SP6699-2014(43524)

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

Magistrado Ponente  

SP6699-2014  

Radicación N° 43524.  

Aprobado acta No. 162.  

Bogotá, D.C., veintiocho (28) de mayo de dos  mil catorce (2014).   

VISTOS  

Resuelve la Corte  el   recurso   de  apelación  interpuesto  por  el  defensor  de  la  procesada  STELLA        RAMÍREZ       VARGAS,  en  contra  de  la sentencia del 5 de  marzo  de 2014, por medio de la cual la Sala Penal del  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial  de  Ibagué  (Tolima)    la    condenó    como    coautora  responsable  del  concurso  de  delitos      constitutivos     de     peculado  por  apropiación  en favor de  terceros  y  prevaricato  por acción, cometidos en su  condición   de  Juez  Quinta  Penal  del  Circuito  de  esa  ciudad.   

HECHOS  

En  el  fallo  impugnado,  el  A    quo   los   sintetiza   de   esta  manera:   

“En   su  condición  de  Juez  Quinta  Penal del Circuito con Función de Conocimiento de  Ibagué,  la  doctora STELLA RAMÍREZ VARGAS profirió  6  sentencias  de  tutela  calendadas 9 de mayo, 10 de  mayo,  6  de septiembre, 11 de septiembre, y dos el 8  de  octubre  de 2012, dentro  de  los  radicados  2012-00015, 2012-00016, 2012-00043, 2012-00046, 2012-00053 y  2012-00054,              respectivamente,  las  que  fueron  manifiestamente contrarias a la ley,  por    cuanto    ordenó   el   reconocimiento   de  pensiones  y reliquidación  de  las  mismas, sin que los accionantes NORELLA MERCEDES NOVOA GONZÁLEZ, JULIO  HERNANDO   URBINA  ÁVILA,  MARCELA     SÁNCHEZ     DE    BUITRAGO,   MARÍA  CRISTINA   REMOLINA   VARÓN,  FLOR  MYRIAM  JIMÉNEZ  CASTEBLANCO          y         LUIS  FRANCISCO  MELO  BECERRA,  tuvieran  derecho        a       ello,       desconociendo  la  Constitución Política,  la    ley    y    las   líneas   jurisprudenciales   que   sobre   esos   temas  concretos  en materia de la  procedencia  de  la  acción  de  tutela  en pensiones ha  fijado la Corte Constitucional.   

En   virtud   de   esos   fallos,    y    sin   tener   derecho   a  ello,  JULIO  HERNANDO URBINA ÁVILA. MARÍA  CRISTINA  REMOLINA  VARÓN  y  LUIS  FRANCISCO   MELO   BECERRA  recibieran  (sic)       las      sumas       de      $18’097.615   pesos,   $  117’088.404   pesos   y  $531’370.150     pesos,    respectivamente,  cuando  las  entidades  cumplieron  los  fallos            ilegales”.   

ACTUACIÓN PROCESAL RELEVANTE  

En audiencias preliminares llevadas a cabo el  20  de  noviembre de 2013 en el Juzgado Séptimo Penal Municipal con función de  control  de  garantías  de  Ibagué (Tolima), se legalizó la captura de STELLA  RAMÍREZ                   VARGAS1 y se avaló la imputación que  la  Fiscalía le formuló por el concurso heterogéneo y homogéneo de conductas  punibles  de falsedad material en documento público,  prevaricato   por   acción   (6),  cohecho  propio  y  peculado  por  apropiación  en  favor  de  terceros  (3), tipificadas en los artículos 287, 423, 405 y 397  del  Código  Penal,  en  su  orden,  cometidas  con las circunstancias de menor  agravación  del  numeral  1°  del  artículo  55 y de mayor punibilidad de los  ordinales 2, 9 y 10 del artículo 58, de esa codificación.   

La procesada, tras indicar que entendía los  cargos, manifestó que no se allanaba a los mismos.   

En   dicha  oportunidad,  se  instaló  la  audiencia  de imposición de medida de aseguramiento, la cual se suspendió para  continuarla  al  día siguiente; en la nueva sesión, el defensor de la imputada  (hoy   apelante)   indicó  que  su  representada  tenía  interés  en  aceptar  parcialmente  la  incriminación  formulada la fecha anterior, correspondiente a  los  ilícitos de prevaricato por acción  y  peculado por apropiación a favor de  terceros,  con  el  fin  de  poder acceder a la rebaja  punitiva de la mitad.   

Aprobado   lo  anterior  por  la  juez  de  garantías,  dispuso  la ruptura de la unidad procesal y seguidamente aseguró a  la incriminada con detención preventiva en el lugar de residencia.   

Asumido  el  conocimiento del proceso por la  Sala  Penal  del  Tribunal  Superior de Ibagué, tras resolver lo concerniente a  los  impedimentos expresados por varios magistrados de esa Corporación, el 7 de  febrero  de  2014  realizó  las  diligencias de verificación de allanamiento e  individualización de la pena y sentencia.   

El fallo de primera instancia fue dictado el  5  de  marzo  siguiente,  declarándose  la  responsabilidad penal de la acusada  RAMÍREZ  VARGAS  en  el  concurso delictual por ella aceptado, esto es, en tres  delitos  constitutivos  de  peculado por apropiación  en   favor   de   terceros  y  seis  de  prevaricato por acción.   

Consecuente  con  su determinación, la Sala  A  quo le impuso las penas  principales  de  262  meses  de  prisión,  multa  por  el equivalente a 628,495  salarios  mínimos legales mensuales vigentes y 10 años de inhabilitación para  el  ejercicio  de  derechos y funciones públicas, y las sanciones accesorias de  pérdida  del  empleo  o  cargo  público,  e  inhabilidad  permanente,  en  los  términos  del  artículo  122 de la Constitución Política. Asimismo, le negó  los  beneficios  sustitutivos  de la suspensión condicional de la ejecución de  la pena y prisión domiciliaria.   

En  contra  de la mencionada providencia, el  defensor    de   la   enjuiciada   interpuso   oportunamente   el   recurso   de  apelación.   

LA SENTENCIA RECURRIDA  

El  Tribunal,  luego  de resumir los hechos,  identificar  a la acusada y repasar el decurso procesal, se refiere al instituto  del  allanamiento  a cargos, con el fin de anticipar que los elementos de juicio  recaudados  hasta el momento, son lo suficientemente idóneos para predicar, sin  duda,    la    realización    objetiva    de    las   conductas   imputadas   a  aquella.   

En  esa  medida, alude en primer término al  sustento  fáctico de los seis delitos de prevaricato  por  acción atribuidos, destacando que en cada caso la  jueza  investigada  desbordó el alcance de las normas que regulan la acción de  tutela,  así  como  lo  contenido  en el artículo 36 de la Ley 100 de 1993, al  reconocer  derechos  pensionales  a  personas  que  no  reunían  los requisitos  legales y en contravía de lo decantado jurisprudencialmente.   

Acto  seguido, realiza idéntica labor en lo  concerniente    a    los    tres   ilícitos   constitutivos   de   peculado   por   apropiación  en  favor  de  terceros,   concluyendo   así   “la  perfecta  adecuación  de  los  comportamientos  a los tipos penales imputados y aceptados  por la procesada”.   

Determinada   la   responsabilidad  de  la  incriminada,   el   A  quo  anuncia  abordar  lo  atinente  a  las  consecuencias  jurídicas, partiendo por  resumir  los  planteamientos  esgrimidos  por  las partes e intervinientes en la  audiencia de individualización de la pena y sentencia.   

Luego,  inicia  la  labor  de  dosificación  punitiva,  estableciendo  que  el  tipo  penal  más grave es el de peculado   por   apropiación  en  favor  de  terceros  regulado  en  el  inciso  2° del artículo 397 del Código Penal,  cuya  pena  tasa  con  base  en  las  directrices  de  los  artículos  60  y 61  Ibidem, teniendo en cuenta  además  que  fueron estructuradas una circunstancia de menor punibilidad y tres  de   mayor   agravación,   consagradas  en  los  artículos  55-1  y  58-2-9-10  Ejusdem,  respectivamente.   

Establecidas  las penas principales para esa  conducta  punible,  el  juzgador  de primer grado procedió a aplicar las reglas  del  concurso,  fijando unos nuevos montos sobre los cuales reconoció la rebaja  de  pena  de  la mitad como consecuencia de la aceptación de cargos, obteniendo  así las sanciones finales anteriormente reseñadas.   

A  continuación,  explica  que  niega  los  sustitutos  penales  de la suspensión condicional de la ejecución de la pena y  prisión  domiciliaria, por no cumplirse el requerimiento objetivo, respecto del  primero,    y    por    expresa    prohibición    legal,   con   relación   al  segundo.   

Adicionalmente, como en este evento se adujo  la  condición  de madre cabeza de familia de la acusada de cara a la obtención  de  ese  último  beneficio, el fallador consigna una extensa disertación sobre  el  tópico,  a  partir  de  lo consagrado en las Leyes 906 de 2004 –arts. 314-5 y 461- y 750 de 2002 y lo  decantado  por  la  jurisprudencia  de  la  Sala,  como soporte para efectuar la  ponderación  entre  los  derechos  del  hijo  menor de la implicada y los de la  justicia,   definiéndose  a  favor  de  la  última,  pues,  determina  que  la  desprotección  del  menor  no  es  tan  absoluta  y  que  en el domicilio no se  cumpliría con los fines de la pena.   

Por  último,  el Tribunal dispone dejar sin  efectos  jurídicos  tres actos administrativos que se emitieron con base en las  actuaciones ilegales de la jueza investigada.   

FUNDAMENTOS DE LA IMPUGNACIÓN  

Anuncia el defensor apelante, que son dos los  aspectos  que  no  comparte  del fallo recurrido, correspondientes al proceso de  dosificación   punitiva   y   a   la   negativa   de   conceder   la   prisión  domiciliaria.   

Con  relación a la tasación de la pena, la  primera  crítica  que  denuncia  tiene  que  ver  con  el desconocimiento de la  obligación  que  contiene el inciso 1° del artículo 61 de la Ley 599 de 2000,  que  obliga  al fallador a fijar de manera individual los cuartos medios, siendo  éste  un  acto  reglado  y  no  discrecional  o  potestativo.  Ello,  porque el  A     quo    decidió  “amalgamar    los   cuartos   medios”,   desconociendo  los  precedentes  jurisprudenciales  sobre  la  materia, varios de los cuales cita.   

Por  esa  razón,  opina el memorialista, la  fijación  de  la sanción partió de presupuestos errados, ya que la ubicación  en  cada  uno  de  esos  cuartos  estaba  determinada  por  la  concurrencia  de  circunstancias  de  mayor y menor punibilidad, denominadas equivocadamente en la  sentencia como atenuantes y agravantes.   

Dichas   circunstancias,   agrega,   deben  endilgarse  expresa  y  concretamente  desde  la  imputación  por  parte  de la  Fiscalía,  tanto  en  lo fáctico como en lo jurídico, con el fin de facilitar  la  eventual  controversia  jurídica  y  posibilitar  que el inculpado haga las  manifestaciones   pertinentes   con  pleno  conocimiento  de  las  consecuencias  procesales  que  de  ello  se  deriva,  tal como ha sido considerado doctrinal y  jurisprudencialmente,   acorde   con   varias   transcripciones   que   trae   a  colación.   

Bajo  tales presupuestos, el impugnante dice  que  verificará  lo  acontecido en la audiencia de formulación de imputación,  para  establecer  si  respecto  de  las  circunstancias  de mayor punibilidad se  agotaron  las exigencias legales y se atendieron las directrices de la Corte. Al  efecto,  aclara  que  dicho acto se llevó a cabo en dos sesiones diferentes, de  las  cuales  trasuntó  lo pertinente, haciendo saber que en la primera de ellas  se   endilgaron   las  conductas  punibles,  entre  ellas  las  de  prevaricato      por     acción        y       peculado  por apropiación, cometidas con  la  circunstancia  de menor punibilidad prevista en el numeral 1° del artículo  55  del  Código  Penal y las de “mayor punibilidad  de  que  trata  el  artículo 58 en sus numerales 2°, 9° y 10°”.   

Resalta   que   la  imputación  en  tales  términos,  que fue avalada por la jueza de garantías advirtiendo que se dió a  conocer  de  manera pormenorizada la situación fáctica de cada comportamiento,  no fue aceptada por su defendida.   

Sin embargo, en la segunda sesión, celebrada  al  día  siguiente, la defensa hizo conocer al despacho el deseo de la imputada  de  aceptar  algunos  de los cargos “que le habían  sido   enrostrados   en  desarrollo  de  la  primera  sesión  de  la  audiencia  concentrada”,  lo  cual fue validado por las partes.  De  esta manera, tras precisarse que el allanamiento recaía sobre los ilícitos  de    prevaricato   por  acción   y  peculado  por  apropiación,  los cuales  reiteró genéricamente la jueza, su prohijada los aceptó.   

A pesar de lo anterior, el recurrente asevera  que  la  alusión  a  las  circunstancias de mayor punibilidad se hizo de manera  etérea,  genérica  e  imprecisa  por  parte  de la fiscal, pues, no indicó su  denominación  jurídica  ni  el componente fáctico, impidiendo “la   controversia   dialéctica  que  debe  permear”  un  acto  de  tal  importancia.  Por ello, estima que la procesada  “en   ningún  momento  hizo  manifestaciones  de  aceptación  de las multicitadas circunstancias”, las  cuales tampoco fueron mencionadas por el juzgado de garantías.   

Para  la  defensa,  asegura,  es  imposible  determinar  si se está sancionando doblemente un mismo comportamiento, en clara  afectación   del   principio   del   non   bis  in  idem,  con  el  agravante de que no se delimitaron los  cuartos  medios,  pese  a  que  el  A quo  dice  haberlo  hecho,  para  luego  imponer  una  pena  exagerada,  “apuntalada sobre unas supuestas circunstancias de  mayor    punibilidad    que    no    encuentran    apoyatura    (sic)   en   los  registros”.   

También   con   relación   a   la  tarea  dosimétrica,   aunque  sin  mayores  explicaciones  y  de  manera  confusa,  el  libelista  censura la forma como se aplicaron las reglas del concurso, afirmando  no  estar  de  acuerdo  con  el  “50% de las penas  mínimas  restantes” establecidas para cada conducta  punible,   de   nuevo   desatendiéndose   lo  dicho  por  la  Sala  acerca  del  tópico.   

Pide,  por consiguiente, que se modifique el  ordinal  segundo  del  fallo,  estableciendo  la  sanción  penal  dentro de los  límites   legales,   excluyendo  las  circunstancias  de  mayor  punibilidad  y  aplicando    correctamente    la   “dosificación  concursal”.   

De otro lado, en lo que atañe a la negativa  de  la  prisión  domiciliaria, insiste en que la tensión de derechos entre los  fines  de  la  sanción  penal y el interés superior del niño, en este caso el  hijo  de  la  procesada  de 7 años de edad, debe inclinarse indefectiblemente a  favor del último.   

En opinión del censor, no son de recibo las  razones  que  esgrime  el  fallador  con relación a la posibilidad de que otros  parientes  puedan  velar  por  el  menor.  Lo  cuestiona, entonces, por no haber  analizado  los  elementos  de  prueba  aportados  por  la defensa, encaminados a  demostrar  de  manera  contundente  que  el joven se encuentra en una situación  particularmente  especial  que  hace imperativo el acompañamiento permanente de  la madre.   

Así,  luego  de  enunciar  dichos medios de  convicción      –certificación  de  psiquiatra  infantil  e  informe  psicológico-,  reitera  que  no fueron objeto de examen juicioso y detallado por la judicatura,  “a  efectos  de  determinar,  como  erradamente lo  concluyó,  que  prevalecía  el  interés punitivo del estado sobre el interés  superior   del   menor”,  sin  tener  en  cuenta  su  especialísima  situación,  en  la  que de acuerdo a los conceptos emitidos, es  innegable   e  irremplazable  la  presencia  de  la  madre  para  su  desarrollo  psicosocial,    al    punto   tal   que   su   encarcelamiento   lo   afectaría  gravemente.   

Para  terminar,  dice  que  los  precedentes  citados  por el juzgador no se avienen al presente asunto, insiste en cómo debe  resolverse  el  conflicto  de intereses, denuncia la violación del artículo 44  de  la Constitución Política, cita precedente constitucional sobre la prisión  domiciliaria,  aboga  por  la  aplicación  del favor  rei,  y  pide  que  una  vez  restablecida la sanción  impuesta   a   su   defendida,  se  “sustituya  el  encerramiento   intramural   de   carácter   penitenciario   por   la  prisión  domiciliaria que prevé la ley”.   

INTERVENCIÓN DE LOS NO RECURRENTES  

Dentro  del  término  de  traslado a los no  apelantes,  se pronunciaron, en el orden que se indica, los representantes de la  Fiscalía,  de  dos  de  las  entidades  afectadas y del Ministerio Público, en  estos términos:   

1. La Fiscalía.  

La  Fiscal  Cuarta delegada ante el Tribunal  Superior   de   Ibagué  pidió  la  confirmación  del  proveído  atacado,  al  considerar  que  los  argumentos  de la defensa carecen de fundamento fáctico y  jurídico.   

Refiriéndose,  en  primer  término,  a las  críticas  a  la  dosificación  punitiva,  transcribe la parte pertinente de la  sentencia,  con  el  objeto de destacar que ninguna irregularidad advierte en la  ubicación  en  los  cuartos  medios,  la  cual  asoma  legal, debido a que a la  imputada  se  le  endilgaron  circunstancias  de  menor  y mayor punibilidad que  fueron aceptadas por ella.   

Seguidamente,  asegura  que no es cierto que  las  circunstancias  de  mayor  punibilidad  no hayan sido reseñadas fáctica y  jurídicamente  en  la  audiencia  de  formulación  de  imputación, la cual es  citada  parcialmente  por  el apelante, pues, consta en los registros que sí se  hizo,  al punto tal que cuando la jueza de garantías preguntó a la incriminada  si  había  entendido  de  manera  clara los hechos atribuidos por la Fiscalía,  respondió  afirmativamente,  lo cual era de esperarse si se tiene en cuenta que  es abogada penalista y por años fungió como juez penal.   

En   suma,   estima  el  memorialista  que  habiéndose  aceptado  la  incriminación en tales términos, la fijación de la  pena procedía en los cuartos medios.   

Con  relación  a los reparos que formula el  impugnante  en  lo  concerniente  a  la  aplicación de las reglas del concurso,  asevera  el  fiscal  que  no  hará  mayores  comentarios,  no  solo  porque  la  actuación  del  Tribunal  se  ajusta  a  la  ley,  sino  también  porque no se  sustentó la postura.   

Finalmente,  en  lo  atinente  al  reproche  alusivo  a  la  negativa de la prisión domiciliaria, sostiene que los elementos  de  juicio cuyo examen echa de menos el censor, carecen de vocación probatoria,  toda  vez  que no se acreditó la idoneidad técnico-científica de los peritos.  Además,  el  defensor no demostró debidamente la condición de madre cabeza de  familia  de  su representada y frente a la forma en que el fallador resolvió la  tensión  entre  los  derechos  del  niño  y  los fines de la pena –tópico   sobre   el   que   diserta  ampliamente-,  considera  acertado  que  se  haya  inclinado  en  favor  de  los  últimos, amparado en varios precedentes jurisprudenciales.   

2. El Instituto del Seguro Social.  

El  apoderado  del  Seguro Social parte por  destacar  que,  contrario  a  la  afirmado por el recurrente, en la audiencia de  imputación  sí  se hizo una completa y clara reseña fáctico-jurídica, en la  cual  se  incluyeron  las circunstancias de mayor punibilidad que posteriormente  fueron  aceptadas  por  la  investigada  y  que  conducían  a  que  la  pena se  estableciera  en  los cuartos medios de movilidad punitiva. Además, le llama la  atención  que  la defensa que intervino en dicha diligencia, en ningún momento  pidió  aclaración,  adición o modificación alguna con relación a los hechos  y aspectos jurídicos allí esbozados.   

Con  relación  a  la  tarea  dosificadora,  asegura  el libelista que el juzgador sí aludió a la existencia de dos cuartos  medios  y  determinó  allí  la  sanción,  con  base  en  la  coexistencia  de  circunstancias  de  mayor  y  menor  punibilidad,  acatando  lo  señalado en el  artículo 61 del Código Penal.   

Luego,  se  refiere  a  la naturaleza de la  audiencia  de  imputación,  defiende las razones que esgrimió el Tribunal para  incrementar  las  sanciones  a  partir  de  la  gravedad  de  las conductas y la  magnitud  del  daño causado, y avala la forma en que se aplicaron las reglas de  concurso,  siendo  claro que el fallador sí diferenció cada uno de los delitos  imputados.   

Ya  en lo que corresponde a los reparos del  defensor  frente  a  la denegación de la prisión domiciliaria, aduce que parte  de  una premisa errada al suponer que se demostró la condición de madre cabeza  de  familia  de  la  acusada,  pues,  esa  circunstancia no fue reconocida en el  fallo,  ni se aviene al concepto establecido en el artículo 2° de la Ley 82 de  1993,  el  cual analiza exhaustivamente, para al final concluir, como lo hizo el  A  quo,  no solo que no se  aportó  prueba  idónea sobre el particular, sino también que el menor hijo de  la   procesada   puede  quedar  bajo  la  tutela  de  su  hermana  mayor  o  sus  abuelos.   

En  esa  medida,  opina  que la imputada no  tiene  derecho  a la sustitución de la prisión intramural por la domiciliaria,  lo  cual  refuerza trayendo a colación múltiples citas jurisprudenciales sobre  los  criterios  que deben ser tenidos en cuenta al momento de resolver el juicio  de  ponderación  entre  los  derechos  del menor y los principios de justicia e  interés  general,  “que  entre  otros  se  vieron  menoscabados  por  un  servidor  público  que  tenía  como mandato el proteger  derechos   fundamentales,   mediante   la  recta  y  eficaz  administración  de  Justicia”.   

3. Colpensiones.  

El apoderado de la Administradora Colombiana  de  Pensiones  solicita  que  se desestimen los argumentos del recurrente y, por  consiguiente, se confirme la sentencia atacada.   

Al  efecto,  empieza  por  realizar extensa  citación  del  precedente  de  la  Sala  acerca  de los criterios para fijar la  punibilidad,   con   el  objeto  de  respaldar  la  tarea  desarrollada  por  el  A  quo,  pues,  en  claro  acatamiento  de  lo  establecido  legal y jurisprudencialmente, se ubicó en los  cuartos       medios       y       fijó      una      pena      “apropiada”.   

De  igual manera, rechaza las críticas que  hace  el apelante con respecto a la indeterminación de la imputación jurídica  en  lo  que  corresponde a las circunstancias de mayor punibilidad, dado que, la  Fiscalía  sí  las formuló. Por ello, lamenta que la defensa no haya ilustrado  debidamente  a  la procesada, pretendiendo ahora desplazar al juez de garantías  cargas  que no le conciernen, pues, su labor se centra en verificar la legalidad  del  acto  y  de  “la  libertad del imputado en la  aceptación    cuando    éste    ha   sido   previamente   asesorado   por   su  defensor”.   

Seguidamente, sostiene que el impugnante no  acierta  explicar  de  qué  forma  se  vulneró  el  principio del non  bis in idem, ya que le da un alcance  que no tiene.   

Por  último,  enuncia  la normatividad que  regula  los subrogados penales, para resaltar que en este caso están prohibidos  expresamente.  Adicionalmente,  cita  proveído  de la Corporación para indicar  que  para  la concesión de la prisión domiciliaria tampoco basta con demostrar  la  condición  de  madre  cabeza  de hogar, sino que deben valorarse igualmente  otros  criterios,  como lo hizo el fallador, al considerar que otros miembros de  la familia podían ocuparse del hijo menor de la implicada.   

Sumado  a  lo  anterior,  dice  oponerse de  manera  vehemente  al  otorgamiento  de  aquél beneficio, en tanto, la ley y la  jurisprudencia  exigen  la  reparación  a  la  víctima  como  presupuesto para  ello.   

4. El Ministerio Público.  

Luego  de  resumir la actuación procesal y  los  argumentos  de  la  defensa, el Procurador 104 Judicial Penal II de Ibagué  rechaza  los  cuestionamientos  en  torno  a  la  dosificación punitiva, habida  cuenta  que  el Tribunal sí acató los criterios del artículo 61 de la Ley 599  de  2000,  en  la medida en que definió la conducta más grave y posteriormente  se  ubicó  en  los cuartos medios, en atención a las circunstancias de menor y  mayor  punibilidad  que  dedujo  fáctica  y  jurídicamente  el fiscal y fueron  aceptadas por la investigada.   

En   tales  condiciones,  estima  que  la  procesada,   quien   además   es   abogada   especializada   y   ex–juez   penal,   sí   tenía   pleno  conocimiento  de  la  imputación  efectuada  “con  todas  y  cada  una de las conductas punibles y con sus respectivos agravantes y  atenuantes”.  De  ahí que al día siguiente, cuando  en  la segunda sesión decidió aceptar parcialmente los cargos formulados en la  primera,  no  era  necesario  que  se  hiciera  una nueva imputación fáctica y  jurídica, como equivocadamente lo pretende la defensa.   

Ya con relación a las reglas del concurso,  afirma  el  representante  de  la sociedad que se aplicaron correctamente, y que  incluso  el  juzgador se mostró benévolo al tomar como base el 50% del mínimo  de cada una de las penas a imponer por los restantes ilícitos.   

En   lo   que   respecta  a  la  prisión  domiciliaria,  aclara  que  si  bien  en  su  momento dejó a consideración del  A  quo  la concesión o no  del  beneficio,  estima  que  en  esta  ocasión  se  hace necesario realizar un  pronunciamiento  en  aras  de  salvaguardar  los  derechos y garantías del hijo  menor   de   la   imputada,   por   medio   de   un  estudio  pormenorizado  del  caso.   

Así,  sin  desconocer  la  gravedad de los  delitos,  considera  que  no  debe  ser el único factor a tener en cuenta, sino  también  los  intereses  y la protección del menor, tal como lo ha considerado  la  jurisprudencia  en  otras  oportunidades.  Por  ésta razón, no comparte el  análisis  del  Tribunal  -del  que  consigna un resumen-, pues, por el afán de  enviarle  un  mensaje  negativo  a  los  demás  funcionarios judiciales, atenta  contra  la  dignidad  de  la  incriminada  y  afecta  los  derechos y garantías  constitucionales  de  su hijo, los cuales enuncia a continuación, para resaltar  que  el encarcelamiento de la madre lo privaría de ellas, ya que quedaría solo  y  abandonado,  pues,  solo  su progenitora puede acompañarlo en su tratamiento  farmacológico  y  terapéutico,  asi  como  que  es  la  única  persona que lo  comprende y orienta en su difícil patología.   

Agrega  que  los  medios  de  convicción  aportados  por el defensor acreditan la condición de madre cabeza de familia la  acusada,  asi  como  que  los demás parientes no están en condiciones de velar  por  el  bienestar  del  niño.  Adicional  a ello, el informe psicológico y la  historia  clínica del joven establecen la especial relación de dependencia que  tiene  con  su  progenitora,  lo  cual  descarta que otro pariente pueda hacerse  cargo de él.   

En  suma,  en  la ponderación de derechos,  estima  que  por  encima  de  los  intereses  sociales en el cumplimiento de las  penas,  está  el  interés superior de proteger los derechos del niño, como lo  señala  el  artículo 44 de la Constitución Política. Pide, por tanto, que se  analice  la  condición  de  madre  cabeza  de familia de la implicada, pues, el  fallo  de  primer  grado  edifica  la decisión negativa de conceder la prisión  domiciliaria  con base en la gravedad y modalidad del hecho, sin tener en cuenta  ese aspecto.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1. Cuestión previa.  

Teniendo   en   cuenta   el   cargo   de   Juez   Quinta           Penal  del  Circuito  de  Ibagué          (Tolima) que  desempeñaba la         procesada  STELLA  RAMÍREZ VARGAS  para  el  momento  de  los hechos y de la relación inmanente de  estos    con    la    función   asignada   a   la  misma,  es  la  Corte  competente  para  conocer  en  segunda  instancia  del fallo emitido por la Sala Penal del Tribunal Superior de  esa    ciudad,    de  conformidad  con lo establecido en el numeral 3° del  artículo  32  de  la  Ley  906  de  2004, bajo cuya  ritualidad  se  ha venido adelantando el presente  trámite procesal.   

En  efecto,  debe    recordarse    que    a   la   incriminada        RAMÍREZ   VARGAS  se  le  acusa  por  haberse       valido       de      esa        condición  para  adoptar  varias  sentencias de  tutela  tildadas de ilegales, a través de las cuales  ordenó  a  diversas  entidades         pagar         millonarias   cantidades   en   favor  de  algunas  personas  a  quienes     reconoció    derechos    pensionales,  desatendiendo  la  normatividad vigente y la prolífica jurisprudencia que se ha  proferido sobre el particular.   

En  concreto,  las  actuaciones  de  la  jueza    investigada  se     realizaron  en   seis  trámites  de  tutela adelantados en  el  año  2012,  con los  cuales         finalmente        resultaron  favorecidos Julio Hernando  Urbina  Ávila, María Cristina Remolina Varón y Luis Francisco Melo Becerra, a  los  que el Instituto del  Seguro      Social      canceló      las      sumas      de     $18’097.615.oo,     $117’088.404.oo    y    $531.370.150.oo, respectivamente;  es  decir,  de  las seis decisiones  prevaricadoras,        en       últimas  lograron ejecutarse tres  de ellas, en claro detrimento del  patrimonio estatal.   

Claro está, si bien los hechos anteriores  dieron  lugar a que a la  acusada      se     le     imputaran     los     delitos     de     falsedad   material   en   documento  público,       cohecho      propio,             prevaricato   por   acción   (6)   y  peculado  por  apropiación  en  favor  de  terceros  (3),  es  lo  cierto que  finalmente   sólo   se  allanó     a    los    dos    últimos, propiciando así la ruptura de la unidad procesal.   

Así    las    cosas,    quedando     evidenciado  que  en  este  evento la implicada aceptó su responsabilidad en  aquellos  ilícitos,  lo  cual  fue avalado por el juez de garantías y el Tribunal de conocimiento, es de  esperarse  que el defensor  recurrente  dirija  todos  sus esfuerzos a tratar de  contrarrestar  lo decidido por el último en torno a  las   consecuencias  jurídicas,  marginando  de  la  discusión  lo  concerniente  a  la  prueba sobre la responsabilidad.   

Es   así  como  cuestiona,  en  primer  término,  el  proceso  de  dosificación punitiva, denunciando que (i)  no  se  delimitaron  los  cuartos  medios  de movilidad, (ii)  se  dedujeron  unas  circunstancias  de  mayor  punibilidad  que no se imputaron  fáctica   y   jurídicamente,  y  (iii)  se aplicaron equivocadamente las reglas del concurso de delitos.  Y,    en    segundo    lugar,   que   no  se haya reconocido a su representada  la  condición  de madre  cabeza    de    familia,    negándosele,  por  consiguiente,  el  beneficio    sustitutivo    de   la   prisión         domiciliaria.   

Establecidos    así    los    ejes    temáticos    de    la    impugnación,   la   Corporación   los   responderá   en  el  orden  propuesto  por  el apelante.   

2.   Las  críticas al proceso de dosificación punitiva.   

El  defensor  denuncia  tres  irregularidades  en que incurrió el  fallador    de   primera   instancia   al  momento de la delimitación de la pena de prisión2;    en  efecto,     asegura  que   (i)    no    se    determinaron  los  cuartos  medios  de movilidad  punitiva,                (ii)  se dedujeron unas circunstancias  de   mayor   punibilidad   que  sorprendieron  a  su  prohijada,    en   tanto,   no   fueron       imputadas      fáctica        y       jurídicamente,       y       (iii) se aplicaron equivocadamente las  reglas      del     concurso     de     conductas  punibles.   

Como  dichos  yerros  condujeron a que se  estableciera  una  pena  privativa  de  la  libertad  por  fuera de los límites  legales,  solicita que se corrijan los mismos, aplicando correctamente lo que la  ley y la jurisprudencia señalan frente a éste tópico.   

Las partes e intervinientes no recurrentes  que  dejaron  conocer  su  opinión,  al unísono estimaron que en ningún yerro  incurrió  en  Tribunal en el proceso de tasación de las penas, pues, contrario  a  lo aseverado por el impugnante, se acató lo que legal y jurisprudencialmente  se ha dicho sobre la materia.   

La  Corte,  a  su  turno,  para  una  mejor  resolución del asunto  responderá  dichos  cuestionamientos  en  acápites  separados, de la siguiente forma:   

2.1.  La  delimitación  de  los  cuartos  medios de movilidad punitiva.   

Para  contestar   a   la   primera  inquietud      del      defensor,  a continuación la Sala repasará     cómo     fue    el    proceso    de    dosificación    de    la   sanción  restrictiva   de   la   libertad  esbozado  por  el  A  quo, con el propósito  de    verificar    si    incurrió    o    no    en    los    errores  denunciados   y,   en   caso  afirmativo,  proceder  a adoptar los correctivos del caso.   

En  éste orden de ideas, se tiene que en  la   sentencia   de   primer  grado  proferida  por  la   Sala   Penal  del  Tribunal  Superior  de  Ibagué el 5 de marzo   de   2014,   el  juzgador   parte  por  recordar  que  los ilícitos  “imputados y aceptados”  por  la procesada STELLA RAMÍREZ  VARGAS             corresponden  a  seis  constitutivos  de prevaricato por acción    y    tres    de    peculado   por  apropiación.  En  esa medida, verifica que mientras  la  pena de prisión para  la   primera  conducta  punible   oscila   entre   44   y   148     meses     (art.    413    del    C.P.),    en    la  segunda  esos  topes  dependen  de la cuantía y como aquí en uno de los hechos la misma  superó  los 200 salarios mínimos legales mensuales vigentes para el año 2012,  determina          que          dicha         sanción  va de 96 a 405 meses (art.  397  inciso  2°  Ib.).   

Anticipando   aplicar  las  reglas  del  concurso  previstas  en  el artículo 31  de  la  Ley  599 de 2000,  de una vez el Tribunal selecciona la  última  hipótesis  mencionada,  por  ser  la  que  contiene  la penalidad más  gravosa,  oscilante,  como se anotó, entre 96 y 405  meses de prisión.   

Es     así    como    manifiesta  recurrir a las directrices  del  artículo 61 de la citada normatividad, a efectos de determinar los cuartos  de movilidad punitiva, lo cual hace en estos términos:   

“Un  cuarto  (1/4) mínimo: de 96 meses a 173 meses y 7 días de prisión.   

Dos cuartos (2/4) medios: de 173 meses y 8  días de prisión a 327 meses y 22 días de prisión.   

Un cuarto (1/4) máximo: de 327 meses y 23  días a 405 meses de prisión”.   

De    igual    modo,    destaca          que         la         norma         referida  indica  que  el sentenciador  podrá  moverse  “dentro  de  los  cuartos  medios  cuando    concurran    circunstancias    de   atenuación   y   de   agravación  punitiva”,   lo  cual  procede  en  este  proceso  “por      cuanto      fue     imputada      la      circunstancia     de     menor     punibilidad  del  numeral  1°  del  artículo 55 del Código  Penal al no contar la procesada  con  antecedentes  penales  (art. 55-1, C.P.), y las de mayor punibilidad de los  numerales     2,     9     y     10     del    artículo    59    ibídem  por  haber realizado        la       conducta      esperando      un      presunto     nombramiento      como      Magistrada,  por ocupar un cargo   público   de   dignidad   en  la justicia Colombiana y  por    haber     obrado     en    coparticipación    criminal”.   

Luego,  el  A  quo expone ampliamente las razones por las cuales se  aparta  del  mínimo  punitivo  -lo  cual  no  es  discutido  por  el apelante-,  basándose  así  en  la  gravedad  del  comportamiento  y la magnitud del daño  causado,   para  fijar  en  300  meses  de  prisión  la  pena  concerniente  a     la      más      grave   de  las  conductas      punibles      de     peculado   por   apropiación   a  favor  de  terceros.   

En   tales  condiciones,  partiendo  de  la  base  de que esa es la penalidad más gravosa, a  continuación  tiene  en  cuenta  los  ocho ilícitos restantes, respecto de los  cuales   anuncia   que  “imputará     el     50%    de    las    penas  mínimas”,     generando     ello     aumentos  correspondientes  a  48 y 32 meses para los otros dos peculados, y 24 meses para  cada  uno  de los seis prevaricatos, esto es, sobre la pena de 300 meses hace un  incremento  de  224 meses, para un resultado parcial de 524 meses, al que deduce  el  50%  como  consecuencia  del  allanamiento  a  cargos,  conduciendo  ello  a  determinar  la  sanción  principal  privativa  de  la  libertad de 262 meses de  prisión.   

Ahora bien, con  el  propósito  de  constatar si le asiste la razón o no al recurrente, la Sala  traerá  a  colación lo que pacífica y reiteradamente ha sostenido  sobre  la  forma  de  interpretar  y  aplicar  las normas que regulan las diferentes etapas  que  debe  agotar  el  fallador  para  establecer  la  sanción,  del  siguiente  tenor  (CSJ SP, 30 nov. 2006, Rad. 26227; CSJ AP, 29  sept.  2010,  Rad.  34939;  y  CSJ  SP,  9  oct.  2013,  Rad. 39462, entre otros  pronunciamientos):   

«…[l]o  primero  que ha de hacer el juez es fijar los límites mínimos y máximos de la  pena,  establecidos  en  el  tipo  penal  por  el  que se procede, disminuidos y  aumentados   en  virtud  de  las  circunstancias  modificadoras  de  punibilidad  concurrentes,  que  se  aplican con base a las reglas que prescribe el artículo  60  del  Código  Penal,  conformándose  de esta manera el llamado marco punitivo.   

Enseguida   procede   establecer   el  ámbito   punitivo   de   movilidad,   para  lo  cual  se  ha  de  dividir  el  marco  punitivo en cuatro  cuartos,  determinados  con  base  en  los  fundamentos  no modificadores de los  extremos  punitivos,  esto  es,  las circunstancias de menor y mayor punibilidad  señaladas      en      los      artículos     55     y     58     ídem,  ámbito  que viene a servir de  barrera  de  contención para limitar la discrecionalidad judicial, pues el juez  sólo  podrá  ejercer su arbitrio en la dosificación dentro del tracto formado  por los respectivos cuarto.   

Pero  a  pesar  de  que  el  método para  obtener  el ámbito punitivo de movilidad  ordena  dividir  el marco punitivo en cuatro cuartos, de acuerdo  con  el  inciso  2º  del  artículo  61  sólo  existen  tres  (3)  ámbitos de  movilidad:  el  primero,  conformado  con el cuarto mínimo, “cuando no existan atenuantes ni agravantes  o  concurran únicamente circunstancias de atenuación punitiva”, el  segundo, con los dos cuartos medios  “cuando  concurran  circunstancias de atenuación y agravación punitiva” y,  el tercero, con el cuarto  máximo   “cuando   únicamente   concurran   circunstancias   de  agravación  punitiva”.   

Obtenidos     esos     tres  tractos  de movilidad, el inciso  3º  del artículo 61 ídem dispone que el juzgador impondrá la pena dentro del  cuarto  o  cuartos  que  corresponda, ponderando la mayor o menor gravedad de la  conducta,  el  daño  real o potencial creado, la naturaleza de las causales que  agraven  o  atenúen la punibilidad, la intensidad del dolo, la preterintención  o  la  culpa  concurrentes, la necesidad de la pena y la función que ella ha de  cumplir  en  el caso concreto. Además, en los casos de tentativa, se tendrá en  cuenta  el  mayor  o menor grado de aproximación al momento consumativo y en la  complicidad   el  mayor  o  menor  grado  de  eficacia  de  la  contribución  o  ayuda».   

Acorde  con  lo  anotado,  lo  primero  que  debe  contestársele  al impugnante es que no es  cierto   que   el   juzgador  de  primera  instancia  haya   omitido  delimitar  los  cuartos  medios  de  movilidad  punitiva,  dentro de los cuales finalmente dosificó las penas que le  impuso   a   la  acusada  RAMÍREZ VARGAS.   

Si  de  acatar  la  jurisprudencia  de la  Corporación   se   trata,   el   fallador   realizó   adecuadamente  la  labor  dosificadora,  puesto  que  si  bien  el artículo 60  del Código Penal alude a  la  división  en cuatro cuartos: “uno mínimo, dos  medios     y    uno    máximo”,    en   el  precedente  citado  la  Corte  sostuvo      que  estrictamente  “sólo  existen   tres   (3)   ámbitos   de   movilidad”,  en   referencia   al   primero   o   mínimo,   al  segundo  incluyendo  los  dos  medios y al tercero  o máximo.   

Entonces,  en  ninguna   irregularidad   incurrió  el  Tribunal  si  al  hacer  la  operación  respectiva,  determinó  “Un cuarto (1/4) mínimo:  de  96  meses  a  173  meses  y  7 días de prisión.  Dos  cuartos (2/4) medios: de 173 meses y 8 días de  prisión  a  327  meses  y  22  días  de  prisión.  Un  cuarto  (1/4) máximo: de 327 meses y 23 días a  405 meses de prisión”.   

Claro  está,  lo  ideal  es que en estos  eventos  en  los  que  hay  concurrencia  de  circunstancias  de  mayor  y menor  punibilidad,  se especifiquen los cuartos medios, puesto que si la ubicación en  los  mismos  depende  del  concurso de esas situaciones, habrá de sopesarse si,  por  lo  menos  en  cantidad,  unas priman sobre otras, por manera que si las de  menor  agravación superan  a  las  de  mayor, lo justo es que la sanción se establezca en el primer cuarto  medio  y  si  ocurre  lo  contrario, que las de mayor  punibilidad   sean   las   que   se   presenten    en    mayor    número,  opere  ello en el segundo  cuarto medio.   

No  se trata, entonces, de una actuación  discrecional,  como  sí  sucede  cuando  el juez decide  si  aplica o no el mínimo punitivo,  pues,  en  éste caso su intervención se limita a verificar si en la acusación  se  incluyeron circunstancias de menor y mayor    punibilidad,    para    luego   seleccionar   el   cuarto  correspondiente.   

Solo  así  podría  explicarse  que  el  legislador   al   determinar   los   límites   legales  de  punición  una  vez  fijadas  las             sanciones   mínima   y  máxima,  hable de cuartos medios y no  de  un  cuarto  intermedio, precisamente buscando que por criterios objetivos se  determine  cuál  de esos cuartos medios es el que corresponde al caso concreto.  De   lo   contrario,   es  el  simple  arbitrio  del  juzgador  el  que de manera indiscriminada le permite moverse en el cuarto  intermedio  y ninguna razón advertiría entonces la necesidad de separarlo a su  vez en dos baremos diferentes.   

En    este    mismo   sentido,  siguiendo  con  el criterio del  legislador y la finalidad que animó la necesidad de  determinar   objetivamente  los  cuartos  de  movilidad  punitiva,   no  puede  pasarse  por     alto     cómo     para     efectos     de     adscribir la pena en el escenario  del  cuarto mínimo, claramente  se   remite   a   la   existencia   de   únicamente  circunstancias  de menor punibilidad; y respecto del  cuarto     máximo,    señala    como    parámetro   el   que   solo   se  materialicen  circunstancias         de        mayor            punibilidad;  de  lo que se sigue que la  definición  de  cuál  de  los  cuartos  medios ha de ser el aplicable  a un caso concreto surge      necesariamente      del  criterio    objetivo  referido       a       la       combinación       cuantitativa  de  circunstancias  de mayor y  menor                 punibilidad.   

En éste orden de ideas, si en el presente  caso  fueron  deducidas  una  circunstancia de menor punibilidad y tres de mayor  agravación,  ello  determina  no  solo  que la pena debe tasarse en los cuartos  medios  de  movilidad punitiva, sino también que específicamente procede en el  segundo  cuarto  intermedio, debido a que las últimas superan en cantidad a las  de menor agravación.   

Así  las  cosas,  como  en  este caso el  sentenciador  no  especificó  los  dos  cuartos  medios, la Sala, actuando como  fallador  de  instancia, procederá a delimitarlos a fin de verificar si la pena  se ubicó o no en el marco correspondiente.   

En efecto, como  la  pena básica va de 96 a 405 meses de prisión y cada cuarto es de 77 meses y  7    días,    el   A  quo  estableció  que los dos cuartos medios oscilan  entre  173  meses y 8 días de prisión y 327 meses y  22   días,   los   que  debidamente  diferenciados  son:          el         primero, de 173 meses y 8 días a 250 meses y  15    días    y,   el  segundo, de este guarismo  a 327 meses y 22 días de prisión.   

En  conclusión,   si   el   Tribunal   fijó  la  pena  aflictiva   de   la   libertad   para  la  conducta  punible  de  peculado por  apropiación   en  favor  de  terceros  –habiendo  previamente  determinado  que  es  la  más  gravosa-  en  300  meses, la misma asoma legal, puesto que se  ubicó  acertadamente en  el  segundo cuarto medio, el cual tenía la obligación de aplicar, en la medida  en  que  en  este  evento,  se repite, se dedujeron tres circunstancias de mayor  punibilidad y solo una de menor agravación.   

Ahora,  la critica que hace el recurrente  por  el  hecho  de que el juzgador aluda indistintamente a las circunstancias de  mayor  y  menor  punibilidad  como  atenuantes  y  agravantes,  no tiene sentido  alguno,  no  solo  porque  no está planteando un problema jurídico que merezca  acaparar  la  atención  de  la Corte, sino porque es el mismo legislador el que  de      manera      indiferente     utiliza    dicha    terminología    para    referirse    a    las  primeras.   

Efectivamente,     en    el    ya   citado   inciso  2º  del artículo 61 de la Ley  599  de  2000 se alude de manera indiscriminada a las  “atenuantes      y      agravantes”   y  a  las  “circunstancias  de  atenuación   y   agravación   punitiva”,   para  referirse  en  forma  expresa a las “circunstancias  de  menor  y  mayor  punibilidad” descritas en los  artículos    55    y    58    Ejusdem.   

De ahí que ninguna confusión genera que  se    llamen    de    una   u   otra   manera,   pues,   es   lo   cierto  que nada tienen que ver con las  circunstancias  modificadoras de la punibilidad, atenuantes o agravantes, que se  tienen   en   cuenta   en  un  momento  diferente,  previo  al  de  definir  en  cuál cuarto de movilidad  punitiva deben establecerse las sanciones.   

2.2. La imputación de las circunstancias  de mayor punibilidad.   

Cuando  el  recurrente  asevera  que  las  circunstancias  de  mayor punibilidad no fueron objeto de imputación y que, por  tanto,  su  defendida  no  las  conocía  ni hizo manifestaciones de aceptación  respecto de ellas, parte de una premisa falsa.   

Basta  revisar las actas y registros para  establecer  que,  efectivamente, al llevarse a cabo la audiencia de formulación  de   imputación   el   20  de  noviembre  de  2013  ante  el  Juzgado  Séptimo Penal Municipal con función de control de  garantías   de  Ibagué,  la  representante  de  la  Fiscalía  realizó  una  amplia  y  exhaustiva  reseña  fáctica,   como   preámbulo   para  notificarle  a  la  procesada  STELLA  RAMÍREZ   VARGAS,  de  manera  clara  y  contundente, que debía responder por el concurso heterogéneo  y  homogéneo  de delitos  constitutivos  de falsedad  material   en   documento   público,   prevaricato  por  acción  (6),  cohecho  propio  y  peculado  por  apropiación    en    favor    de   terceros   (3),  tipificados  en  los  artículos 287, 423, 405 y 397  del Código Penal, respectivamente.   

De  igual  manera,  desde  ese  momento  procesal    y    apoyada    en   el   mismo   recuento   de   los   hechos,   la  funcionaria  fiscal dejó  sentado     que    se    estructuraban         la        causal de menor agravación del numeral  1°    del    artículo    55    y    las    circunstancias   de  mayor  punibilidad  de  los ordinales 2, 9 y 10 del artículo  58,   de   la   citada  codificación.   

Frente  a la anterior imputación ningún  reparo         formuló        el        defensor        que        intervino  en  dicha  diligencia  (hoy  impugnante),  quien incluso al transcribir la parte pertinente de esa actuación  en  su  memorial de apelación, reconoce que en ese momento fueron deducidas las  tres     mencionadas    circunstancias    de    mayor    punibilidad3.   

La  incriminación  en esos términos fue  avalada    por    la    jueza    de    garantías,  quien  luego, al preguntarle a la implicada RAMÍREZ  VARGAS   acerca   de   su   comprensión  y  entendimiento  sobre  la  múltiple  imputación,  obtuvo  respuesta  afirmativa,  es decir, en el sentido de que sí  entendía      los      cargos      formulados4.   

Esa   circunstancia  es  maliciosamente  ignorada   por   el   defensor   en   su  libelo  de  sustentación,  ya  que  omite  transcribir allí la  parte   en   la   que   su   representada     dice     entender  la  imputación, limitándose a dar a  conocer   simplemente  que  no  se  allanó  a  los  cargos.   

Continuando  con  el  curso  de  aquella  diligencia,  se tiene que esa misma fecha  se instaló la audiencia de solicitud  de  imposición  de medida de aseguramiento, la cual  se   suspendió   para  continuarla  al  día  siguiente,  21  de  noviembre  de  2013.   

Así,  sin  desconocer  que  se  trata  de audiencias     concentradas     -las  de  legalización  de  captura,  imputación          y          petición    de    medida   de  aseguramiento-,  habida  cuenta que suelen  hacerse  de manera continua y sucesiva, es lo cierto que son tres diligencias de  naturaleza  y  con objetos  completamente diferentes.   

Lo   anterior   parece   escapar   al  entendimiento  del  defensor,  ya  que  para referirse a la sesión en  la  que se continuaba tramitando lo atinente a la solicitud de  medida   de   aseguramiento,  en  su  escrito  anota  equivocadamente  que  “La  segunda  sesión  de la  imputación   se  materializó  el  21  de  noviembre  de  2013  ante  el  mismo  juzgado”5.   

Y agrega: “En  dicha  audiencia  la  defensa  hizo  conocer  al  Despacho, a las partes y a los  intervinientes  el  deseo de la imputada de aceptar algunos de los cargos que le  habían   sido   enrostrados  en  desarrollo  de  la primera sesión  de  la  audiencia concentrada y ello  fue   validado  por  la  Fiscalía      y     por     el     representante     del     Ministerio  Público”.   

Frente  a  ello,  debe  precisársele  al  impugnante  que  la  sesión del 21 de noviembre de 2013 no fue, como falazmente  indica,    la    “segunda    sesión    de    la  imputación”,   sino   la   continuación  de  la  audiencia de imposición de medida de aseguramiento.   

Para  ese  momento, es menester aclararle  también,  la  audiencia  de  formulación  de imputación ya se había agotado,  cumpliendo  cabalmente  con  su objetivo de notificar a la indiciada cuáles son  las  conductas  punibles  por las cuales la investiga la Fiscalía General de la  Nación.  De  igual  manera,  se  constató  que  la  procesada  entendió  dicha formulación de cargos y  que   su   deseo,   por   lo  menos  para  ese  instante,  era  no  aceptar  los  mismos.   

En  este  orden  de  ideas,  que  en  la  continuación  de  la  diligencia  de  medida  aseguramiento  el  defensor  haya  exteriorizado              la voluntad  de  su  representada  de  allanarse  a  algunos  de  los  cargos  formulados  el día anterior, no revive,  como  erradamente parece entenderlo, la audiencia de formulación de imputación  ya culminada.   

Cosa  diferente  es  que  la  jueza  de  garantías,  con  la  aquiescencia de las partes e intervinientes, haya aceptado  verificar    esa    situación,    propiciando    de    manera    informal  un  allanamiento a cargos en un  escenario  que  legalmente  no  se estableció para ese efecto, pues, de acuerdo  con  lo  previsto en los artículos 293, 356 y 367 de  la  Ley  906  de  2004, la aceptación unilateral de  responsabilidad   únicamente   procede   en   las  audiencias  de  formulación     de     imputación,  preparatoria y juicio oral.   

Claro  está,  debe  advertir la Sala que  dicha  irregularidad  no amerita la invalidación de la actuación, toda vez que  no  fue  trascedente,  en  tanto,  no  quebrantó  la  estructura del juicio, ni  desconoció   derechos   y   garantías   de   las   partes   e  intervinientes;  adicionalmente,    a   la   imputada   se  le  reconoció  una  rebaja de pena  legal,  correspondiente  a  la  mitad,  la  cual  es  totalmente  procedente,  teniendo   en   cuenta   el   estadio  procesal  en  que  decidió  aceptar  los  cargos.   

Ahora bien, aclarado que la intención de  la     procesada     era    aceptar    libre,    consciente    y    voluntariamente,   además   con   el   debido   asesoramiento  de  su  apoderado  judicial,  su  responsabilidad  en  el  concurso  de  delitos   de   prevaricato  por  acción  y  peculado por apropiación en favor  de   terceros  que  le  fueron  endilgados  el  día  anterior  –tal como lo  admite  el  propio  defensor-,  la  jueza de garantías simplemente los enunció  en  forma  genérica, sin  aludir a los preceptos que los consagran.   

De   esa  situación,     precisamente,     es     de     la     que    se    vale  el  recurrente  para asegurar maliciosamente que   las   circunstancias  de  mayor  punibilidad  no  fueron  imputadas ni conocidas por su defendida.   

Pues  bien,  la  denuncia  que  hace  el  apelante  raya  con  la  temeridad  y la mala  fe,  puesto  que  si  desde  el  comienzo  anunció  que  su  defendida  estaba dispuesta a aceptar parcialmente los cargos formulados el día  anterior  en  la  audiencia  de formulación de imputación, debe entenderse que  con   relación   a  las  hipótesis  delictivas  de  prevaricato  y  peculado,  lo hacía de manera plena,  admitiendo   la   calificación  jurídica  deducida  por  el  ente  instructor,  incluyendo       las      tres      circunstancias     de     mayor     punibilidad     tenidas     en  cuenta.   

No  es,  como  erradamente  lo  afirma el  impugnante,  que  los  cargos  aceptados fueron los que informalmente esbozó la  jueza  de  garantías  al  momento  de  avalar  el  querer  de  la acusada en la  diligencia  de  solicitud de medida de aseguramiento, pues, como bien lo indican  los  no  recurrentes, esa es una función que constitucional y legalmente le fue  asignada  al  fiscal  del  caso,  quien  como  tal la había cumplido  adecuadamente el día anterior en el  curso  de  la  audiencia  de  imputación,  que  es  la  designada  expresamente  por  el  legislador para  ese efecto.   

Así  lo  establece  el artículo 286 del  Código de Procedimiento Penal de 2004, en estos términos:   

“Concepto.   La   formulación   de  imputación  es  el  acto  a través del cual la Fiscalía General de la Nación  comunica  a una persona su calidad de imputado, en audiencia que se lleva a cabo  ante el juez de control de garantías”.   

Entonces,  si  la procesada quiso aceptar  los      cargos     por     tres     peculados y  seis    prevaricatos    formulados    la       fecha       anterior,  se  entiende,  sin  mayores  cuestionamientos,  que  se  refería  a los que fáctica y jurídicamente lucubró la representante del ente  instructor  en  esa  diligencia,  incluyendo, desde luego, las circunstancias de  mayor  punibilidad,  sobre  todo  porque  en ese acto, se repite, la investigada  dijo  entender  la  incriminación,  lo  que  era  de  esperarse,  habida cuenta  de   su  condición  de  abogada     penalista    y    ex-jueza penal del circuito.   

De  ahí que habiendo quedado clara la imputación en lo  fáctico  y  lo  jurídico,  no era necesario que al día siguiente el    fiscal   repitiera   su   discurso   ni   que   la   juez  de  garantías  volviera  a  citar  los  preceptos que contienen la calificación  jurídica,  siendo  obvio  que  la  imputada  los  conocía  y  aunque inicialmente dijo no allanarse a los  cargos,  posteriormente  decidió  aceptar  su  responsabilidad  en  dos  de las  conductas  punibles  endilgadas,  lo  cual  hizo  de  manera libre, consciente y  voluntaria.   

Ahora, si lo que el defensor cuestiona es  que    no   haya   quedado   clarificado   por  parte  de  la  Fiscalía  el  sustento  fáctico  de  las  circunstancias  de  mayor punibilidad, diciendo en su memorial de apelación que  ello  se hizo de manera etérea, genérica e imprecisa, llama la atención de la  Corte  –como también lo  expresa  el  representante  del  Seguro  Social-  que  siendo  él  mismo  quien  participó  en  la  audiencia  de  formulación  de  imputación,  haya guardado  silencio  sobre el particular, sin solicitar que se aclarara el porqué de dicha  de incriminación.   

Peor  aún,  resulta    insólito  que  si  consideraba  que la calificación jurídica  estaba  viciada,  haya permitido que su defendida se allanase en esos términos,  pues,  como  él  mismo  lo  hizo  saber  al juzgado de garantías, su deseo era  aceptar  “algunos de los cargos que le habían sido  enrostrados   en   desarrollo   de   la   primera   sesión   de   la  audiencia  concentrada”,   es   decir,   la  de  imputación  verificada la fecha inmediatamente anterior.   

En esa medida, es claro que si la defensa  optó  por guardar silencio frente a la incriminación endilgada, no puede ahora  capitalizar  su  propia  negligencia  para  aducir que nunca se contextualizaron  fácticamente    las  circunstancias  de  mayor punibilidad, lo cual, valga decir, tampoco corresponde  a la realidad.   

En  síntesis,  para  la  Corporación es  claro,  contrario  a lo afirmado por el apelante, que  las     circunstancias    de    mayor  punibilidad  sí  fueron debidamente  deducidas  por  la  Fiscalía  en  la  audiencia  de  formulación  de  imputación,  tanto en lo fáctico  como en lo jurídico.   

Por ese motivo, no hay ninguna duda de que  la  procesada  RAMÍREZ  VARGAS, al aceptar su responsabilidad en los delitos de  peculado por apropiación  en    favor   de   terceros   y  prevaricato  por  acción, las conocía  plenamente,  siendo  consciente  de  que  la  deducción  de las mismas tendría  efectos   en   la   dosificación  punitiva,  como  efectivamente  ocurrió,  al  determinarse  la  fijación  de  la  pena  de  prisión en los cuartos medios de  movilidad punitiva.   

Con  sobradas  razones,     entonces,     tanto     la           jueza        de        control     de    garantías  como el Tribunal de conocimiento,  avalaron  la  legalidad  de  la imputación y el posterior allanamiento a dos de  los cargos por parte de la investigada RAMÍREZ VARGAS.   

2.3.  La  aplicación  de  las reglas del  concurso.   

Frente a la crítica que trae a colación  el    apelante   en   relación   a   la   aplicación   de   las   reglas   del  concurso    previstas    en   el   artículo   31   de   la   Ley   599  de  2000,  poco  tiene que decir la Corte, pues, como lo  anotó   el   fiscal   no  recurrente,  no  solo  no  se     fundamentó  la  postura, sino también porque se advierte que la  dosificación punitiva no presenta yerro alguno.   

En efecto, el censor se limita a decir que  no  está  de  acuerdo  con  el  “50% de las penas  mínimas  restantes” establecidas para cada una de  conductas  punibles  –en  total      8-,      sin      indicar      cuál,     en     concreto,   fue  el  yerro  o  la  actuación  irregular  en  que  incurrió  el  A quo.   

Aunque   la  falta  de  motivación  es  suficiente     para     desechar     el     planteamiento    del    impugnante,  no  sobra  ratificar  que  conforme  se verificó en anterior acápite (2.1), en ningún error incurrió el  Tribunal  en  el  proceso de dosificación de la pena  restrictiva de la libertad.   

Recuérdese que una vez determinó que la  sanción  para  la  conducta  punible de peculado por  apropiación   en  favor  de  terceros  –habiéndola  definido  previamente  como   la   más   gravosa-  era  de  300  meses  de  prisión,      a      continuación      anuncio  imputar  “el 50% de las  penas  mínimas” por los  restantes  ocho  ilícitos,  generando ello aumentos  correspondientes  a  48 y 32 meses para los otros dos peculados, y 24 meses para  cada uno de los seis prevaricatos.   

De   la  anterior  forma,  sobre  la  pena  de  300 meses realizó  un  incremento  de  224  meses,  para  un  resultado  parcial  de  524  meses,  al  que dedujo  el  50% como consecuencia del allanamiento a cargos, conduciendo  ello    a    determinar   finalmente   la  sanción  principal privativa de la  libertad en 262 meses de prisión.   

Basta     mirar     la     anterior  operación,    para  objetivamente       verificar      que  el  fallador  de  primer  grado  no  desatendió  las  reglas  punitivas   previstas   para   el   concurso   de  delitos  en  el  citado   artículo  31  del Estatuto Penal.   

Ello,  no solo porque el aumento aplicado  no   supera   la  suma  aritmética  de  las  penas  individualmente   consideradas,  sino  también  por  cuanto  dicha  proporción tampoco sobrepasa el tope  máximo  hasta  el  cual puede moverse discrecionalmente el juzgador,  el  cual correspondería a 600 meses, equivalente hasta el otro  tanto   de   la   pena  de  300  meses  ya dosificada.   

Así  las  cosas, como se ha constatado que las reglas del concurso  fueron   correctamente  aplicadas,  ello  descarta  la  ilegalidad  de  la  pena  aflictiva  de  la  libertad  que denunció la defensa  apelante,  de manera apresurada y sin ningún tipo de  respaldo          argumentativo.   

3.   La  no  concesión  del  mecanismo  sustitutivo  de  la  prisión domiciliaria.   

En  lo  que  concierne  a la negativa     de    la    prisión    domiciliaria,    el    defensor    insiste   en   que  el  conflicto de derechos  entre  los  fines de la sanción penal y el interés superior del niño, en este  caso   el   hijo   de   la  procesada  de  7  años  de  edad,  debe  inclinarse  indefectiblemente   a   favor  del  último,  pues,  considera  que  sus otros parientes no están en condiciones de hacerse cargo de  él,    debido    a    la   especial   patología que presenta.   

Es por ello que también reprocha que el  A   quo  no      hubiese     analizado    los   elementos   de   prueba   aportados   por   la  defensa –en   especial   la   certificación  psiquiátrica   y  el  informe  psicológico-,  encaminados  a  demostrar de manera contundente que el joven se encuentra en una  situación  particular  que  hace imperativo el acompañamiento permanente de la  madre,   que   en   este   caso   es   cabeza   de  familia.   

Así,  mientras los representantes de la  Fiscalía  y  las  víctimas  estiman  acertada  y  defienden  la  decisión del  juzgador   de  primera  instancia,  el  del  Ministerio  Público  pide  que  se  reconsidere  la  misma,  haciendo primar el interés  superior     del  niño  y  analizando la  condición  de  madre  cabeza  de  hogar    de   la   procesada,      dado      que,  el  fallo  de  primer  grado  edifica la decisión negativa de  conceder  la  prisión  domiciliaria  con  base  en  la gravedad y modalidad del  hecho, sin tener en cuenta ese aspecto.   

Pues  bien, lo primero que debe precisar  la      Sala     es     que     si     bien     el     Tribunal     señaló   que   no   concedía  el  subrogado  de  la prisión domiciliaria por expresa  prohibición  legal  y  por  la  gravedad de los comportamientos delictivos,  no  es cierto, como lo advera el Procurador delegado, que omitió analizar si la  sentenciada  ostentaba  o  no la condición de madre  cabeza de familia.   

Al respecto,  el   A  quo  consignó  una      extensa      disertación,  acompañada de múltiples citas jurisprudenciales, al final de  la   cual   determinó  no  solo  que  no    se    acreditó    debidamente   esa   calidad,   sino  también  que  en   la   ponderación   entre  los  derechos  del  hijo  menor  de  la  implicada y los de la justicia, en    este    evento    debía    inclinarse   por   la  última,  en tanto, la       desprotección      del  hijo   no   era  tan  absoluta   y   en   el   domicilio   no  se  cumpliría  con  los  fines  de  la  pena.   

Adicionalmente,  tuvo  en  cuenta varios  precedentes  de  esta  Corporación  en  los  que  analizada  la  gravedad de la  conducta  en  este  tipo  de  comportamientos (delitos contra la administración  pública  perpetrados  por  servidores públicos), se descarta la posibilidad de  sustituir  la  prisión  intramural por la  domiciliaria.   

La   Corte  confirmará  la  decisión  denegatoria del Tribunal.   

Para     empezar,     no   puede   desconocerse   que   la   primera  razón    que    expuso   el   fallador  es     completamente    válida,    habida          cuenta      que     aludió  a  la  expresa  prohibición  legal,  contenida  en  los  artículos  38B  y 68A del Código Penal, modificados por los artículos 23 y 32  de la Ley 1709 de 2014, respectivamente.   

La  primera de las disposiciones citadas  señala  que uno de los requisitos para conceder la prisión domiciliaria apunta  a  “que  no  se  trate  de  uno  de  los  delitos  incluidos     en     el     inciso     2°    del    artículo    68A  de la Ley 599 de 2000”,  precepto que a su turno excluye la concesión de subrogados  y   beneficios,   entre   ellos   “la   prisión  domiciliaria  como  sustitutiva  de  la prisión”,  para  quienes  “hayan sido condenados por delitos  contra  la  administración  pública”,  situación en la cual se encuentra incursa la acusada RAMÍREZ  VARGAS.   

Adicionalmente,  descartó la condición  de  madre  cabeza  de  familia  de  la procesada, lo cual no fue óbice para que  explicara   amplia   y  profundamente  las   razones   por  las  cuales  no  procedía  el  beneficio  sustitutivo, haciendo especial énfasis en la gravedad  de las conductas punibles investigadas.   

Es por lo anterior que se convalidará lo  decidido  por  el A quo,  pues,   debe  recordarse,  ese  aspecto  no  está  proscrito  del  análisis  obligado  en torno de la concesión de los subrogados  penales.   

En       lo      particular,  atinente  a  la gravedad  del   delito,   su  incidencia  en  el  diagnóstico  de personalidad del sujeto activo y  sus  efectos  respecto de institutos tales como la suspensión  condicional  de  la  ejecución de la pena y prisión domiciliaria, ha sostenido  la Corte:   

«Sin  embargo,  la  gravedad  de  la  conducta  indica que la ejecución de la pena es  necesaria.  En efecto, el desvalor de acto y su lesividad no sugieren una simple  inobservancia  de los valores que los servidores públicos están en el deber de  acatar  al  desempeñar la función pública. Al contrario, lo que se destaca es  la  ruptura con esos fines, dirigidos, en este caso, a realizar materialmente el  concepto   de  vivienda  digna  (artículo  51  de  la  Carta  Política),  como  expresión  de  una  política  que  se  inscribe  en  el  propósito  no  menos  importante  de  generar  condiciones  para  que  la igualdad sea real y efectiva  (artículo 13 ibidem).   

(…)  

Ahora,  lo  dicho no se constituye en un  análisis  de  la  conducta desde la perspectiva ética, como no puede ser, sino  que  muestra  su  desvalor  y  su  capacidad para interferir nocivamente el bien  jurídico,  entendido  como  un  proceso  de  interacción social y material que  preexiste  a  la  norma  y  que  esta valora, recoge y protege. En ese marco, es  indiscutible  que  con  la  apropiación  de  bienes  del  Estado se impidió la  materialización  de  la inversión social, que es tan importante que de acuerdo  con  el  artículo  350  de  la carta Política, tiene prioridad sobre cualquier  otra.   

La   gravedad   de   la   conducta  es  superlativa,  traduce  un  mayor grado de injusto y hace necesaria la ejecución  de  la  pena  como  respuesta  proporcional  a  la  agresión,  de  modo  que la  suspensión condicional de la pena es inviable.   

También porque los antecedentes sociales  del  sindicado  lo  impiden.  En  efecto,  se suele pensar que solo a la llamada  delincuencia  común  se  le  puede  censurar  sus  antecedentes  sociales  para  impedirles  la  concesión  de beneficios punitivos, mas no a quienes ocupan una  posición  distinguida  en sociedad. Esa visión, por supuesto, corresponde a un  claro  proceso  de “selección positiva” de los eventuales infractores de la  ley penal.   

Mas   los  antecedentes  sociales  del  alcalde,  que se traducen en su preparación académica, condiciones económicas  y  destacada  posición  política  no  permiten esta clase de privilegios, pues  reflejan  mejores  opciones  de elección a la hora de ejecutar la conducta, que  indican  que  si  de esas condiciones se abusó, el peligro para la comunidad es  latente6».   

Es    claro,   entonces,  que  la  gravedad  del  delito, de cara a determinar el posible  peligro  para  la  comunidad  y la personalidad del  agente,  no  solo puede, sino que debe abordarse al  momento  de  analizar  el  presupuesto  subjetivo  que  para la concesión de la  prisión  domiciliaria  consagra el numeral segundo del artículo 38 del Código  Penal.   

Lo   anterior  fue  ratificado  en  la  sentencia     de     casación     CSJ  SP;  22 jun. 2011, Rad. 35943, en el que la Corte realiza un  minucioso    estudio    refiriéndose   al   alcance   otorgado   a   los  artículos  314-5    y   461   del   Código   de  Procedimiento  Penal  de  2004  y abogando    por    la    necesidad   de  ponderar las funciones de la pena y los fines de la  prisión   preventiva   frente   a   toda   colisión  de  derechos,  valores  o  principios  que estén en juego, resaltando el caso  de  las  madres  cabezas  de  hogar  y  los  hijos  menores  que pueden resultar  afectados con la confinación intramural.   

Se   concluyó   en   esa  oportunidad  que  en  ningún  caso  será  posible desligar del análisis para la procedencia de la detención en el  lugar  de  residencia o de la prisión domiciliaria para el padre o madre cabeza  de  familia,  aquellas  condiciones  personales  del  procesado  que permitan la  ponderación  de  los  fines de la medida de aseguramiento o de la ejecución de  la  pena,  con las circunstancias del menor de edad que demuestren la relevancia  de  proteger  su  derecho,  a  pesar  del  mayor  énfasis  o peso abstracto del  interés superior que le asiste.   

La  argumentación  de  la  Corte en esa  ocasión, fue del siguiente tenor:   

«Por  su  parte,   es  imposible  escindir  de  la  pena  privativa  de  la  libertad  una  valoración   concerniente  a  sus  funciones,  y  en  ella  las  circunstancias  relativas  al  autor  del injusto (que en un sentido más amplio hacen parte del  juicio  de  reproche  individual  como  principio  rector de la categoría de la  culpabilidad)  son  necesarias a la hora de determinar judicialmente su efectiva  ejecución.   

Esto es así de acuerdo con el artículo  4  del  Código Penal, norma rectora que en tanto tal prevalece sobre las demás  disposiciones  y  rige  para  la  interpretación  de todo el sistema.  Esta  norma  estatuye, a modo de  fines  de  la  pena, los de prevención general, retribución justa, protección  al  condenado,  prevención  especial y reinserción a la sociedad, siendo estas  dos  últimas  “las  que  operan  en el momento de la ejecución de la pena de  prisión”.   

Por  ello,  la  Sala ha contemplado que,  para   la  concesión  de  la  prisión  domiciliaria,  los  fines  de  la  pena  constituyen  tanto  la  razón  como  el  horizonte  por  el  cual  es deber del  funcionario  estudiar  las  condiciones  relativas  al  “desempeño  personal,  laboral,  familiar o social del sentenciado”, de que trata el artículo 38 del  Código               Penal…   

(…)  

Ya  sea  para  imponer  de  la medida de  aseguramiento  o  para  disponer  la  ejecución  de la sanción privativa de la  libertad,  el  estudio  de las condiciones particulares del procesado (orientado  hacia  los  fines  de  la  detención  preventiva,  en  el primer caso, y en las  funciones  de  la pena, en el segundo) responde a valores, derechos y principios  constitucionales  que, por esa misma razón, no pueden ser obviados ni ignorados  por   los   funcionarios  a  la  hora  de  decretar  la  detención  o  prisión  domiciliaria, so pretexto de la calidad de cabeza de familia.   

De   lo   contrario,   podrían  verse  afectados, entre otros:   

(i)  La paz  como  valor supremo del Estado Social de Derecho (preámbulo de la Constitución  Política),  así como  derecho   y   deber   de   todo   miembro   de   la   sociedad   (artículo   22  ibídem).   

(ii)  Los  fines   esenciales   de   “garantizar   los  principios,  derechos  y  deberes  consagrados   en   la   Constitución”  (artículo  2)  y  de  “asegurar  la  convivencia pacífica y la vigencia de un orden justo” (ibídem).   

(iii)  La  prevalencia  del  interés  general  sobre  el particular, fundamento del Estado  Social de Derecho (artículo 1).   

(iv)   El  principio  de  la  responsabilidad  de  los  particulares  “por  infringir  la  Constitución y las leyes” (artículo 6).   

Y   (v)  el  derecho  de todos los asociados de acceder a la  administración  de justicia, o derecho de tutela judicial efectiva, del cual se  derivan  las  garantías  de  no  repetición  de  las  violaciones  de derechos  humanos,  imposición  de  sanciones  a  los responsables y aseguramiento de una  adecuada reparación a las víctimas (artículo 229).   

(…)  

Por  lo  tanto,  la  privación  de  la  libertad  en  el lugar de residencia del procesado en razón de su condición de  padre  o  madre  cabeza  de  familia  no puede en principio suscitar situaciones  intolerables  de  impunidad,  es  decir,  aquellas  en  las  cuales  el  derecho  reconocido  del  menor afecta de manera grave o desproporcionada la realización  efectiva  de  los  fines del proceso o del cumplimiento de las funciones propias  de  la  pena, todo ello dentro del ámbito de los objetivos que el derecho penal  imponga por mandato constitucional en el caso concreto.   

2.2.4.  En  este  orden  de  ideas, si el juez, por un lado, encuentra en determinado asunto  que  se reúnen los requisitos de naturaleza legal y constitucional para imponer  la  detención  preventiva  en  un  sitio de reclusión, o bien para decretar la  ejecución  material  de la pena en un establecimiento carcelario, pero al mismo  tiempo  advierte  que  en  aras del derecho del hijo menor o incapacitado sería  recomendable  no  quebrantar  la  unidad  familiar,  está ante una colisión de  principios  que  pese  al  interés  superior  de  este último deberá resolver  mediante el llamado juicio de ponderación.   

En efecto, cuando los fundamentos de dos  normas  o  disposiciones  llamadas  a resolver un mismo asunto son incompatibles  entre  sí  (pues  obedecen  a  valores o principios que riñen entre ellos), la  solución  para el juez en un Estado Social de Derecho consiste en establecer el  grado  de satisfacción de uno y el correlativo menoscabo del otro, y viceversa,  para  concluir  cuál  deberá aplicar, en virtud de su mayor relevancia, según  las circunstancias particulares conocidas”.   

En  síntesis,  para la Sala  no  está  prohibida  la  confrontación,  en cada caso, de las  circunstancias   constitutivas   del   interés   superior  del  menor  con  las  condiciones  personales  en  el  imputado o autor del injusto que justifiquen la  procedencia  de la detención preventiva o de la ejecución de la pena privativa  de  la  libertad,  “en  la  medida  en  que estas últimas manifiestan valores constitucionales opuestos  que,  por  el  solo  hecho  de contar con un peso abstracto menor, no pueden ser  excluidos  de la sindéresis judicial”.   

En  éste orden de ideas, en el presente  asunto  no  puede  soslayarse  la  gravedad  de las conductas punibles que se le  imputaron    a    la    procesada,    tres    constitutivas    de   peculado   por   apropiación  a  favor  de  terceros   y   seis   de   prevaricato  por  acción,  a  raíz  de  las cuales se le impuso una  pena de 262 meses de prisión, equivalentes a 21 años y 10 meses.   

El  cumplimiento de dicha sanción en un  establecimiento    penitenciario    responde,   a   no   dudarlo,   a     valores,    derechos    y    principios    constitucionales  que   en   la  presente  oportunidad  no   pueden   ser   obviados   ni   ignorados   por  la   judicatura,   so  pretexto  de  las  especiales  condiciones  del  hijo menor de la  incriminada.   

Por   estas   razones,   reitera   la  Corporación,  confirmará la decisión del Tribunal  A  quo,  a través de la cual rehusó conceder a la  acusada el beneficio sustitutivo de la prisión domiciliaria.   

4.          Conclusión.   

Como  ninguna  de  las  críticas        que        formula        la        defensa  apelante      en      torno     al     proceso     de     dosificación          punitiva y a la negativa de conceder la  prisión  domiciliaria  tiene  eco,  la  Corte confirmará íntegramente la  sentencia objeto de impugnación.   

DECISIÓN  

En  mérito de lo expuesto, la Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Penal,  administrando justicia en nombre de la República y por autoridad  de la ley,   

RESUELVE  

CONFIRMAR  en  su  integridad  la  sentencia  del  5 de marzo de 2014, por medio de la cual la Sala  Penal  del  Tribunal Superior de Ibagué condenó a la procesada STELLA RAMÍREZ  VARGAS,  como  coautora  responsable  del  concurso  de delitos constitutivos de  peculado  por  apropiación  a  favor  de  terceros  y    prevaricato   por  acción.   

Contra  este  fallo  no  procede  recurso  alguno.   

Cópiese,  notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ MUÑOZ  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria    

1 La  cual  había  sido  ordenada  dos  días  antes,  por  el Juzgado Tercero de esa  especialidad con sede en Neiva (Huila).   

2  Ningún  reparo  hace,  conviene  precisar,  frente  a  la determinación de las  demás sanciones.   

3  Páginas  7  a  9  de  su  escrito,  folios  145 a 147 de la carpeta.   

4  Record  2:26:40  del  CD  correspondiente  a  la  audiencia  de  formulación de  imputación.   

5  Página 10 del escrito de argumentación, folios 144 de la carpeta.   

6  Entre  otras, CSJ AP, 9 feb. 2006, Rad. 21620; CSJ AP, 30 mayo 2007, Rad. 26794;  CSJ   AP,   29   sept.   2010,  Rad.  34.939,  y  CSJ  AP,  28  nov.  2012,  Rad  40107.     

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