32259(16-09-09)

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  32259   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 295.  

Bogotá, D.C., dieciséis de septiembre de dos  mil nueve.   

V    I    S   T   O  S   

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  de  la  demanda  de casación presentada por el representante de la parte civil,  contra  el  fallo  de  segunda  instancia que profiriera el Tribunal Superior de  Yopal,  Casanare,  fechado  el  25  de marzo de 2009, mediante el cual confirmó  integralmente  la sentencia emitida por el Juzgado Segundo Penal del Circuito de  esa  ciudad,  a través de la cual se absolvió a RUBIEL ÁNGEL VILLEGAS MUÑOZ,  del delito de fraude procesal por el que se le acusó.   

LOS HECHOS  

Fueron  narrados  en la sentencia de segundo  grado, del siguiente tenor:   

“Se  originó  la  investigación  por  la  denuncia  instaurada  por   las señoras ELVIA BOHORQUEZ y OLGA LAVERDE, en  contra  de  ÁNGEL  VILLEGAS  MUÑOZ,  dando  cuenta  que en al año de 1998, la  señora  OLGA CECILIA LAVERDE, sirvió como codeudora de ELVIA MARÍA BOHORQUEZ,  en  la  adquisición de un préstamo por parte del señor RUBIEL ÁNGEL VILLEGAS  MUÑOZ,  como  representante  de  la  sociedad  AGROARROZ Ltda., para tal fin se  suscribió  un  pagare  (sic)dentro  del  cual  firmaron  las  denunciantes como  deudora  y codeudora, con autenticación de sus firmas en la Notaría Primera de  esta ciudad.   

A  pesar de que dicho crédito fue cancelado  antes  del término pactado, pese a ello no existió devolución del pagaré sin  vigencia.  Posteriormente  en  el  año de 1999 se otorga un nuevo crédito a la  señora  BOHORQUEZ,  el  cual  no pudo cumplir, pero la empresa AGROARROZ decide  diligenciar  el  pagaré  sin  mediar  ningún tipo de autorización, el cual se  encontraba  en  su  poder y cuya obligación ya se había cancelado. Finalmente,  este  título valor fue objeto del proceso ejecutivo radicado con el N° 200-670  que  se  adelanta  en  el  juzgado Segundo Promiscuo Municipal de Yopal, y en el  cual  se  practicaron  medidas cautelares en contra de la codeudora y se emitió  fallo que fue confirmado en segunda instancia.”   

DECURSO PROCESAL  

La  denuncia  escrita fue presentada por las  presuntas  afectadas  el  10  de  septiembre  de  2004,  y le fue repartida a la  Fiscalía  33  Seccional  de  Yopal,  agencia  judicial  que con fecha del 21 de  septiembre de 2004 abrió investigación previa.   

El  asunto  le  fue  repartido después a la  Fiscalía  13  Seccional  de Yopal, organismo que decretó la apertura de formal  instrucción  el  7  de  septiembre  de  2005.  Allí  mismo se dispuso vincular  mediante indagatoria a RUBIEL ÁNGEL VILLEGAS MUÑOZ.   

El  14  de  octubre  de  2005, tuvo lugar la  injurada del procesado.   

El  20  de  octubre  de  2005,  la Fiscalía  emitió  interlocutorio  en  el  cual  declaró  prescrito el delito de abuso de  confianza   “no   obstante   que  en  la  presente  investigación,    no    se    ha    investigado   el   delito   de   ABUSO   DE  CONFIANZA”.   

El  día 3 de noviembre de 2006, se decretó  el   cierre    de  la  investigación.   Consecuentemente,  el  20  de  diciembre  de  2006,  fue  calificado  el  mérito  del  sumario  profiriéndose  resolución  de  acusación  en  contra  de  RUBIEL  ÁNGEL  VILLEGAS MUÑOZ, en  calidad de autor del delito de fraude procesal.   

Ejecutoriada la resolución de acusación, el  asunto  le  fue repartido, para adelantar la fase del juicio, al Juzgado Segundo  Penal  del  Circuito  de  Yopal, despacho que celebró la audiencia preparatoria  el  3 de agosto de 2007.   

Los  días  19  de  octubre  de  2007 y 5 de  febrero    de    2008    se   llevó   a   cabo   la   audiencia   pública   de  juzgamiento.   

El  19  de noviembre de 2008, fue emitido el  fallo  de  primer  grado,  en el cual se absolvió al procesado. En contra de lo  decidido  interpuso  y  sustentó  oportunamente  el  recurso  de  apelación el  representante legal de la parte civil.   

Finalmente,  el  25  de  marzo  de  2009, el  Tribunal   de   Yopal   confirmó   en  su  integridad  lo  resuelto  por  el  A  quo.   

LA DEMANDA  

El   casacionista,   quien   actúa   como  representante  de  la  parte  civil,  comienza por significar una sola la causal  alegada,  para  después  especificar  que  la  crítica  se enfila por la senda  indirecta  del error de hecho, fundado en un falso raciocinio, que condujo a que  el  Tribunal  aplicase  los artículos 29 de la Constitución Política y 7° de  la  Ley  600  de  2000, y a cambio, obviara tomar en consideración el artículo  182 del C.P.   

Para  sustentar  su  postura,  el recurrente  realiza  su particular interpretación de los hechos, para concluir de ellos que  efectivamente  el  procesado  ejecutó  el  delito  por  el  cual se le llamó a  juicio,  dado  que  utilizó  un  pagaré entregado por las presuntas afectadas,  para  cobrar  una  deuda posterior a la que este garantizaba, no obstante que el  crédito  original  ya  se  había cubierto y  la segunda obligación sólo  favoreció a una de las firmantes del citado título valor.   

Cita  el  impugnante, a renglón seguido, lo  evaluado  probatoriamente  por  el  Tribunal,  especialmente  lo  narrado  en la  indagatoria  por  el  procesado acerca de la práctica comercial común de hacer  valer  un  pagaré  para  soportar  créditos  reiterados  y no uno en concreto,  controvirtiendo  que ello pueda ser así, pues, en sentir del recurrente, atenta  contra las máximas de la experiencia.   

Para  el  casacionista  las  máximas  de la  experiencia    vulneradas   operan   de   la   siguiente   forma:   “En  materia  comercial,  la   experiencia  nos  indica  que  cuando  dos  personas  firman  un pagaré, para obtener créditos, solamente las  dos,   y   no   una   sola,   pueden   solicitar  los  créditos  a  la  empresa  correspondiente.  De  la  misma manera, la empresa en el evento de que sólo una  de  dichas  personas  comparezca  a  solicitar  créditos,  debe  contar  con la  autorización  y  el  consentimiento  por  escrito  de la persona que no se hizo  presente  a  solicitar el crédito. Esta es la regla de la experiencia que surge  conforme  a  la  razón  de  ese  conocimiento  adquirido por el diario vivir de  cualquier persona en materia comercial.”   

De haber acudido a la regla propuesta, anota  el  censor, el Tribunal necesariamente habría concluido que el procesado actuó  de  manera  ilícita,  ejecutando el delito de fraude procesal por el cual se le  acusó.   

Añade   el  demandante  que  el  Tribunal  “hace   mal”   cuando  observa  que  las  denunciantes  debieron  acudir a reclamar el título valor al  momento  de  haber cancelado el crédito, dado que era obligación de la empresa  llamarlas  “para acordar el otorgamiento de nuevos y  futuros  créditos”.  En  este  sentido,  agrega, se  prodiga  un  trato  desigual  a las denunciantes cuando se les obliga a acudir a  reclamar  el  pagaré,  pero  no  se  establece  para la empresa la exigencia de  devolver el título valor una vez cubierta la deuda que respaldaba.   

Advierte,  además,  que el título valor no  consigna  expresamente  su  capacidad  para  avalar  créditos futuros y tampoco  existe  prueba  de  que  con  posterioridad  al  crédito inicial, efectivamente  pagado,  la  codeudora, Olga Cecilia Laverde Grosso, hubiese acudido a solicitar  otros,  razón  por  la  cual  el  pagaré  no  podía  servir  para perseguirla  ejecutivamente.   

Señala  el  recurrente,  finalmente, que el  procesado  usó  el pagaré sabiendo que no podía hacerlo valer en contra de la  codeudora,  con  lo  cual  engañó  al  Juez  encargado de adelantar el proceso  ejecutivo,  configurando  de este modo el delito de fraude procesal, conclusión  a  la  que  debió  arribar  el  Tribunal,  de  no  haber  incurrido en el yerro  valorativo atrás reseñado.   

En consecuencia, depreca el demandante que se  case  la  sentencia  y  en  su lugar se emita sentencia de condena en contra del  acusado, por el delito de fraude procesal.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

En primer término, debe hacerse hincapié en  cómo  la  Corte,  de  manera pacífica y reiterada ha advertido la necesidad de  que  la  demanda  de  casación  comporte  un  mínimo rigor lógico jurídico y  argumental,  pues,  no  se trata de hacer valer una especie de tercera instancia  que  sirva  de  escenario  adecuado  a  la  controversia  ya  superada  por  los  falladores  de  primero  y  segundo  grados, en la cual se pretende anteponer el  particular  criterio  o valoración probatoria, a aquel que sirvió de soporte a  la  decisión  de los jueces A quo y ad quem, entre otras razones, porque a esta  sede  arriba  la  decisión  judicial  con  una  doble connotación de acierto y  legalidad.   

         Se   faculta,  por  ello,  que  la  dicha  presunción  sea  quebrada a  través   de  criterios  claros,  lógicos,  coherentes  y  fundados,   derivados  del compromiso de demostrar  la  violación  en  la  cual  incurrió el fallador, suficiente para echar abajo  el    contenido    de  verdad  de la sentencia, en  el  entendido de que, de no haberse materializado el yerro, otra hubiese sido la  decisión       y  precisamente     así  se   ofrece  trascendente  recurrir al mecanismo extraordinario de impugnación.   

         Para  ilustración  del demandante y con criterios pedagógicos, la  Corte  estima  tempestivo  traer  a  colación  lo  que ya de manera pacífica y  reiterada    ha   establecido   en   punto   de   la   forma   de   argumentar  lógicamente  respecto  de  la  supuesta  existencia de  errores    de    hecho    por   falso   raciocinio1:   

“Los  errores  probatorios  de  hecho,  a  diferencia  de  los  de derecho, obligan a quien los  invoca  a  aceptar que la prueba respecto de la que los alega fue reconocida por  el  funcionario  como  legal,  regular y oportunamente allegada al proceso, toda  vez  que  lo  discutido  constituye  vicios fácticos que se desarrollan en tres  modalidades:  falso  juicio  de  existencia,  falso  juicio de identidad y falso  raciocinio.   

Incurre  en  falso  juicio  de existencia el  fallador  que  omite  apreciar el contenido de una prueba legalmente aportada al  proceso  (falso  juicio de existencia por omisión), o cuando, por el contrario,  hace  precisiones  fácticas  a  partir  de un medio de convicción que no forma  parte  del proceso, o que no pertenecen a ninguno de los allegados (falso juicio  de existencia por suposición).   

El  falso  juicio de identidad se diferencia  del  anterior en que el juzgador sí tiene en cuenta el medio probatorio legal y  oportunamente  practicado,  pero,  al  aprehender  su  contenido,  le  recorta o  suprime   aspectos  fácticos  trascendentes  (falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento),  o le agrega circunstancias o aspectos igualmente relevantes que  no  corresponden  a  su  texto  (falso  juicio  de identidad por adición), o le  cambia  el  significado  a  su expresión literal (falso juicio de identidad por  distorsión o tergiversación).   

La  acreditación  de  un  falso  juicio  de  existencia  o  de  un falso juicio de identidad, por tratarse de vicios objetivo  contemplativos,   es   en  extremo  elemental.  En  el  primer  caso  basta  con  identificar  el  contenido  de  la  prueba omitida y el lugar en el que ésta se  halla  adosada  a  la  actuación,  o  con  señalar  la precisión fáctica que  corresponde  a  un medio de prueba extraño a la actuación o que no pertenece a  alguno  de  los  legalmente  aportados;  y  en  el segundo, es suficiente con la  comparación  de lo que de manera fidedigna revela la prueba, con la síntesis o  aprehensión  que  su  contenido  hizo  el funcionario, en aras de evidenciar el  cercenamiento, la adición o la tergiversación de su texto.   

Finalmente,  el  falso raciocinio difiere de  los  anteriores  en  que  el  medio  de  prueba  existe  legalmente y su tenor o  expresión  fáctica  es aprehendida por el funcionario con total fidelidad, sin  embargo,   al   valorarla,  al  sopesarla,  le  asigna  un  poder  suasorio  que  contraviene  los  postulados  de  la  sana  crítica, es decir, las reglas de la  lógica,  las  máximas  de  la experiencia o sentido común, o las leyes de las  ciencias,  y  en  tales  eventos  el  demandante corre con la carga de demostrar  cuál  postulado  científico,  o cuál principio de la lógica, o cuál máxima  de  la  experiencia  fue desconocido por el juez, e igualmente tiene el deber de  indicar  cuál  era  el  aporte  científico  correcto,  o  cuál  el raciocinio  lógico,  o  cuál  la  deducción  por  experiencia  que  debió aplicarse para  esclarecer el asunto.   

No  sobra destacar que, adicionalmente, como  es  sabido,  bien  se  trate de errores de derecho o ya de hecho, tras demostrar  objetivamente  el dislate, es perentorio acreditar su trascendencia o, lo que es  lo  mismo, que de no haberse incurrido en él, la declaración de justicia hecha  en  sentencia  habría  sido  distinta  y  favorable  a  la  parte  que alega el  respectivo desaguisado.”   

         Con  estos  derroteros,  es claro para la  Sala  que  el casacionista  lejos  de fundamentar adecuadamente el presunto yerro de raciocinio atribuido al  Tribunal,  utiliza  la  denominación  del  cargo  como  simple  plataforma para  introducir,  en  típico  alegato  de  instancia  por  completo  ajeno a la sede  casacional,  su  particular  e  interesada  concepción  de  lo  que  la  prueba  arroja, buscando contraponer sus argumentos a los que  se  plasmaron por las instancias, con lo cual olvida que esas sentencias arriban  a  la  Corte  prevalidas  de una doble connotación de acierto y legalidad sólo  derrumbable  cuando  se  demuestra  ostensible  y trascendente la existencia del  vicio predicado.   

         Concentrados,   entonces,   en   el   tema  de  las  reglas  de  la  experiencia,  bastión  único  del cargo propuesto por el casacionista, para la  Sala  es claro que el razonamiento utilizado por los falladores para soportar la  decisión  absolutoria, otorgando credibilidad al procesado cuando significa que  el  despacho  de  mercancías  a  crédito  opera  siempre bajo el resguardo del  pagaré  firmado  anteladamente  por  el  cliente,  con  el cual no se avala una  compra  en  particular, sino las futuras, no puede válidamente controvertirse a  partir  de  una  que no es regla de la experiencia sino afirmación ficticia del  recurrente,  fundada  no en lo que normalmente ocurre, sino en su concepción de  las   normas   regulatorias   de   este   tipo   de   contratos   de   ventas  a  crédito.   

         En      otras      palabras,      cuando     el     casacionista   afirma   que   “la  experiencia  nos  indica  que  cuando dos personas firman un  pagaré,  para  obtener  créditos,  solamente  los  dos,  y no una sola, pueden  solicitar    los    créditos    a    la   empresa   correspondiente”,  no  está  relacionando,  así  lo  diga,  una  regla  de  la  experiencia,  sino  tratando  de  introducir una presunta norma que impide a uno  solo de los firmantes solicitar el préstamo en cuestión.   

         Sin  embargo,  no  dice  el  recurrente dónde se halla inserta esa  norma  o  cómo  opera para el caso concreto, constituyéndose su afirmación en  mera   petición   de   principio  carente  de  soporte  fáctico,  jurídico  o  probatorio.   

         Mucho  más,  si ni siquiera aborda en concreto el tema del pagaré  y      sus      efectos      sobre     el     contrato     principal.   

         Si  de  verdad  lo postulado tuviese vocación de representar regla  de  la  experiencia,  cuando menos habría de explicar  el  casacionista  en  dónde  residen  sus  características  de  generalidad  y  universalidad,  a  partir  de  las  cuales  deducir  que,  en  efecto,  en casos  similares   se   acostumbra   obrar  como  lo  propone  y  ello  desvirtúa  las  conclusiones a las cuales llegó el Tribunal.   

         En  su  real  contenido  argumental,  la  manifestación del censor  apenas  constituye la aseveración que pretende contraponer a las inferencias de  las   instancias,   esto   es,   cuando   el  Tribunal  manifiesta  posible  que  efectivamente  el  pagaré  sirva para soportar créditos futuros, razón por la  cual  no  se  devuelve  cuando  se  cancela  la deuda  primigenia,  el  impugnante contrapone que ello no es  así  en  atención  a que los créditos futuros deben ser solicitados por ambas  firmantes del título valor.   

         Y,  para  evitar  demostrar su aserto, recurre al fácil expediente  de llamarlo máxima de la experiencia.   

         Algo  similar  ocurre  con  esa  segunda  regla  de  la experiencia  planteada:  “la  empresa  en el evento de que sólo  una  de  dichas  personas  comparezca  a solicitar créditos, debe contar con la  autorización  y  el  consentimiento  por  escrito  de la persona que no se hizo  presente  a  solicitar el crédito”, evidente que su  construcción  gramatical no se emparenta con lo que cabe esperar de ese tipo de  máximas  comunes,  sino  que  remite  a  una especie de deber cuya fuente   obligacional nunca se precisa.   

         Esto   es,   cuando   el   recurrente  especifica  que  la  empresa  “debe”   allegar  la  autorización  o  consentimiento  escrito  del  otro  firmante  del  pagaré, de  ninguna  manera  está  aludiendo  a  que  por  regla  general  y dentro de un ámbito universal, así sucede en este tipo de contratos  mercantiles  de  suministro,  sino  que  postula  una  especie de obligación legal o mercantil de cargo del  vendedor,  absteniéndose  de  identificar  el  cuerpo normativo u origen de esa  exigencia.   

         En  suma,  el Tribunal, como lo señala en la amplia transcripción  el  demandante,  estimó  posible  que efectivamente el pagaré utilizado por el  procesado   para   hacer   valer   una   deuda  que  efectivamente  había  contraído  con  la  empresa una de sus firmantes, no sólo  avalase  el  crédito  inicialmente  pagado,  sino  otros  futuros,  y  por ello  absolvió  al  acusado  del  delito  de  fraude procesal, radicado en el acto de  utilizar  el  título  valor como soporte de la demanda ejecutiva incoada contar  las signantes del documento.   

         En  contrario, para desvirtuar las apreciaciones de las instancias,  el  impugnante  se  limita  a sostener que los futuros créditos avalados por el  pagaré  deben  ser solicitados de consuno por todos sus firmantes y que para el  efecto    debe    mediar    autorización    escrita   de   quien   “no  se  hizo  presente  a  solicitar el crédito”,  pero  ningún elemento de juicio aporta para soportar una tesis  que,  así  planteada, cae en el vacío por virtud de  su abierta indeterminación.   

        Por  lo  demás,  en  punto  de  trascendencia,  si  en  gracia de  discusión  se  dijera que esa afirmación escuetamente planteada constituye una  máxima  de  la  experiencia, bien poco hizo el censor para delimitar el alcance  global  del  presunto  yerro, pues, sólo menciona la  indagatoria  del  procesado,  para  contraponer  a  ella  su  regla,  pero obvia  referirse  a  la totalidad de elementos suasorios allegados a la encuesta y a la  forma  en  que  incide  sobre  el  análisis  probatorio  conjunto  esa presunta  violación, al extremo de obligar la condena del procesado.   

        En  este  sentido,  para  delimitar  ese  aspecto  fundamental  de  trascendencia  no  basta con sostener que en virtud de determinarse necesaria la  concurrencia  de  ambas  firmantes del documento a solicitar el crédito futuro,  como  en  el  caso concreto así no ocurrió, ello por sí solo demuestra que el  acusado  sabía la condición ilícita del título valor y por ende “engañó   al   juzgado  donde  se  llevó  (sic)  a  cabo  las  diligencias civiles”.    

        Conocido   que   para  condenar  se  requiere,  en  términos  del  artículo  232  de  la Ley 600 de 2000, regulatoria del asunto examinado, prueba  que  conduzca  a  la  certeza de la conducta punible y de la responsabilidad del  procesado,  inconcuso  surge  que  la  carga  argumental del demandante  en  casación,  cuando  lo  pretendido  es mutar absolución por condena,  debe  encaminarse a demostrar, una vez verificado el yerro, que  adecuadamente  considerados los elementos de juicio en su conjunto, ellos  demuestran  no  sólo la tipicidad objetiva de la conducta,  sino  la adecuada configuración de la antijuridicidad y  la participación  dolosa, para lo estudiado, del acusado.   

        Esos,   salta   a   la  vista,  no  fueron  tópicos  tomados   en   consideración   por  el  recurrente,  dejando   huérfana,   como   se   dijo,   de   demostración   de  trascendencia el cargo planteado.   

          Como  está  claro  que  el mecanismo extraordinario de impugnación  escogido  por  el  demandante  no  se  halla  instituido como tercera instancia,  posibilitando  ese  alegato  de  libre  confección propio de las instancias que  resume  sus  inquietudes,  y  dado  que  la  Sala  no  observa  la existencia de  circunstancias  que  hagan  imperiosa su intervención oficiosa, los ostensibles  yerros   de   fundamentación   de   la   demanda,   imponen   que  se  inadmita  ésta.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,   

R E S U E L V E  

          INADMITIR         la    demanda    de    casación   presentada   por   el             representante   de   la  parte  civil.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                             SIGIFREDO    ESPINOSA  PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                       MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  L.   

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN                           JORGE    LUIS   QUINTERO  MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                         JAVIER   DE  JESÚS  ZAPATA  ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1 Auto  del 10 de octubre de 2007, radicado 22.597     

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