9500 (30-10-96)

1996

Asistente Jurídico Inteligente

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    AUTO DE PROCEDER/ PRESCRIPCION  

PROCESO                                    : 9500   

          CORTE SUPREMA DE JUSTICIA   

          SALA DE CASACION PENAL   

          Magistrado Ponente:   

          Dr. CARLOS AUGUSTO GALVEZ ARGOTE   

          Aprobado Acta No.151   

          (OCT. 24 de 1996)   

     Santafé de Bogotá  D.C.,   treinta   (30)   de   octubre   de   mil   novecientos  noventa  y  seis  (1996).   

         VISTOS:   

     El Juzgado 2o. Penal  del  Circuito  de  Ubaté  (Cund.),  mediante  sentencia  de  primera  instancia  proferida  el 11 de octubre de 1993, condenó a HIPOLITO CANO CASTILLO a la pena  principal  de  16 años de prisión, la accesoria de interdicción de derechos y  funciones  públicas por el mismo tiempo de la pena principal, la suspensión de  la  patria  potestad,  al pago de los perjuicios ocasionados en calidad de autor  intelectual  del  delito  de homicidio, ordenando en consecuencia su captura, al  tiempo  que  cesó todo procedimiento por el delito de hurto, en razón a que se  encontraba prescrita la acción penal.   

       Apelada   esta  decisión  por  el  defensor del procesado, el 9 de febrero de 1994, el Tribunal  superior   de  Cundinamarca,  la  confirmó  en  cuanto  a  la  declaratoria  de  responsabilidad  y la pena principal, aclarando que el agravante imputado lo era  por  el  numeral  4o. del artículo 324 del C.P. y no por el 1o. como lo afirmó  el  a quo. Igualmente modificó la pena accesoria de interdicción de derechos y  funciones  públicas  reduciéndola al límite legal de 10 años y revocó la de  suspensión de la patria potestad.   

         HECHOS:   

      El  15 de marzo de  1985,  a  la  mina  “Capellanía”,  vereda  “Peñas” del municipio de Cucunubá,  llegó  GUMERCINDO  CAÑON  CIFUENTES  solicitándole trabajo a Andrés Castillo  Gómez,  quien  luego  de manifestarle la imposibilidad de acceder a su pedido y  cuando  se  disponía  a  subirse  a  su  vehículo  Nissan, CAÑON CIFUENTES le  disparó  repetidamente, causándole la muerte y emprendiendo la huida, luego de  haberse  apoderado  de un bolso que portaba la víctima con la suma de $333.600,  fue  capturado  de  inmediato  por  las  personas  que  se  encontraban cerca al  lugar.   

         ACTUACION PROCESAL:   

     Con base en el acta  del  levantamiento del cadáver de Andrés Castillo Gómez y el informe policivo  poniendo  a  disposición a GUMERCINDO CAÑON CIFUENTES, el 16 de marzo de 1985,  el  Juzgado  Promiscuo  Municipal  de  Cucunubá  dictó auto cabeza de proceso,  vinculando  mediante  indagatoria al capturado a quien, el 29 de marzo del mismo  año,  el  Juzgado 77 de Instrucción Criminal Ambulante, le decretó detención  preventiva, por el delito de homicidio agravado.   

       Escuchadas  las  declaraciones  de  las  personas  que  aprehendieron a CAÑON CIFUENTES, quienes  manifestaron  haberle escuchado la sindicación que le hacía a un señor “Polo”  como  la persona que le había ofrecido la suma de $200.000 por quitarle la vida  a  Castillo  Gómez;  y establecido que se trataba de HIPOLITO CANO CASTILLO, se  impartió  orden  de  captura  en  su  contra, procediendo a vincularlo mediante  indagatoria,  una  vez  materializada  la  misma, resolviéndosele la situación  jurídica  el  15  de abril de 1985, con detención preventiva, por el delito de  homicidio agravado, en calidad de autor intelectual.   

     Posteriormente y con  base  en  los informes del DAS, en los que se sospechaba de José María Mahecha  Solano  como  uno  de los individuos que podía estar comprometido en los hechos  investigados,  por  cuanto se sabía que tiempo atrás HIPOLITO CANO CASTILLO le  había  ofrecido  dinero  para que le diera muerte a Castillo Gómez, se dispuso  su   vinculación   al   proceso,  siendo  declarado  persona  ausente  ante  la  imposibilidad  de  hacer  efectiva  la  captura,  definiéndosele  la situación  jurídica  el  4  de  julio de 1985 con detención preventiva como partícipe de  dicho homicidio.   

      El 6 de agosto del  mismo  año  se  declaró  cerrada la investigación, habiéndosele concedido la  libertad  provisional  a  GUMERCINDO  CAÑON  por vencimiento del término legal  para  la  calificación  del  sumario  que  solo se vino a cumplir hasta el 3 de  octubre  siguiente  por  el  Juzgado  2o.  Superior  de Santafé de Bogotá, que  dictó  llamamiento  a  juicio en contra de CANO CASTILLO y CAÑON CIFUENTES por  los  delitos  de  homicidio agravado y hurto calificado y agravado, revocando la  excarcelación   provisional   concedida   a   éste   último   y  sobreseyendo  temporalmente  a  Mahecha  Solano.  Apelada esta decisión por los defensores de  los  procesados  enjuiciados,  el 6 de marzo de 1986, recibió confirmación por  el Tribunal Superior de la misma ciudad.   

      En  la etapa de la  causa,  el 18 de julio de 1987 y al entrar en vigencia del Decreto 050 del mismo  año,  se le concedió al procesado la libertad provisional con fundamento en el  artículo  439.5 ibídem. Practicadas algunas pruebas solicitadas por las partes  y   luego   de   efectuado   el  corres­pondiente  sorteo  para  la intervención del jurado de conciencia,  el  28  de  septiembre  de  1988  se  inició la audiencia pública, habiéndose  dispuesto  el envío de las diligencias al Juzgado Unico Superior de Zipaquirá,  que  a  su  vez  lo  remitió  al de Ubaté, por competencia, procediéndose por  éste  despacho  a  decretar  la  extinción  de  la  acción  penal respecto de  GUMERCINDO CAÑON, por muerte del procesado.   

       Finalmente   y  después  de  múltiples  dilaciones  se culminó la audiencia pública el 28 de  septiembre  de  1993,  la  cual  se  rituó de conformidad con las disposiciones  vigentes  al  momento  de  su  iniciación  en cumplimiento a lo dispuesto en el  artículo  13  transitorio del actual estatuto procesal penal, profiriéndose la  sentencia  condenatoria  que fue confirmada por el Tribunal de Cundinamarca, con  las  modificaciones  y  en los términos expuestos en precedencia, al desatar el  recurso    de    apelación     interpuesto    por    el    defensor    del  procesado.   

         LA DEMANDA:   

     Con fundamento en el  cuerpo  segundo  de  la causal primera de casación, un solo cargo dice formular  el  defensor  del procesado, pues, en su criterio, “Se incurrió en la sentencia  impugnada  en  VIOLACION  INDIRECTA  POR  APLICACION  INDEBIDA de las normas que  tipifican  el  delito de homicidio a título de determinador o actor intelectual  (artículo  324  del  Código  Penal). De la misma manera se violó el artículo  247  del  Código  de  Procedimiento  Penal  que  establece  los requisitos para  condenar.  La  violación acusada se origina en errores de hecho trascendentes y  manifiestos   en   la   VALORACION   PROBATORIA   REFERIDA   AL  ASPECTO  DE  LA  CULPABILIDAD”.   

      Enuncia  entonces  como  “PRIMER  ERROR  DE HECHO”, la errónea apreciación de la circunstancia de  la   imputación   “abstracta”   que  se  hiciera  de  “Polo”  y  la  “posterior  endilgación  del  cargo  a  Guillermo  Rubio”,  pues  de  allí  se  dedujo  la  intención de matar del procesado.   

     Como “SEGUNDO ERROR  DE  HECHO”,  la  errónea  apreciación de “la relación objetiva que se hace de  los  conflictos  surgidos  entre  HIPOLITO CANO CASTILLO y Andrés Castillo para  inferir   indicios   de  responsabilidad  en  los  hechos  que  se  le  endilgan  actualmente”;  y  como  “TERCER ERROR DE HECHO”, afirma la errónea apreciación  de  “la  circunstancia  derivada  del  reconocimiento  efectuado  por GUMERCINDO  CAÑON  CIFUENTES”, en donde “descartaba” la participación del procesado en los  hechos  investigados,  cobrando  así  relievancia  las  razones por las cuales,  desde  un comienzo, no mencionó a Guillermo Rubio, quien lo tenía amenazado de  muerte.   

      A  continuación  transcribe  en  extenso  las  sentencias  de primera y segunda instancia, previa  advertencia  de  que  con ello pretende “demostrar que los elementos probatorios  que  se  rebisten  (sic)  a  través del cargo son los únicos posibles, sin que  existan  medios  de prueba diferentes a los cuestionados que puedan sostener una  sentencia    de    condena,    desde   el   punto   de   vista   subjetivo   del  reproche”.   

     Más adelante, en lo  que  titula  “DEMOSTRACION  DEL  CARGO”, reitera lo expuesto en su formulación,  adicionando  como  norma  quebrantada  el  artículo  36  del  C.P. pasando a la  “DEMOSTRACION  DE LOS  ERRORES DE HECHO”, advirtiendo desde un comienzo que  no  obstante  impugnar  los  indicios,  no  pretende  con  ello  “desconocer los  márgenes  de  valoración  subjetiva  que  existan  en  el  manejo de la prueba  indiciaria”   ni  las  inferencias  del  juzgador,  pues  es  a  éste  a  quien  corresponde  ese  proceso, sin embargo, agrega: “lo que no puede admitirse es el  margen  de  subjetividad  en  la  apreciación sobre la existencia de los hechos  indicantes  o  que  se  deje  de  lado,  en  su aspecto material”, ya que, en su  concepto existe suficiente prueba para casar el fallo.   

       Refiriéndose  entonces  al  primer  error  de  hecho, que reitera en su enunciación, vuelve a  transcribir  ampliamente  el  fallo  de segunda instancia en cuanto al análisis  que  hace  de  las primeras versiones de Gumercindo Cañón Cifuentes, afirmando  que   allí  surgieron  las  primeras  incriminaciones  en  contra  de  HIPOLITO  CASTILLO,  con  el cual se muestra inconforme, aduciendo que, “no basta” con una  incipiente  manifestación,  para  “atribuir  reproche  penal  a  una  persona”,  máxime  que  tratándose  de responsabilidad a título de autor intelectual, es  imprescindible  un  actuar  sico-físico,  como  que  la  sola  acción síquica  concretada  en  una  expresión de matar anterior a los hechos, no tiene efectos  jurídicos     en     cuanto     constituyen    simples    deseos    o    “meras  intenciones”.   

       Tal   forma  de  autoría,   “o   más  propiamente  la  actuación  de  inductor,  instigador  o  determinador”,  agrega,  debe  deducirse  de  la prueba y a veces en “detalles o  vestigios  únicamente  que logran escapar a la previsión suma que distingue al  actor  (sic) mediato, pues, como queriendo el delito no lo realiza por sí mismo  sino  por  intermedio  de  otro,  su  preocupación  principal es la de no dejar  rastro  alguno  de  su  intervención”,  como  saber  que se dice en caso de ser  descubierto,  ya  que  no  se  “compadece  con la lógica normal” que suministre  todos los datos que lo comprometen en la comisión del delito.   

      Reitera,  así, lo  relacionado  con  el  sujeto  “Polo”  mencionado  por  GUMERCINDO  CAÑON en sus  primeras   versiones   y   las   amenazas   de   muerte   que   motivaron  tales  manifestaciones,  como su posterior retractación, quejándose de que a pesar de  ello  “fue  considerado  simplemente  como carente de verosimilitud”, pese a que  tal  incriminación  se  dirigió  en  contra  de  HIPOLITO  CASTILLO,  “por las  populares  pruebas  que  informan  que  es  él  el único ‘POLO’ conocido en la  región  -Vereda Peñas-“, y aún así, no se hicieron averiguaciones con el fin  de   determinar   si   habían   personas  diferentes  al  procesado  con  dicho  apodo.   

      Igualmente, en  su   concepto,   “se  dejó  sin  piso  alguno  la  versión  rendida  sobre  la  incriminación  por  parte  de ANGEL MARIA CASTILLO VELASQUEZ”, quien manifestó  que  el  autor  material  del  homicidio,  al  momento  de  su  captura  no hizo  incriminaciones  a  terceros, versión que considera de “brillante importancia”,  pues,  en  su  criterio,  impide inferir que CANO CASTILLO hubiese tenido ánimo  homicida.   

     En lo que tiene que  ver  con  el  segundo error de hecho, reproduce el aparte del fallo impugnado en  el   que  se  analizan  las  manifestaciones  previas  del  procesado  sobre  su  intención  de  dar  muerte  a  Andrés  Castillo,  referidas  por José Eduardo  Alvarado,   aduciendo  en  lo  que  denomina  “CONCRECION  DEL  ERROR”  que  “el  sentenciador,  relaciona el incidente a partir del cual se realiza la inferencia  indiciaria,  sobre  fechas  y  circunstancias distintas al acontecer propiamente  investigado,  trayendo a colación circunstancias en tiempo y espacio diferentes  y  no  probadas  para  atemperar  con  responsabilidad  actual a HIPOLITO CANO”,  refiriéndose   a   continuación  a  la  causalidad  y  la  imputación  de  la  responsabilidad  jurídico  penal,  afirmando  que  no  siempre  la  imputación  objetiva  “se corresponde en derecho Penal con la causalidad”, pues hay casos en  los  que  se  afirma  a  pesar  de  ésta,  como  que  en  el  caso  concreto se  “entrelazaron”  aspectos que tenían que ver con los conflictos surgidos a raíz  de  la  explotación  de  la  mina,  no  obstante  que  no  existe  la verdadera  causación  del  resultado,  ya  que, en su criterio, “Existe, si es que así se  considera una causalidad hipotética (mentalmente supuesta)”.   

     Por ello, afirma el  demandante,  “lo correcto” es no interrogarse si atendidas las circunstancias el  resultado  se  hubiese  producido  de  la  misma  manera,  “sin  la acción cuya  causalidad  se  cuestiona”, ya que, en su sentir, para que la acción ostente el  carácter  de  condición,  es  necesario  que  efectivamente  haya producido el  resultado,  “según  la  ley de causalidad y con arreglo a los conocimientos que  nos ofrece la experiencia”.   

      Confronta entonces  tales  supuestos  teóricos  con  el  caso  concreto,  reiterando  que  el autor  intelectual  siempre  procura  evitar cualquier circunstancia que lo vincule con  el  delito,  el  contacto  con  el “forastero”, autor material, se hace en lugar  diferentes  a su propia residencia, no manifiesta las razones para llevar a cabo  el  delito,  razón  por  la  cual,  concluye,  no son de “aceptación” aquellas  razones  conocidas  públicamente,  “para  ponerlos en boca de un extraño quien  más  tarde, sin esfuerzo alguno vaya a ponerlo en manos de las autoridades. Por  lo  que  se  infieren  sustanciales  dudas que afectaron la actuación jurídico  procesal  del  señor  HIPOLITO  CANO  CASTILLO”,  máxime  si las controversias  relacionadas  con  la  mina  han  sido  objeto  de investigación “en los campos  propios  del derecho” y por esto, los supuestos de los que parte el fallador “no  corresponden a lo probado en el expediente”.   

     En cuanto al tercer  error  de  hecho,  que denomina el casacionista como la errónea apreciación de  la  circunstancia  derivada  del reconocimiento realizado por Gumercindo Cañon,  que  de  acuerdo  con  su  personal apreciación, descarta la participación del  procesado  en  los  hechos  investigados, reitera su relievancia en razón a que  éste  no  mencionó  en  un  principio  a  Guillermo  Rubio, por temor a que se  cumplieran las amenazas de muerte proferidas en su contra.   

      Vuelve  entonces  sobre  lo  expresado  respecto  a  los errores anteriores y luego de transcribir  jurisprudencia  sobre  la  forma  de  alegar  la  duda  en  casación  cuando el  sentenciador  no  la  ha  reconocido, solicita se “CASE TOTALMENTE” la sentencia  impugnada, dictando como de reemplazo una de carácter absolutorio.   

         CONCEPTO DEL PROCURADOR DELEGADO EN LO PENAL:   

     Para el Procurador  Tercero   Delegado  en  lo  Penal,  los  errores  de  hecho  planteados  por  el  casacionista  constituyen  en realidad nuevas alternativas de valoración frente  a  la  indagatoria del procesado y algunos testigos que corroboraron su versión  y  que, por el contrario fueron correctamente apreciadas por el juzgador, razón  por  la  cual,  en  su  argumentación,  no logra separar el indicio propiamente  dicho,  como prueba autónoma del análisis global que se hace en el fallo de la  prueba recaudada y tendiente a un mismo fin.   

     Para demostrar sus  afirmaciones,  se  apoya  en  una  extensa  reproducción  del  fallo de segunda  instancia,  que relaciona la prueba que al ad quem le sirvió de fundamento para  concluir  la  participación  de  CANO  CASTILLO  en  los hechos investigados en  calidad   de  autor  intelectual,  para  concluir  que  del  abundante  material  probatorio  el Tribunal “no hizo inferencia lógica pilar del proceso indiciario  que  permitiera  afirmar  que a partir de un hecho probado y bajo los derroteros  de  los  reglados  de  la  experiencia  llegara a la demostración de otro hecho  hasta entonces desconocido”.   

     Siendo entonces que  “brilla   por   su  ausencia  la  prueba  indiciaria  propiamente  dicha  en  la  sentencia”,  no  podía  el  actor, en consecuencia, atacar una inferencia en el  proceso  deductivo  y  es por ende falsa su afirmación en cuanto a que el error  de  apreciación  recayó  en  las  circunstancias sobre las cuales, el fallador  construyó  un indicio, pues sus conclusiones obedecen al análisis de la prueba  testimonial  existente  en el proceso, debiendo por tanto atacar los testimonios  o las pruebas de las que se “derivaba la errónea estimación”.   

       Por  ello,  en  criterio  del Delegado, aún pretendiendo algún estudio de fondo de la demanda,  tampoco  tendría  éxito,  pues  todo se reduce a falsos juicios de convicción  “inalegables” en esta sede.   

      Así,  en  lo que  tiene  que  ver  con  el primer error de hecho, “nada” demuestra el censor, como  que  no  señala  en  qué forma se presentó la errada apreciación, ni tampoco  las pruebas sobre las cuales recae el mismo.   

     En  cuanto  al  segundo  yerro,  observa  que  las  argumentaciones  del  casacionista,  se reducen a una  reflexión  aislada  “del contexto, del fenómeno de la participación contenido  en  el  artículo  23  del  Código Penal desconociendo cómo aquél se presenta  cuando  el agente mediato mediante la instigación, mandato, consejo, coacción,  convenio  o  cualquier  otro  medio  idóneo,  obtiene  que otra persona realice  materialmente  la  conducta activa u omisiva configurativa del hecho delictivo”,  pues   la  interpretación  que  en  las  instancias  se  hizo  de  esta  figura  corresponde  a  las  pautas dadas en la ley y además, no se presenta la alegada  violación  indirecta,  habida  cuenta que el actor, en últimas, propone que se  de   prevalencia a “su mal formado criterio sobre el de los juzgadores y su  propuesta inadmisible”.   

     Ocurre lo mismo con  el  tercer  error,  pues  es una continuación de los anteriores y tampoco logra  demostrarlo  el  censor,  como  que  los  medios  probatorios fueron debidamente  apreciados  por  el  juzgador,  destacando  cómo  en  la  sentencia  se hizo un  profundo  análisis de la ampliación de indagatoria y el testimonio de Castillo  Velázquez,     haciendo     una     extensa     transcripción    del    aparte  pertinente.   

     Así pues, para el  Ministerio  Público,  el  defensor  del  procesado  no  ataca  la validez de la  sentencia,  en  la que se demostraron acertadamente todas las circunstancias que  permiten   ubicar   a   CANO  CASTILLO  como  autor  intelectual  del  homicidio  investigado.   

      Solicita no casar  el fallo impugnado.   

        CONSIDERACIONES:   

      1o.  Sería  lo  pertinente  proceder  a  decidir  sobre  el presente recurso de casación, si no  fuera  porque  es verdad procesal que el auto del llamamiento a Juicio proferido  en  contra  de  HIPOLITO  CANO CASTILLO, por el delito de homicidio agravado, al  ser  apelado  por el defensor fue confirmado por el Tribunal Superior de Bogotá  6  de  marzo de 1986, quedando ejecutoriado el 16 del mismo mes y año, habiendo  transcurrido desde ese momento a la fecha más de diez años.   

     2o. De conformidad  con  lo dispuesto en el artículo 84 del C. de P. P., habiéndose proferido auto  de  proceder  o su equivalente el término prescriptivo de la acción penal debe  contarse  nuevamente  a  partir  de  la  ejecutoria  de dicho acto procesal “por  tiempo  igual a la mitad del señalado en el artículo 80” del C.P., no pudiendo  ser inferior a 5 años.   

       3o.  En  estas  condiciones,  se  tiene  que  el  artículo  80 de dicho estatuto al regular las  bases  de  la prescripción de la acción penal establece que esta “prescribirá  en  un tiempo igual al máximo de la pena fijada en la ley si fuere privativa de  la  libertad, pero, en ningún caso será inferior a cinco años ni excederá de  veinte”,  lo  cual  significa que este límite máximo prescriptivo es aplicable  tanto  a  la  etapa  instructiva  como  de  la  causa,  pues es una prohibición  absoluta la que allí contiene.   

       4o.  Entendido  entonces  que el límite máximo para la prescripción de la acción penal es de  veinte  años,  que serían válidos para la etapa instructiva, con la remisiòn  que  al  artículo  80  del C.P. hace a su vez el artículo 84 ibídem, no puede  menos  que  concluirse  que el término máximo de prescripción en la etapa del  juicio  es  de  10 años, esto es, la mitad del máximo ya fijado en el referido  artículo 80, para todos los casos.   

      5o.  En  estas  condiciones,  en  el  caso  concreto, no queda otra alternativa para la Sala que  declarar  la  prescripción  de  la  presente  acción  penal  y en consecuencia  disponer   la   cesación  de  todo  procedimiento  a  favor  de  HIPOLITO  CANO  CASTILLO.   

      En mérito de lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL,   

        RESUELVE:   

       1o.  Declarar  prescrita la presente acción penal.   

      2o.  Cesar  todo  procedimiento  por los hechos investigados en este proceso, en favor de HIPOLITO  CANO CASTILLO.   

        Notifíquese,    cúmplase    y   devuélvase   al   tribunal   de  origen.   

        FERNANDO ARBOLEDA RIPOLL   

RICARDO          CALVETE  RANGEL           JORGE  ENRIQUE  CORDOBA  POVEDA   

CARLOS       AUGUSTO      GALVEZ  ARGOTE     JORGE ANIBAL GOMEZ GALLEGO   

CARLOS       EDUARDO       MEJIA  ESCOBAR            DIDIMO PAEZ  VELANDIA   

                        NO  FIRMO   

NILSON           PINILLA  PINILLA              JUAN    MANUEL  TORRES FRESNEDA   

      

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

Secretaría  

     

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