31350(14-04-09)

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  31350   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 110.  

Bogotá,  D.C.,  catorce  de abril de dos mil  nueve.   

V    I   S   T   O  S   

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  de  la  demanda  de  casación  presentada por el defensor del procesado DÍDIMO  SALAZAR  URBANO,   contra  el  fallo  de segunda instancia proferido por el  Tribunal  Superior  de  Cali, fechado el 14 de octubre de 2008, mediante el cual  revocó  la  sentencia  absolutoria  proferida  por el Juzgado Segundo Penal del  Circuito  de  esa ciudad, emitida el 21 de marzo de 2006, y en su lugar condenó  al  acusado  a   la pena de 29 años de prisión de prisión, en calidad de  coautor  de  los delitos de homicidio agravado, tentativa de homicidio, lesiones  personales  y  porte ilegal de arma de fuego de defensa personal.  Además,  se  dispuso como pena accesoria la inhabilitación para el ejercicio de derechos  y  funciones  públicas  por  un lapso de 20 años, fue condenado el procesado a  pagar  el  equivalente a 500 salarios mínimos legales mensuales, a favor de los  progenitores  de  la víctima del homicidio, por concepto de perjuicios morales,  y  se  negaron  los subrogados de la suspensión condicional de la ejecución de  la pena y prisión domiciliaria.   

LOS HECHOS  

Fueron  narrados  en  la sentencia de primer  grado, del siguiente tenor:   

“Ocurrieron el día 18 de marzo de 2005, a  eso  de las 4:20 de la tarde, cuando los señores Raúl Emilio Bermúdez, Gladis  Bolaños,  Juan  José  Bermúdez  Acosta,  Hernando  Bermúdez  y  Ruby  Samira  Casamachín  ocupaban  el  vehículo automotor marca Chevrolet, clase camioneta,  color  gris,  de  placas  CME-452,  el  cual  se  desplazaba  por  al  autopista  sur-oriental  a  la altura del barrio Alfonso López, y un individuo se bajó de  un  vehículo  Mazda  323,  color  azul, modelo 1985, de placa ARC-586, disparó  indiscriminadamente  con  arma de fuego contra los ocupantes de la camioneta, en  momentos  en  que  esta se encontraba haciendo el pare porque el semáforo está  en  luz  roja;  como  consecuencia  de  ello,  falleció  el  menor  Juan  José  Bermúdez,    quedando    heridos    Hernando    Bermúdez    y    Ruby   Samira  Casamachín.   

Más tarde, siendo las 4:30 p.m., la policía  perseguía  al  vehículo Mazda, color azul, de placas ARC-586, toda vez que los  ocupantes  de  este  vehículo al parecer habían disparado contra los ocupantes  de  la  camioneta  CME-452  en  la Avenida Ciudad de Cali, y según información  entregada  por  la  ciudadanía,  uno de los ocupantes del carro Mazda se había  tirado del mismo en la carrera 38 con calle 48.   

La  patrulla  que  iba  en  la persecución,  adscrita  a  la  Estación  del  vallado,  integrada  por los uniformados Jesús  Clavijo  Blanco  y  Diego  Granja  Cuero, salieron a la carrera 46 con calle 48,  jurisdicción  del barrio Mariano Ramos a la espera del vehículo Mazda, el cual  fue  observado  a  unos  150  metros  de donde habían parqueado, y al detenerlo  observaron  que  en  el  interior  se encontraba DÍDIMO SALAZAR URBANO quien lo  conducía,  a  quien  requisaron y dejaron retenido, toda vez que fue encontrado  en  el  asiento  un teléfono Avantel, un teléfono celular, una fotografía que  correspondía  al  señor Hernando Bermúdez Bolaños, y un arma de fuego que se  encontraba debajo de la guantera.”    

DECURSO PROCESAL  

Dada  la captura flagrante del procesado, se  abrió  la investigación el 19 de marzo de 2005, por parte del Fiscal Seccional  101 de Cali.   

Ese  mismo día se recabó la indagatoria de  DÍDIMO  SALAZAR  URBANO, a quien resolvió su situación jurídica la Fiscalía  Seccional  14,  el  23  de  marzo  de  2005,  imponiendo  en su contra medida de  aseguramiento  de  detención  preventiva  sin beneficio de excarcelación, como  coautor  de  los delitos de homicidio agravado, tentativa de homicidio agravado,  lesiones   personales   y   porte   ilegal   de   arma   de   fuego  de  defensa  personal.   

Como  quiera  que  el defensor del procesado  solicitó   la   revocatoria  de  la  medida  de  aseguramiento,  a  través  de  interlocutorio datado el 11 de abril de 2005, se denegó lo pedido.   

El  23  de  mayo  de  2005,  fue  cerrada la  investigación.  Consecuentemente,  el mérito del sumario se calificó el 27 de  junio  de  2005,  con el proferimiento de resolución de acusación en contra de  DÍDIMO  SALAZAR  URBANO, a título de coautor del delito de homicidio agravado,  consagrado  en  los artículos 103 y 104-7, del C.P., y fabricación, tráfico y  porte  de  armas  de  fuego  o  municiones,  contemplado  en  el  artículo  365  ibídem.   

Apelada la decisión por la defensa, el día  7  de  septiembre  fue  resuelta la impugnación por  la Fiscalía Delegada  ante  el Tribunal Superior de Cali, confirmando lo decidido por el A quo, y a la  vez  adicionándolo  para  incluir  los  cargos  los  delitos  de  tentativa  de  homicidio y lesiones personales.   

Ejecutoriada la resolución de acusación, el  asunto  fue  repartido,  para  adelantar la etapa del juicio, al Juzgado Segundo  Penal  del  Circuito  de  Cali,  despacho  judicial  que  de inmediato, el 19 de  septiembre  de 2005, corrió traslado para la preparación de la audiencia   preparatoria, diligencia celebrada el 20 de octubre de 2005.   

El 3 de noviembre de 2005, se dio comienzo a  la  audiencia  pública  de  juzgamiento,  culminándose ella el 30 de noviembre  siguiente.   

El  21  de  marzo  de 2006, fue proferido el  fallo  de  primer  grado  en  el cual se absolvió al procesado, por entender el  funcionario  judicial  que  las  pruebas  allegadas  no  conducían a la certeza  respecto de la participación del acusado en los hechos.   

En  contra  de  lo  decidido  interpuso  y  sustentó   oportunamente  el  recurso  de  apelación  la  representación  del  Ministerio Público.   

Finalmente,  acogiendo  las pretensiones del  Procurador  Judicial,  el  Tribunal Superior de Cali, en la sentencia de segunda  instancia,  revocó  lo  decidido  por el A quo y en su lugar condenó a DÍDIMO  SALAZAR URBANO.    

LA DEMANDA  

    

1. Cargo primero (principal).     

Acudiendo  a  la  causal  primera,  cuerpo  segundo,  que  consagra  el  artículo  207  de  la  Ley 600 de 2000, señala el  demandante,  en su calidad de defensor del acusado, que el Tribunal incurrió en  “manifiestos    y    trascendentes    errores   de  hecho”  en la apreciación de varias pruebas, lo que  condujo,  en  su  sentir, a que se aplicaran indebidamente los artículos 104-7,  103,  27, 112, 365, 29, 31, 43-1, 44, 51, 94, 96 y 97, del C.P.; y el art. 46 de  la  Ley  600  de  2000.  Además,  anota, se dejaron de aplicar el art. 32-8 del  C.P., y los arts. 7 y 232 del C. de P.P..   

A  efectos de desarrollar el cargo, parte el  demandante  por resumir las tesis contrarias consignadas en los fallos de primer  grado,  absolutorio, y de segunda instancia, condenatorio, para después resumir  la  explicación  ofrecida  por  el  procesado  en  la  indagatoria y durante el  interrogatorio propio de la audiencia de juzgamiento.   

A  renglón seguido, el casacionista detalla  los  que estima fundamentos probatorios de la sentencia condenatoria emitida por  el  Tribunal,  de  los  cuales  se vale después para proceder a la “DEMOSTRACIÓN   DE  LOS  MANIFIESTOS  ERRORES  DE  HECHO  DEL  AD  QUEM”.   

Al respecto, advierte en primer término que  el  fallador  dio  por  establecida,  sin  estarlo,  la  existencia  de  un plan  delictivo  previo  en  el  cual  intervino  el  acusado,  cuya participación se  materializaba en prestar el servicio de transporte.   

En concreto, cita el apartado del fallo en el  cual  el  juez colegiado advierte carente de credibilidad la tesis defensiva del  procesado,  referida  a  que  los  homicidas  lo  obligaron  a conducirlos en su  vehículo  por varias horas, en seguimiento del automotor donde se desplazaba la  potencial  víctima, hasta desplegar el ataque; por estimar  esa judicatura  que  en  este  tipo  de actuaciones de clara estirpe sicarial los ejecutores del  hecho  previamente  disponen todos los medios, incluido el vehículo, emergiendo  contrario  a  lo que la experiencia enseña que solo hasta el último momento se  recurra  a un automóvil desconocido, con el riesgo de que no se halle en buenas  condiciones  mecánicas.   

De  allí  extracta  el  recurrente  que  el  Tribunal   incurrió   en   un  falso  juicio  de  existencia:  1.  “por  suposición  de  la  prueba  de  que  el vehículo del aquí  procesado  estaba en perfectas condiciones para la ejecución del plan delictivo  y   por  ello  fue  utilizado  al  efecto”;  2.  Por  suposición  de  la  prueba  de que los hechos obedecieron a un plan previamente  fraguado  en  todos sus detalles, del cual participó el acusado; 3.“por  suposición  de  la  prueba de que los coautores convinieron  encontrarse     en    Carrefour    “para    iniciar    la    ejecución    del  ilícito”.   

Se  ocupa  el  impugnante,  seguidamente, de  explicar  estas  tres  formas  del  que  dice error de hecho por falso juicio de  existencia,   en  cuyo  propósito  lucubra  acerca  del  estado  mecánico  del  vehículo  conducido  por  su  representado legal, advirtiendo que por el modelo  antiguo  y  la  ocupación como taxi “para el día de  los  hechos  ese  vehículo no podía estar en buenas condiciones para rodar con  relativa   seguridad   (…)   y  que  el  día  de  los  hechos  transitó  sin  interrupciones         casi         por         un        milagro”        

En  punto  de  la presunta suposición de la  prueba  acerca  de que los hechos obedecieron a un plan previamente fraguado con  el  procesado,  el  recurrente  señala que la regla de la experiencia traída a  colación    por    el    Tribunal   –que  en  este  tipo  de delitos de corte sicarial no se deja nada al  azar  y la logística se prepara con antelación-, no es aceptable, pues, muchos  sicarios    “actúan   de   manera   verdaderamente  desenfrenada   y  errática,  debido  casi  siempre  al  influjo  de  sustancias  estupefacientes   o   alcohólicas   como  lamentablemente  lo  enseña  nuestro  acontecer social cotidiano…”.   

Sobre  el mismo aspecto, trata el impugnante  de  probar  que  los  ejecutores del homicidio fueron personas inexpertas, pues,  aduce,  solo  así  se entiende que utilizaran un vehículo viejo, que no podía  ofrecer  seguridad  para la materialización del ataque, y que además se errara  respecto  de un blanco fácil, dada su contextura física, disparando el agresor  hacia  el  tórax,  en  lugar  de  elegir  la  cabeza,  e incluso realizando una  persecución  por  varias  horas,  lo  que demuestra que no se hizo labor previa  para   conocer  los  sitios  acostumbrados  de  desplazamiento  de  la  víctima  .   

Aquí, introduce el casacionista otro yerro,  que   rotula   “falso   juicio  de  existencia  por  preterición  del  testimonio de la abuela del menor  occiso”,  pero  nada  argumenta al respecto, limitándose a señalar, luego  de   reproducir   el   apartado  pertinente:  “sobra  cualquier comentario”.    

De  todo  ello  deduce el recurrente que los  atacantes  actuaron de forma improvisada y torpe, por lo cual no puede extrañar  que,   en   efecto,   obligaran  a  su  protegido  legal  a  conducirlos  en  el  automotor.   

Y  anota “ciertas  elementales  reglas de la experiencia enseñan que, cuando de este tipo de actos  delictivos  se  trata,  lo  normal  es  que  los  sicarios obren soterradamente,  ocultándose   de   cualquier  conocido  o  de  cualquier  persona  que  pudiera  reconocerlos”.  De  allí extracta que efectivamente  el  acusado  fue  obligado  por  los  homicidas,  pues,  no  es  lógico  que se  encontrara con ellos en su sitio de trabajo, donde se le conoce.   

Concluye el impugnante, de lo anotado, que el  Tribunal erró cuando desconoció las explicaciones del procesado.   

En  otro  orden  de  ideas,  el casacionista  aborda   un   segundo   tipo   de   errores   de  hecho  que  dice  “RELACIONADOS  CON  EL  HECHO  DE QUE EL PROCESADO DIJO NO HABERSE  ENTERADO    DE    QUE    VENÍA   SIENDO   PERSEGUIDO   POR   VARIAS   PATRULLAS  POLICIALES”.   

Al  efecto,  transcribe  lo  anotado  por el  Tribunal  acerca  del  indicio  que  surge  de  que  el  acusado,  a pesar de lo  ocurrido,  siguiera  su  camino normal cuando descendieron los pistoleros,   dijera   no  haber  notado  que  venía  siendo  seguido  por  varias  patrullas  policiales  y  una  vez  detenido  el vehículo obviara relatar a los servidores  públicos  lo  acontecido  o  siquiera  informar  de la existencia del arma y la  fotografía en el interior del automotor.   

De ello deduce el impugnante que el Tribunal  incurrió   “en   falso  juicio  de  identidad  por  distorsión    del    testimonio    del    patrullero   DIEGO   ARMANDO   GRANJA  CUERO”,   y  ello  lo  hace  consistir  en  que  “si  bien  dijo  el patrullero que detrás del carro  Mazda  “venían  como unas diez patrullas”, no precisó a qué distancia del  vehículo  del  procesado  venían esas patrullas…”   

A  renglón  seguido,  diserta el recurrente  acerca  de  la  posibilidad  de  que  esas patrullas no vinieran cerca, pues, no  percibieron  que del vehículo conducido por el procesado descendió una persona  con  una  bicicleta  que  tomó  de  la  cajuela.   Además,  agrega, no es  creíble  que  en  un  lapso  de  diez minutos lleguen al lugar tantas patrullas  “con  las tradicionales dificultades de tráfico que  se  presentan  en Cali los días viernes en horas avanzadas de la tarde, como es  hecho   notorio   en   la   ciudad   –sin  duda,  debido  a que mucha gente se prepara para la “rumba”  de la noche con que inicia el fin de semana-”.   

Con  lo expuesto, afirma el recurrente haber  demostrado  plenamente  que el procesado no se enteró de que en su persecución  venían  patrullas  policiales  y  por  ello  no  estaba  huyendo  cuando  se le  capturó.    

En  tercer  lugar, significa el casacionista  que  el  Tribunal  incurrió  en  “ERRORES  DE HECHO  RELACIONADOS  CON  LOS  INDICIOS DERIVADOS DE QUE EL AQUÍ PROCESADO NO INFORMÓ  INMEDIATAMENTE    A    LAS    AUTORIDADES    SOBRE   LOS   HECHOS”.   

Dentro  de  la  sistemática  adoptada en su  demanda,  el  impugnante  transcribe  inicialmente  lo  afirmado por el Tribunal  sobre  el tópico, en particular la extrañeza que causa el que una vez detenido  por  los uniformados, el procesado no acertase a relatar los escabrosos momentos  que  supuestamente  pasó  al  lado  de los pistoleros, quienes presuntamente lo  obligaron a perseguir a las víctimas.   

Seguidamente    advierte    que    esas  manifestaciones   constituyen   “falso   juicio  de  existencia  por  suposición  de  la  prueba  de que, al ser capturado, el aquí  procesado  disponía  de  condiciones  adecuadas  para  exponer libremente a los  agentes   de   policía   su   versión   de   los   hechos   que  motivaron  su  captura”   

Para soportar su tesis, el impugnante realiza  ingentes  esfuerzos  en  aras de probar que en la generalidad de los casos, como  enseñan  las  reglas de la experiencia, los policiales, cuando se trata de este  tipo  de  delitos, “tratan agresiva y despóticamente  a  quienes  consideran  delincuentes”,  de lo cual se  sigue  que  efectivamente, como lo expuso en su interrogatorio el procesado, los  uniformados no le permitieron explicar de inmediato lo sucedido.   

En cuarto lugar, bajo el rótulo “ERRORES  DE  HECHO RELACIONADOS CON LOS INDICIOS DEL HALLAZGO DEL  ARMA   Y  DE  OTROS  ELEMENTOS  EN  EL  VEHÍCULO  DEL  PROCESADO”,  se  ocupa  el  demandante de criticar la afirmación del Tribunal  acerca  de lo sospechoso que resulta haber conocido el acusado el lugar donde se  guardaba  el  arma  dentro  del  automotor, a pesar de constituir una especie de  “caleta”.   

Se  duele  el  impugnante de que el fallo de  segundo     grado     llame    “caleta”,  con  la  connotación  criminal  que  ello  tiene, a lo que es  simplemente  un  lugar oculto o profundo dentro de la guantera del automotor, al  cual  pudo acceder el procesado precisamente porque presenció cuando al agresor  escondió  allí  el arma. Con esa conclusión, agrega, el Tribunal incurrió en  “falso juicio de identidad  por distorsión del  testimonio del patrullero DIEGO ARMANDO GRANJA CUERO”.   

Añade   que  también  respecto  de  este  testimonio  incurrió  el Ad quem en “falso juicio de  convicción”,  ya  que  el  declarante se contradice  acerca  de si se interrogó o no al capturado sobre la fotografía hallada en el  interior del automotor.   

Respecto de la afirmación que se hace en el  fallo  atacado,  en  punto  de  que necesariamente el acusado debió ilustrar al  pistolero     sobre     la     “caleta”   donde  podía  esconder  el  arma,  ya  que  ella  se  hallaba  perfectamente   oculta,   el   casacionista  advierte  que  ello  pudo  obedecer  “a   múltiples   causas,   entre  las  que  pueden  mencionarse,  por  simple  vía  de  ejemplo,  que  el sicario conocía algo del  diseño  interior  de  un  vehículo  tan  comercial como el Mazda 323, o que lo  encontró   por   simple  casualidad…”.  Y  agrega  “de  modo armónico, el otro sujeto, aunque también  iba  armado,  sin  duda no creyó necesario proceder también a ocultar su arma,  toda  vez que no había sido él quien poco antes había disparado contra varias  personas,    razón    por    la    cual   no   tenía   el   temor   del   otro  sujeto…” .   

Después,    el    demandante   describe  comportamientos   que,   en   su  sentir,  habría  ejecutado  el  procesado  si  perteneciese  al  grupo  de  sicarios, destacando, a su vez, la credibilidad que  encierra  lo  expresado en la indagatoria y criticando la omisión del fiscal en  investigar todo lo necesario para confirmar la tesis defensiva.   

Para cerrar este primer cargo, el recurrente  significa  que  ha  demostrado  los yerros en los cuales incurrió el Ad quem, a  partir  de  los  cuales  puede  pregonar  la inocencia de su representado legal,  quien  actuó  en  un  estado de insuperable coacción ajena o, cuando menos, la  existencia   de   dudas   insalvables   que  tornan  imperiosa  la  absolución.   

    

1. Cargo segundo (primero subsidiario)     

Dice  enfocarlo  el  demandante en la causal  primera,  cuerpo primero, contemplada en el artículo 207 de la Ley 600 de 2000,  por  aplicación indebida  de los artículos 104-7, 112 inc. 1°, 29, incs.  2°  y  4°,  31, 43-1, 44, 55 inc.1°, 52 inc.3°, 94, 96 y 97 incs. 1° y 2°,  del  C.P.,  y del artículo 46 de la Ley 600 de 2000; y falta de aplicación del  artículo 12 del C.P.   

Para  soportar  su  posición, el impugnante  refiere  que  su  protegido  legal  fue condenado por un concurso de delitos que  incluyen  el  homicidio  del  menor  Juan José Bermúdez Acosta, y las lesiones  personales padecidas por la señora Ruby Samira Casamachín.   

Empero,  con ello desconoció el fallador Ad  quem,  que el propósito criminal de los pistoleros era únicamente dar muerte a  Hernando  Benjamín  Bermúdez  Bolaños,  quien  emergió lesionado del ataque,  configurando  el  delito  de  tentativa  de  homicidio  por  el cual también se  emitió la sentencia de condena.   

Transcribe el recurrente, apartados del fallo  de  segundo  grado en los cuales se delimita como finalidad de los agresores dar  muerte a Hernando Bermúdez.   

Luego  detalla  cómo  los  fallos  de ambas  instancias  especifican  que  no  fue el procesado quien se encargó de disparar  contra  los  ocupantes  del  vehículo,  en  tanto, le correspondió la labor de  conducir el automotor.   

Advierte, en consecuencia, que si la empresa  criminal  se  hallaba  dirigida  a dar muerte a quien finalmente resultó apenas  lesionado,   los  otros  resultados  lesivos  no  hacen  parte  de  ese  inicial  designio.   

Entonces,  agrega  el  casacionista,  si  el  procesado  no se encargó de disparar y además, lo previamente dispuesto no era  dar  muerte  al  menor  ni  lesionar  a su niñera, mal puede atribuírsele esas  conductas a su representado legal.   

En este sentido, razona el impugnante, en el  tipo  de  coautoría  impropia atribuido por la segunda instancia al acusado, el  límite  del dolo está dado por el acuerdo común previo acerca del acto que se  ejecutará  y  si se presenta algún exceso por parte de alguno de los coautores  sólo   le   puede  ser  imputado  a  este,  en  seguimiento  del  principio  de  culpabilidad  contemplado  en  el  artículo 12 del C.P., que busca erradicar la  llamada responsabilidad objetiva.   

En  consecuencia, señala el censor que a su  representado  legal  se  le debe absolver por la muerte del menor y las lesiones  infligidas a su niñera.   

3.     Cargo     tercero     (segundo  subsidiario)   

Bajo  la  égida  del  cuerpo  segundo de la  causal  primera,  el  recurrente  reseña  que  el  Tribunal   incurrió en  errores  de  hecho respecto de la apreciación de varias pruebas, lo que condujo  a  la  condena  del  procesado como autor de los delitos de homicidio agravado y  lesiones personales, entre otros.   

En  sustento de lo afirmado, el casacionista  parte  por  afirmar  que  su representado legal no fue quien disparó contra los  ocupantes  del  vehículo,  además  de  que,  como  lo  señala  el Ad quem, el  propósito era dar muerte a Hernando Benjamín Bermúdez.   

Sin  embargo,  añade,  el  Tribunal emitió  condena  en contra del acusado, no solo por el cargo de tentativa de homicidio y  porte  de  armas,  sino  por  los  delitos  de  homicidio  agravado  y  lesiones  personales,  por  estimar que estas conductas se inscriben dentro del ámbito de  riesgo   del   plan  criminal.       

No  obstante,  expresa el recurrente que las  pruebas  indican  lo  contrario, vale decir, que el ejecutor material del ataque  actuó    dolosa    y    unilateralmente    por    fuera    de    lo    fraguado  previamente.   

A   esa  conclusión  hubiese  llegado  el  Tribunal,  señala  el  impugnante,  si no hubiese incurrido en los yerros que a  continuación relaciona:   

-“Error de hecho  por  falso  juicio  de existencia (preterición) de la declaración de la abuela  del  menor  occiso”.  Lo  hace  consistir  en que la  declarante,  abuela  del menor fallecido, declaró que éste viajaba en la parte  de  atrás  del  vehículo,  en medio de su padre y la niñera, agregando que el  atacante  disparó  desde  el  lado  derecho del automotor, ocupado por Hernando  Benjamín Bermúdez.   

De  allí extracta el recurrente que resulta  imposible  advertir  en  el  pistolero  algún  yerro  en  el disparo o falta de  puntería,  pues,  se  encontraba parado en el lado derecho, donde se hallaba la  persona  a  quien buscaba dar muerte, no obstante lo cual impactó en el menor y  en la niñera.    

Y  agrega  “de lo  anterior  cabe inferir, sin mayores dificultades, que el sicario, teniendo pleno  dominio  del  hecho  sobre  el  momento  culminante  de  la  ejecución del plan  criminal  previamente  acordado  entre  los  coautores, unilateral y dolosamente  decidió  variarlo,  para  incrementar el daño inicialmente previsto dentro del  plan,   con   disparos  contra  el  menor  JUAN  JOSÉ  BERMÚDEZ  ACOSTA  y  su  niñera…”   

-“Error  de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia    (preterición)    del    informe    de    los    funcionarios  investigadores”.  En  desarrollo  del tópico, parte  por  establecer  el  recurrente,  que  en  ese  informe los investigadores de la  SIJIN,  detallaron  que  Hernando  Benjamín Bermúdez, presentaba heridas en el  lado   derecho   del   antebrazo,   el   hombro   de   ese   lado  y  el  tórax  ídem.   

Deduce  absurdo  el  impugnante,  que  si de  verdad  el  pistolero  quería  dar  muerte  a Hernando Bermúdez, no le hubiese  disparado  a la cabeza, y en lugar de ello sí diera muerte al menor, de lo cual  ha  de  concluirse  que,  en efecto, cambió los planes iniciales y motu  proprio  decidió atacar a los otros  presentes en el vehículo.   

En consecuencia, depreca el casacionista, ha  de  casarse  la sentencia para absolver al procesado de los delitos de homicidio  y lesiones personales.   

     

1. Cargo cuarto.     

Acude  el  casacionista  a la causal tercera  contemplada  en  el  artículo  207  de  la  Ley  600  de 2000, que refiere a la  sentencia  dictada  en un juicio viciado de nulidad, en este caso derivado hacia  la  causal  contemplada  en  el  numeral  2°  del  artículo  306  de esa misma  normatividad:    “La   comprobada   existencia   de  irregularidades   sustanciales  que  afecten  el  debido  proceso”.   

Para  ese  efecto  advierte  completamente  inmotivada  la  sentencia  de segundo grado en lo que corresponde a la agravante  del homicidio.   

En  ese  sentido, transcribe el apartado del  fallo  donde se hace la dosificación punitiva, significando que jamás se alude  allí  a  la circunstancia específica que agrava el homicidio consumado, uno de  los  delitos por los cuales se emitió condena, ni tampoco por remisión a otras  piezas  procesales  se  puede suplir esa omisión que, por lo demás, constituye  factor  a  partir  del cual se agrava superlativamente la pena, informando de la  trascendencia del yerro.   

Estima  el  recurrente  que  la  falta  de  motivación  atenta contra lo dispuesto en los artículos 13, inc. 2° y 170 del  C.  de  P.P.,  en  cuanto  obligan  motivar  las decisiones que afecten derechos  fundamentales,   tal   cual  deben  entenderse  los  de  la  libertad  y  debido  proceso.   

En  soporte de lo afirmado, trae a colación  jurisprudencia  de  la Corte y luego concluye que esa falta de motivación torna  en  injustificada  la  sentencia, sin que pueda aducirse que la defensa facultó  la  irregularidad  o  la  convalidó, además de que el único remedio a la mano  para  superar  el  daño  causado  lo  es  la nulidad del fallo de segundo grado  “lo   que  comporta  la  necesidad  de  excluir  la  agravante  y de proceder a la consecuente redosificación de la pena, tareas que  corresponderán   a   la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia….”.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

En primer término, debe hacerse hincapié en  cómo  la  Corte,  de  manera pacífica y reiterada ha advertido la necesidad de  que  la  demanda  de  casación  comporte  un  mínimo rigor lógico jurídico y  argumental,  pues,  no  se trata de hacer valer una especie de tercera instancia  que  sirva  de  escenario  adecuado  a  la  controversia  ya  superada  por  los  falladores  de  primero  y  segundo  grados, en la cual se pretende anteponer el  particular  criterio  o valoración probatoria, a aquel que sirvió de soporte a  la  decisión  de los jueces A quo y ad quem, entre otras razones, porque a esta  sede  arriba  la  decisión  judicial  con  una  doble connotación de acierto y  legalidad.   

         Se  faculta,  por  ello,  que  la  dicha presunción sea quebrada a  través  de  criterios  claros,  lógicos,  coherentes y fundados, derivados del  compromiso  de  demostrar  la  violación  en  la  cual  incurrió  el fallador,  suficiente  para  echar  abajo  el  contenido  de  verdad de la sentencia, en el  entendido  de  que,  de  no haberse materializado el yerro, otra hubiese sido la  decisión  y  precisamente  así  se  ofrece  trascendente recurrir al mecanismo  extraordinario de impugnación.   

Establecidas  las  premisas  básicas  de  evaluación,  se  abordará  en  detalle la demanda de casación, de conformidad  con los cargos planteados por el casacionista.   

         1.    Cargo  Primero            (principal).   

         La  crítica planteada por el recurrente en este cargo, se erige en  muestra  al  canto de cómo pretende cubrirse un simple alegato de instancia con  el  ropaje  propio de la casación, para lo cual acude  a  un  amplio  bagaje  controversial  intentado  vincular  con  los específicos  tópicos    que    habilitan   acudir   al    mecanismo    extraordinario    de    impugnación,  aunque  desde  un  comienzo desconoce sus aristas básicas, como  quiera  que  a  pesar  de postular la vía indirecta de los errores de hecho, ya  dentro  del  plexo controversial incluye un presunto falso juicio de convicción  –acerca  de lo declarado  por  el  agente de la SIJIN-, que jamás precisa en su configuración y efectos,  además  de  dolerse  de  que  la  Fiscalía  no  adelantó  una  investigación  integral.   

         En  la generalidad de lo discutido por el defensor del procesado se  advierte  apenas  su  deseo por anteponer a los juicios probatorios del Ad quem,  que,  debe  recordarse,  priman  sobre  los suyos, sus particulares valoraciones  interesadas,  de  manera  artificiosa  insertas en presuntos yerros de   hecho   por   falsos   juicios   de  existencia  o  identidad,  ampulosamente  remitidos  a  todo el bagaje inferencial que nutrió la decisión  de condena.   

         Y  es  esta,  cabe  resaltar,  la  primera  falencia mayúscula del  argumento  planteado  por  el  casacionista,  pues, en concreto lo atacado es el  valor  dado  a  los  indicios  por  el  Tribunal,  pero  soslaya referirse a ese  específico         medio         –eludiendo  encaminar técnicamente su  discurso,  para  lo cual era necesario precisar, como ya pacíficamente lo tiene  establecido            la            Sala1,  si el yerro opera sobre los  hechos  demostrativos  de  los  hechos  indicadores,  la inferencia lógica o el  proceso  de  valoración  conjunta  al  preciar la articulación, convergencia y  concordancia  de  los  varios  indicios entre sí-     y en lugar de ello, a través de  especulaciones carentes de  soporte   trata  de  desvirtuar  el  efecto  de  las  inferencias   realizadas   por   el   Ad   quem,   con   lo   cual  desnaturaliza         completamente         la         esencia  y  teleología de la casación,  pues,  lejos  de  definir  la  existencia  de protuberantes yerros en el trabajo  evaluativo  de  la  segunda  instancia, convierte el escenario excepcional en un  simple debate de criterios.   

         Así    debe    entenderse,    para    acudir    a   lo   planteado  puntualmente   por el  recurrente,   que   en   aras   de   desdibujar   el  planteamiento  efectuado  por  el  Ad quem, en torno de la inferencia pasible de  extractar   por   ocasión   de   capturarse   en   situación   de  flagrancia  inferida al procesado,  como  quiera  que  en  el  vehículo  por  él  conducido  se  transportaron los  ejecutores  materiales  del  crimen  y  en  su  interior,  luego de persecución  policial,  se  encontró  el  arma  homicida  y  la  fotografía  de la víctima  potencial,  el  recurrente  acuda al expediente elemental de tratar de explicar,  bajo  su  muy  particular  óptica,  esa  circunstancia concreta de vinculación  delictuosa,  advirtiendo  que el error del Tribunal, delimitado, se repite, como  falso  juicio  de  existencia  por  preterición o falso juicio de identidad por  cercenamiento,   obedece   a   que   no   dio  a  los  elementos  de  juicio  la  interpretación que ahora pretende entronizar como impugnante.   

         En  este  sentido, no puede válidamente el casacionista significar  que  el  Tribunal  “supuso”  la  prueba  de que el  automotor  conducido  por  el  procesado  se  hallaba  en  buen estado, haciendo  radicar  aquí  uno  de  los tantos presuntos falsos juicios de existencia de la  amplia  gama  postulada,  cuando  es  lo  cierto  que jamás el Ad quem hizo esa  tajante   afirmación,  para  darla  como  hecho  probado,  sino  que  infirió,  estimándola  regla  de  la  experiencia,  que  los  homicidas,  en este tipo de  delitos  de  clara  estirpe sicarial, no dejan al azar y para último momento la  consecución  del  medio  de  transporte  adecuado  no  solo  para  adelantar  a  persecución  y  seguimiento  de  la  víctima, sino en el posterior cometido de  huida;  mucho  menos, si ese seguimiento se prolonga con horas y se utiliza para  el efecto a un desconocido que puede dar al traste con el plan.   

         Es   eso   lo   que  se  lee  en  el  apartado  transcrito  por  el  demandante.   

         Empero,  de su propio magín el recurrente extracta que el Tribunal  presuntamente   dijo   hallarse   en   excelentes   condiciones   mecánicas  el  automotor  y  a  partir de allí construye un inane y  especulativo  discurso  a  través  del  cual  pretende  demostrar,  sin ningún  elemento   probatorio   que  así  lo  certifique,  la  obsolescencia  del   vehículo,  al  punto  de  concluir  que  si  ninguna falla presentó durante el  decurso      criminal,      ello     se     debió     a     un     “milagro”.   

         Fundamentos  de  este  jaez, no huelga reseñar, restan seriedad al  debate.   

         Una  segunda  violación  radicada en el falso juicio de existencia  por  suposición  de  prueba,  la  hace radicar el impugnante en que el Tribunal  dijo  obedecer  a  un plan previamente fraguado la intervención delictiva de su  representado   legal,  sin  que  se  verifique  en  el  expediente  “la  más remota prueba acerca de que la ejecución de los hechos  hubiera   obedecido   a  un  concierto  previo  entre  los  sicarios”.   

         Deja  de  mencionar  el  recurrente, empero, que precisamente a esa  conclusión  llegó  el  Ad quem por la vía inferencial, construyendo una regla  de    la    experiencia    a    partir   del   sorprendimiento   flagrante   del  acusado   y   la   forma   en  que  se  ejecutó  el  crimen.   

         Entonces,  cae  en  el  vacío  la  afirmación de que no existe la  prueba  en  comento,  pues, si lo que pretende controvertirse es el fundamento o  condición  de esa regla de  la  experiencia, el camino no es el del error de hecho  por  falso  juicio de existencia, sino el del falso raciocinio, para lo cual, en  lo  que  al  tema  respecta  y  como  ya inveteradamente lo viene sosteniendo la  Corte2,  se  hace  necesario “…indicar qué  dice  de  manera  objetiva  el  medio,  qué  infirió de él el juzgador, cuál  mérito  persuasivo le fue otorgado, señalar cuál postulado de la lógica, ley  de  la  ciencia o máxima de la experiencia fue desconocida, debiéndose indicar  cuál  es  el aporte científico correcto, la regla de  la  lógica  apropiada,  la  máxima  de  la  experiencia  que debió tomarse en  consideración  y  cómo,  y  finalmente,  demostrar  la trascendencia del error  indicando  cuál  debe  ser  la apreciación correcta de la prueba o pruebas que  cuestiona,  y  que  habría  dado  lugar  a  proferir  un  fallo sustancialmente  distinto  y opuesto al ameritado.”                  

         Bien  poco  de ello cumplió el demandante, dado que, como se dijo,  enfocó  la crítica por el sendero del falso juicio de existencia, dedicando su  esfuerzo  apenas  a  contraponer  otra  regla  de  la  experiencia, de su propia  cosecha,  que  supuestamente  indica  cómo en ocasiones ese tipo de delitos son  cometidos  por  personas  que  “actúan  de  manera  verdaderamente  desenfrenada  y  errática,  debido  casi  siempre al influjo de  sustancias        estupefacientes        o        alcohólicas…”.   

         Y  para  dotar  de  validez  sus  dichos,  el impugnante se ocupa,  especulativamente,  de  demostrar  que  en  el  caso  concreto  es  esa la regla  válida,      dado     que,     razona,     ningún     sicario     “sensato”  se valdría de un carro  de  modelo  antiguo,  ni  mucho menos erraría en el  ataque, dejando con vida a su potencial víctima.   

        Desde  luego que esa forma de argumentar, como se dijo en acápite  anterior,  apenas  corresponde  a  un típico alegato de instancia y se inscribe  dentro   de   un   plano   que   carece   por   completo   de  rigor  lógico  o  jurídico. Mucho más, si el pretendido falso juicio  de  existencia  se  hace  consistir  en  que  el  Tribunal  no dio tan vidriosos  alcances  a  la prueba o, en otros términos, que no infirió de ella lo que él  infiere.   

        Porque,  para  redondear  el tema, sólo al recurrente se le puede  ocurrir  significar  que  a  partir  de  lo  dicho  por la abuela de la víctima  mortal,  acerca  de  la  ubicación  de  cada  uno  de los pasajeros en el automotor, o de lo narrado por  los  investigadores  de  la  SIJIN  respecto  de las  heridas  causadas  en quien se señala blanco original de los pistoleros, debió  concluir  el  Ad quem que no existió un plan previamente fraguado para ejecutar  el  ataque  violento, o que quienes lo materializaron  actuaron     de     manera    “desenfrenada    y  errática”   por   virtud  de  un  nunca  probado  –al   presente   ni  siquiera  han  sido individualizados, para no mencionar que el acusado nunca los  dijo   bajo  el  influjo  de  esas  sustancias-  consumo  de  estupefacientes  o  alcohol.   

        Algo  similar  a  lo dicho en precedencia opera en torno del falso  juicio  de  existencia  que  se  postula  porque el Tribunal, supuestamente, sin  prueba  que lo sustente afirmó que los ejecutores del crimen acordaron reunirse  con  el  procesado  en  el  almacén Carrefour, pues, esa no fue una afirmación  tajante  del  Tribunal,  sino  la  respuesta  que se dio a la prueba testimonial  aportada  por   la  defensa,  que  señala  haber  visto cuando los sujetos  abordaron el vehículo en ese almacén.   

        Esto   dijo  el  Tribunal,  citado  en  la  demanda,  “…sin   entrar   a   hacer   mayores   consideraciones  de  la  credibilidad  de  estos  testigos,  pudieron haber dicho la verdad, pero en nada  desdibuja  la  responsabilidad  que  le  asiste al encartado, pues perfectamente  pudo  ser  el  punto  de encuentro acordado por ellos para iniciar la ejecución  del ilícito”.   

        Como  fácil  se  aprecia,  el  Ad quem no extrajo una conclusión  carente  de  soporte,  a partir de la cual edificó el juicio de responsabilidad  en  contra  del  procesado,  sino  que  se limitó a establecer el alcance de la  prueba  de  descargos,  para  limitar  sus  efectos,  razón por la que  carece  de  sentido  pregonar  un  supuesto  falso juicio de existencia por suposición,  por  lo demás sustentado en las lucubraciones que realiza el defensor acerca de  cómo  su representado legal, de haber participado dolosamente en los hechos, no  hubiese  accedido  a  recoger a los otros intervinientes en su lugar de trabajo,  donde era conocido.    

        Los   errores   de   fundamentación  antes  delimitados,  permean  también  las  otras  circunstancias  que  pone  de  presente el recurrente como  sustento  de otros tantos presuntos falsos juicios de existencia referidos a las  conclusiones  extractadas  por  el Tribunal del hecho de que el procesado huyera  de  los  policiales,  o  mejor, dijera no haber percibido que era perseguido por  ellos,  o que de inmediato no les informara lo sucedido, o que se hallaran en el  vehículo      el      arma      –escondida-  y  la  fotografía  de la víctima potencial, haciendo  evidente  la  confusión  en que incurre el casacionista al tomar como similares  la      falta     de     apreciación     de     una     prueba     –o  su  suposición  objetiva-y  la  valoración que de la misma se hace.        

        En  todos  esos  casos,  es  evidente  que  lo  pretendido  por el  casacionista  no  es  demostrar fehaciente y protuberante un yerro del Tribunal,  sino  anteponer  su  criterio  y  dolerse  de que el Ad quem no tuviese la misma  percepción, a lo cual llama falso juicio de existencia.   

        Lo  cierto  es  que  el  Tribunal,  para  apoyar  sus  inferencias  indiciarias,  señaló que resultaba indicativo de compromiso penal –así  se  extracta de los apartados  consignados  en  la demanda por el recurrente-, el hecho de que a pesar de haber  sido  perseguido  por  cerca  de de diez patrullas, el procesado no detuviera la  marcha  e  indicara  que  no se percató de ello; o que una vez detenido por los  agentes,  dejara de informar las condiciones en que supuestamente los pistoleros  lo  sometieron;  o  que  los  homicidas  dejaran  en  el  vehículo  un arma, la  fotografía de la potencial víctima y un teléfono.   

        A  todo ello el recurrente, en lugar de señalar en concreto cuál  fue  la  prueba dejada de apreciar o apreciada por fuera de lo que objetivamente  contiene     –para  referirnos  al  falso  juicio  de  identidad  también planteado de soslayo-, se  empeña  en  ofrecer  una  muy particular visión de  cómo   ocurrieron   los  hechos,  tratando  de  justificar  con  conjeturas  la  actuación de su representado legal.   

        De  ese  modo  especulativo  dedica  amplios apartados a tratar de  demostrar  que  su  representado  legal pudo no haber visto las patrullas que lo  seguían   o  a  construir,  sin  elementos de juicio que lo respalden, una  presunta  regla  de la experiencia que surge de suponer que en la generalidad de  los  casos  los  agentes  captores operan de forma atrabiliaria e impiden que el  capturado     en     flagrancia     ofrezca     sus    explicaciones.   

        En  suma,  lo   verificado  de  la fundamentación del primer  cargo,  no  es  que  el  Tribunal  en verdad incurriese en un yerro ostensible y  trascendente  que  obligue  echar  abajo  esa  doble  presunción  de  acierto y  legalidad  de  que  viene  precedida  la  sentencia,  sino  que  la  valoración  probatoria   realizada   en   la  providencia  no  consulta  los  intereses  que  animan al defensor, apenas enfrascado en hacer valer  su   postura   dentro   de   un   típico   alegato   de  instancia.   

        En  consecuencia,  se inadmitira la demanda en lo que a este cargo  concierne.   

     

1. Cargo segundo (primero subsidiario)     

        Por   el   camino  de  la  violación  directa,  el  recurrente  aduce que el Tribunal aplicó indebidamente las normas  típicas  que  regulan los delitos de homicidio y lesiones personales y dejó de  aplicar  el  artículo  12  del C.P., que erradica toda forma de responsabilidad  objetiva e instaura el principio de culpabilidad.   

        Dando  como  probado que la agresión material la ejecutó persona  distinta  del  procesado,  el  recurrente  destaca  que  el plan criminal estaba  destinado  a  dar muerte a Hernando Benjamín Hernández, y no al menor de edad,  su hijo.   

        De  esta  manera,  razona,  lo ocurrido con el infante desborda el  designio  criminal  previo  de  todos  los  partícipes  en el hecho y por ende,  elimina  la  responsabilidad  del  acusado,  así  fuese a título de coautoría  impropia.   

        Esta  forma  de  argumentar  del  impugnante, en principio, parece  avenirse  con el tipo de fundamentación propia del error directo, dado que dice  respetar   los   hechos   y   las  pruebas  tomados  como  válidos  por  el  Ad  quem.   

        Sin  embargo, ello no es del todo cierto, en tanto, para construir  su  soporte  argumental  el  casacionista  introduce un hecho que nunca, como se  extracta  de  los  apartados  transcritos  por  el  demandante,  fue considerado  por       el  Tribunal:      el      supuesto     “exceso”   en  que  incurrió  el  ejecutor material.   

        Ese  exceso  solo  asoma  inscrito  en el argumento casacional del  recurrente  y,  desde  luego,  marca  una  diferencia fáctica sustancial con lo  expuesto  por  el  Ad quem, que si bien señaló la muerte del padre del infante  como  propósito  central de la agresión, de ninguna  manera  aceptó  que  al  momento de desplegar su agresión, el pistolero buscó  cumplir  una finalidad distinta a la pactada previamente con sus compañeros, ni  mucho menos excedió ese plan.   

        Resulta,   en   un   plano  estrictamente  jurídico,  que  en  la  generalidad  de  los  casos, como ya pacíficamente lo tiene decantado la Corte,  el  plan  criminal no puede expresamente  delimitar todas y cada una de las  contingencias  que  operan  durante su desarrollo. Pero, a través de los medios  utilizados  es  factible  prever si    esas  contingencias  fueron  o  no  tácitamente  aceptadas,  como  cuando,  para  citar un tema paradigmático, los  latrocidas,  que  tienen como finalidad básica obtener el beneficio económico,  utilizan  armas  de  fuego,  en cuyo caso, así expresamente no lo pacten, está  claro que asumen los resultados propios de tener que utilizarlas.   

        De    esta    forma    lo   ha   planteado   la   Sala3   

“El recurso de  casación  no  puede  servir  de  plataforma  para  de  un  plumazo  y  de forma  irrazonable,  irracional  e  ilógica, pretender que una tesis sostenida durante  lustros  sea  despachada,  rechazada  u olvidada porque a los demandantes no les  gusta,  no  la  comparten  o quieren a toda costa demostrar que ellos sí tienen  razón  por  encima del criterio de los Juzgadores; máxime si se tiene presente  que  las  argumentaciones  expuestas  por  los  libelistas, son contradictorias,  fuera  de ilación dogmática y sin que hubiesen demostrado la trascendencia del  error  y  el  por qué la Sala debe, sin más ni más, cambiar la jurisprudencia  para  declarar inocentes a los condenados, quienes, precisamente, son penalmente  responsables como lo constataron las instancias.     

Amén  que  cuando  citan  y  transcriben a  diversos  tratadistas  que  han  reflexionado  sobre el particular, entremezclan  teorías    causalistas,   finalistas   y   funcionalistas,   sin   delimitarlas  dogmáticamente,  y  por  ese  camino  epistemológico, ingresan en el campo del  absurdo,  al  hacerlas  confluir  en un mismo punto, sin notar, por ejemplo, que  cuando  afirman  que  la  Corte está en desacuerdo con Jakobs, quien excluye la  coautoría,  no se percatan del verdadero sentido de la afirmación y menos, que  la  Sala  no se casa con una o varias escuelas del derecho, pues todo depende de  las   normas   vigentes   que   regulen  la  situación  concreta,  del  vaivén  legislativo,  la  línea  jurisprudencial  que viene desarrollando la Corte, los  avances  de  la  ciencia,  entre otras pautas hermenéuticas y epistemológicas,  para  poder  adscribirse  a  una  o  tal  concepción  jurídica  a  tono con la  realidad.    

Sobre la escuela funcionalista, en reciente  fallo            de            casación4,  expuso  la  Sala  que “las  teorías  de  la  imputación  objetiva  se  nutren de una serie de conceptos no  estáticos,  sino  en  constante  evolución  y  muchos de ellos aún en proceso  constructivo,  gracias  a  la  incesante  crítica,  que  tiende  a  mejorarlos,  revaluarlos  e  inclusive  a  sugerir  la inaplicación. Por tanto, sus nociones  deben  articularse  en  modo  coherente  y  sistemático,  entre  sí  y  con el  ordenamiento  jurídico  colombiano,  para  no arribar a resultados indeseables,  como   puede   suceder   cuando   se  aíslan  contenidos  o  se  toman  apartes  descontextualizados,  con  el  fin  de  moldearlos  hasta hacerlos coincidir con  algún  factor  constitutivo de la responsabilidad penal derivada de la conducta  culposa”.   

Siendo   ello   así,   al   parecer  los  demandantes,  se  oponen a un concepto unitario de autor, que entiende que todos  son  autores  cuando facilitan la contribución causal, sin interesar la calidad  de    la    colaboración    para   la   ejecución   o   consumación   de   la  infracción5.  No  puede,  en  consecuencia,  obviarse la responsabilidad penal,  cuando  no  se  demostró  la  trascendencia  de  las tesis que se ocupan de una  visión restringida de la coautoría.   

Los   actores  no  edifican  una  teoría  trascendente  para  demostrar  los  errores  de las instancias y contra la misma  normatividad  que  pretende  validar, desconociendo que tanto la coautoría como  el  principio  de  legalidad  que  informan  fueron  vulnerados  y se encuentran  disciplinados en el Código Penal.   

Finalmente,  no  les  asiste  razón  a los  actores,  pues  el  plexo  probatorio es contundente contra los coprocesados, en  donde  sí  se  estructura  la  teoría  de  la  coautoría a los actos ilegales  perpetrados  por  ellos, contrario a sus afirmaciones indemostradas y genéricas  y,   teniendo   en   cuenta,   que   todos   participaron  de  un  plan  común,  preestablecido,  con  el ánimo de hurtar los diversos almacenes que funcionaban  en  el  Centro  Comercial atacado, se unieron en un solo designio, con división  de  trabajo  y  parcelando  el aporte trascendente para sus objetivos ilícitos.   

En  esas  condiciones,  arropados  por  la  nocturnidad  y  sin  público  que  pudiese  impedir  la acción, realizaron sus  proyectos  mancomunadamente,  puesto  que  iban armados, se les halló elementos  propios  para  la  consumación  de  tales  punibles, manifestaron en qué sitio  habían  escondido  la  pistola,  portaban el radio asignado al vigilante que le  cegaron  la  vida, se escondieron por varias horas en el zarzo del edificio para  no  ser  detectados  por la policía ni demás vigilantes y sus descargos fueron  considerados  por  los  juzgadores  mendaces e ilógicos. Aspectos que no fueron  materia   de  ataque  por  parte  de  los  demandantes,  dejando  incólume  las  decisiones   de   instancia  e  insustancial  y  efímeras  las  censuras.    

El  deceso  del  vigilante,  tal  y  como  sucedieron  los hechos, era un evento posible, toda vez que, cuando se planifica  un  hurto  portando armas de fuego, para desencadenar un desenlace exitoso, pero  ilícito  al  fin y al cabo, ante cualquier riesgo o contingencia que se pudiese  desplegar,  como  el  ser descubiertos, doblegar la voluntad de los vigilantes o  cualquier  otra  circunstancias  concomitante  que  se presente como obstáculo.   

Además los libelistas confunden y fusionan  responsabilidad  objetiva  con coautoría, al negar la prueba incriminatoria que  constata  que  no era un simple acompañamiento, como pretenden que se entienda,  porque   la  responsabilidad  penal  valorada  contra  los  condenados  por  las  instancias,  no  fue  deducible  con  marcadas  expectativas  y conjeturas, sino  extractada  de  la  prueba legalmente aportada a la actuación. Con el agravante  para  los  demandantes, que le variaron la valoración a los medios probatorios,  por ello, concluyeron que sus prohijados eran inocentes.   

El  dolo nunca se extiende como lo sugieren  los  demandantes,  desde  luego,  en  un  mismo  acto ilegal, se pueden vulnerar  varios  bienes jurídicos, lo que jamás puede entenderse como una dilatación o  extensión  del  mismo,  para  condenar  por  otros  punibles (homicidio y porte  ilegal),  lo  cual  es  absurdo;  basta  entender un poco la teoría del delito.   

El   postulado   de   la  lógica  de  no  contradicción   que  manifestaron  fue  vilipendiado  por  los  falladores,  al  condenar  a  unas  personas  cuando  ellas  no  consumaron ningún delito, en el  entendido  que si no hicieron nada por qué son responsables; se cae de su peso,  justamente,  por  el  juicio  lógico  aplicado,  al  pretender entender que son  inocentes,  con un profundo desconocimiento la teoría de la coautoría prevista  en  el  artículo  29, inciso 2°, del Código Penal, que desde hace más de dos  décadas  es  un  criterio  jurídico constante, tanto por lo establecido por el  legislador  como  por  la  jurisprudencia,  tal  como  se  informó  en páginas  precedentes,  cuyo  fundamento es el acuerdo mancomunado o preacuerdo ilícito y  la  división  de  funciones  para  lograr  un  objetivo común, en donde, todos  confluyen  a  la  realización  de  los  injustos  típicos;  por  tanto,  en la  coautoría,  como  existe  una empresa criminal, la consumación de los delitos,  no  depende  de una sola persona, sino de un actuar plural y colectivo, donde el  designio    –por   la  preparación,  como  el  portar  armas- marca la pauta para la configuración de  otros punibles que están previstos como posibles.     

Por  último,  equiparar la coautoría a un  partido  de  fútbol,  en donde el jugador que lo marca solo es a él a quien se  le  puede  felicitar;  además de ser un ejemplo, totalmente inadmisible  e  irracional,  por  lo  absurdo  e  ilógico,  muestra un total desconocimiento de  todos  los  postulados  que sostienen la teoría general del delito, pues lo uno  nada  tiene  que  ver con lo otro, hasta el punto que los demandantes, pretenden  que  no  hay  ningún  aporte de quien ayuda a la consecución, como si un sólo  deportista  jugara  en  el  campo,  excluyendo la ayuda de todos los otros diez.   

Peor  aún  cuando pretenden convencer a la  Corte,  para  que  entienda  que  el  gerente de una empresa tiene una funciones  diversas  a  las  del  mensajero,  por  ello  no existe ninguna coautoría y sus  pupilos  son  inocentes,  cuestión  que  se  sale  de  todo  ámbito  jurídico  explicable  por  lo  descabellada  y  extravagante,  pues para los libelistas la  única  coautoría,  aceptada,  -y  no  del  todo- como parece entenderse, es la  propia;  ignorando,  por  ejemplo, los coautores intelectuales, quienes -con ese  modo   tan   particular   de   reflexionar-   quedarían  por  fuera  de  alguna  responsabilidad   penal:  cuestión  por  decir  lo  menos,  descabellada.    

        De  igual  manera,  fenómenos  como  los  del  dolo eventual y la  llamada  aberratio ictus,  o  error  en el golpe, inciden fundamentalmente al momento de verificar cómo el  resultado  debe  atribuirse  a título de dolo, no solo al autor directo, sino a  los           demás           partícipes6.   

        En  consecuencia,  para  que lo argumentado tenga buena fortuna, o  cuando  menos  posibilite  el  examen  de fondo, era necesario no solo citar las  normas  que  se  estiman  infringidas,  sino  abordar  jurídicamente la opción  propuesta,  a  fin  de  establecer  porqué  lo  ocurrido  no hace parte de esos  fenómenos  antes  descritos,  o  mejor, cuál es el  motivo  que   frente   a  los  medios  utilizados  permite  significar, en el caso concreto, propio de la expurgada responsabilidad  objetiva  la  determinación  de  responsabilidad  penal  consignada en el fallo  atacado.   

     

        En  suma,  sea  porque  el  recurrente  remitió  a  un  hecho  no  planteado  por  el Tribunal en su análisis, o atendido que el estudio jurídico  se  quedó  en  la  mera  enunciación de normas supuestamente transgredidas, se  hace   imperioso   inadmitir  el  segundo  cargo  planteado  en  la  demanda  de  casación.   

     

1. Cargo tercero.     

        De  regreso  a la vía indirecta de los presuntos errores de hecho  por  falso  juicio  de  existencia,  el  demandante  retoma lo argumentado en el  primer  cargo,  pero  ahora  con la finalidad de demostrar que a su representado  legal  no  se  le  podía  condenar  como  coautor  impropio  de  los delitos de  homicidio y lesiones personales.   

        En  ese  cometido  incurre en los mismos yerros de fundamentación  destacados  cuando  se  analizó  ese  primer cargo, pues, en lugar de demostrar  que,  en efecto, el Ad quem dejó de analizar pruebas trascendentes arrimadas al  expediente,   emprende  la  tarea  de  controvertir  la  valoración  indiciaria  efectuada  por  el  Tribunal, a través del mecanismo  expedito  de  entregar  a  los  elementos  de juicio arrimados un muy particular  efecto,   prevalido   de   simples   conjeturas,   las   más   de   las   veces  absurdas.   

        Así,  de  lo informado por la abuela del menor fallecido en torno  de    la    forma    como    el   pistolero   efectuó   el   ataque,   y  del  informe  en el que se  consignan  las lesiones padecidas por Hernando Benjamín Bermúdez, de  manera  sofística,  por  no decir completamente alejada de la  realidad,  el  recurrente  pretende  demostrar  que,  repentinamente,  el  sicario  cambió de finalidad y  decidió,  en  lugar  de  dar  muerte a la potencial víctima, atacar a su menor  hijo y a la niñera.   

        Desde   luego,   ese   mecanismo   utilizado   para   designar   ajeno   al  plan  criminal  pactado,  lo  realizado por el agresor material, de paso buscando la absolución  de  su  protegido  legal  respecto de dos de los delitos atribuidos, más que un  alegato  de instancia representa un despropósito, razón suficiente para que el  tercer cargo postulado deba ser inadmitido.    

     

1. Cargo cuarto.     

        Pretende  el  casacionista que se elimine la causal de agravación  establecida  para  el delito consumado de homicidio, procediéndose por la Corte  a  la redosificación de la pena, pues, en su sentir no se motivó adecuadamente  la   existencia   de   la   circunstancia   modal   en  la  cual  se  funda  esa  agravación.   

        De   entrada,   ha  de  anotarse,  la  discusión  surge  bastante  artificiosa,  en  tanto,  parte  de  un  supuesto  errado,  referido a que en el  apartado   de   la   dosificación   punitiva   debe  hacerse  expresa alusión, por parte del Tribunal, a  los     fundamentos     fácticos     y     legales    que    permiten  despejar  la causal agravatoria en  cita.   

        Sucede,  sin  embargo,  que  el delito de homicidio agravado posee  una  delimitación  típica  completa, vale decir, al supuesto de hecho se sigue  la   consecuencia   específica,   en   términos   concretos   de   la  pena  a  aplicar.   

        Entonces,  al  momento  de  dosificar  la sanción los parámetros  mínimo  y  máximo ya vienen establecidos por la norma, artículo 104 del C.P.,  sin  que  sea  menester algún tipo de consideración en torno de ella, pues, se  repite  no  constituye  la  agravante  despejada,  en  sí  misma,  un  factor  que permita modificar esos  extremos  punitivos,  como  sí  sucedería,  por  ejemplo, con los dispositivos  amplificadores     del     tipo    –dígase, la tentativa o la complicidad-.   

        De  esa  manera,  cuando  ya  de  antemano se tienen establecidos,  porque  la  norma  típica  directamente  los  consagra, esos baremos inferior y  superior,  la tarea argumentativa o motiva que se pide del funcionario judicial,  en  ese  específico acápite dosificatorio, es la de  delimitar  el  cuarto  donde  se ubicará y luego especificar la pena concreta a  imponer,  de  conformidad con lo establecido en los artículos 59, 60 y 61 de la  Ley 599 de 2000.   

        Porque,  debe  relevarse,  respecto de los elementos concretos del  delito  –tipicidad,  antijuridicidad  y culpabilidad-, ya antes del momento  de procederse a la dosificación hubo de pronunciarse el juez.   

        Y  basta  apreciar  el  texto completo de la providencia, o cuando  menos  los  amplios  apartados  citados  por el recurrente, para advertir que el  fondo  de  la  providencia se dedicó precisamente a verificar cómo se ejecutó  el  delito  y  cuál  fue  la  participación del procesado, sin que ahora pueda  válidamente  pregonar  el  casacionista  que  se  le  sorprendió o impidió el  derecho  de  contradicción,  cuando,  por  lo  demás,  desde el comienzo de la  investigación  penal  se  han  perfilado  sin  ninguna  discusión  los hechos,  atribuidos  a  un  grupo de sicarios que luego de seguir a la víctima, disparó  contra  los  ocupantes del vehículo en el momento en que por ocasión de la luz  roja este se detuvo.   

        En  el  texto del fallo atacado, es esta la delimitación concreta  de  lo ocurrido y, luego de los análisis correspondientes en punto del delito y  la   participación   del  acusado,  cuando  ya  se  busca  dosificar  la  pena,  claramente,   en   seguimiento  de  lo  deducido  previamente,  se  consigna  la  ubicación  típica  del ilícito de homicidio consumado, dentro del numeral 7°  del  artículo  104 del C.P., a efectos e que la pena  allí  descrita  sirva  de  parámetro  dosificador  y  no,  como  lo reclama el  impugnante, porque de nuevo deba recabarse sobre el punto.   

        No  se  entiende y, desde luego, tampoco lo precisa el recurrente,  cuál  es  el  daño  o  limitación  que  con  esa fundamentación se causó al  procesado  o  la  defensa.  Mucho menos, si de antemano se obvia discutir algún  problema  de  congruencia  y  ni  siquiera  se  ataca  que  de verdad los hechos  obedezcan a esa definición típica concreta.   

        Se   reitera,   para   el   caso   concreto  la  circunstancia  de  agravación,    siempre    despejada   durante   todo   el   proceso,  hace  parte  integral  del  delito  de  homicidio consumado. En  consecuencia,  si  se  dice  que  no  hubo  fundamentación  de  ella, tiene que  aducirse,  en  sana  lógica,  que  tampoco  se  motivó  el  hecho  de  sangre,  afirmación  que  riñe,  como  se  dijo,  con  lo que fue el texto del fallo de  segundo grado.   

        En  suma,  acorde  con  lo  expresado  por  la  Sala  en párrafos  precedentes,    habrá   de   inadmitirse   en   su  integridad la demanda de casación presentada por el  defensor    del    procesado    DÍDIMO    SALAZAR  URBANO.   

          En   mérito  de  lo  expuesto,  la  CORTE  SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,   

R E S U E L V E  

          INADMITIR         la    demanda    de    casación   presentada   por   el     defensor     del  procesado  DÍDIMO SALAZAR URBANO.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

Permiso  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                             SIGIFREDO    ESPINOSA  PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                       MARIA  DEL ROSARIOGONZÁLEZ DE  L.   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                       JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                         JAVIER   DE  JESÚS  ZAPATA  ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  Sentencia del 26 de junio de 2002, radicado 11. 451   

2  Sentencia del 26 de junio de 2002, Radicado 11451,   

3  Sentencia del 10 de junio de 2008, radicado 23033   

4  Corte   Suprema   de   Justicia:   radicación   28.124   del   22  de  mayo  de  2008.   

5 En  este  sentido  JESCHECH,  Tratado de Derecho Penal, Pare General, 1978.   

6  Véase,  al  respecto,  Sentencia  del  18  de  julio  de  2002,  radicado 12764     

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