31142(26-03-09)

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 31142  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 090  

Bogotá  D.C.,  veintiséis (26) de marzo de  dos mil nueve (2009).   

V   I   S   T   O   S   

La  Sala  resuelve sobre los presupuestos de  lógica  y  debida  argumentación  de la demanda de casación presentada por el  defensor  del  procesado  HERNANDO  FLÓREZ  RAMÍREZ.   

H E C H O S  

Así los resumió el sentenciador de segundo  grado:   

“El  19  de  mayo  del año 2000, formuló  denuncia    el    señor    JOSÉ    ANASTASIO    LEÓN    contra   HERNANDO  FLÓREZ RAMÍREZ por hechos que,  en resumen, relató así:”   

“En  el  Juzgado Promiscuo del Circuito de  Puerto  López  (Meta) cursaba proceso penal contra su denunciado, por el delito  de  estafa del que fue víctima cuando aquél, en condición de representante de  la  sociedad  “Ingellano  Limitada”  prometió  comprarle  y pagarle, según  contrato  que  firmaron en el mes de febrero de 1993, un remolcador fluvial y un  bote  o  planchón  por  la  suma  de ciento cincuenta millones de pesos, de los  cuales  sólo  le  pagó  la  mitad  y,  en  cambio,  realizó  transacciones no  autorizadas  sobre  los  bienes.  Cuando se realizaba la audiencia pública  en    el   mes   de   febrero   de   1999,   FLÓREZ  RAMÍREZ  consiguió  dilatarla,  pues  le propuso una  transacción  que  él aceptó, consistente en la suscripción de un contrato en  que  el  acusado,  para  repararle  íntegramente  los  daños  y perjuicios, le  ofreció  una  suma  de $335.000.000 que le pagaría en cuotas que discriminaron  así:  la  primera por $20.000.000 el día 24 de ese mismo mes, fecha en la cual  serían  levantadas  las  medidas  cautelares  que  gravaban las mismas unidades  fluviales;  la  segunda  y tercera por iguales valores, a pagar el 15 de abril y  el  15  de  junio del mismo año, fecha en la cual el denunciante desistiría de  la  acción  civil  y,  a  la  vez,  su  apoderado  solicitaría preclusión del  proceso,    por    pago    de    la   obligación,   obligándose   FLÓREZ  RAMÍREZ a constituir hipoteca de  las  unidades  fluviales  a  favor del denunciante, lo cual no hizo; el resto de  dicha  suma en cinco contados de $55.000.000 pagaderos cada seis meses, a partir  del  15 de diciembre de 1999, respaldando cada cuota con letras de cambio.   Pero   el   denunciado  FLÓREZ  RAMÍREZ sólo le pagó $31.000.000.”   

“El  denunciante  agregó  que  viendo  el  ánimo   conciliatorio  que  le  demostraba  HERNANDO  FLÓREZ   RAMÍREZ   mediante  los  primeros  abonos,  nuevamente  cayó  víctima  de  sus  mentiras,  argucias y engaños, y el 14 de  abril  de  1999 suscribieron promesa de venta y él le firmó escritura pública  transfiriéndole   dominio   y  propiedad  del  predio  rural  denominado  “La  Cristalina”  del municipio de Puerto Carreño (Vichada), contra el cual pesaba  embargo  en  proceso  ejecutivo   con título hipotecario que adelantaba la  Caja  Agraria  (hoy  Banco  Agrario)  y  estaba  para  remate, comprometiéndose  FLÓREZ  RAMÍREZ a tramitar  y  obtener,  con  respaldo en este bien inmueble, un crédito hipotecario con el  cual  pagaría  aquella  deuda  en su totalidad.  Sin embargo, FLÓREZ  RAMÍREZ nuevamente lo engañó,  pues  no  tramitó  ningún  crédito  con  la escritura del bien inmueble y, en  cambio, el bien quedó afectado como de “vivienda familiar”.   

“De  otra  parte, su denunciado logró que  él  girara,  a  favor de la señora JOVY ESTELA MOSQUERA (empleada de confianza  del  sindicado  en  un  restaurante  que éste administraba como secuestre en la  ciudad  de  Bogotá), una letra de cambio por valor de $200.000.000, con la cual  FLÓREZ     RAMÍREZ  demostraría  ante  la  Corporación  Financiera,  que aquella tenía suficiente  solvencia  económica  para que le sirviera de fiadora para obtener crédito que  estaba  tramitando,  desconociendo  el  denunciante el destino finalmente dado a  esa letra de cambio.”   

“Igualmente, aprovechando el denunciado su  condición  de  auxiliar de la justicia o secuestre ante despachos judiciales de  las  ciudades  de  Villavicencio  y  Bogotá, teniendo a su cargo un restaurante  secuestrado   en   la  vía  Bogotá  –  La  Calera,  le  pidió  y  obtuvo  que  le firmara un contrato de  arrendamiento  simulado,  por valor de $3.000.000 mensuales, del cual no sabe la  destinación.”   

A N T E C E D E N T E S  

1.   Por  los  anteriores  hechos,  el  31  de  julio de 2003 (fl., cuaderno), la Fiscalía 9ª  Seccional    de    Villavicencio   acusó  a  HERNANDO FLÓREZ RAMÍREZ   y   JOVI  STELLA  MOSQUERA  BLANCO  por  la  conducta punible de estafa agravada (artículo 356  del  Código Penal de 1980, en concordancia con el numeral 1º del artículo 372  del  mismo  Estatuto).   La  decisión  fue  apelada  por la defensa de los  acusados  y  confirmada  en  segunda instancia por la Fiscalía Tercera Delegada  ante  el Tribunal de Villavicencio, en decisión del 25  de marzo de 2004.    

2.  El Juzgado  3º  Penal  del  Circuito  de Villavicencio dio inicio a la etapa del juicio, la  cual  continuó  en  el  Juzgado  Promiscuo  del  Circuito  de  Puerto  Carreño  (Vichada),  despacho que el 31 de octubre de 2006 profirió sentencia, por medio  de  la  cual  absolvió a JOVI  STELLA  MOSQUERA  BLANCO  y condenó a HERNANDO FLÓREZ  RAMÍREZ  a  las  penas  principales  de  40  meses de  prisión  y  multa  de $150.000 pesos, así como a la accesoria de interdicción  para  el ejercicio de derechos y funciones públicas por término igual al de la  pena  privativa de la libertad, como autor responsable de la conducta punible de  estafa  agravada  (artículo  356   y  372-1 del Código Penal de 1980), al  tiempo  que  lo  condenó  al pago de los perjuicios materiales ocasionados a la  víctima y le concedió la prisión domiciliaria.    

3.  Apelada la  sentencia  por  el  defensor  del condenado, fue confirmada en segunda instancia  por  el  Tribunal  Superior  de  Villavicencio, a través de decisión del 15 de  julio  de 2008 (fl. 6 – 17,  cuaderno del tribunal).   

L  A      D  E  M  A N D  A    D E   C A S A C I Ó N   

El  defensor  del  procesado  HERNANDO  FLÓREZ RAMÍREZ presenta demanda  de  casación  en la que, tras ofrecer su propia interpretación de los hechos y  confundirlos  con  la  actuación  procesal,  postula cuatro cargos, todos ellos  edificados  sobre  la  violación  indirecta de la ley  sustancial   por  error  de  derecho,    en    la   modalidad   de   ‘falso         juicio        de  regularidad’,  y uno más  de  nulidad por deficiencias  en   la   gestión   de   la   defensa   técnica;   sus   argumentos   son  los  siguientes:   

Primer cargo.  

De conformidad con el cuerpo 2º de la causal  primera  de  casación  que  describe el artículo 207 de la Ley 600 de 2000, el  censor  acusa  la sentencia impugnada de incurrir en la  violación  indirecta de la ley sustancial, por error  de   derecho,  en  la  modalidad  de  ‘falso           juicio          de          regularidad’,   toda   vez   que  “la  prueba  testimonial  ordenada  por  el  Juzgado  Promiscuo  del  Circuito  de  Puerto  Carreño no fue valorada ni practicada conforme las normas  procedimentales”.    

En  apoyo a su reparo, el censor precisa que  el  fallador  violó  el  artículo 29 de la Constitución Política, artículos  7º,  251  y  268 del Decreto 2700 de 1991 y 13, 232, 238 de la Ley 600 de 2000,  en   la   medida   en  que  omitió  “la  citación  obligatoria  de  ciertos  sujetos procesales, como el procesado HERNANDO FLÓREZ  RAMÍREZ  o su defensor”, motivo por el cual no se le  permitió  a la defensa controvertir al testigo Tomás Gómez Sánchez acerca de  las  contradicciones  contenidas en sus declaraciones vertidas ante la Fiscalía  9ª  Seccional  de Villavicencio el 12 de julio de 2000 y ante el Juez 1º Penal  del   Circuito   de   la  misma  ciudad  el  24  de  enero  de  2005  (pág.  7,  demanda).    

Agrega  el demandante que de haber apreciado  el  funcionario judicial las inconsistencias en el dicho del declarante conforme  la  lógica,  el  sentido  común  y la experiencia, hubiese concluido en que la  prueba  no  compromete  al procesado en la comisión del delito de estafa y que,  por  el  contrario,  el  testigo conocía sobre “las  andanzas”  del denunciante (pág. 7, demanda).   Agrega  que el cargo así fundamentado “en sí mismo  es  suficiente  para  derruir  la estructura de la sentencia atacada”.   

Como consecuencia del anterior razonamiento,  el  casacionista solicita a la Corte que case el fallo recurrido y, en su lugar,  profiera  decisión  absolutoria, por razón de los principios de presunción de  inocencia,  cosa  juzgada  y  la  prohibición de doble incriminación (pág. 8,  demanda).   

Segundo cargo.  

En  idénticos términos a los propuestos en  el  cargo  anterior,  el  casacionista  reprocha  que  el  juzgador incurrió en  ‘falso   juicio   de  regularidad’  al  otorgar  credibilidad  al dicho de Henry Arango Rojas, prueba que se practicó sin uno de  sus  requisitos,  concretamente  el  de la previa citación al defensor; asegura  que  tal omisión condujo a que la defensa no pudiera controvertir al testigo, a  efectos  de  indagarle sobre la existencia, elaboración y finalidad de la letra  de  cambio  girada  por  el  denunciante  a  favor  de  la  señora JOVI ESTELLA  MOSQUERA.   

El impugnante indica que, de haber apreciado  el  juzgador  las  respuestas  dadas  por  el declarante respecto de los asuntos  propuestos  según las reglas de la lógica, el sentido común y la experiencia,  hubiese  concluido  en  que la existencia de la letra de cambio no compromete la  responsabilidad  del procesado en el delito de estafa, al tiempo que estima, una  vez  más, que el yerro así configurado es suficiente para socavar las bases de  la decisión condenatoria.   

En consecuencia, solicita a la Corte que case  el  fallo recurrido y profiera el absolutorio de reemplazo, tal como lo exige el  principio de presunción de inocencia (pág. 8-9, demanda).   

Tercer cargo.  

A través de una postulación idéntica a la  ofrecida  en  los  cargos  anteriores,  el casacionista invoca otro ‘falso         juicio        de  regularidad’,  yerro  que  esta  vez  hace  recaer  en  la  apreciación  que  hiciera  el  juzgador  de la  declaración  del  denunciante,  toda  vez  que,  según dice, aquél le otorgó  credibilidad  a  ese medio de convicción, sin que dicha prueba cumpliera con el  requisito  “de  la  citación obligatoria a ciertos  sujetos    procesales    como    el    procesado   o   su   defensor”.   Agrega  que  tal  omisión  impidió al procesado y a su  apoderado  controvertir  la  prueba,  en  particular  concluir  el  cuestionario  enviado en el correspondiente despacho comisorio.    

Insiste  en  que,  de  haber  apreciado  las  afirmaciones  y  omisiones  en  el  dicho del deponente, según las reglas de la  lógica,  el sentido común y la experiencia, el fallador hubiese encontrado que  el  funcionario  judicial  faltó  al  deber   de escudriñar la verdad, al  tiempo  que  habría advertido que el aludido medio de convicción no compromete  la  responsabilidad  del  procesado   en  el delito de estafa, toda vez que  “se    está   en   presencia   de   un   negocio  civil”.   De otra parte, el casacionista afirma  que  el  yerro  así  evidenciado  resultó “de gran  trascendencia   sobre  la  decisión  atacada”   (pág. 9-10, demanda).   

Con   fundamento   en   lo   anterior,  el  casacionista  solicita  a  la  Corte  que  case  el  fallo  y profiera decisión  absolutoria, por razón del principio de presunción de inocencia.   

Cuarto cargo.  

Con  la  misma postulación con que orientó  los  cargos anteriores, el casacionista alega ahora que el fallador incurrió en  ‘falso   juicio   de  regularidad’  al  otorgar  mérito  al  dictamen sobre daños y perjuicios, comoquiera que no advirtió que  la  perito “no explica la experiencia que tiene para  rendir  el  dictamen”.  Agrega, además, que la  aludida  prueba  técnica  omitió  indagar por “los  documentos  materia  de  prueba”, así como realizar  avalúos   y  análisis  financieros,  como  también  establecer  la  fecha  de  constitución  en  mora  para cada una de las obligaciones.  En lugar de lo  anterior   –reprocha  el  recurrente-,  el  perito “inscribió en hoja y media  de   forma  mediocre  lo  descrito   en  el  hecho  No.  150…”   Agrega que el sentenciador se apartó de las conclusiones  del dictamen, pero erró al convalidar los yerros pregonados.   

De  manera  inconsistente  y  errática,  el  casacionista  termina  el  cargo  por  ‘falso           juicio          de          regularidad’,  detallando  algunas falencias en la  gestión  de la defensa técnica, tales como la no presentación de recursos, la  omisión  de  mención  de  dirección y la ausencia en la práctica de pruebas,  circunstancias  que,  según  afirma,  le negaron la oportunidad de defensa y de  ejercer el derecho de contradicción (pág. 10-11, demanda).   

El  recurrente  sostiene  que  el vicio así  sustentado  es  suficiente  para  derribar  los  fundamentos  del fallo atacado,  motivo  por  el  cual solicita a la Corte que lo  case y profiera decisión  absolutoria, atendiendo al principio de presunción de inocencia.   

Quinto cargo.  

Al  amparo  de la causal de casación de que  trata  el  numeral  3º  del  artículo 207 de la Ley 600 de 2000, el impugnante  critica  que  la  sentencia  fue dictada dentro de un juicio viciado de nulidad,  según  los  términos  de los numerales 2º y 3º del artículo 304 del Código  de Procedimiento Penal de 2000.   

En  apoyo a su reparo, el censor explica que  “la  defensa  técnica  ejercida por los diferentes  defensores  del  señor  Hernández  Flórez  deja  innumerables  vacíos  en su  predicada  continuidad  (…)  y  no  comprendía  la  absoluta  confianza de mi  defendido   y   las   labores   no   fueron   técnicamente  independientes,  ni  absolutamente  basadas en la idoneidad profesional y personal de los defensores,  por     ausencia     de     dichas     calidades     de    actividad”.    

Agrega  que  el  procesado  no fue informado  sobre  las actuaciones desplegadas dentro del proceso, no se le comunicó acerca  de  la  identidad  y  dirección  de  los  abogados de oficio que lo asistieron,  circunstancia   que   condujo  a  que  “la  defensa  técnica  no  fue continua sino interrumpida” y a que  las  pruebas  no  pudieran  ser  controvertidas  en  su  práctica.  Por lo  anterior,  el casacionista asegura que de no haber mediado la desidia y omisión  del  defensor  del  procesado  respecto  de  la  controversia  probatoria  y  la  impugnación   de   la  sentencia,  “su  situación  habría sido radicalmente distinta”.   

Reprocha  por  último  que  “HERNANDO  FLÓREZ  RAMÍREZ no ha tenido un defensor permanente que  le  garantice  su derecho a la defensa” y critica que  el  Juzgado  de  conocimiento le hubiera negado la práctica de pruebas que eran  trascendentes  para  determinar que no existieron perjuicios, que el denunciante  tenía  por  costumbre  celebrar negocios “y afectar  con  gravámenes  sus  bienes”, así como la cantidad  realmente pagada por el procesado al denunciante.   

Como consecuencia del anterior razonamiento,  el  recurrente  solicita  a  la  Corte que declare la nulidad desde la audiencia  preparatoria,  a  fin  de  que  se  subsane  el  yerro  pregonado  (pág. 12.14,  demanda).   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1. En la medida en  que  el  recurso extraordinario de casación es de naturaleza rogada, compete al  casacionista   construir  el  reproche  con  base  en  una  estricta  lógica  y  debida  fundamentación,  en  tanto  que  de  no  cumplirse  con  este  presupuesto, necesariamente el escrito  tendrá  que  inadmitirse  por  falta de la debida claridad y precisión, puesto  que     la     Corte,     en    virtud    del    principio    de    limitación,    no    puede   entrar   a  complementar y a corregir al demandante.   

Por tal motivo, el libelo es el medio idóneo  para  denunciar   en  esta  sede  los  errores  de  derecho  y de actividad  cometidos  en  la  sentencia y, en algunos eventos, al interior del proceso, con  sujeción  a  las  precisas causales que describe la ley procesal penal y con la  observancia  de  una  estricta lógica en su desarrollo argumentativo, exigencia  esta  última  que,  lejos  de  obedecer  al  capricho  del  legislador  o  a la  inflexibilidad  de  la  jurisprudencia,  encuentra  razón  de  ser  en  que  la  sentencia  llega  a  esta  sede  amparada  en  la doble presunción de acierto y  legalidad,  por  manera  que sea solamente a través de un discurso apegado a la  lógica  y la debida fundamentación que esa presunción se pueda derruir.    

Es  así como el artículo 212 de la Ley 600  de   2000   contempla   los   presupuestos   que   debe   contener  la  demanda,  encontrándose,   entre  ellos,  el  deber  de  debida  fundamentación    de   la   demanda,   claridad     y    precisión    de    la  argumentación,  trascendencia  del     vicio    alegado,    autonomía    de    las  causales            y           jerarquía  de  los  motivos de casación,  principios  que  en  el  caso presente desconoció el censor, motivo por el cual  desde  ya  la  Corte  anuncia  la  desestimación  del  libelo.   

2.  La  demanda  presenta  dos  yerros  relevantes desde la misma postulación de las causales de  casación.    

El  primero  consiste  en  la  violación al  principio  de  jerarquía, el  cual  le  imponía  al demandante el deber de proponer el cargo de nulidad antes  que  los de violación de la ley sustancial, dado su poder de afectar el proceso  a  través  de una invalidación, la cual habría de retrotraer y reponer todo o  parte    de   lo  actuado.   Surge  entonces  nítido  que  el  censor  desatendió  esta  consigna,  toda vez que propuso en primer lugar cuatro cargos  por  violación  de la ley sustancial y dejó en último lugar el de nulidad, el  cual, como ya se advirtió, debió postular en primer término.   

En  segundo término, el demandante yerra en  la  postulación  de  los  cargos,  en  la  medida  que  omite  el  principio de  taxatividad  de las causales  de  casación.   Lo  anterior  se  evidencia  en que el censor se aparta de  manera  ostensible  de  los  precisos  motivos  de  impugnación  extraordinaria  previstos  en  la  ley  y  desarrollados ampliamente por la jurisprudencia de la  Sala,  pues  edifica  los aludidos cargos en un exótico y desconocido yerro que  denomina  ‘falso juicio de  regularidad’,  el cual no  corresponde  a  ninguno  de  los  que  la  ley y los precedentes de la Corte han  reconocido.   

3.   Ahora  bien,  la  curiosa  denominación  que  trae  el  casacionista no tendría mayor  relevancia  si  del  desarrollo  argumentativo  de  los  cargos  se dedujera con  claridad  uno  de los motivos de impugnación que permiten a la demanda llegar a  esta  sede  extraordinaria;  no  obstante,  la marcada y ostensible falta  de  claridad  y  precisión  de que  adolece  el escrito que la Corte analiza, impide conocer el verdadero fundamento  del reproche.   

En efecto, véase cómo el demandante enfoca  los  cuatro  primeros cargos  como  una  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial, por vía del error de  derecho.   

La vía de censura que ensaya el demandante  le  permite  a  la  Corte  precisar,  como  de  tiempo atrás lo ha decantado su  jurisprudencia,   que   el  sentenciador  puede  llegar  a  transgredir  la  ley  sustancial  como  consecuencia  de incurrir en un error  de  derecho, es decir, en equivocación relacionada con  el  proceso de formación de la prueba, o bien, con su poder demostrativo.   Es  así  como  ha distinguido dos modalidades, las cuales corresponden al falso  juicio de legalidad y el falso juicio de convicción.    

Ahora  bien, cuando el censor precisa en la  demanda  que  el  yerro  que  denomina ‘falso           juicio          de          regularidad’  consistió  en  haber  apreciado  la  prueba  testimonial,  sin que se cumpliera el requisito de la citación previa a  los  sujetos  procesales (cargos primero, segundo y tercero), así como en haber  otorgado  mérito  a  la  prueba  pericial, sin que el perito hubiese acreditado  ante  el funcionario judicial la experiencia que tenía para elaborar el estudio  técnico  (cargo cuarto), la Corte podría entender que la modalidad de error de  derecho  que  invoca  el  censor  en  los cuatro primeros cargos, corresponde al  falso juicio de legalidad.   

De ser cierta esta hipótesis, al impugnante  le  asistía  el deber de “probar que el juzgador al  estimar  los  elementos  de  juicio  puestos a su alcance, dio validez a uno o a  algunos  aducidos  al  proceso  sin  las  formalidades  exigidas  por  la ley, y  demostrar  la  incidencia  del  desacierto  en  el  establecimiento de la verdad  fáctica  y  en  las  premisas  conclusivas  del fallo, precisando si las normas  sustanciales  indirectamente  infringidas  lo  fueron por aplicación indebida o  por falta de aplicación”.    

Así  mismo,  al  efecto  de  acreditar  la  trascendencia  del yerro pregonado, debió “efectuar  un   nuevo  examen  integral  del  acervo  probatorio,  excluyendo  las  pruebas  ilegalmente  acopiadas,  o  ponderando  las  desestimadas  por el sentenciador a  pesar  de  su  legal  incorporación  al  proceso,  para  de  esta manera lograr  demostrar  la  ilegalidad  de  la  sentencia  a  efecto  de  que  la Corte pueda  sustituirla” 1.   

De  cara  a  los  anteriores  presupuestos,  podría  decirse,  a  favor  de  la  argumentación de la demanda, que el censor  atina    al   menos   en   identificar   las   formalidades   que   –en  su sentir- constituyen un yerro en  la  formación de la prueba, es decir, la omisión de la citación a los sujetos  procesales  y  la  ausencia  de  mención  por  el perito de su experiencia para  rendir  el  peritaje.   Pero las omisiones denunciadas son del todo inocuas  para  demostrar  irregularidad  alguna,  toda vez que, por una parte, el aviso a  los  sujetos procesales para la práctica de las pruebas no es un requisito para  predicar  su  existencia o validez y, por la otra, la omisión de la experiencia  del   perito   es   ostensiblemente   intrascendente,   tal   como  –según  se verá posteriormente-   lo admitió el casacionista.   

No obstante, el desarrollo argumentativo del  libelo  no  permite  inferir que la intención del recurrente hubiese sido la de  invocar  un falso juicio de legalidad, comoquiera que, en lugar de acreditar los  presupuestos   mencionados  para  esa  vía  de  censura,  entra  a  mostrar  su  inconformidad  con  la  manera  en que el sentenciador apreció la prueba.    

Con semejante razonamiento, el casacionista  -además    de    desconocer   abiertamente   el   principio   de   autonomía  de  las  causales- asoma en los  presupuestos  de  un  error  de  hecho,  en  la  modalidad  de falso raciocinio,  planteamiento  con  el  que  tampoco  tiene  éxito,  porque ni siquiera atina a  demostrar  que el fallador, al ponderar los medios de convicción que detalla en  el   libelo   –la  prueba  testimonial  y  técnica-,  erró  en  la aplicación de las máximas de la sana  crítica,  sino  que se limita a oponer su personal apreciación probatoria a la  del juzgador.   

Particularmente      carente   de   lógica   se  presenta  la  argumentación   con  la  que  el  censor  pretende  sustentar  el  cuarto  cargo, toda vez que critica que el  perito  no  hubiese  explicado  la  experiencia  que  le asistía para rendir el  peritaje,  tal como lo exige la norma procesal probatoria, pero enseguida admite  que  dicha omisión fue intrascendente, puesto que el fallador se apartó de las  conclusiones  del  estudio  técnico.   De  manera que así desarrollado el  argumento,  el  censor  no hace cosa distinta a criticar una irregularidad de la  cual,  de  entrada,  admite  que  no  fue  fundamento  del  fallo,  es decir, su  intrascendencia.     

Y  aunque  es  cierto  que  el  recurrente  también  reprocha  en  el  mismo cargo -además de la omisión de la mencionada  formalidad-   que  el  estudio  técnico  no  incluyera  avalúos  ni  análisis  financieros,  de  todos modos no avanza más allá de la mera enunciación de su  inconformidad,  motivo  por  el cual no logra enseñar a la Corte de qué manera  el  peritaje así practicado es ilegal o inexistente, menos aún la trascendencia    de    la    hipotética  irregularidad.   

La  confusión  sobre  la verdadera vía de  ataque   seleccionada   por   el   impugnante  a  través  de  los  cuatro  primeros cargos se acrecienta aún  más,  comoquiera  que  si al principio mencionó en todos ellos un falso  juicio  de regularidad –el   cual,  a  riesgo  de  violar  el  principio  de  limitación, la  Corte  podría  identificar  como un falso juicio de legalidad- y lo desarrolló  sin  éxito  como  un  falso  raciocinio,  al  final de cada uno de los aludidos  cargos  argumentó  que el fallador violó el derecho de defensa, por vía de la  negación  a  la  posibilidad  de  la  controversia probatoria, tesis con la que  insiste,   una   vez   más,   en   desconocer   el  principio  de  autonomía     de     las    causales    de    casación.    

Dicho  en  otras  palabras,  lo  que  en un  principio  el  censor parece enfocar como un falso juicio de legalidad, asoma de  manera  errática  hacia los presupuestos del falso raciocinio y termina como un  motivo  de  nulidad,  por afectación de garantías fundamentales, el mismo que,  como    se   verá   adelante,   desarrolla   en   el   quinto   cargo   de   la  demanda.   

En           conclusión, los razonamientos con los que  el   recurrente  pretende  sustentar  los  cuatro  primeros  cargos,  aparte  de  desconocer     de    forma    reiterada    el    principio    de    autonomía  de  las  causales,  por el hecho de  mezclar  diversas  vías  de  ataque,  son a tal punto  carentes de lógica, precisión y claridad,  que  la Corte no alcanza a vislumbrar sobre cuál de los diversos  motivos  de  casación  habría  de  pronunciarse,  imprecisión  que  no  puede  remediar       sin       violar      el      principio      de      limitación.   

4.  A través  del  quinto  cargo, enfocado  como  causal  de nulidad, el censor reprocha que el procesado no estuvo asistido  por  una  adecuada  defensa  técnica,  motivo  por  el cual se le afectó en su  derecho  de  defensa, en la medida en que se le impidió ejercer la controversia  de la prueba.    

La vía de ataque que ensaya el casacionista  por  medio  del quinto cargo,  le  permite a la Corte recordar que aún cuando es cierto que, en tratándose de  la  causal  de  nulidad,  la  jurisprudencia de la Sala ha sido laxa en torno al  cumplimiento  de  los  requisitos formales para su admisión, de todos modos tal  liberalidad  no  permite  que  la  censura se quede en el simple enunciado, como  tampoco   que  la  Corte  entre  a  suplir  al  casacionista,  puesto  que  ello  implicaría  desnaturalizar  el  carácter  de  extraordinario  y  rogado  de la  impugnación.   En  tal  virtud,  el  recurrente  ha debido cumplir con las  exigencias  de  lógica  y  debida  fundamentación  necesarias  para  pretender  desvirtuar  la  doble  presunción de acierto y legalidad con que las sentencias  impugnadas llegan a esta sede.   

Frente a la citada hipótesis, una vez más,  la  Sala  debe  reiterar que, en atención al principio  de  trascendencia, no basta con postular la existencia  de  la  irregularidad  que se denuncia sino que es necesario acreditar que ésta  incide    de   manera   concreta   en   el   quebranto   de     los     derechos     de     los    sujetos   procesales.   Significa  lo anterior que el deber del recurrente evidenciar  un    perjuicio    con  el   yerro  in  procedendo  denunciado, pues de no hacerlo, como ya se  advirtió,  la   Corte,   por   razón   del principio   de   limitación,   no    puede    entrar     a     complementar     el    deficiente  argumento.   

La   Sala  observa  que  el  cargo  de  nulidad  por  violación al derecho de defensa se quedó en el simple enunciado,  pues  el  demandante  no   demostró  con  la   logicidad,  claridad y  precisión  necesarias,  la existencia de las irregularidades que pregona, menos  aún      cómo      incidieron      de      manera      cierta     –y  no apenas hipotética- en las   conclusiones  de  la  sentencia  atacada, al punto que de no haberse cometido el  vicio,  necesariamente  el  fallo  habría sido  favorable a los   intereses del procesado.   

En  atención  a la naturaleza del reproche  que  ensaya el casacionista en el quinto cargo, la Sala estima oportuno recordar  lo  que  ya  ha  decantado de tiempo atrás respecto de la manera de orientar en  esta   sede   extraordinaria   el   reproche  relacionado  con  la  ausencia de defensa técnica:   

“A   propósito   de  los  deberes  del  demandante,  cuando su pretensión se vincula con el desconocimiento del derecho  de  defensa técnica, la Sala señaló que en la demanda se debe determinar “con  precisión  la  manera  como  tal  violación incidió desfavorablemente” en las  garantías  del  procesado.  Y,  tiene  que  ser  así, la demostración no es a  partir  de  lo  abstractamente  considerado  sino  de  lo  realmente  ocurrido y  derivado  de  la  omisión  en  la  actuación,  haciéndose  menester  en  esas  eventualidades  comprobar,  lo  que  no se estableció en este asunto, que no se  trató  de  una  simple  irritualidad  sino  de  una  irregularidad de carácter  sustancial  que  amerita  invalidar  las  decisiones  tomadas en la sentencia en  contra           del          inculpado.”2   

Con   fundamento   en   los   anteriores  parámetros,  la  Sala  encuentra  que  el reproche planteado por el recurrente,  como  se  verá  enseguida,  adolece  de  las  siguientes  falencias, las cuales  necesariamente     conducen     a     inadmitir     el    cargo:    (i)   la   crítica  no  demuestra  nada  diferente  a  un  desacuerdo con la gestión de los defensores que asistieron al  procesado    a    lo    largo    de   la   actuación   procesal;   (ii)  la eventual ausencia de defensor en  algunos  lapsos  no  alcanza  a configurar irregularidad relevante; (iii)  el derecho a la controversia no se  limita  a la posibilidad del sujeto procesal de participar en la práctica de la  prueba.   

En efecto, lo primero encuentra sustento en  que  el  recurrente  se  limita  a  asegurar,  de  manera  abstracta y sin mayor  elemento   de  juicio,  que  el  proceso  habría  concluido  con  un  resultado  sustancialmente  distinto  si  el  defensor  hubiese  interrogado de determinada  manera  a  los  declarantes,  razonamiento  que  no  es  más que una hipótesis  incierta,  del  todo inidónea para sustentar un vicio como el alegado, toda vez  que  la  vulneración  al  derecho  de  defensa no se edifica sobre la abstracta  anticipación    de    un    resultado   favorable3.    

En   este  sentido,  la  afirmación  del  impugnante,  según  la  cual  una  diferente forma de interrogar a los testigos  hubiera  conducido a una decisión de fondo favorable, resulta ser un aserto sin  ningún  asidero, que además se opone a la jurisprudencia de esta Sala, la cual  ha  establecido que la falta de asistencia técnica no puede edificarse a partir  de    una    visión   a   posteriori   elaborada  desde  una nueva óptica sobre aquello que habría podido  ser  otra  estrategia  defensiva  plausible,  pues son múltiples y variadas las  posturas  defensivas  válidas  que  en  un  momento determinado puede asumir el  defensor4.   

En segundo término, aunque es cierto que en  algunos  momentos  del curso de la actuación no hubo presencia del defensor, en  particular  mientras  el  despacho judicial intentó los trámites encaminados a  la  citación  y  comparecencia  de los apoderados de oficio designados, ello no  configura  el  vicio  que  pregona  el  demandante, habida cuenta que sobre este  aspecto la Corte ha dicho, que:   

“si  en  un  momento  determinado  el  procesado dejó de tenerla (defensa técnica), ello no  significa  que  la  actuación  así  cumplida  devenga  ineficaz,  por ese solo  motivo,   pues   en  virtud  del  principio  de  trascendencia  que  orienta  la  declaratoria  de  nulidades,  sólo si la irregularidad afecta insubsanablemente  (sic)   las  garantías  de  los  sujetos  procesales,  o  desconoce  las  fases  fundamentales  de  la  instrucción  o  el  juzgamiento,  resulta  inevitable su  decreto”5.    

Vistos los presupuestos anteriores, de cara  al  contenido  de  la  actuación  procesal,  surge  nítido que el derecho a la  defensa  no sufrió detrimento, pues el entonces imputado conoció la existencia  de  la  actuación  penal  surtida  en  su contra, incluso desde antes de rendir  indagatoria  (lo  cual  se  evidencia  en la constancia que obra a folio 212 del  cuaderno  original  No.  1  y  en  el  memorial  petitorio suscrito por el mismo  FLÓREZ  RAMÍREZ  (fl. 223),  en  el  cual  manifiesta su intención de estar al tanto del curso del proceso y  de  mantener  comunicación  desde Bogotá), lo que significa, ni más ni menos,  que  desde  ese instante pudo conocer el contenido de la actuación e intervenir  en las diligencias probatorias.    

De otra parte, el entonces sindicado rindió  indagatoria  y  allí  fue  asistido por su defensor de confianza (fl. 236-245);  éste  último  se  notificó  de  la  resolución  de acusación (fl. 120, c.o.  2)6  y  más adelante fue sustituido por un defensor de oficio, a solicitud del mismo  FLÓREZ  RAMÍREZ  (fl.  152, c.o. 2).    

El  apoderado  de  oficio  designado por la  fiscalía  instructora  sustentó  el  recurso  de  apelación  de  la decisión  acusatoria  (fl.  160-179,  c.o.  2),  solicitó  la  práctica  de  pruebas  al  descorrer  el  traslado  del  artículo  400  de  la  Ley 600 de 2000 (fl. 190),  allegó   documentos  encaminados  a  la  sustentar  defensa  del  acusado  (fl.  199-214),   al   tiempo   que  compareció  a  la  audiencia  preparatoria  (fl.  221-222).   El  apoderado  de  oficio  de  FLÓREZ  RAMÍREZ  fue  sustituido7 por otro que, tiempo después,  presentó  renuncia.   Por último, la audiencia pública de juzgamiento se  llevó  a  cabo  con  la  asistencia  de  una  defensora  de oficio designada al  procesado,  la  cual  presentó  alegatos  de  conclusión   (fl. 105, c.o.  3).   

El recuento procesal anterior deja ver a las  claras  que,  pese a las dificultades para lograr la posesión de los defensores  de  oficio  designados  por  el funcionario judicial8,  el  acusado  no  careció de  defensa,  comoquiera  que  sus  apoderados  solicitaron pruebas, sustentaron los  recursos,  se  notificaron  de  las  decisiones  interlocutorias  y  presentaron  alegatos,  e  incluso, el mismo procesado, de manera personal, elevó peticiones  y recursos ordinarios, con lo que ejerció la defensa material.   

Además  de lo expuesto, el hecho de que la  defensa  no  hubiese intervenido en la práctica de las pruebas testimoniales no  es  una circunstancia que desconozca el derecho de controversia, como lo propone  el  censor,  comoquiera  que dicha garantía se satisface con la oportunidad que  le  asiste  al  sujeto procesal de intervenir, oportunidad que nunca se le negó  al  procesado  o  a sus defensores, y que, como de tiempo atrás lo ha precisado  la      jurisprudencia      de      la     Corte9,   bien  puede  ejercerse  de  diferentes  maneras, incluidas la impugnación de las decisiones interlocutorias  a  través  de  los  recursos  ordinarios,  la  apreciación  de  los  medios de  convicción  o  la  petición  de  práctica de pruebas, tal como ocurrió en el  caso que ocupa la atención de la Sala.     

En           conclusión,  el argumento que sustenta el  último    de    los   cargos   planteados   resulta   del   todo   intrascendente  para  demostrar  el  vicio  alegado.   

La  demanda  presentada  por el defensor de  MAURICIO   CORTÉS  GARCÍA  no  cumple, en ninguno de sus  cargos, con los requisitos que permiten su admisibilidad.   

5.   Para  terminar,  se advierte que del estudio del proceso no se vislumbra violación de  derechos  fundamentales  o  garantías  de los sujetos procesales que amerite el  ejercicio  de  la facultad oficiosa de índole legal que al respecto le asiste a  la Sala para asegurar su protección.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

        R E S U E L V E   

INADMITIR  las  demandas   de   casación   presentadas   por   el   defensor   de  HERNANDO    FLÓREZ    RAMÍREZ.    En  consecuencia,    se   DECLARA   DESIERTO el recurso.     

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                          SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                        MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                                          JORGE   LUIS   QUINTERO   MILANÉS           

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                                        JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

                                                                                                                                   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

1  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,  sentencia del 15 de noviembre de 2005, radicación No. 23738.   

2  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,  auto de 25 de febrero de 2004, Radicación: 21619   

3  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,  sentencia de 11 de julio de 2000, radicación No. 12930   

4  Sentencia  de  casación 8 de junio de 2006, radicado  No. 26502   

5  Sentencia   de   20   de   octubre   de  2005,  Rad:  19511   

6  De  manera oficiosa, al fiscalía instructora, con el  fin  de  garantizar  el  ejercicio de la defensa técnica del investigado, dejó  sin  efecto  la  notificación  de  la  resolución de acusación, para surtirla  nuevamente a todos los sujetos procesales (fl. 156, c.o. 2)   

7  Es  pertinente  anotar  que aunque es cierto, como lo  sostiene  el  demandante,  que en el acta de posesión del abogado no aparece su  dirección,  también  lo es que ello no fue un obstáculo para que el procesado  conociera  su  paradero, toda vez que en el proceso existen citaciones dirigidas  a  su oficina de abogados, ubicada en Puerto Carreño, Vichada (fl. 281, c.o. 2;  fl. 69, c.o. 3).   

8  Circunstancia  más que comprensible, si se considera  que  la  actuación se llevó a cabo inicialmente en Villavicencio y culminó en  Puerto  Carreño  (Vichada),  mientras  que  el procesado tenía su domicilio en  Bogotá.   

9  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,  sentencia de 12 de septiembre de 2002, radicación No. 15260.     

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