AP3576-2016(47368)

2016

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

         

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado Ponente  

Radicado No. 47368  

AP3576-2016  

Aprobado Acta No. 172  

Bogotá, D. C., junio ocho (08) de dos mil  dieciséis (2016).   

VISTOS  

El Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Quibdó,  mediante  sentencia  proferida  el  29  de octubre de 2015, condenó a  FRANCISCO    ANTONIO    MENA    CASTILLO,  en  su  condición  de exjuez Primero Laboral del Circuito de esa  ciudad,  como autor del delito de prevaricato por acción en concurso homogéneo  y  sucesivo,  por  el  que  la  Fiscalía  General  de  la  Nación  le formuló  acusación.   

Inconformes  el  defensor  y  el  procesado,  interpusieron  recurso  de  apelación  cuya  decisión ocupa la atención de la  Sala.   

HECHOS  

Según   se   reseña  en  el  escrito  de  acusación,  el  doctor FRANCISCO ANTONIO MENA CASTILLO en su condición de Juez  1º   Laboral   del  Circuito  de  Quibdó,  tramitó  los  siguientes  procesos  ejecutivos laborales contra el Departamento del Chocó:   

I.   Radicado  2007-00677  promovido  por Jeremías Hurtado, Diputado  de  la  Asamblea  Departamental,  en  el  cual   el  acusado  profirió las  siguientes decisiones:   

1.  Interlocutorio No. 588 de 17 de abril de  2009,  ordenando  el embargo de recursos del Departamento del Chocó consignados  en  la cuenta No 578373995 del Banco AvVillas, denominada propósitos generales,  así  como los dineros correspondientes a los impuestos de telefonía celular en  cuantía de $681.187.381,oo.   

2. Interlocutorio No. 423 de 12 de mayo de  2009,  en el que  dispuso el embargo del remanente que llegare a existir en  los  procesos  ejecutivos  instaurados  por Jhon Fredy Ortíz y otros, radicados  2007-605 y 2007-661.   

3.  Interlocutorio  No.  534  de  9 de junio  siguiente,  reiterando  el decomiso de los dineros que se llegaren a desembargar  dentro del proceso ejecutivo laboral radicado 2007-605.   

4.  Interlocutorio No. 1030 de 19 de octubre  del  mismo año, donde dispuso el embargo de los títulos Nos. 433030000183329 y  433030000184432  por  valor  de $87.228.452,80 y $73.389.587.oo respectivamente,  que al día siguiente ordenó entregar al demandante.    

II.   Radicado  2008-434  promovido  por  el  Diputado  Omar Francisco  Vidal   Rojas,   dentro   del   que  se  dispusieron  los  siguientes  embargos:   

1.  Con Interlocutorio No. 534 de 8 de junio  de  2009,  el de los dineros consignados al Departamento del Chocó por impuesto  de  telefonía  celular  y  los  correspondientes a sobretasa de la gasolina que  pagaba Exxon Móvil de Colombia.   

2. Con el No. 1031 de 20 de octubre de 2009,  el  de  los  dineros existentes en la cuenta No. 33303000182-5 del Banco Agrario  de  Medellín,  de  la que es titular la Gobernación del Chocó, hasta un monto  de $1.091.738.170.oo.   

3.  Y  con  el  No.  1075  de 3 de noviembre  siguiente,  del  título  No.  433030000185760 por un valor de $ 632.104.059.oo,  constituido   con   recursos  del  Departamento  dentro  del  proceso  2007-677.   

III. El 26 de octubre de 2009, MENA CASTILLO  dictó  interlocutorio  No.  1052 dentro del proceso radicado 2007-677, mediante  el  cual  decretó  el  embargo  del título No. 433030000171653 por cuantía de  $1.328.167.225,  pese  a  que  dicho depósito debía retornarlo al Departamento  del   Chocó   o   al   PROCESO   EJECUTIVO  RADICADO  2007-538,  adelantado  por Comfachocó contra ese ente  territorial;  expediente  que  remitió al Juzgado Civil del Circuito de Quibdó  –radicado  2009-314-  en cumplimiento del fallo de tutela emitido  el  27  de  julio  de  2009  por  el  Tribunal  Superior del Chocó en el que se  declaró  la  nulidad de esa actuación por incompetencia,  y se ordenó el  levantamiento  de  las  medidas cautelares así como la devolución de todos los  dineros retenidos al Departamento en mención.   

No  obstante,  el  procesado  autorizó  la  entrega  del  título  al día siguiente, pese a carecer de competencia, además  siendo  que  el  auto  aprobatorio  de  la  liquidación  del crédito no había  cobrado ejecutoria.   

ANTECEDENTES PROCESALES RELEVANTES  

1. Por los anteriores hechos, el 16 de junio  de  2014  la  Fiscalía  Segunda Delegada ante el Tribunal Superior de Antioquia  formuló  imputación  contra  FRANCISCO  ANTONIO MENA CASTILLO por el delito de  prevaricato  por  acción  en  concurso  homogéneo  sucesivo,  previsto  en  el  artículo 413 del Código Penal.   

2.  El 30 de septiembre siguiente, el Fiscal  radicó  escrito  de acusación y, el 2 de diciembre de ese mismo año, luego de  varios  aplazamientos,  ante  el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial de  Quibdó  se  cumplió la audiencia de formulación de acusación por la conducta  imputada.   

3. El 10 de marzo de 2015 se llevó a cabo la  audiencia  preparatoria, en la que se decidió sobre las solicitudes probatorias  elevadas         por        las        partes1.   

4.  El  juicio  oral  se  agotó  en  varias  sesiones,  concretamente  los  días  30  de  julio  de  2015,  6 y 7 de octubre  siguiente,  última  fecha  en  la que el juez colegiado anunció el sentido del  fallo condenatorio.   

5.  El 25 de noviembre posterior el Tribunal  Superior  de  Quibdó  dio  lectura  a  la  sentencia  por cuyo medio condenó a  FRANCISCO  ANTONIO  MENA  CASTILLO  a  las  penas  principales  de  120 meses de  prisión,  multa  de  $135.331.200.oo  e  inhabilitación  para  el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas por un término de 176 meses, como autor de la  conducta  punible  de  prevaricato  por acción prevista en el artículo 413 del  Código  Penal,  en  concurso  homogéneo  sucesivo,  negándole  la suspensión  condicional de la ejecución de la pena y la prisión domiciliaria.   

LA SENTENCIA RECURRIDA  

Para   el   a  quo,  los  procesos  ejecutivos  2007-00677 y 2008-434  presentan  una irregularidad común, por cuanto no obstante tratarse de demandas  de  pago  de  prestaciones  sociales elevadas por diputados, en contravía de lo  dispuesto  en  los artículos 299 de la Constitución Política, 119 del Decreto  111  de 1996 y 513, inciso 5º, del C.P.C., el juez procesado ordenó el embargo  de  recursos  del  Departamento  del  Chocó,  ente  territorial  que  no estaba  obligado  a  responder  por las acreencias a cargo de la Asamblea Departamental,  dado    que    esa    Corporación    cuenta   con   autonomía   financiera   y  presupuestal.   

Sostuvo que antes de iniciarse el trámite de  estos  procesos ya se conocían pronunciamientos conforme a los cuales era claro  que  el Tribunal Superior de Quibdó consideraba que la Asamblea, por carecer de  personería  jurídica, debía ser convocada por conducto del Departamento, pero  quien  debía  responder era la primera entidad, razón por la cual solo podían  perseguirse  sus  bienes  dado  que  son  personas  jurídicas  diferentes,  con  presupuestos independientes.   

Aseveró  el a quo  el  quebrantamiento  del artículo 513, inciso quinto,  del  Estatuto  Procesal  Civil,  pues  se  embargaron  recursos de propiedad del  Departamento  sin que existiera norma que le impusiera el deber de responder por  los  pasivos de la Asamblea. Y aun de aceptarse que con posterioridad la entidad  territorial  asumió  tales  obligaciones, hecho que por demás no se comprobó,  ello  no revestía de legalidad a tales actos. En estas circunstancias,  el  procesado  profirió  decisiones  manifiestamente  contrarias  a  las  normas en  cita.   

Según  el Tribunal, la orden de entrega del  depósito  judicial No. 433030000171653 por $1.328.167.225,oo emitida dentro del  proceso  ejecutivo No. 2007-677-título constituido en  el  proceso ejecutivo de Comfachocó contra el Departamento del Chocó, radicado  2007-538-,  es una conducta prevaricadora, dado que el  juzgado  para  ese  momento  ya  no  tenía  el  conocimiento  del asunto por la  declaratoria  de  la  nulidad por incompetencia que hizo el Tribunal Superior de  Quibdó  disponiendo  en  consecuencia  el  envío de las diligencias al Juzgado  Civil  de  Circuito  y la devolución de los dineros retenidos a las cuentas del  Departamento;  de  cualquier  manera  el  título  no  podía  entregarse, si se  considera  que  el auto 820 de 31 de agosto de 2009, que aprobó la liquidación  del  crédito,  no  había  cobrado  ejecutoria,  desconociendo  el procesado el  artículo 521.3 del C.P.C.   

En  relación con el aspecto subjetivo de la  conducta  punible, aseguró que las pruebas indican que el acusado procedió con  dolo   pues  conocía  la  interpretación  del  superior  funcional  acerca  de  «la  inembargabilidad de los bienes del departamento  por  obligaciones de la asamblea departamental dada su autonomía administrativa  y  presupuestal»,  como se estableció en el trámite  de  los  procesos  2007-677  y  2008-434, dado que con la demanda del primero se  acompañó  pronunciamiento del Tribunal de 24 de julio de 2006 en ese sentido y  la  apoderada  de  la  entidad  territorial  propuso  excepciones solicitando el  levantamiento      del      embargo      con      cita     de     «precedentes»    de    los   Tribunales  Contencioso  Administrativo  y Superior de Quibdó; como también sucedió en el  segundo.   

Para  el  a  quo,  el   juez   se   apartó   de   estos   «precedentes»  e incluso de sus propios  pronunciamientos,  como por ejemplo la decisión de 14 de diciembre de 2006, sin  exponer  las  razones  tendientes a demostrar la incorrección de los argumentos  del  superior,  respecto  de  un  tema que no es de alta complejidad y no admite  diversas interpretaciones.   

      

Por  otra  parte,  el  acusado sabía que el  proceso  en  el  que  obraba el título judicial No. 4330300000171653, no estaba  bajo  la  órbita  de  su  competencia,  en razón de la nulidad que decretó su  superior  funcional  el 27 de julio de 2009, cuyo cumplimiento él mismo dispuso  en  auto  del  22  de  septiembre  siguiente,  con orden de levantar las medidas  cautelares  y  devolver  los dineros retenidos a las cuentas de origen, designio  que incumplió con el posterior embargo de ese depósito.   

El  dolo  con  el que procedió, agregó, se  refleja  en  la  rapidez con la que dispuso la entrega de dicho título, el cual  excedía  notoriamente  el  valor  adeudado  al demandante, exceso que trató de  enmendarse  con  la devolución al día siguiente de la suma de $632.104.059.oo.  Además,  en  la acción de tutela interpuesta por el Gobernador, se estableció  que  el  crédito  ascendía  a  $961.249.263 y se cancelaron $1.337.089.965.oo.   

Sin embargo, frente a la nulidad obtenida por  vía  de  tutela  advirtió el Tribunal que no existe prueba que permita inferir  el  conocimiento  del  juez  sobre  la  interposición  de  recursos  contra  el  interlocutorio  que  aprobó  el  crédito  en el proceso 2007-677, dado que los  escritos  aparecen agregados con posterioridad al embargo y entrega del título,  por  lo  que  concluyó  que la conducta era atípica por no estar demostrado el  dolo.   

LA IMPUGNACIÓN  

I. La defensa técnica  

El  recurrente  concreta  los reparos en los  siguientes aspectos puntuales:   

    

1. Nulidad    por    violación    del    derecho    a    la    defensa  técnica.     

En  criterio  del recurrente el derecho a la  defensa  técnica  de  MENA CASTILLO se vulneró por cuanto el defensor público  designado,  no  tuvo oportunidad de comunicarse con él por hallarse recluido en  un  centro  carcelario  distante de Quibdó, solo pudiendo hacerlo hasta el día  de  la  audiencia. Añadió el defensor que tal situación se mantuvo a lo largo  del   juicio,   con  graves  consecuencias,  pues  únicamente  se  escuchó  un  testimonio  de  descargo  y los documentos no se incorporaron al juicio debido a  que   el  anterior abogado no tuvo tiempo suficiente para entrevistarse con  el testigo de acreditación.   

Afirmó  que  esos  documentos  resultaban  esenciales  para  la defensa, entre ellos,  el proceso disciplinario contra  Liz  Virgema  Gutiérrez,  con  el  que  se demuestra que los hechos indiciarios  deducidos  por el Tribunal contra el procesado no son tales, como lo relativo al  embargo  de  $1.328.167.225 y que la Gobernación estaba a cargo del pago de las  acreencias  de  la Asamblea, según informa Fiduagraria en oficio de 28 de junio  de  2010;  pruebas que debían cotejarse con el Decreto No. 0575 de 11 de agosto  de  2009,  que  revelaban  cómo  el  Departamento  asumió  el  pasivo de dicha  Corporación, quedando así sin fundamento la acusación.   

Sostuvo  que en principio se podría afirmar  que  el  vicio  se convalidó, porque el procesado se comunicó vía telefónica  con  el defensor para desistir de esas pruebas, sin embargo ello obedeció a que  ignoraba  la  técnica  de  la  Ley  906  de 2004 y se plegó a los consejos del  abogado,  profesional  que  luego   denunció  penalmente  a MENA CASTILLO,  quien   rindió   indagatoria   ante   la   Fiscalía   111   Delegada  ante  el  Tribunal.   

Para  el  defensor  su  predecesor desistió  injustificadamente   de   elementos   materiales  probatorios  de  significativa  importancia  y no tuvo oportunidad de entrevistarse con el acusado para diseñar  conjuntamente  una  estrategia  defensiva  que le permitiera ponerse en contacto  con   el   investigador  para  introducir  las  evidencias,  ignorando  que  era  indispensable   contar  con  el  testigo  de  acreditación,  lo  cual  incidió  negativamente  en  la  defensa  y  en  él,  comprometiendo  el  resultado de la  actuación procesal.   

Afirma  el impugnante que habría lugar a la  responsabilidad  del Estado en la merma de los derechos del acusado, pues aunque  nominalmente  contó  con  un defensor público, éste no ejerció la gestión a  la  que  estaba obligado para hacer efectivo el derecho a la asistencia técnica  de  un  abogado,  situación que el Tribunal ignoró pese a ser advertido por el  propio  togado  de las dificultades para realizar su labor, que se vio reflejada  en los resultados adversos.   

Por  estas  razones, solicita retrotraer la  actuación  a la fase del juicio, en particular al momento en que se llevaría a  cabo  la  práctica  de  las  pruebas decretadas a la defensa, en orden a que se  permita  al  nuevo  defensor  incorporar  los  medios de convicción que echa de  menos.   

    

1. Nulidad    por    violación    del    derecho    a    la    defensa  material.     

         Aseveró  que  el  procesado  tiene  derecho,  si  es su voluntad, a  comparecer  al  juicio  como  testigo y alegar de  conclusión, de modo que  negarle  esa  facultad constituye una infracción a la defensa que se traduce en  una  nulidad  en  los  términos  del artículo 457 del Código de Procedimiento  Penal, por violación del artículo 29 constitucional.   

Para el recurrente es un absurdo pensar que  la   existencia   de  la  defensa  técnica  restringe  la  material,  pues  una  manifestación  esencial del derecho de defensa del procesado es la de ser oído  en  juicio,  que  el  Estado  debe  garantizar en todos los estadios procesales,  porque   es   a   él   a   quien  le  asiste  el  derecho  a  renunciar  a  esa  prerrogativa.   

Por tanto, solicita se invalide lo actuado a  partir  del  momento  en  que la Fiscalía presentó alegatos de conclusión, en  orden   a  habilitar  la  oportunidad  de  que  el  procesado  haga  lo  propio.   

    

1. Atipicidad de las conductas atribuidas.     

Tras   referirse   a  los  elementos  que  estructuran  la conducta de prevaricato, aduce el apelante que los jueces,   atendiendo  las  múltiples interpretaciones que la norma  permite, adoptan  la  que  estiman  más justa, como en efecto hizo su representado, quien fundado  en  el  artículo 513 del C.P.C., dedujo que las medidas cautelares recaen sobre  quien  tiene  la condición de parte demandada y no sobre una persona que carece  de  personería  jurídica,  como  es  el  caso  de  la  Asamblea Departamental.   

Tal  condición, agregó, resulta necesaria  para  imponer  la  cautela,  así  se  indique  que la Asamblea tiene autonomía  presupuestal   y   administrativa,  pues  depende  de  los  desembolsos  que  el  Departamento  le  hace,  y  en  este  caso  las  acreencias  que  los servidores  públicos  reclamaban,  justamente  no  se  habían  podido  sufragar  porque la  Gobernación no había efectuado la trasferencia.   

Para   el   defensor   la   Corporación  departamental  bajo  el principio de reserva legal no puede ser sujeto de dichas  medidas,  salvo  en materia de contratación, de ahí que el acusado no siguiera  la  línea  trazada  por el Tribunal, por cuanto sólo está sometido al imperio  de   la   ley   y   en   nuestro   medio   no   rige  un  modelo  de  precedente  rígido.   

Advirtió que, en sentencia de 20 de mayo de  2015,  en  el  radicado No. 44916, la Corte consideró prevaricadora la conducta  del  doctor  MENA CASTILLO, consistente en imponer medidas cautelares de embargo  y  secuestro  a  la  Gobernación  del  Chocó pese a que la excluyó como parte  demandada.   

Aunado  a  ello,  destacó,  es  un  hecho  notorio,  de  conocimiento  público  exento  de prueba, que el Departamento del  Chocó  celebró  un  acuerdo  de reestructuración de pasivos en el marco de la  Ley  550  de 1999, exactamente el 27 de noviembre de 2001, que permitía inferir  que   la   Gobernación   actuaba   como  representante  legal  de  la  Asamblea  Departamental,  asumiendo  directamente  sus  pasivos.  En esos términos debía  girar  los  dineros a ésta de un fondo común operado por la Gobernación a fin  de  depurar  las  acreencias,  cuantificar  su  monto,  suspender  las  acciones  judiciales  de  embargo, etc., dada la grave cesación de pagos que se presentó  en esa época.   

En  criterio  del apelante, bastaba leer el  Decreto  No.  0575  de  11  de agosto de 2009 para verificar que comprendía, no  solo  las  obligaciones del Departamento, sino las de entidades descentralizadas  y las de la Asamblea Departamental.   

En cuanto al aspecto subjetivo, señaló que  para  deducir  el  dolo no resulta suficiente considerar el embargo de bienes de  la  Gobernación,  contra  la tesis que sostenía el superior acerca de que esto  no  era  posible,  por  cuanto  se cercenaría la autonomía judicial, ya que el  acusado  consideraba que solo se permitía decretar medidas cautelares contra la  parte  demandada,  que era la Gobernación del Chocó, motivo por el cual aquél  estimó   que   la   ley   lo  autorizaba  a  embargar  sus  recursos.  Con  ese  entendimiento, no se podía inferir la comisión de un prevaricato.   

Para   el   defensor,   el   acuerdo   de  reestructuración  de  pasivos  que realizó el Departamento cambia radicalmente  el  panorama,  por cuanto legitimó a la Gobernación para convertirse en sujeto  pasivo  de  las  obligaciones  de  la Asamblea; convenio que durante su vigencia  generó  un estado de incertidumbre y discusión en torno a la aplicación de la  ley, siendo uno de ellos, el problema jurídico que nos ocupa.   

Por  estos  motivos,  estima que si bien en  nuestra   legislación   no   es  factible  valorar  documentos  que  no  fueron  incorporados  al  juicio,  el  desconocimiento  del  derecho  de  defensa  torna  imperativo  acoger  la  indagatoria  ofrecida por el procesado el 4 de agosto de  2009,  aportada  por  el  apoderado  de  la Gobernación y la certificación del  Contador  General  del Departamento del Chocó, que da cuenta que el crédito de  Jeremías  Castillo  Hurtado se reconoció como una obligación a cargo del ente  territorial.    

Por todo lo expuesto, el apoderado solicita  la  revocatoria  de  la  sentencia  de  primer  grado,  dado que el delito no se  configuró,  y  de  considerarse que el tipo objetivo se materializó, pide a la  Corte reconocer un error de tipo a favor del acusado.   

Respecto del tercer evento, relacionado con  el  embargo  del  depósito  judicial  constituido dentro del radicado No.   2007-538,  cuya  actuación fue declarada nula, señaló que el alcance dado por  el   fallador  a  la  decisión  del  Tribunal,  desborda  el  contenido  de  la  providencia,  pues  los  dineros  liberados  se  podían  afectar si se tiene en  cuenta  que  las  obligaciones por satisfacer vinculan siempre el patrimonio del  deudor como prenda del acreedor.   

II. La defensa material.  

Sostuvo que el proceso se tramitó sin darle  oportunidad  de exponer la versión de los hechos o justificar su actuación, so  pretexto  de  que  se trata de un procedimiento eminentemente técnico en el que  solo  interviene  el  defensor, por lo que en criterio del Tribunal otorgarle la  palabra  al procesado afectaría el principio de igualdad de armas. Se vulneró,  añade,   el  debido  proceso,  porque  aun  cuando  el  defensor  de  confianza  renunció,  fue obligado a comparecer a la audiencia con la que se dio inicio al  juicio  oral,  sin  su  presencia  y  sin  haber designado un defensor público.   

Solicita  se  declare la nulidad del juicio  por  infracción  a  su  derecho a la defensa, pues aunque el magistrado ponente  accedió  a  aplazar la audiencia por petición del defensor público, el tiempo  otorgado  fue  insuficiente  y la diligencia se celebró sin que éste conociera  su  versión  de  los  hechos y los motivos que lo llevaron a tomar la decisión  objeto  de investigación, abogado que por demás figura como denunciante en una  investigación  que  se  adelanta  en  su  contra. Tampoco el Tribunal le dio la  oportunidad  de  intervenir  en los alegatos, impidiéndole ejercer su derecho a  la defensa material.   

Justifica la legalidad de las decisiones que  el   Tribunal   calificó   de   prevaricadoras,  con  base  en  los  siguientes  argumentos:   

1.  Resolvió  los  procesos conforme a los  procedimientos  ejecutivos,  observando  los  requisitos  legales de las medidas  cautelares,  que  solo  se  disponen  sobre  bienes  de  propiedad  de  la parte  demandada, sea esta una persona natural o jurídica.   

2.  Solo  se  pueden  demandar  entidades  públicas  con  personería  jurídica,  por  cuanto  de ello depende que tengan  «representación  legal  y de actuación».  Los Departamentos, por disposición constitucional y legal, son  entes  territoriales  con  personería  jurídica,  atributo del que carecen las  Asambleas  Departamentales pese a tener autonomía administrativa y presupuestal  así como facultad para contratar.   

3. Embargó cuentas del Departamento por ser  la  parte  demandada  y  estar  a  cargo  de  transferir  los  dineros  para  el  funcionamiento  y  pago  de  la  nómina  de la Asamblea, tema frente al cual el  Tribunal  Superior  de  Quibdó  tiene un criterio jurídico diverso, extraño a  las  normas de los procesos ejecutivos, pues aunque la Asamblea tiene autonomía  administrativa,  depende  de  los recursos que le trasfiere el ente territorial.   

En  consecuencia  solicitó  se  revoque la  condena y, en su lugar, se le absuelva de los cargos.   

Respecto  de  los  radicados  2007-677  y  2008-434,   alega  violación  directa  de  la  ley  por  aplicación  indebida.   

Expuso, aludiendo a los artículos 299 de la  Constitución  Nacional,  11  del  Decreto  No. 111 de 1996 y 513 inciso 5º del  C.P.C.,  que  en  relación  con  el  primero,  el  Tribunal confunde autonomía  administrativa  y presupuestal con personería jurídica; el segundo solo indica  que  la  Asamblea  Departamental tiene capacidad para contratar y el tercero que  el  ejecutante  puede  pedir  el embargo de los bienes del demandado, que fue lo  que él ordenó, por ende, no hay violación de la ley.   

Aduce que frente a este tema hay disparidad  de  criterios  jurídicos,  advirtiendo  que los cargos los atribuye el Tribunal  por  no  haber  acogido  la  tesis  de  inembargabilidad  de  los  recursos  del  Departamento,  que  a  lo  sumo  provocaría la revocatoria de algunos fallos en  segunda   instancia,  pero  que  no  implicaría  la  comisión  del  delito  de  prevaricato,  pues  la  decisión que adoptó tiene soporte jurídico y fáctico  en las siguientes razones:   

    

1. Lo  que habilita a una entidad para ser sujeto de medidas cautelares  en  un  proceso  ejecutivo  es  tener  la  condición  de persona jurídica y la  Asamblea Departamental carece de ese atributo.   

2. El  Departamento  es  el  representante  legal  de esa Corporación,  parte  demandada  en  el  proceso, por ello fue objeto del mandamiento de pago y  medida    cautelar,    como   así   lo   establece   el   artículo   513   del  C.P.C.   

3. .El  llamado  a  responder  era  el  Departamento  del Chocó porque  asumió  el  pago de todas las acreencias de las entidades descentralizadas y de  la  Asamblea,  en  razón  del proceso de reestructuración de pasivos de la Ley  550  de  1999, como se reconoce en el Decreto 0575 de 11 de agosto de 2009, ente  territorial  del  que  en  todo  caso  tendrían  que  tomarse los recursos para  sufragar las acreencias de aquella.     

Agrega, que la ley procesal define que solo  se  pueden  embargar  los bienes del demandado, por lo que no se puede calificar  de  prevaricador el considerar que se pueden confiscar las cuentas que contienen  los  dineros  con  los  que van a satisfacerse las obligaciones pendientes, dado  que  el  Departamento  y  la Asamblea tienen el mismo pagador y los recursos del  primero  se  transfieren  a  la  segunda;  además,  el  Gobernador  del  Chocó  reconoció  que hasta el 2009 tuvo a cargo las obligaciones de esa Corporación.   

De  otra  parte,  afirma,  la  sentencia no  indica  la  contradicción abierta con alguna norma específica sobre el tema ni  con  algún  precedente  jurisprudencial;  sostiene que en el fallo impugnado se  asevera  que  la postura es equivocada por que no se ajusta a la interpretación  del  Tribunal, lo cual impide aseverar que se actualizan los elementos objetivos  del  tipo  de  prevaricato  por  acción, porque no se está ante una manifiesta  contrariedad   con   la   ley   y  se  trata  de  una  decisión  «que  no  supera el riesgo permitido dentro de la actividad procesal  de un sistema de partes».   

Respecto de la tercera conducta, se refiere  el  acusado señalando que el fallador no precisa la norma violada y no se puede  predicar  incompetencia  porque  el embargo se decretó en el proceso 2007-677 y  no  en  el 2007-538. Además, en ninguna irregularidad incurrió, pues en virtud  de  la  nulidad  decretada por el Tribunal, los recursos liberados pasaron a ser  prenda  general  de  los  acreedores  del  Departamento,  dado que lo que ata un  depósito  judicial  a  un  proceso,  es  la vigencia del embargo; agrega que el  a  quo  olvida que en estos  casos  el  juez  puede  disponer  la devolución al demandado, pero esa orden se  entiende  sin  perjuicio  de que en otros procesos se decrete el embargo de esos  bienes,  por  cuanto  no  los excluye del tráfico jurídico ni los convierte en  inembargables.   

Por estos motivos solicita la revocatoria de  la  sentencia  condenatoria,  para que se le absuelva de prevaricato por acción  por  atipicidad  objetiva  y subjetiva de la conducta, esto último por ausencia  de dolo.   

Precisa  que  actuó,  convencido de que su  decisión  era  ajustada  a  derecho,  dada  la interpretación razonable de las  normas  sustanciales  y procesales aplicables, lo que en la dogmática jurídica  penal  se  denomina error de tipo, el cual implica la ausencia de dolo, derivada  del  desconocimiento  acerca  de  que  se  esté realizando uno de los elementos  configuradores  del  tipo  penal, tal y como se extrae del artículo 32, numeral  10º, del Código Penal.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

Competencia.  

1.  De  conformidad  con el numeral 3° del  artículo  32  de  la  Ley  906  de  2004,  esta Corporación es competente para  resolver  el recurso de apelación interpuesto contra la sentencia proferida por  la    Sala    Penal   del   Tribunal   Superior   del   Distrito   Judicial   de  Quibdó.   

En  atención al principio de prioridad, la  Sala  se  ocupará  en  primer  término  del cargo por violación al derecho de  defensa,  toda  vez  que  de llegar a establecerse su desconocimiento, tornaría  inane  el  análisis  del punto central del debate que  plantean    los    recurrentes,   orientado   a   acreditar   la   atipicidad  de  los  ilícitos  por  los que fue condenado en primera  instancia FRANCISCO ANTONIO MENA CASTILLO.   

El derecho a la defensa  

Los  recurrentes  solicitan  se  declare la  nulidad  del  juicio  oral  por  violación  del derecho a la defensa técnica y  material   que  le  asiste  a  FRANCISCO  MENA  CASTILLO,  básicamente  por  la  imposibilidad  de  comunicarse  personalmente  con  el  defensor público, quien  renunció  a  las  pruebas  que  acreditaban su inocencia, siendo que además el  Tribunal  le  negó  la oportunidad de intervenir en los alegatos de conclusión  en ejercicio de su defensa material.   

Para  abordar el estudio, conviene recordar  que  es  indiscutible  que  el   desconocimiento   del   derecho   a  la  defensa  o  al  debido proceso en  aspectos   sustanciales,  inexorablemente  da  lugar  a  declarar  la nulidad de lo actuado o de parte del  trámite     procesal  viciado, como lo señala el  artículo 457 de la Ley 906  de 2004.   

No   obstante,   la   Sala2 en reiteradas  ocasiones  ha sostenido que los motivos de ineficacia de los actos procesales se  hallan   sometidos   al  cumplimiento  de  precisos  principios  que  los  hacen  operantes.   

         

         Veamos:   

«En   este  sentido,  la  jurisprudencia  ha señalado que de acuerdo con dichos principios,  solamente  es  posible  alegar  las  nulidades  expresamente previstas en la ley  (taxatividad);  no  puede  invocarlas  el  sujeto  procesal  que  con  su  conducta  haya  dado  lugar a la  configuración  del  motivo  invalidatorio, salvo el caso de ausencia de defensa  técnica,   (protección);  aunque   se   configure   la  irregularidad,  ella  puede  convalidarse  con  el  consentimiento  expreso  o  tácito  del sujeto perjudicado, a condición de ser  observadas        las        garantías        fundamentales       (convalidación); quien alegue la nulidad  está  en la obligación de acreditar que la irregularidad sustancial afecta las  garantías  constitucionales  de  los  sujetos  procesales o desconoce las bases  fundamentales   de   la   investigación   y/o   el   juzgamiento  (trascendencia);       no  se declarará la invalidez de un acto  cuando   cumpla   la   finalidad  a  que  estaba  destinado,  pues  lo  importante no es que el acto procesal se ajuste estrictamente a  las  formalidades  preestablecidas  en  la  ley  para su producción, sino que a  pesar  de  no  cumplirlas  estrictamente,  en  últimas  se  haya  alcanzado  la  finalidad      para      la      cual      está      destinado     (instrumentalidad)  y;  además,  que no  existe  otro  remedio  procesal,  distinto de la nulidad, para subsanar el yerro  que     se    advierte    (residualidad)»   

Así,   entonces,   la   afectación  de  garantías  fundamentales  que  conlleva  a  la  invalidación  del proceso debe  comportar,  en virtud de los principios citados, la demostración irrefutable de  que   la  irregularidad  sustancial  menoscaba  la  estructura  del  proceso  en  cualquiera  de  sus etapas, el modo como el acto anómalo afecta la actuación o  conculca   las   garantías   procesales   de   los  partes  intervinientes,  la  trascendencia  del  yerro  incurrido y la irreparabilidad del daño. Lo anterior  por  cuanto  el  remedio extremo de la nulidad no opera por la sola presencia de  un vicio.   

Es  sabido  que  el  derecho  de  defensa,  garantía  integrante  del  debido  proceso  que los tratados internacionales de  derechos  humanos  y  la legislación nacional reconocen, está revestido de una  serie  de  prerrogativas  para  hacer  efectiva su protección, las cuales deben  respetarse    en   todo   el   proceso   penal   como   requisito   sine  qua non de su legitimidad y validez,  ya   que   su  inobservancia  se  castiga  con  la  nulidad  del  procedimiento.   

Este  derecho  comporta,  entre  otras,  la  facultad  del  procesado  de participar en el debate jurídico, de manera que le  asegura  la  posibilidad  de  concurrir a la actuación, intervenir en el mismo,  conocer,  presentar  y controvertir las pruebas, interrogar, presentar alegatos,  interponer  recursos,  entre  otras  acciones, a través de sí o de un defensor  profesional  del  derecho,  lo  cual  impone  a  los  operadores  judiciales  la  obligación  de  velar  por  su  ejercicio  pleno y efectivo en todas las etapas  procesales.   

El  Código  de  Procedimiento Penal, en el  artículo  8º,  define  el  contenido  y  alcance de tal garantía. En su texto  señala,  en  los  literales  e,  h,  j y k, las facultades del procesado de ser  oído,  asistido  y  representado  por un abogado de confianza o nombrado por el  Estado,  conocer  los  cargos  que  le  sean  imputados,  solicitar,  conocer  y  controvertir  las  pruebas,  tener  un  juicio  público,  oral, contradictorio,  concentrado,  imparcial,  con  inmediación  de  las  pruebas  y  sin dilaciones  injustificadas,   en   el   cual   puede,  si  así  lo  desea,  por  sí  mismo  o  por conducto de su  defensor, interrogar en la audiencia a los testigos de cargo, etc.   

De  acuerdo  con estas potestades, la Corte  Constitucional3  ha  sostenido que el ejercicio del derecho a la defensa en materia  penal  comprende  dos modalidades, la defensa técnica y la defensa material. La  primera  es  la  que  ejerce  un  abogado  escogido por el sindicado, denominado  apoderado  de  confianza,  o  bien  a  través  de la asignación de un defensor  público  proporcionado  directamente  por  el  Estado  a  través  del  Sistema  Nacional  de Defensoría Pública, y, la segunda, es la que realiza directamente  aquél.   

1. Defensa técnica   

El  derecho a la  asistencia       cualificada      durante      la  investigación      y     juzgamiento  escogida  por el procesado o provista por el Estado, se encuentra  consagrada   como   garantía   fundamental   en  el  artículo      29     de     la     Constitución      Política    de    Colombia    que  señala:  «(…) Quien sea sindicado  tiene  derecho  a  la  defensa  y  a  la  asistencia  de  un abogado  escogido por él, o de oficio, durante  la investigación y el juzgamiento …».   

Así  mismo,  la  Ley  906  de  2004 en el  artículo  8º,  literal  e),  establece  a favor del procesado el derecho a ser  asistido  y  representado  por un abogado de confianza o nombrado por el Estado.   

Igualmente,  en el ámbito internacional se  hace  especial  reconocimiento  a  este  derecho,  como  lo  hace la Convención  Americana  de  Derechos  Humanos  en  su  artículo 8-d, que contempla entre las  garantías    judiciales   mínimas   del   proceso   penal,   el   «derecho  del  inculpado  de defenderse  personalmente  o  de  ser  asistido  por  un  defensor  de  su  elección  y  de  comunicarse  libre  y privadamente con su defensor». Y  el  Pacto  Internacional  de  Derechos Civiles y Políticos, que en el artículo  14-3-d,  prevé  entre  las  prerrogativas procesales del sindicado «hallarse  presente  en  el proceso y a  defenderse  personalmente  o  ser  asistido  por  un  defensor  de  su elección  (…)».   

         

Por  tanto,  toda  persona  sujeta  a  una  investigación   penal   tiene   derecho   a   la  defensa  técnica,  a  menos que la asuma directamente, de  manera  que  en  el evento de que no cuente o no designe apoderado de confianza,  el  Estado  tiene  el  deber  de procurarle de oficio un defensor público, cuya  gestión  deben  asegurar los operadores judiciales en todo el trámite procesal  sin ninguna clase de limitaciones.   

La importancia de esta garantía     en     el    procedimiento    acusatorio    desarrollado      en      la     Ley     906     de     2004,  la definió  la  Corte  Constitucional  en  la  sentencia  C-127  de  2011:      

«En relación con el derecho a la defensa  técnica,  conocido  en  el  modelo de tendencia acusatoria como el principio de  “igualdad  de  armas”, la jurisprudencia constitucional ha sido enfática en  sostener  que  el mismo hace parte del núcleo esencial del derecho a la defensa  y  al  debido  proceso,  y su garantía plena es particularmente relevante si se  considera  que  de su ejercicio se deriva la garantía de otros derechos como el  de  igualdad  de  oportunidades  e  instrumentos  procesales.  Para la Corte, el  principio  de  igualdad  de  armas  “constituye  una  de  las características  fundamentales   de  los  sistemas  penales  de  tendencia  acusatoria,  pues  la  estructura  de  los  mismos,  contrario a lo que ocurre con los modelos de corte  inquisitivo,  es  adversarial,  lo que significa que en el escenario del proceso  penal,  los  actores  son contendores que se enfrentan ante un juez imparcial en  un  debate  al  que  ambos  deben entrar con las mismas herramientas de ataque y  protección».   

Justamente uno de  los   motivos    de   la   apelación   en  este  caso  tiene  que  ver  con  el desconocimiento       del       derecho       de      defensa      técnica            efectiva,  por  cuanto  el      defensor     público       designado  no tuvo la  oportunidad   de   comunicarse   con   el      procesado     impidiéndole           diseñar        una        estrategia  defensiva.    Además  ese  abogado           desistió   de  varias     pruebas  y   no   estuvo   en  condiciones  de  incorporar  al   juicio  documentos  esenciales      y      eficaces     para   refutar  la  teoría   del   caso   de   la   Fiscalía,  situación  que para los  recurrentes        se        reflejó   en  el  resultado  adverso  del  proceso.   

Con   el  propósito  entonces  de  verificar los argumentos  de    los   apelantes,  necesario  resulta   que  la  Sala  examine lo  que   aconteció   en  el juicio, en especial la  intervención             del  defensor  público,  a   fin   de   determinar   si   en   realidad   se   vulneró  el    derecho    de  defensa                técnica.   

La audiencia de  formulación      de      acusación,    luego   de   ser   aplazada   en   dos   oportunidades   por  petición    de   la  defensa, se celebró  el  2  de  diciembre  de  2014  con  la concurrencia  del  Fiscal, el  agente  del     Ministerio     Público,     los      representantes  de  las  víctimas  -Departamento  del  Chocó    y    Rama   Judicial-  y  el  doctor  Rafael Ángel   Ramírez  Restrepo,  apoderado  de confianza de FRANCISCO  ANTONIO  MENA  CASTILLO,  quien   a     través    de    aquél  manifestó     su  voluntad  de no asistir a la diligencia y   de  no  acogerse   a   los   cargos  endilgados.   

En     esta     sesión, luego de  formular  la  acusación,  la  Fiscalía descubrió  los       elementos       probatorios             que         entregó   al  defensor  con  excepción  de   los   procesos   ejecutivos  que  se     comprometió    a       remitir      en  3 días  después,     y     se    fijó  fecha para realizar la audiencia preparatoria el 2 de febrero de  2015,  que  se  postergó  a  petición de las partes.   

Con   escrito   radicado  el  3  de  marzo  de  2015,     el     acusado    recusó          al Tribunal  Superior   de   Quibdó  invocando  la  causal    4ª   del   artículo          56,             petición  frente  a  la  que  el magistrado ponente,    al    inicio   de   la   audiencia   preparatoria,    negó   darle   trámite  por tratarse de una solicitud     extemporánea,  argumentando también  que  la  Corporación    no  estaba               inmersa        en        la  causal  de impedimento       alegada,      por    cuanto    el    asunto   bajo  examen  se  refería      a      hechos diversos.   

En dicha      diligencia   a  la  que  compareció      el      procesado,  celebrada  el     10    de    marzo    siguiente,    el  apoderado  manifestó   que   no  había        observaciones       frente  al  descubrimiento  por parte  de          la          Fiscalía; acto seguido la defensa  hizo  lo  propio   respecto   a  los elementos probatorios  que  pretendía llevar a  juicio,  relacionando  los  testimonios  de  Alfredo  Potes   Gamboa,   Roger   Pastor  Mosquera  Lozano,  Elizabeth  Cury    Moreno,    Fredy    Lloreda    Palacios,    Rodolfo    Murillo  Guzmán,     Liz    Virgema    Gutiérrez   Cuesta   y   del   testigo  de  acreditación   Carlos  Enrique       Ramírez      Mosquera, a través  del  cual  introduciría  el Decreto No. 0575 de 11  de  agosto  de 2009 de la  Gobernación  del Chocó,  el  proceso disciplinario  que       se       adelantó       contra     la     señora   Gutiérrez   Cuesta    y    la   versión   de   la   misma   rendida  dentro  de  éste   y  el  oficio  de  Fiduagraria  dirigido  al  Juzgado  que  regentaba el acusado, en  el  que  se  daba  cuenta de los pasivos que    asumió    la    Gobernación,  pruebas  cuya          práctica         reiteró      al      efectuar      las      solicitudes  probatorias,   siendo   las   mismas   decretadas  por        el  Tribunal.   

La realización  del   juicio   oral  se  programó     para  los días 30,   31   de   julio,   4,  5  y  6 de agosto de 2015, luego de ser  aplazado     por  petición   del   Fiscal  y  el  procesado  en  dos  ocasiones.   

El  27  de  julio  de ese año,   el  doctor     Rafael     Ángel    Ramírez        Restrepo,  apoderado  de  confianza  de MENA CASTILLO presentó   renuncia   al   cargo,   que   el   Tribunal  aceptó  dentro  de  los  5 días    siguientes,   condicionándola  a        la  obligación  de concurrir  a  las sesiones de 30 y 31  de           julio;           situación  que el acusado manifestó     conocer,      solicitando      al      Tribunal      la      designación      de      defensor  público          por          carecer    de   recursos.   

En    la  audiencia   de   30  de  julio  se  dio  inicio  al  juicio  oral al  que no  concurrió  el  acusado ni los representantes de las  víctimas,  pese a estar debidamente notificados.  En  ella  se  le  dio la  palabra    a   la   Fiscalía   para   que     iniciara     la    práctica  de          las          pruebas,   luego   de   lo  cual    se    le    concedió      el     turno     al  defensor del acusado con ese mismo  propósito,        quien       solicitó  suspender   la   sesión  arguyendo  que  no previó  que   en   ella   el   ente  acusador  agotaría  su              intervención,     por     lo    que     no    convocó    al   testigo   de   acreditación   ni  a  los demás     declarantes,     razón    por   la   que   el   a  quo    reprogramó  la  diligencia  para los  días   21   al   23   de   septiembre de esa misma anualidad.   

El   12   de   agosto   de   2015,  por  petición  del  Tribunal,  la Defensoría      del      Pueblo,     Regional    Chocó,       informó       de       la  designación    del  doctor  César  Augusto  Valencia   Mosquera  como  defensor  público  del  procesado  FRANCISCO  MENA  CASTILLO,   profesional  que fue notificado de las  fechas    fijadas   para   la   continuación   del  juicio.   

No   obstante,   el  23  de  septiembre  siguiente,  cuando  se  reanudó  el  juicio con  presencia    del   acusado   a   través   del   sistema   de   videoconferencia,     el    defensor  solicitó      el     aplazamiento     de     la  diligencia  aduciendo  la  imposibilidad         de         comunicarse     con    aquél,  lo        que  obligó      al  Tribunal,   en   aras  de  garantizar  su   derecho  de  defensa,        a       señalar  los  días   6,  7  y 8 de  octubre  de  esa  misma  data  y ordenó   citar  los   testigos  de  la  defensa     por     la     secretaría   de   la   Corporación,   tras  requerir  al abogado sobre  el particular.   

El  6  de  octubre  de  2015,   en   la  continuación    de   la   diligencia,       a       la      que      concurrieron      todas            las  partes     y     el     acusado     por    el  medio     antes     referido,  el  defensor manifestó  que  «de  común   acuerdo   con  mi  defendido»             renunciaba  a  las pruebas testimoniales de Alfredo Potes Gamboa,  Roger  Pastor  Mosquera  Lozano,  Elizabeth  Cury  Moreno,  Fredy  Lloreda  Palacios,  Rodolfo Murillo  Guzmán,  Carlos Enrique  Ramírez  Mosquera, éste      último     testigo     de  acreditación,  pero  llamó    a    declarar   a   Liz   Virgema  Gutiérrez    Cuesta,  testigo    común   con   la   Fiscalía.    A  continuación              pretendió     la     aducción         directa  del  oficio    de    Fiduagraria,    el    proceso     disciplinario  de  Liz  Virgema Gutiérrez      y     el     Decreto      No.      0575      de      11     de     agosto     de     2009,       expedido      por      la  Gobernación  del Chocó.   

Frente   a   la   explicación  del  Tribunal   acerca   de  que   esos   elementos  materiales   de  prueba  tenían        que        incorporarse    a   través   de   un  testigo      de  acreditación  y    con         la        manifestación     del    magistrado   sobre:  «si   usted   desea  introducir    esos    documentos    con    el    investigador   podemos      proceder     a        la       práctica   de   esa  prueba»,             e          insistirle…           «proceda  entonces  a  manifestar  si  es  su  deseo  practicar esa  prueba»,    el   defensor   adujo:           «como  ya  lo  manifesté   desde   un   principio   la  defensa  no  cuenta,  la    defensoría   del   pueblo   no  pudo,  no tuvo tiempo suficiente de hacer lo  pertinente    con    el   señor   Carlos   Enrique  Ramírez Mosquera en referencia a que compareciera a  este   juicio   para   introducir   estos    documentos   luego,   entonces,   la   defensa  que  le  queda,   abstenerse     de     introducirlos  porque          no         existe, no tiene  testigo  de  acreditación  que    sería    el    investigador   en  este  caso  …  toco  desistir de  ella porque no  existe el elemento como       introducirlos,  se  tenía  por  parte  de quien les  habla  la  pretensión  equivocada  de  que  por ser  documentos     de     carácter    público         tenían   vida   propia   y   podían  ser  introducidos    de    manera   directa…».   

De      ello      inmediatamente  el ponente dio      traslado     a    las   partes   y   el   acusado  FRANCISCO  MENA  CASTILLO  expresó             «no             tengo           ningún     comentario».   El  Tribunal  entonces,  ante  la    «manifestación       de   la   defensa  y  la  actitud  que  asumió         el        acusado»             aceptó  el    desistimiento,  dio  por  concluida  la  etapa   probatoria   y  concedió la palabra a las partes para presentar las  alegaciones        de       cierre,             negándole  al procesado     esa    posibilidad    con   el   argumento     de    preservar    el         principio   de  igualdad  de  armas.   

Del   recuento   de   lo   sucedido   en  el  juicio    se   puede   concluir,        que        aunque     el     procesado     MENA  CASTILLO  durante todo el  trámite procesal siempre  estuvo  asistido  por un  profesional  del derecho,  de  confianza inicialmente  y       público  después,  no    contó    con    una   defensa  técnica             efectiva,    lo  cual  afectó gravemente  sus  intereses  e incidió  en  el  resultado  adverso  del  proceso.   

En  efecto, es  claro     que     la  renuncia      del  apoderado  de confianza a  tres  días  de iniciarse el juicio oral repercutió  negativamente   en   la   labor   defensiva,   pues  pese  a  que  el     nuevo    defensor  fue  compelido  por  el a  quo para  que  asistiera  a  la  primera  sesión  programada,  este   solicitó   el  aplazamiento    de   la   diligencia   al   momento  de   corresponderle   el   turno   para   practicar  las  pruebas         decretadas,             argumentando   la   imposibilidad   de   ubicar   el   testigo  de  acreditación    y    no    prever    que        la       Fiscalía     culminaría    en    esa    fecha   su      intervención,      lo      que     impidió          la             recepción    oportuna   de las mismas.   

De      otro     lado,        el        defensor            público  renunció  a     la     totalidad     de     los  elementos  probatorios     que    habían   sido  decretados  a  su  antecesor  con excepción del  testigo    común   con   la   Fiscalía,             dejando    al    acusado        sin       medios       de  contradicción    y  defensa.   

Y  si  bien  pretendió     la    introducción   de  la  prueba     documental     al    juicio,   no   pudo   hacerlo  debido     a     su    ignorancia   acerca  de  la forma  como     en    dicho    escenario    se  deben  incorporar  los  documentos,  a consecuencia de lo cual  también desistió de las  pruebas    documentales    que    habían   sido   decretadas   a     solicitud    del         defensor        anterior.   

Al respecto resulta oportuno recordar que la  prueba  documental  en  el sistema de enjuiciamiento de la Ley 906 de 2004, como  lo  precisó  la  Sala  en  reciente pronunciamiento4,   

«..está    atada    al    testigo   de  acreditación,  siempre  que  el  evento  esté  desprovisto  de  la urgencia de  recurrir  a  los  métodos  de  autenticación e identificación plasmados en el  artículo  426  del  mismo  estatuto. En esas circunstancias y, siguiendo con la  misma  legislación, debe atenderse a lo dispuesto en su canon 337.5.d. que crea  el  requisito del testigo de acreditación para la aducción, entre otros, de la  prueba  documental  a  la  audiencia  del  juicio  oral.  De todas maneras y con  razón,  la  Sala  ya había precisado acerca de lo imprescindible que resultaba  dicha  figura  en  aras  de  la  incorporación  de  documentos  públicos  a la  audiencia  del  juicio  oral,  a  pesar  de  que  se  encuentren  dentro  de las  previsiones  del  artículo  425  de  la  Ley 906 de 2004 ya que ello conlleva a  dejar  de  lado  la  autenticación  referida  en el canon 426 subsiguiente, sin  exceptuarla   de  la  formalidad  relacionada  con  dicho  testigo». (CSJ AP 5233-2014).   

Estas   circunstancias   evidencian  que  el procesado no contó con una  defensa         técnica        adecuada,     por    cuanto    es  indudable   que   la   renuncia  de  su  apoderado  a    la   práctica  de  las  pruebas     por     éste  solicitadas      y      autorizadas,         truncó  el  cumplimiento de la estrategia defensiva encaminada a probar  su  inocencia, a partir justamente de los documentos  no     allegados     al     juicio,    de    cuya  interpretación, según  el  propio  acusado,  es dable concluir    que    las    decisiones    por  él  adoptadas  y  que  constituyen  el  objeto  de  la acusación   por  prevaricato,  estaban  revestidas  de  legalidad.   

De    otra    parte,    la  actividad  desempeñada  por  el  defensor  público fue  impropia y desacertada,  pues  en  su   breve   desempeño   en  las  audiencias,           mostró falta  de                   diligencia,      improvisando    el   cumplimiento   de  su  labor  y  siendo    evidente  su   desconocimiento  acerca      del  procedimiento        y       dinámica    probatoria    contemplada    en   la   Ley   906 de 2004.   

Nótese que  pese    a    ser    designado   con   un  mes  de anticipación  a la celebración del juicio oral,  no     se     ocupó    del    estudio    del    proceso    ni    logró  siquiera  comunicación  con    su    representado,   situación que lo  forzó   a   solicitar   el   aplazamiento  de  la  diligencia,  mostrando  absoluta  negligencia  y  descuido en el  ejercicio      de     su     gestión,     al     punto     que    le  mereció el    llamado    de   atención   del  a  quo  y    de    los    demás intervinientes.   

Además,  se  observa     que  los    elementos  probatorios de los que  desistió  resultaban  necesarios para           sacar     avante     la     tesis  defensiva, dada     su     clara   relación   con   el   tema   de  prueba,     tal  y    como   lo  anunció    su    antecesor   al   solicitar   su  práctica,     justificando  así  la pertinencia de los medios  de               convicción    de   los   que   en      su      totalidad       renunció   el   nuevo  defensor.   

En efecto, de  conformidad   con   lo  expuesto  en  la  audiencia  preparatoria,  con  los  testimonios de los diputados de la Asamblea Alfredo  Pote   Gamboa,  Fredy  Lloreda   Palacios   y   Elizabeth   Cury   Moreno,  buscaba  la   defensa   acreditar  que el  Departamento     del     Chocó     sufragaba     los    salarios    y  prestaciones   sociales   de   los   miembros   de  esa  Corporación,  la                   reestructuración    de    pasivos   del  Departamento del Chocó     acorde    con    la   Ley   500   de   1999,     en    orden    a       probar      que  la actuación del juez procesado  estuvo    enmarcada    dentro   de   la legalidad.   

Por         otra     parte,     con   la  declaración  de   Rodolfo  Murillo  Guzmán,   quien   fungió  como       pagador      en   ese   ente   territorial,   se  daría    cuenta  cómo  funcionaba  la  Asamblea    Departamental,    los    pagos   a   su  cargo,  cómo y  quién estaba  designado    para  efectuarlos.   Con   el   mismo  propósito  el  testimonio   de   Roger   Palacios   Mosquera,  ex  Secretario  de  Hacienda  de  ese  Departamento, que  dado    su    conocimiento    en    la   materia,  confirmaría         la         atipicidad   de   la   conducta  enrostrada  al procesado.   

Así  mismo,    con  la              declaración        de       Carlos  Enrique  Ramírez     Mosquera,    técnico  en  criminalística y ciencias  Forenses,  el primigenio  defensor   pretendía  introducir los siguientes documentos:   

    

* El    Decreto    No.   0575   de   11   de   agosto     de    2009,      expedido     por    la  Gobernación del Chocó  en el cual reconoce esa  entidad  que dentro del acuerdo de reestructuración  de  pasivos  asumió  las  deudas  de las entidades  descentralizadas    y    las    de    la    Asamblea   Departamental.     

    

* El      Proceso     disciplinario  adelantado   contra   Liz   Virgema   Gutiérrez,  secretaria  del Juzgado que regentaba el acusado, con      el      cual     se     demostraría    el    criterio   de   ese   Despacho  acerca      de      que  los  recursos  del Departamento  del           Chocó          podían  ser embargados dentro  de  los  procesos ejecutivos  No.        677        y       434.     

    

* Y       el       oficio         No.   0755  de  28  de  junio  de  2010  de    Fiduagraria,  en  el cual    se    consigna   la         relación     de     créditos          inmersos     en     el     proceso    de  reestructuración    de    pasivos   del    Departamento   del   Chocó,  entre   los   que  se  encontraban  las            acreencias     de    los       diputados   de   la   Asamblea,  quién     y     cómo   se   cancelaban,  a      fin     de     probar            que  era  esa     entidad  quien   debía     responder     por     tales    obligaciones.     

Es  evidente  entonces,          la          utilidad,   conducencia    y   pertinencia   de             los             elementos             probatorios       dejados  de  practicar  por  la  desidia           del          abogado     defensor,  puesto  que  con base en ellos se  pretendía controvertir  y    rebatir   la   tesis   del   ente   acusador,  según  la  cual  resultaba  contrario  a  la  ley  embargar   los   recursos   del  Departamento  por  acreencias  de  la  Asamblea  Departamental     a    la    que    no    estaba  obligado,    para  demostrar   que   las   decisiones  adoptadas  por  el  juez  MENA  CASTILLO  no  eran  constitutivas de  prevaricato por acción.   

Tal         inactividad   procesal   no   puede  entenderse    entonces    como   una   estrategia  defensiva diversa     a     la     de     su  antecesor  sino como el  abandono  del defensor  público     de  las  funciones  que le  fueron  encomendadas,  por  cuanto    con   ese  comportamiento  privó  a       su  asistido de   la   totalidad   de  los  medios  de  defensa  con  los que contaba y que      ya     habían    sido    decretados.   

En       tal      contexto,    se    advierte    la    afectación    del   derecho   a   la  defensa    técnica   de  FRANCISCO  MENA  CASTILLO  y, de  paso,  de la      garantía      a      la  contradicción  propia  del     proceso  adversarial,             pues   el  abogado  designado  por  el  Estado  en  manera alguna cumplió con    los   deberes   de   asesor  técnico  que su cargo  le     demandaba  y      de      tal      forma      oponerse,        en        igualdad       de       condiciones,  a  la  acusación  formulada  por            el            Fiscal.         Tampoco    realizó    ninguna        acción  positiva  para     obtener    una        decisión        favorable   o   cuando   menos   una  condena  más  benigna    para    su    representado.   

Y si bien es cierto el procesado   coadyuvó   con  su      autorización  a la  configuración            del         vicio,  ello  no  desvanece  la        ausencia      de      defensa     letrada  efectiva,    pues  por   esta  causa  se  redujeron visiblemente las posibilidades defensivas de  éste,  y no se presentó el necesario contradictorio entre las hipótesis de la  Fiscalía  y  la  defensa,  ejercicio  determinante  para refutar la pretensión  condenatoria  del  Estado,  dada  la  ausencia  total  de prueba en favor de los  intereses  del  incriminado y la mera figuración o aparente defensa que hizo el  profesional  designado, lo que inexorablemente impone retrotraer el proceso para  garantizar  al  acusado  el  ejercicio  de  una  verdadera y real defensa de sus  derechos.   

La  pasividad  injustificada  del  defensor  público  en  la  etapa probatoria, repercutió en perjuicio de los intereses de  MENA   CASTILLO,  por  cuanto  es  evidente  que  tenía  a  su  alcance  medios  probatorios  idóneos  para  oponerse  a  la  acusación  de  la Fiscalía y sin  embargo  no  lo  hizo,  conculcando de esa forma la garantía fundamental que le  asistía al procesado de contar con una defensa técnica efectiva.   

En    este   sentido,   la   Sala,   ha  precisado5:   

«[s]obresale  lo  repetitivo que fue el legislador en cuanto a que la validez  de  la  actuación no puede admitirse en detrimento  del  derecho de defensa, como garantía procesal que  es,  aun cuando el acto  cumpla   la   finalidad   o   el   sujeto  reclamante  haya  coadyuvado  con  su  conducta  o  anuencia  en  la formación  de la irregularidad sustancial, toda vez que en tales casos la  nulidad  es  la  única forma de enmendar el vicio,  dado  que no es posible de otra manera resolver el conflicto, debiéndose  regresar  las  cosas  a  su  cauce  normal,  pues     es     obvio    que    la  agresión     a    dicha    garantía  conlleva consecuencias que no pueden restablecerse sino con la  invalidación    de    lo    actuado6».   

En   suma,   la   falta   de  un  abogado  defensor   diligente y actualizado, denota a todas luces el quebrantamiento  de  esa  garantía  fundamental,  cuyo restablecimiento solo es posible llevar a  cabo     anulando    la    actuación   desde   el   momento   en   que  correspondía   el   turno   a   la   defensa         para      la      práctica        de   sus  pruebas en la audiencia  de juicio oral.   

Por último,  dado  el presunto     incumplimiento     de  los   deberes   profesionales   por   parte   del  abogado  César  Augusto      Valencia      Mosquera,            quien        fungió   como   defensor  público   del  acusado,  la   Sala   compulsará  copias  ante  la  Sala Jurisdiccional Disciplinaria del Consejo  Seccional  de  la  Judicatura de Quibdó,  a fin  de     que     determine    su    responsabilidad  disciplinaria.   

A propósito  de   la   temática  que  involucra  este  asunto,  la  Sala hace propicia  la   ocasión   para  llamar      la  atención                de  los  profesionales  del  derecho  acerca    de    la  responsabilidad  que  implica  asumir la defensa de  alguna  persona  en  una causa criminal, en especial  durante  el  curso del  juicio  oral,  y  los  exhorta para que cumplan con  responsabilidad  el  deber  que  les corresponde     dentro     de    la  actuación       procesal       y,  salvo  que    surja    una  razón  poderosa,  no  abandonen   la   misión   encomendada,      pues      al      margen      de      que     tengan  motivos     contractuales    para    no    seguir  actuando,     el  interés público de la  Administración        de       Justicia  debe estar por encima de las  controversias  privadas  que  se  deriven  del  contrato  de  mandato  celebrado  entre  el cliente y el  abogado,  las  cuales  podrán    decidirse   por   la   vía     civil     pero     sin     afectar    el    desarrollo    del    proceso   penal,   pues,   en   principio,   el  interés    general  de    lograr    una  pronta     y    cumplida    justicia,  debe  prevalecer sobre el interés  personal  del  profesional  del  derecho  que en un  momento     dado     pueda     verse afectado por la conducta de su cliente.   

En últimas,  el   mensaje   que   la   Corte   quiere   enviar   a   los   abogados,  va  dirigido  a  que  tomen conciencia del enorme compromiso  ético   que  asumen  frente     a     la    Administración        de       Justicia,   cuando   aceptan  representar  intereses  de  personas  involucradas   en  asuntos  penales,  para  que  en  lo  posible cumplan su tarea hasta la finalización    de    los    casos,  y  no  declinen con facilismo el  encargo   profesional   que   se   les  ha  conferido,  pues  ello  generalmente    ocasiona    serios  retrasos en el trámite  de  los  procesos  y  contribuye negativamente a la imagen que los ciudadanos se  forman del sistema judicial.   

Colorario  de  lo expuesto, la   Corte   decretará       la      nulidad   de   la   actuación   a   partir   del   momento   en  que       se  concedió  la  palabra  a la defensa para practicar  las  pruebas  que  fueron  autorizadas  en la audiencia preparatoria,   para   lo   cual   se            remitirá         el   proceso  al  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Quibdó   a  efectos  de   que   se   reponga  la  actuación  del juicio, con citación personal  del abogado de confianza designado por el acusado.   

Cuestión  final – defensa material   

La   Sala   deber  hacer  una            específica  consideración       respecto       de      la  vulneración  del  ejercicio del derecho de defensa  material,    que  también  se  postula  como causa invalidatoria del  proceso,  dado  que el  Tribunal  negó  al  procesado  la  oportunidad  de  intervenir    en    los    alegatos   conclusivos.   

La  defensa material entraña   para  el  procesado   «la  posibilidad      de     ser     oído  o  de  guardar             silencio»  (CSJ  SP,  24 jun. 2015, rad. 39.703), por tanto toda persona  sujeta  a un proceso penal tiene derecho, si esa es su voluntad, a ser escuchado  en todas las etapas de la actuación.   

El  derecho  a  la  última  palabra,  como  también  es  conocido  en  el  ámbito internacional, aparece consignado en los  artículos  8°  y  14  de  la Convención Americana sobre Derechos Humanos y el  Pacto  Internacional  de  Derechos Civiles y Políticos, respectivamente, cuando  disponen  que  toda  persona  tiene  derecho  «a ser  oída»,  entre  otras, «en  la    sustanciación    de   cualquier   acusación   penal   formulada   contra  ella».   

En   el  contexto  del  sistema  penal  acusatorio,  también la ley señala amplias potestades  para  hacer  efectivo  el  derecho  a la defensa material por parte del acusado,  como lo señala el artículo 130:   

«Atribuciones.  Además  de los derechos reconocidos en los Tratados Internacionales de Derechos  Humanos   ratificados   por   Colombia   y   que  forman  parte  del  bloque  de  constitucionalidad,  de  la  Constitución Política y de la ley, en especial de  los   previstos  en  el  artículo  8º  de   este  código,  el  imputado  o  procesado,  según  el  caso,  dispondrá  de  las  mismas  atribuciones  asignadas  a  la defensa que resultan  compatibles  con  su  condición.  En  todo  caso, de mediar conflicto entre las  peticiones  o  actuaciones  de  la  defensa  con  las  del  imputado o procesado  prevalecen las de aquella».   

Así,  se  contempla  la  posibilidad  que  declare  en  su  propia  causa  (art.  394), además de la facultad de esa parte  de  presentar  su  teoría  del  caso  y  alegatos  conclusivos,  guardar  silencio  o  renunciar  a  hacerlo,  interponer recursos,  elevar  solicitudes y peticiones de diferente índole, interrogar a los testigos  o pedir pruebas, etc.   ,  tal como lo precisó la Corte al referir a la  posibilidad  que le asiste al procesado de declarar en su propia  causa   (AP6395-2015,  rad. 41198):   

«El derecho  a  la  defensa  material,  en  el  contexto  del sistema penal acusatorio, tiene  varias  connotaciones,  por  ejemplo,  la facultad que le asiste al procesado de  presentar  alegatos  introductorios  y  conclusivos, interponer recursos, elevar  solicitudes  y  peticiones  de  diferente  índole,  interrogar  a  los testigos  directamente,  pedir  pruebas  y  guardar  silencio  o  renunciar  a  hacerlo».   

Lo   anterior  permite  concluir  que  el  procesado  tiene derecho, con apego al debido proceso, a intervenir en el juicio  y   a   la  última  palabra  para  ejercer  su  propia  defensa  en  diferentes  oportunidades,  incluso  que  su  testimonio  se  practique  no  solo  cuando es  solicitado  y  decretado en audiencia preparatoria, sino también «cuando  no  habiéndose  ofrecido  en esa oportunidad, el procesado  renuncia  al  derecho  a  guardar silencio y así lo reclama antes de agotada la  práctica  probatoria  en  el  juicio  oral», como lo  admitió la Sala en el  pronunciamiento en mención.   

En esa medida, es incuestionable el derecho  que  le asiste al enjuiciado de presentar alegatos conclusivos,  expresando  su  voluntad  de  intervenir  para ejercer su propia defensa luego de escuchados  los demás intervinientes y su defensor.   

Esta   garantía  la  consagra  el  Pacto  Internacional  de Derechos Civiles y Políticos en el artículo 14 y el Convenio  para  la  Protección  de los Derechos Humanos y de las Libertades Fundamentales  en  el  artículo  6°,  como  el derecho que tiene toda persona de «defenderse     personalmente»     o  «por         sí         mismo».   

También  lo  ha  ilustrado  la  Corte  Constitucional,   según   la   cual   el   derecho   a   la   última   palabra  implica  «la  garantía  de  que  (el)  imputado o  acusado  tenga  la  posibilidad  de  controvertir todas las razones o argumentos  expuestos  por  los  demás  sujetos del proceso, en  las   oportunidades   en   que   las   normas   de   procedimiento   prevén  su  confrontación,  lo  cual lógicamente sólo  es  posible  mediante la intervención en último lugar en  cada   una   de  tales  oportunidades»7.   

Queda  así  evidenciado en este asunto, la  conculcación  también  del  derecho de defensa material del acusado por cuanto  el  Tribunal  le  negó  la  oportunidad  de  presentar  sus  propios   alegatos   conclusivos   en  una  comprensión  equivocada  y  desatinada  del  principio  de  igualdad de armas, que por el contrario implica,  entre  otros  aspectos,  con  el objeto de lograr el equilibrio del acusado y la  Fiscalía    en    derechos,   obligaciones,   oportunidades,   información   y  conocimientos,  que  el primero, una vez se haya enterado de la totalidad de los  contenidos  probatorios  y los alegatos de las partes, pueda renunciar a guardar  silencio y solicitar ser oído en el juicio oral.   

La  información  que  puede  ofrecer el  procesado  y  la  posibilidad  de  explicar su conducta, resulta importante pues  bien  puede refutar o poner en entredicho la credibilidad de aspectos que tengan  incidencia   en   su  situación  jurídica,  lo  cual  puede  realizar  en  las  oportunidades  señaladas  en  la  ley,  como  es  el  momento  de presentar las  alegaciones  conclusivas,  en  ejercicio  de  su  derecho fundamental de defensa  material.   

En  tal  medida,  el  anterior  criterio  deberá  ser tenido en cuenta por el Tribunal, para cuando, una vez subsanada la  actuación  y  en  el  momento  oportuno,  si  el procesado insiste en presentar  alegatos de cierre, le permita hacerlo.   

En  mérito  de  lo  expuesto, LA    SALA   DE   CASACIÓN   PENAL   DE   LA   CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA,   

RESUELVE:  

PRIMERO:        DECLARAR  LA  NULIDAD  del  proceso,  desde       el       momento      en  que  se   le   concedió   la   palabra   al    defensor   para   que     diera    inicio    a    la  práctica     de     las     pruebas        decretadas       a       solicitud       suya,   a  efectos     de     que     el     apoderado   de   confianza  designado  por  FRANCISCO  ANTONIO  MENA CASTILLO pueda        proceder    a    su    práctica.   

SEGUNDO:  COMPULSAR    COPIAS  a     la    Sala  Jurisdiccional   Disciplinaria   del   Consejo   Seccional   de   la  Judicatura  de  Chocó o la entidad  que  haga  sus  veces, a  fin    de   que   se   investigue   la   conducta   del   abogado   César      Augusto     Valencia  Mosquera.   

Contra  esta providencia no procede recurso  alguno.   

Notifíquese  y  cúmplase y devuélvase  al Despacho de origen.   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

JOSÉ FRANCISCO ACUÑA VIZCAYA  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

LUIS ANTONIO HERNÁNDEZ BARBOSA  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

SECRETARIA  

    

1  Se  programó  la  audiencia  de  juicio  oral para los días 28,29 y 30 de abril de  2014;  Por  solicitud del procesado se fijó para el 19 al 21 de mayo siguiente,  no  obstante  ante  la  imposibilidad  del  Fiscal  de  asistir en esa fecha, se  reprogramó  para  los  días  2,3  y 4 de junio, que se aplazó a petición del  procesado  para  el  17,18  y  23  de junio y, posteriormente para el 30 y 31 de  julio,  4,  5  y  6  de  agosto,  por  cuanto  el  Fiscal ni el defensor podían  comparecer.   

2 CSJ  SP, 26 nov. 2011, rad. 32143; CSJ AP, 9 jun. 2008, rad. 29092.   

3  Sentencia C-025 de 2009.   

4 CSJ  AP 1092-2015, radicado 44925, auto de 4 de marzo de 2015.   

5 CSJ  SP, 18 Abr. 2012, Rad. 34465   

6 Cfr.  Sentencias  de  22  de junio de 2006 y 6 de septiembre de 2007, Radicaciones N°  22304 y 16958, respectivamente.   

7 Corte  Constitucional,    sentencia   C   – 1195 de 2005.     

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