34811(22-09-10)

2010

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     n.º  34811   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARÍA    DEL    ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

Aprobado Acta N°. 300.  

          Bogotá   D.C.,   septiembre   veintidós   (22)  de  dos  mil  diez  (2010).   

VISTOS  

Se pronuncia la Sala en punto de la admisión  del     libelo     de     casación    presentado    por    el    defensor    de  los      procesados  LUIS ANTONIO  y    HÉCTOR   ESPINOSA  ALBARRACÍN  con  el objeto de sustentar el recurso de  casación  interpuesto  contra  el  fallo  de  segundo  grado  proferido  por el  Tribunal  Superior de Ibagué el 22 de abril de esta anualidad, mediante el cual  confirmó,  con algunas modificaciones en el ámbito punitivo, el dictado por el  Juzgado  Penal  del  Circuito  de  Lérida  (Tol.)  el  9 de octubre de 2007 que  condenó  a los mencionados como coautores penalmente responsables del delito de  homicidio  agravado  en  la persona de Darío Fernando  Hernández Rodríguez.   

HECHOS   Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

El  supuesto  fáctico  que  originó  esta  actuación,  se  declaró  por el ad quem en los siguientes términos:   

“Sucedieron en las horas de la mañana del  domingo  1  de  mayo del 2005, en el municipio de Venadillo, concretamente en el  expendio   de   carnes   y   licor   ‘El    Portal   campesino’  de  propiedad  de  LUIS ANTONIO ESPINOSA ALBARRACÍN, hasta donde  llegó  Darío  Fernando  Hernández  Rodríguez a cobrarle a LUIS ANTONIO media  res  que  le había fiado, propiciándose entre éstos una fuerte discusión. En  ese  momento,  HÉCTOR  ESPINOSA ALBARRACÍN, hermano de LUIS ANTONIO, prevalido  de  un cuchillo de los usados en el expendio de carne, le propinó una puñalada  a  Hernández  Rodríguez.   Cuando éste se vio herido trató de abandonar  el  lugar,  pero  a  las afueras del mismo, es atacado por LUIS ANTONIO ESPINOSA  ALBARRACÍN,  quien  le  asesta  un  golpe con el madero usado en la carnicería  para  espantar  los  perros, logrando así que Darío Fernando Hernández cayera  al  piso,  instante  que  es  aprovechado  por HÉCTOR ESPINOSA ALBARRACÍN para  asestarle otra puñalada.   

A  corta  distancia  se  encontraba Liliana  Parra  Vera,  quien  al  presenciar  la escena, saca del negocio de su esposo un  machete  con  el  fin de hacerle entrega del mismo a Darío Fernando para que se  defendiera,  mas éste no tuvo la capacidad de recibirlo dada la gravedad de las  lesiones  que  presentaba  y  a consecuencia de las cuales debió ser remitido a  esta    ciudad   (Ibagué,   se   aclara),  donde  falleció  el  13  de  mayo  de 2005 en la UCI de la  Clínica Ibagué”.   

Por  razón  de  los  anteriores  hechos, la  Fiscalía  65  Seccional  de  Venadillo  decretó,  el  3  de mayo siguiente, la  apertura  formal  de  instrucción  penal  “por  el  presunto  delito de lesiones personales” en contra de  LUIS  ANTONIO y HÉCTOR  ESPINOSA  ALBARRACÍN, a quienes  escuchó  en  diligencia  de  indagatoria,  tras  lo  cual  ordenó  dejarlos en  libertad  en  virtud de la incapacidad dictaminada a la víctima (provisional de  40    días)1.   

Luego, la Fiscalía 44 Seccional de Ibagué,  ciudad  a  donde  fue  remitida  en  grave estado la víctima, ordenó, al tener  conocimiento  de  su  deceso,  apertura  de  investigación previa el 13 de mayo  ulterior,  disponiendo  la  práctica de algunas pruebas. Sin embargo, en virtud  de  solicitud  elevada  por  el  fiscal 65 local de Venadillo en la misma fecha,  remitió  las  diligencias  a la Fiscalía de Lérida, para su incorporación al  expediente          allí          tramitado2.   

Recibida la actuación en la Fiscalía local  de  Venadillo,  ésta  decretó,  mediante  resolución  del  día siguiente, su  envío   a  la  Fiscalía  Seccional  de  Lérida,  por  competencia3.   

De  esa forma, correspondió inicialmente la  actuación   a   la   Fiscalía   31   Seccional  de  la  última  localidad  en  mención4,  pero luego se reasignó a la 39, donde se resolvió la situación  jurídica  de  los  indagados,  afectándolos  con  medida  de  aseguramiento de  detención  preventiva  por  el  delito  de homicidio agravado, sin beneficio de  libertad provisional.   

Clausurada la etapa instructiva, se calificó  su  mérito  el  20  de abril de 2006 con resolución de acusación en contra de  los    procesados    LUIS    ANTONIO   y         HÉCTOR         ESPINOSA  ALBARRACÍN    “como  presuntos   coautores   y   responsables   del   hecho   punible   de  homicidio  agravado” (art. 104, num. 7, del C.P.). Impugnado el  calificatorio  por la defensa conjunta de los procesados, la Unidad de Fiscalía  Delegada   ante   el  Tribunal  de  Ibagué  lo  confirmó,  el  17  de  octubre  siguiente.     

La  fase  del  juicio  se asignó al Juzgado  Penal  del  Circuito  de  Lérida,  ante  el  cual  se tramitaron las audiencias  preparatoria  y  de juzgamiento, a cuyo término profirió fallo el 9 de octubre  de  2006,  mediante  el  cual  condenó a los acusados  a  la  pena principal de veintiocho (28) años y nueve  (9)  meses  de prisión y a las accesorias de inhabilitación en el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas  y “privación del  derecho  al  porte  o  tenencia  de  armas  de  naturaleza alguna”   por   el   mismo  lapso,  al  encontrarlos  coautores  penalmente  responsables  del  delito  de  homicidio  agravado en la persona de Darío       Fernando       Hernández       Rodríguez.   

En  la misma determinación, los condenó al  pago   de   perjuicios   “en   forma  solidaria  y  mancomunada”               y   les  negó  el  subrogado  de  la  suspensión  condicional  de  la ejecución de la pena, así como el sustitutivo  de la prisión domiciliaria.   

Inconforme con la sentencia de primer grado,  el  defensor  de los implicados interpuso recurso de apelación en su contra, el  cual  se  resolvió  por el Tribunal Superior de Ibagué el 22 de abril de 2010,  modificándola  exclusivamente en cuanto redujo, en aplicación del principio de  legalidad,  las  penas  accesorias  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas y privación del derecho al porte o tenencia de  armas  a  20 y 15 años, respectivamente.  En lo demás, confirmó el fallo  impugnado.   

          Notificado  de  la  decisión,  el mismo sujeto procesal    interpuso  recurso  extraordinario  de  casación,  sustentado  mediante demanda  conjunta, sobre cuya admisibilidad se ocupa la Sala.     

LA  DEMANDA   

          En  el  libelo  presentado  por  el  defensor  de  los  procesados  LUIS  ANTONIO  y         HÉCTOR        ESPINOSA  ALBARRACÍN  se formulan cuatro cargos. El primero de  ellos  se  sustenta  en  la  causal  tercera  de  casación prevista  en el  numeral  tercero  del  artículo 207 de la Ley 600 de 2000, por encontrar que la  sentencia  recurrida  fue proferida en un juicio viciado de nulidad (principal).  Las  tres  censuras  restantes (subsidiarias) tienen abrigo en la causal primera  contemplada   en  la  misma  preceptiva  por  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  derivada  de  errores  de hecho por falso juicio de identidad en la  valoración probatoria.   

         Para  el  estudio  de  las  censuras  que debe emprender la Sala en  orden  a  verificar  el  cumplimiento de los presupuestos de admisibilidad de la  demanda,  empezará,  en el siguiente acápite considerativo, por sintetizar los  fundamentos  del respectivo cargo en el orden de formulación allí contenido e,  inmediatamente,  expondrá su criterio sobre el particular, con el fin de evitar  la  repetición innecesaria.  En dicha labor, analizará de manera conjunta  los      cargos      ventilados      por      la      causal      primera     de  casación.                 

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          1.   Primer cargo (principal), Causal tercera del artículo 207  de la Ley 600 de 2000 (nulidad).   

     

1. Planteamiento:     

Estima  el  casacionista  que  la actuación  está  viciada  de  nulidad  conforme  lo  señala  el  artículo 29 de la Carta  Política   y   los  artículos  306-2,  6  y  322  a  331  de  la  Ley  600  de  2000.   

Lo  anterior, señala, dado que la Fiscalía  65  Local de Venadillo decretó, por una parte, el 5 de mayo de 2006 la apertura  formal   de   la  investigación  penal  “única  y  exclusivamente   por   el   delito   de   lesiones   personales”  en  contra  de los procesados y, por otra, la Fiscalía 54 Seccional  de  Ibagué,  ante  el  fallecimiento  de  la  víctima,  el 13 de mayo ulterior  ordenó  la  apertura  de investigación previa “por  los   mismos   hechos  y  en  contra  de  los  mismos  procesados”,  pero esta vez  por el delito de homicidio.   

Significa  ello,  según  el  demandante, en  tanto  la  situación  permaneció  inalterada  durante el proceso, “que  respecto  de la conducta punible de homicidio, en relación  con  los  procesados  LUIS  ANTONIO  y HÉCTOR ESPINOSA ALBARRACÍN, la etapa de  instrucción  se  tramitó  totalmente al amparo de la investigación previa, de  que  tratan los artículos 322 a 328 del Código de Procedimiento Penal (Ley 600  de  2000),  por  la  conducta  punible  de  homicidio, de donde se desprende que  jamás  se  decretó apertura formal de investigación penal, por los hechos que  culminaron,  desafortunadamente,  con  la  muerte del hoy occiso Darío Fernando  Hernández  Rodríguez,  en  los  términos  de  los  artículos 329 a 331 de la  codificación procesal citada”.   

Esta  situación,  a  juicio  del libelista,  constituyó  una  irregularidad  procesal  que  afecta  el  debido proceso, pues  “pasó   por   alto   cumplir  plenamente  con  la  estructura  del  proceso  penal  que  reglamenta, en su totalidad, el Código de  Procedimiento  Penal  (Ley  600  de 2000)” al exigir,  como  requisito de procedibilidad para que la fiscalía inicie un proceso penal,  la apertura formal de investigación.   

En este caso, reitera, coexistieron dos actos  procesales,  “por  los  mismos  hechos y contra los  mismos  procesados”,  lo cual afectó sus derechos y  garantías  “y, a su vez, los principios del debido  proceso,  de legalidad y del derecho de defensa de los mismos, situación que no  es  convalidable, porque es trascendente, no siendo de otra parte, solucionable,  sino  con  el  decreto  de  nulidad  de todo lo actuado, en el presente proceso,  desde   la  resolución  de  sustanciación  de  cierre  de  la  investigación,  inclusive”.      

1. Consideraciones de la Corte:     

La  Sala ha señalado insistentemente que la  propuesta  de  nulidad  fundamentada  en  la  causal  tercera  de  casación del  artículo  207 de la Ley 600 de 2000, a pesar de gozar de cierta flexibilidad en  su   formulación,   no   por  ello  puede  prescindir  de  algunos  requisitos,  especialmente  en  orden  a  su presentación lógica y argumentada, para que se  entienda debidamente satisfecha.   

         

En  esa  dirección,  es  preciso  que  el  casacionista   identifique   claramente   el   motivo  sobre  el  cual  gira  la  irregularidad  que  advierte, la causal de nulidad que procede como consecuencia  de  ese  defecto,  las  normas  que  apoyan su pretensión, la trascendencia que  genera,  bien en el marco de la estructura del proceso o en el de las garantías  fundamentales  de  quien  la  invoca, y el momento procesal a partir del cual se  debe  invalidar  la  actuación,  así  como  la  autoridad  judicial  a la cual  corresponde su envío para que proceda a su enmienda.   

          Por  lo  mismo,  se  ha  establecido  que  dicha  pretensión  está  necesariamente  vinculada  con  los  principios  que orientan su declaratoria, a  saber:  taxatividad, instrumentalidad de las formas, trascendencia, protección,  convalidación  y  residualidad,  previstos en el artículo 310 de la Ley 600 de  2000, estatuto procesal aplicable en este caso.   

De  modo  que sólo ante la comprobación de  que  la  censura  reúne  los anteriores condicionamientos se podrá concluir el  cumplimiento  de  los  requisitos  previstos  en  el  artículo  212  del  mismo  ordenamiento  procedimental,  para  así admitirla a voces de lo dispuesto en el  siguiente artículo de esa codificación.   

Lo  anterior,  se  insiste,  amén  de  que  los  cargos de la demanda de casación se expongan de  manera  lógica  y  con un mínimo de argumentación, como surge de la exigencia  contenida  en  el  numeral  tercero  de  la citada preceptiva al señalar que la  demanda   de   casación   deberá   contener   “la  enunciación  de la causal y la formulación del cargo, indicando en forma clara  y   precisa   sus   fundamentos   y   las   normas   que  el  demandante  estime  infringidas”.   

Pues  bien,  al confrontar el contenido del  reproche  con las exigencias de admisión se advierte su incumplimiento, por las  razones  que  a  continuación  se  esbozan.   

(i)  En  primer lugar, porque la situación  planteada  no  constituye irregularidad procesal alguna que socave la estructura  procesal  y  que,  por  ende,  erija  transgresión  del debido proceso y de las  demás  garantías  referidas  por  el  casacionista, lo cual evidencia un serio  defecto       de       argumentación.        

En efecto, que la Fiscalía Local del lugar  de  perpetración de los sucesos inicialmente hubiera abierto investigación por  la   conducta   punible   que  en  ese  momento  encontró  consumada  (lesiones  personales)  y que posteriormente otra, de mayor nivel -Fiscalía Seccional-, de  otro  lugar,  a  donde  específicamente fue trasladada la víctima (Ibagué) en  virtud  del  grave  estado de salud que acusaba a consecuencia de tal agresión,  haya  abierto  investigación preliminar ante su deceso posterior, no constituye  irregularidad   ni  violación  de  los  preceptos  procesales  citados  por  el  libelista   (arts.   322  a  331  de  la  Ley  600  de  2000),   pues   lo   cierto  es  que  por  el  hecho  fenomenológicamente  acaecido,  esto  es, la agresión violenta de parte de los  señores    LUIS   ANTONIO   y   HÉCTOR   ESPINOSA  ALBARRACÍN  hacia  Darío  Fernando  Hernández  Rodríguez se abrió formalmente  la   correspondiente   investigación   penal,   al   margen  de  que  luego  la  calificación  de  la  conducta  haya  variado  por razón de la agravación del  desenlace fáctico.   

Al  respecto,  adviértase  que ni en estos  casos  de  variación  de  la  calificación  por la modificación del resultado  desde  el  punto  de  vista  fenomenológico,  ni  cuando  la  alteración de la  calificación  de  la  conducta obedece a una decisión judicial, como cuando se  abre  la investigación por un delito en particular pero después el funcionario  judicial  encuentra que ese mismo supuesto fáctico encaja en otro hecho punible  que  ofrece mayor riqueza descriptiva, podría admitirse la tesis propugnada por  el  libelista en el sentido de que tal situación  comportaría un vicio de  estructura  en tanto no se ha abierto formalmente la instrucción por el último  comportamiento.   

La  pretensión  del  actor  llevaría  al  absurdo  de  que cada vez que se varíe la adecuación típica de un mismo hecho  se  tendría  que  invalidar  la  actuación para decretar la apertura formal de  instrucción  por  la  nueva conducta seleccionada, lo  cual  atenta  contra  principios  tales como el de la  prevalencia  del  derecho sustancial sobre el formal y el de economía procesal.   

Además,  es claro que en este caso ninguna  de  las  autoridades  fiscales actuó irregularmente. De una parte, la Fiscalía  Local  de  Venadillo,  lugar  donde  se  perpetraron  los  hechos,  porque  al  verificar el cumplimiento de  los  presupuestos  contenidos  en  el  artículo  331  de  la Ley 600 de 2000, y  fundamentalmente  por tener conocimiento acerca de la identidad de los presuntos  infractores    de    la    ley   penal,  decretó la  apertura      forma     de     la     instrucción;     e,     igualmente,   la   Fiscalía   Seccional  de  Ibagué,  dado que al abrir  investigación       preliminar      actuó      conforme      al     artículo     322     ibídem, pues  carecía  en ese momento de  esa  información, y sólo al enterarse de que obraba investigación penal en el  lugar  de los hechos por razón del requerimiento elevado por la Fiscalía Local  de   Venadillo5,  optó  por  remitir  las  diligencias  a  la Unidad Seccional de  Fiscalías  de  Lérida,  competente  para  asumir la  investigación   por   el   delito   de   homicidio6.     

Queda de esta forma plenamente elucidado, a  diferencia  de lo planteado por el censor, que ninguna irregularidad se cometió  por  parte  de  las  autoridades fiscales en su proceder y que, por lo mismo, la  censura,    ante   esa   comprobación, evidencia ostensibles falencias de argumentación.   

(ii)  En  segundo  término,  porque  aún  si  se  aceptara  que hubo  irregularidad   por  las  circunstancias  denotadas  por  el  censor,   al   pretender  la  nulidad  de  la  actuación  olvida  el  deber  que  le  asiste de demostrar la trascendencia del  vicio,  para  lo  cual no es suficiente, como así lo hace en la parte final del  cargo,  con  señalar que la situación afectó “los  derechos  y  garantías  procesales  de  los  procesados  LUIS ANTONIO y HÉCTOR  ESPINOSA  ALBARRACÍN  y,  a  su  vez,  los  principios  del  debido proceso, de  legalidad  y  del  derecho  de  defensa  de  los  mismos,  situación  que no es  convalidable,  porque  es  trascendente, no siendo, de otra parte, solucionable,  sino  con  el  decreto  de  nulidad  de todo lo actuado, en el presente proceso,  desde   la   resolución   de   sustanciación   de  cierre  de  investigación,  inclusive”.   

No   tuvo   en   cuenta   el  demandante  que,  para  tener  por  adecuadamente  sustentada la  censura,  está  compelido  a exponer los motivos por los cuales asegura que por  razón  de  la  irregularidad  denunciada  se  violaron las garantías aludidas,  especialmente  el  derecho de defensa y el principio de legalidad citados, sobre  los   cuales   nada  dijo,  apelando a su simple enunciación.     

Igual  ocurre  con  su  afirmación  en  el  sentido  de  que  el  vicio  es  inconvalidable  dada su trascendencia, pero sin  precisar  por  qué,  máxime  cuando  para decretar la nulidad de la actuación  procesal  se aplica el principio del mismo nombre regulado en el numeral segundo  del  artículo  310  de  la  Ley  600  de  2000,  según  el  cual  “quien  alegue  la  nulidad  debe  demostrar que la irregularidad  sustancial  afecta  garantías  de los sujetos procesales, o desconoce las bases  fundamentales    de    la    instrucción    y   el   juzgamiento”.   

La sumatoria de las falencias reseñadas de  índole argumentativo, determina la inadmisión de la censura.   

          2.  Cargos  segundo,  tercero  y  cuarto  (subsidiarios). Violación  indirecta  de la ley sustancial derivado de errores de hecho por falso juicio de  identidad.   

     

1. Planteamiento:     

          Con  la  aclaración  inicial  de  que  el  primero  de  los  cargos  formulados  en el marco de esta causal tiene carácter principal respecto de los  demás,   como   también  que  el  tercero  también  lo  es  respecto  de  los  precedentes,  el  casacionista  expone  sus  fundamentos  de la siguiente forma:   

En  el  primer  reparo con sustento en este  motivo  (cargo  segundo),  sostiene  el  libelista  que se violaron por aplicación indebida los artículos  29, inciso segundo, y 104, numeral 7, del Código Penal.   

Según el censor, se incurrió en el error  de   apreciación  probatoria  invocado  porque  ninguno  de  los  testigos  que  depusieron  bajo  la  gravedad  de  juramento  en  la actuación sostuvo que los  procesados  LUIS ANTONIO Y  HÉCTOR    ESPINOSA    ALBARRACÍN    se   hubieran   puesto   de  acuerdo  para  matar  a  Darío       Fernando       Hernández      Rodríguez.   

Con el fin de demostrar ese aserto efectúa  una  síntesis de lo dicho por los declarantes Reinel  Alonso  Oliveros Barreto, Ramón Nonato Gutiérrez Salguero, Liliana Parra Vera,  Yolanda  Rodríguez  Tafur,  Yaneth  Cárdenas Arias, Norma María Navarro Rueda  y   Félix   Cárdenas  Sánchez,  de  cuyo  dicho  extrae  las  siguientes  conclusiones:   

En  primer lugar, que el provocador de los  hechos  “por  su  actitud  violenta,  pendenciera,  altanera,  pugnaz  y  escatológica” fue el occiso,  especialmente    como   así   lo   aseveraron   los   deponentes   Reinel   Alonso   Oliveros   Barreto,   Yolanda  Rodríguez  Tafur  y   Yaneth   Cárdenas  Arias.   

En   segundo  orden,  que  el  procesado  LUIS  ANTONIO ESPINOSA no  agredió  al  occiso  con  arma  cortopunzante,  apta  para lesionar y causar la  muerte,  sino  que  quien  lo  lesionó  con  un objeto de esa naturaleza fue su  consanguíneo     HÉCTOR    ESPONOSA.   

Y,  en  tercer término, que entre los dos  procesados  no  medió  acuerdo de ninguna índole, circunstancias que no fueron  aceptadas  en la sentencia de segunda instancia “no  obstante  estar  plenamente  confirmadas  por  el  dictamen  médico  legal,  el  protocolo  de  autopsia  al  cadáver  del hoy occiso Darío Fernando Hernández  Rodríguez  y  por  el  historial  clínico del mismo, allegado al proceso en un  anexo especial”.   

En  palabras  del  actor,  el  acontecer  fáctico  relatado  por  los  testigos  conduce  a interrogantes en cuanto a (i)  cuándo  se  pusieron  de  acuerdo los hermanos para lesionar, con intención de  matar,  al  occiso  y  (ii)  cuándo lo hicieron para colocarlo en condición de  inferioridad  o para aprovecharse de esa situación, frente a los cuales señala  que     el     mismo     proceso    proporciona    las    respuestas,  al  corroborar  que no hubo ningún  acuerdo  para  esos  fines,  máxime  cuando  las  explicaciones  dadas  por los  sindicados   en   sus   injuradas   coinciden  con  las  declaraciones  vertidas  por   los   referidos  Reinel  Alonso  Oliveros Barreto, Yolanda Rodríguez  Tafur  y Yaneth Cárdenas  Arias.         

Por  lo  expuesto, estima que “con  la  prueba  judicial  recaudada,  al ser valorada en forma  conjunta  y  con aplicación de las reglas de la sana crítica, como lo exige el  art.  238  del  Código  de  Procedimiento  Penal  (Ley  600  de  2000),  no  se  estableció,  no  se probó y no se corroboró que los procesados LUIS ANTONIO y  HÉCTOR   ESPINOSA  ALBARRACÍN  hubieran  actuado  dentro  de  la  demarcación  conceptual  de  la  figura  jurídica  de  la  coautoría, por acuerdo criminal,  división  del trabajo criminal, significación o importancia del aporte de cada  uno,  por haber obrado en hecho propio y con dominio del mismo, en los términos  precisos  del  art.  29  del  Código  Penal  y de la jurisprudencia sobre dicha  figura jurídica”.   

Así mismo, tampoco se estableció que los  procesados    “mancomunadamente   o   en   forma  individual,  hubieran  colocado  al  hoy occiso en condiciones de indefensión o  inferioridad  o  que se hubieran aprovechado de esa situación, en los términos  del   numeral   7   del   art.   104   del Código Penal”.   

Como,   añade,   no  se  llegó  a  las  conclusiones  reclamadas por la defensa “por cuanto  al  evaluar  los testimonios reseñados antes se distorsionó el sentido natural  y  obvio de los mismos, incurriéndose, lo decimos con sumo respeto, en error de  hecho  de  falso  juicio  de  identidad”, solicita  casar  el  fallo  impugnado  y  se  profiera  sentencia de reemplazo en donde se  declare   que   los   procesados   no   obraron   en   coautoría   “y  que,  a su vez, el homicidio consumado en la persona del hoy  occiso  Darío  Fernando  Hernández  Rodríguez, es simplemente voluntario y no  agravado”.   

En el segundo reparo propuesto con sustento  en  este  mismo  motivo  (cargo tercero),  aduce  el  censor  que se incurrió en falta de aplicación del  artículo 57 del Código Penal.   

En  ese  sentido,  indica que del conjunto  probatorio    allegado    al    proceso,    se    desprenden    las   siguientes  circunstancias:   

(i)  Fue  el  occiso  quien  asumió  una  “actitud   agresiva,  vociferando  improperios  y  amenazas      de     muerte     mutua,     posiblemente     en     estado     de  alicoramiento”,   como  así  lo  expresaron  los  testigos  Reinel  Alonso  Oliveros  Barreto, Yolanda  Rodríguez  Tafur y Yaneth  Cárdenas Arias.   

(ii)  El  propósito  de  la  presencia de  Darío     Fernando    Hernández    en  el establecimiento de comercio era cobrarle  al procesado  LUIS   ANTONIO  ESPINOSA  ALBARRACÍN  una  suma de dinero que le adeudaba por suministro de carne y que,  al parecer, estaba en mora de cancelarle.     

(iii) El occiso no aceptó ninguna clase de  disculpas  y  explicaciones por parte de LUIS ANTONIO  ESPINOSA   por   el   retardo   en   el   pago  del  dinero.   

(iv)   El   occiso   agredió  verbal  y  físicamente  al  procesado  LUIS  ANTONIO  ESPINOSA  anunciándole   que   debía  pagarle  “a  las buenas o las malas, porque de lo contrario se moría uno  o  se  moría otro y que, definitivamente, dicho procesado pagaría la deuda con  su vida”.   

(v)  Ante  dicha  situación, apremiante y  desagradable,   salió   del   expendio   de   carne   el  procesado    HÉCTOR   ESPINOSA   ALBARRACÍN,  provisto  de  uno  de los cuchillos empleado en el establecimiento, en estado de  alteración  anímica  por  lo que estaba sucediendo con su hermano, causándole  una  primera  puñalada  a Darío Fernando Hernández  dentro  del  establecimiento  y  otra  cuando  ya se  encontraba en la calle.   

De  lo  expuesto  emerge  claro, según el  libelista,  que  el  agente provocador de los hechos fue precisamente el occiso,  con  cuyo  proceder  violó  el contenido del artículo 28 de la Carta Política  “en  cuanto  consagra  el  derecho  a  la libertad  personal    de    y    dispone    (sic),  además,  que  nadie  puede ser molestado en su persona  o  familia”.   

Ese comportamiento del occiso transgredió  otras  normas  jurídicas,  señala,  como el artículo 3°, inciso primero, del  estatuto  procesal  penal, según el cual toda persona tiene derecho a que se le  respete   su   libertad,   sin   ser   molestado   en  su  persona  o  familia  y,  de  la misma forma, el  art. 3 del Código Nacional de Policía (Decreto 1355 de 1970).   

La   actitud   del  occiso,  afirma  el  demandante,   produjo   que   los  procesados  “se  alteraran  en  su  estabilidad  emocional  y psicológica, lo que determinó que  obraran,  dadas  las  circunstancias, el primero con un garrote y el segundo con  uno  de  los  cuchillos  del  expendio  de  carne, de los que tenían allí como  herramienta  de  trabajo, esto es, que obraran en estado de ira, determinado por  grave   e  injusto  proceder  del  señor  Hernández  Rodríguez”.   

Acto   seguido,   advierte  que  en  la  providencia  impugnada  no  se  tuvo  en cuenta, acorde con el artículo 238 del  ordenamiento   procesal,   el   contenido   de  los  testimonios  de   Reinel   Alonso  Oliveros  Barreto,  Yolanda  Rodríguez  Tafur  y Yaneth Cárdenas Arias  que  demostraban  la  anterior  situación,  lo cual  condujo  a  incurrir  en  el  pretextado  error  de  hecho  por  falso juicio de  identidad  “por  distorsión del sentido natural y  obvio  de  tales  exposiciones”, desconociendo que  sus     asistidos    actuaron    en    el    estado    de    ira    consagrado  en  el  artículo  57  del  estatuto represor.   

Con  fundamento en lo aludido, depreca se  case  el  fallo impugnado y, en su lugar, se declare que los procesados actuaron  en estado de ira por grave e injusto comportamiento del occiso.   

En  el último reproche formulado bajo la  égida  de la misma causal (cargo cuarto),  afirma  el  censor que se incurrió en falta de aplicación del  artículo 32-6 del Código Penal.   

Al respecto, tras enumerar algunos hechos  que  encuentra demostrados, asevera que ante el comportamiento desplegado por el  occiso,   quien   “con  golpes  contra  la  pared,  puñetazos   y   cachetadas”  puso  en  peligro  a  LUIS   ANTONIO   ESPINOSA   ALBARRACÍN,     su    consanguíneo    HÉCTOR  no  tuvo alternativa a la de defenderlo “con  lo que fuera y ante el apremio del momento se aprovisionó  de  una  de  las  herramientas de trabajo, consistente en un cuchillo con el que  lesionó  al  señor Hernández Rodríguez, impelido por el mandato de sangre de  defender  a  su  hermano  del  acto  de  violencia del que se le estaba haciendo  objeto”.   

De esta forma, alude, los actos de defensa  de  LUIS  ANTONIO, quien  provisto  de  un garrote con el fin de cuidar su propia integridad física, y de  HÉCTOR,  a su vez armado  de  un  cuchillo  para  preservar  la  integridad  física del primero, resultan  equivalentes  “si se aprecian con objetividad y mas  (sic)  si se parte de la  base  de  que  el agresor en todo sentido fue el propio victimado por su actitud  agresiva,   violenta,   pugnas   (sic)  y  escatológica  con  la  que  procedió  en contra del procesado  LUIS           ANTONIO          ESPINOSA         ALBARRACÍN”.   

Por   no  haberse  evaluado,  entonces,  conforme  al  artículo  238  del  ordenamiento  procesal  el  contenido  de los  testimonios   de   los  citados  Reinel  Alonso  Oliveros  Barreto,  Yolanda  Rodríguez  Tafur y Yaneth  Cárdenas  Arias,  no se dio aplicación, a favor de  los    sindicados,    al    artículo   32-6   del   C.P.,   incurriéndose  así  en  error de hecho por falso  juicio de identidad en su valoración.   

En  razón  de  lo  expuesto,  solicita,  “por      subsidiaridad     de     todo     lo  anterior”   se   case   la   sentencia  impugnada  declarando   que   sus   prohijados   “obraron  en  legítima  defensa  de,  cuando  menos,  los  derechos  de  liberad,  integridad  física,  tranquilidad  y  derecho al trabajo, ante grave e injusta agresión de  los mismos por parte del hoy occiso”.   

2.2.   Consideraciones   de  la  Corte:   

La  primera  observación  que  se  debe  efectuar  en  relación  con  los  tres cargos propuestos por el defensor de los  procesados  LUIS ANTONIO y  HÉCTOR     ESPINOSA     ALBARRACÍN  con  sustento  en la causal de casación de violación indirecta  de  la ley sustancial derivada de errores de hecho por falso juicio de identidad  en  la  valoración  de  las  pruebas  es  que, de acuerdo con el efecto que les  otorga  y  su  consecuencia  obvia,  no  respetan  el principio de prioridad que  regenta esta sede extraordinaria.   

De acuerdo con tal postulado, se ha dicho en  forma  reiterada  por  la  Corte,  las  censuras  deben  presentarse conforme su  cobertura  y  alcance  procesal.   Significa  lo  anterior  que, según los  efectos  previstos en el artículo 217 de la Ley 600 de 2000 si, por ejemplo, la  eventual  prosperidad  del cargo entraña la nulidad de la actuación procesal o  de  la sentencia, dicha pretensión ha de ser formulada prevalentemente respecto  de la que contrae el proferimiento de un fallo de reemplazo.   

En  otras palabras, el efecto de la nulidad  de  la  actuación  procesal  o de la sentencia -pretensiones demandables por la  causal  tercera  de  casación  de  la Ley 600 de 2000- debe proponerse en forma  prioritaria  sobre  la  que  tiene  asidero  en  la  causal primera ídem  -que  no  entraña  ningún efecto  invalidante-;   de  contera,  su  estudio  se impone preferente, pues en el  evento  de verificarse haría innecesario el estudio de los demás reparos, como  bien  se hizo en la demanda objeto de estudio al proponerse como cargo principal  el  sustentado  en  tal motivo de casación, el cual ya fue objeto de análisis.   

         

Sin embargo, no se atiene al mismo principio  el  orden  seleccionado  por  el actor para plantear  los cargos formulados  contra  la  sentencia  con abrigo en la causal de violación indirecta de la ley  sustancial, conforme a sus efectos y cobertura procesal.   

Ciertamente,   se  ha  debido  formular  prioritariamente  el  cargo  cuarto  (tercero  por  dicha causal), habida cuenta  está  dirigido  al  reconocimiento,  en  favor de los implicados, de una causal  eximente   de   responsabilidad  penal  (legítima  defensa,  consagrada  en  el  artículo  32,  numeral  6  del C.P.), lo cual implica, como fallo de reemplazo,  uno   de   carácter   absolutorio  que,  en  caso  de  prosperar,   tornaría  inane  el  estudio  de  los  restantes  reproches  cuyo alcance es menor.    

En  segundo  lugar, y como subsidiario de  éste,  el  actor ha debido formular el cargo segundo (primero por este motivo),  en  tanto,  acorde con su  pretensión,  está  encaminado  a  declarar que al no obrar los sindicados como  coautores,  se  los  debe  condenar  por  homicidio  simplemente voluntario y no  agravado.   

Y,  en  último lugar, debió proponer el  cargo  tercero  (segundo  por  la  misma  causal),  en  cuanto está dirigido al  reconocimiento  de  la atenuante punitiva de la ira, prevista en el artículo 57  ibídem,   con   una  cobertura evidentemente inferior a la de los reparos precedentes.   

No   obstante  la  incorrección,  cabe  precisar  que  ella  no incide, como lo ha indicado la Corte de forma reiterada,  en  la  determinación  que  se  debe  adoptar  en  punto al cumplimiento de los  presupuestos  legales  para  admitir las censuras, menos aun cuando, como sucede  en      este      caso,      este     tópico     carece     de     incidencia, dado que la Sala abordará  ese estudio de forma conjunta.   

Procediendo  precisamente  al  análisis  coetáneo  de los cargos  formulados  por la senda de la violación indirecta a consecuencia de errores de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad,  lo  cual no obsta para que se plasmen  observaciones  individuales,  desde  ya  encuentra  la  Sala  que ninguna de las  censuras  se allana a la naturaleza de ese yerro de valoración probatoria, ni a  la  de  cualquier  otro error viable en esta sede extraordinaria, situación que  pone  de  manifiesto deficiencias de argumentación y logicidad determinantes de  su inadmisión.   

Consecuentemente   con   lo  señalado,  imperativo  se  ofrece,  conforme  a  la  jurisprudencia pacífica de esta Sala,  evocar  los aspectos que identifican o delinean al denominado error de hecho por  falso  juicio  de  identidad  así como la carga argumentativa mínima que surge  para   quien   lo   propone,   como   única   forma   de   sacar   avante   esa  pretensión.   

         Pues  bien, se incurre en esta modalidad de yerro cuando el juzgador  tergiversa,   altera   o   distorsiona  el  contenido  objetivo  de  la  prueba,  poniéndola    a   decir   algo   que   no   emana   de   su   fiel   expresión  material.   

Por  lo mismo, como mucho lo ha recabado la  Sala,   este   yerro   es,  strictu    sensu,    de  contemplación  objetiva  de la prueba surgido luego de auscultar su contenido y  de  confrontarlo  con lo consignado por el sentenciador acerca de ella, debiendo  recaer,  necesariamente,  sobre  un  elemento de juicio trascendente frente a la  decisión adoptada.   

En ese orden de ideas, el yerro no procede,  en  contraposición,  cuando  lo  que  se  pretende  es  discutir  en torno a la  credibilidad  que  ofrece  el  medio  de  prueba.  Es  por  ello que la Corte ha  precisado  que,  en aras de cumplir los presupuestos de admisibilidad de una tal  censura, se ha de verificar lo siguiente:   

     

i. Individualizar  o  concretar  la  prueba sobre la cual recae el supuesto yerro.     

     

i. Evidenciar cómo fue apreciada por  el fallador.     

     

i. Señalar  de  qué  forma  esa  valoración   tergiversa   o   distorsiona   su  contenido  material,  esto  es,  puntualizar  la  supresión o agregación de su contexto real para de allí  inferir que en realidad se alteró su sentido.     

iv)  Establecer  la trascendencia del yerro  frente  a  lo  declarado  en el fallo, es decir, concretar por qué la sentencia  debe  mutarse  favorablemente  al  demandante,  ejercicio  que  lleva inmersa la  obligación  de  demostrar  por qué el fallo impugnado no se puede mantener con  fundamento en las restantes pruebas que lo sustentan.    

v)   Demostrar  que  con  el  defecto  de  apreciación   se  vulnera  una  ley  sustancial  por  falta  de  aplicación  o  aplicación indebida.   

         

          Pues  bien, aun cuando el casacionista seleccionó este error en los  tres  cargos  enderezados  por  esta causal, ninguno de ellos resulta compatible  con su naturaleza, de acuerdo con lo que viene de precisarse.   

          En   efecto,   en   cada   una  de  estas  censuras  simplemente  se  individualizaron  las  probanzas  sobre  las  cuales  recae  el  supuesto  yerro  valorativo  sin  efectuar  esfuerzo  alguno  tendiente  a demostrar cuál de sus  apartes  fue  cercenado, mutilado o agregado por el sentenciador y su incidencia  frente  a  lo  declarado en el fallo, pues, a lo que se circunscribió el censor  fue  a  darlo  por  demostrado  sin  acometer  este  ejercicio, al margen de las  comprobaciones exigidas.    

          Es  así  cómo  sólo  en el segundo reparo (primero por la causal)  hizo   referencia  específica  al  contenido  de  cada  una  de  las  probanzas  referidas,  pero  resumiendo  de  forma  conveniente  su  contenido  para,  acto  seguido,  extraer  sus propias conclusiones sobre su credibilidad y, al señalar  que  tales  inferencias  particulares  no coinciden con lo decidido en el fallo,  estima configurado el vicio.   

          Es  claro  que  esa forma de abordar las  censuras  en  nada se asimila a la modalidad de error de apreciación probatoria  invocada  por  el censor y que sólo se admitiría en terrenos del llamado error  de  hecho  por  falso  raciocinio, pero ello condicionado a demostrar que en esa  valoración  el  juzgador  desconoció reglas de la sana crítica, verificación  que  aquí tampoco se desarrolla, hasta el punto de que ninguna mención se hace  al  desconocimiento  de  postulados  científicos,  de  la  experiencia  o de la  lógica, aspectos que conforman ese predicado.     

          Empero,  el  mayor  desacierto  del casacionista estriba en no haber  formulado  error  alguno  con  la  entidad  de  socavar  la constitucionalidad o  legalidad   del   fallo   objeto  de  ataque,  al  margen,  ciertamente,  de  la  denominación  técnica  que  utilice,  pues,  cabe  recordar  que  este recurso  extraordinario  no  se puede concebir como un mero juicio técnico o formal sino  que  fundamentalmente  es de contenido sustancial, ante lo cual poco importa que  el  censor  se  equivoque en la denominación de un yerro si en el fondo propone  un desacierto judicial con la incidencia precisada.   

         Lo  dicho  en precedencia porque el casacionista reduce su propuesta  contenida  en  los  cargos  objeto  de  análisis en este acápite a disentir en  torno  al  mérito  o  credibilidad  que les fue otorgado a los medios de prueba  señalados  desde  una  perspectiva  subjetiva, con el anhelo de que su criterio  personal valorativo prime sobre el expuesto por el sentenciador.   

Tal  forma  de concebir el recurso no tiene  cabida  en  esta  sede  por  no  constituir una tercera instancia de decisión y  porque  tampoco logra desvirtuar la doble presunción de acierto y legalidad que  gobierna  al  fallo, para lo cual es preciso demostrar, de acuerdo con la causal  de  casación  seleccionada,  yerros  trascendentes  en  la  apreciación de las  pruebas con incidencia en la ley sustancial.   

   

Aun    cuando    lo    anteriormente   expuesto  de  suyo  es  suficiente   para   colegir   la  inadmisión  del  libelo,  a  ello  se  aúnan  deficiencias  argumentativas  individuales  de  los  reproches que ratifican esa  conclusión.   

Así,  con  respecto  al  cargo  de mayor  cobertura,  esto  es,  el  formulado  indebidamente  como último del libelo, en  donde  se  pregona  que  los  procesados  actuaron  amparados  en la eximente de  responsabilidad  de  la  legítima defensa contenida en el artículo 32, numeral  6,    del   Código   Penal,   porque   fue   el   occiso   quien   “con     golpes     contra     la     pared,     puñetazos    y  cachetadas”   puso   en  peligro  a  LUIS   ANTONIO  ESPINOSA  ALBARRACÍN,  ante  lo  cual  los  procesados  no  tuvieron  alternativa  a  la  de defenderse  ocasionándole  la  muerte  al  agresor,  como  de  esa forma, dice el censor lo  manifestaron  los  testigos  Reinel  Alonso Oliveros  Barreto,   Yolanda  Rodríguez  Tafur  y  Yaneth  Cárdenas  Arias, se advierte  que    en    esa   pretensión   no   se   sujeta   a   la   estricta   realidad  procesal.   

Ciertamente,  revisado  el  contenido  de  estas  pruebas  se  constata que los dos primeros ninguna aseveración plasmaron  sobre            el            particular7,  al  ser  coincidentes  en  señalar  que  su  percepción  de  los  hechos  no  se  remontó a los momentos  iniciales  de  la  reyerta  cuando  el  occiso  hizo  el  reclamo de la cantidad  adeudada  a LUIS        ANTONIO        ESPINOSA        ALBARRACÍN.   

Pero  además, y esto también es válido  para  la  propuesta  contenida  en  el  cargo tercero del libelo donde reclama a  favor  de  sus  defendidos  la  atenuante  punitiva  de la ira contemplada en el  artículo  57  del estatuto sustantivo penal, el reconocimiento de tales figuras  jurídicas,  léase  eximente  de  responsabilidad y atemperante, como lo tienen  dicho  de  antiguo  jurisprudencia  y doctrina, no está supeditada al análisis  exclusivo  de  la  conducta  desplegada  por  la  víctima  (agresión  actual e  inminente  para  la  legítima  defensa y comportamiento grave e injusto para la  atenuante),  sino  a  otra  serie  de  presupuestos de los que hace abstracción  conveniente  el libelista o, simplemente, los da por demostrados al margen de lo  expuesto  en  los  fallos  de instancia para negar en este caso su concurrencia,  tornando  intrascendentes, por tanto, las prédicas, amén de que el dicho de la  testigo    Yaneth    Cárdenas   Arias,  única  en  referir  una  agresión extremadamente violenta del  occiso     hacia     LUIS     ANTONIO    ESPINOSA  ALBARRACÍN -sólo  refrendada  por  la cónyuge de este procesado Norma           María          Navarro          Rueda- fue objeto de serios reparos por los  juzgadores8,  sobre lo cual tampoco se pronuncia el censor.      

Por  otro  lado,  en  lo  que toca con el  segundo  cargo  (primero  propuesto  por esta causal), de acuerdo con el cual no  está  demostrado con las pruebas citadas que hubiera existido acuerdo entre los  consanguíneos  para  realizar la conducta y colocar en estado de indefensión a  la víctima, también es evidente su falta de trascendencia.   

Lo  dicho,  porque  no  se  atacan  los  fundamentos  de  la decisión recurrida en donde queda claro que dicho pacto fue  tácito.    Es   decir  que  realmente  no  existe  discordancia  entre  la  valoración  de  tales  medios  de  prueba por el sentenciador y el censor, pues  ambos  coinciden  en  que  la prueba no revela tal aspecto, sino que se dejó de  lado  que ello se infirió  de   su   contenido,   por   lo   que   la   vía   correcta  para  controvertir  ese  juicio  en esta sede  era  a  través  del  falso  raciocinio,     con     sujeción     a    los    parámetros    sentados  por     la     Sala    al    respecto.   

Sobre el hecho de que el acuerdo entre los  procesados   no   fue   expreso,   precisó   el  ad  quem,   al    analizar    el    fenómeno    de    la    coautoría,    lo  siguiente:   

“A  juicio  de  la  Corporación,  las  acciones   desplegadas   por   los   hermanos  ESPINOSA  ALBARRACÍN  de  manera  mancomunada,  inequívocamente  marchaban hacía un mismo fin, el que finalmente  se  cumplió con la muerte del hoy occiso.  Cabe  anotar  que  ese  consentimiento puede ser previo, o como ocurre en este evento,  concurrente  al  momento  de cometer el ilícito, caso en el cual se exterioriza  en   un   acuerdo   tácito,   pero  en  todo  caso  dirigido  hacía  un  mismo  fin”9         (subraya fuera de texto).   

El cúmulo de las falencias reseñadas, que  se  traducen  en  serios  defectos  de  argumentación de las censuras objeto de  examen en este aparte, determinan su inadmisión.   

Finalmente dígase, con respecto a todas las  censuras,  que  por  incumplir  los  requisitos  previstos  en el artículo 212,  numerales  3°  y  4°,  de la Ley 600 de 2000, se inadmitirán. Además, porque  los  vicios  que  evidencian  no  son  subsanables  por  virtud del principio de  limitación  regente en esta sede extraordinaria, consagrado en el artículo 216  ibídem.    

         3. Casación oficiosa:   

De  acuerdo  con  la potestad otorgada a la  Sala  para  casar  oficiosamente  el fallo en tratándose de la causal tercera o  cuando  sea ostensible que atenta contra garantías fundamentales prevista en el  artículo        216        ejusdem,  se procederá  en  tal  sentido, sin necesidad de, como antes se hacía, correr previo traslado  al           Ministerio           Público10.   

Ciertamente,   sometido  a  revisión  el  expediente,  se  encuentra  que  en  la  sentencia de primer grado se dedujo una  circunstancia   de   mayor   punibilidad   no  contemplada  expresamente  en  la  resolución  de  acusación, incidente en el proceso de individualización de la  pena,  situación  inadvertida por el Tribunal, que impone la necesidad de casar  parcialmente el fallo.   

Previo  a  hacer referencia concreta a esta  situación,  la  Corte  estima oportuno precisar que en tratándose de la causal  prevista  en  el  numeral  segundo  del  artículo 207 de la Ley 600 de 2000 por  incongruencia  entre  la  sentencia  y  la  acusación, se ha reiterado que ella  tiene  lugar  cuando  se  afecta la estructura lógica del proceso, y de paso se  vulnera  el  derecho  de  defensa, en cuanto el fallo introduce nuevas conductas  punibles,   agrega   circunstancias  específicas  de  agravación  o  de  mayor  punibilidad,  desconoce  las  específicas de atenuación o de menor punibilidad  tenidas  en  cuenta  al  momento  de  calificar  o hace más gravosa la forma de  intervención  en el delito, en cuyo caso se impone un nuevo fallo que se sujete  al marco fáctico y jurídico de la acusación.   

          Sobre  esta base, sin dificultad alguna se observa     que  la  sentencia  desbordó  el  marco  de la resolución de acusación porque  atribuyó  la  circunstancia  de mayor punibilidad prevista en el numeral 10 del  artículo  58 de la Ley 599 de 2000 (por obrar en coparticipación criminal), no  imputada  jurídicamente en la resolución de acusación de primer grado fechada  20  de  abril  de  2006,  ni  en  la  de  segunda instancia, confirmatoria de la  anterior,  del  17  de  octubre  siguiente, dictada por el Fiscal Sexto Delegado  ante el Tribunal de Ibagué.   

          Además,   la   deducción  de  esta  circunstancia  de  agravación  incidió   efectivamente   en  la  dosificación  de  la  pena  impuesta  a  los  procesados  LUIS  ANTONIO  y  HÉCTOR      ESPINOSA     ALBARRACÍN,  como  así  lo  consignó el juzgador a  quo,  al  indicar que la sanción, por su concurrencia  con  la  de  menor  punibilidad  derivada  de la carencia de antecedentes de los  implicados,  condujo  a  ubicar  la sanción “dentro  del  primer  cuarto  medio”,  imponiendo  como  pena  definitiva el mínimo de ese margen.     

En  consecuencia,  según  se  anunció,  deviene  imperativo casar  parcial  y  oficiosamente  el  fallo  impugnado,  en  tanto la atribución de la  referida  circunstancia  de  agravación influyó en la individualización de la  pena  principal  privativa  de la libertad impuesta a los procesados.    

Por consiguiente, la Sala procederá a su  inmediata  redosificación,  para  lo cual se respetarán los parámetros que en  tal  sentido  tuvo  en  cuenta  el  a-quo,  por  haber sido quien se ocupó de tal tópico pues, como ya se  precisó, el Tribunal ninguna acotación efectuó al respecto.   

    

En  ese  orden  de ideas, al marginar del  proceso  dosificativo  de  la  pena  la  circunstancia  aludida,  la  pena ha de  situarse,  atendiendo  a  lo señalado en el inciso segundo del artículo 61 del  Código   Penal,  en  el  cuarto  mínimo,  en  tanto  concurre  únicamente  la  circunstancia   de   menor   punibilidad   reconocida  en  el  fallo,  relacionada  con  la  carencia  de  antecedentes de los sindicados (art. 55, num. 1 ib.).   

Y,  dentro de este ámbito, siguiendo los  derroteros  de  la  sentencia  impugnada,  se  fijará  como  pena  el  mínimo,  para  una pena definitiva a imponer a los procesados  LUIS    ANTONIO    y  HÉCTOR    ESPINOSA    ALBARRACÍN    de    veinticinco   (25)   años   de  prisión.   

Resta  señalar que los demás aspectos del  fallo impugnado no se afectan con ocasión de lo aquí decidido.   

         En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

1.-     INADMITIR     la  demanda  de  casación presentada por  el   defensor   de   los   procesados  LUIS  ANTONIO  y    HÉCTOR   ESPINOSA  ALBARRACÍN,   de   conformidad  con  los  argumentos  manifestados en la parte motiva de esta providencia.   

2.-    CASAR    OFICIOSA  y  parcialmente  el  fallo  de  segundo  grado  en el sentido de  modificar   la   pena   principal   impuesta   a   los  procesados  LUIS    ANTONIO    y    HÉCTOR    ESPINOSA   ALBARRACÍN   a  veinticinco (25) años de prisión.   

         3.        En lo demás, el fallo impugnado se mantiene incólume.   

Contra  esta decisión no procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese  y  cúmplase.   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

        JOSÉ            LEONIDAS           BUSTOS  MARTÍNEZ                   SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

                Comisión         de  servicio   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                         AUGUSTO            J.            IBÁÑEZ  GUZMÁN                                   

              Comisión de servicio   

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS                          YESID  RAMÍREZ  BASTIDAS                                                                     

JULIO        E.        SOCHA  SALAMANCA                   JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria    

1 Fol.  39 del c.o. No. 1.        

2 Fol.  52 ib.   

3 Fol.  54 ib.   

4 Fol.  69 ib.   

5 Fol.  51 del c.o. 1.   

6  Mediante  oficio  No.  2205  de mayo 25 de 2005, fol. 80 del c.o. 1.     

7 Fols.  219 y 17 del c.o. 1.   

8   Ver  pág.  15  del  fallo  de primer grado y 14 del fallo de segunda instancia.   

9  Págs.  8-9  del fallo de segunda instancia.         

10 Cfr.  Decisión del 12 de septiembre de 2007, rad. 26967.     

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