36064(27-07-11)

2011

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso nº 36064  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado  Ponente   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

Aprobado acta Nº 260  

Bogotá, D.C., veintisiete (27)  de julio de dos mil once (2011)   

V   I   S   T   O  S   

La  Sala  resuelve  la  admisibilidad de la  demanda    de   casación   presentada   por   el   defensor   de   Adriana   Loaiza   Canaval,  contra  la sentencia del 28 de octubre  de  2010,  dictada  por  el  Tribunal  Superior  de  Cali,  por medio de la cual  confirmó  la  proferida  por  el  Juzgado  Doce  Penal del Circuito de la misma  ciudad,  el  26 de enero de ese año, que la condenó como autora de la conducta  punible de concusión.   

  H   E   C   H   O  S   

El  juzgador  de  segunda  instancia  los  sintetizó de la siguiente manera:   

“Surge  la  investigación  en  razón  a  copias  remitidas por la Personera Delegada para la Dirección Operativa para la  Vigilancia  de  la Alcaldía del Municipio de Cali, a través de las cuales pone  en  conocimiento  la  reproducción  de la queja interpuesta por la señora OLGA  CENELIA  TORRES FRANCO, contra la doctora ADRIANA LOAIZA CANAVAL, quien para ese  entonces,  marzo de 2005, se desempeñaba como Inspectora de Policía del barrio  Vipasa de esta ciudad.   

“Queja  en  la  que  se da cuenta de unas  diligencias  adelantadas  en  dicha oficina, tendientes a lograr el desalojo del  señor  GUSTAVO  BURITICÁ y su esposa, de un inmueble arrendado a éstos por su  propietaria,  señora  ZOILA  SÁNCHEZ,  ubicado  en  el sector de Menga de esta  ciudad,  a  quien  le  adeudaban  30 meses de arrendamiento; trámite dentro del  cual  la  Jurisdicción  de  Paz ordenó al señor BURITICÁ desocupar el predio  aludido.   

“A   su  vez,  las  diligencias  fueron  remitidas  por  competencia,  desde  la  Inspección  del  barrio  la Flora a la  Inspección  del  barrio  Vipasa, a efecto de adelantar el trámite policivo por  Convivencia  Pacífica,  por  cuanto entre los esposos BURITICÁ – RAMÍREZ y la  quejosa  OLGA  CENELIA  TORRES,  existían  serios  problemas  que  afectaban la  convivencia en el inmueble.   

“La  aquí  procesada, para ese entonces,  Inspectora  de  Policía  del  barrio  Vipasa,  adelantó diferentes diligencias  dentro  del trámite para el cual le fueron asignadas; así mismo, en desarrollo  del  referido  expediente,  la  dueña  del  inmueble,  señora  ZOILA SÁNCHEZ,  solicitó  la colaboración de la doctora LOAIZA CANAVAL para lograr el desalojo  de  la casa por parte de  BURITICÁ-RAMÍREZ, ofreciendo para tal efecto la  suma   de   $500.000.oo,  emolumento  que  inicialmente  fue  rechazado  por  la  procesada.   

“Sin  embargo, posteriormente, la doctora  LOAIZA  CANAVAL,  cita a la señora ZOILA SÁNCHEZ a su despacho y le hace saber  que  luego  de  dialogar  con  la  personera,  ésta refirió que el trabajo, es  decir,  el  desalojo, costaba dos millones de pesos, reiterando la señora ZOILA  que tan sólo podía cancelar $500.000.00.   

“La señora ZOILA SÁNCHEZ da a conocer a  la  quejosa  OLGA  CENELIA  TORRES  FRANCO  -igualmente  inquilina  de parte del  inmueble-,  la  petición  emanada de la doctora ADRIANA LOAIZA, optando aquella  por  comunicarse  telefónicamente con la personera, doctora DERLYN RAMOS, quien  una  vez  enterada  de  las  manifestaciones  de  la  procesada, precisó que en  ningún  momento  está  cobrando  dinero  por  su  trabajo  y  que expusiera lo  manifestado  en  presencia  de  su  jefe  inmediato, doctor CARLOS MARINO ZAPATA  BONILLA,  concretando  la  cita  en  el despacho del referido para el día 14 de  marzo  de  2005,  acudiendo puntualmente la señora TORRES FRANCO, en compañía  de la señora ZOILA SÁNCHEZ.   

“Una vez allí, en presencia de la doctora  DERLYN  y  del  doctor  CARLOS  MARINO ZAPATA, la señora OLGA CENELIA, desde su  celular  se  comunicó  con  el  móvil  de  la doctora ADRIANA LOAIZA, quien le  reiteró  el  pedido  de  la  suma  de  dos  millones  de  pesos por parte de la  personera,  valor  que  podía  ser  rebajado  a  $1.500.000.oo,  repitiendo  la  quejosa,   a   medida   que   hablaba,   cada   una  de  las  frases  expresadas  telefónicamente por la procesada en dicha oportunidad”.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

1.  Por  los  anteriores  hechos, la Fiscalía, el 27 de marzo de 2009,  profirió  resolución  de  acusación  contra Adriana  Loaiza   Canaval   por   el  delito  de  concusión.   

2. El expediente pasó al Juzgado Doce Penal  del  Circuito  de  Cali  que,  el  26  de enero de 2010, condenó a Adriana   Loaiza  Canaval  a  las  penas  principales  de  72  meses  de  prisión,  multa de 50 salarios mínimos legales  mensuales  vigentes  y  a  la  accesoria de inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y funciones públicas por el  lapso de 5 años, como autora de la  conducta punible de concusión.   

3.  Apelado  el  fallo  por el defensor, el  Tribunal  Superior  de  Cali,  el  28  de  octubre  de  2010, lo confirmó en su  integridad.   

Contra  la  anterior  decisión, la defensa  técnica  de  Loaiza Canaval  interpuso recurso de casación.   

L  A     D E M A N D A      

Con base en la causal primera, presenta dos  cargos contra la sentencia, así:   

Primer cargo  

Acusa  al  Tribunal  de  haber  violado, de  manera     directa,     la     ley    sustancial    por     “aplicación indebida de la Ley”.   

Después de analizar, en extenso, los tipos  penales  de  concusión y de cohecho por dar u ofrecer y de citar jurisprudencia  de  la  Corte,  dice que si se hubiera hecho una correcta adecuación típica no  se  habría  “investigado  y  juzgado  a la doctora  Adriana  Loaiza  Canaval,  sino a la señora Zoila Sánchez, por haber realizado  un  ofrecimiento dinerario para obtener la pretensión por ella requerida…”,  dado    que    no    existía   tipicidad   de   la  conducta.   

Sostiene  que  se  dejaron  de  aplicar los  artículos   29   de  la  Constitución  Política  y  407  del  Código  Penal,  perjudicando  de manera ostensible a su defendida y condenándola por un punible  que no cometió.   

Por  lo  expuesto, pide a la Corte casar la  sentencia   impugnada  y,  consecuentemente,  dictar  fallo  de  reemplazo,  por  atipicidad de la conducta.   

Segundo cargo  

Acusa  al  Tribunal  de  haber  violado, de  manera  indirecta,  la  ley sustancial por “error de  hecho  por  falso juicio de identidad de prueba (contenida en los 3°, 4°, 24 a  28, 281 a 288, 314 y 664 de la paginatura”.   

Anota  que  el  juzgador  al  apreciar  la  declaración  de Olga Cenelia Torres y el certificado de Comcel, distorsionó su  contenido  o  expresión fáctica, “porque lo pone a  decir lo que materialmente no expresa”.   

Comenta  que  el  sentenciador  de  segunda  instancia,  aunque la defensa  lo advirtió sin tener respaldo en el acervo  probatorio,  no  dedujo  en  las  denunciantes odio, resentimiento, etc., con el  único fin de perjudicar a la inspectora.       

Reitera   que  los  falladores  valoraron  erróneamente  la  prueba,  al sostener que las quejosas no tenían motivos para  señalar  y  perjudicar  a  la  doctora Adriana Loaiza  Canaval,  sino que su interés era el de denunciar la  acción ilegal.   

Acota  que  la  llamada  de  móvil  a móvil que dice la señora Olga  Torres  realizó  para  corroborar   lo  manifestado por Zoila Sánchez, en  cuanto    a    que     la    doctora    Loaiza  Canaval,   le  había  exigido  dinero   y  que  “originó   y  motivó  la  prueba  y  el  proceso  disciplinario”, fue inventada y fingida, pues, así  lo  dice  la  certificación  de  la  empresa  de  telefonía  celular,  la cual  registró que la llamada fue a las  3.48 p.m.   

Insiste  en  que si Torres Franco fingió o  mintió  haber  realizado  la  llamada,  es evidente que quería perjudicar a su  defendida.   

Después de referirse al testigo de oídas y  al  indicio,  aduce  que  nunca hubo exigencia dineraria por parte de la doctora  Loaiza,      pues  “fue la señora Zoila Sánchez, quien por su propia  iniciativa  y  voluntad,  ofreció  a la doctora dinero, para que desalojara del  lote   de   terreno   a   los   señores  Buriticá  –  Ramírez”.  Sostiene  que la llamada no se realizó, tergiversándose la  prueba  por parte de los operadores judiciales.   

Así, solicita a la Corte casar la sentencia  impugnada y, en su lugar, absolver a su representada.   

Pide  que  de  no  prosperar  los  cargos,  “se  acoja y se admita ésta, de manera excepcional  para  aclarar los contenidos del delito de concusión y la interpretación de la  prueba”.   

CONSIDERACIONES   DE   LA   CORTE   

1.  Recuérdese  que  dado  el  carácter  extraordinario  de  la  casación, compete al libelista elaborar la demanda bajo  los   estrictos   parámetros  contemplados  en  la  ley  y  decantados  por  la  jurisprudencia.  De  ahí  que  no  basta  con  afirmar que en la sentencia o al  interior  del  proceso  se cometió un error de derecho o de actividad, en tanto  debe  demostrar la existencia del vicio y su trascendencia frente a las plurales  decisiones adoptadas en el fallo.   

Cuando la censura se postula por la vía de  la  infracción  directa  de  la  ley sustancial, el casacionista acepta que los  hechos  y  las pruebas declaradas como probadas en el fallo fueron correctamente  apreciadas,  razón  por  la cual el debate se circunscribe a la aplicación del  derecho,  sin que tengan cabida aspectos relacionados con la credibilidad de los  elementos de juicio y del acontecer fáctico.   

En esa medida, la labor de demostración de  la  trascendencia  del  vicio  deberá  estar  sustentada  en  evidenciar que el  juzgador  seleccionó  una  norma  que  no  era la llamada a gobernar el asunto,  omitió  otra  que sí resolvía los extremos de la relación jurídico procesal  o,  habiéndola  escogido correctamente, le dio un alcance interpretativo que no  se deriva del texto de la ley.   

Y, cuando la censura se intenta por la vía  de  la  violación  indirecta  de  la  ley sustancial, al demandante corresponde  indicar  la  clase  de  error en la apreciación probatoria, es decir, si fue de  hecho  y/o  de  derecho,  y  el  falso  juicio que lo determinó, esto es, si de  existencia,      identidad,     raciocinio,     legalidad     o     convicción,  respectivamente.   

Una  vez  cumplido  con  lo anterior, en el  punto  de  la  trascendencia, también corresponde al demandante demostrar cómo  el  error  en  el  acto  de la apreciación de las pruebas condujo a aplicar una  norma  extraña  al  debate y/o a excluir otra que resultaba pertinente para con  los hechos objeto de la controversia.   

De  manera  que  si  no  se  cumple con los  anteriores    derroteros,    sin    duda,   se   impone   la   inadmisión   del  libelo.   

2. En el supuesto que ocupa la atención de  la  Corte, resulta claro que los dos cargos presentados por el demandante contra  la  sentencia  de  segunda  instancia,  no  reúnen los anteriores presupuestos,  razón por la cual, desde ya, se anuncia su inadmisión.   

Con    relación    al    primer  cargo  que el actor presenta por  la  via  de  la  violación  directa  de la ley sustancial, de verdad que de los  argumentos  presentados  como  sustento  de  la  censura, no se evidencia que el  sentenciador  infringió  la norma, al basar las hipótesis en que el acusada no  cometió  la conducta punible sino que fue la señora Sánchez quien le ofreció  el dinero.   

Es  decir,  de los citados argumentos no se  colige  el  denunciado yerro de selección normativa, sino una personal forma de  ver  los  hechos,  obviamente  contrario  al  sentenciador,  concluyendo  en una  atipicidad  de  la  conducta  y,  por  ende,  en  la  no  responsabilidad  de la  acusada.   

En  consecuencia, surge fácil advertir que  el  libelista  no  aceptó  los  hechos  y  las pruebas consideradas en el fallo  impugnado,  olvidando  que  cuando  se  ataca  la  decisión  por  la vía de la  infracción   directa   de   la   ley   sustancial,  dichos  aspectos  se  deben  respetar.   

De ahí que se imponga la inadmisión de la  censura.   

Respecto      al      segundo  cargo que postula por la vía de  la  infracción indirecta de la ley sustancial, de igual manera, el casacionista  lo  dejó  a mitad de camino, en la medida en que no demuestra la existencia del  yerro en la apreciación de las pruebas.   

Como  era  su  obligación, el libelista no  enseñó  a  la Corte en qué consistió la tergiversación o distorsión de los  elementos  de  juicio,  en  tanto  que  el  discurso  argumentativo  lo funda en  sostener  que  no  comparte  las  conclusiones  del juzgador, con relación a la  existencia  del hecho, puesto que, en su sentir, la llamada que se hizo en orden  a  confirmar  la  exigencia ilegal no existió, coligiéndose que todo se trató  de    un    acto   de   las   denunciantes   tendiente   a   perjudicar   a   su  defendida.   

En  síntesis, todo el esfuerzo hipotético  que  plantea  el  libelista está dirigido a demostrar que la acusada no exigió  ningún dinero para cumplir con su deber de inspectora de Policía.   

En    torno   a   ello,   el   Tribunal  manifestó:   

“La  conducta  antes   descrita  lisa  y  llanamente  permite  predicar  de  ella  un  accionar  concusionario,  o  lo  que  es igual, un accionar que encaja de modo perfecto en  esa  conducta punible, que fue, valga decirlo, objeto de adecuado tratamiento en  el  fallo que se revisa, y, en segundo lugar, que al hacer tales manifestaciones  no  traslucen,  así  como  tampoco  lo reflejaron, cuando concurrieron ante las  autoridades  pertinentes  para  poner  en  conocimiento  de  ellas lo que estaba  ocurriendo,  ánimo  perverso,  propósito  falaz  de  atribuirle  a un servidor  público  actividades  non  sanctas  inexistentes,  sino  solamente  la voluntad  razonable  de  que  se  estableciese  lo  que  ocurría  con esta funcionaria de  policía  que  estaba abusando de sus funciones para obtener un provecho o lucro  personal,    conclusión    a    la   que   se   llega   bajo   los   siguientes  argumentos:   

“Efectivamente,  para  la  fecha  de  los  hechos,  la  señora  ADRIANA LOAIZA CANAVAL, se desempeñaba como INSPECTORA DE  POLICÍA  URBANA,  categoría  del  Barrio  Vipasa, adscrita a la Secretaría de  Gobierno  del  Municipio Santiago de Cali, designada mediante el Decreto 0079 de  febrero   9   de   1999,  calidad  que  adquirió  al  posesionarse  como  consta  en  el  acta Nro. 5171 de  febrero   de   1999.   Aspecto   sobre   el  cual  no  finca  la  discusión  la  defensa.   

“Ahora  bien,  aunque  la defensa plantee  inexistencia  del  hecho  investigado,  lo  que  aquí  trasciende  y  que tiene  importancia,  o  al  menos  así  lo  ve  la  Colegiatura,  es  el hecho que dos  ciudadanas,  en  quienes no se advierte ninguna intención aviesa, de quienes no  era  ni  es afirmable que experimentasen hacia la procesada odio, resentimiento,  ánimo  vindicativo,  o  cualquier pasión semejante, prueba en contrario que no  aportó  la  defensa,  quien  sólo  argumentativamente lo asevera sin que tenga  respaldo   en  el  acervo  probatorio  allegado;  estas  personas  coinciden  en  atribuirle  el  pedido  ilegal  de  dinero,  a cambio de una acción oficial que  supuestamente  era  de  su  resorte y que podía ejecutar, y es obvio, pensamos,  que  ninguna de ellas ganaba absolutamente nada, a nivel económico, afectivo, o  de  cualquier  otro  orden,  con inventarse una situación de esa índole con el  único fin de perjudicar a la Inspectora.   

“Es  más,  recuérdese  que  era  esta  funcionaria  la  que  precisamente  estaba adelantando diligencias oficiales que  las  dos  mujeres  en  comento  válidamente  podían  tomar  como  favorables o  benéficas  para  ellas, la segunda nombrada, por ejemplo, bajo el entendido que  esa   actividad  policial  tenía  por  fin  hacer  cesar  aquellas  situaciones  desapacibles  que  afectaban  su  pacífica convivencia en el inmueble donde era  coinquilina,  y  la  primera  en  tanto  que  consideraba que también esa labor  podía  conllevar  a  que  los inquilinos renuentes le desocuparan su propiedad,  sería  totalmente  ilógico  el  que  ambas de pronto, y sin ninguna razón, se  confabularan   para   atribuirle   falsamente   a   la  servidora  pública  que  precisamente  operaba de modo benéfico para ellas una conducta de deshonestidad  o  corrupción  inexistente, cuando con ello truncaban abruptamente la labor que  se    venía   desarrollando   y   cuya   culminación   ambas   esperaban   con  impaciencia.   

“Porque las cosas son así estima la Sala,  entonces,  que  por  encima de cualquier situación ambigua que pueda existir en  torno  a la fecha y hora ciertas de aquella llamada que la quejosa Torres Franco  dijo  haber  hecho  desde  la  oficina de la personería, lo que realmente tiene  peso  y  poder  de convicción es, repetimos esa prueba testimonial directa, que  da  cuenta  de la conducta desviada de la funcionaria, aunada al hecho que ésta  no  ha podido señalar, se insiste, ni siquiera un motivo razonable del por qué  habría  podido  ser injustamente acusada por las dos mujeres aludidas, debiendo  optar,  entonces,  por  la  negativa  escueta, que, insistimos, no tiene ninguna  capacidad para desvirtuar esa prueba de cargo.   

“Hemos  de  recordar  que  los  simples  posibles   olvidos   de   algo   intrascendente   o  contradicciones  igualmente  irrelevantes  frente  al  objeto probatorio de un testimonio, éstas o éstos no  alcanzan  a restarle credibilidad, como ocurre en el caso que nos ocupa, máxime  que  del olvido de la fecha de la llamada no se puede colegir inverosimilitud de  los testimonios y menos la inexistencia del hecho.   

“En  consecuencia,  puede afirmar la Sala  sin  resquicio  de  duda, que se está ante una conducta realizada por un sujeto  activo  calificado:  servidor  público,  la señora LUZ ADRIANA LOAIZA CANAVAL,  quien abusó de las funciones y solicitó utilidad…”   

De  manera  que vale resaltar que la simple  discrepancia  de  criterios  respecto al mérito dado las pruebas, no constituye  yerro  para  ser  postulado en esta sede, a menos que se trate de una violación  de  las  reglas  de  la  sana  crítica,  evento  en el cual se debe postular el  reproche  por  la vía del error de hecho por falso raciocinio, evento que aquí  no ocurrió.   

    

Por tal motivo, ante la falta de claridad y  precisión  en  la  postulación  de  las censuras, se impone la inadmisión del  libelo.   

Resta  señalar  que  no se observa que con  ocasión  del  fallo  impugnado o dentro de la actuación se violaron derechos o  garantías  de  los  intervinientes,  como  para  que  tal circunstancia imponga  superar  los  defectos  del  libelo  para decidir de fondo, según lo dispone el  artículo 216 de la Ley 600 de 2000.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R E S U E L V E  

INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada  por el defensor de  Adriana  Loaiza  Canaval,  por  lo  anotado en la motivación de este proveído.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Cópiese,   comuníquese   y   cúmplase.  Devuélvase al Tribunal de origen.   

JAVIER  ZAPATA ORTIZ  

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ  CAMACHO                                           JOSÉ  LEONIDAS  BUSTOS  MARTÍNEZ           

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO                        SIGIFREDO  ESPINOSA    PÉREZ                        

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                        MARIA  DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                                          JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

                                                                                                                                    

NUBIA YOLANDA NOVA GARCIA  

Secretaria  

    

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