AP4372-2015(46241)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

Magistrado ponente  

AP4372-2015  

Radicado N° 46241.  

Aprobado acta No. 271.  

Bogotá, D.C., cinco (5) de agosto de dos mil  quince (2015).   

V I S T O S  

          Se  pronuncia  la  Sala  sobre  la demanda de revisión instaurada a  nombre  del  sentenciado  LEONARDO  FABIO  TÉLLEZ  RUEDA,  contra  la sentencia  proferida  por  el  Tribunal  Superior  de Bogotá el 14 de febrero de 2009, que  revocó  la  absolución  decretada por el Juzgado Primero Penal del Circuito de  esta  ciudad  el  11  de  abril  de 2008, y en su lugar condenó al procesado en  mención  y  a  Fabio Téllez Méndez, a la pena de 54 meses de prisión y multa  en   cuantía   de  58.3  salarios  mínimos  legales  mensuales,  al  hallarlos  penalmente  responsables  de  los  delitos  de  estafa  y  falsedad  material de  documento público agravada por el uso.   

  ANTECEDENTES   DEL  CASO   

         La  síntesis  que  de  los  hechos hizo el juzgador de  segunda  instancia,  es  del siguiente  tenor:   

         

“De   la  actuación  se  tiene  que  el  17 de diciembre de 2001 Guillermo Londoño Henao  adquirió  a  través  de  promesa  de  compraventa  suscrita con Leonardo Fabio  Téllez  Rueda  el  vehículo  tipo  Mazda  Matsuri,  modelo  1995,  color  rojo  metalizado,  placas  CLA  799  por  valor  de $19.5000.000.oo en cuya tarjeta de  propiedad  aparecía  como  titular  Fabio  Téllez Méndez; no obstante el 3 de  febrero  de  2002  cuando en su condición de nuevo propietario se encontraba en  Melgar,  el  mencionado  automotor fue inmovilizado por presentar alteración en  sus   sistemas   de  identificación,  estableciéndose  posteriormente  que  le  figuraba  registro  de  hurto  y  que  los  documentos  con los que se sentó la  matrícula en Calarcá eran falsos.”   

     Por  los  hechos en cuestión fueron acusados LEONARDO  FABIO  TÉLLEZ  RUEDA  y  Fabio  Téllez  Méndez,  a quienes se atribuyeron los  delitos  de  estafa  agravada  por  la cuantía y falsedad material en documento  público agravada por el uso.   

    El fallo de primer grado,  expedido  el 11  de  abril de  2008   por   el   Juzgado  Primero   Penal  del Circuito de Bogotá,  absolvió a los acusados, por estimar  insuficiente  la  prueba  para  determinar  su  responsabilidad en los delitos a  ellos atribuidos.   

     Apelada la decisión por  la  representación  de  la  parte  civil,   en  providencia  del  24   de   febrero   de   2009,   el   Tribunal  Superior  de  Bogotá  revocó la absolución y en su lugar condenó a ambos procesados.   

LA DEMANDA  

         La  acción  de  revisión se promueve al  amparo     de     las  causales    segunda   y  tercera   del  artículo  220    de  la Ley 600 de  2000, esto es,  en  el entendido que se dictó fallo de  condena  en un asunto que no  podía   proseguirse   por   prescripción   de   la  acción;  y,  bajo  la  consideración  de  que  con posterioridad a la sentencia  surgieron  pruebas nuevas no  conocidas al tiempo de los  debates  que  establecen  la inocencia del acusado LEONARDO FABIO TÉLLEZ RUEDA.   

     Para mayor comprensión de  lo  postulado  por  el  demandante,  la  Sala resumirá, en el orden al que este  acudió, los cargos que sustentan su pretensión.   

    

1. PRUEBA   NUEVA   NO   CONOCIDA   AL   TIEMPO  DE  LOS  DEBATES  QUE  DEMUESTRA LA INOCENCIA DEL  CONDENADO     

     Aduce el demandante que  con  posterioridad  al  fallo  de segundo grado, se allegó un nuevo elemento de  juicio  que  determina  la  atipicidad  del delito de estafa y, en consecuencia,  obliga la absolución de LEONARDO FABIO TÉLLEZ RUEDA.   

     En  concreto,  remite  al  informe  pericial  realizado por experto al servicio del CTI, dentro del proceso  penal  que  se  sigue  por  el  hurto  del  vehículo  que  se dice modificado  por los condenados en sus números seriales y vendido a  la víctima de la estafa.    

      Dicha   experticia,  practicada  el  12  de  septiembre  de  2011,  aduce  el defensor del condenado,  demuestra  que  el  automotor  no  corresponde  al  hurtado  y que sus series de  identificación son las originales.   

     En  consecuencia,  debe  asumirse que los vendedores,  precisamente  las  personas condenadas, no actuaron de mala fe en su venta, dado  que  de  ninguna  manera  puede  predicarse  la materialización de artificios o  engaños en ese proceso.   

     Añade  que  la  prueba en cuestión  conduce  a  concluir  en  la  condena injusta de los  acusados,    dado   que   respecto   de   la   verdad   allí  predicada,  se  asume   “discutible            su  credibilidad”.   

     A renglón seguido, transcribe  ampliamente  las  motivaciones  consignadas  en  el  fallo de segundo grado para  determinar  la  responsabilidad  penal  de  los acusados y de allí advierte      que     “extrayendo  las  manifestaciones  y  conclusiones  antes resaltadas, no tendría como concluir el Tribunal que existe  prueba     de     la    responsabilidad    de    mi    representado.”   

     Agrega  que con el elemento de  juicio  novedoso se demuestra que el automóvil vendido nunca fue alterado en su  identificación,  desnaturalizándose la afirmación  atinente su origen ilícito.   

    Sostiene, así mismo, que  la   prueba   allegada   fue  “realizada  con  los  procedimientos  aceptados  por  la  comunidad  científica en la materia, por un  organismo  estatal  altamente  competente,  por profesionales idóneos, al punto  tal    que    ostentan    la   calidad   de   servidores   públicos”.   

      Y,   prosigue,  si  la  prueba  en  cuestión  hubiese  sido  presentada durante el proceso, cuando menos se habría  generado  duda  frente  al  informe  de  policía  allegado  en el mismo sentido  “pues se hubiese enfrentado a dos medios de prueba  que  arrojan  conclusiones diversas frente a un mismo experticio técnico; más,  si  en  el  expediente reposan dos pruebas documentales que referencian legal en  sus  sistemas  de  identificación  al  automotor,   para   cuando  operó  su  venta.”   

     Significa  el  libelista  que,  incluso, en trámite del proceso la  defensa  solicitó  un  nuevo examen  técnico,  pero  ello  fue negado por el juzgado, en decisión confirmada por el  Tribunal en segunda instancia.   

     Finalmente,  señala que  para  demostrar  la causal allega copia de la prueba nueva, informe pericial del  12  de  septiembre de 2011, junto con registro fotográfico atinente a la misma.   

    

1. LA  SENTENCIA  SE  DICTÓ  EN UN PROCESO QUE NO PODÍA PROSEGUIRSE  POR HALLARSE PRESCRITA LA ACCIÓN     

    La promueve el demandante  solo  en lo que atañe al delito de falsedad material  en documento público, agravada por el uso.   

     Manifiesta  que  los hechos en  los  cuales  se  funda  el  delito  en cuestión remiten al informe de revisión  técnica  del  automotor  N°  0415,  realizado  el  19  de marzo de 1996 por la  Policía Metropolitana de Santiago de Cali.   

     Como  los acusados fueron condenados a título de determinadores  (en  el entendido que eran los únicos interesados en obtener el documento a fin  de      realizar  el  traspaso  del  automotor),  la  pena  máxima  a  imponer  por  el  delito, conforme lo establecido en los artículos 287 y 290 de  la  Ley  599  de  2000,  ascendió  a 9 años, que se  erigen  en  lapso  de  prescripción  para  la  etapa  investigativa.   

    En consecuencia, razona,  si  los  hechos  ocurrieron el 19 de marzo de 1996, la acción penal prescribió  “el    19    de    marzo   de   2004”,  esto  es,  previo  a  que  se ejecutoriara la resolución de  acusación,  hecho  acaecido  el 20 de octubre de 2004, cuando se confirmó esta  por la segunda instancia.   

     Acorde  con  lo  anotado,  el  demandante  solicita  que  se  declare  fundada  la  causal  aducida  y, por ello “se ordene la revisión  del              proceso”.      

     Como  anexos  de  la  demanda,  aporta el accionante:   

             -Copia  de  la resolución de acusación  (en  ambas  instancias),  de  los fallos y   del   auto   que   en   la  Corte  inadmitió  la  demanda  de  casación.   

     -Copia  de la que estima  prueba  nueva,  experticia  técnica realizada al automotor por el CTI, el 12 de  septiembre de 2011, así como su registro fotográfico.   

      -Certificación   del  INPEC  referida  al  tiempo  de  descuento    de    pena    adelantado    por   el   condenado   LEONARDO   FABIO  TÉLLEZ.   

          -Poder para actuar.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

De  conformidad  con  lo  establecido  en el  numeral  2° del artículo 75 de la Ley 600 de 2000, a esta Sala compete conocer  de  la acción de revisión presentada por el defensor de LEONARDO FABIO TÉLLEZ  RUEDA,  como quiera que se dirige contra lo resuelto en segunda instancia por el  Tribunal Superior de Bogotá.   

La  Corte, debe señalarse desde un comienzo  por   sus   efectos   para   la   prosperidad  de  lo  propuesto,  ha  sostenido  reiteradamente  que  la acción de revisión tiene carácter excepcional, porque  por  esta  vía  se  busca  derruir la cosa juzgada que reviste la sentencia, en  defensa  de  la  justicia.  De  ahí que el legislador haya establecido causales  taxativas para su procedencia.   

Es sabido que la acción de revisión es una  actividad  posterior  a  la culminación del proceso ordinario, que comprende la  elaboración  del  libelo según precisos requisitos formales, la invocación de  concretas  causales  legales,  el  señalamiento de los fundamentos jurídicos y  fácticos  que  sustenten  la  necesidad  de  la  revisión que se pretende y la  demostración  de  la  trascendencia  del motivo por el que se pide la revisión  del fallo ejecutoriado.   

     Previo  a  asumir  el  examen  detenido  de  las dos causales propuestas,  la  Sala  debe  precisar  que  lo  aportado  por  el demandante  cubre   en   toda  sus  extensión  las  exigencias  formales  dispuestas  en  el artículo 220    de    la   Ley   600       de      2000,   en  tanto,  fueron  aportadas  las copias de los fallos de las instancias, a más de  demostrarse  la  ejecutoria  de la condena, y allegó el profesional del derecho  demandante,       poder       especial       otorgado      por      el     condenado     para    asumir  este               trámite.   

    

1. CAUSAL TERCERA     

          Por  constituir la acción de revisión un ataque contra la solidez  de  la  cosa  juzgada,  no  sólo  debe  someterse a  las  taxativas  causales  que  para  su  prosperidad  indica  el  artículo 220  del   Código  de  Procedimiento  Penal  del  2000, sino que además requiere  del  aporte  de  medios de prueba serios, procedentes, idóneos y con suficiente  grado  de  credibilidad  y  trascendencia  para conducir a la rectificación del  error  que  se  le  adjudica  a  la  providencia  atacada,  superando en ella la  injusticia  que el actor le adjudica.   

         

        En       el       caso       presente,      el      accionante  acude  a  la  causal 3ª del  artículo  220 de la Ley  600  de  200, alusiva al  surgimiento  de  hechos  nuevos  o pruebas no conocidas al tiempo de los debates  que establezcan la inocencia del condenado o su inimputabilidad.   

       En   soporte  de  la  causal  aducida,   el   defensor  especial  del  condenado  TÉLLEZ  RUEDA  allegó  una  experticia  técnica  practicada  respecto  del  automotor  que  se  supone  fue  modificado  en  sus  registros  internos,  en  la  cual se advierte la  completa originalidad de los mismos.   

      En  principio, la prueba  allegada,  que fue practicada por el CTI en el proceso que se sigue por el hurto  del  automóvil,  se ofrece sugestiva en sus efectos,  pues,  así  planteada desdice del soporte objetivo del fallo de condena que por  el delito de estafa profirió el Tribunal de Bogotá.   

       Empero,   si  se  conoce  que  precisamente uno de los puntos torales de la discusión dialéctica  operada   en  el  proceso,  giró  en  torno  de  la  manipulación  o  no  de  los  números seriales de motor y chasis del vehículo  vendido  por  los condenados, es claro que lo aportado por el elemento de juicio  ahora  traído  a  colación por el demandante, no representa un hecho novedoso,  sino  apenas  un  factor  probatorio  más  a  considerar respecto del debate en  cuestión.   

     Obsérvese que dentro del  trámite  del proceso penal finiquitado se aportó la revisión que realizó una  empresa  privada  de  los  seriales  en cuestión, exigida como requisito por el  comprador del automotor, después denunciante de la estafa.   

     Ese examen arrojó   como   resultado  la  completa  originalidad de los números de identificación del automotor.   

      Sin  embargo, para  los                    falladores                    de                    ambas  instancias            –aunque   el  a  quo  emitió  sentencia  absolutoria  por  estimar  latente  la  duda  acerca  de  la  responsabilidad  de  los  acusados-  la prueba    en    cuestión    resultaba    clara   y   suficientemente    contradicha    por  el  dictamen  que  dentro  del  proceso  allegó  la  Fiscalía,     en     el     cual    expresamente  se  detallan  las  inconsistencias  en  los números  seriales   de   identificación   del   vehículo,   al  punto  de  verificar     que    dos    de    ellos    fueron    evidentemente  alterados.   

      Y  no  solo  eso,  precisamente  por  ocasión  del  examen  en  cuestión,  una  vez revelados los  verdaderos  números  seriales  de  chasis  y motor, fue posible advertir que el  automotor  no  correspondía a las placas y documentos que lo soportaban, sino a  otro            automóvil            hurtado           antes.        

       Por   lo  demás,  cabe  recordar  que  la detención del automotor, cuando era conducido por la víctima  de  la  estafa,  operó  en  atención  a  que  a  simple  vista  los agentes de  carreteras   pudieron   visualizar   la   modificación   de  sus  plaquetas  de  identificación,    asunto   que,   se   reitera,   después   verificaron   los  expertos, en el dictamen  en reseña.   

     Bajo estas premisas  objetivas,  el que ahora presente la defensa del condenado un nuevo dictamen que  desdice  de lo anterior, de ninguna manera representa  ese  elemento  nuevo  o  desconocido  que  de  entrada, sin más, advierte de la  injusticia  del  fallo  o derrumba la naturaleza y efectos precisos de la prueba  en contrario recabada.   

         Bajo   esta  innegable  determinación  objetiva  de  lo  debatido  probatoriamente,   es  necesario  advertir  que si lo que ahora se trae como  prueba   nueva   es   apenas   otro   elemento   de  juicio que trata de soportar la tesis ya examinada y  dejada   de   lado   por   el  Ad  quem,  el  asunto  no  remite  a  que  se  demuestra  la inocencia del  condenado,    sino    que    tratan   de   minarse   los   fundamentos   de   la  sentencia     de     segundo    grado,  pasando  por  alto  que  ya  ejecutoriada  ella,  se  encuentra  revestida de una doble connotación de acierto y legalidad.   

        Desde    luego,   la  naturaleza  y  finalidades  de  la  acción  de  revisión no pasa por servir de  escenario  a un nuevo debate probatorio o controversial, como quiera que siempre  será   posible  allegar  más   elementos  de  juicio  o  tesis  novedosas  encaminadas  a  demeritar  las razones que motivaron la condena, o cuando menos,  fortalecer la postura contraria.   

       Cuando  de  dejar  sin  efecto  la  cosa  juzgada  se  trata, es menester que lo allegado comporte tanta  objetividad  y  trascendencia,  que  su  sola  auscultación  permita  verificar  evidente  el yerro judicial, o mejor, patente que se cometió una injusticia que  requiere de remedio.   

      Lo  otro, vale decir, la  presentación  de  pruebas  más  o menos pertinentes que soportan una posición  contraria  a  la del juzgador, no pasa de constituir un insustancial intento por  revivir  debates  ya  clausurados,  en  discusión ad  infinitum  que  olvida  tomar  en  consideración el  efecto benéfico del principio de seguridad jurídica.    

      En  otros  términos,  si  la  Fiscalía  presenta prueba sólida  a partir de la cual sustenta su teoría  del  caso;  y  la  defensa,  en  contrario,  no  allega otra de mejor factura, o  presentada  la misma, para el juzgador no alcanza a derrumbar la contundencia de  aquella  que  soporta  el  fallo  de  condena,  no  es  posible  que  a  futuro,  ejecutoriada  la  sentencia y bajo el manto de la acción de revisión, la parte  perdedora  pretenda  agregar  otros  elementos  de juicio que busquen hacer más  valiosa   su  tesis,  precisamente  porque  el  trámite  penal  tiene  límites  procesales  y temporales que no pueden dejarse al arbitrio de quienes con plenos  derechos  participaron  en él y tuvieron la oportunidad de sustentar argumental  y probatoriamente sus posturas.   

       Por  ello,  carece  de  soporte  jurídico  sostener,  como  lo  hace  el  demandante,  que la  sola  presentación  de  prueba nueva en contrario representa,  como  si  se  tratase  de un análisis matemático, cuando menos factor que hace  emerger duda sobre la tipicidad del delito.   

      Ello no es así, cabe aclarar,  porque  en  sede  de  revisión  no  basta con presentar una nueva visión de la  prueba      o      de      los      hechos,      o     siquiera     aportar un elemento que desdiga de los  considerados   en   el   proceso,  en  tanto,  la  cosa  juzgada  eliminó  esta  posibilidad.  Se reclama  la  presentación de una  prueba  que por sí sola, dada su naturaleza y trascendencia, informe objetiva e  incontrovertible la injusticia del fallo atacado.   

      Vale  decir,  la  prueba  nueva  no  apenas  puede  sugerir  duda,  sino  que  de  entrada  debe  señalar  inatendible    la    que   sirvió   de   soporte   a   la   condena.   

       Es  que,  así  mismo,  dentro  de  su  muy  corta  visión  de lo que la revisión comporta, incluso el  demandante  pasó por alto explicar por qué este nuevo peritaje desnaturaliza o  desvirtúa  aquel  que en  contrario  se allegó para  determinar espurios los signos identificatorios del vehículo.   

      Ni siquiera se ocupó el  defensor  especial  de  asumir  el  examen objetivo y detallado de la experticia  soporte  del  fallo de condena, para discutir los medios utilizados allí, o las  premisas  de  que  se valió el experto, o la disonancia de las conclusiones con  ello,    a   efectos   de   contrastarlo   con   el  examen  que  dice  novedoso  y  de allí soportar la  mayor justeza de este último.   

               Desde    luego    que    si   al   expediente   se   anexó  un  dictamen  pericial estimado  suficiente  y trascendente en su cometido, al punto de demostrar fehacientemente  que,  en  efecto,  los  signos de identificación de chasis y motor habían sido  alterados,  en  contrario  no  se  puede  aportar,  en  sede  de  revisión, uno  practicado  casi dos lustros después respecto de un vehículo abandonado en los  patios  del  tránsito,  que dice originales las plaquetas en cuestión, si nada  se  aduce para demostrar que este último examen, de entenderse practicado sobre  el  mismo elemento de auscultación, operó más adecuado o técnico,  y  ni  siquiera  se controvierte la  esencia del original allegado al proceso.   

         Ahora,   más   deleznable  aún  se  ofrece  la  pretensión  del  demandante,  cuando  se  verifica  que  nada hizo por  examinar  el conjunto probatorio que gobernó la condena, necesario no solo para  definir  cubiertos todos  los  extremos  de  la  responsabilidad  atribuida  a  los  acusados, sino, en un  contexto  individual, en el cometido de delimitar la justeza y trascendencia del  dictamen allegado a la foliatura.   

      Es  que,  siguiendo  el  derrotero  del  análisis probatorio realizado por el  Ad  quem,  se  sabe  que  el  automotor fue detenido  porque  los  agentes  de  carretera  observaron  evidente la regrabación de sus  plaquetas  de  identificación,  después confirmada por el perito en examen tan  detallado  que  incluso  permitió conocer los números originales y, aún más,  comprobar que corresponden a un automotor hurtado antes.   

       Junto  con  ello,  los  documentos  presentados  por  los acusados para soportar el origen legítimo del  vehículo  ante  la  víctima,  en  particular,  la factura original de la venta  efectuada  por  el concesionario ante el primer adquirente, resultaron ajenos al  automotor  entregado,  al  punto  que  la  empresa  certificó corresponden a un  distinto tipo de automóvil.   

     De igual manera extrañó  se   apreció   que  si  el  valor  original  de  venta  del  automotor,  nuevo,  correspondió  a $26.234.550, cinco meses después le  fuera    vendido    a    los    condenados    en    $20.000.000,    con  evidente  detrimento  patrimonial  para   el   vendedor,   en  tan  corto  lapso,  de  más  de  seis  millones  de  pesos.   

      Por último, destacó el  ad  quem cómo los procesados, pese a decir al comprador que el automóvil nunca  salió  de  la  esfera  familiar, se negaron a entregar la carpeta contentiva de  los  documentos  que registran la historia del bien, evidenciando su interés en  ocultar el origen espurio del mismo.   

         Estos     factores    de  incriminación  jamás  fueron  abordados  por  el  demandante para contrastarlos  con  la prueba que ahora aporta, a fin de demostrar  que  bien  poco  inciden  en  la valoración del efecto suasorio que corresponde  otorgar  a  uno  u  otros  dictámenes,   en   cuanto,   registran   conclusiones   diferentes.     

      Si se mira bien la tarea  que  corresponde  realizar  al juzgador en los asuntos sometidos a su examen, es  claro,  en  lo  que  a  los  dictámenes periciales corresponde, que su labor de  decantación  lo  obliga,  cuando  ofrecen  conclusiones  contrarias, a decantar  todos  los  elementos  intrínsecos  y  extrínsecos  de respaldo, hasta definir  cuál de ellos debe ser el aceptado.   

      Entonces,  frente  a  lo  debatido,  perfectamente  el  ad  quem,  acorde  con la prueba de respaldo antes  referenciada,  pudo  concluir,  aún  de haberse allegado oportunamente la nueva  experticia,  que  la  razón se halla en el dictamen que demuestra alterados los  signos identificatorios del automotor.   

      Por ello, evidente surge  que    el    nuevo    elemento    de    juicio    no    demuestra   ostensible    e   incontrovertible   la   injusticia   del   fallo  ejecutoriado, o mejor, la inocencia del condenado.   

      Así las cosas, no  es    posible   que   ahora   se   pretenda   hacer  valer una tesis opuesta a  la  que  soportó  la  condena,  o  cuando  menos,  el elemento de tipicidad del  delito,  entre otras cosas, porque de allí, a pesar  de  lo  sostenido  por  el accionante, no se sigue que de verdad se demuestre la  inocencia  del  acusado, sino que se entrega otro elemento de soporte a la tesis  defensiva,  el  cual,  por  sí  mismo,  no  derrumba la justeza de la condena o  determina  diferente  el  panorama probatorio, dado que, se repite, el  fallador de segundo grado asumió adecuado, veraz y suficiente  lo  consignado  en  el  dictamen allegado al proceso,  que  no se difumina porque  otra    experticia    posterior   y   ajena   al   mismo   certifique   lo  contrario.  Máxime  que  de  la  prueba nueva nunca se deduce error en la experticia inicial.   

      Por  no  contar el  elemento  novedoso  de  prueba  con el poder de desvirtuar el juicio de reproche  recaído  sobre  los condenados, la condición de res  iudicata  que ampara la decisión atacada de injusta e  ilegal se alza incólume frente a los alegatos del demandante.   

    

1. CARGO SEGUNDO     

      Para  la  corte se  alza  inexplicable  que  en frente de una acción, la de revisión, encaminada a  derrotar  el  peso  enorme  de  la  cosa juzgada, no se cuente con un mínimo de  sindéresis  y estudio de la naturaleza y efectos de la causal aducida, y apenas  se  ofrezcan argumentos carentes de soporte material objetivo, como si de verdad  la seriedad del reto asumido permitiera tales veleidades.   

      Lo anotado, porque  resulta  incomprensible  que  el demandante no tenga la presteza de realizar una  operación  aritmética  simple,  a  cuyo  amparo  debió  verificar  carente de  sustento  su  pretensión  y,  en  consecuencia,  impertinente  la causal que se  examina.   

      En  efecto,  si se  toman  en  consideración,  apenas en gracia de discusión, los factores puestos  en  consideración  por  el demandante, evidente surge que para el momento en el  cual   se  ejecutorió  la  resolución  de  acusación,  el  asunto  no  estaba  prescrito, en lo que al delito contra la fe pública compete.   

      Dice el accionante  que  los  hechos  deben  entenderse  sucedidos  el 19 de marzo de 1996, y que la  norma  penal aplicable, por favorabilidad, lo son los artículos 287 y 290 de la  Ley  599 de 2000, en cuanto, consagran pena máxima de 9 años para el delito de  falsedad en documento público agravada por el uso.   

       Añade  que  la  resolución   de   acusación,   factor  que  interrumpe  la  prescripción,  se  ejecutorió  el 20 de octubre de 2004, de lo cual deduce, inexplicablemente, que  los  9  años de lapso de prescripción dispuestos en el artículo 83 de Ley 599  de 2000, se materializaron antes de este hito procesal.   

      Huelga anotar, con  la  sola suma cronológica del tiempo que separa el momento de los hechos -19 de  marzo  de 1996-, de la ejecutoria de la resolución de acusación -20 de octubre  de  2004-,  que entre ellos discurrieron 8 años, 7 meses y 1 día, desde luego,  lapso  inferior  a los 9 años que marcan el límite de la fase instructiva para  soportar la prescripción de la acción.   

       Nada   más  es  necesario  agregar  para  significar  la impropiedad de la causal aducida por el  demandante.   

      Así  las  cosas,  se  impone  inadmitir la demanda, acorde con lo  dispuesto en el artículo 223 de la Ley 600 de 2000.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,   

R E S U E L V E  

INADMITIR  la  demanda  de  revisión  presentada  a  nombre  del  condenado  LEONARDO  FABIO  TÉLLEZ  RUEDA,  por  las  razones consignadas en la  anterior motivación.   

          Contra      esta     decisión     procede     el     recurso     de  reposición.   

          Cópiese, notifíquese y cúmplase.   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

I m p e d i d o  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria    

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