10282 (20-05-98)

1998

Asistente Jurídico Inteligente

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FLAGRANCIA/ CAPTURA/ CONFESION  

Es claro que aún admitiendo que la confesión  calificada  puede  admitir  el reconocimiento de la rebaja pretendida, siempre y  cuando  que constituya el medio base que le de apoyo a la condena, tal como así  lo  ha  reconocido  también  esta  colegiatura,  es  innegable  que  en el caso  presente  esa  versión  de  (…) no constituye el asidero del fallo proferido,  pues  consultando  esta  providencia  se devela que la prueba de cargo deriva de  elementos  ajenos  a  la simple versión del procesado, como se explica en dicha  pieza procesal, donde el juzgado afirma:   

“No  sobra  recalcar  en  este  punto  que la  flagrancia  es predicable en  este   caso   en   relación   con   todos   los   delitos  estructurados,  ya  que  múltiples  testigos  son  asertivos  al  asegurar que los aquí vinculados fueron los que atentaron contra  su  patrimonio,  bien  porque así lo expresaron en reconocimiento en fila o por  la  percepción  que  tuvieron  de ellos en documentos fotográficos o de prensa  que obran en el expediente…”, argumentos a los cuales se añade,   

para  el caso del homicidio, la validez de la  prueba  indiciaria como elemento que desdibuja las excusas del simple accidente,  opuestas   ya,   en   todo   caso,   a   lo   que  constituye  en  realidad  una  confesión.   

Tal  interpretación del término flagrancia,  no  se  distancia,  por  lo  demás,  de  aquel  que con criterio de mayoría ha  sentado  esta  Sala  de  la  Corte,  y  que  por suficientemente conocido, no es  necesario  insistir,  cuando al mismo se ha atenido el Ministerio Público en su  concepto  invocado,  por  lo que bastará citar las decisiones en que la Sala ya  reiterativamente  lo  ha  expuesto: 1o. de diciembre de 1987, Magistrado Ponente  Doctor  Rodolfo  Mantilla  Jácome,  16  de noviembre de 1988, Magistrado doctor  Jaime  Giraldo Angel; y Septiembre 9 de 1993 Magistrados Doctores Edgar Saavedra  Rojas  y  Juan  Manuel  Torres  Fresneda,  entre  otras, y más recientemente en  casación  de  agosto  19  de  1997  con  ponencia del Magistrado Jorge Córdoba  Poveda,  siendo  bastante  con  recordar  de  la  primera de estas decisiones la  notoria   diferencia   entre  el  sorprendimiento  flagrante  y  la  captura  en  flagrancia,  al  precisar que “Flagrancia y captura en flagrancia son, entonces,  dos   cosas  completamente  diferentes  y  aún  cuando  la  aprehensión  está  constitucionalmente  autorizada  sin el cumplimiento de las formalidades legales  en  los  casos  de  flagrancia,  ésta  puede  tener  otros  efectos  procesales  diferentes  a la captura. Tales los contemplados en el artículo 299 del Código  de  Procedimiento  Penal,  que  excluye del beneficio de rebaja de pena a quien,  pese  a  su  confesión,  hubiese  sido  sorprendido en el momento de cometer el  hecho  punible…  Que  no  se  entienda, porque la Constitución no permite tal  exégesis,  que  la  flagrancia  lleva  aparejada  indiscutiblemente la captura;  ésta    puede    ser    una    consecuencia    de   aquella,   no   su   efecto  imprescindible…”      

PROCESO No. 10282  

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

                                                    Magistrado Ponente: Doctor   

                                                    JUAN MANUEL TORRES FRESNEDA   

                                                    Aprobado Acta No.72   

                                                    Santafé de Bogotá, D. C., veinte (20) de mayo  de mil novecientos noventa y ocho (1998).   

          V I S T O S :   

Decide  la  Sala  el  recurso  de  casación  interpuesto  por  el defensor del acusado OMAR BERNAL MATIZ, en contra del fallo  de  segunda  instancia  por  medio  del  cual  el Tribunal Nacional modificó la  sentencia  de  primer  grado  emitida  por  uno  de  los  Juzgados Regionales de  Santafé     de     Bogotá,    conde­nando  a  OMAR  BERNAL MATIZ y a LUIS HUMBERTO BERNAL INFANTE a las  penas  principa­les de 21 y  22   años   de   prisión,  respectiva­men­te,  y  multa    por    cinco   salarios   mínimos   legales,   a   la   accesoria   de  interdic­ción de derechos  y  funciones  públicas  por  el  término  de diez años, al pago de perjuicios  morales  y  materiales,  y  les denegó el subrogado de la condena de ejecución  condicio­nal, una vez que  los  declaró  penalmente  responsables  de  los  delitos de homicidio agravado,  concierto  para delinquir, hurtos calificados y agravados, porte ilegal de armas  de    uso    privativo    de   las   fuerzas   armadas   y   utiliza­ción  ilegal  de  uniformes  de  uso  privativo  de  las  fuerzas armadas, que les habían imputados en la resolución  de  acusación.  El  Tribunal  incrementó las penas de prisión a 24 años para  OMAR  BERNAL  MATIZ,  y 25 para LUIS HUMBERTO BERNAL INFANTE y confirmó en todo  lo demás.   

         A N T E C E D E N T E S :   

1.-          La Policía Metropolitana de Santafé de  Bogotá,  efectuó  la  captura  de  los individuos OMAR BERNAL MATIZ y HUMBERTO  BERNAL  INFANTE  el 23 de julio de 1990 en momentos en que se desplazaban por la  Calle  80 con Carrera 75 de esta capital­,  en  el  automóvil Dodge Demon de placas AD-7169, encontrándose  en  el  interior  del  automotor  un  fusil  Galil,  dos  proveedores y cuarenta  cartuchos  calibre  7.62,  armamento  perteneciente  a  las  fuerzas  armadas de  Colombia,  y  una  pistola Browing calibre 7.62 con proveedor y siete cartuchos.  El   automotor   le   había  sido  sustraído  al  ciudadano  Ismael  Benavides  González.   

Adelantó  la  investigación  el  Juzgado  3�  de  Orden  Público de  esta  ciudad,  y  desde  los  albores  estableció  que  el  armamen­to  incautado  había  sido sustraído  por  HUMBERTO  BERNAL  INFANTE al desertar del Ejército Nacional, y que los dos  retenidos  habían  ejecutado  dentro del mes anterior otros asaltos además del  cometido  en  contra  de Benavides González (1) así: el hurto de una escopeta,  electrodomésticos  y una camioneta LUV en el sitio “La Cumbre” del Municipio de  La  Vega  (2);  el  hurto  en  jurisdicción de San Francisco de una pistola, un  reloj  y dinero al transportador Gilberto Bautista Monroy (3), a quien obligaron  a  trasladar­los  a  otra  residencia  donde  se  apoderaron de un televisor y del automovil Dodge Demon ya  referenciado;  el  hurto  de  un  automo­tor  Mazda  626  de  placas  AP-2457  perpetrado  en  San Francisco  (Cundinamarca)  a  Pablo  Enrique  Orjuela  (5);  el  hurto  a dos estaciones de  gasolina  en  las localidades de Cota y Chía (6), y el asalto a una Miscelánea  del  barrio  Cartagenita  de  Facatativá  en  donde causaron la muerte a Samuel  Enrique  Cruz  Díaz cuando trataba de oponerse, hechos cometidos todos mediante  el empleo de violencia contra las personas y uso de las armas.   

Las injuradas de OMAR BERNAL MATIZ y HUMBERTO  BERNAL  INFANTE  fueron recepcionadas respectivamente los días 26 y 27 de julio  de      1990,      aceptando      cada      uno     su     participa­ción  material  en  los hechos que se  les  atribuyen,  aún  cuando el primero afirmó haber actuado bajo presión del  segundo, circunstancia que éste niega.   

El 6 de agosto de 1990 se resolvió sobre la  situación  jurídica  de  OMAR BERNAL MATIZ decretando su detención preventiva  por  infracción  a los artículos 13 y 19 del Decreto 180 de 1988, mientras que  desde  el  25  de  julio  25  de  1990,  la  SIJIN,  BLANCO  ANTISUB­VERSION,  había  puesto  al  Soldado  HUMBERTO   BERNAL   INFANTE   a   disposición   del   Comandante   de  la  13a.  Brigada.   

BERNAL  MATIZ  designó  defensor  el  5  de  septiembre  de  1990  y  solicitó  inmediata  ampliación  de  indagatoria para  aclarar  que  a  él no se le puede sindicar de porte ilegal de armas, ya que no  fue  retenido  con  ninguna  en  su poder, “… pues todo lo que hicimos lo hice  porque  me  tenía amenazado y también pues francamente pido mi libertad ya que  él  (HUMBERTO BERNAL INFANTE) dijo que era el responsable de todo y dijo que yo  no tenía nada que ver en eso”.   

En  cuanto  a  BERNAL INFANTE, su situación  sólo  vino  a  ser resuelta el 11 de febrero de 1991 por el Juzgado 76 de Orden  Público,  sometiéndolo  a  detención preventiva por homicidio, infracción al  Decreto   180   de   1988   artículos   13   y   19   y  hurto  calificado,  en  concurso.   

En consecuencia el Juzgado 76 de Instrucción  de  Orden  Público,  mediante auto de octubre 24 de 1991, modificó también la  calificación  provisional  de  los hechos para extender a OMAR BERNAL MATIZ, en  calidad  de  coautor de los mismos delitos atribuidos a HUMBERTO BERNAL INFANTE,  la medida detentiva.   

La  calificación sumarial se profirió por  uno  de los Juzgados de Instrucción de Orden Público de Santafé de Bogotá el  13  de marzo de 1992, emitiendo resolución acusatoria contra los dos sindicados  por  los  delitos  de concierto para delinquir (art. 186 C. P.), porte ilegal de  armas  o  municiones  de uso privativo de las fuerzas militares o de la policía  nacional  (art. 2� decreto  3664  de  1986),  porte  ilegal de armas de defensa personal (art. 1�   del   decreto   3664   de  1986),  utiliza­ción ilegal de  uniformes  o  insignias  (art.  19  decreto  190  de 1988), y hurto calificado y  agravado  (arts.  350 y 351 Código Penal), cometidos en coautoría. El Tribunal  Nacional  mediante  proveído  de  junio 30 de 1992, confirmó la determinación  calificatoria  aclarando  que  se  procede por los delitos de hurto cometidos en  concurso  homogéneo y homicidio agravado (arts. 323 y 324-2 del Código Penal),  e  igualmente  hizo  énfasis en que las armas por cuya tenencia respondían los  acusados, provenían de delitos.   

Uno  de los Juzgados Regionales de Santafé  de  Bogotá  adelantó la causa, pero una vez hecha la citación para sentencia,  el  procesado  OMAR  BERNAL  MATIZ  dijo  acogerse a la sentencia anticipada del  articulo  37-A del Decreto 2700 de 1991, la cual fue denegada por extemporánea.  De  tal  modo  concluyó  la  primera instancia con la sentencia condenatoria de  diciembre  16  de 1993 ya reseñada, la cual fue confirmada por vía de consulta  por      el      Tribunal      Nacional,      con     las     modifi­ca­ciones  ya  indicadas en relación a  la cantidad de pena impuesta como principal.   

        LA  DEMANDA :   

Al  amparo  de  la  causal primera, numeral  1�, del artículo 220 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  formula  el  censor  cinco  cargos contra la  sentencia, añadiendo al finalizar una petición subsidiaria.   

En  el  primer  cargo   se   argumenta   una   “Violación   a  los  artícu­los 61 y 64 del  Código  Penal”,  la que se desarrolla afirmando que la primera norma imponía a  los  funcionarios  los  criterios para determinar la pena, siendo inobservada en  cuanto  el  juzgador  tan solo tuvo en cuenta los que de alguna manera agravaban  la  situación de los procesados, “no así los que pudieren ayudarlos tales como  el  grado  de  culpabilidad, las circunstancias de atenuación y la personalidad  de   los   agentes”;   el  último  (art.  64)  porque  pese  a  establecer  las  circuns­tancias   de  atenuación        punitiva        de       obligatoria       aplica­ción por parte del juzgador, dos de  ellas,  la primera y la novena (buena conducta anterior y las indigencia o falta  de  ilustración  en  cuanto  hayan  incidido  en  la  comisión  del hecho), no  merecieron análisis en la sentencia.   

El   segundo  cargo  se  enuncia  así:  “Violación  al artículo  1� inciso primero del C.  de  P. P. y al artículo 29, inciso cuarto de la Constitución Nacional “Derecho  a  la  defensa”.  En  su  desarrollo  señala  que los procesados BERNAL MATIZ y  BERNAL  INFANTE  carecieron de una adecuada defensa, sin que se hubiera ejercido  el   derecho   de  contradicción;  los  memoriales  de  los  defensores  fueron  deficientes,  no  solicitaron  pruebas  y  tampoco  el  juzgador se preocupó de  decretar  aquellas  que  contribuyeran  a  subsanar  la  deficiencia, lo cual le  permite  solicitar  que  se  declare  la  nulidad de lo actuado, tras de lo cual  remata:  “Es  posible  que  de  otra  manera,  se  hubiese  logrado  al menos la  aplicación  de  los  atenuantes  y las circunstancias al momento de proferir el  fallo de fondo”.   

En       el      tercer  cargo se propone una violación  al   artículo   5�  del  Código  Penal,  lo  que  se  centra  en la condenación sufrida por OMAR BERNAL  MATIZ,  como  coautor  del  delito de homicidio, cuando está demostrado que los  dos  procesados  llegaron  exclusivamente con la finalidad de atentar contra los  bienes  patrimoniales en la miscelánea, siendo repelidos por Samuel Cruz Díaz,  por  lo  que  HUMBERTO BERNAL INFANTE accionó su arma y le ocasionó la muerte.  No  es  OMAR BERNAL MATIZ, coautor de ese delito contra la vida, y en el peor de  los  casos  podría  considerársele  como  cómplice.  Se aplicó, entonces, al  declarársele  como coautor, una forma de responsabilidad objetiva, proscrita en  la ley penal.   

Bajo  el  cuarto  cargo  se  reclama  la  violación  de  las  normas  sustanciales   contenidas   en   los   artículos  299  y  370  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  pues  el  juzgador no tuvo en cuenta la confesión de los  procesados  para reducir la pena. Es sabido que esa reducción por confesión no  tiene  cabida  en  los  casos  de  flagrancia,  pero  es  también  claro que la  flagrancia  en  estos hechos solo puede predicarse respecto de lo acaecido el 23  de  julio  de  1970,  no  de  los  anteriores,  como  erradamente  lo  dedujo la  sentencia.   

El   cargo  quinto  se  refiere a la violación del principio de  la  reformatio  in pejus en cuanto el ad quem incrementó la pena impuesta en la  primera      instancia      descono­ciendo  este  principio  respaldado  en  el  artículo  31  de  la  Constitución  y  en  los  artículos  17  y  217  del  Código de Procedimiento  Penal.   

En  estos términos concluye la demanda con  una   “PE­TI­CION  PRINCI­PAL”   en   la   que   se  considera  que  la  Corte  “debe  CASAR  la  senten­cia demandada, y  dictar   el   fallo   que   en   derecho   corresponda”,  y  otra  “PETICION  SUBSIDIARIA”  en  la  que el  casacionista  solicita  que  con  base  en  el  artículo  228  del  Código  de  Procedimiento    Penal,    se    tenga    “en    cuenta   el   Salva­mento  de  Voto  efectuado por el H.  Magistra­do del Tribunal  Nacional  y si es del caso declarar de oficio la causal tercera de casación del  artículo  220  del  C.  de  P.  P.”,  petición  subsidiaria  que  no  presenta  sustentación      ni      desarro­llo alguno.   

        CONCEPTO DEL PROCURADOR :   

Descorrió  traslado  el Procurador Primero  Delegado  en  lo  Penal, quien conceptúa que no debe accederse a casar el fallo  impugnado según los argumentos que subsiguen:   

Primer  cargo:            El  censor  señala la  vulneración  del  artículo  61  del  Código  Penal,  pero  en ningún momento  presenta   un   desarrollo   de  su  cuestionamiento,  dejándolo  huérfano  de  sustentación.  Se  duele  la  demanda  de  la  no  consideración  de  aspectos  referentes    al    grado   de   culpabilidad   y   a   la   persona­lidad   del   agente,   pero  omite  expresar  por  qué  esos aspectos le eran favorables al procesado, “y por ende,  de  qué  manera  se  le  perjudicó en el resultado final de la tasación de la  pena privativa de su libertad”.   

En  cuanto  a la violación al artículo 64  del  Código  Penal observa que los juzgadores fueron benevolentes al partir del  mínimo  para  el  delito  más grave a efecto de realizar la tasación, lo cual  releva  cualquier  comentario respecto a si concurren o no las circunstancias de  buena  conducta e indigencia. Expresamente resalta cómo los jueces de primera y  de  segunda  instancia  precisaron que para efectos de la aplicación de la pena  se  partía  del  mínimo  de  dieciséis  años  correspondientes  al delito de  homicidio  agravado  para de allí hacer los incrementos en razón del concurso,  siguiendo los parámetros del artículo 26 del Código Penal.   

Es  decir, que no obstante no haberse hecho  una   expresa   referencia  a  las  circunstancias  atenuantes  mencionadas,  la  mecánica   adoptada  fue  partir  del  mínimo,  lo  cual  implica  su  tácita  aceptación.  “De  no  haber sido así  -concluye-, necesariamente, ante la  gravedad  y  multiplicidad  de  los punibles ejecutados, los falladores hubieran  cuantificado  la pena privativa de la libertad, partiendo por encima del mínimo  contemplado en el art. 324 del C. P.”   

                   

Segundo  cargo:             La  censura  aquí  es  absolutamente          desacer­tada  en  cuanto  en  su  formulación  y  desarrollo  entremezcla  indebida­mente   las  causales   de  casación,  atentando  contra  el  principio  de  la  autonomía,  “falencia  técnica  que  la  inhabili­ta  para  su  cabal  estudio  y resolución por la H. Corte”. Pero  también  es  defectuosa en su fundamento jurídico, ya que el plenario acredita  una  adecuada  asistencia  profesional  respecto de OMAR BERNAL MATIZ, tanto del  profesional  por  él  designado,  como  luego  de su renuncia, por la defensora  oficiosa,  resaltando  cómo el primero intervino para procurar la variación de  la     calificación     dada     a     los    hechos    y    presen­tando    oportunos   escritos   de  sustentación  en  procura  de un mejor beneficio de su cliente. Por otra parte,  “…   omite   el   libelista   la  indicación  precisa  de  los  elementos  de  convic­ción necesarios  y,  por tanto, fundamentales, que a su juicio dejaron de practicarse en desmedro  de   las   pretensiones   exculpatorias   o,   al  menos,  morigeradoras  de  la  responsabili­dad  de su  representado.  Señalamiento  que, a su vez, también debe consignar su efecto o  incidencia en el resultado final”.   

Tercer  cargo:          La pretendida ausencia de  culpabilidad  de  OMAR  BERNAL  MATIZ,  en  la  imputación por homicidio que el  censor   rechaza   en  grado  de  coautoría,  y  admite,  acaso,  en  grado  de  complicidad,  tampoco  es de recibo, pues no logra demostrar, en modo alguno, la  violación  de  la  ley  sustancial  que  plantea. Sobre el particular el a quo,  presentó  sólidos  razonamientos para determinar el grado de participación de  OMAR  BERNAL  en  la muerte de Samuel Cruz Díaz, que el ad quem respaldó y que  no  son  controvertidos  en la demanda de casación. Se trata de un típico caso  de  coautoría impropia en donde si bien OMAR BERNAL MATIZ, no fue quien de modo  directo  e  inmediato  accionó  el  arma,  “sabía  de  antemano  ese  tipo  de  posibilidades,  naturalmente  previsibles,  asumiendo, al participar activamente  en  la  operación  delictiva,  todos  los  riesgos  y resultados que su torcido  comportamiento generara”.   

Cuarto  cargo:            Responde el Ministerio  Público  que  en este aspecto la Corte Suprema de Justicia ha venido precisando  la  diferencia  entre  flagrancia y captura en flagrancia, la primera cuando “se  produce  el  sorprendimiento  de  la  persona en el momento de ejecutar el hecho  punible.  Sorprendimiento que hace relación a la identificación, o al menos la  indivi­dualización del  sujeto  agente,  hecha  por  la  propia  víctima  o por cualquier testigo. Este  fenómeno  se  verifica  en forma independiente a que se produzca o no de manera  inmediata la aprehensión del delincuente”.   

En  este  asunto  se  produjo la retención  cuando  los sujetos estaban en posesión de un automotor, un fusil y una pistola  que  acababan  de  hurtar,  y  respecto de los demás ilícitos reprochados hubo  señalamiento  directo  de  ser los autores por parte de víctimas y testigos de  cada  uno de los ilícitos, reconocimientos fotográficos y en fila de personas,  “proban­zas    que  evidenciaron     el     carácter     de     flagrante     de     los    delitos  investigados”.   

De otra parte, la confesión de BERNAL MATIZ  no  fue el funda­mento de  la  condena  y por tanto no tiene potencialidad para que se considere diminuente  de la pena.   

Quinto  cargo:            No  hubo violación al  principio     de     la     reforma­tio  in  pejus  pues  se aumentó la pena en condiciones que no se  daban  en  este  proceso  (apelación por el fiscal, el ministerio público o la  parte  civil),  ya  que esta garantía solo opera cuando no se ha establecido el  grado jurisdiccional de la consulta, como aquí sucedió.   

De  la petición subsidiaria dijo el Fiscal  que  ella  ”  descono­ce  abierta­mente    la  técnica       que      orienta      esta      especial      impugna­ción     y,    además    emerge  desprovis­ta  del  más  mínimo      desarrollo      concep­tual,  lo  cual releva a la H. Corte de todo pronuncia­miento    al    respec­to”.   

        C  O  N  S I D E R A C I O N E S  D E  L A  C O R T  E:   

Antes  de ingresar a los temas de fondo que  ofrece  la  demanda,  debe  la Sala resaltar las consecuencias que el transcurso  del  tiempo  ha  generado sobre la vigencia de las acciones penales derivadas de  los  distintos  hechos  punibles  imputados,  en  cuanto  ello  incide  sobre la  decisión definitiva y el monto de la pena imponible.   

En  este  aspecto  merece  recordar que los  acusados  responden  por los delitos de homicidio agravado, hurtos calificados y  agravados  cometidos  en  concurso homogéneo, tenencia de armas de fuego de uso  privativo  y de defensa personal que provenían de otras infracciones, concierto  para delinquir y utilización ilegal de uniformes.   

Conocida la fecha en que quedó ejecutoriada  la  resolución  de  acusación, luego de su revisión en instancia (junio 30 de  1992),  y cotejando con ella las consecuencias que fijan los artículos 79, 80 y  84  del Código Penal, no resulta difícil advertir que transcurridos de allí a  hoy  más  de  cinco  años  sin  que  haya quedado en firme el fallo, ese lapso  incide  para  la extinción de las acciones penales respecto de los delitos cuya  pena  máxima  no  sea privativa de la libertad, o siéndola, no exceda de cinco  años,  o  en  los  que  la mitad del tiempo mayor de prisión previsto, resulta  inferior a cinco años.   

Tal  sucede  respecto  de  los  delitos  de  concierto        para       delin­quir,  utilización de prendas militares y porte de armas de fuego  en  las  dos  modalidades  imputadas,  pues  en  su  orden  y  remitidos  a  las  disposiciones  vigentes a la época de su ocurrencia, las penas no sobrepasan en  el   primer  caso  de     6  años  de  prisión,  en  cuanto  la  resolución  de acusación no precisó agravantes; en el segundo de 4 y 10 años  de  prisión,  aún  considerando la agravante de procedencia de las armas, y en  el  caso  de  la utilización de uniformes la máxima sanción es de 6 años, de  modo  que al superar­se a  esta  fecha  más  de cinco años de haber quedado en firme la acusa­ción,   las  respectivas  acciones  penales  se han extinguido por prescrip­ción,   al   punto  que  solo  resta  el  reconocimiento  de  ese  fenómeno,  y  como  consecuencia  disponer  que  la  actuación  en ese aspecto  cese.   

No sucede lo mismo con el delito agravado de  homicidio  (artículo  324  del  Código  Penal),  como  tampoco respecto de los  delitos  de  hurto,  pues  de  manera  expresa  se  consignó  que se trataba de  conductas  descritas en el artículo 350 del Código Penal, agravadas por varias  de  las  causales  del  artículo 351 ibídem, lo que conduce a una pena máxima  cuya      mitad      supera      aún      el     tiempo     transcu­rrido         desde        la  acusación.   

Superada  esta  aclaración,  es pertinente  añadir  una  más  en  cuanto  se  observa que el actor censura la sentencia al  amparo  de  la causal primera, numeral 1�,  del artículo 220 del Código de Procedimiento Penal, lo que no  obsta    para    que    en    desarro­llo   de   los   cinco   cargos   que  formula,  e  ingresando  en  ocasio­nes     en  controversias          probato­rias,   frecuentemente  varíe  el  curso  con  quebranto  de  los  principios   de   claridad   y  logici­dad,  para  aludir a motivos de la causal tercera, lo que anticipa  en buen grado su fracaso.   

CARGO  PRIMERO:            Sobre la hipótesis de  que  el  juzgador  al  momento  de  ponderar  la  pena  solo  tuvo en cuenta los  criterios   que  agravan  la  situación  del  procesado,  no  aquellos  que  le  benefician,  cuando el artículo 64 del Código Penal señala las circunstancias  de  atenuación  punitiva  que  son  de  obligatorio  cumplimiento,  la  censura  parecería  transitar entre la violación directa y la indirecta, lo que además  de  distanciar  la  exigencia  de  claridad  del  artículo  225  del Código de  Procedi­miento  Penal,  conlleva  una  contradicción  que  no  le  es posible disipar en esta sede a la  Corte,  pues  a la vez que parece suscitar la discusión sobre el contenido y la  aplica­ción    del  precepto,      invita     a     reconsiderar     si     en     reali­dad  se  daban  las  condiciones  de  hechos   que   habilitaban  a  solucio­nar  el  caso  con dicha normativa, planteamiento este último que  además se deja incompleto.   

En   el  análisis  sobre  la  incorrecta  aplicación  del  artículo  61  del  Código Penal, la demanda no desarrolla en  manera  alguna  el  cuestionamiento  propuesto.  Tal  defecto  se  comprueba  al  observar  el  pobre  argumento de que “No se requiere un análisis profundo para  concluir  que en su sentencia el Señor Juez de Orden Público solamente tuvo en  cuenta  los  criterios que de una u otra manera podían agravar la situación de  los   procesados,   no  así  los  que  pudieran  ayudarlos  como  el  grado  de  culpabilidad,  las  circunstancias de atenuación y la personalidad del agente”,  pues  con  él  se  elude  la obligación de presentar un discurso coherente que  permita  a  la  Corte  detectar  el presunto error del juzgador, y saber de qué  manera   los   aspectos   que   señala  influyeron  en  la  determi­nación final de la pena, pues no se  sabe  si  en  realidad  la  sentencia  puede albergar error al desestimar alguna  prueba  que  favore­cía  la  morigeración,  o simplemente dejó de aplicar el precepto, pese a reconocer  los supuestos de hecho de su operancia.   

Pero cuando además continúa señalando que  los  juzgadores  omitieron  la  consideración de la buena conducta anterior del  acusado  (que  por  cierto  pretende dar por demostrada con el aporte de algunas  tarjetas      del      Seguro      Social),     y     la     indigen­cia  o falta de ilustración de OMAR  BERNAL  MATIZ,  y  por  ello aplicaron indebidamente el artículo 64 del Código  Penal,  el  censor  desconoce  que  por  debajo del mínimo legal no era posible  entrar  a  tasar  la  pena  con remisión al precepto invocado, y que en el caso  propuesto  el  juzgador  partió,  precisamente, del límite inferior legalmente  previsto  para  el  delito  más  grave,  lo  que  hace inoperante la reducción  adicional  propuesta,  y  de  contera  lleva  a  la desestimación de este cargo  primero.   

El reproche carece no solo de sustento, sino  de   verdad.  En  la  sentencia  de  primer  grado,  al  ponderar  la  pena,  el  sentencia­dor partió de  los     mínimos     señalados    en    la    respectiva    disposi­ción  y tras analizar los criterios  de     gravedad,     la    personali­dad,  el  concurso  delictual  y  el  número  de hechos punibles,  consideró  “que  debe  partirse de la pena de dieciséis (16) años de prisión  que  se  contemplan  en  los  hoy modificados artículos 323 y 324-2 del Código  Penal,  que  se  refieren  al  delito  de  homicidio  agravado”.   

Así,  entonces,  si  el  juez  partió del  mínimo  fijado  por  la ley para el delito de mayor entidad dentro del concurso  delictual  objeto  de  juzgamiento,  mal  puede  censurársele que no tuviera en  cuenta  los factores de atenuación punitiva y menos que hubiera desconocido los  mandatos  del  artículo  64  del  Código  Penal, benevolentemente aplicados en  favor    de    OMAR    BERNAL    MATIZ.   

El cargo no prospera.  

En   el   CARGO   SEGUNDO   reclama   el   censor   una  falta  de  adecuada  defensa  de  los  condenados,  pero  al  hacerlo omite variar su orientación de la causal primera  de  casación  a  la  tercera,  tampoco  indica  concretamente  en qué error de  actividad  se  dio  aquel vicio, enunciando tan solo la consecuencia al sostener  que  “Este  defecto  procesal  plantea­do,  violatorio  de  normas  (sic) sustanciales, permite inclusive  reclamar      a      esa     Honora­ble  Corporación  la  declaratoria  de  nulidad  del proceso”. No  obstante,  tampoco  explica  por  qué  se  da  ese  evento aparente­mente  dentro  del artículo 304 del  Código  Penal,  y  menos  entra  a  demostrar que “la irregularidad sustancial,  afecta  garan­tías  de  los   sujetos   procesales,   o   desconoce   las  bases  fundamenta­les   de   la   instrucción  y  el  juzgamiento (art. 308-2 ibídem)”.   

Por  lo  anterior,  coincide la Sala con el  pensamiento     del    Señor    Procurador    Delegado    al    advertir    que  “Absoluta­mente  desacer­tado resulta el  cargo  planteado, como quiera que en su formulación y desarrollo entremezcla de  manera  indebida causales de casación, atentando así contra el principio de la  autonomía;  falencia  técnica  que  lo  inhabilita  para  su  cabal  estudio y  resolución”.      Esta      juiciosa      y      exacta     aprecia­ción   del   Procurador   resulta  suficiente  para  mostrar  que  también  este  cargo  está llamado al fracaso,  viéndose      además      la     Sala     ante     la     imposibi­lidad  de  una declaratoria oficiosa  de  nulidad  por  contradecir  en  este  aspecto la realidad del proceso, ya que  tanto  el  primer  profesional  designado por BERNAL MATIZ, como la defensora de  oficio   que   le   sucedió,   presen­taron       solicitu­des  oportunas y buscaron un cambio en la denominación jurídica,  e insistieron en obtener la excarcelación.   

Y  en  referencia  a  una  omisión  en  la  solicitud de pruebas, oportuno resulta memorar que para la Corte :   

        “…  no  basta con alegar en casación la no práctica de pruebas  para  que  la  nulidad  pueda hallar cabida, sino que es preciso indicar cuáles  fueron  los  medios  esenciales  cuya práctica llegó a omitirse y acreditar de  qué  manera  su  aporte  hubiera  variado  el  sentido  de la decisión optada,  aspectos  sobre  los  cuales  el  censor  guarda silencio, sin que a la Corte le  corresponda  subsanar  tal deficiencia, ni encuentre de su propia iniciativa que  la  razón  esté  del  lado del casacionista (Cas., febrero 6/96, Mag. Ponente:  Doctor Juan Manuel Torres Fresneda).   

El  censor  se  limita  a  reprochar  a sus  antecesores   en   la   defensa,   afirmando  que  no  ejercieron  protagonismo,  constitu­yéndose  en  meros  espectadores  con  perjuicio  del  interés  del  defendido, pero con ese  aserto  se  deja  huérfano  de explica­ción  y  de  sustentación,  al  no  cumplir  con  las exigencias  formales   reseña­das,  impone dar una respuesta adversa a la incompleta pretensión.   

Este cargo tampoco prospera.  

CARGO  TERCERO:          Sin demostrar las razones  en  las cuales se funda, concluye el casacionista que en relación con el delito  de  homicidio,  a  OMAR  BERNAL  MATIZ  le  fue  aplicado el proscri­to  principio  de la responsabilidad  objetiva,  supuesto  bajo  el  cual  el  libelista  pretende desvincularlo de la  muerte  de  Samuel  Cruz  Díaz, reprochando que se le haya tenido como coautor,  cuando  en  el  peor  de los casos podría admitírsele como cómpli­ce.   

Sin embargo de ese defecto de presentación,  lo  cierto  es  que la sentencia de primer grado, que con la del ad-quem, que la  confirma,  integra  una  unidad argumentativa, el juzgador fundó la imputación  no  en  la responsabilidad objetiva sino en la coautoría impropia que para nada  impugna  ni  trata  de  rebatir  el  casacionista,  según  se  desprende de los  fragmentos que se citan:   

        “En  lo  atinente  al  homicidio  de  que fuera víctima el señor  SAMUEL  CRUZ  DIAZ,  en  el  que  al igual que en los otros delitos los acusados  admitieron  estar  involucrados,  estimamos  que  sus  versiones  distan  de ser  valoradas  como confesión  de   tal   punible,   en   razón   de   que   además   de   pretender  radicar  responsa­bilidad  sólo  en  cabeza  de  BERNAL  INFANTE,  han  tratado  de  hacer  creer  que el disparo  efectuado  obedeció a una circunstancia fortuita que se presentó cuando el hoy  occiso se abalanzó hacia el portador del fusil.   

        “Al  valorar  todo  el  contexto probatorio que permite vislumbrar  con  claridad  cuáles  eran  los  fines  que  gobernaban  la  actividad  de los  cosindicados,    la  identidad  en  la  selección  de los medios para la comisión de hechos lesivos  del  patrimonio  y  en  el modus operandi  que  rodeó  a  cada uno de tales ilícitos, no podemos menos de  concluir  que  la  muerte  de  Cruz  Díaz  obedeció  simplemente a su afán de  rechazar  la  acción depredadora de los asaltantes que se hicieron presentes en  la       miscelánea,       eviden­ciando  su  intención de lesionar el patrimonio ajeno, utilizando  para  el  efecto  un  arma  de fuego que están dispuestos a emplear contra todo  aquel  que  se  atreviera  a  obstaculizar  sus  nefastos propósitos tal y como  aconteció    con    este   desafortu­nado  evento,  reflejante  de  un  homicidio  perpetrado  con toda  intención.   

        “Queremos  hacer  énfasis, para responder a los planteamientos de  la    defensora    de    BERNAL   MATIZ,  en  que  mal puede accederse a sus planteamientos de valorar la  conducta  del  citado a título de compli­cidad  frente  a los hechos lesivos del patrimonio, ya que su conducta no se remitió a  tales  eventos,  a  prestar  una  simple  ayuda  o  contribución a quien debía  reputarse  como  amo  absoluto  de  las acciones de desapoderamiento. Muy por el  contrario,    BERNAL   INFANTE   y   BERNAL   MATIZ   en   esos   casos   pueden  situar­se  en idéntico  plano  de  coparticipación, al tener simultáneamente una importante injerencia  en  la  realización de los reatos, denotando en algunos casos   BERNAL  MATIZ incluso mayor ferocidad  e iniciativa criminosa.   

        “Y         el         planteamiento         de        coautoría  predicable  con respecto a  los    dos    vinculados,    se   hace   extensivo   también   a   BERNAL  MATIZ incluso en lo que hace al  porte  constante que se observó del fusil Galil de uso privativo de las Fuerzas  Armadas,  y  al  delito  de homicidio agravado de que fuera víctima SAMUEL CRUZ  DIAZ.   

        “Adviértase  el  énfasis  que  hemos  hecho  en  que  existiendo  acuerdo  de  voluntades  para la comisión de hechos delictivos, así como en la  selección  de  los  medios  orientados  a  la  consecución  de  tales, ello se  presentó  en  punto  de  la utilización de la referida arma, la que a pesar de  ser  portada directamente por BERNAL INFANTE, puede imputarse perfectamente a su  primo por ya anotadas razones”.   

Los  fragmentos  aquí  reproducidos  hacen  inequívoca       la       imputa­ción   en   contra   del   acusado  OMAR  BERNAL  dentro  de  una  coauto­ría  impropia,  en cuanto se le ubica  cumpliendo     activa     participa­ción  en  el  desarrollo  global  de actos punibles programados y  previamente  acordados,  asumiendo  los  riesgos  y resultados como propios y no  como  actos  de  colaboración  al  delito “de otro”, de tal manera, que así no  hubiese     sido     OMAR     BERNAL    quien    accionó    mecáni­camente el arma homicida, ello no le  margina  de  aquel grado de responsabilidad, cuando la sola división de labores  al  interior  de una misma empresa, se constituye en la única causa para que no  haya  sido  el  personal  realizador  del  resultado  previsto  y  aceptado como  propio.   

En  estas  condiciones,  y  siendo  clara y  enfática       la       considera­ción  judicial  para  fundar  la  coautoría  de los dos acusados  respecto  de  todos los ilícitos, incluido el homicidio, mal puede ser removida  esa  conclusión con la llana, subjetiva e indemostrada apreciación del censor,  según  la  cual, por no ser su patroci­nado  el  portador del arma, no podía responder por la muerte del  señor  Cruz  Díaz,  porque  amparado  el  razonamiento  judicial  en  la doble  presun­ción    de  legali­dad  y  acierto,  jamás  podría  variarse sin que el censor se adentre en una precisa y taxativa  causal    de    casación   a   demos­trar    que    medió   error   en   el   juzgador,   y   que   la  interven­ción   del  acusado  fue  inocente o cuando menos en grado de complicidad, pues el debate en  casación   se   halla   reglado   y   a   cargo   de   la  iniciati­va  y prueba del casacio­nista,   sin   que   le  baste  una  genérica  e  informal expresión de inconformidad, como tampoco la proposición  abstracta  de  antítesis que terminarían por dejar al esfuerzo e iniciativa de  la   Corte   la   localización   del   error   y   la   estimación   sobre  su  trascenden­cia,  lo que  se    opone   al   principio   de   limitación   que   rige   la   impugnación  extraordi­na­ria.   

La censura no prospera.  

CARGO  CUARTO:            Dice  el censor que se  violaron  los  artículos 299 y 370 del Código de Procedimiento Penal ya que al  considerar  que  la  captura  fue  en flagrancia, se les negó a los acusados la  reducción   de  pena  por  confesión,  ya  que  ésta   facilitó  a  los  juzgadores la decisión de fondo.   

Si bien se adelanta en este aspecto la Sala  a    reconocer    que   en   principio   el   supuesto   del   cual   parte   el  casacionis­ta    es  correcto,  en  cuanto el sorprendimiento flagrante en la comisión de un delito,  no  autoriza  a excluir, en caso de concurso, el descuento del artículo 299 del  Código        de        Procedi­miento  Penal  respecto  de  las otras infracciones, en cuanto que  así  lo ha admitido esta Sala de la Corte, entre otras, en decisión de febrero  10  de 1998 (Magistrado Ponente, el conductor de este proceso), lo cierto es que  en  el  caso  presente  asoman  circuns­tancias  diversas que conspiran en contra de la diminuente, como a  continuación se examina.   

En primer lugar se tiene que la versión de  indagato­ria rendida por  OMAR  BERNAL  MATIZ,  no responde exactamente al concepto de confesión, pues si  bien    es    cierto    que    en    ella    admite    su    partici­pa­ción   material   en   los  hechos  perseguidos,   siempre   se   excusa   en   la   causal  de  inculpa­bili­dad  de  la coacción ajena, en este  caso  la  de su primo y co-acusado LUIS HUMBERTO BERNAL INFANTE, y ello, además  de  constituirse  en  fuente no de abreviación del esfuerzo investigativo, sino  de   mayor   actividad   para   esclarecer  la  excusa,  dista  de  integrar  un  “reconoci­miento libre y  espontá­neo  de hechos  perjudicia­les”.   

Sumado  a  lo  anterior  es  claro que aún  admitiendo  que  la  confesión calificada puede admitir el reconocimiento de la  rebaja  pretendida,  siempre  y  cuando  que  constituya el medio base que le de  apoyo    a    la   condena,   tal   como   así   lo   ha   reconoci­do  también  esta  colegiatura,  es  innegable  que  en  el  caso  presente  esa  versión  de  OMAR  BERNAL MATIZ no  constituye  el asidero del fallo proferido, pues consultando esta providencia se  devela  que  la  prueba de cargo deriva de elementos ajenos a la simple versión  del  procesado,  como  se  explica  en  dicha  pieza  procesal, donde el juzgado  afirma:   

        ”   No   sobra   recalcar   en  este  punto  que  la  flagrancia  es predicable en este caso  en  relación  con  todos  los    delitos    estructurados,    ya    que    múltiples    testi­gos  son  asertivos  al asegurar que  los  aquí  vincula­dos  fueron  los  que  atentaron contra su patrimonio, bien porque así lo expresaron  en  reconocimiento  en  fila  o  por  la  percepción  que  tuvieron de ellos en  documentos  fotográficos o de prensa que obran en el expediente…”, argumentos  a los cuales se añade,   

para el caso del homicidio, la validez de la  prueba  indicia­ria como  elemento  que  desdibuja  las excusas del simple accidente, opuestas ya, en todo  caso, a lo que constituye en realidad una confesión.   

Tal interpretación del término flagrancia,  no  se  distancia,  por  lo  demás,  de  aquel  que con criterio de mayoría ha  sentado  esta  Sala  de  la  Corte,  y  que  por suficientemente conocido, no es  necesario  insistir,  cuando al mismo se ha atenido el Ministerio Público en su  concepto  invocado,  por  lo que bastará citar las decisiones en que la Sala ya  reiterativa­mente lo ha  expuesto:  1o.  de diciembre de 1987, Magistrado Ponente Doctor Rodolfo Mantilla  Jácome,  16  de  noviembre  de  1988,  Magistrado doctor Jaime Giraldo Angel; y  Septiembre  9  de  1993  Magistrados Doctores Edgar Saavedra Rojas y Juan Manuel  Torres  Fresneda, entre otras, y más recientemente en casación de agosto 19 de  1997  con  ponencia  del  Magistrado  Jorge Córdoba Poveda, siendo bastante con  recordar  de  la  primera  de  estas  decisiones  la notoria diferencia entre el  sorprendimiento     flagrante    y    la    captura    en    flagran­cia,al       precisar       que  “Flagran­cia  y captura  en     flagrancia     son,     entonces,     dos     cosas    comple­tamente  diferentes y aún cuando la  aprehensión     está     constitu­cional­mente        autori­zada    sin   el   cumplimiento   de   las   formalida­des   legales   en   los  casos  de  flagrancia,    ésta    puede    tener    otros    efectos   procesa­les  diferentes  a la captura. Tales  los  contemplados  en  el  artículo 299 del Código de Procedimiento Penal, que  excluye  del  beneficio de rebaja de pena a quien, pese a su confesión, hubiese  sido  sorprendido  en  el  momento  de  cometer  el  hecho  punible… Que no se  entienda,  porque  la  Constitución no permite tal exégesis, que la flagrancia  lleva  aparejada  indiscutiblemente la captura; ésta puede ser una consecuencia  de aquella, no su efecto imprescindible…”      

En   el   caso   propuesto,   se  dio  el  sorprendimiento  flagrante  y  la  captura  de  los  procesados  en  tenencia no  autorizada    de   armas   y   unifor­mes,  y  aún  se operó la cuasiflagrancia respecto del delito de  hurto  con  el  hallazgo  en  su  poder  de  los  últimos  elementos materia de  apoderamiento.  Pero  en  relación  con  los  otros  hurtos  y con el homicidio  mediaron            reconoci­mientos   de   parte   de   testigos   y   víctimas  que  indican  adicio­nalmente   que  medió  también  un  sorprendimiento flagrante, lo que sumado a las razones que  preceden, hacen que el cargo formulado no prospere.   

CARGO  QUINTO:            Dice  el censor que el  Tribunal   Nacional  violó  el  principio  constitucional  y  legal  de  la  no  reformatio  in  pejus,  al  incrementar  la  cantidad  de  pena  impuesta  en la  sentencia  de primer grado. No empece, con esta afirmación olvida el accionante  que  el  fallo  de  primera  instancia  no  fue  apelado, lo que descuenta ya la  primera  exigencia  del  artículo  31 constitucional, de modo que al ocurrir la  modificación  dentro  del  trámite  de un grado jurisdiccional de consulta, el  superior no tenía limitación para revisarlo.   

La  sola enunciación de esta circunstancia  basta  para  indicar  el desacierto del casacionista y su falta de asidero en la  realidad  del  proceso  y  en  la  ley,  por lo que el cargo formula­do no prospera.   

Por  último  y  en  cuanto  refiere  a  la  PETICION  SUBSIDIARIA con  la  que remata la demanda, es de observar primeramente que ella no responde a la  formulación  de un cargo autónomo claro ni completo, y menos referido a alguna  causal  de  casación,  sino tan solo de una referencia a la aprecia­ción   que   hizo   uno   de   los  Magistrados  del  Tribunal  Nacional,  al  suscribir  el fallo con salvamento de  voto.  Por  ello,  la  ausencia  absoluta de formalidad y fundamentación impide  entrar      a     hacer     conside­raciones     y     revisiones     de    esta    preten­sión,  por no ser de la competencia  de  la  Corte  en  esta sede las revisiones de plena competencia, propias de una  interven­ción   de  instan­cia,  ni asistir  autorización  legal  para  que ingrese la Colegiatura a definir si la razón le  asiste  a  quienes  suscribieron  la decisión de mayoría, o en su defecto debe  privar  el  pensa­miento  de la disidencia.   

Podría tal vez pensarse que por plantear el  Magistrado  disidente en el Tribunal un criterio sobre conculcación del derecho  de  defensa,  estaría obligada la Corte a examinar el tema por la sola cita que  de  él  haga  la  defensa.  Mas  ello no es así, porque el recurrente tiene la  obligación  de presentar los cargos que considere pertinentes, de la manera que  le  indica  la  ley  y  no  de  otra  diferente, sin que en el caso propuesto se  vislumbre  con  la  diafanidad  y  contundencia  el desamparo profesional de los  procesados.   

Pero  es  más:  a la ausencia respecto del  procesado  BERNAL MATIZ se refirió el censor en el cargo segundo, al cual se le  entregó  ya  su  respuesta,  sin  que  un  reparo  de  esa estirpe respecto del  procesado  BERNAL  INFANTE  sea  del  interés  del impugnante, quien no podría  beneficiarse   del   reparo   de   un   vicio   que   no   hubiese   llegado   a  afectarle.   

Por  las  razones que quedan expresadas, la  demanda examinada será desestimada.   

Ahora   bien.   Como  al  inicio  de  las  consideraciones  de  la  Sala  fuera advertida la extinción de la acción penal  respecto  de  los  delitos  menos  graves  de  tenencia de armas, concierto para  delinquir  y  utilización  de  uniformes  militares, dicha declaración tendrá  repercusión   respecto   de   la   tasación  final  de  pena,  según  razones  complementarias      que      a      continuación      se     expre­san.   

Cuando el juzgado en la primera instancia se  ocupó  de  graduar  la  pena  que correspondía, partió de la prevista para el  delito  de  homicidio  agravado  como infracción más grave, tomando de base el  límite       menor       (16       años),       para      incremen­tarle  en  5  años  la  pena a OMAR  BERNAL   MATIZ   y   en  6  la  corres­pon­diente  al  acusado  LUIS  BERNAL  INFANTE,  asumiendo  para  el  efecto la pluralidad y  gravedad de los delitos en concurso.   

Al  revisar  la  decisión  por  vía  de  consulta,  el  Tribunal  estimó  que  las  infracciones  adicionales  al  cargo  principal  de homicidio revestían más gravedad de la que había considerado el  Juzgado,  por lo que incrementó la pena por razón del concurso a 24 y 25 años  de prisión, en el mismo orden enunciado.   

Si  se  percibe que ese incremento no se le  individuali­zó  a cada  delito,  y  que  de  los  varios adicionados al de homicidio, los más graves en  pena     (hasta     doce     años)     y    número    de    infrac­ciones   (6),   son  los  de  hurto  calificado  y  agravado, cabe entender que el descuento correspondiente al porte  ilegal  de  armas,  uso  de  uniformes  y  concierto  para  delinquir  no  puede  sobrepasar  de  los  dos años respecto de cada uno de los procesados, lo que en  definitiva  dejará  la pena del acusado BERNAL INFANTE en 23 años de prisión,  y  en 22 la de BERNAL MATIZ, y excluirá la multa (propia del uso de uniformes),  como  en  efecto  se  modificará  el fallo recurrido, sin que proceda variar en  algo  más  los términos de esa senten­cia.   

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia  en Sala de Casación Penal, administrando justicia en nombre de la  República y por autoridad de la Ley,   

        R E S U E L V E :   

PRIMERO: Declarar que la acción penal se ha  extinguido  en  este  asunto respecto de los delitos de porte ilegal de armas de  fuego  de  uso  privativo  militar  y  de  defensa personal, de uso de uniformes  militares  y  de  concierto  para delin­quir,  que  les fueran imputados a los acusados, decla­rando   la   cesación   de   todo  procedimien­to respecto  de  dichas infraccio­nes,  y    reduciendo    como    consecuen­cia  la  pena  principal  impuesta  por  los  delitos de homicidio  agravado  y hurtos calificados y agrava­dos  a  23  años  de  prisión en el caso de LUIS HUMBERTO BERNAL  INFANTE  y 22 años de la misma pena en el caso de OMAR BERNAL MATIZ, excluyendo  para ambos la pena de multa, y   

SEGUNDO: NO CASAR la sentencia impugnada por  el defensor del acusado OMAR BERNAL MATIZ.   

COPIESE, NOTIFIQUESE y CUMPLASE.  

        JORGE ENRIQUE CORDOBA POVEDA   

FERNANDO       E.       ARBOLEDA  RIPOLL       RICARDO CALVETE RANGEL   

                                                                                   Aclaración de Voto   

CARLOS       AUGUSTO       GALVEZ  ARGOTE     JORGE ANIBAL GOMEZ GALLEGO   

CARLOS        E.        MEJIA  ESCOBAR            DIDIMO PAEZ  VELANDIA   

NILSON           PINILLA  PINILLA              JUAN    MANUEL  TORRES FRESNEDA   

        PATRICIA SALAZAR CUELLAR   

        Secretaria.   

La  aclaración de voto no se encuentra en  medio magnetico     

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