17127(23-09-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 17127  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

MAGISTRADO  PONENTE   

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN   

APROBADO ACTA No. 106  

Bogotá,   D.   C.,  veintitrés  (23)  de  septiembre del dos mil tres (2003).   

ASUNTO  

         Se  decide  el  recurso  de  casación  interpuesto  por  el Fiscal  Tercero  Delegado  ante  el  Tribunal  Superior  de  Pereira contra la sentencia  absolutoria  dictada  por  la  Sala Penal de esa Corporación el 18 de enero del  2000,   en  el  proceso  adelantado  para  investigar  la  conducta  del  señor  JHON     JAIME     ZAMORA     GUERRERO.   

HECHOS  

         En   la   noche   del  27  de  junio  de  1998  fue  muerto  en  un  establecimiento  abierto  al  público  del  municipio de Dosquebradas el señor  Gildardo  León Salazar, agente pensionado de la Policía Nacional, hecho por el  cual   fue  sindicado  el  señor  JHON  JAIME  ZAMORA  GUERRERO.   

         

ACTUACIÓN  PROCESAL   

El 7 de octubre de 1998, un fiscal seccional  de    Dosquebradas    acusó    al    señor   ZAMORA  GUERRERO  por  el  delito  de  homicidio.  Por  esta  ilicitud  fue  condenado  el  15  de  octubre  de  1999 por el Juzgado Penal del  Circuito  de ese municipio a la pena de 26 años de prisión, fallo que, apelado  por  el  defensor,  fue  revocado  por  el Tribunal Superior de Pereira mediante  sentencia del 18 de enero del 2000.   

LA  DEMANDA   

         Previo  desplazamiento  del  fiscal  seccional que intervenía como  sujeto  procesal,  el  Fiscal  Tercero  Delegado  ante  el  Tribunal Superior de  Pereira  interpuso  recurso  de casación y presentó la demanda correspondiente  en  la  que,  con  apoyo  en  la  causal  primera,  cuerpo  segundo,  acusó  al  Ad quem de haber violado de  manera  indirecta  la  ley sustancial porque incurrió en errores de hecho en la  apreciación  de  la  prueba,  derivados  de  falsos  juicios  de identidad y de  existencia.   

         Con  el  propósito  de  atacar  la  prueba indiciaria, dijo que el  primer  hecho  indicador,  que  hizo  consistir  en el testimonio de María Lida  Martínez    Hurtado,    quien    repetidamente    señaló    a    ZAMORA   GUERRERO   como  el  autor  del  homicidio,  fue  equivocadamente analizado por el Tribunal que le restó mérito  por  no  haberlo  individualizado  de  inmediato ante la Policía, exigencia que  desconoce  la realidad sociológica del país. Reprochó por despectivo el trato  de  “copera”  que  se le dio en la sentencia a la testigo y rechazó que por  el  solo hecho de tratarse de una prostituta no se le creyera su versión porque  tal  oficio la hiciera proclive a la mentira sin tener en cuenta que, además de  no  ser  admisible  semejante  conclusión, la señora Martínez no era meretriz  sino  amante desde hacía varios años de quien resultó muerto en estos hechos.   

         Se    equivocó    igualmente   el   Ad  quem  en  la  valoración  sobre  la visibilidad y el  estado  de  ebriedad  de  la  testigo.  Lo  primero, porque a pesar de la escasa  iluminación  del  lugar, la cercanía –igual  a  la distancia a que se hizo el disparo, dada la proximidad  con  la  víctima-  sí permitía reconocer al agresor; lo segundo, porque no se  le  practicó dictamen de alcoholemia, de manera que la afirmación del Tribunal  constituye  sólo  una  conjetura,  más  aún si se examinan los testimonios de  Sonia  Patricia  Zapata,  Stella  Arias  y  Miriam  María  Granada,  quienes no  observaron embriagada a María Lida.   

         Para  el  demandante,  si  el  juez  de  segundo  grado  “hubiera  analizado  en  el  rigor  científico  de  la  sana crítica el testimonio de la  señora  María  Lida  Martínez  Hurtado,  no  habría absuelto al señor Jaime  Zamora Guerrero”.   

         Agregó  que respecto del otro indicio, referido al estado de salud  del  procesado  que  le  habría  impedido  ejecutar  el  homicidio, el Tribunal  incurrió  en  falso  juicio  de  existencia  por suposición de la prueba pues,  además  de  los  testimonios  de  amigos  y  parientes  sobre  las  actividades  realizadas  por  aquél ese día, el dictamen médico legista determinó que una  persona     en    las    condiciones    de    ZAMORA  GUERRERO   estaba   en   posibilidad   de   caminar  rápidamente para huir de la acción de las autoridades.   

         Y  concluyó  el libelista: “Si la Corporación hubiera examinado  esas  pruebas –el dictamen  de  Medicina  Legal  y  los  testimonios  mencionados-  no  habría  inferido la  errónea  deducción  consistente  en  que  Jhon  Jaime  Zamora  Guerrero estaba  impedido  físicamente  para movilizarse al Bar Tricolor y darle muerte con arma  de  fuego  al  señor  Gildardo  León  Salazar y en esa correcta perspectiva el  fallo forzosamente habría sido confirmatorio de la condena”.   

         En  tercer  lugar,  también debido a un falso juicio de existencia  por  omisión  de prueba, el Tribunal incurrió en error de hecho por no valorar  una  sentencia  condenatoria  anterior  por  un  delito de homicidio, pues quien  mató  una  vez fácilmente puede hacerlo de nuevo. Se trata de un indicio grave  que el fallador no tuvo en cuenta.   

         Finalmente,  solicitó  que  se  casara el fallo impugnado y, en su  lugar,   se   dictara   otro   de   carácter  condenatorio  por  el  delito  de  homicidio.   

ESTUDIO   DE   LA   NO  RECURRENTE   

         La  representante del Ministerio Público ante el Tribunal Superior  de Pereira pidió no casar la providencia recurrida.   

El fallo condenatorio, dijo, se sustentó en  dos  bases  fundamentales:  una  llamada  anónima  que  señaló a ZAMORA  GUERRERO como autor del homicidio,  según  se  consignó  en  un  informe  de policía judicial, y el testimonio de  María Lida Martínez.   

Sobre lo primero, el artículo 50 de la Ley  504  de  1999  ordenó  desechar  como  pruebas  tales  informes y las versiones  anónimas,  que  fueron  precisamente  los que dieron lugar a la aprehensión de  aquél  sin  que  previamente se le informara a la fiscalía ni se obtuviera una  orden  de captura. El inicial destinatario de la llamada es igualmente incierto,  pues  María  Lida  dice  que se le hizo a ella y que le comunicó el hecho a la  Sijín,  en  tanto  que  en el informe policivo se afirma que, recibida allí la  llamada, se logró ubicar luego a la señora Martínez.   

Con  relación  a  lo  segundo, esto es, al  testimonio  de  María  Lida,  su  estado de alicoramiento, destacado por Miriam  María  Granada;  la  poca  iluminación  del  estrecho  y concurrido lugar y el  absoluto  desconocimiento  previo  del  homicida, a quien veía por primera vez,  son circunstancias que tornan poco creíble su declaración.   

Además   debe   tenerse   en  cuenta  la  afirmación  hecha  por  el  sindicado en la indagatoria, en el sentido de haber  visto  una  fotografía  suya  sobre  el  escritorio  cuando  fue conducido a la  Sijín,   así  como  la  insegura  posición  asumida  por  la  testigo  en  la  ampliación  rendida  el  3  de septiembre de 1998 y el testimonio de la jefe de  policía  judicial, quien sostuvo que María Lida le comentó haber reconocido a  ZAMORA por unas diligencias  que  se  hicieron  en la Sijín, todo lo cual permite concluir que fue inducida.   

Estos  cuestionamientos,  concluye, impiden  adquirir  certeza  sobre la responsabilidad del procesado, como acertadamente lo  entendió   el   Ad  quem.   

                    

EL    MINISTERIO  PÚBLICO   

         La  señora  Procuradora  Primera  Delegada para la Casación Penal  sugiere   que   no   se   case   la   sentencia   impugnada.   Estas   son   las  razones:   

         1.  Se  equivocó  el  demandante  en  la  formulación  del primer  reproche,  referido  a  un  falso  juicio  de  identidad  en la apreciación del  testimonio  de  María  Lida  Martínez,  porque  en realidad no criticó que se  hubiera  tergiversado su contenido material sino la inferencia lógica realizada  por  el  Tribunal,  que desechó el reconocimiento en fila de personas por dudar  de  las  condiciones  de  percepción de la testigo. Debió postular entonces el  error  por  falso  raciocinio  y demostrar el quebranto de las reglas de la sana  crítica, tarea que no cumplió el censor.   

En todo caso, la forma de razonar que asume  el  Ad  quem no transgrede  esas  reglas  sino que, por el contrario, se apoya en la valoración racional de  la prueba legalmente incorporada al proceso.   

2.  Con  relación  a los falsos juicios de  existencia   por   omisión  en  la  apreciación  de  i)  un  dictamen  y  unas  declaraciones   que   llevaron  al  Tribunal  a  concluir  la  imposibilidad  de  desplazarse  el  procesado  al  bar  donde  ocurrieron  los  hechos  y,  ii)  el  antecedente  de  una  sentencia  condenatoria,  el  casacionista no demostró la  incidencia de las pruebas en la decisión impugnada.   

Además,  no es cierto que el Tribunal haya  dicho  que  el  señor ZAMORA  estaba  impedido  físicamente  para  movilizarse  hasta  el bar, sino que “no  disfrutaba  de  plenas  condiciones de salud”. Que tuviera una sonda que no le  dificultaba  el movimiento, según el dictamen, tampoco riñe con la conclusión  del  Tribunal  acerca de la imposibilidad para escapar rápidamente del lugar de  los hechos, pues una cosa es caminar y otra muy diferente correr.   

Las    premisas    del    Ad  quem  no  fueron desvirtuadas por el  demandante,  cuyas  críticas  apenas revelan una forma diferente de valoración  de  la  prueba,  no errores que el Tribunal hubiese cometido en su apreciación.  Por lo tanto, concluye, el cargo no puede prosperar.   

CONSIDERACIONES   

         A  pesar  de  haberse formulado adecuadamente el cargo al amparo de  la   causal   primera  de  casación,  cuerpo  segundo,  pues  el  Tribunal  dio  aplicación  al  principio  de  la  duda  como  consecuencia  de  la valoración  probatoria  y  ese  reconocimiento  constituye precisamente el motivo del ataque  fiscal  en esta sede,  el cargo será desestimado porque el actor carece de  razón y fundamento.   

         1.  En  primer  lugar,  debe  aclararse que el testimonio de María  Lida  Martínez  Hurtado  no  fue  apreciado por el Ad  quem  como  prueba de hecho indicador alguno sino que  se  valoró  en  su exacta dimensión de prueba directa sobre el acaecimiento de  un  hecho  que  había  presenciado  y  su  posible  autor,  lo  que  excluye la  consideración   de   cualquier   referencia   a   la  prueba  indiciaria,  como  equivocadamente lo hace el censor.   

         Trátase,  en  realidad,  de  un  problema  de  credibilidad que el  demandante  pretende  plantear, olvidando que, como repetidamente lo ha dicho la  Sala1, un reproche de esta naturaleza   

“… no se puede formular en casación con  vocación  de prosperidad, pues la libertad de que goza el Tribunal para valorar  la  prueba  de acuerdo con las reglas de la sana crítica hace que prevalezca su  criterio,  en  tanto  proviene  de  quien  concentra la potestad del Estado para  decir  el  derecho con fuerza vinculante. Ésta es también la razón por la que  se  insiste  que  las  sentencias que arriban a esta sede lo hacen amparadas por  las  presunciones de acierto y de legalidad, sólo desvirtuables en la medida en  que  el  demandante  demuestre  la  existencia de errores trascendentes que, por  haber  incidido de manera determinante en el sentido de la decisión, obliguen a  que        ésta       sea       modificada”2.   

         Si   lo   que   el  libelista  quería  discutir  era  la  errónea  apreciación  del  testimonio,  derivada  de  la  inexacta  observación  de los  preceptos  de  la  sana  crítica  que  eventualmente  condujo  al  Ad  quem a restarle mérito a una prueba  que,   valorada  adecuadamente,  permitiría  declarar  la  responsabilidad  del  procesado,  debía  entonces  demostrar cuáles principios de la lógica, reglas  de  la  experiencia  o  leyes  de  la  ciencia no tuvo en cuenta o contrarió el  fallador   y   cómo   ese   yerro   dio   lugar   a   la   decisión   que   se  reprocha.   

         No  fue  esa  la  labor  que  a  plenitud realizó el censor, quien  enfrentó  la  conclusión  del Tribunal afirmando que desechar el señalamiento  de  autoría  porque  no  se  hubiera  hecho  de  inmediato  sino días después  desconoce   la   realidad  sociológica  del  país;  que  la  credibilidad  del  testimonio  no  se  puede  afectar  por  el  oficio  que equivocadamente dijo el  Tribunal  desempeñaba  la testigo, pues la condición de meretriz no la hace de  suyo  proclive a la mentira; y que las condiciones de percepción eran adecuadas  porque  la  señora  Martínez  estaba  muy cerca del victimario y no se hallaba  embriagada.   

         Tales  apreciaciones,  así  formuladas, no pasan de ser expresión  de  un  ejercicio  paralelo  de  valoración probatoria con la vana esperanza de  que,   por  considerársele  más  lógico  o  coherente,  prevalezca  sobre  el  realizado por el juzgador.   

         Sin  embargo, las críticas del demandante tampoco consultan lo que  se  expresó  en  la  sentencia  respecto  de  las  condiciones personales de la  testigo,  tema  sobre  el cual señaló el Tribunal que era “pertinente acotar  que  la  señora  Juez a-quo tiene razón, cuando afirma que el hecho de que una  mujer   sea   considerada   pública,   por  si  solo  no  permite  desechar  su  testificación”.  Y sobre su estado de embriaguez, rechazado por el censor con  el  argumento  de  tratarse  simplemente de una conjetura porque no se practicó  examen   de   alcoholemia,   el  Ad  quem  aceptó  esa  circunstancia  apoyado  en  que  “había ingerido  aguardiente  y cerveza, según sus palabras, (de la propia testigo, se anota) lo  que   le   produjo   vómito   conforme   lo   asevera  MIRIAM  MARÍA  GRANADA,  administradora del Bar Tricolor”.   

         El  casacionista  igualmente  elude  afrontar  las  razones  reales  aducidas  por  el  Tribunal  para  cuestionar  la tardía individualización del  agresor  realizada  por  la  testigo,  que  no  pueden despacharse con el fácil  argumento  del  temor  a  declarar.  Resulta  razonable inferir, como lo hizo el  Ad   quem,   que  si  la  acompañante  de  la  víctima  no  suministró de inmediato la información fue  porque  “para esos momentos no podía individualizar (al menos) al criminal, y  tampoco  había  sido influenciada, adoctrinada, etc.”, y por eso en el primer  informe  de  policía  judicial  nada  se  dice  sobre este punto, cuando sería  “apenas  obvio  que,  si  esta  señora MARTÍNEZ HURTADO, hubiere captado los  rasgos  somáticos  del  homicida,  inmediatamente se los hubiera suministrado a  los agentes policiales”.   

         En  consecuencia,  como  no  se acreditó que en la apreciación de  este  medio de convicción el juzgador hubiere desconocido las reglas de la sana  crítica, el ataque no está llamado a prosperar.   

         2.  El  segundo reparo, que formula el demandante como falso juicio  de  existencia  por  suposición  porque  el Tribunal concluyó que “la prueba  documental  apuntaba  a  que las condiciones precarias de salud del incriminado,  prácticamente  le  impedían  haber  actualizado  el  crimen a él imputado”,  carece de fundamento.   

         Después  de  concluir  que  dudaba “de la veracidad de tan grave  imputación”  hecha  por  María  Lida  Martínez,  el  juzgador  se limitó a  censurar  “la  falta  de claridad y lealtad en el procedimiento de captura del  incriminado;  que,  conforme  a  las  constancias  documentales, este ciudadano,  realmente,  no  disfrutaba,  de  plenas condiciones de salud, como se infiere al  constatar  que  usaba  una  sonda para su función urinaria”, sin calificar en  ningún  sentido  las  implicaciones  que  ello  podría  tener  respecto  de la  autoría.   

         En  verdad,  como  lo  destaca  con  acierto  la  Delegada, “esta  conclusión  es  distinta  de la que en la demanda se atribuye al Tribunal, pues  una  cosa  es  decir  que  el  procesado  no disfrutaba de plenas condiciones de  salud,     y    otra    bien    distinta    es    afirmar    que    ‘estaba  impedido  físicamente  para  movilizarse  al Bar Tricolor y darle muerte con arma de fuego al señor Gildardo  León              Salazar’”.   

         En  todo caso este reproche, lo mismo que el atinente a la falta de  valoración   de   una   anterior   sentencia  condenatoria  por  homicidio  que  permitiría  predicar el indicio de capacidad para delinquir, fueron presentados  por  el  demandante  de  manera  aislada,  sin  demostrar  la incidencia que los  supuestos  errores  habrían  tenido  en el sentido de la decisión, menos si se  tiene   en   cuenta   que   el   Ad  quem,  además  de restarle credibilidad al testimonio de cargo, apoyó  la  existencia  de  la duda en otros aspectos no cuestionados por el recurrente,  como  i)  las  declaraciones de parientes y otras personas que se encontraban en  la  residencia,  quienes  sostuvieron que para el momento de realizarse el hecho  ZAMORA  GUERRERO se hallaba  allí  viendo televisión; ii) la falta de armonía entre los testimonios de los  agentes  de  policía  que  conocieron  el  hecho y la versión de Miriam María  Granada;   iii)  la  contradicción  respecto  de  quién  recibió  la  llamada  anónima,  si  María  Lida  Martínez  o  la  Sijín; circunstancias todas que,  unidas  a  lo  dicho  respecto  de  la declaración de cargo, dejan incólume la  conclusión  sobre  la  existencia  de  la  duda  probatoria  que dio lugar a la  absolución  del  señor  ZAMORA  GUERRERO.   

         La censura, por lo tanto, no será acogida.   

         En  mérito  de lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

         No casar la sentencia impugnada.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

NOTIFÍQUESE    Y  CÚMPLASE   

YESID    RAMÍREZ  BASTIDAS   

Excusa justificada  

HERMAN    GALÁN  CASTELLANOS              CARLOS  A. GÁLVEZ ARGOTE   

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO                 ÉDGAR LOMBANA TRUJILLO   

No hay firma  

ÁLVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN                 MARINA PULIDO DE BARÓN   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                MAURO  SOLARTE PORTILLA   

TERESA     RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria  

    

1 Cfr.,  por  ejemplo,  autos  del  13  y  14  de  marzo y 16 de mayo del 2000, radicados  15.878,  15.753  y  16.397, M.P. Édgar Lombana Trujillo, y del 11 de septiembre  del  2000,  radicado  15.400,  M.P.  Jorge Aníbal Gómez Gallego, así como las  sentencias  del  16  y  29  de marzo del 2000, radicados 10.963 y 10.858, MM.PP.  Jorge  Aníbal  Gómez Gallego y Carlos Eduardo Mejía Escobar, en su orden; del  3  de  diciembre  del 2001, radicado 10.041, M.P. Jorge Enrique Córdoba Poveda,  del  19  de  diciembre  del  2001,  radicado  14837,  del  1 de agosto del 2002,  radicado 13.326 y del 12 de junio del 2003, radicado 17.180.   

2  Sentencia del 1 de agosto del 2002, radicado 13.326.     

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