SP3001-2015(42822)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Magistrada ponente  

SP-3001-2015  

Radicación 42822  

(Aprobado Acta No. 105)  

Bogotá D.C., marzo dieciocho (18) de dos mil  quince (2015).   

VISTOS:  

Resuelve  la  Sala  el  recurso  de casación  interpuesto  por  el defensor del procesado JAVIER MURGUEITIO CORTÉS, contra la  sentencia  condenatoria  proferida  en  su  contra  por el Juzgado 5º Penal del  Circuito   de   Neiva  y  confirmada  por  el  Tribunal  Superior  de  la  misma  ciudad.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL:  

1.  El   mencionado,   en   su   condición   de  Director  Ejecutivo  y  representante   legal   de   la  sociedad  Telefonía  Celular  Telcell  Empresa  Precooperativa,    le    dejó    de    consignar   a   la   DIAN   –en  noviembre  de  2006 y diciembre de  2007—   $90.962.000.oo,  correspondientes  al  impuesto  a las ventas recaudado por la compañía durante  los  períodos 5 y 6 del año 2006. Así lo denunció el 27 de agosto de 2007 la  Administradora  de  Impuestos  Nacionales  de  Neiva,  doctora  Rosa  Teodolinda  Castañeda Hernández.   

El agente retenedor, tiempo después, le hizo  algunos   abonos   a   la   entidad   nacional,   quedando  pendientes  de  pago  $66.536.000.oo.   

El  Juzgado 4º Civil del Circuito de Neiva,  mediante  providencia  del  15  de  abril  de 2010, admitió en relación con la  compañía    mencionada    “la    apertura    de  reorganización  empresarial” prevista en la Ley 1116  de 2006.   

2.  Al  proceso,  iniciado  el  3 de septiembre de 2007, fue vinculado mediante indagatoria JAVIER  MURGUEITIO      CORTÉS,      a      quien     la     Fiscalía     –luego  de  invalidar  la actuación el  Tribunal    Superior   de   Neiva   el   31   de   marzo   de   2011—  le resolvió la situación jurídica  con  detención preventiva el 2 de junio de 2011 y lo acusó el 26 de septiembre  del  mismo  año  por  el  delito de omisión del agente retenedor o recaudador,  sancionado  en  el artículo 402 del Código Penal con pena de prisión de 3 a 6  años.    Esta   determinación   quedó   en  firme  el  13  de  diciembre  siguiente.   

3.  Tramitado  el  juicio,  el  31  de  agosto  de  2012 el Juzgado 5º Penal del Circuito de Neiva  condenó  al  acusado  a 36 meses de prisión, inhabilitación para el ejercicio  de   derechos   y   funciones   públicas   por  el  mismo  término,  multa  de  $133.072.000.oo   y   a  cancelarle  a  la  DIAN,  por  concepto  de  perjuicios  materiales,   16,0784  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes.  Se  le  concedió la condena de ejecución condicional.   

El   mismo   despacho  judicial,  mediante  providencia  del 11 de septiembre de 2012, señaló que la indemnización que el  procesado  debía  pagar a la DIAN era por el equivalente a 163,0784. La escrita  en   la   parte   resolutiva   del   fallo   (16,0784)   constituyó   un  error  aritmético.   

4.  El  defensor  apeló  la  sentencia  de  primera  instancia y el Tribunal Superior de Neiva, a  través  del pronunciamiento recurrido en casación, expedido el 15 de agosto de  2013, la confirmó en su integridad.   

LA DEMANDA:  

Cargo único.  

1. Con la sentencia  impugnada  se  afectó  al  acusado el derecho fundamental al debido proceso por  desconocerse   que   “se  encontraba  excluido  de  persecución  penal  en virtud del inciso segundo del artículo 42 de la Ley 633  de  2000”.  Esto  en consideración a que el Juzgado  4º  Civil  del Circuito de Neiva, mediante providencia del 15 de abril de 2010,  admitió   respecto   de   la  sociedad  por  él  representada  “la     apertura    de    reorganización    empresarial”  prevista en la Ley 1116 de 2006, trámite en el cual la DIAN se  hizo parte.   

2.  El  Tribunal  interpretó  equivocadamente  el  inciso  2º  del artículo 42 de la Ley 633 de  2000,  por  el cual se modificó el artículo 402 del Código Penal. Señaló la  Corporación,  en  efecto,  “que el beneficio allí  consagrado   sólo   es  procedente  para  personas  jurídicas  en  proceso  de  REESTRUCTURACIÓN  de  que  trata  la  Ley  550  de 1999, y no para las personas  jurídicas  en  proceso  de  REORGANIZACIÓN  señalado  en la Ley 1116 de 2006,  interpretación  que  no  corresponde  pues  esta  última  sólo  modificó  la  denominación  y  el  procedimiento  fijados  en  la Ley 550 sólo para personas  jurídicas     distintas     de    las    entidades    territoriales”.   

La ley 550 de 1999, a juicio del censor, fue  sustituida  por la Ley 1116 de 2006. ¿La razón? El artículo 126 de la última  prorrogó  durante  6  meses  más  la  vigencia  de la primera. “Por   consiguiente,   en  el  análisis  de  la  hermenéutica  jurídica  integral  esta  sustitución  debe  tener  como  incorporada también  inciso  2 del artículo 42 de la Ley 633 de 2000, que modificó el artículo 402  de  la  Ley  600  (sic)  de  2000”.   

3.   Agregó  el  demandante      que      tanto      los      procesos     de     “reorganización”  de  la  Ley  1116  de  2006,  como  los  de  “reestructuración”   de   la   Ley   550   de   1999,  se  crearon  “para    personas    jurídicas   y   naturales   catalogadas   como  comerciantes,  que  se  hallaban  en  cese  o  en  imposibilidad de pago, con el  propósito  de  conservar  las empresas y generar empleo en el país”.   

En  el  proceso  judicial de “reorganización”    relacionado   con  Telefonía  Celular  TELCELL  Empresa Precooperativa, la DIAN se hizo parte para  reclamar  el  pago  de  “todas  sus  acreencias por  concepto     de    IVA    reclamados    en    la    acción    penal”.   

Las  instancias  se  negaron a aplicar en el  presente  caso  el inciso 2º del artículo 42 de la Ley 633 de 2000 y a cesarle  el  procedimiento  al  inculpado,  aduciendo  que en esa norma no se encontraban  comprendidos   los   casos   de   “reorganización  empresarial”  regulados  en  la Ley 1116 de 2006. Se  equivocaron,  sin  embargo,  porque  la  Ley  1116  simplemente  sustituyó  los  procedimientos  de  reestructuración  de  la  Ley  550  de  1999  y los siguió  llamando         “reorganización”.   

Para   el  casacionista,  en  conclusión,  “debe  entenderse  como incorporado al artículo 42  de  la Ley 633 de 2000 todo proceso de reorganización empresarial, salvo los de  las  entidades  territoriales  y descentralizadas, las que sí se regulan por el  proceso  de reestructuración de la Ley 550 de 1999, citadas en el artículo 125  de la Ley 1116 de 2006”.   

Así  las  cosas,  procedía  en  favor  del  acusado  la cesación de procedimiento prevista en el artículo 42 de la Ley 633  de  2000  desde  cuando  la justicia civil admitió, en relación con la persona  jurídica  por  él  representada,  la  apertura del trámite de “reorganización  empresarial”. Mencionó  el  censor,  en  respaldo  de  su tesis, la providencia CSJ SP 13 Feb. 2008, Rad  24065.  Le pidió a la Corte, por último, casar el fallo recurrido y absolver a  su defendido.   

CONCEPTO     DEL     PROCURADOR    2º  DELEGADO:   

          1.  Señaló que conforme a la ley se debe  declarar  la  cesación  de  la acción penal respecto del delito de omisión de  agente  retenedor, cuando el agente retenedor o responsable del impuesto extinga  en  su  totalidad  la  obligación  tributaria  mediante  pago o compensación o  cuando  demuestre  que ha suscrito un acuerdo de pago por las sumas debidas y lo  está cumpliendo.   

          La  Corte  Constitucional  (C-009  de  2003)  y  la Corte Suprema de  Justicia  (CSJ SP, 4 May 2006, Rad. 22902), de otra parte, han entendido que esa  conducta  punible  no  está  prevista  para  las  sociedades  en  concordato  y  liquidación,  ni para aquellas sometidas a la vigilancia de la Superintendencia  Bancaria  que  se  encuentren en proceso de “toma de  posesión”.   

          El  artículo  22 de la Ley 383 de 1997 consagraba esa circunstancia  de  atipicidad del comportamiento. También se estableció en el artículo 71 de  la  Ley  488 de 1998 y en el artículo 42 de la Ley 633 de 2000, “sin  variaciones  respecto  de  las sociedades que se encuentren en  proceso  concordatario,  o que sean admitidas a un acuerdo de reestructuración,  conforme a la Ley 550 de 1999”.   

          La  razón  de  tales  normas, según el Procurador, “radica  en  el  propósito  del  Estado  de  fomentar la industria,  preservar  los  puestos  de  trabajo  ya  creados  y,  en  general,  promover el  desarrollo  empresarial  y  ayudar  a  la  libre  empresa;  todo  lo anterior en  desarrollo   de   los   fines   del   estado   social   de   derecho”.   Su  teleología  es  evitar  que  desaparezcan  las  empresas  “que se sometan al proceso que otrora se denominaba  concordato  y  que,  con  la  Ley 550, se llama de reestructuración”  y  con  la  ley  1116  de  2006  se denomina de “reorganización   empresarial”,   como  acertadamente lo concluyó el casacionista.   

          2.   Precisó  el  Delegado  que  el  parágrafo  2º  del  artículo  42  de  la Ley 633, por el cual se modificó el  artículo  402  del  Código  Penal, definió que no se aplicaría el tipo penal  allí  descrito  en  caso de sociedades “admitidas a  la  negociación de un acuerdo de reestructuración a que hace referencia la Ley  550  de 1999, en relación con el impuesto sobre las ventas y las retenciones en  la fuente causadas”.   

          La  Ley  autorizaba  la  celebración  de  esos  convenios entre las  compañías  que  presentaban deficiencias operativas o dificultades económicas  y  sus  acreedores  –con la  intervención       de       una      autoridad      de      control—,  hacia  la  finalidad  de superarlas  dentro  del  plazo  y  las condiciones pactadas. La negociación “tenía  por  objeto  las  obligaciones  pendientes al momento de su  iniciación,  pues  se trataba de solventar el pasivo de la empresa existente en  ese  momento,  a  través  de  pactos  con  los  acreedores,  lo  cual permitía  establecer  una  clara  separación  entre  las  acreencias causadas antes de la  iniciación  de la negociación y las que se generaban a partir de ese instante,  que  no  hacían  parte  del  acuerdo”.  Así  surge  indiscutible  del  articulado  de la Ley 550 y durante años ha sido la doctrina  de la Superintendencia de Sociedades.   

          La  cancelación de las obligaciones anteriores, en suma, se sujetan  a  los  términos  del  acuerdo.  Las causadas con posterioridad “tienen  un  pago  preferencial y permanente tanto en la etapa de la  negociación  como  en  la etapa de ejecución del acuerdo, pudiendo el acreedor  exigir   su   pago   por   las  vías  que  legalmente  correspondan”.   

          Para  el  Agente  del  Ministerio  Público, conforme a lo dicho, el  parágrafo  introducido  al  artículo 402 del Código Penal por el artículo 42  de  la  Ley  633  de  2000, hace referencia al impuesto sobre las ventas y a las  retenciones  “existentes al momento de iniciarse la  negociación  del acuerdo, es decir, a las que tienen vocación de ser incluidas  en  el mismo, y no a las contraídas con posterioridad a ese momento, la cuales,  como   se   ha  dejado  visto,  gozan  de  preferencia  en  su  pago”.   

          3.   Para el Delegado, en conclusión,  le  asiste  la  razón  al  casacionista  porque la figura de la “reorganización  empresarial” de la Ley  1116  de  2006, a la cual se sometió la sociedad representada por el sindicado,  sustituyó  la  de la “reestructuración”  consagrada en el Ley 550 de 1999, prevista en el inciso 2º del  artículo  42  de  la  Ley 633 de 2000 como circunstancia que excluye la acción  penal  “en  relación  con  el  impuesto  sobre las  ventas     y    las    retenciones    en    la    fuente    causadas”.   

En su opinión, entonces, prospera el cargo y  procede   casar   la   sentencia   impugnada  para,  en  su  lugar,  cesarle  el  procedimiento a JAVIER MURGUEITIO CORTÉS.   

         

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

1.  La  Sala,  en  sentencia  del 1 de agosto de 2007 (casación 25747), reiterada el 13 de febrero  de  2008  (casación  24065),  se  refirió  a las normas que han regulado en el  país  la  responsabilidad  penal  de  los agentes retenedores o recaudadores de  impuestos.  En  esta  oportunidad,  para  la  buena  comprensión  del  problema  jurídico  planteado  en el cargo y una absoluta claridad en la solución por la  que  finalmente  se  optará,  se  sintetiza el recorrido hecho en el precedente  jurisprudencial.   

La  disposición  que  por  primera  vez  se  refirió  a  la  conducta  de esos agentes consistente en no consignar las sumas  retenidas  fue  el  artículo  10  de la Ley 38 de 1969. Les hizo extensivas las  sanciones  del peculado por apropiación si no entregaban lo recaudado dentro de  los  15  primeros días del mes siguiente a aquel en el que se hizo el pago o el  abono en cuenta.   

Dicha  norma,  sin el elemento temporal, fue  reproducida  por  el  Decreto 624 de 1989 (Estatuto Tributario), expedido por el  Presidente  de  la República en ejercicio de las facultades extraordinarias que  le  otorgó la Ley 75 de 1986. La Corte Constitucional, mediante sentencia C-285  de  1996,  declaró  inexequible  el  precepto por la indefinición del término  para  consignar  y  exhortó  al  Congreso para emitir uno similar con todos los  elementos que debe contener un tipo penal.   

Se  dictó, entonces, la Ley 383 de 1997. Su  artículo  22  –por el cual  se    adicionó    al   Estatuto   Tributario   el   artículo   665—  tipificó  la  responsabilidad penal  del  agente  recaudador por no consignar en un plazo determinado las retenciones  en  la  fuente,  el  IVA  y  el  impuesto  sobre  las  ventas.  Las  penas allí  establecidas  fueron las mismas previstas para los servidores públicos incursos  en   peculado   por   apropiación   y   se   agregaron   los   siguientes   dos  parágrafos:   

“1º. El  agente retenedor o responsable  del  impuesto  a  las  ventas  que  extinga la obligación tributaria por pago o  compensación  de  las sumas adeudadas, se hará beneficiario de la cesación de  procedimiento  dentro  del  proceso  penal  que  se  hubiera  iniciado  por  tal  motivo.   

“2º. Lo   dispuesto   en  el  presente  artículo  no  será  aplicable para el caso de las sociedades que se encuentren  en   proceso   concordatario,  o  en  liquidación  forzosa  administrativa,  en  relación  con  el  impuesto  sobre  las  ventas  y las retenciones en la fuente  causadas”.   

Luego   de  modificar  el  legislador  los  anteriores  parágrafos  por  intermedio del artículo 71 de la Ley 488 de 1998,  los  volvió  uno solo del siguiente tenor, a través del artículo 42 de la Ley  633 de 2000:   

“Cuando el agente  retenedor  o  responsable  del  impuesto a las ventas extinga en su totalidad la  obligación  tributaria,  junto  con sus correspondientes intereses y sanciones,  mediante  pago  o  compensación  de  las  sumas  adeudadas,  no  habrá lugar a  responsabilidad  penal.  Tampoco  habrá  responsabilidad penal cuando el agente  retenedor  o responsable del impuesto sobre las ventas demuestre que ha suscrito  un  acuerdo  de  pago  por  las sumas debidas y que éste se está cumpliendo en  debida forma.   

“Lo dispuesto en el presente artículo no  será  aplicable  para  el  caso de las sociedades que se encuentren en procesos  concordatarios;  en  liquidación  forzosa administrativa; en proceso de toma de  posesión  en el caso de entidades vigiladas por la Superintendencia Bancaria, o  hayan  sido admitidas a la negociación de un Acuerdo de Reestructuración a que  hace  referencia  la  Ley  550  de  1999, en relación con el impuesto sobre las  ventas  y  las  retenciones  en la fuente causadas”.   

Antes  de  la  Ley  633  de 2000 había sido  expedido  el  Código  Penal  del mismo año (Ley 599), en cuyo artículo 402 se  tipificó  por  primera vez por fuera del Estatuto Tributario y desvinculada del  peculado    por   apropiación,   la   conducta   punible   de   “omisión    del    agente    retenedor   o   recaudador”. Los que siguen fueron sus términos:   

“El agente retenedor o autorretenedor que  no  consigne  las sumas retenidas o autorretenidas por concepto de retención en  la  fuente  dentro  de  los  dos  (2)  meses siguientes a la fecha fijada por el  Gobierno  Nacional para la presentación y pago de la respectiva declaración de  retención  en  la  fuente  o quien encargado de recaudar tasas o contribuciones  públicas  no  las consigne dentro del término legal, incurrirá en prisión de  tres  (3)  a seis (6) años y multa equivalente al doble de lo no consignado sin  que  supere  el  equivalente  a cincuenta mil (50.000) salarios mínimos legales  mensuales vigentes.   

“En  la  misma  sanción  incurrirá  el  responsable  del impuesto sobre las ventas que, teniendo la obligación legal de  hacerlo,  no consigne las sumas recaudadas por dicho concepto, dentro de los dos  (2)  meses  siguientes  a  la  fecha  fijada  por  el  Gobierno Nacional para la  presentación  y  pago  de  la  respectiva  declaración  del impuesto sobre las  ventas.   

“Tratándose   de  sociedades  u  otras  entidades,  quedan  sometidas  a  esas  mismas  sanciones las personas naturales  encargadas   en   cada   entidad   del   cumplimiento  de  dichas  obligaciones.   

“Parágrafo.   El   agente  retenedor  o  autorretenedor,  responsable  del impuesto a las ventas o el recaudador de tasas  o  contribuciones  públicas,  que  extinga la obligación tributaria por pago o  compensación   de   las   sumas  adeudadas,  según  el  caso,  junto  con  sus  correspondientes  intereses  previstos  en  el  Estatuto  Tributario,  y  normas  legales   respectivas,   se   hará  beneficiario  de  resolución  inhibitoria,  preclusión  de  investigación, o cesación de procedimiento dentro del proceso  penal  que  se  hubiera  iniciado por tal motivo, sin perjuicio de las sanciones  administrativas a que haya lugar”.   

Claramente,  como  se  puede ver, uno era el  texto  del  parágrafo  del  artículo  665 del Estatuto Tributario –el  cual correspondía al artículo 42  de  la  Ley  633 de 2000— y  otro  el  del  artículo  402  del  Código  Penal. Obviamente la situación fue  objeto  de  debate y al final la Corte Constitucional, por medio de la sentencia  C-009  de  2003, definió que el artículo 42 de la Ley 633 de 2000 –al     ser    posterior—  derogó  tácitamente  el parágrafo  del artículo 402 de la Ley 599 de 2000.   

Conforme  a  lo  dicho,  en conclusión, sin  olvidar  que  el  artículo  21  de  la Ley 1066 del 29 de julio de 2006 derogó  expresamente    la    frase    “Tampoco    habrá  responsabilidad  penal  cuando  el  agente  retenedor o responsable del impuesto  sobre  las  ventas  demuestre  que  ha suscrito un acuerdo de pago por las sumas  debidas  y  que  éste  se  está  cumpliendo  en  debida forma”, contenida  en  el inciso 1º del artículo 42 de la Ley 633 de 2000,  le   permite  a  la  Corte  señalar  –como  igual  lo  hizo  en  la  sentencia  del  13 de febrero de 2008  (casación  24065)— que el  texto   del   artículo   402   del   Código   Penal   en   vigor  –sin  considerar el aumento de penas de  la  Ley  890 de 2004— es el  siguiente:   

“Omisión  del  agente  retenedor  o recaudador. El agente retenedor o  autorretenedor  que  no  consigne  las  sumas  retenidas  o  autorretenidas  por  concepto  de retención en la fuente dentro de los dos (2) meses siguientes a la  fecha  fijada  por  el  Gobierno  Nacional  para  la  presentación y pago de la  respectiva  declaración  de  retención  en  la  fuente  o  quien  encargado de  recaudar  tasas  o  contribuciones públicas no las consigne dentro del término  legal,  incurrirá  en prisión de tres (3) a seis (6) años y multa equivalente  al  doble  de  lo  no  consignado  sin que supere el equivalente a cincuenta mil  (50.000) salarios mínimos legales mensuales vigentes.   

“En  la  misma  sanción  incurrirá  el  responsable  del impuesto sobre las ventas que, teniendo la obligación legal de  hacerlo,  no consigne las sumas recaudadas por dicho concepto, dentro de los dos  (2)  meses  siguientes  a  la  fecha  fijada  por  el  Gobierno Nacional para la  presentación  y  pago  de  la  respectiva  declaración  del impuesto sobre las  ventas.   

“Tratándose  de  sociedades  u  otras  entidades,  quedan  sometidas  a  esas  mismas  sanciones las personas naturales  encargadas   en   cada   entidad   del   cumplimiento  de  dichas  obligaciones.   

“Parágrafo.         “Cuando   el   agente   retenedor   o  responsable  del  impuesto  a  las ventas extinga en su totalidad la obligación  tributaria,  junto con sus correspondientes intereses y sanciones, mediante pago  o  compensación  de  las  sumas  adeudadas,  no  habrá lugar a responsabilidad  penal.   

“Lo dispuesto en el presente artículo no  será  aplicable  para  el  caso de las sociedades que se encuentren en procesos  concordatarios;  en  liquidación  forzosa administrativa; en proceso de toma de  posesión  en el caso de entidades vigiladas por la Superintendencia Bancaria, o  hayan  sido admitidas a la negociación de un Acuerdo de Reestructuración a que  hace  referencia  la  Ley  550  de  1999, en relación con el impuesto sobre las  ventas  y  las  retenciones  en la fuente causadas”.   

         2.  Tal  era  la  norma vigente cuando los  hechos.  En  ella,  eso  no  se  discute,  se  definía  como  circunstancia  de  improcedibilidad  de  la  acción  penal “el caso de  las    sociedades”    admitidas    “a  la  negociación  de  un Acuerdo de Reestructuración a que hace  referencia  la  Ley 550 de 1999, en relación con el impuesto sobre las ventas y  las retenciones en la fuente causadas”.   

        A  la  Ley  550 de 1999 hizo referencia la Sala en la sentencia del  13  de  febrero  de  2008  (casación 24065). Recordó la Corporación que en la  misma     se     definió    el    “acuerdo    de  reestructuración”    como    aquel    celebrado  “a  favor de una o varias empresas con el objeto de  corregir  deficiencias  que  presenten  en  su  capacidad  de  operación y para  atender   obligaciones   pecuniarias,   de  manera  que  tales  empresas  puedan  recuperarse  dentro  del  plazo y en las condiciones que se hayan previsto en el  mismo”. Se destacó, igualmente, que esos convenios  debían  constar  por escrito y se aludió a quiénes podían promoverlos, cómo  y  ante cuáles entidades. Finalmente se trajo a la memoria que el Ministerio de  Hacienda  y  Crédito  Público,  o  la  Superintendencia  o Cámara de Comercio  respectiva,   debían   aceptar  dentro  de  los  tres  días  siguientes  a  su  presentación  las  solicitudes  de  acuerdo de reestructuración que cumplieran  los requisitos previstos en la ley.   

        Se  concluyó  enseguida  en  el  precedente,  frente al caso allí  examinado   –referido  a  hechos  ocurridos  entre  1997  y  1999—,  que  estaba  demostrado  que  la  sociedad  deudora  de  la DIAN  “fue   aceptada,   en  los  términos  y  con  las  formalidades  previstas  en la Ley 550 de 1999, a la promoción de un acuerdo de  reestructuración  mediante  oficio 155-2001-01 expedido por la Superintendencia  de  Sociedades”.  Y  que  esa  admisión, publicada  mediante  comunicación del 29 de enero de 2001, en la cual estaban comprendidos  los  impuestos  sobre  las  ventas  y  las  retenciones  en  la fuente causadas,  configuraba  la circunstancia de improcedibilidad de la acción penal consagrada  en  la  parte final del 2º inciso del parágrafo del artículo 42 de la Ley 633  de     2000,     modificatorio     –como      se      dijo— del artículo 402 del Código Penal.   

        Así  las  cosas,  tras  advertir  la Corte en ese caso que para el  reconocimiento  de  la  circunstancia  de  extinción  de  la  acción penal era  suficiente  la demostración de la admisión del acuerdo de reestructuración en  los  términos  de la Ley 550 de 1999, resolvió casar la sentencia condenatoria  impugnada y cesar el procedimiento al acusado.   

        El  asunto sometido en esta oportunidad a consideración de la Sala  presenta   una   diferencia   con   el   del   precedente.   Aquí  no  ocurrió  “la  admisión”  de la  compañía   de   la   que   era   representante  el  procesado  “a  la  negociación  de  un acuerdo de reestructuración a que hace  referencia  la  Ley 550 de 1999, en relación con el impuesto sobre las ventas y  las  retenciones en la fuente causadas”. Simplemente  porque  esa  Ley  no estaba vigente cuando el agente retenedor omitió consignar  los  impuestos  retenidos  a que se refiere esta actuación y mucho menos cuando  la  justicia  civil,  el  15 de abril de 2010, aceptó dar comienzo –con  fundamento  en  la  Ley  1116 de  2006—  al  proceso  de  reorganización  empresarial  de  la  sociedad  TELCELL  EMPRESA PRECOOPERATIVA.   

Justamente  de la situación antes descrita  surge  el  problema jurídico que plantea el cargo. Vale decir, si la referencia  a  la Ley 550 de 1999 hecha en el parágrafo del artículo 402 del Código Penal  (adicionado  por  el  artículo  42  de  la  Ley  633  de 2000), debe entenderse  también  efectuada  a  la Ley 1116 de 2006, a través de la cual fue sustituida  la Ley 550 de 1999.   

3. Muy pertinente  evocar,  antes de responder el interrogante, que la Ley 550 de 1999 –por la cual  se   estableció   un  régimen  para  promover  y  facilitar  la  reactivación  empresarial,  la reestructuración de los entes territoriales y para asegurar la  función  social  de  las  empresas  y  lograr  el  desarrollo  armónico de las  regiones—  se  propuso  y  expidió  en  razón de la difícil situación económica del sector productivo,  reflejada  en el número creciente de concordatos y liquidaciones de empresas, y  en la consiguiente reducción del empleo.   

El objetivo de la Ley, según su exposición  de motivos, se hizo consistir   

“en  dotar  a  deudores  y  acreedores  de  incentivos  y mecanismos que sean adecuados para la  negociación,  diseño  y ejecución conjunta de programas que le permitan a las  empresas  privadas  colombianas  normalizar  su actividad productiva y, al mismo  tiempo, atender sus compromisos financieros.   

“De   ser   posible  su  reactivación  –continuaron los Ministros  de   Hacienda   y   de   Desarrollo  proponentes  de  la  iniciativa— las empresas han de aliviar su carga  financiera,  mejorar  sus  perspectivas  de  producción, mantener el empleo que  generan  y ser otra vez sujetos de crédito con capacidad de pago. Por su parte,  el  sistema financiero ha de mejorar la calidad de su cartera con la consecuente  liberación   de   provisiones   y   la   irrigación   de   crédito  nuevo  al  sistema”.   

        El  término  de vigencia de la Ley 550 del 30 de diciembre de 1999  se  fijó en 5 años contados a partir de su publicación. Cumplido ese lapso se  prorrogaron  sus efectos durante 2 años. Se hizo a través de la Ley 922 del 29  de  diciembre  de  2004,  en cuya exposición de motivos se recordó  la  importancia  que venía jugando la  Ley  550  “para  propiciar  y facilitar acuerdos de  reactivación  empresarial,  tanto  a  empresas  de carácter público o privado  como  a  la  normalización  y  reestructuración  de los entes territoriales en  función   del  desarrollo  armónico  de  las  regiones  del  país”.   

Para  cuando se presentó la iniciativa de  prórroga,  de  hecho,  914  empresas  se habían sometido a la Ley 550 y 665 se  salvaron   de  ser  cerradas,  al  lograr  acuerdos  con  sus  acreedores.  Esas  compañías,  según datos de la Superintendencia de Sociedades, poseían bienes  y  activos  por  8.3  billones  de  pesos, obligaciones de 6 billones de pesos y  generaban  56.158 empleos. Con los acuerdos de reestructuración tales empresas,  según  la  misma fuente, lograron estabilidad operacional, aliviaron las cargas  de  sus flujos de caja, las posibilidades de pago a sus acreedores a largo plazo  y  mantuvieron  la  expectativa  de existir como unidad generadora de recursos y  empleo.   

Se  agregó  en  las  motivaciones  de  la  iniciativa  que también en el plano municipal y departamental la Ley 550 venía  teniendo  buenos  resultados. Pero en consideración a que los 5 años previstos  para  su  aplicación “han resultado en la práctica  muy   cortos   para   afrontar   un   problema   de  tanta  magnitud”   resultaba   aconsejable   la  prórroga  del  instrumento  de  intervención estatal en la economía   

“para permitir  a   las   empresas   privadas  o  mixtas  y  a  las  entidades  territoriales  y  descentralizadas   del   orden   territorial,   continuar  acogiéndose  de  los  beneficios  de esta ley, con el propósito de realizar acuerdos de reactivación  y  reestructuración de pasivos, para que puedan normalizar cada una de ellas su  actividad  productiva  y,  al  mismo  tiempo  atender  de  manera  adecuada  sus  compromisos  financieros.  Si  no se prorroga dicha ley por un tiempo suficiente  –se   dijo   en   la  propuesta—,    que  consideramos  dos  años o más si así lo consideran los honorables Senadores y  Representantes  como  término prudente para que se expida la norma sustitutiva,  tendríamos  que  volver  a  los  preceptos  de  la  Ley 222 de 1995 con efectos  traumáticos   que   perturbarían  el  cabal  desarrollo  de  los  procesos  de  negociación    y    ejecución    de    los   acuerdos   de   reactivación   y  reestructuración”.   

        Otros  “argumentos básicos”  justificantes de la necesidad de la prórroga se transcriben a  continuación:   

    

* “Aunque  la  opinión  pública conoce  que  la  Superintendencia de Sociedades y el Ministerio de Comercio, Industria y  Turismo  viene trabajando en un proyecto de régimen de insolvencia, relacionado  con  los  mismos  aspectos  objeto  de  la Ley 550 de 1999 y la Ley 222 de 1995,  dicho  proyecto  se  encuentra  aún en discusión, y a la fecha aún no ha sido  presentado       al       Congreso       de       la      República”.     

    

* “El  Congreso  de  la  República  se  ocupará    a   partir   del   16   de   marzo   (de  2004)  del análisis y trámite de proyectos de vital  importancia  para  el  país,  presentados  por  el  Gobierno Nacional o por los  mismos  Congresistas  relacionados  con reforma a la justicia, la alternatividad  penal,   el  estatuto  antiterrorista,  la  reestructuración  del  Estado,  del  ordenamiento   territorial   y   la   carrera  administrativa,  que  demandarán  dedicación  exclusiva  y  por  tanto  no  permitirían  el  estudio  juicioso y  detenido  de  una iniciativa de especial importancia, como es la adopción de un  régimen de insolvencia”.     

    

* “La  discusión  de  un  proyecto  que  sustituya  a  la  Ley  550  de  1990  y  a  la Ley 222 de 1995, exige un trabajo  cuidadoso  y  de  especial  análisis,  pues  tiene  incidencia  directa  en las  empresas   del   sector   real   y   la   necesaria   tutela   del   derecho  de  crédito”.     

    

* “La  Ley 550 en materia de acuerdos de  restructuración  y  la  Ley  222  de 1995 consagran en su orden instrumentos de  recuperación  y  liquidación  de  negocios  que  han  sido  trajinados  por la  comunidad  empresarial,  conocidos  por ella, que han registrado una experiencia  importante  y  que  pueden  ser útiles para enfrentar la crisis de las empresas  del   sector   real   mientras   se   discute   un   nuevo  régimen”.     

         

La  prórroga, en fin, fue autorizada hasta  el 31 de diciembre de 2007.   

El  16 de diciembre de 2005, a su turno, el  Gobierno  presentó el proyecto de “régimen general  de  insolvencia”,  el cual se convirtió en Ley 1116  del  27  de  diciembre  de  2006. En el artículo 126 de ésta se determinó que  empezaría  a  regir  6  meses después de su promulgación (junio 27 de 2007) y  durante  ese término seguiría vigente la Ley 550 de 1999. Superado dicho lapso  quedarían  derogados  el  Título II de la Ley 222 de 1995 y la Ley 550 de 1999  respecto  de  personas naturales comerciantes y jurídicas  no excluidas de  la  aplicación  del  régimen de insolvencia, que realicen negocios permanentes  en  Colombia,  de  carácter  privado  o  mixto.  Se mantuvieron los acuerdos de  reestructuración  de  pasivos  del  título V y demás normas pertinentes de la  Ley  550  de  1999  para  las  entidades territoriales, las descentralizadas del  mismo  orden  y  las universidades estatales del orden nacional o territorial de  que trata la Ley 922 de 2004.   

         Se  resaltan,  de  la  exposición  de  motivos  del “régimen   general   insolvencia”,  los  siguientes:   

    

* La  Ley  de  intervención  económica  550 de 1999 se concibió como un instrumento  transitorio  “para atender una situación de crisis  económica  generalizada,  en  consideración  a  que los mecanismos concursales  diseñados    para    situaciones    ordinarias   resultaron   insuficientes   e  inadecuados.     

    

* El  proceso  concordatario,  por  la razón antes dicha, se suspendió por 5 años y  durante  ellos  adquirió  vigor  la  Ley  550  de 1999, prorrogada 2 años más  mediante la Ley 922 de 2004.     

    

* Ante  la  expiración  de  la  Ley  550  se estimó oportuno poner a  consideración  del  Congreso  de  la República “un  proyecto  de  ley basado en las experiencias ocurridas durante la aplicación de  los  diferentes  mecanismos  concursales”,  para  la  obtención  de  “una  nueva propuesta que cubra las  expectativas  de  acreedores,  deudores,  jueces  y  en  general de la comunidad  económica   empresarial,   que   garantice   un   proceso   seguro,   ágil   y  efectivo”.     

    

* Así   las   cosas,   se   estudió   una   iniciativa   legislativa  “referente a un régimen general de insolvencia que  sustituya,  tanto  al  sistema  temporal  de  la citada Ley 550 de 1999, como al  concordato  y  la  liquidación  obligatoria   regulados  en  la Ley 222 de  1995”,  aplicable a “las  personas  naturales,  las  personas  jurídicas  y  las sucursales de sociedades  extranjeras”.     

    

* En  la   elaboración   del   proyecto   se   tuvieron   en  cuenta  “los  comentarios  y  sugerencias  de gremios, entidades públicas y  privadas  y  profesionales  vinculados al tema del derecho concursal, así como,  las  experiencias,  los  aportes  doctrinales  y  jurisprudenciales  obtenidos y  desarrollados  por  la  Superintendencia  de  Sociedades, a través de 32 años,  desde  la  expedición  del  Código  de  1971. El resultado de esta tarea es un  texto  legal  que  propone  recoger  lo  positivo  de  los anteriores regímenes  concursales,   corregir   las   deficiencias   de   los   mismos   e  introducir  modificaciones para mejorarlo”.     

    

* Se  elaboró  el  proyecto “para convertirse en régimen  con  vocación  de  permanencia,  manteniendo  y  mejorando  la  agilidad  y los  principios   contractuales   que  orientaron  la  Ley  550  de  1999”.  La  asimilación  del nuevo sistema, por ende, “además  de  otorgar bondades e innovaciones al régimen concursal,  no  implicaría  un  cambio  difícil  de asimilar para la comunidad empresarial  colombiana.   Adicionalmente,  en  su  concepción,  este  régimen  general  de  insolvencia  tiene  como  su principal objetivo el servir como instrumento tanto  para   momentos   de   normalidad   como   de   inestabilidad   económica   del  país”.     

4.  El  recorrido  anterior  deja  claro  que  la  Ley 550 de 1999, expedida para hacer frente a la  crisis  económica  del  sector productivo y cuya finalidad era proporcionarle a  deudores  y acreedores “mecanismos adecuados para la  negociación,  diseño  y ejecución conjunta de programas, que permitían a las  empresas  privadas  colombianas normalizar su actividad productiva y atender sus  compromisos  financieros”, fue reemplazada por la Ley  1116  de 2006, que en lo sustancial mantuvo sus mismas finalidades. Es decir, la  recuperación  de  la empresa o la persona natural comerciante en casos de tener  problemas  de  viabilidad  financiera,  a  través  de  un  compromiso  con  sus  acreedores   para  la  cancelación  a  largo  plazo  de  las  obligaciones  con  dificultades  en su cubrimiento. Esos convenios entre deudores y acreedores para  asegurar  la  subsistencia  de la empresa, corresponden a los llamados en la Ley  550       de       1999       “acuerdos      de  reestructuración”   y  en  la  Ley  1116  de  2006  “acuerdos     de     reorganización”,  cuyo  incumplimiento, en los dos casos, se previó como causal  de liquidación inmediata y obligatoria.   

Así  las  cosas,  si  esas  dos  leyes  se  identifican  en  su  espíritu,  si  persiguen  propósitos similares y si en su  contenido  nada hace deducir que la derogatoria de la primera (550) a través de  la  segunda  (1116)  signifique  la revocatoria de la causal de improcedibilidad  prevista  en  la  parte final del artículo 42 de la Ley 633 de 2000 (sociedades  “admitidas  a  la  negociación  de  un  acuerdo de  reestructuración  a  que  hace  referencia  la  Ley  550 de 1999”),  no  estima la Corte que la circunstancia extintiva de la acción  penal  haya  dejado  de regir por el hecho de la referencia expresa al mecanismo  transitorio  de reactivación empresarial diseñado en 1999 y no al de vocación  permanente que lo sustituyó en 2006.   

En ambos procedimientos, una vez admitida la  solicitud   de  reestructuración  o  de  reorganización,  entre  muchas  otras  prohibiciones,  el  deudor ya no puede –sin     autorización     del    Juez    del    concurso—  hacer  pagos o arreglos relacionados  con  sus  obligaciones,  incluidas desde luego las deudas con la DIAN. Esta, sin  duda,  fue  la  razón  para  marginar  de responsabilidad penal por la conducta  punible  descrita  en  el  artículo  402  del  Código  Penal  a los gerentes o  representantes  legales de las sociedades “admitidas  a    la    negociación   de   un   acuerdo   de   reestructuración”,  la  cual, bajo el liderazgo de un promotor ajeno a la empresa,  tenía  como  finalidad  poner de acuerdo a deudor y acreedores en relación con  un  plan  de  normalización  de  la  actividad  productiva y de atención a los  compromisos   financieros.   No   lograr  el  acuerdo  o  incumplirlo  conducía  –sin  escapatoria—   a   la  liquidación del negocio.   

Así las cosas, si admitir a la compañía a  la   negociación   del   acuerdo   de   reestructuración   traía  consigo  la  imposibilidad   de   pagarle  o  compensarle  las  sumas  adeudadas  a  la  DIAN  –como acreedora la entidad  debía   concurrir   al   proceso  para  la  satisfacción  de  la  deuda  a  su  favor—, resulta explicable  la  decisión legislativa de exonerar de proceso penal en una circunstancia como  esa  a  los  gerentes  o representantes legales responsables de no consignar los  impuestos retenidos o autorretenidos en la fuente.   

Y  si se tiene en cuenta la lógica similar  del   procedimiento  regulado  en  la  Ley  1116  de  2006,  para  la  Corte  es  incuestionable   que   la   iniciación   del   proceso   de  insolvencia  o  de  reorganización,   cuyos  efectos  son  semejantes  a  los  de  admisión  a  la  negociación  de  un acuerdo de reestructuración a que se refiere la Ley 550 de  1999,  configura  la  causal de extinción de la acción penal objeto de examen.   

En  consecuencia,  acreditado  en  el  caso  sometido  a  consideración  de la Sala que el Juzgado 4º Civil del Circuito de  Neiva,  mediante  providencia del 15 de abril de 2010, resolvió “admitir  la  apertura de reorganización empresarial presentada por  TELCELL  EMPRESA  PRECOOPERATIVA”,  es claro que las  instancias  incurrieron en el error de juicio jurídico planteado en el cargo al  dictar  sentencia  condenatoria habiéndose estructurado antes una circunstancia  de  improcedibilidad  de  la  acción  penal,  que  se  negaron a admitir con el  argumento  de que el artículo 42 de la Ley 633 de 2000 hace referencia a la Ley  550 de 1999 y no a la Ley 1116 de 2006.   

De  acuerdo  con  el  Procurador  Delegado,  entonces,  se casará el pronunciamiento impugnado y se cesará el procedimiento  al acusado.   

En  virtud  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, administrando justicia en  nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

1.   CASAR   la  sentencia  condenatoria impugnada y, en su lugar, CESAR  EL   PROCEDIMIENTO  al  procesado  JAVIER  MURGUEITIO  CORTÉS,  por  concurrir  en su favor la circunstancia de improcedibilidad de la  acción  penal  consagrada  en la parte final del inciso 2º del artículo 42 de  la  Ley 633 de 2000, por el cual se adicionó el artículo 402 de la Ley 599 del  mismo año.    

         2.  PRECISAR  que  corresponde  al juez de  primera  instancia  proceder a la cancelación de los compromisos adquiridos por  el procesado en razón de este diligenciamiento.   

         Contra esta decisión no proceden recursos.   

NOTIFÍQUESE Y CÚMPLASE.  

         

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ CAMACHO   

JOSÉ  LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ   

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO   

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

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