32431(21-10-09)

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 32431  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO                                                      Aprobado        acta       N°       331   

Bogotá,    D.    C.,    veintiuno (21) de octubre de dos mil nueve (2009)   

VISTOS  

Decide  la  Corte  sobre  la  admisibilidad  formal  de  la  demanda de casación presentada por el apoderado de Windsor       Eduardo      Carreño      Sánchez      y  César Hernández Mateus contra  la  sentencia  proferida  por  el Tribunal Superior de esta  capital  el  30  de  marzo  del  año en curso, confirmatoria de la decisión de  primera  instancia  emitida  por  el  Juzgado  15 Penal del Circuito de la misma  ciudad  el  2  de  septiembre  de  2008,  mediante  la cual se condenó a éstos  procesados  -junto  con Gustavo Adolfo Alge Trejos, Teresa Pineda Ávila y Edgar  Alberto  Clavijo  Alonso-,  a  la  pena  principal  de 60 meses de prisión como  autores  del  delito  de hurto agravado por la confianza y falsedad en documento  privado en concurso homogéneo y heterogéneo.   

HECHOS Y ACTUACIÓN RELEVANTE  

El episodio fáctico aparece sintetizado en  la sentencia impugnada, así:   

“El 8 de marzo de 2001, Ana Lucía López  Franco,  Jefe del departamento de valores y recaudo del Banco de Occidente S.A.,  denunció  que  el 23 de febrero de 2001: La Jefe de División de Crédito de la  Dirección  General  del  Banco citado –Dra.  Martha  Lucía  Saa  Gallego-,  vía e-mail pidió al auditor  Mauricio  Rivera,  aclarar porqué en las aceptaciones bancarias en obligaciones  no  cubiertas  a 31 de enero de 2001, aparecían las de clientes como Hidepapais  de     Hierro     S.A.    por    $42’275.475;     Alambres     y     Mallas     S.A.,    $51’127.147.50; Comercial G & J S.A.,  $9’090.349   y   por  $40’696.957.50; un total  de                 $143’189.929.   

El  5 de marzo de 2001, el auditor Mauricio  Rivera,  en  investigaciones  contables,  halló  obligaciones  bancarias,  pero  oportunamente  pagadas.  El  rastreo  a  la  cuenta de deudores de la oficina de  Valores  y Recaudos del banco definió que los créditos registrados se cruzaban  con  cheques de gerencia. Los expedidos entre octubre de 1999 y febrero de 2001,  se   definió   (folio  2)  que  no  eran  de  operaciones  registradas  por  el  departamento  de  Valores,  ni  incluidos  en  los cuadros que ordenaban expedir  cheques de gerencia con cargo a la cuenta deudores.   

El  Banco  de Occidente S.A. dijo que Edgar  Alberto   Clavijo  Alonso  era  el  empleado  encargado  de  la  elaboración  y  autorización  de  pago  de  cheques  incluidos en la dependencia de valores. La  oficina  de seguridad del banco determinó cheques girados a Gustavo Adolfo Alge  Trejos,  César  Hernández  Mateus,  Windsor  Eduardo  Carreño  Sánchez,  que  cobraron    a    través    de   cuentas   de   Conavi,   por   $273’853.471 que encabezaba Edgar Clavijo,  empleado  del  banco  que  usó su conocimiento y antigüedad; desde las 12:30 m  del  5  de  marzo  de  2001,  abandonó  su  cargo y no acudió a las citaciones  realizadas”.     

Con base en esta queja criminal y los anexos  que  se  acompañaron  a  la  misma,  el  22  de  marzo de 2001 la Fiscalía 113  Seccional de esta capital decretó la formal apertura instructiva.   

Allegada  copiosa  prueba  testimonial  y  documental,   se  vinculó  mediante  indagatoria  a  César  Hernández  Mateus  (fl.143),  Windson Eduardo Carreño Sánchez (fl.163) y como personas ausentes a  Gustavo  Adolfo  Alge  Trejos  y  Nancy  Teresa Pineda Ávila (fl.244) y a Edgar  Alberto Clavijo Alonso (fl.68).   

Clausurado  el  ciclo instructivo, el 22 de  octubre  de  2003  la Fiscalía 112 Seccional formuló resolución acusatoria en  contra  de  los  incriminados por los delitos de hurto agravado por la confianza  en  concurso  homogéneo  y heterogéneo con el de falsedad en documento privado  (fl.49  c.2), en decisión confirmada por la Fiscalía Delegada ante el Tribunal  Superior de Bogotá el 28 de julio de 2005.   

Adelantada   la   etapa  del  juicio,  se  impartieron  las  sentencias  de  primera  y  segunda instancia en los términos  brevemente reseñados inicialmente.   

DEMANDA  

Dos  son  los  cargos  que  el procurador  judicial  de  Windsor  Eduardo  Carreño  Sánchez y César Hernández Mateus ha  presentado     contra     el     fallo     objeto     de     la     impugnación  extraordinaria.   

Bajo  el  título  de  “Falso  juicio  de  raciocinio”,    enmarca   el   actor   el   primer  reparo  contra  la  sentencia,  bajo  el  supuesto de  considerar  que  el  quebranto de la sana crítica conduce a esta clase de yerro  que  se  traduce,  según el censor, en un “error de derecho, concretamente de  falso juicio de convicción”.   

Con  este  marco,  intenta  el  demandante  precisar  que  el  defecto  de  apreciación  acusado  proviene  de  omitir  los  sentenciadores  “darles  a  las  pruebas  el valor que les corresponde por uno  inferior”.   Para   el  actor,  la  valoración  probatoria  del  Tribunal  es  “sesgada, parcializada y subjetiva”.   

Así, para el casacionista se imputó a sus  clientes  la  apropiación  de  unos  dineros  a través de la falsificación de  diversos  documentos,  pese  a  que ellos fueron enfáticos en señalar que este  hecho  tuvo  que  ser  realizado por “otra persona”, tal y como, asegura, se  desprende  de  los  diversos  elementos  aportados, comenzando por la denuncia y  ampliación  de  Ana  Lucía  López  Franco,  el  testimonio  de Ramón Antonio  Martínez  Iglesias,  el  informe  SB021 del 29 de marzo de 2001, rendido por el  Jefe  de  Departamento  de  Seguridad  del  Banco de Occidente y ampliación del  mismo,  así  como  del dictamen grafológico emitido por Asesorías y técnicas  forenses Ltda.   

De estos elementos, según el actor, no hizo  el  Tribunal  una correcta apreciación, para en su lugar en forma “ambigua”  cercenarlas  y  mutilarlas,  sin  observar que el único responsable era Clavijo  Alonso, quien venía hurtando dinero del banco desde enero de 1996.   

Para  el  libelista el análisis probatorio  del  fallo  fue  “pobre,  famélico”,  pues  si  se hubieran valorado en los  términos  que  les  correspondía,  se  habría  acreditado la inocencia de sus  defendidos,  o  por  lo menos la duda que ha debido favorecerlos. Insiste en que  el  error  del  Tribunal estriba en “omitir cada prueba” de las referidas en  forma objetiva, imparcial y con ajuste a la sana crítica.   

A     manera     de     segundo  reproche, acusa “falso juicio  de  existencia”  que entiende radica en el hecho de haber ignorado el Tribunal  “parte del plexo de pruebas recopiladas”.   

Enseguida,  reproduce textualmente diversos  fragmentos  de  “anexos”  que  asume  de  interés y con base en los cuales,  asegura,  se  evidencia  la responsabilidad en los hechos investigados por parte  de  Edgar Clavijo Alonso, los que además venía ejecutando desde el 19 de enero  de 1996.   

Para  el censor, no basta con establecer el  hecho  investigado,  pues debe demostrarse el dolo y esto no se evidencia en tan  “ligero  análisis  del  Tribunal”,  que  con base en conjeturas confirma la  sentencia de primera instancia.   

Concluye  el  demandante  reiterando que la  sentencia  vulnera  la  ley sustancial al incurrir en errores de hecho por falso  raciocinio  y  falso  juicio  de existencia, cuando los elementos de convicción  atribuyen   toda  la  responsabilidad  penal  a  Edgar  Clavijo  Alonso,  razón  suficiente para solicitar se case el fallo.   

CONSIDERACIONES  

1.  Como  queda  visto,  el  procurador  judicial  de  Windsor Eduardo  Carreño  Sánchez  y César  Hernández  Mateus, postuló dos censuras en contra de  la sentencia impugnada.   

Aun  cuando  la primera de ellas dijo estar  enfocada  en la causal primera acusando quebranto indirecto de la ley sustancial  por  un  pretendido “falso raciocinio”, los argumentos esgrimidos en orden a  su  presentación  teórica  carecen  de  la más mínima claridad y precisión,  ocurriendo  lo  propio  con  el  desarrollo que asume el actor correspondiente a  dicha inicial presentación.   

2. Para comenzar,  adujo  el impugnante desde un principio -haciendo manifiesta su confusión-, que  el  falso  raciocinio  conduce  a  un  “error  de  derecho por falso juicio de  convicción”,  mixtura  de  yerros que explica la precariedad expositiva que a  continuación  conduce  su alegato, conocido que el falso raciocinio, como desde  hace  varios  lustros  ha quedado definido por la doctrina de la Sala, impone al  demandante  el  deber  de  evidenciar de qué forma y cuál de los elementos que  integran  el  método  o  sistema  de  la sana crítica en la valoración de las  pruebas  ha  sido  transgredido  por el juzgador, esto es, indicar el fundamento  que  avala  el desconocimiento de las reglas propias de la lógica, la ciencia o  la  experiencia común de que el mismo emana, resultando absolutamente etéreo y  generalizado,  simplemente acusar por falso raciocinio, con el confuso entendido  de  que  dicho  vicio  se  refleja  a  través  de  un  elemental  enunciado  de  inconformidad  valorativa de las pruebas, que como queda visto sintetiza bajo el  entendido   de   asumir   que   todo   se   reduce   a  un  problema  de  simple  “convicción”.   

3. Enseguida, la  tónica  del ataque no se ve favorecida por el postulado inicial, pues al margen  de  la  sana  crítica cuyos principios deberían evidenciarse violentados en la  sentencia,  todo  se  reduce,  en el lenguaje del propio demandante, a acusar la  sentencia   por  haber  omitido  “darles  a  las  pruebas  el  valor  que  les  corresponde  por  uno  inferior”,  entronizando  de  este  modo  una  aparente  tarifación  de  las  pruebas  -que no existe en relación con las pruebas a que  alude  el  censor-,  para  culminar  oponiéndose  abiertamente a la valoración  contenida   en   el  fallo  por  calificarla  como  “sesgada,  parcializada  y  subjetiva”,   enunciando  diversas  pruebas  que  -sin  especificar  error  de  apreciación   alguno-,   han   debido   conducir   a   la  absolución  de  sus  asistidos.   

Como  es  apenas  consecuentemente  lógico  entender,  en  un marco tan apático de las directrices mínimas que un reproche  en  casación  debe  cumplir,  entremezclando  diversos  sentidos de los errores  atacables  ante  la  Corte  y sin esforzarse por concretar el predominante falso  raciocinio  acusado,  un cargo así presentado resulta deleznable para los fines  del recurso intentado.   

4. Pero si esto es  predicable  del  primer  ataque,  lo  propio  debe afirmarse en relación con el  segundo  que aun cuando en  un  intento por hacerlo más inteligible el casacionista escogió la específica  modalidad  de  falso  juicio de existencia, tampoco se acomete con la claridad y  precisión exigible para ser idóneo ante esta sede.   

Según quedó sintetizado, se encaminó por  falso  juicio de existencia por omisión probatoria. El alegato central consiste  en  sostener que las diversas pruebas acopiadas al expediente acreditan cómo la  persona  responsable  de  los  hechos fue Edgar Clavijo Alonso, cometido para el  cual    transcribe    diversos    extractos    probatorios    que   –dice- así lo demuestran.   

5. Es elocuente,  según  fue  sintetizado,  que  la  sentencia condenó entre otros procesados al  aludido   Edgar  Clavijo  Alonso,  en forma tal que esforzarse el actor por  elucidar  que  éste tuvo responsabilidad en los hechos objeto de investigación  cuando  se  trata  de un aspecto así discernido por el fallador no es tema que,  de  una  parte,  estuviera  bajo  su  interés,  pero  que emerge inane, pues la  decisión   recurrida   lo   condenó   junto  con  sus  asistidos  Windsor       Eduardo      Carreño      Sánchez      y  César  Hernández Mateus,  Nancy  Teresa  Pineda  Ávila y Gustavo Adolfo Alge Trejos, como  coautores  responsables de los delitos de hurto agravado y falsedad en documento  privado .   

6.    El  convencimiento  del juzgador en la demostración del compromiso penal de Clavijo  Alonso  en  los  hechos  investigados  surgió de la valoración conjunta de las  pruebas   allegadas,   aconteciendo  lo  propio  en  relación  con  los  demás  co-procesados,  sin que la situación de uno de ellos -como parece entenderlo el  libelista-,  estuviera  en  la  posibilidad  de excluir la participación de los  demás,  sobresaliendo  en  esta  forma  la  falta  de significación del ataque  intentado  y  por  ende  su  carencia de idoneidad para sustentar un reparo a la  sentencia.     

El cotejo de estas breves acotaciones con el  contenido  de  la  demanda,  hacen  manifiesta  la  ineptitud  del  escrito y la  necesidad   de  disponer  su  inadmisión,  máxime  cuando  no  se  observa  la  irregularidad  sustancial  alguna  que obligue a la intervención oficiosa de la  Corte.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE JUSTICIA en Sala de Casación Penal,   

RESUELVE  

INADMITIR la demanda de casación presentada  por  el  defensor de Windsor Eduardo Carreño Sánchez  y   César   Hernández  Mateus.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase el expediente al Tribunal de origen.   

JULIO       ENRIQUE      SOCHA  SALAMANCA   

JOSÉ       LEONIDAS       BUSTOS  MARTÍNEZ                 SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

             

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO      MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ DE LEMOS    

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                               JORGE LUIS QUINTERO MILANES   

              

YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS                                             JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

Teresa Ruiz Núñez  

Secretaria    

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