12808 (11-03-97)

1997

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    COMPETENCIA FUNCIONAL  

De acuerdo con la legislación procesal penal  vernácula,  la competencia funcional se determina directa y automáticamente en  función  de  cuál  sea el órgano que conozca del proceso, aun sin competencia  objetiva   o   territorial,   en  primera  instancia.   Tal  determinación  legislativa   se  aviene  con  la  definición  doctrinaria  de  la  competencia  funcional  como  la  distribución  de la jurisdicción penal en atención a las  fases  de  desarrollo  de  la  relación  procesal  penal  o  a las específicas  actividades  por  cumplir  dentro del proceso, de tal manera que dicho concepto,  analíticamente  visto,  se  refleja más en una situación de dependencia entre  órganos  jurisdiccionales,  de  correlación y de coordinación de funciones, o  bien   de  reparto  y  supeditación  de  distintas  actividades  dentro  de  la  actuación procesal.   

Pero  claro  que  la  competencia  funcional  presupone  la  competencia por razón de la materia y por razón del territorio,  de  tal  manera  que  si el funcionario de primera instancia se equivoca en este  sentido,  la  solución  no  se  halla en que el órgano de segundo grado, si en  verdad  es  el  superior  funcional  de  aquél  que erróneamente se arrogó el  conocimiento  y  que  dictó  la  providencia,  se  declare  incompetente y deje  intacta  la  decisión  que se somete a su revisión; todo lo contrario, debe el  ad  quem  hacer  uso  de  la  habilitación  funcional  para  corregir  el  yerro  en  la cuestión objetiva o  territorial.   

Es que tanto en el recurso de apelación como  en  el  grado  jurisdiccional  de  la consulta, medios de apertura de la segunda  instancia  en  la  legislación  colombiana,  acatada  la  regulación  amplia o  restringida,  según  el  caso,  de  la competencia del superior (C. P. P., art.  217),  de  todas  maneras se presenta la posibilidad de examinar irregularidades  procesales    (error    in    procedendo)  y/o  cuestiones valorativas sobre los hechos y la aplicación del  derecho   de   fondo   (error   iudicando),  sobre  todo  porque la primera facultad (anular por presencia de  anomalías  en  el proceso) está implícita en ambos modos de activación de la  segunda  instancia,  en  virtud  del  imperativo  mandato  del artículo 305 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  según  el cual el funcionario judicial -sin  distinción-  que advierta alguna de las causales previstas en el artículo 304,  deberá decretar de oficio la nulidad.   

Así  entonces,  interpuesto  el  recurso  de  apelación  u ordenada la consulta, el funcionario de segunda instancia no sólo  cumple  su  misión  cuando  aprehende  de fondo el asunto sometido a revisión,  sino  también  cuando  examina,  si se quiere privilegiadamente, la regularidad  del  procedimiento  desarrollado  en  primera instancia y decreta la nulidad por  error  en  la  selección  típica  y  en  la  determinación  de la competencia  objetiva  y/o  territorial, si es del caso, con más veras cuando se trata de un  factor  que  constituye  presupuesto  procesal.   Esta  manera de proceder,  según  lo  ha  sostenido  la Sala en casos similares que examinó en el pasado,  respeta  no sólo la dinámica de actuación jerarquizada que la ley ha acordado  en  la  administración  de  justicia  para  resolver el recurso de apelación o  desatar  la  consulta,  sino  que  también  deja  a salvo su reiterado criterio  doctrinario  de que las nulidades sólo pueden ser decretadas por el funcionario  que  tenga  la  competencia  legal,  pues,  aunque  el  revisor tenga reparos de  facultad  por razón de la materia o del territorio, de todas maneras ostenta la  competencia  por  ser  el  superior  funcional  del juez apelado o de aquél que  adoptó la decisión cuya consulta se impone legalmente.   

Nota:  En el mismo sentido autos de noviembre  13  de  1996  M.P.  Dr.  Fernando  Arboleda  Ripoll  y abril 24 de 1996 M.P. Dr.  Ricardo Calvete Rangel   

PROCESO                                    : 12808   

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 23  

Santafé  de  Bogotá,  D.  C., once (11) de  marzo de mil novecientos noventa y siete.   

VISTOS:  

          Se  ha  suscitado  una  colisión  negativa de competencia entre el  Tribunal  Nacional y el Tribunal Superior de Medellín, en la medida en que cada  una  de  estas Corporaciones aduce que su confrontante es la que está facultada  para  decidir  en  segunda  instancia  dentro  de este proceso que, por el hecho  punible  de secuestro extorsivo tentado, se culminó en primera instancia por un  Juzgado Regional con sede en la ciudad de Medellín.   

         De  conformidad  con el numeral 5° del artículo 68 del Código de  Procedimiento   Penal,   corresponde   a   la   Sala   dirimir  la  controversia  planteada.   

HECHOS Y ANTECEDENTES:  

         En  los  primeros  días  del  mes de septiembre de 1993, el señor  JAIME  ALBERTO ESCOBAR CHICA, dueño del establecimiento denominado “Salón de  Billares  Metropol”,  situado  en la calle 44 N° 84-64, barrio La América de  la  ciudad  de  Medellín, recibió llamada telefónica en la cual le anunciaban  el  próximo  secuestro de su hijo JAIME ALBERTO ESCOBAR MORALES.  Después  de  una segunda comunicación por teléfono, el día 11 de septiembre siguiente,  el     señor     Escobar    Chica    acordó  una  cita  con  los  informantes por los alrededores de la  iglesia  parroquial  de  la  América,  oportunidad en la cual recibió detalles  sobre   el   plan   criminal  que  se  urdía,  tales  como  que  en  el  plagio  participarían   los  sujetos  conocidos  con  los  alias  o  nombres  de  “El  costeño”,  “Jimi  el  peludo”,  “El  cabezón”  y “Alex”, quienes  interceptarían  a  la  víctima sobre la conocida carretera de Santa Elena, que  conduce  del  corregimiento  de la ciudad de Medellín que tiene el mismo nombre  al  vecino  municipio  de  Rionegro,  en  su  recorrido  habitual  de  los días  miércoles  o  sábado  de  visita  a  la  finca  de  su  propiedad  situada  en  jurisdicción  de  la  localidad de La Ceja; que los secuestradores utilizarían  en  la  operación un taxi renault 9, de placas TIP-036 y otro vehículo renault  12,  color  amarillo,  de  placas AF-4376; que dichos individuos poseían varias  armas  para realizar el plagio, algunas de las cuales las guardaba el celador de  la  escuela  de  la  vereda  “La Mosquita”, perteneciente a la población de  Guarne,   quien   además   tenía   la  misión  de  ocultar  temporalmente  al  secuestrado,  mientras  se le trasladaba al municipio de Sonsón para entregarlo  a la guerrilla.   

         Integrado  en  el conocimiento de este programa delictivo, el grupo  antiextorsión  y  secuestro UNASE dispuso operativos continuos de verificación  y  observación  en  el  carreteable  de  Santa  Elena,  sin  la presencia de la  eventual  víctima,  pero  sólo  el  sábado  15  de  septiembre advirtieron el  desplazamiento  de  varios  sujetos en los automotores antes descritos, quienes,  una  vez  requeridos  por  la policía para que detuvieran la marcha, parece que  prefirieron  provocar  el  enfrentamiento con armas de fuego que culminó con la  muerte  de  los  seis  presuntos  plagiarios.   Al  escenario  del  cruento  episodio  acudió  el  señor  Jaime  Alberto Escobar  Chica,   quien   aseguró  el  conocimiento  de  los  fallecidos como asiduos clientes de su negocio de billares.   

         El  operativo  policial se extendió a la vereda “La Mosquita”,  lugar  en  el cual apresaron al vigilante TULIO CÉSAR VARGAS OSPINA, a quien le  decomisaron  algunas  armas  de  fuego  y  dos  radios  de  comunicación  en su  residencia;  pero  también se incautaron en la diligencia otras armas y objetos  que  estaban  guardados  en  la  casa  del  vecino RAMIRO SÁNCHEZ, conductor de  oficio,  entre  ellos  una  subametralladora  Ingram  y  63  cartuchos calibre 9  milímetros,  y  que  al  parecer  se hallaban allí por cuenta del mismo señor  Vargas Ospina.   

         De  estos  hechos  conoció  un  fiscal  regional,  funcionario que  vinculó  por  medio  de  indagatoria al imputado TULIO CÉSAR VARGAS OSPINA, le  decretó  medida  de  aseguramiento  por el delito de secuestro extorsivo, en el  grado  de  tentativa,  de acuerdo con las previsiones típicas del artículo 1°  de  la  Ley 40 de 1993 y el artículo 22 del Código Penal, hecho punible por el  cual  también  se  le  dictó  posteriormente resolución de acusación que fue  ratificada  por  la  Fiscalía Delegada ante el Tribunal Nacional, en virtud del  recurso  de apelación intentado por el procurador judicial de la instancia (fs.  40,  56,  352  y  413).   El  juez  regional  asignado para el conocimiento  profirió  sentencia  absolutoria  fechada  el  10 de enero de 1996, la cual fue  apelada  por el fiscal regional que entonces ya fungía de sujeto procesal en la  actuación,  medio  ese  por  cuya  actuación  llegó el expediente al Tribunal  Nacional,  corporación que, en lugar de desatar el recurso, optó por declarase  incompetente  y  provocar  la colisión negativa de competencia (cuaderno 2, fs.  520 y 566).   

ARGUMENTOS DE LA COLISIÓN:  

         La  discusión  y  la  declaración  de incompetencia la propone el  Tribunal Nacional en los siguientes términos:   

         1.   Si  bien  resulta claro el propósito de los imputados de  secuestrar   al   joven  Escobar  Morales,  los  actos  realizados por los mismos no trascendieron la esfera  de  lo  preparatorio,  no  se  adelantó el complejo comportamental hasta hechos  inequívocamente  ejecutivos  del  arrebatar,  sustraer,  retener u ocultar a la  víctima,  verbos  rectores  de  la tipicidad del delito de secuestro.  Sin  embargo,  advierte  el  tribunal,  el  legislador relieva penalmente los simples  actos  preparatorios  del  delito de secuestro, hasta el punto que es punible el  solo  ponerse  de  acuerdo  en grupo de personas para secuestrar a otro, lo cual  constituye  la  figura  delictiva autónoma del “concierto para secuestrar”,  dispuesta  en  el  artículo  5°  de la Ley 40 de 1993, que es la que se debió  deducir en la resolución acusatoria.   

         2.   Si  el  “concierto  para secuestrar” está tipificado  como  delito  independiente  del secuestro, síguese que su juzgamiento no está  sujeto  a  la  regla  de  competencia  que  adjudica  el  segundo  a  los jueces  regionales,   pues,   de   conformidad  con  el  artículo  71  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  estos funcionarios son competentes para conocer “de los  delitos  de  secuestro  extorsivo o agravado en virtud de los numerales 6°, 8°  ó  12  del  artículo  3°  de la Ley 40 de 1993 y homicidio agravado según el  numeral  8°  del  artículo  324  del  Código  Penal”.   Aunque  por su  naturaleza   el   hecho  de  concierto  aparece  apenas  como  una  fase  en  la  composición  del  delito  de  secuestro,  lo cierto es que jurídicamente se le  brindó  autonomía y por tal decisión legislativa ha de tributársele también  su  propio  lugar  en  el  reparto  de  competencias.   De  suerte que, por  cláusula  general de competencia, concierne el conocimiento del hecho delictivo  en  cuestión  a  los  jueces  penales  del  circuito,  pues lo contrario sería  someter  la figura criminal a un tratamiento que no contempla la reglamentación  sustantiva ni la procesal (C. P. P., art. 72, num. 1°, lit. c).   

         2.1   Finalmente,  sostiene  el  tribunal que “no es sólido  respaldo   a  diversa  conclusión  cuestiones  de  política  criminal  que  el  legislador  no concibió para el puntual asunto.  Es posible que el delito,  en  cuanto supone delincuencia organizada aconsejara mecanismos en alguna medida  especializados  para su investigación y juzgamiento, pero es lo evidente que el  legislador  no  contempló  el trámite especial, seguramente atendiendo que ese  hacer  aunque  autónomo sólo viene a constituir preparación del que causaría  el mayor impacto social”.   

               A esta decisión se le introdujo  un  salvamento  parcial  de  voto,  en el sentido de que se comparte no sólo la  tipificación  señalada por la mayoría de la Sala, sino que también se acepta  el  juicio  de  que el delito de “concierto para secuestrar” tiene carácter  autónomo;  pero que no debió trasladarse el conocimiento del mismo al Tribunal  Superior  de  Medellín,  dado  que  tal  figura  delicuencial  sigue  siendo de  competencia  de  la  jurisdicción  regional.  Se fundamenta la salvedad en  las siguientes reflexiones:   

         1.   Entiende  el  magistrado  que  la  regla  de  competencia  pergeñada  en  el  numeral  5°  del  artículo 71 del Estatuto Procesal Penal,  subrogado  por  el 9° de la Ley 81 de 1993, se refiere genéricamente al delito  de  secuestro  extorsivo, y no a la descripción típica del canon 1° de la Ley  40  de  1993, como podría pensarse, y en ese orden de ideas, sostiene que dicha  órbita  funcional  se  extiende  “a  la  disposición  que pune con carácter  autónomo,  según  quedó  asentado,  los  actos puramente preparatorios de esa  ejecución delictuosa”.   

         2.   Sin  desconocer  la  independencia  típica de la aludida  figura,  es  bueno  poner  de  relieve, desde una perspectiva naturalística, el  contrasentido  que  representa la sujeción a diversas competencias “lo que de  acuerdo  con  ella  corresponde  a  las  diferentes  fases  de una misma especie  criminosa”.   

         3.   La  aludida  incoherencia  salta  más evidente frente al  hecho  de  que  las  conductas  referidas  al secuestro extorsivo, a pesar de su  subrogación  posterior  por  la  Ley  40  de  1993,  quedaron  adscritas  a  la  competencia  especial  por  obra del numeral 4° del artículo 71 del Código de  Procedimiento  Penal,  ya  que  se  trataba  de  infracciones  consagradas en el  artículo  6° del Decreto 2790 de 1990, precisamente convertido en legislación  permanente por el artículo 11 del Decreto 2266 de 1991.   

         Frente  a  esta propuesta de colisión, el Tribunal de Medellín la  acepta   y   responde   sobre   su   falta   de  competencia  con  un  enunciado  omnicomprensivo:   que   no  tiene  la  corporación  ningún  reparo  sobre  la  adecuación  típica  de  “concierto para secuestrar” que ensaya el Tribunal  Nacional,  como  tampoco en relación con la asignación del conocimiento de tal  figura  delictiva a los jueces de circuito, en virtud de los factores objetivo y  residual  destacados  por  su  homólogo,  no  empece  lo  cual  la  facultad de  juzgamiento  se  sitúa  por conexidad en la justicia regional.  En efecto,  la  valoración  de  un  delito  conexo de conservación de arma de fuego de uso  privativo,  examen  que  se  omitió  en  el  desarrollo mismo del sumario y que  tampoco  se  ha  compensado  con la expedición de copias para una averiguación  separada,  conduce a que más allá de la nulidad por errónea calificación del  ilícito  contra la libertad individual, la irregularidad trascienda para volver  sobre  la  resolución  de  situación  jurídica  y  así se propende porque la  sumaria  se recomponga por la judicatura regional que ostenta la competencia por  conexión.   

         Y  la  respuesta  la  desarrolla  el tribunal  de la siguiente  manera:   

         a)    El   procesado  Tulio  César  Vargas    Ospina   fue   interrogado   concreta   e  insistentemente,  en  la  diligencia  de  indagatoria  (fs.  40  y  ss.), por la  manutención  de las armas de fuego, entre ellas la subametralladora Ingram, que  se  reputa  como  un  instrumento  de  uso  privativo  de  las fuerzas militares  (Decreto  2535,  art.  9-b),  a  pesar de lo cual se hizo abstracción del cargo  tanto  en  la  medida  de  aseguramiento  como  en  la  resolución  acusatoria,  decisiones  que  se  circunscribieron  al  delito  contra la libertad individual  equivocadamente calificado.   

         b)   No  obstante la destacada omisión, el fiscal regional no  detuvo  la  investigación  por  el  delito  de conservación de armas, pues con  posterioridad  a  la  incompleta  definición  de  la  situación  jurídica, se  ordenó   un   dictamen   sobre  los  instrumentos  de  fuego  y  determinó  la  compulsación  de  copias  para investigar por separado a RAMIRO SÁNCHEZ por la  posesión de las mismas.   

         c)   Si  bien  se  reconoce  que,  en principio, las omisiones  relievadas  podrían  paliarse  con la expedición de copias para investigar por  separado    el    delito    pretermitido,    en   relación   con   Vargas  Ospina,  sin necesidad de acudir  al  remedio  extremo  de  la  nulidad,  lo  cierto  es  que  de todas maneras la  resolución  acusatoria deberá anularse por errónea calificación del atentado  contra  la  libertad individual, medida que entonces regresaría el proceso a la  fase  sumarial,  en  cuyo  caso se presentan dos alternativas, a saber:  1)  asume  el  conocimiento  el  Tribunal  Superior, ordena que la investigación se  cierre  por  el  funcionario competente y se califique el mérito del sumario en  relación  con  la  hipótesis delictiva de “concierto para secuestrar” y la  presunta   responsabilidad   que   en   ella  tenga  el  procesado  Vargas  Ospina, pero a la vez dispondría  la  compulsa  de  copias para que la fiscalía regional averigue por separado lo  atinente  a  la  conservación  de  armas de uso restringido; y 2) se declara la  competencia  del  Tribunal  Nacional, en virtud de la trascendencia del yerro de  procedimiento  resaltado, caso en el cual dicha corporación procede a anular la  actuación  para regresarla a la etapa sumarial, variable ésta que propiciaría  la  corrección de la irregularidad relativa al delito de conservación de armas  de  fuego  de  uso privativo, por medio de la complementación de la resolución  de   situación   jurídica,   como   antecedente   necesario  de  una  eventual  calificación  integral de las dos conductas delictivas investigadas e imputadas  al     ciudadano     Vargas     Ospina.   

         d)    Piensa   el  tribunal  superior  que  con  criterios  de  utilidad,  de  cara  a  los fines del proceso y a la economía procesal, resulta  más  conveniente  la  segunda opción, supuesto que deja vigente la posibilidad  de  investigación y definición conjunta del asunto, facilita la concentración  probatoria   y   aglutina  los  recursos  tanto  humanos  como  físicos  de  la  administración de justicia.   

         Aceptada  en  estos  términos  la  controversia  por  el  Tribunal  Superior,  he  ahí la razón por la cual envió el diligenciamiento a esta Sala  para la solución respectiva.   

LA CORTE CONSIDERA:  

         Dentro  del  desarrollo  gradual y secuencial del proceso penal, no  es  difícil  entender  que  el  conflicto se ha planteado al encarar la segunda  instancia  de la sentencia, razón por la cual la definición de la controversia  atañe    primordialmente    a    la    competencia  funcional    antes    que    a    la   objetiva,  a  pesar  de  la correlación  lógica  entre  esos  dos  ámbitos  de  conocimiento  judicial  y  de  que  los  tribunales  disputantes  hayan  orientado  todo  su  esfuerzo  demostrativo a la  segunda.   En  efecto,  a  la  Corte  se  le han dispensado facultades para  dirimir  conflictos  de  competencia entre tribunales, o entre éstos y juzgados  de  distinto  distrito judicial, “o entre un juzgado regional y cualquier juez  de   la  república”  (C.  P.  P.,  art.  68-5),  lo  cual  significa  que  la  controversia  puede  ser  por  el  factor  objetivo,  o  el territorial, o el de  conexidad,  o el funcional, o combinaciones permitidas de los tres primeros, mas  si  la  discordia se traba en sede de segunda instancia, el tribunal discordante  debe  actuar  primero  funcionalmente  antes de pretextar un factor objetivo que  directamente  le  concierne  es  al  funcionario  de  primer grado al cual se le  revisa.   En  suma,  la Sala definirá fundamentalmente cuál es el órgano  competente  para  conocer  de  este  asunto  en  segunda  instancia, dado que la  determinación  del  juez  de  primer grado la hará inicialmente el tribunal al  cual se le adjudique el conocimiento en esta controversia.   

         Cuando   el  funcionario  de  segundo  grado  se  ocupa  primero  y  únicamente  del  factor  objetivo  para  manifestar su incompetencia,  sin  parar  mientes en que tal actitud deja vigente la sentencia de primera instancia  que  bien  o  mal  adecuó  típicamente  los  hechos,  en  congruencia  con  la  resolución   acusatoria,   y   en   consecuencia   definió   materialmente  la  competencia,  sencillamente  regresa  apriorística, mental y arbitrariamente el  proceso  a fases ya superadas y desconoce de esa manera la competencia funcional  y su alcance.   

         En  punto  a  la  regulación  legal  de  la competencia funcional,  repárese  que  la  Corte  Suprema  de  Justicia interviene en segunda instancia  “en  los  procesos que conocen en primera instancia  los  Tribunales  Superiores  de  Distrito  y  el  Tribunal  Nacional”  (C.  P.  P.,  art.  68-4); al Tribunal Nacional le corresponde  conocer  en  segunda  instancia  “de  los  recursos  de  apelación y de hecho  interpuestos  contra las decisiones proferidas por los  jueces        regionales”       (idem,  art.  69-1); las Salas Penales de  los  Tribunales  Superiores  de Distrito Judicial actúan, en segunda instancia,  “en  los  procesos que conocen en primera instancia  los    jueces    de    circuito”    (ibidem,  art.  70);  y  los  jueces  de  circuito  conocen,  en  segunda  instancia,  “de los  procesos   que  sean  de  conocimiento  de  los  jueces  penales  municipales  o  promiscuos”   (ejusdem,  art.  72).   De  modo  que,  de  acuerdo  con la  legislación  procesal  penal  vernácula, la competencia funcional se determina  directa  y  automáticamente en función de cuál sea el órgano que conozca del  proceso,    aun   sin   competencia   objetiva   o   territorial,   en   primera  instancia.   Tal  determinación  legislativa  se aviene con la definición  doctrinaria   de   la   competencia   funcional  como  la  distribución  de  la  jurisdicción  penal  en  atención  a  las  fases de desarrollo de la relación  procesal  penal o a las específicas actividades por cumplir dentro del proceso,  de  tal manera que dicho concepto, analíticamente visto, se refleja más en una  situación  de dependencia entre órganos jurisdiccionales, de correlación y de  coordinación  de  funciones,  o  bien  de  reparto y supeditación de distintas  actividades dentro de la actuación procesal.   

         Pero  claro  que  la competencia funcional presupone la competencia  por  razón  de  la materia y por razón del territorio, de tal manera que si el  funcionario  de  primera  instancia se equivoca en este sentido, la solución no  se  halla  en  que  el  órgano  de  segundo  grado, si en verdad es el superior  funcional  de  aquél  que erróneamente se arrogó el conocimiento y que dictó  la  providencia,  se  declare  incompetente  y  deje intacta la decisión que se  somete  a  su revisión; todo lo contrario, debe el ad  quem  hacer  uso  de  la habilitación funcional para  corregir el yerro en la cuestión objetiva o territorial.   

         Es  que  tanto  en  el  recurso  de  apelación  como  en  el grado  jurisdiccional  de la consulta, medios de apertura de la segunda instancia en la  legislación  colombiana, acatada la regulación amplia o restringida, según el  caso,  de  la competencia del superior (C. P. P., art. 217), de todas maneras se  presenta   la   posibilidad   de   examinar  irregularidades  procesales  (error  in    procedendo)   y/o  cuestiones  valorativas  sobre  los hechos y la aplicación del derecho de fondo  (error  iudicando),  sobre  todo  porque  la  primera  facultad  (anular  por  presencia de anomalías en el  proceso)   está  implícita  en  ambos  modos  de  activación  de  la  segunda  instancia,  en  virtud  del  imperativo mandato del artículo 305 del Código de  Procedimiento  Penal,  según  el cual el funcionario judicial -sin distinción-  que  advierta  alguna  de  las  causales  previstas en el artículo 304, deberá  decretar de oficio la nulidad.   

         Así  entonces,  interpuesto el recurso de apelación u ordenada la  consulta,  el funcionario de segunda instancia no sólo cumple su misión cuando  aprehende  de  fondo  el  asunto  sometido  a  revisión,  sino  también cuando  examina,  si  se  quiere  privilegiadamente,  la  regularidad  del procedimiento  desarrollado  en  primera  instancia  y  decreta  la  nulidad  por  error  en la  selección  típica  y  en  la  determinación  de  la  competencia objetiva y/o  territorial,  si  es  del  caso, con más veras cuando se trata de un factor que  constituye  presupuesto  procesal.   Esta  manera de proceder, según lo ha  sostenido  la  Sala  en  casos  similares  que examinó en el pasado, respeta no  sólo  la  dinámica  de  actuación  jerarquizada  que la ley ha acordado en la  administración  de justicia para resolver el recurso de apelación o desatar la  consulta,  sino  que  también deja a salvo su reiterado criterio doctrinario de  que  las  nulidades  sólo pueden ser decretadas por el funcionario que tenga la  competencia  legal, pues, aunque el revisor tenga reparos de facultad por razón  de  la materia o del territorio, de todas maneras ostenta la competencia por ser  el  superior  funcional  del  juez  apelado o de aquél que adoptó la decisión  cuya consulta se impone legalmente.   

         Sobre  el  particular,  según  se  decidió  en  el auto del 13 de  noviembre   de   1996   (M.   P.   Fernando  Arboleda  Ripoll), ha dicho la Corte:   

“La   competencia   funcional  prevista  legalmente   para   desatar  el  grado  jurisdiccional  de  la  consulta  -igual  reflexión   cabe   para  la  apelación,  se  aclara-  no  puede  obviarse  con  apriorísticos  razonamientos referentes a la adecuación típica de la conducta  -como  pretende  hacerlo  el  Tribunal Nacional-, porque de ser ello posible, el  adquem  podría,  pretextando  incompetencia,  no sólo abstenerse de revisar el  fallo  cuya  legalidad está funcionalmente llamado a sopesar, sino que a su vez  -y  en  forma contradictoria-, sin revisar la actuación, resultaría formulando  juicios  de  valor  en  torno  a  la  juridicidad  de la misma, haciendo de paso  nugatoria   la   estructura  jerarquizada  que  por  Ley  se  ha  hecho  de  los  funcionarios  llamados a resolver los recursos y el grado de jurisdicción, pues  en  últimas, un Juez Penal del Circuito resultaría desatando la consulta de la  sentencia proferida por un Juez Regional.   

“En  pretérita  oportunidad  la  Sala se  pronunció  en igual sentido cuando, con ponencia del Magistrado Calvete Rangel,  precisó:   

“La   razón   de   ser  del  grado  de  jurisdicción  de la consulta es que el superior conozca siempre de determinadas  providencias  proferidas  en primera instancia, de manera que si no son apeladas  sea  obligatorio  consultarlas,  con  el  fin  de  que  se  corrijan  errores in  iudicando  o  in  procedendo  que  resulten  subsanables,  o  que se invalide lo  actuado  y  se  reenvíe  el  expediente al funcionario que corresponda para que  rehaga la actuación.   

“El  principio de que las nulidades deben  ser  decretadas por el funcionario competente se respeta en esos eventos, porque  por  mandato  legal  el  único que puede invalidar una sentencia es el superior  funcional  del  juez  que  la  dictó,  y  esto  opera en segunda instancia y en  casación.   Una  indebida  interpretación  de  este  principio genera una  situación  no contemplada en la ley, como es que la apelación o la consulta la  terminen  resolviendo  horizontalmente,  o lo que es más inadmisible, por parte  de un inferior (auto de abril 24/96)”.   

         Cosa  sustancialmente  diferente  ocurre  cuando  el  conflicto  se  formula  en  la  primera  instancia,  porque  las  decisiones que allí se hayan  adoptado,   si  lo  fueron  por  funcionario  incompetente,  sólo  podrán  ser  anuladas,  si  a  ello  ha  lugar,  por  el  funcionario  que finalmente resulte  habilitado,  de acuerdo con las definiciones que en tal sentido haga el superior  funcional encargado de dirimir la controversia.   

         Así  singularizada  la  situación  de  esta disputa funcional, la  Corte  no  advierte  el  dilema  que plantea el Tribunal de Medellín, como para  tener  que  decidir  finalmente  por  razones  de  conveniencia y no por motivos  sensatos   de   sistemática   procesal   claramente   acogidos  en  la  ley  de  competencias,  habida  cuenta  que  si  el  Tribunal  Nacional  es  el  superior  funcional  del  Juez  Regional  que dictó la sentencia apelada, no podía dicha  corporación  declararse  incompetente  para  conocer en segunda instancia, así  fuera  para  hacer  un  mero  pronunciamiento  de nulidad por error in  procedendo, en virtud de la errónea  calificación  sumarial que él sugiere.  Mas como la colisión negativa de  competencia  fue  propuesta  y  sustanciada en debida forma, la Sala simplemente  potenciará  las  esbozadas  razones  para  asignar  el conocimiento al Tribunal  Nacional.   

         Ahora  bien,  si la Corporación señalada como competente opta por  la  vía  de  la  nulidad  que  ha  sostenido  en  el  auto  de  declaración de  incompetencia,  dado  que  la  relación  procesal  se  retrotraería a la etapa  sumarial  -ahí  si  por  el  medio  legal-,  lo  cuerdo sería que, en lugar de  expedir   copias   para   investigar   por  separado,  de  una  vez  el  órgano  jurisdiccional  que  resulte competente por razón de la materia, formalizara la  imputación  e integrara la acusación que echa de menos el Tribunal Superior de  Medellín,  o  las  excluya  por  el  conducto regular, si es el caso, porque de  manera  diversa  se  malogra  lo  que  ya  se  ha  adelantado  sobre la presunta  conservación   de  las  armas  de  uso  restringido  en  cabeza  del  vinculado  Tulio César Vargas Ospina,  tanto   en   la   indagatoria   como   en   otros   actos  de  composición  del  sumario.   

         En  mérito  de  lo expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE:  

         Asignar    el    conocimiento   de   este   proceso   al   Tribunal  Nacional.   Se  remitirá  copia  de  esta  decisión  a  la Sala Penal del  Tribunal Superior de Medellín.   

         Cópiese y cúmplase.   

CARLOS AUGUSTO GALVEZ ARGOTE  

FERNANDO   ARBOLEDA   RIPOLL                          RICARDO CALVETE RANGEL   

JORGE    CÓRDOBA    POVEDA                          JORGE ANÍBAL GÓMEZ  GALLEGO   

CARLOS   E.   MEJÍA   ESCOBAR                            DÍDIMO PÁEZ  VELANDIA   

NILSON    PINILLA    PINILLA                                                 JUAN    MANUEL   TORRES  FRESNEDA   

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

                                                                Secretaria.   

     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *