AP7598-2014(42596)

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

EYDER PATIÑO CABRERA  

Magistrado ponente  

AP7598-2014  

Radicación N° 42.596  

(Aprobado Acta N°  428)   

Bogotá  D.C., diez (10) de diciembre de dos  mil catorce (2014).   

MOTIVO DE LA DECISIÓN  

Decide  la Corte si es procedente admitir la  demanda    de   casación   presentada   por   el   defensor   de   Frans   Harbins  Rueda  Castro  contra  la  sentencia  dictada  el  21  de  agosto  de  2013  por la Sala Penal del Tribunal  Superior   de   Bucaramanga   que   confirmó,   con  modificaciones1, la proferida  el  29  de mayo de 2012, por el Juzgado Primero Penal del Circuito con funciones  de  conocimiento  de  esa  ciudad,  que  lo  condenó por el delito de homicidio  agravado.   

HECHOS    Y    ACTUACIÓN    PROCESAL  RELEVANTE   

1. El 15 de diciembre de 2010, en horas de la  noche,  mientras  el  abogado  Orlando  Medina  Gómez  estaba en su residencia,  ubicada  en  el  barrio Bajos de Pan de Azúcar de Bucaramanga, fue apuñalado a  la  altura  del pecho, el cuello y la cara, en repetidas oportunidades así como  asfixiado con una almohada.   

Al día siguiente, en horas de la mañana, su  hija lo encontró desnudo en su cama y sin vida.   

Según  lo  informó el celador de la cuadra  donde  está  situado  dicho  inmueble,  solo  una  persona,  de  aspecto joven,  ingresó  a  la  vivienda del occiso a eso de las 8:45 a 9:00 p.m. y salió a la  media  noche  del 15 de diciembre, siendo recogida por un taxi, llamado desde el  celular del ofendido.   

El  agresor fue reconocido fotográficamente  por  el  conductor  de  dicho  vehículo  y  responde  al nombre de Frans  Harbins  Rueda  Castro,  a quien la  víctima presentaba como su sobrino.   

2.  Previa verificación de algunas órdenes  de  búsqueda  selectiva  en  base  de datos, el 3 y 4 de marzo de 2011, ante el  Juzgado   Segundo  Penal  Municipal  con  funciones  de  control  de  garantías  Ambulante   de   Bucaramanga,   se   legalizó   la   captura   de  Frans  Harbins Rueda Castro, oportunidad en  la  que  el  Fiscal  Tercero  Seccional  de  esa  ciudad le imputó el delito de  homicidio             agravado,  previsto  en  los  artículos  103, 104.7 del Código Penal, en calidad de autor, cargo que no  fue  admitido  por  él.  Así  mismo,  se  le impuso medida de aseguramiento de  detención  preventiva en establecimiento carcelario2.   

3. El 2 de abril de ese año, se presentó el  escrito     de     acusación     correspondiente3,  y su formulación se surtió  el  5  de mayo posterior, a instancia del Juzgado Primero Penal del Circuito con  funciones   de   conocimiento   del  mentado  lugar4.   

4. La audiencia preparatoria se surtió el 25  del  anotado mes5  y  el  juicio  oral  se  desarrolló  en  varias  sesiones  (10 de  junio6,  87,        25        de        julio8,  20 de septiembre9, 7 de octubre  de    201110,        26        de        enero11,   8  de  marzo12,  713             y             814 de mayo de 2012), al cabo de  las  cuales,  la  juez  de  conocimiento  anunció  que el sentido del fallo era  condenatorio.   

5. Mediante sentencia del 29 de mayo ulterior  la   juzgadora   condenó   a   Frans  Harbins  Rueda  Castro,    en  calidad  de  autor  del injusto de homicidio agravado, a la pena  principal  de  cuatrocientos  veinte (420) meses de prisión y a la accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  lapso  de  veinte (20) años. Además, le negó la suspensión condicional de la  ejecución  de  la  pena  y la prisión domiciliaria15.   

6.  Recurrido  el  fallo  por  la  defensa  técnica,  fue confirmado por la Sala Penal del Tribunal Superior de Bucaramanga  el  21  de  agosto  de  2013,  con  la  modificación  consistente en excluir la  circunstancia  de  agravación  específica descrita en el artículo 104.7 de la  Ley  599 de 2000 e imponerle la sanción de doscientos veintitrés (223) meses y  cuatro   (4)   días  de  prisión,  término  al  que  también  redujo  la  de  inhabilitación  en  el  ejercicio de derechos y funciones públicas16.   

7.   El   defensor   interpuso17     y  sustentó18 oportunamente el recurso extraordinario de casación.   

LA DEMANDA  

Tras   identificar   a   las   partes   e  intervinientes  y la sentencia impugnada y sintetizar la cuestión fáctica y la  actuación   procesal,  el  recurrente  dedica  un  acápite  del  libelo  a  la  procedencia,  oportunidad  y  legitimación para incoar el recurso de casación,  luego  de lo cual, anuncia la postulación de dos cargos, al amparo de la causal  tercera del artículo 181 de la Ley 906 de 2004.   

Igualmente, precisa que los yerros recayeron  en  los hechos indicadores de la prueba indiciaria y reclama la absolución para  su defendido.   

Primer cargo.  

Acusa  la  infracción  indirecta  de la ley  sustancial  por  error  de  hecho en el sentido de falso juicio de identidad por  tergiversación  respecto del testimonio de Eliel López Barajas, en lo relativo  al presunto arribo de su prohijado a la residencia de la víctima.   

Para   demostrarlo,   recuerda   que   el  ad   quem  construyó,  en  contra  de  Rueda  Castro, el  indicio  de  oportunidad, sobre la base de la declaración del mentado testigo y  la de Luis Miguel Suárez Fonseca.   

Así  es que, el Tribunal estableció que su  representado  es  el  que  ingresó  a la vivienda de Orlando Medina Gómez y le  causó  la  muerte  porque  i)  López  Barajas  observó,  desde  su  garita de  vigilancia,  cuando  aquél llegó al domicilio del occiso el 15 de diciembre de  2010,  ii) el mismo sujeto fue quien abandonó ese lugar a la madrugada del día  siguiente  y  se  marchó  en un taxi conducido por Suárez Fonseca y iii) nadie  más ingresó a la residencia en el interregno correspondiente.   

Previa cita de algunos fragmentos del relato  de  López  Barajas,  el  defensor  resalta  que  de  ellos  se extrae que éste  conocía  a  los supuestos sobrinos del obitado, sobre todo porque identificó a  uno de ellos en el juicio.   

No  obstante,  dice,  aunque  la  Fiscalía  «pretendía   entrelazar   lo   relativo   a  aquel  “sobrino”  que  ELIEL  LÓPEZ BARAJAS dijo “pudo” ser el que ingresó al  lugar  de  habitación de ORLANDO MEDINA GÓMEZ, con quien se encontraba sentado  como      acusado»19,   dicho   deponente  nunca  afirmó  haber  visto  entrar  a  su  asistido al mentado sitio ya que solamente  «observó  a  un “joven” cuya contextura le hizo  pensar  que  “podía” tratarse de uno de los sobrinos del occiso»20.   

Enseguida,  transcribe  algunos  apartes del  fallo  de  segundo  grado que, según el recurrente, hablan de la posibilidad de  que  López  Barajas  haya  observado  a la persona que accedió al domicilio de  Medina  Gómez  y de la supuesta asociación que hizo entre las características  morfológicas    del   agresor   y   las   de   Rueda  Castro,    tras      lo      cual     concluye  que  el  yerro  devino,  justamente,  de considerar que el  deponente   hizo   tal  deducción,  siendo  que  no  lo  reconoció  dadas  las  condiciones  climáticas  y  espaciales  y la mención acerca de que pudo ser el  sobrino,  surgió  por  la  forma  en que el agresor entró al inmueble, la cual  demostraba un alto nivel de confianza.   

Agrega  que  si  la  colegiatura  no hubiera  tergiversado  la  declaración  de  Eliel  López  Barajas  no habría creado el  indicio de oportunidad ni emitido sentencia condenatoria.   

Segundo cargo.  

El  censor  se  vale  de  la  ruta  de  la  infracción  indirecta  de  la ley sustancial por error de hecho en la modalidad  de  falso raciocinio, debido a la vulneración de las reglas de la lógica en la  valoración  de  los testimonios de Luis Miguel Suárez Fonseca, Yurleidy María  Pérez  Meneses, Juan Gabriel Muñoz Monsalve y Javier Hernández, que sirvieron  de   hechos   indicadores   de  la  prueba  indiciaria  de  oportunidad  y  mala  justificación.   

A  efecto  de acreditarlo, el defensor parte  por  citar  un  segmento  considerable  del fallo de segundo nivel relativo a la  declaración  de  Suárez  Fonseca  y  el  reconocimiento  fotográfico  que él  hiciera  del  procesado, para después acusar al Tribunal de no haber mencionado  la  regla  de  la  sana  crítica  a  la que acudió para analizarlo y optar por  asumir  que  el  postulado  lógico  utilizado  por esa colegiatura fue el de la  causalidad,  según  el  cual «todo segundo evento es  consecuencia        de       uno       primero21»22, en tanto el  ad   quem  argumentó  que  «no se observa relación con las partes en contienda  ni  que  reporte  beneficio en señalar al acusado como autor del crimen; por lo  tanto,  su  testimonio  se  torna  verás  (sic),  coherente y armónico con las  demás  pruebas  obrantes  en  el proceso»23, siendo que  la  aludida  versión  debió  ser  escudriñada  a  la  luz del principio de la  posibilidad-realidad,  conforme  al  cual «entre más  circunstancias  que  converjan entre sí para materializar una posibilidad, más  nos  acercamos  a  la  premisa  que se plantea como conclusión y que es asumida  como   “realidad”»24.   

Considera  el  letrado que la colegiatura no  debió  aplicar el axioma de la causalidad, obviando importantes contradicciones  en el relato.   

Insistiendo   en   los  argumentos  de  la  apelación,  el jurista cree que el juez plural debió examinar de forma diversa  los siguientes aspectos:   

i) Las circunstancias genéricas y de tiempo,  modo  y  lugar  al  recoger al sujeto que salió de la vivienda del occiso, pues  Suárez  Fonseca,  en  un primer momento, dijo que la actitud de su pasajero fue  normal  y,  luego,  señaló que era nerviosa, lo cual permite establecer que es  baja  la  probabilidad de que el deponente hubiera logrado fijar en su memoria a  una persona que al principio le pareció poco sospechosa.   

ii)  La  ubicación  del  pasajero  en  el  vehículo  detrás  de  la  silla del conductor, posición desde la cual es poco  viable  que hubiera podido ver algún movimiento de manos o de cuello del sujeto  que  momentos antes salió del domicilio de la víctima, en la forma narrada por  aquél.   

iii)  La  imposibilidad  de  catalogar  como  nerviosa  la  actitud  del  hombre  que recogió por la manera en que movía las  manos  y el giro de su cabeza hacia atrás y la inconsistencia de la afirmación  según  la  cual el procesado portaba un bolso negro que Eliel López Barajas no  le  vio cuando salió de la residencia del ofendido, pese a que éste describió  su vestimenta.   

Para  el  demandante  es  improbable  que el  taxista   fijara   en   su   memoria   al   acusado  por  cuanto  «la  lógica  indica  que si no existe un episodio en particular que  genere  el  más mínimo impacto en una persona, no es dable recordarle siquiera  con  meridiana  claridad.»25   

iv)  El contacto visual del conductor con su  pasajero  fue  precario  y  casual, y el reconocimiento fotográfico se realizó  sobre  una  imagen  que no era de reciente elaboración y un mes después de los  hechos.   

El  jurista  no comprende cómo un contacto,  como  el  descrito,  pudo generar tal impresión en el testigo que le permitiera  identificar  a  una  persona  en  un  retrato antiguo, máxime cuando si bien el  taxista  explica  que  goza  de  una  privilegiada memoria, no pudo recordar las  prendas  de  vestir  que  lucía  el  hombre  al  que  le prestó su servicio ni  cuántas carreras recogió en el barrio Pan de Azúcar.   

Según  el  casacionista,  todo lo anterior,  conforme  al  principio  de  posibilidad-realidad, desvirtúa la credibilidad de  Luis   Miguel   Suárez   Fonseca.   A   manera   de  conclusión,  destaca  que  «si el taxista que condujo el vehículo en el que se  transportó  quien  salió  del  domicilio  de ORLANDO MEDINA GÓMEZ no observó  algún  comportamiento  irregular,  el  pasajero se ubicó justo detrás de este  impidiéndole   la   visibilidad,  practicó  un  sinnúmero  de  trayectos  con  distintos  pasajeros,  y  el  pasajero  que  dice haber reconocido no presentaba  características  especiales,  era IMPROBABLE que lo reconociera con la claridad  necesaria   para   fijar   la  “realidad”  a  la  que  arguye  el  principio  esbozado»26, como para considerar que el  enjuiciado es el que subió a su automotor.   

Enseguida,  se  duele  del  mérito negativo  asignado  por  la  magistratura  a  los testimonios de descargo a través de los  cuales  la  defensa intentó acreditar una coartada y, para el efecto, se apoya,  de  nuevo,  en  el postulado de posibilidad-realidad- a fin de probar que existe  convergencia  entre  las  versiones  de  Yurleidy  María  Pérez  Meneses, Juan  Gabriel  Muñoz  Monsalve  y Javier Hernández y, por ende, es más probable que  el sentenciado estuviera en un lugar distinto al del homicidio.   

Resalta  cómo  para  la Sala Penal primaron  algunas  inconcordancias  de  los deponentes sobre aspectos accidentales y tacha  de  sesgadas  e  inconexas  las  afirmaciones  que  llevaron  a dicho juzgador a  disminuirle valor suasorio a esas pruebas.   

Frente  a la declaración de Muñoz Monsalve  dice   que   este  se  confirma  con  el  de  Yayo  Gómez  Medina  –hermano  de  la  víctima-  y el de la  joven  Pérez  Meneses,  ya  que  el primero ratificó que el acusado fue con su  hijo  a  la  casa  de  la  madre  de  aquél a eso de las 4:30 p.m. –donde también estuvo el occiso viendo  el  noticiero de las 7:00 p.m. hasta antes de las 8:00 p.m.- y la segunda narró  que   el   procesado  llegó  a  su  domicilio  antes  de  que  terminara  dicho  programa.   

Dice  el  demandante  que  es  ridículo  el  esfuerzo  que  hizo la fiscalía por demeritar la credibilidad de esta deponente  porque  el  lapso  sobre el que no hay precisión solo es de media o una hora y,  de   acuerdo   con  el  sentido  común,  que  se  vale  de  determinados  hitos  –en   este   caso,   la  finalización  del noticiero- para establecer la línea de tiempo, considera que  el  dicho  de  la  deponente  coincide  con la hora de salida señalada por Yayo  Medina.   

Añade que el acusado se fue de la residencia  de  Yurleidy  cuando se estaba acabando la segunda novela, o sea, entre las 8:30  a  9:00  p.m.,  mismo  momento  en  que  estaba  llegando  el  agresor  donde la  víctima.   

Esta versión se ajusta a la del cuñado del  encartado  –Juan  Gabriel  Muñoz-,  quien  narró  que  Rueda Castro   llegó   a   su  casa  –ubicada  también  en  Floridablanca-  a  entregar  a  su menor hijo  pasadas  las  9:15 p.m., sitio considerablemente distante de Pan de Azúcar, que  indica  que  el acusado jamás pudo estar en el lugar de los hechos a la hora en  que arribó el primer taxi a la vivienda del obitado.   

Como   los   testigos   son  coherentes  y  coincidentes,  el  censor  cree  que  no se trató de una falaz coartada como lo  discernió  el  Tribunal, por lo que por lo menos habría de reconocerse la duda  razonable.   

En  consecuencia,  previa  petición  en  el  sentido  de  analizar este cargo en consonancia con el anterior y casar el fallo  impugnado  para  absolver a su prohijado, sostiene que no está probado el hecho  indicador  de  la  prueba  indiciaria, por lo que se impone aplicar el principio  in        dubio       pro       reo.   

         CONSIDERACIONES   

1. Al tenor de lo dispuesto en el artículo  180  del  Estatuto Adjetivo actual, el recurso extraordinario de casación tiene  como  finalidad «la efectividad del derecho material,  el  respeto  de  las  garantías  de  los  intervinientes, la reparación de los  agravios  inferidos  a estos, y la unificación de la jurisprudencia».   

Con  tal  propósito,  el  inciso  2º del  artículo  184 ejusdem fijó  las  reglas  mínimas  de admisión de la correspondiente demanda, estableciendo  que  no  se  seleccionará  aquella  que  i) carezca de interés para acceder al  recurso,  ii)  no invoque la causal conforme a la cual se edifica el reproche de  las  contempladas en el artículo 181 ibídem, iii) omita desarrollar los cargos  correspondientes  o,  iv) fundadamente se logre establecer que no se requiere de  la  sentencia  para  cumplir  las  finalidades previstas en el aludido artículo  180;  lo  anterior,  salvo  que  el cumplimiento de alguno de esos fines permita  superar   los   defectos   técnicos   que   exhiba   el  libelo  y  decidir  de  fondo.   

También tiene decantado la jurisprudencia  que,  la demanda debe ser íntegra en su formulación,  suficiente,  clara y precisa en su desarrollo y eficaz en la pretensión, de tal  suerte   que   se   debe  soportar  en  los  principios  que  rigen  el  recurso  extraordinario,  en  especial,  los  de  claridad,  precisión,  fundamentación  debida,   prioridad,   no  contradicción  y  autonomía,  sin  que  sea  viable  argumentar a la manera de un alegato de instancia.    

La proposición de los cargos exige escoger  adecuadamente  la  causal  y el sentido de la violación y, concretar el disenso  en términos de trascendencia.   

2.  El  libelo  que  nos  ocupa, además de  omitir   la   ineludible   labor   de   señalar   razonadamente  cuál  es  la  finalidad  concreta  de  la  impugnación,  de aquellas descritas en el referido  artículo  180, no satisface  los  requisitos  mínimos  que  exige el referido canon 184 para su admisión y,  por   lo   tanto,   no   puede   ser   seleccionado.   Las   razones   son   las  siguientes:   

2.1.    No  obstante     que     el     censor    acudió   adecuadamente   a  la  causal  tercera, que corresponde a  la  violación  indirecta de  la  ley  sustancial,  para denunciar presuntos errores  de   hecho  por  falso  juicio  de  identidad  y  raciocinio,  en  su  propuesta  no   solo   vulneró  el  principio  de  corrección  material  sino  que tampoco atendió el postulado de  trascendencia      que     rige     este     extraordinario     mecanismo     de  impugnación.   

2.1.1. En efecto, en cuanto al primer   cargo  se  refiere,  si  bien  el  libelista  le  atribuye  al Tribunal una suerte de  tergiversación   del   testimonio  de  Eliel  López  Barajas   -tenido  como  hecho  indicador  del  indicio  de  oportunidad  para  delinquir-,  sobre    dos    aspectos    puntuales:  el  arribo a la residencia de la víctima,  de  quien  el  celador consideró era  un     sobrino    del  occiso,  y  la      asociación     por  el  testigo  de las características  morfológicas  de  la  persona  que llegó   al   inmueble   del  occiso  con  las  del procesado, lo cierto es  que,    verificados    los    fallos   no    se    percibe   la   deformación  de  dicha prueba por parte  de     las     instancias,     con    el    alcance  consignado por el censor o,  por  lo  menos, la detectada  es irrelevante.   

2.1.1.1.        Ciertamente,  de  un  lado,  asevera  el  letrado    que   la   mencionada   prueba   se   desfiguró   porque,              según     el    Tribunal,   el   deponente  sostuvo  que  quien  ingresó  a  la  hora  de  los  fatídicos hechos a la  residencia  del  occiso  fue  un   sobrino   de   él,   siendo  que  lo  contado  por aquél es que no logró  reconocer al agresor.   

Al  respecto,  en  principio,  le  asiste  razón    al    defensor    pues    Eliel   López  Barajas  no  dijo  que vio entrar a uno de sus sobrinos a ese lugar, como, en  verdad,   en   un   aparte   del   fallo   de  segundo  grado,  lo  arguyó   la  colegiatura.   

No obstante, no solo en otros segmentos de  la  decisión, respetando  la  literalidad  de  la  declaración, el juez plural  aludió    a   que   el   deponente   pensó,   por  la  forma  en  que  el  victimario  ingresó  a la vivienda, que quien    arribó    al   lugar   pudo  ser  alguno de los que el  occiso  presentaba  como  sobrinos27        sino  que  también  fue  expreso  en  señalar que el  declarante  no logró reconocer al  victimario.  Así consta  en esa providencia:   

No existe contradicción en que el testigo  haya  afirmado que la persona que recogió en el inmueble de la víctima llevaba  un  bolso  pequeño  consigo  y el declarante Eliel López Barajas no advirtiera  ese  objeto,  ya  que  el  segundo  fue enfático en  sostener  que  no  pudo  reconocer  a  la persona que entró a la casa de Medina  Gómez  pues  el  sector estaba oscuro y desde la garita había una distancia de  45   metros.   (…)28   

De  similar  forma,  en  la  sentencia de  primera  instancia, que conforma una unidad inescindible con la de segundo nivel  en  tanto  conservan  el  mismo  sentido de decisión  –providencia  no                    considerada,        en        lo  absoluto,   por   el  defensor-, se razonó de  la siguiente manera:   

(…)  si  bien  es  cierto  ELIEL  LOPEZ  BARAJAS  no  lo  señaló directamente [se refiere al  procesado], si dijo que observó a una persona joven  que  llegó  entre  ocho  y cuarenta y cinco y nueve de la noche en un taxi a la  vivienda  del  occiso,  describiéndolo  como  de  1.70 a 1.75 mts. de estatura,  blanco  y  de  contextura  normal,  características similares a las del acusado  (…)29.   

2.1.1.2. Ahora,  en  cuanto  al  segundo tópico sobre el cual habría  recaído  el  yerro denunciado, es decir, el relativo  a    la   inexistente   asociación   del   celador  entre  los rasgos morfológicos del victimario y los  de  uno  de  los  sobrinos  de  la víctima porque la  referencia   a   alguno  de  ellos  no  provino  de tales particularidades sino  de             la            agilidad   con   la  que  el  ofensor  ingresó  a  la  vivienda,  es  lo  cierto  que,  el  Tribunal   sí  afirmó  erradamente   que   el  testigo supuso que podía  tratarse  de  uno  de los sobrinos del abogado por las características físicas  del  sujeto  que  vio entrar al domicilio de aquél30,    siendo    que    eso  no         fue         lo        afirmado        por el celador.   

En   realidad,  constituye  un  acierto  de  la  demanda  aseverar  que    el    ad   quem  distorsionó  el  dicho de López Barajas  pues  este jamás sostuvo  que el que  entró  al  inmueble  de  Medina  Gómez tenía las  características  físicas del procesado,  como lo aseveró en varios segmentos la Sala de Decisión Penal,  pues   el   testigo   simplemente   contó  cuáles  eran  las  particularidades  morfológicas que alcanzó a detectar del victimario.   

Distinto  es  que,  esos  rasgos (aspecto  joven,  estatura entre 1.70 y 1.75, contextura normal, vestido con jean oscuro y  buzo  negro  con  mangas  blancas)  pudieran  coincidir  con  los del acusado, pero esta es una deducción  que  no  hizo  el  deponente  sino  que,  de  hecho, como quedó consignado en  el  fragmento  del  fallo  de  primer  nivel,  recién  transcrito, surgió   en   la   psiquis  de  la  a  quo,  al  comparar  la  fisonomía  del  agresor  con  los del inculpado, inferencia que el ad        quem       –y  la  juez de primer nivel en otro  aparte31-  asumió como dicha por el deponente,  siendo  que  solamente  podría  haber  sido consecuencia de un ejercicio mental  similar   al  señalado,  motivo  por el   que,  solo  en principio, tendría razón en su reproche el  libelista.   

Con   todo,  no  es  viable  darle  curso a la censura, ya que no  satisface  el principio de trascendencia en la medida  que  el  juez  colegiado  igualmente  sostuvo, en el  mismo  contexto,  que el  testigo  también  creyó  tal  cosa,  es decir, que  podría    ser    uno    de   los   sobrinos   de   la   víctima   –excluyendo  de  paso  al  otro  de  ellos,   dada   su   corta   estatura-   debido   a  «la    facilidad    con   que   ingresó   a   la  morada»32,   lo  cual  efectivamente  fue  reiterado  por  el  deponente  y responde a la crítica del defensor,  pues,  en  últimas, lo que  Eliel  quiso  expresar,  como  lo  resalta  el  demandante,  es  que  su percepción, para el momento del  arribo  del  victimario  al  lugar  de los hechos, es  que  éste  debía       ser      uno  de  los  sobrinos  del occiso dado  que  ingresó  sin problemas a la vivienda, cuestión  así entendida por las instancias.   

Los  siguientes apartes del fallo así lo  reflejan:   

Ahora bien, otra situación que envolvió  el  hecho  de  sangre y refuerza la contundencia del indicio de oportunidad para  delinquir,  fue  la  manera en que ingresó el asesino a la residencia de Medina  Gómez.  El  guarda Eliel López Barajas afirmó que en principio no le pareció  raro  el arribo del sobrino del doctor Orlando a eso de las 8:45 a 9:00 p.m. del  15  de diciembre de 2010, puesto que entró a la vivienda como cualquier persona  que  la  frecuentaba,  con  suma  facilidad.  Este aserto da a entender, en sana  lógica,  que  poseía  las  llaves  de  la  residencia o que era conocido de la  víctima.33   

En  ese  sentido,  la  imprecisión de la  magistratura  resulta  irrelevante,  sobre  todo,  como  quiera  que  no  es  a  partir  del testimonio de  Eliel  López Barajas que  en  los  fallos se estableció con nitidez la identidad del agresor, pues aquél  solo   pudo   dar   cuenta   de  algunos    rasgos    morfológicos   de   quien   ingresó   y  salió  del  lugar  y  junto con su  hermano     Campo  Elías  –también      celador      de      la     cuadra,     en   las   horas   del  día-  de  la  ausencia  de cualesquiera  otra  persona  accediendo,  en    algún    momento,    al    domicilio    del  obitado,  sino  a través del testimonio del taxista  Luis     Miguel    Suárez    Fonseca,  que  recogió en la madrugada del 16  de  diciembre  al acusado  en el sitio de los hechos.   

Si  esto  es  así,  es  claro   que   independientemente   del   yerro   detectado   por   el  casacionista,   su   postulación   no   supera   el   juicio  de  trascendencia  indispensable   para   dar   curso   a  la  admisión  del  reproche,  máxime  si  se  considera  que  el  recurrente  dejó  además  incólume     el     indicio    de    manifestaciones    posteriores, edificado a partir del testimonio de  la    secretaria    del   obitado   –Martha   Isabel   Puentes-,   quien   refirió  que,  tras  la  muerte  de  su  jefe,  el  procesado   le  habló  del  cubrecama  sobre  el  que  yacía  el  cuerpo  de  la  víctima,  siendo  que  él   no  habría     tenido    cómo    saber  cuál  era  el que estaba  tendido  el día de su muerte, sino fuera porque estuvo presente en el  momento  del  crimen34  y  de  la  versión de Martín Edison  Giraldo    Mendivelso,    el   cual   narró  que  el  procesado le dijo que  tenía  algo grave que contarle consistente en que él había estado la noche de  los  hechos  con su tío y tenía que buscar pruebas porque le preocupaba que lo  vincularan con el homicidio.   

En ese orden, por insustancial, no procede  la admisión del reproche examinado.   

2.1.2.  Frente  al      segundo  cargo,    se   impone  puntualizar  que cuando se predica un error de hecho en  el  sentido  de  falso raciocinio, se debe demostrar que el ejercicio valorativo  del  funcionario  judicial es trasgresor de los postulados de la lógica, de las  leyes  de  la  ciencia  o  de  las  reglas  de  la experiencia, es decir, de los  principios    de    la    sana    crítica    como   método   de   apreciación  probatoria.   

Con tal fin, el libelista debe señalar con  exactitud  el  medio  de prueba sobre el que recae el yerro, identificar aquello  que  expresamente  dice  y  se  deduce de él, el mérito persuasivo otorgado al  mismo  por el juzgador, indicar y desarrollar con exactitud la regla lógica, la  ley  de  la  ciencia  o  la  máxima  de  la experiencia aplicada erradamente al  realizar  el  proceso  valorativo  de  los  medios  de  prueba, así como la que  apropiadamente  le  debió  servir  de apoyo, la norma de derecho sustancial que  indirectamente  resultó  excluida  o  indebidamente  aplicada o interpretada y,  finalmente,  demostrar  que de no haberse incurrido en el defecto, el sentido de  la decisión adversa habría sido sustancialmente opuesto.   

Ahora,  tratándose de la crítica respecto  de  la  apreciación  del  indicio,  la  Sala  tiene decantado que este elemento  cognoscitivo,  como  los  demás  medios de persuasión, puede ser controvertido  demostrando  la  existencia de i) errores de hecho (falsos juicios de existencia  o  identidad) o de derecho (falso juicio de legalidad) respecto de la prueba del  hecho  indicador,  ii)  errores de raciocinio respecto del proceso de inferencia  lógica  o  iii)  yerros  de raciocinio frente a la convergencia de los indicios  entre sí y con los demás medios de persuasión.   

En  verdad,  si el juzgador se apoya en una  prueba  inexistente  del  hecho  indicador  o  deja  de considerar alguna que lo  soporta,  o distorsiona, adiciona o suprime el contenido literal de algún medio  probatorio  del  mismo  o  toma  como  soporte una prueba que fue incorporada al  proceso  sin  satisfacer  los  requisitos  legales de validez, es claro que, por  ello,  se  incurre  en  un defecto en la edificación del indicio que bien puede  ser demostrado para eliminar todo efecto probatorio.   

De igual modo, si al emplear las leyes de la  sana  crítica  respecto  del  hecho  indicador,  el fallador las quebranta para  elaborar   inferencias   subjetivas   o   contrarias  a  ellas,  es  nítida  la  configuración  de un falso raciocinio que puede ser denunciado especificando el  postulado  de la ciencia, la experiencia o la lógica indebidamente aplicado, el  que en cambio debía utilizarse y, lo que debía inferirse de ello.   

Lo  importante, entonces, es saber que así  como  el  indicio  suele  ser un instrumento de convicción útil para lograr el  convencimiento  en  grado  de  certeza,  puede  ser  atacado  a  través  de una  metodología  también  lógica  y  compleja que apareja un doble escrutinio, el  referido  a  la construcción del indicio y el atinente a la valoración que del  mismo  haya hecho el sentenciador, ambos precedidos de la aplicación de la sana  crítica como método de persuasión racional.   

2.1.2.1. En el  caso  de  la  especie, el demandante señaló los medios de prueba sobre los que  presuntamente  recayó  el yerro de raciocinio frente  al       hecho      indicador      (testimonios   de   Luis  Miguel  Suárez  Fonseca,  Yurleidy  María Pérez Meneses, Juan Gabriel Muñoz Monsalve y Javier  Hernández)  y trató de identificar tanto el axioma  que    equívocamente    habría   sido   empleado   como   el   que,     en    su    lugar,   tendría   que   regir el asunto.   

Pero,  lo real  es  que  esta  proposición  no  hace más que oponer el particular criterio del  letrado  al  del  juzgador colegiado, sin evidenciar la lesión ocasionada a los  postulados   de  la  sana  crítica,  lo  cual  deja  incólume  la  doble presunción de acierto y legalidad que recae sobre el fallo  impugnado.   

2.1.2.2.  Es  así   que,   en   un  primer  momento,   el  jurista  estima  conculcado  el  apotegma  de  posibilidad-realidad  por  cuenta  del  mérito  positivo  que  el  Tribunal  le asignó a la  versión  de Luis      Miguel      Suárez     Fonseca    por   el   solo  hecho  de  encontrarla  desinteresada  (no  se avizoraba ninguna relación del deponente con las partes  o  beneficio  alguno  en  incriminar  al  procesado),  reproche  que  construye suponiendo que el postulado  lógico  empleado  por la colegiatura es  el  de  la  causalidad,  cuando, a simple vista, es claro que la  magistratura  –y la juez  de  primera  instancia  también- empleó la regla de  la  experiencia  según  la  cual  regularmente  son  más  fiables –no    sospechosos-   aquellos  testimonios de las personas respecto de las cuales no se  predica ningún interés en las resultas del proceso.   

Como el censor no demostró que tal regla  ha     perdido     vigencia     o    repele  todo  razonamiento  lógico,  ni  demostró  que alguno de  los   parámetros   de  evaluación  de  la  prueba  testimonial  fue  inadvertido  por  el ad   quem,  por  ejemplo,  porque  se  hubiera  inobservado  que  el  conductor  tenía alguna limitación en  los  sentidos  para aprehender los  hechos, no es viable atender el reclamo casacional.   

Y es que, si lo  pretendido  en  este  escenario, más bien era atacar  el   valor  suasorio  conferido  al  relato  del  mentado  taxista  por     la     presencia   de   unas   supuestas  inconsistencias,   ha   debido   establecer   cómo   ellas  podrían  haber  afectado  con severidad la veracidad de la  narración,         involucrando,      para      ello,  la regla de la persuasión racional  transgredida.   

Contrario      a     esto,   el   defensor  se  limitó  a  reprobar  el  entendimiento  que  el juez de segundo  grado   le   dio   a   la   versión   de   Suárez  Fonseca,   sin   más   argumento   que   su   mera  inconformidad.   

Lo anterior se  comprueba  cuando  insiste en que debió considerarse  improbable  que el taxista  hubiera  podido  fijar  en la memoria a una persona a  la    que,     al     inicio,    no        le        pareció        sospechosa        -habida cuenta que dijo que la actitud  de  su  pasajero  fue  normal  pero luego  narró  que era nerviosa-,             mas        nada       arguyó sobre las razones expresadas  por  el  deponente y por el  Tribunal   para   descartar  la  presunta  inconsistencia  a  la  que  alude  el  libelista,   las   cuales   se   reducen   a   las  siguientes:   

Al  principio  del  testimonio,  Suárez  Fonseca  manifestó  que la actitud del procesado dentro del taxi era normal, es  decir,  según  sus  propias  palabras,  éste no le habló ni le preguntó nada  sospechoso;  pero al ponérsele de presente la entrevista que rindió con el fin  de  refrescar  memoria,  afirmó que el acusado se subió por la puerta derecha,  se  sentó  detrás  de él y miraba hacia atrás frecuentemente con     una     actitud     nerviosa,     como     si    algo  hubiera pasado.   

A  la  luz de la sana crítica, no existe  incoherencia   en   el   dicho   del   deponente,  pues  en  el  transcurso  del  interrogatorio  aclaró,  de  forma  convincente  y creíble, que la actitud del  procesado   no   le   pareció   anormal,   en  el  sentido  que  no  entablaron  conversación,   lo   que   no   le   impidió   observar   que   miraba   hacia  atrás   y  movía  las  manos.   

Luego  no  existe un cambio abrupto en la  versión,   pues   al   avanzar   el  interrogatorio  el  testigo  brindó  más  información  a  medida  que  recordaba  lo sucedido y, con sus propias palabras  acordes  a  su  nivel  socio-cultural,  aclaró  qué entendía por normal en el  contexto      del     caso.     (…)35   

Lo  mismo sucede en cuanto al repudio que  le  mereció  al  letrado  la  posibilidad concebida  por     el     ad  quem     de    creer    en    que    Suárez   Fonseca   pudo   visualizar  perfectamente     a     su     pasajero    y    su  comportamiento,   pues   más   allá  de  la  sola  negación  del  recurrente  en  el sentido de que  dada   la   ubicación  del  pasajero  detrás de  la   silla   del   conductor,   era  inviable  la  percepción  de  sus    rasgos,    no    solo  no expresó cuál es la ley de la  sana   crítica   vulnerada  sino  que  ignoró  los  argumentos  de  la  colegiatura  según los cuales tal observación fue   virtualmente   posible   porque  «el  asiento  trasero  también  puede  divisarse a  través  del  retrovisor, y en todo caso el reconocimiento fue posible porque el  testigo  observó  al  acusado cuando se subió al vehículo y tuvo contacto con  él  en  el  trayecto  de  Pan  de  Azúcar  al  Terminal de Transportes de esta  ciudad   [Bucaramanga],  circunstancia  que  le  permitió  registrar  sus  rasgos  faciales.»36   

Tampoco precisó el censor por             qué   resulta   absurdo  catalogar  de  nerviosa    la   actitud   de   una   persona   que   mueve   sus   manos  y  se  gira hacia atrás como si  algo  hubiera  pasado  y,  como   viene   siendo   la   constante,   desatiende   los   motivos  de  la  decisión  impugnada  para  restarle  importancia al hecho de que no coincida la  versión  de  Eliel López  Barajas   con   la  de  Luis   Miguel   Suárez  Fonseca  sobre  el  porte  por  parte  del  acusado  de un bolso negro que solo  el conductor pudo ver por  su   obvia  cercanía  a  él  y  que,  en  cambio, no podría serle   tan   clara   al   guarda,    dadas   las   condiciones  climáticas,       de      luminosidad      y      de      distancia.   

Ahora,  aunque  el  censor  certeramente  enfrenta    al    juicio    de   la   Sala   Penal   la   máxima   –de  la  lógica dice el profesional  del    derecho-   que   indica   que   «si  no  existe un episodio en particular que genere el más mínimo  impacto   en  una  persona,  no  es  dable  recordarle  siquiera  con  meridiana  claridad»37, nada extraordinario expresa  sobre  la  justificación esgrimida por el testigo, acorde con la cual, él goza  de  excelente  memoria,  particularmente,  respecto  del  rostro de sus usuarios  –como lo resaltara la juez  unipersonal-,  ni  frente  a  la  estimación  del  juzgador  plural  sobre  que   

nada  obsta para que el taxista conservara  el  recuerdo  de  un  pasajero  nervioso  que se subió por la parte derecha del  rodante  y  sospechosamente se ubicó detrás del asiento del deponente, pues es  un  aspecto de percepción y conservación que sólo depende de la duración del  encuentro  entre  estas  personas, que en todo caso fue suficiente para fijar en  la  memoria  del  testigo  los  rasgos  físicos  del  acusado  y posteriormente  realizar  un  reconocimiento fotográfico espontáneo y categórico.38   

El defensor intenta, sin éxito, reprobar al  fallador  de  segundo  nivel  por  restarle importancia a que el plurimencionado  testigo  afirmara no recordar cuántas carreras hizo la noche de los hechos o la  vestimenta  que  llevaba  el acusado, pero como antes, dejó de controvertir los  asertos  de  los  magistrados,  quienes  entendieron  que aquellos eran aspectos  accesorios  y que, de una parte, resultaba difícil exigir exactitud aritmética  en  el  dato  de  los  transportes  realizados  a una persona que frecuentemente  presta  un  servicio  público, máxime cuando el testigo precisó que nunca los  cuenta  y,  de  otra,  aunque  no  recordó cómo estaba vestido su pasajero sí  aclaró  que  no  portaba chaqueta ni tenía gafas, versión que se acomoda a la  de  Eliel,  quien  dijo  que  llevaba  puesto  un jean oscuro y un buzo de manga  larga.   

En torno al reconocimiento fotográfico, el  abogado  se  muestra  en  desacuerdo  con  la  calidad de las fotos –antiguas-   puestas  de  presente  al  declarante  y  con  el  tiempo transcurrido entre los hechos y dicha diligencia;  pero,   además   que,   como   lo   destacó   la  a  quo,  entre  ambos  acontecimientos solo medio un mes,  olvida  que,  tal como se le hizo ver en el fallo confutado, el artículo 252 de  la  Ley  906  de  2004  le  permite a la policía judicial exhibir al testigo el  banco  de  imágenes,  fotografías  o  videos  de que  disponga a efecto de que se realice la identificación  respectiva,  aparte  de  que  la  jurisprudencia ha precisado que la fotografía  puede tener cualquier origen, naturaleza o dimensión.   

Y,  si el punto de debate exclusivamente se  reduce  a  la supuesta imposibilidad de reconocer a una persona en una imagen no  reciente  de  ella,  suficiente es resaltar que, durante el juicio, el deponente  ratificó  que  quien  estaba  en el estrado de los acusados es la misma persona  que  recogió  aquél  fatídico  día  a  las  afueras  de  la  residencia  del  occiso.   

2.1.2.3. Para cerrar, el censor endereza su  discurso  a cuestionar el valor suasorio negativo que el Tribunal le imprimió a  los  testimonios de Yurleidy María Pérez Meneses, Juan Gabriel Muñoz Monsalve  y  Javier  Hernández, los cuales pretendieron mantener una coartada a favor del  procesado,  ubicándolo  en lugar distinto al del homicidio, pero inadvierte que  no  basta  la  sola diferencia de criterio con el de las instancias para dar por  probado    un    yerro    in   iudicando  sino que es necesario evidenciarlo y demostrar su trascendencia en  el sentido de la decisión.   

Asevera  el jurista que existe convergencia  entre  todos  los  deponentes  pues  linealmente  muestran  dónde se hallaba el  acusado   mientras   sucedía  el  homicidio  de  Medina  Gómez,  esto  es,  en  Floridablanca.   

No  obstante, el demandante no fue capaz de  acreditar  que, contrario a lo discernido por los juzgadores,  lo dicho por  los  testigos de descargo se afianza en la verdad, empezando porque no es cierto  que  Yayo  Mendoza –hermano  de  la  víctima-  haya  dicho  que  el  acusado  llegó  a su casa –en  donde  vivía también su mamá- a  las  4:30  p.m.,  pues a esta hora llegó la víctima, sino después de las 6:00  p.m. y se fue antes de que empezara el noticiero de las 7:00 p.m..   

Tampoco  se  logró  acreditar  que hubiera  podido  estar  donde  la  joven  Yurleidy  María  Pérez Meneses porque ella no  logró  establecer  el verdadero lapso de tiempo en que estuvo en su residencia,  se  mostró nerviosa al brindar su relato y no fue concordante en establecer las  circunstancias  modales  en  que  se hallaba cuando le llegó su supuesta visita  –haciendo un trabajo para  la  universidad,  pese  a que ya había terminado su semestre o leyendo un libro  –titulado “Amanecer”-,   ni   donde   su  cuñado  –Juan  Gabriel  Muñoz- a  eso  de  las  9:15 p.m., pues éste se mostró evasivo y no pudo explicar, entre  otras  cuestiones,  si  el  implicado  le  compró  ropa  a su hijo –motivo  aducido  para  estar  con  el  menor-  y  por  qué  sabía  que  era  un  miércoles  el 15 de diciembre ni se  encontró  razonable  que  ante  la  supuesta preocupación de su hermana por la  demora  en  devolver al infante ella hubiere llamado a su mamá y no al acusado,  siendo  que  Yurleidy  dijo  que  él  recibió  una llamada de aquella mientras  estuvo en su residencia.   

Mucho menos, temporoespacialmente hablando,  resultó  lógico  creer  que el vigilante del sector donde vivía el enjuiciado  –Javier Hernández- lo vio  primero  entre  las  10:15  y  10:30  p.m.  y momentos después a las 10:35 p.m.  abriendo  la  puerta  de  su  domicilio  porque no fue coherente la correlación  entre  la  distancia  y  el  tiempo  utilizado  en  hacer  su ronda y el segundo  instante  de  observación  del  enjuiciado,  aspecto  al  que  la  a  quo  le  sumó  que  el  testigo Eliel  López contó en el juicio que   

lo había abordado otro vigilante de nombre  ALBERTO,  quien los (sic) interrogó de si el (sic) iba a cambiar la versión, e  igualmente  le  comentó  “lo  que  pasa es que por  allá  fueron  y  le  dijeron  a  un tal Javier y a otro celador, de que fuera y  diera  una  versión de que lo habían visto esa noche, habían visto al acusado  ahí  en  el sector, entonces le dije a qué se debe que yo cambien la versión,  lo  único  que  yo  sé  que eso es una gran mentira, los celadores a ellos los  buscaron  y  le  dijeron como para acomodar que lo habían vistos…”39.   

Así  las  cosas,  tampoco  hay lugar a dar  curso a esta censura.   

La Sala no observa flagrantes violaciones de  derechos  fundamentales,  causales  de  nulidad,  ni  motivos que conduzcan a la  necesidad  de  un pronunciamiento profundo frente al expediente en razón de las  finalidades    de    la    casación;    por   ende,   la   demanda   debe   ser  inadmitida.   

3.  Resta  señalar  que,  al  amparo  del  artículo  184  de  la  Ley 906 de 2004, cuando la Corte decide no darle curso a  una  demanda  de  casación,  es  procedente  la  insistencia,  cuyas reglas, en  ausencia  de  disposición legal, fueron definidas por la Sala desde el auto CSJ  AP,  12  dic. 2005, rad. 24.322 y precisadas recientemente en auto AP-3481-2014.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala de  Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia,   

RESUELVE  

Primero. Inadmitir  la   demanda   de   casación   presentada  por  el  apoderado  de  Frans   Harbins  Rueda  Castro  contra la sentencia del 21 de agosto de  2013,    dictada    por    la    Sala    Penal    del   Tribunal   Superior   de  Bucaramanga.   

Segundo. Conforme  al  inciso  2º  del  artículo  184 del Código de Procedimiento Penal de 2004,  procede la insistencia.   

Notifíquese y cúmplase  

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1  Excluyó  la  circunstancia de agravación punitiva (artículo 104.7 del Código  Penal) y readecuó la pena.   

2 Cfr.  folios 16-17 de la carpeta 1.   

3 Cfr.  folios         27-30         ibidem.   

4 Cfr.  folios         39-40         ibidem.   

5 Cfr.  folios         50-56         ibidem.   

6 Cfr.  folio          58          ibidem.   

7 Cfr.  folios        116-117        ibidem.   

8 Cfr.  folios        146-147        ibidem.   

9 Cfr.  folios        182-183        ibidem.   

10 Cfr.  folios        188-190        ibidem.   

11  Cfr.  folios  216-217  y  234-235  ibidem.   

12  Cfr.      folio     247-250     ibidem.   

13  Cfr.   folios   266   y   275-276  ibidem.   

14  Cfr.     folios     277-278     ibidem.   

15  Cfr.     folios     281-306     ibidem.   

16  Cfr. folios 9-56 de la carpeta 2.   

17  Cfr.       folio       58      ibidem.   

18  Cfr.     folios     136-169     ibidem.   

19  Cfr.     folios     160-161     ibidem.   

20  Cfr.       folio      159      ibidem.   

21 Al  respecto     léase    el    texto    “los    segundos    analíticos”    de  Aristóteles.   

22  Cfr.       folio      150      ibidem.   

23  Ibidem.   

24  Cfr.       folio      145      ibidem.   

25  Ibidem.   

26  Cfr.       folio      144      ibidem.   

27  Cfr.  folio  21  de  la  sentencia  de segunda instancia a folio 36 ibidem.   

28  Cfr.  folio  22  de  la  sentencia  de segunda instancia a folio 35 ibidem.   

29  Cfr.  folio  12  de  la sentencia de primera instancia a folio 295 de la carpeta  1.   

30  Cfr.  folio  31  de  la  sentencia de segunda instancia a folio 26 de la carpeta  2   

31  Cfr.  folio  10  de  la sentencia de primera instancia a folio 297 de la carpeta  1.   

32  Cfr.  folios  21,  29  de la sentencia de segunda instancia a folio 36, 28 de la  carpeta 2.           

33  Cfr.  folio  33  de  la  sentencia  de segunda instancia a folio 24 ibidem.   

34 Al  respecto,  es bueno precisar que, la empleada doméstica del abogado relató que  si  bien el procesado estuvo en su residencia el lunes anterior a su muerte, por  cuanto  fue a recoger unos cojines, el encartado en ningún instante entró a la  vivienda  como para que hubiera podido ver el cubrecama que estaba tendido en la  cama del occiso.   

35  Cfr.  folio  27  de  la  sentencia  de segunda instancia a folio 30 ibidem.   

36  Cfr.  folio  26  de  la  sentencia  de segunda instancia a folio 31 ibidem.   

37  Ibidem.   

38  Cfr.  folios  25-26  de  la  sentencia  de  segunda  instancia  a  folios  31-32  ibidem.   

39  Cfr.  folio  19  del  fallo  de  primera  instancia  a  folio  288 de la carpeta  1.     

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