27865(17-10-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 27865  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                                     Aprobado  Acta  No.  200                                                                                                          Magistrado Ponente:   

                                     Dr. AUGUSTO J. IBAÑEZ GUZMAN   

Bogotá,   D.  C.,  diecisiete  de  octubre  de  dos  mil  siete.   

Se  pronuncia la Corte sobre la admisibilidad  de   la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  de  José  Hermes  Calderón  Villanueva contra  la  sentencia  dictada  el  8  de  febrero  de 2007 por el Tribunal Superior del  Distrito  Judicial  de Florencia, mediante la cual confirmó la emitida el 10 de  marzo  de  2006  por  el  Juzgado  Promiscuo  del  Circuito  de  Belén  de  los  Andaquíes,  que  condenó al procesado a la pena privativa de la libertad de 60  meses  de  prisión, por el delito de violación del régimen de inhabilidades e  incompatibilidades.   

Hechos.  

El  21  de febrero de 2000, Norberto Valencia  Criollo,   en   condición  de  Alcalde  del  Municipio  de  Solita  (Caquetá),  suscribió  un  contrato  de  prestación  de  servicios  profesionales  para la  constitución  de  la empresa de servicios públicos del Municipio con el señor  José     Hermes  Calderón  Villanueva, quien había  sido  condenado  el  primero de septiembre de 1999 por el delito de peculado por  apropiación,  a  las  penas  principales  de  27  meses  de  prisión, multa de  $6’989.446  e  inhabilidad  para  desempeñar  funciones  públicas  en  forma permanente, de acuerdo con lo  previsto  en  el  artículo  122  de  la  Constitución  Política, dentro de un  proceso    en   el   cual   se   acogió   a   la   figura   de   la   sentencia  anticipada1.   

Actuación  procesal  relevante.    

1. La Fiscalía inició investigación formal  en   contra   del   señor   José  Hermes  Calderón  Villanueva,  lo  escuchó  en  indagatoria,  y el 7 de  febrero  de  2005 calificó el mérito probatorio del sumario con acusación por  el    delito   de   violación   del   régimen   legal   de   inhabilidades   e  incompatibilidades,  de  conformidad  con  lo  previsto  en el artículo 144 del  Decreto          100         de         19802.   

2. Rituado el juicio, el Juzgado Promiscuo del  Circuito  de  Belén  de  los  Andaquíes,  mediante sentencia de 10 de marzo de  2006,  condenó  al  procesado  a  60  meses  de  prisión, multa de 26 salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes,  e  inhabilidad  para  el  ejercicio  de  derechos  públicos  por  el  término de la pena principal “y la prohibición  PERMANENTE  para  desempeñar funciones públicas, como lo manda el artículo 51  del  Código  Penal  y  el  inciso  final  del artículo 122 de la Constitución  Nacional”,  como  autor  responsable  del delito imputado en la resolución de  acusación3.   

3.  La  defensa apeló este fallo por estimar  que  el  imputado  no  cometió  el delito, tesis que sustentó afirmando que su  defendido  creyó  firmemente  que no se encontraba inhabilitado para contratar,  en  razón  a  que  la  sanción  no  se  hallaba registrada en la Procuraduría  General  de  la  Nación. El Tribunal, en decisión de 8 de febrero de 2007, que  ahora  la defensa recurre en casación, ratificó en su integridad las decisión  del   a   quo4.   

La  demanda.   

Dos  cargos,  ambos  al  amparo  de la causal  primera  de  casación  prevista  en el artículo 207 de la ley 600 de 2000, por  errores  de  hecho  en  la  apreciación  de las pruebas, presenta el recurrente  contra la sentencia impugnada.   

Cargo   primero.  Violación  de  los  artículos  9,  10, 11 y 12 de la ley 599 de 2000 y 144 del  Decreto  100 de 1980, y de los artículos 232 y 238 del Código de Procedimiento  Penal,  estos  últimos por errores de hecho en la apreciación de las pruebas y  exclusión   evidente   de  las  constancias  de  ausencia  de  inhabilidades  e  incompatibilidades  expedida  por  la  Procuraduría General de la Nación y del  acto  de  notificación  de  la sentencia, donde se le informa que su ejecución  quedó suspendida condicionalmente.    

Sostiene  que el comportamiento del procesado  no  encuadra  en  la  descripción  típica del artículo 144 del Decreto 100 de  1980,  porque  al ser notificado de la sentencia fue informado que la ejecución  de  la  pena  principal  se  hallaba  suspendida  y  que  así  lo corroboró la  Procuraduría,  “la  que  certifica  y  dice  que  no  está inhabilitado para  contratar”,  lo  cual  es lógico, por eso la sanción no aparece registrada y  mientras    no    lo   esté   no   ha   entrado   a  regir.   

En  la  sentencia  de  segunda  instancia, el  Tribunal  por  ninguna  parte  relaciona ni considera siquiera la posibilidad de  analizar     las    certificaciones    de  ausencia  de inhabilidades e incompatibilidades expedidas por la  Procuraduría  General  de  la  Nación,  no  obstante que desde los albores del  proceso  se  anexó  una constancia y que en el curso del juicio se anexó otra,  donde  consta  que  José  Hermes  Calderón Villanueva ni antes, ni aún para la  época de la audiencia aparecía con inhabilidad.   

Afirma que en el literal g) de la relación de  las  pruebas,  el  Tribunal  se  refiere  a la indagatoria, siendo absolutamente  claro   al   sostener   que  el  procesado  manifestó  haber  solicitado  a  la  Procuraduría  General  un  certificado  sobre  antecedentes  disciplinarios,  y  también,  que  consultó  varios  abogados  sobre  el  punto.  Pero  interpreta  erróneamente  esa  ausencia  de  dolo “tergiversa en flagrante error de hecho  esta palmaria verdad”, al concluir que:   

“Corolario, el hecho típico se materializa  con  la  suscripción del contrato de prestación de servicios 003/2000, el cual  no  debió  suscribir  el  procesado,  dado  el  conocimiento  que  tenía de la  inhabilidad  que pesaba en su contra, conocimiento que  está  probado  con  la aceptación a sentencia anticipada, la notificación del  fallo    condenatorio,    y    las    diversas    consultas   que   hizo   sobre  ello”.   

Esta  conclusión  muestra que el Tribunal ni  siquiera  tenía  certeza  de  la  época en que empieza a regir una sanción de  esta   naturaleza,   razón  por  la  que  adquieren  mayor  significación  las  ilustraciones  suministradas  al  procesado  por los juristas que lo asesoraron,  quienes  le  dieron  una  razón  más  valedera,  como  es  que “una  sanción  empieza  a regir desde el momento en que se inscribe  como tal y, deja de serlo al momento en que se levanta”.   

Pide observar cómo el procesado suscribió el  contrato  cuando  aún  estaba  presentándose  periódicamente  en virtud de la  sentencia  cuya  ejecución se suspendió, y después de haber renunciado por su  propia  iniciativa  al  cargo  de  servidor  público  que  desempeñaba  en  el  Municipio  de Curillo (Caquetá), “donde fue notificado y de cuyo desempeño y  ejercicio  como  funcionario  público  tenían conocimiento los jueces tanto el  fallador  que envió el comisorio, como el comisionado que lo notificó, quienes  debieron  haber  previsto al sentenciado su obligación de cesar en el cargo”.   

Cargo   segundo.  Violación  de  los artículos 9, 12 y 32 numerales 10 y 11 del Código Penal, y  232  y  238  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  por errores de hecho en la  interpretación  de  las pruebas que demuestran que antes de la suscripción del  contrato  para  la  constitución  de  la  empresa  de  Servicios  Públicos del  Municipio  de  Solita, el procesado se asesoró de expertos en la materia que lo  llevaron   al   convencimiento   insuperable   de  que  legalmente  no   se   encontraba   inhabilitado   al  suscribir el contrato con el Municipio.   

Esto  permite  colegir  que hubo un ejercicio  previo,   un   asesoramiento   profesional   y   ante   todo   una  actitud  permisiva  por  parte  de  los mismos jueces, que  lo  llevó a la convicción absoluta, errada o no, de que en su  actuar   no   estaba   cometiendo   ningún  delito.  Estos  mismos  alegatos los adujo en audiencia y en el  recurso  de  alzada,  pero  no  han  sido  acatados, desviando los juzgadores su  sentido    central   a   argumentos   secundarios   que   no   son   objeto   de  controversia.   

Afirma  que  la  tesis  de  que  una  sanción  empieza  a regir desde el momento en que se inscribe  como  tal  y,  deja  de  serlo  en  el  momento  en que se levanta, no  es  una posición caprichosa de la defensa , sino de vieja data,  sostenida  por  ilustres  juristas,  y que mal puede, en consecuencia, afirmarse  que  el  procesado  no  podía tener la convicción de que no concurrían en él  inhabilidades al momento de suscribir el contrato.   

Pero  el  Tribunal,  en  flagrante  error  de  interpretación,   sostiene   que   “el  conocimiento  está  probado  con  la  aceptación  a  sentencia anticipada, la notificación del fallo condenatorio, y  las    diversas    consultas    que    hizo   sobre  ello”,   amén   de   su  conocimiento  y  nivel académico, revirtiendo, de esta  manera,   condiciones   favorables  en  desfavorables,  para  culminar  con  una  conclusión    que   además   de   errada   es   falsa:   que   “como  él mismo lo dice, como el contrato tenía una durabilidad de  tres  meses,  probablemente nadie lo notaría” cuando  el procesado jamás dijo tal cosa.   

Con  fundamento en argumentos juiciosos, como  el  referente a la certificación de la Procuraduría que de una u otra forma le  daba   al   procesado   la   convicción  de  no  estar  inhabilitado,  más  el  asesoramiento  de  profesionales del derecho, y la manifestación expresa de los  jueces  de  indicarle  que  la pena se hallaba suspendida, además de la actitud  permisiva  de  los mismos jueces al saberlo por meses funcionario público en el  Municipio  donde fue notificado, invocó la aplicación de los numerales 10 y 11  del    artículo    32    del   Código   Penal,   siendo   su   petición   desconocida.   

Asumiendo  en  extremo  sumo que el procesado  estaba  inhabilitado,  situación  que la defensa no comparte, cómo pretende el  Tribunal  homologar que no tuviera dicha convicción, con todos los elementos de  juicio  que  llevaban  a  ello,  pues  nadie  puede  afirmar con grado remoto de  probabilidad,  y  menos  de  certeza,  que  no  haya  actuado con la convicción  absoluta  e invencible de que no concurría en su conducta un hecho constitutivo  de  la  descripción  típica  del  artículo  144  del  Código  Penal de 1980.   

Sustentado en estas consideraciones, solicita  a  la  Sala casar la sentencia impugnada, y en su lugar exonerar al procesado de  toda  responsabilidad  penal  por  el  delito  imputado  en  la  resolución  de  acusación.   

SE        CONSIDERA:   

El  artículo 212 del estatuto procesal penal  (ley   600  de  2000),  al  señalar  los  requisitos  de  fundamentación  mínimos  que  debe  contener la  demanda  de  casación,  relaciona,  en  su  numeral 3°, la necesidad de que el  actor   enuncie  la  causal  de  casación  que  sirve  de  fundamento a su  pretensión,    indique  en  concreto  el  cargo  que  presenta  contra  la  sentencia  impugnada,  y  consigne  en  forma  clara  y  precisa los fundamentos  fácticos, probatorios o jurídicos que soportan la censura.    

En  el  caso  analizado, el actor plantea dos  cargos    contra    la    sentencia    impugnada,    ambos    por   errores  de  hecho  en la apreciación de  las  pruebas.  Esto  significa  que  invoca como causal de casación la primera,  cuerpo  segundo, y que el ataque se dirige a demostrar que los juzgadores, en la  tarea   de  apreciación  probatoria,  incurrieron  en  una  cualquiera  de  las  siguientes    tres    modalidades   de   error,   propios   de   la   categoría  invocada:     De   existencia  por   omisión   o   suposición   de   pruebas,   de   identidad   por  tergiversación  de  su  contenido  fáctico,  o  de  raciocinio  por desconocimiento de las reglas de la sana crítica.   

Preciso  es  recordar  que  cada uno de estos  errores  comporta  desarrollos  demostrativos distintos.  Si lo invocado es  un  error  de existencia, el  actor  debe,  (i)  especificar  si  el  error  se  presentó  por omisión o por  suposición,  (ii) señalar las pruebas que fueron ignoradas o inventadas, (iii)  indicar  su  contenido,  y  (iv)  demostrar  la  trascendencia  del yerro en las  conclusiones  del  fallo,  labor que implica analizar la prueba en conjunto, con  exclusión  del  error denunciado, para mostrar que sin su concurso la decisión  habría sido distinta.   

Cuando  lo  planteado  es  un  error  de  identidad  por tergiversación  del  contenido  material  de  la  prueba, quien lo alega debe (i) identificar el  medio  sobre  la cual recayó el error, (ii) determinar si el error se presentó  por  adición,  cercenamiento  y transmutación de su expresión fáctica, (iii)  realizar  un paralelo entre el contenido objetivo de la prueba y la aprehensión  que  de  ese  contenido  hizo  el  fallo para mostrar que no son coincidentes, y  (iv)   acreditar la trascendencia del error, en los términos ya indicados.   

Y   si  lo  propuesto  es  un  error  de  raciocinio  por desconocimiento  de  las  reglas  de la sana crítica, el actor debe (i) señalar la prueba en la  cual   recayó  el  error,  (ii)  identificar  la  regla  de  la  sana  crítica  (principio  de  la lógica, postulado de la ciencia o  máxima   de   experiencia)   que   fue   objeto   de  inobservancia,  (iii)  demostrar  por qué la regla inobservada era aplicable al  caso concreto, y (iv) acreditar la trascendencia del yerro.   

Este  labor  argumentativa no es desarrollada  por  el  actor. En el primer cargo sostiene que los juzgadores incurrieron en un  error  de hecho, pero no especifica en concreto la modalidad de error denunciado  (existencia,   identidad  o  raciocinio)  y  aunque por el contenido de la censura pareciera plantear uno de  existencia por omisión, por  haber   ignorado   los   juzgadores   unas   certificaciones  expedidas  por  la  Procuraduría,  la  verdad  es  que  no  identifica los documentos ignorados, ni  analiza  su contenido, ni muestra la trascendencia que estos documentos tuvieron  en las conclusiones del fallo.   

Del estudio del expediente se establece que en  la  fase  de  la  instrucción se allegó una certificación de la Procuraduría  expedida  el  16  de diciembre de 1999 (después de la  fecha  de  la  sentencia  condenatoria  que  inhabilitaba  al  procesado  en  el  desempeño   de   funciones   públicas   y   antes   de   la  suscripción  del  contrato),   pero   esta  constancia  solo  trata  de  antecedentes     disciplinarios.     Y   en la fase del juicio se allegó otra, relacionada esta sí  con  la  existencia  de  sanciones  e  inhabilidades,  pero    expedida    el  15 de febrero de 2006, es decir seis años después de  los  hechos,  donde  simplemente  se  informa  de  los registros de antecedentes  existentes para la fecha de su expedición.   

Pero como ya se precisó, el actor no analiza  el  contenido  de  estas pruebas, ni las identifica siquiera, y adicionalmente a  ello,  las  consideraciones  que  presenta  para rebatir las conclusiones de los  fallos  de  instancia  se  sustentan  en  apreciaciones ajenas por completo a su  núcleo  argumentativo,  sobre  todo  del  fallo  de  segundo  grado,  donde  el  argumento  principal de la decisión de condena se soporta en la tesis de que la  sanción  prevista  en  el  artículo  122  de  la  Constitución Nacional opera  de  pleno  derecho,  y  en  consecuencia,  que  las  argumentaciones  sobre  la existencia o inexistencia de  registro en la Procuraduría resultaban irrelevantes:   

“Como  se ha referido, para la aplicación  de  la  restricción  sería  irrelevante que la consecuencia del comportamiento  ilícito  se  expresara  o no en la correspondiente sentencia, pues en todo caso  JOSE  HERMES  CALDERON  VILLANUEVA  al  ser  condenado  por  el delito contra el  patrimonio  del  Estado  (peculado  por  apropiación)  debidamente  notificado,  quedaba  inhabilitado  para  el  desempeño de funciones públicas, y    no    necesariamente    debía    aparecer    registrada    la  sanción,  pues  él  tenía  pleno  conocimiento  de  ello”5.    

Esta  transcripción  muestra que el error de  hecho  por  omisión  de  las constancias expedidas por la Procuraduría, sería  además  intrascendente, pues como puede claramente verse, el Tribunal acepta el  supuesto  de  hecho  que  el  censor  pretende probar con las pruebas que afirma  omitidas    (que   la   sanción   no   se   hallaba  registrada),  lo  cual  hace  que  el  cuestionamiento  termine  siendo  totalmente  inane,  en cuanto estaría orientado a demostrar un  supuesto   fáctico   que   los   juzgadores   de  instancia  en  manera  alguna  desconocen.   

Sostiene también el censor que los juzgadores  de  instancia  ignoraron  el  acto  de  notificación de la sentencia, pero a lo  largo   del   mismo  discurso  argumentativo  asegura,  en  contraste  con  esta  afirmación,  que  lo tuvieron en cuenta para hacerle producir efectos en contra  del  procesado,  y  así lo hace ver en una transcripción que aduce a manera de  ilustración  de su aserto, planteamiento que por contradictorio, impide conocer  con exactitud lo que realmente quiso denunciar.    

La  situación  en  relación  con el segundo  cargo  no  es  distinta.  En  su  desarrollo,  el  casacionista sostiene que los  juzgadores  incurrieron  en  un  error  de  hecho  al  apreciar  las pruebas que  demuestran  que el procesado, antes de la suscripción del contrato, se asesoró  de  expertos  que  lo  llevaron  a  la convicción insuperable de que legalmente  no    se    hallaba    inhabilitado.   Pero  al  igual  que  en  el  cargo anterior, no precisa si el error  cometido  fue  de  existencia,  identidad o raciocinio, ni se toma el trabajo de  probar su configuración y trascendencia.   

Toda  la construcción argumentativa descansa  en  la  abstracta  y  aislada  afirmación  de  que  el procesado se asesoró de  expertos  en  la materia que lo llevaron a dicho convencimiento, sin aludir para  nada  a  las pruebas que en el proceso demuestran este hecho, ni a su contenido,  ni  a  los  errores que en concreto cometieron los juzgadores de instancia en su  apreciación, ni a la forma como se imponía apreciarlas.   

Adicionalmente a esto, el actor no identifica  de  entre  las  diversas  hipótesis  de exclusión de responsabilidad por error  invencible  que  consagran  los  numerales  10 y 11 del artículo 32 del Código  Penal  (preceptos  que  afirma  violados),  cuál  en  concreto se habría consolidado en el caso en estudio,  ni  se  ocupa  de  demostrar que las condiciones exigidas para su reconocimiento  por el ordenamiento legal hayan tenido cabal estructuración.   

En  síntesis,  la  demanda presentada por el  defensor   de   José   Hermes  Calderón  Villanueva  no   reúne  las  condiciones  mínimas  de  forma  y  contenido  requeridas  para  su  estudio.  Por  tanto,  se  la  inadmitirá,  de  conformidad  con  lo  previsto  en el artículo 213 del Código de Procedimiento  Penal.   

Casación      oficiosa.   

Los  juzgadores  de  instancia  condenaron  a  José   Hermes   Calderón   Villanueva  “a   la   prohibición   PERMANENTE   para  desempeñar  funciones  públicas,  como  lo  manda  el artículo 51 del Código Penal y el inciso final  del   artículo   122   de   la   Constitución   Nacional”,  sin  suministrar  explicaciones sobre su imposición.     

El artículo 122 de la Constitución Nacional,  modificado  por  el  artículo 1° del acto legislativo No.1 de 2004, en el cual  se  sustentan  los  juzgadores  de  instancia  para la aplicación con carácter  permanente    de    la  prohibición  para  desempeñar  funciones  públicas,  dice  textualmente en su  inciso quinto:   

“Pérdida  de  derechos  políticos.  Sin  perjuicio  de  las demás  sanciones  que  establezca  la  ley,  no podrán ser inscritos como candidatos a  cargos  de  elección  popular,  ni  elegidos,  ni  designados  como  servidores  públicos,  ni  celebrar personalmente, o por interpuesta persona, contratos con  el  Estado,  quienes  hayan  sido  condenados, en cualquier tiempo, por   la  comisión  de  delitos  que  afecten  el  patrimonio  del  Estado.  Tampoco quien haya dado lugar, como servidor  público,  con  su  conducta  dolosa  o  gravemente culposa, así calificada por  sentencia   judicial   ejecutoriada,  a  que  el  Estado  sea  condenado  a  una  reparación  patrimonial, salvo que asuma con cargo a su patrimonio el valor del  daño”.   

Y    el    51    del    Código    Penal,  prescribe:   

“Duración de las  penas    privativas    de    otros    derechos.   La  inhabilitación  para el ejercicio de derechos y funciones públicas tendrá una  duración  de cinco (5) a veinte (20) años, salvo en el caso del inciso tercero  del artículo 52.   

“Se  excluyen  de  esta  regla  las  penas  impuestas   a  servidores  públicos  condenados  por  delitos  contra el patrimonio del Estado, en cuyo caso  se   aplicará   el   inciso  quinto  del  artículo  122  de  la  Constitución  Nacional”   

El  parágrafo segundo del artículo 38 de la  ley  734  de  2002,  por  la  cual  se  expidió el Código Disciplinario Unico,  entiende  por  delitos  que afectan el patrimonio del  Estado,  los que producen de manera directa lesión del  patrimonio  público,  representada  en  el  menoscabo, disminución, perjuicio,  detrimento,  pérdida,  uso  indebido  o  deterioro  de  los  bienes  o recursos  públicos,   producida   por  la  conducta  dolosa,  cometida  por  un  servidor  público6.    

El     delito     de     violación  al  régimen  de  inhabilidades  e  incompatibilidades,  por  el  cual  fue condenado el procesado José  Hermes  Calderón  Villanueva, no es  un    ilícito    contra    al    patrimonio    del  Estado,  pues  su  conducta típica no implica la  realización  directa  de  ninguna  de las formas de afectación de los bienes y  recursos  públicos  que la norma contempla. Por tanto, respecto de este delito,  no  es aplicable la inhabilidad de carácter permanente prevista en el artículo  122  de  la Constitución, sino la temporal establecida en el inciso primero del  artículo 51 del Código Penal.     

Con  el  fin  de  preservar  el  principio de  legalidad,   la  Corte,  en ejercicio de la facultad oficiosa consagrada en  el  artículo 216 del estatuto procesal penal, casará parcialmente la sentencia  impugnada,  para  fijar  la pena de inhabilitación en el ejercicio de funciones  públicas en un tiempo igual al de la pena principal.    

En mérito de lo expuesto, LA CORTE SUPREMA DE  JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE:  

1.   Inadmitir  la  demanda de casación presentada por el defensor de  José   Hermes   Calderón   Villanueva.     

2.    Casar  parcialmente,  de oficio, la sentencia impugnada, para  excluir  como  pena  accesoria  la prohibición permanente para el desempeño de  funciones públicas.   

3. Declarar que el procesado queda condenado a  la  pena  accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones  públicas por un término igual al de la pena principal.   

En   lo   demás,   el  fallo  se  mantiene  inmodificable.   

Contra  esta  decisión no proceden recursos.   

NOTIFIQUESE Y CUMPLASE.  

ALFREDO GOMEZ QUINTERO  

Excusa justificada  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PEREZ           MARIA  DEL  ROSARIO  GONZALEZ DE LEMOS   

AUGUSTO        J.        IBAÑEZ  GUZMAN             JORGE      L.     QUINTERO  MILANES   

Comisión de servicio  

YESID            RAMIREZ  BASTIDAS             JULIO E. SOCHA SALAMANCA   

                                         JAVIER ZAPATA ORTIZ   

                                                Teresa Ruiz Núñez   

                                                   SECRETARIA   

    

1  Folios 16-18 y 47-32 del cuaderno original 1.   

2  Folios 109, 135, 281 ibídem.   

3  Folios 59-81 del cuaderno original 2.   

4  Folios 3-17 del cuaderno del Tribunal.   

5  Página 16 del fallo del Tribunal.   

6  El  parágrafo  segundo  del  artículo 38 de la ley 734 de 2000 fue revisado por la  Corte  Constitucional  y  declarado  exequible  mediante sentencia C-064 de 4 de  febrero de 2003.     

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