26836(01-07-09)

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 26836  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

          Magistrado  Ponente   

          JAVIER ZAPATA ORTIZ   

          Aprobado Acta No. 191   

Bogotá D.C., primero (1) de julio de dos mil  nueve (2009).   

VISTOS  

Decide  la Sala el recurso extraordinario de  casación  interpuesto  por el defensor de JUAN CARLOS ASCENCIO SUESCÚN, contra  la  sentencia  de  10 de mayo de 2006, por medio de la cual el Tribunal Superior  de  Bogotá, decretó la nulidad parcial y confirmó la proferida por el Juzgado  Treinta  y  Seis  Penal  del  Circuito de la misma ciudad de fecha 9 de marzo de  2005.   

HECHOS  

Fueron   relatados   por  el  a quo de la siguiente manera:   

“Se desprende del diligenciamiento que en  la  madrugada  del  ocho  (8)  de  junio  de dos mil tres (2003) en el barrio el  Dorado  Bajo  sur  de  esta  ciudad  [Bogotá]  fue  ultimado  por siete heridas  ocasionadas  en  el  cuerpo  de  JESÚS  DAVID GARZÓN RAMÍREZ con arma blanca,  luego  de que se quedara en la taberna “Los Costales”, donde departió hasta  aproximadamente  las  tres  de  la madrugada con algunos familiares, lugar en el  que  el  hoy  interfecto  cortejó  a una joven que estaba allí con su pareja y  éste le llamó la atención por tal situación.   

Como  consecuencia  de  la  investigación  adelantada  por  funcionarios  de  la  Policía  Nacional  y  Cuerpo Técnico de  Investigaciones,  se  estableció  en  el  informe  que  éstos rindieron que el  posible  responsable de este ilícito había sido el señor JUAN CARLOS ASCENCIO  SUESCÚN,  toda  vez  que  éste  estaba  en el aludido establecimiento y había  tenido  cruce  de  palabras  con  el  occiso  por cuanto éste le conquistaba su  pareja,  pero  además  para quitarle las zapatillas y el buzo, por tal el 27 de  noviembre  de  esa  anualidad  fue  capturado  y  puesto  a  disposición  de la  autoridad”   

ACTUACIÓN  PROCESAL  RELEVANTE   

          1.  El  24 de marzo de 2004, la Fiscalía acusó a  JUAN CARLOS  ASCENCIO                   SUESCÚN1,  como  autor  del  delito  de  homicidio  agravado  por el  deceso violento de Jesús David Garzón Ramírez.   

2.  Remitido el expediente para adelantar la  etapa  del  juicio,  el  2  de  agosto  de  2004  se  llevó a cabo la audiencia  preparatoria2  y  el  29  de  septiembre,  27  de octubre, 15 de diciembre de esa  anualidad    y    18    de    febrero    de   20053, se realizó la vista pública  de  juzgamiento,  al  cabo  de  la cual, en sentencia de 9 de marzo del año que  transcurría4,  el Juzgado Treinta y Seis Penal del Circuito de Bogotá, condenó  a  JUAN  CARLOS  ASCENCIO  SUESCÚN  a  la pena principal de trescientos treinta  (330)  meses  de  prisión;  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  término  de veinte (20) años, como coautor responsable del delito de homicidio  agravado  en concurso con hurto agravado; y, le negó la suspensión condicional  de la ejecución de la pena y la prisión domiciliaria.   

3. Impugnada esta decisión por el Ministerio  Público  y  el defensor de oficio, el Tribunal Superior de Bogotá, en fallo de  10   de   mayo   de   2006  dispuso:  i)  declarar  la  nulidad  parcial  de  la  sentencia5  en  relación  a  la  condena por el delito de hurto agravado, ii)  Confirmarlo   en   lo  concerniente  al  punible  de  homicidio  agravado  y  en  consecuencia,  iii)  disminuir  la  pena  impuesta  de trescientos treinta (330)  meses a trescientos veinte (320) meses de prisión.   

          4.  Inconformes  con  esta  determinación  el  acusado  JUAN CARLOS  ASCENCIO   SUESCÚN   y   el   Ministerio   Público  interpusieron  el  recurso  extraordinario  de  casación.  Presentado  y  aceptado  el desistimiento por el  segundo de los recurrentes, fue concedido al primero.   

          5.  En  auto  de  21  de  junio  de 2007, la Sala admitió el libelo  propuesto  al  considerar  reunía  los  requisitos  formales  y  ordenó correr  traslado  a  la  Procuraduría  Delegada,  quien emitió concepto el 21 de abril  último, aspecto que ahora se estudia.   

LA DEMANDA:  

El defensor de JUAN CARLOS ASCENCIO SUESCÚN  formula  dos cargos fundados en la violación indirecta de la ley sustancial, el  primero,    por   falso   juicio   de   legalidad,   el   segundo,   por   falso  raciocinio.   

          Primer Cargo: falso juicio de legalidad.   

          Ataca  las  sentencias  de  primer y segundo grado por darle valor a  una         “declaración         –       confesión”  realizada  por  el  acusado a los miembros de la policía judicial  (agente  Germán  Ricardo Camargo Torres)  en  el  momento  de  su  captura,  situación  que  si bien no fue  desmentida   por   el   procesado,   éste  informó  en  el  expediente,  tales  manifestaciones  fueron  producto  de  la  presión ejercida cuando “le  lanzaron  gases  en  la  cara,  le colocaron una pistola en la  cabeza  y  le  propinaron  unas  cuantas  patadas.”,  aducción  probatoria  realizada  con  desconocimiento  de  los  artículos  280  (requisitos    de    la    confesión)  de  la  Ley  600  de  2000  y 29 (debido  proceso)  de  la  Constitución  Política, lo cual la  hace inexistente jurídicamente.   

          En  punto a la trascendencia dice el actor, los juzgadores otorgaron  total  credibilidad  a esa confesión y con base en ella dictaron las sentencias  de  primera  y  segunda  instancia,  cuando  lo  correcto  sería su exclusión,  sustracción  con la cual no se habría llegado al grado de certeza exigido para  condenar,  pues  las demás pruebas carecían de la contundencia suficiente para  declarar la responsabilidad del enjuiciado.   

          Si  se  corrige  el  error, la duda aflora y con ella la necesaria e  inexorable declaratoria de un fallo absolutorio.   

          Segundo Cargo: falso raciocinio   

          Para  el  demandante,  se  incurrió en esta clase de error y con el  fallo  se violaron indirectamente los artículos 7° (presunción de inocencia),  232  (prueba necesaria), 284  (requisitos    de    la    confesión)     y     287     (apreciación    del  indicio)   de la Ley 600 de 2000, por aplicación  indebida;  y  103 (homicidio)  y  104  (circunstancias  de  agravación)   del   Código   Penal   (Ley  599  de  2000),  lo  cual  a  su  turno  condujo  a la falta de  aplicación  del  principio  universal  del in dubio pro reo, por las siguientes  razones:   

          .-  La sentencia condenatoria se soporta en la errada valoración de  los  testimonios de Ricardo Garzón Ramírez, Cristian Andrés Garzón Ramírez,  a  partir  de  éstos  el  Tribunal  infirió  la  existencia de los indicios de  presencia,  motivo  y  oportunidad,  aspecto  que  genera la ausencia de soporte  probatorio  para  acreditar  la  responsabilidad  del  acusado, un ejercicio que  riñe  con  las  reglas  de  la  lógica, al corresponder todos ellos a indicios  mediatos,  donde  sólo  se  genera  uno  inmediato, con el cual se fortalece la  razón  de  sospecha  en  el  acusado,  excluyendo  a  todas  las otras personas  presentes  en  la  escena  donde  se  presentó la desavenencia entre éste y el  obitado.   

          A  partir  de  este  sólo  hecho,  dice  el  censor,  se  dedujo la  responsabilidad  de  ASCENCIO  SUESCÚN,  producto  de  una inferencia que sólo  arroja suposiciones, conjeturas y especulaciones.   

          Expresa   como   máxima   de   la  experiencia  distraída  por  el  ad  quem,  el  que quien ha  cometido  un  delito  y  pretende  evitar  que  lo  descubran,  tiende a ocultar  cualquier  vestigio  o circunstancias delatoras, comportamientos inadvertidos en  el  actuar  del procesado, pues muy por el contrario, al interior del expediente  narró  de  manera  espontánea  el  encuentro  que  tuvo  en  la taberna con el  occiso.   

          De  manera  diferente, critica el recurrente, el Tribunal infiere de  manera  equivocada que la presencia en la taberna y la desavenencia entre Jesús  David  Garzón Ramírez y el acusado por la novia de éste, generó el deceso de  aquél  a  manos  de  JUAN  CARLOS  ASCENCIO  SUESCÚN, conclusión que rompe la  máxima  de  la experiencia consistente en que todo homicida trata de ocultar el  delito,  conducta  contraria  a  la  ejercida por el procesado, quien en ningún  momento  ocultó  los  hechos  que podrían comprometerlo y tampoco, huyó de la  vecindad.   

          El  juez  de  segundo  grado para fundamentar el fallo de condena le  otorgó  plena  credibilidad  al  testimonio  de oídas de Luís Alfredo Garzón  Ramírez,  quien  no  estuvo en la escena y su relato se ciñe a lo escuchado de  la  voz  de  Juan  Carlos  N.,  supuesto  testigo  presencial  de los hechos, en  transgresión  de los principios de la lógica y la experiencia al carecer de un  conocimiento  directo,  propio  y  personal,  por  tanto, se ignora si reproduce  fielmente  una  realidad que no vivenció y de este modo su dicho, no soporta la  razón   suficiente   para   generar  la  certeza  requerida  para  declarar  la  responsabilidad del procesado.   

          .-  El fallo se encuentra fundado en conjeturas y rumores originadas  en  los  hechos  acaecidos  en la taberna, respecto de los cuales los familiares  del   occiso   y   declarantes   en   esta   actuación  dedujeron  la  probable  participación  de  JUAN  CARLOS ASCENCIO SUESCÚN en el deceso de Jesús David,  como  se  advierte  del  testimonio  de Lucila Pinilla, testigo de oídas, quien  narra    el    conocimiento    posterior    al    in  suceso,   por referencia de Luís Alfredo Garzón  cuando lo acompañó el mismo día a buscar al presunto homicida.   

          .-  Se  inadvierten  por  el  Tribunal  en la decisión atacada, los  postulados  lógicos  de  no  contradicción e identidad, cuando tiene en cuenta  los  relatos  de  los  testigos  sobre la afirmación encontrada en cuanto a los  diferentes   colores  de  zapatillas  que  usaba  la  víctima  al  momento  del  infortunio,  supuestamente  compradas  el  día  anterior, las que se dice luego  vestía    el    acusado,   no   obstante,   el   ad  quem  asiente  en  la  conclusión  del  a  quo  cuando  afirma la inexistencia de  contradicciones  sobre  este tema, adicional al no encontrase demostrado que los  zapatos  utilizados  por  el  procesado  al día siguiente, fueran los mismos de  Jesús David para el momento del homicidio.   

          .-   Estos   errores   llevaron  al  sentenciador  a  establecer  la  responsabilidad  de  JUAN CARLOS ASCENCIO SUESCÚN, los que una vez advertidos y  ante  la  fragilidad probatoria generan la existencia de dudas razonables que se  deben  declarar mediante la aplicación del principio universal del in  dubio  pro reo, en cumplimiento de las  garantías fundamentales del procesado.   

          Solicita  se  case  la sentencia impugnada y como fallo de reemplazo  se absuelva al acusado.   

EL NO RECURRENTE  

          La  Procuradora  Delegada  que  participó  de  la  investigación y  juzgamiento,  radicó escrito de alegación como no impugnante donde coadyuva el  contenido  de  la demanda de casación presentada por el defensor público, bajo  los siguientes argumentos:   

          .-  El  Tribunal se equivocó al valorar la prueba indiciaria por el  desconocimiento  de  lo  rituado  en  los  artículos  284  y 287 del Código de  Procedimiento Penal.   

          .-  A  pesar  de  haberse  recaudado varios testimonios de oídas se  carece  de  medios  directos sobre la conducta punible investigada, además, los  recolectados   sufren  de  inconsistencias  que  limitan  su  credibilidad  para  permitir  conformar  un juicio razonable con fuerza de certeza sobre la autoría  del  reato.  Adicionalmente  y  a  las  luces  de  la  sana  crítica  son   parcializados,  se  denota  en  ellos  un  marcado interés en el proceso por el  parentesco  y las estrechas relaciones con la víctima, con lo cual “impide   al   juzgador   conformar   un   razonable   juicio  de  verdad”.   

          .-  De  la prueba recaudada -no especifica  cuál- se puede inferir que el occiso al momento de su  muerte  se  encontraba  rodeado  por  seis  hombres  y  una  mujer,  quienes  le  solicitaron   se  quitara  los  zapatos  y  ante  su  negativa  fue  golpeado  y  apuñaleado mortalmente.   

          .-  En  la  sentencia de segundo nivel se consideró como confesión  una  versión  que  legal  ni formalmente se puede tener como tal a partir de la  cual   construyó  un  indicio  para  condenar  al  procesado,  cuando  para  su  estructuración   se   requiere  que  el  hecho  indicador  como  primer  factor  estructural,  esté  legalmente  probado  y la conformación probatoria de éste  hecho                  –indicador-          “con     una     prueba     testimonial     de     tan    frágil  calidad”,   sólo  conduce  a  un  hecho  indicador  insuficientemente demostrado.   

          Derivar  a  partir  de  allí como inferencia la responsabilidad del  acusado,    constituye    un    error    de    falso   raciocinio   “pues   la  vehemencia,  la  coherencia  y  la  concordancia  que  intrínsecamente  debe  existir en el raciocinio de una prueba estructurada a la  manera  de  un  silogismo, y de la operación mental que conforma la inferencia,  están  seriamente  comprometidas  por la debilidad de la prueba testimonial que  el  demandante  demuestra con el análisis que efectúa de este medio probatorio  con base en la sana crítica”.   

          .-  Una  prueba  de  tal  incertidumbre,  sólo  produce dudas en el  conocimiento  y al no lograr ser superadas a la luz de la sana crítica, obligan  a dictar un fallo absolutorio en favor del reo.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

El   señor  Procurador                Primero        Delegada  para  la  Casación Penal,  luego  de  reseñar  los  hechos,  la  actuación   procesal   y  analizar  cada  uno  de  los  reparos planteados  contra  el  fallo,  emite  concepto en el que solicita a la  Corte     sean    desestimados    y    no         se        case  el     fallo        impugnado.   

De  la  misma  manera realiza una acotación  inicial  apoyado en las sentencias de 17 de septiembre de 2008, radicado 21691 y  23  de  febrero  de  2009, radicado 29418, consistente en que admitido el libelo  casacional,  se  genera  para  el  recurrente el derecho a un pronunciamiento de  fondo  por  parte  de  la  Corte,  con  el  propósito de analizar las falencias  demandadas  lo  cual  ameritan  una  reflexión  jurídica  atenta, por posibles  fallas  a  las  garantías fundamentales generadas en la instancias, sin que sea  necesario  la  prosperidad  de  las  pretensiones  contenidas en el libelo, pues  justamente  se  trata,  es  de  verificar  la “posible  vulneración  de las garantías fundamentales de los sujetos procesales, tras el  estudio de fondo del tema planteado en la demanda.”   

          Respecto de cada uno de las censuras conceptúa:   

Primer    Cargo:    Falso    juicio   de  legalidad   

Para  la  Delegada  le  asiste  parcialmente  razón  tanto  a  la  defensa  como  a  la representante del Ministerio Público  cuando       alegan       que       el       atributo       de      “confesión”   otorgada   por   las  instancias  al  dicho  del  acusado  en  el  momento  de  su  captura  ante  las  autoridades   de   policía   judicial   debe   ser  considerada  jurídicamente  inexistente,  por cuanto su proceso de aducción se llevó a cabo con violación  de las formalidades legales.   

Realiza  precisiones  sobre los conceptos de  prueba  ilícita  e  ilegal,  para  destacar que a la luz del artículo 29 de la  Cata  Política,  la  regla  general  de  exclusión opera de diversas maneras y  genera  consecuencias procesales distintas, según se trate de prueba ilícita o  prueba   ilegal   y,  se  apoya  de  doctrina  nacional,  extranjera6    y   de  jurisprudencia  de la Sala, para acotar, con relación a la ilegalidad del medio  de  convicción,  es  “al  juez  a  quien corresponde  determinar   si  el  requisito  legal  omitido  es  esencial  o  no”7,  esto es, si  incide  de  manera  real y efectiva sobre el debido proceso, pues la omisión de  alguna  informalidad  insustancial,  por  sí sola no autoriza la exclusión del  medio de prueba.   

Advierte que el ad  quem  en  el  capítulo  cuarto  del  fallo denominado  “De  la  Responsabilidad  del  Procesado  JUAN CARLOS  ASCENCIO  SUESCÚN”,  el  cual  transcribe,  otorgó  valor  probatorio  de confesión a las manifestaciones realizadas por el acusado  al  momento de su captura y, en virtud de ello, les confirió plena credibilidad  para fundamentar el fallo de condena.   

Enfatiza que este es el error denunciado y a  su  juicio,  apreciar  como confesión unas afirmaciones por parte del encartado  que  carecen del cumplimiento de todas “las garantías  constitucionales   y  legales”  impide  “otorgarle  plena  credibilidad  para  fundamentar  el  juicio de  responsabilidad del procesado”.   

Destaca  que  al  confrontar  los requisitos  previstos  en  el  artículo 280 de la Ley 600 de 2000 con la realidad procesal,  se  verifica en forma sencilla que ellos no se cumplen, pues le es claro que las  expresiones  del  procesado  se efectuaron “al momento  de  ser  capturado  por  el  agente  de  la  Policía  Germán  Ricardo  Camargo  Torres”,  de donde se concluye, fueron realizadas ante  quien  no reúne las condiciones de funcionario judicial, sin estar asistido por  un  abogado  defensor  y  no se le informó del derecho a no declarar contra sí  mismo,  aspecto último del que se deduce, la confesión no se efectuó en forma  consciente y libre.   

De  este  modo,  tales  manifestaciones  del  capturado       no      se      podían      valorar      como      “confesión”,   al   carecer   de  los  requisitos  esenciales  exigidos por la Constitución y la ley para incorporar y  valorar esta clase de pruebas.   

Precisa que esos presupuestos son de esencia  por  referirse  directamente  a  los  derechos  fundamentales  de  defensa  y no  autoincriminación  los  cuales  se encuentran garantizados en la constitución,  la  ley,  instrumentos  internacionales  como  el  Pacto  de  San José de Costa  Rica8,   la  Declaración  Universal  de  Derechos  Humanos  y  el  Pacto  Internacional  de  Derechos  Civiles  y  Políticos9.   

Reitera que en procura de proteger el derecho  de  defensa,  el  artículo 305 de la Ley 600 de 2000 dispone la inexistencia de  todas  las  diligencias  que  se practiquen con el procesado sin la asistencia e  intervención de su defensor.   

De otra parte, hace énfasis en el derecho de  no  autoincriminación,  como una de las manifestaciones del derecho de defensa,  garantía  descrita  en el artículo 33 de la Carta Política, consistente en el  derecho  de  toda  persona  para abstenerse a declarar contra sí mismo y contra  sus  parientes  cercanos, prerrogativa que debe ser informado por el funcionario  judicial  quien  reciba  la  primera  versión  del  imputado  o  sindicado,  en  presencia  de  su abogado defensor, con lo cual se busca asegurar al incriminado  ejercer  conciencia  de  la titularidad de ese privilegio, y si por el contrario  decide  confesar  el  hecho o declarar contra las personas que la norma protege,  lo  hace  de manera voluntaria y, busca “evitar que la  declaración  incriminatoria  pueda presentarse por desconocimiento del derecho,  o  porque  el  implicado  entienda o pueda entender equivocadamente que tiene un  compromiso    indisoluble    con    la   verdad”10   

.  

Expresa  que  en esas condiciones, todas las  manifestaciones    de    personas    capturadas    realizadas   a   “las  autoridades  de  policía  al  momento  de  su aprehensión  física,  o  incluso,  ante  funcionarios  de  la fiscalía o judiciales, sin la  presencia  de  su  defensor, se consideran inexistentes, pues constituyen prueba  ilegal  por omitir requisitos esenciales estrechamente vinculados con el derecho  de  defensa,  los  cuales,  por  ende, no pueden de ninguna manera desconocerse,  porque   ello   quebranta   de   manera   real  y  efectiva  el  debido  proceso  penal”.   

De  esta  manera  y  aunque  no se encuentre  demostrada  la  presunta  coerción  ejercida  por  los miembros de policía que  practicaron  la  captura  de JUAN CARLOS ASENCIO SUESCÚN, para que “confesara”  su  responsabilidad  en  el  homicidio,  el  Tribunal  no  podía  otorgar  valor  probatorio de “confesión”  a  esas  manifestaciones,  pues  como  bien  lo anotan el defensor y la agente del Ministerio Público, esa  “prueba”    resulta  jurídicamente  inexistente,  al incumplir con los requisitos esenciales para su  aducción.   

Sin  embargo,  para el Delegado el reparo no  tiene  vocación  de  prosperidad,  pues  fue  dejado  a  medio camino cuando se  omitió  demostrar  su  trascendencia, esto es, no se ocuparon de mostrarle a la  Sala  –recurrente  y  no  recurrente-  que las restantes pruebas testimoniales e  indiciarias  legalmente  allegadas  al  proceso,  como  lo concluyeron en unidad  jurídica   inescindible  los  jueces  de  instancia,  tales  como,  documentos,  testimonios  de  oídas  y  los indicios de presencia oportunidad y móvil, eran  insuficientes  para  mantener  la doble presunción de acierto y legalidad atado  al  fallo,  pues  con  relación  a ellos,  de manera genérica se hace una  referencia  como  “las  restantes pruebas   no   tienen    la  suficiente  contundencia  probatoria  para  declarar  la  responsabilidad  del  procesado”, pero abandonaron la  tarea  de elaborar un ejercicio dialéctico tendiente a desvirtuar cabalmente el  fundamento probatorio del fallo impugnado.   

Segundo Cargo: falso raciocinio  

Luego   de   precisar   con  apoyo  en  la  jurisprudencia  de  esta  Sala  los  conceptos de: (i) reglas de la experiencia,  (ii)  principios  lógicos de no contradicción e identidad, (iii) certeza, duda  razonable    e    in   dubio   pro   reo,  expresa  que  bajo tales presupuestos corresponde ahora verificar  si  en  verdad  el sentenciador vulneró las reglas de la sana crítica, o si la  demanda  simplemente propone una valoración probatoria distinta, sin aptitud de  éxito.   

Estima  que  las  reglas  de  la experiencia  denunciadas  por el demandante como vulneradas carecen de tal connotación, pues  no  tienen  la  vocación  de permanencia y generalidad al ser inaplicables a un  número    indeterminado   de   casos   ocurridos   bajo   el   mismo   contexto  sociohistórico.  No  se  basan  en  la  racionalidad,  la sensatez y el sentido  común,    sino   en   simples   conjeturas   u   opiniones   individuales   del  recurrente.   

Afirmar     que    (i)    “quien  ha  cometido  un delito, pretende evitar que lo descubran y  tiende  a  ocultar cualquier rastro que delate su conducta, lo cual no ocurre en  este  caso” o que se habrían vulnerado las reglas de  la  experiencia  por (ii) “haber otorgado credibilidad  a   los   testigos   de   oídas   Luís   Alfredo  Garzón  Ramírez  y  Lucila  Pinilla”, a su juicio son enunciados que incumplen las  condiciones  de generalidad y universalidad, características de una regla de la  experiencia,  pues  “perfectamente puede ocurrir que  se  trate  de  un  delincuente  ocasional  que  después de cometido el hecho no  alcance  a percibir las huellas que puedan comprometer su responsabilidad penal,  o  que,  por  el  contrario, le interese conservar los vestigios del delito para  alegar    posteriormente    una   causal   de   ausencia   de   responsabilidad,  etc”.   

De otro lado indica que, la credibilidad del  testimonio,   no   se   supedita   solamente  a  condiciones  de  generalidad  y  universalidad,  sino  a  la  ponderación por parte del operador judicial de los  aspectos  indicados  en el artículo 277 (criterios para apreciar el testimonio)  del  Código de Procedimiento Penal (Ley 600 de 2000), tales como, la naturaleza  del  objeto  percibido,  el  estado  de  sanidad  del sentido o sentidos por los  cuales  se tuvo la percepción, las circunstancias de lugar, tiempo y el modo en  que  se  percibió,  la  personalidad  del  declarante,  la  forma  como hubiere  declarado  y las singularidades que puedan observarse en el testimonio. También  aplicable a los testigos de oídas.   

Para la Procuraduría lo que el casacionista  cuestiona  no  es  la  concreta  vulneración de alguna regla de la experiencia,  sino  la  inferencia  a  que  arribó  el  Tribunal  luego de apreciar el acervo  probatorio,  lo  cual en sede extraordinaria carece de vocación de prosperidad,  al  estar  cimentada  la  discusión de manera exclusiva sobre la divergencia de  criterios  con  el  fallador  de  segunda instancia, a partir de una valoración  parcial  e  interesada  de  la  prueba  testimonial e indiciaria por parte de la  defensa   al   reiterar   como   motivo   de   reproche   el   que  “no     existe     prueba     de     la    responsabilidad    del  acusado”  y  que  el  fallo  de  condena se basó en  “la errónea valoración de la prueba testimonial e  indiciaría  que  conduce a la existencia de dudas razonables sobre el acontecer  fáctico”,  consecuencia  de  lo  cual  se  debería  aplicar    el    in   dubio   pro   reo.   

Dice  que  sucede  lo  mismo con la supuesta  vulneración  de  los  principios  lógicos de no contradicción e identidad, la  cual  habría ocurrido porque, a juicio del actor, los testigos refieren colores  diferentes  de  las  zapatillas de la víctima y sin embargo el Tribunal afirmó  no había disparidad en los declarantes en este aspecto.   

Para  el Ministerio Público el Tribunal mas  bien   incurrió   en  un  lapsus  calami   cuando  aborda  el  tema  del  color  de las zapatillas. Sin  embargo   del   contexto  del  fallo  –sentencias    de    primer    y    segundo   grado-,   dice,    lo   expuesto   por   el  a  quo  sobre el mismo punto, revela su real sentido, con  lo   cual  se  descarta  el  argumento  engañoso,  desleal  o  fraudulento  del  sentenciador, alegado por el recurrente.   

Para  el  efecto transcribe apartes de tales  decisiones  y  precisa,  es  indiscutible la existencia de contradicciones entre  los  familiares  y el agente de policía respecto del color de las zapatillas de  la  víctima,  pero argumenta que ese aspecto es irrelevante frente a los demás  elementos de juicio valorados por los falladores.   

Mas  bien, lo que se deriva de este contexto  “simplemente      es      que      ‘las   alegadas   contradicciones  no  favorecen      al      incriminado’,   y   no   que  ellas  ‘no  existan’,  como  equivocadamente  lo  anotó  al  final  el Tribunal. El reparo, por tanto,  resulta intrascendente”.   

De este modo descarta la trascendencia de las  censuras  planteadas y advierte, que los falladores arribaron a las conclusiones  en  unidad  jurídica  inescindible,  luego  de  valorar  la  prueba  legalmente  incorporada   al   proceso,   sin   observar   la   vulneración  de  garantías  fundamentales que impidan mantener incólume la condena impuesta.   

Destaca  como conclusiones del sentenciador,  las siguientes:   

(i) La noche comprendida entre el 7 y el 8 de  junio  de  2003,  Jesús  David  Garzón Ramírez estuvo departiendo con algunos  familiares      en      la      taberna     “Los  Costales”, en el barrio El  Dorado  Bajo,  sur  de  esta  ciudad  capital, hasta aproximadamente las 3 de la  madrugada;  (ii)  esa  noche  Jesús  David Garzón cortejó a la joven novia de  JUAN        CARLOS       ASCENCIO       SUESCÚN,       alias       “Chanchalo”,  quien  le protestó, al  punto  de  suscitarse  una  disputa  verbal  entre  los  dos;  (iii) JUAN CARLOS  ASCENCIO  SUESCÚN aceptó en la indagatoria haber estado en la taberna donde un  tercero         y        desconocido        le        estuvo        “gusaneando”   a   su   novia;  (iv)  ocurrido  el  incidente, los familiares de Jesús David se retiraron del lugar y  éste  se  quedó  solo y en estado de embriaguez; (v) luego, sobre las cinco de  la  mañana,  Jesús  David  salió del lugar y fue abordado por el “parche”      de     “Chanchalo”  quienes  lo  increparon,  le          dijeron        “’ahora    sí    pirobo’,  expresión  propia  de  quien va a  ‘ajustar  cuentas’  en  el  bajo  mundo; (vi) le pidieron se quitara las zapatillas y el  saco  y  ante su negativa, “Chanchalo”  le  propinó  puñaladas en el pecho, mientras sus amigos le daban  “pata  y  puño”; (vii)  Luís   Alfredo  Garzón  testimonialmente  afirmó  que  momentos  después  de  ocurridos  los hechos, un vecino de nombre Juan Carlos N. lo enteró de la forma  y  autoría  del  deceso  de su sobrino Jesús David e indicó como partícipe a  “Chanchalo”,  a  quien  luego  de  buscarlo  “le vio puestas las zapatillas  blancas   con   negro  que  eran  de  propiedad  de  su  sobrino”;  (viii) aunque el cadáver fue encontrado  sin  los zapatos y el saco, los falladores atribuyeron como motivo del crimen el  incidente   de   la   taberna,   consistente  en  que  la  victima  “gusaneó”  a la novia de JUAN CARLOS  ASCENCIO, alias “Chanchalo”.   

Los    jueces    llegaron    a    estas  conclusiones   como  producto  del  examen  en conjunto de los elementos de  juicio      válidamente      incorporadas      al      proceso     -protocolo  de  necropsia,  inspección  judicial  al  lugar de los  hechos,   acta   de  levantamiento  del  cadáver,  álbum  fotográfico,  plano  topográfico  de  la  escena, indagatoria, sentencia de condena proferida contra  el  acusado por del delito de hurto calificado y agravado en el juzgado 52 Penal  Municipal,  informe de policía judicial suscrito por los investigadores Efraín  Ramírez  y  Hugo  Cruz,  los  testimonios  de  los  agentes de policía Germán  Camargo  Torres  y Sandro Albertino Torres Cabrera, los de Luís Alfredo Garzón  Ramírez,  Cristian  Andrés  Garzón,  Ricardo  Daniel Garzón y Lucila Pinilla  Chaparro-.   

Enfatiza   que   si   bien   los  testigos  presenciales  no  comparecieron  a  declarar,  lo  hicieron  a  través  de  los  familiares  de  la víctima, como corresponde al evento de Juan Carlos N. y, del  examen   conjunto   de  los  medios  de  convicción  recolectados  “los  juzgadores  dedujeron los indicios de presencia en el lugar  de  los  hechos,  oportunidad,  motivo  para  delinquir, falsa justificación e,  incluso,  de  las huellas materiales del delito, todo lo cual converge de manera  grave hacia la responsabilidad penal del procesado.”   

La  prueba  de  responsabilidad  contra JUAN  CARLOS  ASCENCIO  SUESCÚN  es  indirecta,  pero no deja duda de su culpabilidad  dolosa  sin  que se pueda ignorar su admisión en indagatoria de haber estado en  la     taberna    “los    costales”,  donde  se  presentó  la  discusión  con Jesús David Garzón, a  partir  de  la  cual,  junto  con  las  versiones de los hermanos de la víctima  Cristian  Andrés  y  Ricardo  Daniel  Garzón,  quienes  la acompañaban en ese  momento,  son  pruebas  suficientes indicativas de la presencia del procesado en  el lugar y el móvil para delinquir.   

De  otra  parte,  de  los testimonios de los  policiales;  de  Luís  Alfredo  Garzón  Ramírez  y Lucila Pinilla Chaparro se  genera el indicio de oportunidad para delinquir.   

Enfatiza,  que a juicio del sentenciador, el  indicio  de  huellas materiales del delito, estarían probadas con el testimonio  de     Luís    Alfredo    Garzón,    quien    afirmó    haber    “visto”  a  ASCENCIO SUESCÚN con las  zapatillas que eran de propiedad de la víctima.   

Los  testimonios  no  pueden ser tachados de  sospechosos,  dice  el  Procurador,  no  obstante  los vínculos de familiaridad  entre  algunos  testigos  y  la  víctima,  pues  en  el proceso inexisten   pruebas  indicadoras del querer de estas personas en perjudicar al procesado con  la  grave  sindicación  de  haber sido el autor de la muerte violenta de Jesús  David  Garzón  sin  que  se  planteara  en  la  investigación  otra hipótesis  delictiva,  diferente  a  señalar  a  JUAN  CARLOS  ASCENCIO  como el autor del  homicidio,   donde   toda   la   prueba,   “aunque  indirecta”,  conduce  a  él,  aun  excluyendo  del  análisis  la  confesión  del  sindicado realizada al momento de su captura por  haber sido obtenida ilegalmente.   

El  agente fiscal no descarta la posibilidad  de  la  participación  de otras personas en el hecho, pero insiste en que no se  puede  ignorar  que  alias “chanchalo”  era  quien  tenía un motivo cierto para matar, además, de ser el  líder  del  “parche” que  operaba en ese sector.   

Bajo  este  contenido  material,  personal y  social,  le  resulta lógica y coherente la conclusión de certeza racional a la  que  arribó el sentenciador para condenar al procesado como autor del homicidio  agravado.   

Concluye  que no observa, ni el casacionista  demuestra,  vulneración de las reglas de la sana crítica al momento de valorar  los  medios  de  prueba  recaudados  y  que  condujo  al  Tribunal  a deducir la  responsabilidad  penal  de  JUAN  CARLOS  ASCENCIO  SUESCÚN, motivo por el cual  reitera, el fallo impugnado debe mantenerse sin modificación.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA   

1. Aspecto preliminar  

Anota  la  Sala  y  ante  la percepción del  señor  Procurador  Primero  Delegado  que, al haber sido admitida la demanda de  casación,  se  superaron los defectos lógico argumentativos que exhibía, pues  del  contenido  de  los  reproches  propuestos  se  concluye  sin  dificultad la  orientación  de  postular violaciones indirectas de la ley sustancial derivadas  de  errores  tanto  de  derecho  como  de hecho, motivo suficiente para procurar  analizar  de  fondo  los probables yerros denunciados, por las posibles faltas a  las   garantías   fundamentales   que   pudo   generar   lo   actuado   en  las  instancias.   

De   manera   reiterada   la   Sala   ha  precisado11  que  la técnica no se justifica por ella misma, pues es necesario  otorgar  sentido  a  los  fines  de  la  alzada  extraordinaria, donde se pueden  descollar  las  falencias  del libelo y disponer su admisión, siempre que de su  texto  se  logre  colegir  el fundamento de la denuncia casacional, o inclusive,  cuando  se  advierta  el  quebranto  de  derechos  y  garantías  de los sujetos  procesales, motivo por el cual se entrará en su estudio.   

2. Aspecto de fondo  

La  Corte  aprehenderá la disquisición de  las  censuras  formuladas en la demanda en el mismo orden observado para efectos  de su resumen.   

2.1. Primer Cargo.  

El  problema  jurídico  propuesto  por  el  censor  consiste en determinar si las manifestaciones realizadas por JUAN CARLOS  ASCENCIO  SUESCÚN  al  momento  de  su  captura  ante  los miembros de policía  judicial  en  que se dice aceptó su participación en el deceso de Jesús David  Garzón  Ramírez,  eran  susceptibles  de  ser  valoradas  por  los  jueces  de  instancia  como  confesión  o,  por  el  contrario, al haber sido obtenidas con  inobservancia  de  los  presupuestos procesales para su producción –ser rendida ante funcionario judicial  competente  y asistido de un abogado defensor- y con la  violación  de  garantías  -ejercicio  de  fuerza  y  coacción-  pues  dice,  fue objeto de lanzamientos de  gases  en  la  cara,  intimidado  con  un arma de fuego y amenazas de muerte, se  desconocen  los  lineamientos  dispuestos en los artículos 280 de la Ley 600 de  2000  y 29 de la Carta Política, respectivamente, circunstancias generadoras de  nulidad  de  pleno  derecho e inexistencia jurídica del elemento de convicción  que  indefectiblemente  conllevan  a  su  exclusión, carencia ante la cual, los  demás  medios  de  prueba  allegados  no  soportarían  el  fallo de condena al  generarse  la  duda  en  su  favor  y  de  contera,  la necesidad en declarar la  absolución del acusado.   

En  este  sentido,  el  cuerpo  segundo del  numeral  1°  del  artículo 207 del Código de Procedimiento Penal se ocupa del  error  de  derecho  por  falso  juicio de legalidad como motivo de casación, el  cual  acata  el  principio  y  garantía de legalidad de la prueba fundado en el  artículo   29   de   la  Constitución  Política,  que  estatuye  “nula,  de  pleno  derecho, la prueba obtenida con violación del  debido  proceso.”,  norma  que  encuentra desarrollo  legal,  entre  otros, en los artículos 232 (necesidad  de  la  prueba), 235 (rechazo  de  pruebas),  239  (prueba  trasladada),     244     y     245     (procedencia    de    la    inspección,    requisitos),  249,  250,  251,  254  y  255  (prueba  pericial,    procedencia,    requisitos,    contradicción   y   objeción   del  dictamen),     266,     267,    269    (testimonio,  excepción al deber de declarar, amonestación previa  al    juramento),    280  (requisitos    de    la    confesión)  284  y  286  (elementos  del  indicio y  prueba   del   hecho   indicador),   del  Código  de  Procedimiento Penal (Ley 600 de 2000).   

En   efecto,   el   artículo  29  de  la  Constitución                Política12,  rector del debido proceso,  en  la  parte final contiene la regla general de exclusión probatoria, donde se  determina  que toda prueba obtenida con violación a este principio es nula de pleno derecho.   

De    antaño,    la   Sala13  se  viene  ocupando  del tema y ha dejado dicho que la exclusión opera de diversas maneras  y  genera consecuencias distintas, según  obedezca a si se trata de prueba  ilícita o prueba ilegal.   

Se  entiende  por  la  primera –ilícita-,  la  obtenida:  a)  con  desconocimiento  de  los  derechos  fundamentales de las  personas,  tales  como:  i) dignidad humana, ii) debido proceso, iii) intimidad,  iv)  no  autoincriminación,  v)  solidaridad  íntima y; b) la sometida para su  producción,  práctica  o  aducción  a  torturas,  tratos  cueles, inhumanos o  degradantes,  sea  cual  fuere  el género o la especie del medio de convicción  así  logrado14.   

Esta   clase   de   prueba   sin   otra  consideración,  de  manera forzosa debe ser excluida y no podrá hacer parte de  los  elementos  de  persuasión  sometidos al escrutinio racional del juez en la  adopción  de la decisión del asunto bajo su discernimiento, actividad primaria  de  verificación  de  la  validez,  donde  el  operador  de  justicia  no puede  anteponer  su  discrecionalidad,  so pretexto de la prevalencia de los intereses  sociales.   

En otro sentido, la segunda clase de prueba  –ilegal      o  irregular-,  se  genera,  cuando  en  su  producción,  práctica  o  aducción   en  los actos de investigación se desconocen los  presupuestos  legales  esenciales,  pero a diferencia de la anterior, sólo debe  ser  excluida como lo indica el artículo 29 superior, cuando el juez determine,  que  el  requisito pretermitido le es fundamental, carencia que trasciende hasta  soslayar   el  debido  proceso,  pues  la  simple  omisión  de  formalidades  y  previsiones   legislativas   insustanciales   por  sí  solas,  no  facultan  la  supresión      del      medio     de     prueba15.   

En  el  caso que concita la atención de la  Sala,  se  acusa  el  fallo  del  Tribunal  por  otorgar mérito probatorio como  confesión  al  contenido  del  informe  del  CTI,  donde se dice que el acusado  aceptó  la  participación  en  la  ejecución del homicidio investigado, en el  momento  de  su  captura  y ante los miembros de la Policía Nacional del CAI El  Dorado,  sin  contar  con  la asistencia de un abogado de su confianza, nombrado  por él o en su defecto uno de oficio designado por el Estado.   

No  obstante  haber  sido  superados  los  defectos  de  la  demanda  para estudiar de fondo el asunto, es inevitable dejar  pasar  por  alto  la  errada  vía  de  ataque  escogida  por el censor, aspecto  inadvertido en el concepto rendido por el Procurador Delegado.   

Como  de  antaño  la  jurisprudencia de la  Corte    Suprema    de   Justicia   ha   reiterado16,  el  error  de  derecho por  falso  juicio  de  legalidad  tiene  que  ver con el proceso de formación de la  prueba,  las normas que regulan la manera legítima de producirla e incorporarla  al   proceso,  con  el  principio  de  legalidad  en  materia  probatoria  y  la  observancia   de   los  presupuestos  y  las  formalidades  exigidas  para  cada  medio.   

Esta  clase  de  dislate  “gira  alrededor  de  la validez jurídica de la prueba, o lo que es  igual,  de  su  existencia jurídica (concepto que no debe ser equiparado con el  de  existencia  material),  y  suele  manifestarse  de dos maneras: a) cuando el  juzgador,  al  apreciar  una  determinada  prueba,  le  otorga validez jurídica  porque  considera  que  cumple  las  exigencias  formales  de  producción,  sin  llenarlas  (aspecto positivo); y, b) cuando se la niega, porque considera que no  las       reúne,       cumpliéndolas      (aspecto      negativo).”   

Por   tanto,   quien   así   lo   alega  reconoce   la existencia material del medio de prueba, pero controvierte el  desconocimiento  del debido proceso y su legalidad en las etapas de formación e  incorporación al asunto.   

Decantada  la  censura,  el error se dirige  respecto  del  valor  suasorio asignado por el Tribunal a la confesión otorgada  por  el  acusado ante los funcionarios de policía judicial en el momento en que  se   encontraba   privado   de   la   libertad   en   el   CAI   del  barrio  El  Dorado.   

Revisada  de manera minuciosa la foliatura,  advierte  la  Sala,  la  inexistencia  material de acto procesal que contenga la  manifestación   expresa   de   JUAN   CARLOS   ASCENCIO   SUECÚN  (acta,  documento  o  cualquier  soporte  físico  suscrito  por el  acusado)  donde  admita  la autoría de los hechos por  los cuales fue condenado.   

En  materia  penal, para poder hablar de la  existencia  material  de  una  confesión,  se  requiere  por lo menos de manera  exigua,  la  presencia  en  el  expediente  del  acta  o constancia sumarial que  acredite  la  ocurrencia del suceso de aceptación por parte de quien se procesa  en  la  participación  de  la comisión de un hecho punible, la cual debe en lo  posible estar suscrita por quienes en ella intervinieron.   

De este modo, si el deseo del demandante era  reprochar  el  fallo  por  otorgar  valor  suasorio a un elemento de convicción  imaginario,                aparente           materialmente  en  el  expediente,  la  vía  correcta  de  ataque a  escoger  en  casación  correspondía  al  error  de  hecho  por falso juicio de  existencia  por  suposición  de  la  confesión  del acusado dentro de la misma  violación  indirecta  de  la  ley sustancial, pues de manera antagónica a esta  clase  de  dislate,  el  falso  juicio de legalidad, presupone la existencia del  elemento     de     persuasión     –confesión-,  pero  respecto  de  él  se  predica,  se  produjo,  formó o adujo con desconocimiento de su legalidad o las  garantías fundamentales de quien la otorgó.   

Esta   clase   de   yerro   -El  falso  juicio  de  existencia- ocurre  cuando  el  juez  omite valorar una prueba legalmente producida o incorporada al  proceso,  o  infiere consecuencias valorativas a partir  de  un  medio  de  convicción  que  no  forma parte del mismo por no haber sido  producido o incorporado.   

Por tanto y ante su entelequia –de    la    confesión-,  por  sustracción  de  materia,  se  torna  inviable  solicitar y  consecuentemente   disponer   declarar   su   inexistencia  jurídica,  pues  es  insostenible  declarar  la  invalidez  de  lo  que  no  consta en el expediente.   

Ubicado  de manera correcta el error en que  incurrió      el     Tribunal     –falso  juicio  de existencia por la suposición de la confesión de  JUAN  CARLOS  ASCENCIO  SUESCÚN-, como resultado de la  corrección  que ahora se hace del dislate, se dispone sustraer las valoraciones  que  en ese sentido se realizaron en el fallo, encuentra la Sala que el cargo no  está  llamado  a  prosperar,  pues  como  lo acota de manera acertada el señor  Procurador  Delegado,  el  demandante  se  limitó sólo a denunciar el supuesto  error  de  legalidad  de  la  prueba,  pero omitió demostrar, ante la necesaria  exclusión  del contenido del fallo de las apreciaciones realizadas con ocasión  al     medio     de     prueba     –confesión- inexistente, si los restantes  medios  de  prueba  resultarían  insuficientes  para llegar al grado de certeza  racional requerido para proferir una sentencia condenatoria.   

Soslaya  el  recurrente  que  eliminado  el  efecto  del vicio, el Ad quem  expuso:   

“Para  esta Corporación, con base en el  razonamiento  lógico  probatorio  efectuado,  es evidente que se está frente a  los  indicios de presencia, motivo y oportunidad; el primero porque el inculpado  se  encontraba   en  el  lugar  de  los  hechos;  el segundo por el agravio  originado  en  la  taberna  con  la novia del enjuiciado; y el último porque el  occiso  salió  solo de la taberna y en estado de embriaguez, situación que fue  aprovechada   para   ajustar   cuentas   y   en  consecuencia  terminar  con  su  existencia.   

(…)  

Con  fundamento  en  lo  anterior no puede  quedar  duda  respecto  de  la  responsabilidad  en  los  hechos  por  parte del  sentenciado  JUAN  CARLOS  ASECENCIO  SUESCÚN  alias  “Chanchalo”, porque obran  pruebas  fehacientes  que permiten demostrar su participación y que cumplen con  los  requisitos  legales:  en primer lugar  están  las  declaraciones  rendidas  por Germán Ricardo Camargo  Torres,  Lucila  Pinilla  Chaparro,  Daniel  Ricardo  Garzón Ramírez, Cristian  Andrés   Garzón   Ramírez,   Luís   Alfredo   garzón  Ramírez;…”   

(…)  

“Además  de  lo  anterior, está   probado   por   medio   de  varios  testimonios,  inclusive  con  la versión del mismo  enjuiciado que tuvo una rivalidad con el óbito en la  taberna   donde   se  hallaba  éste,  junto  con  algunos  familiares,  quienes  decidieron  retirarse de ese lugar más temprano, quedándose solo el interfecto  y  además  en  estado  de  embriaguez,  situación  que  fue aprovechada por el  encausado  y  sus  amigos  para  resolver el agravio sufrido, siendo atacado por  varias  personas,  razón  por  la  cual  no  le dieron tiempo de defenderse.”  (negrillas fuera de texto).   

Ahora   bien,  ante  la  ficción  de  la  confesión,  superada  la  desquiciada  suposición  probatoria  por  parte  del  ad  quem y excluido el valor  suasorio  otorgado  a ésta en la sentencia, corrobora la Sala, como se acaba de  reseñar,  que  el  Tribunal  arribó  a  la  certeza  racional  respecto  de la  responsabilidad  de  JUAN  CARLOS  ASCENCIO  SUESCÚN  como  autor del delito de  homicidio,  también  por  considerar  y  como  primer motivo de persuasión, la  existencia  de  elementos  de convicción incuestionables que corresponden a las  declaraciones  rendidas  por  el policial Germán Ricardo Camargo Torres, Lucila  Pinilla  Chaparro,  Daniel  Ricardo  Garzón Ramírez, Cristián Andrés Garzón  Ramírez,  Luís  Alfredo  Garzón Ramírez, los indicios de presencia, motivo y  oportunidad y el mismo dicho del encartado vertido en su injurada.   

De este modo, el reparo deviene insustancial  al  no  lograr  derrumbar  la  doble presunción de acierto y legalidad atada al  fallo  pues  resulta  evidente  la  carencia  de  autosuficiencia  del  cargo al  controvertir  de  manera  aislada  la  valoración  irregular  de  un  medio  de  convicción  y  demandar  por  ese  solo  evento,  la absolución del procesado,  cuando  en la decisión atacada se llegó a la conclusión de condena, luego del  análisis  en  conjunto  de  multiplicidad de elementos de persuasión que no se  controvierten.   

Así, la censura no prospera.  

2.2. Segundo cargo.  

         

El demandante atribuye al Tribunal incurrir  en  error  de  hecho  derivado de un falso raciocinio a partir de las siguientes  estimaciones probatorias:   

-.  Al  valorar  los testimonios de Ricardo  Garzón  Ramírez  y Cristian Andrés Garzón Ramírez y deducir los indicios de  presencia,  motivo  y oportunidad para afirmar que JUAN CARLOS ASCENCIO SUESCÚN  le  causó  la  muerte  a Jesús David Garzón Ramírez, desconoció la regla la  experiencia  según  la  cual: “quien ha cometido un  delito  y  pretende evitar que lo descubran, tiende a ocultar cualquier vestigio  o  circunstancia  que  delate  su  conducta”, máxima  contraria  al  comportamiento  del  acusado,  quien  no huyo del vecindario y al  comparecer  al  proceso  narró de manera espontánea el encuentro con el occiso  en  la taberna, sin que hubiera sido interrogado de manera específica sobre ese  aspecto.   

-.  La  inobservancia  de  los  principios  lógicos  de  no  contradicción  e  identidad motivada en la manifestación del  Tribunal  sobre la inexistencia de oposiciones entre los testigos, cuando éstos  son   discordantes   con   relación   al   color   de   las  zapatillas  de  la  víctima.   

-. El otorgar credibilidad a los testimonios  de  Luís Alfredo Garzón Ramírez y Lucila Pinilla Chaparro, dada su calidad de  declarantes de oídas.   

Cuando se propone en casación la violación  indirecta  de la ley sustancial en la forma del falso raciocinio, la Corte tiene  establecido  que  esta clase de error se presenta cuando a una prueba que existe  legalmente  y  es  valorada en su integridad, el juzgador le asigna un mérito o  fuerza  de  convicción con transgresión de los axiomas de la sana crítica; es  decir,  los  principios  de la lógica, las reglas de la experiencia y las leyes  de la ciencia.   

          Esta  especie de dislate exige al demandante indicar cuál postulado  científico,  de  la  lógica o máxima de la experiencia fue desconocido por el  juez;  además, demostrar la trascendencia de ese yerro, de modo que sin él, el  fallo  hubiera  sido  diferente; y concomitantemente indicar cuál era el aporte  científico  correcto, el raciocinio lógico o la deducción por experiencia que  debió aplicarse para esclarecer el asunto debatido.   

Del  mismo  modo,  esta  clase  de yerro se  configura  siempre  que  la  transgresión de las reglas de la sana crítica sea  ostensible  y  manifiesta, de  manera   tal  que  para  reemplazar  la  sentencia  sea  necesario  “comprobar  que  el  juez  abandonó  la  razón,  convirtió  su  arbitrio  en  escueta liberalidad, se alejó del diario discurrir, de la lógica  o  de  las  directrices  que, aun cuando eventualmente relativas, ha signado una  ciencia  o  una  disciplina.  Y,  a  renglón  seguido,  es  imprescindible  señalar    con    pruebas    cuál    ha    debido    ser    la    ‘razón      aplicable’,   la  lógica,  la  ciencia  o  la  experiencia  a  las  que  se ha debido acudir en el caso concreto”17.   

Por  tanto, “no  hay  lugar  a  hablar  de  falso  raciocinio  cuando simplemente se presenta una  apreciación  probatoria  que  no se comparte. La simple disparidad de criterios  en  ese  aspecto,  por consiguiente, no habilita acudir al recurso de casación.  Para  ello,  es  necesario  demostrar  que  en  la  sentencia  se  desconocieron  ostensiblemente    los    parámetros   de   la   sana   crítica”18.   

          En  el  caso que concita la atención de la Sala, el actor omite tal  demostración,  pues  se  limita a plantear su propia percepción sobre el valor  suasorio  que  arrojan  los  testimonios  de Ricardo Garzón Ramírez y Cristian  Andrés   Garzón   Ramírez  al  considerar  que  de  ellos  no  se  desprenden  suficientes  motivos  para  estructurar  los  indicios  de  presencia,  motivo y  oportunidad  deducidos  por  el  Tribunal; de las declaraciones de Luís Alfredo  Garzón  Ramírez  y  Lucila  Pinilla al discutir su inmerecida credibilidad por  tratarse  de  dichos de oídas, sin indicar en dónde estuvo el error manifiesto  del Tribunal cuando apreció tales pruebas.   

Simplemente  se  conforma  con  acusar  el  desconocimiento  de:  i)  la  regla  de la experiencia, según la cual, quien ha  cometido  un  delito  y  pretende  evitar  que  lo  descubran,  tiende a ocultar  cualquier  vestigio o circunstancia que delate su conducta, pues ante la captura  de  su  defendido  éste  no se sustrajo en aceptar su presencia horas antes del  deceso   de   Jesús   David   Garzón   Ramírez  en  la  taberna  “los  costales”,  donde  reclamó  al  occiso  por  el  motivo  de  estar  bailando con su novia; y, ii) los principios  lógicos  de  identidad  y no contradicción en el tema del color de los zapatos  del  obitado, donde los testigos familiares de éste afirman eran de color negro  con  blanco,  el  policial  que conoció del caso escuchó decir eran rojos y el  ad  quem  en el fallo   expresa la inexistencia de oposición entre tales dichos.   

        Olvida  el  censor  y  como  lo  ha  dicho  de manera reiterada esta  Corporación19  al  definir  regla de experiencia como todas aquellas “generalizaciones  que se hacen a partir del cumplimiento estable  e  histórico  de  ciertas  conductas  similares”, la  cual  no  funciona de manera automática, pues su aplicación opera “como  un  enlace  lógico  o  como  parte  del  razonamiento que  vincula  datos  indicadores  que  conducen  a hechos desconocidos”,  sin  poderse  afirmar  que la circunstancia esbozada por el actor  tenga   bases  en  la  experiencia  como  fuente  del  conocimiento  humano  con  características  de universalidad, al no aparecer verificado que siempre o casi  siempre  que  alguien  acepta  parcialmente  en  la  indagatoria  circunstancias  temporoespaciales  y  modales  de  la  ocurrencia  de  hechos  anteriores  a  la  comisión  de  un  delito, además de no abandonar su vecindario, dice la verdad  en  toda  su  atestación o, como lo insinúa el impugnante, resulta ajeno de la  autoría o participación del delito endilgado.   

         Por  el  contrario,  la praxis  judicial enseña otra cosa, pues son muchos los eventos y procesos  en  los  cuales, quien es indagado como presunto sindicado de la realización de  un  hecho  punible,  responde  al interrogatorio reconociendo su presencia en el  lugar  de los hechos, no abandona su domicilio con posterioridad a la ocurrencia  del  ilícito  y se declara ajeno a la comisión del reato; luego, es condenado,  ya  sea  porque  subsiguientemente  se  recauda  prueba  directa o indirecta que  desvirtúa su dicho y lo incrimina, confiesa o acepta los cargos.   

         Como  de  manera oportuna y concreta lo trae a colación el Delegado  al   citar   jurisprudencia   de  esta  Colegiatura20,   cuando  una  premisa  se  elabora  a partir de un regla de la experiencia, se debe exponer en la forma del  operador  lógico:  Siempre  o  casi  siempre  que  se  da  A,  entonces  sucede  B.   

         Así,  el  antecedente  argumental  propuesto  por  el  casacionista  consistente  en  que  “quien ha cometido un delito y  pretende  evitar  que  lo  descubran,  tiende  a  ocultar  cualquier  vestigio o  circunstancia   que   delate   su  conducta”  no  es  admisible  ni  válido  como  regla  de  la  experiencia,  pues  no se conoce su  vocación  de reiteración y universalidad, nada de ello se dice en la demanda y  como  se  acotó,  de manera adversa a lo pretendido por el censor, la práctica  judicial  enseña lo contrario, es decir, que innecesariamente, el procesado que  acepta  algunas  circunstancias  ex  ante  a  la  comisión  del  un  delito, pero niega su participación en  éste, es inocente.   

         De  manera  que  la  universalización  conceptual  propuesta por el  censor  se  muestra  ociosa,  además  carente  de una  conexión  lógica e integradora con los razonamientos  vinculantes  a  los hechos indicadores que conducen a los desconocidos, frente a  realidades  como la presente, donde conforme con varios testimonios a los que el  Tribunal  les  concede  credibilidad,  señalan a JUAN CARLOS ASCENCIO SUESCÚN,  como  la  persona  que  ultimó  a  Jesús  David  Garzón  Ramírez.  Es que el  demandante  no  explica,  ni  enseña  a la Corte, qué relación guarda o cómo  debe  interpretarse  la  susodicha  regla  de  la  experiencia  con  ocasión al  atributo  otorgado  por  el  Tribunal  a los elementos de persuasión en los que  finca el dislate.   

         Cuando  se  invoca  un  error de raciocinio por inobservancia de una  regla   de   experiencia,   ha  reiterado  la  Sala21,  que  es  obligación  del  actor  identificarla  y  acreditar su existencia, labor que implica el demostrar  que:  i)  cumple  con  las  condiciones fácticas para ser tenida como postulado  empírico  y,  ii)  no  es  producto  de  la  particular percepción de quien la  formula,  ni  de sus pensamientos personales.  Tarea que tampoco abordó el  demandante.   

Del   mismo  modo  resulta  desafortunado  construir  un falso raciocinio, como lo sugiere el casacionista, por el hecho de  ser  el  sustento  del  fallo  del  Tribunal, testimonios de oídas, entre otros  medios  de  prueba,  pues  como  lo  ha  reiterado esta Corporación22,  ningún  principio    de    la    sana    crítica   impone   descalificar   prima  facie,  un medio de convicción de  esa naturaleza.   

Así  lo ha expresado la Corte:23   

“Si   bien   es   cierto  ‘el  testigo  de oídas, lo único que  puede  acreditar  es  la  existencia de un relato que otra persona le hace sobre  unos  hechos  (…)  y  que generalmente ese concreto elemento de convicción no  responde   al   ideal  de  que  en  el  proceso  se  pueda  contar  con  pruebas  caracterizadas   por   su   originalidad,  que  son  las  inmediatas’,      tampoco      ‘implica   lo   anterior   que  dicho  mecanismo  de  verificación  deba  ser rechazado; lo que ocurre es que frente a  las   especiales   características  en  precedencia  señaladas,  es  necesario  estudiar  cada  caso  particular, analizando de manera razonable su credibilidad  de  acuerdo  con  las  circunstancias  personales y sociales del deponente, así  como  las  de  la  fuente de su conocimiento, si se ha de tener en cuenta que el  testigo  de  oídas  no fue el que presenció el desarrollo de los sucesos y que  por   ende   no   existe   un   real  acercamiento  al  hecho  que  se  pretende  verificar’ (Sentencia de  segunda      instancia,      29     de     abril     de     1999…)’   (…Cas.  10615)’”.   

          Como  se  advierte,  el  sostén  del  reproche se orienta de manera  genérica  a  discutir  el  mérito  persuasivo  otorgado  por el fallador a los  testimonios  de  Luís  Alfredo  Garzón  Ramírez  y  Lucila  Pinilla Chaparro,  mediante  una  crítica  estrictamente  personal,  pretendiendo el censor que la  Corte  desprecie  la conclusión suasoria de las instancias y anteponga la suya,  desconociendo  que en sede de casación tal postura resulta inadmisible, pues la  sentencia  llega  revestida  de  la  doble  presunción  de acierto y legalidad,  siendo  necesario  para  su  remoción,  demostrar  errores  manifiestos  en  la  apreciación  probatoria  por  parte  del  Tribunal,  aspecto  que  aquí  no se  evidencia, como lo acota el Delegado en su concepto.   

          La  misma  suerte  le corresponde a la presunta transgresión de los  principios  lógicos  de  no  contradicción  e  identidad, la cual en voces del  demandante  tiene  lugar cuando el Tribunal en el fallo declaró la inexistencia  de  oposiciones  entres los testigos con relación al color de zapatos que   vestía la víctima.   

Verificado en el expediente es claro para la  Sala,  que  si bien los familiares de Jesús David Garzón Ramírez (Luis    Alfredo   Garzón   Ramírez24,     Daniel     Ricardo  Garzón25,  Cristian  Andrés  Garzón  Ramírez26)  expusieron  en  sus  declaraciones  que  éste  ante  de  su deceso vestía unas  zapatillas  color  negro  o  negro  con  blanco  y  el  policial Germán Camargo  Torres27  expresó había escuchado que eran rojas, no existe contradicción  en  la  sentencia del ad quem  sobre  el tema, pues lo que allí se declara es precisamente la disonancia en la  percepción  entre  el  grupo  de  testigos  filiales y el agente del orden y la  inexistencia  de contradicción en el contenido de la sentencia del a quo.   

Esto se dijo en el fallo:  

“En  cuanto a las contradicciones respecto  del  color  de  las zapatillas, la Sala comparte el razonamiento del a quo en el  sentido  de  que  está probada la existencia de las mismas y el color es el que  los  familiares del interfecto señalan, ya que éstos fueron quienes observaron  las  zapatillas,  mientras que el intendente de la Policía, simplemente, narró  lo  que  escuchó del enjuiciado, pero nunca observó el color de las zapatillas  ni  mucho  menos  acompañó  al occiso a comprarlas, y por lo tanto concluye el  Tribunal  que las alegadas contradicciones, que favorecerían al incriminado, no  existen”28.   

En  la  decisión de primera instancia a la  cual   alude   el   juez   de   segundo   grado,   esto  se  precisó  sobre  el  tema:   

“De  igual manera se pretende cuestionar  el  material  probatorio  obrante en el proceso debido a las contradicciones que  se  presentan  por  los  testimonios  en  lo  relacionado  con  el  color de las  zapatillas  que  portaba  el  occiso,  o  de  cuándo  se  compraron   o en  compañía de quién…”   

“Y se plantean contradicciones porque el  agente  de  policía  dijo  que  las  zapatillas que tenía el occiso eran rojas  mientras  que  los  familiares señalan que eran negros o negros con blanco y se  pregunta  el Juzgado ¿cuál contradicción? si finalmente fueron los familiares  quienes  acompañando  o no a la víctima en la compra de las zapatillas los que  indican  que  las que éste portaba eran negras con blanco y al margen del color  que  hubiese  dado  el  agente  de policía que finalmente no las vio, ello para  nada   incide   en  el  análisis  precedentemente  realizado,…”29.   

Lo  que se advera con sobrada nitidez luego  de  verificar  la  literalidad  de  las  sentencias,  es  la  inexistencia de la  contradicción  anunciada  por  el demandante, pues precisamente lo que allí se  exponen  por  los falladores, es que efectivamente existen afirmaciones opuestas  respecto  del  color  de  los  zapatos  del  occiso,  generadas  a partir de las  manifestaciones  uniformes de los familiares de la víctima al decir eran negras  o  negras  con  blanco,  mientras el policial expresa lo eran de color rojo; sin  embargo,  los  jueces  en el ejercicio de asignación de atributo suasorio a los  testimonios,  luego  de  analizarlos  en su conjunto y con base en las reglas de  sana  crítica,  le otorgaron credibilidad respecto de este hecho a lo expresado  por  los  parientes del obitado, al considerar detentaban la calidad de directos  en  el  aspecto  de haber estado presente el tío Luís Alfredo Garzón Ramírez  en  el  momento  de la compra del calzado y los restantes cuando departieron con  el  interfecto  en  la  taberna,  pues  recuérdese que Jesús David, los estaba  estrenando  ese  día,  de  preferencia  al  dicho  del policial, quien refería  conocer el color rojo por el dicho del encartado.   

Por  tal  motivo,  cuando los juzgadores le  asignaron    credibilidad    a    este   grupo   de   declarantes   –familiares  de  Jesús  David Garzón  Ramírez-,    descartó    la    inexistencia    de  contradicciones  entre  ellos  sobre  el  color de las zapatillas, motivo por el  cual,   para   la  Sala,  tampoco  la  deducción  del  Tribunal  constituye  un  lapsus  calamí,  como  lo  estima   el  señor  Procurador  Delegado,  pues  lo  allí  expresado  y  ahora  controvertido,  debe  ser  examinado  dentro del contexto de los expuesto por el  a  quo sobre el mismo punto,  con  lo  cual y en palabras del Delegado, se revela su real sentido y se elimina  el  argumento  engañoso, desleal o fraudulento del sentenciador, alegado por el  impugnante.   

         

Nótese, que la decisión de segundo grado se  pronuncia  sobre  el  recurso  de  apelación  interpuesto con relación a la de  primer  nivel,  la  cual  se  ataca  entre  otros  motivos  por  el análisis de  testimonios  contradictorios.  Dicho  de  otra manera, la parte aquí recurrente  entre  los  temas  de  impugnación  a la sentencia del juzgado, incluyó el ser  contradictoria  en la valoración de los testimonios con ocasión al tópico del  color  de los zapatos del occiso; consecuente, el Tribunal se pronuncia diciendo  que     en     tal    ejercicio    de    persuasión    racional    –la     del    juzgado- no existió la transgresión propuesta.   

El reparo no prospera.  

En  mérito a lo expuesto, la Corte Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Penal, administrando justicia en nombre de la  República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE   

1.   No  CASAR  la   sentencia  recurrida,  conforme a lo expuesto en la parte motiva.   

          2. Contra esta decisión no procede recurso alguno.   

Comuníquese,  cúmplase  y  devuélvase al  Tribunal de origen.   

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

JOSÉ    LEONIDAS   BUSTOS   MARTÍNEZ                                 SIGIFREDO  ESPINOSA PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                          MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

                                                                                                                    Permiso   

AUGUSTO  J. IBÁÑEZ GUZMÁN                                         JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                                                 JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria.     

1  Cuaderno No. 1, folio 114.   

2  Cuaderno No. 2, folio 11.   

3  Cuaderno No. 2, folios 43, 59, 77, 101   

4  Cuaderno No. 2, folio 116.   

5  Cuaderno del Tribunal, folio 5.   

6 Cfr.  por  ejemplo,  Manuel  Miranda  Estrampes,  Marcelo Sebastián Midón o Hernando  Devis  Echandía, citados por RAÚL CADENA LOZANO, en “Cláusula de Exclusión y  Argumentación   Jurídica  en  el  Sistema  Acusatorio”,  Ediciones  Jurídicas  Andrés Morales, Bogotá 2005, págs. 31 y ss.   

7  Radicado 18103.   

8  Aprobado por la Ley 16 de 1972   

9  Aprobado por la Ley 74 de 1968   

10  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, Sentencia de 2 de julio de  2008, radicado 27690.   

11  Sentencias   de    26   de   febrero  de  2009,  radicación  No.  25505;  de  23 de febrero de 2009, radicación No. 29418,  de  7  de marzo de 2002, radicación No. 14043; 28 de julio de 2000, radicación  No. 13223, entre otras.   

12  “Articulo 29. El debido proceso se aplicará a toda  clase de actuaciones judiciales y administrativas.   

Nadie  podrá  ser juzgado sino conforme a  leyes  preexistentes al acto que se le imputa, ante juez o tribunal competente y  con  observancia de la plenitud de las formas propias de cada juicio. En materia  penal,  la  ley permisiva o favorable, aun cuando sea posterior, se aplicará de  preferencia a la restrictiva o desfavorable.   

Toda  persona se presume inocente mientras  no  se  le  haya  declarado  judicialmente  culpable.  Quien sea sindicado tiene  derecho  a  la  defensa  y  a la asistencia de un abogado escogido por él, o de  oficio,  durante  la  investigación  y  el  juzgamiento;  a  un  debido proceso  público  sin  dilaciones  injustificadas;  a presentar pruebas y a controvertir  las  que  se alleguen en su contra; a impugnar la sentencia condenatoria, y a no  ser juzgado dos veces por el mismo hecho.   

Es  nula,  de  pleno  derecho,  la  prueba  obtenida   con   violación  del  debido  proceso.”  (negrilla fuera de texto).   

13  Auto  de casación auto 23 de abril de 2008, radicación No. 29416; sentencia de  casación 2 de marzo de 2005, radicación No. 18103.   

14  Sentencias  de  casación  de  23 de abril de 2008, radicación No. 24102 ; 7 de  septiembre de 2006, radicación No. 21529;, entre otras.   

15  Sentencia   de   casación   de   2   de   marzo   de   2005,   radicación  No.  18103.   

16  Sentencia  de 27 de febrero de 2001, radicación No. 15042, auto de casación de  15 de mayo de 2008, radicación No. 28559.   

17  Sentencia   de   casación   de   19   de   julio   de   2006,  radicación  No.  23191.   

18  Sentencia   de   casación   de   16   de   mayo   de   2007,   radicación  No.  22224.   

19  Sentencia  de  casación  de   19  de  noviembre  de  2003, radicación No.  18787.   

20  Sentencia   de   casación   de   21  de  noviembre  de  2002,  radicación  No.  16472.   

21  Sentencia   de   casación   de   10   de   marzo   de   2009,  radicación  No.  30356.   

22  Sentencia  de  casación  de  29  de  febrero  de  2008,  radicación No. 25259.   

23  Sentencia   de   casación  de  26  de  enero  de  2006,  radicación   No.  21791.   

24  Cuaderno No. 2, folio 47.   

25  Cuaderno No. 2, folio 52.   

26  Cuaderno No. 2, folio 59.   

27  Cuaderno No. 2, folio 77.   

28  Cuaderno   segunda   instancia,   folio   19,   página   15   del   fallo   del  Tribunal.   

29  Cuaderno   No.   2,   folio   116,   página  18  de  la  sentencia  de  primera  instancia.     

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