31311(17-06-09)

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 31311  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado   acta   N°  180   

Bogotá,    D.    C.,  diecisiete (17) de junio de dos mil nueve (2009).   

V   I   S   T   O  S   

La Corte decide sobre el cumplimiento de los  presupuestos  de  logicidad  y  debida argumentación de la demanda de casación  presentada  por  la  defensora   de WILLINTONG VILLARREAL CASTRO.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por  el sentenciador de segundo grado de la siguiente manera:   

“Nace   la  presente  causa como consecuencia del atentado terrorista perpetrado con granada  de  fragmentación  el 17 de julio de 2003 en inmediaciones del parque principal  de  Saravena  (Arauca), donde resultaron muertas dos (2) personas (Carlos Arturo  Rivero  Olivares  y  Merardo  Gómez)  y  heridas seis (6) más (Norma Constanza  Pineda,  Marlon  Eduardo  Camacho,  Marlene  Jaimes,  Jairo  Soto  Vera, Gustavo  Guerrero  Salazar y Rubeny Acevedo), además de los daños materiales causados a  los  establecimientos  comerciales  que  rodean el mencionado parque.   

“Ante la pronta  reacción  del  personal  policial que se encontraba en la garita, lugar a donde  fue  dirigido  el  artefacto  explosivo, dan cuenta de observar al individuo que  lanzó  la  granada,  motivo  por  el  cual  proceden  a  su captura, vinculando  formalmente  a  la investigación al señor Willintong  Villarreal  Castro, quien también resultó herido con  la explosión”.   

2.   El  Juzgado  Único  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Descongestión  de  Arauca, con sede transitoria en  Bogotá,  mediante  sentencia  fechada  el  30  de  mayo  de  2007,  condenó  a  Willintong      Villarreal     Castro  a  las  penas  principales  de 37 años de prisión y multa de 50  salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes, a la accesoria de interdicción  de  derechos  y funciones públicas por el término de 20 años y al pago de los  perjuicios   morales,  como  autor  de  los  delitos  de  terrorismo,  homicidio  agravado,  homicidio  agravado en grado de tentativa y rebelión imputados en la  resolución   de   acusación,  la  cual  quedó  ejecutoriada  el  16 de febrero de 2004.   

3.  Apelado  el  fallo  por el defensor del  procesado,  el Tribunal Superior de Arauca, el 19 de junio de 2008, lo confirmó  en su integridad.   

Contra  esta decisión el acusado interpuso  el  recurso  extraordinario  de  casación,  presentando  su  nueva defensora la  correspondiente demanda.   

4.   Cabe precisar que las diligencias  llegaron  a  esta  Corporación  el  19 de febrero de  2009.   LA   DEMANDA   DE  CASACIÓN   

La  defensora  del  procesado  Willintong Villarreal Castro, al amparo  de   las   causales  tercera  y  primera  de  casación,  presenta  dos   cargos  contra  la  sentencia  del  Tribunal, cuyos argumentos se sintetizan, así:   

Cargo primero  

Con base en la causal tercera de casación,  acusa  al juzgador de segunda instancia por haber dictado sentencia en un juicio  viciado  de  nulidad,  toda  vez que los funcionarios judiciales “no  recepcionaron  los  testimonios de los policiales Darbi Matías  Bobadilla   y   Jesús   Orlando   Silva  Alfonso,  quienes  supuestamente   vieron    al    acusado    lanzar    la   granada   con    los    resultados  ya  conocidos”,  irregularidad que conllevó a la violación del derecho de defensa.   

Refiere  que  si  bien  a  los  mencionados  policías  “les  fue  recibida  declaración  en la  inmediatez  de  la ocurrencia de los hechos, también es cierto que a los mismos  nunca   se  les  pudo  contrainterrogar  por  parte  de  la  defensa”  y,  por  lo  mismo,  se le impidió el derecho de controvertir  tales declaraciones.   

Estima   que   si   el  Tribunal  hubiese  “considerado  la  necesidad  de  la  práctica  de  recepción  de  los testimonios de los policiales, habría dado lugar a realizar  un  verdadero  ejercicio de contradicción”, máxime  cuando  eran  las  únicas pruebas que comprometían la supuesta responsabilidad  de  su defendido, motivo por el cual solicita a la Corte declarar la nulidad del  fallo de segunda instancia.   

Cargo segundo  

Con  fundamento  en el cuerpo segundo de la  causal   primera  de  casación,  acusa  al  Tribunal  del  haber  incurrido  en  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial por error de hecho generado en un  falso  raciocinio, yerro que condujo a la indebida aplicación de los artículos  103, 104, numeral 8°, y 467 del Código Penal.   

Como  demostración de la censura, dice que  el  fallo  del  Tribunal  se  basó en las declaraciones de los policiales Darbi  Matías  Bobadilla,  Jesús Orlando Silva Alfonso y Wilson Sierra Vesga, quienes  supuestamente   vieron   a   su   defendido   lanzar   el  artefacto  explosivo,  “afirmación que rompe con la realidad porque desde  la  garita  no  era posible observar precisamente a la persona que supuestamente  lanzó  la granada”, situación que, en su criterio,  lleva  a  inferir  que  dichos  testigos  no  dijeron  la  verdad,  pues  es  de  conocimiento   público   que   la  garita  tiene  unos  huecos  “demasiado  pequeños”  que  impiden la  correcta visibilidad.   

Así  mismo,  indica  que  los  policiales  aseveraron  que  al  capturado le encontraron una granada de fragmentación; sin  embargo  ninguno  de  ellos lo requisó, toda vez que dicha labor la realizó el  Capitán Sánchez, uniformado que no declaró en este proceso.   

De  otro lado, considera que la experiencia  enseña  que  cuando una “persona recibe heridas por  un  artefacto  explosivo,  queda aturdida y busca la forma de resguardarse, para  lo  cual  corre  a un lugar seguro”, máxima que fue  desatendida  por  el Tribunal, toda vez que si quería inferir razonablemente la  razón  por  la  cual  su  defendido  corrió  después  de  la  detonación del  explosivo,  debió  tener en cuenta que lo hizo para protegerse y así evitar un  daño   mayor   en   su   integridad,   regla  que  de  haber  sido  considerada  “seguramente   el   fallo  hubiese  reconocido  la  legítima defensa presunta”.   

En fin, concluye que el juzgador de segundo  grado  “no  le dio credibilidad al real contexto de  los  acontecimientos”,  deduciendo de manera errada  que  cuando  su  procurado  salió  corriendo  fue  porque  pretendía evadir su  responsabilidad,  además  de que tampoco tuvo en cuenta las afirmaciones de los  testigos     que     indicaron    que    Villarreal  Castro  no  fue  autor  del lanzamiento del artefacto  explosivo  y  que  su presencia en el lugar de los hechos obedeció a motivos de  trabajo,  sin  olvidar  que el resultado de la prueba de absorción atómica fue  negativa.    

Estima   que   los  citados  errores  son  trascendentes   por   cuanto  que  los  mismos  llevaron  a  la  condena  de  su  representado,  razón por la cual, solicita la Corte casar el fallo impugnado y,  por   ende,   absolver   a   Willintong   Villarreal  Castro.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1.  Sobre la  prescripción de la acción penal del delito de rebelión   

Luego  del correspondiente estudio, observa  la  Corte  que  la  acción  penal  del  delito  de  rebelión  imputado  en  la  resolución      de      acusación      al     procesado      Willintong  Villarreal  Castro  se   encuentra      prescrita,     no     quedando     otra   alternativa  jurídica  distinta a la de su declaración.   

En   efecto,   recuérdese  que  mediante  resolución  de  acusación  fechada  el  26  de  enero  de 2004, la cual quedó  ejecutoriada  el  16 de febrero siguiente,     al     procesado     Villarreal  Castro  se  le  imputó,  entre  otros  delitos,  el  de   rebelión,  conducta punible que se encuentra prevista en el artículo  467  del   la  Ley  599 de 2000, normatividad vigente para la época de los  hechos,  la  cual  contempla pena máxima de nueve (9)  años de prisión.   

Ahora  bien,  como  se   produjo      la     interrupción     del     término   prescriptivo  de  la  acción  penal  con  la  ejecutoria  de  la resolución de  acusación,  caso  en  el cual principia a correr de nuevo por un tiempo igual a  la  mitad  del máximo indicado, pero en ningún caso puede ser inferior a cinco  (5)   años,   se   tendrá   éste  último  como  lapso  para  efectos  de  la  prescripción, según el artículo 86 del Código Penal.   

Significa  lo  anterior  que  dentro  del  presente  asunto la acción penal del delito de rebelión se ha extinguido   por    causa    de    la    prescripción,   pues   no    hay   duda   que   desde   el   16     de      febrero      de      2004,      fecha     de     ejecutoria    de    la   resolución   de  acusación,  a  hoy  han  transcurrido  más de cinco (5)  años,  por  lo que se impone la declaratoria de tal fenómeno procesal, el cual  se  consolidó  el  16 de febrero de 2009,  es  decir,  tres días antes de la llegada del expediente a  la   Corte   por   razón   del   recurso   de   casación  (19  de  febrero  de  siguiente).   

Por  lo tanto, al ser incuestionable que la  acción  penal  se  ha  extinguido  por causa del fenómeno de la prescripción,  necesariamente  se  impone  su declaratoria y, en consecuencia, se dispondrá la  cesación  de  todo  procedimiento  contra  Willintong  Villarreal  Castro  en  relación  con  el punible de  rebelión.   

2.  Sobre la  demanda de casación   

La  demanda  de casación presentada por la  defensora   del   sentenciado  Willintong  Villarreal  Castro   no   reúne  los  requisitos  de  claridad,  precisión  y  logicidad que para ser admitida establecen las normas que regulan  el recurso extraordinario.   

En   efecto,  como  lo   ha   reiterado   la  Corte,  la  demanda  de   casación   no  es  de  libre  formulación,  razón  por  la  cual  no  es  procedente  hacer  cualquier  clase  de cuestionamientos a una sentencia que por  ser  la  culminación  de  un proceso está amparada por la doble presunción de  acierto  y  legalidad,   sino   que  debe  ser  un  escrito  lógico y  sistemático  en el que sólo es permitido  denunciar los errores cometidos  en  el  fallo,  al tenor de los motivos expresa y taxativamente señalados en la  ley,  demostrarlos  dialécticamente y evidenciando su trascendencia en la parte  resolutiva del mismo.   

En    lo   relativo   al   primer   cargo,  fundado  en  la  causal  tercera,  como lo ha dicho la jurisprudencia de la Corte, la nulidad como motivo  para  atacar,  por  vía  de  casación,  el  fallo  de  segunda  instancia,  en  “orden   a   la  técnica  propia  de  este  medio  extraordinario  de  confrontación  de  la legalidad de las sentencias, comporta  los  mismos  niveles  de exigencia que son inherentes a las demás causales dada  su  especial  naturaleza,  lo  cual  significa  que  de  modo  insoslayable debe  especificarse  la  causal  de  nulidad  concurrente,  demostrando  el  carácter  sustancial  del  vicio  o la irregularidad acusados y particularmente la etapa o  el  momento  procesal  a  partir  de  la  cual se hace imperativa la anulación,  explicando  justificativamente  las  razones por las cuales no media alternativa  diversa      que      la      de      invalidar      lo      actuado”.1   

Por  consiguiente, tratándose del cargo de  nulidad  la demanda no es un escrito de libre confección, toda vez que también  debe ajustarse a los presupuestos formales para su admisibilidad.   

De igual manera, en virtud del principio  de  trascendencia que gobierna  la   declaratoria   de   nulidad,   según  la  cual,  no  basta  con  denunciar  irregularidades  o que éstas efectivamente se presenten en el proceso, sino que  se  impone  demostrar que aquellas inciden de manera concreta en el quebranto de  los  derechos  de  los  sujetos  procesales,  se  hace  necesario  que  el actor  evidencie  un  perjuicio  en  el  yerro  in  procedendo  denunciado que conlleve  ineludiblemente  a  su  corrección,  pues, caso contrario, la Corte, por razón  del   principio   de   limitación,   no   puede   entrar   a   complementar  al  censor.   

En esas condiciones, observa la Sala que el  primer  cargo fundado en la  causal  de  nulidad  se  quedó  en  el  simple  enunciado, pues la libelista no  demostró  cómo  la  irregularidad  invocada,  es  decir, el no haber tenido la  oportunidad  de  contrainterrogar a los testigos Darbi  Matías  Bobadilla  y  Jesús  Orlando  Silva Alfonso,  incidió  de  manera  ostensible en las conclusiones de la sentencia atacada, al  punto  que de no haberse cometido necesariamente el fallo habría sido favorable  al procesado.   

En otras palabras, constituía una carga de  la  libelista  indicar  a  la  Corte  cómo  la  supuesta imposibilidad de haber  contrainterrogado   a   los   mencionados  testigos  conllevó  a  la  flagrante  violación  del  derecho  de  defensa,  yerro  que  necesariamente de no haberse  cometido  el  fallo  habría  sido  favorable  a  los intereses procesales de su  defendido.   

En  fin,  con apego en un supuesto error in  procedendo  y  argumentando  que  el  juzgador  debió ordenar la ampliación de  tales  testimonios  con  el  fin  de  permitir  a  la  defensa la posibilidad de  contrainterrogarlos,  pretende  el  demandante cuestionar la responsabilidad del  procesado,  lo  que  constituye un desvío hacia los senderos del cuerpo segundo  de  la  causal  primera,  desconociendo  el  principio de autonomía que rige al  recurso  extraordinario,  según  el  cual,  al interior de un mismo cargo no se  pueden entremezclar ataques correspondientes a causales distintas.   

Además, como también lo ha dicho la Corte,  la  simple  discrepancia  de  criterios  en  torno  a la credibilidad positiva o  negativa  que  ha  debido dársele a las pruebas, no constituye yerro demandable  en  casación,  salvo  que  en  la  actividad  probatoria se hayan vulnerado los  postulados en que se sustenta la sana crítica.   

De  otra  parte, olvida la libelista que la  defensa  podía  ejercer  el  derecho de contradicción no sólo a partir de los  contrainterrogatorios,  sino  también  con la crítica y el debate probatoria a  lo   largo  del  proceso,  sin  que  la  ausencia  del  contrainterrogatorio  se  constituya  per  se  en   vicio  que  conlleve  a la  trasgresión del  derecho de defensa.   

Al  respecto la jurisprudencia ha precisado  lo siguiente:   

“Sobre el tema  del   ejercicio   del   derecho   a   la  defensa,  específicamente  el  de  la  contradicción,  a  través del contrainterrogatorio a los testigos de cargo, la  Sala  de  Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia ha esbozado una línea  de pensamiento, que ha sido uniforme, pacífica y reiterada.   

“Así,  por  todas,  se  cita  la  providencia del 16 de marzo del 2005 (radicado 21.595). En  ella, la Corte afirmó:   

‘No se violó el  principio   de   contradicción   por  no  habérsele  permitido  a  la  defensa  contrainterrogar  a…  porque  como  lo  ha señalado la abundante, reiterada y  siempre  uniforme  jurisprudencia  de  la  Sala, no sólo a través de una nueva  formulación  de  preguntas  al testigo se pueden controvertir sus afirmaciones,  sino  también –y no pocas  veces  con  mayor acierto y contundencia- con la crítica probatoria que se hace  en  el  curso  del  proceso,  labor  que sin duda se cumplió con esmero en esta  actuación.   

‘Sobre el tema,  conviene  recordar  lo  que  dijo  la  Sala en la sentencia del 2 de octubre del  2001, radicado 15.286, oportunidad en la que precisó:   

‘Como emana del  artículo  29 de la Constitución Política, dentro del amplio derecho al debido  proceso  está  previsto  el más específico que tiene toda persona sindicada a  controvertir  las  pruebas  que  sean  presentadas en su contra, facultad que se  conoce  también  con  el  nombre  de principio del contradictorio, principio de  bilateralidad  o  simplemente  derecho  a  la contradicción. Importa, entonces,  frente a la demanda examinada, precisar su alcance y contenido.   

         

‘a) En sentido  amplio,  como  mensaje  al  legislador ordinario, el principio de contradicción  comprende  o  está  conformado  por  otros,  fundamentalmente la posibilidad de  acceso  a  la  justicia  para que, en igualdad de condiciones, el imputado pueda  ser  oído  dentro del proceso por un juez independiente, autónomo e imparcial;  la  adquisición del status de sujeto procesal para que especialmente imputado y  acusador  establezcan la relación dialéctica que implica el proceso, es decir,  el  debate  antitético  o  de  oposición, en el cual, como es apenas obvio, la  imputación  o acusación preceden a la defensa pues que, como se sabe, la carga  de  la  misma  se  halla  en  manos  del  Estado;  el derecho (disponible) a ser  escuchado  –a la última  palabra-  durante  todo  el  proceso,  sobre todo en su fase oral; el derecho de  igualdad  durante  la  actuación  procesal  que significa que, más allá de la  mera  contradicción,  justamente  para  que  ésta  sea  efectiva,  los sujetos  procesales    más    importantes    –quien  acusa  y  quien  defiende-  deben hallarse al mismo nivel de  posibilidades  para  imputar y refutar, alegar, aportar, afrontar y enfrentar la  prueba,  e impugnar las decisiones; y, naturalmente, el derecho de defensa, como  respuesta    a   las   imputaciones   del   investigador-acusador   12.   

‘b)  En  el  ámbito  concreto  de la prueba, en una de sus modalidades, la contradicción es  igualmente   importante,   entendida   como   posibilidad  de  cuestionarla,  en  condiciones  normales,  ordinarias, en plano paritario frente a la imputación o  acusación,   salvo,   obviamente,   en  aquéllas  hipótesis  en  las  que  la  “imposibilidad”   deviene  por  comportamiento  censurable  de  los  sujetos  procesales      23.   

‘c) En materia  de  prueba  de  testigos,  también opera la contradicción y lo deseable sería  que  en  todo caso se tuviera la certeza de poder contrainterrogarlos personal y  directamente,  por parte tanto del imputado como de su defensor, todo en aras de  la  más  fina  protección  material  y técnica. Sin embargo, como también lo  tienen  dicho  la doctrina y la jurisprudencia, ese anhelo choca en veces con la  realidad,  que  enseña  muchas  excepciones,  por  ejemplo  cuando  el  testigo  desaparece,  cambia  de  lugar de residencia, está enfermo, muere o se halla en  el  extranjero  o,  por  cualquier  razón,  le es imposible concurrir al debate  directo   y   personal34.  Por  ello  se  ha dicho que  también  se  conserva  en  altísimo  grado  la  controversia  si  los  sujetos  procesales  gozan  de la probabilidad llana de problematizar la declaración con  base  en  el  acta  de testimonio levantada con toda la legalidad, de analizarla  como  integrante  y  a  la  luz  de  todo  el  haz  probatorio,  de hacer ver al  funcionario  judicial  el  criterio  de la “parte” sin cortapisa alguna y de  acudir    a    las   impugnaciones   en   pos   de   insistir   en   la   propia  opinión.   

‘Este punto de  vista,  acoplado  sin duda a las tesis dominantes ecuménicamente, es el seguido  por  la  Sala  que, con criterio real y de verdad, ha dicho que “…el derecho  de  contradicción no se reduce a la intervención de la defensa en la práctica  de  pruebas,  sino que también se ejerce cuando se piden pruebas, cuando éstas  se  critican  en  sí  mismas  y con relación al resto del material probatorio,  cuando   se   impugnan  las  decisiones,  cuando  se  alega,  etc”45;   que   el   derecho   citado   “…no   se   circunscribe   al  contrainterrogatorio  de  los  testigos…,  pues  ésta  es  sólo  una  de las  distintas  formas  de poner en práctica la dialéctica probatoria, toda vez que  con  tal derecho lo que en esencia se busca es la participación efectiva de los  sujetos  procesales  en  la  postulación  o  aducción  de  la  prueba,  en  el  diligenciamiento  de  la  misma  y  posteriormente  en  su  análisis  crítico,  oportunidades  todas  ellas  para  ejercer  el  contradictorio…”56;  que  “…el  derecho  de contradicción no es reductivo y que,  por  lo mismo, la única manera de efectivizarlo no es repreguntando al testigo,  sino  que  existen  otras,  entre las cuales, criticar la declaración, no sólo  aisladamente   considerada   sino   con   relación   al   resto   del  material  probatorio…”67;  y que “…las pruebas que  el  Estado  está  en  la  obligación de practicar son únicamente aquellas que  legal   y  materialmente  puedan  llevarse  a  efecto  y  no  las  de  imposible  cumplimiento…”78’”.9   

Así,  entonces,  observa  la  Sala que las  circunstancias  que  rodearon  la  situación causante de la inconformidad en la  demandante  no  son  diversas de las previstas en la jurisprudencia trascrita y,  por  lo  mismo, esos lineamientos, contrarios a la petición de la casacionista,  son aplicables al presente asunto.   

En  fin,  la  libelista  no cumplió con la  carga  de  mostrar  la incidencia del denunciado desatino frente a los medios de  prueba  que  fundamentaron  la condena de su defendido, poniendo en evidencia la  falta de claridad y precisión de la censura.   

En   lo   concerniente   al  segundo  cargo,  el  que  se apoya en la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial por error de hecho generado en un  falso  raciocinio en la apreciación de las pruebas, en especial los testimonios  de  Darvi Matías Bobadilla, Jesús Orlando Silva Alfonso y Wilson Sierra Vesga,  si  bien la libelista afirma que el sentenciador no las analizó bajo las reglas  de  la  experiencia,  de  todos modos el reproche quedó en el simple enunciado,  toda  vez  que no indicó y menos demostró cuál principio de dicha máxima fue  desconocido,     limitándose     a     decir     que     la     “experiencia  enseña  que  cuando una persona recibe heridas por un  artefacto  explosivo busca la forma de resguardarse, para lo cual corre buscando  un lugar seguro”.   

Debe recordarse que en tratándose del error  de  hecho  por  falso  raciocinio  la  jurisprudencia  de  la  Corte,  de manera  reiterada,  ha  precisado  que si el reproche se centra en el desconocimiento de  los  postulados  de la sana crítica, el censor debe indicar qué dice de manera  objetiva  el  medio de convicción, cuál fue la inferencia que de él dedujo el  juzgador,  cuál  mérito  persuasivo  le  fue  otorgado,  cuál postulado de la  lógica,   de   la   ciencia  o  máxima  de  la  experiencia  fue  desconocida,  especificando  cuál  es  el aporte científico correcto, la regla de la lógica  apropiada,  la máxima de la experiencia que debió tomarse en consideración y,  finalmente,  demostrar  la  trascendencia del yerro, indicando cuál debe ser la  apreciación  correcta  de  la prueba o pruebas que cuestiona y que habría dado  lugar  a  proferir  un fallo sustancialmente distinto y opuesto al que es objeto  de  censura,  para  lo  cual  se  impone  al  demandante  el deber de abordar la  demostración  de  cómo  habría  de  corregirse el error probatorio que acusa,  modificando  tanto  el  supuesto  fáctico  como  la  parte  dispositiva  de  la  sentencia,  labor  que  comprende  un  nuevo  análisis  del  acervo probatorio,  apreciando  las  pruebas acorde con las reglas de la sana crítica y respecto de  las  cuales  se  transgredieron los citados postulados, sin dejar pasar por alto  que  dicha  valoración debe realizarse de manera conjunta y mancomunada con los  demás  medios probatorios respecto de los cuales no recae censura alguna y, por  lo  mismo,  se  acepta  su  correcta  apreciación.10   

Planteadas  así las cosas, surge claro que  la  libelista  no  agotó los ineludibles presupuestos en precedencia indicados,  dejando  la  censura  sin  la necesaria demostración y, por lo mismo, su debido  agotamiento,  pues si bien es cierto que, apoyada en el error de hecho por falso  raciocinio,  censuró  la  apreciación de la prueba, para seguidamente anunciar  que  el juzgador en la labor de asignación del mérito persuasivo se apartó de  las  reglas  de  la  experiencia”,  de  todos  modos  no  precisó  el mérito  persuasivo  que  el  sentenciador  supuestamente  le  otorgó  a  los  medios de  convicción,   ni   indicó   cuál  debió  ser  la  valoración  correcta,  ni  correlacionó  ésta  con  los restantes elementos de juicio sobre los cuales el  juzgador  obtuvo  el  grado  necesario  de  certeza para condenar a Willintong   Villarreal   Castro   como  responsable  de  los  delitos  de  terrorismo,  homicidio  agravado  y homicidio  agravado  en  grado  tentativa,  situación  que  conlleva  a la inadmisión del  reproche.   

Por  consiguiente,  al no reunir la demanda  los presupuestos de claridad y precisión, la Corte la inadmitirá.   

Finalmente,  cabe  señalar  que el estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

3.  Sobre la  redosificación de la pena   

En  estas condiciones,  como   se   inadmitirá   la   demanda   de  casación  y  siendo      claro      que      se     encuentra    prescrito   uno   de  los  delitos  (rebelión) por los  que  fue  acusado  y  condenado Willintong Villarreal  Castro,  indispensable  resulta  ajustar  la pena que  debe  permanecer  vigente  contra  el  sentenciado  por razón de los delitos de  homicidio  agravado  (con  fines  terroristas),  homicidio  agravado  (con fines  terrorista)  en  grado  de  tentativa  y terrorismo, respetando, desde luego, la  tasación efectuada en las instancias.   

En   la  sentencia  de   primera   instancia,   la   cual  fue  confirmada   por   el  Tribunal   Superior   de   Arauca,   el   juzgador,   en   el   proceso   de  individualización de la  pena y partiendo del punible de mayor gravedad, precisó:   

“De acuerdo al  anterior  análisis,  este  Despacho  considera  ajustado a derecho imponerle al  acusado  WILLINTONG  VILLARREAL  CASTRO  una    pena    de   TRESCIENTOS   (300)  MESES    por    el    punible    de    HOMICIDIO  AGRAVADO CON FINES TERRORISTAS  aumentada  en  otro  tanto  de  SETENTA  Y  DOS  (72)  MESES  por  la TENTATIVA DE  HOMICIDIO    AGRAVADO    CON    FINES   TERRORISTAS,  CUARENTA Y OCHOS (48) MESES  por   el   TERRORISMO   y  VEINTICUATRO (24) MESES por  la    REBELIÓN,   por  consiguiente  la pena a imponer será de CUATROCIENTOS  CUARENTA  Y CUATRO (444) MESES DE PRISIÓN, los cuales  equivalen   a   TREINTA   Y   SIETE  (37)  MESES  DE  PRISIÓN,  por  haber  sido encontrado responsable en  calidad   de   autor   de   los   delitos   anteriormente  referidos”. (Se subrayó).   

En  cuanto  a  la  pena principal de multa,  después  de  advertir  que  sólo  los  delitos  de  terrorismo  y rebelión la  contemplaban, indicó:   

“En este caso,  como   consta   dentro  del  proceso  que  WILLINTONG  VILLARREAL  CASTRO  no posee bienes de capital, por lo  tanto,   este   Despacho   considera   justo   imponerle   por  el  TERRORISMO  una  multa  de  TREINTA   (30)   SALARIOS   MÍNIMOS   LEGALES  MENSUALES  VIGENTES  y       por       el       de       REBELIÓN  una  multa  de  VEINTE     (20)     SALARIOS     MÍNIMOS     LEGALES     MENSUALES  VIGENTES…”.    (Se  destacó).   

En  síntesis,  teniendo  en  cuenta  los  anteriores   guarismos,   se   sabe   que  por  el  delito  de  rebelión,  cuya  prescripción  da  lugar  a la cesación de procedimiento que será declarada en  esta  decisión,  se  adicionaron  a  las  penas  principales   24 meses de  prisión y 20 salarios mínimos legales mensuales vigentes.   

Por  ello,  deduciendo  los  mencionados 24  meses  y  los 20 salarios mínimos legales mensuales vigentes, es fácil inferir  que   las   penas   principales   que   subsisten   en  contra  de  Willintong  Villarreal  Castro  es la de  treinta  y  cinco  (35) años de prisión   y   treinta  (30)  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes,  por concepto de multa,  como  autor responsable del concurso de delitos de homicidio agravado, homicidio  agravado en grado de tentativa y terrorismo.   

La  pena  accesoria  no  se  modificará.   

En   todo  lo  demás,  la  sentencia  se  mantendrá inmodificable.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R   E  S  U  E  L  V  E   

1.  DECLARAR  que la acción penal que por el delito de  rebelión se  acusó    al    procesado    WILLINTONG   VILLARREAL  CASTRO,  se  encuentra prescrita. En consecuencia, se  decreta  a  su  favor  la  cesación de la actuación  procesal    únicamente    por    dicha    conducta  punible.   

2.   READECUAR  la     sanción     impuesta     a    WILLINTONG  VILLARREAL CASTRO, razón por  la  cual  las  penas  principales que debe cumplir como autor responsable de los  delitos  de  homicidio  agravado,  homicidio  agravado  en  grado de tentativa y  terrorismo,  son  de  treinta  y  cinco (35) años de  prisión  y  treinta  (30)  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes, por  concepto  de  multa,  y  la  accesoria  de  inhabilitación para el ejercicio de  derechos y funciones públicas por el lapso de veinte (20) años.   

3.  INADMITIR  la  demanda  de casación presentada por la defensora  de  WILLINTONG  VILLARREAL  CASTRO.  En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso extraordinario de casación interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase al Tribunal de origen.   

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                ALFREDO      GÓMEZ  QUINTERO                                  

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ                          MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  LEMOS            

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                                            JORGE   LUIS   QUINTERO   MILANÉS                                                                                 

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                          JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

                                                                                                                                    

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

    Secretaria    

1 Rad.  20046, auto del 11 de febrero de 2004.   

“1Es  la tendencia de la doctrina y de la  jurisprudencia  universales,  como  lo  muestran,  por  ejemplo,  Vicente Gimeno  Sendra  y  otros,  Derecho  Procesal,  Tomo  II  (Vol. I), El Proceso Penal (1),  Valencia  –Esp-, tirant lo  blanch,  1987,  págs.  55  a  61;  Giulio Ubertis, Principi di Procedura Penale  Eurpea.  Le regole del giusto processo, Milano, Raffaello Cortina Editore, 2000,  págs.  35  a  60;  y  José  María  Asencio  Mellado, Introducción al derecho  procesal.  Valencia –Esp-,  tirant lo blanch, 1997, págs. 200/1”.   

“2Así, por ejemplo: José María Asencio  Mellado,  obra  citada,  pág.  201;  Ricardo  Rodríguez  Fernández.  Derechos  fundamentales   y   garantías   individuales   en  el  proceso  penal.  Granada  –Esp-  Pomares,  2000,  especialmente  págs.  18, 24, 348, 349, 350 a 356; Faustino Cordón Moreno. Las  garantías    constitucionales   del   proceso   penal.   Navarra   –Esp-,  Aranzadi,  1999,  págs. 131 y  172;  Vincenzo  Manzini.  Tratado de derecho procesal penal. T. I. Buenos Aires,  Ediciones  de  Cultura  Jurídica,  T:  Niceto  Alcalá Zamora y Castillo, pág.  281”.   

“3Cfr.,  por  ejemplo, Ricardo Rodríguez  Fernández,  obra citada, especialmente pág. 352; Guja Lo Russo y Rocco Pezzano  (a   cura   di).  Elementi  di  diritto  processuale  penale.  Napoli,  Edizione  Giuridiche Simone, X Edizione, 2000, pág. 30”.   

“4  Casación  del    18   de   julio   de   2001   –Radicación No. 13.758-”.   

“5Casación  del  23  de  mayo  de  2001  –Radicación    No.  13.704-”.   

“6Casación  del  25  de  abril  de  2001  –Radicación    No.  13.198-”.   

“7Casación  del  8  de  octubre  de 1999  –Radicación    No.  11.612-”.   

9 Rad.  24229, fallo del 14 de marzo de 2007.   

10  Casación  12062  del  2 de agosto de 2001. Ver también casaciones 14535 del 30  de  noviembre  de  1999,  11135  del  26  de noviembre de 2003 y 20827 del 12 de  diciembre de 2005, entre otras.     

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