32813(04-05-11)

2011

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

Aprobado acta Nº  150  

Bogotá, D.C., cuatro (4) de mayo de dos mil  once (2011)   

V    I   S   T   O  S   

La  Corte resuelve el recurso extraordinario  de  casación  interpuesto  por  la  defensora  de  los  procesados Luis  Arbey  Gómez  Rivera  y   José  Luis  Gómez  Rivera  contra  la  sentencia  del  25 de marzo de 2009 proferida por el Tribunal Superior de Neiva,  decisión  que  confirmó  la  condena emitida el 5 de julio de 2007 por el Juez  Cuarto  Penal del Circuito de la misma ciudad en contra de los mencionados, como  coautores de la conducta punible de homicidio agravado.   

H E C H O S  

Los falladores de instancia los resumieron de  la siguiente manera:   

“Aparece  registrado  en el sumario que el 14 de marzo de 2006, la Fiscalía competente en  asocio   de   personal  de  criminalística  del  CTI  adelantó  diligencia  de  inspección  al  cadáver  del  señor  Álvaro  Epia  Avilés, en la morgue del  Hospital  General  de Neiva, donde a la postre pereció, tras recibir múltiples  heridas  con arma cortopunzante, en región mamaria, en el costado izquierdo, en  las   regiones   escapular   izquierda  media  e  inferior  lado  izquierdo,  en  interescapular,  escapular  media  e  inferior  y  dorsal  media e inferior lado  derecho,  con  escoriaciones  a  nivel de codo derecho y en zona lumbar superior  derecha.   

Ahora  bien,  con  base  en  las  probanzas  recaudadas,  se  dispuso allegar la identificación e individualización de Luis  Arbey   y   José  Luis  Gómez  Rivera  por  cuanto  aparecían  en  su  contra  señalamientos  como posibles coautores de la ilicitud investigada, provenientes  de  sus  mismos  sobrinos, Yulieth Catherine y Nelson Silva Yañez, así como de  Jhon  Jairo Zambrano Bejarano, que los comprometía directamente, al igual que a  Luigy    Sterling    Moreno,    en    la    materialización   del   crimen   en  mención.”     

A N T E C E D E N T E S  

El acta de inspección del cadáver elaborada  el   14   de   marzo   de  2006  por  un  funcionario  del  Cuerpo  Técnico  de  Investigaciones  de  la  Fiscalía General de la Nación, le permitió al Fiscal  Delegado  de  la Unidad de Reacción Inmediata de Neiva disponer la investigación     previa,     mediante  resolución  de  la  misma fecha (fl. 2 del cuaderno principal).  Así, con  fundamento  en el acopio de pruebas testimoniales y la captura de Luigi Sterling  Moreno  Cortés,  el Fiscal Séptimo Seccional de la URI ordenó la apertura  de  instrucción,  a  través de  providencia del mismo día (fl. 20).    

El mencionado  Moreno Cortés, así como  los  hermanos  Luis  Arbey y  José  Luis  Gómez  Rivera  fueron   vinculados   a   través   de   sendas   diligencias   de  indagatoria  recibidas el 17 de marzo (fl.  27-31,  cuaderno principal) y 2 de mayo de 2006 (fl. 97-100, 90-93). Cumplido lo  anterior,  el  Fiscal  Quinto  Seccional  de Neiva les resolvió la situación  jurídica  en resoluciones del  27  de marzo (fl. 53-63) y 8 de mayo del mismo año (fl. 104-115), en el sentido  de  afectarlos  con medida de aseguramiento  de  detención  preventiva  por  la  conducta punible de homicidio  agravado  (artículos  103,  104-6  del  Código  Penal),  a título de autor el  primero y coautores los dos últimos.   

La   investigación   fue   clausurada  mediante  resolución del 9 de  junio  de  2006,  y el 25 de julio siguiente el Fiscal Quinto Seccional de Neiva  acusó  a  los  investigados  (fl.  180-198)  del  delito  de  homicidio  agravado,  a  título  de  coautores  (artículos  103,  104-6  del  Código Penal).  Dicha determinación no fue  recurrida  y cobró ejecutoria  el 3 de agosto de 2006 (fl. 199).   

El  Juez Primero Penal del Circuito de Neiva  asumió  inicialmente  el trámite de la causa; fue así como, a través de auto  del  14  de  agosto  de  2006,  corrió el traslado del  artículo  400  de  la  Ley  600  de  2000  y el 28 de  septiembre   siguiente    celebró  la  audiencia  preparatoria (fl. 219).    

Una vez instalada esta última diligencia, el  procesado  Luigi  Sterling  Moreno  Cortés, mediante escrito de la misma fecha,  manifestó  su deseo de acogerse a la sentencia anticipada (fl. 221), motivo por  el  cual,  de  manera  inmediata,  se  celebró la correspondiente diligencia de  formulación  de  cargos,  en la cual aquél aceptó los imputados por el fiscal  en  la resolución de acusación; al término de la aceptación, el juez dispuso  que  la  actuación  pasaría  al despacho para emitir el fallo de primer grado.   

Así    las   cosas,   la   audiencia    preparatoria   respecto   de  Luis  Arbey  Gómez  Rivera y  José Luis Gómez Rivera tuvo  lugar   el   3   de  octubre  siguiente  (fl.  225-229)  y  la  de  juicio  en  sendas  sesiones  del  1º  de  noviembre  de  2006,  20  de  febrero  y  15  de mayo de 2007 (fl. 263, 289-301,  318-334).   Es necesario precisar que a partir del 18 de diciembre de 2006,  el  Juez  Cuarto  Penal  del  Circuito  de  Neiva  asumió  y continuó hasta su  culminación el trámite del juicio (fl. 280).   

Cumplido lo anterior, el funcionario judicial  mencionado    profirió    sentencia    de    primer  grado  el  5  de  julio  de 2007, por medio de la cual  condenó   a   Luis  Arbey  Gómez  Rivera  y  José  Luis Gómez Rivera  a  la  pena  principal  de  28  años y 9 meses de prisión y a la  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas   “por   periodo  igual  al  de  la  pena  principal”,   como   coautores  del  comportamiento  punible  de homicidio agravado (artículos 103 y 104-6 del Código Penal).   Así  mismo,  el  a  quo, se  abstuvo  de  condenar  a  los  procesados al pago de los perjuicios materiales y  morales  derivados  de  la  ejecución  del ilícito, al tiempo que les negó el  subrogado  de  la suspensión condicional de la ejecución de la pena, así como  el sustituto de la prisión domiciliaria (fl. 335-342).   

La  sentencia  de  primera  instancia  fue  apelada  por  el defensor de  los  acusados  y confirmada en  su  integridad  por  la Sala Tercera de Decisión Penal del Tribunal Superior de  Neiva,  a  través  de  providencia del 25 de marzo de 2009 (fl. 26-40, cuaderno  del Tribunal).   

Contra   la   decisión  del  ad   quem  la  apoderada  común  de  los  procesados   Luis Arbey Gómez Rivera y  José  Luis  Gómez  Rivera  interpuso  el  recurso  extraordinario de casación y lo sustentó  oportunamente  por  medio de la correspondiente demanda (fl. 59-76), la cual fue  declarada  ajustada  por  la  Corporación.     

LA DEMANDA DE CASACIÓN  

La  defensora de los procesados plantea tres  cargos,  así:  el  primero  de ellos por incongruencia entre la acusación y el  fallo,  en  punto  de  la  deducción  de  una  causal  de mayor punibilidad; el  segundo,   subsidiario   del  anterior,  por  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  en  la  modalidad de falso raciocinio, toda vez que “las  razones  dadas en el fallo se apartan abiertamente de la verdad  probada”;  por último, la casacionista reprocha, de  manera  subsidiaria,   la violación directa, por indebida aplicación, del  artículo    104-6    del    Código    Penal.    Sus    argumentos    son   los  siguientes:   

Cargo  principal:  incongruencia  entre  la  acusación y el fallo   

Al  amparo  de la causal de casación de que  trata  el  artículo  207-2 de la Ley 600 de 2000, la demandante denuncia que el  fallo  afecta  la  estructura  del  debido  proceso  y  las  garantías  de  los  intervinientes,  toda  vez  que  se configura una incongruencia entre aquel y la  resolución de acusación.   

La recurrente hace consistir el yerro aludido  en   que   el   sentenciador,  al  dosificar  la  pena,  dedujo  “la   circunstancia  genérica  de  agravación  punitiva”  de que trata el artículo 58-10 del Código Penal (haber obrado  en  coparticipación  criminal), la cual no fue incluida en la resolución   de  acusación. Admite que en esta última providencia se imputó a los hermanos  Gómez  Rivera  la causal de  agravación  del homicidio prevista en el artículo 104-6 del Código Penal, mas  no  la  circunstancia  genérica  de mayor punibilidad, lo cual se tradujo en la  determinación    de    la   pena   por   fuera   del   cuarto   mínimo,   como  correspondía.   

Con   fundamento   en   los  razonamientos  anteriores,  la  libelista  pide  a  la  Sala  que  case  parcialmente  el fallo  recurrido  y  redosifique  la  pena,  como  consecuencia de excluir la causal de  agravación indebidamente deducida.   

Segundo cargo: violación indirecta de la ley  sustancial   por   vía   del   error   de  hecho,  en  la  modalidad  de  falso  raciocinio   

La  recurrente se apoya en la causal primera  de  casación  de  que  trata  el  artículo  207  de  la  Ley 600 de 2000, para  reprochar   que  el  fallo  incurre  en  un  vicio  in  iudicando   debido   a  una  motivación  aparente  o  sofística,  la  cual,  a  su  vez, configura una violación indirecta de la ley  sustancial,  que  se  materializa  en  un  falso  raciocinio,  por  vía  de  la  violación   al   principio   lógico   de   no   contradicción.  Sostiene  que  “las   razones   dadas   en  el  fallo  se  apartan  abiertamente  de  la  verdad probada” y, por lo tanto  no existe certeza para condenar.   

En apoyo de su tesis, critica que el juzgador  hubiese  deducido  concordancia y convergencia en los testimonios de los menores  Yulieth  Katherine Silva Yáñez y Nelson Silva Yáñez, hermanos entre sí y, a  la vez, sobrinos de los procesados.   

La libelista, luego de repasar los apartes de  los  fallos  de  instancia  en  los  que se plasma la apreciación probatoria de  dichas  deponencias,  niega  que  fueran convergentes, unívocas y concordantes;  por  el  contrario –afirma-  “más  bien  pareciera  que se refieren a escenarios  completamente  diferentes”.  Enseguida,  precisa que  las  declaraciones  se  contradicen  en  aspectos trascendentales, tales como el  número  de personas que propinaban las puñaladas, la manera en que la víctima  huyó del lugar y las condiciones de iluminación de la escena.   

En desarrollo de lo anterior, explica que uno  de  ellos  habla  de dos agresores, mientras que el otro se refiere a tres; que,  según  uno de los testigos, la víctima huyó en una bicicleta y luego se cayó  de  ella,  en  tanto  que  el  otro menciona que la víctima escapó corriendo y  cayó  al piso como consecuencia de habérsele arrojado una bicicleta y, en fin,  que  uno  dice  que  las condiciones de luminosidad eran buenas, mientras que el  otro  asegura  que eran regulares. Indica, además, que el sentenciador aseveró  que  Yulieth  Katerine Silva Yáñez dijo que “había  tan  solo  presenciado el inicio de la agresión”, lo  cual,  según  dice,  no  es  cierto, por cuanto lo que aquella expresó fue que  “observó  hasta  cuando  el herido se entró en una  casa       para       guarecerse       de       los      victimarios”.   

Así mismo, la impugnante cita incoherencias  en  la propia declaración del testigo Wilmer Andrés Ríos Cano, y entre esta y  la  de  los deponentes Yulieth Catherine y Nelson Silva Yáñez.  Sostiene,  entonces,  que,  al  contrario de lo que expuso el último de los citados, Ríos  Cano  aseguró  que era él, y no Luigi Sterling Moreno, quien acompañaba en la  bicicleta  a  la  víctima. Hace notar, además, que en su primera intervención  el  testigo  “no dice que concurrieran más personas  como  agresores,  mientras  que  en  la segunda coloca en escena a dos agresores  más  a parte de Luigi, pero en el testimonio rendido en audiencia pública dice  que  los  señores acusados no los había visto, no sabe quiénes son, ni fueron  los  que  propinaron  las  heridas  a  Epia  Avilés”  (sic).    Por  otra  parte,  indica  que  el  testimonio de Jhon Jairo  Zambrano   Bejarano   nada   aporta,   distinto  a  una  supuesta  comunicación  telefónica con Luis Arbey Gómez Rivera.   

Por  lo  tanto,  asegura  la  impugnante, el  Tribunal  violó  el  principio de lógica de no contradicción al decir que las  declaraciones  de  los  hermanos  Silva  Yáñez  son  exactas,  concatenadas  y  sólidas,  pues  en  verdad  resultan  enfrentadas,  como  también al apoyar el  juicio  de  condena  en  el  dicho de Jhon Jairo Zambrano y Wilmer Andrés Ríos  Cano,  dado  que el primero no fue testigo presencial y el último no reconoce a  los procesados como responsables.   

En  estas condiciones, la recurrente reitera  la  falta  de  lógica  del criterio apreciativo del fallador, vicio que -según  dice-  “derrumba  la  estructura  conceptual  de  la  sentencia  condenatoria,  y  no  hay  manera  que  se  soporte  con  los  demás  elementos”.   

En  conclusión la impugnante pide a la Sala  que,  como  consecuencia de la falsa motivación, case la sentencia impugnada y,  en consecuencia, absuelva a los procesados.   

Tercer  cargo:  violación directa de la ley  sustancial   

Al  amparo  de  la  causal  de casación que  aparece  descrita  en  el  cuerpo  primero  de  la  causal  primera de casación  consagrada  en el artículo 207 de la Ley 600 de 2000, la demandante reprocha la  aplicación  indebida  del  artículo  104-6  del  Código Penal, por cuanto, de  manera  equivocada,  dedujo la sevicia como causal de agravación de la conducta  punible.     

Tras  reseñar  que  para el sentenciador la  sevicia  fue  derivada  de la crueldad, dureza excesiva y cantidad de puñaladas  que  le  fueron  propinadas  a  la víctima, la libelista formula las siguientes  apreciaciones:   

i)  No  en  todos  los  casos  el número de  heridas  demuestra  la  sevicia,  dado  que,  como se trata de varios agresores,  entonces  cada  uno  de  ellos  pudo  propinar  varias  heridas: “por  lo  menos  una  por cada uno, lo cual suma tres heridas; si son  dos  por  agresor  la  sumatoria  es  de  seis, y así sucesivamente”;  ii)  Como  la  víctima  se  resistió, los agresores debieron  asestarle  numerosas  puñaladas  para  así cumplir el propósito de segarle la  vida;  iii)  los  cuchillos  utilizados,  al  contrario  de un arma de fuego, no  necesariamente   llevan   implícito  “su  poder  de  letalidad  evidente”; iv) las lesiones en la espalda  de  la víctima se explican, no por la sevicia, sino porque los victimarios, con  el    propósito    de   darle   muerte,    le   hicieron   “lances  de  puñal” mientras aquel huía.   

Por  todo  lo  anterior,  la  impugnante  considera  que  no  es  posible  deducir  la sevicia en el comportamiento de los  acusados,  “pues si tres personas quieren la muerte,  dirigen  su  actuar  a  segar  la  vida ¿no es más que suficiente reproche ser  procesados  y  sentenciados  por  el  delito  de  homicidio  simple?”.    

Tras   citar  definiciones  doctrinales  y  jurisprudenciales  del  concepto de sevicia, la casacionista precisa que si tres  personas  quisieron la muerte de Álvaro Epia Avilés, y encaminaron su conducta  a  ese  propósito, entonces dicho ingrediente no puede inferirse del número de  lesiones  ocasionadas  al hoy occiso, algunas de ellas propinadas en la espalda.  Por  el  contrario, éstas significan el firme propósito de acabar con su vida,  sin   que  se  hubiera  querido  hacer  sufrir  a  la  víctima  “daño   por   el   daño   o   torturar   por   torturar”.  Por  no  advertirlo  así, dice la demandante, el sentenciador  incurrió   en   indebida   aplicación   del   artículo   104-6   del  Código  Penal.   

Y    termina   así   su   razonamiento:  “de  acuerdo con los hechos y las pruebas apreciadas  en  la  sentencia  sólo se evidencia que la víctima huyó y que era perseguida  por  tres  sujetos  y que fue apuñalada, pero en ningún momento los procesados  se  representaron  cometer  el  homicidio  bajo  la circunstancia de sevicia que  dedujo el Tribunal”.   

Con  sustento  en argumentos precedentes, la  censora  le  pide  a la Corporación que case parcialmente el fallo impugnado y,  en  consecuencia,  desestime  la  causal  de agravación del artículo 104-6 del  Código  Penal   y  ajuste  la  pena  de los procesados a los términos del  homicidio simple.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

La Procuradora Tercera Delegada en lo Penal  solicita  a  la Corporación que case parcialmente el fallo recurrido por razón  del  primer cargo y, en consecuencia, reduzca la pena impuesta; al mismo tiempo,  requiere  a  la  Sala para que desestime los cargos restantes. Funda su concepto  en los siguientes razonamientos:   

En   lo   referente   al   primer             cargo,   la  Delegada  encuentra  que  la  incongruencia  entre  la  acusación  y el fallo es manifiesta, toda vez que, en  contravía  de  lo  que enseña la jurisprudencia, a los procesados en verdad se  les  dedujo  en  la sentencia la causal de mayor punibilidad del artículo 58-10  del   Código   Penal,   la   cual   no   fue  imputada  en  la  resolución  de  acusación.   

Respecto    de    los    cargos  segundo  y  tercero, la agente del  Ministerio  Público  considera  que  deben  ser  desestimados:  el primero, por  cuanto  la contradicción en los testimonios que alega la demandante en realidad  no  existe  y, el segundo, porque hay total correspondencia entre el presupuesto  fáctico  probado  y  el reconocimiento teórico previsto en la circunstancia de  agravación  de  que trata el artículo 104-6 de la Ley 599 de 2000; precisa que  no  existe  irregularidad alguna en el juicio formulado por el sentenciador para  deducir  la  mencionada  causal de agravación del homicidio, pues el número de  heridas  producidas  por  el  ataque  de los agresores, su ubicación y el haber  impedido  los  hoy  procesados  la  huida de la víctima, son circunstancias que  encajan perfectamente en la causal ya mencionada.     

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1. Competencia  

Sea     lo     primero   precisar   que   a   la  Sala  le  asiste competencia para emitir  el   fallo   de   casación   que  ocupa  su   atención   por   razón   de   la   función que   le    asignó    el    legislador   en   el    numeral  1°   del   artículo   72  del Código de Procedimiento  Penal de 2000, estatuto que ha regido este trámite procesal.   

2.  Cargo principal: incongruencia entre la  acusación y el fallo.   

A  través  de este reproche, la impugnante  busca  que  se  desestime  la  circunstancia de mayor punibilidad descrita en el  artículo  58-10  del  Código  Penal  (haber  cometido  la  conducta punible en  coparticipación  criminal),  la  cual fue deducida en la sentencia pero, según  dice,  no  lo  fue  en  la  resolución  de acusación. Pide a la Sala que, como  consecuencia  de  lo  anterior,  se  anulen  sus  efectos  perjudiciales  en  la  tasación de la pena.    

De  entrada,  la  Sala  de  Casación Penal  adelanta  su postura en el sentido de que a la recurrente le asiste razón en el  reproche   planteado   y  en  su  demostración,  motivo  por  el  cual  casará  parcialmente  la  sentencia  recurrida y, en consecuencia, redosificará la pena  en beneficio de los procesados.   

Lo  anterior,  por  cuanto  en verdad surge  nítido  que  el  pliego de cargos, si bien es cierto mencionó repetidamente la  condición   de   coautores  de  los  procesados  Luis  Arbey  y  José  Luis Gómez  Rivera  en  la  muerte  de Álvaro Epia Avilés,   también  lo  es  que,  al  mismo  tiempo,  omitió  advertir  que  esa  precisa  circunstancia   fáctica  les  acarrearía  a  aquellos  una  mayor  pena  (como  consecuencia  de  la individualización punitiva en un punto alejado del límite  inferior  fijado  por la ley).   Significa lo dicho en precedencia que  en  verdad existió una imputación fáctica de la coautoría o, como lo señala  el    artículo    58-10    del    Código    Penal,   de   la   “coparticipación  criminal”,  mas no una  imputación  jurídica,  es  decir,  el  exacto  señalamiento  de  la norma que  permite  deducir,  en sede de sentencia de instancia,  una mayor pena sobre  el   hecho   de  la  concurrencia  de  personas  a  la  ejecución  del  delito.   

El  yerro  se  aprecia  con  claridad, tras  comparar la resolución de acusación con los fallos de instancia:   

En la providencia acusatoria se menciona con  insistencia  la  condición  de coautores de los procesados en la muerte de Epia  Avilés, así:   

El fiscal explicó que el señalamiento como  “autores”  del homicidio  de  los hermanos Gómez Rivera  provino  del  testimonio  de  sus  propios  parientes Yulieth Katherine y Nelson  Silva  Yáñez,  quienes  con  certeza  los  identificaron  como  los agresores,  protagonistas  y  partícipes de la muerte del aludido Álvaro Epia Avilés (fl.  193  y  195  cuaderno  principal).   Más adelante, la misma pieza procesal  precisa  que la prueba vertida en la actuación es de la suficiente entidad para  “alejar  cualquier asomo de duda en la coautoría en  los  hechos”, circunstancia que permitió convocarlos  a  juicio  “como  coautores  del delito de homicidio  agravado,  dada  la  crueldad  del  acto y la dureza excesiva empleada contra la  víctima”,  artículo  104-6  de  la Ley 599 de 2000  (fl.  191),  todo  lo  cual fue plasmado en la parte dispositiva de la decisión  (fl. 197-198 del c. principal).   

Por   otra   parte,   la   decisión  del  a   quo  advierte  que  al  resolver  la  situación  jurídica  a los entonces sindicados se les imputó la  coautoría  del  homicidio de Epia Avilés, y así mismo lo reitera al discernir  sobre   la  responsabilidad  de  los  mencionados  hermanos,  a  partir  de  las  declaraciones  de sus propios sobrinos (fl. 338). Al igual que en la resolución  de  acusación,  en  el fallo de primer grado figuran las expresiones agresores,  protagonistas  y  copartícipes  para describir la actuación de los acusados en  el  hecho  delictivo  que se les atribuye. De igual manera, el juez recaba en la  tipicidad  del  hecho  al  precisar  que  la  víctima fue ultimada luego de ser  perseguida  y  recibir  numerosas  heridas  producidas  con  arma cortopunzante,  “con   crueldad   y   dureza   excesiva”  (fl.  337, 340). Con apoyo en los razonamientos precedentes, el  juez  de  la  causa concluye que “todos los medios de  convicción  probatoria conducen a señalar de manera inequívoca a Luis      Arbey     y     José  Luis  Gómez Rivera, como coautores  responsables  del  homicidio  juzgado”,  según  los  artículos 103 y 104-6 del Código Penal  (fl. 340-341).   

Y  al abordar el ejercicio de dosificación  de  la  pena,  tras  fijar  la  extensión de cada uno de los cuartos punitivos,  expresó  lo  siguiente  en  torno  a  la  deducción  de  la  causal  de  mayor  punibilidad del artículo 58-10 de la Ley 599 de 2000:   

“Dentro de este  orden,  conviene  precisar  que,  de  acuerdo  con  la  modalidad de la conducta  investigada,  se  impodrá  el  cuarto  medio  estipulado,  toda vez que, pese a  carecer  de  antecedentes  penales  (art.  55, num. 1 Código Penal), obraron en  coparticipación  criminal  (art.  58, num 10 ibidem), imponiéndose, por tanto,  aquel  que  corresponde a una penalidad delimitada entre 28 años y 9 meses y 32  ½ años de prisión.   

En consecuencia, al ponderarse los aspectos  propios  del hecho punible de homicidio agravado, discrecionalmente se impondrá  como  pena  principal  28  años 9 meses de prisión”  (fl. 341).    

Finalmente,  en  la  parte  dispositiva del  fallo  se  indica  que  a  los  procesados  se  les condena como “coautores   responsables   de   materializar  el  hecho  punible  de  homicidio    agravado,   por   la   sevicia”   (fl.  343).   

A  su  turno,  la  sentencia  de  segunda  instancia  se  limita  a precisar que Luis Arbey Gómez  Rivera  y  José Luis Gómez  Rivera  fueron enjuiciados y condenados como coautores  de  homicidio  agravado  (fl.  28,  cuaderno del Tribunal), mas no hizo mención  alguna  a  la concurrencia de la causal de mayor punibilidad del artículo 58-10  del Código Penal.   

Pues bien, del recuento anterior se aprecia  con  claridad  que  la  resolución  de  acusación no imputó a los acusados la  causal  de mayor punibilidad ya enunciada, la cual evidentemente fue deducida en  la  sentencia, en claro perjuicio a la situación de los enjuiciados, pues dicho  motivo  de  incremento  punitivo  le  permitió  al  a  quo  fijar  la sanción privativa de la libertad en el  límite  inferior de los cuartos medios. La Corte insiste en que, aún cuando es  cierto  que  la acusación no deja dudas sobre la condición de coautores de los  procesados,  ello  no  es  suficiente  para deducir la causal referida, pues por  parte  alguna  se  observa  la  cita  de  la norma que la contiene, como tampoco  aparece  reflexión  encaminada  a poner de relieve que dicha situación habría  de  acarrearles  a  los acusados un incremento punitivo a la hora de seleccionar  el  cuarto  de punibilidad dentro del que finalmente habría de individualizarse  la sanción privativa de la libertad.   

Así,   el   yerro  del  sentenciador  se  configuró  al  seleccionar  el primer cuarto medio como aquel en el que habría  de  ubicarse  finalmente  la pena de prisión, equivocación que, a su vez, tuvo  origen  al  hacer concurrir indebidamente una causal de mayor punibilidad de las  previstas  en  el artículo 58 de la Ley 599 de 2000, la cual ciertamente no fue  atribuida jurídicamente en la resolución de acusación.   

En estas condiciones, la Colegiatura habrá  de  reiterar  su  ya  decantada  jurisprudencia  que  apunta en el sentido aquí  expuesto:   

“Las  circunstancias  de  mayor  punibilidad sólo pueden ser consideradas por el juez  en  la  sentencia  como  factor  de  aumento  de  la  sanción  cuando ellas han  integrado  la  imputación,  bien  sea  la  estructurada  en  la  resolución de  acusación,  frente  al  procedimiento  normal,  o en el acta de formulación de  cargos,  cuando  la  actuación  se  encauza  por  el  trámite  abreviado de la  sentencia   anticipada.   Al   respecto   señaló  recientemente  esta  célula  judicial:   

“b) Si bien tradicionalmente para la Sala  bastaba  con  el  planteamiento  fáctico  de  la  investidura  para  deducir la  agravante,  en  decisión  del  23  de septiembre del año en curso (radicación  número  16.320)  amplió  su criterio y a partir de allí comenzó a exigir que  en  la  resolución acusatoria tanto la imputación del delito o de los delitos,  como   toda   causal   de  agravación  -genérica  y  específica-  debía  ser  determinada  diáfanamente  desde el punto de vista fáctico y desde el punto de  vista    jurídico”    (Septiembre    29    de   2003.   Rad.   Única   inst.  19734).”1   

De igual manera:  

“no basta que la  resolución  de  acusación  señale  de  manera clara, precisa e inequívoca la  imputación  fáctica  que  da lugar a la circunstancia de agravación, sino que  resulta  indispensable  que  se  consigne  en el pliego de cargos la imputación  jurídica,  posición  que viene siendo reiterada sistemáticamente. 2   

[…]  

De  modo  que  el  solo  enunciado  en  la  resolución   de   acusación   del   supuesto  fáctico  en  que  se  funda  la  circunstancia  de agravación punitiva -genérica o específica, se insiste-, no  es  suficiente  para  que  pueda  ser  deducida en la sentencia, ya que, como se  tiene  dicho,  ‘se requiere  inequívoca  imputación jurídica, sin que ello implique que figure en la parte  resolutiva  de  la  acusación,  ni  que  se le identifique por su denominación  jurídica  o  por la norma que la consagre. Implica, pues, valorada atribución,  de  tal suerte consignada en cualquiera de las fases de la acusación, que no se  abrigue    duda    acerca    de   su   imputación3”.   

En  conclusión,  el  cargo  prospera y, en  consecuencia,  el  fallo  habrá de ser casado parcialmente en los términos que  más adelante se detallan.   

3. Segundo cargo, subsidiario del anterior:  violación  indirecta  de  la  ley sustancial por vía del error de hecho, en la  modalidad de falso raciocinio   

A través de este cargo, la demandante alega  que  el  juzgador incurrió en un falso raciocinio, toda vez que “las  razones  dadas en el fallo se apartan abiertamente de la verdad  probada”;  en  sustento de su crítica, sostiene que  el  fallador  violó  los presupuestos de la lógica, en particular el principio  de  no  contradicción.  El yerro pregonado se materializó -dice la impugnante-  al  apreciar  el  juzgador  que  los  testimonios de cargo de Yulieth Katerine y  Nelson  Silva  Yáñez son unívocos, concordantes, convergentes, concatenados y  sólidos,  toda  vez  que,  por  el  contrario,  según  su parecer, en ellos se  aprecian    incoherencias    y    contradicciones    que   impiden   concederles  credibilidad.   

La Sala encuentra que el argumento planteado  por  la  recurrente es inidóneo para demostrar el falso raciocinio que pregona,  pues carece de materialidad.   

El aserto anterior encuentra sustento en que  la  demandante  equivoca  el  objeto de su reproche, pues en lugar de formularlo  contra  el  juicio probatorio elaborado por el sentenciador, lo dirige contra el  contenido  de las pruebas, con el fin de hacer valer su personal apreciación de  ellas,   en   especial   en  cuanto  a  aspectos  tales  como  la  ubicación  y  participación   del  también  procesado  Luigi  Sterling  Moreno  Cortés,  la  cantidad  e  identidad  de  los intervinientes que lanzaron las puñaladas o las  asestaban  en  mayor  número,  la  manera en que la víctima trató de huir del  lugar  del crimen y las condiciones de iluminación reinantes en el lugar de los  hechos.   

Es así que la recurrente pasa por alto que  el   fallador   en  verdad  advirtió  las  inconsistencias  existentes  en  las  declaraciones  reseñadas,  solamente  que,  a  la  hora de concederles mérito,  encontró  que  aquellas  coincidían  en  lo  fundamental,  apreciación que no  sobrepasa   los   límites   de  ponderación  que  le  asisten  al  funcionario  judicial.    

Por  lo  tanto,  en  el  caso  que ocupa la  atención  de  la  Sala, se observa que el juicio apreciativo del juzgador no es  contradictorio.    

Una  contradicción  como la que plantea la  demandante  se  configuraría  si,  a  la  hora  de conceder poder suasorio a la  prueba,  el  fallador  hubiese  admitido la ocurrencia de supuestos de hecho que  naturalmente  resultan  excluyentes  entre  sí, de forma tal que irrespetara el  conocido  aforismo según el cual una cosa no puede ser  y  no  ser  al  mismo  tiempo o, de manera correlativa,  dos  juicios  contradictorios no pueden ser verdaderos  de forma simultánea.   

Tal cosa -insiste la Corporación- no es la  que  ocurre  aquí,  pues  basta  una  lectura  de  los fallos de instancia para  advertir  que  por  parte  alguna concluyen que los agresores eran tres pero, al  mismo  tiempo,  que  solamente  debieron  ser  dos; tampoco que el coautor Luigi  Sterling  Moreno  Cortés  estuviera presente y, a la vez, ausente del lugar del  crimen;  menos  aún que afirmaran la presencia de una bicicleta en el escenario  del  crimen y, de manera simultánea, la negara.  No, lo que aquí se tiene  es  bien  distinto:  se  trata de la apreciación por el funcionario judicial de  versiones  de  los  hechos  vertidas  por  los  testigos,  las  cuales  resultan  contradictorias  en  algunos  aspectos  puntuales;  no  obstante lo anterior, el  sentenciador  pasó  por  alto  dichas  inconsistencias y dedujo, sin violar las  máximas  de  la sana crítica, que las atestaciones de los aludidos declarantes  le  traían  convencimiento  de  la responsabilidad en cabeza de los procesados.   

Y en dicha apreciación la Sala no encuentra  un  yerro  ostensible  y  trascendente, pues al margen de si fueron los hermanos  Gómez   Rivera   quienes  asestaron  la  mayor cantidad de puñaladas a la víctima, si la presencia de la  bicicleta  se  explica  porque  en ella trató de huir el hoy occiso, o si en el  lugar  del  crimen  había  otros individuos aparte de los hermanos Gómez  Rivera,  o bien si la iluminación  era  buena  o  regular,  lo  cierto  es  que  la  prueba  de  cargo  apunta a la  participación  de  los  procesados  en  el  crimen que se les atribuye, sin que  dicha  conclusión  pierda  su fundamento por las insustanciales contradicciones  que  plantea  la  recurrente  y  sin que la Sala encuentre yerro de juicio en la  apreciación  del  juzgador  en  cuanto desestimó el poder de convicción de la  prueba de descargos.    

Dígase,  como bien lo anota la Procuradora  Delegada,  que las contradicciones obrantes en las declaraciones cuestionadas se  explican  por  cuanto  el individuo que se enfrenta a relatar un hecho percibido  por  los  sentidos, naturalmente declara sobre aquellas particularidades que, de  acuerdo  con  su  constitución  emocional  y  sicológica, le producen un mayor  interés,  o bien le causan una mayor impresión.  Por el contrario, sería  demostrativo  de  una  versión  preparada  el  hecho  de  que diversos testigos  declaren  de  manera idéntica sobre los detalles del hecho percibido. De suerte  que  las  inconsistencias  probatorias  que  sobre las que la censora edifica el  argumento  casacional  resultan  ser de aquellas que uno u otro testigo pudieron  percibir  de  manera  distinta,  lo  que  no  impide predicar que en lo esencial  guardan similitud.   

Por lo tanto, el fallo recurrido no contiene  un  yerro  de  apreciación  probatoria  que  permita  afirmar,  como lo hace la  impugnante,  que  “las  razones dadas en el fallo se  apartan  abiertamente  de  la  verdad probada”, o que  las  versiones  de  los  testigos de cargo “más bien  pareciera  que  se  refieren  a  escenarios completamente diferentes”.   

En  conclusión,  por  los  razonamientos  expuestos,  el  segundo cargo  no prospera.   

4.  Tercer  cargo: violación directa de la  ley sustancial   

A  través  de  una  censura  de violación  directa  de  la  ley sustancial, la impugnante alega que del contexto probatorio  no  se  desprende la sevicia como motivo de agravación del homicidio (artículo  104-6  del  Código  Penal);  por  lo  tanto, formula su pretensión para que se  desestime  dicha  causal  y,  en consecuencia, se redosifique la pena a favor de  los procesados.   

En  sustento  de  su  tesis,  la impugnante  sostiene  que  el  sentenciador  ha  debido desestimar la sevicia como causal de  agravación,  porque: i) no en  todos  los  casos  el número de heridas demuestra la sevicia, dado que, como se  trata  de  varios  agresores,  entonces  cada  uno de ellos pudo propinar varias  heridas:  “por  lo  menos  una por cada uno, lo cual  suman  tres  heridas;  si  son  dos  por agresor la sumatoria es de seis, y así  sucesivamente”;             ii)  como  la  víctima  se resistió, los  agresores  debieron asestarle numerosas puñaladas para cumplir el propósito de  producirle  la  muerte;  iii)  los  cuchillos  utilizados,  al  contrario de lo que supone un arma de fuego, no  necesariamente   llevan   implícito  “su  poder  de  letalidad      evidente”,     y;     iv)  las  lesiones  en  la  espalda  de la  víctima  se  explican,  no  por la sevicia, sino porque los victimarios, con el  propósito  de  darle  muerte, le hicieron “lances de  puñal” mientras aquel huía.   

El reproche que plantea la demandante está  llamado  al  fracaso,  pues existe completa coherencia en cuanto a la deducción  de  la  causal  de  agravación  del  artículo  104-6 del Código Penal, en las  partes  considerativa  y  dispositiva  de la decisión impugnada.  Dicho de  otra  manera,  no  existe  la  violación  directa  por indebida aplicación del  artículo  104-6 del Código Penal, toda vez que por parte alguna del fundamento  argumentativo  del  fallo  se  aprecia  que  el  sentenciador  hubiese  negado o  desestimado  la  concurrencia de la aludida causal de agravación y, no obstante  un tal razonamiento, hubiera condenado por el homicidio agravado.   

En  efecto,  nótese  de  qué  manera  el  a  quo, en decisión que fue  confirmada  por  el  ad quem,  fue  insistente  en  apreciar  la  crueldad  y  dureza excesivas de la agresión  desplegada  por  los hermanos Gómez Rivera  en  contra de la víctima Epia Avilés, juicio que dedujo a partir  del  número  de  heridas  ocasionadas,  su localización anatómica en regiones  como  la  espalda,  abdomen,  caja  torácica  y  extremidades  superiores de la  víctima,  la  naturaleza  del  arma  con  que fueron producidas así como en la  persecución  antecedente al ataque (fl. 337, 348 del cuaderno principal).    

De manera consecuente con el argumento así  plasmado   en   la   sentencia,   los   procesados   fueron  condenados  por  el  comportamiento  punible  de  homicidio agravado, según la causal descrita en el  artículo  104-6  de  la  Ley  599 de 2000.  Así las cosas, comoquiera que  existe  perfecta  concordancia entre la apreciación probatoria del sentenciador  y  la  decisión  de  condena adoptada, entonces la conclusión es que carece de  materialidad el yerro alegado.   

Por otra parte, dígase que sobre la causal  de  agravación  (artículo  104-6  de  la Ley 599 de 2000) cuya concurrencia se  cuestiona  a  través  de  este  cargo, la jurisprudencia de la Sala4  ha  indicado  que  la  sevicia  consiste  en  producir sufrimientos a la víctima, con efectos  dolorosos  para  ella,  por cualquier medio, ya sea físico, síquico o moral, y  se   identifica   con   la   crueldad  excesiva  que  corresponde  al  grado  de  insensibilidad    moral    que    algunas    legislaciones    se   conoce   como  ensañamiento.    Así  mismo,  la  Corporación  ha  precisado  que  dicho  concepto  involucra  un  componente  subjetivo  y otro objetivo: el primero, por  cuanto  se  requiere que el individuo obre con un doble propósito, es decir, el  de  matar  y  hacer  sufrir más e innecesariamente a la víctima; y el segundo,  por  cuanto es condición indispensable que realmente se ocasionen sufrimientos,  dolores y un mal mayor e innecesario al ofendido.   

Y, en lo que tiene que ver con las exigencias  para  reconocer  la  sevicia,  la  Corte  ha  sostenido  de  antaño  que  no es  suficiente  inferirla  solamente  del  número  de  golpes  producidos  o  de la  intensidad  de  la  agresión,  pues  dichos  elementos podrían confundirse con  movimientos  reflejos del atacante o su temor ante la posibilidad de una súbita  reacción  violenta por parte de la víctima. La sevicia exige, entonces, cierto  ánimo  frío,  deseo de hacer daño por el daño mismo, sin ninguna necesidad y  únicamente  por  exteriorizar  la  capacidad  vengativa del ofensor5.   

Así  las cosas, la Corporación no avizora  de  qué  manera  el  sentenciador,  al deducir la sevicia con fundamento en las  circunstancias  que  rodearon  el  crimen,  y  por  haber condenado según dicha  apreciación,  aplicó  indebidamente  el  artículo 104-6 del Código Penal que  recoge   esa   circunstancia   como  un  motivo  de  agravación  del  homicidio  simple.    

Como   corolario   de   los   anteriores  razonamientos,     el    tercer    cargo no prospera.   

5.  Redosificación  punitiva  y  casación  oficiosa   

Como  en  precedencia  se anunció, la Sala  habrá  de  casar  parcialmente  el  fallo impugnado por razón de la demostrada  incongruencia  entre  la  acusación  y  la  sentencia.   Por  lo tanto, se  procede  enseguida  a  efectuar  la  correspondiente redosificación de la pena,  respetando,  en  lo  posible,  los  criterios  del  juzgador, en lo que resulten  legales y razonables.   

Desde ya la Corporación anuncia que, aparte  de  haber  deducido  el  sentenciador  de  primer  grado  una  causal  de  mayor  punibilidad  de manera indebida, evidencia, además, que el funcionario judicial  incurrió  en  una ostensible violación al principio de legalidad de las penas,  toda  vez  que  fijó  la  duración de la sanción accesoria de inhabilitación  para  el  ejercicio de derechos y funciones públicas en un término superior al  legalmente  permitido.   Dicho  yerro  requiere ser corregido en esta sede,  habida  cuenta  que la Constitución y la ley le imponen a la Corte Suprema  de  Justicia  el deber de efectivizar el derecho material, tal como así lo  ha   precisado   la  jurisprudencia  de  esta  Corporación.  Por  esta  razón,  la  Colegiatura  habrá  de  casar el fallo de oficio,  con  el fin hacer prevalecer la garantía quebrantada.   

Para cumplir con los propósitos referidos,  resulta  pertinente  en  este  punto  traer  a  colación  los razonamientos del  a  quo,  mediante los cuales  individualizó las penas impuestas (fl 341):   

“Se  juzga  a  Luis  Arbey  y José  Luis  Gómez Rivera, como coautores  responsables  de materializar el hecho punible de homicidio agravado (artículos  103  y  104,  num.  6  del  Código  Penal).  Bajo  este  respaldo normativo, lo  jurídicamente  viable al dosificarse la pena deducible es invocar los criterios  establecidos  en  el  art.  61 del [mismo estatuto], cuyos límites de movilidad  punitiva son los siguientes:   

Cuarto  mínimo:                        De 25 a 28 años 9 meses   

1er  Cuarto  medio                        de 28 años 9 meses a 32½ años   

2º   Cuarto   medio                        de   32½   años   a   32   años   3  meses   

Cuarto  máximo                        de 36 años 3 meses a 40 años.   

Dentro de este orden, conviene precisar que,  de  acuerdo  con la modalidad de la conducta investigada, se impondrá el cuarto  medio  estipulado,  toda  vez  que, pese a carecer de antecedentes penales (art.  55,  num.  1  Código Penal), obraron en coparticipación criminal (art. 58, num  10  ibidem),  imponiéndose,  por  tanto,  aquel que corresponde a una penalidad  delimitada entre 28 años y 9 meses y 32 ½ años de prisión.   

En consecuencia, al ponderarse los aspectos  propios  del hecho punible de homicidio agravado, discrecionalmente se impondrá  como  pena  principal  28  años  9  meses  de  prisión.  Monto penológico que  concurrirá  con  la  inhabilitación  en  el  ejercicio de derechos y funciones  públicas,   por   período   igual   al   de   la   pena  principal”.   

De manera nítida, se observa la incidencia  del  yerro  demostrado  a  través  del  cargo  principal  de  la demanda; éste  consiste  en que, como consecuencia de deducir el juez la circunstancia de mayor  punibilidad  del  artículo  58-10  del Código Penal, escogió el primer cuarto  medio  de  punibilidad,  cuya  duración  se extiende desde los 28 años 9 meses  hasta  los 32 años 6 meses. De no haber mediado esta equivocación, el cuarto a  seleccionar,  en  virtud  de lo dispuesto en el artículo 61, inciso segundo, de  la  Ley 599 de 2000,  habría sido el mínimo, cuya extensión se inicia en  25  y  abarca  hasta  los 28 años y 9 meses de prisión, toda vez que solamente  concurre  una  causal  de menor punibilidad, como es la carencia de antecedentes  penales, como así lo reconoció el sentenciador.    

En  estas  condiciones,  la  Sala habrá de  corregir  la  inconsistencia  reseñada y, por lo tanto, ubicará la pena dentro  del  cuarto mínimo de punibilidad. Y, aún cuando el a  quo  no  abundó en razones para fijar definitivamente  la  pena privativa de la libertad en el límite inferior del cuarto –indebidamente- seleccionado, la Corte,  en   sede   extraordinaria   de   casación,  encuentra  razonable  individualizar   la   pena   de  prisión  en  25  años,  guarismo que corresponde al piso del cuarto mínimo. Lo anterior,  en  consideración  a  que,  en este caso particular, la gravedad del hecho y el  daño   causado   quedan   suficientemente   sancionados   con   el   incremento  correspondiente  a  la  causal de agravación específica y, al mismo tiempo, no  se  evidencia  la  necesidad  de  un  lapso de resocialización más prolongado.   

Por   otra   parte,  resulta  claro,  con  fundamento  en  el fragmento transcrito en precedencia, que el juez de instancia  fijó  la duración de la pena accesoria de inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y funciones públicas en un término “igual  al  de  la  pena principal”, esto es, en 28 años y 9  meses.  De  esta  manera, el funcionario judicial olvidó que el artículo 44 de  la  ley  599  de 2000 establece que la mencionada sanción tendrá una duración  no  menor  de  5  años ni mayor de 20. Basta lo anterior para hacer evidente la  transgresión  al  principio  de  legalidad  de  las  penas;  por tal razón, la  Corporación  casará  de oficio y parcialmente el fallo en este preciso aspecto  y,  en  consecuencia,  fijará  la  pena  accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas en 20  años.   

En  todo  lo  demás, el fallo impugnado se  mantiene incólume.   

En  mérito  de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA, SALA  DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley   

R E S U E L V E  

PRIMERO:  CASAR  PARCIALMENTE,  por virtud del primer cargo   y   de  manera  oficiosa,  la sentencia impugnada.   

SEGUNDO:   En  consecuencia,  condenar  a  los  procesados Luis Arbey  Gómez  Rivera  y José Luis  Gómez  Rivera  a  la pena principal de 25 años de prisión y a la accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  término  de  20  años, como coautores de la conducta  punible  de  homicidio  agravado  (artículos  103  y  104-6  de  la  Ley 599 de  2000).   

TERCERO:     DECLARAR    que en lo demás,  el fallo recurrido mantiene su vigencia.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen. Cúmplase.   

JAVIER  ZAPATA ORTIZ  

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ CAMACHO                            JOSÉ LEONIDAS  BUSTOS     MARTÍNEZ                     

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO                                SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ             

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                              MARIA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ DE LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN                                                 JULIO     ENRIQUE     SOCHA  SALAMANCA   

                                                                           

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1 Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Penal, sentencia de 16 de octubre de  2003, radicación No. 19743.   

2 Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,  sentencia del 7 de abril de  2006,  radicación No. 25131.   

3 Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, sentencia del 23 de septiembre de  2003,  radicación No. 16320   

4  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,  sentencia del 27 de febrero de 2009,  radicación No. 31198.   

5  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,  sentencia    del    22  de mayo de 1944, G.J., Tomo  LVII,  pág.  641.  En  el  mismo sentido, a través del fallo de diciembre 3 de  2001,  rad.  10299, la Colegiatura precisó que: “la  sevicia  implica  frialdad  de  ánimo,  ensañamiento  en  el sufrimiento de la  víctima   y   deseo   de   hacer   daño   por   el   daño   mismo”.   

    

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