25533(06-03-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso No 25533  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 052  

Bogotá, D. C., seis (6) de marzo dos mil ocho  (2008).   

V    I    S   T   O  S   

La Corte decide respecto del cumplimiento de  los  presupuestos  de  logicidad  y  debida  argumentación  de  la  demanda  de  casación  presentada  por el defensor de CIRO ALFONSO  REAL ARRIETA.   

A  N  T  E  C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por el  Tribunal de la siguiente manera:   

“El domingo 2 de  febrero  de  2003,  los agentes Carlos Marenco Ortega y Álvaro Montalvo Pantoja  fueron  atacados con arma de fuego por cuatro sujetos que se transportaban en un  vehículo  Mazda  cuando les iban a solicitar requisa a los ocupantes del mismo,  por  lo  que  procedieron  a  pedir  apoyo  a las otras unidades de policía que  estuvieran  sintonizadas  iniciándose  así  una  persecución en contra de los  ocupantes  por  parte de varias unidades de policía  y en el transcurso de  la  misma,  resultaron  lesionados  varios  civiles  y los agentes Roque Jacinto  Acuña  Sarmiento,  Rafael  Augusto  Orozco,  Carlos  Marenco  Ortega  y Álvaro  Montalvo Pantoja.   

“En el transcurso  de  la persecución dieron de baja en la calle 72 con carrera 41 de Barranquilla  a  los  sujetos  William  Javier  Velásquez  y  Javier  Mauricio Bueno Vecino y  resultaron  capturados  los  señores  JUAN  DAVID  GUTIÉRREZ  JARAMILLO  en el  conjunto  residencial  las  Delicias,  ubicado  en  la calle 73 N° 38B-60, y el  señor   CIRO   ALFONSO   REAL   ARRIETA  en  el  interior  del colectivo de placas UYO-124 donde se había  refugiado  después  de  amenazar  al  conductor, ya que de forma deliberada los  encartados  en  este  asunto  y  con  el  propósito  de evadir la acción de la  autoridad,  se enfrentaron a los policiales utilizando armas de fuego y armas de  uso  privativo  de alto poder de destrucción con las consecuencia que ofrece la  investigación”.   

2.   El   Juzgado  Penal  del  Circuito  de  Barranquilla,  mediante sentencia fechada el 20 de enero de 2004, condenó a los  procesados  Juan  David  Gutiérrez  Jaramillo  y  Ciro  Alfonso  Real Arrieta a la pena principal de 24 años y  6  meses  de  prisión,  a  la accesoria de inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  lapso  de  10 años y al pago de los  perjuicio  materiales,  como  coautores  de los delitos de homicidio agravado en  grado  de  tentativa, fabricación, trafico y porte de armas de fuego de defensa  personal  y  porte de armas y municiones de uso privativo de las fuerzas armadas  imputados  en  la  resolución  de  acusación,  la  cual quedó ejecutoriada el  4      de      junio      de      2003.   

3.   Apelado el fallo por los defensores  de   los   procesados,   quienes   alegaron  la  ausencia  de  prueba  sobre  la  responsabilidad  penal  de  sus representados, el Tribunal Superior del Distrito  Judicial   de   Barranquilla,   el   5   de   octubre   de  2005,  lo  confirmó  integralmente.   

4.   Contra  esta  determinación,  el  defensor   de  Real  Arrieta  interpuso el recurso extraordinario de casación.   

LA   DEMANDA   DE  CASACIÓN   

El   defensor   del   procesado  Ciro  Alfonso  Real Arrieta, al amparo de  la  causal  primera  de  casación,  presenta  dos cargos contra la sentencia de  segunda instancia, cuyos argumentos se sintetizan, así:   

Primer cargo  

Afirma  que  el  sentenciador  incurrió  en  “errores  de hecho originados en el desconocimiento  de   las   reglas   de  la  sana   crítica,  separándose  de  su  método  drásticamente  para  suponer un fundamento empírico, lógico y científico que  no  surge del material probatorio examinado en su conjunto  y atribuyendo a  la  conclusión  una  fundamentación  apriorística  en  lugar  de  la  real  o  empírica  que  se  exige por tributo al haz probatorio, lo que contribuye a que  se    termine    distorsionando    el    contenido    y    valor    del   acervo  probatorio”.   

Cita como normas transgredidas los artículos  9°,  12, 22, 27, 30, 103 y 104 del Código Penal y 232, 234, 238, 277 y 287 del  Código de Procedimiento Penal.   

Afirma  que contrariando la sana crítica, el  Tribunal  reincide  en el error en que incurrió el juzgador de primer grado, en  el   sentido   de   limitarse   a   relacionar  las  pruebas  recaudadas  en  la  investigación  y  en  el  juicio,  sin  entrar  a  realizar  un análisis en su  conjunto,  produciendo  conclusiones  que  se alejan de la verdad procesal y que  van en contra de los intereses de su defendido.   

Contrario   a   lo   concluido   por   los  sentenciadores,  afirma  que  del  estudio serio de las pruebas, resulta clara y  ostensible  la manipulación que las autoridades de policía hicieron en procura  de  lograr  la  incriminación  “a  toda  clase  de  personas,  no  sólo a los simples sospechosos, sino a desprevenidos ciudadanos,  a  quienes  en  su desmesurado afán por mostrar eficacia en la localización de  culpables,  que  no de los culpables, llega a causar lesiones letales en el caso  del  menor  Andrés  Camilo  González  Rosales,  herido  en la emboscada que le  montaron  los  policiales  en  la  calle 54 con carrera 24 tal como nos lo hacen  saber  los testigos Armando Rosales Rosales y Rosmery Machado Salgado, a quienes  sin  justificación  alguna  les  disparan  cuando  se  desplazaban  en un paseo  familiar…”.   

Señala que del testimonio de Jairo Cabrera de  la  Torre,  conductor  del  microbús  en  el cual se desplazaba Edgardo Alberto  Ariza  Candanoza, se sabe que fue abordado por dos sujetos, uno de los cuales se  bajó  a  la  altura  de  la calle 40, mientras que el otro, el cual iba herido,  continuó  en el vehículo. Agrega que el citado declarante no supo indicar qué  persona  hirió  al  individuo  que lo amenazaba (el conductor), “ni  si  venía  huyendo  de  algo  o  de alguien, muy a pesar de su  versión  original  que  pretendía  colocar en manos del procesado Ciro  Alfonso  Real  Arrieta  un arma de  fuego,  de  lo  cual  objetivamente no podía dar fe dadas las circunstancias en  las    que    se   vio   involucrado   en   la   refriega   policial”.   

Asegura  que  su  defendido  no  amenazó  al  conductor  ni huía de nadie, simplemente buscaba angustiosamente auxilio en una  de  las  clínicas  ubicadas  a lo largo del trayecto de la ruta que cumplía el  vehículo  de  servicio  público,  pues se encontraba herido no por que hubiese  participado   en   un   acto  ilícito,  sino  por  cuanto  accidentalmente  fue  lesionado.   

Agrega que el Tribunal tampoco tuvo en cuenta  las  circunstancias  “en  que son dados de baja los  presuntos  delincuentes Javier Mauricio Bueno Vecino y William Javier Velásquez  Flórez”,   respecto   de  quienes  “los  policiales  aprovecharon  el  estado de indefensión en que se  encontraban  para segarles la vida”, conforme así se  puede  concluir  de  los  testimonios  de Santi Yanez Sánchez y Adriana Giraldo  Torres,   pretendiendo  hacer  lo  mismo  con  los  procesado  Real   Arrieta   y  Gutiérrez  Jaramillo,  “conforme a las evidencias mostradas en el curso de  sus  indagatorias donde nos hablan de disparos dirigidos al corazón”.   

Luego  de  citar los artículos 238 y 277 del  Código  de  Procedimiento Penal, dice que resulta desafortunado el hecho de que  los  juzgadores  hayan  dado credibilidad a las declaraciones de los policiales,  entre  ellos,  el  oficial  Héctor Fabio Pérez Cárdenas, personas que no  demostraron  ningún  respeto  por  la verdad y la dignidad, sin dejar pasar por  alto  que  sus  versiones  se  contraponen a las explicaciones rendidas por Juan  José Molinares Ahumada.   

Así mismo, asevera que el Tribunal pretermite  abordar  el  estudio,  a la luz de la sana crítica, de los testimonios de Ligia  Godoy  Bustamante y Mary Beverklyu del Valle, quienes confirmaron el dicho de su  defendido  “en cuanto a su permanencia en las horas  de  la noche anterior al enfrentamiento armado con algunos amigos departiendo en  la  puerta  de  su  residencia  y  hasta  altas  horas de la noche, así como su  levantada  temprano  a  cobrar  dinero  que  por venta de pescado le adeudaba la  primera  citada,  para  dirigirse  luego a las inmediaciones del estadio Rogelio  Martínez,   ubicado   en   la  calle  72  entre  carrera  44  y  46,  lugar  de  concentración  de  gran  número de eventos populares y folklóricos durante la  temporada   de   carnaval   que   vivía  la  ciudad  de  Barranquilla  en  esos  momentos”.   

En  fin, concluye que el Tribunal desatendió  la  “sabia  enseñanza de la experiencia, según la  cual  el  dicho  del procesado debe merecer toda credibilidad que la presunción  de   inocencia  impone  cuando  el  mismo  se  encuentra  respaldado”.   En   su  criterio  el  juzgador  se  apartó  “drásticamente”  del método de la sana  crítica  para  “suponer  un  fundamento empírico,  lógico  y  científico  que  no  surge  del material probatorio examinado en su  conjunto”.   

Segundo cargo  

Afirma  que  el  Tribunal  violó  de  manera  indirecta  los  artículos  7°,  inciso  segundo,  232  y  238  del  Código de  Procedimiento  Penal  y  12,  103  y  104,  numeral  10°,  del  Código  Penal,  “resultantes  de  errores de hecho originados en el  desconocimiento  de  las  reglas de la sana crítica”  frente  a  la  equivocada  valoración  de  las  pruebas, yerro que conllevó al  desconocimiento  de  la  duda  que  existía  en  cuanto a la responsabilidad de  Ciro  Alfonso  Real  Arrieta.   

Asegura  que  de  las  pruebas  allegadas  al  proceso   no   existe  una  que  señale  “en  sana  lógica”   que  su  defendido  intervino en los  hechos  que fueron objeto de investigación, “siendo  que  las  mismas  nos  enseñan  que  el acusado” fue  víctima,  entre  otros  ciudadanos,  de “inopinados  comportamientos policivos”.   

Luego   de   transcribir   apartes  de  los  testimonios  de  Ricardo  Páez  Guerra,  Yanez  Sánchez Santi, Enibaldo Rafael  Rodríguez  Ojeda,  Roque  Jacinto  Acuña Sarmiento, Jessie Cosbolita Reoldine,  Víctor  Alfonso  Banbaque  Vargas,  Rafael  Augusto Orozco Tovar, Álvaro José  Montalvo  Pantoja,  Carlos  Alberto  Marenco Ortega, Manuel José Ibarra Mejía,  Juan  Orlando  Chitiva  Beltrán  y  Hugo  Rodríguez de León y Martín López,  concluye:   

“Señores  Magistrados   hemos   puesto   con   claridad   los  dichos  de  los  anteriores  deponentes   o  testigos  de  los  hechos participantes unos y observadores  otros,  todo  con  el  propósito  de  llegar  a  establecer con certeza cuantas  personas     ocupaban     el     automóvil     Mazda    utilizado    por    los  delincuentes.   

“Hemos resaltado  entre  comillas  el  dicho  de  cada  uno  de  los declarantes para dar fe de su  textualidad   y   después   de   un  ponderado  análisis,  de  cotejarlos,  de  decantarlos,  criticarlos  y valorarlos solo veo que se arriba a una conclusión  axiomática  y  es  que  no  se  sabe  con certeza cuantas personas ocupaban ese  automóvil,  y  solo prima el dicho del señor Manuel José Ibarra Mejía de que  los  ocupantes  del  automotor  eran  tres  (3), si lo dicho y lo ratificó este  señor   y  no  hay  ningún  otro  deponente  que  lo  controvierta (sic).   

“Luego si de los  tres  individuos  dos fueron dados de baja y un tercero capturado en el conjunto  residencial  Torres de las Delicias ubicado en la calle 73 N° 38B-60, el señor  Ciro  Alfonso  Real Arrieta  no  formaba  parte  del  grupo que se desplazaba en el rodante marca Mazda azul,  siendo  cierto  lo  afirmado  por  los  testigos de la defensa que lo sitúan en  otros  lugares  y  actividades durante la noche anterior al día de los hechos y  la  madrugada  de  éste,  en  momento  alguno  libando  licor  y bañándose en  maicena,  producto  común a los restantes capturados y que no se menciona en el  inconforme”               (sic).   

Después   de   reiterar   los   anteriores  argumentos,  de  insistir  que fueron tres los ocupantes del vehículo Mazda, de  comentar   cuántas   armas   se  encontraron  y  de  acudir  nuevamente  a  las  afirmaciones  de  los testigos citados, concluye que su representado es inocente  de  los  cargos  por  los  cuales  fue condenado, razón  por la cual   solicita  a  la Corte casar el fallo impugnado y, en su lugar, absolverlo de los  delitos imputados.   

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

Ante  todo  es  imperioso  recordar  que  la  casación  es  un  recurso  de naturaleza extraordinaria y rogada, motivo por el  cual  el legislador estatuyó las causales por las que resulta procedente atacar  la  presunción  de  acierto  y  legalidad con que viene amparada la sentencia a  esta  sede. De igual modo, dada las citadas características de la impugnación,  también  la  legislación procesal contempla los mínimos presupuestos formales  que debe cumplir el libelo.   

Por  ello,  como  lo tiene dicho la Corte, la  demanda  de  casación  no  es  de  libre formulación, razón por la cual no es  procedente  hacer cualquier clase de cuestionamiento a una sentencia que por ser  la  culminación  de  un  proceso  está amparada, como se indicó, por la doble  presunción  de  acierto  y  legalidad,  sino  que debe ser un escrito lógico y  sistemático  en el que sólo es permitido denunciar los errores cometidos en el  fallo,  al  tenor  de  los motivos expresa y taxativamente señalados en la ley,  demostrarlos   dialécticamente  y  evidenciar  su  trascendencia  en  la  parte  dispositiva del mismo.   

Por  ello, el éxito de la censura no depende  de  lo  sugestivo del discurso plasmado en la demanda, sino de la argumentación  metodológica  que  conlleve,  de  manera  lógica,  precisa  y  coherente, a la  demostración  de que la sentencia es ilegal, por haber incurrido el juzgador en  vicios de juicio o de procedimiento, según el caso.   

En    esas    condiciones,   se     hace    necesario    verificar    si    la   demanda   de casación  presentada  a  nombre  de   Ciro     Alfonso    Real    Arrieta    reúne   los  presupuestos  formales  para   su     admisibilidad,     de     acuerdo    con     lo   estipulado    en    el    artículo    212    del   Código  de  Procedimiento Penal (Ley 600 de 2000).   

El  defensor  del  procesado, al amparo de la  causal    primera    de    casación,   formula   dos  cargos  contra  la  sentencia  dictada por el Tribunal  Superior  de Barranquilla, toda vez que, en su criterio, incurrió en violación  indirecta  de  la sustancial, por error de hecho generado en falso raciocinio al  “valorar  las pruebas y al concluir las inferencias  lógicas  de  contenido probatorio contrariando las reglas de la sana crítica y  de  la  lógica”, yerro que conllevó a concluir que  Real  Arrieta  es  autor  y  responsable,    sin    serlo,    de    los   delitos   imputados   (primer   cargo)  y,  además,  condujo  al  desconocimiento   de  la  duda  a  su  favor  (segundo  cargo),  valoración  equivocada  que  recayó  sobre  “los  medios de prueba”,  en  especial,  los  testimonios  de  Ricardo Páez Guerra, Yanez Sánchez Santi,  Enibaldo  Rafael  Rodríguez  Ojeda,  Roque  Jacinto  Acuña  Sarmiento,  Jessie  Cosbolita  Reoldine,  Víctor  Alfonso  Banbaque  Vargas,  Rafael Augusto Orozco  Tovar,  Álvaro  José  Montalvo  Pantoja, Carlos Alberto Marenco Ortega, Manuel  José  Ibarra Mejía, Juan Orlando Chitiva Beltrán y Hugo Rodríguez de León y  Martín López   

Agrega   que   de   no   haberse   cometido  dichos  yerros,  el  Tribunal   no  habría   afirmado   con   certeza   que   el   acusado   Ciro   Alfonso   Real Arrieta  participó  en  la  comisión  de  los delitos por los  cuales  fue  condenado o, por lo menos, la duda hubiese sido el fundamento de la  absolución a su favor.   

Así,  entonces, para la Sala es evidente que  la   formulación   de  las  dos  censuras  quedaron  imprecisas  e incompletas, pues si bien es cierto que el  demandante  señala  los medios de convicción sobre los cuales recayó el falso  raciocinio  propio  del  error  de  hecho acusado, también lo es que no dedicó  argumentación  alguna tendiente a concretar la demostración y trascendencia de  tales  presuntos  yerros, pues pese a que afirma que en dicho proceso valorativo  se  transgredió la sana crítica, de todos modos no indicó y, menos, demostró  cuál  principio  de  la  lógica,  de  la  ciencia  o  de  la  experiencia  fue  desconocido.   

Debe  recordarse que en tratándose del error  de  hecho  por  falso  raciocinio  la  jurisprudencia  de  la  Corte,  de manera  reiterada,  ha  precisado  que si el reproche se centra en el desconocimiento de  los  postulados  de la sana crítica, el censor debe indicar qué dice de manera  objetiva  el  medio de convicción, cuál fue la inferencia que de él dedujo el  juzgador,  cuál  mérito  persuasivo  le  fue  otorgado,  cuál postulado de la  lógica,   de   la   ciencia  o  máxima  de  la  experiencia  fue  desconocida,  especificando  cuál  es  el aporte científico correcto, la regla de la lógica  apropiada  y  la máxima de la experiencia que debió tomarse en consideración,  según cada caso.   

Agotada  esa primera fase de la presentación  del  cargo  o  cargos,  es  deber  del  libelista demostrar la trascendencia del  yerro,  indicando cuál debe ser la apreciación correcta de la prueba o pruebas  que  cuestiona  y  que  habría  dado  lugar a proferir un fallo sustancialmente  distinto  y  opuesto  al  que  es  objeto  de censura, para lo cual se impone al  demandante  el  deber de abordar la demostración de cómo habría de corregirse  el  error  probatorio  que acusa, modificando tanto el supuesto fáctico como la  parte  dispositiva  de  la sentencia, labor que comprende un nuevo análisis del  acervo  probatorio,  apreciando  las  pruebas  acorde  con las reglas de la sana  crítica  y  respecto de las cuales se transgredieron lo citados postulados, sin  dejar  pasar por alto que dicha valoración debe realizarse de manera conjunta y  mancomunada  con  los  demás medios probatorios respecto de los cuales no recae  censura alguna y, por lo mismo, se acepta su correcta apreciación.   

Como    puede   advertirse,   tales   presupuestos   no   fueron   atendidos   por   el   casacionista,    pues   luego   de   acusar   los   citados      yerros      en     ambos  cargos,     en     lugar     de   sustentar   el   ataque  con fundamento  en  los mencionados  derroteros,  se  limitó  a  hacer  afirmaciones  personales  tales como que los  juzgadores  se  limitaron  a “relacionar las pruebas  sin  entrar  a realizar un análisis conjunto”, o que  sus  conclusiones “se alejaron de la verdad procesal  y  en contra de los intereses” de su defendido, o que  “es ostensible la manipulación que las autoridades  de   policía   hicieron   en   procurar   de   lograr   la   incriminación”,   o   que   su   representado    no    huía   de   ninguna   actividad   ilícita,     o    que    los    policiales    no   declararon       la     verdad      acontecida      (primer   cargo),   o   que   había    “duda   en   cuanto   a   la  responsabilidad  de  Ciro   Alfonso    Real   Arrieta”,   o   que     fueron    tres    y   no    cuatro    los   ocupantes      del     vehículo     Mazda     (segundo   cargo),  etcétera,  aseveraciones  todas  que más allá de  contener  argumentos que precisen cuál principio de la lógica, de la ciencia o  de   la   experiencia   fue   desconocido   por   el   juzgador,  son  críticas  indiscriminadas que no evidencian error valorativo alguno.   

Por  el  contrario,  observa  la  Sala que la  inconformidad  del  recurrente  la centró en imponer su personal valoración de  los  elementos  de  juicio,  concluyendo  que  en este asunto su representado es  inocente  de  los  cargos  imputados  o, por los menos, la duda era el instituto  que,  en  su  criterio, debió aplicarse, desconociendo que la simple disparidad  de  criterios  no   constituye   error  demandable  en   casación,    toda    vez    que   el   juzgador,   dentro   del  método  de  persuasión  racional,   goza      de    libertad     para     apreciar     los   elementos    de   juicio   válidamente   allegados   a  la    actuación,    sólo   limitado   por   las   reglas   que   estructuran   la   sana crítica, sin que, en  este   caso,   el   libelista   haya   demostrado   los   acusados   errores  de  apreciación.   

Por consiguiente, ante la falta de claridad y  precisión  y  la  ausencia  de  la debida argumentación que la ley exige en el  contenido  de  la  manifestación  de  la  inconformidad  casacional,  la  Corte  inadmitirá   la   demanda   presentada  a  nombre  del  procesado  Ciro Alfonso Real Arrieta.   

Por  último,  cabe  señalar  que el estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En  mérito  de  lo expuesto, la CORTE   SUPREMA  DE  JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R   E   S   U  E  L  V  E   

INADMITIR la demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  de  CIRO  ALFONSO  REAL  ARRIETA.  En  consecuencia,  se declara  desierto el recurso extraordinario de casación interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no  procede  ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                         MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                             JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                     

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                             JULIO  ENRIQUE  SOCHA  SALAMANCA                                     

JAVIER  ZAPATA ORTÍZ  

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

         Secretaria     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *