34633(23-02-11)

2011

Asistente Jurídico Inteligente

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Proceso n.º 34633  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

Aprobado Acta Nº 60  

Bogotá D.C., veintitrés (23) de febrero de  dos mil once (2011).   

VISTOS  

Decide  la Sala el recurso extraordinario de  casación  presentado  en  nombre  de  WALTER ENRIQUE  GÓMEZ  GÓMEZ contra el fallo del Tribunal Superior de  Distrito          Judicial          de          Bucaramanga         (Santander) que confirmó el emitido en el  Juzgado  Segundo  Penal del Circuito de Barrancabermeja, mediante el cual, junto  con  Omar  Miranda  Tocora  y  Miguel  Becerra  Montoya,  fueron condenados como  determinador,   autor   y   cómplice,   respectivamente,   de  los  delitos  de  celebración  de  contrato sin cumplimiento de los requisitos legales y peculado  por apropiación.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

1.  Con  base  en  denuncia  del  Sindicato  de  la  Empresa  de Acueducto y Saneamiento Básico de  Barrancabermeja   (EDASABA  E.S.P.),  se estableció que  Omar  Miranda  Tocora,  gerente  de  esa  entidad municipal, suscribió el 12 de  julio  de  1999  con  Miguel  Becerra Montoya el contrato Nº 0022 para adquirir  cuatro  (4) rodamientos marca  “FAG”,      referencia     “7230”,  cada uno por valor de tres millones  doscientos  ochenta y cuatro mil pesos ($ 3’284.000),  para  un total de doce millones novecientos noventa y dos mil pesos ($12’992.000),  sin contar con autorización de  la  Junta  Directiva  para  celebrar  esa  clase  de  actos dado que la cuantía  excedía  de  veinticinco (25)  salarios  mínimos mensuales, y sin atender otras exigencias impuestas en la Ley  80 de 1993.   

Además,  se  constató  que el precio de la  mercancía  superaba en un noventa por ciento el ofrecido en el mercado y que el  negocio  fue  fraguado  en  alianza con WALTER ENRIQUE  GÓMEZ  GÓMEZ, utilizando como intermediario a Becerra  Montoya,  quien  para esa época trabajaba en E. S. E.  de  COLOMBIA, compañía de propiedad del progenitor de  aquél,  en  la  que  igualmente  laboraba  el  mismo, y debido a la queja de la  organización  sindical  el  aludido contrato fue terminado de común acuerdo el  19  de noviembre, empero, el contratista recibió, a titulo de anticipo, un pago  equivalente  al  cincuenta  por  ciento  por  el  que  entregó  a  EDASABA  E.S.P.,  sólo     dos    de    los    bienes    acordados1.   

2.  Luego  de  una  ingente          indagación          previa2,  el  20  de  marzo de 2001 se  dispuso  formal  apertura  de  la  investigación  a  la  que  fueron vinculados  mediante    indagatoria    WALTER   ENRIQUE   GÓMEZ  GÓMEZ,     Omar     Miranda     Tocora3   y  Miguel  Becerra  Montoya,  contra  quienes,  resuelta  su situación jurídica, el 19 de  julio  de  2004  la  Fiscalía  General  de  la Nación profirió resolución de  acusación  en  calidad  de determinador, autor y cómplice, respectivamente, de  los  delitos de interés indebido en la celebración de contratos y peculado por  apropiación4,  pliego  de cargos impugnado por los defensores y confirmado el 16  de  marzo  de  2005,  excepto  en  cuanto  a la adecuación jurídica del primer  comportamiento,  el  cual  fue  ubicado en la hipótesis descriptiva de contrato  sin  cumplimiento  de  requisitos  legales (Decreto Ley  100    de    1980,   artículos   133-2   y   146)5.   

3.  La  causa  se  adelantó  en  el  Juzgado  Segundo  Penal del Circuito de Barrancabermeja, cuyo  titular  el  25  de  febrero de 2009 dictó fallo condenatorio por las conductas  delictivas  endilgadas,  y en tal virtud, atendida la modalidad de intervención  atribuida  a  los citados, le impuso a GÓMEZ GÓMEZ y Miranda Tocora, las penas  principales   de  cinco  (5)  años  y  seis  (6) meses de  prisión  y  multa  de  veinticuatro  (24)  salarios  mínimos  mensuales  legales  vigentes,  en  tanto que a  Becerra   Montoya  le  infligió  dos  (2)    años    y    nueve   (9)    meses    de    prisión   y   multa   de   quince   (15)  salarios  mínimos mensuales legales  vigentes,  y  como  sanción accesoria les fijó a todos la inhabilitación para  el  ejercicio  de derechos y funciones públicas por igual lapso de la privativa  de la libertad señalada a cada uno.   

Además, sólo condenó a los dos primeros a  pagar  solidariamente  por  concepto  de  perjuicios  materiales cuatro millones  ochocientos   noventa   y  cuatro  mil  seiscientos  veinte  pesos  ($  4.894.620), y les concedió la prisión  domiciliaria  como sustitutiva de la pena intramural, mientras que al último le  otorgó  la  suspensión  condicional de la ejecución de la condena6.   

4. De la expresada  decisión  apelaron  los  defensores  de  GÓMEZ  GÓMEZ  y Miranda Tocora, y el  Tribunal  Superior de Distrito Judicial de Bucaramanga, mediante la suya de 4 de  noviembre  de 2009 la confirmó en su integridad, sentencia de segunda instancia  contra  la  cual  los  mismos  sujetos  procesales  interpusieron  el recurso de  casación  que  únicamente  fue sustentado por el abogado del primero, respecto  de  cuya  demanda emitió concepto el Delegado de la Procuraduría General de la  Nación7.   

LA DEMANDA  

5.  El  recurrente  propone dos cargos que se resumen así:   

5.1. Con carácter  principal  y  al  abrigo  de  la  causal  primera,  cuerpo  segundo (Ley   600   de  2000,  artículo  207-1),  denuncia  la  violación  indirecta  de  la  ley sustancial a consecuencia de un  error  de hecho consistente en falso juicio de identidad al apreciar el juzgador  de segundo grado la indagatoria de Miguel Becerra Montoya.   

Luego  de  trascribir  en  lo  pertinente el  elemento  de  persuasión  acerca  del  cual  predica  el vicio y de hacer igual  ejercicio  con  las  consideraciones  del  Tribunal  relacionadas  con ese medio  demostrativo,  explica  que  la  versión  del  citado  carece de mérito porque  siguiendo   los   postulados  de  la  sana  crítica,  la  hipótesis  delictiva  consignada  en  el fallo acerca de la condición de determinador de su defendido  en   los  delitos  endilgados  no  cumple  con  la  regla  llamada  “requisito              de  confirmación”, es decir,  que  no  está  corroborada  con  otras  pruebas, ni siquiera con la injurada de  aquél,  pues  ésta  se  contradice  con  lo  acreditado  por  otros  medios de  conocimiento.   

En  los acápites subsiguientes el censor se  dedica  a hacer su particular ejercicio valorativo, con base en el cual concluye  que  como  Becerra Montoya siempre apareció figurando de manera personal en las  etapas  precontractual,  contractual y post contractual, obrando de manera libre  y  voluntaria,  no  es  cierto  que  hubiese sido determinado por su defendido a  desplegar  esas  acciones,  además  que  como  para  la época de los hechos el  vínculo  laboral  de  aquél  con  la empresa de propiedad del progenitor de su  representado  fue  por  períodos  que no coinciden con las fechas exactas de la  contratación,  no  puede  aceptarse  que  esa  haya  sido una circunstancia que  propició la determinación.   

Asegura,   en  conclusión,  que  como  su  prohijado  negó  cualquier  intervención  en  la  celebración del contrato de  marras    con    la    empresa   municipal   EDASABA  E.S.P.,   y   lo   narrado  por  Becerra  Montoya  lo  controvierte  la  prueba testimonial y documental con la que se acredita que fue  éste  quien intervino en forma directa y espontánea en el aludido trámite, la  sentencia  de  segunda  instancia  debe  casarse  por  incurrir  en  aplicación  indebida   de   los   artículos  133  y  146  del  Código  Penal  (Decreto  Ley  100  de  1980),  y falta de  aplicación  del 2 y 5 del mismo Estatuto, así como del 29 de la Constitución,  7 y 238 de la Ley 600 de 2000.   

5.2.  De  manera  subsidiaria,  con  base  en  la  causal  primera  de  casación,  cuerpo primero  (Ley   600   de  2000,  artículo  207-1),  alega  la  violación  directa  de la ley sustancial por falta de  aplicación  del artículo 30, inciso cuarto, de la Ley 599 de 2000, ya que como  su  representado  carece  de  la  condición  de servidor público y el grado de  participación  en los delitos fue el de determinador, tiene derecho a la rebaja  de  pena  prevista allí para el interviniente, motivo por el que solicita casar  la   sentencia  y  en  la  de  reemplazo  proceder  la  Corte  a  la  respectiva  dosificación de la sanción.   

CONCEPTO DE LA PROCURADURÍA  

6. El Procurador  Segundo  para  la  Casación  Penal  sólo  emitió concepto en relación con el  primer  reproche,  aduciendo  al  respecto  que  el  actor  no  llevó a cabo la  comparación  objetiva  entre  lo que dice la prueba supuestamente alterada y lo  que  le hizo decir el ad-quem, para luego puntualizar el Delegado que de acuerdo  con  los  elementos  de  conocimiento,  sin  incurrir  en distorsión alguna, el  fallador   de   segunda   instancia,   con   acierto,  dedujo  que  GÓMEZ  GÓMEZ  fue  determinador de los  delitos   atribuidos,   motivo   por   el   que   solicita  no  casar  el  fallo  impugnado.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

7.  En  el  cargo  principal  el recurrente acudió a la violación indirecta de la ley sustancial,  vía  de  ataque  que  obliga  a la acreditación objetiva y trascendente de dos  diferentes  modalidades  de  desatinos. Por una parte, los llamados yerros  de  derecho,  relacionados con el  proceso   de  solicitud,  ordenación  y  práctica  de  los  medios  de  prueba  contemplados  en  el ordenamiento penal adjetivo (falso  juicio  de  legalidad),  o  con el desconocimiento del  valor  o  poder  suasorio fijado expresamente en la ley a aquéllos (falso  juicio  de  convicción), vicio de  excepcional  ocurrencia  dado  que  en  materia  penal  la  regla  general es su  apreciación  en  conjunto  y  racional de acuerdo con los postulados de la sana  crítica  (lógica, ciencia y experiencia).   

Y   por   la   otra,   los   errores  de  hecho,  en  los cuales no se  discute  el  debido  proceso  probatorio  ni  el  valor legal de algún medio de  conocimiento en particular, sino que se materializan por:   

Falso juicio de identidad, que ocurre cuando  el  juzgador,  al  aprehender  el  contenido  de un determinado medio de prueba,  recorta  apartes trascendentes de su literalidad (falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento), o adiciona  circunstancias  fácticas  ajenas  a  su  texto  (falso  juicio  de  identidad  por  adición),  o transforma o  cambia   el   sentido   fidedigno   de   su   expresión  material  (falso   juicio   de   identidad   por  tergiversación),  dislates  con  los que le hace decir a la prueba lo que en verdad  no revela.   

Falso juicio de existencia, vicio consistente  en  que  el  fallador  deja de apreciar un medio de prueba legal y oportunamente  adosado  a  la  actuación  (falso juicio de existencia  por  omisión), o cuando hace precisiones fácticas que  no  corresponden  a  los  elementos  de  prueba  obrantes,  o  que atribuye a un  elemento  de  persuasión  que en verdad no reposa en el expediente (falso    juicio    de   existencia   por   suposición).   

Y falso raciocinio, el cual se diferencia de  los  dos  anteriores  en  que  es forzoso aceptar que la prueba está adosada al  proceso  y  que  el  texto  o  contenido  fáctico de la misma fue extractado de  manera  fidedigna  por  el  fallador,  toda  vez  que  el  yerro  recae  en  las  deducciones  hechas  a partir de su literalidad, cuando con éstas se incurre en  desconocimiento   de  los  postulados  de  la  sana  crítica  como  método  de  valoración  probatoria,  correspondiendo  entonces  al  censor  desarrollar una  dialéctica  orientada a enseñar cuál fue la ley de la ciencia, la regla de la  lógica  o  la  máxima  de  la  experiencia o el sentido común equivocadamente  empleado,  y  cuál  es el que acertadamente corresponde utilizar, con el fin de  arribar  a  una  conclusión  jurídica  correcta  y  favorable  a los intereses  representados.   

Es importante recordar que en tratándose de  falsos  juicios  de  existencia  o  de  identidad,  por ser éstos de naturaleza  objetivo-contemplativa,  para  su  acreditación,  en  el  primer  evento,  debe  indicarse  el  lugar  del  proceso  en  el  que  se encuentra aportada la prueba  omitida  y su contenido, o destacar la concreción fáctica plasmada en el fallo  y  que  carece  de  acreditación  con  las  allegadas,  o cuya demostración se  atribuyó  a  una que es ajena a la actuación; y en el segundo, basta con hacer  un  ejercicio  de  confrontación  veraz  e imparcial entre el texto o tenor del  medio  de  prueba  y  la  síntesis que de su contenido postuló el juzgador, en  aras  de  evidenciar  alguno  de los dislates atrás singularizados (adición,        supresión,       o       distorsión).   

Ahora  bien,  en  cualquiera  de  las  tres  especies  de  error de hecho atrás reseñadas, así como en las dos modalidades  de  yerros  de  derecho,  es forzoso ilustrar cómo el respectivo desacierto fue  determinante  de  una  conclusión jurídica equivocada, y que la corrección de  tales  desatinos  efectuada  en la nueva valoración de las respectivas pruebas,  en  conjunto  y con sujeción a los postulados de la sana crítica, obliga a una  solución favorable a la parte que alega los vicios en cuestión.   

En  la  correspondiente  censura  el  actor  propuso  un  solo  error de hecho consistente en falso juicio de identidad en la  contemplación   de  la  indagatoria  de  Miguel  Becerra  Montoya,  empero,  el  ejercicio  de demostración de ese reproche resulta fallido a pesar de su formal  presentación,   dado   que,  como  se  desprende  del  cotejo  de  las  propias  transcripciones  del  recurrente,  los  juzgadores  de  primero  y segundo grado  fueron  fieles  al  tenor de la narración del citado implicado, sin incurrir en  adición,  supresión  o  tergiversación  de los aspectos fácticos comunicados  por el precitado.   

Lo sostenido con ahínco por el demandante es  que  el Tribunal no tuvo en cuenta las pruebas que acreditan que quien intervino  en   el   contrato   0022   de   12   de   julio   de   1991   con  EDASABA  E.S.P.,  fue  directamente Becerra Montoya, así como aquélla que enseña que éste para  esa   época  no  tenía  un  vínculo  laboral  permanente  con  la  compañía  “E.S.E.      de  COLOMBIA”,  de  propiedad  del    progenitor   de   GÓMEZ   GÓMEZ  en la que a la vez laboraba el mismo, afirmaciones que miradas con  extrema   laxitud   y   conforme   al   principio  de  caridad,  indicarían  la  configuración de un posible falso juicio de existencia.   

Sin  embargo,  tales  aseveraciones resultan  opuestas  a  la  objetividad  que  revelan  los  fallos  integrados en virtud el  principio  de  unidad jurídica inescindible, y en razón del cual, cuando ambos  coinciden  en  el  mismo  sentido,  los  razonamientos  y valoración probatoria  plasmada  en la sentencia de primera instancia se integra al de segunda, así en  ésta     no     se     haga     expresa    mención    de    las    respectivas  consideraciones.   

Y  es  que  contrario  a lo sostenido por el  actor,  los  juzgadores  si  tuvieron  en  cuenta  la  participación directa de  Becerra  Montoya  en  el contrato de marras, empero, distinto es que conforme al  dicho  de  éste,  avalado  por otros elementos de persuasión, concluyeron como  verídico  que,  tal  y  como  lo  narró  aquél,  quien  estaba  detrás de su  participación   en  esa  actividad  contractual  fue  el  acusado  GÓMEZ  GÓMEZ.,  quien  aprovechando  el  vínculo  laboral  del  primero con la empresa de su padre lo determinó a obrar  de acuerdo con sus designios.   

Hizo  el  a-quo  expresa  mención  de  la  constancia     allegada     a    la    actuación8  en  la  que se certifica que,  entre    otras    fechas,    Becerra    Montoya    laboró   para   “E.S.E.    de   COLOMBIA”,  entre  el 15 de noviembre 1998 y el  15  de  febrero  de  2000,  en  varios  períodos  que coinciden con el trámite  contractual;    además    se   refirió   a   la   injurada   de   GÓMEZ  GÓMEZ en la que reconoce no sólo  que  su  padre es el gerente de esa compañía, sino que él y el otro implicado  laboraban   para   la  misma;  e  igualmente  se  refirió  el  juzgador  a  las  declaraciones  de  Wiston  Alberto  Cristancho   Wilches y Oscar Martínez,  quienes  corroboraron  que  el  primero  de los nombrados efectivamente laboraba  para  la  citada  empresa  en la fecha de la contratación, haciendo énfasis en  que  el  segundo declarante precisó que en esa entidad Becerra Montoya recibía  órdenes    tanto   de   GÓMEZ   GÓMEZ como de su progenitor.   

Además, puso el a-quo de presente que según  la  prueba  documental  estaba  acreditado  que  los  dos rodamientos finalmente  entregados    por    el    contratista   a   EDASABA  E.S.P.,  fueron  en  verdad  adquiridos  por “E.S.E. de  COLOMBIA” por un valor de  dos  millones  cuatrocientos veintidós mil ochocientos trece pesos ($             2’422.813),  tal y como se desprendía de la  factura   de  venta  Nº  22-01747  de  17  de  septiembre  de  19999.   

De  ahí  que  los  juzgadores hubiesen dado  crédito  a lo expuesto por Becerra Montoya, en el sentido de que a solicitud de  GÓMEZ GÓMEZ, en razón del  vínculo  laboral  con  la  empresa  del  padre de éste, prestó su nombre para  efectos  de  celebrar el aludido contrato, y que fue aquél quien se encargó de  hacer  las diligencias correspondientes, limitándose su actividad a firmar toda  la  documentación  que  él  le  presentaba  para  llevar a término la empresa  ilícita   concertada   con  el  gerente  de  EDASABA  E.S.P.   

En  últimas,  todo  el  planteamiento  del  demandante  se  reduce  al  mérito  suasorio  conferido por los falladores a la  versión  del  procesado Becerra Montoya, pero aún mirado desde esa perspectiva  tampoco  logra  articular  una  propuesta  que enseñe un eventual agravio a los  postulados  de  la  sana crítica como método de valoración probatoria, ya que  carece  de  acierto  lo afirmado por el actor en el sentido de que la hipótesis  de  imputación como determinador de las conductas punibles atribuidas no cumple  con     la     regla     del    raciocinio    lógico    llamada    “requisito              de  confirmación”, dado que,  por  el  contrario, como lo ilustran las sentencias atacadas, tal atribución de  responsabilidad  está  firmemente sustentada en prueba documental y testimonial  cuya  valoración el recurrente no consigue demoler con la acreditación real de  vicios típicos de la vía de cuestionamiento invocada.   

Las  anteriores  reflexiones  conducen  a la  desestimación    de    la    censura    ante    su   manifiesta   ausencia   de  fundamento.   

8.  En  el  cargo  subsidiario  el  demandante,  sin  entrar  a  discutir los hechos y las pruebas,  alega  la violación directa de la ley sustancial por falta de aplicación de la  disminución  de pena prevista en el artículo 30, inciso cuarto, de la Ley 599,  ya  que  como  GÓMEZ GÓMEZ  fue  partícipe  de los delitos atribuidos en calidad de determinador, sin tener  la   condición   de   servidor   público  exigida  como  condición  en  ambas  descripciones  típicas,  se  le  debe  hacer  el  descuento de una cuarta parte  señalado  en  la aludida norma, el cual no fue reconocido por los juzgadores de  primera y segunda instancia.   

A  pesar  del  acierto formal de la censura,  sustancialmente  la misma no suministra ningún argumento que lleve a la Corte a  conceder  la  razón  al impugnante, dado que el problema jurídico planteado se  encuentra  solucionado  en  antigua  y  reiterada jurisprudencia en la que se ha  precisado  que  al  determinador  y  al  cómplice  que  cumplen sus roles en la  ejecución  de  un comportamiento típico con sujeto activo calificado no tienen  derecho a la rebaja de pena solicitada por el actor.   

Así  lo  explicó  la  Sala  al  recoger un  criterio                   anterior10,    con    las   siguientes  reflexiones    que    por   su   inmovilidad   y   contundencia   se   traen   a  colación:   

“…[E]l  a  quo  interpretó  [que]  le correspondía una disminución  punitiva  de una cuarta parte, de conformidad con lo previsto en el inciso final  del  artículo  30  del Código Penal, o le comportaría una rebaja de una sexta  parte  a  la  mitad,  de  acuerdo con el inciso 3º de la misma norma, más otra  equivalente  a  la  cuarta  parte  por  tratarse,  según  criterio  de la Corte  expuesto  en  providencia de abril 25 de 2.002, de interviniente que no tiene la  calidad  especial  exigida  en  el  tipo penal, resulta, sin embargo, procedente  hacer  un  reexamen  de tales posiciones en aras de definir qué se entiende por  interviniente  en  ese contexto y cuál es ciertamente la pena que corresponde a  quien,   actuando  como  determinador  o  cómplice,  no  reúne  las  calidades  requeridas  en  la  descripción  típica  y cuál la que debe imponerse a quien  ejecutando  como suya la acción contenida en el verbo rector carece también de  dichas calidades.   

”En  efecto,  definiendo  el  artículo  29  de  la Ley 599 de 2.000 como autor a ‘quien  realice la conducta punible por  sí     mismo    o    utilizando    a    otro    como    instrumento’,    también    a    ‘quien actúa como miembro u órgano de  representación  autorizado  o  de  hecho  de  una persona jurídica, de un ente  colectivo  sin  tal  atributo,  o  de  una  persona natural cuya representación  voluntaria  se  detente,  y  realiza  la  conducta punible, aunque los elementos  especiales  que  fundamentan  la  penalidad  de  la figura punible respectiva no  concurran    en    él,    pero   sí   en   la   persona   o   ente   colectivo  representado’  y  como  coautores   a  ‘los  que,  mediando   un  acuerdo  común,  actúan  con  división  del  trabajo  criminal  atendiendo  la  importancia  del aporte’,  e  incluyendo, el artículo 30 del Código Penal vigente, por su  parte,  bajo  el título de partícipes al determinador y al cómplice, para, en  el  inciso  segundo,  señalar que a aquél corresponde la pena prevista para la  infracción  y  en  el  tercero  que  éste (el cómplice) incurrirá en la pena  prevista  para  el  punible  disminuida de una sexta parte a la mitad, al tiempo  que  en  el  inciso  final dispone que ‘al  interviniente  que no teniendo las calidades especiales exigidas  en  el  tipo  penal  concurra en su realización, se le rebajará la pena en una  cuarta  parte’, podría,  todo  lo  anterior,  significar, en principio, que el término interviniente por  hallarse  en ese contexto, sólo se refiere a determinadores y cómplices o que,  por  su  acepción  gramatical,  como lo señalara la Sala en aquella decisión,  ‘no  es,  entonces,  un  concepto  que  corresponde a una categoría autónoma de co-ejecución del hecho  punible  sino  un  concepto de referencia para aludir a personas que, sin reunir  las  calidades  especiales previstas en el respectivo tipo especial, toman   parte  en  la  realización  de  la  conducta,  compartiendo roles con el sujeto  calificado   o   accediendo   a  ellos’.   

”Sin  embargo,  bajo  el  necesario  supuesto  de  que  en el delito propio los extraños, valga  decir  el  determinador y el cómplice, no requieren calidad alguna, pues aquél  no  ejecuta  de  manera  directa la conducta punible y el cómplice tiene apenas  una   participación  accesoria,  surge  evidente  la  exclusión  que  a  tales  partícipes  hace el inciso final del precitado artículo 30, ya que si a éstos  no  se  les exige calidad alguna, valga decir que su condición o no de servidor  público  no  tiene  incidencia  alguna  en  la participación que respecto a la  conducta  punible  despliegan,  ningún  sentido  lógico  tiene  el  que se les  dispense  un  adicional  tratamiento  punitivo  definitivamente  más  favorable  precisamente  por  una  calidad  que  resulta  intrascendente en sus respectivos  roles,  en  cuanto  al  determinador que no siendo servidor público, condición  que  para  nada  importa  en  el  despliegue  de la instigación, se le estaría  rebajando  la  pena  en una cuarta parte y al cómplice, cuya condición o no de  servidor  público  tampoco  comporta ninguna trascendencia en la ejecución del  papel  accesorio,  se  le estaría favoreciendo igualmente con una rebaja de esa  proporción  pero  sumada  a  la  que  correspondería  por  su  participación,  prevista entre una sexta parte a la mitad.   

”Es que, siendo  absolutamente  claro  el  artículo  30  en  señalar  que  al  determinador  le  corresponde  la  pena  prevista  en  la  infracción  y  al cómplice esta misma  rebajada  en  una  sexta parte a la mitad, si ellos carecen de la cualificación  especial  que  el  tipo  penal  no  exige para que su participación se entienda  consumada,  en  nada  desnaturaliza los propósitos del legislador, pues aún se  mantiene  la  unidad  de imputación, se conserva la distinción entre formas de  intervención  principales  y accesorias y se guarda la correspondencia punitiva  frente a los diversos grados de compromiso penal.   

”Por eso, cuando  dicha  norma  utiliza  el  término  intervinientes no lo hace como un símil de  partícipes  ni  como  un  concepto que congloba a todo aquél que de una u otra  forma   concurre  en  la  realización  de  la  conducta  punible,  valga  decir  determinadores,  autores,  coautores  y  cómplices,  sino lo hace en un sentido  restrictivo  de  coautor de delito especial sin cualificación, pues el supuesto  necesario  es que el punible propio sólo lo puede ejecutar el sujeto que reúna  la  condición  prevista  en  el tipo penal, pero como puede suceder que sujetos  que  no reúnan dicha condición, también concurran a la realización del verbo  rector,  ejecutando  la conducta como suya, es decir como autor, es allí dónde  opera   la  acepción  legal  de  intervinientes  para  que  así  se  entiendan  realizados  los  propósitos del legislador en la medida en que, principalmente,  se  conserva  la  unidad  de  imputación,  pero  además  se  hace práctica la  distinción  punitiva  que  frente  a  ciertos deberes jurídicos estableció el  legislador  relacionándolos  al  interior  de una misma figura y no respecto de  otras   en   que   esa   condición   no   comporta   trascendencia  de  ninguna  clase.   

”Pero además,  tal  entendimiento,  ya  dinamizado  en  relación con hechos punibles de sujeto  activo  que  no requiera calidades y frente a un criterio de política criminal,  tiende  a  hacer  real el principio de igualdad pues, de iterarse el criterio ya  expresado  de  la  Sala  en la decisión antes citada, no se entendería porqué  razón  a  un  determinador de peculado, por ejemplo, se le beneficiaria con una  rebaja  de  la cuarta parte de la pena, mas no así a un instigador de un delito  de  hurto,  o porqué a un cómplice de concusión se le rebajaría en principio  la  pena  de  una  sexta parte a la mitad, y luego en una cuarta más por no ser  servidor  público.  Más  aún, tampoco se entendería porqué a un particular,  cómplice  de  peculado  se  le harían tales rebajas mientras que a un servidor  público  cómplice  del  mismo  delito  no se le haría sino la primera, cuando  ciertamente  su  condición  nada  tendría  que ver con su participación, pues  ella, en tal caso, la ley la encuentra carente de trascendencia.   

”Por tanto, al  determinador  de  un  delito,  con  o  sin  la condición exigida para el sujeto  activo,  le corresponde la pena prevista para la infracción; al cómplice de un  delito  propio,  que  obviamente  no  necesita condición alguna y en definitiva  careciendo  o  no  de  ella, le corresponde la pena prevista para la infracción  disminuida     de     una     sexta     parte     a     la    mitad.”11.   

Suficientes   resultan   las   anteriores  consideraciones     para     afirmar     la     improsperidad    del    reproche  subsidiario.   

9. Por último, la  Sala  observa  que  con posterioridad a la sentencia de segunda instancia, antes  de  arribar  a  ésta  sede  el  expediente  (lo  cual  ocurrió    el    23    de    julio    de    2010)12,  respecto  de  la  conducta  punible  de  peculado  por  apropiación  se  configuró a favor de GÓMEZ   GÓMEZ  y  Becerra  Montoya  el  fenómeno  de  la  extinción  de  la  acción  penal  por  prescripción,  como  igualmente   aconteció  frente  al  delito  de  contrato  sin  cumplimiento  de  requisitos  legales en relación con el último de los citados, lo cual obliga a  adoptar  las  decisiones  correlativas,  con  repercusión  en  la dosificación  punitiva en el caso del aquí demandante.   

En  efecto,  según  quedó  expresado en la  síntesis  de  la  actuación  contra  los  citados se profirió acusación como  determinador   y   cómplice,  respectivamente,  los  delitos  de  peculado  por  apropiación     en     cuantía     inferior     a    cincuenta    (50)  salarios  mínimos mensuales legales  vigentes  y  contrato sin cumplimiento de requisitos legales. El primero de esos  comportamientos,  según  el  artículo  133,  incisos  primero  y  segundo, del  Decreto  Ley  100 de 1980 (norma vigente para la época  de  los  hechos),  se encuentra reprimido con una pena  máxima   de   prisión   de   siete   (7)  años y seis (6)  meses,  en tanto con el segundo, al tenor del artículo 146 ejusdem (modificado  por  la  Ley  80  de 1993, artículo 57 y la Ley 190 de  1995,    artículo    32)   con   doce   (12) años.   

Ahora  bien,  los artículos 80, 83 y 84 del  citado  Código  Penal  señalan que la acción penal prescribe: durante la fase  instructiva,  transcurrido  un  tiempo  igual  al límite mayor de la respectiva  pena  privativa  de  la  libertad,  sin  que  ese  plazo pueda ser menor a cinco  (5)  años  ni  superior  a  veinte       (20)13;  y  durante el juicio, esto  es,  a  partir  de  la  ejecutoria de la resolución de acusación, el señalado  término  se  reduce  a  la  mitad, empero, en ningún caso puede ser inferior a  cinco  años14.   

Como  ya  se  advirtió,  dado  que  la pena  máxima  para  el  delito  de  peculado  endilgado a los procesados es de apenas  siete   (7)  años  y  seis  (6)  meses, resulta palmario  que  en la etapa de la causa el término de prescripción respecto del mismo era  de  cinco (5) años, plazo que  se  cumplió,  atendida la fecha de ejecutoria del pliego de cargos (ocurrida  el  16  de  marzo  de  2005), el  15 de marzo de 2010, mientras  se   surtían   los   traslados   inherentes  a  la  sustentación  del  recurso  extraordinario en el Tribunal.   

Y  en  cuanto  a  la  conducta  punible  de  celebración  de  contrato  sin  cumplimiento  de requisitos legales atribuida a  Becerra   Montoya  como  cómplice,  el  máximo  de  la  sanción  (12  años)  debe  reducirse  en una sexta  parte  atendida esa forma de participación (Ley 599 de  2000,  artículo  30,  inciso  tercero  y  Decreto  Ley  100  de 1980, artículo  24),  lo  cual  significa  que  para operar durante el  juicio  la  aludida  figura  enervante  de  la acción penal respecto de aquél,  también  era  necesario  el transcurso de cinco años, plazo cumplido de manera  efectiva   el   15   de   marzo  de  2010.   

Por   lo  anterior,  la  Corte  declarará  prescrita  la acción penal respecto de los delitos de peculado por apropiación  en  cuantía  inferior  a  cincuenta  (50)  salarios  mínimos  mensuales  legales  vigentes  y  contrato  sin  cumplimiento  de  requisitos legales imputados a Becerra Montoya como cómplice,  debiendo  cesar, en consecuencia, todo procedimiento en favor de éste, mientras  que   en   relación  con  GÓMEZ  GÓMEZ  sólo  fenecerá  la  actuación  por  el primero de los indicados  comportamientos,    y    retirará    el   incremento   de   doce   (12)  meses de prisión y multa de dos (2)  salarios  mínimos  mensuales  legales  que  por  tal  injusto  le  infligió el  fallador  de  primer  grado,  avalado  por  el  de segunda instancia15.   

En  conclusión,  las  penas  principales de  WALTER     ENRIQUE    GÓMEZ    GÓMEZ,  como determinador de celebración de contrato sin cumplimiento de  requisitos  legales,  quedan  en cuatro (4)  años y seis (6)  meses   de   prisión   y   multa   en   cuantía   de  veintidós  (22)  salarios  mínimos mensuales legales  vigentes.   

Impera  aclarar que respecto de Omar Miranda  Tocora,  no se configura el fenómeno extintivo de la acción penal en atención  a  que incurrió como autor de las conductas objeto de este proceso con ocasión  de  sus  funciones  como  servidor público (gerente de  EDASABA  E.S.P),  motivo  por  el  que  el término de prescripción para cada una,  según  lo  dispuesto  en el artículo 83, inciso quinto, de la Ley 599 de 2000,  se     incrementa     únicamente    respecto    de  éste16  en  una  tercera  parte,  implicando  ello  que  en  el  juicio el  decaimiento  de  la potestad punitiva del Estado se manifestaría después de un  plazo,    para    el   peculado   por   apropiación,   de   seis   (6)    años    y    ocho   (8)  meses,  y  para  el  de  contrato sin  cumplimiento     de     requisitos     legales,     de     ocho     (8) años.   

10. Por último, la  Corte  advierte  la necesidad de recurrir a la facultad oficiosa que le confiere  la  ley  en  materia de casación, toda vez que el juez de primer grado, avalado  tácitamente  por  el  de  segunda instancia, impuso a todos los procesados como  sanción  accesoria,  por  el  mismo lapso de la privativa de la libertad, la de  inhabilidad  para  el  ejercicio  de derechos y funciones públicas —antes   denominada  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas  (Decreto Ley 100 de 1980, artículos 42-3° y  52)—    sin    percatarse   que   tanto   en   la  legislación    en    vigor    al    tiempo    de   los   sucesos   (Decreto  Ley  100 de 1980, artículos 133 y 146, modificados por la  Ley   80  de  1993,  artículo  57  y  la  Ley  190  de  1995,  artículo  19  y  32),  como  en la actual (Ley  599  de  2000,  artículos  397  y 410), aquélla está  prevista   para  las  conductas  punibles  objeto  de  juzgamiento  como principal.   

El equívoco en cuanto a la naturaleza de esa  específica  forma de punición no resulta, en este caso, intrascendente, ya que  como  en  los  respectivos  preceptos  esa  sanción  tiene  su  propio  ámbito  punitivo,  independiente  y  diferente  del que corresponde a los otros castigos  principales   allí  consagrados,  al  fijar  su  duración  los  sentenciadores  automáticamente  por  el  mismo  tiempo  de la de prisión impuesta a cada uno,  vulneraron    el    principio   de   estricta   legalidad   inherente   a   esta  materia.   

En  efecto,  en tratándose del peculado por  apropiación,  la  interdicción  de  derechos y funciones públicas contemplada  como   pena   principal  en  aquél  entonces  oscilaba  en  un  rango  de  seis  (6)  a  quince  (15) años, extremos que en atención a la  cuantía  de  la  exacción,  inferior  a  cincuenta salarios mensuales legales,  deben  reducirse  en tres cuartas partes, el mínimo, y en la mitad, el máximo,  lo  cual  arroja  un  nuevo  y  definitivo  marco  fluctuante entre un  (1)  año y  seis  (6) meses hasta siete  (7)    años   y   seis  (6)   meses.   

A  su  turno,  el punible de celebración de  contrato  sin  cumplimiento  de  los  requisitos legales, para la misma sanción  principal,  preveía  un  lapso  de  uno  (1)      a     cinco     (5)           años.   

En  la  situación  del acusado Omar Miranda  Tocora,  para  dosificar  esa  pena  deben  seguirse  las reglas del concurso de  conductas  delictivas,  luego  obligatorio  es  acudir  a  la  que  apareja  una  represión  mas  severa,  es decir, la del peculado por apropiación, y teniendo  en  cuenta  que  el  a-quo  en  la  pena  de  prisión seleccionada (la  correspondiente  a  la  de  contratación indebida)  partió del mínimo (4 años),   el   cual   incrementó   en   una   octava  parte  (6  meses)  por la gravedad y modalidad de  la  conducta,  siguiendo  esos  mismos  criterios,  en  principio  se obtiene un  guarismo  de veinte (20) meses  y  siete  (7) días que debe  aumentarse  proporcionalmente,  como  también  lo  hizo  el fallador de primera  instancia,      en      un      veintidós      por      ciento     (22%) por la conducta punible concurrente,  esto  es,  en cuatro (4) meses  y  (10)  diez días, para un  total   definitivo   de   veinticuatro   (24)  meses  y  diecisiete  (17)   días  —en  lugar  de  los cinco  años       y       seis      meses      inicialmente      impuestos—.   

Respecto de GÓMEZ  GÓMEZ,  con  la prescripción de la acción frente al  delito  de  peculado  por apropiación, debe acogerse el ámbito de movilidad de  la  interdicción de derechos y funciones públicas señalada para el delito que  queda   vigente,  es  decir,  de  uno  (1)   a  cinco  (5)  años,  e  incrementado el límite mínimo en una octava parte por la gravedad y  modalidad  de  la  conducta,  se  obtiene  un  cómputo  final  de  trece  (13) meses  y     quince     (15)  días.   

En  conclusión,  la  Sala de oficio casará  parcialmente  la  sentencia para restablecer la garantía vulnerada (principio  de  legalidad  de la sanción),  ajustando  a  los señalados guarismos la pena en cuestión, aclarando que ésta  procede como principal y no como accesoria.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la    Sala   de   Casación   Penal   de   la   Corte   Suprema   de  Justicia,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

1.   NO  CASAR   la   sentencia   atacada   en  razón  de  la  improsperidad  de los reproches formulados en la demanda presentada en nombre de  WALTER     ENRIQUE    GÓMEZ    GÓMEZ, según lo aquí puntualizado.   

2.  DECLARAR  prescrita  la  acción  penal en  relación  con  Miguel  Becerra Montoya, respecto de los delitos de peculado por  apropiación     en     cuantía     inferior     a    cincuenta    (50) salarios mínimos mensuales legales y  contrato  sin  cumplimiento  de requisitos legales. En consecuencia CESAR  TODO  PROCEDIMIENTO  en  favor  del  precitado.   

3.  DECLARAR prescrita la acción penal por el  delito  peculado  por apropiación en cuantía inferior a cincuenta (50)  salarios  mínimos mensuales legales  respecto  de  WALTER ENRIQUE GÓMEZ GÓMEZ,    y    en   virtud   de   ello   CESAR  PROCEDIMIENTO  en  favor  del  mismo  por  la referida  conducta punible.   

4. En razón de lo  anterior  WALTER  ENRIQUE  GÓMEZ  GÓMEZ,  como determinador de celebración de contrato sin cumplimiento de  requisitos   legales,   queda  condenado  a  las  penas  principales  de  cuatro  (4) años y seis (6)  meses de prisión y multa en cuantía  de  veintidós  (22) salarios  mínimos mensuales legales   

5.  CASAR   DE   OFICIO   Y   PARCIALMENTE  la  sentencia  recurrida,  en  el  sentido  de  fijar  en  veinticuatro (24)   meses  y  diecisiete  (17)   días   la   pena   principal   de  inhabilidad  para  el  ejercicio de derechos y funciones públicas respecto Omar  Miranda   Tocora,   y   en   trece   (13)    meses   y   quince   (15)  días  en  relación  con WALTER ENRIQUE  GÓMEZ GÓMEZ.   

En  los  demás  aspectos  queda  vigente la  sentencia atacada.   

6.  COMPULSAR  las  copias señaladas en la parte considerativa.   

Contra  esta  providencia no procede recurso  alguno.   

Notifíquese  y  devuélvase  al Despacho de  origen.   

JAVIER ZAPATA ORTIZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                                 FERNANDO CASTRO CABALLERO   

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                                                                                ALFREDO  GÓMEZ QUINTERO   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS                          AUGUSTO     J.    IBÁÑEZ  GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1 Cuaderno original # 1, folios 1-61.   

2  Ídem, folios 62-217.   

3  Ídem, folios 218, 231-234.   

4  Cuaderno original # 2, folios 54-56, 90-93, 102-116 y 145-158.   

5  Cuaderno original # 2, 115-118.   

6  Cuaderno original # 4, folios 175-210.   

7  Cuaderno del Tribunal, folios 6-41, 86-47 y 153-154.   

8  Cuaderno  original  #3,  folio  101. Cuaderno original # 4, folio  187.   

9 Cuaderno original # 1, folio 174.   

10 Cfr.  Sentencia   de   casación   de   25   de   abril   de   2002,  radicación  Nº  12191.   

11  Cfr.  Sentencia  de  segunda  instancia  de  8 de julio de 2003, radicación Nº  20704  y,  entre  otros, fallos de casación de 26 de abril y 7 de septiembre de  2006,  7  de  marzo  de 2007, y 10 de marzo 2010, radicaciones Nº 22146, 22447,  23979 y 31890, respectivamente.   

12  Cuaderno de la Corte, folio 2.   

13 En  la   ley   599   de  2000,  de  acuerdo  con  su  artículo  83,  atendidas  las  modificaciones  hechas  por  las Leyes 1309 de 2009 y 1426 de 2010, este límite  se  aumenta  a  treinta  (30)  años cuando se trate de genocidio, desaparición  forzada,   tortura,  desplazamiento  forzado  u  homicidio  de  miembro  de  una  organización  sindical  legalmente  reconocida,  defensor de derechos humanos o  periodista.   

14 De  acuerdo  con  el artículo 86 de la Ley 599 de 2000, en el juicio el término de  prescripción  oscila  entre cinco (5) y diez (10) años contados a partir de la  ejecutoria  del  pliego  de  cargos, y en proceso adelantados con sujeción a la  Ley  906  de  2004,  el  referente  para  ese  computo  es la formulación de la  imputación (Ley 890 de 2004, artículo 6).   

15 Cuaderno original # 7, folios 200-204.   

16  Cfr.  Autos  de 6 de marzo de 2002 y 16 de febrero de 2005, radicaciones 16329 y  21853,  respectivamente,  y  sentencias  de 25 de abril de 2002 y 15 de junio de  2005,    radicaciones    12191    y    20528,   respectivamente,   entre   otras  decisiones.     

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