AP172-2015(43870)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE     SUPREMA     DE   JUSTICIA   

SALA     DE     CASACIÓN   PENAL   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado ponente  

AP172-2015  

Radicación No. 43870  

(Aprobado Acta No. 011)  

Bogotá,  D.C.,  veintiuno (21) de enero de  dos mil quince (2015).   

La  Sala  procede  a  resolver  sobre  la  admisibilidad  de  la demanda de casación presentada por el defensor de Alberto  y  Héctor  Alirio  Sánchez Peña contra la sentencia proferida por el Tribunal  Superior  de  Bogotá,  confirmatoria de la dictada por el Juzgado Tercero Penal  del  Circuito con Funciones de Conocimiento de la misma ciudad, que los condenó  como  coautores  de  las  conductas  punibles  de  receptación agravada, fraude  procesal y falsedad en documento privado.   

HECHOS       Y    ACTUACIÓN   PROCESAL   RELEVANTES:   

Los  primeros  fueron  reseñados  por  el  a  quo  en  los siguientes  términos:   

Según  denuncia  presentada por la señora  Martha  Cecilia  Hernández Vásquez el 11 de diciembre de 2002, entre las 12:00  y  las  12:20  del  día,  en…  la  carrera  9ª  con calle 114 de esta ciudad  [Bogotá],  le  hurtaron  el  automóvil  Mazda  323  de  placa  BAW  905  de su  propiedad, avaluado en la suma de $7.500.000.   

Posteriormente, el 31 de octubre de 2005, el  referido  rodante fue recuperado y dejado a disposición del… Fiscal 86 Local.  Es  de  anotar  que  el  rodante se encontró parqueado en la casa… del señor  Jorge  Enrique Bautista Prieto, ubicada en la vereda “Flores” [del municipio  de  Guasca  (Cundinamarca)],  quien  al  respecto  manifestó que [el vehículo]  estaba  allí  por  encargo de “un conocido” en respaldo de una deuda y para  su  reparación,  concretando  que  llevaba  aproximadamente  dos  años  en ese  lugar…  [e  informando  que  de  él  se  hizo cargo] el señor Héctor Alirio  Sánchez   Peña,   quien   se   comprometió   a   cancelar   el  valor…  del  parqueadero.   

Días después [el 24 de noviembre de 2005],  los  señores  Alberto  y Héctor Alirio Sánchez Peña, a través de abogado…  radicaron   ante  la  citada  Fiscalía  solicitud  de  entrega  del  automotor,  valiéndose  para  ello  de  un  poder  carente  de  autenticidad, presuntamente  otorgado  por  Martha  Cecilia Hernández en condición de propietaria legítima  del  rodante,  con  el cual indujeron en error al servidor público, logrando la  entrega provisional y luego definitiva del automotor.   

Aproximadamente  en  el  año  2006,  los  hermanos  Sánchez  Peña  vendieron el vehículo al señor Walter Yesid Higuera  Cruz en la suma de $6.000.000.   

Finalmente,  el  7  de  mayo  de  2009, las  autoridades  de policía dieron captura a Walter Higuera cuando transitaba en el  aludido  automotor…  por la calle 73 con carrera 76 de esta capital [Bogotá],  a  petición  de Martha Cecilia Hernández… [quien lo observó en dicho sector  cuando estaba conduciendo otro vehículo].   

Con  fundamento  en  el  anterior acontecer  fáctico,  el  20  de  octubre  de  2010,  en  el Juzgado Cincuenta y Seis Penal  Municipal  con  Funciones de Control de Garantías de Bogotá, una vez Alberto y  Héctor  Alirio Sánchez Peña fueron declarados en contumacia, la Fiscalía les  formuló  imputación  como  coautores  de los delitos de receptación agravada,  fraude procesal y falsedad en documento privado.   

El 11 de mayo de 2011, en el Juzgado Tercero  Penal  del  Circuito  con  Funciones de Conocimiento de Bogotá, se acusó a los  hermanos  Sánchez  Peña  por  los  ilícitos  de receptación agravada, fraude  procesal   y   falsedad   en   documento   privado   (arts.   447   —inc.          2º—,    453    y    289    del   C.P.,  respectivamente).   

Tramitado el juicio oral, el 7 de octubre de  2013  se  condenó a los procesados Alberto y Héctor Alirio Sánchez Peña como  coautores  de  las  conductas punibles por las que fueron acusados, a quienes se  les  impuso  las  penas  principales  de  105  meses  de  prisión, multa de 210  salarios   mínimos   legales  mensuales  vigentes  e  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  término de 62 meses.  Además,  se  les negó la suspensión condicional de la ejecución de la pena y  el mecanismo sustitutivo de la prisión domiciliaria.   

Ese fallo fue apelado por el defensor de los  inculpados  y,  el  17  de  marzo  de  2014,  el Tribunal Superior de Bogotá lo  confirmó en su integridad.   

Contra  esa  determinación el apoderado de  los enjuiciados presentó recurso de casación.   

LA      DEMANDA:   

Está  compuesta  por  tres censuras, cuyos  argumentos se sintetizan de la siguiente manera.   

Primer   cargo:  

El  censor  denuncia  la  incompetencia del  Juzgado  Tercero Penal del Circuito con Funciones de Conocimiento de Bogotá que  adelantó  el  juicio  en  la  presente actuación, por cuanto como el delito de  receptación     imputado     a     los     acusados    es    de    “ejecución    instantánea”    y,  conforme  lo  concluyó  el  Tribunal,  el  vehículo  presuntamente hurtado fue  recuperado  el 31 de octubre de 2005 en la vereda Flores del municipio de Guasca  (Cundinamarca),  lugar  en  el  cual  igualmente  Walter  Yesid  Higuera Cruz lo  adquirió;  de  esto  se sigue que la conducta punible en cita se cometió en el  referido municipio mas no en la capital del país.   

Agrega el actor que por tanto el caso de la  especie  ha debido tramitarse de conformidad con lo preceptuado en la Ley 600 de  2000,  mas  no  siguiendo  lo previsto en la Ley 906 de 2004, toda vez que ésta  última,  si  bien  es  cierto, según su artículo 533, entró a regir a partir  del  1  de enero de 2005, también lo es que en el departamento de Cundinamarca,  donde  está  ubicado  el  municipio de Guasca, sitio de los hechos, únicamente  tuvo  vigencia  desde  el  1  de enero de 2007, conforme quedó consagrado en el  artículo        530        ibídem.   

De  otra  parte, el impugnante cuestiona al  Tribunal  por  haber  descartado la existencia de la irregularidad advertida con  fundamento  en  que no fue alegada en la oportunidad prevista en el artículo 55  de  la  ley  906  de 2004, toda vez que a su juicio no deben dejarse de lado los  perjuicios causados con esa postura.   

En  ese  sentido,  expresa  que  al  no ser  juzgados  los  acusados  con  base  en  la  Ley  600  de  2000,  ello trajo como  consecuencia  que  la  prescripción  de  la  acción  penal  se  extendiera  e,  igualmente,  que  la  pena para el delito de receptación se fijara aplicando la  reforma  introducida  con la Ley 1142 de 2007, cuando en realidad solo procedía  la  modificación  prevista  en la Ley 813 de 2003, si se tiene en cuenta que la  conducta  punible  en  cita  se  cometió  en este último año, pues si bien el  vehículo  fue  recuperado  el  31  de  octubre  de 2005, Jorge Enrique Bautista  Prieto expresó que lo tenía desde dos años atrás.   

Por  tanto,  pide  casar  la  sentencia  y  declarar  la  nulidad  de  lo  actuado  desde  la  audiencia  de formulación de  acusación,  decretando  la ruptura de la unidad procesal respecto del delito de  receptación.   

Segundo   cargo:  

El  Recurrente  denuncia  la violación del  debido  proceso,  por cuanto el sub judice  no  se  tramitó  de  acuerdo con lo preceptuado en la Ley 600 de  2000, sino según lo establecido en la Ley 906 de 2004.   

Al  respecto sostiene que a pesar de que la  Ley  906  de  2004,  de conformidad con su artículo 530, entró a regir el 1 de  enero  de  2005,  por  igual  se tiene que en el departamento de Cundinamarca el  sistema  acusatorio,  que  en  dicha  ley  se recoge, solamente vino a aplicarse  desde  el  1  de  enero  de  2007,  de  manera  que  como  el supuesto delito de  receptación  habría  tenido ocurrencia entre los años 2005 y 2006, cuando los  acusados  le  vendieron el vehículo a Walter Yesid Higuera Cruz, época para la  cual  la  Ley  906 no estaba vigente en dicho departamento, de esto se sigue que  el  sub lite debió rituarse  bajo la Ley 600 de 2000.   

Adicionalmente, sostiene que si el Tribunal  concluyó  que  los  procesados  tenían el vehículo desde que fue hurtado, por  esta  vía  se  infiere  que lo poseían desde por lo menos el año 2003, según  incluso  se  desprende  de  lo manifestado por Jorge Enrique Bautista Prieto, lo  que  refuerza  la  idea  de  que  el  caso  particular  ha debido tramitarse con  fundamento  en  la  Ley  600  de  2000,  mas  no  con  base  en  la  Ley  906 de  2004.   

Añade  que  el  hecho  de  que  no se haya  alegado  oportunamente  la  incompetencia del Juzgado Tercero Penal del Circuito  con  Funciones  de  Conocimiento  de  Bogotá, no quiere decir que la Ley 906 de  2004  sea  la llamada a gobernar el caso de la especie, pues debió serlo la Ley  600 de 2000.   

Expone   que   si  bien  el  ad  quem, con el fin de dar sustento a la  aplicación  de  la  Ley  906  de  2004,  acudió  al  instituto jurídico de la  conexidad,   en   particular   al  inciso  2º  del  artículo  51  ibídem,  en  el  asunto bajo estudio no  había  lugar  a  predicar  la  “unidad de tiempo y  lugar”  que  tal  norma  exige,  pues  la  supuesta  conducta  punible  de  receptación  se  cometió  en  una época distinta a los  presuntos    delitos    de    fraude    procesal   y   falsedad   en   documento  privado.   

Así  las  cosas, pide casar la sentencia y  que  se  declare  la nulidad de lo actuado desde la audiencia de formulación de  acusación,  decretando  la ruptura de la unidad procesal respecto del delito de  receptación.   

Tercer   cargo:  

El  impugnante  acusa la sentencia de haber  incurrido  en  la  violación  indirecta de la ley sustancial, a consecuencia de  errores de hecho en la apreciación en la prueba.   

En ese sentido, el censor manifiesta que si  bien  el  automotor  hurtado fue recuperado el 31 de octubre de 2005 en poder de  Jorge  Enrique  Bautista  Prieto,  quien expresó que había llegado a sus manos  porque  “un conocido” se  lo  había  dejado dos años atrás en respaldo de una deuda e, igualmente, para  ser  reparado,  es claro que de lo anterior se desprende que no involucró a los  acusados.   

De otra parte, el actor aduce que a pesar de  que  Bautista  Prieto  indicó que el procesado Héctor Alirio Sánchez Peña se  hizo  cargo  del  automotor  y  por ello se comprometió a pagar el parqueadero,  mientras  que  Alberto  Sánchez  Peña  vendió  tal  vehículo  a Walter Yesid  Higuera  Cruz;  de  lo  anterior  no  es  posible  que  el Tribunal “construyera     una     serie    de    hipótesis”,     pues     “se    apoyaron    en  suposiciones”, como por ejemplo que los enjuiciados  elaboraron  el  poder  falso para reclamar el rodante ante la Fiscalía, para lo  cual  contrataron  a  un  abogado  a  través  de  un tercero; toda vez que esas  deducciones,    a    juicio    del   recurrente,   carecen    de   sustento  probatorio.   

En  esa  medida, el actor asegura que no es  posible  predicar  que  los  inculpados  sabían  de la procedencia ilícita del  automotor  que desde dos años atrás tenía Jorge Enrique Bautista Prieto en su  residencia,  a  quien incluso se omitió interrogar acerca de la identidad de la  persona  que  se  lo había dejado, pues los enjuiciados simplemente actuaron de  buena fe al hacerse cargo del referido vehículo.   

Igualmente,  aduce  que  no  era  posible  afirmar,  por  ausencia  de  prueba,  que  los  encartados indujeron en error al  Fiscal   para  que,  con  documentos  carentes  de  autenticidad,  entregara  el  automotor.   

Así mismo, tampoco era posible afirmar que  Héctor  Alirio  Sánchez  Peña  (sic)  le había vendido el vehículo a Walter  Yesid  Higuera  Cruz, por el simple hecho de haber estado presente el día de la  negociación.   

Añade  el censor que de la prueba pericial  practicada  al  poder  que  sirvió  para  pedir  la  entrega  del  rodante a la  Fiscalía  tampoco  se  deduce  la  responsabilidad  de  los  acusados,  pues no  demuestra  que  lo  hubiesen elaborado o que contactaran al abogado que tramitó  la mencionada solicitud.   

En esa medida, el actor sostiene que no hay  prueba  acerca  de  la  participación  de  los  enjuiciados  en  los delitos de  receptación,  fraude  procesal  o falsedad en documento privado, puesto que las  declaraciones  de  Martha Cecilia Hernández Vásquez (propietaria legítima del  vehículo  hurtado),  Alí  Omar  Vargas  Conde  (policial  que  inmovilizó  el  automotor)  y  Pedro  Alexander  Daza Ruiz (abogado que solicitó la entrega del  rodante  a  la  Fiscalía con fundamento en que una persona que identificó como  “Juan,  José  o Jairo”  lo  contacto  a nombre de Héctor Alirio Sánchez Peña para reclamar el rodante  quien  le  entregó  el  poder  espurio),  no  conducen  a  la certeza de que el  procesado   Héctor   Alirio   en   efecto   encomendara   la   devolución  del  vehículo.   

En  cuanto a la pericia grafológica (sic),  “pone   en  duda”  la  conclusión  a  la que arribó la experta acerca de que la huella impuesta en el  poder  con  el  cual  se  solicitó  el  automotor fuera de su defendido Alberto  Sánchez     Peña,     pues     “sería     una  torpeza”  de  su  parte,  toda  vez  que  con  ello  fácilmente  se  demostraría  su responsabilidad, así que afirma: “aportaré   posteriormente   [la   prueba]   para  desmentir  la  uniprocedencia     de     la     huella     de    mi    defendido”.   

Así  las cosas, el impugnante concluye que  el  error  del  Tribunal  consistió en “darle a las  pruebas  existentes  la contundencia que no tienen”,  por tanto, pide casar la sentencia y absolver a los procesados.   

CONSIDERACIONES    DE    LA   CORTE   

Aspectos  Generales:  

De lo preceptuado en el artículo 181 de la  Ley  906  de  2004,  se desprende que el recurso de casación se concibe como un  instrumento  de control constitucional y legal que procede contra las sentencias  dictadas  en  segunda  instancia  en  procesos  adelantados  por delitos, cuando  vulneren  efectivamente  los  derechos  o  las  garantías  fundamentales de los  intervinientes.   

A  su  vez,  según  lo  señalado  en  el  artículo  184 de la Ley 906, para que una demanda sea admitida, se requiere que  el  libelista,  además de contar con interés para impugnar, postule el cargo o  los   cargos   siguiendo   unos   precisos  requisitos  de  lógica  y  adecuada  fundamentación,  quedando  a su vez comprometido a demostrar la necesidad de la  intervención  de  la  Corte, en orden a lograr alguno de los fines establecidos  para  el recurso de casación, es decir, la efectividad del derecho material, el  respeto  de las garantías de los intervinientes, la reparación de los agravios  sufridos  por  éstos  y  la  unificación  de  la jurisprudencia, acorde con lo  previsto  en  el  artículo  180  ibídem.   

Efectuadas las anteriores precisiones, agota  la  Sala  el examen formal del libelo presentado por el defensor de los acusados  Alberto  y  Héctor Alirio Sánchez Peña, con el propósito de establecer si se  cumplen las exigencias anotadas.   

Primer   Cargo:  

Si bien en esencia el recurrente alega que  el  Juzgado  Tercero Penal del Circuito con Funciones de Conocimiento de Bogotá  territorialmente  no  era  competente  para adelantar el juicio en el caso de la  especie,   pues   predica   que   el   delito   de   receptación   —uno    por   los   que   aquí   se  procedió—   es   de  “ejecución       instantánea”  y se cometió en el municipio de Guasca (Cundinamarca), de manera  que  la  actuación,  en  relación  con  ese  ilícito,  ha debido rituarse con  fundamento  en  la  Ley  600 de 2000, mas no con base en la Ley 906 de 2004, por  cuanto  para  la  época  de los hechos (año 2005) esta última norma no estaba  vigente  en  aquel  lugar,  toda  vez  que solo entró a regir a partir del año  2007;  de  lo  anterior  se  desprende que el actor, en respaldo de esa postura,  parte  de  supuestos  jurídicos  carentes de asidero, amén de que desconoce la  realidad  procesal,  y de allí que no consiga evidenciar la trascendencia de la  censura que propone.   

Al respecto conviene recordar inicialmente,  que     la     Sala1   tiene  decantado  que  los  motivos  de  ineficacia de los actos procesales señalados en los artículos 455  y  siguientes  de  la  Ley 906 de 2004 no son de libre elaboración, sino que se  encuentran  sometidos  al  cumplimiento  de  precisos principios que permiten su  activación.   

De   conformidad  con  esos  principios,  únicamente  es factible discutir las nulidades expresamente previstas en la ley  (taxatividad);  no  es  posible  invocarlas por el sujeto procesal que haya dado  lugar  a la configuración del motivo invalidante, excepto en los eventos en que  se  esté  ante  la  ausencia  de  defensa  técnica  (protección);  aunque  se  configure  la  irregularidad, es viable conjurarla con el consentimiento expreso  o  tácito  del  sujeto  perjudicado,  a  condición  de  que  se  observen  las  garantías  (convalidación);  quien  alegue  la  nulidad  debe acreditar que la  irregularidad  afecta  derechos  constitucionales  de  los  sujetos procesales o  desconoce   las  bases  esenciales  de  la  investigación  y/o  el  juzgamiento  (trascendencia);  y  es  indispensable  evidenciar  que no existe otra solución  procesal distinta que reponer la actuación (residualidad).   

En  esa  medida,  en  sede de casación no  basta  con  invocar la existencia de un motivo de ineficacia de lo actuado, sino  que  le  corresponde  al demandante precisar el tipo de irregularidad que alega,  demostrar  su  existencia  y  la  cobertura  de  la  misma,  acreditar  cómo su  configuración  envuelve  un  vicio  de  garantía  o  de  estructura, y lo más  importante,  es  menester  poner  de  manifiesto  que la trascendencia del yerro  afecta la validez del fallo impugnado.   

Ahora,  es  claro  que  el cargo objeto de  examen  carece  de  trascendencia,  pues,  en  primer  término, se tiene que el  libelista  parte de supuestos jurídicos equivocados, por cuanto, contrario a lo  que   afirma,  la  conducta  punible  de  receptación  no  es  de  “ejecución    instantánea”   sino  “permanente”,  lo que en el sub judice  dio  lugar  a  que  se  juzgara  con  fundamento en la Ley 906 de  2004.   

Sobre  el  particular  se  ofrece oportuno  recordar  que  la  Sala sostuvo, frente a un caso semejante al que ahora concita  la atención, lo siguiente:   

…la conducta de  encubrimiento    por    receptación   es  de  carácter permanente en  el  entendido que se comete y se continúa cometiendo de manera  indefinida  en  todo tiempo y lugar mientras que el agente activo persista en el  comportamiento   que   vulnera  el  bien  jurídico2, lo que implica que el delito  bajo   estudio   tuvo   su   inicio   en   la   ciudad  de  Medellín,  desde  el momento en que la procesada  “adquirió     o  poseyó”  el  medio  motorizado  (el 25 de abril de  2004)  y  terminó el 23 de  enero  de  2007  en  la  ciudad de Ibagué, cuando fue  detectada    la    conducta    por    las   autoridades   del   tránsito de esta ciudad.   

Para esta última  fecha  ya estaba operando el sistema acusatorio (desde  el  1°  de enero de 2007) en el Distrito Judicial de  Ibagué,  de  conformidad  con  el inciso segundo del  artículo   530   y   533   de   la   Ley   906   de  2004.   

El  fundamento  de ello es el artículo  5°  del  Acto  Legislativo  03  de 2002, por el cual se  modificaron  los  artículos 250 y 251 de la Constitución Política, cuyo texto  es el siguiente:   

“Vigencia.  El presente Acto Legislativo  rige  a partir de su aprobación, pero se aplicará de  acuerdo  con  la  gradualidad  que  determine la ley y únicamente a los delitos  cometidos  con posterioridad a la vigencia que en ella se establezca.  La  aplicación  del nuevo sistema se iniciará en los distritos  judiciales  a  partir  del 1° de enero de 2005 de manera gradual y sucesiva. El  nuevo    sistema    deberá    entrar    en   plena  vigencia  a  más  tardar  el  31  de  diciembre  del  2008”.   

Por  suerte  que  la  competencia  y  el  procedimiento  acusatorio  la  definen tanto la época  de   ocurrencia  de  los  hechos,  como  el  lugar  donde  se  ejecuta  total  o  parcialmente     la  conducta3.   

Quiere      la      Sala dejar sentado su criterio en torno a  un  tema  que  no  ha  sido  explorado  aún  por  la  jurisprudencia,  a  la  que  le  corresponde  trazar  el  rumbo  de la actividad  judicial   de   cara   a   la   inexistencia  de  norma  que,  no  solo  muestre  la  dimensión   del  problema  jurídico     sino     que     —por     ello     mismo—  no  ofrezca la respectiva solución: se  trata  del surgimiento y aplicación del nuevo sistema  (Ley  906/04)  respecto  de  un  delito  permanente  cuya  ejecución    comenzó   en   vigencia   de   la  Ley 600 de 2000 y continúa  por     algún     tiempo     ejecutándose   bajo   el   imperio   de   la   nueva   normatividad,  tema  éste  que indudablemente constituye el arco toral de  la queja en casación.   

Cuando  un delito permanente se ejecuta en  vigencia    de    dos    legislaciones   procesales,   en   relación  con  las cuales se predica, además de  la  obvia  sucesión  de  leyes,  el tránsito  de  legislaciones,  no hay duda que los procesos adelantados  bajo    el   imperio   de   la   normatividad   vigente   al   momento   de   su  comisión  (ley  procesal  preexistente al acto que se imputa) deben adecuarse a  la      posterior      reglamentación  (salvo cuando ésta de manera expresa  indique   a   partir   de   qué   momento   o   de  qué                   actuación  procesal  debe aplicarse),  como      que      ese      es      —justamente—  el  efecto  del  tránsito  de  legislaciones,  esto  es,  una posterior que modifica o  deroga  la anterior, tal como la experiencia judicial  lo  enseña  en relación  con    los    cuatro    últimos   códigos  de  procedimiento. Así, el art.  678   del   D.  050/87  derogó   el   estatuto   anterior   (D.  409/71); a su turno por el art. 573  del   D.   2700/91  se  derogó   el   código  precedente     (D.  050/87);    a   su   vez,   a   través  del  art.  535 de la L. 600/00  se  derogó  el  D.     2700/91.     Una    de    las  características  que  identificaron  las precitadas  legislaciones  apuntaba  al  hecho  de que si se tramitaba un proceso por una de  ellas,  una vez en vigencia la normatividad sucesiva,  aquel   procedimiento   había  de  adecuarse  para  conducirse por los cauces de la nueva.   

Ahora,  de cara a la ley de procedimiento  recientemente  expedida  y  que  desarrolla  el  sistema  con  abierta tendencia  acusatoria,   el   mencionado   fenómeno  no  tuvo  cabida, no obstante que en el art. 533 de la Ley 906  de   2004,  a  pesar  de  titularse  “derogatoria  y vigencia”…            la         disposición para  nada  se ocupó de derogar la legislación  anterior, vale decir, la Ley 600/00.  Y        esa        omisión       —a   pesar   del   título—  encuentra       una      explicación          con          raíces  constitucionales.   La  L.     906     no  podía       derogar      la      L.   600,   dado   que   al   hacerlo  dejaría  sin  efecto la progresividad o gradualidad  expresamente    dispuesta   por   el   constituyente   (art.   5   A.             L.  03/02),  aparte  de  que  de  haber  procedido      así     el     legislador,     una     consecuencia    inmediata    habría   sido   la   de   tener   que   adecuar   los  trámites  procesales  de  la Ley  600  a  las previsiones de la 906,  creando   un   híbrido  o  mixtura  que  de  frente  arrasaría  con  pluralidad de normas superiores. En  esa  no derogatoria encuentra explicación,  precisamente,  la simultaneidad de sistemas a la cual tuvo que  acudir     la    jurisprudencia    —en  sustitución  del tránsito  de  legislaciones—  al  acuñar  los  requisitos para la  aplicación de la favorabilidad.   

Ahora   bien,   de   cara   al   delito  permanente   cuando   en  su  ejecución  ha  mediado  un cambio de sistema en el distrito judicial donde  ha  de adelantarse la actuación, no cavila el juicio  para  predicar  que  respecto  de  esa  conducta punible resultan potencialmente  aplicables      las      dos     legislaciones,     pues     al     fin y al cabo bajo el imperio de ambas  se   ejecutó   el   delito,   dada  la  mencionada  condición  de  permanencia.  No empece lo dicho, no  resulta      jurídicamente     aplicable     tal  pregón,        dada        la        distinta  caracterización  de  uno  y otro sistemas, referida  —entre     otros  tópicos— a la permanencia de la prueba, los  funcionarios  que  intervienen,  los  términos para  adelantar    las    actuaciones,    la    forma   de   interposición   y   trámite   de  recursos,  las  funciones    específicas    de    un    juez   de  garantías,  la  imposibilidad  para  llevar  a cabo  negociaciones  de  pena,  etc., todo lo cual conduce  inexorablemente  a  que  se  deba  seleccionar una de las dos legislaciones para  aplicarla in integrum, evitando la mezcla de procedimientos.   

Ahora bien, el escogimiento de uno u otro  sistema   no   puede  obedecer  jamás  a  criterios  de  favorabilidad,  esto  es,  porque se invoque tal  garantía   fundamental  respecto  de  uno  u  otro  procedimiento,   dado   que  frente  a  sistemas  tal  manifestación   del   debido   proceso   no   tiene   cabida,  básicamente    por    dos   razones   de   distinta   índole:      (i)     por      motivos      prácticos,   entre  otros,  porque  ello  conllevaría a designar juez de garantías  en  procedimientos  donde  no se ha previsto normativamente un  juez    con   esas   funciones.   Además,   porque  habría  que desjudicializar la fiscalía  y  despojarla  de  la posibilidad de  adoptar     —motu  proprio— decisiones de  contenido   jurisdiccional.  Y  (ii)  por  razones  de  naturaleza  jurídica,  pues  no puede predicarse desigualdad de condiciones procesales sobre la base de  que    la    Ley    600   ofrece   más   ventajas   que   la  906  o  viceversa,  dado  que  tanto  en  uno  como  en  otro  procedimiento  por  igual han de  respetarse   —y  con  similar  intensidad— las  garantías fundamentales.   

En efecto, el investigado y juzgado por el  anterior  sistema  bien  puede  exigir  de  los  operadores judiciales que se le  respeten  la  legalidad  del delito, de la pena, del  juez   y   del   procedimiento;  la  presunción  de  inocencia;  el  derecho de defensa; la contradicción  de  la  prueba;  la  prohibición  de  reformatio in  pejus;  con  las  excepciones legales de la    doble    instancia;  el  acatamiento al respectivo esquema  procesal,  etc.,  aspiraciones  que  como derechos igualmente son predicables de  quien  sea investigado y juzgado bajo los parámetros  del nuevo sistema.   

Descartado, entonces, un tal fundamento en  la  búsqueda  del  procedimiento  a  seguir  en  el  caso   planteado,   se  inclina  la  Sala por acudir a criterios objetivos y  razonables,  edificados  estos esencialmente en determinar bajo cuál   de   las   legislaciones   se  iniciaron  las  actividades  de  investigación, la que una vez detectada y aplicada,  bajo     su     inmodificable     régimen   habrá   de   adelantarse  la  totalidad  de  la  actuación,  sin importar que (al  seleccionarse    por    ejemplo    la    Ley   600)  aún  bajo  la  comisión  del  delito  —dada  su  permanencia—  aparezca  en vigencia el nuevo sistema.   

Ya     la    iniciación  de las pesquisas por los senderos de  aquella  normatividad  marcará  el rumbo definitivo  del   procedimiento   a   seguir.  Piénsese  en  un  secuestro  cometido  en un distrito judicial que aún  estuviera  bajo  el  régimen  de la Ley  600  y  dentro  de  ese  contexto se recibe la notitia criminis,  dándose  inicio  a  una  investigación  previa y por su propia iniciativa en  la    misma    resolución    el   fiscal   ordena  interceptación       de       líneas  telefónicas,  desde  luego  sin  ningún   control   judicial   específico   pues  no  está  normativamente  previsto.   Ya   —sin  duda—      con  ello,  el  servidor está  ejerciendo  funciones  jurisdiccionales  de las cuales carece en esencia bajo la  Ley  906. Y mucho más si  dentro  de  aquella  fase  preprocesal  recibe por lo menos el testimonio de los  parientes   del  secuestrado,  como  que  en  tal  caso  se  estará  ante  el  aporte  de  verdaderas  pruebas  (con  vocación  de  permanencia)   cuyo   carácter   o  naturaleza  no  podría  ser  desconocido  en  adelante al tratar de  variar  el  procedimiento  hacia  las  nuevas  reglas,  y  considerar  ahora que  aquellas       versiones       no       ostenten      la      calidad de pruebas.   

Lo    propio    ocurriría  si  las  indagaciones  se  inician bajo el procedimiento de las  nuevas    normas,    pues    el    cambio    de    sistema   de   enjuiciamiento  resultaría  (al  igual  que en la hipótesis  anterior)  a más de refractario  a    un   verdadero   debido   proceso,   como   la  más  clara  muestra  de  las  dificultades respecto  —por  ejemplo— del acopio de  información,   como   que   de   las  personas  se  obtendría información a  través  de  entrevistas,  mas  no  en  calidad  de  verdaderos  testimonios,  surgiendo  a la par dificultad en relación  con  la intervención de peritos, en  la  medida  en  que  a  sus conceptos —recogidos     a    la    luz    de    la    Ley    906—      no     podría   dárseles   el  carácter    de   prueba   como   sí   la  tendrían bajo el imperio de la Ley 600.   

Así las cosas,  la    Sala   se   inclina   por   estructurar   la  tesis    de    razón  objetiva  como mecanismo para solucionar el eventual  problema   de  selección  del  sistema  procesal  a  desarrollar  en  el  caso  del  delito  permanente  cuando  en  desarrollo de su  ejecución   surge   a  la  vida  jurídica la nueva normatividad.   

En    esas    condiciones  y  bajo  este  precedente,  y para el caso bajo análisis,  dígase  que  por  ser  la  receptación  una conducta permanente que terminó  el  23 de enero de 2007 cuando la Policía   retuvo   el   velocípedo  en la ciudad de Ibagué (donde ya  operaba  el  sistema  acusatorio  desde el primero de  enero   anterior),   tanto  la  competencia  del  Juez  Penal  del  Circuito       (artículo   36   ib.)   como   el  procedimiento  acusatorio  aplicado,  estuvieron   acertadamente  definidos”  (subrayas y negrilla en el original.  CSJ  AP,  9 jun.   2008,   Rad.  29586).   

De  lo anterior se desprende entonces, que  la  queja  postulada por el libelista en punto de que ha debido aplicarse la Ley  600  de  2000 en el sub lite  porque  el  delito de receptación es de “ejecución  instantánea”   carece   de  fundamento,  pues  la  referida  conducta  punible en realidad es de “ejecución permanente” y, por  tanto,  se  juzgó  acertadamente bajo la Ley 906 de 2004, conforme se deduce de  la  jurisprudencia  de la Sala que se viene de recordar, la cual, al resolver un  caso  que  recogía  un  supuesto  de  hecho  similar  al  que  ahora concita la  atención, arribó a esta conclusión.   

De  otro  lado,  la glosa que enseguida se  analiza  ha  debido  postularse  por  separado  a  través  de la causal primera  (violación  directa)  y no por la vía de la causal segunda (nulidad), en tanto  se  contrae  a  la  aplicación  indebida del incremento punitivo previsto en el  artículo 45 de la Ley 1142 de 2007 para el delito de receptación.   

Ahora,  al  margen  de  la  inconsistencia  formal  advertida,  lo  cierto es que dicha queja por igual resulta abiertamente  infundada,  pues  parte  del supuesto jurídico de que el ilícito en cita es de  “ejecución       instantánea”  y  que  se  cometió  en el año de 2005, cuando, conforme quedó  expuesto   en   la   jurisprudencia   atrás  transcrita,  es  de  “ejecución  permanente”  y  la  actuación  se encarga de revelar que se cometió hasta el  año    20094,     por    tanto,    en    el    sub  judice  era  posible  imponer  la  pena  al delito en  mención  con  la  reforma aludida (art. 45 L. 1142/07), toda vez que la Sala ha  definido  que  cuando  la  consumación  de  la  conducta  punible permanente se  prolonga  en el tiempo, se aplica la norma vigente para la época en que cesa la  consumación.   

Al respecto se ofrece oportuno recordar que  la Corporación ha indicado lo siguiente:   

…la  Sala…  en  ocasiones ha dicho que  tratándose  de  delitos  permanentes  rige  la  nueva ley más gravosa, pero en  otras  oportunidades  ha  puntualizado  que  se aplica la normativa inicial más  beneficiosa en virtud del principio de favorabilidad.   

Ejemplo de la primera postura se observa en  providencia  del  26  de  septiembre de 2002 (Rad. 11885), reiterada en el fallo  del 20 de mayo de 2008. (Rad. 23538)…   

(…)  

Muestra  de la segunda postura se verifica  en  el  proveído del 30 de marzo de 2006 (Rad. 22813), reiterada en el auto del  29  de  julio de 2009 (Rad. 30166) y la sentencia del 19 de agosto de 2009 (Rad.  31790),  así  como  en los fallos del 19 de agosto de 2009 (Rad. 28542) y del 7  de octubre de 2009 (Rad. 32732).   

(…)  

En  este  sentido  [primera  postura],  ha  expuesto la doctrina nacional:   

Cuando  “la acción se realiza en tiempo  de  diversas  vigencias  legales, no hay en verdad razón alguna, ni técnica ni  humanitaria,  para  ultractivar una ley favorable pese a que el agente continuó  cometiendo  el  hecho bajo una nueva ley más gravosa para él, que tampoco    bastó   para   intimidarlo   o   disuadirlo.  Tal  posición equivale a dejar impune  la  parte  del  hecho  ejecutado  bajo  la  nueva ley,  solución  absolutamente  inequitativa  con respecto a quienes hayan comenzado a  realizar  el  hecho  después  de  expirada  la  vigencia  de  la  ley anterior,  resultando    así    injustamente   favorecido   el  delincuente   que   más   ha   perseverado   en  el  mantenimiento    o    la    reiteración   de   la   consumación”5  (subrayas  fuera de texto).   

También el profesor Clauss Roxin ha dicho  sobre el particular:   

“En  el  caso de los delitos permanentes  puede  ocurrir que se modifique la ley durante el tiempo de su comisión, p. ej.  que  se  agrave la pena para determinadas formas de detención ilegal durante el  transcurso  de  una  detención  ilegal  prolongada;  en  tal  caso se   aplicará   la   ley  que  esté  vigente  en  el  momento  de  terminación  del hecho”6    (subrayas    fuera    de  texto).   

…la  mencionada interpretación respecto  de  la  sanción  en  los  delitos  permanentes  cometidos  en  vigencia  de dos  legislaciones  es  acogida  en  el  derecho comparado. Así, el Tribunal Supremo  español  en  sentencia  de  casación  del 14 de noviembre de 2000 (Rad. 1741),  señaló:   

“3.  La  integración  en  banda  armada  constituye  una  categoría  de  delitos  de  los  que se denominan permanentes,  en los que se mantiene una  situación  de  antijuridicidad  a  lo largo de todo el tiempo en el que, por la  voluntad  del autor, se renueva continuamente la acción típica. En estos casos  existe  una modalidad de consumación ininterrumpida, hasta que el sujeto activo  decide  abandonar el espacio antijurídico al que estaba dando vida, manteniendo  persistentemente  la  renovación  de  la  conducta  antijurídica.  Los delitos  permanentes  tienen,  como  es lógico, una continuidad en el tiempo, por lo que  no  es  extraño  que,  como sucede en el caso presente, el espacio temporal que  abarca  la  totalidad  de la acción, se desarrolle en el ámbito de vigencia de  diferentes  legislaciones,  cronológicamente sucesivas, por lo que es necesario  optar  por  una u otra en función del momento consumativo. Como se ha dicho, la  consumación  termina  en  el momento en que el sujeto activo decide poner fin a  la  situación  antijurídica,  abandonando  la  banda armada, como sucede en el  caso  presente. Ello nos sitúa en una fase en la que,  ya  estaba  vigente  el  nuevo  Código  Penal, por lo que el tramo de conductas  realizado  a  partir  de su vigencia atrae hacia sí las consecuencias punitivas  derivadas  de la aplicación de sus previsiones, sin que sea posible descomponer  la  figura  delictiva en dos tramos diferenciados, a los que le sería aplicable  los  diversos  Códigos  vigentes durante todo el espacio temporal que ha durado  la  situación  de  permanencia delictiva” (subrayas  fuera de texto).   

Más  recientemente  reiteró  el  mismo  Tribunal  en  sentencia de casación del 22 de mayo de 2009 (Rad. 480), respecto  del  delito  de  pertenencia  o integración de una banda armada u organización  terrorista:   

“En      el      delito      permanente  la  realización  de la conducta típica se prolonga en el tiempo  más  allá  de  la inicial consumación, manteniéndose por voluntad del sujeto  activo  la  lesión  del  bien  jurídico. En su estructura, la conducta típica  persiste  en  una  fase  consumativa más allá de esa inicial consumación. Por  ello  en  el  ámbito de aplicación de la Ley en el tiempo tiene importancia la  naturaleza  permanente  del delito pues en caso de modificación de la Ley en el  periodo  consumativo, cabe plantearse cuál será la aplicable. La STS. 21.12.90  (RJ   1990,  9871)  resuelve  la  cuestión  en  estos  términos:  ‘tratándose  de delitos permanentes,  se  están cometiendo o perpetrando a lo largo de toda la dinámica comisiva, si  durante  ese  periodo  de  infracción sostenida del ordenamiento penal, y antes  del   cese  de  los  efectos  antijurídicos  de  la  infracción,  entra   en  vigor  una  norma  penal  más  rigurosa,  ésta  será  aplicable  a  esa  porfiada  conducta,  sin  que ello  suponga   retroactividad   alguna   ‘ad     malam    partem’.  En  similar  sentido  SSTS.  532/2003 de 19.5 ( RJ 2003, 4454) ,  918/2004  de 16.7 (RJ 2004, 5127) y 31.5.2006 ( RJ 2007, 1676). En efecto si nos  hallamos  ante un delito permanente, que tiene una continuidad en el tiempo como  situación  que  se  adquiere,  se  mantiene  y  se  consolida  en  el ejercicio  constante,   no   puede  efectuarse  separación  o  división  temporal  alguna  en  relación  a  la  actividad  delictiva, y por lo  tanto  el espacio temporal que abarca la totalidad de  la  acción  puede  desarrollarse  en  el  ámbito  de  vigencia de diferentes y  cronológicamente  sucesivas  legislaciones,  por  lo que si parte de los hechos  acaeciera  cuando  ya esta vigente el Código Penal de 1995, atrae hacia sí las  consecuencias     punitivas    derivadas    de    la    aplicación    de    sus  previsiones,  sin  que  sea  posible  descomponer la  figura  delictiva en dos tramos diferenciados, a los que le sería aplicable los  distintos  Códigos  vigentes  durante todo el espacio temporal que ha durado la  situación  de  permanencia delictiva, pues desde luego, tal solución llevaría  a  la  consideración  de dos delitos diferenciados, lo que supone una solución  más  perjudicial para el recurrente. En definitiva la  especial  naturaleza de los hechos que se someten a nuestro análisis, nos lleva  a  considerar  ajustada  a derecho la solución dada por la Sala de instancia al  aplicar el Código Penal de 1995” (subrayas fuera de texto).   

(…)  

Por su parte el Tribunal Constitucional de  Perú,   en   sentencia   del   18   de  marzo  de  2004,  expediente  2488-2002  señaló:   

“(…) en los delitos permanentes, pueden  surgir  nuevas normas penales, que serán aplicables a  quienes  en  ese  momento  ejecuten el delito, sin que  ello  signifique  aplicación  retroactiva de la ley penal” (subrayas fuera de  texto).   

La Corte Interamericana de Derechos Humanos  respecto  del delito permanente de desaparición forzada de personas señaló en  fallo   del   26   de   noviembre   de   2008   en  el  caso  Tiu  Tojin  contra  Guatemala:   

“Por   tratarse   de  un  delito   de  ejecución  permanente,  es  decir,  cuya  consumación  se  prolonga  en  el  tiempo,  al entrar en vigor la  tipificación  del  delito  de  desaparición  forzada de personas en el derecho  penal  interno,  si se mantiene la conducta delictiva,  la nueva ley resulta aplicable”.   

En  sentido similar dijo la misma Corte en  fallo  del  23  de  noviembre de 2009, en el caso Rosendo Radilla Pacheco contra  Estados Unidos Mexicanos:   

“El Tribunal reitera, como lo ha hecho en  otros  casos,  que  por  tratarse  de  un  delito  de  ejecución   permanente,   al  entrar  en  vigor  la  tipificación  del  delito  de  desaparición  forzada de personas en el Estado,  la  nueva  ley  resulta  aplicable  por mantenerse en  ejecución  la  conducta  delictiva,  sin  que  ello  represente una aplicación  retroactiva”.   

“(…) Al respecto, cabe reiterar que por  tratarse  de  un crimen de ejecución permanente, es decir, cuya consumación se  prolonga  en  el  tiempo,  al  entrar  en  vigor  en  el  derecho penal interno,  si  se  mantiene  la conducta delictiva, la nueva ley  resulta    aplicable”    (subrayas    fuera    de  texto).   

Impera  resaltar  que  si  la nueva ley se  aplica  cuando  el  comportamiento  no era considerado antes de su vigencia como  delito,  con  mayor razón habrá que hacerlo cuando en la legislación anterior  tenía el carácter de punible, pero su sanción era menor.   

De conformidad con lo expuesto, concluye la  Sala,  en  primer lugar, que cuando se trata de delitos permanentes iniciados en  vigencia  de  una  ley benévola pero que continúa cometiéndose bajo la égida  de  una  ley  posterior  más  gravosa, es ésta última la normativa aplicable,  pues  en  tal  caso  no  se  dan  los  presupuestos  para acoger el principio de  favorabilidad,  sino  que  opera la regla general, esto es, la ley rige para los  hechos cometidos durante su vigencia.   

En  segundo  término, si la situación es  inversa,  esto  es,  el  delito  permanente comienza bajo la vigencia de una ley  más   gravosa,   pero  posteriormente  entra  a  regir  una  legislación  más  benévola,  también  se aplicará la nueva ley conforme con la anunciada regla,  en   cuanto   expresión   de  la  política  criminal  del  Estado.   (subrayas   en   el  original.  CSJ  SP,  25  Ago.  2010,  Rad.  31407)   

Así las cosas, es evidente que la censura  objeto  de  análisis  formal  parte  de  supuestos  jurídicos infundados, pues  reitérese,  no  es  cierto que el delito de receptación sea de “ejecución  instantánea”, toda vez que  su  consumación  se  prolonga  en  el  tiempo,  de  donde se sigue que la norma  sustancial  aplicable  era  la  vigente  al momento en que terminó su comisión  (año  2009),  por tanto, era procedente aplicar la reforma punitiva introducida  por  el  artículo  45  de  la  Ley 1142 de 2007, contrario a lo afirmado por el  impugnante.   

De  otro  lado,  se  observa  una  nueva  inconsistencia  formal en la presentación de la censura bajo examen, pues en la  misma  se  discuten  motivos  distintos  para  predicar la nulidad de lo actuado  frente al delito de receptación.   

En efecto, un primer fundamento, que ya se  trató,  fue  el  relativo  a la Ley procesal aplicable (Ley 600 de 2000 vs. Ley  906  de 2004), no obstante, después el actor alega la incompetencia territorial  del  juzgado  de conocimiento, aspecto que de suyo ha debido postularse en cargo  separados, en tanto exige de un esfuerzo argumentativo distinto.   

Con todo, no sobra señalar que el Tribunal  acertó  al  afirmar  que  no había lugar a reconocer la existencia de falta de  competencia  territorial  por  parte  del  juzgador  de  primer  grado, pues, de  conformidad  con  lo preceptuado en el artículo 55 de la Ley 906 de 2004, si la  misma  no  es alegada en la audiencia de formulación de acusación, se entiende  prorrogada.   

En  efecto,  en  ese  sentido  expuso  el  ad quem:   

…el  defensor de los acusados cuestiona,  en  primer  término, la competencia territorial del funcionario de conocimiento  con  sede  en esta ciudad [Bogotá], en lo específico, porque en su criterio el  delito  de  receptación  se  consumó  en el municipio de Guasca, Cundinamarca,  motivo  por el cual habrían sido entonces los jueces penales el circuito de ese  otro    distrito    judicial    los   que   debieron   adelantar   el   presente  trámite.   

En   este   reproche,  sin  embargo,  el  peticionario  pierde  de  vista que de conformidad con el artículo 55 de la Ley  906  de  2004,  “se  entiende  prorrogada la competencia si no se manifiesta o  alega  la  incompetencia  en  la  oportunidad  indicada en el artículo anterior  —esto   es,   en   la  audiencia   de  formulación  de  acusación,  destaca  el  Tribunal—, salvo que ésta devenga del factor  subjetivo o esté radicada en funcionario de superior jerarquía.   

(…)  

En  este  sentido,  vale  acotar, la Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Penal, tiene discernido que “si el  interesado  no  alega  en  su  momento  la incompetencia, no le es dable hacerlo  posteriormente  para  invocar la concurrencia de una causal de nulidad, salvo en  las    dos   eventualidades   antes   referidas”7,   esto   es,   insiste   el  Tribunal,  de  desconocimiento  del fuero o en los asuntos de competencia de los  juzgados penales el circuito especializados.   

Adicionalmente, no sobra agregar que en la  Ley  906  de  2004,  cuando  varios  han  sido  los lugares de ocurrencia de los  hechos,  la  Fiscalía  cuenta  con  la  posibilidad  de  determinar el sitio de  presentación  del  escrito  de  acusación  y  por ende dónde tendrá lugar la  audiencia del juicio oral.   

Al respecto es del caso evocar que la Sala  ha expresado en punto de este tópico, lo siguiente:   

14.   Entonces,  como  lo  expresado  en  precedencia  al  estudiar  los  argumentos  de  los  defensores  que  alegan  la  incompetencia  del Juez Décimo Penal del Circuito con Funciones de Conocimiento  de   Bucaramanga,  pone  al  descubierto  un  conjunto  de  hechos  concatenados  orientados  a  atentar  contra el patrimonio de personas naturales y jurídicas,  se  hace  necesario  recordar que el artículo 43 de la Ley 906 de 2004 estipula  que  la  competencia  para  el  juzgamiento  recae en el lugar donde ocurrió el  delito  y  si  este  sucedió en varios lugares, como acontece en el sub judice,  precisa:   

“[Cuando no fuere posible determinar el  lugar  de ocurrencia del hecho, éste se hubiere realizado en varios lugares, en  uno  incierto  o  en  el extranjero], la competencia del juez de conocimiento se  fija  por el lugar donde se formule acusación por parte de la Fiscalía General  de  la Nación, lo cual hará donde se encuentren los elementos fundamentales de  la acusación”.   

15. De lo anterior se sigue, que cuando la  consumación  de  un  delito  se  produce  en  diferentes lugares del territorio  nacional,  es  la  Fiscalía  General  de  la Nación quien tiene la potestad de  elegir el juez de conocimiento.   

Pero  dicha facultad no puede ejercerse de  manera  arbitraria  o  caprichosa,  sino que tal elección está limitada por el  lugar  de  ubicación  de  la  mayor  cantidad  y  calidad  de  los “elementos  fundamentales de la acusación”.   

16. Lo anterior significa que en principio  cuando  la  Fiscalía  presenta el escrito de acusación ha realizado un proceso  de    ponderación    para    determinar    cuál    debe   ser   el   juez   de  conocimiento.   

Ahora,  para llegar a tal conclusión, los  Fiscales  Delegados  deben  examinar  fundamentalmente que no exclusivamente, en  qué  lugar  se  encuentran  los  testigos que comparecerán al juicio oral para  sustentar el pliego acusatorio.   

Igualmente, dónde se encuentra concentrada  la  evidencia  física,  los  elementos materiales probatorios y la información  legalmente  obtenida, como también la ubicación de las personas privadas de la  libertad8.   

17. Al examinar el contenido del escrito de  acusación,  se  constata  que  buena  parte  de  los  testigos que la Fiscalía  pretende  llevar  al juicio se encuentran en la ciudad de Bucaramanga o en otras  geográficamente  cercanas  e,  igualmente,  allí se concentraron los elementos  materiales  probatorios  y la información legalmente obtenida, pero además, se  tiene  que  respecto  de  los  imputados,  una vez se materializó su captura en  distintas  partes  del  territorio  nacional,  salvo  uno,  los restantes fueron  trasladados  a  un establecimiento carcelario de la referida ciudad, de donde se  sigue  que  la  elección  hecha  por  la Fiscalía es la que mejor consulta los  propósitos del sistema acusatorio.   

18.  De  lo  anterior  se  concluye que el  conocimiento  del presente asunto corresponde Juzgado Décimo Penal del Circuito  con  Funciones  de  Conocimiento  de  Bucaramanga  y  no  como  lo  sugieren los  defensores  de  los  imputados,  quienes a partir de la observación insular del  escrito  de  acusación,  promovieron  que  fueran las autoridades judiciales de  cada  uno  de  los  sitios  en  donde tuvieron lugar algunos hurtos. (CSJ AP, 8 ago. 2012, Rad. 39505)   

Entonces,  confrontado  lo anterior con el  caso  de  la  especie,  es  palmar  que no fue caprichosa la escogencia del juez  penal  del  circuito  con  funciones  de conocimiento de Bogotá por parte de la  Fiscalía,  pues  en  esta  ciudad  fue  donde  se  concentraron  los  elementos  materiales  probatorios  y  tenían  su  domicilio  los  testigos,  conforme  lo  evidencian  las  constancias procesales, de manera que no hay lugar a cuestionar  la competencia.   

Ahora,  menos  afortunada  se  reputa  la  afirmación  del  libelista  en  punto  de  que  aportaría elementos materiales  probatorios  en  esta  sede  con  el  fin  de desvirtuar la uniprocedencia de la  huella  del  procesado  Alberto  Suárez  Sánchez  con  la plasmada en el poder  espurio  con  el cual se reclamó el vehículo hurtado, pues con ello ignora que  el    recurso    de   casación   carece   de   periodo   probatorio9.   

En  suma, como el libelista echa mano a un  conjunto  de  argumentos  abiertamente  infundados,  pero  además, desconoce la  realidad  procesal,  de lo anterior se sigue que la censura bajo examen debe ser  inadmitida, en razón de su total falta de trascendencia.   

Segundo   cargo:  

Al estar basado esencialmente en que en el  caso  de la especie se violó el debido proceso, por cuanto ha debido tramitarse  bajo  la égida de la Ley 600 de 2000 y no de la Ley 906 de 2004, en cuanto hace  referencia  al  delito  de receptación, pues tal ilícito tuvo ocurrencia en el  departamento  de  Cundinamarca  entre  los  años 2005 y 2006 o incluso en 2003,  épocas  para las cuales aún no estaba vigente la Ley 906 en dicha sección del  país,  toda  vez que en ella solo vino a regir a partir 2007, de lo anterior se  sigue  que el libelista deja de lado la naturaleza del delito anotado, así como  la realidad procesal.   

En   efecto,   con   el  fin  de  evitar  repeticiones  innecesarias,  pues  el  tema  de  la  naturaleza  del  delito  de  receptación  ya fue analizado al examinar el cargo anterior, baste recordar que  es  de ejecución permanente, mas no de ejecución instantánea como lo asume el  demandante,     quien     convenientemente     guarda    silencio    sobre    el  particular.   

Igualmente,  sobra  razonar  acerca  de la  norma  procedimental  que  se  debe  aplicar  en  relación  con  los delitos de  ejecución  permanente,  pues  ese  tópico  también fue tratado al estudiar el  aspecto  formal  del  reparo  que precede, arribándose a la conclusión que fue  correcto  que en el sub lite  se aplicara la Ley 906 de 2004.   

Ahora, se observa que como consecuencia de  ignorar  la  naturaleza  del  delito de receptación, esto es, ser de ejecución  permanente,  así como la realidad procesal, el actor afirmó que no era posible  que  se  juzgara  tal  punible  con  los  dos restantes que se imputaron (fraude  procesal  y  falsedad en documento privado), en tanto no había lugar a predicar  su  conexidad en los términos del numeral 2º del artículo 51 de la Ley 906 de  2004,  cuando  lo  que en realidad concluyó el Tribunal es que fue correcto que  se  juzgaran  bajo  una  misma  cuerda  procesal  en  razón  de su “conexidad  sustancial”,  en tanto respondieron a un mismo designio, de conformidad con lo  consagrado en el inciso 2º del artículo 50 de la ley en cita.   

En  conclusión,  como  la  censura  bajo  estudio,  al  igual  que  la anterior, solo ofrece un conjunto de argumentos sin  ningún  asidero  jurídico,  pero  además  desconoce  la realidad procesal, se  impone su inadmisión.   

Tercer   cargo:  

Como  quiera  que,  en  suma,  la  defensa  sustenta  este reparo en que el Tribunal incurrió en la violación indirecta de  la  ley  sustancial  y  para efectos de demostrarlo sostiene, en resumen, que el  error    del   ad   quem  consistió  en  “darle a las pruebas existentes una  contundencia  que  no  tienen”, de manera que por lo  anterior  se  debe casar la sentencia y absolver al procesado; de lo anterior se  sigue  que  el  libelista  desconoce la naturaleza del recurso de casación, los  principios  que  lo  rigen y las formalidades que deben agotarse en razón de la  causal invocada.   

En primer término, debe recordarse que el  recurso  de  casación  es  un juicio técnico jurídico de constitucionalidad y  legalidad  que  se  le  hace a la sentencia, orientado a evidenciar la presencia  trascendente   de  vicios  in  procedendo   (bien   de   estructura   o   de   garantía)   o   in iudicando.   

En  esa  medida,  en  sede de casación se  parte  del  supuesto  de  que  la  sentencia arriba amparada por el principio de  presunción  de  legalidad  y  acierto,  de  tal  manera  que  al  recurrente le  corresponde  demostrar  que  los yerros del juzgador de segunda instancia son de  tal   envergadura,   que  únicamente  casando  el  fallo  impugnado  se  pueden  conjurar.   

Ahora,  como  la  causal  pregonada por el  impugnante  es  la que pacíficamente se denomina violación indirecta de la ley  sustancial,  resulta  oportuno  traer  a  colación  en  qué eventos procede la  misma,  con  el  fin  de  evidenciar que en modo alguno el actor se plegó a las  mínimas exigencias que se deben cumplir cuando ella es invocada.   

Entonces,  cabe  mencionar  que  la causal  anotada  es  viable cuando como consecuencia de la apreciación equivocada de la  prueba,  se  llega  a  la  exclusión evidente o a la aplicación indebida de un  determinado  precepto  de  carácter  sustantivo,  lo  cual  puede  darse en las  modalidades  de  error  de  hecho,  ya  por falso juicio de existencia, bien por  omisión  o  por  suposición de un específico medio de conocimiento; por falso  juicio  de identidad, al valorar un puntual elemento de persuasión, o porque se  incurre  en  falso raciocinio al apreciar un medio de convicción; yerros frente  a  los  cuales  se  profundizará  enseguida,  por  cuanto son los que ha debido  alegar             el            defensor10   

.  

Entonces,  una modalidad de error de hecho  es    el    falso    juicio    de   existencia   por  omisión,  el  cual  se  configura  cuando se deja de  apreciar  en  su  totalidad  un determinado medio de convicción, de modo que al  ser  alegado,  es  deber  del  impugnante, además de identificar el elemento de  conocimiento  ignorado,  debe  entrar  a  señalar  en  detalle  y  con absoluta  objetividad  su  alcance demostrativo, al cual también le incumbe determinar la  conclusión  que  se  extrae  de él, indicando la consecuencia que se deriva al  efectuar  su  apreciación  conjunta con los medios de persuasión que apoyan la  sentencia  atacada,  pero  además, es del resorte del demandante puntualizar la  trascendencia  del  nuevo  escenario fáctico logrado a partir de la valoración  de  la  prueba  olvidada,  en orden a evidenciar que el error denunciado, por su  entidad,  da  lugar  a  un  fallo  con  un  sentido  distinto  y favorable a los  intereses del actor.   

Otra  modalidad  de  error  de hecho es el  falso juicio de existencia por suposición,  que  se produce cuando a pesar de que el elemento de persuasión  no  ha  sido  practicado  y  por  tanto no obra en la actuación, el funcionario  judicial  asume  que  sí  aparece  en  el  proceso,  caso en el cual, frente al  recurso  de  casación, le compete al censor identificar la prueba imaginada por  el  fallador, señalar en detalle el alcance demostrativo que se le confirió en  la  sentencia,  determinar  la  conclusión  que se extrajo de ella e indicar la  consecuencia  que se derivó al efectuar su apreciación conjunta con los demás  medios   de   conocimiento   que   apoyaron   el   fallo   impugnado   por  vía  extraordinaria.   

En  punto  de este último aspecto, es del  caso  indicar  que  en  relación con la modalidad de error de hecho en comento,  corresponde  al  censor acreditar la incidencia del yerro, es decir, cómo de no  haberse  supuesto  el  elemento  de persuasión las conclusiones de la sentencia  habrían  dado  lugar  a  una  situación  procesal  distinta  y sustancialmente  favorable  para  los  intereses  que  representa  el demandante, con vista en el  contenido objetivo de la actuación.   

Otra  modalidad  de  error  de hecho es el  falso  juicio  de identidad,  que  tiene  ocurrencia  cuando  en  la  tarea  de  valoración  de la prueba, el  funcionario  judicial  le realiza agregados o cercena su contenido, mas también  puede suceder que la distorsiona.   

Ahora,  cuando  se  alega  falso juicio de  identidad,  de  lo  que se trata es de patentizar que a pesar de que el medio de  persuasión  fue  apreciado  por  el  juzgador,  éste dejó de lado parte de su  contenido  material,  como  se  dijo,  porque  adiciona,  mutila o tergiversa lo  señalado en él.   

Cualquiera   de  las  situaciones  antes  mencionadas   obviamente  demandan  del  censor,  inicialmente,  identificar  el  elemento  de  convicción  respecto del cual alega el falso juicio de identidad,  pero  además,  es  de  su  resorte  acreditar  la trascendencia de la adición,  mutilación o tergiversación de su contenido material.   

Es   decir,   debe  expresar  de  manera  argumentada,  cómo  el agregado, el cercenamiento o la distorsión del medio de  persuasión,  influyó de modo esencial en la declaración de justicia señalada  en  la  sentencia  impugnada, luego de confrontar la totalidad de las pruebas en  las cuales ésta se sustentó, obviamente con absoluta objetividad.   

En  este sentido (objetividad), es preciso  mencionar  que  los  yerros  en  punto  de  la  valoración  de la prueba que se  pregonen  con  sustento  en  falsos juicios de identidad, no pueden surgir de la  simple   disparidad  de  criterios  entre  la  apreciación  realizada  por  los  juzgadores  y  la ofrecida por el impugnante, sino de la evidente contradicción  entre   aquella   y   el   contenido   material   de  un  determinado  medio  de  convicción.   

Otra  modalidad  de  error  de hecho es el  falso  raciocinio, respecto  del  cual  es  preciso  indicar  que se da cuando se desconocen las reglas de la  sana crítica al apreciar la prueba.   

Cabe  recordar  entonces  que  el  falso  raciocinio  se  produce  porque  a  pesar de haber sido adecuadamente traído el  elemento  de  convicción al proceso y que en la sentencia se le ha apreciado en  su  exacta  dimensión  fáctica,  en  el  ejercicio  de  asignarle  su  mérito  demostrativo  el  juzgador  se  aparta  de  los postulados de la lógica, de las  leyes  de la ciencia o de las máximas de experiencia, es decir, de los dictados  de  la  sana  crítica  como método de valoración probatoria reconocido por la  ley procesal penal.   

Ahora,  en  cuanto  hace  referencia a los  casos  en  que  la censura se encamina a denunciar un falso raciocinio en razón  del  desconocimiento de los dictados de la sana crítica al apreciar un elemento  de   persuasión,  inicialmente  se  debe  proceder  a  identificar  la  prueba,  indicando  qué  dice  de  manera  objetiva, qué infirió de ella el juzgador y  cuál el mérito persuasivo que le fue otorgado.   

Así  mismo, corresponde al actor señalar  cuál  postulado  de  la  lógica, ley de la ciencia o máxima de la experiencia  fue  ignorada  al  apreciar  el medio de conocimiento y, correlativamente, ha de  precisarse  cuál  es  la  regla  de la lógica apropiada, el aporte científico  correcto   o   la   máxima   de   la   experiencia   que   debió   tomarse  en  consideración.   

Finalmente,   se   debe   demostrar   la  trascendencia  del  error  alegado,  señalando  cuál  debe ser la apreciación  correcta  de la prueba cuestionada, poniendo de manifiesto que ello habría dado  lugar  a  proferir un fallo sustancialmente distinto y favorable a los intereses  representados por el libelista.   

Precisada  la tarea argumentativa que debe  desarrollarse  cuando  en sede del recurso de casación se pregona la violación  indirecta  de  la  ley  sustancial, es claro que en forma alguna el libelista se  ocupa   siquiera   de  enunciar  la  clase  de  errores  de  hecho  en  los  que  eventualmente   habría   podido   incurrir   el   Tribunal   al   apreciar   la  prueba.   

Así  las cosas, la postura asumida por el  demandante  desconoce  el  principio  de  crítica vinculante, por cuyo medio se  exige  una  alegación  fundada  en  las causales previstas taxativamente por la  normatividad  vigente  y  el  cumplimiento de determinados requisitos de forma y  contenido.   

Al  margen  de  lo  anterior,  es del caso  resaltar  que,  contrario a lo afirmado por el censor, el Tribunal sí se ocupó  de  exponer, con total objetividad, que había prueba suficiente para condenar a  los  procesados  por  los  delitos  de  receptación, fraude procesal y falsedad  ideológica   

En  esa  medida, frente a los dos últimos  ilícitos  en  cita,  indicó  que el poder “espurio  fue  utilizado  para  inducir  en  error  a un servidor público [Fiscal] con el  propósito  de  obtener  una  resolución  contraria  a la ley, infracciones que  encuentran  cabal  adecuación  en  los  artículos  289  y 453 de la Ley 599 de  2000”,   lo   cual   encontraba   respaldo  en  lo  manifestado  por  Martha  Cecilia Hernández Vásquez, propietaria del vehículo  hurtado,  así  como en los dichos del Fiscal José Gustavo Moreno Orjuela y del  abogado  Pedro Alexander Daza Ruiz, quien pidió la entrega del rodante con base  en aquel poder.   

El juzgador de segundo grado también puso  de  presente  que  con  fundamento en lo concluido por la grafóloga Ana Yolanda  Céspedes  Cajamarca,  se  conoció  que  el  poder  utilizado para solicitar la  entrega  del automotor a la Fiscalía, no había sido firmado por Martha Cecilia  Hernández  Vásquez.  Igualmente,  con  el  dactiloscopista  Jaime Andrés Mena  Acevedo   se   determinó  que  la  huella  impuesta  en  el  poder  espurio  le  correspondía al procesado Alberto Sánchez Peña.   

Además  de lo anterior, el juez colegiado  puso  de  presente  que quien vendió el vehículo hurtado, una vez fue devuelto  por  la Fiscalía, fue Alberto Sánchez Peña, conforme lo expresó el comprador  Walter  Yesid  Higuera  Cruz,  y  que  quien  se encargó del automotor mientras  estuvo  en  Guasca  (Cundinamarca)  fue Héctor Alirio Sánchez Peña, según lo  informó Jorge Enrique Bautista Prieto.   

Así  mismo,  expuso  que Alberto Sánchez  Peña  le  entregó  a  Walter Yesid Higuera Cruz los documentos obtenidos de la  Fiscalía,   por   lo   que  el  ad  quem  concluyó  que  éste era un “indicio  concluyente” de que el abogado Pedro Alexander Daza  Ruiz había actuado a instancias de los procesados.   

En  punto  del  delito  receptación,  el  Tribunal   manifestó,   tras   hacer  alusión  a  que  estaba  fehacientemente  demostrado  el hurto de automotor, que de la prueba antes reseñada, valorada en  conjunto,  se  concluía  la  responsabilidad  de los enjuiciados, en particular  porque:   

…fue Héctor Alirio Sánchez Peña quien  compareció  ante  la  Estación de Policía de Guasca para asumir los costos de  la  inmovilización  y  suscribir  el inventario, para lo cual se presentó como  tenedor   del  carro.  Más  relevante  resulta,  sin  embargo,  que  entre  los  documentos  que  le  fueron  entregados a Walter Yesid Higuera Cruz por parte de  Alberto  Sánchez  Peña  al comprar el vehículo, se encuentren los formularios  de  impuestos  correspondientes  a  los  años  2002, 2003, y 2004, de lo que se  sigue  necesariamente  que  el  bien  estaba  en poder de los acusados para esas  fechas, esto es, inmediatamente después de perpetrado el hurto.   

Por idéntica razón ha de inferirse… el  conocimiento  sobre  el  origen  ilícito  del  bien.  Ciertamente, la verdadera  titularidad  del vehículo siempre fue conocida por los enjuiciados, a tal punto  que  confeccionaron un poder espurio a nombre de Hernández Vásquez para lograr  su  entrega  por  parte  de  la  Fiscalía y además falsificaron la firma de la  nombrada para pagar los impuestos…   

Entonces,  evidenciado como ha quedado que  el  recurrente ni siquiera precisa en qué clase de error de hecho, en términos  del  recurso  de  casación,  incurrió el Tribunal al apreciar la prueba, pues,  por  el  contrario,  se  dedica  a  tratar  de imponer su visión personal, pero  además,  que  sus glosas son infundadas, de lo anterior se sigue que la censura  objeto de análisis formal debe ser inadmitida.   

Cuestión   adicional:  

No  obstante lo anterior, la Corte observa  la  eventual  vulneración  de  garantías del procesado al dosificar la pena de  multa en la sentencia.   

Por  tanto,  como la Corte está facultada  para  intervenir  ante  el  quebranto  de  garantías con el propósito de hacer  efectivo  el  derecho  material,  por  ello  ordenará  que  una vez se surta la  notificación  de  la  presente  determinación  y  se  resuelva el mecanismo de  insistencia  en  el  evento  de  intentarse,  vuelva  el proceso al Despacho del  Magistrado  ponente  para  que la Sala oficiosamente profiera el pronunciamiento  respectivo.   

Ahora, conforme también lo tiene precisado  la  Corporación  (CSJ  AP,  23  Agos. 2007, Rad. 28059), no se dispondrá de la  celebración  de  la  audiencia de sustentación prevista en el artículo 185 de  la  Ley 906 de 2004, por cuanto su procedencia está circunscrita a los casos de  admisión del libelo.   

Sobre       el    mecanismo   de   insistencia:   

Cabe  mencionar que contra la decisión de  inadmitir   la  demanda  de  casación,  únicamente  procede  el  mecanismo  de  insistencia  previsto  en el inciso 2º del artículo 184 de la Ley 906 de 2004,  en  los  términos señalados por esta Sala en auto del 12 de diciembre de 2005,  proferido dentro de la radicación No. 24322.   

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,   

RESUELVE:  

1.   INADMITIR  la  demanda  de casación presentada por  el   defensor   de   los   procesados   Alberto   y   Héctor   Alirio  Sánchez  Peña.   

2.   ADVERTIR que de conformidad  con  lo  dispuesto  en  el  artículo  184  de  la Ley 906 de 2004, es viable la  interposición  del  mecanismo de insistencia en los términos precisados por la  Sala.   

3. REGRESAR el diligenciamiento al Despacho  del  Magistrado  Ponente  en  la  oportunidad definida en las consideraciones de  esta  providencia,  con  el propósito de que la Sala se pronuncie oficiosamente  acerca de la posible vulneración de garantías del procesado.   

Notifíquese y cúmplase.  

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria    

1 CSJ  AP,    9    Jun.   2008,  Rad. 29092.   

2“Cfr.  sentencia  del  23/03/2006, rad. 24300; auto del 3 de mayo  de   2007,   Acción   de   revisión,   radicado   número   23339.”   

3“CORTE   SUPREMA   DE   JUSTICIA,  providencias  referidas  a  la  aplicación  gradual y progresiva del sistema acusatorio, 1) radicación número  23400  (30/03/2005);    2)    Colisión    de    Competencia   23353  (30/03/2005);  3)  Colisión          de         Competencia         23381  (06/04/2005);  4)  Colisión          de         Competencia         23348   (06/04/2005);   5)       Colisión      de      Competencia      23306  (06/04/2005);  6)  Colisión          de         Competencia         23237   (06/04/2005);   7)       Colisión      de      Competencia      23387  (06/04/2005);  8)  Colisión          de         Competencia         23247   (07/04/2005);   9)Colisión         de         Competencia         23246 (20/04/2005);  10)  Colisión          de         Competencia         23404   (27/04/2005);   11)  Colisión          de         Competencia         23389   (04/05/2005);   12)  Única               Instancia               19094   (04/05/2005);   13)  Colisión          de         Competencia         23963   (03/08/2005);   14)Colisión         de         competencia        25357 (02/05/2006);  15)  Colisión          de         Competencia         25584 (20/06/2006);  16)  Casación   25409  (22/06/2006);    17) Colisión de Competencia 25674  (11/07/2006);    18)   Colisión   de  Competencia  25786 (25/07/2006);  19)  Colisión          de         Competencia         25871 (15/08/2006);  20)  Colisión          de         Competencia         25870 (22/08/2006);  21)  Colisión          de         Competencia         26020 (12/09/2006);  22)  Única               Instancia               25026   (26/10/2006);   23)Colisión         de         Competencia        27179    (25/04/2007.   entre otras decisiones.”   

4 El  7  de  mayo  de  2009 fue inmovilizado el automotor hurtado cuando era conducido  por   Walter   Yesid   Higuera   Cruz,   quien  se  lo  había  comprado  a  los  acusados.   

5  “Fernández  Carrasquilla  Juan.  Derecho Penal Fundamental. Volumen I. Temis. Bogotá. 1986.  pgs 127 y 128.”   

6  “Derecho  penal. Parte  general.    Tomo    I.    Civitas.    Madrid.    1997.    pg.   162.”   

7  “Sentencia  de  marzo  18  de  2009,  radicación  30710…”   

8  “Corte   Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal, auto del 15 de julio de 2008, radicación  No. 30152.”   

9 Al  respecto  ver,  entre  otras,  CSJ  AP, 18 Abr. 2012,  Rad. 34011.   

10  Cabe  anotar que también se pueden presentar defectos de estimación probatoria  por  errores  de derecho, bien en la modalidad de falso juicio de legalidad o en  la de falso juicio de convicción.     

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