AP377-2014(41717)

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

Magistrado Ponente  

AP377-2014  

Radicación N° 41717  

Aprobado Acta Nº 27  

Bogotá D.C., cinco (05) de febrero de dos mil  catorce (2014)   

Decide  la Sala acerca de la admisibilidad de  la   demanda   de   casación   presentada   por  el  defensor  de  ARI  WILKO  PELUFFO  FERRER,  contra  el  fallo del Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Cartagena                 (Bolívar),         que    confirmó    el   emitido   en   el   Juzgado   Primero  Penal  del  Circuito  de  esta  ciudad,  mediante  el  cual  fue  condenado como autor responsable del delito de  concusión.   

     

I. HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL     

1.  Según  se  extrae  de  la  actuación en  Cartagena,   a  raíz  de  un  proceso  tramitado  en la Contraloría General de  la  República,  seccional  Bolívar,  contra  Carlos  Alberto  Ríos  González,  en  el mes de marzo de 1999  éste   fue   objeto  de  exigencias   económicas   para  obtener  un  fallo  a  su  favor,  por  parte de ARI WILKO PELUFFO   FERRER,  quien   para  entonces  se  desempeñaba  como  auxiliar  administrativo  del  señalado ente de control en esa  ciudad,   hechos   descubiertos   gracias   a  la  denuncia  presentada  el 27 de abril de 1999 por   Walter   de   la  Peña  Camargo,  funcionario  de la aludida entidad que tenía a cargo la referida investigación  fiscal   y   cuyo  nombre  había  sido  involucrado  en  ese  suceso1.   

2.  Luego  de  una  prolongada   indagación  preliminar,  el  15  de  enero  de  2001  se     dispuso     la    apertura        formal  de la investigación, y tras la vinculación mediante indagatoria  de       ARI       WILKO       PELUFFO  FERRER, el  5  de  septiembre  de  2007  la  Fiscalía General de la nación profirió en su  contra  resolución  de  acusación en calidad de autor del delito de concusión  previsto  en  el artículo 140 del Decreto Ley 100 de 1980, pliego de cargos que  al  no  ser impugnado alcanzó ejecutoria el 18 de octubre siguiente2.   

3.  La siguiente  fase  se  adelantó en el Juzgado Primero Penal          del         Circuito         de         Cartagena,          cuyo  titular  el  25  de  abril  de 2011  declaró  al  acusado  autor  penalmente  responsable del delito atribuido en la  acusación,  y  en  tal  virtud  le impuso las penas principales de cincuenta          (50)  meses de  prisión   y   multa   de   cincuenta   (50) salarios mínimos mensuales legales  vigentes,  así  como  la  sanción         accesoria        de              inhabilidad   para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el mismo lapso de  la   privativa   de  la  libertad,  le  negó  la suspensión condicional de la  ejecución  de  la  condena, y le concedió prisión  domiciliaria3.   

4.  Apelada la  expresada   providencia   por   la   asistencia   técnica  del  enjuiciado,  el  9   de   noviembre     de    2012  el  Tribunal  Superior del Distrito  Judicial  de  Cartagena la  confirmó  en  su  integridad,  sentencia  de segunda instancia contra la que el  mismo    sujeto    procesal    interpuso    el    recurso    extraordinario   de  casación4.   

     

I. LA DEMANDA     

5. Tres        reproches     postula     el    censor,          cuyos fundamentos se sintetizan como sigue:   

5.1.   En  el   “Primer         Cargo”  asegura  que  la  condena emitida  contra    su    prohijado   se   dictó  en  un  juicio  viciado  de  nulidad,  por  cuanto  la  sentencia  confirmatoria de la de primer grado fue emitida por  sólo  dos  de  los  tres magistrados que debían integrar la respectiva Sala de  Decisión  del  Tribunal,  y  uno  de  ellos  no  se declaró impedido según lo  exigido  en  el  artículo  99, numeral 11, de la Ley 600 de 2000, puesto que el  aludido funcionario actuó como fiscal en la fase instructiva.   

Solicita,  en  consecuencia,  invalidar la  actuación  desde  el fallo de segunda instancia para que el mismo sea proferido  con sujeción a la ley.   

5.2.  Como   “Segundo        Cargo”,    en   forma   subsidiaria  del anterior y con base en el artículo 207, numeral  3,      del      Código      de      Procedimiento      Penal,     pide  anular  la  sentencia  objeto de  recurso,      pues      sostiene     que  desde  la fecha de ejecutoria de la resolución de acusación  transcurrió  un  lapso  superior   a  cinco  (5)  años  y  tres  (3) meses,  tiempo  que  estima es el necesario para que opere el fenómeno de extinción de  la  acción  penal por prescripción frente el delito  de    concusión,    guarismo   obtenido   por   el  actor  tras incrementar en una tercera parte la pena  máxima  prevista  para  esa conducta punible, y dividir a la mitad el resultado  obtenido.   

5.3. Finalmente,  como  “Tercer Cargo”,  igualmente  con  carácter  subsidiario,  denuncia la violación indirecta de la  ley  sustancial  debido  a  un  falso juicio de existencia ya que los juzgadores  ignoraron   pruebas   que   obran  en  el  proceso,  demostrativas  de  que  los  hechos no configuran el delito de concusión por el  que fue condenado el acusado.   

Con  el  fin  de  acreditar  ese  dislate,  luego de puntualizar que  la  referida  hipótesis  punible  exige  como  condición  de  tipicidad que el comportamiento se lleve a  cabo     abusando     de     las    funciones    asignadas    al    cargo,  señala  que  los funcionarios  que  intervinieron  en la  actuación    en    sus    dos    etapas    no    establecieron   cuáles eran las funciones desempeñadas  por  el enjuiciado en la Contraloría General de la República, y que si así lo  hubiesen  hecho habrían advertido que como simple auxiliar administrativo grado  cuatro,  no estaba  en capacidad de adoptar ni hacer  adoptar  decisión  en  algún  sentido  en el proceso de responsabilidad fiscal  seguido  contra  Carlos Alberto Ríos González, situación que se extrae de las  declaraciones  de  Fredy  Blanco  e  Ibón Torne, las cuales fueron ignoradas por los falladores.   

Concluye que al  aceptar,  en  gracia  de  discusión,  que  su  prohijado realizó alguna  exigencia  económica,  la  conducta delictiva en la que pudo incurrir sería la  de  constreñimiento ilegal, prevista en el artículo 276 del Decreto Ley 100 de  1980,  argumentos con base en los cuales solicita casar la sentencia impugnada y  dictar la que en derecho corresponda.   

     

I. CONSIDERACIONES DE LA CORTE     

6. En  cualquier  régimen  el  recurso  de  casación atiende a unos  fines  superiores  cuales  son  la  reparación  de los agravios inferidos a las  partes  con la sentencia censurada, la incolumidad del derecho material y de las  garantías   fundamentales   de  los  intervinientes  en  la  actuación,  y  la  unificación de la jurisprudencia.   

Sin  embargo eso no significa que este sea  un  mecanismo  de  libre  configuración, desprovisto de todo rigor, y que tenga  como  objetivo  abrir  un  espacio  procesal semejante al de las instancias para  prolongar   el   debate   respecto  de  los  puntos  que  han  sido  materia  de  controversia,  pues ha de  resaltarse  que  al  proponer el recurso el censor debe sujetarse a las causales  taxativamente  señaladas  en el ordenamiento procesal, y con observancia de los  presupuestos   de   lógica   y   argumentación   inherentes   a   cada  motivo  extraordinario,  persuadir a la Corte de que a raíz de la decisión cuestionada  urge    hacer    efectiva    alguna    de    aquellas    finalidades.   

La  Sala observa que en el presente asunto  el   impugnante   no   atendió   las  exigencias  previstas  en  la  ley  y  la  jurisprudencia  para la acreditación objetiva de vicios susceptibles    de    denunciar    ante    esta  sede.   

7. En  los cargos primero y segundo subsidiario, el recurrente aspira  a   la   invalidación   de  lo  actuado,  arguyendo  supuestas  irregularidades  determinantes  de  tal  efecto.  Desde  tal perspectiva es claro entonces que la  causal  de  casación  común  a ambos es la tercera,  prevista  en  el  artículo 207 de la Ley 600 de 2000  que  gobernó  el  desarrollo de este asunto (o en el  Decreto  2700  de  1991,  artículo  220-3, vigente  al  tiempo de los hechos), norma que sólo invocó el  recurrente  en  la segunda  censura,      dejando      huérfana     de     respaldo     la     primera queja.   

Además, frente a esos dos cuestionamientos  debió  observar  el  principio  de  prioridad  que  lo obligaba a proponer como  principal  el  que  por su incidencia liquidaba el proceso o implicaba una mayor  retracción   de   lo   actuado,   efecto   que   con   sujeción   a  lo  alegado  por el memorialista lo  propiciaría justamente el que postuló como subsidiario.   

Pero   haciendo   abstracción   de  las  anteriores  deficiencias  que  serían  de  simple  forma  y  por  lo  tanto  no  sustanciales  para  rechazar  los cargos, lo cierto es que en ambos incumplió   el   demandante  el  acatamiento  de  las  exigencias  inherentes   a   la   proposición   de   vicios   susceptibles  de  enervar  el  proceso.   

Como  ya  se  puntualizó,  cuando  de  invalidar  el trámite se trata, la causal de casación  bajo  cuyo  abrigo debe postularse el ataque es la prevista en el artículo 207,  numeral  3,  de  la  Ley  600  de 2000, en estricta relación con los motivos de  ineficacia  de  los  actos  procesales taxativamente consagrados en el artículo  306 del citado compendio normativo.   

Aun   cuando   la  Corte  ha         flexibilizado   su   criterio   en   materia  de  proposición     de     nulidades     en     sede    de    casación,  al  aceptar que la demostración de  irregularidades  determinantes  de  esa  consecuencia, suele no ser tan estricta  como  la  exigida  para  las  otras causales, ello no  implica,  sin  embargo,  que al acudir a ese vía el  demandante               esté     excusado     del  deber  de  observar  las  reglas  de  la  lógica,  sumadas a la  claridad  y precisión sobre el vicio de estructura o de garantía que denuncia,  siendo  su  obligación  acatar  los  principios  que orientan la declaración y  convalidación de las nulidades.   

Dicho de otra forma, aún cuando desde hace  algún  tiempo  la  Sala  asumió  que  para la proposición y sustentación de nulidades no hay fórmulas  sacramentales,   ello   no   se   traduce   en  que  la   correspondiente   solicitud   esté  contenida  en  un escrito de libre  factura,  habida  cuenta  que no cualquier anomalía conspira contra la vigencia  del  proceso, pues la afectación debe ser esencial y estar vinculada en calidad  de  medio  para socavar algún derecho fundamental de los sujetos procesales, de  suerte  que,  igual  que  en  las  otras  causales,  la censura debe ajustarse a  ciertos  parámetros  que  permitan  comprender  el  motivo  de ataque, el yerro  sustancial  alegado y la manera como se quebranta la estructura del proceso o se  afectan las garantías a consecuencia de aquél.   

Precisamente,  a  asegurar esos cometidos,  así  como  el carácter serio y vinculante del correspondiente reproche, apunta  la  observancia  de  los  principios  que  orientan la declaración de nulidades  previstos  en  el  artículo  310  de  la  Ley 600 de 2000, criterios que son de  inexcusable     observancia,     y    se    concretan    en    los    siguientes  postulados:   

Sólo  es posible solicitar la nulidad por  los     motivos     expresamente    previstos    en    la    ley    (principio   de   taxatividad);  quien  alega  la  configuración  de  un vicio enervante debe especificar la causal que  invoca  y  señalar con objetividad los fundamentos de hecho y de derecho en los  que       se       apoya      (principio      de  acreditación);  no puede  deprecarla  en  su  beneficio  el  sujeto procesal que con su conducta haya dado  lugar  a  la  configuración  del  yerro,  salvo  el caso de ausencia de defensa  técnica   (principio  de  protección);  aunque  se  configure la irregularidad, ella puede ser redimida  con  el consentimiento expreso o tácito del sujeto perjudicado, a condición de  ser      observadas      las      garantías      fundamentales     (principio   de   convalidación);  no  procede  la  rescisión  cuando  el  acto  tachado  de  irregular ha cumplido el  propósito  para el cual estaba destinado, siempre que no se viole el derecho de  defensa  (principio de instrumentalidad);    quien   depreque   la  invalidación  tiene  la obligación indeclinable de demostrar  no  sólo la ocurrencia de la incorrección denunciada, sino que ésta afecta de  manera  real  y  cierta  las  bases fundamentales del  debido     proceso    o    las    garantías    constitucionales    (principio   de   trascendencia)   y,  además,  que  para enmendar el agravio no existe remedio procesal distinto a la  declaratoria     de    nulidad    (principio    de  residualidad).   

7.1.  En  lo  referente  a  la  prescripción  de  la  acción  penal, sabido es que una tal circunstancia puede  constituir  causal  de  casación  en  la  medida en que el censor demuestre que  la actuación fue iniciada o culminada por parte del  Estado  luego  de la configuración de ese fenómeno, lo cual le da el carácter  de  irregularidad sustancial enervante del proceso, dado que ello implica que el  aparato  judicial  actuó  sin detentar competencia para arbitrar justicia en el  caso concreto.   

En cuanto a la  forma     de    argumentar    para    acreditar  un  vicio  como  el  aludido,  ello dependerá de si el  mismo   se   cristalizó   por   un  error  de  juicio  jurídico,  hipótesis     en     la   que  debe  acudirse a las reglas propias de la violación  directa  de  la  ley  sustancial  en  cualquiera  de  sus  sentidos (aplicación  indebida,  exclusión  evidente,  o  interpretación  errónea),  en tanto que si el dislate tuvo génesis  en   defectos  de  valoración  probatoria,  habrán  de  atenderse  las  pautas  inherentes  a  la  violación  indirecta  de  la  ley,  bien sea que se trate de  errores  de derecho (falsos juicios de legalidad y de  convicción)     o    de    hecho    (falsos   juicios   de   existencia,  identidad y de raciocinio).   

La   propuesta  del  actor  aquí        analizada        es  infortunada y por lo tanto está condenada   al   rechazo,   pues:    de    una    parte, con base en el cálculo que hace del  plazo  de la prescripción  para  la  etapa  del  juicio  no  es  verdad  que ese fenómeno se haya    configurado    antes  de  la  emisión  de los fallos de  primero  o segundo grado,  implicando  ello  que  no  hubo  irregularidad  por  parte  de  los  respectivos  juzgadores;  y de otra,  porque  el  término de la extinción de la acción penal en la causa tampoco es  el    concebido    por    el    actor,  sino  uno  más amplio, circunstancia  determinante   de  que  aún  el  Estado      no      haya  perdido  competencia  en el presente  asunto.   

En  efecto,  la  acusación             dictada     contra     el    procesado    por    el   delito   de  concusión              cobró    ejecutoria,   según   expresa  constancia   secretarial,   el  18  de  octubre  de  2007,   y   la   sentencia   de  segunda  instancia  censurada  es  de  9  de  noviembre    de   2012,   luego   es   evidente  que  entre  una  y  otra  fecha transcurrió un término  igual  a cinco (5) años y  tres  (3) meses, lapso que  el  actor,  en  forma  errada, cree es el necesario para la configuración de la  causal de extinción alegada.   

Ahora  bien, de  conformidad  con lo normado en los artículos 83 y 86  de    La    Ley    599    de    2000   (Decreto  Ley  100 de 1980,      artículos     80,    82    y    84),   como  la  conducta  punible  por la que  fue  acusado  el procesado contempla una pena máxima  de   ocho   (8)  años  (ídem,   artículo  140,  modificado  por  el  21  de  la  Ley  190  de  1995),  el término de prescripción en el juicio en  ningún     caso     puede     ser     inferior     a     cinco     (5)  años,  plazo  que  por  mandato  legal y con sujeción a  antiguo  y  reiterado  criterio  jurisprudencial  se  incrementa   en   una   tercera  parte  atendida  la  condición  de  servidor público del procesado, todo  lo    cual    permite  concretar     como  tiempo  definitivo  del  aludido    fenómeno:  seis    (6)   años   y   ocho   (8)      meses,      período    no    consumados    aún  desde  la  ejecutoria  del pliego de cargos hasta el  día de hoy.   

7.2.  La  otra  irregularidad  alegada  por el actor en el  “Primer  Cargo”,  no  ostenta  una  argumentación  más  afortunada que la anterior, por desatención  del principio de trascendencia.   

Ninguna  irregularidad  con  repercusión  grave  en  la  estructura  del  debido  proceso  constituye  el  hecho de que la  sentencia  de  segunda  instancia esté suscrita por dos de los tres magistrados  integrantes    de    la    respectiva   Sala   de  Decisión  del  Tribunal,  ya  que tal posibilidad,  al no afectar el quórum  deliberatorio,  la  contempla  como legítima la Ley 270 de 1996, Estatutaria de  la Administración de Justicia, en el artículo 54.   

En  cuanto a la circunstancia  impeditiva  que  el  censor  asegura  concurría  en  uno de los magistrados que  suscribió   el  fallo  atacado,  impera  aclarar,  en  primer  lugar,  que  las  causales  contempladas en  la  ley  procesal  para producir un efecto semejante  (Ley   600   de   2000,  artículo  99),  no  operan  de  pleno  derecho o de  iure,    como,    al    parecer,   lo   estima   el  recurrente,  sino  que  están sometidas al arbitrio  del   funcionario  que  considere  concurre  en  él  una     de     las    respectivas    hipótesis    previstas    en    el    legislador,    y  para  las  partes  y demás sujetos  procesales  también  es  facultativo  recusar     al     funcionario     cuando     adviertan  la  configuración  de un motivo de  impedimento  no  manifestado  por  éste.   

En  segundo  término,  la  causal  que  cita  el  censor, esto es, la descrita la Ley 600 de  2000,   artículo   99,  numeral  11,  no  tiene  el  elemental  alcance  que  le confiere, pues la misma no opera por el simple hecho  de  haber  actuado el juez como fiscal dentro del proceso, sino cuando en virtud  de   tal   intervención   el   funcionado  adquiere  un  conocimiento  previo  del  suceso  debatido  en  virtud  de  lo  cual  su  criterio     se     encuentra     comprometido     y     no    puede,      como      juez,   resolver   el  asunto  de  manera  libre            e            imparcial.   

Tal  situación  no  se  presenta  en este  asunto    pues    la  participación  del  aludido  magistrado como fiscal,  se  limitó a emitir el auto en el que ordenó abrir  indagación   preliminar   con  base  en  la  denuncia  del  funcionario  de  la  Contraloría,  Walter de la Peña Camargo, y dispuso  la    práctica    de   unas   pruebas   tendientes  a  esclarecer  la  queja, para lo cual comisionó al  Cuerpo  Técnico  de  Investigación  de  la Fiscalía, dependencia en   la   que   durante  algo  más  de   un   año   permanecieron   las   diligencias,  y  de  donde  regresaron  para   ser  evaluado  el  resultado  de  las  pesquisas  por otro fiscal, quien  concluyó  la  pertinencia  de  abrir  investigación      y      ordenar  la     vinculación  del  aquí  procesado como probable autor del delito  de  concusión5.   

En  conclusión,  los  cargos  primero  y  segundo,   sustentados   en   las   circunstancias   atrás  analizadas,  serán  inadmitidos  por  la  manifiesta desatención de los principios que gobiernan la  declaración de nulidades.   

8. Resta   por   estudiar   la   argumentación   presentada   en  el  “Tercer              Cargo”   en   el   que,   con  carácter  subsidiario  también, el memorialista propone la violación indirecta de la ley  sustancial por la configuración de falsos juicios de existencia.   

La  queja  tampoco  puede  admitirse  por  desconocimiento  de  los  principios  de identidad temática y trascendencia que  gobiernan el presente recurso extraordinario.   

En el recurso de apelación se propusieron  como  temas  objeto  de  controversia,  por  una  parte,  la prescripción de la  acción  penal, con base  en  la  supuesta  indeterminación  del  momento en que se ejecutó la exigencia  económica,  y de otra la absolución del procesado, por la probable duda acerca  de  que  en  su  condición  de  funcionario  de  la  Contraloría General de la  República,  el  acusado  hubiese  sido  el  autor  de  las indebidas exigencias  económicas dilucidadas.   

Luego  si  a  esos  aspectos se limitó el  disenso  en  segunda  instancia,  no  resulta  procedente  endilgar  un yerro de  valoración  probatoria  al  fallador de segundo grado respecto de una cuestión  que   no   fue   motivo   de   discusión   en  esa  sede.   

Pero  además  de  lo anterior, si bien es  cierto  en  los  fallos  de  primero  y  segundo grado no se hace mención a las  declaraciones   de   Fredy   Blanco   Barco   e   Ivonne   Thorne   Vélez, las cuales alude el recurrente  como  omitidas  (testimonios  adjuntos  como  prueba  traslada  en la actuación disciplinaria seguida en el ente de control         fiscal)6, igualmente  es  verdad  que  aún  cuando es cierto que según se  extrae         de         aquéllas  quien  detentaba  la  facultad  de  resolver  el  proceso fiscal en el que se presentaron  las  exigencias  dinerarias  era  el  primero,  tal  circunstancia  no  incide  en  la  estructura  del  delito atribuido al aquí acusado.   

Como  de  antaño lo tienen esclarecido la  doctrina   y  la  jurisprudencia,  en  el  delito  de  concusión  la  exigencia  económica  por parte del sujeto activo puede ocurrir  en el ámbito del cargo y  no  necesariamente  de  la  función,  caso  en  el  cual se invade la  órbita funcional de otro y extralimita su poder, en  tanto  que  en  la  otra  modalidad  se  aplica o ejerce    ilegalmente   la   función  propia o adscrita.   

En   el   presente   asunto    lo    relevante,    según   quedó  acreditado  en  las  instancias  con  pruebas  no  confutadas    por    el    recurrente,  es  que  el  procesado  era  servidor  público  vinculado a la  Contraloría  General  de  la  Nación,  en  la  sede  en la que se tramitaba el  proceso   de   responsabilidad   fiscal  contra  un  tercero,  a  quien  aquél,  aprovechando     esa  investidura,    le   exigió   una   dadiva   para   asegurarle   un   resultado  favorable   en  el  respectivo  proceso,    lo    cual    materializa    el    comportamiento  ilícito,  independientemente  de  que el enjuiciado estuviera o no en capacidad de cumplir  con lo ofrecido.   

En   suma,   el   cargo   tampoco  será  admitido.   

9. Ante    el    precario   alcance   e  insubsanable    falta   de   rigurosidad   de   los  cargos         formulados,    resulta    necesario    insistir    en    que    los   principios   de   sustentación  suficiente,  limitación,  crítica  vinculante,  autonomía  de  las  causales,  coherencia,  no  exclusión  y no contradicción, ha sido dicho por la Corte, en  cualquier  régimen,  gobiernan  la  casación.  Los  dos primeros (sustentación       suficiente      y      limitación),  derivan  del carácter dispositivo del recurso, e implican que  la  demanda debe bastarse a sí misma para propiciar la invalidación del fallo,  y  que  la  Corte  no  puede  entrar  a  suplir  sus  vacíos, ni a corregir sus  deficiencias.   

El de crítica vinculante, presupone que la  alegación  debe  fundarse  en las causales previstas taxativamente por la misma  normatividad,  y  que  se somete a determinados requisitos de forma y contenido,  dependiendo  de  la  causal  invocada.  Y  los  de  autonomía,  coherencia,  no  exclusión   y  no  contradicción,  implican  que  el  discurso  debe  mantener  identidad  temática,  y  ajustarse  a  los  requerimientos  básicos de lógica  general y lógica jurídica.   

La  inobservancia  de esos requerimientos,  como  ocurre en el presente caso, impide la demostración clara y contundente de  uno  cualquiera  de los yerros previstos por el legislador como motivo enervante  del  fallo,  y  veda  a  la  Sala  su avance hacia el estudio de los fundamentos  fácticos  o jurídicos de la sentencia atacada, pues  cuando  en  la  demanda  de  casación, que no es de  libre   factura,   se   desatienden   los  requerimientos  argumentativos  y  de  trascendencia  orientados  a  derruir  las  disposiciones  de  las sentencias de  primero   y  segundo  grado,  imbricadas  como  unidad  jurídica  inescindible en todo aquello que no se  contradicen,  o  cuando  se yerra en señalar de manera lógica y concluyente el  objeto  de  lo  censurado,  la consecuencia procesal inmediata no puede ser otra  que  su  inadmisión, por la manifiesta ausencia de requisitos para una adecuada  fundamentación,  al  tenor  de  lo normado en el artículo 213 de la Ley 600 de  2000.   

Finalmente,  la  Sala  no  observa que con  ocasión  del  trámite  procesal  o  del  pronunciamiento  atacado  se hubiesen  vulnerado   los   derechos  fundamentales  inherentes  al  acusado  ARI  WILKO  PELUFFO FERRER,  como  para que sea necesario activar la facultad legal oficiosa  que le asiste para conjurar algún atentado de esa estirpe.   

En mérito de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal,   

RESUELVE:  

NO   ADMITIR  la  demanda  de casación presentada por el defensor  del  procesado  ARI WILKO  PELUFFO  FERRER de acuerdo con las razones plasmadas  en el presente proveído.   

Contra  esta  decisión no procede recurso  alguno.   

Notifíquese   y   cúmplase.   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1  Cuaderno original # 1, folios 1-21.   

2  Ídem, folios 5, 112, 127-131, 135, 136 y 142-151.   

3  Cuaderno original # 2, folios 233-245.   

4  Cuaderno del Tribunal, folios 1-31.   

5  Cuaderno original # 1, folios 5 y 111.   

6  Cuaderno de la Contraloría, folios 41-62.     

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