29183(18-11-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 29183  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado  Ponente   

Dr.  JOSÉ           LEONIDAS          BUSTOS  MARTÍNEZ   

Aprobado acta número 333  

Quibdó,  dieciocho  de  noviembre de dos mil  ocho.   

Procede  la  Corte  a  resolver  el  recurso  extraordinario   de   casación   presentado  por  la  defensora  del  procesado  OSCAR  YESID JIMÉNEZ ARENAS,  contra   la  sentencia  dictada  el  12  de octubre de 2007 por el Tribunal  Superior  de Bogotá, con la cual confirmó la pena que le impuso el Juzgado 7ª  Penal  del  Circuito  de conocimiento el 24 de julio del mismo año, de 70 meses  de  prisión  y  multa  de  8  salarios mínimos legales mensuales vigentes, por  haberlo  hallado  responsable  del  delito  de tráfico, fabricación y porte de  estupefacientes.   

HECHOS  

Los declaró de la siguiente forma el Tribunal  en el fallo recurrido:   

“La  génesis  de  la  actuación  tiene su  ocurrencia  para  el  29 de marzo de 2006, hacia las 18:00 horas, cuando agentes  del  orden  realizaban  un patrullaje por el sector de la carrera 70 B frente al  No.  35-07,  procedieron  a practicar una requisa a Oscar Yesid Jiménez Arenas,  hallándole  en  el  bolso  que  portaba  en  la  espalda una bolsa transparente  contentiva  de 12 bolsas pequeñas de sustancia vegetal, la cual al ser sometida  a  estudio  arrojó  positivo  para la marihuana con un peso neto de veintinueve  punto nueve gramos (29.9 gramos).”   

ANTECEDENTES  

1.  El 30 de marzo de 2006 se llevaron a cabo  en  el  Juzgado  41  Penal Municipal con funciones de control de garantías, las  audiencias   de   legalización   de   la   captura   y   formulación   de   la  imputación.   

La  Fiscalía,1  coadyuvada  por el Agente del  Ministerio  Público,  en  atención  a  que  en  la actuación se demostraba el  arraigo  del  imputado  en  la  comunidad,  la  ausencia  de  antecedentes y que  ‘quizás  por ingenuidad  sobrepasó       el       límite       de       dosis      personal’, solicitó la libertad provisional la  cual  fue  concedida  por el juez de control de garantías al advertir, además,  que  la  conducta   surgía  intrascendente  desde  la  perspectiva  de  la  antijuridicidad material.   

2. El 12 de septiembre de ese mismo año, ante  el  Juzgado  7º  Penal  del  Circuito  de  conocimiento, la Fiscalía presentó  escrito  de  acusación  en  contra del señor Jiménez  Arenas  por el delito de tráfico fabricación y porte  de  estupefacientes.  Se  adelantó  la audiencia preparatoria y el trámite del  juicio  oral,  el  cual concluyó con la condena de 70 meses de prisión y multa  de 8 salarios mínimos mensuales legales que se impuso al acusado.   

3. La defensa interpuso recurso de apelación  en  contra  de esta decisión y el Tribunal Superior de Bogotá la confirmó con  la  sentencia  del 12 de octubre de 2007, objeto del recurso de casación que la  Corte resuelve en esta oportunidad.   

DEMANDA DE CASACIÓN  

Cuatro  cargos,  todos al amparo de la causal  primera  de casación, por violación directa de la ley sustancial, presentó la  demandante contra la sentencia impugnada.   

Cargo   primero:  Indebida  aplicación del artículo 376 del Código Penal y falta de aplicación  del  artículo  29-2 de la Constitución Política que establece el principio de  legalidad basado en el derecho penal de acto.   

La   recurrente   sostiene   que  la  norma  constitucional  referida  implica  que  no  se puede caracterizar el delito como  modo  de  ser  de  la  persona. Al contrario, las normas penales se dirigen a la  conducta  social  del  hombre  en  función de la protección efectiva de bienes  jurídicos  y no en función de lo que se es, como sucede en el derecho penal de  autor.   

Desde esta perspectiva, señala, la sentencia  del  Tribunal viola “… el principio constitucional de acto, en cuanto que el  acusado  OSCAR  YESID  JIMÉNEZ  ARENAS  fue  condenado  por  el hecho de llevar  consigo  sustancia  estupefaciente  tipo  marihuana  para  su  consumo personal,  debido  a  su  situación  de  dependencia   o  de  adicción, como así se  demostró en la audiencia de juicio oral…”   

Según  sostiene, los juzgadores de instancia  reconocieron  la  condición  de adicto del procesado. Sin embargo, se apartaron  de  la  caracterización  del  delito,  dándole  un  alcance  que  no tiene, al  señalar   que   su   situación   de   adicto   no   lo  exoneraba  de  la  responsabilidad  penal, debido a que la sustancia incautada excedió en 9 gramos  los límites permitidos.   

De  esa manera, agrega, resulta equivocada la  imputación  del  delito  previsto  en  el  artículo 376 del Código Penal y la  declaración  de  responsabilidad  del  acusado  que  efectúa  el  Tribunal  al  señalar  que  la  tenencia  de  la  sustancia  “… de por sí representa una  amenaza  concreta  para  la  salud pública, no solo porque se excede el máximo  permitido  para  el  consumo  personal y ello ya de por sí genera un daño a la  salud,   sino   también   porque   puede   utilizarse  para  comercializarse  o  distribuirse  de  cualquier  manera,  acto  con  el  que  se pone en riesgo a la  comunidad.”   

Propende, entonces, por el respeto del derecho  penal  de  acto,  el cual supone la adopción del principio de culpabilidad y la  existencia  material  de un resultado lesivo a otros (antijuridicidad material),  perspectiva  desde la cual resulta pertinente examinar si se ofrece necesario un  juicio  de  reproche al consumidor de sustancias ilícitas, que adquiere para su  consumo  una  dosis  ligeramente  superior  a  la  permitida, cuando su conducta  obedece a un asunto propio, de libre albedrío.   

Si bien el delito previsto en el artículo 376  del  Código  Penal  se  considera  de  peligro,  agrega, el artículo 11 de ese  estatuto  establece  el  principio  de  lesividad,  según  el cual para que una  conducta  sea  punible se requiere que lesione o ponga  efectivamente  en  peligro  el bien jurídico tutelado  por  la  ley.  Al  acusado  no  se  le  atribuyó  la  condición  de traficante  (expendedor,    distribuidor,    etc.),  sino de consumidor, pues el alucinógeno lo adquirió para su uso  personal.   

En   este   orden   de   ideas,   precisa,  razonablemente  no  puede  aceptarse  que  9,9  gramos  por  encima  de la dosis  personal   para   marihuana   (20  gr.  art.  2-j  L.  30/86),  corresponda  a  un  exceso  intolerable  que  autorice  la  intervención del sistema penal, pues se trata de una cantidad sin  incidencia   para   el  bien  jurídico  protegido  con  el  tipo  de  tráfico,  fabricación y porte de estupefacientes.   

En  síntesis,  afirma  que  si  el  Tribunal  hubiere  aplicado  los  principios constitucionales enunciados, el resultado del  proceso  hubiere  sido  diferente,  nunca de reproche  jurídico  ante la atipicidad subjetiva de la conducta,  que  llamaba  a  declarar  su  inocencia frente al tipo penal imputado. Por esta  razón,  solicita  de  la  Corte casar la sentencia de manera que en el fallo de  reemplazo  correspondiente,  absuelva  al  procesado y se alcance la efectividad  del derecho material.   

Cargo segundo: Por la  misma    vía    (violación   directa)  la  recurrente  alega  la  exclusión  o  falta de aplicación del  principio  pro  hómine  o  cláusula  de  favorabilidad,  porque  el  Tribunal  fundamentó el fallo en una  jurisprudencia  restrictiva a los derechos del acusado, omitiendo aquella que lo  favorecía y que, por supuesto, estaba llamada a regular el caso.   

En  demostración  del  cargo  afirma  que el  Tribunal,  en  las consideraciones del fallo tuvo en cuenta dos decisiones de la  Corte,  las sentencias de casación del 26 de abril de 2006 (Rad. 24612) y del 8  de  agosto  de  2005  (Rad.  18609),  en  las  cuales,  afirma,  se  examinó la  situación  del  adicto  que  es  sorprendido  llevando  consigo una cantidad de  estupefacientes  superior  a  la  legalmente autorizada. No obstante, agrega, la  segunda  providencia  es  más  restrictiva  a los derechos fundamentales de las  personas.   

Según  sostiene, en el fallo del 26 de abril  de  2006  se  ponderó  la categoría de tipo de peligro abstracto del artículo  376  del  Código  Penal,  correspondiente al delito de fabricación, tráfico y  porte  de  estupefacientes  sin importar que el bien jurídico protegido resulte  materialmente  afectado. Por consiguiente, la adicción no es causal eximente de  responsabilidad.   

Contrario sensu, continúa, la providencia del  8  de  agosto  de  2005 destaca la trascendencia del concepto de lesividad en el  derecho  penal,  en  la medida que la sanción de la conducta obedece no solo al  desvalor  de  acción  sino  también  al  desvalor  de  resultado,  en donde se  concreta  la denominada antijuridicidad material prevista en el artículo 11 del  Código Penal.   

Según  sostiene,  el  Tribunal  aplicó  la  providencia   inicialmente  relacionada,  con  detrimento  de  la  cláusula  de  favorabilidad  aludida, por lo que procede casar el fallo atacado, de manera que  se  unifique  la  jurisprudencia  entorno  a  la  problemática  de  los adictos  sorprendidos   con   cantidades  superiores  a  la  dosis  personal,  porque  la  diversidad  de  criterios  apareja desconfianza, ausencia de credibilidad en las  instituciones del Estado y da cabida a la arbitrariedad judicial.   

Cargo Tercero: Falta  de  aplicación  del  artículo 32-10 del Código Penal, que establece la causal  de ausencia de responsabilidad penal por error sobe el tipo.   

Sostiene  la demandante que el Tribunal erró  al   omitir   la   aplicación   de   la   norma   referida,  pues  ‘sin  contar con elementos probatorios,  consideró  que  la  conducta del acusado era dolosa porque, como adicto, con el  simple  tacto  de  la  sustancia,  debió  saber  que  la  cantidad de marihuana  adquirida      era      superior     a     la     dosis     personal’.   

Según afirma, en el proceso se demostró que  el  acusado  fue  sorprendido  con  29,9  gramos  de  marihuana  y, además, que  Jiménez  Arenas  tiene  la  condición  de consumidor de esa sustancia. Objetivamente, entonces, se verifica  el  delito  de  porte  de estupefacientes, pero la Fiscalía no demostró que el  acusado   hubiere   obrado   con  pleno  conocimiento  de  la  tipicidad  de  la  conducta.   

Con la finalidad de que se logre en este caso  la  efectividad  del  derecho  material,  la  demandante solicita que se case la  sentencia y se profiera la absolutoria de reemplazo.   

Cargo  Cuarto: Falta  de  aplicación de los artículos 3º y 4º del Código Penal, que conlleva a la  indebida aplicación del tipo penal del artículo 376 Ib.   

Según la demandante, las consideraciones del  Tribunal  relacionadas  con  el  carácter  punible  de la conducta atribuida al  procesado,  confrontadas  con  los principios que orientan la imposición de las  sanciones  penales,  conducen  a  concluir que se le impone por su condición de  adicto  y  no  porque  hubiere  obrado  en  forma contraria a derecho, de manera  voluntaria  y  libre, o por haber lesionado o puesto efectivamente en peligro el  bien jurídico de la salud pública.   

Este modo de razonar, señala, desconocen los  valores  y  principios del Estado social de derecho y, además, va en contravía  de   importantes   avances   de  la  dogmática  penal  como  los  principio  de  insignificancia,  de  limitación  del ius puniendi, de necesidad de imposición  de la pena y el principio de utilidad de la sanción.   

En razón de lo anterior, concluye, la pena de  prisión  que  se  impuso  al  procesado,  además de ilegal por ausencia de los  elementos  estructurantes  del  delito,  desconoce  los principios de necesidad,  proporcionalidad  y  racionalidad  de  las sanciones penales; carece de utilidad  práctica  para  el  problema  de  adicción  que  padece  y  se exhibe como una  retaliación  frente  a  los  consumidores  de  droga, lo cual no satisface a la  conciencia social.   

Como en los reproches anteriores, solicita que  se case la sentencia y se profiera la absolutoria de reemplazo.   

AUDIENCIA DE SUSTENTACIÓN  

La  defensora  del  procesado  llama la atención de la Sala en relación con el cargo segundo de la  demanda,  para  insistir  que  el  sentenciado no es un traficante de sustancias  ilegales  sino  un simple consumidor que traspasó en 9 gramos la dosis personal  de  marihuana,  circunstancia  que  desdibuja  la antijuridicidad material de su  conducta.   

La  Fiscal  Cuarta  Delegada  ante  la  Corte,  como  sujeto  procesal  no  recurrente,   manifiesta  que  la  demanda  presenta  cargos  contradictorios  y  carentes    de    fundamentación,    razón    por    la    cual    deben   ser  desestimados   

En  términos  generales,  considera  que  la  sentencia  recurrida no desconoce el derecho penal de autor, ni el principio pro  hómine   y  como  los cargos de la demanda carecen de respaldo frente  a  la  evaluación probatoria del Tribunal, la sentencia debe mantenerse, siendo  esta la petición que eleva a la Corte.   

Similar  solicitud  presenta  el Procurador  Cuarto para la Casación Penal,  quien   en   relación   con   los   cargos   de   la   demanda   manifiesta  lo  siguiente.   

Frente  al  cargo primero, relacionado con el  desconocimiento  del  principio  de  derecho  penal  de  acto,  advierte  que el  Tribunal  estableció  la  materialidad  de la conducta y la responsabilidad del  acusado,   a   través   de   los   medios  de  convicción  incorporados  a  la  actuación.   Esto  significa  que  el   juicio  de responsabilidad no  corresponde  a  los  fundamentos del derecho penal de autor, ni propende por una  forma  de  responsabilidad  objetiva,  de manera que el cargo no está llamado a  prosperar.   

En relación con el segundo reproche, alusivo  al  supuesto  desconocimiento  del principio pro hómine, considera que el cargo  no  corresponde  a  este  postulado  pues lo que denuncia la actora no revela un  evento  de  tensión  entre  normas  que regulan derechos fundamentales, sino el  supuesto  conflicto  entre  dos  decisiones judiciales, tema relacionado con los  criterios  de  interpretación  jurisprudencial  que  no  constituye  causal  de  casación.   

Frente  al  cargo  tercero,  con  el  que  se  denuncia  la  falta  de  aplicación  del  artículo  32-10  del  Código Penal,  manifiesta  que el modelo de procedimiento penal previsto en la Ley 906 de 2004,  está  cimentado  en  principios  y  garantías  fundamentales  como  los  de no  autoincriminación  y  el derecho a guardar silencio.  Sin embargo, agrega,  cuando  se  pretende  el  reconocimiento  de  causales  subjetivas  eximentes de  responsabilidad,   resulta   indispensable  que  el  procesado  renuncie  a  las  garantías    aludidas,    porque    sin    su    versión   resulta   imposible  demostrarlas.   

El  error  de  tipo que expone la demandante,  agrega,  no  lo  establece  el  Tribunal en el fallo censurado desde el punto de  vista  fáctico  o  jurídico,  circunstancia  que impide adelantar un análisis  sobre  el  particular,  menos cuando en la actuación no se cuenta con pruebas o  elementos  materiales probatorios relacionados con dicho tema. Se trata tan solo  de  una  hipótesis expuesta por la recurrente, de manera que este cargo tampoco  tiene vocación de prosperar.   

Y, en relación con el cargo cuarto, considera  que  la  demandante no concreta un reproche que pueda afectar la legalidad de la  sentencia.  Si  bien  menciona  diferentes principios rectores del derecho penal  (legalidad   de   los   delitos   y  de  las  penas,  antijuridicidad),  el  ataque  no  toma  en  cuenta la  sanción  finalmente  impuesta  al  procesado y tampoco expone en qué medida el  juzgador quebrantó los principios enunciados.   

Frente  a  la  imprecisiones  de la demanda y  porque  no  se  advierte vulneración a los derechos fundamentales del procesado  con  la  imposición y la dosificación de la pena, solicita desestimar también  este cargo y que no se case la sentencia impugnada.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

La Sala no se detendrá en los defectos de la  demanda  a  los  que  aluden  los  representantes  de la Fiscalía General de la  Nación  y  del  Ministerio Público, porque una vez admitida el censor adquiere  el  derecho  a  que  se  le  responda  de  fondo  sobre los cuestionamientos que  presenta en contra de la sentencia de segunda instancia.   

Cuando la Corte declara ajustado el libelo no  debe  volver  sobre  un  tema  ya  superado en el trámite de la casación, pues  justamente   para   realizar   ese  examen  el  artículo  184  del  Código  de  Procedimiento   Penal   (213  L.  600/00)   estableció   la   calificación   de   la   demanda.2   

La  citada  norma  de  la  Ley  906  de 2004,  determina  los  eventos en los cuales no se selecciona a trámite una demanda de  casación  (si  el  demandante  carece  de  interés,  prescinde  de señalar la causal, no desarrolla los cargos, o cuando se advierta  de  su  contexto  que  no  se  precisa  del  fallo  para  cumplir algunas de las  finalidades  del recurso). Sin embargo, también impone  a  la  Corte  el deber de superar los defectos del libelo y decidir el fondo del  asunto,  teniendo en cuenta los fines de la casación, la fundamentación de los  mismos,  la  posición  del  impugnante  dentro  del  proceso o la índole de la  controversia planteada.   

De  esa  manera,  como  en oportunidad se dio  aplicación  a  esta  norma,  los defectos de la demanda se entienden superados,  razón  por  la  cual  la  Corte  procede  a  responder  los  reproches  en ella  contenidos.   

Como  las  censuras  se  fundamentan  en  la  violación  directa  de  la  ley  sustancial  y  el  recurrente  no  estableció  prioridad  alguna  en las postulaciones, la Corte las examinará en el siguiente  orden.   

1.  Cargo segundo. A  través  de la violación directa de la ley, la demandante alega la exclusión    o    falta   de   aplicación   del   principio   pro  hómine,  porque  el Tribual sustentó la decisión en  una  sentencia  de la Corte Suprema de Justicia que considera restrictiva de los  derechos  del  acusado, con desconocimiento de otra de alcance favorable que, en  su criterio, estaba llamada a regular el caso.   

En  respuesta  a  este  cargo,  bastará  con  precisar  acogiendo  la  opinión  del  Agente  del  Ministerio Público, que la  cláusula  de favorabilidad a la que alude la recurrente, cobra aplicabilidad en  el  caso  de  conflictos  entre distintas normas que consagran o desarrollan los  derechos  humanos,  evento  en  el cual el intérprete debe preferir aquella que  sea   más  favorable  al  goce  de  los  derechos.3   

El  principio  pro  homine  es un instrumento  fundamental  para  la correcta interpretación de las disposiciones relacionadas  con  los derechos humanos. La referencia que se hace a esta cláusula, atiende a  la  existencia  de  normas que regulan derechos de esa naturaleza de manera que,  en  caso  de  conflicto  entre  diversas disposiciones, debe aplicarse la que se  advierta más favorable a la persona.   

En la censura, la recurrente no alude a normas  del  bloque de constitucionalidad, constitucional o legal que hubieren resultado  afectadas  con  la  sentencia proferida por el Tribunal, sino al desconocimiento  de  la cláusula aludida en relación con decisiones judiciales, pues, sostiene,  si  uno  de  los  postulados  fundamentales  de  interpretación de los derechos  humanos     es     el    de    la    favorabilidad,    entonces,    ‘el  intérprete  debe escoger no solo  la  norma más favorable a la vigencia de los derechos humanos, sino también la  jurisprudencia  que  resulte más benéfica en los casos que involucren derechos  humanos’.   

De  esa  manera,  asiste razón a los sujetos  procesales  no  recurrentes  cuando  afirman  que  el  cargo  propuesto  por  la  demandante  no demuestra la causal sobre la cual se estructura, en la medida que  omite  preciar  la  norma  de  derecho  sustancial  prevista  en  el  Bloque  de  Constitucionalidad,  en  la Constitución o en la ley, que hubiere sido omitida,  interpretada  en  forma  errada  o aplicada indebidamente por el sentenciador en  este asunto.   

El   artículo   181-1   del   Código   de  Procedimiento  Penal,  como  lo señaló con precisión el Agente del Ministerio  Público,  no  contempla  la  posibilidad  de  denunciar  en  sede  de casación  vicisitudes  de análisis jurisprudencial, su finalidad es permitir el examen de  constitucionalidad  y  legalidad  de  las  sentencias  de  segunda instancia, en  virtud   del   yerro  en  que  pudo  incurrir  el  sentenciador  al  aplicar  la  normatividad  llamada  a regular el caso concreto, bien por falta de aplicación  o  exclusión  evidente,  aplicación indebida, o interpretación errónea de la  ley sustancial.   

De acuerdo con lo anterior, como la recurrente  no  demuestra  que  el  Tribunal,  a  través de alguno de los yerros indicados,  hubiere  violado  en forma directa disposiciones de derecho sustancial, el cargo  no está llamado a prosperar.   

2. Cargo tercero de  la  demanda.  Falta  de  aplicación  del  artículo  32-10  del  Código Penal,  relacionado con la ausencia de responsabilidad por error de tipo.   

Según  la  demandante,  en  el  proceso  se  demostró  que  el  acusado  fue  sorprendido con 29,9 gramos de marihuana y que  tiene  la  condición  de  consumidor de esa sustancia, pero no se demostró que  hubiere  obrado  con conocimiento de la tipicidad de la conducta, pues no tenía  forma  de  corroborar  que  la  cantidad  adquirida excedía los 20 gramos de la  dosis personal.   

Cuando  se invoca la violación directa de la  ley  como  causal  de  casación, la actividad del censor, a quien no le es dado  cuestionar  la  valoración  de  las  pruebas  realizada  por el sentenciador ni  discutir  la  declaración de los hechos consignada en el fallo, debe orientarse  exclusivamente  a  demostrar  la  equivocación  en que incurrió el Tribunal al  aplicar la normatividad al caso concreto.   

Se  trata, según tiene dicho la Corte, de un  estudio  estrictamente  jurídico,  pues  cualquiera  que  sea  la  modalidad de  violación   directa   de   la   ley,   el   yerro   de   los  juzgadores  recae  indefectiblemente  en  forma  inmediata  sobre  la  normatividad,  todo  lo cual  implica  un  cuestionamiento  en un punto de derecho, sea porque se deja de lado  el  precepto  regulador de la situación concreta demostrada, porque el hecho se  adecua  a un precepto estructurado con supuestos distintos a los establecidos, o  porque  se  desborda la intelección propia de la disposición aplicable al caso  concreto.   

La  demandante  no  desarrolla  el  reproche  conforme  a  los  presupuestos consignados, tan solo afirma que no se aplicó el  artículo  32-10  del  Código  Penal.  Sin  embargo, en el desarrollo del cargo  ni  siquiera  indica  qué  dice   en   concreto   la  norma,  cómo  regula  la  materia  en  debate,  qué  interpretación  le  dio  el  Tribunal,  de qué manera se equivocó al fijar su  alcance,  cómo  afecta el  caso,  y  cuál sería la recta inteligencia que a ella corresponde.  Es  decir, la propuesta no va   más   allá  del  enunciado,  pues  en  forma  alguna  se  propende  por  su  desarrollo  y demostración, según era  de esperarse.   

Por el contrario, la postulación    divaga    en    las   apreciaciones    personales    de   la  recurrente,  quien  considera  que  el  Tribunal  debió  reconocer  una  causal  eximente  de  responsabilidad  que,  como con acierto  señaló  el  Procurador,  sólo  en  la  demanda  de  casación   tiene   existencia,   de  manera  que  la  postulación  aparece del todo inconexa con los hechos  demostrados  en  el  juicio  y  con  las  valoración probatoria realizada en la  sentencia.   

Desde  esta perspectiva, por sustracción de  materia,  resulta  imposible  predicar  el error que la recurrente atribuye a la  sentencia     demandada    y,    en    consecuencia, el cargo no prospera.   

3.    Cargo  cuarto.  Violación directa  de  la  ley  sustancial por  falta  de  aplicación  de  los  artículos  3 y 4 del Código Penal.   

Las       normas      supuestamente  omitidas hacen alusión a  los   principios   de   las   sanciones  penales  (necesidad,  proporcionalidad,  razonabilidad),  y a las funciones de la pena (prevención general, retribución  justa,    prevención   especial,   reinserción   social   y   protección   al  condenado).   

De acuerdo con los términos del reproche, la  condena  que el Tribunal impuso al acusado   en   el   fallo  recurrido  resultaba  procedente.   Sin   embargo,   la  pena  se   fijó   sin  consideración  a  los  principios   y   a  las  funciones  que  regulan  la sanción penal, previstos en  las  normas  supuestamente  omitidas.   

Es  decir,  la  recurrente  circunscribe  el  reproche  a  señalar  que  las  consideraciones  que  permitieron  al  Tribunal  declarar  la  responsabilidad  del  acusado,  desconocen valores y principios de  orden  constitucional  relacionados  con la pena, la cual resulta ilegal en esta  asunto   porque   se   impuso   a  pesar  de  que  no  concurren  los  elementos  estructurantes  del  delito,  de manera que el fallo desconoce los principios de  necesidad,     proporcionalidad     y    razonabilidad    de    las    sanciones  penales.   

Pero,  conforme  puntualizó  el  Procurador  Delegado,  estos  argumentos  no  desarrollan  el  cargo  propuesto,  porque  la  demandante  no  demuestra  que  en  la  dosificación  de  la  pena (tema   en  el  que  adquieren  relevancia  las  disposiciones  que  supuestamente   dejaron  de  aplicarse),  el  Tribunal  hubiere  omitido la aplicación de los principios y de las funciones que señala  la ley para regular las sanciones penales.   

Sin  hacer  referencia  alguna  a  la  pena  impuesta,  a  los  criterios  o  a las reglas que el sentenciador tuvo en cuenta  para  fijarla,  alega  que  la  sentencia  viola  en  forma inmediata las normas  referidas,  desconociendo  que  sólo a partir de las consideraciones efectuadas  en  la  sentencia  sobre esos tópicos, resultaba posible acreditar el yerro que  denuncia  por falta de aplicación o exclusión evidente de los artículos 3 y 4  del Código Penal.   

El  texto  de  la sentencia informa que en el  proceso  de  individualización  de la pena, el juzgador tuvo en cuenta, además  de  los  límites punitivos establecidos en la ley para la infracción, aspectos  que  en su criterio revelaban la gravedad de la conducta, el daño generado, las  casuales  que  agravaban  o  atenuaban  la  punibilidad,  la intensidad del dolo  y  la  función que la pena debía cumplir en el caso  concreto,  lo  cual  pone  en  evidencia  que el yerro  denunciado  no  tiene  existencia  o por lo menos carece de demostración, en la  medida  que  la  recurrente  dejó  de  examinar las consideraciones que tuvo en  cuenta  el  Tribunal  al  momento  de  determinar e individualizar la pena, para  acreditar  a  partir  de  ese análisis, por qué razón resultaron desconocidas  las normas que proclama.   

En  estas  condiciones,  el  cargo  no  está  llamado  a prosperar, sin perjuicio de las consideraciones y determinaciones que  se adoptarán en relación con la siguiente censura.   

4.  Cargo  primero.  Indebida  aplicación del artículo 376 del Código Penal y falta de aplicación  del artículo 29-2 de la Constitución Política.   

En términos generales la demandante sostiene  que  el  error  del  Tribunal  estriba  en  considerar  punible  la conducta del  acusado,  a pesar de que se estableció su condición de adicto a la marihuana y  que  excedió  únicamente  en 9 gramos la dosis personal. Es cierto, acota, que  el  delito  que se le atribuye está catalogado como de peligro. No obstante, el  artículo  11  del  Código Penal establece el principio de lesividad, en virtud  del  cual  son objeto de sanción únicamente los comportamientos que lesionan o  ponen   efectivamente   en   peligro   el   bien   jurídico   tutelado  por  la  ley.   

En  torno  a este  tema  se tiene establecido      que     la  antijuridicidad,  como  elemento  estructurante del delito, debe  ser  entendida  en  sentido  material  y no solo desde su perspectiva formal, es  decir,   como  la  mera  disconformidad  de  la  conducta  con  el  ordenamiento  legal.   

“Esto  significa  que  el  derecho penal no  existe  para  sancionar exclusivamente con base en la confrontación que se haga  de  la  acción  humana  con  la  norma,  sino, más allá, para punir cuando de  manera   efectiva  e  injustificada  se  afecta  o  somete  a  peligro  un  bien  jurídicamente tutelado.   

Así  lo ha expuesto la jurisprudencia de la  Sala  Penal  de  la  Corte  Suprema  de Justicia, por ejemplo en la sentencia de  casación   del   21   de   abril   del  2004  (radicado  19.930),  en  la  cual  afirmó:   

Como   ha  enseñado  la  Sala4,  para que un  comportamiento  típico  pueda  considerarse  base  o  fundamento  del delito es  indispensable  que  de modo efectivo lesione o al menos ponga en peligro un bien  jurídico  tutelado  por  la  ley;  con  tal  sentido el principio de lesividad,  acuñado  por  la  doctrina jurídico penal, aparece recogido en la legislación  penal  como uno de los elementos esenciales del delito (artículo 11 del código  penal).”5   

De lo anterior, como también lo ha dicho la  Sala,   

“se  destaca entonces la trascendencia que  tiene  la noción de lesividad en el derecho penal, por la cual, como sistema de  control  lo  hace  diferente de los de carácter puramente ético o moral, en el  sentido  de  señalar  que, además del desvalor de la conducta, que por ello se  torna  en  típica,  concurre  el desvalor del resultado, entendiendo por tal el  impacto  en el bien jurídico al exponerlo efectivamente en peligro de lesión o  al  efectivamente  dañarlo,  que  en  ello  consiste la llamada antijuridicidad  material contemplada en el artículo 11 del Código Penal.   

Pero,  además,  se relaciona este principio  con  el  de  la llamada intervención mínima, conforme al cual el derecho penal  sólo  tutela  aquellos  derechos,  libertades y deberes imprescindibles para la  conservación   del   ordenamiento   jurídico,   frente   a  los  ataques  más  intolerables  que se realizan contra el mismo, noción en la que se integran los  postulados  del  carácter  fragmentario del derecho penal, su consideración de  última  ratio y su naturaleza subsidiaria o accesoria, conforme a los cuales el  derecho  penal  es respetuoso y garante de la libertad de los ciudadanos, por lo  cual  sólo  ha  de intervenir en casos de especial gravedad y relievancia, ante  bienes  jurídicos  importantes  y cuando, los demás medios de control resultan  inútiles  para  prevenir  o solucionar los conflictos, esto es, reclamando como  necesaria  la  intervención  del  derecho penal”.6   

Sobre   estos   postulados,  la  Corte  ha  establecido  que  ante la insignificancia de la agresión, o la levedad suma del  resultado, “es  inútil  o innecesaria la presencia de la actividad penal, como  tal  es  el  caso  de  los  llamados delito de resultado de bagatela.”7   

En  relación  con  el   delito   tráfico,   fabricación  y  porte  de  estupefacientes    (art.    376   C.P.),    que  si   bien  corresponde  a  los  denominados de peligro  abstracto   en  el  sentido  de  que  no  exige  la  concreción  de  un daño al bien jurídico tutelado,  sino  que basta la eventualidad de que el interés resulte lesionado  (pues el  tráfico  de  sustancias  estupefacientes    pone    en    peligro   la   salubridad   pública,8         en   cuanto   constituye  la  condición  necesaria  y específica para que los individuos y  la    comunidad    las  consuman);  no  puede  perderse  de  vista  que  “…   las  cantidades  que  se  acercan  al  límite  de  lo  permitido  para  consumidores,   se   ubica   en   una   sutil  franja  de  lo  importante  a  lo  insignificante…  {y} si bien el legislador  no  le  ha  otorgado  discrecionalidad  al juez para modificar las cantidades en  orden  a  su  punibilidad, debe tenerse en cuenta que lo dispuesto para la dosis  personal  marca  una  pauta  importante para fijar la  ponderación  del  bien  jurídico  en  orden  a  su protección.”9   

Lo   anterior   si  en  cuenta  se  tiene  que  el  bien  jurídico  constituye   la  única  instancia    legitimante    del    poder   punitivo  en  el  Estado social de  derecho,  en  el  cual,  además,  la  jurisdicción  penal tiene como función esencial la protección de  tales                  intereses,         de  manera  que  el legislador no puede  establecer     como     delitos     conductas    que    no   los  afecten  y,  por  su  parte,  los  jueces   tampoco   están  facultados  para   imponer  sanciones  si  no  se  presentan  como  presupuestos  legitimantes  de la concreta actuación del poder  punitivo  estatal, el bien jurídico y la ofensa que en un evento determinado lo  lesione    o    ponga    en    peligro.10   

Por esa razón, el análisis de asuntos  como  el  que ocupa la atención de la Sala, referidos    a   la   posesión   de   pequeñas   cantidades   de  estupefacientes             (o     cualquier     otra     droga  restringida: sicotrópica,    alucinógena,    sintética,    etc.),   debe  hacerse  desde  la  perspectiva  de  la dosis  personal, esto es, estableciendo  si  el  agente  tiene la sustancia para su propio consumo, o si la situación en  que   se   encuentra   involucra   o   insinúa   el  tráfico  de  drogas.   

En este punto, precisamente, se afincó  la  diferencia  que condujo a  la   Corte  Constitucional  a  la  despenalización  de  la dosis personal,  porque   debía   distinguirse  entre  el  porte,  conservación  o  consumo  de  sustancias  estupefacientes  en  la  cantidad  que correspondía a ese concepto,  y     el    narcotráfico    como    ejercicio      ilícito    alentado   por   el   afán   de  lucro,   de   manera  que  los  efectos  del  fallo  (C-221-94)       no       comprendía      esta  actividad.   

La  temática ya  había  sido  abordada  por  la  Sala  de Casación Penal de la Corte Suprema de  Justicia,  a propósito de los decretos 1136 de 1970 y 1188 de 1974, al destacar  que  esas  normas  ubicaban  al adicto en situación  privilegiada,   y   que  reservaban  “… todo el peso de su merecido rigor sancionatorio y el profundo  y  franco  reproche social, para el que negocia con plantas, drogas o sustancias  productoras  de dependencia síquica o física, cualquiera sea su forma, v. gr.,  cultivo,   porte,   conservación,   transporte,  almacenamiento,  suministro  a  terceros,      elaboración,      importación,     exportación.”11   

Además,  en  esa  misma decisión precisó  que,   

“La     locución     ‘dosis      personal’ de por sí fija un significado. No  se  trata  de  cantidades  considerables  sino de porciones mínimas,  destinadas  al  uso  propio, desechándose como extraña a esta  figura  el  suministro  a terceros, aunque sea gratuito, y, con mayor razón, su  tráfico, esto es, su utilización económica.”   

Desde  esa  época,  ya  la Corte advertía  que  el  ordenamiento  legal  ve en esa persona a un  enfermo,  susceptible  más  bien  de  recibir  un  tratamiento  médico que una  pena,  consideración  que  con   mayor ahínco  asume  de  cara  a  los  principios  y  valores  fundantes  del  Estado  social de derecho establecido en  la         Constitución         Política   de   1991,   en      especial      los  relacionados  con  el respeto por  la     dignidad     del     ser     humano,      la      igualdad,      la     libertad  y  el  libre  desarrollo de la personalidad.12   

El  concepto de dosis personal al que se ha  hecho       referencia,      deslindado      por  completo  de  conductas  que  evidencien  tráfico,  oneroso   o   gratuito   de   drogas,  emerge  como  parámetro  de  racionalización  del poder punitivo  del  Estado  cuando se trata de examinar la conducta  de  los  adictos  o  de  personas  no  dependientes,  que          se         encuentren   en   posesión   de   cantidades  mínimamente  superiores  a  la legalmente permitida,  porque  a  pesar  de la percepción simplemente objetiva de haberla superado, es  lo      cierto      que      la     actividad     que     desarrollan   (el  consumo  de  dosis personal) es lícita y corresponde  al  exclusivo  ámbito de  libertad     de    esa    persona    o,  como  lo  precisa la jurisprudencia  constitucional, porque   

“…  determinar  (legalmente)  una  dosis  para  consumo  personal,  implica  fijar  los límites de una actividad lícita (que sólo toca  con  la  libertad  del  consumidor), con otra ilícita: el narcotráfico que, en  función   del   lucro,   estimula   tendencias   que   se  estiman  socialmente  indeseables.”13   

Debe,  entonces, en cada caso examinarse si  la  conducta  del  consumidor  trasciende  su  fuero  interno   y   llega   a  afectar  derechos  ajenos,  individuales  o  colectivos, pues sólo así se entenderá superada la exigencia  de   la   afectación,   a  nivel  de  lesión  o  puesta en peligro, del bien jurídico como presupuesto  para   considerar  en  estos  asuntos,  legítimo         el  ejercicio  del  poder  punitivo  del  Estado,  es  decir,  para  considerar  demostrada la  antijuridicidad  de  una  conducta susceptible de punibilidad.   

En  el  asunto  que  se  examina,  como  lo  alega  la  recurrente,  la      sentencia  impugnada, de conformidad  con   las   evidencias   del   juicio,   estableció  que el procesado Jiménez  Arenas   tiene   la   condición  de  adicto  a  la  marihuana y, además, que  la   cantidad  de  alucinógeno  que  se  le  encontró,  superior  a  la  dosis  personal,14 fue de 9,9 gramos.   

Sobre  el  tema,  el  juzgado  de  primera  instancia precisó:   

“En   relación   con  la  valoración  psicológica   que   también   se   trajo   a   juicio   para   indicar  la  condición  de  dependencia  del  acusado  como  la  razón para el hallazgo del  estupefaciente  y  que  en  efecto determina que se trata de un consumidor y que  tiene  una problemática de consumo de tiempo atrás,  según  se determinó por la Dra. MARISOL SANTANA, se tiene que la valoración y  la  condición de dependencia no desdibuja la concreción del tipo penal que nos  concita,  cuando  quiera  que  en todo caso no puede perderse de vista que si se  trata  de un consumidor y de alguien que lleva sustancia para su propio consumo,  nadie mas (sic) preparado  y  experto  que  el  propio  consumidor  para conocer de la cantidad de droga de  consumo  y  las posibilidades de poder llevar dosis personal y la sanción penal  que  comporta superar esa dosis personal por manera que independientemente de la  condición  de  adicción  o  no, lo cierto es que en  la  conducta  desarrollada  por JIMÉNEZ ARENAS y el  hallazgo    de  la  sustancia  se  concreta ciertamente la concreción de  su responsabilidad.” (Se subraya).   

Y,  el  Tribunal,  en  segunda  instancia  acotó:   

“En  conclusión,  no  puede servir como  argumento  válido para la absolución de Yesid Jiménez Arenas, que la cantidad  de  estupefaciente  incautado  supera la dosis personal en 9 gramos solamente, y  menos  aún  su condición de adicto al consumo de alucinógenos, pues aunque es  cierto  que  se  trata  de  una situación que requiere tratamiento especial por  parte   de  profesionales  en  la  salud,  ello  per  se  no  lo  exonera  de la responsabilidad penal que  ahora  se le endilga, ya que como se dijo con antelación el legislador también  sanciona   penalmente  el  porte  de  estupefacientes  excediendo  los  límites  permitidos  y  es  esta  la  conducta cometida por el acusado. Si el Tribunal le  diera  crédito  a la tesis del recurrente, habría que aceptar que en todos los  casos  en que se afirma que el sindicado es  consumidor  del  estupefaciente  que porta, fuera absuelto por  antijuridicidad  de  la  conducta (sic), situación con la que sin lugar a dudas  se    desconocerían    los    principios    rectores    de    la    ley   penal  colombiana.”   

Por    otra    parte,    las  pruebas  del  proceso  niegan  la  posibilidad   de   que   el   acusado  destinara   la   sustancia  incautada  para  su comercialización o tráfico ilícito, pues  no  se  lo sorprendió en  esa   actitud   ni   se   insinuó  siquiera  en  la  actuación     que  traficara     con  el     alucinógeno     o     con    otra clase de sustancias ilegales.   

Por    el    contrario,    los agentes  de   Policía  que  lo  aprehendieron  declararon  que,  al  momento  de  la captura el acusado no estaba  haciendo  nada  en  particular, que no se alteró al  ser  requerido  para  la requisa y manifestó que la sustancia la requería para  el propio consumo.   

En     consecuencia,    los  hechos  y las pruebas según fueron  declarados  y  valorados  por   los   juzgadores,  demuestran  que,  en efecto, el acusado es un adicto  que  al  momento  de  la  aprehensión,  estaba  en  posesión de 29,9 gramos de marihuana.   

La  tipicidad  de  la conducta (desvalor   de   acción),   no   tiene   discusión  en  este  caso,  pues  de conformidad con el artículo 376 del  Código  Penal,  incurre  en  el  delito  de  tráfico,  fabricación o porte de  estupefacientes,  el que sin permiso de autoridad competente, salvo lo dispuesto  sobre  dosis  para  uso  personal,  introduzca al país, así sea en tránsito o  saque  de  él,  transporte,  lleve  consigo, almacene, conserve, elabore, venda  ofrezca,   adquiera,  financie  o  suministre  a  cualquier  título droga que produzca dependencia.   

Pero,  lo que no  se  demuestra en la actuación es que los   bienes  jurídicos  tutelados  con  el  tipo  penal   referido  (salud  pública,   seguridad   pública,   orden   económico   y   social),   hayan  sido  afectados  con  la posesión de 9,9 gramos que  por  encima  de  la dosis personal tenía en su poder el acusado, de   quien   se   sabe   es  un  consumidor  habitual,  un  adicto,  que no ejecutaba actividades de distribución o venta  del alucinógeno.   

Se pregunta la Corte si la simple posesión  de  la  cantidad  aludida  por  encima  de la dosis personal, puede en este caso  justificar  la  intervención  del  derecho  penal y  legitimar       la       imposición       de      una      sanción.   

Desde  ningún  punto de vista, teniendo en  cuenta  que  en el proceso  no  se  demostró  que la  conducta  del  acusado  trascendiera  la     órbita    de    sus    propios  intereses,   lo   cual  significa    que    la    posesión   de      alucinógeno      que     se     le     imputa,     no     tuvo     incidencia          sobre          derechos          ajenos, individuales o colectivos o, lo  que    es    igual,    carece   de   trascendencia  penal,  sin  que  resulte  válido  su  ejercicio so pretexto de proteger, a través del castigo, la propia  salud    del    procesado    adicto    al    consumo    de    marihuana,   pues  es  un  tema  que  sólo  corresponde  decidir a él en forma autónoma por ser  el único rector de su propia vida.   

En  conclusión,  si  en  ejercicio  de sus  personales  e  íntimos derechos, el acusado no afectó los ajenos, entonces      no      alteró   efectivamente  ningún  bien  jurídico,   de   manera   que   el  comportamiento  que   se  le  atribuye  carece  de  antijuridicidad  material    y,    en  consecuencia,  no  puede  ser sancionado   porque   no  alcanza  la      categoría     de   una  conducta         punible.        El    cargo    analizado,  en  consecuencia,  está  llamado a  prosperar.   

Lo  anterior no  significa  que  en  todos  los  casos  en  que  a  una  persona se la         encuentre   en   posesión   de   cantidades  ligeramente  superiores a la dosis personal o, inclusive, dentro de los límites  de    ésta,    deba   considerarse   que  no  realiza  conducta  típica  y  antijurídica,  eventualmente  culpable  y,  por consiguiente, punible.  Lo  que  quiere  significar  la  Corte  es  que cada asunto debe examinarse en forma  particular  en orden a verificar la demostración de  tales  presupuestos, de manera que las decisiones de la justicia penal consulten  verdaderamente    los    principios   rectores  que    la    orientan,   como   el   de   antijuridicidad   que   aquí se analiza.   

Con ello ratifica  que,  cuando  se  trata de cantidades de drogas ilegales, comprendidas inclusive  dentro  del  concepto de la dosis personal, destinadas no al propio consumo sino  a  la comercialización o, por qué no, a la distribución gratuita, la conducta  será  antijurídica pues  afecta  los  bienes que el tipo penal protege; lo que  no   acontece   cuando   la   sustancia  (atendiendo  obviamente     cantidades     insignificantes    o  no  desproporcionadas),  está    destinada    exclusivamente   al   consumo  propio  de  la  persona,  adicta  o sin problemas de  dependencia,  evento  en  el  que no existe tal incidencia sobre las categorías  jurídicas que el legislador pretende proteger.   

Un  diagnóstico  oportuno  de los aspectos  que   aquí   quedaron   expuestos,   por  parte  de  los  funcionarios  judiciales,  contribuiría a un  mejor  desenvolvimiento de la actividad judicial  estatal en la medida que sus  recursos    no    se    disiparían    en   asuntos   insustanciales,  sino  que  se  enfocarían  en  los  que,    por    su    magnitud    y   trascendencia  social,    realmente  requieran el ejercicio de la acción penal.   

Situación    que    nos   conduce      a     recordar     los     objetivos     propuestos   para  una  justicia   mejor,   a   través   de   la  implementación  del  sistema acusatorio, en el  Acto  Legislativo  02 de 2003, desarrollado por la Ley  906 de 2004.   

Consultadas  las  actas  correspondientes, se  observa  que  el  propósito  del  constituyente  era  dar  a  la  Fiscalía  la  posibilidad  de desbrozarse de la cantidad de asuntos menores que desgastaban su  actividad,  para  que  pudiera  concentrarse  en lo que verdaderamente ponía en  peligro  nuestra convivencia y por ello se concibió, entre otros mecanismos, el  del principio de oportunidad.   

“Este  principio  pretenderá resolver los  conflictos  menores  que  se  presentan  con gran frecuencia, que a pesar de que  muchas  veces  no  alcanzan  a  vulnerar  materialmente  los  bienes  jurídicos  protegidos  por  el  legislador,  aumentan  las cifras de congestión judicial e  implican un desgaste innecesario del sistema.   

La  filosofía  del principio de oportunidad  radica  pues, en la necesidad de simplificar, acelerar y hacer más eficiente la  administración  de  justicia  penal, descongestionándola de la criminalidad de  poca                    monta.”15   

Por  eso,  considera la Corte que se requiere  desarrollar  el  derecho penal del Estado social y democrático de derecho, para  lo  cual esta herramienta que brinda el sistema penal acusatorio resulta de gran  ayuda.   Y es que afincado en la equidad como principio rector, la fórmula  constitucional  del  Estado  social, supone la superación de la igualdad formal  característica  del  Estado  liberal,  que advertía que todos debían ser  tratados  por  igual;  cuando  el  escenario en que debe actuar el juez del  nuevo  esquema  le  impone  justamente  privilegiar  a  los  desvalidos,  a  los  discriminados  y  a los infelices que como en el caso que se analiza, cayeron en  la    desgracia   de   la   adicción.   Estas   personas   merecen   respuestas  constitucionales  y   legales  diferentes  a  la  pena,  que  lo único que  garantizaría  es  la  insensible  agravación   de su situación personal,  familiar y social.    

El  mensaje  de  la  superación  del  culto  insensible  e  insensato  de  la  legalidad y de la igualdad formal, dirigido al  juez  del  Estado  social  y  democrático  de  derecho, se encuentra inmerso en  innumerables  espacios  de nuestra normatividad, como en los artículos 1º y 13  de  la  Constitución Política, 1º de la Ley Estatutaria de la Administración  de  Justicia,   1º,  11 y 56, entre otros, del Código Penal y en el 27 de  la Ley 906 de 2004; para solo citar los más inmediatos.   

En consecuencia, en aras de la búsqueda de la  realización  del  Estado  social y por ende de los fines de una mejor justicia,  debe   seguir   desarrollándose  el  alcance  del  juez  del  Estado  social  y  democrático  de  derecho  que  modula  el  concepto  de  la  igualdad  formal y  estricta,   característica  del  Estado  liberal  de  derecho,  para  entrar  a  discriminar  a  los necesitados de atención diferente a la de la pena, esto es,  a  personas  que  viven  en la marginación y la exclusión, o en situaciones de  desventaja  o  debilidad  manifiesta,  tal  y  como  lo  ordena  el artículo 13  Superior.   

En  ese  propósito  surgen determinantes las  herramientas   ofrecidas   por   el   Legislador   para   descongestionar  a  la  administración  de  justicia  de  investigaciones  y  procesos  adelantados por  conductas  que,  como la que aquí se analiza, no ameritan toda la atención del  aparato  sancionatorio del Estado, cuando resulta más justa su atención por la  vía  del ofrecimiento de la oportunidad, de la conciliación, de la mediación,  o  la  senda  misma de la ausencia de antijuridicidad material; que en todo caso  conducen  a  situaciones diferentes de la pena de prisión, inútil e ilegítima  en asuntos como el que se examina.   

Frente a esa gama de posibilidades de justicia  mejor,  la  Corte  exhorta  a  los  funcionarios judiciales, especialmente de la  Fiscalía  General de la Nación, a hacerlos operantes de manera que los grandes  esfuerzos  institucionales  se  concentren  en  los  asuntos  que realmente sean  trascendentes,  para  evitar  así  el  daño  que  en  la  sociedad  genera  el  delito.   

Decisión.  Como se  evidencia  el desacierto de la sentencia con la que se condenó al procesado por  un  comportamiento que no constituye conducta punible, esta circunstancia impone  como  remedio  para restablecer sus garantías fundamentales y hacer efectivo el  derecho   material   en  la  presente  actuación,  casar  el  fallo  objeto  de  impugnación   y,  en  su  lugar,  absolverlo  del  cargo  por  el  cual  se  lo  acusó.   

Por  las  razones  consignadas, la  Corte  Suprema  de Justicia,  Sala  de  Casación  Penal, administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la Ley,   

RESUELVE  

1. CASAR la  sentencia de segunda instancia del 12 de octubre de 2007, con la  cual  el  Tribunal  Superior de Bogotá confirmó la proferida el 24 de julio de  ese  mismo  año  por  el  Juzgado  7º  Penal  del  Circuito,  que  condenó  a  Oscar  Yesid  Jiménez Arenas  como  autor  responsable  del  delito  de  tráfico,  fabricación  y  porte  de  estupefacientes.   

2.    ABSOLVER  al    señor    Jiménez  Arenas  del  cargo por el que se lo llamó a juicio en  esta actuación.   

3.  Realizar  la información de la sentencia  absolutoria  a  que  se  refiere  el inciso 2º del artículo 166 del Código de  Procedimiento Penal.   

Contra  esta  decisión  no  procede  recurso  alguno. Devuélvase el expediente al despacho de origen.   

Cópiese, notifíquese y cúmplase.  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ       LEONIDAS      BUSTOS  MARTÍNEZ                ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN   

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS                     YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

Excusa Justificada  

JULIO       ENRIQUE       SOCHA  SALAMANCA               JAVIER ZAPATA  ORTIZ                 

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Minuto  31:20 audiencia de legalización de captura, formulación de imputación  y solicitud de libertad.   

2 Ver  sentencias  del  16  de febrero de 2005 Rad. 20666 y del 25 de mayo de 2006 Rad.  21213.   

3 Ver  Corte Constitucional C-251-97 y T-1319-01.   

4  Sentencia febrero 18 de 2003. Rad. 016262   

5 Auto  del 23 de agosto de 2006 Rad. 25745   

6  Sentencia  del  8 de agosto de 2005. Rad. 18609, citada en la del 26 de abril de  2006. Rad. 24612.   

7  Sentencia citada del 8 de agostos de 2005.   

8  Sentencia  del  1º  de  febrero  de  2007. Rad. 23609. La decisión aclara, sin  embargo,  que  ese  no es el único bien jurídico tutelado en el artículo 376,  pues  se trata de conductas pluriofensivas, en la medida que compromete también  la   economía   nacional   (orden   económico-social),   e  indirectamente  la  administración   y  la  seguridad  pública,  la  autonomía  y  la  integridad  personal.   

9  Sentencia del 8 de agosto de 2005. Rad. 18609.   

10 Al  respecto,   Frías   Caballero,   Jorge.  Teoría  del  Delito.  Páginas  18  y  siguientes. Livrosca, Caracas 1996.   

11  Así  lo  precisó  en  la  Sentencia  del  6  de  mayo de 1980. Gaceta Judicial  2402.   

12  “En  el Estado constitucional de derecho se parte de la consideración del ser  humano  como  ser  digno, como un ser cuya instrumentalización, indistintamente  de  la  naturaleza  de  los  fines  que  se  esgriman,  esté  vedada.  Pero  al  reconocimiento  de  esa  dignidad  es  consustancial  una  cláusula  general de  libertad:  No es digno ni en la esclavitud, ni el autoritarismo, ni al abrigo de  un  mal entendido paternalismo. No obstante esa cláusula general de libertad no  implica  el  reconocimiento  de atribuciones ilimitadas. Ella tiene como barrera  el  límite  impuesto  por  los  derechos de los demás y el orden jurídico. De  allí  que  el ejercicio responsable de la libertad implique no afectar derechos  ajenos  y,  al  tiempo,  no desconocer la capacidad reguladora del derecho, como  instrumento  de  vida  civilizada,  en  todo  aquello  que trascienda el ámbito  interno de la persona.” Corte Constitucional C-420-02.   

13  C-221-94   

14  20 gramos, art. 2-j de la Ley 30 de 1986.   

15  Gaceta del Congreso No. 157, página 3. (10-05-02).     

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