29106(19-08-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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Proceso No 29106  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 231  

Bogotá,  D. C., diecinueve (19) de agosto de  dos mil ocho (2008).   

V    I    S   T   O  S   

La Corte decide respecto del cumplimiento de  los  presupuestos  de  logicidad  y  debida  argumentación  de  las demandas de  casación  presentadas  a  nombre  de JHON BAIRON VEGA  y  de JAVIER ALBERTO PÉREZ  TORRES.   

A  N  T  E  C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por el  juzgador de segundo grado, de la siguiente manera:   

“Con ocasión de  la  denuncia  penal formulada por la señora Nelly del Rosario Saade Miranda, se  supo  que  el  3 de julio de 2003 se produjo el secuestro de su esposo el señor  ELIÉCER  ANTONIO  VANSTRAJALEN  LARA  en  momentos  en  que se encontraba en su  finca,  ubicada  en  el  municipio de Campeche, Atlántico, en compañía de los  señores   Pablo   Gamarra   Vanstrajalen,   Juan   Elías   Bendeck   y  Edimer  Oliveros.   

“La  liberación  del  secuestrado  se  produjo  el día 28 de agosto de 2003 en la finca Casandra  del  corregimiento  de  Sibarco,  Baranoa,  Atlántico,  como  resultado  de  un  operativo  desplegado  por  el  GAULA. En dicha diligencia fueron capturados los  señores  Ronald  Vanegas  Galán,  Aurora Galán Cantillo y Ángel Rosendo Yaya  Pérez.   

“En    la  instrucción  que  se  adelantó  contra  las  anteriores personas se ordenó la  compulsa  de  copias  a  fin  de que se investigara la posible participación de  otros  individuos,  lo  cual  dio  origen  a la presente actuación en contra de  JHON          BAIRON         VEGA,   JAVIER  ALBERTO   PÉREZ   TORRES   y   LUIS   ALBERTO  YAYA  PÉREZ”.   

2.  El Juzgado Único Penal del Circuito  Especializado  de  Barranquilla,  mediante sentencia fechada el 13 de octubre de  2006,  absolvió a Luis Alberto Yaya Pérez de los cargos imputados en el pliego  acusatorio.    Así    mismo,    condenó    a   los   procesados   Jhon   Bairon   Vega   y   Javier  Alberto  Pérez Torres a las penas  principales  de 336 meses de prisión y multa de 5.000 salarios mínimos legales  mensuales  vigentes,  a  la  accesoria  de  inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  lapso  de  18 años y al pago de los  perjuicios,   como  coautores  materiales  del  delito  de  secuestro  extorsivo  agravado  imputado  en la resolución de acusación, la cual quedó ejecutoriada  el     6     de     abril    de    2005.   

3.   Apelado el fallo por el defensor de  Jhon Bairon Vega, la Sala de  Decisión  Penal del Tribunal Superior del Distrito Judicial de Barranquilla, el  14 de agosto de 2007, lo confirmó en su integridad.   

4.   Contra  esta  determinación,  los  defensores  de Bairon Vega y  Pérez  Torres interpusieron  el recurso extraordinario de casación.   

LAS    DEMANDAS   DE   CASACIÓN   

1.   Demanda  presentada a nombre de Jhon Bairon Vega   

El     defensor     de     Bairon   Vega,  al  amparo de la causal tercera de casación, acusa al  Tribunal  de  haber  dictado  sentencia  en  un  juicio  viciado de nulidad, por  violación al derecho de defensa  y al debido proceso.   

Afirma que no le asiste duda que este proceso  ofrecía  posibilidades  reales  para  emprender  alternativas  en  pro  de  los  intereses   del   acusado   Bairon   Vega,  situación  que,  entonces  “tornaba  imperativa  la  necesidad de ejercer de manera pro-activa el cargo encomendado a  varios  profesionales  del derecho que en verdad fueron inferiores a los deberes  encomendados  y  por el contrario se abstuvieron de agotar y extremar los medios  normalmente    aptos   y   mínimos   con   los   que   se   contaba”.   

Por ello, estima que fue huérfana la defensa  técnica  tanto  en el “epílogo instructivo como en  el   juicio”,   pues   la   misma   “no  solamente  se abstuvo de hacer presencia física en diligencias  trascendentes,  sino que ni siquiera se dio a la tarea de contrainterrogar a los  testigos   de   cargo”,  además  de  que  no  intervino  en  la  diligencia de  reconocimiento  en  fila  de  personas, en la “que a  pesar   de   ser   imperativa   la   presencia   de   la   defensora”  el  procesado  tuvo  que  aceptar la presencia de un abogado de  oficio,  quien  no  se  percató  “de las antinomias  somáticas  señaladas  por quien realizara el reconocimiento, cuando mediaba de  antemano  publicaciones  en  el  Diario  La  Libertad de esta ciudad”.   

Reitera  que los profesionales del derecho no  desplegaron  ninguna  actividad probatoria, no intervinieron en la diligencia de  reconocimiento,  no  controvirtieron  a  los testigos de cargo, no interpusieron  reposición  contra  el cierre de investigación ni impugnaron la resolución de  acusación.   

Asevera  que  en  la  etapa  del  juicio  la  situación  permaneció  igual,  toda vez que “no se  invocaron   pruebas   trascendentales   ya  que  por  ejemplo  en  la  audiencia  preparatoria  no  se  hizo presente el apoderado de oficio y para colmo de males  en  la  misma  se  dispuso  la designación oficiosa provisional del abogado del  enjuiciado  Javier  Alberto  Pérez  Torres,  sobre  quien  existían  intereses  contrapuestos e incompatibles”.   

Añade  que  la  defensa técnica de su ahora  defendido  fue negligente y, por lo mismo no obedeció a una posible estrategia,  pues,  en  su  opinión,  el  proceso “ofrecía a lo  sumo   posibilidades   reales   de   cara   a   las   circunstancias   objetivas  circunstanciadas  por  los  testigos  de cargo, que a lo sumo habrían degradado  los    cargos   que   gravitaban   en   contra   de   mi   procurado”.   

Considera que de haberse realizado una defensa  “mucho más responsable y activa, el contingente de  pruebas   de  cargos  y  que  fungen  como  incriminantes  como  verbigracia  el  reconocimiento  en  fila o rueda de presos, el testimonio de los deponentes Luis  Fernando  Martínez  Castro, Jhon Gary Duque, etc., habrían cambiado en nuestro  sentir  radical  y  rotundamente  el sentido y alcance del fallo, ya que nuestro  procurado       no       fue       capturado      en      flagrancia”.   

Esta  seguro  que  si  hubiese  habido  una  actividad     probatoria     “mínima”,   la   sentencia   habría  sido  absolutoria,  “pues  las  incriminaciones  que  se  le  endilgan  a  mi  procurado  provenían  de  testigos  que no prestaban la credibilidad que finalmente se les  concedió         por        los        operadores        judiciales”.   

Luego  de  citar los artículos 13 y 29 de la  Constitución  Política,  8°,  9°, 13, 20, 126, 305, 306, 307, 308, 309 y 310  de  la  Ley  600  de  2000,  normas  que estima infringidas, solicita a la Corte  decrete  la  nulidad de todo lo actuado a partir de la etapa instructiva o desde  la fase probatoria del juicio.   

2.   Demanda  presentada   a   nombre   de  Javier  Alberto  Pérez  Torres   

El  defensor  de  Pérez  Torres, al  amparo  de  la causal tercera de casación, acusa al Tribunal de  haber  dictado  sentencia  en  un  juicio  viciado  de nulidad, por razón de la  existencia  de  irregularidades  sustanciales que afectaron el debido proceso y,  por lo mismo, el derecho de defensa.   

Afirma  que la primera irregularidad consiste  en   que   la   Fiscal  Sexta  Especializada  que  dio  inicio  a  este  proceso  “es   una   Oficial   de   reserva  del  Ejército  Nacional”,  situación que vulnera los principios de  imparcialidad  e  igualdad previstos en el Código de Procedimiento Penal.   En  su  opinión,  dicha funcionaria “debió haberse  declarado  IMPEDIDA para conocer o realizar investigación penal contra personas  pertenecientes  o  sindicadas  de  pertenecer  a  grupos  guerrilleros (E.L.N.),  totalmente   enemigos   de   los  miembros  del  Ejército  Nacional”.   

Dice  que la otra irregularidad consistió en  que    no    se    practicaron   “una   serie   de  pruebas”  solicitadas  por  la  defensa y que fueron  decretadas,  las  cuales  “hacían  relación  a la  captura  de  mi  agenciado,  la que se produjo con desconocimiento del artículo  351  del  C. P. P., toda vez que fue detenido a las 8:30 P.M. del 15 de julio de  2004  y  sólo  fue  puesto  a  disposición de la autoridad competente el 17 de  julio  de  2004”,  es  decir, 49 hora después de su  captura,   sin   dejar   pasar  por  alto  que  fue  objeto  de  “golpes  y  maltratos físicos”, aspectos  que no fueron objeto de investigación.   

De  otra parte, refiere que el reconocimiento  en  fila  de personas en donde la víctima, señor Vanstrajalen Lara, reconoció  a  su  procurado  como  uno de los plagiarios “está  viciada  de nulidad”, ya que antes de su realización  el  procesado  fue “mostrado en el GAULA”,    además    de    que    las   fotografías   “de  mi  defendido habían salido en los diarios locales”.    

Así  mismo,  dice que la defensa técnica no  tuvo   oportunidad   de   “controvertir”  los  testimonios de cargos rendidos por Luis Fernando Martínez  y Jhon Gary Duque, no obstante ser una garantía constitucional.   

Considera que las mencionadas irregularidades  conlleva    inevitablemente   a   la   nulidad   del   proceso   “a   partir   del   momento   en   que   se   cometieron”,  siendo  este  remedio  procesal la única decisión a adoptar,  pues  las mismas transgredieron el debido proceso y el derecho de defensa.    

Después de citar y transcribir los artículos  13  y  29 de la Constitución Política, solicita a la Corte la anulación de la  actuación     desde    “el    inicio    de    la  instrucción”.   

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

La Sala advierte que las demandas presentadas  a   nombre   de   los  procesados  Jhon  Bairon  Vega  y  Javier  Alberto  Pérez  Torres   no   reúnen  las  exigencias  de  claridad,  precisión  y logicidad que para ser admitidas establecen las normas que regulan  la casación.   

Una vez más debe indicarse que la demanda de  casación  no  es  de libre formulación, por lo que no es procedente toda clase  de  cuestionamientos   a  una  sentencia  que por ser la culminación de un  proceso  está  amparada  por  la doble presunción de acierto y legalidad, sino  que  debe  ser  un  escrito claro, lógico y sistemático en el que, al tenor de  los  motivos  expresa y taxativamente señalados en la ley, se denuncian errores  bien  sea  de  juicio  o  de  procedimiento  en  que  haya  podido  incurrir  el  sentenciador,  procediendo  a  demostrarlos  dialécticamente  y evidenciando su  trascendencia.   

Así  mismo,  teniendo  en  cuenta  que  los  mencionados  libelos  están  fundados  en la causal tercera, se impone recordar  que,  como lo ha reiterado la jurisprudencia de la Corte, la nulidad como motivo  para  atacar,  por  vía  de  casación,  el  fallo  de  segunda  instancia,  en  “orden  a  la  metodología  propia  de  este medio  extraordinario  de  confrontación  de  la legalidad de las sentencias, comporta  los  mismos  niveles  de exigencia que son inherentes a las demás causales dada  su  especial  naturaleza,  lo  cual  significa  que  de  modo  insoslayable debe  especificarse  la  causal  o  motivo  de  nulidad  concurrente,  demostrando  el  carácter  sustancial del vicio o la irregularidad acusados y particularmente la  etapa  o  el  momento  procesal  a  partir  de  la  cual  se  hace imperativa la  anulación,  explicando  justificativamente  las razones por las cuales no media  alternativa    diversa    que    la    de   invalidar   lo   actuado”.1   

En  otros  términos,  la  nulidad no aparece  marginada  del  imperativo  de  logicidad,  claridad y precisión en cuanto a su  postulación  y  demostración  correspondientes,  toda  vez que es tan exigente  como  las  demás  dado  el  rigor  predicable  de  la  naturaleza  misma  de la  casación,  de  manera  tal que se impone para el actor el deber de concretar la  índole  del  vicio,  sea  de  estructura  o de garantía, que se dice afecta el  proceso,  en  qué  grado  y  magnitud  y  desde  qué  actuación  procesal  se  configura.   

Por  consiguiente,  tratándose  del cargo de  nulidad  la demanda no es un escrito de libre confección, toda vez que también  debe   ajustarse   a   los   presupuestos   sistemáticos  y  lógicos  para  su  admisibilidad.   

De  igual  manera, en virtud del principio de  trascendencia  que gobierna la declaratoria de nulidad, según la cual, no basta  con    denunciar    irregularidades     o     que    éstas   efectivamente   se   presenten   en  el  proceso,   sino   que   se   hace   indispensable  demostrar   que    aquellas   inciden   de   manera  concreta   en   el   quebranto     de     los    derechos    de    los   sujetos   procesales,  es necesario que el actor evidencie un perjuicio con  el    yerro    in    procedendo     denunciado,     pues,    caso  contrario,     la     Corte,     por     razón     del  principio   de   limitación,   no  puede  entrar   a  complementar  al  censor.   

En  esas condiciones, observa la Sala que los  reproches  fundados  en la causal de nulidad se quedaron en el simple enunciado,  pues   los  demandantes  en  sus  libelos  no  demostraron  con la claridad y precisión necesarias cómo las  supuestas  irregularidades  invocadas  incidieron  de  manera  ostensible en las  conclusiones  de  la  sentencia  atacada,  al  punto  que de no haberse cometido  necesariamente   el   fallo  habría  sido  favorable  a  los  intereses  de  su  procurados.   

1.   En  efecto,  en  lo  relativo a la  demanda  presentada  por  el  defensor de Jhon           Bairon          Vega,            si           bien         en              ella          afirma           que            se          violó     el    derecho    de  defensa    técnica    por    cuanto    que    su   procurado    careció    de    dicha   garantía    no   obstante       haber      contado      con      varios   defensores     de     oficio    e,     incluso,     de   confianza     a    lo    largo    del    proceso,   surge   evidente   que   el   libelista,   siendo   su   deber,  no  evidenció  cómo  efectivamente   al  acusado  se  le  transgredió  ese  derecho  fundamental,  máxime cuando la  argumentación   la   centró   en  sostener  que   los       profesionales      del     derecho      “no      desplegaron      ninguna     actividad   probatoria”,   “no  intervinieron       en      la      diligencia      de   reconocimiento     en     fila    de    personas”,  “no controvirtieron a los testigos  de    cargo”,    “no  interpusieron   reposición   contra  el  cierre  de  investigación”,  ni  “impugnaron la resolución de  acusación”.     

Como  lo tiene dicho la jurisprudencia de la  Sala,  para  la  alegación en sede de casación de la violación del derecho de  defensa  resulta insuficiente anunciar la supuesta inactividad del abogado, pues  ha  de demostrarse que “en realidad fue una omisión  lesiva  de  los  intereses  del  procesado,  atendiendo  a  lo  recaudado por la  investigación,  y  no limitarse en abstracto a criticar al defensor, ni a decir  según  su  criterio  qué  hubiera hecho, pues es lógico que cada profesional,  frente  a  un  caso  concreto,  diagnostique  y  establezca su propia estrategia  defensiva,  de  manera  que  no  coincidir  en  ello  no  significa  que se haya  infringido  la garantía constitucional”.2   

Así,  entonces, el censor no ilustró si la  inactividad  de  los defensores que tuvo el acusado, dos de los cuales fueron de  confianza,  se  debió  a una personalísima estrategia o a un incumplimiento en  las  labores encomendadas, como tampoco demostró cómo dichos profesionales del  derecho   habiendo  concurrido  al  proceso  notificándose  de  las  decisiones  adoptadas,  o  solicitando  pruebas  o  impugnando  las providencias necesaria e  ineludiblemente la situación del procesado habría sido favorable.   

Del  mismo  modo, sin acatar el principio de  trascendencia  que  rige,  entre  otros,  la  declaratoria  de las nulidades, no  evidenció  el  vicio que acusa, es decir, no muestra cómo de haber intervenido  los  defensores  en  la práctica de pruebas, especialmente el reconocimiento en  fila  de  personas,  o  controvertido las existentes o haberse notificado de las  providencias,  el  fallo  impugnado  hubiera  sido  distinto  y  favorable a sus  intereses.   

Igualmente,  no  precisa  cuáles fueron las  pruebas  que  no  se solicitaron, ni su conducencia, pertinencia y utilidad, las  cuales  tampoco  correlacionó  con  las demás que fueron oportuna y legalmente  allegadas  al  diligenciamiento  y,  menos  aún,  sobre su trascendencia que no  emana  de  la prueba en sí misma considerada, sino de su confrontación lógica  con  los  elementos  de  convicción  que  sustentaron  el fallo, de modo que se  evidencie  que  de  haberse  practicado  la  orientación  de éste hubiera sido  distinta,  por  lo  que  la única manera de remediar el vicio es invalidando lo  actuado para que se aduzcan.   

Tampoco  hizo  el  más   mínimo   esfuerzo   para  conectar  la presunta omisión en  la  práctica  de  pruebas  y  su  ausencia  de  contradicción  con  la alegada  trasgresión  del  debido  proceso  como  otros  motivo para acceder a esta sede  casacional.   

Además,  no  consulta  la  realidad  de  la  actuación  la  afirmación  del  demandante, según la cual, la profesional del  derecho  a  quien  el  acusado le otorgó poder en la etapa sumarial del proceso  “no   desplegó   ninguna   actividad”,   pues,  examinado  el  diligenciamiento,  se  observa  que  la  mencionada  abogada  sí  acudió  al  expediente  solicitando copias del mismo,  notificándose  de  la  resolución  de  acusación  e,  incluso,  en  el juicio  deprecó    pruebas    que    le    fueron    atendidas    en    la    audiencia  preparatoria.   

Indica lo anterior que la argumentación del  casacionista  quedó en el simple enunciado, pues en manera alguna ilustró a la  Corte  cómo  la actitud de la citada defensora de confianza o de los defensores  de  oficio  vulneraron  precisamente el derecho fundamental alegado, esto es, la  carencia    de    defensa    técnica   por   razón   de   su   “total inactividad”.   

Por el contrario, más que una cierta lesión  del   derecho  de  defensa,  lo  que  deja  vislumbrar  el  casacionista  es  su  inconformidad  frente  a  la  estrategia  que  sus  antecesores  adelantaron  y,  además,  su  oposición  a la manera como el sentenciador valoró los medios de  prueba  y sobre los cuales dedujo, en grado de certeza, la existencia del delito  de   secuestro   extorsivo   y   la  responsabilidad  del  acusado  Jhon  Bairon Vega, conclusión esta última  que  se  desprende  cuando el actor afirmó que “las  incriminaciones  que se le endilgan a mi procurado provenían de testigos que no  prestaban  la  credibilidad  que  finalmente se les concedió por los operadores  judiciales”.    

Una  tal  argumentación  así  planteada en  manera  alguna  cumple  los presupuestos que la lógica casacional impone y, por  el  contrario,  como  se  dijo,  permite  a la Sala colegir que su inconformidad  radica  en  la estimación probatoria que el fallador le otorgó a los elementos  de  juicio, contraposición de criterios que no es susceptible de ser atacada en  esta  sede,  por  cuanto dentro del sistema de apreciación probatoria que rige,  el  juzgador goza de libertad para justipreciar los medios de convicción, sólo  limitado  por  los  postulados  de  la  sana crítica, cuyo quebrantamiento debe  denunciarse   y  desarrollarse  por  la  vía  del  error  de  hecho  por  falso  raciocinio, camino que tampoco emprendió el casacionista.   

En    consecuencia,   como   la   demanda   acusa   las  graves  falencias  que  se    han   precisado   y   toda   vez   que   el   principio   de  limitación  que  rige el trámite  casacional impide a la Corte subsanarlas, se impone su inadmisión.   

2.   Idéntica  es  la situación de la  demanda  presentada por el defensor de  procesado  Javier     Alberto    Pérez    Torres,                        quien afirma la violación del debido proceso y  del  derecho  de  defensa  por  la  ocurrencia, en su  criterio,  de  las siguientes irregularidades:  i)  que  la fiscal que instruyó el proceso debió declararse impedida, toda vez que  “es   una   Oficial   de   reserva  del  Ejército  Nacional”,   ii)  que  no  se  practicaron unas  pruebas  que  evidenciaban  la  ilegalidad  de la captura de su defendido,   iii)    que    el   reconocimiento   en   fila   de   personas   “está  viciado  de  nulidad”, por cuanto  que    antes    de    su   realización   el   procesado   fue   “mostrado  en  el  GAULA”, además de que  las  fotografías “de mi defendido habían salido en  los  diarios  locales” y  iv) que la defensa no  tuvo  oportunidad  de  controvertir los testimonios de cargo, en especial los de  Luis Fernando Martínez y Jhon Gary Duque.   

Planteada así la censura, lo primero que se  imponen  indicar  es  que  el  libelista  confunde los dos motivos de nulidad, a  saber,  el  quebrantamiento  del  debido  proceso  y  el derecho de defensa, sin  percatarse  que  si  bien  el segundo se deriva del primero, han sido claramente  diferenciados   por   la  ley  y  la  jurisprudencia,  razón  por  la  cual  su  vulneración  amerita  postulación  y  desarrollo  autónomos, pues mientras el  primero  es  un  vicio  de estructura, el segundo es de garantía, sin descartar  que  hay  irregularidades  que  al  mismo tiempo afectan los dos derechos, pero,  como  se  indicó,  sin  que  evidencie  que  este  caso  sea un de ellos.    

En  segundo lugar, sin respetar el principio  de  trascendencia  que  rige  la declaratoria de las nulidades, no evidencia los  supuestos  vicios  que  acusa,  es decir, no muestra cómo la no declaratoria de  impedimento  por  parte  de  la  fiscal  instructora,  la  falta  de pruebas que  ilustraban  la  ilegalidad  de  la  captura del acusado, las irregularidades que  rodearon  el  reconocimiento  en  fila  de personas y la falta de oportunidad de  controvertir  los testimonios de cargo fueron actos sustanciales irregulares que  atentaron  materialmente  contra  la estructura del proceso y, consecuentemente,  contra  el  derecho  de  defensa  del  procesado Pérez  Torres,   que  de  no  haberse  presentado  el  fallo  impugnado hubiera sido distinto y favorable a sus intereses.   

Ahora  bien, en cuanto a la primera presunta  irregularidad,  esto  es,  la  no  manifestación  de un impedimento, olvidó el  libelista  que,  como lo ha ilustrado la jurisprudencia de la Corte, la omisión  del  funcionario  judicial  de  declararse  impedido no es constitutiva, por sí  misma,  de  causal  de  invalidación del proceso, y que tal irregularidad queda  convalidada  si  las  partes  tampoco recusan al funcionario, asunto que en este  caso  no  sucedió,  toda  vez  que  los  sujetos  procesales  no recusaron a la  mencionada                  Fiscal.3     

A  su  vez,  en  lo que hace relación con la  presunta  captura  ilegal  de  su defendido, lo que, según el actor, se hubiese  demostrado  con  unas  pruebas  que  no  se practicaron, también olvidó que la  Corte,  de manera pacífica, uniforme y reiterada, ha señalado que toda captura  ilegal,  prolongación  ilícita  de  la  detención  preventiva  o, en general,  cualquier  afectación al derecho de libertad, de ninguna manera tiene la fuerza  de viciar de nulidad el proceso.   

Al   respecto   la  Sala  ha  indicado  que  “…  una  vez  superado  el  hecho  que  se estima  irregular…,  la  oportunidad para reclamar la libertad por captura ilegal o la  prolongación   ilegal   de   ella   no   sólo  precluye  sino  que  carece  de  pontencialidad  para  anular  la  actuación,  en  tanto  que  dicho  defecto no  constituye  mácula que afecte las pruebas y diligencias válidamente recaudadas  y  practicadas, al punto que, en el evento de que alguno de tales desaciertos se  hubiere  configurado,  por  virtud del principio de trascendencia, carecería de  sentido  tener  que  anular  lo actuado”.4   

De  otro  lado,  en lo atinente a la presunta  irregularidad  que  rodeó  el reconocimiento  en  fila  de   personas,    cabe    precisar   que   no   es   la  nulidad     el     camino     a    enmendar    la   misma,    sino   la   violación   indirecta   de   la   ley   sustancial,  bien  por  error  de   derecho   por   falso   juicio   de legalidad o por error de  hecho  por  falso  raciocinio,  según  el  caso.  Y era esta última hipótesis  casacional  la  que  debió invocar en su queja el actor, pues, según su propia  afirmación,   dicha   diligencia   se  afectó  por  cuanto  que  antes  de  su  realización  el  procesado  fue  “mostrado  en  el  GAULA”,   y   las   fotografías   “de    mi    defendido    habían    salido   en   los   periódicos  locales”.   

Al ser ello así, entonces, pasó por alto el  libelista  que,  como  lo ha indicado la jurisprudencia de esta Corporación, la  “circunstancia de haber visto al imputado antes del  reconocimiento,  personalmente o a través de fotografías, no afecta de suyo la  validez  jurídica  del  reconocimiento ni lo torna ineficaz, ya que cuando ello  es  lo  que se denuncia, la prueba será jurídicamente válida y el juez podrá  valorarla,  sólo que deberá tomar en cuenta los antecedentes con incidencia en  su  fuerza  demostrativa,  ya  que no es lo mismo que la percepción del testigo  permanezca  exenta  de  interferencias,  a  que  haya  sido reforzada con nuevas  imágenes       que       puedan       repercutir       en      ella”.5   

Como  se  observa,  resulta  evidente que la  censura  debió  ser propuesta como error de hecho por falso raciocinio y no por  nulidad, como equivocadamente la postuló el recurrente.   

Por  último,  que  no  hubo  oportunidad  de  “controvertir”    los  testimonios  de  cargo  rendidos por Luis Fernando Martínez y Jhon Garay Duque,  es  otra  afirmación carente de demostración, pues el censor no dedicó línea  alguna  a  indicar  cómo  fue  que  no  se  posibilitó  dicha  oportunidad que  permitiera  el  respecto del principio de contradicción, ni ilustró a la Corte  cómo           de           haberse          permitido          “controvertir” los mencionados medios de  prueba,  la  situación  jurídica  de  su  procurado  hubiese  sido  totalmente  distinta a la adoptada en el fallo impugnado.   

Por  consiguiente,  al no reunir las demandas  los   presupuestos   de   claridad,   logicidad   y  precisión,  la  Corte  las  inadmitirá.   

Cabe   agregar   que  el   estudio    detenido    del    diligenciamiento    adelantado  contra    los    procesado   Jhon   Bairon        Vega        y        Javier       Alberto       Pérez           Torres,  permite  a la  Sala  concluir  que  no  procede  la casación oficiosa por cuanto no se percibe  ninguna     causal     de     nulidad     ni     vulneración     de    derechos  fundamentales.   

En  mérito  de  lo expuesto, la CORTE   SUPREMA  DE  JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R   E   S   U  E  L  V  E   

INADMITIR   las  demandas  de  casación  presentadas  a  nombre  de  los procesados JHON   BAIRON   VEGA   y   JAVIER   ALBERTO   PÉREZ   TORRES.   En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso  extraordinario  de  casación  interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no  procede  ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                          ALFREDO     GÓMEZ     QUINTERO                         

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                     AUGUSTO J. IBAÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                          YESID     RAMÍREZ     BASTIDAS                                             

JULIO  ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA                                          JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

                                                                                                                                    

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria    

1 Ver,  entre otros, auto del 11 de febrero de 2004, rad. 20046.   

2 Rad.  10983, sentencia de casación del 7 de febrero de 2002.   

3 Ver,  entre  otras, rad. 25610, casación del 26 de marzo de 2008; rad. 28482, segunda  instancia  del  1 de noviembre de 2007; rad. 20769, sentencia del 19 de enero de  2006;   rad.  3600,  sentencias  del  23  de  noviembre  de  1989;  rad.  10632,  providencia  del  8  de agosto de 1996; rad. 13268, auto del 14 de septiembre de  2000;  rad. 14078 del 8 de noviembre de 2000,  y rad. 9169, auto de segunda  instancia del 14 de abril de 1994.   

4 Rad.  23022,  casación  del  9  de abril de 2008; rad. 28886, auto del 23 de enero de  2008 y rad. 12447, sentencia del 11 de julio de 2002, entre otras.   

5 Ver  casación 12619 del 10 de octubre de 2002.     

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