34095(09-03-11)

2011

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n.º 34095  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

Aprobado acta No.  078  

Bogotá,  D.  C.,  nueve  de marzo de dos mil  once.   

Se  pronuncia la Corte sobre la admisibilidad  de  la  demanda de casación que presenta el defensor del procesado ANTONIO  MARÍA  MÚNERA  SALAZAR contra la  sentencia  de segunda instancia proferida el 4 de noviembre de 2009, mediante la  cual  el  Tribunal  Superior del Distrito Judicial de Medellín lo condenó a 78  meses  de  prisión  por  el  delito  de  concierto  para delinquir con fines de  narcotráfico.   

1.- ANTECEDENTES  

1.1.- La cuestión fáctica fue declarada por  el juzgador de la manera siguiente:   

“Dio  origen a la  presente  investigación  el informe de policía judicial de fecha 7 de enero de  2003,   en   el   cual  se  solicitó  la  interceptación  de  varios  abonados  telefónicos  fijos  y  celulares,  presentada  ante  la Fiscalía adscrita a la  Unidad  Nacional  Antinarcóticos y de Interdicción Marítima destacada ante la  Dijin;  a  través de los diálogos de las interceptaciones se logró determinar  la  existencia  de  una  presunta organización dedicada al tráfico ilícito de  sustancias  sicotrópicas.  Durante  varios  meses  se  adelantaron pesquisas de  carácter  electrónico,  principalmente, pues muchas otras líneas telefónicas  fueron  intervenidas, y gracias a ellas plurales hechos punibles ocurridos en el  territorio  nacional y fuera del país fueron develados, lográndose el decomiso  de  sustancias alucinógenas y la captura de varias personas.- A través de esas  mismas  investigaciones  se logró identificar e individualizar a más de quince  personas,   ligadas   a  la  organización  delictiva,  que  como  se  dijo  con  antelación,  y  teniendo  en cuenta el registro detallado de las conversaciones  que  sostenían  durante  un lapso bastante considerable, se dedicaban al envío  de  heroína  y  cocaína,  lo  cual  hacían  con  multiplicidad  de  medios de  transporte,  vale  decir,  en  ocasiones  utilizaban  correos  humanos; en otras  oportunidades  lo  hacían  a  través de caninos o con maletas de doble fondo y  prendas  de  vestir;  de ahí que contra estas personas se abriera la respectiva  instrucción de la investigación y se ordenara su captura.   

“Significando  también,  que  el  gran  número  de  vinculados  a  estas pesquisas decidieron  acogerse  a la figura de la sentencia anticipada, mientras que otros, como es el  caso    de    Antonio    María    Múnera   Salazar   optaron   por   la   vía  ordinaria”.     

1.2.-  Agotada  la  fase correspondiente a la  instrucción  y previa clausura parcial de ésta, el 22  de  diciembre  de 2006 la Fiscalía 19 Especializada de  la  Unidad  Nacional  de Antinarcóticos e Interdicción Marítima, calificó el  mérito  probatorio  del  sumario con resolución de acusación en contra de los  procesados  RAÚL  ALONSO  YEPES  VALLEJO y ANTONIO MARÍA MÚNERA SALAZAR, como  presuntos  coautores  responsables  del  concurso  de  delitos de concierto para  delinquir  con  fines  de  narcotráfico  y  tráfico,  fabricación  o porte de  estupefacientes;  en  contra  de  los  procesados LUIS FERNANDO ARBOLEDA ORTIZ y  EDGAR  ANTONIO MIRA TORRES por el delito de trafico de estupefacientes agravado;  al  tiempo  que  precluyó la investigación respecto de MIRELLA PATRICIA USECHE  CARVAJAL1,  mediante determinación que cobró ejecutoria en esa instancia al  haber  sido  declarado desierto el recurso de apelación interpuesto contra ella  por el defensor de MIRA TORRES.   

1.4.-  La  etapa de juicio fue asumida por el  Juzgado  Tercero  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Medellín2,   en  cuyo  trámite  los  procesados  LUIS  FERNANDO  ARBOLEDA  ORTIZ  y RAÚL ALONSO YEPES  VALLEJO  manifestaron  su  intención  de  acogerse  a la figura de la sentencia  anticipada3.  Así  mismo,  en  dicha  fase  se obtuvo información4  y se allegó  “Certificación   de  Necropsia  Médico Legal en relación con el fallecimiento de EDGAR ANTONIO MIRA  TORRES”5  y,  después de llevarse  a       cabo       la       vista      pública6,  el  31 de octubre de 2008 se  puso  fin  a la instancia condenando al procesado RAÚL  ALONSO  YEPES  VALLEJO,  a  las  penas  principales de  setenta  y  dos  (72)  meses  de prisión y multa en cuantía de 666.67 salarios  mínimos   legales   mensuales,  como  consecuencia  de  encontrarlo  penalmente  responsable  del  concurso  de  delitos de concierto para delinquir con fines de  narcotráfico  y tráfico, fabricación y porte de estupefacientes; al procesado  ANTONIO    MARÍA    MÚNERA    SALAZAR  a las penas principales de setenta y ocho (78) meses de prisión y  multa  en  cuantía  de  2000  salarios  mínimos legales mensuales vigentes, al  encontrarlo  penalmente responsable del delito de concierto para  delinquir  con  fines  de  narcotráfico  y;  finalmente,  asimismo  condenó  al procesado  LUIS  FERNANDO ARBOLEDA ORTIZ  a  las  penas  principales  de cuarenta y ocho (48) meses de prisión y multa en  cuantía  de  500  salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes, por hallarlo  penalmente  responsable  del  delito  de tráfico, fabricación  y porte de  estupefacientes.   

Condenó   a  todos  los  procesados  a  la  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas, por  término  igual  al de la pena privativa de la libertad, al tiempo que les negó  la   suspensión  condicional  de  la  ejecución  de  la  pena  y  la  prisión  domiciliaria,     entre     otras     decisiones7.   

En  esa  misma  determinación  absolvió  al  procesado  ANTONIO  MARÍA MÚNERA SALAZAR   del   delito   de   tráfico,   fabricación    o  porte  de  estupefacientes,    que    también    le    había    sido   imputado   en   la  acusación.   

1.5.- Recurrida esta decisión por la defensa  de      MÚNERA      SALAZAR      “única  y  exclusivamente  sobre lo que concierne al concierto para  delinquir  con  fines  de narcotráfico”8  y  de  YEPES  VALLEJO9  quien  mostró inconformidad con la negativa del juzgador en   concederle      la      libertad     condicional10,  el  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial de Medellín, por medio del fallo proferido el 4 de noviembre  de  2009 le impartió íntegra confirmación, al conocer en segunda instancia de  la          apelación          interpuesta11.   

1.6.-   Contra  la  sentencia de segunda  instancia,  el  defensor  del acusado ANTONIO MARÍA MÚNERA SALAZAR12,  interpuso  recurso   extraordinario   de  casación,  el  cual  fue  concedido  por  el  ad  quem13  y presentó la correspondiente demanda14, sobre cuya admisibilidad se  pronuncia la Corte.   

2.- LA DEMANDA  

Después de identificar los sujetos procesales  y  la  providencia  materia  de  impugnación, así como resumir los hechos y la  actuación  llevada  a cabo en las instancias, con apoyo en las causales tercera  y  primera de casación, cuatro cargos formula el demandante contra el fallo del  Tribunal  en  los  que  lo  acusa  de  haber sido proferido en juicio viciado de  nulidad  por la existencia de irregularidades sustanciales que afectan el debido  proceso  (cargo  primero),  y  de  incurrir  en  violación  directa  de  la ley  sustancial  (cargos  dos y tres), y de violación indirecta de la ley sustancial  debido   a   errores   de   hecho   en   la   apreciación   probatoria  (cuarto  cargo).   

En   el   primer  cargo, sostiene que la nulidad de lo actuado deriva de  la  existencia  de  irregularidades  sustanciales que afectan el debido proceso,  “al no haberse respetado  por    los   juzgadores   los   derechos   fundamentales   a   la   ‘proporcionalidad’      y      la      ‘razonabilidad’,  que  delimitan el principio rector  de            la            ‘tipicidad’  ”   y a su vez hacen  parte  de  los  derechos  constitucionales  a  la  igualdad y al debido proceso,  “con  todo  lo  cual  un  hecho     atípico     fue     erigido     en    conducta    punible”.   

Con  la  pretensión  de demostrar su aserto,  manifiesta  que  “aquí se  trata  de  un hecho atípico, por omisión de los juzgadores en el estudio de la  proporcionalidad   y   la   razonabilidad,   para   configurar   la   auténtica  tipicidad”.   

Alude  al efecto apartes de lo consignado por  la  Corte  Constitucional en la sentencia C-241 de 2007, por medio de la cual se  declaró  exequible  el  articulo  44  de  la  Ley 30 de 1986, que anteriormente  definía  el  tipo de concierto para delinquir, y señala que en el caso de  su  asistido  “no  puede  tipificarse  tan  severo  hecho punible, porque este humilde y modesto ciudadano  jamás    podía   conformar   una   ‘verdadera   organización’   ya   que  él,  sus  amigos  y  contertulios  eran  personas  de  escasísimos  recursos  económicos, a tal extremo que con frecuencia no tenían  dinero       para       hacer      una      llamada      telefónica”,  como de ello, según el demandante,  dan    fe    las    conversaciones    telefónicas    interceptadas    por    la  policía.   

Señala  que  las  personas  capturadas en la  operación  policial  que  dio  origen  al presente proceso, no constituían una  banda  de  delincuentes  y  menos  una  organización  criminal,  ya que, según  sostiene,  “se trataba de  insignificantes  ínsulas  humanas  que  intentaban conseguir apenas el sustento  diario”, sin un jefe, sin  mandos  medios  y  sin  traficantes  rasos,  en  cuya  hipótesis,  “lo único que cabría enrostrar a los  acusados     sería    la    agravante    de    la    complicidad    previamente  concertada”,  nunca  el  delito de concierto para delinquir con fines de narcotráfico.   

Reproduce  algunos  apartes  de  la sentencia  C-939  de  2002 emanada de la Corte Constitucional en relación con los límites  al  ejercicio  de la facultad del legislador para definir conductas delictivas y  fijar  las  penas  correspondientes  a tales delitos, y seguidamente se ocupa en  señalar  que  en  el  presente  caso  se  produjo  un  desconocimiento  de  los  principios  de  proporcionalidad  y razonabilidad de la conducta juzgada, ya que  “las   dos  sentencias  impugnadas  y  la  citada  resolución  acusatoria  carecen  de  fundamentación  lógica  y  probatoria  en  lo tocante al delicado tema de la proporcionalidad y  del  derecho  al debido proceso, frente a conductas prácticamente irrelevantes,  que  además  no  han sido debidamente acreditadas en  los  folios  con  las  sólidas  pruebas  que  debían  respaldarlas”,  pues los hechos, a lo sumo podrían  encajar  en  una  complicidad  respecto  al delito de narcotráfico, pero como a  Múnera    Salazar    se   lo   absolvió   de   esta   conducta,   “no  quedaría ninguna acción punible  para   reprocharle   desde   la   órbita  de  la  judicatura  penal” en relación con un comportamiento de  “insignificante  lesividad”,  frente  al  “gravísimo  y  ominoso  tipo   penal   que  le  era  atribuido”.     

Con  base  en  estas  y otras argumentaciones  formuladas  en  el  mismo sentido, solicita a la Corte declarar la nulidad de lo  actuado   y   absolver   a   su   asistido   de   los   cargos   que  le  fueron  formulados.   

En  cuanto  tiene  que ve con el segundo  cargo, sostiene que la violación  directa   de  la  ley  sustancial  se  debió  a  una  “falsa   adecuación  típica”   pues  a  una  conducta  atípica,  “la  pretenden  los  falladores  subsumir  en  el  molde  legal  del  concierto  para  delinquir  con  fines del narcotráfico”.    

Anota       que       “como  se  indicara  en  el  acápite  precedente,  aquí se trata de un hecho atípico, por omisión del estudio de la  proporcionalidad   para  configurar la auténtica tipicidad. Desde el punto  de  vista  procesal,  dicha falencia que perjudica al acusado también puede ser  vista    desde   el   simple   ángulo   formal   de   un   yerro   ‘in        iudicando’  en  la  adecuación  típica  de la  conducta           reprochada”.   

Insiste  en  que  la  conducta atribuida a su  representado  no  puede  ser tipificada en el delito de concierto para delinquir  con    fines   de   narcotráfico,   “porque  este  humilde  y  modesto ciudadano jamás podía conformar  una     ‘verdadera  organización’,  ya  que  él,   sus   amigos  y  contertulios  eran  personas  de  escasísimos  recursos  económicos,  a  tal extremo que con frecuencia no tenían dinero para hacer una  llamada  telefónica” como,  según  dice, se establece de las conversaciones que la policía les interceptó  a los imputados.   

Después  de  reproducir  gran  parte  de los  argumentos  utilizados  para  sustentar  la  primera  censura,  señala  que  la  sentencia  materia de disenso, así como la resolución acusatoria, “carecen  de fundamentación lógica y  probatoria  en  lo  tocante  a  los  delicados  temas  de  la  razonabilidad, la  proporcionalidad   y  el  derecho  al  debido  proceso,  frente a conductas  prácticamente  irrelevantes,  que además no han sido  debidamente  acreditadas  en  los  folios  con  las sólidas pruebas que debían  respaldarlas”.      

Agrega       que       “las   irregularidades  aludidas  son  sustanciales,  al  tenor  del  art.  306  Numeral  2º del C. de P.P., porque la  omisión  de  la observancia de los principios fundamentales de proporcionalidad  y   razonabilidad   afectan   los   derechos   a   la   igualdad   y  al  debido  proceso”.   

En  punto  de la trascendencia del reparo que  formula,  sostiene  que si se hubieran respetado las garantías constitucionales  del   acusado,   relacionadas   con   el   debido  proceso  y  el  principio  de  proporcionalidad,   como  se  indica  en  la  sentencia  C-393-02  de  la  Corte  Constitucional, la sentencia tendría que haber sido absolutoria.   

Por lo anterior, solicita a la Corte casar la  sentencia  recurrida  y  absolver  a  su  asistido  de  los cargos que le fueron  formulados.   

El    tercer  cargo,  también  formulado  al  amparo  de  la causal  primera  de  casación,  el  demandante  lo hace consistir en que los juzgadores  incurrieron  en  violación  directa  por  interpretación  errónea  de  la ley  sustancial,   toda  vez  que,  según  dice, a una conducta atípica, se la  pretende  subsumir en el marco del tipo de concierto para delinquir con fines de  narcotráfico.   

Señala       que      “como  ya  se  indicara  en anteriores  acápites,  aquí  se trata de un hecho atípico, por omisión del estudio de la  proporcionalidad   y   la  razonabilidad   para  configurar  la  auténtica  tipicidad,  lo cual a su turno conlleva una interpretación errónea”,  en  cuyo  análisis estima que debe  tomarse  en  cuenta  la  sentencia  C-241-97  de  la  Corte  Constitucional, que  declaró  exequible  la  norma  sustantiva creadora del delito de concierto para  delinquir con fines de narcotráfico.   

Después  de  reiterar  los  planteamientos  realizados  en  los  cargos  que  preceden,  sostiene  que  su  representado  no  pertenecía  a  una banda u organización, por lo que no se le podía aplicar el  tipo  de  concierto       para  delinquir  con fines de  narcotráfico.   

En  punto  de  la trascendencia del yerro que  dice  noticiar,  manifiesta  que  los juzgadores transgredieron el artículo 234  del  C. de P. P. que impone la obligación de establecer la verdad real, y obrar  con  imparcialidad  en  la  averiguación  de  los  hechos, para que se tenga en  cuenta  no  solamente  aquello  que  incrimine  al  acusado sino también lo que  demuestre su inocencia.   

“En   suma,  dice,  si los juzgadores se  hubieran  dignado  apreciar  la  proporcionalidad y la razonabilidad frente a la  persona  de  Múnera  y  su  comparación  con los requerimientos que demanda la  pertenencia       a      una      ‘organización’  criminal, habrían descubierto que su forma de vida y su nivel de  ingresos  no  le  permitían  estar a ese calificado nivel delictivo”,  y por ende lo habrían absuelto del  cargo alusivo al concierto para delinquir.   

   

En    relación   con   el   cuarto  cargo,  el demandante sostiene que  los  juzgadores incurrieron en violación indirecta de la ley sustancial, debido  a  errores de hecho por falso raciocinio  por desconocimiento de las reglas  de la sana crítica en la apreciación probatoria.   

Manifiesta   que   en   el   curso   de  la  investigación  no  se obtuvo una sola prueba que de manera directa incrimine al  acusado,  sino  que las piezas esgrimidas para involucrar a  su asistido en  el  delito  de  concierto  para  delinquir  se  reducen a simples indicios   “que jamás pueden ser el  vehículo  de  la  certeza  de  la responsabilidad penal del acusado”.   

Después  de  aludir  a lo que en su concepto  constituye  la  prueba  por  indicios,  para  lo cual se apoya en el criterio de  algunos    doctrinantes    sobre    dicho    particular,   estima   “que  ninguna  persona  que analice de  manera  imparcial  estas  diligencias procesales podrá concluir que a la luz de  la  ley,  mediante  ellas  se constituyen varios indicios graves, generadores de  certeza,  que  incriminen  a  nivel  de indicio  contingente; sólo podrán  demostrar  que  se  conversó  a  través de esos teléfonos, pero no se sabe si  Antonio  Múnera  Salazar llegó a participar en forma real y material en algún  hecho   punible   de   los   que   se  relataron  en  el  expediente”.   

Señala  que  en  el  peor  de los casos, las  conversaciones  telefónicas interceptadas tienen un contra indicio, pues según  las  reglas  de  experiencia, una organización criminal cuenta con jerarquías,  con  distribución  de  funciones,  con  medios de transporte y de comunicación  eficientes     y    hasta    sofisticados    y    no    muestran    “el  triste  escenario que atravesaban  los   amigos   de   Múnera,   carentes   hasta   de   un  teléfono   para  comunicarse”.   

Señala  que  los  falladores  omitieron  su  obligación   de  elaborar  juicios  y  apreciaciones  de  conformidad  con  los  criterios  de proporcionalidad y razonabilidad, y dejaron de acatar el principio  de     investigación     integral.     En     cambio,     dice,    “pretenden  resaltar  como  supuestos  indicios  contra Múnera las grabaciones editadas y mutiladas al amaño de Liley  González,  quien  además  contó  con el privilegio ilimitado de poder suponer  que  las  personas  interceptadas  en  sus  teléfonos  decían cosas totalmente  distintas  a  lo  que  sus palabras significan en el lenguaje corriente y en los  diccionarios         españoles”.   

Sostiene  que  no  se  acató la relación de  causalidad  que  debe existir entre el hecho indicador y el hecho indicado, y en  la  prueba  indiciaria  tampoco  se  cumplen  las  exigencias  de convergencia y  congruencia,   indispensables   para   configurar   jurídicamente   un  indicio  grave.   

En la sentencia se menciona que cuando, en las  conversaciones  que  le fueron interceptadas, su representado habla de ropa o de  ganado,  se  está  refiriendo  en  verdad  a  heroína o cocaína, sin tomar en  cuenta  que  en  el  expediente  existen  las declaraciones juradas de bastantes  personas   que   dan   fe  de  las  actividades  lícitas  de  Antonio  Múnera.   

Al   efecto   señala   a  Leonardo  Gómez  Ramírez,   quien  dijo que le vendía ropa de dama a Antonio Múnera y que  éste  a su turno la revendía a otros clientes. Jairo José Navarro Domínguez,  también  comentó que desde 2001 le compra ropa, pantalones, camisas y zapatos.  Geovanni  Virgen  Herrera,  refirió  que  han  tenido  negocios de ropa, jeans,  camisas y camisetas.      

Estas   declaraciones,   en   criterio  del  recurrente,   son   “un  nítido  contraindicio  respecto a los aparentes indicios que los juzgadores ven  en    la    editadas    y    cercenadas    grabaciones   interceptadas   a   los  sospechosos”,  pues  con  dichos  medios se acredita que su representado sí se dedica a la compra  y  venta  de ropa, que no se dedica a actividades criminales y que su modesta forma  de  vida no le permite recaudar ni tener el dinero ni los medios para pertenecer  a una organización dedicada a cometer delitos de narcotráfico.   

   

Con  fundamento  en  lo  expuesto,  y  en los  comentarios  de  autores  extranjeros  en  torno  al  tema  de la sana crítica,  solicita  a  la  Corte casar la sentencia objeto de impugnación y absolver a su  asistido de los cargos que le fueron formulados.   

SE CONSIDERA:  

1.-  La  demanda  de  casación  instaurada a  nombre  del  procesado  ANTONIO MARÍA MÚNERA SALAZAR  presenta  inocultables desaciertos de orden técnico y  de  fundamentación  que  le  impiden superar el juicio de admisibilidad que por  ley  le  corresponde  realizar  a  la Sala, y dan al traste con las aspiraciones  desquiciatorias contra el fallo de segunda instancia.   

2.-    Repetidamente    la    Corte    ha  señalado15  que  la  casación  no  es una instancia más a las ordinarias del  trámite,  en  la  que  puedan  ser  presentados  de  manera  libre  e  informal  argumentos   de  disentimiento  contra  los  fallos  de  segunda  instancia,  ni  constituye  una  prolongación del juicio en la que resulte posible continuar el  debate    fáctico    y    jurídico    propio    del   trámite   regular   del  proceso.   

Insistentemente   ha   precisado   que   la  postulación  del  instrumento extraordinario de impugnación debe obedecer a la  denuncia  y  demostración de haber sido transgredida la ley con el fallo, y que  el  escrito a través del cual se ejerce, para que pueda llegar a ser admitido a  su  estudio  de  fondo,  necesariamente debe cumplir, no solamente los rigurosos  requisitos  de  forma  y contenido establecidos por el artículo 212 del Código  de    Procedimiento   Penal   de   2000   (idoneidad  formal),  sino  que  la demanda debe ser objetivamente  fundada,  es decir, estar llamada a lograr la infirmación total o parcial de la  sentencia,  o  a propiciar un pronunciamiento unificador del Máximo Tribunal de  la   Jurisdicción   Ordinaria   alrededor  de  un  determinado  tema  jurídico  (idoneidad   sustancial).   

Por  esta  razón,  entre los presupuestos de  admisibilidad,  la  legislación  procesal  ha  previsto  para  el demandante la  obligación  de  presentar  precisa  y  claramente  los  fundamentos fácticos y  jurídicos  del  motivo  de casación que se aduce, para lo cual debe tomarse en  cuenta  que  cada  causal  tiene  naturaleza  autónoma,  por  lo mismo se halla  sometida  a parámetros demostrativos propios y distintos de las demás,  y  que  su  configuración  trae aparejada consecuencias de diversa índole para el  proceso.   

En  relación  con la causal primera, la Sala  tiene  establecido  que  cuando  se  denuncia  violación  directa  por falta de  aplicación,  aplicación  indebida  o  interpretación  errónea  de  normas de  derecho  sustancial,  es deber del demandante aceptar  los  hechos  y las pruebas de ellos tal como fueron declarados unos y apreciadas  las  otras por el juzgador de segunda instancia, y exponer su discrepancia en el  ámbito  del  raciocinio  estrictamente  jurídico, es  decir,   sólo   con  las  consecuencias  jurídicas  atribuidas  a  los  hechos  declarados,  sin  que  resulte viable alegar o sugerir al tiempo la presencia de  errores  de  apreciación  probatoria,  dado que para ello la ley ha previsto la  vía indirecta.   

Y  si  lo  que  se  denuncia es la violación  indirecta  de  la  ley por falta de aplicación o aplicación indebida de normas  de  derecho  sustancial,  a  consecuencia  de incurrir el juzgador en errores de  apreciación  probatoria, el libelista debe precisar si éstos son de hecho o de  derecho.   

Al efecto debe connotarse que los primeros se  presentan  cuando  el juzgador se equivoca al contemplar materialmente el medio;  porque  omite  apreciar  una  prueba  que  obra  en el proceso; porque la supone  existente    sin    estarlo    (falso    juicio   de  existencia); o cuando no obstante considerarla legal y  oportunamente  recaudada,  al  fijar  su  contenido  la  distorsiona,  cercena o  adiciona   en   su   expresión   fáctica,  haciéndole  producir  efectos  que  objetivamente  no  se  establecen de ella (falso juicio  de  identidad);  o,  porque sin cometer ninguno de los  anteriores  desaciertos,  pese  a existir la prueba y ser apreciada en su exacta  dimensión   fáctica,   al  asignarle  su  mérito  persuasivo  transgrede  los  postulados  de  la lógica, las leyes de la ciencia o las reglas de experiencia,  es  decir,  los  principios  de  la  sana  crítica  como método de valoración  probatoria      (falso      raciocinio).   

En   esta   dirección,   se   reitera  que  cuando  la  censura  se orienta por el falso juicio de  existencia  por  suposición  de  prueba,  compete  al  demandante  demostrar  la  configuración  del  yerro  mediante  la  indicación  correspondiente  del  fallo  donde  se  aluda a dicho medio que materialmente no  obra  en  el  proceso;  y  si  lo  es  por omisión de  ponderar  prueba  que  material y válidamente obra en la actuación,  es  su  deber  concretar  en  qué  parte del expediente se ubica  ésta,  qué  objetivamente  se  establece  de  ella,  cuál  el  mérito que le  corresponde   siguiendo   los  postulados  de  la  sana  crítica,  y  cómo  su  estimación  conjunta  con  el  arsenal probatorio que integra la actuación, da  lugar  a  variar  las  conclusiones del fallo, y, por tanto a modificar la parte  resolutiva de la sentencia objeto de impugnación extraordinaria.   

Si   lo   pretendido   es   denunciar   la  configuración  de  errores de hecho por falsos juicios  de   identidad   en  la  apreciación  probatoria,  el  casacionista   debe  indicar  expresamente,  qué  en  concreto  dice  el  medio  probatorio,  qué  exactamente dijo de él el juzgador, cómo se le tergiversó,  cercenó  o  adicionó  haciéndole  producir  efectos  que  objetivamente no se  establecen  de  él,  y  lo  más  importante,  la  repercusión  definitiva del  desacierto  en  la declaración de justicia contenida en la parte resolutiva del  fallo.   

Y  si lo que se denuncia es la configuración  de  un  falso  raciocinio por  desconocimiento  de  los  postulados  de  la sana crítica, se debe indicar qué  dice  de  manera  objetiva  el  medio,  qué  infirió de él el juzgador, cuál  mérito  persuasivo le fue otorgado, señalar cuál postulado de la lógica, ley  de  la  ciencia  o  máxima  de  experiencia  fue desconocida, y cuál el aporte  científico  correcto,  la  regla  de  la  lógica  apropiada,  la máxima de la  experiencia  que debió tomarse en consideración y cómo; finalmente, demostrar  la  trascendencia del error indicando cuál debe ser la apreciación correcta de  la  prueba o pruebas que cuestiona, y que habría dado lugar a proferir un fallo  sustancialmente distinto y opuesto al ameritado.   

Los   errores  de  derecho,  entrañan,  por  su  parte,  la apreciación  material  de  la  prueba por el juzgador, quien la acepta no obstante haber sido  aportada  al  proceso  con  violación  de  las  formalidades  legales  para  su  aducción,  o  la  rechaza porque a pesar de estar reunidas considera que no las  cumple   (falso   juicio   de   legalidad);   también,   aunque   de   restringida   aplicación  por  haber  desaparecido  del  sistema  procesal la tarifa legal, se incurre en esta especie  de  error cuando el juzgador desconoce el valor prefijado a la prueba en la ley,  o  la  eficacia  que  ésta  le asigna (falso juicio de  convicción),  correspondiendo al actor, en todo caso,  señalar   las  normas procesales que reglan los medios de prueba sobre los  que    predica    el    yerro,    y    acreditar    cómo    se    produjo    su  transgresión.   

Cada una de estas especies de error, obedece a  momentos  lógicamente  distintos  en la apreciación probatoria y corresponde a  una  secuencia  de  carácter  progresivo, así encuentre concreción en un acto  históricamente  unitario:  el  fallo judicial de segunda instancia. Por esto no  resulta  acorde con la lógica inherente al recurso que frente a la misma prueba  y  dentro  del  mismo  cargo,   o  en otro postulado en el mismo plano, sin  indicar  la  prelación  con que la Corte ha de abordar su análisis, se mezclen  argumentos     referidos     a    desaciertos    probatorios    de    naturaleza  distinta.   

Debido  a  ello,  en  aras  de  la claridad y  precisión  que  debe regir la fundamentación del instrumento extraordinario de  la  casación, compete al actor identificar nítidamente la vía de impugnación  a  que  se  acoge,  señalar el sentido de transgresión de la ley, y, según el  caso,  concretar  el tipo de desacierto en que se funda, individualizar el medio  o  medios de prueba sobre los que predica el yerro, e indicar de manera objetiva  su  contenido,  el  mérito atribuido por el juzgador, la incidencia de éste en  las  conclusiones  del  fallo,  y  en  relación  de  determinación la norma de  derecho  sustancial  que mediatamente resultó excluida o indebidamente aplicada  y  acreditar  cómo, de no haber ocurrido el yerro, el sentido del fallo habría  sido  sustancialmente distinto y opuesto al impugnado, integrando de esta manera  la proposición del cargo y su formulación completa.   

Además, pertinente resulta insistir en ello,  de  acogerse  a la vía indirecta, la misma naturaleza  rogada  que  la  casación  ostenta  impone al demandante el deber de abordar la  demostración  de  cómo habría de corregirse el yerro probatorio que denuncia,  modificando  tanto  el  supuesto  fáctico  como  la  parte  dispositiva  de  la  sentencia.  Esta  tarea  comprende la obligación de realizar un nuevo análisis  del  acervo  probatorio  en  que  se corrija el error, sea valorando las pruebas  omitidas,  cercenadas  o tergiversadas, o apreciando acorde con las reglas de la  sana  crítica aquellas en cuya ponderación fueron transgredidos los postulados  de  la lógica, las leyes de la ciencia o los dictados de experiencia; y, de ser  ese   el   caso,   excluyendo   las   supuestas   o   ilegalmente   allegadas  o  valoradas.   

Todo  ello  no  debe  ser realizado de manera  insular,  sino en confrontación con lo acreditado por las pruebas acertadamente  apreciadas,  tal  como  lo  ordenan las normas procesales establecidas para cada  medio  probatorio  en  particular  y  las  que  refieren  el  modo  integral  de  valoración,  y  en  orden  a  hacer  evidente  la  falta  de  aplicación  o la  aplicación  indebida  de un concreto precepto de derecho sustancial, pues es la  demostración  de  la  transgresión  de  la  norma de derecho sustancial por el  fallo,   la   finalidad   de   la   causal   primera   en  el  ejercicio  de  la  casación16.   

Del  mismo  modo, en tratándose de la causal  tercera   o   de   nulidad,   la  jurisprudencia  tiene  establecido17,  que  los  motivos  de  ineficacia  de  los  actos procesales no son de postulación libre,  sino  que  por  el  contrario  se  hallan  sometidos al cumplimiento de precisos  principios que los dotan de sentido y los hacen operantes.   

De  acuerdo  con éstos, solamente es posible  alegar   las   nulidades   expresamente   previstas   en  la  ley  (taxatividad);   no  puede  invocarlas  el  sujeto  procesal  que  con  su  conducta haya dado lugar a la configuración del  motivo   invalidatorio,   salvo   el   caso  de  ausencia  de  defensa  técnica  (protección);  aunque  se  configure  la  irregularidad,  ella  puede  convalidarse  con  el consentimiento  expreso  o  tácito  del  sujeto perjudicado, a condición de ser observadas las  garantías  fundamentales  (convalidación);  quien alegue la nulidad está en la obligación de acreditar que  la  irregularidad  sustancial  afecta  las  garantías  constitucionales  de los  sujetos  procesales  o  desconoce las bases fundamentales de la instrucción y/o  el      juzgamiento      (trascendencia);  y,  además, que no existe otro remedio procesal, distinto de la  nulidad,    para    subsanar    el   yerro   que   se   advierte   (residualidad).   

De manera que, en sede de casación, no basta  solamente  con  invocar  la existencia de un motivo de ineficacia de lo actuado,  sino  que  compete   al  demandante,  precisar el tipo de irregularidad que  alega,  demostrar  su  existencia, acreditar cómo su configuración comporta un  vicio  de  garantía  o  de  estructura,  y  la  trascendencia  frente  al fallo  cuestionado.  Si  lo  que  se  persigue  es  denunciar  la  presencia  de varias  irregularidades,  cada  una  de  ellas  con entidad suficiente para invalidar la  actuación   o  parte  de  ella,  resulta  indispensable  que  se  sustenten  en  capítulos  separados  y de manera subsidiaria si fueren excluyentes, pues sólo  así  puede  acatarse  la  exigencia de claridad y precisión en la postulación  del  ataque  y  respetarse  los  principios  de  autonomía  de  los cargos y de  no-contradicción.   

Lo anterior por cuanto las nulidades no surgen  por  la  sola  circunstancia  de  haberse  incurrido  en una irregularidad, sino  porque  habiéndose  configurado  el  desacierto  y  siendo  éste  de carácter  sustancial,  afecta  garantías  de los sujetos procesales o desconoce las bases  fundamentales de la instrucción o juzgamiento.   

3.- Como resultado de revisar el contenido de  la  demanda  presentada  en  este caso, sin dificultad se advierte que el libelo  incumple  los presupuestos de admisibilidad al trámite casacional, establecidos  por  la  ley  y  desarrollados  por  la  jurisprudencia.  La  falta de claridad,  precisión  y de debida sustentación, cuando no de idoneidad sustancial, son de  tal  entidad  que  le  impiden  a la Sala establecer el verdadero alcance de las  pretensiones  formuladas, lo que determina que no pueda ser admitido con miras a  un   pronunciamiento   de   fondo,   en   términos  que  seguidamente  pasan  a  precisarse.   

Con    respecto    a    la   primera  censura, postulada al amparo de la  causal  tercera  de casación, debe decirse que la discrepancia del censor no es  en  manera alguna con la validez de la actuación dentro de la cual se profirió  la  sentencia,  como tampoco en relación con la inmaculación de ésta, pues en  realidad  no  denuncia  que  el  fallo  haya sido proferido en juicio viciado de  nulidad  por  la  existencia  de  alguna  irregularidad sustancial que afecte el  debido  proceso  o  el  derecho  de  defensa, ni que  la sentencia presente  algún  motivo  que  la  haga  ineficaz,  sino con el sentido del fallo tan  sólo  porque  considera  que los hechos no se enmarcan dentro de la definición  típica  del  delito  de  concierto  para realizar actividades de narcotráfico,  toda  vez que, en criterio del demandante, las precarias condiciones económicas  del  acusado, y la falta de jerarquías entre sus miembros y de delimitación de  funciones,   descartan   la   existencia  de  una  organización  con  fines  de  narcotráfico.   

Tal manera de razonar, distancia en grado sumo  el  libelo  de  lo  que  en estricto rigor tendría que ser una demanda en forma  para  que  pueda  ser admitida al trámite casacional, pues a pesar de sugerirse  la  configuración  de un motivo de ineficacia de lo actuado, no solamente no se  demuestra  éste,  sino  que  indebidamente se incursiona en los ámbitos en que  opera   la  causal  primera  por  violación  directa  o  indirecta  de  la  ley  sustancial,   ninguna  de  cuyas  hipótesis  acredita,   como  tampoco  la  eventual   trascendencia,  en  los   términos  que  han  sido  ampliamente  vistos.   

    

Es así como en lugar de dedicarse a demostrar  el  enunciado  del que dijo partir, relativo a la eventual violación del debido  proceso,  al  aducir  que  la conducta imputada corresponde a un hecho atípico,  daría  en  pensar que los sentenciadores declararon probado que el procesado no  integró  una  organización  delictiva  dedicada  a  desarrollar actividades de  tráfico  de  estupefacientes,  y  sin  embargo  decidió  proferir decisión de  condena  en  su  contra,  o  desde  otro  punto  de  vista, que a la aplicación  indebida  del  precepto  sustancial  que  define  el  delito  de  concierto para  delinquir  con  fines  de narcotráfico, se llegó a consecuencia de incurrir en  errores  de  apreciación  probatoria,  para  lo  cual  le  ley  procesal  tiene  reservada  la  causal  primera  de casación por la vía directa o la indirecta,  respectivamente,  de violación a la ley sustancial, según sea la hipótesis en  que se funda.   

No  de  otra  manera  puede  entenderse  la  reiterada  crítica  que formula a las consideraciones del juzgador en relación  con  la calificación jurídica de la conducta atribuida al procesado, así como  respecto  de  la  prueba  de  cargo  y  de  descargo, para sostener que el hecho  atribuido    “es   de  carácter  atípico,  lo  cual  a  su  turno  acarea que no puede ser materia de  punición  alguna”,   abandonando  por  completo el desarrollo y demostración del motivo de casación  que  aduce, para entremezclar indebidamente bajo un mismo supuesto, ataques a la  apreciación  probatoria  y  a  la  aplicación  de la ley cuyos errores tampoco  acredita.      

Tal  vez  advirtiendo  la  impropiedad  en el  enunciado,  desarrollo  y  demostración  de  la  primera  censura, el libelista  ensaya  entonces  dos cargos adicionales, esta vez por la senda de la violación  directa,  sólo  que  sin  establecer  la  prelación o subsidiaridad con que la  Corte  habría de abordar su estudio frente al reparo que por nulidad formula en  el  primer  cargo  que  debió  señalar  como  principal,  y  sin  demostrar su  configuración y trascendencia, nada de lo cual siquiera ensaya.   

Pero aun si se prescindiera de considerar este  desacierto  de  orden  lógico  y  técnico en la postulación de los ataques en  sede  extraordinaria, debe decirse que el libelista tampoco acierta al tratar de  denunciar  que  el  sentenciador  incurrió  en  violación  directa  de  la ley  sustancial    “por  falsa      adecuación      típica”    y   por  “interpretación  errónea”,   pues   no  solamente  reitera  los  mismos argumentos utilizados para invocar la nulidad de  la  sentencia  por  violación  del  debido  proceso, lo cual resulta inadecuado  frente  al principio de autonomía de las causales, sino que pierde de vista que  dichas  consideraciones  son  completamente antagónicas, en cuanto al amparo de  la  causal  tercera  no  puede  perseguirse  nada  diverso  a la declaración de  ineficacia  de  lo  actuado, salvo que la nulidad afecte exclusivamente el fallo  por  acusar  defectos  de motivación, y bajo la égida de la primera, que parte  del  supuesto  de la validez del juicio, sólo puede pretenderse que se profiera  fallo   de   reemplazo,   sin  que  resulte  atendible  entremezclar  argumentos  inherentes  a  uno  u  otro  motivo  de  casación, como en este caso, en que so  pretexto  de  denunciar  la violación directa de la ley se presentan argumentos  relacionados  con  la  eventual  invalidez  del  trámite  por  la existencia de  irregularidades  sustanciales  que  afectan  el  debido  proceso o el derecho de  defensa, lo cual resulta contradictorio.   

En  todo  caso,  advierte  la Sala que en los  cargos  dos  y  tres  el  demandante no acoge los criterios jurisprudencialmente  establecidos  para  denunciar  la  violación directa de la ley sustancial, toda  vez  que  no  acepta la declaración de los hechos realizada por el sentenciador  ni  la  ponderación  de  la prueba realizada en el fallo, en cuanto en lugar de  presentar  su disenso en el ámbito del estricto raciocinio jurídico, se dedica  a  presentar cuestionamientos a la actividad probatoria, cuando para ello la ley  tiene reservada la vía indirecta.   

No  de  otra  manera  puede  entenderse  la  afirmación  según  la  cual  en  el  caso  del acusado ANTONIO MARÍA MÚNERA,  “no puede tipificarse tan  severo  hecho  punible,  porque  este  humilde y modesto ciudadano jamás podía  conformar  ‘una verdadera  organización’  ya  que  él,   sus   amigos  y  contertulios  eran  personas  de  escasísimos  recursos  económicos,  a  tal extremo que con frecuencia no tenían dinero para hacer una  llamada           telefónica”,   lo  que  denota  que  la discrepancia no es jurídica, sino  probatoria,  en  cuyo  evento  la  vía  directa resulta asaz inadecuada para el  propósito de controvertir la facticidad declarada en el fallo.   

Y  cuando  era  de esperarse que en el cuarto  cargo   el   demandante  propusiera  una  censura  coherente  con  su  reiterada  pretensión  de discutir los hechos y la ponderación de la prueba realizada por  el  sentenciador,  y demostrara que la sentencia es indirectamente violatoria de  disposiciones  de  derecho sustancial, como consecuencia de la incursión por el  juzgador  en  errores  de  hecho  por  falso raciocinio en la apreciación de la  prueba,  es  lo  cierto  que de inmediato se pone en evidencia la voluntad de no  acoger   los  criterios  establecidos  para  facilitar  la  denuncia  del  falso  raciocinio,  pues  no  es  expreso  en  indicar  qué  específicamente  dijo el  sentenciador  en  relación  con  la  prueba  testimonial  que menciona, en qué  consistió  el  error, cómo habría de verse corregido en sede extraordinaria y  de  qué  manera,  su correcta apreciación, siguiendo los postulados de la sana  crítica,  en  conjunto  con los demás medios sobre los que no concurre ningún  tipo  de desacierto, daría lugar a proferir un fallo sustancialmente distinto y  opuesto  al  que  es  objeto de censura, nada de lo cual siquiera ensaya y al no  hacerlo  no  logra  desvirtuar  la  doble presunción de acierto y seguridad que  ampara los fallos de segunda instancia.   

Por la forma como el demandante estructura su  censura,  no  se  evidencia nada diverso de la pretensión de que la Corte acoja  sin  más  el  particular  mérito  persuasivo  que  le confiere a los medios de  descargo,  deseche  los de cargo y declare la configuración de unas  dudas  que  solamente  existen en su imaginación, pues ni siquiera se da a la tarea de  confrontar  sus  asertos  con los precisos términos expresados en los fallos de  primera y segunda instancia.      

En últimas, de la argumentación que presenta  la  censura,  observa la Sala que lo pretendido por el demandante es desconocer,  sin  más,  las declaraciones fácticas del fallo tan sólo porque considera que  sus  razonamientos  relacionados  con la prueba testimonial, son mejores que los  del  juzgador, pero sin percatarse que ante un enfrentamiento de criterios entre  el  juez  y  las  partes  sobre  el  mérito  suasorio que debe conferirse a los  medios,  prima  el de aquél, quien goza de libertad relativa para apreciarlos y  asignarle   fuerza   persuasiva,  limitada  sólo  por  los  criterios  técnico  científicos  establecidos  para  cada uno en particular y las reglas de la sana  crítica,  cuya  transgresión,  en  el  contexto  de la demanda, lejos está de  poder acreditar.   

A este respecto debe advertirse, que la Corte,  en  decantada jurisprudencia suficientemente difundida, tiene establecido que el  error  originado  en la apreciación judicial del mérito de la prueba recaudada  en  el proceso penal, no surge de la sola disparidad de criterios entre el valor  demostrativo  atribuido  por  los  juzgadores,  y  el pretendido por los sujetos  procesales,  sino  de  la  manifiesta y demostrada contradicción entre aquél y  las  reglas  que  orientan  la  valoración  racional  de  la prueba, pues si un  contraste   de   tales   características    no  se  presenta,  porque  los  juzgadores,  en  ejercicio  de  esta  función,  han  respetado los límites que  prescriben  las  reglas  de  la  sana  crítica, será su criterio, no el de las  partes,  el  llamado a prevalecer, por virtud de la doble presunción de acierto  y    legalidad    con    que    está   amparada   la   sentencia   de   segunda  instancia.   

Precisamente  por virtud de esta presunción,  es  que  en  sede  de casación resulta inocuo pretender desquiciar el andamiaje  fáctico  jurídico  del fallo impugnado con fundamento en simples apreciaciones  subjetivas  sobre  la forma como el juez de la causa debió enfrentar el proceso  de  concreción  del mérito demostrativo de los elementos de prueba, o el valor  que debió haberle asignado a determinado medio.   

Simples  enunciados  generales  en torno a la  precariedad  persuasiva  de  las  pruebas  que  sirvieron  de  soporte  al fallo  recurrido,  y  la  supuesta  solvencia  demostrativa de los que no lo fueron, en  manera   alguna  pueden  considerarse  argumentos  válidos  para  sustentar  el  instrumento  extraordinario,  al  igual que no pueden serlo los cuestionamientos  por  atentados  a  una  lógica  construida  con  criterio personal, como en tal  sentido  de  antaño  ha  sido  fijado por la doctrina de esta Corte18.           

Sostener,  como lo hace el demandante, que la  precaria  situación  económica  del demandante o la ausencia de una jerarquía  establecida  con  división  de funciones al interior de la organización, o que  las  conversaciones  interceptadas  no  dan  cuenta  del  tráfico de sustancias  estupefacientes,  o  que  en  el  proceso  obran  declaraciones  de testigos que  informan  sobre la licitud de los negocios del acusado, y que por dichas razones  su   representado   no   puede   ser  condenado,  resulta  inocuo  frente  a  la  argumentación  de  los juzgadores en relación con la manera como se descubrió  la   existencia   de   la  citada  organización,  sus  integrantes  y  las  actividades  realizadas por cada cual en cumplimiento del propósito criminal de  la organización.   

Igual sucede cuando inopinadamente y de manera  inconsecuente,  se presentan censuras a la validez del trámite pero a la vez se  solicita  el  proferimiento  de sentencia absolutoria, o cuando se dice acudir a  la  causal primera por violación directa pero se formulan cuestionamientos a la  apreciación  probatoria,  todo  lo  cual  denota  el particular criterio que al  parecer  el  demandante  tiene  del  instrumento  extraordinario  a  que  acude.   

Entonces,  por  el  lado  que  se observe, se  establece  que  el  demandante  apenas enunció su discrepancia con la decisión  del  Tribunal  de  condenar a su asistido por el delito por el cual fue acusado,  pues  no  demostró que el sentenciador hubiere proferido la sentencia en juicio  viciado  de  nulidad,  o incurrido en violación indirecta de la ley sustancial,  como  le  correspondía hacerlo si pretendía desvirtuar la doble presunción de  acierto y legalidad que ampara el fallo de segunda instancia.   

Es de tal entidad la precariedad argumentativa  en   la   formulación   de   las  censuras,  que  en  ninguna  de  ellas  logra  desentrañarse  el  motivo  de casación que pretende aducir, pues no se sabe si  lo  que  pretende  es  denunciar  la violación directa o la indirecta de la ley  sustancial,  si  es  que en el curso del trámite se presentaron irregularidades  sustanciales  que  afectaron  el  debido  proceso, o si de lo que se trata es de  poner  de  presente  que  la  sentencia  presenta defectos de motivación que la  harían anulable.   

Tampoco  toma  en cuenta que si el proceso es  nulo,  como  lo  considera,  al mismo tiempo no puede solicitarse la absolución  del  acusado,  pues  dicho planteamiento resulta contradictorio, ya que  en  tal  hipótesis  el  vicio de estructura o de garantía no podría ser corregido  con la solución que propone.     

A  la  manera  de  un  alegato  propio de las  instancias   ordinarias   del  trámite,  esto  es  de  elaboración  libre,  el  demandante  transita  indistintamente  por los senderos de la violación directa  de  la  ley,  la  indirecta y la nulidad, lo cual le resta toda seriedad  y  objetividad  a  su  propuesta  e  impide  que  pueda  ser  admitida  al trámite  casacional.   

Este   modo   de  proceder  por  parte  del  demandante,  resulta por completo ajeno al recurso extraordinario, imponiéndose  para  la  Sala  tener que inadmitir la demanda, pues el casacionista no cumplió  el  deber  de presentar clara y precisamente el fundamento de sus reparos, dejó  de  acreditar  de  qué  manera se configuraron los yerros, y por qué,  al  haber  procedido  el Tribunal en la forma como lo menciona, resultaron afectados  negativamente los intereses de su representado.   

4.-  Siendo entonces ostensibles los defectos  que  la  demanda  acusa,  pues, como se deja expuesto, de ella no se desentraña  precisa  y  claramente  los fundamentos de las causales invocadas, y no pudiendo  la  Corte  corregirla  por  virtud  del  principio  de  limitación  que rige su  actuación,  lo  procedente  será  inadmitirla  y  ordenar  la  devolución del  expediente  al  despacho de origen, conforme así se establece de los artículos  197 del Decreto 2700 de 1991 y 213 de la Ley 600 de 2000.   

Esto  último,  si  se  considera  que  de la  revisión   de   lo   actuado   tampoco  se  observa  violación  de  garantías  fundamentales  que  tornen viable el ejercicio de la oficiosidad por parte de la  Sala.   

Observa  la  Sala,  finalmente,  que  como en  relación  con  el  procesado  EDGAR ANTONIO MIRA TORRES se allegó información  sobre  su  eventual  fallecimiento,  sin  que  en  el expediente remitido a esta  Corporación  se  encuentre  evidencia de haberse adoptado alguna determinación  sobre  dicho  particular,  resulta procedente requerir al funcionario de primera  instancia,  para  que,  si  es  que  aún no lo ha hecho, adopte las medidas que  resulten procedentes en torno al punto.   

   

Contra  estas  decisiones   no  procede  recurso alguno.   

En mérito de lo expuesto, LA CORTE SUPREMA DE  JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

          R E S U E L V E:   

PRIMERO. INADMITIR la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  del procesado  ANTONIO  MARÍA  MÚNERA  SALAZAR  por lo  anotado en la motivación de este proveído.   

SEGUNDO. Requerir al  funcionario   de   primera   instancia,   para  que,  de  ser  el  caso,  previa  verificación  del  cumplimiento  de  los presupuestos legales,  adopte las  decisiones  que  correspondan  en  relación  con  el eventual fallecimiento del  procesado  EDGAR ANTONIO MIRA TORRES.      

Contra   este   auto   no  procede  recurso  alguno.   

Comuníquese y cúmplase.  

JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ  

JOSÉ       LEONIDAS       BUSTOS  MARTÍNEZ            FERNANDO    ALBERTO  CASTRO CABALLERO   

SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ                                               ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

MARÍA    DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS                     AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN   

JORGE        LUIS       QUINTERO  MILANÉS                           JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1 Fls.  98 y ss. cno. 12.   

2 Fls.  5 y ss. cno. 14   

3 Fls.  298 y 300 ss. cno. 15   

4 Fls.  32, 59 y ss. cno. 14 original   

5 Fls.  63 cno. 14 original   

6 Fls.  349. cno. 15   

7 Fls.  415 y ss. cno. 15   

8 Fls.  438 y ss. cno. 15   

9 Fls.  442 y ss. cno. 15   

10 Fls.  445 y ss. cno. 15   

11  Fls. 483 y ss. cno. 15   

12  Fls. 509 y 518 cno. 15   

13  Fls. 522 cno. 15   

14  Fls. 533 ss. cno. 15   

15  Cfr.  por  todas  auto  de  casación  de 19 de agosto de 2008. Rad. 28291    

16  Cfr. Cas. agosto 6 de 2002. Rad. 19330   

17  Cas. Agosto 1º de 2002. Rad. 12091   

18  Cfr. por todas auto de casación de marzo 12 de 2001. Rad. 16842.     

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