamiento procesal vulnera el bien jurídico  funcional  de  la administración pública,  entendido  como  el  correcto ejercicio de la administración de  justicia,  dado que se ha hecho una aplicación torcida del derecho en beneficio  de   personas  que  soportaban  una  detención  legal  y  en  perjuicio  de  la  oportunidad  del  Estado  o la sociedad para resolver o disminuir los conflictos  sociales   -antijuridicidad-.    De  igual  manera,  como  lo  sostiene  el  a   quo  y  los  sujetos  procesales  que lo acusan, la experiencia del procesado en el área penal, unida  a  su  forma  de  actuar  en el caso concreto, denotan una actitud eminentemente  dolosa.   

             En efecto, el conocimiento de que  existía  una  medida de detención judicial proferida dos meses antes, no sólo  ajena  a  cualquier  cuestionamiento  sino  confirmada  en segunda instancia; la  selección  interesada  de argumentos fuera de contexto en la sentencia T-46/93;  el   desconocimiento   de  que  este  fallo  de  tutela  se  refería  a  hechos  sustancialmente  distintos  a  los  examinados por él; la desestimación de las  advertencias  de  la  misma decisión sobre la necesidad de la precedencia de la  solicitud  de  habeas corpus  en   relación   con   la   decisión   judicial  de  detención;  la  falta  de  consideración  deliberada  de  los  argumentos  expuestos  por  la Fiscalía de  segunda  instancia, a sabiendas de que se referían al mismo tema de la supuesta  prolongación  ilegal de la privación de la libertad y de que se iba a oponer a  ellos  y a su decisión; y la cita tangencial del determinante artículo 430 del  Código  de Procedimiento Penal; todos estos son elementos concretos que revelan  claramente  el  actuar doloso, en la medida en que denotan el conocimiento de la  ilicitud  de  lo  que  se  hacía  y  la  voluntad de realizarlo a pesar de ello  -culpabilidad dolosa-.   

        11.   Finalmente,  en  cuanto a la trascendencia en el ámbito  penal  de  la  exoneración  dictada  por  la  Sala  Disciplinaria  del  Consejo  Seccional  de  la  Judicatura,  no  puede olvidarse que fenomenológicamente una  misma  conducta  puede  lesionar  ordenamientos jurídicos diferentes.  Si,  como  lo  dice  el  artículo  2°  de La Ley 200 de 1991 (Código Disciplinario  Único),  “la  acción  disciplinaria es independiente de la acción penal”,  no   queda   duda   de   que   la   jurisdicciones   correspondientes  funcionan  autónomamente,  lo  cual  es  obvio  porque en ambos casos se exige un distinto  examen  de  adecuación  frente  a  normas  de  contenido  y  alcance igualmente  diferentes.   Así  mismo,  mientras la infracción disciplinaria tutela el  interés  más  genérico  de la organización administrativa, en los delitos de  responsabilidad  (cometidos  por servidores públicos en ejercicio de sus cargos  o  funciones)  se  ampara la rectitud que la comunidad tiene derecho a exigir en  el  servicio  que  presta la administración pública, razón adicional para que  no  pueda  aspirarse  apriorísticamente  a que el juez disciplinario y el penal  lleguen  a  idénticas  conclusiones  sobre  el  mismo  hecho  (cuaderno  3, fs.  79-83).   

        Se  confirmará  entonces  la  sentencia  impugnada,  tanto  por el  juicio   de   responsabilidad   que   sitúa  como  por  las  consecuencias  que  deduce.   En  efecto,  aunque  no  existe una inconformidad suficientemente  motivada  sobre  las últimas, de acuerdo con el artículo 61 del Código Penal,  el  Tribunal intensifica la pena de 36 meses de prisión, mínimo previsto en el  artículo  149  del Código Penal, en dos meses más, dada la concurrencia de la  agravante  prevista  en  el  numeral  11  del  artículo  66 del mismo estatuto,  “porque  se  trata  de un Juez de la República a quien la Rama Jurisdiccional  le  confió  la  más  sagrada de las misiones y la de mayores responsabilidades  presentes  y  futuras,  cual  es  la  de administrar justicia entre los hombres,  situación  de  privilegio  entre la sociedad, por lo cual tenía la obligación  de  velar  por  el  orden  jurídico  y  no  deteriorarlo más ante los ojos del  conglomerado social”.   

        Las  demás  sanciones  impuestas como principales y accesorias son  fundadas,  al  igual  que la negación del subrogado de la condena de ejecución  condicional,   y   por   ello   también   se   avalará   el   fallo   en  este  sentido.   

        Por  lo  expuesto,  LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la  ley,   

RESUELVE:  

        Confirmar  la  sentencia impugnada, cuya  fecha, origen y naturaleza se han indicado en la motivación.   

        Cópiese, notifíquese y cúmplase.   

JORGE ENRIQUE CÓRDOBA POVEDA  

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL               RICARDO CALVETE RANGEL   

CARLOS  AUGUSTO  GÁLVEZ  ARGOTE    JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO   

CARLOS        E.        MEJÍA  ESCOBAR                   DÍDIMO PAEZ VELANDIA   

NILSON           PINILLA  PINILLA                         JUAN MANUEL TORRES FRESNEDA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Secretaria.    

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