10287 (18-02-98)

1998

Asistente Jurídico Inteligente

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    PRESCRIPCION/ EJECUTORIA  

1.  La ley toma  como  referente  para  el  cómputo  del  “término de  prescripción  de  la  acción  penal” el “máximo  de pena” que ella misma fija para  el  delito,  pero en manera alguna identifica o confunde dos conceptos que tiene  bien   diferenciados   y   que   cumplen  otras  funciones  en  el  ordenamiento  jurídico-penal.   Cierto  es que uno de ellos sirve de base para construir  el  otro,  pero,  a  pesar  de  ello, el segundo también alcanza vida jurídica  independiente  y  tiene  su  propio  valor.  En efecto, prueba patética de  dicha  autonomía  conceptual  es que si la ley en cualquier caso prevé para el  hecho  punible una pena máxima superior a veinte (20) años de privación de la  libertad,  incluidas  las  reducciones  o  intensificaciones  que  se  hacen  en  abstracto  por  las circunstancias de atenuación o agravación concurrentes, en  modo     alguno    el    término    prescriptivo    podría    superar    dicha  cantidad.   

2.   De  modo que, además de determinar  un   límite   superior  al  cómputo  de  la prescripción, la cifra o lapso de veinte (20) años constituye  en  sí  misma un término de prescripción,  precisamente  el  máximo  que  autoriza  la  ley  para  que  los  funcionarios  judiciales  desarrollen la acción penal.  La lectura inicial  del  artículo  80  del  Código  Penal  indica  que,  detectado el “máximo  de pena fijado en la ley” para el  delito,  si  no  es  inferior  a  5  ni  superior  a  20 años, dicho quantum se  convierte   en   “término  de  prescripción  de  la  acción”.   

3.   Y  si  dicha  lectura  se  adelanta  progresivamente,  camino  a la integración sistemática con el artículo 84 del  mismo  Estatuto,  se  verá  que  este  precepto  ya  no  menciona  el  punto de  referencia  del  “máximo  de  la  pena  fijada  en la  ley”,  sino  que  alude  de  una  vez, sin mediaciones  conceptuales,   a   la   “interrupción  del  término  prescriptivo  de  la acción”, precisamente porque este  último  concepto  ya  había  quedado consolidado en la previsión íntegra del  artículo 80.   

4.   Decir  que  como el máximo de pena  previsto  para el homicidio agravado en aquel entonces era de treinta (30) años  de  prisión,  entonces,  producida  y ejecutoriada la resolución de cargos, el  nuevo  término  de  prescripción  sería  de  quince  (15)  años (la mitad de  aquella  cifra),  supone sostener previamente que el lapso inicial de extinción  era  de  30  años,  premisa  que  es  absurda e ilegal, frente a la categórica  prohibición  del  artículo 80 para no desbordar los 20 años que se contemplan  como   extremo  superior  de  la  prescripción.   En  otras  palabras,  de  conformidad  con  el  artículo  84, coherentemente sólo puede afirmarse que la  aplicación  matemática  de  la  mitad siempre debe hacerse en relación con un  término de prescripción permitido.   

5.  A pesar de la implicación funcional  de  los  artículos  80  y  84  examinados,  nótese  que  el último previó la  reducción    a    la    mitad    del   término   de  prescripción   señalado  en  el  primero,  una  vez  ejecutoriada  la  resolución  de  enjuiciamiento,  y  sólo  hizo  la  salvedad  respecto  de  la  fijación  mínima  de ese nuevo término, que en ningún caso  podrá  ser  inferior  a  cinco  (5)  años.   Es  decir, no existe expresa  advertencia  legislativa  de  que, a pesar de la autorizada reducción del lapso  prescriptivo  a  la  mitad,  en  todo  caso  el límite máximo nunca se podría  rebajar  de  veinte  (20)  años,  previsión  especial  que sí se hizo para el  cálculo del linde mínimo.   

A  partir  de una visión sistemática de las  pertinentes  normas del Código de Procedimiento Penal Colombiano, no es posible  hablar  de  la  ejecutoria  ni de la ejecutividad parcial de los fallos, como lo  sugiere  el  Ministerio Público.  En efecto, el tema ya fue tratado por la  Sala  en el auto del 10 de diciembre pasado, cuya ponencia correspondió a quien  ahora actúa en la misma condición, y se dijo lo siguiente:   

“2.   Las  decisiones  judiciales quedan  ejecutoriadas o están   en  firme,  de  acuerdo  con  los  artículos  197  y  223  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  cuando  no  se  interponen  recursos  dentro  del  término  legal  o, si se trata de decisiones  inimpugnables,  el  día  en  que  sean autorizadas con la firma del funcionario  responsable,  o si es el caso, una vez se resuelvan las impugnaciones o se surta  el grado jurisdiccional de la consulta.   

“De modo que, independientemente de la actitud  omisiva  de  algunas  partes,  la  impugnación  de una sola de ellas difiere la  ejecutoria  de  la  sentencia  para  todos,  máxime  que  los fallos de primera  instancia   siempre   son   apelables   en  el  efecto  suspensivo,  mecanismo  de  acuerdo  con  el cual, por  regla  general,  se  detiene su cumplimiento y, obviamente, también se paraliza  la   competencia  del  inferior  para  ejecutarlo  hasta  cuando  se  decida  lo  pertinente   por   el   superior   funcional   (C.   P.   P.,   arts.   203-1  y  204-a).   

“…”  

“8.  El sistema de la casación también  tiene  sus  propios  matices  que  conducen  al  mismo  lugar,  esto  es,  a  la  afirmación  de  la  unidad de ejecutoria y de ejecución de la sentencia.   En  efecto, cómo pensar en la ejecutoria personalizada de los fallos de primera  y  segunda  instancia,  en relación con las partes no recurrentes, si el debate  de  casación  contiene  entre  sus  previsiones  legales  la posibilidad de que  prospere  la demanda sobre la base de que la sentencia se haya dictado dentro de  un  juicio  viciado  de  nulidad  o  que  forzosamente la Corte deba decretar la  invalidez  de  oficio  (C.  P. P., arts. 220-3 y 228).  Y no importa que el  artículo  197  esté  formalmente  dispuesto  en  un  capítulo  atinente a los  “recursos  ordinarios”,  pues  la  verdad es que su contenido abarca también la  ejecutoria  de  las  decisiones  de  casación.  Además, la regulación de  este   recurso   extraordinario   consagra  el  efecto  extensivo de la sentencia, según el cual la decisión  se  puede  proyectar  a  los  no  recurrentes,  sin  detrimento del principio  de  no  agravación, extensión  que  procesalmente  se  legitima  mediante  la  previa  notificación  del  auto  admisorio  de  la  demanda  a  los  no  impugnantes  (idem,  arts.  227,  243  y  245).   

“Por  la  circunstancia de que alguno de los  interesados  no  haya  interpuesto  recursos,  no es coherente afirmar que dicha  contingencia  ha  lugar  a  dos fallos cuya firmeza y ejecutividad se sitúan en  distintos  contextos,  máxime  si se reconoce que obedecen a instancias o sedes  jurisdiccionales  marcadas por la jerarquía funcional.  Si la sistemática  del  ordenamiento  procesal  penal  colombiano  se  decide por la unificación o  comunidad  de los términos para recurrir, y por ello éstos se cuentan a partir  de     la     “última    notificación”,  no  resulta  consistente  derivar de tan inequívoca tendencia la  dispersión  de  la  ejecutoria  y  ejecución  de  las  sentencias de primera o  segunda  instancia, pues, todo lo contrario, tal inferencia sería inconciliable  con la premisa (C. P. P., arts. 196 y 223)”.   

PROCESO No. 10287  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JORGE ANÍBAL GÓMEZ GALLEGO  

Aprobado Acta N° 20  

Santafé  de  Bogotá,  D. C., dieciocho de  febrero de mil novecientos noventa y ocho.   

VISTOS:  

         La  Sala  tiene  pendiente  la  decisión  del recurso de casación  interpuesto  en  favor  de  algunos  de  los  procesados,  en  relación  con la  sentencia  de  segundo grado dictada por el Tribunal Nacional, que está fechada  el  20  de  agosto  de  1992,  por medio de la cual revocó el fallo absolutorio  proferido  por un Juez de Conocimiento de Orden Público de Santafé de Bogotá,  el  día 12 de febrero del mismo año, y, en lugar, condenó a la pena principal  de   veintiocho   (28)   años   de   prisión   a   los  acusados  Juan  Tadeo Espitia Supelano, Fredy José Rivera Arboleda, Wilberto  Antonio  Rivera  Meza,  Froilán  Rivera  Meza,  Emperatriz  Santander  Cancino,  Robison  Rafael  Rivera Arrieta, José Miguel Gamboa López, Miguel Angel Vargas  Castro,     Hernando     Franco    D’laytz,  Gloria Medellín, Diana Giraldo Rodríguez y Hernán Rafael  Lora  Mendoza,  después  de  declarar  demostrada la  responsabilidad  de los mismos en el concurso de hechos punibles de homicidio     y     secuestro    extorsivo    agravados,  cometidos  en  perjuicio  de la vida y la libertad de la señora  Gloria      Lara     de     Echeverry.   En la misma decisión, se impuso la pena principal de doce  (12)  años  de  prisión  a  los coprocesados Rodrigo  Alberto  Penilla  Candela, Betty Suárez Mahecha, Víctor Manuel Rojas Cárdenas  y   Graciela  Inés  Acosta  Barrera,  quienes  sólo  habían  sido  acusados  por  el  delito  de secuestro  extorsivo  agravado,  consumado  en  detrimento de la  libertad de la mencionada dama.   

         Ha  presentado  su  concepto  previo  el  señor Procurador Segundo  Delegado en lo Penal.   

HECHOS:  

         El   Tribunal  Nacional  resume  los  episodios  delictivos  de  la  siguiente manera:   

“El 23 de junio de 1982, a eso de las 7:30  p.  m.,  cuando  la  Dra.  GLORIA  LARA  DE ECHEVERRY, a la sazón, Directora de  Integración  y  Desarrollo  de  la  Comunidad  del  Ministerio  de Gobierno, se  desplazaba  en  su vehículo oficial, de sus oficinas a su residencia ubicada en  el  Norte  de  esta  Capital,  fue interceptada a la altura de la Carrera 17 con  Calle  36, por varios sujetos armados de pistola y metralleta que se movilizaban  en  otro vehículo, y quienes de inmediato, procedieron por la fuerza a penetrar  al  auto  oficial, inutilizando al conductor y llevándose secuestrada a la Dra.  LARA  DE  ECHEVERRY  en  un  tercer  automóvil que esperaba por el lugar de los  acontecimientos.   

“Poco después de ocurridos estos hechos,  QUERUBIN  SANCHEZ,  conductor  del  vehículo  oficial,  quien  fuera  dejado en  libertad  por los plagiarios en otro sitio de la ciudad, dio cuenta del insuceso  a  los familiares de la Dra. GLORIA LARA, y éstos, a las autoridades policivas,  quienes   de   inmediato  entraron  a  desplegar  la  actividad  propia  de  sus  funciones.   

“Desde   entonces,   varios  jueces  de  instrucción  criminal,  con  la  colaboración  permanente de los organismos de  Policía  Judicial  del  Estado,  y  de  los  mismos  allegados  a  la víctima,  realizaron  toda  clase  de  diligencias investigativas, en procura de lograr su  rescate  sana  y  salva, así como la identificación de los responsables de tan  repudiable  hecho.   Empero,  sólo  después del 28 de noviembre de 1.982,  fecha  en que fue hallado su cadáver en las inmediaciones del Barrio Bonanza de  esta  capital,  cubierto  con  una  tela  de  color  negra con la sigla en rojo,  O.R.P.,  la  investigación del secuestro, y ahora también, por el homicidio de  la  Dra.  GLORIA  LARA  DE  ECHEVERRY, entró en una etapa de esclarecimiento al  producirse  pistas  de  suma  importancia, suministradas por la información del  Agente  del  D.A.S  José  Vicente  González, gracias a la cual, fue posible la  captura  de  los  implicados  pertenecientes a la O.R.P., y la aceptación de su  participación  en  los hechos, primero, en versión rendida ante miembros de la  Brigada  de  Institutos  Militares, con funciones de Policía Judicial, y luego,  ante el propio Juez Investigador.   

“En  efecto,  el  detective José Vicente  González,   adscrito   al  Departamento  Administrativo  de  Seguridad  D.A.S.,  mediante  escrito  fechado el 6 de diciembre de 1982, y que obra a folios 4, 5,y  6    del    C.    O.    N°    4    ‘Certificó  que  ha  recibido la siguiente información relacionada  con  el  Secuestro y posterior asesinato de la Señora GLORIA LARA DE ECHEVERRY,  y  cuya  fuente  es  de suma credibilidad            …’.   

“A continuación, el certificante señala  que  el  6  de  diciembre  del  año  en  curso  (1982), un particular con quien  conversó  hacia  las  15:30  horas,  en  un lugar de esta ciudad, le manifestó  pertenecer  al  Movimiento  Revolucionario del Pueblo, antes Movimiento Nacional  Democrático,  sustituido  por  otro, conocido como Democracia Popular, el que a  su  vez, por divergencia de sus dirigentes, se dividió en dos:  El Partido  del  Trabajo  en  Colombia  y la Organización Revolucionaria del Pueblo O.R.P..  orientada ésta por VICTOR MANUEL ROJAS CARDENAS y MIGUEL GAMBOA.   

“Agrega  el  detective  González, que su  informante  le  manifestó que para los años de 1980, 1981 y primer semestre de  1982,  la  O.R.P.  estaba  integrada  por  más o menos 15 militantes, entre los  cuales  figuraban  VICTOR  MANUEL  ROJAS CARDENAS, FERNANDO MARTINEZ, a quien se  distingue  como  homosexual;  JUAN  TADEO  ESPITIA SUPELANO, MIGUEL ANGEL VARGAS  CASTRO,  DIANA  GIRALDO  RODRIGUEZ,  a  quien  se  distingue  como  profesora de  primaria  y  amante  de  ESPITIA  SUPELANO;  MIGUEL GAMBOA, NUBIA SANDOVAL, RAUL  N.N.,  ALBERTO  N.N.,  EMPERATRIZ  SANTANDER CANCINO, a quien se identifica como  amante  o  esposa  de  MIGUEL GAMBOA y ‘Representante’   a  la  Asamblea  Departamental,  HERNAN  LORA  MENDOZA  y  FREDY  RIVERA.   

“Expresa  el  secreto  del  D.A.S.  en su  certificación,  que  de  acuerdo  con  su  informante, en el mes de junio/82 se  reunieron  en  la  calle  23  con  Cra. 12, edificio de la esquina, Oficina 412,  MIGUEL  GAMBOA,  EMPERATIZ  SAMPER  (sic)  CANCINO, JUAN TADEO ESPITIA SUPELANO,  FREY  RIVERA, y FROILAN RIVERA para planear y discutir los detalles relativos al  secuestro   de  la  señora  LARA  DE  ECHEVERRY,  asignándose,  entonces,  los  siguientes        trabajos:         MIGUEL        GAMBOA       ‘sería   encargado   de   hacer  las  negociaciones  con  la  familia  de  la  secuestrada para la entrega del dinero;  RODRIGO   PENILLA  encargado  del  planeamiento  del  secuestro;  FREDY  RIVERA,  partícipe  del  mismo,  y quien fue al parecer, el que disparó a la víctima y  FROILAN  RIVERA MEZA, encargado de la consecución de los vehículos’.   

“Concluye  la  información  rendida  al  Comandante  de  la  Brigada  de  Institutos  Militares, por el Policía Judicial  placas  N° 1320, perteneciente al Departamento Administrativo de Seguridad DAS,  y  adscrito  a  la  agrupación  CAES  de  dicho  comando,  señor JOSÉ VICENTE  GONZALEZ,   afirmando  que  también  fue  informado  que  JORGE  LENIS  LOZANO,  secretario     de     la    ANUC    ‘…  fue la persona que sostuvo el primer contacto con JAIME TORRES  (a.  Antonio),  periodista  del  Diario EL BOGOTANO en predios de la Universidad  Nacional,  donde le hizo entrega de una fotografía como prueba de supervivencia  de  la  Señora  LARA DE ECHVERRY, así mismo RAFAEL REYES, recibió una nota de  JAIME  TORRES entre el 27 y 28 de noviembre anunciándole que iba a suceder algo  importante  que  no  se moviera y que como él sabía desde hace año y medio la  O.R.P.,   había   tenido   problemas   en  el  CAQUETA  surgió  una  división  Troskista…”      (Cuaderno     17,     fs.     23     y     ss.).   

RELACIÓN PROCESAL:  

         Gracias  a  un informe del Grupo de Reacción Inmediata del DAS y a  la   denuncia   entregada  por  el  señor  Querubín  Sánchez  Sánchez, conductor del vehículo en el cual  se  trasladaba  la víctima, el Juzgado 39 de Instrucción Criminal dio comienzo  a  la  investigación  circunscrita  en  ese  entonces  al  presunto  delito  de  secuestro.    Mas,  conocida  la  muerte  de  la  secuestrada  Gloria  Lara de Echeverry, hecho ocurrido  el  29  de  noviembre  de  1982,  la  averiguación  por los dos acontecimientos  delictivos  se concentró en el Juzgado 47 de Instrucción Criminal (Cuaderno 2,  fs. 214).   

         A  partir  del  informe  fechado el 6 de diciembre de 1982, firmado  por  el  agente  José  Vicente González,  adscrito  al  Departamento  Administrativo  de  Seguridad,  DAS,  (cuaderno  4,  fs.  4-6),  comenzó  la  captura  de  varios  de  los  presuntos  responsables  de  los  hechos,  a quienes primero se les recibió versión libre  por  funcionarios de la Brigada de Institutos Militares y después, por medio de  diligencia   de   indagatoria,   se   les   vinculó   formalmente   al  proceso  penal.   

         Por  medio  de  auto fechado el 24 de diciembre de 1982, el juzgado  instructor  se  ocupó de la situación jurídica de los sindicados Juan  Tadeo Espitia Supelano, Fredy José Rivera Arboleda y Rodrigo  Alberto  Penilla  Candela, quienes fueron objeto de la  medida  de  detención  preventiva, sin derecho a libertad provisional (cuaderno  4,  228-235).  El 29 de diciembre siguiente, se proveyó de igual manera en  contra   de  los  imputados  Betty  Suárez  Mahecha,  Wilberto   Antonio   y  Froilán  José  Rivera  Mesa  (idem,       fs.  374-379).   

         El  mismo  29  de  diciembre,  se  hizo  presente  en el proceso la  señora   Mercedes  Lara  de  Rodríguez,  por  medio de demanda de constitución de parte civil, pedimento  que   fue   aceptado   por   el   instructor  al  día  siguiente  (ibidem, fs. 409).   

         De  igual  manera  fueron  vinculados  por medio de las respectivas  injuradas     cumplidas     posteriormente,     los    imputados    Emperatriz  Santander  Cancino,  Robinson  Rafael  Rivera Arrieta y  José  Miguel Gamboa López, a quienes también se les  decretó  la  detención  preventiva  sin derecho a excarcelación (ejusdem,  fs. 451-456; 500-504; cuaderno  7, fs. 29-43).   

         Como  no  fue posible la vinculación directa de otros imputados ya  identificados,  el  Juzgado  16  Superior  de  Bogotá  declaró reos ausentes a  Miguel  Angel  Vargas  Castro,  Víctor  Manuel Rojas  Cárdenas,   Graciela   Inés  Acosta  Barrera,  Hernando  Franco  D’laytz,   Gloria   Medellín,   Diana  Giraldo   Rodríguez,   Hernán  Rafael  Lora  Mendoza  y  Martha  Filistorf  de  Franco,  a  quienes para ese entonces se les designó  un apoderado de oficio (cuaderno 7, fs. 371-373).   

         El  Juzgado  Superior ordenó el cierre de investigación el día 9  de  agosto  de  1983  y,  por  medio  de  interlocutorio fechado el 3 de octubre  siguiente,  revocó  la  detención  preventiva  que  afectaba  a los procesados  Juan  Tadeo  Espitia Supelano, Robinson Rafael Rivera  Arrieta,  Rodrigo  Alberto  Penilla  Candela, Fredy José Rivera Arboleda, Betty  Suárez  Mahecha,  Wilberto  Antonio  Rivera Meza, Emperatriz Santander Cancino,  Froilán  Rivera  Meza  y  José  Miguel Gamboa López  (cuaderno 7, fs. 471-472 y cuaderno 10, fs. 43-78).   

         La  calificación  sumarial se cumplió por medio de auto del 29 de  junio  de  1985,  decisión  en  la  cual se llama a responder en juicio penal a  Iván  Darío  Murcia  Rojas, Guillermo Rojas Ferro y  Héctor  Alfonso  Matiz  Morales, personas que habían  sido   vinculadas  con  posterioridad  al  primer  grupo  de  imputados,  en  su  condición  de  coautores  de  los  delitos  de  secuestro  y  homicidio  que se  investigaban.   En  la  misma  providencia,  el  juzgado  superior  ordenó  sobreseer  temporalmente  y,  consecuentemente,  reabrir  la  investigación, en  relación    con   las   mismas   imputaciones,   en   favor   de   Juan  Tadeo  Espitia Supelano, Fredy José Rivera Arboleda, Rodrigo  Alberto  Penilla Candela, Betty Suárez Mahecha, Pedro María Santander Cancino,  Wilberto  Antonio  Rivera Mesa, Froilán José Rivera Mesa, Emperatriz Santander  Cancino,  Robinson  Rafael  Rivera  Arrieta,  José Miguel Gamboa López, Miguel  Angel  Vargas  Castro,  Victor  Manuel  Rojas  Cárdenas,  Graciela Inés Acosta  Barrera,     Hernando    Franco    D’laytz,  Gloria  Medellín, Diana Giraldo Rodríguez, Hernán Rafael  Lora  Mendoza  y  Martha  Filistorf  de  Franco.   También    se    decidió    sobreseer   definitivamente   en   beneficio   del  procesado  Helmuth Ancízar Valero Ortiz (cuaderno       14,       fs.      155      a      262).   

         En  razón del recurso de apelación interpuesto por varios sujetos  procesales,  el  Tribunal Superior de Bogotá, por medio de auto fechado el 6 de  octubre  de  1986,  determinó  la  revocatoria  del enjuiciamiento proferido en  contra  de  los  procesados Iván Darío Murcia Rojas,  Guillermo  Rojas Ferro y Héctor Alfonso Matiz Morales  y,  en  lugar,  adoptó  un sobreseimiento de carácter temporal en favor de los  tres.   De  otra  parte,  el  ad quem  revocó  el  sobreseimiento  de  la  misma  naturaleza que había  dictado  el  juez a quo y, a  cambio,  ordenó  el  enjuiciamiento  criminal  por  los  delitos de secuestro y  homicidio   de  los  procesados  Juan  Tadeo  Espitia  Supelano,  Fredy  José  Rivera Arboleda, Wilberto Antonio Rivera Mesa, Froilán  José  Rivera Mesa, Emperatriz Santander Cancino, Robison Rafael Rivera Arrieta,  José  Miguel  Gamboa  López,  Miguel  Angel  Vargas  Castro,  Hernando  Franco  D’Laytz,    Gloria  Medellín,  Diana  Giraldo Rodríguez y Hernán Rafael Lora Mendoza.   Sólo  por  el delito de secuestro extorsivo, se convocó a  juicio  a  los  procesados  Rodrigo  Alberto  Penilla  Candela,  Betty Suárez Mahecha, Víctor Manuel Rojas Cárdenas y Graciela Inés  Acosta   Barrera.    También   se   sobreseyó  definitivamente  en  favor  de  Pedro María Santander  Cancino  y,  en  forma  temporal,  en  beneficio  de  Martha     Filistorf     de     Franco.   Así  mismo,  se  confirma  el  sobreseimiento  definitivo  adoptado  por la primera instancia en favor de Helmuth  Ancízar Valero Ortiz.   

         En   esta   providencia  calificatoria  de  segunda  instancia,  el  Tribunal   aclara   que   el   delito   de  secuestro  extorsivo  se  agrava  porque, antes de su muerte, la  víctima  permaneció  en  cautiverio  por  un tiempo superior a treinta días y  siempre  fue  sometida  a  amenazas de muerte por sus captores, si la familia no  atendía  sus  exigencias, hechos y circunstancias expresamente previstos en los  artículos  268  y  270,  numerales  3° y 6° del Código Penal.  De igual  manera,      en      relación     con     el     delito     de     homicidio,   se   dijo  claramente  que  concurría  un  factor  de  agravación  por  haber  puesto  a  la  víctima  en  condiciones  de indefensión, conforme con los artículos 323 y 324, numeral 7°  de la misma obra (cuaderno 15, fs. 157 a 262).   

         Al  entrar  en  vigor  el  Decreto  2790  de  1990,  que generó un  inmediato  cambio de competencia, la sentencia de primer grado la dictó un juez  de  conocimiento  de  orden  público, el 12 de febrero de 1992, decisión en la  cual  absolvió a todos los  enjuiciados (cuaderno 16, fs. 178 a 226).   

         Apelado  el  fallo  absolutorio  por  el  correspondiente fiscal de  orden  público,  el  Tribunal Nacional, por medio de decisión del 20 de agosto  de  1992,  revocó  la  sentencia  del  juzgado  y  dispuso  las condenas en los  términos  ya  señalados  en la introducción de este proveído.  En dicha  providencia  de  segundo  grado, se aclara que las penas se imponen conforme con  los  textos  originales de los artículos 268, 270, 323 y 324 del Código Penal,  en  congruencia con el llamamiento a juicio, por cuanto eran las normas vigentes  para la época de los hechos (cuaderno 17, fs. 22 a 83).   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

         De  propósito,  la  Sala  se  abstendrá  de hacer la acostumbrada  síntesis  de  las  demandas de casación y el concepto del Procurador Delegado,  por   cuanto   es  notorio  el  obstáculo  de  procedibilidad  para  tomar  una  determinación  de  fondo,  dado  que  se  cumplen  los  requisitos  legales  de  prescripción  de la acción penal.  A pesar de ello, nada impide que en el  curso  de  estas  consideraciones se haga referencia a algunas apreciaciones del  Ministerio  Público,  sobre  todo  por  lo  que  tiene que ver con el fenómeno  extintivo de la potestad punitiva.   

         Con  todo,  es  importante  reseñar  que  se han presentado sendas  demandas    de    casación    en   favor   de   los   procesados   Emperatriz  Santander  Cancino,  Betty Suárez Mahecha, José Fredy  Rivera  Arboleda,  Robison  Rafael  Rivera Arrieta, Hernán Rafael Lora Mendoza,  Rodrigo  Alberto  Penilla Candela, Wilberto Antonio Rivera Mesa, Froilán Rivera  Mesa,  Miguel  Gamboa López, Miguel Angel Vargas, Hernando Franco D’laytz   y   Graciela   Inés  Acosta  Barrera.   

         Con   las   debidas   precisiones   y  observada  la  relación  de  correspondencia  del  caso,  en todos los escritos de sustentación se alude, en  primer  lugar,  a errores de derecho por falso juicio de legalidad, consistentes  en  haber apreciado pruebas ilegalmente aportadas; en segundo orden, se refieren  a  errores  de  hecho  por  falso  juicio de existencia, por cuanto se ignoraron  pruebas  existentes  en  el  proceso;  y  en  tercer  lugar,  hacen  relación a  presuntas nulidades por violación del debido proceso.   

         Conviene  destacar  como  premisa  que  el  delito  de secuestro  extorsivo agravado por el cual  se  procede,  de  conformidad con el texto vigente para la época de los hechos,  estaba  sancionado  con  pena  de  seis  (6)  a  quince  (15) años de prisión,  aumentada  hasta  en  la  mitad  -de 9 a 22 años y 6 meses- (C. P., arts. 268 y  270).    Y   el   hecho   punible  de  homicidio  agravado,  de  acuerdo  con las previsiones iniciales  del  artículo  324 del Estatuto Penal, que son las aplicables por preexistencia  y  favorabilidad,  estaría  conminado con sanción de dieciséis (16) a treinta  (30) años de prisión.   

         Los  anteriores parámetros de sanción indican que, de conformidad  con  las reglas de prescripción previstas en los artículos 80 y 84 del Código  Penal,  la  acción penal para ambos delitos prescribe en diez (10) años, pues,  ejecutoriado  el auto de proceder que se adoptó en este proceso el 6 de octubre  de  1986,  al  día  siguiente  comenzaba  a correr el lapso prescriptivo por un  término  igual  a  la  mitad  del  que  prevé el primer precepto citado.   Aunque  la regla general dispuesta es que el término de extinción coincide con  el  máximo de pena fijado en las respectivas normas que individualizan el hecho  punible,  se  introduce la salvedad de que dicho lapso nunca podrá ser superior  a  veinte (20) años, término éste que también se reduce a la mitad cuando se  avanza a la fase del juicio.   

         Aunque  este caso recibió la influencia del vigor del artículo 65  del  Decreto  2790  de  1990,  convertido  en  legislación  permanente  por  el  artículo  3°  del  Decreto  2271  de  1991,  que  prevé  la interrupción del  término  de prescripción de la acción para los procesados que fueren juzgados  en  ausencia  por  los  delitos  consagrados en dicho estatuto, lo cierto es que  resultan  aplicables  las señaladas normas sobre prescripción dispuestas en el  Código  Penal,  pues eran las vigentes al momento de la comisión de los hechos  examinados.                          

         En  los  últimos  años,  la Sala ha reiterado el criterio de que,  una  vez ejecutoriado el auto de proceder o su equivalente, el mayor término de  prescripción  es  apenas  de  diez  (10)  años, cualquiera sea la pena máxima  dispuesta  en  las  respectivas  normas, posición que en este sentido recoge la  doctrina  anterior  que  invariablemente hacía el cálculo de la mitad a partir  del   quantum   punitivo  máximo  previsto  por la ley para cada delito (sentencia del 11 de noviembre de  1986,   M.   P.   Jaime   Giraldo  Angel).   

         La  nueva  posición  de  la Corte se ilustra en las dos decisiones  que  el  Ministerio  Público  cita para discrepar de ellas, pues el funcionario  estima  que, con ocasión del auto de proceder o su equivalente ejecutoriado, la  mitad  debe  calcularse siempre a partir del máximo de la pena fijada en la ley  para  el  delito,  no  del  límite  máximo  de  prescripción  previsto  en el  artículo  80.   Tales determinaciones de la Sala recaban con actualidad lo  siguiente:   

“3.   El  artículo  80  del Código  Penal, en su primer inciso, señala con claridad…   

“Como  bien  se  observa,  y así lo hace  notar  el  Colaborador del Ministerio Público, tres son los lapsos que presenta  el  precepto.   El  primero, el fijado taxativamente en la ley; el segundo,  los  lindes  a  los  que  se debe sujetar aquél, pues jamás podrá ser menor a  cinco   (5)   años  ni  mayor  de  veinte  (20);  el  tercero,  establecido  en  concordancia  con  el artículo 84 ibidem, aunque establece que la prescripción  se  interrumpe con la resolución de acusación, el reinicio del conteo se hará  por un tiempo igual a la mitad del señalado en el artículo 80.   

“4.  En varias oportunidades la Sala  ha  estudiado  el tema que se discute, advirtiendo que el fenómeno prescriptivo  se  rige  exclusivamente por el término señalado en la respectiva disposición  penal  como  máximo,  atendiéndose,  como  es apenas obvio, las circunstancias  específicas que modifiquen el delito mismo.   

“Por tanto, debían examinarse primero las  disposiciones  pertinentes  que rigen el asunto y luego de hacer las operaciones  matemáticas  de  rigor  se  establecería  si se hallaba dentro de los límites  fijados  en  el artículo 80.  Si los superaba se debía reducir o aumentar  para adecuarlo a dichos mojones.   

“5.   Cuando  la  ley  manda que el  término  prescriptivo tenga una reducción significativa en el evento de que al  reo  se  le  haga  un  pliego  de  cargo,  parte  de la premisa de que el Estado  necesita  menos  tiempo  para  realizar  el  juicio  consiguiente pues ya se han  encontrado   suficientes   elementos   tendientes   a   demostrar   su  presunta  responsabilidad.   

“La   etapa  final  del  proceso,  por  consiguiente,  en  aras  de  una  pronta y cumplida justicia ha de ser expedita,  dictándose  con  la  prontitud del caso, el fallo correspondiente pues es mucho  menor  el  tiempo que requiere en comparación con la investigación propiamente  dicha.   No  hay  razón para que éste se alargue innecesariamente, lo que  inevitablemente      debe      transmitirse      también      al      fenómeno  prescriptivo.   

“Así las cosas, por voluntad de la misma  ley,  siempre  el  nuevo  término prescriptivo correrá por la mitad del tiempo  requerido luego de proferirse resolución de acusación.   

“Por  consiguiente,  una interpretación  que  consulta  la  equidad, mientras el legislador no disponga otra cosa, es que  el  tiempo  máximo de prescripción, en la hipótesis de un vocatorio a juicio,  es  el  de  diez  años, que es la mitad del máximo permitido por el legislador  para   el   instituto”  (Casación  del  29  de  septiembre  de  1994,  M.  P.  Jorge    Enrique   Valencia   Martínez).   

        Y  en  sentencia  también de casación fechada el 30 de octubre de  1996,  de cuya ponencia se ocupó el magistrado Carlos  Augusto   Gálvez   Argote,   la  Sala  reiteró  lo  siguiente:   

“… 3°.  En estas condiciones, se  tiene  que  el  artículo  80  de  dicho  estatuto  al  regular  las bases de la  prescripción  de la acción penal establece que …, lo cual significa que este  límite  máximo  prescriptivo es aplicable tanto a la etapa instructiva como de  la causa, pues es una prohibición absoluta la que allí contiene.   

“4°.   Entendido  entonces  que el  límite  máximo  para  la prescripción de la acción penal es de veinte años,  que  serían  válidos  para  la  etapa  instructiva,  con  la  remisión que al  artículo  80 del C. P. hace a su vez el artículo 84 ibidem, no puede menos que  concluirse  que  el  término máximo de prescripción en la etapa del juicio es  de  10  años,  esto es, la mitad del máximo ya fijado en el referido artículo  80, para todos los casos”.   

        Poco   o   nada  habría  que  agregar  a  estas  razones  de  sana  hermenéutica  jurídica,  legitimidad,  justicia  y eficacia que se esgrimen en  los  fallos  citados.   Mas  es  preciso  anotar, sólo como respuesta a la  tesis que seriamente ensaya el Procurador Delegado, lo siguiente:   

        1.    La   ley  toma  como  referente  para  el  cómputo  del  “término   de   prescripción   de   la   acción  penal”  el  “máximo de  pena”  que  ella misma fija para el delito, pero en  manera  alguna  identifica o confunde dos conceptos que tiene bien diferenciados  y  que  cumplen otras funciones en el ordenamiento jurídico-penal.  Cierto  es  que  uno  de  ellos  sirve  de base para construir el otro, pero, a pesar de  ello,  el  segundo  también  alcanza  vida  jurídica  independiente y tiene su  propio  valor.   En efecto, prueba patética de dicha autonomía conceptual  es  que  si  la  ley  en  cualquier  caso  prevé para el hecho punible una pena  máxima  superior  a  veinte  (20) años de privación de la libertad, incluidas  las  reducciones  o  intensificaciones   que  se hacen en abstracto por las  circunstancias  de  atenuación  o  agravación  concurrentes, en modo alguno el  término prescriptivo podría superar dicha cantidad.   

        2.   De  modo  que,  además  de  determinar  un  límite   superior  al  cómputo  de  la  prescripción,  la cifra o lapso de veinte (20) años constituye en sí misma un  término  de prescripción,  precisamente   el  máximo  que  autoriza  la  ley  para  que  los  funcionarios  judiciales  desarrollen la acción penal.  La lectura inicial del artículo  80    del    Código    Penal   indica   que,   detectado   el   “máximo  de pena fijado en la ley” para  el  delito,  si  no  es  inferior a 5 ni superior a 20 años, dicho quantum  se convierte en “término     de    prescripción    de    la    acción”.   

        3.   Y  si dicha lectura se adelanta progresivamente, camino a  la  integración  sistemática  con el artículo 84 del mismo Estatuto, se verá  que  este  precepto  ya  no  menciona el punto de referencia del “máximo  de  la pena fijada en la ley”,  sino  que  alude  de una vez, sin mediaciones conceptuales, a la “interrupción  del  término prescriptivo de la acción”,  precisamente  porque  este último concepto ya había quedado  consolidado en la previsión íntegra del artículo 80.   

        4.   Decir  que  como  el  máximo  de  pena  previsto para el  homicidio  agravado  en  aquel  entonces  era de treinta (30) años de prisión,  entonces,  producida  y ejecutoriada la resolución de cargos, el nuevo término  de  prescripción  sería  de  quince  (15)  años  (la mitad de aquella cifra),  supone  sostener previamente que el lapso inicial de extinción era de 30 años,  premisa  que  es  absurda  e  ilegal,  frente  a la categórica prohibición del  artículo  80  para  no  desbordar  los  20 años que se contemplan como extremo  superior  de  la  prescripción.   En otras palabras, de conformidad con el  artículo   84,   coherentemente   sólo  puede  afirmarse  que  la  aplicación  matemática  de  la  mitad siempre debe hacerse en relación con un término  de  prescripción permitido.   

        5.   A pesar de la implicación funcional de los artículos 80  y  84  examinados,  nótese  que el último previó la reducción a la mitad del  término  de  prescripción  señalado  en el primero, una vez ejecutoriada la resolución de enjuiciamiento,  y  sólo  hizo  la  salvedad  respecto  de  la  fijación  mínima  de ese nuevo  término,  que  en  ningún caso podrá ser inferior a cinco (5) años.  Es  decir,  no  existe  expresa  advertencia  legislativa  de  que,  a  pesar  de la  autorizada  reducción  del  lapso  prescriptivo  a  la  mitad,  en todo caso el  límite  máximo  nunca  se  podría  rebajar  de  veinte (20) años, previsión  especial que sí se hizo para el cálculo del linde mínimo.   

        6.   Se  impone  una  aclaración  final:   el Procurador  Delegado  advierte  que, cualquiera sea la decisión sobre el tema planteado, de  todas  maneras  la  acción  penal  no  está  prescrita  para los procesados no  recurrentes  o  para  quienes  por  alguna  causa no se les concedió el recurso  extraordinario  por  parte  del  Tribunal,  pues,  en relación con todos ellos,  “…  el fallo que los afecta quedó debidamente ejecutoriado con la sentencia  de  segundo  grado  proferida por el Tribunal Nacional el 20 de agosto de 1.992,  sin  que  por  lo mismo su situación procesal, dada la individualización de la  responsabilidad   penal,   se   vea   afectada  por  el  decurso  del  fenómeno  prescriptivo”.   

        La  anunciada  ilustración  terminal  consiste en que, a partir de  una  visión sistemática de las pertinentes normas del Código de Procedimiento  Penal  Colombiano,  no  es posible hablar de la ejecutoria ni de la ejecutividad  parcial  de los fallos, como lo sugiere el Ministerio Público.  En efecto,  el  tema  ya fue tratado por la Sala en el auto del 10 de diciembre pasado, cuya  ponencia  correspondió  a  quien ahora actúa en la misma condición, y se dijo  lo siguiente:   

“2.   Las  decisiones  judiciales  quedan   ejecutoriadas  o  están  en firme, de acuerdo  con  los  artículos  197 y 223 del Código de Procedimiento Penal, cuando no se  interponen  recursos  dentro  del  término  legal  o, si se trata de decisiones  inimpugnables,  el  día  en  que  sean autorizadas con la firma del funcionario  responsable,  o si es el caso, una vez se resuelvan las impugnaciones o se surta  el grado jurisdiccional de la consulta.   

“De  modo  que, independientemente de la  actitud  omisiva de algunas partes, la impugnación de una sola de ellas difiere  la  ejecutoria  de  la  sentencia  para todos, máxime que los fallos de primera  instancia   siempre   son   apelables  en  el  efecto  suspensivo,  mecanismo  de  acuerdo  con el cual, por  regla  general,  se  detiene su cumplimiento y, obviamente, también se paraliza  la   competencia  del  inferior  para  ejecutarlo  hasta  cuando  se  decida  lo  pertinente   por   el   superior   funcional   (C.   P.   P.,   arts.   203-1  y  204-a).   

“…”  

“8.   El  sistema  de  la casación  también  tiene  sus  propios matices que conducen al mismo lugar, esto es, a la  afirmación  de  la  unidad de ejecutoria y de ejecución de la sentencia.   En  efecto, cómo pensar en la ejecutoria personalizada de los fallos de primera  y  segunda  instancia,  en relación con las partes no recurrentes, si el debate  de  casación  contiene  entre  sus  previsiones  legales  la posibilidad de que  prospere  la demanda sobre la base de que la sentencia se haya dictado dentro de  un  juicio  viciado  de  nulidad  o  que  forzosamente la Corte deba decretar la  invalidez  de  oficio  (C.  P. P., arts. 220-3 y 228).  Y no importa que el  artículo  197  esté  formalmente  dispuesto  en  un  capítulo  atinente a los  “recursos  ordinarios”,  pues  la  verdad  es  que  su  contenido  abarca  también  la ejecutoria de las  decisiones   de   casación.   Además,  la  regulación  de  este  recurso  extraordinario       consagra      el      efecto  extensivo   de  la  sentencia,  según  el  cual  la  decisión   se  puede  proyectar  a  los  no  recurrentes,  sin  detrimento  del  principio     de     no    agravación,  extensión  que  procesalmente  se  legitima  mediante la previa  notificación   del   auto   admisorio  de  la  demanda  a  los  no  impugnantes  (idem,  arts.  227,  243 y  245).   

“Por  la  circunstancia de que alguno de  los  interesados no haya interpuesto recursos, no es coherente afirmar que dicha  contingencia  ha  lugar  a  dos fallos cuya firmeza y ejecutividad se sitúan en  distintos  contextos,  máxime  si se reconoce que obedecen a instancias o sedes  jurisdiccionales  marcadas por la jerarquía funcional.  Si la sistemática  del  ordenamiento  procesal  penal  colombiano  se  decide por la unificación o  comunidad  de los términos para recurrir, y por ello éstos se cuentan a partir  de    la    “última    notificación”,  no  resulta  consistente derivar de tan inequívoca tendencia  la  dispersión  de  la  ejecutoria  y ejecución de las sentencias de primera o  segunda  instancia, pues, todo lo contrario, tal inferencia sería inconciliable  con    la    premisa    (C.    P.    P.,   arts.   196   y   223)”.   

        Así  las  cosas,  no es cierto que, como lo sostiene el Procurador  Delegado,  la  acción  penal  por  el  delito  de  secuestro  extorsivo  estaba  prescrita  aun  antes  de  iniciar  el trámite de la casación, pues olvidó el  funcionario  incluir  en el cómputo respectivo los incrementos por las causales  de  agravación  señaladas  en  el  vocatorio  a juicio.  En este orden de  ideas,  de  conformidad  con  los  artículos  268 y 270, el término inicial de  prescripción  sería  de  veinte  (20)  años,  supuesto  que  máximo  de pena  dispuesto  en la ley se fija en 22 años y 6 meses, lo cual significa que, si el  auto  de  cargos  quedó  en  firme  el  6 de octubre de 1986, el nuevo lapso de  prescripción  que  se  establece en diez (10) años (la mitad) quedó consumado  el  7  de  octubre  de  1996,  cuando  el expediente estaba a disposición de la  Delegada para concepto.   

        Igual  operación  y  determinación  cabe  en lo que se refiere al  delito  de  homicidio  agravado,  pues,  si  el máximo de pena consagrado en el  texto  original del artículo 324 del Código Penal era de 30 años de prisión,  significa  que  el lapso de prescripción, después de afirmado el llamamiento a  juicio, era de diez (10) años.   

        Por  último,  a  pesar  de  la  fatalidad  de  la decisión que se  anuncia  y  tal  como  se  ha hecho en oportunidades anteriores, la Corte recaba  ahora  en la necesidad de que el legislador adopte un cambio en esta materia, de  tal  manera que el término de prescripción de la acción penal se circunscriba  a  las  instancias,  pues la naturaleza extraordinaria del recurso de casación,  básicamente  orientado  a examinar la legalidad del fallo de segunda instancia,  ya  no  justifica  malograr  por  la vía de la autosanción lo que el Estado ha  cumplido   con   un   amplio  despliegue  de  la  jurisdicción  en  sus  etapas  ordinarias.           

        Para  la  Sala  no  queda alternativa diferente a la de declarar la  consumación  del  término  de prescripción de la acción penal, fenómeno que  obsta  el  ejercicio  de la acción penal en cualquiera de las fases o sedes del  proceso  penal  y,  en consecuencia, se decretará la cesación de procedimiento  en  favor  de  todos  los enjuiciados, acorde con el artículo 36 del Código de  Procedimiento  Penal.   Así  mismo,  la  Secretaría del Tribunal Nacional  deberá  explicar  la  tardanza en el envío del expediente, efecto para el cual  se expedirán copias para la jurisdicción disciplinaria.   

        Por  lo  expuesto,  LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN  PENAL,   

RESUELVE:  

        Declarar  que  la  acción  penal  dispuesta  en este proceso está  prescrita.   En  consecuencia,  como la actuación no puede proseguirse, se  ordena   la  cesación  de  procedimiento  en  favor  de  los  acusados Juan Tadeo  Espitia  Supelano,  Fredy  José  Rivera Arboleda, Wilberto Antonio Rivera Meza,  Froilán  Rivera  Meza,  Emperatriz  Santander  Cancino,  Robison  Rafael Rivera  Arrieta,  José  Miguel  Gamboa  López,  Miguel  Angel  Vargas Castro, Hernando  Franco  D’laytz,  Gloria  Medellín,  Diana  Giraldo  Rodríguez,  Hernán  Rafael  Lora  Mendoza, Rodrigo  Alberto  Penilla  Candela, Betty Suárez Mahecha, Víctor Manuel Rojas Cárdenas  y Graciela Inés Acosta Barrera.   

        Se  cancelarán  las órdenes de captura pendientes y se expedirán  las copias anunciadas.   

        Cópiese, notifíquese y cúmplase.   

CARLOS AUGUSTO GALVEZ ARGOTE  

FERNANDO          ARBOLEDA  RIPOLL               RICARDO CALVETE RANGEL   

         NO FIRMO   

JORGE           CORDOBA  POVEDA                     JORGE ANIBAL GOMEZ GALLEGO   

CARLOS        E.        MEJIA  ESCOBAR                   DIDIMO PAEZ VELANDIA   

NILSON           PINILLA  PINILLA                         JUAN MANUEL TORRES FRESNEDA   

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

Secretaria.   

   

    

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