25459(27-07-06)-1

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 25459  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                            DR. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

                            Aprobado Acta N° 77   

          Bogotá, D.C., veintisiete de julio de dos mil seis.   

VISTOS  

Con  el  fin de establecer si se reúnen las  exigencias  formales  previstas  en  el  Art. 212 del C. de P. Penal, examina la  Corte  la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  del  procesado  WILLIAM      ALBERTO     RÚA     TORO,   contra  la  sentencia  de  segundo  grado  proferida  el  22  de  septiembre  de 2005 por el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Medellín,  que  confirmó  con  modificaciones  la  que  dictó el 13 de mayo del mismo año el Juzgado 19 Penal  del  Circuito  de esa ciudad, condenándolo en definitiva a 332 meses y 15 días  de  prisión y a la accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas  por  20  años,  como  responsable,  en  calidad  de  coautor, de los delitos de  homicidio   agravado,   en  concurso         homogéneo,        y  porte  ilegal  de  armas  de  fuego  de  defensa        personal,        en       concurso  heterogéneo.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

Fueron  reseñados  en  el  fallo de segunda  instancia, de la siguiente manera:   

“El 18 de abril  del  pasado  año  (2004)  se realizó el levantamiento de los cadáveres de Ana  María  Zapata Herrera y Daniel Andrés Escalante Correa en el sector denominado  La  Cola del Zorro de esta ciudad, más concretamente en la carrera 15 con calle  7ª  de  la  nomenclatura urbana, estableciéndose desde ese mismo  momento  que  ambos  habían  sido  objeto  de  múltiples impactos de arma de fuego como  causa determinante de sus decesos.   

“Con base en los  anteriores  hechos,  se  iniciaron  por  la  Fiscalía  Seccional  las pesquisas  correspondientes,  las  cuales  llevaron  a dicho ente a vincular como probables  autores  de  las  dos  muertes  a los señores Ricardo Eduardo Restrepo Muñoz y  William  Alberto  Rúa  Toro,  quienes  la  noche de los hechos viajaban con las  víctimas  y  con  otra  joven  de nombre Ana Cristina Restrepo en un automóvil  cuyas  placas  fueron  anotadas  por  un celador del sector donde ocurrieron los  homicidios,   información  que  de  inmediato  transmitió  a  las  autoridades  (…)”   

         Mediante  resolución  del  13  de  agosto  de 2004, la Fiscalía 89  Seccional  adscrita a la Unidad Primera de Vida y Seguridad Pública con asiento  en  Medellín,  profirió resolución de acusación en contra de Ricardo Eduardo  Restrepo  Muñoz  por  los dos homicidios investigados, que estimó agravados de  acuerdo  con  lo  normado  en  los  Arts.  103  y 104-4 del C. Penal -por motivo  abyecto  o  fútil-,  así  como  por  el  delito  de porte de armas de fuego de  defensa   personal   -Art.   365   ibidem-,  al  paso  que  decidió  precluir  la  instrucción  a  favor de  WILLIAM      ALBERTO     RÚA     TORO,     determinación  esta  que apelada por el agente  del  Ministerio Público, fue revocada el 29 de septiembre de la misma anualidad  por  la  Fiscalía  1ª Delegada ante el Tribunal Superior del Distrito Judicial  de  Medellín,  y  en  su  lugar  acusó a este último por las mismas conductas  punibles por las cuales convocó a juicio a su compañero de causa.   

          El  13  de  mayo  de  2005,  el  Juzgado  19  Penal  del Circuito de  Medellín  condenó  a  Restrepo  Muñoz  a  la  pena  principal de 470 meses de  prisión  y  a  RÚA  TORO  a  445  meses  de  pena  privativa  de  la libertad,  imponiéndoles  como  pena  accesoria la de inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas  por  20  años,  junto  con la obligación de  carácter  solidario  inherente  al  pago  de  los  perjuicios  causados con los  injustos contra la vida.   

         

Apelada  la  sentencia  condenatoria por los  defensores  de  los  procesados,  el Tribunal Superior de Medellín profirió la  que aquí es objeto del extraordinario recurso.   

             

LA    DEMANDA   DE  CASACIÓN   

Por  la  vía de la violación indirecta, el  defensor   del   procesado   WILLIAM   ALBERTO   RÚA  TORO  formula  dos  cargos  en  contra de la sentencia  recurrida, los cuales fundamenta de la siguiente manera:   

Primer        cargo:   

Con  fundamento  en  la  causal  primera, el  casacionista  acusa  la sentencia de violar indirectamente la ley sustancial por  un  error de hecho derivado de un falso juicio de identidad, tan fundamental que  de  no  haberse  incurrido  en  él,  la  segunda  instancia hubiese revocado la  decisión  del a-quo, debido a  que,   “no  se  reconoció  la  existencia  de  una  protuberante  duda racional de índole probatoria y por consiguiente se dejó de  aplicar  el  in  dubio  pro  reo”,  proceder que  condujo  a  la  violación  directa  por aplicación indebida de las preceptivas  contenidas  en  los  Arts. 232, inciso 2°, 238 y 277 del C. de P. Penal, y a la  falta    de   aplicación   del   inciso   2°   del   Art.   7°   ibidem, error que adicionalmente suscitó,  asegura,  la  violación  indirecta  por aplicación indebida de los Arts. 103 y  104-7 del C. Penal.   

Cuestiona   que  los  falladores  hubieran  sobredimensionado  la  capacidad  demostrativa  de  las  endebles  e  indirectas  pruebas  de  cargo  que  obran  en  el  protocolo, tergiversando y recortando el  alcance  que  sí  tenían otras, medios probatorios que se apreciaron sin tener  en  cuenta las reglas de la experiencia, de la lógica y de la sana crítica, de  la siguiente manera:   

a).  En  orden  a  fundamentar  la  errónea  valoración  de  los  medios  que relaciona en la demanda, el censor señala que  las  instancias  circunscriben  su  análisis  probatorio a las pruebas de cargo  allegadas  al  plenario  -testimonios  del  vigilante  del  Colegio de La Divina  Providencia,  del  primo  de  la  occisa y de la hermana del otro interfecto- al  considerarlas  como  suficientes   junto  con el protocolo de necroscopia y  las  conclusiones de la experticia de balística, pericia esta que, a su juicio,  deja  dudas  sobre el número de impactos y orificios de entrada y salida. Tales  elementos  de juicio condujeron a los sentenciadores a la certeza respecto de la  responsabilidad  del  procesado,  aludiendo  sólo  y de manera tangencial, a la  declaración  de  la  testigo directa Ana Cristina Restrepo Ramírez y a algunos  de los apartes de las injuradas de los procesados.   

Aduce que el aludido error de hecho por falso  juicio  de  identidad  recayó  sobre “la manera como  los  falladores  de  instancia  razonan  respecto de los testimonios en comento,  razonamientos  que  los llevan a desestimar radicalmente una ostensible duda que  refulge  en  el  dossier  en  relación  a  la participación directa de William  Alberto Rúa Toro (…)”   

b).  El  demandante  destaca  lo  que, en su  criterio,  constituyen  tres  errores  estructurales  en las motivaciones de los  fallos  cuestionados;  en  el  primero  señala  que se limitaron a apreciar y a  valorar  solamente  las  escasas  y maleables pruebas de cargo existentes en los  cuadernos;  al  paso  que en el siguiente denuncia que se tergiversó el sentido  objetivo  y  el  alcance  probatorio  de  los testimonios de cargo; por último,  afirma  que se distorsionó el sentido objetivo y fuerza suasoria de las pruebas  de   descargo.  Yerros  que,  asegura,  desembocaron  en  la  inaplicación  del  principio  de in dubio pro reo  y equivocada condena a quien se ha debido absolver.   

c).  Atribuye  a  los  falladores  un  error  lógico  de  planteamiento  por  cuanto  preestablecieron la responsabilidad del  procesado  tomando  como  punto  de  partida  su  presencia  en  el lugar de los  acontecimientos,  y la noticia de su desplazamiento en el mismo vehículo en que  se  movilizaban  los encartados con los occisos, circunstancias calificadas como  indicadoras  de  su  coautoría,  anticipando  una  hipotética  conclusión que  colocaron  como  premisa  mayor  de sus razonamientos, en contravía del proceso  lógico.  Errónea  forma de razonar relevante, alega, por cuanto los precitados  medios  probatorios  son  “adalides de la verdad con  incidencia  fundamental  en  la  imputación  delictiva  de  que  es  objeto  mi  representado.”   

Sostiene  que  se  omitió  hacer un estudio  pormenorizado   y   reflexivo,   individual   y  en  conjunto  de  las  mentadas  declaraciones,  con  lo que se distorsionó su contenido fáctico poniéndolas a  decir  lo  que  objetivamente no dicen;  equivocada metodología analítica  que  llevó  a  que  se  concluyera anticipadamente que el procesado conocía de  antemano las malas intenciones del otro encartado.   

d).  Como  consecuencia  de  los pretextados  yerros,  denuncia  el  desconocimiento  de  las reglas de la sana crítica en el  análisis de las siguientes pruebas testimoniales:   

En primer lugar, reprocha la distorsión que  del  testimonio rendido por el vigilante del colegio donde ocurrieron los hechos  hicieran   los   falladores,   mutilando   o  deformando  su  verdadero  sentido  demostrativo,  sin  apego  estricto  a su contenido y contexto, pues entre otros  argumentos,  indica  que  de  las  atestaciones  que  rindió  se  arriba  a  la  conclusión  de  que  la occisa Ana María Zapata Herrera, en ningún momento se  alejó  del  entorno  en  el  que sucedieron los hechos, como lo dice Ricardo, e  intervino  posiblemente  para  mediar  en  la  situación  que se suscitó entre  ellos,  y  que  los  ocho orificios hallados en su cuerpo, fueron producto de la  colateralidad de los propinados a Daniel.   

Del  mismo  modo, argumenta el libelista, se  distorsionó  el  contenido  objetivo  del  testimonio  rendido por Ana Cristina  Restrepo   Ramírez,  quien  presenció  directamente  los  hechos,  trayendo  a  colación  fuera  de  contexto  y  con  beneficio  de  inventario algunos de sus  dichos,  en  la medida en que los puso a decir lo que realmente no dicen, lo que  conllevó  al  desconocimiento  de  las  reglas de la sindéresis gramatical que  deben  tenerse  en  cuenta  para  determinar  el  sentido  y  significado de las  expresiones   verbales   vertidas   por  ésta,  a  través  de  las  cuales  se  controvierte   el   juicio   de   responsabilidad   en  contra  de  RÚA  TORO.  Con  una  tal  equivocación,  asegura,  se configuró el aludido error de hecho por falso juicio de identidad,  cuya  incidencia radica en que se responsabilizó de las dos muertes violentas a  su defendido.   

Por último, se refiere al desconocimiento de  lo  dicho  en  los  descargos  por WILLIAM ALBERTO RÚA  TORO ante el agente de la policía judicial al momento  de    su    captura,   oportunidad   en   la   que   señaló:   “(…)  no sé que pasó con ese loco, (sic) ese man les disparó, yo  no   me   di   cuenta   cual   fue   el   problema”,  manifestación  que hizo en la primera oportunidad que tuvo, colaborando de esta  manera  con la justicia al catalogar como responsable de los hechos investigados  a Ricardo Eduardo.   

         Segundo Cargo:   

          También  al  auspicio  de  la causal primera, acusa la sentencia de  incurrir  en  un  error  de  hecho derivado de un falso juicio de existencia por  omisión,  como  quiera  que  los juzgadores desconocieron la existencia de unas  pruebas     de    carácter    indiciario,    “muy  importantes”, que estudiadas en su conjunto conducen  necesaria     e    indiscutiblemente    a  deducir  la no participación de su defendido en los punibles por  los  cuales  se  le  procesó,  y  por  contera  de  su  inocencia. Esa omisión  analítica  recae -aduce- en las manifestaciones que se erigen en contraindicios  de    la    pregonada    responsabilidad    de   RÚA  TORO.   

Tras  destacar  algunos  de  sus  apartes,  denuncia   que   entre   esa  omisiones  se  encuentran  las  explicaciones  que  suministrara  el  acusado  ante  el  funcionario  de  Policía  Judicial y en su  ampliación  de  injurada, en la respectiva ratificación del informe del agente  que  lo  rindió,  y  en  las  declaraciones de Augusto Restrepo Estrada, Jhonny  Ricardo  Ramírez  y Viviana Andrea Escalante, falencias con las que el Tribunal  pretermitió  lo  establecido  en  Art. 238 del C. de P. Penal incurriendo en el  error   en   cuestión,   cuya   trascendencia   enseña   en   los   siguientes  términos:   

“Es indubitable  que  el  desconocimiento  de  los  contra-indicios  ya  especificados es de gran  trascendencia,  en  la  medida  en  que del mismo se derivó la condenación del  justiciable  que  represento,  y  son  precisamente  esos  hechos  indicadores y  manifestaciones  dejados de apreciar por los falladores, de los que se colige la  inocencia  de este en las ilicitudes transcritas, así pues, de haber atendido a  la  existencia  de  ese  conjunto  de  contra-indicios convergentes y graves, la  sentencia  de  segunda instancia habría tenido que ser absolutoria.”   

Consecuentemente  con  sus razonamientos, el  censor  solicita  que  se case la sentencia recurrida, y en su lugar se dicte la  de  reemplazo  absolviéndolo  de  los  delitos  por  los  cuales fue condenado.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

         Como  quiera que las censuras propuestas por el libelista se duelen  de  los  mismos defectos -falta de claridad y precisión en sus fundamentos-, lo  que  de suyo conduce a que dichos reparos no tengan vocación de éxito, la Sala  se referirá a sus planteamientos de manera conjunta.   

         Violación  indirecta  de  la  ley sustancial por la incursión del  juzgador  en  sendos  errores  de  hecho  por  falsos  juicios de identidad y de  existencia  por omisión probatoria, son los reproches que el actor aduce contra  la sentencia recurrida en sede del recurso extraordinario.   

         Total  desconocimiento de la técnica que gobierna la casación, es  lo que cabe predicar en la postura del demandante.   

Ciertamente,  una  demanda  de casación que, en su extenso contenido, trata de revivir los debates  probatorios  de  unas  instancias  ya superadas, está llamada al fracaso, en la  medida  en  que  el  censor  no  para  mientes  en  que  si  se trata de revisar  extraordinariamente  la  legalidad  del  fallo  de  segunda instancia, todas sus  inquietudes  deben  canalizarse  por  causales  taxativamente  dispuestas  en el  artículo  207  del Código de Procedimiento Penal, sin que sea suficiente a tal  propósito  la  mera  invocación  de  las mismas o la utilización del lenguaje  propio del recurso.   

Los  errores  de hecho por falsos juicios de  identidad  que  el  censor  aduce como vicios en que incurrió el juzgador en la  tarea   de   valoración  que  le  es  propia,  se  originaron  en  la  supuesta  “tergiversación        probatoria”   de   los   diferentes  medios  de  convicción  puestos  a  su  conocimiento,  dado  que,  en  su sentir, le restó credibilidad a los descargos  del  indagado al negarles el valor y los alcances que poseen, en tanto se la dio  a  pruebas  que  no la merecían; o porque a otros se les desconoció su mérito  por  omisión  de  los principios de la sana crítica; o también porque, cuando  aplicó  dichos  postulados,  lo  hizo equivocadamente, todo lo cual lo llevó a  “sobredimensionar  la  capacidad  demostrativa de la  endeble  e  indirecta  prueba  de  cargos  obrante  en  el protocolo”,   recortando   y  tergiversando  la  eficacia  que  sí  tienen  otras.   

Como  la  inquietud  del demandante estriba,  básicamente,  en que el juzgador dentro del examen probatorio que realizó y en  aras  de  fundamentar  su  decisión  le  otorgó mérito a ciertos elementos de  convicción,  en  tanto  se  lo  restó  a otros, ha de reiterar la Corte que el  punto  de  partida del ataque ha de ser lo que hizo o dejó de hacer el Tribunal  en  materia  de  valoración  racional  de la prueba, pues, no por presumir más  razonable  una  postura  o  inferencia  del censor, puede argumentarse que se ha  detectado  un  error  de  hecho,  dado  que  lo  fundamental  es enseñar graves  atentados  contra  las  reglas  de  la  experiencia, la lógica, la ciencia y el  sentido  común, conforme con las previsiones de los artículos 237 y 238 del C.  de P. Penal, todo lo cual brilla por su ausencia en el libelo.   

Lo  que  verdaderamente  se evidencia en los  planteamientos  del  demandante  es  su  vehemente afán de oponer su particular  conclusión,  a  la  que  con  autoridad dedujo el juez, previo análisis que en  conjunto  efectuó  del  haz  probatorio del cual informa el proceso. No de otra  manera  se entiende que, mediante una deliberada postura, reconstruya los hechos  a  su  manera  con  la  formulación  de hipótesis ayunas de demostración, sin  respetar  el  elemental  requisito formal de partir de una descripción fáctica  conforme  con  las determinaciones del fallo de instancia, sin que ello llegue a  significar su aceptación anticipada de la misma.    

Sobre  el  tema,  tiene dicho la Sala que el  examen  crítico  que  de  esos  elementos  de  persuasión efectúa el fallador  siempre  resultará prevalente frente al que realiza el sujeto procesal, a menos  que  éste  demuestre  que  el raciocinio de aquél está afectado de errores de  hecho  o de derecho verdaderamente trascendentes, dada la presunción de acierto  y  legalidad  que ampara la sentencia y que el casacionista debe desvirtuar para  que la demanda tenga vocación de prosperidad.   

Amén  de  la impropiedad en la formulación  del   cargo  que  viene  de  advertirse,  ha  menester  destacar  la  confusión  conceptual  que  asiste  al  censor  cuando plantea el falso juicio de identidad  denunciado,  con  fundamento  en  el  grado  de  credibilidad que el juzgador le  atribuyó  a  determinadas  pruebas,  lo  cual,  en  su  sentir,  se  traduce en  “tergiversación        probatoria”.   

Empero,  olvida  que  esta clase de yerro se  deriva  de  una  equivocada  percepción  de  la  prueba  en  la  medida  en que se distorsiona o se falsea su  contenido  objetivo  para  hacerla decir lo que materialmente no expresa, por lo  que  resulta  imperioso  que  en  la  demanda  se  aduzcan los razonamientos del  juzgador  sustento  de  su  decisión  de condena, lo cual omite realizar -grave  falencia   de  técnica  casacional  en  cuanto  se  imposibilita  la  elemental  confrontación  que  es  menester  realizar  entre  el  texto de la demanda y el  cuerpo  argumentativo  de  la sentencia, a fin de desentrañar los errores   denunciados-,  en  tanto  que  el mérito o descrédito que la misma provoque al  fallador  es  el  acto  de  valoración  que  éste  realiza como función de su  exclusivo  resorte, dentro de los límites de una racionalidad plausible, aunque  la  misma  no  se  llegue  a  compartir  por  la exhibición de juicios de valor  alternativos.   

Ahora bien, convino el censor con el juzgador  que   la  decisión  atacada  se  fincó  en  prueba  indirecta,  en  cuanto  el  funcionario  desconoció  la  existencia de unas pruebas de carácter indiciario  que  conducen  a  proclamar  la  no participación de su defendido en los hechos  materia  de  juzgamiento,  equivocación  que  lo  llevó  a  que  ignorara  los  contraindicios de los cuales  se  deriva  su  inocencia. Un vicio de tal naturaleza -afirma- se erige en error  de hecho por falso juicio de existencia por omisión.   

No  obstante, no atina el censor a deslindar  sus  cuestionamientos,  pues  debió  concretar, en tratándose de la estructura  lógica  de  la  prueba  indiciaria,  a  partir de cuáles de los momentos de su  formación  se  originó  el  yerro,  como  lo  ha  iterado la Sala, entre otros  pronunciamientos,  en  sentencia  del  27  de  noviembre  de  1996,  antecedente  jurisprudencial  en  el cual se precisa que debe distinguirse si la observación  se hace en relación con   

“(…)   las  pruebas  de  los  hechos  indicadores, la operación de inferencia lógica, o la  valoración  individual  o  articulada de su fuerza demostrativa, puesto que los  errores, en cada caso, son de naturaleza distinta (…)”   

“En   la  apreciación  de  las  pruebas de los hechos indicadores, los errores pueden ser  de  hecho  o  de  derecho  en  cualquiera de sus modalidades, mientras que en el  proceso  intelectual de inferencia y en la valoración de la fuerza demostrativa  del  indicio, solo pueden presentarse errores de hecho, en cuanto son tareas que  deben cumplirse a la luz de la sana crítica (…)   

“Si los errores  de  apreciación  probatoria  se  presentan  en el análisis de la prueba de los  hechos  indicadores,  el  casacionista  debe,  en  relación  con  cada indicio,  identificar   las  pruebas  que  le  sirven  de  sustento  e  indicar  el  error  denunciado,  si  de  existencia,  identidad,  legalidad  o  convicción  para la  correcta  formulación  de la censura. Y si se trata de cuestionar la inferencia  lógica  o  el valor probatorio otorgado a los indicios, es deber del recurrente  acreditar  el  desconocimiento  de  las  reglas  de la sana crítica, lo cual se  cumple   mostrando   la  divergencia  existente  entre  las  deducciones  y  las  declaraciones  de  la sentencia en dicho sentido y las que corresponde hacer con  la     lógica,     la    experiencia    o    la    ciencia    (…)”   

Incumple el actor con tales directrices, pues  le  bastó afirmar, como repetitivamente lo hace en el libelo con total orfandad  demostrativa   y   ausencia   de   sindéresis,   que  se  dejaron  de  analizar  “a la luz de la sana crítica varias manifestaciones  insertas  en  los  testimonios  aducidos  legalmente al procesatorio, que de una  manera  u  otra  se  erigen como contraindicios de la responsabilidad de William  Alberto  Rúa  Toro;  o por lo menos crean una inmensa hesitabilidad  -sic-  respecto  a la concreción de los  hechos  indicadores  de  los indicios enarbolados al unísono por los juzgadores  de        las        instancias        ordinarias         (…)”   

          En  suma, el actor no se ocupó de señalar vacíos o absurdos en la  reflexión  probatoria  del Tribunal, sino que se dedicó a postular inferencias  diferentes,  actitud que no es suficiente para poner en evidencia de los errores  de  hecho  y/o  de derecho que justifican el despliegue del control de legalidad  propio  del  recurso  extraordinario de casación, por lo que la demanda deviene  inepta  por  no  satisfacer  las  exigencias  formales previstas en el artículo  212-3  de  Código de Procedimiento Penal, situación que conlleva a que la Sala  disponga  su  inadmisión  con  la consecuente declaración de la deserción del  recurso.   

Por último, ha de señalarse que revisada la  actuación,  no  se  observó  la  presencia  de  ninguna  de las hipótesis que  permitirían  a  la  Corte  obrar  de  oficio de conformidad con el Art. 216 del  C.P.P.   

                 En  mérito  de  lo  expuesto,  LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA,  Sala      de      Casación      Penal,   

RESUELVE   

INADMITIR la demanda  de  casación  presentada  en nombre de WILLIAM ALBERTO  RÚA  TORO, conforme a las motivaciones plasmadas en el  cuerpo   del  presente  proveído.  En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso.   

Contra  esta  providencia no procede recurso  alguno.   

Cópiese, notifíquese y  devuélvase a la oficina de origen   

Cúmplase.  

MAURO SOLARTE PORTILLA  

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ                        ALFREDO GÓMEZ  QUINTERO                       

ÁLVARO      ORLANDO      PÉREZ  PINZÓN               MARINA PULIDO DE BARÓN          

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS                  YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

JULIO       ENRIQUE       SOCHA  SALAMANCA           JAVIER  ZAPATA  ORTIZ                                      

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

             Secretaria     

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