AP2810-2014(43498)

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

Magistrado Ponente  

AP2810-2014  

Radicación N° 43498.  

Aprobado acta No. 162.  

Bogotá, D.C., veintiocho (28) de mayo de dos  mil catorce (2014).   

VISTOS  

Se   pronuncia   la   Corte  sobre   la  admisibilidad  de  la  demanda  de  casación   instaurada   por   el  defensor  de  MILCIADES  PÚA  GÓMEZ,  en contra de la sentencia de  segunda  instancia  proferida  por el Tribunal Superior de Barranquilla el 16 de  octubre  de  2013,  mediante  la  cual se confirmó la  condena  impuesta  a dicho  ciudadano   por   el   Juzgado  Penal  del  Circuito  de  Depuración  el  21  de  mayo  de  2013, por el delito de Interés  ilícito en la celebración de contratos.   

HECHOS  

En  la sentencia impugnada se enuncian como  hechos          penalmente         relevantes         los         siguientes:   

Durante     el     período  comprendido  entre el 1º de enero y  31  de  diciembre  de  1999,  se celebró por parte de  la  Contraloría General de  la  República,  una auditoría en las instalaciones de  la      Alcaldía  Distrital    de    Barranquilla,   encontrando   la  celebración  de  13  contratos  celebrados  por  el  señor   Milciades   Púa  Gómez     en    calidad    de    Secretario    de  Participación  Ciudadana  y  Desarrollo Comunitario,  durante  la  vigencia  fiscal de 1999, los cuales oscilaban por un valor total o  superior  a  $700.000.000,  con  el mismo objeto  para  la misma vigencia y con cargo a los mismos recursos y  se  realizaron  por  contratación  directa  para  el  suministro  de  mercado  de víveres para los ancianos  institucionalizados y de la calle, del programa Revivir.   

   

ACTUACIÓN PROCESAL   

Con  base  en el  oficio  No  80081-1658-GDA  del  1  de diciembre de 2000 suscrito por el Gerente  Departamental   del   Atlántico   de   la  Contraloría General de la  República,  el  23 de abril de 1001  la  Fiscalía  31  Seccional de Barranquilla profirió  resolución   de   apertura   de   investigación  previa.   

Posteriormente,  el  1  de octubre de 2001,  la  Fiscalía    ordenó    la   apertura   de   la  instrucción  en  contra de MILCIADES PÚA  GÓMEZ, quien fue vinculado al proceso  mediante  diligencia de indagatoria rendida el 3 de julio de 2003, en la cual se  le   comunicó  que  era  investigado  por  el delito de Interés indebido en la  celebración de contratos.   

El   3   de   septiembre   de   2003,  el  órgano instructor decretó  la  clausura de la investigación; sin embargo, cuando  el    proceso    se    encontraba   al   despacho   para   la   calificación     del     mérito  del  sumario,  el  6  de  abril de 2004, decretó   oficiosamente   la  nulidad  de  aquella  resolución    debido    a    la    omisión   de  definición     de     la    situación  jurídica  del  procesado,  a lo cual  procedería  el 6 de mayo siguiente en providencia en  la            cual            decidió  abstenerse  de imponer medida  de   aseguramiento   en  contra  del  sindicado  por  considerarla  innecesaria.   

El   7   de   septiembre   de   2004  se  declaró   cerrada   la   investigación   y   el   14   de   octubre   siguiente,  una  vez  vencido  el  término  de  traslado  a  los sujetos procesales,     se    calificó    el  mérito  del sumario mediante resolución  de  acusación  por  el  delito  de  Interés  ilícito en la  celebración de contratos, la cual fue confirmada el  11  de  diciembre de 2009 por la Fiscalía   1ª  delegada      ante     el     Tribunal     Superior     de     Barranquilla,  al  resolver  el  recurso de  apelación  que  interpusiera  el  defensor  contra  aquélla.    

Una   vez   agotado  el  término  de traslado común a los sujetos  procesales,  el  Juzgado  7º  Penal del Circuito de  Barranquilla  realizó  la audiencia preparatoria el  26  de  septiembre de 2012 y, luego, el 4 de febrero  de  2013,  la vista pública de juzgamiento. El 21 de  mayo   siguiente,  el  Juzgado  Penal  del  Circuito  de  Depuración   de   la   misma  ciudad  profirió  sentencia  mediante  la  cual  condenó al procesado  como  autor del delito por  el   cual   venía   acusado   imponiéndole  una pena de 72 meses de prisión  y  multa  de  52.5 s.m.l.m.v., así como la accesoria  de   inhabilitación   de   derechos   y  funciones  públicas    por    el    mismo    término de la prisión.   

Finalmente,  el  16 de octubre de 2013, la  Sala  de  Decisión Penal  del   Tribunal   Superior   de   Barranquilla,   al   desatar   el   recurso  de  apelación  promovido  por  el  defensor  contra  la  sentencia  de  primera  instancia,  resolvió: (i) no  acceder   a   la   solicitud   de   nulidad   y  (ii)  confirmar  íntegramente  el  fallo  impugnado. A su  vez,   esta   sentencia   fue   objeto   de   recurso   de  casación  interpuesto  por  los  titulares  de la defensa técnica  y  material, el 23 de octubre y el 15 de noviembre de 2013,  respectivamente.   

En la oportunidad legal, el 31 de enero de  2014,     el     defensor    presentó  la  demanda  de casación, por lo que  el  proceso  (cuaderno  original)  fue  remitido  a esta Corporación el 28 de marzo siguiente.     

DEMANDA DE CASACIÓN  

Una   vez   se   identifican  los  sujetos  procesales,  la  sentencia  demandada,  los  hechos  juzgados  y  la  actuación  procesal  relevante;  en  la  demanda  se formulan tres cargos, los dos primeros  como  principales  y  el  último  como subsidiario. Previo al desarrollo de los  mismos,  advierte  el  casacionista  que  invoca  la nulidad de la actuación de  manera  subsidiaria  porque considera que, en el contexto de relativización del  principio  de  prioridad  que ha decantado la Corte1,  la prosperidad de los cargos  que  se  dirigen  a  demostrar  que  las sentencias condenatorias se fundaron en  yerros   de   valoración  probatoria,  implicarían  su  sustitución  por  una  absolución,   alternativa  ésta  que,  a  su  juicio,  garantiza  “en  mejor  condición”  los  derechos  de  defensa  y  el debido proceso. A continuación  desarrolla cada una de las censuras propuestas:   

Primer cargo: violación indirecta por falso  juicio de legalidad   

Alega el demandante que por la vía indirecta  se  aplicaron  indebidamente los artículos 2º, 3º, 4º, 5º y 145 del Decreto  100  de  1980 y 232 de la ley 600 de 2000. De igual forma, se habrían dejado de  aplicar  los  artículos  29 y 250 de la Constitución, y el 7º, 84, 316, 318 y  232  de  la  Ley  600. De esa manera, aduce la existencia de un error de derecho  por  falso juicio de legalidad, por cuanto las sentencias se habrían fundado en  medios de convicción producidos ilegalmente dentro del proceso.   

En  concreto,  reprocha  el  defensor que la  fiscalía   se  despojó  de  la  obligación  constitucional  de  adelantar  la  investigación  y  recolectar  las  pruebas  para,  en  su  lugar, entregarle su  cumplimiento  a  un  funcionario  de policía judicial. En ese orden, continúa,  las  pruebas  que  sustentaron  la  declaratoria de responsabilidad penal en las  instancias,  no  fueron  practicadas  ni  por  el  fiscal  ni  por  el  juez  de  conocimiento,  situación  ésta que aparejaría la violación de los artículos  29 y 250 de la Constitución Nacional.   

Se  duele el censor que desde los albores de  la  investigación,  la  Fiscalía  entregó  la  investigación  a  la policía  judicial  cuando  comisionó  a  un funcionario del C.T.I. para que evacuara las  diligencias  necesarias  en orden al esclarecimiento de los hechos, disposición  ésta  que  habría  violado  el  inciso  final  del artículo 84 del C. de P.P.  porque   “no  se  concretaron  cuáles  eran  las  diligencias  a  llevar  a  cabo ni precisó el tipo de documentación que debía  recoger”.  En  tal  virtud, sostiene, el comisionado  recaudó  la  totalidad  de la prueba documental referenciada en los informes No  458  del 4 de julio de 2001 y No 711 de 31 de agosto del mismo año, que habría  sido  el fundamento probatorio de las sentencias, con lo cual se pretermitió lo  dispuesto en el artículo 316 procesal.   

En  cuanto  a  las facultades de la policía  judicial  para  practicar  pruebas  y a las precisas oportunidades en que pueden  ser  ejercidas,  cita  los  artículos  314,  315  y 316 del C.P.P. así como la  sentencia  No 27508 de 2008 de esta Sala, para concluir que aquélla no ejerció  una  simple  labor de apoyo investigativo ni practicó una prueba pericial, como  lo   permite  el  precitado  artículo  316,  sino  que  desplazó  la  función  investigativa de la Policía en la tarea de recaudo probatorio.   

Adicionalmente,  señala  el  libelista  una  violación  al debido proceso de producción de la prueba porque la actividad de  recolección  de  documentos  en  la  Secretaría  de  Participación Ciudadana,  relatada  en  el  Informe No 711, se llevó a cabo en una diligencia material de  inspección  judicial  que  no  cumplió  con  los  requisitos  previstos  en el  artículo  244 del C.P.P. Agrega que, tales documentos fueron trasladados por lo  que  debían  ser  autenticados  conforme  lo establece la norma que se acaba de  mencionar,  así como también los artículos 239 y 245 ibídem, lo cual tampoco  se cumplió.     

Por  último,  sostiene  el casacionista que  como  quiera  que  (i) los documentos incorporados al proceso, especialmente los  allegados  en  los  libros  anexos  al  informe  de policía judicial, deben ser  excluidos  y  que  (ii)  la  prueba restante no demuestra la responsabilidad del  procesado;  habrá  de  revocarse  la  sentencia  condenatoria  y,  en su lugar,  decretar la absolución de aquél.   

Segundo cargo: violación indirecta por falso  juicio de convicción   

En segundo lugar, alega el recurrente que se  incurrió  en violación indirecta de la ley por error de derecho derivado de un  falso  juicio de convicción, pues, de una parte, se aplicaron indebidamente los  artículos  3º,  4º,  5º,  y  145  del Decreto 100 de 1980 modificado por las  Leyes  80  de  1993 y 190 de 1995; 232, 233 y 314 de la Ley 600 de 2000; y de la  otra,  se  dejaron  de  aplicar los artículos 29 de la Constitución Nacional y  7º, 9º y 16 de la Ley 600.   

El   error   de  derecho  aludido  habría  consistido  en  que  los  jueces  de primera y segunda instancia le otorgaron la  calidad  de  prueba  al informe de policía judicial C.T.I. GIE No 711 del 31 de  agosto  de  2001,  sin  incluir en tal reparo los anexos allegados con el mismo,  pues  los mismo fueron objeto del primer cargo; cuando el artículo 50 de la Ley  504  de  1999  y,  luego, el 314 de la ley 600 de 2000 proscribieron el valor de  prueba  a  dichos  informes  y  los  catalogan como criterios orientadores de la  investigación.  En  esa  dirección argumenta el censor que el informe policial  en  mención  fue relacionado expresamente entre los medios de pruebas y, lo que  es  más grave aún, sus conclusiones fueron trascritas en las sentencias de las  instancias2.   

Concluye  el  recurrente que, a lo sumo, los  informes  de  policía judicial identifican posibles fuentes o medios de prueba,  es  decir,  pueden  indicar  dónde  y  cómo  se  puede  obtener  el  medio  de  convicción,  pero nunca constituye prueba en sí mismo. De esa manera, solicita  que  se  aplique  la cláusula general de exclusión establecida en el artículo  29  de  la  Constitución  Nacional  y,  en  tal  virtud,  en  armonía  con  la  prosperidad  del  primer  cargo,  se  revoque la sentencia condenatoria y, en su  lugar, se absuelva al procesado.    

Tercer cargo: nulidad  

En  subsidio de los anteriores cargos, alega  el  recurrente  que la sentencia se produjo en un proceso viciado de nulidad por  violación  al  derecho  a  la defensa técnica (art. 306-3 L. 600 de 2000). Por  esa  vía,  considera,  se vulneraron disposiciones normativas contenidas en los  artículos  29  de  la  Constitución; 6º del Código Penal; 8º y 24 de la Ley  600  de  2000;  así  como  en  el  Pacto  de San José de Costa Rica y el Pacto  Internacional de Derechos Civiles y Políticos (art. 14-3).   

Estima  el  casacionista  que  se  violó el  derecho  a  la  asistencia  letrada  desde  el  momento  en  que en la audiencia  preparatoria,  al  no  comparecer  el  abogado  Jerry de Jesús Garavito Rivera,  quien  acababa  de  recibir  poder  para  actuar  como defensor de confianza; el  Juzgado  procedió  a  designar  un  apoderado  de  oficio, el profesional Jaime  Salazar  Quintero.  A partir de ese momento, considera, hubo ausencia de defensa  técnica,    pues    en   la   audiencia   preparatoria   guardó   “absoluto   silencio”  y  en  la  de  juzgamiento,    su    intervención    final    se    limitó   a   unos   pocos  renglones.   

El censor cuestiona que el defensor de oficio  en  la  audiencia  preparatoria  no  solicitara  pruebas  o,  por  lo  menos, no  solicitara  al juez que las decretara de oficio, cuando refulgía como necesaria  la  declaración jurada del policía judicial que rindió el informe No 711 para  que  lo  ratificara,  por  lo  que  infiere que “ni  siquiera  reviso someramente el proceso”. Así mismo,  se  duele  que  en las alegaciones de conclusión ni siquiera haya planteado una  oposición  seria  a  la legalidad de la prueba recaudada por un funcionario del  C.T.I.     que     “era     a    todas    luces  ilegal”  y  que,  en  su  lugar,  expuso una postura  “ajena  a  la  historia  de  los  hechos”  en un  “discurso  inconexo”  que nada tenían que ver con  la  falta de transparencia y objetividad en la contratación que se endilgaba al  procesado.   

En síntesis, censura el demandante que en el  proceso  no  existió  una defensa técnica integral e ininterrumpida, y que tal  vicio,  es  insubsanable  mediante  remedio  procesal diferente al de la nulidad  (residualidad),  se  encuentra  previsto  como  causal  expresa  de  ese  efecto  jurídico   (taxatividad),  no  se  puede  reparar  por  voluntad  del  afectado  (convalidación),  se  identificaron  los  fundamentos  de  hecho  y  de derecho  (acreditación),  y frente al mismo no opera el principio de instrumentalidad de  las formas por expresa prohibición legal.   

Finalmente,  solicita  el  libelista  que se  decrete  la  nulidad solicitada y que, como consecuencia de ello, se retrotraiga  la  actuación  a  partir  del  auto  que  ordenó  el  traslado  previsto en el  artículo 400 del C.P.P.     

    

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

De conformidad con lo previsto en     el    artículo    213    del  Código  de Procedimiento Penal de 2000 (en adelante  C.P.P./2000),  la Corte entra a calificar  la  demanda  de casación interpuesta  por  el  defensor  de  MILCIADES PÚA GÓMEZ  con  el  objeto  de  determinar si es admisible o no, lo cual  dependerá   del  cumplimiento  de  los  requisitos  consagrados en el citado estatuto para ese acto procesal.   

Sea  lo  primero  advertir que,    conforme   a   lo   establecido   en   el   artículo  205  del  C.P.P./2000, el recurso  de  casación  interpuesto  es  procedente porque se  dirige  contra  una  sentencia  proferida en segunda  instancia   por   un   Tribunal   Superior   de   Distrito  Judicial3  y por un delito que tiene  señalada   pena  privativa  de  la  libertad  cuyo  máximo     excede     de    8    años.   En  efecto,  al  procesado  se le condenó como autor del  delito   de   Interés  ilícito     en     la    celebración  de  contratos  cuya  pena máxima de  prisión  es de 12 años,  según  establecía  el  artículo   145   del  Decreto-ley  0100  de  1980,  modificado   por   las   Leyes   80   de   1993  y  190  de  1995,  que  era  la  legislación    previa    a    la   época   de   ocurrencia   de los hechos.   

En  segundo  lugar,  se  advierte  que  la  demanda  cumple  los requisitos formales previstos en los numerales 1, 2 y 4 del  artículo  212  del  estatuto  adjetivo4,   pues  identificó  los  datos  relevantes del proceso (los  sujetos,  la sentencia demandada, los hechos juzgados  y  la  actuación  surtida)  y sustentó  los  plurales  cargos  en  capítulos  separados,  unos  como  principales  y otro como subsidiario. Además,     al    demandante    le    asiste   interés    jurídico   para   recurrir   en  casación,   no   sólo  porque     el    artículo    209    ibídem  enlista  expresamente al defensor como uno de los sujetos procesales legitimados  para  tal  efecto,  sino  porque  la  providencia  judicial impugnada (sentencia  condenatoria)   produce   consecuencias   jurídicas  notoriamente  adversas  al  procesado,     quien     en    esta    oportunidad  actúa    representado    por   su   defensor   de  confianza.      

En tercer lugar, contrariamente, se observa  que    el   libelo   bajo   examen   incurrió   en  omisión   absoluta   de  argumentos  tendientes  a  establecer  la  necesidad  constitucional y legal de abordar el estudio  de  la  pretensión casacional, a  partir  de  una de las precisas finalidades que habilitan la sede extraordinaria  y,  por  ende,  limitada  de  la  casación (art. 206  C.P.P./2000).  En  efecto, ninguna razón   contiene  el  texto  de  la  demanda  sobre  la  necesidad  de  lograr la efectividad del  derecho  material,  o el respeto de las garantías de  los  intervinientes, o la reparación de los agravios  inferidos,  o  la  unificación de la jurisprudencia  nacional.   

El  incumplimiento  de  uno  de los presupuestos esenciales de la casación    como    es    el    de    su  fundamentación         teleológica,  sin  que  tampoco se advierta oficiosamente la necesidad de  un  fallo  para  cumplir  alguna  de  sus  legítimas  finalidades;  no  puede  generar sino su inadmisión,  no  obstante  lo  cual  se abordará el examen de los  cargos propuestos con el  objeto   de   advertir   las   demás  razones  que,  igualmente,   devienen   en   el   efecto  jurídico  contrario a los intereses del censor.   

Primer   cargo:   violación  indirecta  de  la  ley por falso juicio de legalidad   

Considera   el   demandante   que   la  prueba  que  sirvió  de  soporte  a  la  sentencia condenatoria, esto es los documentos que contienen los  procesos  contractuales  en  los  cuales  se  habría  interesado    ilícitamente   el   procesado,   fue  practicada  por un funcionario de policía judicial y  no     por    la    fiscalía    o    por     el     juez     competente,  violentándose  así  el  debido  proceso  de  obtención  de  la  prueba  por  ilegitimidad   del   sujeto   que   la   practicó.  Adicionalmente,  considera  irregular  el  procedimiento de aducción   de   los   citados  documentos  porque  se  llevó   a  cabo  en  una  inspección     judicial     que     no  cumplió los requisitos legales y sin que las copias  obtenidas de los originales fueran autenticadas.     

El   recurrente   va   más  lejos  en su cuestionamiento cuando afirma que la prueba ilegal  se  produjo  en  un  proceso en el que la delegada de  la  Fiscalía General de  la  Nación      se     despojó     de     la  obligación   constitucional   de   adelantar   la  investigación   y   se   la   entregó      a      un     órgano     de    policía    judicial   (C.T.I.),      el     cual     habría   sido   el   que   realmente  llevó   a   cabo   la   investigación      y      la     perfeccionó5.        Como  se  observa, esta grave acusación  en     caso    de    ser    cierta    acarrearía,  además    de    la    responsabilidad   penal   y  disciplinaria    de   la   funcionaria,    inclusive    la    nulidad    de   la   actuación  por  el  desconocimiento  sustancial del debido proceso, por lo  menos,  en  lo  que  hace  a la garantía  de un juez natural (art. 29 Const. Pol.), situación    ésta    que    inexorablemente  encajaría    en    el   numeral   3º  y  no en el 1º del artículo 207 del C.P.P./2000.   

    

Ahora    bien,    a    más  de  la inadecuada formulación de un  defecto   de   tal   envergadura,   más  grave  aún es que el recurrente lo  utiliza  como premisa de todo el argumento tendiente a demostrar un falso juicio  de      legalidad,      sin      percatarse      que     esa     “verdad”    indemostrada    resulta  desvirtuada   por   la   misma   demanda   cuando  trae  a  colación    la    actuación   procesal   relevante   ejecutada  por  la  Fiscalía  durante  la  instrucción6.  Obsérvese      a      continuación  el  recuento que al respecto contiene el libelo, el cual guarda  absoluta fidelidad con la realidad procesal:   

    

* Mediante  resolución  del 23 de abril  de    2001    ordena    la    apertura    de    la  investigación      previa     y,     en     tal  virtud,        dispone       escuchar  en versión libre al indagado  y        comisionar       al       C.T.I.       para       la       realización        de unas diligencias probatorias.     

    

* El  18 de julio de 2001, ante solicitud del investigador judicial,  ordena  remitirle el cuaderno de copias a fin de que  amplíe   el   informe  C.T.I.  G.I.E.  458  previa  revisión de los contratos.     

    

* El   1   de   octubre   de   2001,   ordena   la  apertura  de  la  instrucción y, por ende, la vinculación    mediante    indagatoria    de    MILCIADES    PÚA   GÓMEZ   y   la  práctica de unas pruebas.   

* El  1 de abril de 2002 fija nuevas fechas para recibir indagatoria  y  las  declaraciones juradas que venían previamente  ordenadas.     

    

* El   6   de   mayo   de   2003   ordena  diligencias  probatorias.     

    

* El  3  de  julio de 2003 recibe indagatoria al procesado.     

    

* El  24  de  julio  de  2003  ordena  diligencias  probatorias para  impulsar la investigación.     

    

* Mediante   resolución   del   3   de  septiembre   de   2003   decreta   el  cierre  de  la  investigación.     

    

* El  6  de  abril  de  2004  declara  la  nulidad  de  la  anterior  resolución.     

    

* El  6  de  mayo  de  2004  resuelve la  situación  jurídica del  procesado.     

    

* El   7  de  septiembre  de  2004  nuevamente  declara  cerrada  la  investigación. Y,     

    

* El   14   de   octubre   de   2004   califica  el  mérito     del     sumario     profiriendo    resolución de acusación.     

La historia del  proceso  manifiesta  una  realidad    muy    diferente    al   de   un   abandono   de   la   Fiscalía         de    su    rol    y    su     sustitución    por       un       órgano     de    policía  judicial,  pues, muy contrario a lo  que   sostiene   el   demandante;   acredita   el  ejercicio  de  las  funciones  constitucionales7    y   legales8  que  a  aquélla incumben  en  la primera fase de la actuación como funcionario  judicial  y como director de la investigación, entre  las  cuales  se  destacan:  el decreto y práctica de  pruebas,     órdenes    a    policía     judicial,    apertura    de    la    instrucción,   vinculación  del  procesado,    definición  de  su  situación jurídica    y    la   calificación   del  sumario.  Descartada,  entonces,  la  premisa de una  alteración   del   debido   proceso   durante   la  fase        de       investigación    por   parte   de   la         Fiscalía,  ahora se analizará si, ciertamente,  la  prueba  fundante de la sentencia fue practicada o  recaudada  por  un funcionario ilegítimo, anunciando  desde    ya   que   el   mismo   libelo   contiene,  igualmente, el germen de la aniquilación del cargo.   

La  tesis  del  demandante  en cuanto a la  ilegalidad  de  la  prueba se funda en las siguientes  hipótesis:     (i)    la    comisión  ordenada por la Fiscalía   el   23   de  abril  de  2001  es  genérica  e  imprecisa;  (ii)  el  objeto  de  esa  comisión    dirigida    a    un    órgano     de    policía    judicial  consistió      en      la      práctica  de  unas  pruebas;  (iii) en tal virtud, agentes      de      policía    judicial    recaudaron   medios   de   convicción;  y,  por  último, (iv) ese recaudo  probatorio  se realizó en una inspección   judicial   que   no  cumplió  los  requisitos  legales. En el mismo orden en que fueron expuestas serán      analizadas      dichas      afirmaciones     para  demostrar  que  no  pasan  de  ser  suposiciones    que    no    encuentran    asidero    ni    siquiera    en    la  información  que  del  proceso  contiene  la  misma  demanda.   

(i)    No    es    cierto    que    la  comisión ordenada por la  Fiscalía el 23 de abril  de  2001  sea  genérica e imprecisa. En efecto,  la  resolución que dispuso la  apertura  de  la  investigación  previa contiene la  siguiente orden:   

2.  Comisionar  con  amplias facultades al  Cuerpo    Técnico   de   Investigación,  para  que  en  el  término  de 30  días,   se   sirva   adelantar   las   diligencias  pertinentes  tendientes  al  esclarecimiento  de los  hechos   objeto  de  investigación,  obteniendo  la  documentación         respectiva.         Se  establecerán  los fundamentos legales que respalden  la  celebración de tales contratos, mecanismos para  escogencia  de los contratistas, así como también,  el  Presupuesto  Anual  de  la  Alcaldía, teniendo en cuenta que el sindicado  fue   Secretario  de  Participación  Ciudadana  del  Distrito.   

Según  el demandante, esa comisión habría  iniciado  el  camino  de  ilegalidad  en  la  aducción  de la prueba finalmente  obtenida  porque  no  se  concretaron  las  diligencias  a  llevar a cabo ni los  precisos  documentos  que  se  debían recoger, de manera tal que se vulneró el  artículo  84 del C.P.P./2000, específicamente lo previsto en el último inciso  en  cuanto  a  la  exacta  descripción  de las diligencias a practicarse por el  comisionado9.  Esta  censura no surge de una realidad procesal objetiva sino del  particular  entendimiento  que tuvo el recurrente de la literalidad de la orden,  el  cual,  entre  otras  cosas,  parece  es  producto  de una lectura parcial de  aquélla.  En efecto, la segunda parte del párrafo en que fue redactada (la que  sucede  al punto seguido), contiene un criterio delimitador del ámbito material  de   las   diligencias   a  realizarse  y  no  es  otro  que  la  obtención  de  documentos   que  contengan  datos  sobre  los  siguientes  tópicos:    

…   los  fundamentos  legales que respalden la celebración de  tales    contratos,    mecanismos   para   escogencia   de   los   contratistas,  así  como  también, el  Presupuesto   Anual   de   la  Alcaldía,  teniendo en cuenta que el sindicado  fue   Secretario  de  Participación  Ciudadana  del  Distrito.   

Entonces,  resulta  desacertado  atacar  la  legalidad  de  la  comisión  conferida  a  funcionarios  de  policía  judicial  (C.T.I.)  por  su  supuesta  generalidad,  cuando  lo  cierto  es  que  aquélla  delimitó  suficientemente  el  objeto  material de la comisión que, como ya se  dijo,   consistía   en   la   recopilación  de  documentos  que  representaran  información  jurídica y financiera relevante sobre los contratos en los que se  habría  interesado  ilícitamente  el  procesado,  de  acuerdo  a los hallazgos  comunicados  por la Contraloría General de la República. Es más, la comisión  precisó  el  ámbito  espacial  de  las  diligencias  circunscribiéndolo  a la  Secretaría  de  Participación Ciudadana del Distrito de Barranquilla, teniendo  en  cuenta  que el delito investigado se habría cometido por el procesado en la  condición de titular de esa dependencia.   

(ii) y (iii) No es cierto que el objeto de  la  comisión  consistió  en  la  práctica de unas pruebas ni que funcionarios  de    policía   judicial   hayan   llevado   a  cabo  una  actividad  de  esa  naturaleza.  Las  hipótesis dos y tres sobre las cuales el casacionista pretende  edificar  la  ilegalidad  de  la  prueba documental incorporada a la actuación,  parten  de una común premisa falsa: la recolección física de un documento por  parte  de  un órgano de policía judicial comisionado para tal efecto configura  la práctica de una prueba.   

En  primer  lugar,  debe  aclararse  que el  numeral  2º  de  la  resolución  de  apertura  de  la  investigación  previa,  realmente  contiene  no una sino dos órdenes: una implícita que es presupuesto  necesario  de la siguiente y que consiste en el decreto de prueba consistente en  la  incorporación  de  unos  documentos  y, dos, la explícita que tiende a una  labor  de  ejecución  material,  cuál es la comisión a un órgano de policía  judicial  (C.T.I.)  para  la  obtención  de  los  documentos.  En síntesis, la  providencia  judicial  citada  contiene  el decreto de una prueba y la comisión  para    la    obtención    de    los    documentos   cuya   incorporación   se  ordenó.   

Incurre  en  una  confusión  el demandante  cuando   interpreta  que  la  recolección  de  unos  documentos  constituye  la  práctica  de  una  prueba.  Antes  que  nada,  resulta impreciso afirmar que el  documento  que  servirá  como  prueba  en  un proceso penal se practica, pues a  diferencia  de  lo  que  ocurre  con otros medios de convicción, como p. ej. el  testimonio  cuya producción se da en su integridad al interior de la actuación  procesal,  el  documento es una entidad física y jurídica que existe o antes o  por  fuera del proceso y que, por ende, en estricto sentido, no se practica sino  que  se  incorpora  o,  a  lo sumo, puede decirse que la práctica de esa prueba  ocurre   a   través  de  su  ingreso  al  proceso10.   

Ahora bien, a partir de esa precisión surge  una  nueva  inquietud referida a cuándo se entiende incorporado el documento al  proceso  y,  por  ende,  practicada  la  prueba  en sentido laxo. Según el  recurrente  ello  ocurre  con la obtención física de aquél, de manera tal que  el  sujeto  que  realice esa actividad es quien practica la prueba. Sin embargo,  esa  tesis  no  tiene  respaldo  en la ley adjetiva penal, conforme a la cual la  incorporación  del  documento ocurre con la aprehensión de su conocimiento por  parte  del  funcionario  judicial  que  ordene  su aducción. Al respecto, en el  contenido  del  artículo  260  del  C.P.P./2000  se  observa  que  el  criterio  determinante  del  ingreso de un documento al proceso en la calidad de prueba no  es  el  acto  material  de  su tenencia, sea por un particular o por un servidor  público  cualquiera,  sino la asunción formal de su conocimiento por parte del  funcionario  (incisos 1º y 3º), que no puede ser otro sino el judicial pues es  éste  como  director  del  proceso  el  único  que  podría  decidir  sobre la  imposición  de  sanciones a quien le niegue la posibilidad de ese conocimiento,  tal  y  como lo prevé en forma expresa el penúltimo inciso de esa disposición  normativa11.             

Así  las cosas, puede concluirse que ni el  delegado   de  la  Fiscalía  comisionó  la  práctica  de  una  prueba  en  la  resolución  del  23  de  abril  de  2001  ni  el  órgano  de policía judicial  comisionado  llevó  a cabo tal actividad. Por el contrario, el órgano acusador  ejerció   la  atribución  legítima  de  dirigir  las  funciones  de  policía  judicial12  y,  en  tal  virtud,  encomendó  una  diligencia  de  apoyo  a la  investigación  tendiente  al  esclarecimiento de los hechos y, por su parte, el  funcionario  comisionado se limitó a prestar el auxilio que le fuera solicitado  consistente  en  la  recolección  de  unos  documentos  como  paso  previo a su  incorporación  al proceso. En consecuencia, la comisión ordenada y ejecutada a  que  se  ha  hecho  alusión,  se  enmarca  plenamente en las previsiones de los  artículos 84 y 316 del C.P.P./2000.   

    

(iv)  No  es  cierto  que  los  documentos  aludidos  se recolectaron en una inspección judicial ilegal. Adviértase que la  ilegalidad  de  una  conducta  o una actuación cualquiera es un juicio de valor  cuya  validez  depende, en primer lugar, de la existencia de ese objeto material  valorado,  de  manera  tal que si este presupuesto no concurre carece de sentido  analizar  la  corrección  o  incorrección del juicio emitido, en este caso, la  ilegalidad aducida.    

Sin  mayores  elucubraciones resulta fácil  constatar  que  la  realidad  de una inspección judicial que tuvo por objeto la  recolección  de  documentos  relativos  a los procesos contractuales en los que  intervino  ilícitamente el sindicado, sólo existe o existió en el pensamiento  del  recurrente  y  no  en  la  objetividad  del proceso. En primer lugar, es de  recordar  que  el  investigador del C.T.I. que rinde el informe CTI. GIE. No 711  del   31   de   agosto  de  2001,  solicitó  y  obtuvo  la  documentación  que  posteriormente  entregó  a  la Fiscalía, en cumplimiento estricto de una orden  que   esta   última  impartió,  la  cual  no  incluía  la  práctica  de  una  inspección.  En  segundo  lugar, la trascripción que del contenido del informe  trae         la         misma        demanda13 no permite vislumbrar que lo  acontecido  haya trascendido los límites de la comisión, pues allí se anuncia  que  el investigador visitó la sede de la División Jurídica de la Secretaría  de  Participación  Ciudadana  y  Desarrollo Comunitario y que estando allí, la  titular  de  esa  dependencia  puso  a  su disposición los documentos para cuya  obtención fue comisionado, los cuales procedió a fotocopiar.   

Así  pues,  la  labor  ejecutada  por  el  funcionario  de  policía  judicial  guarda  relación de identidad con aquélla  para  la cual fue comisionado, sin que exista (por lo menos no se invoca) prueba  alguna  que  desvirtúe  la  veracidad de la narración contenida en el informe,  más  allá  de  la mera apreciación subjetiva del demandante. En consecuencia,  si   nunca   se   ordenó  una  inspección  y  si  ésta  tampoco  se  ejecutó  materialmente,  nunca  sucedió  una  diligencia  probatoria como la que aparece  regulada  en  los artículos 244 a 248 del C.P.P./2000. Por ende, desde el punto  de  vista  lógico resulta imposible analizar la corrección o incorrección del  juicio  de  valor  realizado por el recurrente (ilegalidad de la prueba), cuando  el objeto sobre el cual aquél recae es inexistente.   

De  otra  parte,  alega  el censor que se  allegaron  copias  de  documentos  originales  que no fueron autenticadas, cargo  éste    que   jamás  podría  configurar  un  error  de derecho por falso  juicio  de legalidad, pues la autenticidad del documento se refiere a la certeza  sobre  su  creador o emisor, tal y como hoy lo define  el  artículo  425 de la Ley 906 de 200414,  cuestión ésta  que  evidentemente no se refiere a  la  validez  de la prueba sino a su eficacia, esto  es,      al      valor      probatorio      que      ha      de     merecer.  De esa manera, la  censura  por   la  falta  de  autenticidad  de  un  documento  jamás  podrá analizarse  por  la  vía de un falso juicio de legalidad sino, a  lo   sumo,   por   un   error   de   hecho   en  la  apreciación de la prueba.   

Finalmente,  advierte  la  Sala  que  en la  formulación  del  cargo  se incurrió en una omisión absoluta de sustentación  en  lo  que  respecta  a la supuesta violación indirecta de los artículos 2º,  3º,  4º  y  5º  del  Decreto  100 de 1980, así como del 7º de la Ley 600 de  2000.  Más  allá  de  citar  esa  nomenclatura,  el  recurrente ni siquiera se  refirió  al  contenido  de  cada  una  de esas disposiciones normativas y mucho  menos  argumentó  las razones por las cuales estima que el invocado error sobre  la  legalidad  de  la  prueba  documental  obrante en la actuación, implicaría  finalmente  un  desconocimiento  de  los  principios  de  la  tipicidad,  de  la  antijuridicidad,  de  la  culpabilidad  y  del in dubio pro reo, a los cuales se  refieren las normas invocadas.   

En  síntesis,  la  demanda de casación es  inadmisible  frente  al  primer  cargo  formulado, por cuanto el falso juicio de  legalidad  se  edifica  en  interpretaciones  erróneas de las normas jurídicas  supuestamente  infringidas o de las realidades acontecidas en el proceso, aunado  al  indebido  planteamiento  de censuras que correspondería a otras causales de  casación   y   a   la  insuficiente  motivación  del  cargo  en  otros  casos.   

Segundo   cargo:  violación   indirecta   por   falso   juicio   de   convicción   

Antes que nada  ha      de      recordarse      que, según la  estrategia   utilizada   por   el   demandante   en  la  formulación  de  los  cargos,  la  eficacia  conjunta  de los invocados como  principales   (el  primero  y  el  segundo)  es  la  que  permitiría  la  destrucción de la totalidad de  los   fundamentos   probatorios  de  la  sentencia.  Además, el primer cargo (falso juicio de legalidad)  tenía    un    radio    de    acción   muy  superior  al  que  ahora  se  examina  (falso  juicio  de  convicción),    por    cuanto   aquél   se   dirigía  contra  la  inmensa  mayoría  de  la  prueba documental recaudada   en  la  que  se  habría    fundado    la  sentencia  de  condena,  mientras que el actual sólo  se refiere a un informe de policía  judicial.   

En el contexto  descrito, el anuncio expreso del impugnante sobre la  necesaria  conjunción  del  primer  y segundo cargo  para    obtener   indubitadamente   la   pretendida  casación     de     la     sentencia15   

, así como el  reducido  contorno del debate planteado a través del  falso  juicio de convicción; permite concluir que la  falta  de  prosperidad  del  defecto  inicialmente  alegado  aminora la eficacia  del    yerro   actual  para  desquiciar  los fundamentos de la sentencia, a  tal  punto  que lo hace prácticamente intrascendente  aún   si   en   gracia   de  discusión se aceptara la existencia de este error.   

En     otras     palabras,     la  exclusión   del   valor   que   supuestamente   se  habría  asignado  a  un  informe  de  policía  judicial, dejaría   en   pie   la   múltiple  prueba  documental    referida   a   los   contratos   respecto   de   los   cuales   se  habría       interesado       ilícitamente  el  procesado,  a  partir  de  la  cual  los  jueces de  instancia   consideraron   acreditada  tanto  la  materialidad  del  delito  como  la responsabilidad del  procesado.      Por      esa      razón,     sin  hesitación  alguna, el cargo no tendría     la    trascendencia    indispensable    para    lograr    la  casación  de la sentencia. No obstante lo anterior,  con    un    propósito   ilustrativo,  se  referirá la Sala a la     sustentación    del cargo.   

    

Le     asiste     razón  al  impugnante  cuando  acusa  a las sentencias de instancia de  relacionar  como  un medio de prueba  el Informe CTI. GIE. No 711 del 31 de  agosto   de   2001   y   de   reproducir   en   sus   respectivas  consideraciones    algunas       de       sus      partes16.      Sin     embargo,  también   lo  es  que  los  textos  trascritos  no  constituyen  un contenido probatorio del referido informe sino de los documentos  contractuales    que    al    mismo    fueron    anexados.   Específicamente,       se       trata       de      información  que contiene la abundante prueba  documental  incorporada,  que  en  su  redacción fue  organizada    por    el    investigador   judicial   quien,   además,       incluye      algunas      apreciaciones      personales     a    título de conclusiones.   

Si   bien   quien   debe   efectuar  el  análisis         del         mérito que pueda asignarse a las pruebas  es  exclusivamente  el  funcionario  judicial,  en  nuestro  caso  los jueces de  instancia,  lo  cierto  es  que  los datos probatoriamente relevantes que fueron  trascritos   en   las   sentencias   se   corresponden  con  la  objetividad  de  las  declaraciones  y/o  representaciones  contenidas  en  los  documentos  ingresados.  Tales  datos  se  refieren  a  diversos  aspectos  de  los  contratos  que constituyeron el objeto  material   del  delito  por  el  cual  se  acusó  y  condenó   al   procesado,  tales  como       son:       número   de  los               celebrados  en  1999,  valor  total,  fechas de  adjudicación,       identificación  de  los contratistas, registros presupuestales, la referencia a  las   cláusulas  5ª  y  11ª  de  los textos contractuales, así  como  sobre  la  existencia  o  ausencia  de ofertas, bonos y de  facturas de venta.   

En  tales  circunstancias,  a pesar de la  desafortunada  imprecisión  en  que incurrieron los  jueces  de  instancia  en las respectivas sentencias, al catalogar un informe de  policía  judicial  como  medio  de  prueba  y, peor  aún,   al  citar su  contenido  como  fundamento probatorio; lo cierto es  que los medio   s  probatorios  realmente  apreciados fueron los documentos  contractuales  que  eran  los únicos contenedores de  los   supuestos   fácticos  que  se  tuvieron  como  acreditados.   

Así pues, el  error   de   las  sentencias  no  habría  consistido  en  la  asignación  de  valor   al   informe  policial  sino  en  su  eventual  calificación   como   la   prueba   de  unos  hechos,  cuando  realmente  tal  mérito  lo  ostentaban era los documentos aludidos.  De     esa    manera,    sólo    en    apariencia  podría              hablarse   de   una   violación  indirecta  del  artículo  314  del  C.P.P./2000       por      falso      juicio      de      convicción.      

Al  finalizar,  solicita el demandante se  aplique      la      cláusula     general     de  exclusión   consagrada   en   el   último   inciso  del  artículo  29  de  la    Constitución  Política.     Esta  petición    es   notoriamente   equívoca   porque   el   error   de   derecho   que   señala   el   defensor   (falso   juicio   de  convicción)   como   presupuesto   de   la  consecuencia  jurídica  perseguida  (nulidad  de  pleno  derecho),  no  encaja en el  supuesto  de  hecho de la disposición normativa prevista en la norma superior,  que   no   es   otro   que   una  prueba  practicada  con  violación del debido proceso.   

Obsérvese que  confunde  el  peticionario  un  problema  de  validez  de  la prueba como el que  implica  la  violación  del  debido  proceso  en su  obtención,  el cual en sede de casación  debe  formularse  por  la vía de un  falso   juicio   de   legalidad,  con  un  problema  eminentemente  de  eficacia  consistente  en  que  se  le  asignó mérito  probatorio  a  un  medio  de  conocimiento  cuando la ley lo  prohíbe, configurándose  así    un  falso  juicio de convicción. En ese  orden,   la  pretensión  ante  un  error  sobre  la  legalidad  de  la prueba sería la declaratoria de su  invalidez,  mientras que ante un error de valoración  probatoria     puede    serlo    únicamente    la  exclusión  del  mérito  que   le   hubiese  sido  otorgado.    

Al  igual  que frente al anterior cargo, el  demandante  omitió  sustentar  la  violación  indirecta  de los artículos 3º  (tipicidad),  4º  (antijuridicidad)  y  5º  (culpabilidad)  del Decreto 100 de  1980,  así como del 7º (presunción de inocencia), 9º (actuación procesal) y  16  (finalidad del procedimiento) de la Ley 600 de 2000. Ni siquiera identificó  las  disposiciones  normativas contenidas en cada uno de esos artículos y mucho  menos  fundamentó  la  pertinencia  de  los  supuestos  de  hecho de las normas  invocadas  con  el  falso  juicio  de  convicción  alegado,  en  aras  de poder  determinar  si  entre  ambos  puede  plantearse  una relación de adecuación (o  inadecuación)  que  permita  concluir  la  eventual  infracción  del  precepto  legal.    

Tercer     cargo:    nulidad    por  violación  al derecho a  la defensa técnica   

De  manera  subsidiaria,  el  recurrente  considera  que  la  sentencia  de  condena  se  produjo en un proceso viciado de  nulidad  por  vulneración  al  derecho a la defensa  técnica, la cual habría  tenido  lugar a partir de la designación  de  un  defensor  de oficio en la etapa de juzgamiento previo al  inicio de la audiencia preparatoria.   

En    la    formulación   del   cargo   de   anulación,  el  demandante  incurre  en imprecisiones y contradicciones que dan al traste con su  pretensión     casacionista.    Así,   en   la   parte   inicial  de  la  postulación  advierte  que en la etapa de juicio se  “despojó   al   procesado   del   derecho   a  ser  asistido  por  persona  letrada”, por lo que hasta la sentencia de primera  instancia   se   surtió   la   causa  “sin  la  actividad  del profesional  que  por oficio se nombró  como  defensor  del  sindicado”. Posteriormente, en  el   desarrollo   del   cargo    se   duele  porque  el  defensor  asignado  guardó  silencio  en  la  audiencia  preparatoria y  porque     presentó     unos     alegatos     de  conclusión    irrisorios    durante    la   vista  pública.   

Refulge,  entonces,  que  en  un  primer  momento  el  casacionista  cuestiona  la  ausencia de una persona letrada que lo  asistiera   y   representara   en   el   proceso.   A   continuación,   admite   la   existencia   de   un  defensor  de  oficio  que  desvirtúa   de   plano  la  afirmación  inicial  de  la  carencia  de  asistencia  jurídica   profesional.   Más  adelante,  censura  es que aquél no  desplegó   actividad  profesional   alguna,   sin   embargo;  también  menciona  e  inclusive  trascribe  los  alegatos  de  conclusión  que  aquél  presentó    en   la   audiencia   pública  de  juzgamiento,  frente  a los  cuales,    finaliza,  emitiendo sendos juicios  de desvalor.      

La Sala observa  que  el  motivo  verdadero  de  inconformidad  del recurrente no es un vicio del  debido   proceso   por  desconocimiento  del  derecho  a  la  defensa,  sino  un  particular  desacuerdo  con  la actividad desplegada  por  el  abogado  de  oficio  basado  en  una visión  estratégica  diferente del rumbo de la defensa que,  entre  otras  cosas,  tampoco habría redundado en la  pretendida      solución      jurídica   de  la  absolución  o,  por lo menos, eso no lo demuestra  el censor.   

Sea  lo  primero  indicar  que durante el  término    de    traslado    previsto    en    el  artículo  400  del  C.P.P./2000  como  oportunidad  propicia  para  elevar  solicitudes  de  pruebas y de nulidades, el procesado se  encontraba  representado por el defensor de confianza  que           venía           asesorándolo  desde la  instrucción,         el         abogado      Gabriel      Eduardo  González  Trespalacios, por lo que ninguna culpa le  asiste   al   que   oficiosamente   fue   designado  después  en el eventual  desaprovechamiento   de   esa   coyuntura  procesal.  Es más, ha de precisarse  también  que  el  juzgado  de  conocimiento  se vio  impelido   a   efectuar  tal  designación  ante  la  inasistencia  al  proceso  del  abogado  que recibió  poder  iniciando  la  etapa de juicio y con el único  propósito  de garantizar la defensa técnica    al   procesado.   

Frente  a  la  audiencia  preparatoria,  reclama  el impugnante que  el  defensor de oficio, en  vez    de    asumir   una   actitud   silenciosa,  ha  debido  oponerse a la admisibilidad de la prueba documental recaudada por el  órgano   de   policía  judicial   durante   la   investigación    previa,   pues   “tal  como  se  estudió  en  el  cargo  anterior  era  a todas luces ilegal”. Frente a este  puntual  reclamo, solo basta decir que al haberse descartado antes la existencia  de  un  falso  juicio de legalidad en relación a los  documentos   incorporados  al  proceso,  carece  de  soporte   la   exigibilidad   a    la  defensa  de    una   acérrima  oposición al ingreso de esa prueba, más  aún  cuando esto había  ocurrido  ya desde la instrucción y  venía    amparada    por    el    principio    de  permanencia.   

También indica  el  censor  que   en   la   audiencia   preparatoria  el  defensor  de  oficio  debió   buscar   el  decreto  del  testimonio  del  funcionario  que  rindió el Informe CTI. GIE. No 711  del  31  de  agosto  de  2001  con  el objeto de que  lo  ratificara; añoranza  ésta  que  desconoce  que  la  oportunidad   legal   para   hacer   dicha   solicitud   había  precluido  antes de que se produjera su entrada al proceso, tal  y   como   ya   se   advirtió.  Además,     aun     omitiendo    esa   consideración   de   orden  legal  ya  de  por  sí  suficiente  para  arribar a una conclusión diferente  a  la  propuesta,  no se  explica  la  Sala cómo se  reprocha  la  omisión  del defensor en solicitar un  testimonio   para   ratificar   los  contenidos  probatorios  que  sirvieron  de  fundamento  a la condena, es decir, se le critica por  no  propiciar  el  ingreso  de  una  prueba  de cargo  adicional,    planteamiento   éste   que   resulta  ilógico e incoherente con la pretensión  final  de  la  casación.      

Además,  cuestiona  el recurrente la eficacia de los alegatos  de  conclusión presentados por el defensor de oficio  en  la audiencia de juzgamiento. Sin entrar a valorar  la   calidad   y/o   suficiencia   de   tales  argumentos,  cuestión  harto  difícil porque tal     labor     está   impregnada   siempre  de   la   relatividad   de   los   juicios   de   valor   y   que,  además,      rebasa      el      ámbito  de  discusión  de una ausencia  sustancial     de     defensa     técnica,  como  el  que  ha de proponerse en un cargo de nulidad; se  resalta  que  dichos alegatos plantearon dos   causales   de   absolución:  el  principio  del in dubio pro reo y la imposibilidad de cometer el delito, lo cual  permite  concluir  que  a pesar de las deficiencias e  imprecisiones  que  podían contener eran coherentes  con  el  rol  defensivo  y  pertinentes  a  una  eventual absolución.   Es   más,   el   recurrente  ni  demostró,     ni  podía              hacerlo,   que   los  mejores  alegatos  del  universo       jurídico      tenían  la  potencialidad  de  derrumbar la  eficacia  de la prueba documental en que se fundó la  sentencia.   

     

En  síntesis,  la   vulneración   al   derecho   a   la   defensa  técnica integral e ininterrumpida no pasa de ser un  supuesto   indemostrado,   peor   aún  la  realidad  procesal  admitida  por  el mismo demandante, excluye  la  ocurrencia  de  tal irregularidad y de su eventual trascendencia, por lo que  no  queda  opción  diferente  a  la de inadmitir el  libelo  también en lo que hace al cargo subsidiario  de nulidad.   

Conclusión   

Como   consecuencia   de   lo   antes  expuesto,          la          Corte      inadmitirá  la  demanda  de  casación presentada  por   el   defensor  del  acusado  MILCIADES  PÚA  GÓMEZ,  no  sin  antes  advertir  que revisada la  actuación    en    lo    pertinente,    no    se  observó    la    presencia    de    alguna   de   las  hipótesis  que  le  permitiera ejercer la  facultad  oficiosa prevista en el artículo 216 del C.P.P./2000.   

DECISIÓN   

En mérito de  lo    expuesto,   la   Corte   Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,   

RESUELVE  

INADMITIR   la  demanda  de  casación  presentada  por el defensor del procesado MILCIADES PÚA  GÓMEZ, de acuerdo a las motivaciones antes expuestas.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ MUÑOZ  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria  

    

1  Cita  las  sentencias  de  casación  27816 de 2009,  28693 de 2010 y 32983 de 2013.   

2 En  tal  sentido  destaca  que en el folio 9 y ss de la sentencia de primer grado se  trascriben  apartes  de  las  páginas 10 y 11 del referido informe. Igualmente,  señala, ocurre a folio 14 del fallo de segunda instancia   

3  Distrito Judicial de Barranquilla   

4 La  enunciación   de  la  causal,  la  fundamentación  y  las  normas  infringidas  previstas  en  el  numeral  3º  del  citado  artículo  212, se analizarán por  separado frente a cada uno de los cargos formulados.   

5  Así lo afirma en la página 25 de la demanda.   

6  Páginas 21 a 25.   

7  Previstas  en  el  artículo  250  de  la Constitución Política sin la reforma  introducida por el Acto Legislativo No 003 de 2002.   

8 Las  que  en  términos  generales  se encuentran consagradas en el artículo 114 del  Código de Procedimiento Penal de 2000 (Ley 600).   

9  Art.  84-inciso  final:  “La  decisión  mediante  la  cual  se comisiona debe  establecer  con precisión las diligencias que deben  practicarse  y  el  término  dentro  del cual deben  realizarse.”   

10  Véase  que  en  el  Capítulo  IV del Título VI del C.P.P./2000 no se habla de  practicar  la  prueba  documental  sino de aportarla (art. 259), o de entregarla  (art. 260) o de enviársela (art. 261) al funcionario judicial.   

11  Art.  260,  inciso  3º:  “El  funcionario  aprehenderá  los  documentos cuya  entrega   o   conocimiento  le  fuere  negado  e  impondrá  las  sanciones  que  corresponda.”   

12  Artículos    250    de    la    Constitución    Política    y    114-5    del  C.P.P./2000.   

13  Páginas 34 y 35.   

14  Art.  425: “Salvo prueba en contrario, se tendrá como auténtico el documento  cuando  se  tiene  conocimiento  cierto  sobre  la  persona que lo ha elaborado,  manuscrito,  mecanografiado,  impreso,  firmado  o  producido  por  algún  otro  procedimiento. (…)”   

15  En  la  introducción  a  la  sustentación de los cargos (pág. 12) manifestó:  “…  se postulan como  principales  dos  cargos  que se encaminan a demostrar que las sentencias,  tanto  de primero como de segundo grado, se sustentaron en  yerros  de  valoración  probatoria  por  errores de  derecho,   que   de   prosperar,   implicaría   la  sustitución  de la sentencia a favor del procesado,  absolviéndolo  de los cargos. Se deben estudiar, en  nuestra  consideración,  prioritariamente,…”.     Y,    al    final,    en    la  petición     del  cargo  (pág. 58):   Se demanda a la Honorable  corte,  en  su  Sala  de  Casación  Penal,  que  en  razón    a   lo   argumentado   se   aplique   la  cláusula    general    de   exclusión  establecida  en  el inciso final del  artículo  29 de la C.N.,  respecto  al citado informe de policía judicial y en  virtud    de    ello   y   en   armonía    con    lo   solicitado   en   el   primer   cargo,  se  revoque  la  sentencia condenatoria y por efecto de ello se  absuelva al procesado del cargo imputado.   

16  Folios  8  y  9  de  la  sentencia  de  primera  instancia  y  folio 14 de la de  segunda.     

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