11640 (23-07-98)

1998

Asistente Jurídico Inteligente

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    PROCESO No. 11640  

                         CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                                  Aprobado acta No.109   

                                                                  Magistrado Ponente:   

                                                                  Dr. FERNANDO E. ARBOLEDA RIPOLL   

Santa  Fe  de Bogotá, D. C., veintitrés de  julio de mil novecientos noventa y ocho.   

                    Resuelve la  Corte  el recurso extraordinario de casación interpuesto contra la sentencia de  25  de  octubre  de  1994,  mediante la cual el Tribunal Nacional condenó a las  procesadas   MERY  ALVARAN  VALENCIA,  ANGELA  MARIA  RAMIREZ  ALVARAN  y  LUZ  VIANEY RAMIREZ ALVARAN, a la  pena  principal  de  24  años  de  prisión  como coautoras responsables de los  delitos  de  homicidio  en concurso homogéneo y conservación de armas de fuego  de   uso   privativo   de   la   fuerza  pública,  y  al  acusado  JUAN   CARLOS  CASTILLO  DELGADO,  a  la  principal  de  20  años  de  prisión,  como  coautor  en los homicidios.    

         

                      Hechos y  actuación procesal.   

                      El 17 de  diciembre  de  1990,  en  las  horas del medio día, las hermanas Ana Patricia y  Martha  Lucía  Escobar  Sánchez  salieron  de  su  residencia  ubicada  en  el  Municipio  de  Itagüí  (Antioquia),  en  compañía  de  Kenny Andrei y Daniel  Esteban  (hijos  menores  de  Ana  Patricia),  hacia  la  casa  de Mery Alvarán  Valencia,  situada  en  la  calle  53  No.79-56  de  Medellín,  quien se había  comprometido  a  suscribir  en favor de la primera un documento mediante el cual  se  obligaba  a  traspasarle  la  finca  de recreo “Villa Lucía”, ubicada en el  Municipio de Girardota.   

                         Dicho  inmueble  aparecía a nombre de Fernando León Ramírez Alvarán (hijo de Mery),  pero  había  sido  realmente  adquirido  por Norbey de Jesús Alvarán Valencia  (compañero  permanente  de  Ana  Patricia  y  hermano  de  aquélla),  quien al  comprarlo  decidió  que  los  documentos  se  hicieran  a nombre de su sobrino,  siendo  el  motivo  de  la  reclamación  la muerte de Norbey de Jesús el 25 de  octubre  de  1989  y  de  Fernando  León  el 21 de septiembre de 1990, ambos en  atentados (fls. 220.1).   

                   Ana Patricia  y  Martha  Lucía se movilizaban en el vehículo mazda 323 de placas QA-8145, de  propiedad  de  su cuñado Juan Carlos Castillo Delgado (compañero permanente de  Beatriz  Helena,  otra  hermana), quien asegura habérselo prestado ese día, al  término  de  la  mañana,  para  dirigirse  al  sitio  de la cita. Las hermanas  Escobar  Sánchez (Ana Patricia, Martha Lucía, María Eugenia y Beatriz Helena)  compartían  con  Juan  Carlos  y  sus  hijos (Kenny Andrei y Daniel Esteban) la  misma residencia (fls.6, 17, 19-1).   

                    Entre las 8  y  9  de la noche del referido día, unidades de la Policía Nacional, alertadas  por  la  presencia  de  un  carro  abandonado  en  la carrera 79 con calle 51 de  Medellín,  se dirigieron al lugar, encontrando en el baúl los cuerpos sin vida  de  Ana  Patricia y Martha Lucía, sobre una sábana de fondo blanco con rayas a  colores,  quienes  presentaban heridas con arma de fuego y arma blanca (fls.13 y  165-1).   

                      Por  una  carta  hallada  en  el interior del vehículo en la que aparecía el nombre y la  dirección  de  Juan  Carlos  Castillo  Delgado, se logró su ubicación, siendo  llevado  al  lugar  del hallazgo, donde reconoció el automotor y las víctimas.  Sometido   a   interrogatorio  por  los  investigadores  de  Policía  Judicial,  manifestó  que  los  autores del doble homicidio podían ser los miembros de la  familia  “ALVARAN”, hacia donde sus cuñadas habían salido con el propósito de  cumplir  una  cita,  y con quienes tenían diferencias por la titularidad de una  finca,  habiéndose  ofrecido a guiarlos hasta su residencia, no sin informarles  que  en  su  interior había caletas y seguramente armas y personas secuestradas  (fls.1, 44, 48-1).   

                      Obtenida  esta  información, los Subtenientes Luis Fernando Támara Gómez, tecnólogo en  criminalística,  y Henry David Torres Orjuela, Jefe de Contrainteligencia de la  Policía  Metropolitana  de  Medellín,  se dirigieron hacia la residencia de la  familia  Ramírez  Alvarán,  en donde, después de timbrar e identificarse como  miembros  de la Policía Nacional, la señora Mery les permitió voluntariamente  el ingreso.    

                        En  el  interior  de  la residencia se hallaban, además de la dueña de casa, sus hijos  Luz  Vianey  Ramírez  Alvarán  (20 años), Angela María Ramírez Alvarán (19  años),  Julio  León Ramírez Alvarán (16 años), Ana Silvia Villegas Alvarán  (9  años)  y  María Isabel Villegas Alvarán (7 años), su hermana María Orfa  Alvarán  de  Flórez  en  compañía  de  sus  pequeños hijos, y su nieto Juan  Camilo (hijo de Angela María).   

                     Informados  por  los  investigadores  de  la  muerte  de  las  hermanas  Escobar  Sánchez e  interrogados  los  miembros  de  la  familia  sobre el conocimiento que pudieran  tener  de  los  hechos, Luz Vianey comentó que ese día, encontrándose sola en  la  casa,  aproximadamente a la 1:30 de la tarde, llegaron Ana Patricia y Martha  Lucía,  en  compañía  de Kenny y Daniel Esteban. Cuando estaban ingresando al  inmueble,  aparecieron sorpresivamente 3 tipos que las empujaron hacia adentro y  las  obligaron a arrodillarse, manifestando que se trataba de un secuestro y que  Ana  Patricia  sabía  de  qué  estaban  hablando.  Luego  de recorrer la casa,  abrieron  el  garaje,  entraron  el  carro  y  trasladaron a Martha Lucía y Ana  Patricia  hacia  ese lugar. No escuchó nada, solo el motor del vehículo cuando  se  fueron.  Después  de  un  rato  llegaron  dos  motociclistas  a  recoger al  individuo  que  se  quedó  con  ella  y  a  uno más que vigilaba afuera. En el  discurrir  de  estos  hechos un residente de la casa vecina tocó la puerta para  pedirle  prestada una película, y ella debió decirle, por instrucciones de los  plagiarios,  que regresara por la noche. Además la amenazaron con matarla junto  con toda la familia si avisaba a la policía.   

                     Cuando los  intrusos  abandonaron  la  residencia, buscaron con Kenny el número telefónico  de  la casa de Ana Patricia en la libreta personal de ésta y se comunicaron con  María  Eugenia,  a  quien informaron lo sucedido. Minutos mas tarde llegó Juan  Carlos  por  los  niños,  quien igualmente escuchó su relato. Al marcharse, le  dijo  que  lo  mejor  era  guardar  silencio  y  esperar  comunicación  de  los  plagiarios.    

                   Se procedió  a  efectuar  un registro minucioso de la casa durante cuatro horas, hasta lograr  descubrir  dos  caletas,  en  una  de  las  cuales hallaron  los siguientes  elementos:  1)  Una  (1)  pistola Star calibre 7.65 No.1622147, pavonada, negra,  cachas  plásticas,  con silenciador. 2) Un (1) revólver hechizo calibre 22. 3)  Un  (1)  revólver  hechizo  calibre  3.57 (al parecer de dardos) con número de  patente  4.422.433.  4)  Treinta  y  tres  (33) cartuchos calibre 22, trece (13)  cartuchos  calibre  9  mm.,  siete  (7) cartuchos 380 mm., un (1) proveedor para  pistola  9  mm. y un (1) proveedor para pistola 7.65 mm. con siete (7) cartuchos  (fls. 1, 4, 43).   

                        En  el  garaje,  detrás  de  unos  estantes,  fueron también hallados una hebilla para  cabello  color  blanco  y  un  arete  del  mismo  color  con huellas de sangre y  cabellos  adheridos  a la misma y, en una de las alcobas, un juego de sábanas y  de  fundas  similares  a  la  encontrada  en  la  cajuela  del  vehículo.                                                                   

                   Terminada  la  diligencia  de  registro,  de  cuya  acta   se aportó copia al proceso  (fl.53),  se  dispuso el traslado de Mery Alvarán Valencia, Luz Vianey y Angela  María  Ramírez Alvarán, y de los elementos hallados, a las dependencias de la  Policía  Judicial,  donde fueron escuchadas en versión libre (fls.7, 8 y 9-1).   

                       Mery  explicó  que  ese  día  no se encontraba en la casa cuando ocurrió el plagio,  puesto  que había salido hacia la residencia de Oliva Londoño en compañía de  Elvia  de Jiménez, quien la recogió en su casa. Al regresar, a eso de las 5:45  de  la  tarde,  se  enteró  de  lo  ocurrido. No sabía de la existencia de las  caletas  en  los closet ni menos de las armas. Cuando mataron a su hijo Fernando  León,  le dijo a Ana Patricia que si quería le hacía los papeles de la finca,  no  por  miedo  sino  porque era mejor así, pero sin que se presentara problema  entre ellas (fls.7-1).   

                   Vianey se  mantiene   en   el   relato  que  hizo  de  los  hechos  a  Juan  Carlos  y  los  investigadores.  No sabe quién citó a las hermanas Escobar Sánchez a su casa.  Sobre   las   caletas   halladas  en  su  residencia  explicó  que  estos  eran  inicialmente  dos  huecos  y que su hermano, al adquirir la casa, mandó a poner  las  tapas,  pero  no  sabía  qué  guardaba  allí, aún cuando él sí tenía  armas.  No  se  explica  dónde pudieron haber encontrado la hebilla y el arete,  pues  en  el  garaje,  cuando cerró la puerta, no vio nada. En relación con la  finca  de  recreo,  comenta  que está a nombre de su hermano Fernando, quien la  recibió  de  su  tío  Norbey  de  Jesús,  y  que al morir éste, Ana Patricia  empezó  a recoger todas las propiedades, pero nunca reclamó dicha finca (fls.8  y vto.).   

                     Angela  María  relató  que  ese día salió de la casa aproximadamente a la 1:10 de la  tarde,  hacia  los  almacenes  Exito  a  comprar  una sudadera. Cuando regresó,  siendo  las  2:20  o  2:30, encontró a su hermana Vianey en compañía de Kenny  buscando  un  teléfomo  para  llamar a María Eugenia, a quien le comentaron lo  sucedido.  Como  a  la  hora llegó Juan Carlos por los niños. Problemas por la  finca  realmente  no  había porque su tío Norbey se la escrituró a su hermano  Fernando,  y  cuando  éste  murió  la finca entró en sucesión, y su mamá le  ordenó  al  abogado  que  cuando  terminara el proceso hiciera las escrituras a  nombre  de  Ana Patricia. Sabía de la existencia de las caletas, pero no de las  armas,  y  explica, en relación con la sábana hallada en el vehículo, que los  investigadores  debieron  darse  cuenta  de  la  existencia en el garaje de unas  colectas  de  ropa  y  un trasteo, razón por la cual cree que la pudieron haber  tomado  de  allí.  Dice  sospechar  de  Juan  Carlos, por ser la persona que le  venía   administrando   los   bienes   a   Ana   Patricia   (fls.9,  9  vto,  y  10-1).              

                  Al proceso  fueron  vinculados  mediante  indagatoria  Mery  Alvarán  Valencia,  Luz Vianey  Ramírez  Alvarán  y  Angela  María  Ramírez  Alvarán, y por declaración de  persona  ausente   Juan  Carlos  Castillo  Delgado  (fls.34,  37, 29, 417 y  418-1).  Las  primeras mantuvieron en lo sustancial sus versiones, agregando que  durante  la  diligencia  los  oficiales  apagaron  las  luces, las amenazaron de  muerte,   registraron   la   casa   sin   permitir  acompañamiento,  torturaron  físicamente  a  Julio  León  metiéndolo  de  cabeza  en  una  lavadora,  y se  apoderaron de joyas y dólares.   

                         La  investigación  estableció que el Subteniente Henry David Torres Orjuela, quien  estuvo  presente en la diligencia de levantamiento de los cadáveres e intervino  en  el  registro  de  la  residencia  de la familia Ramírez Alvarán, mantenía  amistad  con  Ana  Patricia,  a  quien  conoció  en el mes de julio de ese año  (1990)  con  motivo  de  la muerte de Iván Darío y Luz Helena Escobar Sánchez  (hermanos  suyos)  y  Diego  Fernando Castillo Delgado (hermano de Juan Carlos),  quienes  perdieron  la vida en un enfrentamiento con una patrulla de la Policía  Nacional el 9 de julio de 1990 (fls.48, 202, 203, 204, 232 -1).   

                        Los  Oficiales  Luis  Fernando  Támara  Gómez  y  Henry  David  Torres  Orjuela, en  declaraciones  rendidas el 27 de diciembre siguiente, relataron la forma como se  adelantó  la  diligencia  de  registro,  dejando  en  claro  que  al  llegar se  identificaron  como miembros de la Policía Nacional, y le pidieron a la señora  de  la casa autorización para realizar un registro, que demoró cerca de cuatro  horas.  No es cierto que los miembros de la familia hubieran sido torturados, ni  que  se  apoderaran  de  bienes  de su propiedad. Afirman que la pistola olía a  pólvora  y  que el garaje presentaba signos de haber sido lavado recientemente.  Sus  puertas  presentaban algunas pequeñas manchas al parecer de sangre y en el  ambiente  se  podía  percibir  el olor característico de ésta. El laboratorio  móvil  de  la policía tomó muestras de las manchas para examen y fotografías  del  lugar,  pero  este  material nunca fue allegado al proceso (fls.44 y 48-1).  Contra  estos  oficiales  se  presentó  un  atentado  el  2  de  enero de 1991,  perdiendo  la  vida  Torres  Orjuela (fls.59, 74-1).                                                                                                                                  

                     El 5 de  los  citados  mes y año, el Secretario del Juzgado instructor (Décimo de Orden  Público  de  Medellín), denunció la desaparición de las oficinas del Juzgado  de  la  pistola  Star, el silenciador, el proveedor y la munición incautados en  la  diligencia  de  registro  (fls.55,  57  y  70-1).  Remitidos al Instituto de  Medicina  Legal  la  hebilla,  dos  aretes  (uno  incompleto)  y  un moño, para  establecer  la  presencia  de  sangre humana en estos elementos, se obtuvo   resultado positivo (fls.368, 455, 456 y 457-1).   

                        Los  protocolos  de  necropsia  de  las  víctimas  informan  de  la presencia de dos  impactos  de  arma  de  fuego  en  la cabeza de cada una de ellas, y una lesión  adicional  con  arma  blanca  a  nivel de línea media escapular izquierda en el  cuerpo  de  Ana Patricia (fls.174 y 176-1). De igual manera, de la recuperación  de   dos   proyectiles,   cuyo  examen  en  balística  arrojó  los  siguientes  resultados:  “proyectil  blindado  con  camisa  de ferrocobre y núcleo de plomo  calibre  7,65  mm”,  disparados  con  arma  semiautomática (pistola) de similar  calibre (fls.349 y 350-1).         

                        Del  proceso   hacen  parte  los  testimonios  de  María  Eugenia  Escobar  Sánchez  (fls.19);  Silvio  de  Jesús Villegas Jaramillo (segundo esposo de Mery), quien  falleció  en  un  atentado  el 21 de febrero de 1991 (fls.75 y 234-1); Myriam y  María  Orfa Alvarán Valencia, hermanas de ésta (fls.116 y 123-1); Julio León  Ramírez  Alvarán (fl.120 vto.-1); Jesús Antonio Ramírez Giraldo, hermano del  primer  esposo  de Mery (fls.430-1); Carlos Arturo Cataño Correa, vecino de las  acusadas,  quien  se refiere al llamado que le hizo la tarde de los hechos a Luz  Vianey  para  que  le  facilitara  unas  películas  (fls.428-1);  Elvia  Esther  Aristizábal  de  Jiménez y Carmen Julia Londoño (Oliva), personas con quienes  habría  estado  Mery Alvarán Valencia la tarde del insuceso (fls.150 y 152-2);  Ernesto  Rivera  García,  abogado  que  elaboró en el mes de diciembre de 1990  algunos  documentos  a  instancias  de  Ana  Patricia, entre ellos un escrito de  promesa  en  el  cual  Mery  Alvarán  se  comprometía  a  enajenar en favor de  aquélla  la  finca  situada en Girardota (fls.77 y 109-1); Hilda Nora Zapata de  Botero,  modista  de las hermanas Ana Patricia y Martha Lucía (fls.111 vto.-1);  y,  Héctor  de  Jesús  Jurado Aranas, médico de la familia Ramírez Alvarán,  quien          declara          sobre          su         buena         conducta  (fls.429-1).                                                                                    

                    Por auto  de  4  de  enero de 1991, el instructor resolvió la situación jurídica de las  procesadas  Mery Alvarán Valencia, Luz Vianey Ramírez Alvarán y Angela María  Ramírez  Alvarán  con medida de aseguramiento de detención preventiva por los  delitos  de  homicidio y conservación ilegal de armas de fuego de uso privativo  de  la  fuerza pública, el primero en concurso homogéneo; y, por auto de 23 de  abril  de  1992, la de Juan Carlos Castillo Delgado, con medida de aseguramiento  de detención preventiva por el doble homicidio (fls.61 y 470-1).   

                  Cerrada la  investigación  se  la  calificó  con  resolución acusatoria por los referidos  ilícitos,  con la aclaración de que respecto de los homicidios concurrían las  circunstancias  agravantes de los numerales 1º, 4º y 7º del artículo 324 del  Código  Penal,  y que los procesados respondían en calidad de coautores (fls.7  y  44-2).  Esta  decisión  fue  confirmada  por  la  Fiscalía Delegada ante el  Tribunal   Nacional,   mediante   proveído   de  dos  (2)  de  agosto  de  1993  (fls.28-3).   

                  Rituada la  causa,  un Juzgado Regional de Medellín condenó a las procesadas Mery Alvarán  Valencia,  Luz  Vianey  y Angela María Ramírez Alvarán a la pena principal de  24  años  de  prisión  y la accesoria de interdicción de derechos y funciones  públicas  por  10  años, como autoras responsables de los delitos de homicidio  (doble)  y  conservación  de  armas  de  fuego  de uso privativo de las fuerzas  Militares;  y  al    acusado  Juan  Carlos  Castillo Delgado a la pena  principal  de 20 años de prisión y la accesoria de interdicción de derechos y  funciones  públicas  por  el  término  de  10  años, como coautor en el doble  homicidio (fls.213-2).   

                   Impugnado  este  fallo  por  las  procesadas  y el defensor de Juan Carlos Castillo Delgado  (fls.232,  243,  245  y 279-2), el Tribunal Nacional, mediante el suyo que ahora  es  objeto  del  recurso de casación, lo confirmó en todas sus partes (fls.3 y  ss. cd. Tribunal).   

                        Las  demandas.   

                    A nombre  de Mery Alvarán Valencia:   

                        Con  fundamento  en  la  causal  primera  de casación, cuerpo segundo, el demandante  acusa  la  sentencia  impugnada  de  violar indirectamente la ley sustancial por  errores  de hecho y de derecho en la apreciación de las pruebas, que llevaron a  la  aplicación  indebida  de  los  artículos  324  del Código Penal y 2º del  Decreto  3664 de 1986, adoptado como legislación permanente por el Decreto 2266  de 1991, así:   

                    a) Error  de  derecho  por  falso  juicio  de  legalidad  al  habérsele dado validez a la  diligencia  de  allanamiento y registro practicada por los oficiales Henry David  Torres  Orjuela  y  Luis Fernando Támara Gómez la noche del 17 de diciembre de  1990  en  la  residencia de la familia Ramírez Alvarán, sin orden de autoridad  judicial competente.   

                    La falta  de  mandamiento  escrito  del  Juzgado  que  efectuó  el  levantamiento  de los  cadáveres,  la  hora  en  que  se practicó el allanamiento, las intimidaciones  proferidas  a  los  miembros de la familia y la intervención del oficial Torres  Orjuela,  amante  de  Ana  Patricia,  convierte  en ilegal su práctica. La sola  presencia  del  citado  oficial,  quien   estaba en contacto permanente con  Juan  Carlos  Castillo,  tornan  sospechosa  su actuación e irregular la prueba  aducida.  Desconcierta  que  haya  sido  él  quien  encontrara  la  pistola, la  hebilla,  el arete, los fragmentos de cabello, quien buscara afanosamente joyas,  y quien pretendiera que Luz Vianey tomara con sus manos el arma.   

                        Los  indicios  que los fallos aducen para afirmar la responsabilidad de Mery Alvarán  Valencia  en los hechos, como el hallazgo en la casa de la pistola, la hebilla y  el  arete, la circunstancia de encontrarse el garaje recién lavado, y el olor a  sangre,  no  pueden  ser  valorados como tales debido a que la prueba es nula de  pleno  derecho  por  haber sido irregularmente aducida, según lo establecido en  la Carta Política (art.29).   

                         b)  Incurrió  también  el juzgador en error de hecho por falso juicio de identidad  al  apreciar  la  indagatoria  de Luz Vianey, quien afirma que cuando sucedieron  los  hechos  estaba  sola en la casa, lo cual quiere decir que ni Mery ni Angela  María  se  encontraban  presentes,  no  existiendo  en  el  recaudo  probatorio  elemento    de    juicio    alguno    que    permita    llegar   a   conclusión  distinta.   

                    c) Error  de  hecho por falso juicio de identidad en la apreciación del acta de necropsia  de  Ana  Patricia, puesto que el juzgador afirma que solo recibió “disparos con  arma  de  fuego”,  cuando  la  verdad  es  que  también  fue lesionada con arma  cortopunzante,  lo  cual  permite inferir la intervención plural de personas en  el hecho.   

                    También  distorsionó  el  protocolo  de  necropsia  y  el  acta  de levantamiento de los  cadáveres  al  sostener  que  en  el  garaje  de  la  casa “se causó la muerte  violenta  de  las  mellizas  Ana  Patricia  y  Martha  Lucía”,  lo  cual es una  suposición,  ya que estas pruebas no permiten deducir si la muerte se produjo o  no en el interior de la residencia.   

                  d) Ignoró  el  juzgador,  incurriendo en error de hecho por falso juicio de existencia, los  testimonios  de  Luz  Angela  Jiménez,  Myriam  Alvarez  Valencia y María Orfa  Alvarán,  cuando  afirman  que entre las hermanas Escobar Sánchez y la familia  Ramírez  Alvarán  no  existía  enemistad,  lo  cual resultó importante en el  proceso de auscultación del móvil.   

                     e)  Se  incurrió  también  en  error  de hecho por falso juicio de existencia al haber  sido  ignorados  los  testimonios  de  Luz  Angela Jiménez Hoyos y Elvia Esther  Aristizábal,  quienes  reafirman  la  versión  de Mery en el sentido de que la  tarde de los hechos no se encontraba en su casa.   

                     Si  el  sentenciador  no  hubiera  incurrido en estos errores, habría dejado de aplicar  los  artículos  324  del  Código  Penal  y los Decretos 3664 de 1986 y 2266 de  1991.  Por consiguiente, pide que se case la sentencia y en su lugar se absuelva  a su representada (fls.57 del cuaderno del Tribunal).   

                    A nombre  de Luz Vianey Ramírez Alvarán:   

                                                

                        Dos  cargos,  uno  al  amparo  de causal tercera y otro con fundamento en la primera,  presenta el demandante contra la sentencia impugnada.   

                                 

                     Causal  tercera:   

                    El fallo  se  profirió  en  un  juicio  viciado  de  nulidad  por  incompetencia  de  los  funcionarios  judiciales  que  conocieron  del  proceso,  con  violación de los  artículos 256, 264 y 304.1 del estatuto procesal.   

                     En  la  diligencia  de registro fueron incautadas armas de fuego, cartuchos, proyectiles  y  otros  elementos  que  era  necesario  someter  al  análisis  de expertos en  balística  con  el  fin  de  elucidar  su naturaleza, estado de funcionamiento,  calibre,  boca  de  fuego,  alcance,  aptitud  de lesividad y, sobre todo, si se  trataba  de armas de defensa personal o de uso privativo de las Fuerzas Armadas,  para  poder fijar la competencia, prueba que hubiera permitido conocer, además,  si  los  proyectiles  hallados en los cuerpos de las víctimas fueron disparados  con estas armas.   

                       Este  cotejo  se tornó un imposible debido a la desaparición del material incautado.  Y  si  la  pericia  no  logró  efectuarse, ni sus resultados contradecirse, mal  puede  el  juzgador  concluir  que  se está en presencia de dispositivos de uso  exclusivo  de  la  fuerza  pública.  Por  tanto, se ha incurrido en un vicio in  procedendo  por  incompetencia, y en un ostensible error de garantía, en cuanto  que  la  determinación  de la naturaleza de las armas tiene profunda incidencia  en     la     dosificación    punitiva.                                                           

                                                                                                                                          

                     Causal  primera:   

                  Violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  por  errores  de  hecho  y  de derecho en la  apreciación  de  las  pruebas,  que  llevaron  a  la  aplicación  indebida del  artículo  324  del  Código Penal y Decretos 3664 de 1986 y 2266 de 1991.                                              

                    a) Error  de  derecho  por  falso  juicio  de  legalidad  debido a que el juzgador otorgó  validez  a  la  diligencia de allanamiento y registro practicada la noche de los  hechos  en  la  residencia  de la familia Ramírez Alvarán, no obstante haberlo  sido  sin  orden  previa del funcionario instructor, con intimidación, y por un  funcionario   que   tenía   interés   en   unos  determinados  resultados.  Su  fundamentación  es  idéntica  a  la  que  preside  igual  cargo  en la demanda  anterior.   

                    b) Error  de  hecho  por  falso  juicio  de identidad debido que los juzgadores apreciaron  incorrectamente  la  indagatoria  de  Luz Vianey en cuanto afirma que se hallaba  completamente  sola  cuando  llegaron  a  su casa las hermanas Escobar Sánchez.   

                     En sus  distintas   actuaciones,   la   procesada   hace  idéntica  afirmación,  y  la  investigación  no  ofrece  elemento  de  juicio  alguno que la desvirtúe. Y si  estaba  sola,  como  ha de aceptarse, resultaba imposible para ella perpetrar la  muerte  de  las  dos  damas,  meterlas  dentro  del  baúl y luego trasladarlas.   

                         El  sentenciador  no  tuvo en cuenta que la versión proporcionada por Luz Vianey en  indagatoria  es  exactamente  la  misma  que  expuso  extraprocesalmente, la que  suministró  a  los  agentes  de  la  policía  que  conocieron  del caso, a los  familiares  de las víctimas, y la que han explicitado las otras acusadas en sus  indagatorias.  En  el  informe  policial se hace alusión a su relato, pero esta  prueba  no fue tenida en cuenta por el juzgador, incurriendo por este modo en un  falso  juicio  de  existencia. Tampoco fue tenida en cuenta la advertencia de la  procesada  cuando  sostiene:  “yo  solo se que a nosotros nos están culpando…  porque  salimos  muy beneficiadas con la muerte de Ana Patricia… pero nosotros  no  tenemos  nada a nombre de ella, el único beneficiado sería Juan Carlos que  le administraba a ella mucho dinero”.   

                       Esta  explicación  es  acogida  en la sentencia recurrida, donde se hace la siguiente  reflexión:  “Acudió  solícito  y  presto  Castillo  Delgado  a  reconocer los  cadáveres  y  a reclamar los bienes. Muertas las mellizas, suya la fortuna. Fue  la  relación  de  parentesco  lo  que  originó  la codicia de apoderarse de la  nefasta  herencia.  Obsérvese que siempre se ha subrayado su afán por reclamar  los  bienes,  y  ese  afán  no  puede  situarse…  de  manera  aislada  a  los  acontecimientos   que   rodearon  el  violento  deceso  de  las  consanguíneas”  (fls.79).   

                  Si el más  interesado  en  la muerte de las hermanas Escobar Sánchez era Castillo Delgado,  y  el  móvil  venía dado por la codicia ¿ cómo afirmar el mismo móvil en la  persona  de  Luz Vianey, a quien en verdad nada beneficiaba la muerte de las dos  hermanas?   

                    c) Error  de  hecho por falso juicio de existencia al haber sido ignorados por el fallador  los  testimonios  de Luz Angela Jiménez, Myriam Alvarán Valencia, Elvia Esther  Aristizábal  y  Carmen  Julia  Londoño,  cuando sostienen que entre la familia  Ramírez  Alvarán  y  las  hermanas  Escobar  Sánchez no existía malquerencia  alguna,  sino  cordiales  relaciones. Si estos elementos de prueba hubieran sido  apreciados  por  el  juzgador,  habría aceptado la inexistencia de móvil en el  delito de homicidio (fls.67 cuaderno del Tribunal).   

                    A nombre  de Angela María Ramírez Alvarán:   

                                                                      

                    Al igual  que  en la demanda de casación que viene de ser compendiada, dos cargos, uno al  amparo  de  la  causal tercera y otro con apoyo en la primera, presenta el actor  contra la sentencia impugnada.   

                     Causal  tercera:   

                     En  su  enunciado  y  fundamentación  este cargo es literalmente idéntico al propuesto  en  la demanda anterior por incompetencia de los funcionarios que conocieron del  proceso.    Por   consiguiente,   se   considera   innecesario   reproducir   su  contenido.                      

                     Causal  primera:   

                  Violación  indirecta  de  la  ley sustancial por aplicación indebida de los artículos 324  del  Código  Penal  y  2º del Decreto 3664 de 1986 (D. 2266 de 1991), debido a  errores   de   hecho   y   de   derecho  en  la  apreciación  de  las  pruebas,  así:      

                    a) Error  de  derecho por falso juicio de legalidad al haber sido apreciada y valorada por  el  sentenciador la diligencia de allanamiento y registro practicada la noche de  los  hechos  en  la residencia de la familia Alvarán, no obstante su ilegalidad  manifiesta.  Como argumentos de este reparo presenta los mismos que adujo frente  a igual cargo en la primera demanda.   

                    b) El ad  quem  ignoró  las  declaraciones  de  Elvia  Esther  Aristizábal, Carmen Julia  Londoño,  Carlos  Arturo  Cataño,  Luz Angela Jiménez, Julio León Ramírez y  María  Orfa  Alvarán.  Si  las hubiera analizado, habría concluido que Angela  María  y  Mery no estuvieron en su casa la tarde del 17 de diciembre de 1990 y,  por  tanto,  que  no  podían ser coautoras de la muerte de las hermanas Escobar  Sánchez,  si es que se acepta que su ejecución se produjo en dicho lugar, como  lo plantea el Tribunal.   

                       Este  manifiesto  error  de  hecho, por falso juicio de existencia, llevó al juzgador  “a  presumir  el  fenómeno  de la coautoría y a presumir el nexo de causalidad  entre   la  acción  desplegada  por  las  imputadas  y  el  resultado  muerte”.   

                        Del  estudio  del  fallo impugnado se concluye que el Tribunal dejó de considerar la  prueba   testimonial  que  avala  las  afirmaciones  de  Angela  María  en  los  siguientes  aspectos:  a)  Su  no  presencia  en  el  lugar de los hechos; b) La  ausencia  de  interés  económico  para  intervenir en los homicidios; y, c) La  existencia de relaciones cordiales con las víctimas.   

                         La  ausencia  de móvil surge de la declaración del abogado Ernesto Rivera García,  quien  afirma que el proceso sucesorio de Fernando, hijo de Mery, aún no había  sido  iniciado. Y si la finca de Girardota estaba a su nombre, y la señora Mery  tenía  garantizado  el  derecho  sucesorio,  qué  beneficio  reportaba  a  las  procesadas  la muerte de las hermanas Escobar Sánchez? Lo mismo no ocurría con  Castillo  Delgado,  quien  opuestamente sí tenía interés, como lo reconoce la  propia sentencia: “Muertas las mellizas, suya la fortuna”.   

                    Si el ad  quem  no  hubiera  distorsionado el dicho del doctor Rivera García, incurriendo  en  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad,  no habría afirmado la  existencia de móvil económico en las acusadas.   

                  c) Ignoró  también  el fallador los testimonios de Elvia Esther Aristizábal, Carmen Julia  Londoño,  Carlos  Arturo  Castaño, Luz Angela Jiménez y Orfa María Alvarán,  quienes  dan fe de las cordiales relaciones existentes entre las imputadas y las  hermanas  Escobar  Sánchez.  Transcribe  los  apartes  corrrespondientes de sus  dichos  y  afirma  que  si  el  ad  quem los hubiera tenido en cuenta no habría  afirmado,  como lo hizo, la existencia de malquerencias e interés económico en  la comisión del ilícito.   

                                                       

                         d)  Desconoció  igualmente  el Tribunal los limpios antecedentes de las procesadas,  y  los  testimonios  de Héctor de Jesús Jurado, Arturo Cataño Correa y Jesús  A.  Ramírez,  quienes  pregonan  la  ausencia  de  vocación  criminal  de  las  acusadas,  exaltando  su buena conducta. Este error de hecho por falso juicio de  existencia  llevó  al juzgador a predicar vocación criminal donde no la había  y responsabilidad penal donde no estaba demostrada.   

                         e)  Soslayó  también  el  ad quem el escrito de Angela María que aparece a folios  489-1,  donde  afirma:  “El  día  en  que  sucedió la muerte de Ana Patricia y  Martha  Escobar  Sánchez  yo no me encontraba en mi casa, la única razón para  que  me  involucraran  en  esta  investigación  fue  mi presencia en la casa al  momento  del  allanamiento.  Todo  lo  que  sé  de  cómo  se desarrollaron los  acontecimientos me lo informó mi hermana Vianey”.   

                       Esta  versión  la  ha venido sosteniendo en todas sus actuaciones procesales, sin que  haya  sido  desvirtuada.  Por  el contrario, aparece confirmada por sus hermanos  Luz  Vianey  y  Julio  León,  y el informe policial suscrito por el Subteniente  Luis Fernando Támara Gómez.   

                  Apoyado en  estas  consideraciones  pide  a  la  Corte  decretar  la nulidad de lo actuado a  partir  de  la  resolución  de  clausura de la investigación o, en su defecto,  proferir  sentencia  absolutoria en favor de la acusada (fls.84 del cuaderno del  Tribunal).                                       

                    

                    Concepto  del Ministerio Público:   

                         El  Procurador  Tercero  Delegado  en  lo  Penal  responde en el siguiente orden los  distintos  cargos  propuestos por el defensor común de las procesadas contra la  sentencia recurrida.   

                     Causal  tercera.   

                    

                       Esta  censura  debe ser desestimada por cuanto la existencia y naturaleza de las armas  incautadas  tiene  comprobación plena en el proceso, según pudo constatarlo el  juzgado  instructor,  donde fueron recibidas, habiendo verificado que se trataba  de  una  pistola  calibre  7.65  mm.  con  silenciador,  un revólver calibre 22  hechizo,  un  revólver  calibre 3.57 hechizo, munición calibre 22.9 mm. y 3.80  mm.,  un  proveedor  para  pistola  9mm.  y  uno  para  pistola  7.65  con siete  cartuchos.   

                         La  existencia  de  estos  elementos  no  ha sido puesta en duda ni siquiera por las  procesadas,  quienes en las indagatorias aceptaron su hallazgo en el interior de  la  casa.  Además,  el  informe policial hace referencia a su incautación y el  instructor los recibió materialmente.    

                        Los  Juzgados  de  Orden público deben conocer de los delitos relacionados con armas  de  uso  privativo  de las Fuerzas Militares, dentro de las cuales se encuentran  las  dotadas  de  accesorios especiales como silenciadores, que es la situación  que se presenta en el caso en estudio.   

                   Cierto es  que  el  dictamen  pericial resultaba importante para la investigación, pero su  ausencia  no desvirtúa la naturaleza del armamento incautado, ni su existencia,  ni   la   circunstancia  de  tratarse  de  una  pistola  calibre  7.65  mm.  con  silenciador,  que  fue lo que determinó la competencia de los Juzgados de Orden  Público.   

                   El cargo,  por consiguiente, debe ser desestimado.    

                     Causal  primera.   

                     1.  En  relación  con  el  cargo  por  error  de derecho por falso juicio de legalidad,  originado  en la apreciación de la diligencia de allanamiento, sostiene que las  unidades  de  la  Policía  Nacional  que  participaban  en  las  diligencias de  averiguación  preliminar, obtuvieron información de Juan Carlos Castillo en el  sentido  de  que en la residencia de la familia Ramírez Alvarán existían unas  caletas,  razón  por  la  cual se dirigieron al lugar, no sin consultar con sus  superiores, habiéndoseles permitido el ingreso al inmueble.   

                   Cierto es  que  los  policiales  no contaban en ese momento con orden de autoridad, pero la  actitud  permisiva  de  los  moradores le quitó a la diligencia el carácter de  allanamiento,  que  como  es  sabido  implica  la utilización de la fuerza o la  invocación  de  la prerrogativa constitucional que se concede a las autoridades  públicas para penetrar en domicilio ajeno en casos especiales.   

                  El derecho  a  la inviolabilidad del domicilio no se quebranta cuando quien tiene el derecho  permite  el ingreso, caso en el cual la orden escrita de autoridad competente no  es   necesaria.  La  diligencia,  en  dicho  supuesto,  muta  su  naturaleza  de  allanamiento  por  la  de  registro, tal como quedó consignado en el acta de la  diligencia.                             

                  Los fallos  de  instancia  relacionan  como  evidencia  encontrada  en la casa de la familia  Ramírez  Alvarán,  las manchas de sangre en las paredes, las sábanas, el olor  que  se  percibía  en  el  ambiente,  la  hebilla del cabello, los aretes y las  armas;  todo  lo  cual les sirvió de fundamento para afirmar la responsabilidad  de las implicadas en los hechos.   

                     Y aún  cuando     se    pretendiera    desconocer    la    diligencia    de    registro  “jurisprudencialmente  existe una teoría ampliamente aceptada según la cual es  posible  desconocer  la  prueba  nula  o ilegal, pero las pruebas que de ella se  deriven  se  aceptan;  las  evidencias  que  de ella se desprendan, se valoran o  aprecian,  en tanto que las irregularidades ocurridas al momento de la práctica  de  una  prueba,  no  pueden  afectar  la  validez misma de unas evidencias cuya  existencia material resulta indesconocible”     

                   Dentro de  estos  parámetros,  preciso  es  concluir  que no existió el error denunciado,  pues  la  diligencia  contó con la aquiescencia de los dueños de casa, lo cual  elimina  el  carácter  ilegal  que  pretende  imprimirle  el  casacionista. Por  consiguiente,   este   cargo,   que   es   común  a  las  tres  demandas,  debe  desestimarse.   

                    2. Error  de  hecho  por falso juicio de identidad en la apreciación de la indagatoria de  Luz  Vianey  Ramírez  Alvarán,  quien  afirma  que  la  tarde de los hechos se  hallaba completamente sola en la casa.   

                         En  relación  con  esta  censura  sostiene que los juzgadores hicieron un análisis  del  conjunto  probatorio, incluyendo testimonios, indagatorias e indicios, para  concluir  que  las  tres  sindicadas  se  hallaban en la casa                          

cuando  se presentaron los homicidios. Esto  lo  dedujeron  de  la  indagatoria de Luz Vianey como de los testimonios con los  cuales  pretendieron  respaldar  sus dichos, y que se advierten contradictorios,  incoherentes y preparados.   

                     En las  anotadas   condiciones   no   puede  afirmarse  que  la  indagatoria  haya  sido  erróneamente  apreciada,  pues  a  su  descalificación  se  llegó después de  analizar   otros  medios  de  prueba,  que  permitieron  arribar  a  conclusión  contraria.   

                         3.  Respecto  del  error  de  hecho por falso juicio de identidad en la apreciación  del  protocolo  de  necropsia  de Ana Patricia, por desconocimiento de la herida  causada  con  arma cortopunzante, la Delegada sostiene que los juzgadores jamás  desconocieron  su  existencia,  además que su análisis en nada podría afectar  la responsabilidad deducida a las procesadas.   

                     4.  En  cuanto  el  error de hecho por falso juicio de existencia, originado en la falta  de  apreciación  de  algunos  testimonios, afirma que todos fueron examinados y  valorados  en los fallos, y que la circunstancia de no haber sido acogidos, como  lo   pretende   el   demandante,   no   indica   que   se  incurriera  en  dicho  desacierto.   

                    Distinto  de  no  haber  sido  considerados, es que a los funcionarios no les brindaran la  certeza  suficiente  para  desvirtuar  la  responsabilidad  de  cada  una de las  acusadas, seriamente comprometida por otros medios de prueba.   

                    5. Error  de  hecho  por  falso  juicio  de identidad en la apreciación del testimonio de  Ernesto  Rivera. En punto de este ataque, el Procurador afirma que del contenido  de  la  prueba  surge  clara  la  connotación  económica  de  los  delitos  de  homicidio,  y  que  esa  concreta  motivación  no  logró  desvirtuarse  con la  restante  prueba  testimonial, ni las indagatorias de las implicadas. Niega, por  tanto,  que  la  mencionada prueba haya sido tergiversada, y agrega que no es el  único medio de convicción que apunta a demostrar dicho interés.   

                     6.  En  relación  con  el escrito de Angela María Ramírez donde reafirma su inocencia  alegando  que  la  tarde  de  los  hechos  no se encontraba en la residencia, la  Delegada  sostiene que las pruebas fueron analizadas y valoradas en su totalidad  por  las  sentencias,  y las conclusiones obtenidas de ellas, no por disentir de  las pretendidas por el casacionista, son ilegales.   

                    Pide, en  consecuencia, no casar el fallo impugnado.   

                         SE  CONSIDERA:      

                                           Nulidad.   

                       Este  cargo,  común  a las demandas presentadas a nombre de las hermanas Luz Vianey y  Angela  María  Ramírez  Alvarán,  se  fundamenta  en la consideración que la  justicia  regional  carecía de competencia para conocer del proceso, puesto que  procesalmente  no  se  acreditó,  a  través  de  una  pericia  técnica,  como  correspondía  hacerlo,  que  las  armas incautadas en la diligencia de registro  fuesen de uso privativo de las fuerza pública.     

                        Una  primera  aclaración  que  amerita el reproche así propuesto, es que en nuestro  sistema  procesal penal rige el principio de libertad probatoria, de acuerdo con  el  cual  cualquier  medio,  regularmente  aportado  al proceso, es apto para la  demostración   de   los   elementos   constitutivos   del   hecho  punible,  la  responsabilidad  del  imputado  y la naturaleza y cuantía de los perjuicios; de  suerte  que  la prevalencia demostrativa que el casacionista pretende atribuirle  a  la  prueba  pericial  en  el  concreto  ámbito  de  la  acreditación de los  elementos      configurantes     de     la     conducta     típica,     resulta  equivocada.        

                     No  se  desconoce  la  importancia que esta prueba puede llegar a tener en el proceso de  determinación  de  la  naturaleza  de  un arma en concreto, pero esto no quiere  decir  que indefectiblemente deba acudirse a ella para poder establecerla, o que  su  acreditación  no  pueda  obtenerse  a  través  de  elementos  distintos de  convencimiento.   

                         La  intervención  de  un  experto  en  hoplología  puede   resultar necesaria  cuando  las  características  del  arma  son  desconocidas  en el proceso, o se  albergan  dudas  respecto  de  ellas,  mas  no  cuando  los  elementos de prueba  aportados,   o  las  particularidades  del  artefacto  decomisado,  permiten  al  funcionario    judicial   determinar   directa   e   inequívocamente    su  naturaleza.   

                  En el caso  sub  judice, entre las armas halladas en la residencia de la familia Alvarán se  encuentra  una  pistola  Star calibre 7.65 mm. con silenciador, según consta en  el  acta  de  registro  (fls.53),  los  informes  policiales  (fls.1, 3, 4), las  anotaciones  dejadas  con  ocasión de su pérdida (fl.57 y 70), los testimonios  de  los  oficiales  de la policía que participaron en la diligencia de registro  (fls.44  y  48),  y  lo  acepta  el  demandante  en  el  desarrollo  del  cargo.   

                     La sola  circunstancia  de  tratarse de un arma de fuego dotada de silenciador, resultaba  suficiente  para  concluir,  sin otro tipo de consideraciones y sin necesidad de  averiguar  por  las  demás  características  del artefacto, que la competencia  para  conocer  del  proceso  radicaba  en  la  justicia  regional, pues tanto el  Decreto  2003  de  1982  en  su  artículo  4º, literal c), vigente para cuando  ocurrieron  los  hechos,  como el 2535 de 1993, en su artículo 8º, literal i),  derogatorio  del  anterior,  clasifican como armas de uso privativo de la fuerza  pública   las   dotadas   de   accesorios   o   dispositivos  especiales,  como  silenciadores.                                                   

                       Dada  entonces  la naturaleza del arma y las normas reguladores de la competencia para  entonces  vigentes,  y  las  que se dictaron con posterioridad (Decretos 2790/90  art.9º,  099  de  1991 art.1º; 2271 de 1991 art.9º; 2700 de 1991 art.71 y ley  81  de  1993, art.9º), no existe duda de que el conocimiento del proceso debía  ser asumido por la justicia regional, como en efecto ocurrió.   

                    El cargo  no prospera.   

                  Ilegalidad  de la diligencia de registro.   

                     Ha sido  criterio  reiterado  de  la  Corte  que  cuando  la diligencia de penetración y  registro  del domicilio se efectúa con el consentimiento de quien tiene derecho  a  oponerse  a  ella,  no  es  necesario  que  medie orden motivada de autoridad  judicial  competente para que la actuación sea legítima, puesto que el morador  puede,  dentro  del  ámbito  de  su autonomía personal, permitir la entrada de  quienes   lo  visiten,  incluidos  los  representantes  de  la  autoridad  (Cfr.  Casaciones  de  17 de noviembre de 1994, Mag. Dr. Mejía Escobar; y, 8 de agosto  de 1996, Mag. Doctor Córdoba Poveda, entre otras).   

                  En el acta  de  la  diligencia de registro, suscrita por las procesadas (fls.53-1), se dejó  constancia  expresa  en el sentido de haberse permitido por los moradores,   libre  y  voluntariamente,  el  acceso de las unidades de policía judicial a la  residencia,  situación  de  la cual dieron cuenta después las imputadas en sus  indagatorias  (fls.  29,  34 y 37-1), al igual que Julio León Ramírez Alvarán  (fls.120  vto-1)  y los Oficiales que intervinieron en ella (fls.44 y 48-1). Mas  aún,  por  afirmaciones  de  los  mismos ocupantes del inmueble se sabe que los  visitantes  se  identificaron  como  miembros  del  F-2 de la Policía Nacional,  vestían de civil, y portaban brazalete (fls.121-1).   

                    En estas  condiciones,  resultaba  innecesaria  la obtención de una orden para proceder a  la  penetración  y  registro del inmueble, pues los investigadores, después de  proceder  a  su  identificación, contaron con la autorización de los moradores  para hacerlo.   

                    Respecto  de  la  hora  en la cual se llevó a cabo la diligencia, es de precisarse que la  prohibición  de  realizar  registros  nocturnos  desapareció con la entrada en  vigor  del  Decreto  050 de 1987, estatuto que regía cuando se practicó el que  es  objeto  de  cuestionamiento,  pudiéndose cumplir a cualquier hora, y que su  validez,  por  tanto, no puede verse afectada por la circunstancia de haber sido  practicado  en  las horas de la noche, además de que esta limitación no regía  cuando  mediaba  consentimiento  del  morador  (Cfr.  art.  356  Decreto  409 de  1971).   

                   En cuanto  dice  relación  con los malos tratos y los actos de intimidación supuestamente  aplicados  por  el  personal  de  la  policía nacional en el desarrollo de esta  diligencia,  de  los  cuales  informan  las procesadas en sus indagatorias y los  testigos  Julio León Ramírez Alvarán y María Orfa Alvarán de Flórez en sus  declaraciones,  debe  asumirse  que  se  trata de una simple maniobra defensiva,  pues  no  se  explica  la  razón por la cual estos actos de atropello no fueron  denunciados  por  las  acusadas  en  el  momento  de suscribir el acta, o en las  dependencias  de  Policía  Judicial,  a  donde  luego  fueron conducidas, ni al  rendir    versión    libre,    y    solo    vinieron    a    hacerlo   en   sus  indagatorias.        

                    Es más.  Mientras  se  cumplía  la  diligencia  de registro, la residencia de la familia  Alvarán  fue  visitada por una patrulla de la policía que llegó a indagar por  lo  que  estaba  ocurriendo,  sin  que sus moradores presentaran queja alguna en  relación  con  el  procedimiento que venía cumpliéndose. De este incidente da  cuenta  el  testigo  Julio León Ramírez Alvarán, en los siguientes términos:  “alguien  como que llamó a la policía porque llegó un carro con tres señores  de  civil  y  uno  uniformado,  todavía estaba Torres y los otros en la casa, y  entonces  Torres  saludó  al  que estaba uniformado y él les (sic) mostró una  hoja  al  policía  uniformado,  que  era  la  hoja que mi mamá había firmado,  entonces  cuando  los  que  llegaron vieron la hoja se fueron, pero Torres y los  otros se quedaron” (fls.122-1).   

                      Todos  estos  interrogantes,  terminan  por confirmar los dichos de los Subtenientes de  la  Policía Nacional Luis Fernando Támara Gómez y Henry David Torres Orjuela,  según  los  cuales  los  moradores  fueron  tratados  con  respeto,  y  que las  acusaciones  que  al  unísono  hicieron  en  relación  con  la sustracción de  valores  y  los  maltratos  físicos  y  psicológicos,  no  corresponden  a  lo  realmente sucedido.    

                  Un último  argumento  presentado  por  el demandante en desarrollo de este concreto reparo,  guarda  relación  con  la  intervención  del  Oficial  Torres  Orjuela  en  la  diligencia  registro,  y  su  alegada  condición  de  “amante”  de  una  de las  víctimas.                                                                                                             

                   Al margen  de  que  el casacionista no precisa las razones de orden legal por las cuales la  intervención  de  Torres  Orjuela  viciaría  la  validez  del referido acto de  perquisición,  ni  señala  las  normas  de  derecho procesal que habrían sido  violadas,  es  claro  que  el reparo se construye sobre meras suposiciones, como  quiera  que  se  fundamenta  en  la existencia de un vínculo sentimental que el  investigador  no  reconoce,  y  que nadie con certeza afirma en el proceso. Y no  por  ser  conocido  de  la  occisa,  o  mantener alguna amistad con ella, estaba  inhabilitado  para  intervenir  en  los  actos  de  investigación previa.    

                  Además de  esto,  al  frente  del caso no solo se encontraba el Subteniente Torres Orjuela,  sino  también  el Oficial Támara Gómez, en su condición de Jefe del Grupo de  Vida  e  Integridad  Personal de la Policía Metropolitana del Valle de Aburrá,  para   quien   las   víctimas  eran  totalmente  desconocidas  (fls.1  a  10  y  44).   

                  Tampoco se  advierte,  ni  el  actor  hace el menor esfuerzo por precisarlo, el interés que  podría  albergar  el  Oficial  Torres Orjuela en perjudicar a las procesadas, a  quienes  ni  siquiera  distinguía, como para pensar que pudo haber manipulado o  falseado  la prueba recogida en la diligencia de registro, que es en últimas el  planteamiento  que  el  casacionista  termina haciendo en su enrevesado escrito.   

                       Este  cargo,    común    a    las    tres    demandas,    debe    por    consiguiente  desestimarse.   

                                           Distorsión  de  la  versión  de Luz Vianey Ramírez                               Alvarán.   

                  Se incluye  en  las  demandas presentadas a nombre suyo y de Mery Alvarán Valencia. Para el  demandante,  los  juzgadores  incurrieron  en error de hecho por falso juicio de  identidad,  al dejar de apreciar las afirmaciones de la acusada en el sentido de  que se hallaba sola la tarde que ocurrieron los hechos.   

                        Las  conclusiones  de  los  fallos respecto de la presencia de las tres procesadas en  su  residencia  del  barrio  Los Colores la tarde del insuceso, estuvo precedida  del  análisis  conjunto  de  los  elementos de prueba allegados al informativo,  entre  ellos  el dicho de Luz Vianey, como puede verse en los siguientes apartes  del  fallo  de  primer grado, donde paralelamente se hace un estudio crítico de  los  testimonios  de  Luz  Angela  Jiménez  Hoyos, Elvia Esther Aristizábal de  Jiménez  y  Carmen  Julia  Londoño,  aportados  con  el  propósito  de  darle  consistencia  a  los  dichos  de  las  acusadas en este punto:      

                     “De la  deponencia  de  Luz  Angela  Jiménez  Hoyos,  surge este interrogante: Por qué  motivos  Luz  Vianey  quedó  de  encontrarse  con la declarante a las dos de la  tarde  de  la  fecha de los luctuosos hechos dizque para que la acompañara a un  banco,  y  aunque  la  esperó nunca llegó? Y que posteriormente se enteró que  había  sido  detenida y recuérdese también que esta deponente antes de rendir  su  declaración  admite  que visitó a las acusadas en la cárcel y todo indica  que  fue  previamente  aleccionada,  porque  dice que Mery no estaba en su casa,  pues   que   se   encontraba   donde   una  amiga.  Donde  cuál  amiga  y  qué  hora?.   

                  “Entre las  versiones  juramentadas  de  las señoras Elvia Esther Aritizábal de Jiménez y  la  de  Carmen Julia Londoño se aprecian contradicciones respecto de la hora en  que  llegó  la  primera en compañía de Mery a la residencia de Carmen Julia y  también  hay contraposición en relación a la hora de salida. Y algo que causa  extrañeza  y hace que estos testimonios se reciban con beneficio de inventario.  Según  la  sindicada  fueron a visitar a la Londoño porque esta tenía un hijo  enfermo  y  según el dicho de Elvia Esther era por la pobreza. Cuál de las dos  versiones  es cierta. Y estas atestaciones están arregladas, porque mírese que  Carmen  Julia  expresó  que  trabajó  en  la residencia de la familia Ramírez  Alvarán  hasta  ese  17  de  diciembre  precisamente  fecha  del  crimen de las  hermanas  mellizas,  entonces  por  qué  ese mismo día la visitaron? Algo más  extraño,  Elvia  Esther asegura que en la habitación de Carmen Julia no había  línea  telefónica  y  Carmen Julia Asegura todo lo contrario, que su teléfono  es  el No. 2449353 y para no dar ninguna credibilidad a estas versiones, súmese  (sic)  Carmen  Julia  Londoño  admite  haber  visitado a las procesadas una vez  recluidas en el centro carcelario.   

                     “Estos  testimonios   de   las   personas   referenciadas  en  acápites  precedentes  y  recepcionados  a  última  hora,  cuando  ya las personas habían visitado a las  procesadas  en  el  reclusorio,  es y teniendo en cuenta sus contradicciones, lo  que  no  permite  a  la  judicatura  que  sean  admitidos,  deben ser rechazados  totalmente  porque  no  se  ciñen  a  la  sana crítica testimonial” (fls.224 y  225-2).   

                        Por  inexistencia  del  error denunciado deberá entonces desestimarse este reproche,  pues,  como viene de verse, no es que los juzgadores hayan dejado de apreciar en  parte  el  dicho  de  Luz  Vianey,  propiciando  la distorsión de su expresión  fáctica,  sino  que  su  versión  fue  estimada  y  desechada  por  habérsela  considerado  artificial,  tanto  en  este  aspecto como en lo relacionado con el  relato  que  hace  acerca del plagio de que habrían sido víctimas las hermanas  Escobar Sánchez, sobre el cual el ad quem precisa:   

                  “En lo que  hace  relación  a  la explicación de las rematadas en el sentido de haber sido  las  mellizas  objeto  de  un secuestro, observa la Sala que ello no comporta el  menor  respaldo y deviene en simple pretensión liberatoria infundada, mas si no  se  pasa  por  alto,  como  no  se  ha hecho, que no se dio aviso inmediato a la  Policía;  que  no es creíble la versión de la omisión por miedo, y que si se  hubiese  tratado  de  un secuestro, inexplicable resulta el uso de las sábanas,  como  también  que  solo  se les hubiera plagiado justo en la residencia de las  aprehendidas  y  no  en  cualquier  otro  momento  o cuando menos en el trayecto  previo  a  ella;  sumándose  del  mismo modo la circunstancia derivada de la no  aportación  de  dato  alguno  sobre los presuntos secuestradores, con la pueril  excusa de no haberlos observado.   

                     “No es  entonces,  como  lo  pretende  el  impugnante,  que  no  se haya desvirtuado tal  versión  del  secuestro;  es  que  el  mismo,  llanamente  no  existió. Por el  contrario,  todo  el elemento de prueba valorado pone de relieve su inexistencia  para destacar la perpetración de los homicidios…” (fls.12-3).   

                      Falso  juicio  de  existencia  por  no  haber  sido                              apreciados  los  testimonios  de  Luz  Angela  Jiménez                                   Hoyos,  Elvia  Esther  Aristizábal  y  Carmen  Julia                                     Londoño.   

                        Las  transcripciones  que se hicieron en el acápite inmediatamente anterior muestran  claramente  que  este error no existío, puesto que las referidas pruebas fueron  objeto  de  análisis  en  las  sentencias, situación que descarta, de suyo, la  concurrencia del referido desacierto.   

                     Ha  de  recordarse  que  el  error  de  hecho por falso juicio de existencia se presenta  cuando  el  Juzgador  ignora  la prueba que obra materialmente en el proceso, no  cuando  habiéndola  apreciado decide desestimarla porque frente a las reglas de  la  sana  crítica  no  le merece crédito, que fue lo ocurrido en relación con  los anotados testimonios.   

                                 

                      Falso  juicio  de  existencia  por  haber  sido                        ignorados  los testimonios que  informan  de  las                             cordiales    relaciones   existentes   entre  las                       familias   Escobar   Sánchez   y   Ramírez  Alvarán.   

                       Este  reparo  se reduce al simple enunciado, pues el demandante se limita a relacionar  los  elementos  de prueba que dan cuenta del hecho y a señalar que su análisis  por  parte  de  los  juzgadores  habría  permitido  concluir que las procesadas  carecían  de  motivos  para  atentar  contra  la  vida  de las hermanas Escobar  Sánchez.   

                         No  obstante  su  absoluta  falta  de  motivación,  dos  precisiones  amerita  este  reproche.  En  primer término, que la existencia de una relación aparentemente  cordial  entre  las familias Ramírez Alvarán y Escobar Sánchez no descarta el  móvil  de  naturaleza  económica  que  sirve  de  sustento  a  los  fallos  de  instancia,  cuyo  contenido  se  hace derivar de las diferencias surgidas por la  titularidad de la finca de recreo “Villa Lucía”.   

                  En segundo  lugar,  que  no  es  cierto,  como  lo  afirman  los  testigos  citados  por  el  demandante,  que  las  relaciones  entre  las  mencionadas  familias continuaran  siendo  amistosas  después  de  la muerte del esposo de Ana Patricia. La propia  Angela  María,  al  ser  preguntada  en  su indagatoria por el conocimiento que  tenía  de  las  hermanas Escobar Sánchez, respondió: “Yo las conocí a ellas,  las  dos muertas, hace más o menos por hay (sic) ocho años, en Campo Vélez en  Medellín,  Ana  Patricia era la esposa de mi tío Norbey Alvarán ya fallecido,  de  Martha  Lucía  no  sé  casi  nada, ella trabajaba, iba a mi casa, pero muy  poco,  y  ya  después no sabía nada de ella; de Ana Patricia, ella después de  que  mi  tío murió, se alejó mucho de nosotros, iba muy de vez en cuando a la  casa  de nosotras en los Colores… no sé más porque ella se alejó demasiado,  demasiado” (fls.30-1).         

                    Luego el  error   así   planteado,   además   de  no  haber  sido  desarrollado,  sería  intrascendente.   

                                           Tergiversación  del  testimonio  del abogado Ernesto                                Rivera           García.   

                   Entre los  elementos  de  prueba  tenidos  en  cuenta  por los juzgadores de instancia para  reafirmar  el  decidido propósito de las víctimas de recuperar la finca “Villa  Lucía”,  y  proclamar  esta  pretensión  como  causa de su ajusticiamiento, se  encuentra  la  versión  de  este  testigo, quien asegura haber elaborado en los  primeros  días  del  mes de diciembre de 1990, a instancias de Ana Patricia, un  documento  en  el  cual  la  señora Mery Alvarán se comprometía a enajenar en  favor  suyo  la  referida finca, condicionando el otorgamiento de la escritura a  la  terminación  del  proceso  sucesorio  de su hijo Fernando, a cuyo nombre se  encontraba  el  inmueble,  trámite  que sería adelantado por el mismo abogado.   

                      Estas  afirmaciones,  son  tomadas  con fidelidad absoluta por los fallos de instancia,  como  puede  verse en el siguiente aparte de la sentencia de primer grado, donde  se   hace  alusión  a  su  dicho,  y  de  cuya  confrontación  se  infiere  la  inexistencia del error denunciado:        

                   “También  debemos  tener  en  cuenta: el nexo económico que por razón de una parcela que  había  adquirido  en  vida  el  señor Norbey Alvarán Valencia y que compró a  nombre  de  su  sobrino  Fernando  Ramírez  Alvarán  (fallecido),  siendo  sus  legítimas  herederas  las  imputadas Alvarán Valencia y Ramírez Alvarán y de  esto  da  cuenta  en  su  relato  juramentado  el  doctor Ernesto Rivera García  (fl.109)  quien  hizo  la  minuta  de  la  finca  en favor de la hoy extinta Ana  Patricia.  Y  mírese y téngase en cuenta que Mery Alvarán en su diligencia de  descargos  pretendió  a  toda  costa  negar este hecho, con lo cual únicamente  quiso  desvirtuar el nexo de causalidad existente entre las muertes violentas de  las  dichas  colaterales  y  por  ende  el  móvil  del  homicidio”  (fls. 218 y  219-2).   

                    Distinto  que  los  juzgadores  hayan  puesto  a decir a la prueba lo que materialmente no  dice,  es  que  el actor no comparta las conclusiones del fallo, o malinterprete  su  verdadero  sentido,  como cuando se apoya en afirmaciones que las instancias  no hacen para tratar de fundamentar una determinada postura.   

                         El  interés  que  se atribuye a las procesadas en la muerte de las hermanas Escobar  Sánchez  no se hace depender de un eventual derecho hereditario de éstas en la  sucesión  intestada  de  Fernando,  como  equivocadamente  lo  ha  entendido el  impugnante,  pues  es  claro  que  no  lo tenían y que su muerte en nada podía  alterar  los  resultados  del  proceso  sucesorio.  Lo  que  se dijo, o se quiso  expresar,  es  que  con  la muerte de Ana Patricia, quien se había empeñado en  recuperar  la  finca,  la  familia  Alvarán  allanaba  el  camino para quedarse  definitivamente    con    ella,    razonamiento    que   por   lógico   resulta  atendible.             

                                           Tergiversación   del   contenido   del  protocolo  de                                    necropsia  de  Ana  Patricia  y  pretermisión  de los                                    testimonios  que  informan  de  la  buena  conducta de                                    las procesadas.   

                      Estos  reproches  adolecen  de  unos  mismos  defectos:  intrascendencia  manifiesta  y  motivación   descontextualizada   respecto   de   los   supuestos  fácticos  y  probatorios de los fallos de instancia.   

                      En el  primero  de  ellos,  el  casacionista  acusa  la  sentencia de haber ignorado la  herida  causada a Ana Patricia con arma cortopunzante, pero sin explicar de qué  manera  este  yerro  incidió en la decisión de condena. Sus consideraciones se  reducen  básicamente  a  dos:  Que  la  causación  de  lesiones  de naturaleza  distinta  indica  la  presencia  de  varios  autores, argumentación que deviene  inane  si  se  tiene  en  cuenta que la sentencia reconoce este hecho; y, que el  lugar  donde  se  produjo  la  muerte  no  es posible deducirlo del protocolo de  necropsia,   afirmación  que  causa  perplejidad  como  quiera  que  no  guarda  correspondencia    con    las    motivaciones    de    los    fallos   en   este  punto.                                 

         

                         La  conclusión  de  los  juzgadores  en  el  sentido  de  que  las víctimas fueron  ejecutadas  en  el  garaje  de  la  casa  de  la familia Alvarán, se obtuvo del  análisis  de  elementos de prueba de naturaleza indiciaria, como el hallazgo en  ese  lugar  de  una  hebilla y un arete de propiedad de una de las víctimas con  residuos  de sangre; la presencia de pequeñas manchas de naturaleza parecida en  la  puerta  del mismo; los vestigios de haber sido recientemente lavado; el olor  que expelía; y, la utilización de la sábana, entre otros.   

     

                  Situación  similar  devela  el  segundo reparo, pues los fallos no afirman la existencia de  vocación  criminal en las acusadas, ni el casacionista demuestra cómo su buena  conducta  anterior  tiene  la  virtualidad  de  derruir la prueba incriminatoria  allegada en su contra.   

                   Visto que  ninguno  de  los  reparos  propuestos  por  el  demandante con fundamento en las  causales  tercera y primera de casación está llamado a prosperar, se impone su  desestimación.                  

                  En mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL, oído el  concepto  del  Procurador  Tercero Delegado, administrando justicia en nombre de  la república y por autoridad de la ley,   

                   R E S U E  L V E:   

                         NO  CASAR la sentencia impugnada.   

                                           Devuélvase al tribunal de origen. CUMPLASE.   

                                      JORGE  CORDOBA  POVEDA                                      

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL      RICARDO   CALVETE  RANGEL                         

CARLOS        A.        GALVEZ  ARGOTE             JORGE     ANIBAL     GOMEZ  GALLEGO   

EDGAR           LOMBANA  TRUJILLO             CARLOS      E.     MEJIA  ESCOBAR                                

DIDIMO            PAEZ  VELANDIA            NILSON  PINILLA  PINILLA   

                         

                                       Patricia     Salazar  Cuéllar   

                                                 SECRETARIA         

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