37598(26-10-11)

2011

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso     n.º  37598   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 382.  

Bogotá,  D.C., veintiséis de octubre de dos  mil once.   

V    I   S   T   O  S   

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  de  la  demanda  de  casación  presentada por el defensor del procesado OSWALDO  AZAEL  BURGOS MONCAYO,  contra el fallo de segunda instancia que profiriera  el  Tribunal Superior de Pasto, fechado el 31 de mayo de 2011,  mediante el  cual  revocó la absolución emitida el 24 de mayo de 2007, por el Juzgado Penal  del  Circuito  de  La Unión (Nariño), y en su lugar condenó a su representado  legal  a   la  pena de 74 meses de prisión, en calidad de autor del delito  de  acceso  carnal  violento  agravado, en su modalidad imperfecta de tentativa.  Además,  se  impuso  la pena accesoria de interdicción de derechos y funciones  públicas,  por  lapso  igual  a  la pena privativa de la libertad, así como la  pérdida  del  empleo de docente; se determinó el pago, a título de perjuicios  morales,  del  equivalente  a  10  salarios  mínimos  legales  mensuales; y, se  negaron  al  procesado  los  subrogados  de  la  suspensión  condicional  de la  ejecución de la pena y prisión domiciliaria.   

H E C H O S  

Fueron    narrados   en   la   sentencia  impugnada,    citando   la   resolución   de   acusación,  del  siguiente  tenor:   

“Acaecieron  el 21 de mayo de 2002, en  horas  de la tarde, en momentos en que OSWALDO AZAEL BURGOS MONCAYO, docente del  Instituto        Técnico        –Agropecuario  de San Lorenzo para esas calendas, se encontraba en la  habitación   de  la  vivienda  donde  residía,  arreglando  la  antena  de  su  televisor,  según  las  constancias procesales, la aludida persona solicitó la  ayuda  de  la  menor  A.Y.S.  para  cumplir  la  labor  que se había propuesto,  generando  le  escenario  perfecto  para abalanzarse sobre aquella, empujándola  contra  una cama, despojarla de su ropa interior y amordazarla con el fin de que  no  gritara;  al  lugar  arribaron  los menores GERMÁN NARVÁEZ y ÓNIX MUÑOZ,  cuya  presencia impidió que el acto se consumara, pues BURGOS  se levantó  y salió del sitio como si nada hubiere sucedido.”   

DECURSO  PROCESAL  

La  denuncia  penal  fue  instaurada  por la  Comisaria  de Familia de San Lorenzo (Nariño), el 15 de junio de 2002, conforme  la queja presentada allí por la madre de la víctima.   

Luego de algunas diligencias, el 25 de julio  de  2003,  la Fiscalía 37 Seccional de La Unión, dispuso la apertura formal de  la  instrucción, determinándose escuchar en indagatoria a OSWALDO AZAEL BURGOS  MONCAYO.   

El  31  de  enero  de  2006, fue resuelta la  situación  jurídica  del  procesado,  en  contra  de quien se impuso medida de  aseguramiento  de  detención  preventiva  sin beneficio de excarcelación, así  como la suspensión en el ejercicio de la profesión docente.   

El 30 de julio de 2006, fue cerrado el ciclo  instructivo.  Consecuentemente,  el 29 de septiembre de ese año se calificó el  mérito  del  sumario,  profiriéndose  resolución  de  acusación en contra de  BURGOS  MONCAYO,  a  título  de  autor  del  delito  de  acceso carnal violento  agravado, en la modalidad de tentativa.   

Dado que el defensor del procesado interpuso  recurso  de apelación en contra de la decisión calificatoria, con fecha del 10  de  noviembre  de  2006, la Fiscalía Cuarta Delegada ante el Tribunal de Pasto,  confirmó en todas sus partes lo decidido por el A quo.   

Ejecutoriada la resolución de acusación, el  asunto  le  fue  repartido,  para adelantar la fase del juicio, al Juzgado Penal  del  Circuito  de La Unión, despacho judicial que asumió conocimiento el 22 de  noviembre de 2006   

El  14  de  febrero  de  2007, tuvo lugar la  audiencia preparatoria.   

La  audiencia  pública  de  juzgamiento  se  desarrolló los días 17 y 18 de abril de 2007.   

El  24  de  mayo  de  2007,  fue  emitida la  sentencia   absolutoria   de   primer   grado,   oportunamente  apelada  por  la  Fiscalía.   

Finalmente,  el  31  de  mayo  de 2011, se  profirió  la sentencia de segundo grado, que revocó lo decidido por el A quo y  en  su  lugar condenó al acusado. Oportunamente la defensa presentó la demanda  de   casación   que   ahora   se   analiza  en  su  argumentación  y  adecuada  fundamentación.   

LA  DEMANDA  

    

1. Cargo primero     

Bajo  el  amparo de la causal primera, cuerpo  segundo,  establecida  en  el artículo 207 de la Ley 600 de 2000, el recurrente  acusa  al  fallo  de  segunda instancia de violar la ley de manera indirecta, al  incurrirse en un error de derecho por falso juicio de legalidad.   

Ya  para  precisar  el  cargo el casacionista  significa  que  se  presentó tanto un yerro en la “aducción” de la prueba,  como  en  la “interpretación y apreciación falsa de la misma”, con lo cual  se violentaron los artículos 7, 232 y 277 de la Ley 600 de 2000.   

Además, agrega, se vulneró el debido proceso  y el principio in dubio pro reo.   

En  la  que  denomina  “DEMOSTRACIÓN  DEL  CARGO”,   se ocupa el impugnante de analizar la prueba de incriminación,  conforme  su  particular interés, para colegir de allí que la retractación de  la      víctima,     así     como     las     contradicciones     –que  se ocupa de reseñar- con el otro  menor  que  inicialmente  ratificó la existencia del vejamen, a lo cual se suma  la  afirmación  posterior  de  la  madre de la afectada, diciéndola mendaz, se  erigen    en    factores    suficientes    para    sostener   que   “nos  encontramos  frente  a  una  investigación  colmada  a  la  saciedad   de   contradicciones   e  inconsistencias,  apretada  de  mentiras  y  fantasías,  acuñada  de irrealidades y sopesadas en decisión de segundo grado  de manera errónea y equivocada.”   

Añade  el  casacionista  que  el  Tribunal  “condenó  a  sabiendas  que  estaba  tomando  una  decisión  manifiestamente  contraria  a derecho”, en  tanto,   no   existe  prueba  que  conduzca  a  la  certeza  para  condenar.  En  consecuencia:  “Si el sentenciador de segundo grado  hubiese  aplicado  racional  y  razonablemente la probanza testimonial de manera  imparcial,  justa  y  ecuánime  y  al tenor de la sana crítica, atendiendo los  postulados  de  la  lógica, la ciencia y la experiencia, sin hesitación alguna  que  el  fallo  del  Ad- Quem, debió ser confirmatorio al del A-Quo”.   

Luego  de  algunas  citas jurisprudenciales y  doctrinarias,  el  recurrente concluye que el Ad quem advirtió la existencia de  duda  razonable,  pero  a pesar de ello condenó al procesado, motivo suficiente  para  que se case la condena y en su lugar se absuelva al acusado del delito por  el cual se le llamó a juicio.   

    

1. Cargo segundo     

También  por  la  vía indirecta, pero ahora  sosteniendo  existente  un  error  de  hecho  por  falso juicio de identidad, el  casacionista  refiere  que el Tribunal dio una lectura errada a lo sostenido por  la perito médica en su dictamen.   

Así,  subraya  el  recurrente  que  en  el  documento     se     lee,     respecto     de     la     menor:     “…presenta   signos  y  síntomas  evidentes  de  perturbación  psíquica  relacionados  con  la  violación.  Para  establecer  esta secuela se  requiere  valoración  por  psiquiatría  forense,  lo  que  debe  solicitarse a  través de su despacho”   

Al  tanto que el Tribunal leyó lo siguiente:  “Es  por ello que ella (refiriéndose a la Médico)  plasma  en  su  dictamen que la examinada presentaba una perturbación psíquica  transitoria,   desprendida   aseguradamente   del   episodio  vivido”.   

Para el casacionista el Ad quem contrarió el  sentido  de  lo conceptuado por la profesional de la medicina, pues, esta apenas  señaló  la  existencia de signos evidentes de perturbación psíquica, y no la  existencia  de  una  perturbación psíquica, además que no “recomendó” la  intervención  de  un  experto en psiquiatría, sino que dispuso la necesidad de  ese examen.   

Entonces, agrega el recurrente, como nunca se  demostró  científicamente  la  existencia  de  la perturbación en comento, el  Tribunal,  al  asumirlo  como probado, incurrió en el falso juicio de identidad  advertido.   

A renglón seguido, señala el demandante que  para  la apreciación del dictamen científico han de tomarse en cuenta aspectos  tales  como la idoneidad técnico- científica y moral del perito, la claridad y  exactitud  de  sus  respuestas,  su  comportamiento  al  responder,  el grado de  aceptación  de  los  principios  científicos, los instrumentos utilizados y la  consistencia en las respuestas.   

En  este  sentido,  agrega  el impugnante, la  perito  emitió  no  un  dictamen sino un simple concepto y como la menor obvió  asistir  a  la cita programada con el profesional en psiquiatría, no es posible  otorgarle  validez  al  concepto “pues no reúne las  exigencias   de  la  ley  procesal”  y  “además   el   susodicho  concepto  adolece  de  fundamentación  técnico   científica    que   lo   sustente”.   

Y concluye. “Si la  sentencia  atacada  no  hubiere  violado  indirectamente  la ley sustancial, por  error  de  hecho  en  razón del falso juicio de identidad que se le emitiera al  concepto  médico,  y, de verdad se le hubiere dado el valor probatorio pericial  que  sobre  el  recae,  así  como lo hizo el A- Quo, de manera objetiva, justa,  ecuánime,  imparcial y ajustada al derecho procesal probatorio, sin hesitación  alguna  que  ese  fallo de segundo grado debió ser confirmatorio al del juez de  primera instancia…”.   

En  consideración  a  lo anotado, depreca se  case  el  fallo  para  absolver  a  su  representado  legal  del cargo objeto de  acusación.   

C O N S I D E R A C I O N E S  

    

1. Cargo Primero     

Basta  apreciar la metodología utilizada por  el  impugnante  para  controvertir  la  decisión  de  segunda  instancia  y los  fundamentos   en  que  se  basa  la  impugnación,  para  concluir  evidente  la  impropiedad  del  primer  cargo  planteado,  en tanto, se trata de un alegato de  libre  confección  en  el  cual, lejos de demostrar algún tipo de violación o  yerro  trascendente  en la evaluación efectuada por el Tribunal para revocar el  fallo  absolutorio  y condenar, busca anteponer a ello su particular perspectiva  acerca  de  la  prueba recogida y sus efectos, pasando por alto que la sentencia  de   segundo   grado  arriba  a  la  sede  casacional  revestida  de  una  doble  connotación   de  acierto  y  legalidad,  solo  derrumbable  a  partir  de  una  demostración  clara  y  suficiente de  que se incurrió en un vicio de tal  entidad que debe dejarse sin efecto lo resuelto .   

De lo presentado en la demanda, lo primero que  emerge  claro  es  el completo desconocimiento que posee el demandante acerca de  la  forma de demostrar los errores de hecho, pues, confunde en un solo cargo, de  manera  abigarrada  y  sin mayores precisiones, el falso juicio de legalidad con  el  falso raciocinio y estos, con el in dubio pro reo y el debido proceso, hasta  completar  una abigarrada suma de críticas jamás desarrolladas en su esencia y  trascendencia.   

Como  es  claro  que  el demandante desconoce  hasta  los  mínimos  rudimentos  de  la  forma  en que se sustentan jurídica y  lógicamente  los  cargos en casación, la Sala estima necesario precisar lo que  ya desde antaño, pacíficamente, se ha dicho sobre el tema.   

Acerca de la forma de argumentar la violación  indirecta  de  la  ley,  esto  ha  anotado  la Corte1:   

“2.  En  efecto,  la violación indirecta de la ley sustancial, vía de  ataque  preferida  por  el  libelista  para  censurar el fallo de segundo grado,  está  ligada  a  la  materialización de vicios de naturaleza probatoria de dos  clases distintas: de derecho y de hecho.   

Los  errores  de  derecho  se subdividen en:  falso  juicio  de  legalidad  y  falso  juicio  de  convicción  vicios  que son  ontológicamente  diferentes. El juicio de legalidad se relaciona con el proceso  de  formación  de  la prueba, con las normas que regulan la manera legítima de  producir  e  incorporar  la  prueba al proceso, con el principio de legalidad en  materia  probatoria  y  la  observancia  de  los presupuestos y las formalidades  exigidas  para  cada  medio,  de  suerte  que el dislate se cristaliza cuando el  fallador  valora  o  aprecia  un  medio  de  prueba que desconoce alguna de esas  ritualidades,  o porque califica de ilegal una que sí las satisface y por tanto  es válida.   

El  juicio  de  convicción  consiste en una  actividad  de  pensamiento  a través de la cual se reconoce el valor que la ley  asigna  a determinadas pruebas, presupone la existencia de una “tarifa legal” en  la  cual  por voluntad de la ley corresponde a las pruebas un valor demostrativo  predeterminado  o  de  persuasión  único  que  no  puede  ser  alterado por el  intérprete;  en  consecuencia,  se  incurrirá  en  error  por  falso juicio de  convicción  cuando  se niega a la prueba ese valor que la ley le atribuye, o se  le  hace  corresponder  uno  distinto.  Sin  embargo,  al  desaparecer la tarifa  probatoria  en  materia  procesal  penal,  sustituida  por el sistema de la sana  crítica  previsto  en  los  artículos  238,257,  277, 282 y 287 del Código de  Procedimiento  Penal  (Ley  600  de  2000), en principio, no es posible para los  jueces  incurrir  en  errores  de  derecho  por  falso  juicio  de  convicción,  porque   la  legislación  penal en materia de pruebas no somete, por regla  general,   su  raciocinio  a  evaluaciones  dependientes  de  una  tarifa  legal  probatoria.   

Los   errores   probatorios  de  hecho,  a  diferencia  de  los  de  derecho,  obligan  a  quien los invoca a aceptar que la  prueba  respecto  de  la  que  los  alega fue reconocida por el funcionario como  legal,  regular  y  oportunamente allegada al proceso, toda vez que lo discutido  constituye  vicios  fácticos  que  se  desarrollan  en  tres modalidades: falso  juicio de existencia, falso juicio de identidad y falso raciocinio.   

Incurre  en  falso  juicio  de existencia el  fallador  que  omite  apreciar el contenido de una prueba legalmente aportada al  proceso  (falso  juicio de existencia por omisión), o cuando, por el contrario,  hace  precisiones  fácticas  a  partir  de un medio de convicción que no forma  parte  del proceso, o que no pertenecen a ninguno de los allegados (falso juicio  de existencia por suposición).   

El  falso  juicio de identidad se diferencia  del  anterior en que el juzgador sí tiene en cuenta el medio probatorio legal y  oportunamente  practicado,  pero,  al  aprehender  su  contenido,  le  recorta o  suprime   aspectos  fácticos  trascendentes  (falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento),  o le agrega circunstancias o aspectos igualmente relevantes que  no  corresponden  a  su  texto  (falso  juicio  de identidad por adición), o le  cambia  el  significado  a  su expresión literal (falso juicio de identidad por  distorsión o tergiversación).   

La  acreditación  de  un  falso  juicio  de  existencia  o  de  un falso juicio de identidad, por tratarse de vicios objetivo  contemplativos,   es   en  extremo  elemental.  En  el  primer  caso  basta  con  identificar  el  contenido  de  la  prueba omitida y el lugar en el que ésta se  halla  adosada  a  la  actuación,  o  con  señalar  la precisión fáctica que  corresponde  a  un medio de prueba extraño a la actuación o que no pertenece a  alguno  de  los  legalmente  aportados;  y  en  el segundo, es suficiente con la  comparación  de lo que de manera fidedigna revela la prueba, con la síntesis o  aprehensión  que  su  contenido  hizo  el funcionario, en aras de evidenciar el  cercenamiento, la adición o la tergiversación de su texto.   

Finalmente,  el  falso raciocinio difiere de  los  anteriores  en  que  el  medio  de  prueba  existe  legalmente y su tenor o  expresión  fáctica  es aprehendida por el funcionario con total fidelidad, sin  embargo,   al   valorarla,  al  sopesarla,  le  asigna  un  poder  suasorio  que  contraviene  los  postulados  de  la  sana  crítica, es decir, las reglas de la  lógica,  las  máximas  de  la experiencia o sentido común, o las leyes de las  ciencias,  y  en  tales  eventos  el  demandante corre con la carga de demostrar  cuál  postulado  científico,  o cuál principio de la lógica, o cuál máxima  de  la  experiencia  fue desconocido por el juez, e igualmente tiene el deber de  indicar  cuál  era  el  aporte  científico  correcto,  o  cuál  el raciocinio  lógico,  o  cuál  la  deducción  por  experiencia  que  debió aplicarse para  esclarecer el asunto.   

No  sobra destacar que, adicionalmente, como  es  sabido,  bien  se  trate de errores de derecho o ya de hecho, tras demostrar  objetivamente  el dislate, es perentorio acreditar su trascendencia o, lo que es  lo  mismo, que de no haberse incurrido en él, la declaración de justicia hecha  en  sentencia  habría  sido  distinta  y  favorable  a  la  parte  que alega el  respectivo desaguisado.”   

         La  simple  observación  objetiva de lo que en el cargo postula el  recurrente,   permite   verificar   ajenas  a  los  mínimos  rudimentos  atrás  planteados   sus   argumentaciones,   en  tanto,  para  advertir  desde  ya  los  desaciertos,  no  es posible que critique la valoración que el Tribunal hizo de  la  prueba pericial, cuando antes, sin especificar cómo ocurrió ello o cuáles  normas  procesales  fueron  desconocidas  o  malinterpretadas, advirtió que ese  elemento probatorio fue indebidamente aducido.   

         Es  claro  que  si el problema es de aducción ilegal de la prueba,  nada  tiene  que discutirse en torno de su valoración, pues, sencillamente, ese  elemento  suasorio  ni  siquiera  puede ser objeto de  análisis dado su origen ilegítimo.   

         De  ahí  el ostensible contrasentido que  contiene   lo   controvertido   por  el  impugnante,  quien,  sin  solución  de  continuidad o subsidiaridad, plantea que la prueba no  podía  admitirse,  pero a la vez controvierte el análisis que de ella realizó  el Tribunal.   

         Desde  luego,  se  repite,  el  demandante  obvia señalar jurídicamente por qué se presentó  algún  vicio  en  la aducción de la experticia, para lo cual era indispensable  verificar   la  norma  o  normas  vulneradas,  en  lo  procedimental.   

         Lejos  de  ello, se ocupa ampliamente de entronizar su particular y  muy  interesada  visión  de  lo  que lo recogido probatoriamente contiene, para  oponerlo  al  examen más autorizado del Ad quem, con lo cual lo suyo no pasa de  constituir  típico  alegato  de  instancia,  propio de instancias judiciales ya  superadas  y  con  ninguna  aptitud  para  derrumbar  lo decidido por la segunda  instancia,  en  cuanto  prevalido,  ya  se  dijo,  de  una doble connotación de  acierto y legalidad.   

         Es  que,  ningún  efecto provechoso puede tener lo expuesto por el  impugnante,   cuando  ello  se  centra  casi  exclusivamente  en  desvirtuar  la  credibilidad  de  lo expresado por la menor víctima y uno de sus compañeros de  clase,  pasando  por  alto que la crítica no debe enfilarse contra la prueba en  sí     misma,     sino     respecto     de    la    evaluación    –individual  y  en conjunto- que de su  contenido hace la judicatura.   

         Y,     si     se     tiene     claro     que     el    Tribunal  abordó amplia y profundamente  el  análisis  de  lo  dicho  por  los testigos de cargos, explicando también a  cuál  de  las  versiones  ofrecidas  otorga  credibilidad,  dado  que operó el  fenómeno  de la        retractación,   mal   puede   ahora   derrumbarse   tan   sólida  construcción  jurídico-probatoria,    con   apenas   visualizar   desde   otra   óptica   la  prueba,   sin   siquiera  preocuparse  por  evidenciar  que  esa evaluación del  fallador  colegiado  atenta  contra  la  sana  crítica en su triple vertiente de leyes de la ciencia, reglas  de la experiencia o principios de la lógica.   

         En  este  sentido,  como  sin  dificultad  se  extracta  de la cita  jurisprudencial  arriba  referenciada, al demandante,  si  ha escogido la vía del error de hecho por falso raciocinio, no le basta con  señalar  genéricamente,  tal cual sucede aquí, que se vulneraron esas reglas,  principios  o  leyes,  sino que le es obligado precisar cuál de esas aristas es  la   violada,  indicando  concretamente  la  ley,  regla  o  principio  aplicado  erradamente,  y  el  apto  para  el asunto, debiendo después integrar esa nueva  lectura  del  medio  con la totalidad del plexo suasorio, a efectos de demostrar  que,  en  efecto,  el  yerro  fue  trascendente  y obliga revocar o modificar la  decisión atacada.   

         Como  esa  no  fue  una  tarea  que adelantase el impugnante, fatal  deviene la inadmisión del cargo.   

         Debe  precisarse,  eso  sí,  que  en  uno  de  los apartados de su  escrito  el  casacionista,  dentro  de  esa mixtura de causales que gobiernan la  demanda,   advirtió   cómo   supuestamente   el  Tribunal,  pese  a  reconocer  expresamente la existencia de duda, terminó por condenar.   

         Si  ello  fuese  así,  indudable  surgiría  la  existencia de una  violación         directa         de         la        ley,        consecuencia de que a pesar de reconocer  esa  circunstancia  impeditiva  de  fallo de condena, el Ad quem pasara por alto  aplicar  el  principio  de  presunción  de  inocencia  -art.  7°  de  la  Ley  600  de  2000-  y en su lugar  emitiera la sentencia adversa al procesado.   

         Empero,  en su manifestación el impugnante incumple flagrantemente  el  deber  de  lealtad  que  como  censor  le  compete,  a  partir  del  cual el  señalamiento  de  los hechos cuando menos debe comportar perfecta fidelidad con  lo   ocurrido,   pues,   no   es   cierto   que   el   Ad   quem,   así   fuese  veladamente,  sostuviese  en  su  argumentación  la  existencia de duda.   

         Todo  lo  contrario,  la  lectura  sin  aprensiones del texto de la  sentencia    de    segunda    instancia,  verifica  inconcuso  que  a  partir  de otorgar credibilidad a la  inicial    declaración    de    la   menor   y   su   compañero   –para  cuyo  efecto  desglosó las varias versiones por ambos  rendidas  y  las  razones  que  impulsan  a  estimar  mendaz  la retractación-,  concluyó  demostrada  la materialización del ilícito atribuido al procesado y  su  responsabilidad  en el mismo, razón por la cual revocó la absolución y en  su lugar condenó.     

         Nunca  se  afirmó  la  duda  propuesta  por  el casacionista, y ni  siquiera    ello    puede    extractarse    de    manifestaciones   obscuras   o  contradictorias.    

         Carece,  por  tanto, de soporte fáctico la crítica que de soslayo  introdujo el demandante.   

    

1. Cargo segundo     

         Para  la  Sala  es  claro  que  el recurrente a partir de una inane  confrontación  entre  lo  que la prueba pericial expresamente consigna y lo que  de  ella  extrajo  el  Ad  quem,  ha construido, por la vía del falso juicio de  identidad  por  tergiversación,  un cargo completamente artificioso que en nada  modifica  el  panorama probatorio o los fundamentos que condujeron a la emisión  de la sentencia de condena.   

        Es  claro que, efectivamente, la controversia propia del cargo por  falso  juicio  de  identidad asoma completamente objetiva, pues, refiere no a la  evaluación  que  de un medio se hace a través de las normas regulatorias de la  sana  crítica,  sino  a  la simple verificación material de lo que el elemento  suasorio  contiene,  para que este conserve su integridad, no sea que se deje de  considerar  parte de ello, se le agregue algo o se tergiverse esa manifestación  allí plasmada.   

        Ahora,  el  que  la autoridad judicial no tome lo expresado por la  prueba  a   pie  juntillas,  en  su  expresión  lingüística completa, de  ninguna  manera  representa el yerro que se propone,  pues,  es  claro  que  el funcionario puede hacer una lectura resumida, o en sus  propios  términos, que se entiende legítima siempre y cuando no contravenga lo  que objetivamente y en su esencia de halla dentro de la prueba.   

        Por  lo  demás,  cuando el recurrente, aquí, trata de confrontar  el  contenido  del  informe  del  experto,  con lo que textualmente consignó el  Tribunal    en    el    fallo,    lo    hace    de    manera    fragmentaria   y  descontextualizada.   

        Entonces,  cuando  el  Ad quem sostiene  que  la  perito  advierte en su dictamen “…que la  examinada   presentaba   una  perturbación  síquica  transitoria,  desprendida  aseguradamente  del episodio vivido”, nada distinto  a  lo  que  contiene  el  dictamen  coligió,  pues,  precisamente el experticio  consigna:  “se establece como secuela perturbación  psíquica primaria transitoria”.   

        Ahora,  que  el  Tribunal  atribuya  esa perturbación al episodio  traumático  padecido  por  la  menor,  obedece  a  que más adelante la médica  estableció:   “Presenta   signos   y   síntomas  evidentes  de perturbación psíquica relacionados con la violación”.   

        Evidente  asoma  que el Ad quem jamás incurrió en el desaguisado  que  respecto de la lectura objetiva de lo consignado en la experticia, pretende  entronizar el impugnante.   

        Asunto  distinto  es  que a esa manifestación del testigo experto  no  deba  dársele  plenos  efectos,  o  que no cuente la misma con elementos   necesarios   de   contrastación,   o  que  a  la  profesional  de  la  medicina  no   la   asistan  los  conocimientos  suficientes  para  proferir  ese  tipo  de conclusiones, por cuya  razón,   como   lo   destaca   el   casacionista,  recomendó  valoración  por  psiquiatría forense.   

        Pero,  cabe  relevar,  en  ese caso no se trata del yerro de hecho  por  falso  juicio  de  identidad  propuesto,  sino  de la valoración que pueda  hacerse  del  dictamen,  conforme,  para el caso, con principios científicos, o  lo que es posible esperar  del testigo experto conforme sus conocimientos en la materia.   

        Y  así  parece  entenderlo el demandante, pues, luego de realizar  la  confrontación  objetiva que el cargo postulado reclama, abandona las lindes  del  mismo  para  ingresar en la crítica meramente valorativa, descalificando a  la  médica por no poseer conocimientos psiquiátricos, circunstancia que debió  incidir en su apreciación.   

        Ahora,  debe  precisarse,  el tema, a pesar de lo expresado por el  demandante,  no  es de validez, pues jamás referencia cuáles fueron las normas  procedimentales  pasadas  por  alto  o  cómo  operó  ilegal  la  aducción del  dictamen  en cuestión, sino de apreciación de esa manifestación testifical de  la  experta,  como  sin  dificultades  se extrae de la norma citada en  el  escrito casacional –art.-   257   de  la  Ley  600  de  2000-,  donde expresamente se rotula cuáles son los  “Criterios    para    la    apreciación    del  dictamen”,  aspecto  que  dice  relación  con  la  valoración del mismo y no con su validez o legitimidad.   

        Pero,  si se dijera, como lo hace el impugnante, que lo consignado  por  la médica encargada  de  evaluar a la menor víctima, apenas representa un  concepto,  lo  que  corresponde al funcionario judicial es examinar la justeza y  trascendencia   de   ese  concepto  de  cara  al  objeto  de  discusión  en  el  proceso.   

        Nada  distinto  realizó  el Tribunal, en tanto, no solo advirtió  de  entrada  que  lo  referido  por  la  profesional de la medicina lo entendía  concepto,  sino  que   de forma amplia y suficiente argumentó acerca de la  trascendencia   de   lo   observado   por   esta   al  momento  de  revisar  clínicamente  a  la  víctima,  detallando el estado de perturbación emocional  que la embargaba.   

        Textualmente,    esto   se   dijo   en   el   fallo   de   segundo  grado:   

“De   otro   lado,   aunque   pretenda  restársele  importancia,  sí  es  posible otorgar valor probatorio al concepto  médico,   porque   aún   cuando   la  legista  no  tiene  la  especialidad  de  psiquiatría,   su   experiencia  y  su  formación  científica  le  permiten  conceptuar objetivamente sobre el estado emocional de  un  paciente  al  momento de una evaluación médica; es por eso que ella plasma  en   su  dictamen  que  la  examinada  presentaba  una  perturbación  psíquica  transitoria,  desprendida  seguramente del episodio vivido, pero que recomendaba  la valoración de un psiquiátra”   

        Y  nada  más dijo el Tribunal sobre el punto, evidenciando que de  lo  consignado en el dictamen el Tribunal entendió como concepto lo referido al  estado  síquico  de  la  menor  y  solo  le dio valor demostrativo respecto del  estado de perturbación en que acudió la menor a la cita médica.   

        Precisamente  en  el  tópico de trascendencia se funda la última  de  las  razones  de  la  Corte  para  inadmitir también el segundo cargo, como  quiera  que,  además  de los evidentes desaciertos fácticos, argumentales y de  fundamentación  que  lo  pueblan, es lo cierto que el casacionista –por fuera de la simple petición de  principio  en  la cual dice muy trascendente el yerro porque condujo al fallo de  condena,  pero  nada  explica para sustentar la afirmación-, nunca se preocupó  por  establecer  la  forma  en  que  el  presunto  error, de haberse presentado,  incidió  en  el  plexo  probatorio  -para  lo  cual, huelga señalar, se hacía  necesario  abordar  un  nuevo y detenido examen de la prueba en su conjunto-, al  extremo    de    obligar    revocar   la   decisión   condenatoria.   

        De  esta  manera,  si se tiene claro que el Tribunal sólo otorgó  una  importancia  marginal  al  concepto  tantas veces referenciado, dado que la  sentencia  se fundó primordialmente en la credibilidad dada  a la víctima  y  la prueba indiciaria que la corrobora, bien poca incidencia tiene la crítica  efectuada   por   el  demandante  a  lo  sostenido  por  la  profesional  de  la  medicina.   

Página contiene parte  resolutiva y firma del Presidente de la Sala   

Casación    N°   37.598   –Inadmite demanda-  

        No   son   necesarias   mayores   consideraciones,   evidente   la  impropiedad      de      los      cargos     formulados     por     el  casacionista, para determinar inconcusa la necesidad  de  inadmitir  la  demanda,  ya  que  tampoco  la Sala advierte la existencia de  algún  tipo  de  vulneración  a   garantías  fundamentales, que implique  necesario   recurrir   a   la   facultad  oficiosa  que  le  es  aneja  en  esos  eventos.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de  Casación Penal,   

R E S U E L V E  

          INADMITIR         la    demanda    de    casación   presentada   por   el  defensor  del procesado      OSWALDO     AZAEL     BURGOS  MONCAYO.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ  

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ  CAMACHO                                        JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ   

FERNANDO  A.  CASTRO CABALLERO                             SIGIFREDO    ESPINOSA  PÉREZ   

Página contiene firma  de 8 Magistrados   

Casación    N°   37.598   –Inadmite demanda-  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ             AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN   

LUIS  GUILLERMO  SALAZAR OTERO                                        JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria    

1 Auto  del 10 de octubre de 2007, radicado 22.597     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *