26220(23-11-06)

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 26220  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 133  

Bogotá,      D.      C.,      veintitrés (23) de noviembre de dos mil seis (2006).   

V   I   S   T   O  S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  la  demanda de casación presentada por el defensor de  los   procesados  HERNÁN  OSORIO  GALLEGO  y  LUCY     AMPARO     PERDOMO     LÓPEZ.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1.   Los  hechos  los  sintetizó  el  juzgador de segundo grado, así:   

“De   lo  consignado  en  el  proceso  se  sabe  que  la  Asociación Nazarena de Vivienda  (ASONAVI),  con  personería  jurídica  reconocida  e inscrita en la Cámara de  Comercio  de Bogotá, cuyo representante legal era desde su fundación el pastor  HERNÁN  OSORIO  GALLEGO,  adelantó  desde 1993 programas de viviendas por el sistema de autoconstrucción  financiados  con aportes de los mismos afiliados, representados en los proyectos  Vegas  de  Santana,  Caldas  I, La Riviera y Santa Librada. Como quiera que para  los  años 96 y 97 se adelantaban otros proyectos de la misma naturaleza, en los  que  ASONAVI  se  encontraba  infringiendo  la  Ley  66  del 68 al no contar con  licencia   de   construcción  ni  tener  legalizados  los  servicios  públicos  domiciliarios,  la  Alcaldía Mayor de Bogotá, en uso de sus facultades legales  y  con  base  en  las  quejas  de  algunos  afiliados,  resolvió  intervenir la  asociación  mediante  resolución  del  16  de  julio  de  1997,  la que estuvo  precedida  de  requerimientos   a su representante legal desde comienzos de  ese  año,  en  orden a que cumpliera con las exigencias de ley para desarrollar  ese tipo de actividad.   

“Ante   la  inminencia   de   la   intervención  de  la  Alcaldía  a  la  asociación  que  representaba,    el    pastor    OSORIO  convocó  a  Asamblea General el 12 de mayo de 1997 y propuso que  ante  las  trabas  que  estaba poniendo la entidad, se le autorizara liquidar la  asociación  y  transferir  los  activos  de ASONAVI a la Iglesia de Nazareno en  Colombia  de  la  cual  era  también él su representante legal. La asamblea le  autorizó  para  que iniciara gestiones para liquidar la asociación.   

“El  5 y 12 de  julio  de  1997,  el señor OSORIO GALLEGO  sin  autorización  expresa  para  enajenar  o donar bienes de la  asociación  acudió a la Notaría de Tabio y mediante escrituras 616, 619, 630,  634  y  647, transfirió en donación 13 lotes ubicados en Usme, Soacha y Bosa a  la  Iglesia  del  Nazareno  Vegas  de  Santana  Distrito  Centro  Sur, en la que  también  fungía  como su representante legal, y el 6 de agosto de 1998, cuando  ya  no era representante legal de ASONAVI, pues ya se encontraba intervenida por  la   Alcaldía,   trasfirió   en   venta  8  lotes  a  su  esposa  LUCY  AMPARO  PERDOMO, inmuebles que eran  también  de  propiedad  de  ASONAVI. El registro de las escrituras otorgadas en  1997  se  hizo con posterioridad a la fecha en que ya no ostentaba la calidad de  representante  legal  de  la  asociación de vivienda. El valor de los inmuebles  donados  por  OSORIO GALLEGO  a  la Iglesia que regentaba y a su esposa se estimó aproximadamente en seis mil  millones de pesos”.   

2.   Clausurada  la Investigación, la  Fiscalía  149  Seccional  de Bogotá, a través de la  resolución fechada  el  27  de  febrero  de  2002, acusó a Hernán Osorio  Gallego  como  posible autor de los delitos de estafa  agravada  y falsedad personal, y a Lucy Amparo Perdomo  López  como  cómplice de la citada estafa agravada,  decisión que quedó ejecutoriada el 12 de marzo de dicho año.   

3.   El  Juzgado Cuarenta y Seis Penal  del  Circuito  de Bogotá, mediante sentencia del 27 de agosto de 2004, condenó  a     los    acusados  así:   

A  Hernán Osorio  Gallego  a  las  penas  principales  de  88  meses de  prisión  y multa de $2.000, a la accesoria de inhabilitación para el ejercicio  de  derechos y funciones públicas por el mismo lapso de la pena privativa de la  libertad  y  al   pago  de  los  perjuicios materiales, como  autor de los delitos de estafa agravada y falsedad personal, y   

A  Lucy  Amparo  Perdomo  López a las penas principales de 45 meses de  prisión  y multa de $2.000, a la accesoria de inhabilitación para el ejercicio  de  derechos y funciones públicas por el mismo término de la pena privativa de  la  libertad  y  al pago de los perjuicios materiales, como cómplice del delito  de estafa agravada.   

4.  Apelado el fallo por el defensor de  los  procesados y en cumplimiento de lo dispuesto por la Sala Administrativa del  Consejo  Superior de la Judicatura, según Acuerdo N° 3039 del 20 de septiembre  de  2005,  el  Tribunal  Superior  de  San  Gil,  el  2 de diciembre de 2005, lo  confirmó con las siguientes modificaciones:   

4.1.    Absolvió   a   Hernán  Osorio  Gallego por el delito de  falsedad  personal.  En  consecuencia,  lo  condenó  a  la  pena de 55 meses de  prisión  y  a  la  accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas  por  el  mismo  término,  como autor del delito de estafa  agravada.   

4.2.    Condenó   a   Lucy  Amparo  Perdomo López a la pena de  25  meses  de  prisión y a la accesoria de inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y funciones públicas por el mismo lapso, como cómplice del delito de  estafa agravada.   

Contra   esta  determinación  el  citado  profesional     del     derecho     interpuso    recurso    extraordinario    de  casación.   

LA     DEMANDA     DE   CASACIÓN   

El  defensor de los procesados Osorio    Gallego    y    Perdomo   López,  invocando  el  cuerpo  segundo  de  la  causal  primera  de  casación,  acusa al sentenciador de haber  incurrido  en  violación indirecta de la ley sustancial, por errores de hecho y  de  derecho en la apreciación de las pruebas, lo que conllevó a la aplicación  indebida  del “artículo 169 de la ley 599 de 2000 y  la  agravación contenida en los numerales 2°, 4°, 5° y 7° del artículo 170  de  la Codificación”, y la falta de aplicación del  artículo  6°  ibidem.  Así  mismo,  cita como infringidos los artículos 7°,  232, 237, 238, 239 y 277 del Código de Procedimiento Penal.   

A  continuación  presenta  cuatro  cargos  contra   el   fallo   de  segunda  instancia,  cuyos  argumentos  se  sintetizan  así:   

Primer cargo  

Afirma    que    hubo   “error  de  derecho  en  la  apreciación  de  las pruebas por falso  juicio  de convicción”, toda vez que el fallador se  equivocó  al  valorar  la  “prueba  basilar  de la  condena  pues  le  dio  un  mérito  persuasivo  que  de antemano le había sido  suprimido  por  la  ley”,  ya  que  con la denuncia  presentada  por  Alberto  Talero  Otálora (agente especial de ASONAVI designado  por  la  Alcaldía)  y con las declaraciones rendidas por Raúl Alberto Escobar,  Blanca   Nelly   Medina  y  Claudia  Leonor  Silva  Reyes  se  concluyó  en  la  tipificación  del  delito  de  estafa agravada y, al mismo tiempo, se le quitó  “mayor validez” al acta  de  la  Asamblea  General  de  ASONAVI  llevada  a  cabo  el 12 de mayo de 1997,  “dando   así   plena   credibilidad   sobre   la  realización propia del punible”.   

Afirma  que  los  citados  testimonios, los  cuales  “tenían  un  interés personal,  nunca  podrán  valer  más  que  763  firmas   que   respaldan   la   decisión   tomada   en  esa  acta  de  Asamblea  General”,  la  cual  tiene  datos  que  favorecen a  Hernán  Osorio y que fueron “desconocidos por todas  las instancias”.   

Luego  de  transcribir  apartes  del  fallo  impugnado,  reitera  que la denuncia y los citados testimonios fueron el soporte  probatorio  de  la  condena,  toda  vez que de él se extrajeron “los   hechos  sobre  los  cuales  se  edificaron  los  indicios  de  responsabilidad”,   desconociéndose   totalmente  “el  acta  de  Asamblea  General  del 12 de mayo de  1997,  en  la cual en su inciso intermedio consta el propósito firme no solo de  la  liquidación  de  ASONAVI  sino también de la donación de los activos a la  Iglesia  del  Nazareno en Colombia para continuar con los programas, y en inciso  final  aparece  que  la  propuesta  anterior fue aprobada por unanimidad, por lo  tanto,  es prueba plena válida y no controvertida y tampoco descalificable como  sí  lo  ha  hecho  erróneamente  tanto el ente instructor como las instancias,  dedicándose  exclusivamente  a orientar las decisiones en el sentido único que  han  querido  los  netamente  interesados  como  son  el  agente  especial y los  testigos  allegados por intermedio de su parte civil, error que no sólo ataca y  desdibuja  desde  el  comienzo el principio de presunción de inocencia sino que  además       se       contrapone       al       debido      proceso”.   

Dice  que  el  sentenciador “le  desconoció  a  la  mencionada  acta  el  valor pleno que ésta  tiene”,   lo   que   desdibujó   los   elementos  constitutivos  de  la  estafa, error que, en su criterio, surge en el momento en  que  le  “suprimió  todo  valor probatorio, y aún  así     dio     validez     a    la    denuncia    y    testimonios”.   

“El error que se  denuncia  está  en  la  no  apreciación  y  desconocimiento  de dicha Asamblea  General,  avalada  en  numero  bastante amplio de firmantes con una equivalencia  favorable  muy  desequilibrada en relación con lo aseverado por el denunciante,  lo  que  con posterioridad y que con ocasión a la desinformación, o mas bien a  la  información  en  cuadrada  por  parte de los representantes de la Alcaldía  agentes  especiales, generaron la zozobra en los afiliados, creando un caos para  los  mismo,  el  cual  desembocó  en  una avalancha de denuncias por los mismos  hechos  ante  diferentes  juzgados  civiles y fiscalías. Esa denuncia no podía  ser  tenida  como  fuente de prueba, ni como testimonio del funcionario de quien  se  argumenta lo produjo, ni siquiera su existencia física como tal podría dar  lugar  a  un  indicio  extraído  de  sí  mismo,  y  que  no  obstante eso, fue  catalogado  como prueba directa de los hechos allí descritos, y que con base en  esa  ‘prueba’   fue   condenado   Hernán  Osorio  Gallego”.   

Así  mismo,  asegura  que  el  funcionario  instructor  debió  citar  a  algunas de las 763 personas que firmaron la citada  acta,  con  el  fin  de que dieran fe sobre lo acordado en la Asamblea del 12 de  mayo  de  1997  y,  a su vez, esclarecer si lo allí consignado era o no verdad,  situación  que  nunca  ocurrió,  razón  por la cual dicha acta como prueba no  puede   ser   descartada   o   desestimada,  debiéndosele  dar  “valor  real”, es decir, en su criterio  pesa   más   aquella   prueba   que   los   tres   testimonios,   los  cuales,  “a   mi    modo   de   ver   son   sospechosos   desde   el    punto    de    vista    del   interés   que  persiguen”.   

Arguye   que   la  postura  correcta  del  sentenciador  era atenerse a las demás pruebas allegadas al proceso y, a partir  de  su  valoración,  decidir  si  condenaba  o  absolvía a su defendido, quien  realizó  la  venta sin buscar ningún provecho personal. Sin embargo, de manera  contraria,  lo  que  hizo “fue darle a la denuncia y  escasos  testimonios  (dudosos)  el  valor  de prueba directa y la certeza de la  ocurrencia  de esos hechos que como tal sí ocurrieron pero no con la intención  con  la  que  se  denunció  y orientó el proceso”,  originándose  así  el desconocimiento del principio de necesidad de la prueba,  en especial la que favorecía al procesado.   

Por  lo expuesto, solicita a la Corte casar  el  fallo impugnado y, en su lugar, se proceda a absolver a su procurado, no sin  antes  dejar  sin “piso probatorio los hechos que se  mencionaron”.    

Segundo cargo  

Sostiene que el juzgador incurrió en error  de  hecho  en  la  apreciación  de  las  pruebas,  generado por falso juicio de  existencia,  toda  vez que tanto la denuncia como las declaraciones referidas en  la  anterior  censura   debieron  ser  evaluadas  bajo  la  luz  de la sana  crítica  y en conjunto con los demás elementos de juicio, yerro que lo condujo  a  la  falsa  convicción de estar probados los requisitos para dictar sentencia  condenatoria.   

Recuerda que el fallador tuvo como fuente de  prueba  del  delito  de  estafa  y de la responsabilidad de su defendido la  denuncia  presentada  por  Alberto  Talero Otálora y las declaraciones de Raúl  Alberto  Escobar,  Blanca Nelly Medina y Claudia Leonor Silva Reyes, versiones a  las  cuales  se les brindó total crédito. Sin embargo, asegura que el Tribunal  omitió  cumplir  el  deber  de  apreciar de manera racional las “demás  pruebas  que  militan  en  el  expediente,  consultando  en  particular   las   que   se   refieren   a   los   hechos   vertidos   en  tales  declaraciones”.   

En  efecto, dice que se desconoció el acta  de  Asamblea  General  realizada  el  12 de mayo de 1997, documento que de haber  sido  apreciado por el juzgador habría llegado a la conclusión “de   que   no   existiría   con   ese   actuar  indicios  y  menos  responsabilidad  sobre  el  actuar  de  Hernán  Osorio Gallego, respecto de las  actuaciones  anteriores  a  la intervención por haber estado revestido de todas  las  actuaciones  que  la  ley  ofrece,  incluyendo  la aprobación de sus actos  mediante   Asamblea  General.  Lo  que  posteriormente  se  tomó  como  base  o  fundamento  de  maquinación  anterior  fueron  los referidos a la venta de ocho  lotes  a  su  esposa  Lucy  Amparo Perdomo, para cubrir una deuda de $18.000.000  sobre  un dinero que Lucy Amparo Perdomo había prestado para invertir en gastos  de  ASONAVI  y  que  según  tanto  el  instructor  como las instancias nunca se  demostró”.   

Asegura  que  el  ánimo  de sus defendidos  nunca  estuvo  dirigido  a  estafar  a  ASONAVI.  Por  el contrario, acudieron a  “recobrar  lo  invertido,  no  de  la  forma  más  apropiada,  pero  si  se  tiene en cuenta el verdadero resultado final se podrá  concluir  que  ni  siquiera  existió  de fondo la intención de lucro, pues aun  cuando  los  bienes (8 lotes) fueron traspasados a su nombre, en estos mismos se  permitió  la  construcción  de  torres  de  apartamentos para dar solución de  vivienda  a  miembros que pertenecían a programas de ASONAVI y ahora pertenecen  a  la  Iglesia del Nazareno, por lo tanto nunca su actuar se encaminó a obtener  provecho ilícito”.   

Siendo   ello  así,  considera  que  los  “hechos  indicadores”  sobre   los  cuales  se  dedujo  la  existencia  de  la  estafa  “desaparecen”,   máxime   cuando   el  análisis  probatorio  se realizó “sin contrapeso o  análisis   de  las  demás  pruebas  obrantes  en  el  expediente  y  más  aun  encaminándose  directamente  a desacreditar los planteamientos hechos tanto por  los  implicados  como  por su defensor”, pues, en su  criterio,  el  haber suscrito las mencionadas escrituras de donación a favor de  la  Iglesia del Nazareno, como así se lo encargó la Asamblea General, no puede  tomarse  como  indicativo de la materialización de la estafa, menos aún cuando  Osorio  Gallego  contaba  con  la  representación  legal de ASONAVI, la cual se  encontraba   legalmente   inscrita  en  la  Cámara  de  Comercio,  aspecto  que  desconocieron tanto el instructor como los juzgadores.   

Reitera  que  los hechos denunciados no son  ciertos,  toda  vez  que los bienes nunca salieron de la esfera de ASONAVI, pues  ahora  son  de la Iglesia del Nazareno, “de quien se  puede   determinar  están  dispuestos  bien  sea  a  realizar  las  respectivas  devoluciones  a  los asociado o bien sea la posibilidad de reorientar y ejecutar  los  programas  de  vivienda”,  siendo  evidente el  surgimiento  del  apresurado   “juicio de valor  probatorio  que  se  le dio a los obrantes en el expediente que le favorecían a  mi  cliente”, medios de convicción que descartan la  existencia del delito por el cual fue condenado.   

Después  de  precisar  cómo funcionaba el  programa  de  vivienda  a  través  de  la autoconstrucción y los costos que el  mismo  encerraba, refiere que el juzgador debió acudir a la elaboración de los  “contra   indicios   que   favorecían”  a su representado, pues de haberlo hecho habría concluido que  no   se  trataba  de  una  estafa  como  lo  plantearon  el  denunciante  y  los  testigos.   

Así  mismo,  dice  que  tampoco se tuvo en  cuenta   la  declaración  de  Juan  José  Cendales  Cendales,  “con  la  cual  se desdibuja o queda entre dicho la aseveración del  denunciante  y testigos sobre la intención dolosa de defraudar el patrimonio de  ASONAVI”,  como  tampoco se consideró el contenido  total  de  la  “Asamblea  General del 12 de mayo de  1997,  sino  que  por  el  contrario  tomó  apartes tendientes exclusivamente a  endilgar  responsabilidad  a  mi  cliente”, tomando  solo lo que lo desfavorecía.   

Afirma que la sentencia también ignoró los  anexos  aportados  por  la  defensa  y  que  hacen  referencia  al proceso de la  Fiscalía  188,  “piezas procesales muy importantes  con  las  cuales  de  haberse  tenido  en  cuenta  se  hubiese obtenido un fallo  absolutorio o favorable”.   

En   fin,   concluye   que  la  falta  de  “consulta” de todos los  documentos  mencionados  “constituye  el  anunciado  error  de  hecho  por  falso  juicio de existencia”,  yerro  que  fue  relevante  por  cuanto partiendo el juzgador de “hechos  falsos  llegó  a  conclusiones  falsas  que  cimentaron la  sentencia  de  condena  en  cuanto  a  que  se  desconoció el sentir real de la  Asamblea General”.    

Tercer cargo  

Afirma  que  se presentaron “errores   de  hecho  por  falsos  juicio  de  identidad”,  toda  vez  que  el sentenciador recortó varios apartes de la  “Asamblea  General  del  12 de mayo de 1997, siendo  esos  apartes  los  que  conducían  a  confirmar  el relato de mi cliente y por  consiguiente  su  actuar  ajustado  no  sólo  a  derecho  sino  también  a  lo  determinado en la Asamblea General”.   

Luego  de  reiterar  que  la denuncia no se  constituye  en  fundamento de la imputación, ni en el grado de participación o  de  ejecución  del  hecho, según sentencia C-1177 del 17 de noviembre de 2005,  asevera  que  aceptando  que  la aquí denuncia se respalda con unos testimonios  “un      poco      descalificantes”,  de  todos  modos  la citada acta de la Asamblea General   “debió  sufrir  el  tratamiento  que al testimonio  como  medio  de  prueba  se  le  impone  en  el  artículo  277  del  C.  de  P.  P.”,   pues   de   haberse  tenido  en  cuenta  la  exposición   de   los   declarantes,  incluyendo  los  apartes  “cercenados”  de la mencionada acta, se  habría  cumplido, en su opinión, con la apreciación integral y en conjunto de  todo el causal probatorio.   

“El   fallo  atacado   incurre   en  el  error  de  aceptar  unos  hechos  que  narra  Talero  Otálora   como  ciertos, en la medida en que se acomodan a la necesidad de  darle  forma  objetiva al punible de estafa y de edificar un razonamiento más o  menos  lógico  sobre  la  responsabilidad penal de Hernán Osorio Gallego, pero  omite  confrontar esa versión con la que respecto de los mismos hechos declaró  Hernán  Osorio  Gallego  en  su  indagatoria y ampliación de la misma a fin de  elegir  cuál  o  cuales  de  los episodios presentados es el que se muestra con  más  probabilidad  de  ser  cierto  y  preciso. Lo correcto era que cumplida la  selección  de  lo  aceptable, lógico, coherente y hasta ese momento cierto, se  comparara  con  la  versión  que  sobre  el mismo asunto vertió Hernán Osorio  Gallego,  Lucy  Amparo  Perdomo  López  vs.  Juan José Cendales y la denuncia,  sólo  después  de ese ejercicio mental se llegara a concluir que la narración  es  digna de crédito y en qué específicos temas, sobre qué hechos concretos,  para   servirse   de   ellos   como   pilar   de   la  decisión  jurídicamente  relevante”.   

Sostiene  que  si  el  sentenciador hubiera  hecho   “el   ejercicio   de  consulta”  a  todo  el  texto  de  la  denuncia,  habría  concluido  que  “con   tantas  contradicciones,  incongruencias  y  vacíos,  no  era  lógicamente  posible deducir” la  existencia  del delito de estafa y la responsabilidad de su defendidos, pues sin  lugar   a   dudas   de   la   denuncia   sólo   se  desprenden  “oscuridades”  sobre  el comportamiento  de los enjuiciados.   

Cuarto cargo  

Asevera  que  el  juzgador  incurrió  en  errores  de  hecho por falso raciocinio, pues para deducir la responsabilidad de  sus  procurados argumentó “la falta de credibilidad  de  sus  relatos  en  cuanto  dio  más  credibilidad de entrada a la denuncia y  testigos  allegados, desconociendo que en el acta de Asamblea General participó  un número amplio de personas (763)”.   

Dice  que el error del fallador consistió  en  razonar  de  manera  contraria  a  la lógica, a la experiencia y al sentido  común,  pues determinó que si su representado realizó donaciones a la Iglesia  Nazareno,  entonces  es  responsable  de estafa, olvidando que no necesariamente  quien   realiza   una   donación    o  “venta  autorizada   y   dentro   del  marco  legal”  está  cometiendo   dicho   delito,  “máxime  cuando  son  dineros  que  ni  siquiera pertenecen a la Alcaldía Mayor, sino a los asociados  de ASONAVI”.   

Agrega que ningún indicio sobre los cuales  se  edificó  la  sentencia condenatoria y que “haya  sido   extraído   de   los  hechos  narrados  por  el  denunciante  o  por  los  testigos”,  resiste  análisis  alguno, ya que esas  versiones no son ciertas y, por el contrario, fueron desvirtuadas.   

Estima  que  los errores son trascendentes  por  cuanto  que sobre ellos se construyeron “falsas  inferencias  de  responsabilidad”  respecto  de sus  defendidos,  yerros  que de no haberse cometido la sentencia absolutoria hubiese  sido la decisión adoptada por las instancias.   

Por  último,  agrega  que  también  se  presenta  “nulidad  de la actuación por violación  directa   al   derecho   a   no   ser  incriminado  dos  veces  por  los  mismos  hechos”,  toda  vez  que la Fiscalía 188, mediante  resolución  del  23  de  mayo de 2000, precluyó la investigación por el mismo  acontecer      fáctico      que     sustentó     la     presente     sentencia  condenatoria.   

Afirma  no  estar  de  acuerdo  con  las  consideraciones  del  juzgado  de  primera  instancia,  a  través de las cuales  indicó  que  aquél proceso donde se emitió la preclusión hacía referencia a  hechos  relacionados  con  la urbanización ilegal e invasión de tierras, pues,  en  su  criterio,  los  hechos  son  los  mismos investigados y juzgados en este  proceso,   razón   por   la   cual   solicita  se  declare  la  nulidad  de  la  actuación.   

Como  en su opinión quedaron evidenciados  los  errores  que  llevaron  al  juzgador  a  violar  de manera indirecta la ley  sustancial,  finaliza  solicitándole a la Corte casar el fallo impugnado y, por  ende, absolver a sus procurados por el delito de estafa.   

ALEGACIÓN    DEL    NO   RECURRENTE   

La apoderada de la parte civil, solicita a  la   Corte   la   inadmisión   de   la  demanda  presentada  a  nombre  de  los  procesados Osorio Gallego y  Perdomo  López,  toda vez  que,  en  su  criterio,  la  misma  no  está  elaborada  con  sujeción  a  los  parámetros  técnicos  que  la  ley y la jurisprudencia han establecido para el  efecto,  además  de  que la sentencia atacada está edificada con fundamento en  las  pruebas  legalmente  recaudadas, de las cuales emerge la responsabilidad de  los acusados, y la normatividad aplicada se ajusta a derecho.   

CONSIDERACIONES   DE   LA   CORTE   

Surge evidente que la demanda de casación  presentada    por    el    defensor    de    los    sentenciados    Hernán  Osorio  Gallego  y Lucy  Amparo Perdomo López no reúne los  requisitos   de   claridad,  precisión  y  coherencia  que  para  ser  admitida  establecen las normas que regulan la casación.   

En efecto, no distingue el censor entre un  alegato  de  instancia  y una demanda de casación, en la que no se puede hacer,  de  manera  libre,  cualquier  cuestionamiento  a  una  sentencia que por ser la  culminación  de  todo  un  proceso,  viene amparada por la doble presunción de  acierto  y  legalidad,  sino  que  debe  ser  un  escrito  lógico,  coherente y  sistemático  que  busca  restaurar la legalidad del fallo, por lo cual sólo es  procedente  denunciar  los  errores  cometidos  por el fallador, al tenor de las  causales   expresa   y  taxativamente  señaladas  en  la  ley,  demostrarlos  y  evidenciar   su   trascendencia  en  la  parte  dispositiva  de  la  providencia  impugnada.   

Tales   presupuestos   no   los   reúne   el   escrito   que  ocupa  la   atención   de  la Sala, pues si bien el actor anuncia que los cuatro  cargos los sustenta en el cuerpo  segundo  de  la  causal primera de casación, de todos modos en su desarrollo no  se  respetan  los  parámetros  y las reglas técnicas que la ley ha establecido  para tal hipótesis.   

Así, por ejemplo, en la introducción que  el  actor  hace  en  la presentación de los reproches, sostiene que el juzgador  incurrió  en  aplicación  indebida del artículo 169  de  la ley 599 de 2000 y la agravación contenida en los numerales 2°, 4°, 5°  y  7°  del  artículo  170  de  la  Codificación”,  afirmación  que  resulta  ajena  frente al delito por el cual fueron condenados  sus  defendidos,  pues  mientras  a éstos se les imputó la conducta punible de  estafa  agravada que contemplaba el artículo 356 en concordancia con el 372 del  Decreto  100  de  1980,  el  libelista,  de  manera  extraña, acusa la indebida  aplicación  del  tipo  penal  que  en  la  actualidad  consagra  el  punible de  secuestro  extorsivo  agravado,  delito  que  nunca fue imputado a los acusados,  equivocación  que  de  entrada  genera  desconcierto  en  los  argumentos de la  demanda.   

Ahora  bien,  en  cuanto  al  primer   cargo,  el  cual  apoya  en  un  presunto  “error  de  derecho  por  falso juicio de  convicción”,  toda  vez  que,  en  su criterio, el  juzgador  le  otorgó  a la versión del denunciante Alberto Talero Otálora y a  las  declaraciones  rendidas  por  Raúl  Alberto Escobar, Blanca Nelly Medina y  Claudia  Leonor  Silva  Reyes “un mérito persuasivo  que   de   antemano   le   había   sido   suprimido   por   la  ley”        y,        a        su        vez,        “desconoció”  el  valor  que  tiene el  acta  de  Asamblea  General que los miembros de ASONAVI realizaron el 12 de mayo  de   1997,  cuando  este  medio  de  prueba,  en  su  opinión,  “vale  más”  que aquellos testimonios,  surge  evidente  que el actor desconoce los alcances de la hipótesis casacional  invocada.   

En efecto, debe recordarse que el error de  derecho   por  falso  juicio  de  convicción  se  produce  respecto  de  medios  probatorios  a  los  cuales  el  legislador  expresamente  les  ha  asignado  un  específico  valor  demostrativo y el juzgador en la estimación de la prueba se  aparta  de tales parámetros legales, bien por asignarles un alcance diferente o  por  negarles  el mérito que expresa y normativamente se les ha señalado en la  ley.   

Dicho  yerro  de  apreciación  sólo  se  predica  de  medios  de convicción sometidos en su valoración al método de la  tarifa  legal, de ahí que se constituya en un error de derecho precisamente por  el  desconocimiento  del precepto que regula su eficacia probatoria.1   

Teniendo en cuenta dichos presupuestos y no  obstante  que  la  lógica  de  demostración de esta censura obligaba al censor  precisar  y  confrontar  cuáles  son  las  normas que establecen el específico  valor  que  dice fue omitido, el casacionista ninguna mención hizo al respecto,  pues  simplemente,  bajo una perspectiva muy personal,  hace una referencia  genérica  de la denuncia, de los mencionados testimonios y de la citada acta de  Asamblea  General,  sin  indicar  cuál es el valor que la ley le asigna a tales  medios  de  prueba,  lo que además le resultaba imposible pues, rigiéndonos el  sistema  de  la  libre  persuasión, es obvio que en la apreciación del mérito  probatorio  el  funcionario  judicial no tiene más límite que las reglas de la  sana crítica, aspecto que aquí no reprochó.   

Además,    reiterada   ha   sido   la  jurisprudencia  de la Sala en sostener la imposibilidad práctica y jurídica de  abordar  un  ataque  por  ese camino, pues no existe norma alguna que tarife por  anticipado  el  mérito  o  la  credibilidad  que  ofrece  una  u  otra  prueba.   

En  últimas,  el  censor no ilustró a la  Corte  cómo  dichas  declaraciones  y  la  citada acta de Asamblea General eran  medios  de  prueba  respecto  de  los  cuales  la ley fijó un determinado valor  persuasivo  que  fue  desconocido  por  el sentenciador, como tampoco demostró,  contrario  sensu,  que  careciendo  de un especifico valor, el juzgador terminó  creándoles  una concreta tarifa no precisada de manera expresa por la ley, para  en  lugar de ello acudir a afirmaciones diversas y ajenas a los lineamientos del  falso  juicio  de convicción, tales como que el juzgador debió citar a algunas  de  las  personas  que  acudieron a la mencionada Asamblea General con el fin de  que  dieran  fe de ella, o que la postura correcta del sentenciador era atenerse  a  las  demás pruebas allegadas al proceso, o que los testimonios de cargo eran  “dudosos”,   o   que  “a  mi  modo de ver, son sospechosos desde el punto  de  vista del interés general que persiguen”, o que  “pesa    más”   la  multicitada acta de Asamblea General que los tres testimonios.   

En  fin, sin mayor esfuerzo se avizora que  en  la  formulación de la primera censura  hay  inseguridad,  poniendo  en  evidencia la falta de claridad y  precisión para su admisibilidad.   

Respecto      del     segundo  cargo, a través del cual acusa  un  falso  juicio  de  existencia,  toda  vez  que  el  juzgador “desconoció”   o  “ignoró”  el  acta de Asamblea General  realizada  el  12  de  mayo  de  1997,  la  declaración  de Juan José Cendales  Cendales  y  los anexos que la defensa aportó y que hacen referencia al proceso  que  adelantó  la  Fiscalía 188, elementos de prueba que de haber sido tenidos  en  cuenta  se  habría concluido que “no se trataba  de  una  estafa  como  lo  plantearon  el denunciante y los testigos”,  observa  la  Sala  que  su  formulación  quedó  imprecisa e  incompleta,  pues  si  bien  es  cierto  que  el actor señala cuáles medios de  convicción  fueron,  en  su opinión, dejados de valorar, también lo es que no  dedicó   argumentación   alguna  tendiente  a  concretar  la  demostración  y  trascendencia de tales presuntos yerros.   

En efecto, ha señalado insistentemente la  jurisprudencia  de  la  Corte que la postulación del falso juicio de existencia  por  omisión  en  el  recurso  extraordinario  debe iniciar con “la  constatación  objetiva  de que la prueba existe jurídicamente  en  el  expediente  y  que,  pese  a  ello, su contenido material  no   fue     sopesado     por     el    fallador.    A   continuación   se  precisa indicar  la  trascendencia   del    error,    de    modo   que   sin   su   influjo   el  fallo hubiera sido diferente; y todo ha de enlazarse con  la  violación  de  determinada  ley  sustancial  por  falta  de  aplicación  o  aplicación  indebida,  en  procura  de  verificar  que  el  fallo  impugnado es  manifiestamente contrario a derecho.   

“La  estructuración  de  la  censura en punto de la trascendencia del error de hecho  por  falso  juicio  de existencia por omisión no se cumple, como suele creerse,  con  la  sola  manifestación  que  al respecto haga el libelista, como si de su  opinión  personal  de trata; pues, de bastar aquél tipo de crítica el recurso  extraordinario no distaría en mucho de un alegato de instancia.   

“La  demostración  de  la  trascendencia  del yerro atribuido al ad quem comporta la  obligación  de  enseñar  a  la  Corte  que  si  tal  falencia  no  se  hubiese  presentado,  entonces  el  sentido  del  fallo  sería  distinto, y para ello es  preciso demostrar que si la  prueba   omitida   se   hubiese   apreciado   en  forma  correcta,  las     restantes     pruebas    sopesadas    por    el    Tribunal  perderían  la  entidad  necesaria  y suficiente para  mover    hacia    la    convicción    declarada    en    el   fallo”.2    

Teniendo   en   cuenta   los  anteriores  delineamientos,  se  observa  que  el  censor  se  limitó  a  denunciar  que el  Tribunal   ignoró una serie de pruebas, las cuales relaciona. Sin embargo,  dentro  del  discurso  que utilizó no ilustró a la Corte cómo tales medios de  convicción  no  fueron  objetivamente  valorados,  esto  es,  que  dentro de la  valoración  mancomunada  de los elementos de juicio nunca fueron incluidos, sin  que  se  hubiese  tratado  de  una  apreciación  innominada,  es  decir, que el  juzgador,  sin  precisar  los nombres de los testigos o la identificación de la  prueba,    de    todos    modos    sí    fueron    objeto   de   consideración  conjunta.   

Tampoco   el   actor   consideró   ni  correlacionó  los  elementos  de prueba que el sentenciador tuvo en cuenta para  fundar,   en   grado   de  certeza,  la  existencia  del  delito  de  estafa  y,  consecuentemente,  el  juicio de reproche. En otros términos, sin bien se duele  de  la  omisión  valorativa de determinadas pruebas, finalmente no precisó las  consecuencias  que  la  apreciación  de  aquellas (las supuestamente ignoradas)  hubiesen   tenido   frente   a   las  estimadas  por  el  Tribunal,  conllevando  ineludiblemente  a  la  degradación de la certeza y, por ende, a la ausencia de  responsabilidad que echa de menos.   

Por   el   contrario,   abandonando  los  presupuestos  anteriormente  precisados, dedicó la argumentación a afirmar que  tanto  la denuncia como las demás declaraciones sobre las cuales se edificó el  fallo  condenatorio  “debieron ser evaluadas bajo la  luz   de   la   sana  crítica  y  en  conjunto  con  los  demás  elementos  de  juicio”,   o  que  a  dichos  testimonios  se  les  “brindó       total      crédito”,   o   que   “el  ánimo  de  mis  defendidos    nunca    estuvo   dirigido   a   estafar   a   ASONAVI”,  o  que los hechos denunciados “no  son     ciertos”,    o    que    “los   hechos  indicadores”  sobre  los  cuales    se    dedujo    la    existencia    de   la   estafa   “desaparecen”,   máxime   cuando   el  estudio  probatorio  se  realizó  “sin contrapeso o  análisis   de  las  demás  pruebas  obrantes  en  el  expediente  y  más  aun  encaminándose  directamente  a desacreditar los planteamientos hechos tanto por  los  implicados  como  por  su  defensor”, o que el  Tribunal  “debió  acudir  a la elaboración de los  contra    indicios    que   favorecían”   a   sus  representados.     

Como   bien   puede   observarse,  tales  aseveraciones  no  consultan  los derroteros propios del acusado falso juicio de  existencia  por  omisión  y,  por  el  contrario,  la  censura sufre un notorio  desvió,  pues  si  la  inconformidad del libelista estaba destinada a demostrar  una  transgresión  de los postulados de la sana crítica, aspecto que se deduce  cuando  indicó  que el sentenciador no evaluó “las  declaraciones  referidas  bajo  la  luz”  de  dicho  postulado,  ha  debido  fundar  el ataque a través del error de hecho por falso  raciocinio,  señalando  cuál fue la regla de la lógica, de la ciencia o de la  máxima  de  la  experiencia vulnerada, de qué manera lo fue y su incidencia en  la parte dispositiva del fallo, labor que tampoco emprendió.   

De  otra  parte,  desconoce  el censor los  parámetros  técnicos que rigen para atacar la prueba de indicios en esta sede,  toda  vez  que,  como también lo ha precisado la jurisprudencia de la Corte, se  hace  imperioso  recordar  que  cuando el reproche recae sobre esta probanza, se  deben  tener  en claro los elementos que la componen, esto es, hecho indicador y  razonamiento lógico – hecho indicado.   

En efecto, “si  el  indicio  es un medio de prueba, debe tenerse claro que cuando se plantean en  casación  defectos  en  su  apreciación como fundamento de la violación de la  ley  sustancial,  la  vía  de  ataque  tiene  que  ser  la   indirecta,     siendo     deber     del     demandante   indicarle   a  la Corte la clase del error que denuncia (de hecho o de  derecho),  su  modalidad  y  si  lo predica del hecho indicador o probado, de la  inferencia  lógica o de la fuerza persuasiva obtenida del análisis conjunto de  los diferentes indicios.   

“Cuando  la equivocación se hace recaer  en  la  prueba  del  hecho indicador, los errores susceptibles de ser planteados  son los siguientes:   

“De hecho por falso juicio de existencia,  que  tiene ocurrencia cuando se supone esa prueba o se omite considerar otra que  la desvirtúa.   

“De hecho por falso juicio de identidad,  que ocurre cuando se distorsiona su contenido fáctico.   

“De  hecho  por  falso  raciocinio,  que  sucede  cuando  la  premisa  obtenida a partir de la prueba del hecho indicador,  desde  la  cual  se  construirá  el  juicio  lógico,  fue  el  producto  de un  razonamiento apartado de las reglas de la sana crítica.   

“De   derecho   por  falso  juicio  de  legalidad,  que tiene lugar cuando el juez estima probado el hecho indicador con  una    prueba   inválida,   o   considera   inválida   una   prueba   que   lo  desvirtúa.3   

De  igual forma, cuando el yerro radica en  la  inferencia  lógica  y/o en la fuerza demostrativa que el juzgador le otorga  al  conjunto indiciario, su postulación debe ser con estricto apego en el error  de hecho por falso raciocinio.   

Sin  respetar tales parámetros, el censor  sólo  refiere  que  la prueba indiciaria fue valorada de manera equivocada, sin  que  advierta  si  el  yerro  de  apreciación  fue sobre el hecho indicador, la  inferencia  lógica  o  el  hecho  indicado,  falencia técnica que la Corte, en  virtud  del  principio  de  limitación,  no  puede entrar a suplir.     

Y  los desaciertos técnicos continúan en  el  tercer  cargo, pues no  obstante  que  el  actor  afirmó  en  la  anterior  censura  que fue omitida la  apreciación  de  la  tantas  veces mencionada acta de Asamblea General, en esta  oportunidad,  sobre  la  misma  prueba  documental  y  de manera contradictoria,  predica  un  falso  juicio  de identidad, toda vez que, en su opinión, la misma  fue  “cercenada”.    

No consulta la lógica de la argumentación  que  se  asevere  simultáneamente la apreciación y no apreciación de un medio  de  convicción,  ya  que una cosa no puede ser y ser al mismo tiempo, es decir,  que dicha acta no fue apreciada pero en últimas sí lo fue.   

Además,  el  reproche no contiene ningún  desarrollo   demostrativo  propio  del  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad,  pues  si  bien el censor se queja que el acta de la Asamblea General  fue  recortada  en  varios  apartes,  en  lugar  de  ilustrar a la Corte cuáles  “apartes”   fueron  abandonados      o      “cercenados”  en  su apreciación, de manera contraria se dedicó a realizar  una  crítica  generalizada  sobre  el  alcance valorativo de otros elementos de  juicio,  consignando afirmaciones tales como que la denuncia no se constituye en  fundamento  de  la imputación, o que el juzgador omitió confrontar la versión  del   denunciante   con   la  que  suministró  Hernán  Osorio  Gallego  en  su  indagatoria,  la  cuál  es  digna de crédito, o que si el sentenciador hubiera  hecho  “el ejercicio de consulta a todo el texto de  la  denuncia, habría concluido que con tantas contradicciones, incongruencias y  vacíos,  no  era  lógicamente  posible  deducir  la  existencia  del delito de  estafa”.   

Similar es la situación respecto del falso  raciocinio      (cuarto     cargo)    en  que,  según  el  demandante,  incurrió  el  Tribunal  al  concluir que como su  defendido   realizó   donaciones   a  la  “Iglesia  Nazareno” por ese solo hecho es autor y responsable  del  delito de estafa, “negándole toda credibilidad  a  sus relatos”, pues pese a que afirma que en dicho  proceso  valorativo  se transgredió la sana crítica, de todos modos no indicó  y,  menos,  demostró  cuál  principio  de  la  lógica,  de la ciencia o de la  experiencia fue desconocido.   

Debe  recordarse  que  en  tratándose del  error  de  hecho  por  falso raciocinio la jurisprudencia de la Corte, de manera  reiterada,  ha  precisado  que si el reproche se centra en el desconocimiento de  los  postulados  de la sana crítica, el censor debe indicar qué dice de manera  objetiva  el  medio de convicción, cuál fue la inferencia que de él dedujo el  juzgador,  cuál  mérito  persuasivo  le  fue  otorgado,  cuál postulado de la  lógica,   de   la   ciencia  o  máxima  de  la  experiencia  fue  desconocida,  especificando  cuál  es  el aporte científico correcto, la regla de la lógica  apropiada,  la máxima de la experiencia que debió tomarse en consideración y,  finalmente,  demostrar  la  trascendencia del yerro, indicando cuál debe ser la  apreciación  correcta  de  la prueba o pruebas que cuestiona y que habría dado  lugar  a  proferir  un fallo sustancialmente distinto y opuesto al que es objeto  de  censura,  para  lo  cual  se  impone  al  demandante  el deber de abordar la  demostración  de  cómo  habría  de  corregirse el error probatorio que acusa,  modificando  tanto  el  supuesto  fáctico  como  la  parte  dispositiva  de  la  sentencia,  labor  que  comprende  un  nuevo  análisis  del  acervo probatorio,  apreciando  las  pruebas acorde con las reglas de la sana crítica y respecto de  las  cuales  se  transgredieron  lo citados postulados, sin dejar pasar por alto  que  dicha  valoración debe realizarse de manera conjunta y mancomunada con los  demás  medios probatorios respecto de los cuales no recae censura alguna y, por  lo mismo, se acepta su correcta apreciación.   

Tales presupuestos no fueron atendidos por  el  actor,  pues  luego  de  acusar el citado yerro, se limitó a afirmar que no  necesariamente  quien realiza una donación o “venta  autorizada”  está  cometiendo delito alguno, o que  “ningún  indicio  sobre  los cuales se edificó la  sentencia  condenatoria  y que haya sido extraído de los hechos narrados por el  denunciante   o   por   los   testigos   resiste   análisis  alguno”,  o  que  los  errores  son  trascendentes por cuanto que sobre  ellos   se   construyeron  “falsas  inferencias  de  responsabilidad”,  aseveraciones que no son propias  de la hipótesis casacional seleccionada.   

En síntesis, la labor demostrativa de las  censuras  la  centró  el  libelista  en  imponer su personal valoración de los  elementos  de  juicio,  concluyendo que sus defendidos no son responsables de la  conducta   punible   imputada,   desconociendo,   como   se   indicó,     que     la     simple     disparidad   de   criterios   no  constituye  error  demandable en casación, toda vez que el  juzgador,   dentro  del  método  de persuasión racional, goza de libertad  para  apreciar   los  elementos  de  juicio  válidamente  allegados  a  la  actuación,  sólo  limitado   por  las  reglas  que  estructuran  la  sana  crítica,  sin que, en este caso, el actor haya demostrado error de apreciación  alguno.   

Finalmente,   como   un   cargo  adicional,  el cual está fundado  en  la  causal  tercera  de  casación,  dice el libelista que en este asunto se  presentó  “violación  directa al derecho a no ser  incriminado  dos  veces  por  los mismos hechos”, ya  que  la  Fiscalía  188  precluyó  la  investigación  por  el  mismo acontecer  fáctico  que  sustentó  la  presente  condena,  razón por la cual no está de  acuerdo  con  las  consideraciones del juzgador cuando al respecto contestó que  no  se trataba de los mismos acontecimientos, toda vez que la citada preclusión  hizo  referencia  a  “hechos  relacionados  con  la  urbanización      ilegal      e      invasión      de      tierras”.   

Ante  tal  ataque, olvidó el actor que la  coherencia  conceptual  y  el  rigor  metodológico  de la casación imponen que  dentro   de   la   demanda   se   debe   dar    aplicación   al   principio   de   prioridad   en   la  invocación   de    las   causales   y   la   proposición   de   los   cargos,  toda  vez  que  es  necesario tener  en  cuenta  la  incidencia procesal que genere la prosperidad de alguno de ellos  respecto     del     efecto     corrector     o    invalidante    del    recurso  extraordinario.       

Al  respecto  la Sala la Sala ha dicho que  “ello  obedece  a  la  lógica  sobre el cual está  edificado   este   recurso  extraordinario.  Su  racionalidad  impone  verificar  previamente,  esto  es,  antes  de  cuestionar  el  fondo de la sentencia, si la  estructura  y los instrumentos de garantía del proceso no han sufrido escamoteo  alguno.  Sólo  entonces,  una  vez constatada la legitimidad constitucional del  procesamiento  que le dio origen, es factible entrar a auscultar la sentencia en  sí  misma, en orden a comprobar si sus soportes probatorios y el raciocinio que  sobre  ellos  se  ha  operado,  se  ajustan  o  no  a  la  legalidad”.4   

Así, entonces, cuando de varios cargos se  trata  y uno de ellos se apoya en la causal de nulidad, el método, la lógica y  la  coherencia  precisan que primero se debe despejar todo aquello atinente a la  legalidad  y  validez  tanto  del  proceso  como de la sentencia impugnada, para  posteriormente   adentrarse  en  las  demás  materias  que  involucren  asuntos  relacionados  con  la  aplicación  de  la  ley  sustancial o con la valoración  probatoria,  pues,  como  lo  ha  enseñado  la  jurisprudencia, “no  es  razonable  que primero se acepte la validez del proceso, se  reproche  su  valoración  probatoria y se censure la indebida aplicación de la  ley,  y  luego  se  cuestione  la  eficacia  y legitimidad del mismo”                   5,   como   sucede   en   este  caso.   

De  otro  lado,  cuando  de  la nulidad se  trata,  para  el  éxito de la impugnación se debe identificar el acto procesal  irregularmente    cumplido,   demostrarse   la   omisión   de   un   desarrollo  jurídicamente  exigible  conforme  a  disposiciones  que  lo  establecen,  y la  incidencia  de  ello  en  el  proceso  o  en  la  sentencia,  con efectos en las  garantías  constitucionales  y  legales  reconocidas a favor del procesado o de  cualquier  otro sujeto procesal, o en la estructura del proceso, y que no puedan  ser subsanadas.   

Recuérdese   que   la   argumentación  correspondiente  a  la  causal tercera de casación, si bien tolera cierto grado  de  flexibilidad,  no escapa al cumplimiento de los requisitos que la ley exige,  pues son comunes a todos los motivos de censura.   

En esas condiciones, observa la Sala que el  reproche  se  quedó en el simple enunciado, pues el actor no demostró cómo la  irregularidad  invocada  incidió de manera ostensible en las conclusiones de la  sentencia  atacada,  al punto que de no haberse cometido necesariamente el fallo  habría sido favorable a los intereses de su defendido.   

En  otras  palabras, constituía una carga  para  el censor demostrar a la Corte cómo en verdad la anunciada preclusión de  la  instrucción  proferida  por la Fiscalía 188 Seccional de Bogotá, cobijó,  sin  duda  alguna,  los mismos hechos que fueron investigados y juzgados en este  proceso,  precisando cómo el juzgador se equivocó cuando al responder el mismo  cuestionamiento concluyó lo contrario.   

En  otros  términos,  debió  el  actor  ilustrar  a la Sala que aquél proceso donde se dictó la anunciada preclusión,  más  allá  de investigar un acontecer fáctico relacionado con “la   urbanización   ilegal   e  invasión  de  tierras”,  contempló  los hechos atinentes al delito estafa por el cual  aquí  se  condenó  a  su  defendidos,  tarea  que  no  emprendió, haciéndose  evidente la ausencia de demostración del reproche.   

Por lo tanto, frente a los anotados yerros  de  la  demanda,  se  impone  su  inadmisión,  pues la Corte, en acatamiento al  principio de limitación, no puede corregirlos.   

Por  último, cabe señalar que el estudio  detenido  del  proceso  permite  a  la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R E S U E L V E  

INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada  por el defensor de  los   procesados  HERNÁN  OSORIO  GALLEGO  y  LUCY AMPARO PERDOMO LÓPEZ.  En  consecuencia,  se  declara  desierto  el recurso extraordinario de casación  interpuesto.   

Contra  esta  decisión no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                                        ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN                              MARINA    PULIDO    DE  BARÓN   

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                YESID     RAMÍREZ  BASTIDAS           

Comisión de servicio  

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                                     JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

       TERESA    RUÍZ  NUÑEZ   

               Secretaria     

1 Ver,  entre  otras,  casaciones 18403 del 28 de abril de 2004, 21552 del 16 de febrero  de  2005,  23154  del  6  de  febrero  de  2005  y  23131  del  10  de agosto de  2006.   

2  Casación 18428 del 10 de noviembre de 2004, entre otras.   

3 Rad.  11135, casación del 26 de noviembre de 2003.   

4  Casación 17281 del 19 de junio de 2003.   

5  Casación 18656 del 21 de abril de 2004.     

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