34287(04-08-10)

2010

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     n.º  34287   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 248.  

Bogotá,  D.C.,  cuatro  de agosto de dos mil  diez.   

V    I    S   T   O  S   

Con el propósito de verificar si reúne las  exigencias  y  condicionamientos  previstos  en  los  artículos  205  y 212 del  Código  de  Procedimiento  Penal  de  2000,  la  Corte  examina  la  demanda de  casación  presentada  por  el  apoderado  de  la  parte  civil,  en  contra  de la sentencia de segundo grado  proferida  por  la  Sala  Penal  del  Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Santa  Marta  (Magdalena),  que  confirmó la que dictó el Juzgado Cuarto Penal  del  Circuito  de  esa  ciudad,  el  29 de octubre de 2008, por medio de la cual  absolvió  a  JESÚS  EDUARDO  ORTIZ  PACHECO  y  PEDRO  JUAN NAVARRO PACHECO, a  quienes  la  Fiscalía  General de la Nación acusó como coautores del concurso  de   conductas   punibles   constitutivas   de  fraude  procesal,   falsedad   en  documento  privado  y  estafa  tentada.   

H E C H O S  

Fueron  reseñados  en  los  fallos  de  las  instancias, de la siguiente manera:   

“Cuentan  los señores Idalides Cuello de  Bastidas,  Rolando  Anselmo  Bastidas  Cuello, Graciela Otilia Bastidas Cuello y  Delvis  del  Pilar Bastidas Cuello, a través de apoderado, que el doctor JESÚS  EDUARDO  ORTIZ  PACHECO  prestó  sus  servicios profesionales como abogado a su  señor  esposo y padre Alberto Bastidas Valdeblánquez (q.e.p.d.), en un proceso  laboral  seguido  contra la Sociedad Hielos Santa Marta Ltda., cuyo veredicto le  fue  favorable  en  la  segunda  instancia  surtida ante el Tribunal Superior de  Santa  Marta.  A  raíz  de  este  proceso,  el  señor  Bastidas Valdeblánquez  celebró  el  31  de  octubre de 1988 un contrato de cesión o venta de derechos  litigiosos  a  favor  de  su  apoderado  concerniente  en el pago del 25% de los  derechos   que   le   corresponderían   a  él  dentro  del  posterior  proceso  concordatario  de la vendida sociedad y que fuera dirimido en el Juzgado Tercero  Civil del Circuito de Santa Marta.   

Sostienen  los  denunciantes  que el señor  Bastidas  Valdeblánquez  falleció  el 12 de mayo de 2002, es decir, doce años  después  de  celebrado el contrato de cesión. Tiempo en el que el doctor ORTIZ  PACHECO  no  tuvo  contacto  con  su  poderdante y tampoco ejerció las acciones  pertinentes   para   cobrar   los   honorarios.  Acción  que  por  el  término  transcurrido  ya estaba prescrita. Pero el aludido doctor ORTIZ PACHECO al notar  que  este  evento jurídico se había presentado optó por falsificar un título  valor  –letra de cambio-,  aduciendo  que  era  la que respaldaba el contrato de cesión, en el que aparece  como  deudor  el  señor  Alberto  Bastidas  Valdeblánquez,  monto  de la deuda  $80’000.000.oo, fecha de  creación  del  título el 15 de marzo de 2000, fecha de pago el 15 de diciembre  del  mismo  año.  Documento en el que, según los denunciantes, falsificaron la  firma  del  creador  o  deudor.  Y  luego lo utilizó para promover a través de  endosatario,  doctor  PEDRO  JUAN NAVARRO PACHECO, un proceso ejecutivo singular  de   mayor   cuantía   contra  ellos;  es  decir,  contra  Idalides  Cuello  de  Bastidas            –cónyuge sobreviviente-  y  los  herederos  determinados Rolando Anselmo Bastidas Cuello, Yajaira Marisol  Bastidas  Cuello,  Alberto  Rafael  Bastidas  Cuello,  Graciela  Otilia Bastidas  Cuello,  Delvis  del  Pilar  Bastidas  Cuello  y  Miguel Ángel Bastidas Cuello,  correspondiéndole  su  trámite  al  Juzgado Tercero Civil del Circuito de esta  ciudad”.   

ACTUACIÓN PROCESAL RELEVANTE  

Por  los  hechos anteriores, la Fiscalía 21  Seccional  de  Santa  Marta  (Magdalena)  ordenó la práctica de investigación  previa, el 25 de agosto de 2003.   

Con  resolución del 23 de septiembre de esa  anualidad,  la  misma  dependencia admitió la demanda de constitución de parte  civil,  promovida  por  el  apoderado  de  Idalides Cuello de Bastidas y Rolando  Anselmo, Graciela Otilia y Delvis del Pilar Bastidas Cuello.   

El  27  de abril de 2004, el ente instructor  dispuso  la  apertura  de  la  instrucción  y la vinculación de JESÚS EDUARDO  ORTIZ  PACHECO,  quien fue escuchado en diligencia de indagatoria el 19 de julio  del  mismo  año,  en  tanto  que,  su situación jurídica fue resuelta el 8 de  octubre  siguiente,  con la aplicación de medida de aseguramiento de detención  preventiva  -sustituida  por  la domiciliaria-, por su posible participación en  los     delitos    de    falsedad    en    documento  privado     y    fraude  procesal1.   

El  31  de  octubre  de  2005,  la  oficina  investigadora   ordenó  vincular  a  PEDRO  JUAN  NAVARRO  PACHECO,  quien  fue  capturado  el  29  de  noviembre  de  ese  año  y escuchado en injurada al día  siguiente.  Posteriormente,  el  30 de enero de 2006, le resolvió su situación  jurídica,   con   la  imposición  de  la  medida  aseguratoria  de  detención  preventiva   -igualmente  sustituida  por  la  domiciliaria-,  dada  su  posible  intervención  en  el concurso delictual de falsedad en  documento   privado,  fraude  procesal y estafa2.   

Clausurada la fase instructiva el 9 de marzo  de  ese  año,  la  Fiscalía  calificó  su  mérito  el  28  de abril de 2006,  profiriendo  resolución de acusación en contra de JESÚS EDUARDO ORTIZ PACHECO  y  PEDRO  JUAN  NAVARRO PACHECO, por su presunta participación en los ilícitos  de    fraude    procesal,  falsedad en documento privado  y estafa.   

Aunque el proveído acusatorio fue confirmado  por  la  Fiscalía  delegada  ante  el  Tribunal  Superior  de  Santa  Marta, en  decisión  de  segunda instancia del 5 de septiembre de esa anualidad, lo cierto  es  que  el Juzgado Segundo Penal del Circuito de esa ciudad, despacho al que le  fue  asignado  el  conocimiento  del  asunto,  lo  anuló, aduciendo defectos de  motivación,  en  la  audiencia  preparatoria llevada a cabo el 12 de febrero de  2007.   

Calificado nuevamente el mérito sumarial el  20  de  los mismos mes y año, la Fiscalía Seccional ratificó la acusación en  contra  de  los  procesados  ORTIZ  PACHECO y NAVARRO PACHECO, por las conductas  punibles  de  fraude procesal,  falsedad en documento privado  y estafa.   

El 19 de julio de esa anualidad, el superior  funcional  confirmó  parcialmente  la resolución acusatoria, habida cuenta que  la   dejó   incólume  para  los  delitos  de  fraude  procesal   y   falsedad  en  documento  privado,  pero la anuló por el ilícito de  estafa,  respecto del que se  emitió  nuevo pliego de cargos en contra de los sindicados, en decisiones del 6  de  agosto  de  2007  y  10  de  enero  de  2008,  dictadas en primera y segunda  instancias, respectivamente.   

El  trámite  de la etapa de la causa debió  sortear  una  serie  de  vicisitudes,  hasta  que su conocimiento fue finalmente  asumido  por  el  Juzgado Cuarto Penal del Circuito de Santa Marta, despacho que  tras  culminar  la  audiencia pública de juzgamiento, dictó sentencia el 29 de  octubre  de  2008,  absolviendo a los procesados ORTIZ PACHECO y NAVARRO PACHECO  de los ilícitos por los cuales se les acusó judicialmente.   

Impugnado el fallo por el representante de la  parte  civil,  la  Sala  Penal del Tribunal Superior de Santa Marta lo confirmó  íntegramente,  mediante  providencia  del  16 de diciembre de 2009, la cual fue  oportunamente recurrida en casación por el mismo sujeto procesal.   

LA DEMANDA  

Aduciendo  la violación indirecta de la ley  sustancial,  tres  cargos  postula  el apoderado de la parte civil en contra del  fallo   del   Tribunal,   los  cuales  postula  y  desarrolla  de  la  siguiente  manera:   

Cargo primero: violación indirecta de la ley  sustancial  “por exclusión evidente del art. 249 y  257 del código penal (sic)”.   

Tras  citar  precedente de la Sala sobre los  postulados  de  la  sana  crítica,  el  casacionista  parte por afirmar que los  experticios   grafológicos   llevados  a  cabo  por  los  peritos  –usualmente  por funcionarios del CTI o  LABICI-,  gozan  de  plena  autenticidad.  De  ahí  que  no  se entienda que un  peritaje  de esa naturaleza, “se desecha y se tira al  tarro  de  la  basura”, como sucedió en este evento,  en  el  que  el  juzgador  lo  descartó  “y no solo  eso”, pues, también se excedió en sus funciones al  darle  carácter  de  auténtico  a  un título valor que es falso, respecto del  cual  se adelanta proceso ejecutivo, en el que se propuso excepción de fondo en  tal sentido.   

El    Tribunal,   agrega,   “no  apreció  la  prueba  aducida  en  la  actuación y le restó  capacidad  demostrativa” a la que cumplía con todos  los   requisitos  para  ser  valorada,  “lo  que  se  considera   un   falso   juicio   de   existencia   o  raciocinio”.  Además,  “se  cercena de un tajo una  prueba   cuya   certeza   e   infalibilidad   no   es  discutible”.   

Para    el    demandante,   “todos   los   caminos   conducen   al   hecho   punible   de  los  sindicados”,  afirmación  que sustenta a partir del  análisis  que  hace  del  contrato de cesión o venta de derecho litigioso, del  que  destaca que la firma y sello notarial son falsos, tal como lo demuestra con  prueba nueva que anexa a su libelo.   

De igual modo, señalando que el juzgador, en  lo  concerniente al reconocimiento de la firma, no logró discernir “entre  obligación  y autenticidad”, y  que   del   título   de   cesión  no  emana  obligación  alguna  “por  palta  (sic)  de  reconocimiento  y tampoco es pertinente de  acuerdo al artículo 1966 del C.C.”.   

Insistiendo,  entonces,  en  que el dictamen  grafológico  no  podía  desestimarse,  el  memorialista  asevera que un simple  razonamiento  permite  inferir,  “a  través  de  la  valoración  del  acervo probatorio enmarcado en la sana crítica”,   que   los   procesados  sí  perpetraron  el  delito  y  que  el  Ad   quem,   “omitió  y  descartó  sin  mayor  esfuerzo  el  valor probatorio  allegado   al   proceso   que   no  permiten  inferir  la  culpabilidad  de  los  sindicados”.   

Por último, enuncia las elementos de juicio  que  permiten  determinar “palpable las inclinaciones  protervas  del demandante”, luego de lo cual solicita  que  se  case  el  fallo  censurado,  para en su lugar condenar a JESÚS EDUARDO  ORTIZ PACHECO y PEDRO JUAN NAVARRO PACHECO.   

Cargo      segundo:     “violación   indirecta   de   la  ley  y  errores  por  vía  de  hecho”.   

En  concreto,  denuncia  el  impugnante  la  violación  de los artículos 68 a 72 del Estatuto de Notariado y Registro y 273  del  Código  de  Procedimiento  Civil,  habida  cuenta  que  el Tribunal en sus  análisis  –de los que hace  una  breve  transcripción-,  realizó una apreciación equivocada, “ya  que  el  busilis  no  estriba  en la autenticidad, sino en la  obligación  que  genera”,  reiterando, a partir del  análisis    de   dichos   preceptos,   que   dichos   argumentos   “no  se  aclimatan  a  la  realidad  jurídica, puesto que ante la  dicotomía  existente  entre  autenticidad  y  obligación  para el caso que nos  ocupa  no  hay  un  vínculo que amarre el título valor y la cesión o venta de  derechos litigiosos”.   

Entonces,    añade,   el   Ad  quem  se  desbordó  en sus funciones,  dado  que,  legalmente  la cesión o venta de derechos litigiosos no se aplica a  títulos      valores      y      además      la     cifra     -$12’000.000.oo-,   no  corresponde  a  la  señalada  en  la escritura que la contiene, mencionando, de nuevo, que la firma  y sello notarial son falsos, como lo demostró la Fiscalía.   

Pide el recurrente, por tanto, que se case el  fallo absolutorio, para en su lugar condenar a los acusados.   

Cargo tercero: violación indirecta y errores  de  hecho  “por exclusión evidente del art. 260 del  Código Penal”.   

En la fundamentación del último reparo, el  censor  sostiene  que  el  yerro  denunciado se sustenta en la violación de los  artículos  288  y 289 de la Ley 600 de 2000, referidos a la cadena de custodia,  la  cual,  consideró  el  juzgador  de  segundo  grado,  fue infringida en este  evento.   

Lo  anterior  no  es  cierto,  a  juicio del  libelista,  quien  defendió  la honestidad y transparencia con que se actuó en  este  proceso,  desde  el  momento  mismo  en que se aportó a la denuncia copia  autenticada  de  la  escritura  pública  1049 y luego cuando se solicitaron los  originales  de  la  firma  del  causante  Alberto  Bastidas Valdeblánquez, para  efectos de realizar el experticio grafológico.   

Considera, por consiguiente, que el Tribunal  “incurre  en un error de apreciación de la prueba a  través   de   fundamentos   y   juicios   de  la  sana  crítica”,   agregando   que   la   Fiscalía   nunca  realizó  el  dictamen  grafológico deprecado.   

Pide  el actor, para finalizar, que se tenga  en  cuenta  que no se violó la cadena de custodia, razón suficiente para casar  el  fallo  demandado  y  condenar  a  los  sindicados  ORTIZ  PACHECO  y NAVARRO  PACHECO.   

ALEGATOS DE LOS NO RECURRENTES  

Dentro del término de traslado a los sujetos  procesales  no impugnantes, allegó escrito el defensor de los procesados JESÚS  EDUARDO  ORTIZ  PACHECO  y  PEDRO  JUAN  NAVARRO  PACHECO,  quien  se pronunció  respecto  de  los  tres  cargos  propuestos  por  el  casacionista  –de los cuales hace las transcripciones  pertinentes-, de esta forma:   

En  lo  concerniente  al primer reproche, el  libelista  asevera que no bastaba con enunciar la causal, sino que era necesario  alegarla  y  probarla,  no  limitándose  a  criticar  de  manera  genérica  el  fundamento  probatorio  de  la  sentencia,  la  cual  goza  de la presunción de  constitucionalidad,  legalidad  y  acierto, que solo es derrumbable, conforme ha  señalado  la Corte, con evidentes “errores de juicio  o    de    actividad   probados   en   juicio   de   impugnación”.   

Así,   luego   de   consignar   algunos  planteamientos  sobre  la  presunción  de  autenticidad de los títulos valores  –indicando  que  es  el  deudor  quien  debe  demostrar  lo  contrario- y destacar la indebida selección  normativa   realizada   por   el   demandante,   manifiesta   que   “se   opone   a   la   casación   de   la   sentencia  e  segunda  instancia”.   

Igual  consideración hace, a continuación,  en  lo  que  atañe al segundo cargo, en el que consigna su particular análisis  sobre  el  decreto  y práctica de los experticios grafológicos a los cuales se  refiere  el  impugnante,  haciendo  especial énfasis en que el último dictamen  aportado  no  fue  objeto  de  controversia  y  es,  por  tanto,  ajeno  a  este  proceso.   

De igual modo el defensor, para terminar, se  opone  a  lo  pretendido en el último reproche, disertando ampliamente sobre el  tópico  de  la  cadena  de  custodia,  a  partir  de lo cual concluye que no se  acreditó   ningún   error   de   hecho   o   de   derecho  en  el  actuar  del  Tribunal.   

Por  todo lo anterior, solicita que no se de  curso  a  la  demanda  de  casación,  agregando que la misma no fue interpuesta  oportunamente.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

La  demanda  de  casación presentada por el  representante de la parte civil, será rechazada.   

Pero   no   porque  haya  sido  presentada  extemporáneamente   por   anticipación,   según   lo   denuncia  el  defensor  –desconociendo,  como  lo  tiene  decantado  la  jurisprudencia  de  la  Sala, que la desestimación por no  presentación  oportuna  sólo  opera cuando se excede el término, no cuando se  adelanta-,  sino  porque  el  casacionista  nunca  concreta  los  yerros  en que  incurrió  el  Tribunal,  lo  cual  permite  que  la  contestación  a  los tres  reproches,  todos  ellos  apoyados  en supuestas violaciones indirectas a la ley  sustancial  y  errores  de  hecho,  se  haga de manera  conjunta.   

En  efecto,  el  censor  se  limita  a hacer  afirmaciones   genéricas,   sin  ningún  tipo  de  argumentación  o  respaldo  demostrativo  y sin acatar los mínimos presupuestos de fundamentación exigidos  en  esta  sede,  impidiendo  de la Corte, por elemental sustracción de materia,  cualquier  tipo  de  pronunciamiento  sobre  el  particular, teniendo en cuenta,  además,  que  no le permite conocer cuál en concreto  es   la   violación   trascendente   que   se   reputa   de   los   fallos   de  instancia.   

Ello  se advierte desde la sola postulación  de  los  cargos,  en los que si bien anuncia la incursión en varias violaciones  indirectas   de  la  ley  sustancial  por  supuestos  errores  de  hecho  en  la  apreciación  de  las pruebas, se dedica a consignar su propia percepción de lo  arrojado  por  el acopio probatorio, indicando que un examen correcto del mismo,  enmarcado  dentro  de  los postulados de la sana crítica, habría llevado a los  juzgadores  a  la conclusión de que los sindicados JESÚS EDUARDO ORTIZ PACHECO  y  PEDRO  JUAN  NAVARRO PACHECO, sí cometieron las conductas punibles que se le  imputan.   

Pero,  en  ninguno  de  los tres reparos, el  casacionista  especifica  cuál  es el yerro en la valoración probatoria que le  atribuye  a  los  falladores,  esto  es,  si  de  derecho  por  falsos juicio de  legalidad  o  convicción,  o  de  hecho  por  falsos  juicios  de  existencia o  identidad  o falso raciocinio, dado que, su alegación se circunscribe a afirmar  que la prueba fue erróneamente apreciada.   

Así  las cosas, no está de más acotar que  del  vago  e  inconexo  escrito  allegado  por  el  actor se puede adivinar, con  bastante  esfuerzo,  que su inconformidad se centra en la valoración probatoria  de   las  instancias  –en  particular  la  que recayó sobre la prueba pericial y documental-, buscando con  ello la condena de los procesados.   

La   demanda,   entonces,   además   de  caracterizarse  por  la  dificultad  a la hora de definir los supuestos errores,  presenta  una  redacción  confusa  e  ininteligible,  lo  cual propició que al  momento  de  resumirla  se  hayan hecho vastas transcripciones de algunos de sus  apartados,  con  la única finalidad de delatar las impropiedades en que incurre  el  demandante, quien en cada uno de los tras censuras, repite una y otra vez la  misma argumentación.   

Es que, no bastaba que para la sustentación  de   los   reproches   criticara  de  manera  aislada  y  descontextualizada  la  apreciación   probatoria   que   realizaron  las  instancias  sobre  la  prueba  documental  –título valor  que       presumieron       auténtico-       y       pericial      –dictamen    grafológico   que   fue  desestimado-,  ni  que  dijera,  según  su particular percepción, cómo debió  haberse  valorado y cómo debe entenderse realizado, interpretado y ejecutado un  contrato de cesión o venta de derechos litigiosos.   

Esta  postura  obliga  a hacer hincapié en  cómo  la  Corte,  de  manera pacífica y reiterada ha advertido la necesidad de  que  la  demanda  de  casación  comporte  un  mínimo rigor lógico jurídico y  argumental,  pues,  no  se trata de hacer valer una especie de tercera instancia  que  sirva  de  escenario  adecuado  a  la  controversia  ya  superada  por  los  falladores  de  primero  y  segundo  grados, en la cual se pretende anteponer el  particular  criterio o valoración probatoria, a aquél que sirvió de soporte a  la   decisión   de   los   jueces  A  quo  y Ad quem, entre  otras  razones,  porque  a  esta sede arriba la decisión judicial con una doble  connotación de acierto y legalidad.   

Se   faculta,  por  ello,  que  la  dicha  presunción  sea  quebrada a través de criterios claros, lógicos, coherentes y  fundados,  derivados  del  compromiso  de  demostrar  la  violación  en la cual  incurrió  el  fallador,  suficiente para derrumbar el contenido de verdad de la  sentencia,  en  el  entendido de que, de no haberse materializado el yerro, otra  hubiese  sido  la  decisión y precisamente así se ofrece trascendente recurrir  al mecanismo extraordinario de impugnación.   

Lejos de ello, en la demanda que se examina,  el  representante  de  la  parte  civil,  por  lo demás de manera absolutamente  confusa,  con  total  desconocimiento  de  los  mínimos  rigores  lógicos  que  gobiernan  las causales de casación reguladas en el artículo 207 de la Ley 600  de  2000,  denuncia  de  forma genérica varias violaciones indirectas de la ley  sustancial  y  errores  de  hecho  en la apreciación de las pruebas, pero nunca  especifica en qué consistieron ellos.   

Si  se  asume  que  la  crítica casacional  demanda  de  criterios  objetivos a partir de los cuales se permita conocer a la  Sala  cuáles  en  concreto  son los yerros ostensibles que por su trascendencia  demandan   derribar   el   fallo,  lo  menos  que  puede  esperarse  es  que  la  demostración  asuma  en  concreto lo expresado por la prueba y el análisis que  de  ella  hicieron las instancias, para evitar, como evidentemente sucede aquí,  que  el  soporte de la controversia sean apenas las lucubraciones o conclusiones  meramente  subjetivas  del  casacionista, entre otras razones, porque si ello es  así,  se  trata  apenas  de  anteponer sus particulares inferencias, a las más  autorizadas  del  Ad quem, las  cuales,  se  repite,  llegan  a  la  sede  casacional  provistas  de  una  doble  connotación de acierto y legalidad.   

En  la violación  indirecta,  para  ilustración  del  impugnante y con criterios pedagógicos, la  Corte  estima  tempestivo  traer  a  colación  lo  que ya de manera uniforme ha  reiterado  en  punto  de  la forma de argumentar lógicamente, por errores en la  apreciación                probatoria3:   

“2. En efecto,  la  violación  indirecta  de la ley sustancial, vía de ataque preferida por el  libelista   para  censurar  el  fallo  de  segundo  grado,  está  ligada  a  la  materialización  de vicios de naturaleza probatoria de dos clases distintas: de  derecho y de hecho.   

Los  errores  de derecho se subdividen en:  falso  juicio  de  legalidad  y  falso  juicio  de  convicción  vicios  que son  ontológicamente  diferentes. El juicio de legalidad se relaciona con el proceso  de  formación  de  la prueba, con las normas que regulan la manera legítima de  producir  e  incorporar  la  prueba al proceso, con el principio de legalidad en  materia  probatoria  y  la  observancia  de  los presupuestos y las formalidades  exigidas  para  cada  medio,  de  suerte  que el dislate se cristaliza cuando el  fallador  valora  o  aprecia  un  medio  de  prueba que desconoce alguna de esas  ritualidades,  o porque califica de ilegal una que sí las satisface y por tanto  es válida.   

El  juicio  de convicción consiste en una  actividad  de  pensamiento  a través de la cual se reconoce el valor que la ley  asigna  a determinadas pruebas, presupone la existencia de una “tarifa legal” en  la  cual  por voluntad de la ley corresponde a las pruebas un valor demostrativo  predeterminado  o  de  persuasión  único  que  no  puede  ser  alterado por el  intérprete;  en  consecuencia,  se  incurrirá  en  error  por  falso juicio de  convicción  cuando  se niega a la prueba ese valor que la ley le atribuye, o se  le  hace  corresponder  uno  distinto.  Sin  embargo,  al  desaparecer la tarifa  probatoria  en  materia  procesal  penal,  sustituida  por el sistema de la sana  crítica  previsto  en  los  artículos  238,257,  277, 282 y 287 del Código de  Procedimiento  Penal  (Ley  600  de  2000), en principio, no es posible para los  jueces  incurrir  en  errores  de  derecho  por  falso  juicio  de  convicción,  porque   la  legislación  penal en materia de pruebas no somete, por regla  general,   su  raciocinio  a  evaluaciones  dependientes  de  una  tarifa  legal  probatoria.   

Los  errores  probatorios  de  hecho,  a  diferencia  de  los  de  derecho,  obligan  a  quien los invoca a aceptar que la  prueba  respecto  de  la  que  los  alega fue reconocida por el funcionario como  legal,  regular  y  oportunamente allegada al proceso, toda vez que lo discutido  constituye  vicios  fácticos  que  se  desarrollan  en  tres modalidades: falso  juicio de existencia, falso juicio de identidad y falso raciocinio.   

Incurre  en  falso juicio de existencia el  fallador  que  omite  apreciar el contenido de una prueba legalmente aportada al  proceso  (falso  juicio de existencia por omisión), o cuando, por el contrario,  hace  precisiones  fácticas  a  partir  de un medio de convicción que no forma  parte  del proceso, o que no pertenecen a ninguno de los allegados (falso juicio  de existencia por suposición).   

El falso juicio de identidad se diferencia  del  anterior en que el juzgador sí tiene en cuenta el medio probatorio legal y  oportunamente  practicado,  pero,  al  aprehender  su  contenido,  le  recorta o  suprime   aspectos  fácticos  trascendentes  (falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento),  o le agrega circunstancias o aspectos igualmente relevantes que  no  corresponden  a  su  texto  (falso  juicio  de identidad por adición), o le  cambia  el  significado  a  su expresión literal (falso juicio de identidad por  distorsión o tergiversación).   

La  acreditación  de  un  falso juicio de  existencia  o  de  un falso juicio de identidad, por tratarse de vicios objetivo  contemplativos,   es   en  extremo  elemental.  En  el  primer  caso  basta  con  identificar  el  contenido  de  la  prueba omitida y el lugar en el que ésta se  halla  adosada  a  la  actuación,  o  con  señalar  la precisión fáctica que  corresponde  a  un medio de prueba extraño a la actuación o que no pertenece a  alguno  de  los  legalmente  aportados;  y  en  el segundo, es suficiente con la  comparación  de lo que de manera fidedigna revela la prueba, con la síntesis o  aprehensión  que  su  contenido  hizo  el funcionario, en aras de evidenciar el  cercenamiento, la adición o la tergiversación de su texto.   

Finalmente, el falso raciocinio difiere de  los  anteriores  en  que  el  medio  de  prueba  existe  legalmente y su tenor o  expresión  fáctica  es aprehendida por el funcionario con total fidelidad, sin  embargo,   al   valorarla,  al  sopesarla,  le  asigna  un  poder  suasorio  que  contraviene  los  postulados  de  la  sana  crítica, es decir, las reglas de la  lógica,  las  máximas  de  la experiencia o sentido común, o las leyes de las  ciencias,  y  en  tales  eventos  el  demandante corre con la carga de demostrar  cuál  postulado  científico,  o cuál principio de la lógica, o cuál máxima  de  la  experiencia  fue desconocido por el juez, e igualmente tiene el deber de  indicar  cuál  era  el  aporte  científico  correcto,  o  cuál  el raciocinio  lógico,  o  cuál  la  deducción  por  experiencia  que  debió aplicarse para  esclarecer el asunto.   

No sobra destacar que, adicionalmente, como  es  sabido,  bien  se  trate de errores de derecho o ya de hecho, tras demostrar  objetivamente  el dislate, es perentorio acreditar su trascendencia o, lo que es  lo  mismo, que de no haberse incurrido en él, la declaración de justicia hecha  en  sentencia  habría  sido  distinta  y  favorable  a  la  parte  que alega el  respectivo desaguisado”.   

Ninguno de los anteriores derroteros cumple  el  memorialista  en  la  fundamentación  de  los  cargos  propuestos, pues, no  concreta  yerro  alguno  de  los  anteriormente  mencionados, denuncia de manera  genérica  la  violación  indirecta de la ley sustancial y simplemente pretende  anteponer  su  criterio  probatorio,  al  de  los juzgadores de primer y segundo  grados,   dado  que,  a  lo  largo  de  su  libelo  se  limita  a  criticar  sus  razonamientos  en  torno  al  valor  suasorio  de  los  medios de convicción ya  referidos, y a consignar los propios.   

Y,  como  si  lo  anterior  fuera  poco, el  recurrente  omite,  igualmente, dar a conocer el texto completo de los elementos  de  juicio  que  estima  erradamente  apreciados,  asi  como las consideraciones  íntegras  de  los  juzgadores  y,  en especial, las razones probatorias por las  cuales  determinaron,  en  últimas,  que los sindicados ORTIZ PACHECO y NAVARRO  PACHECO  debían ser absueltos por los delitos imputados. De ahí, entonces, que  lo  relacionado por el demandante en su escrito, apenas puede entenderse alegato  de instancia.   

Fíjese,  por ejemplo, que en el desarrollo  de  una de las censuras, el actor incurre en el contrasentido de alegar al mismo  tiempo  los  tres  tipos  de  error de hecho en la apreciación de la prueba, es  decir,  el  falso  raciocinio y los falsos juicios de existencia y legalidad, al  acotar  que  el  Tribunal  “no  apreció  la  prueba  aducida  en  la  actuación  y  le  restó capacidad demostrativa”  a  la  que  cumplía  con  todos los requisitos para ser valorada,  “lo que se considera un falso juicio de existencia o  raciocinio”,   agregando,   más   adelante,   que  “se  cercena  de  un  tajo una prueba cuya certeza e  infalibilidad no es discutible”.   

De  esta manera, es imposible determinar en  qué  consistió  la  equivocación  de  los  juzgadores,  ya  que  a la hora de  fundamentar,  el  recurrente se limita a decir genéricamente que los juzgadores  menoscabaron  los  postulados  de  la  sana  crítica, pero sin indicar qué ley  científica,  regla  de  la  experiencia  o  postulado  de  la lógica, resultó  vulnerado  por  ellos,  luego de lo cual, hace su propia análisis de la prueba,  sin ningún tipo de respaldo.   

A  todo  lo  dicho  se  suma  la  confusa  selección  normativa  traída  a  colación  por  el  casacionista  y  que  fue  acertadamente  advertida por el defensor, pues, aunque ello podría a obedecer a  errores  de  transcripción, lo cierto es que cita disposiciones del todo ajenas  al  presente  asunto,  lo  cual  torna  más  difícil  aún  el  examen  de los  reproches.   

Por  último,  es  un  total desacierto del  demandante,  el  pretender, por parte de la Corte en sede casacional, el estudio  de    un    elemento    probatorio   –dictamen  grafológico-  que  fue incorporado con posterioridad a la  decisión de segundo grado.   

Ninguna posibilidad existe que la Sala acoja  su   planteamiento,   por   los   siguientes   motivos,  expuestos  en  anterior  oportunidad4:   

El  inciso  2°  del  artículo  29  de  la  Constitución  Política  estipula  que nadie podrá ser juzgado sino conforme a  las  leyes  preexistentes  al  acto  que  se  le  imputa,  ante  juez o tribunal  competente  y  con  observancia  de  la  plenitud  de las formas propias de cada  juicio.   

Esa  garantía  fundamental  impide  a  los  funcionarios  judiciales apreciar un medio de convicción que no haya sido legal  y   oportunamente  allegado  al  proceso,  o  cuando  se  hubiese  obtenido  con  violación de los derechos fundamentales.   

De  ahí que para los jueces de esta causa,  incluida  la  Sala  de  Casación Penal, el contenido de los elementos de prueba  allegados  tardíamente  no existe en términos jurídicos, y por lo mismo no se  puede  derivar de esa información ningún efecto sobre la decisión adoptada en  torno a JESÚS EDUARDO ORTIZ PACHECO y PEDRO JUAN NAVARRO PACHECO.   

No es pensable admitir en calidad de prueba  algo  que no lo es en términos procesales. El principio de legalidad en materia  probatoria  comporta  la oportunidad para aducir los medios de convicción; y si  el  Ad-quem en el recurso de  apelación  únicamente  puede analizar la decisión de primer grado con base en  las  pruebas  incorporadas  con  antelación  por  el A  quo,   con   mayor   razón,   en  sede  del  recurso  extraordinario,  la  Sala  de  Casación  Penal  debe  sujetarse  a  examinar lo  debatido en las instancias.   

No  puede  olvidarse  que  la  casación no  consiste  en  realizar  un  nuevo  juicio  en  contra  del procesado, sino que a  través  de  este  medio  extraordinario  se  somete  el  fallo  a  un examen de  constitucionalidad y de legalidad.   

Por todo lo anterior, inexorable se torna la  anunciada  inadmisión  del  libelo casacional que presentó el representante de  la parte civil.   

Finalmente, ha de señalarse que revisada la  actuación  en  lo  pertinente,  no  se  observó la presencia de ninguna de las  hipótesis  que  permitirían  a  la Corte obrar de oficio de conformidad con el  artículo 216 del Código de Procedimiento Penal de 2000.   

En  mérito  a lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACION  PENAL,   

R E S U E L V E  

INADMITIR   la  demanda  de  casación  presentada  por  el apoderado de la parte civil, por las  razones expuestas en la anterior motivación.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Cópiese,  notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                              SIGIFREDO     ESPINOSA  PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                          AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                YESID      RAMÍREZ  BASTIDAS   

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                            JAVIER   DE   J.   ZAPATA  ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1 Esta  decisión  fue confirmada por la Fiscalía delegada ante el Tribunal Superior de  Santa   Marta,   en   resolución  de  segunda  instancia  del  8  de  junio  de  2005.   

2  Providencia  que,  de  igual  modo,  fue objeto de confirmación por parte de la  citada  dependencia  judicial,  en proveído de segundo grado del 17 de marzo de  2006.   

3 Auto  del 10 de octubre de 2007, Radicado 22.597.   

4  Providencias  del  10  de  noviembre de 2003 y 5 de diciembre de 2007, Radicados  18.428 y 28.790, respectivamente.     

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