32208(09-09-09)

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 32208  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta Nº  283  

Bogotá D. C., nueve (9) de septiembre de dos  mil nueve (2009).   

V    I   S   T   O  S   

La  Sala  resuelve sobre los presupuestos de  lógica  y  debida  fundamentación de la demanda de casación presentada por el  defensor   del   procesado   JOSÉ  EDUARDO  GONZÁLEZ  VERGARA.     

H E C H O S  

El           ad-quem   los  relató  de  la  siguiente  manera:   

“Cuentan los autos  que  siendo  aproximadamente  las  2:15  de la madrugada del día 11 de abril de  2006,  el  Dr.  ALFONSO  GUZMÁN  URREGO  fue  agredido  frente a su residencia,  ubicada  en  la  Carrera  3ª  No.  3-08  de  este municipio (Gachetá), por una  persona      que     reconoció     como     el     hijo     de     ‘Juan         Guapo’, que habría de ser identificado como  JOSÉ  EDUARDO  GONZÁLEZ  VERGARA,  quien después de agredirlo verbalmente, le  dio  puños y puntapiés, haciéndolo caer al piso, momento en el cual salió la  señora  MARÍA  LILIA  PEÑA AMÉZQUITA, quien auxilió al doctor  GUZMÁN  URREGO,  llevándolo  a  un  centro  asistencial,  donde  se  le  dictaminó una  incapacidad  definitiva  de  90  días,  y  como secuelas deformidad física que  afecta  el  cuerpo de carácter permanente y perturbación funcional del órgano  de    la    locomoción,    también    de   carácter   permanente.”   

A N T E C E D E N T E S  

1. Por los hechos anteriormente referidos,  el  Fiscal  Segundo  Local  de  Gachetá  (Cundinamarca)  Delegado  ante el Juez  Promiscuo     Municipal     del     mismo     municipio,     en     resolución  del  28  de  febrero  de 2007,  acusó   a   JOSÉ  EDUARDO  GONZÁLEZ  VERGARA  por el  comportamiento  punible  de lesiones personales dolosas  agravadas  (artículos  111,  112-2, 113-2 y 114-2, en  concordancia  con  el 119 y 104-7 del Código Penal), decisión que cobró   ejecutoria   el  8  de  marzo  del  mismo  año,  sin  que  fuera  recurrida por los sujetos procesales (fl. 31-35,  cuaderno principal).   

2.    La  etapa  de  la  causa fue asumida por el Juzgado Promiscuo  Municipal  de Gachetá, el cual, tras correr el traslado del artículo 400 de la  Ley  600  de 2000 (fl. 39), llevar a cabo la audiencia preparatoria (fl. 63-64),  así  como  la audiencia pública de juzgamiento (fl. 87-94, 163-170 y 188-194),  dictó   sentencia  de  primera  instancia   el   28  de  noviembre  de  2008,  a  través  de  la  cual   condenó   a  JOSÉ  EDUARDO  GONZÁLEZ  VERGARA  a  las  penas  principales  de  64  meses  de  prisión  y multa de 40 salarios mínimos  legales  mensuales  vigentes,  y  a  la  accesoria  de  inhabilitación  para el  ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas por término igual al de la pena  privativa  de la libertad, como autor del comportamiento punible por el cual fue  acusado,  al  tiempo  que  lo  condenó al pago de perjuicios ocasionados con la  conducta  punible  cometida,  y  le  negó  la  suspensión  condicional  de  la  ejecución de la pena.   

Valga resaltar que el sentenciador ubicó la  pena  privativa de la libertad en el segundo cuarto de  movilidad  –primero  de  los  cuartos  medios-,  pues  estimó  que,  según  lo  dispuesto  en  el  inciso  2º  del  artículo 61 del Código Penal, concurrían  circunstancias  de  agravación  y  atenuación  que  así  lo  permitían  (fl.  203).      

3.  El  fallo  de  primera  instancia  fue  recurrido  en  apelación por  el  defensor  del procesado y confirmado por el Juzgado Penal del Circuito   de  Gachetá,  a  través  de  fallo  de  segundo  grado  del  25  de febrero de  2009.   

4.  De  manera  oportuna,  el  defensor  del  procesado  JOSÉ EDUARDO GONZÁLEZ VERGARA interpuso y sustentó el recurso de casación.   

LA DEMANDA DE CASACIÓN  

El  defensor  de  JOSÉ  EDUARDO  GONZÁLEZ  VERGARA  invoca  la  casación excepcional   para   postular   4  cargos,  así:  a  través  de  los  tres primeros reprocha sendos motivos  de  nulidad, los cuales hace  consistir  en:  i) la omisión  de  firma  del  fiscal  en  el  acta  de  la  audiencia pública de juzgamiento,  ii)  violación al principio  de   investigación   integral   y   iii)   la   motivación   incompleta   de   la  sentencia;  el  último,  lo  orienta a través de un  falso  raciocinio que habría  recaído   en  la  apreciación  de  la  declaración  del  ofendido.   Sus  argumentos, se sintetizan así:   

Primer  cargo:  nulidad  por  omisión de la  firma del fiscal en el acta de audiencia pública.   

A  través  de la causal de casación de que  trata  el  numeral  3  del  artículo  207 del Código de Procedimiento Penal de  2000,  el  libelista  denuncia que la sentencia fue dictada en un juicio viciado  de  nulidad,  por violación al debido proceso (artículo 29 de la Constitución  Política),  toda  vez  que  el acta de audiencia pública no fue firmada por el  fiscal.   

Por   lo   tanto,   y  comoquiera  que  la  irregularidad  no fue corregida, la audiencia pública es nula, como también lo  es  la  petición  de  condena,  efectuada  por el fiscal, todo lo cual, agrega,  vulnera el derecho de defensa.   

Con fundamento en lo anterior, el censor pide  a  la  Corte  que  case  la sentencia y declare la nulidad de todo lo actuado, a  partir  de  la  audiencia  pública  del  6  de  agosto de 2008, a fin de que se  subsane la actuación anómala.   

Segundo  cargo:  nulidad  por  violación al  principio de investigación integral.   

Con apoyo en la misma causal de casación, el  impugnante  reprocha  que  la  sentencia  fue  emitida  en  un juicio viciado de  nulidad   por   violación   del   debido   proceso  y  derecho  a  la  defensa,  particularmente  por  razón  del  desconocimiento del principio de investigación  integral  (artículos 20 y  331de  la  Ley  600  de  2000),  toda  vez  que  “la  investigación   fue  mínima  y  las  pruebas  recaudadas,  por  sí  solas  no  establecieron  el  autor  o  autores  del  ilícito  en  legal forma”.   

Para  el recurrente, hizo falta la práctica  de los siguientes elementos de juicio:   

a)  Inspección   al   lugar   de    los    hechos,    con    el   fin   de   verificar   la  visibilidad  al  momento  de  los   mismos,   habida  cuenta   que   la   víctima contaba   con   86   años   “y  por   este   motivo,  la  deficiencia  de  los ancianos   es  evidente”.   

b) Inspección  a  la  casa de  habitación   del   procesado,   con   el  fin  de  verificar   su   dicho  y  el  de sus familiares,   así     como    identificar    su   ubicación    con   relación  a  la  de  la  víctima.   

c) Declaración de los vecinos del ofendido,  para que depongan sobre los hechos.   

d) Un examen de visión del ofendido, ya que  por  su edad, es muy probable que tenga ceguera nocturna y visión corta, y así  no  habría  podido identificar al procesado; la práctica de dicha prueba cobra  relevancia,  pues  GUZMÁN  URREGO  no  acertó  en  la descripción física del  acusado.   

e)  Diligencia  de  identificación  de  los  hermanos  de JOSÉ EDUARDO GONZÁLEZ VERGARA, con el fin de verificar a cuál de  los  seis  corresponde  la  identificación que realizó el lesionado, así como  para  contrastar  con  ellos  la  descripción  que,  de  su agresor, hiciera el  lesionado.   De  allí  se  establecería  que  la  persona descrita por la  víctima es diferente al procesado.   

Así,  el  recurrente  concluye  que  con la  práctica  de  las  pruebas  referidas  “se  hubiera  establecido  la  no participación del sindicado en los hechos que se investigan  y,   por   ende,   otro   hubiera  sido  el  resultado  del  proceso”.   

Con   fundamento   en   los   anteriores  razonamientos,  el casacionista solicita a la Corporación la anulación de todo  el  trámite  surtido  a partir de la resolución de cierre de investigación, a  efecto de que se rehaga la actuación.   

Tercer   cargo:  nulidad  por  motivación  deficiente de la sentencia.   

A  través de la causal tercera de casación  que  describe  el  artículo 207-3 de la Ley 600 de 2000, el recurrente denuncia  que  la sentencia fue dictada en un juicio viciado de nulidad, con incidencia en  el  debido  proceso  y derecho de defensa.  Aduce que el fallador incurrió  en  “infracción  al postulado de motivación… por  cuanto  [la sentencia] se proyecta incompleta en lo atinente a la evaluación de  las  pruebas”,  motivo  por  el  cual,  según dice,  desconoce  los  artículos  238  y  170-4  del Código de Procedimiento Penal de  2000.   

Agrega que el fallo omite fijar el alcance de  las  pruebas,  pues se limita a mencionar la existencia de varias de ellas, unas  directas  y otras indirectas, pero en realidad “llega  a  la  conclusión de condena tan solo con la declaración única de cargo de la  víctima”,  declaración  de  la  cual  advierte que  contiene  inconsistencias  en  lo relativo a la identidad y descripción física  del  agresor.   Así  mismo, sostiene que la sentencia nada dice de la hora  de  los  hechos  y  aún  así  dicha  decisión  le  restó  todo mérito a las  atestaciones  del procesado, quien aseguró que para las 2:15 a.m. se encontraba  en su casa de habitación durmiendo.   

En consecuencia, señala que el sentenciador  condenó   “sin   hacer  un  raciocinio  lógico  y  jurídico  de  las  totalidad de las pruebas”, razón  por    la    cual   “vulneró   el   principio   de  motivación”,  de  manera  tal  que  “la  defensa  no ha tenido la oportunidad procesal de enterarse de la  materialidad  de las pruebas en que supuestamente se fundó el fallo”.   

Con fundamento en los anteriores argumentos,  el  libelista solicita a la Sala que declare la nulidad del fallo para que éste  se  rehaga y, de manera alternativa, case la decisión y, en consecuencia, emita  el fallo absolutorio de reemplazo.   

Cuarto   cargo:  falso  raciocinio  en  la  apreciación del testimonio del ofendido.   

Con apoyo en la causal primera de casación,  cuerpo  segundo,  de  que  trata  el  artículo  207-1 de la Ley 600 de 2000, el  recurrente  denuncia  que  el  sentenciador  incurrió  en un error de hecho por  falso  raciocinio,  el  cual  recae en la apreciación del testimonio de ALFONSO  GUZMÁN  URREGO,  por  cuanto  se  le  dio credibilidad, sin tener en cuenta las  declaraciones  que  lo  contradicen,  con  menoscabe  de  la sana crítica y con  errores  en  la apreciación de la prueba.  Por haber incurrido en el yerro  anterior,  el  fallador  aplicó  indebidamente  los  artículos  111, 112, 113,  inciso  2º,  119  y  104-7  de  la Ley 599 de 2000, así como los artículos 7,  170-4, 232-2, 238-2 y 277 de la Ley 600 de 2000.   

En     sustento     del   cargo,    el    impugnante    señala    que   la   declaración   de   la   víctima   es  infirmada   por   la   descripción   morfológica   del  procesado  anotada     en     su     indagatoria.      Así,   mientras     el     ofendido    expresó,    por   una   parte,    que   su   agresor   era   de  estatura   regular    (1.50   mt.,    precisa   el   recurrente),   de   contextura   obesa,   de  cabello  “como        canelado        y        liso”     y     de    30    años    de   edad,     la     Fiscalía,    por    la    otra,   dejó   constancia  en   la   injurada   que   el   procesado      era     de     1.69     mt.     de   estatura,    de   complexión   normal,   de   cabello   ondulado,   color   castaño   claro   y   de   37  años  de  edad.   

De   haber   apreciado  correctamente  las  anteriores  inconsistencias,  es  decir,  de  no  haber  incurrido  en  el falso  raciocinio  -dice el libelista-, el fallador hubiese advertido que el agresor no  estaba  plenamente  identificado.  El yerro reseñado afectó el derecho de  defensa y condujo a la decisión de condena.   

El   censor  agrega  que  el  sentenciador  incurrió,  una  vez  más,  en  un  falso raciocinio al otorgar credibilidad al  dicho  de  la  víctima  en  lo referente a la hora de los hechos, pues mientras  éste  dijo  que  habían  ocurrido  a  las  2:15 a.m., la prueba que obra en la  actuación  permite  inferir  que  a  esa hora aquél se hallaba durmiendo en su  casa  de  habitación,  tal  como  lo  explicaron  Henry González Vergara, Luis  Alberto   Lozano   Acosta   y   María   Lilia   Peña   Amézquita   (o  Amparo  Cárdenas).   

En  consecuencia, el casacionista requiere a  la  Corporación para que, en decisión de reemplazo, declare la absolución del  procesado,  por razón de la garantía del in dubio pro  reo.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1.   En  primer  término,  vale destacar que en el presente asunto sólo procede la casación  excepcional en los términos del  inciso  3º  del artículo 205 del Código Penal, toda vez que no se reúnen los  presupuestos  de  que  trata  el  primer inciso de la norma respecto de  la  casación  común,  esto es, que el fallo de segunda instancia impugnado hubiese  sido  proferido  por  un  tribunal  superior  de  distrito y que la pena máxima  legalmente  prevista para la conducta punible objeto de condena sea superior  a  los  8  años.  Para el  caso  que  ocupa  la atención de la Sala, la sentencia de segunda instancia fue  proferida  por  un  Juzgado  Penal del Circuito y la pena máxima prevista en la  ley        es        de        8        años1.    

2.  Ahora bien,  comoquiera  que  la  vía  de  ataque en casación contra la sentencia proferida  dentro    de    la    presente   actuación   es   la   modalidad   discrecional, el casacionista, en estricto  acatamiento  de  la  ley  y  la  jurisprudencia de la Sala, debe cumplir con las  cargas establecidas para este medio de impugnación extraordinario.   

Recuérdese  que,  cuando de la casación   excepcional   se   trata,  el  demandante  debe  exponer,  así  sea de manera sucinta pero clara y suficiente,  qué  es  lo  que  pretende  con  el  recurso,  teniendo en cuenta que solamente  procede  para  el desarrollo de la jurisprudencia o para garantizar los derechos  fundamentales.   

En tratándose del primer punto, esto es, el  desarrollo    de    la    jurisprudencia,   el   casacionista  debe  mencionar  en  la  demanda  si  con  la  impugnación  de  la  sentencia  de  segunda  instancia  persigue  que  la Corte  unifique  posturas  conceptuales, actualice la doctrina o aborde un tópico aún  no  desarrollado,  precisando,  en  todo  caso,  la  manera  en que la decisión  solicitada  tiene  la  utilidad simultánea de brindar solución al asunto y, al  mismo tiempo, servir de guía a la actividad judicial.   

Y,    respecto    de   la   protección  de los derechos fundamentales,  el  libelista está obligado a desarrollar una argumentación lógica dirigida a  evidenciar  el  desacierto, siendo necesario, por una parte, que identifique con  precisión   la   garantía   que   estima   vulnerada   e  indique  las  normas  constitucionales  que  la  contienen y, por la otra, que demuestre su violación  en  la  sentencia,  a  través  del quebrantamiento de la estructura básica del  proceso o la violación de un derecho fundamental.   

Es  así que a la Sala le compete constatar,  en  este  punto  del  trámite, que el recurrente formule el reparo con estricta  sujeción  a  las  exigencias  de lógica y argumentación suficiente, definidas  por  el  legislador, y desarrolladas por la jurisprudencia, con el propósito de  evitar  que  esta  herramienta  excepcional  se  convierta en una instancia más  dentro  del  proceso,  o  bien  que  se  desnaturalice  la finalidad del recurso  extraordinario.   Los  mencionados  requerimientos están encaminados a que  el  desarrollo  de  los  cargos  de  la  demanda  esté apoyado en unos mínimos  parámetros  de  lógica  y  coherencia,  de manera que resulten inteligibles en  cuanto  a  precisión y claridad, pues de lo contrario, como ya se advirtió, no  puede  la  Corte entrar a subsanar tales falencias, en atención al principio de  limitación.   

Desde  ya la Sala anticipa su conclusión en  el  sentido  de  inadmitir la  demanda,  inferencia  a  la cual llega tras insistir en la necesidad de que para  acudir     al     mecanismo    de    la    casación  excepcional  no basta citar dicha expresión, o adobar  el   planteamiento   casacional   con  frases  de  cajón  alusivas  a  derechos  fundamentales,  sino  que  es  necesario  consultar  y  desarrollar los precisos  presupuestos  para  acudir  a  dicho  instituto y diferenciarlos de aquellos que  permiten  el  recurso  extraordinario  de  casación  por  la vía común.    

Por   lo  tanto,  no  se  cumple  con  una  debida  fundamentación  del  instituto  excepcional a través de argumentos que apenas serían de recibo como  alegatos  de  instancia,  en la medida en que éstos no denotan nada diferente a  una  discrepancia  con  el  contenido  y sentido del fallo, ni van más allá de  reseñar  irritualidades intrascendentes para las garantías procesales. Tampoco  el  hecho de que se acuda al recurso extraordinario en su modalidad excepcional  relega  al  demandante  de su  deber  de mostrar claramente los yerros que pregona, como tampoco de los deberes  de precisión, claridad y debida fundamentación.   

3.  Ahora  bien,  en  el  caso que ocupa la  atención  de la Sala, se observa, por una parte, que el demandante no demuestra  los   presupuestos  que  ameritan  la  admisión  de  la  demanda  por  la  vía  discrecional,  pues,  por  una  parte, se limita a recavar sobre irregularidades  insustanciales  y  a discrepar de la apreciación probatoria del juzgador y, por  la  otra,  los  razonamientos que desarrollan los cargos adolecen de importantes  yerros  que  desconocen  los  principios  de claridad y  precisión,    debida   y  suficiente       argumentación,      autonomía  de  las  causales de  casación,  y  trascendencia.    

Respecto  de  los  tres primeros cargos por  nulidad,  la  Corporación  estima  necesario  recordar  que  las  exigencias  de debida fundamentación son  igualmente  exigibles  del  razonamiento  que pretende denunciar un vicio de esa  naturaleza, como de antaño lo ha fijado su jurisprudencia, así:   

“La  postulación   de   vicios  de  nulidad  en  sede  de  casación  no  escapa  al  cumplimiento  de  unas  exigencias  básicas  que permitan a la Corte abordar el  estudio  técnico  y  jurídico de un fallo o de una actuación, según el caso,  con  un  margen  de  movilidad relativo, de manera que la rigidez formal no haga  nugatoria  la  posibilidad de reajustar la estructura del proceso o la actividad  de  los jueces a la legalidad, sin que este medio extraordinario de impugnación  pierda     sus     características     esenciales     y    principalmente    su  finalidad.”   

“Dentro de ese  contexto,  la  proposición  de nulidades en esta sede no escapa al cumplimiento  de  los requisitos que orientan no sólo la impugnación extraordinaria, sino el  instituto  mismo, de modo que en relación con la causal tercera el casacionista  no  está  relevado de su observancia, comoquiera que este recurso no es en modo  alguno  de  libre  postulación  ni  permite  una amplitud como para que la Sala  entre  a  suplir  las deficiencias argumentativas o a corregir los desatinos del  libelo.”   

“Es así como  el  demandante  en  una  propuesta de nulidad debe identificar la actuación que  contiene  la  vulneración  de  las  garantías  fundamentales  de  los  sujetos  procesales  o  aquella  que  transgreda  las  bases  de  la  instrucción  o  el  juzgamiento,  precisando  el  momento  a  partir  del  cual  se  hace  necesario  retrotraer  lo  actuado  para  que  sea  posible  restablecer  la  legalidad del  proceso.  Además,  le  corresponde determinar cuál es la trascendencia directa  que  el  yerro  de actividad refleja en el fallo y por qué, de no haber mediado  el  mismo  el desarrollo de la actuación sería otro y por consiguiente otra la  decisión  final,  pues  sólo  así  es factible demostrar que la irregularidad  denunciada    solo   puede   remediarse   por   el   remedio   extremo   de   la  nulidad.”2   

La  Corte ha decantado de manera particular  el  deber  que  le  asiste  al  casacionista  de  enseñar  de  qué  manera las  irritualidades             detectadas             tienen            trascendencia en el debido proceso y en la  situación   del   procesado,   y   cómo  la  corrección  del  yerro  conlleva  necesariamente   una   decisión   de   fondo   distinta.    Así   lo   ha  expresado:   

“…impera  señalar  que,  aún cuando tiene dicho la Sala que la postulación de vicios de  nulidad  en  sede  de  casación  flexibiliza el rigor técnico que se espera de  cualquier  escrito que sustente el recurso extraordinario, ello por sí sólo no  exime  al demandante de deber de (…) demostrar la trascendencia directa que el  yerro  de  actividad  refleja  en  el  fallo  y por qué, de no haber mediado el  mismo,  el  desarrollo de la actuación sería otro y, por consiguiente, otra la  decisión  final,  pues  sólo  así  es factible demostrar que la irregularidad  denunciada   solo   puede   remediarse   por   medio   de   la  declaración  de  nulidad”3.     

La   postura  reseñada  deja  en  claro,  entonces,  que  el  impugnante  debe  demostrar no solamente la existencia de la  irregularidad,  sino  además que su corrección habrá de acarrear lógicamente  un  efecto  cierto,  no apenas hipotético, en el sentido del fallo, o al menos,  representar una mejora sustancial a la situación del procesado.   

Los  tres primeros  cargos  de  nulidad  postulados  por  el casacionista,  incumplen  varios  de  los presupuestos anteriormente reseñados, pues denuncian  irregularidades   manifiestamente   intrascendentes,   o   bien   terminan   por  convertirse  en  un  mecanismo  para  discrepar  de  la  apreciación probatoria  contenida  en  la sentencia y, además,  desconocen la realidad procesal de  la actuación.    

De manera adicional, la presentación de los  cargos por nulidad no resulta  acorde   con   el   principio  de  jerarquía  de  las  nulidades,  pues  no  fueron  formulados  en esta sede  extraordinaria  de acuerdo con el poder invalidatorio de cada uno de los motivos  alegados,  como  le  era  exigible  al  libelista.  Es así que es inconsecuente  proponer,   en   primer   lugar,  un  motivo  de  invalidación  que  afecta  la  audiencia  pública, seguido  de   una   causal    que   pregona  por  el  vicio  desde  la  resolución  del  cierre de investigación,  pues   este   último   reproche  es  el  de  mayor  poder  para  retrotraer  la  actuación.   

Y,    respecto    del    último       cargo      –orientado   por  la  vía  del  falso  raciocinio-  ,  en  lo  que  tiene que ver con los yerros en su postulación, el  impugnante,  si  bien  es  cierto  atinó  a  formularlo  en último lugar, como  corresponde  frente  a  los cargos de nulidad, también lo es que no precisó si  lo  aducía  de  manera principal o subsidiaria, de manera que, tal como aparece  en  la  demanda,  tendría  el  mismo  nivel  de  jerarquía  que los cargos por  nulidad,  lo cual resulta naturalmente un contrasentido, pues el cargo por falso  raciocinio debe admitir la validez del proceso.   

La  Corte  podría  pasar  por  alto  las  anteriores  falencias  en  la  postulación  de  los  cuatro reproches siempre y  cuando   los   cargos   atinaran   a  demostrar  una  violación  de  garantías  fundamentales;   no   obstante,   ello   no   es   así,   como   enseguida   se  aprecia.   

     

4.    A    través   del   primer  cargo, el defensor de JOSÉ EDUARDO  GONZÁLEZ      VERGARA      solicita      se     declare     la     nulidad  parcial  de lo actuado, porque en  el  acta de la audiencia pública de juzgamiento no aparece la firma del fiscal,  motivo     por     el     cual     –asegura- su petición de condena carece de validez.   

La irregularidad denunciada por el censor no  tiene  la  trascendencia perjudicial que pretende asignarle.  En efecto, si  bien  es  cierto  que  en  el  acta  de  la audiencia pública de juzgamiento se  observa  que  hace  falta la firma del fiscal (fl. 194, c. principal) , también  lo  es  que  ello  por  sí  mismo  carece  de relevancia para afectar el debido  proceso  o  el  derecho de defensa, pues no existe duda sobre la realización de  la  diligencia, la asistencia y el sentido de la petición del representante del  ente  acusador –la cual fue  corroborada  por  la  firma del director del proceso- ni de la participación en  ella  del  defensor  del  procesado,  con  el fin de ejercer de manera amplia el  derecho   de   defensa,  tanto  en  la  práctica  de  la  prueba,  como  en  la  presentación de los correspondientes alegatos.   

Así  las  cosas, la omisión denunciada no  pasa  de  ser  una  irritualidad  insustancial  que  no  torna  en  inválida la  intervención   y   petición  de  condena  por  parte  de  la  fiscalía.    

Lo  anterior,  por cuanto la estructura del  proceso  no  se vio menoscabada por la omisión que se denuncia, en la medida en  que  la  audiencia  pública,  como  actuación procesal que necesariamente debe  agotarse  para  avanzar  hacia  etapas  posteriores,  tuvo  real existencia y se  llevó   a  cabo  con  el  respeto  a  las  garantías  debidas  a  los  sujetos  procesales.    Por   lo   tanto  –en       atención       al      principio      de      instrumentalidad  de las formas que rige el  instituto  de  la  nulidad-,  si  la  diligencia  surtida  en verdad cumplió su  cometido,  entonces  la  omisión  de  la firma de uno de los sujetos procesales  ninguna validez le resta.   

Además, la Corporación ha precisado que la  ausencia  de  firmas de alguno de los intervinientes en una diligencia carece de  la idoneidad para anular lo actuado, y así lo ha expresado:   

“Ha   de  anotarse,  igualmente, que si bien el artículo 109 del Código de Procedimiento  Civil,  modificado  por  el  artículo  1º,  num.  58 del Decreto 2282 de 1989,  aplicable  al  procedimiento  penal  por  virtud  del  principio  de  remisión,  establece   que  “las  actas  de  audiencias  y  diligencias  deberán  serán  autorizadas  por  el  juez y firmadas por quienes intervienen en ellas, el mismo  día  de su práctica”, también lo es que el artículo 103 ejusdem, no prevé  que  la  falta  de  firma  del  funcionario  en las actas de las diligencias que  realice  derive  inexorablemente  en nulidad o inexistencia del acto, sino sólo  la  posibilidad  de  hacerse  acreedor  a una sanción de tipo disciplinario sin  compromiso  de  la  respectiva  actuación,  pues  conforme al artículo 161 del  decreto  2700  de  1991  (art.  305  del C. de P.P. actual), sólo se consideran  inexistentes  las  diligencias practicadas con la asistencia e intervención del  procesado   sin   la  de  su  defensor,  situación  que  no  es  la  que  aquí  concurre.   

Tampoco  puede  perderse  de vista, que la  jurisprudencia  de  esta Corte se ha orientado por sostener “que las firmas en  las  actas  que  contienen el relato de lo sucedido en una determinada actividad  jurisdiccional  tiene como finalidad que los funcionarios den fe de lo ocurrido,  que  los  otros  intervinientes patenticen su conformidad o inconformidad con lo  descrito  en  relación  con  la  realidad  histórica,  dejando las respectivas  constancias,  en  caso  de  que  ésta  no  coincida total o parcialmente con el  texto;  o  si  se  trata  de  aspectos  más  trascendentes, buscar otro tipo de  soluciones  legales;  tal  sucedería con las verdaderas falsedades, como cuando  el  acta  refleja  hechos  o  circunstancias  relevantes  de  situaciones que no  existieron,  o  deformaciones  de  la realidad. Pero es claro que la ausencia de  firma   de  uno  de  los  intervinientes  no  constituye,  ni  puede  constituir  inexistencia,  tal como ella está prevista en el Código de Procedimiento Penal  actualmente  vigente”   (Cfr.  Cas.  sep.  23 de 1992. Rad. 6821), por lo  cual  jurídicamente  no  resulta  viable  pregonar  la inexistencia -y menos la  nulidad-,   de  la  declaración  rendida  por  la  menor  ofendida.”4   

En    consecuencia,    el   argumento   que   desarrolla   el   primer  cargo   carece           de            la   trascendencia       necesaria      para   emprender      su      estudio     en     esta    sede   extraordinaria     por     la     vía    excepcional,   motivo      por      el      cual      será    inadmitido.   

5.    A    través   del   segundo  cargo, el casacionista reprocha un  motivo  de  nulidad,  el  cual  hace consistir en la violación del principio de  investigación  integral, por  omisión  de  la  práctica  de  las  pruebas que demostrarían la inocencia del  procesado.   

Vista la irregularidad  que pregona el  censor  a  través del segundo  cargo,   la   Sala  estima  necesario  recordar  que  cuando se trata de violación  al  principio  de investigación integral, al libelista  le  corresponde  señalar en forma concreta el elemento de persuasión dejado de  allegar  a  la  investigación, fijando su idoneidad legal y fáctica, es decir,  su  particular  relevancia  dentro del proceso, supuesto que exige definir cuál  es   su   conducencia  y  verdadera  utilidad,  única  manera  de  observar  su  trascendencia  y  aptitud  para  traer  al  expediente un conocimiento más real  sobre los hechos.   

De  igual  manera,  como  la  Sala ya lo ha  decantado,   lo   relevante   para  predicar  la  violación  del  principio  de  investigación  integral  no es la omisión probatoria  en  sí  misma,  sino  la  eventualidad  de que, aquello que la prueba traiga al  proceso,   tenga  la  capacidad  de  modificar  el  sustento  probatorio  de  la  sentencia  y,  por  lo  tanto, de mutar el sentido del  fallo;  en otras palabras, como la Corte lo ha precisado, la trascendencia de la  omisión  “deviene de su oposición a la lógica del  fallo,  pues  sólo  si  lo desquicia imponiendo una orientación distinta de la  que  el  mismo  contiene,  el  cargo puede prosperar”  (subraya    la    Sala    en   esta   oportunidad)5.   

Vistos  los  derroteros  que  orientan  las  exigencias  de  lógica  y  debida  argumentación  exigibles  a  la  demanda de  casación  en orden a que sea admitida por el motivo invocado, la Corte advierte  que  los  razonamientos  que  ofrece  el  demandante no  cumplen  con los presupuestos enunciados, toda vez que  se  limitan  a  formular  hipótesis  inciertas  sobre  los  beneficios  que, en  criterio  del  censor,  traería  al  estado  probatorio  de  la  actuación, la  práctica  de testimonios, de una inspección judicial y hasta de un examen a la  visión  del  ofendido,  con  el  fin de abrir una nueva senda de argumentación  probatoria,  diferente  de  aquella  que  utilizó  el fallador para edificar el  juicio de condena.   

Es  así  que,  al  pedir  en  esta  sede  extraordinaria  que  se anule lo actuado a partir de la resolución de cierre de  investigación  y se introduzcan nuevas pruebas, el defensor pretende oponerse a  los fundamentos probatorios del fallo.    

En  efecto,  véase de qué manera  el  sentenciador  edificó  el  juicio de responsabilidad de JOSÉ EDUARDO GONZÁLEZ  VERGARA  respecto  de  las  lesiones  personales agravadas ocasionadas a ALFONSO  GUZMÁN URREGO:   

El  juzgador advirtió la seguridad con que  el  ofendido  -no  obstante  su  avanzada  edad  y algunas inconsistencias en la  descripción  que  dio  del  procesado,  las  cuales  calificó de irrelevantes-  logró  identificar  a  su  agresor;  así  mismo,  consideró  que  la víctima  precisó   que   el   victimario  no  era  otro  que  el  hijo  de  ‘Juan         Guapo’,  y  que  no  podría confundirlo con  otro,  pues  “lo  distingo en muchas partes, como en  Ubalá  y  como  en  Gachetá,  se  la  pasa pintando zócalos, postas y paredes  vecinales”.   

En lo que tiene que ver con el testimonio de  Luis  Alberto Lozano, quien apoyó la coartada del acusado al confirmar que para  el   momento   de   la  agresión  se  hallaba  con  éste  consumiendo  bebidas  alcohólicas   en   el   establecimiento   de   “Don  Tolima”, el juzgador apreció que su dicho no tenía  la  virtud  de  descartar  la  ocurrencia  de los hechos.  Por el contrario  –apreció  el  fallador-,  encontró  que  confirmaba  la  versión del ofendido, toda vez que este último  aseguró que el ofensor se hallaba en estado de embriaguez.   

Así   mismo,  el  sentenciador  detectó  numerosas  inconsistencias  en  la exculpación del procesado, en particular que  su  explicación  fue  desmentida  por la declarante Lucinda Velandia.  Por  otra  parte,  en  relación  con  los  testimonios  de  Henry González y Sandra  Cárdenas,  parientes  de  GONZÁLEZ VERGARA, el juzgador consideró que no eran  idóneos   para   confirmar   las   explicaciones  del  acusado,  pues  buscaban  favorecerlo  por  razón  del  parentesco  y,  además,  porque no concuerdan en  aspectos importantes con las atestaciones del procesado.   

El  Tribunal  estimó  que  la apreciación  individual  de las anteriores circunstancias “por sí  solas  no  dan  mayores  luces  de  lo que ocurrió, pero analizadas en conjunto  apuntan       a      la      responsabilidad      del      implicado”.   

Así,    construido    el   juicio   de  responsabilidad  por  el  sentenciador, la Sala encuentra que las pruebas que el  censor    estima   omitidas   solamente   buscan   abrir   nuevas   –e inciertas- posibilidades probatorias  para oponerse al sustento del fallo.    

Por  lo  tanto,  el  examen  de visión que  propone   el  censor  consistente  en  que  se  le  practique  al  ofendido,  su  exploración  mental,  la  inspección judicial para constatar la visibilidad en  el  lugar del hecho, o bien la identificación de los demás hijos del individuo  a    quien    se    conoce    como   ‘Juan          Guapo’,   no  son  más que mecanismos para oponerse a la conclusión  de  juzgador,  para  quien  la  nocturnidad  y  la avanzada edad del agredido no  fueron  un  obstáculo  para  reconocer  con seguridad a su agresor, pues de él  pudo  dar una descripción física coincidente en varios aspectos, y detallar su  ocupación y lugares de trabajo.   

Del  mismo  modo,  la  determinación de la  ubicación  de  la  casa  de  habitación  del  procesado  con respecto a la del  ofendido,  así como la declaración de los familiares de GONZÁLEZ VERGARA, son  también  mecanismos encaminados a enfrentar la apreciación judicial, según la  cual  la  versión  de  los parientes de aquél no es creíble, por razón de la  solidaridad  que  se  genera del parentesco.  Y, respecto del testimonio de  los  vecinos  del  lugar,  el  censor  no  avanza  más  allá  de  afirmar  que  “tuvieron  que  percibir  el  escándalo”,  sin  enseñar  a  la  Corte  cuál nueva información podrían  éstos  aportar  para  derribar el fundamento probatorio del fallo, no a título  de mera hipótesis, sino con probabilidad de certeza.     

Desarrollado así el argumento que sustenta  el  segundo  cargo es notoria  su  ineptitud para demostrar  una  violación  al  principio de investigación integral, con incidencia cierta  en  el  debido  proceso  o  el  derecho de defensa.  En consecuencia, será  inadmitido   a  esta  sede  extraordinaria.   

6.    A    través   del   tercer  cargo,  el  censor  critica que la  sentencia  adolece  de indebida motivación,  toda  vez  que omite fijar el alcance de las pruebas –pues  nada  dice  de  la  hora  de los  hechos,  le  restó credibilidad al dicho del procesado y se fundó solamente en  las  atestaciones del ofendido-, motivo por el cual son desconocidas las razones  sobre las que se edificó la condena.   

En  primer lugar, es necesario subrayar una  importante  falencia  en  la petición que el recurrente dirige a la Sala, pues,  por  una  parte,  pide  -de manera principal- que se anule parte de lo actuado y  -de  forma  subsidiaria-  solicita  que se case el fallo y se profiera decisión  absolutoria.   Lo anterior permite precisar que si el impugnante estima que  la  sentencia  ha sido dictada en un juicio viciado de nulidad, no le está dado  pedir,  en  el  mismo cargo, absolución, sino la declaratoria, total o parcial,  de  invalidez de lo actuado, pues solamente así es posible emitir una decisión  válida.   

En segundo lugar, se hace necesario precisar  que  el  yerro  así  propuesto  carece  de  la debida  claridad  y precisión, pues no obstante que se enuncia  como  un  vicio que toca con la motivación del fallo, termina por cuestionar la  apreciación  probatoria  sobre la que se construyó el juicio de condena.   Así    las    cosas,    el    cargo    no    solamente   resulta   confuso,  sino  que su sustentación viola  el  principio de autonomía de las causales,  en  tanto  que  lo  que  en un comienzo enuncia como un motivo de  nulidad,   lo   acaba  desarrollando  –de  manera,  por  demás errada-  como una violación indirecta  de la ley sustancial, por vía del error de hecho.   

Además  de las inconsistencias reseñadas,  la  Corte  observa  que,  luego  de confrontar el razonamiento que desarrolla el  cargo  con  el  contenido de la sentencia, surge nítido que aquél desconoce la  realidad procesal.    

En efecto, la Sala constata que –tal  como  lo precisó al ocuparse del  cargo  anterior-  el  fallo  razonó  sobre  todas  las  pruebas que obran en la  actuación  y  fijó adecuadamente su alcance, cosa distinta fue que no apreció  la   prueba   conforme  los  intereses  del  libelista.   Y  no  es  cierto  –al  contrario  de lo que  afirma  el  demandante-  que la decisión de fondo nada hubiera dicho de la hora  de  los  hechos, ni que se haya fundado solamente en la versión de la víctima,  pues  –tal  como se dejó  analizado    en    acápite   anterior-   la   sentencia   admite   –desde  la  enunciación  de los hechos  objeto  de investigación- que éstos ocurrieron hacia las 2:15 a.m. y, además,  se  fundó  en  la  apreciación,  no  individual  sino conjunta de las pruebas,  estimación    que,    por    cierto,    no   coincidió   con   los   intereses  defensivos.   

Sin  necesidad de mayores razonamientos, la  Corporación   considera   que  el  argumento  con  el  cual  se  desarrolla  el  tercer   cargo  de  nulidad  contradice  el  contenido  de la sentencia    y   carece  de     una    debida    fundamentación,      motivo      por      el      cual      será     inadmitido.   

7.    Por    medio   del   último  cargo,  el  recurrente pregona un  falso  raciocinio que habría  tenido  lugar al otorgar credibilidad el sentenciador al dicho del ofendido, sin  tener  en  cuenta  que  incurrió  en  graves inconsistencias en la descripción  morfológica del procesado.   

De cara a la vía de ataque seleccionada, la  Sala  estima  necesario  recordar los presupuestos que informan el desarrollo de  la    censura    por   falso   raciocinio en esta sede extraordinaria:   

“Cuando  la  censura  se  funda  por  los  senderos  de  la  violación  indirecta  de la ley  sustancial  por error de hecho por falso raciocinio, el casacionista, con el fin  de  cumplir  con  el presupuesto anteriormente señalado, debe indicar cuál fue  la  ley  de  la  lógica,  el  principio  de  la  ciencia  y/o  la máxima de la  experiencia  vulnerada,  de  qué  manera  lo  fue  y  su incidencia en la parte  dispositiva de la sentencia.”   

“Recuérdese  también  que,  cuando  el  reproche   se   apoya   en   la  nomenclatura  anteriormente  mencionada,  surge  indispensable  que  el  censor  enseñe  y demuestre el vicio que le enrostra al  juzgador,  habida  cuenta  que la simple discrepancia de criterios no constituye  yerro  para  ser  atacado  en esta sede, puesto que el juzgador goza de libertad  para  justipreciar  los  medios de prueba, sólo limitado por los postulados que  informan la sana crítica.”   

“En  lo  atinente a la trascendencia del  error  en  la  apreciación  probatoria,  necesario es que el casacionista tenga  para  ese  efecto  todos  los  medios  de  prueba  que  sustentaron el juicio de  condena,  en  la  medida  en  que  si  el  mismo  resulta  inane,  la  sentencia  permanecerá incólume.”   

“Por  último, con el objeto de integrar  la  proposición  jurídica  completa, el libelista debe señalar cómo el error  en  la  apreciación  de  las  pruebas condujo a aplicar una norma que no era la  llamada  a  gobernar  el  asunto  o,  a  excluir otra que sí dirimía el objeto  litigioso    desde    el    plano    del    juicio    de    derecho.”6   

Así las cosas, la Corporación aprecia con  nitidez  que el impugnante, si bien es cierto cumple con identificar el medio de  convicción  sobre  cuyo  mérito habría recaído el yerro, también los es que  incumple  con  todos  los  demás  presupuestos  reseñados, pues no atina a: i)  identificar  cuál  fue  la  regla de experiencia que aplicó el sentenciador al  estimar  el  testimonio  de GUZMÁN URREGO, ii) de qué manera esa máxima de la  experiencia  transgrede  las reglas de la sana crítica, iii) menos aún de qué  manera  la  corrección  del  yerro  conduce necesaria y lógicamente a mutar el  sentido de la decisión de fondo.    

El  casacionista  tan  solo  logra  con  su  razonamiento  denunciar  que el fallador no hubiese apreciado de otra manera las  inconsistencias  de las atestaciones del ofendido, particularmente las relativas  a  la  descripción  del  agresor.   Pero,  el juzgador, no obstante que en  verdad  advirtió  la  existencia  de  esas  contradicciones,  las  calificó de  irrelevantes  y  consideró que, en líneas generales, el agredido describió de  manera  acertada a su victimario, sin que el censor en esta sede logre demostrar  cómo  el  juzgador, con su evaluación probatoria, pudo violar las reglas de la  sana  crítica,  yerro  que  la  Corte –por  demás-  no  encuentra  materializado, pues el razonamiento del  sentenciador  no  desborda  las  facultades  de  tasación que le asisten.    

Con todo, el impugnante pierde de vista que  –como ya se vio- el juicio  de  responsabilidad no se fundó solamente en la declaración de la víctima, de  manera   que   aún  cuando  el  yerro  de  apreciación  probatoria  encontrara  materialidad   carecería  por  completo  de  trascendencia  para  modificar  la  decisión de fondo.   

Baste  lo  anterior  para  concluir  que el  argumento  que  desarrolla  el  cargo  por  falso  raciocinio  no  cumple con el  principio    de   debida   argumentación,      motivo      por      el      cual      será     inadmitido.   

CASACIÓN OFICIOSA  

1. Del estudio del contenido de la decisión  impugnada,  la  Sala  advierte la existencia de una irregularidad ostensible que  afecta    la    garantía   fundamental   al   debido  proceso,  por vía de la violación al principio de la  legalidad  de  las  penas,  comoquiera  que  surge  evidente  que el sentenciador erró en la determinación  del  ámbito  de movilidad punitiva y, además, escogió el cuarto equivocado en  perjuicio   del   procesado,  yerro  este  último  que  requiere  su  inmediata  corrección,  habida  cuenta que la Constitución y la ley le imponen a la Corte  Suprema  de  Justicia  el  deber  de efectivizar el derecho material, como lo ha  precisado la jurisprudencia de esta Corporación.   

2.   Con   el   fin  de  identificar  las  irregularidades,      véase      de     qué     manera     el     a-quo    realizó    el   ejercicio   de  dosificación de la pena:   

En primer lugar, en aplicación de la regla  de    unidad    punitiva,  determinó  -de  forma  acertada- que la pena más grave era la prevista para la  perturbación  funcional  permanente  (inciso  2º del artículo 114 del Código  Penal).   Así,  estableció  que el ámbito de movilidad punitiva abarcaba  desde   los   48  hasta  los  108  meses,  de  manera que cada cuarto de punibilidad tendría una extensión  de  15, así: el primero desde los 48 a los 63 meses, el segundo de los 63 meses  y  un día hasta los 78 meses, el tercero desde los 78 meses y un día hasta los  96 y, el último, desde los 96 meses y un día hasta 144.   

Allí  ya se detecta la primera falla en el  ejercicio  de  dosificación, pues el a-quo  no  determinó  correctamente  el  ámbito  de movilidad punitiva,  concretamente  su  límite superior.  El aludido rango temporal en realidad  abarcaba  desde los 48 meses hasta los 144   –no  hasta  108-  toda  vez  que  la  agravación que establece el artículo 119 del Código  Penal  (norma  imputada  en  la  resolución  de  acusación,  en  asocio con el  artículo  104-7  del mismo Estatuto), determina que el incremento, con respecto  de  la  pena  básica de la perturbación funcional permanente (3 a 8 años), es  de   la   tercera   parte   a  la  mitad.   

Ello  significa  que  el  nuevo  ámbito de  movilidad,  según la regla prevista en numeral 4 del artículo 60 de la Ley 599  de   2000,   transcurre   desde   los   4   hasta   los  12  años  –y  no  hasta  los  9,  como  de  forma  equivocada  lo  fijó  el  juez-  pues  si  la  pena máxima prevista en el tipo  básico  es de 8 años, entonces la mitad de dicho guarismo (4) se suma a aquel,  para obtener así un límite máximo de 12 años, o 144 meses.   

Ahora  bien,  determinada,  de  la  manera  equivocada  como ya se precisó, la extensión de los cuartos punitivos, el Juez  de  primera  instancia  escogió  el  segundo de ellos o, lo que es lo mismo, el  primero    de    los    cuartos    medios.     Lo   anterior   –explicó- por cuanto el inciso segundo  del  artículo  61 del Código Penal así lo permite, para aquellos casos en los  que,   como   en   este,   concurren   circunstancias   de   agravación   y  de  atenuación.   

3. La Corporación estima necesario señalar  lo  equivocado  de  la interpretación del inciso 2º del artículo 61 de la Ley  599  de  2000  que  hiciera  el juez de primera instancia, toda vez que, como lo  enseña  la  norma  y  lo  ha  precisado  la  jurisprudencia,  las  atenuantes y  agravantes,  o  bien las circunstancias de atenuación  y  agravación  punitivas,  cuya concurrencia o inexistencia en un caso concreto  permiten  escoger  el  cuarto  dentro  del  cual ha de  individualizarse  la  pena de prisión, corresponden a  las  de mayor y menor punibilidad que se describen en los artículos 55 y 58 del  Código Penal.   

Así lo ha enseñado la jurisprudencia de la  Corte:   

“De igual modo,  quiere  hacer  claridad  la  Sala  respecto a que las circunstancias que en este  punto  se  manejan   son  las  genéricas  de mayor y de menor punibilidad,  reguladas  por  los artículos 55 y 58 del Código Penal, siempre que las mismas  “no  hayan  sido  previstas  de  otra  manera”,  esto  es,  que  no se hayan  consagrado      normativamente     –y  con  la  misma naturaleza- como específicas o confortantes de la  estructura  del  tipo,  pues,  de  así  suceder,  ellas  ya  han  debido  tener  aplicación   al  fijarse  inicialmente los límites mínimo y máximo, sin  que    tengan   cabida   nuevamente   ,   so   pena   de   aplicar   una   doble  incriminación”7.    

En  efecto,  la  anterior conclusión puede  deducirse  con  facilidad a partir del encabezado del aludido artículo 58, pues  allí  se  especifica  que:  “Son  circunstancias de  mayor   punibilidad,   siempre  que  no  hayan  sido  previstas    de   otra   manera…”   (subraya   la  Sala).        Lo       anterior       significa       que      –como   lo  sostuvo  la  Corte  en  el  precedente  citado- las circunstancias calificatorias de la conducta punible que  enuncia   el   artículo   58   se   tendrán  en  cuenta  en  el  ejercicio  de  individualización   de   la   pena   privativa   de  la  libertad  –específicamente al momento de escoger  el  correspondiente cuarto de movilidad punitiva-  solamente si no han sido  deducidas  antes,  como  motivos  específicos  de  agravación,  tal como aquí  ocurrió.   

Recuérdese que la resolución de acusación  edificó   la   imputación   fáctica   y   jurídica   sobre   los  artículos  1118,     inciso     2º     del     1129,     inciso     2º     del  11310,     inciso     2º     del     11411  y,  en  concordancia con el  artículo  11912,  hizo  concurrir  la causal de agravación de que trata el numeral  7º         del         artículo         10413  de  la ley 599 de 2000. Por  parte   alguna   se  observa  la  imputación  de  una  circunstancia  de  mayor  punibilidad, de las previstas en el artículo 58 del Código Penal.   

Sin  embargo,  el juez de primera instancia  estimó  que  le  era dado ubicar la pena en el primer cuarto medio de movilidad  punitiva,  por  cuanto,  al lado de circunstancias de atenuación (las cuales no  precisa),  concurría,  además,  la  de  agravación  del  artículo  104-7 del  Código  Penal.  No obstante que dicha circunstancia en verdad fue imputada  en  el  pliego  de  cargos,  es  evidente  que  no puede servir de criterio para  escoger  el  cuarto  de  movilidad  porque  ya  fue  deducida en el ejercicio de  dosificación   de   la  pena,  más  precisamente  al  determinar  –así   fuere  de  manera  errada-  el  mínimo y el máximo de la sanción.    

En  verdad  el  juez  dedujo la agravación  prevista  en  el  artículo 119, en concordancia con el 104-7 del Código Penal,  al  momento  de determinar el ámbito de movilidad de la pena.  Lo anterior  surge  nítido  cuando  explica  que los límites mínimos y máximos de la pena  prevista   en  el  inciso  2º  del  artículo  11414  deben  ser  “aumentados   de  una  tercera  parte  a  la  mitad  por  el  aludido  agravante.   Traducidos  a meses equivalen a 36 y 72 meses respectivamente,  pero  teniendo  en  cuenta  que  existen  circunstancias modificadoras,  de  conformidad  con  lo establecido en el numeral 4º del artículo 60  del C.  Penal,  la tercera parte se aplicará al mínimo y la mitad al máximo, es decir  que   el   quantum  que  se  tendrá  en  cuenta  es  de  48  y  108” (fl. 203).   

De  manera  que, ya deducida por el juez de  primera  instancia la agravación del artículo 104-7, al determinar en 48 y 108  meses  el  ámbito  punitivo  de movilidad -insiste la Sala, así fuere de forma  incorrecta-,  no  podía  luego  utilizar la misma circunstancia para escoger el  primer cuarto medio.    

Y  aún  cuando  pudiera  entenderse que el  numeral  5  del  artículo 58 recoge en buena parte la mayoría de los elementos  de  la  causal  específica que agrava la sanción según el artículo 104-7, lo  cierto  es  que  si,  en  la  resolución  de acusación, el aprovechamiento del  estado   de   indefensión   fue   imputado  como  una  causal  de  agravación  específica para las lesiones  personales,   y   no  como  circunstancia  de  mayor  punibilidad   del   artículo   58   (o  circunstancia    genérica   de   agravación   punitiva,  como  de manera más clara aparecía descrita en el Código Penal  de  1980), entonces el correspondiente incremento solamente se podía deducir en  la  sentencia  al  determinar  los  límites del ámbito de movilidad, y no para  escoger el cuarto punitivo.   

Podrá  decirse  que  el  dislate  en  que  incurrió   el   a-quo,  al  determinar  la  extensión del ámbito de movilidad, no es trascendente, pues en  últimas  favoreció al procesado, en la medida en que redujo de 144 a 108 meses  su  límite  máximo.  Al respecto, la Sala encuentra que en verdad, debido  al  principio  de  prohibición de reforma peyorativa, no le está dado corregir  en  esta  sede  extraordinaria la equivocación del sentenciador, en lo relativo  al  ejercicio  de  dosificación  de  la  pena,  cuando  el  yerro  favorece  al  procesado.    

Y, aún cuando en este caso lo hiciera, ello  no  afectaría  la  situación  de  aquél,  pues,  como  se verá enseguida, al  efectuar  los  reajustes  necesarios,  como  consecuencia  de  reubicar  la pena  –como  corresponde- en el  cuarto   mínimo,   la  incidencia  de  la  aludida  corrección  prácticamente  desaparece,   porque  la  sanción,  respetando  el  criterio  del  a-quo,  habrá  de  ser  fijada  cerca  al  límite  inferior  del cuarto mínimo -48 meses-, límite que el juez determinó  de manera correcta.    

En efecto, la equivocación del juzgador al  escoger  el  primer  cuarto  medio -y no el mínimo- resulta perjudicial para el  procesado,  y  ello  no  deja  de  ser así aún cuando se considere que la pena  fijada  en  la  sentencia  -64  meses-  se  encuentra dentro de los límites del  cuarto  mínimo, si su extensión se hubiera determinado correctamente.  Lo  anterior  encuentra  apoyo  en  que el funcionario judicial, una vez escogido el  cuarto  punitivo,  fijó   la  pena  muy  cerca de su límite inferior; por  manera  que  la  sanción de 64 meses, no obstante que en verdad se ubica dentro  de  los  límites  del  cuarto  mínimo  legalmente determinado, en todo caso no  puede  mantenerse en esta sede, pues se aproxima más a su límite superior y no  –como lo quiso el juez- al  inferior.   

4. En consecuencia, la corrección del yerro  reseñado    exige    la    redosificación   de   la  pena, en los siguientes términos:   

La  Sala, como lo advirtió en precedencia,  habrá  de respetar entonces la extensión de los cuartos punitivos, en tanto la  manera  como  la  determinó  el  juez favorece al procesado, pero corregirá la  equivocación  atinente  a  su  selección,  al tiempo que respetará los demás  parámetros  y  criterios  fijados  por el juez para la individualización de la  pena.   

Así  las  cosas, la Corte ubicará la pena  dentro  del  primer cuarto, es  decir, entre los 48 y 63 meses de prisión.    

Ahora bien, como el sentenciador partió del  límite  inferior  del  cuarto punitivo seleccionado (63 meses) y lo incrementó  en  un  mes,  para  obtener  así  una  pena  de 64 meses, entonces, de la misma  manera,  la  Sala  habrá  de  partir del límite inferior del primer cuarto (48  meses),   y   efectuará   sobre  dicho  guarismo  un  incremento  en  la  misma  proporción.    

El  porcentaje  utilizado  por  el  juez de  primer  grado  para incrementar la pena a partir del límite inferior del cuarto  punitivo  escogido  (63  meses)  equivale  al  1,6% de dicha cifra; entonces, el  incremento  en  la  misma  proporción, a partir del límite inferior del primer  cuarto  (48  meses), corresponde a 23 días.   

Por  lo  tanto,  la  Corporación habrá de  fijar  la  pena  privativa  de  la libertad, de manera definitiva, en cuarenta y  ocho   (48)   meses   y   veintitrés   23  días  de  prisión, término al cual se  reducirá  igualmente la pena  accesoria  de  inhabilitación  para  el  ejercicio de  derechos  y funciones públicas, pues ésta se sujetó a la duración de la pena  corporal.     

En  todo lo demás, la sentencia mantendrá  su vigencia.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

PRIMERO:  INADMITIR  la  demanda  de  casación    presentada    por    el   defensor   del   procesado   JOSÉ         EDUARDO         GONZÁLEZ         VERGARA.    En  consecuencia,  se  declara  DESIERTO      el  recurso.   

SEGUNDO:    CASAR    DE    OFICIO    Y  PARCIALMENTE    la   sentencia   recurrida   y,   en  consecuencia,   condenar  a  JOSÉ  EDUARDO  GONZÁLEZ  VERGARA  a  las  penas  principales  de  48  meses  y  23  días   de   prisión   y  multa  en  40  salarios    mínimos    legales    mensuales    vigentes    y   a   la  accesoria  de  inhabilitación  para  el  ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  mismo  lapso  de  la privativa de la  libertad,  como  autor  de  la  conducta  punible de lesiones personales dolosas  agravadas.   

TERCERO:  PRECISAR  que  en los demás  aspectos la sentencia mantiene su vigencia.   

Contra  esta  decisión  no  procede ningún  recurso.   

Cópiese,  notifíquese,  devuélvase  al  Juzgado de origen y cúmplase.   

COMISIÓN DE SERVICIO  

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

JOSE  LEONIDAS  BUSTOS  MARTÍNEZ                         SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

ALFREDO  GÓMEZ  QUINTERO                        MARÍA     DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ    DE  LEMOS        

           COMISIÓN      DE  SERVICIO   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                                     JORGE                       LUIS                      QUINTERO  MILANÉS             

                  PERMISO   

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS                                                   JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  El hecho ocurrió en abril de 2006 en el municipio de  Gachetá  (Cundinamarca), cuando aún no entraba en vigencia en ese departamento  el  incremento  punitivo  de la tercera parte  fijado en el artículo 14 de  la Ley 890 de 2004.   

2  Sentencia de 18 de noviembre de 2004, radicación No.  21850   

3  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,  sentencia   de   7   de   marzo  de  2006,  radicación  No.  24132.   

4  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,  sentencia de 27 de mayo de 2004, radicación No. 19918.   

5  Corte Suprema de Justicia, sentencia de casación del  8 de noviembre de 2002, radicación: 14243   

6  Corte  Suprema  de Justicia, auto de 13 de febrero de  2008, radicación: 26017   

7  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,  sentencia  de 27 de mayo de 2004, radicación No. 20642   

8  “LESIONES.  El  que  cause a otro daño en el cuerpo o en la salud, incurrirá  en las sanciones establecidas en los artículos siguientes.”   

9 “Si  el  daño  consistiere  en  incapacidad  para  trabajar  o enfermedad superior a  treinta  (30) días sin exceder de noventa (90), la pena será de uno (1) a tres  (3)  años de prisión meses de prisión y multa de cinco (5) a 10 (10) salarios  mínimos legales mensuales vigentes.”   

10  “Si  [la  deformidad] fuere permanente, la pena será de prisión de dos (2) a  siete  (7)  años  y  multa  de  veintiséis (26) a treinta y seis (36) salarios  mínimos legales mensuales vigentes.”   

11  “Si  [la  perturbación funcional] fuere permanente, la pena será de tres (3)  a  ocho  (8) años de prisión y multa de veintiséis (26) a treinta y seis (36)  salarios mínimos legales mensuales vigentes.”   

12  “Circunstancias de agravación punitiva. Cuando con  las  conductas  descritas  en  los artículos anteriores, concurra alguna de las  circunstancias   señaladas  en  el  artículo  104  las  respectivas  penas  se  aumentarán de una tercera parte a la mitad.”   

13  “   Circunstancias de agravación: 7. Colocando a la víctima en  situación   de   indefensión   o   inferioridad   o  aprovechándose  de  esta  situación.”   

14  Sobre  esta  norma se dosifica la pena, en virtud del  principio de unidad punitiva (artículo 117 del Código Penal).     

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