30613(24-11-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 30613  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                            Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

                            Aprobado Acta No. 339   

Bogotá,  D.C.,  veinticuatro de noviembre de  dos mil ocho.   

VISTOS  

Decide la Corte sobre la admisibilidad de las  demandas  de  casación  presentadas por los defensores de los procesados CÉSAR  AUGUSTO  NARVÁEZ  MENDOZA y DIEGO ANDRÉS GALINDO POLANÍA, contra la sentencia  de  segunda  instancia  proferida por el Tribunal Superior del Distrito Judicial  de  Bogotá,  el  5  de  junio de 2008, confirmatoria en todos sus apartes de la  emitida  el  14  de  marzo  de 2008 por el Juzgado 13 Penal del Circuito de esta  ciudad,   en   la   cual,   fruto   de  preacuerdo  de  los  procesados  con  la  fiscalía,   se  condenó  al  segundo a la pena principal de 69 meses y 20  días  de  prisión,  junto  con  multa  por  el  equivalente  a 725.82 salarios  mínimos   legales   mensuales,   como  coautor  de  los  delitos  de  tráfico,  fabricación  o  porte  de  estupefacientes,  y  prevaricato  por omisión; y al  primero,  por las mismas conductas punibles, a la pena de 54 meses y 12 días de  prisión   y   multa   en   cuantía   de   82.49   salarios   mínimos  legales  mensuales.    Allí   mismo   se   decretó   la   sanción   accesoria  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos y funciones públicas, por un  lapso  igual  al  de la privación de la libertad, y se negaron a los procesados  los  subrogados  de  la  suspensión  condicional  de la ejecución de la pena y  prisión  domiciliaria.  De  igual  manera,  el  fallo  cobijó a Jesús Antonio  Moreno  Bueno,  condenado  a  la  pena  de  52  meses y 24 días de prisión, en  calidad   de   coautor   del   delito  de  tráfico,  fabricación  o  porte  de  estupefacientes;  Wilson Armando Quintero Méndez, a quien se impuso sanción de  91  meses  y 6 días de prisión, a título de coautor de un concurso homogéneo  de  delitos  de  tráfico,  fabricación  o  porte de estupefacientes; y Álvaro  Aguirre  Florido,  condenado como coautor de los delitos de homicidio agravado y  tentativa   de  homicidio  agravado,  a  la  pena  de  250  meses  de  prisión.   

HECHOS   Y   DECURSO  PROCESAL   

En  el  fallo  de  primer grado se narró lo  ocurrido y el trámite subsiguiente, de la siguiente forma:   

“Se tiene conocimiento que en desarrollo de  una  investigación  que  se  inicio (sic) con el objeto de desarticular una red  dedicada  al  tráfico  trasnacional  de  estupefacientes,  se  obtuvo, en forma  inicial,  el  número  de un abonado telefónico que llevó a la Fiscalía hacia  Antonio  Moreno  Bueno,  miembro  de  la  Policía  Nacional  que laboraba en la  Dirección  General  de  la Policía, quien coordinó con una persona ubicada en  la  ciudad  de  Cali, denominada como el “contacto” junto con miembros de la  Policía  ubicados  en el Aeropuerto Internacional El Dorado la salida del país  de  Jaime  Fajardo  Gómez,  quien  fuera capturado en España, el 6 de junio de  2007 llevando en su organismo 931.5 gramos de cocaína.   

Asimismo,   de   la   interceptación   de  comunicaciones,   se   obtienen   conversaciones  de  interés,  que  igualmente  involucraban  a Wilson Armando Quintero Méndez en el tráfico de 2160 gramos de  cocaína  que  salieron con destino a Ecuador, siéndole incautados en ese país  el  29  de  marzo de 2007 a Leonardo Muñoz, asimismo, una vez se efectivizó la  orden  de  captura  en  su domicilio se hallaron en el interior de una maleta de  doble fondo, camuflada, 3194 gramos de cocaína.   

De   igual   modo,  en  el  avance  de  la  investigación  se  logró  establecer,  la  participación  de María Ramy Mary  Ducuara,  persona  que  permite  establecer  el  contacto  existente entre Cesar  Osorio  y  los policiales aeroportuarios César Narváez y Diego Andrés Galindo  Polanía,  estableciéndose,  de  la interceptación de la línea del segundo de  los  citados,  (sic)  se  obtienen conversaciones que dan cuenta del tráfico de  estupefacientes  de manera general y particular, junto con una materialización,  esto  es,  la  incautación en España, el 14 de julio de 2007, de 2949.2 gramos  de  cocaína  que  llevaba  consigo Antonieta del Valle Sánchez Rivas; mientras  que  con  relación  al  primero, se da cuenta a través de los monitoreos de su  participación  activa  en  la  salida del país de 931.5 gramos de cocaína que  fueron incautados en España a Jaime Fajardo Gómez.   

Y,  finalmente con relación a Jaime Aguirre  Florido,  se  estableció, que José Enrique Gutiérrez Quintero dio la orden de  dar  muerte  a Jaime Alejandro García Salazar y que para ello, junto con Ferney  Aguilar         Gómez         –personas   que  no  son  investigadas  en  esta cuerda- se hizo  contacto  con  alias “Camilo”, esto es, Aguirre Florido, cegándose (sic) la  vida  de  la persona que acompañaba al momento de ejecutarse el hecho a García  Salazar,  esto  es,  Giovanny  Buitrago  Caro,  dejándose,  en  el  mismo hecho  cuadrapléjico a Jaime Alejandro García.   

Por  estos  hechos  la  Fiscalía  formuló  imputación  a  los  procesados  de  la  siguiente manera: Jesús Antonio Moreno  Bueno  por  el  delito consagrado en el inciso 3° del artículo 376 del Código  Penal;  Wilson  Armando quintero Méndez por la conducta descrita en los incisos  1°  y 3° del artículo 373 ídem en concurso homogéneo y sucesivo; para Diego  Andrés  Galindo  Polanía  por  la  conducta  descrita  en  el  inciso  1° del  artículo  376  en concurso heterogéneo con el artículo 414 del Código Penal,  respecto  a  César  Augusto Narváez por los delitos descritos en el inciso 3°  del  artículo  376  en  concurso  heterogéneo   con  el artículo 414 del  Código  Penal  y  para  Álvaro  Aguirre  Florido  por las conductas delictivas  consagradas  en  los  artículos  103  y  104-4  en  la modalidad de consumado y  tentado.   

Cargos que si bien, ninguno de los procesados  aceptó  en  la  audiencia  preliminar, en forma posterior llegaron a un acuerdo  con  la  Fiscalía  encaminado  a  aceptar la responsabilidad sobre los mismos a  cambio  de  que  la  misma efectuara la tasación de la pena  efectuara las  rebajas  de  la  sanción  conforme a lo pactado, partiendo para cada una de las  acciones    delictivas    del    mínimo    de    la    sanción.”    

Acorde  con  el  acuerdo  presentado  por la  fiscalía,  el Juzgado 13 Penal del Circuito de Bogotá, realizó los días 14 y  21  de  febrero  de  2008,  la  audiencia de verificación del mismo, durante la  cual,  una vez aprobado, se escucharon los argumentos de las partes acerca de la  concesión de subrogados penales.   

El día 14 de marzo de 2008 fue proferido el  fallo  condenatorio  de  primera  instancia, que fuese allí mismo impugnado por  los  defensores  de  César  Augusto  Narváez  Mendoza, Diego Andrés Galindo y  Jesús Antonio Moreno.   

Los  Días 30 de abril y 15 de mayo de 2008,  se  celebró ante el Tribunal de Bogotá la audiencia de argumentación oral del  recurso de apelación.   

Finalmente,  el  5  de  junio  de  2008, fue  emitida  la  sentencia  de segundo grado que confirmó en su integridad el fallo  proferido  por  el  A  quo  y  fuera  objeto  del  extraordinario  recurso ahora  analizado en su fundamentación y corrección argumental.   

SÍNTESIS DE LAS DEMANDAS   

1.  A  favor  de  CÉSAR AUGUSTO NARVÁEZ MENDOZA    

Sin   mayores   precisiones   formales   o  conceptuales,  el  recurrente sostiene que la decisión de segundo grado atacada  incurre  en  un  “error  de derecho por aplicación  indebida  (interpretación  amañada),  de  la Ley 750 de 2002 art.1”.   

Para   sustentar   su   postura,  cita  el  recurrente,  el  texto  del  artículo  2°  de  la  Ley  82 de 1993, que estima  desarrolla  la  Ley  750  de  2002, en cuanto determina qué debe entenderse por  “mujer    cabeza    de    familia”,  y de allí parte para realizar una muy particular interpretación  del  texto  legal,  al  amparo  de lo cual  concluye que esa condición sí  concurre  en  cabeza de su representado legal, a pesar de la posición contraria  del  Tribunal,  pues,  no  obstante  permanecer  sus menores hijos con la madre,  ésta  no  cuenta  con  tiempo  ni  preparación  académica  suficientes  en el  cometido  de  hacerse  a  un  trabajo  que  le  permita  llevar  el  sustento al  hogar.   

Así,   advierte  el  impugnante  que  esa  “deficiencia sustancial”  a  que  alude  la  norma, dice relación con la imposibilidad de que la madre de  los menores  pueda conseguir ingresos económicos.   

Sin mayores preámbulos el casacionista pasa  a  otro  tema y señala que el Tribunal se pronunció sobre lo que no fue objeto  de   impugnación,  ya  que  sólo  debía  referirse  a  la  incompetencia  que  manifestó  la  jueza  de Primera Instancia, para resolver sobre la sustitución  de   la   prisión   domiciliaria.   Si   ello   ocurrió,  agrega  “debió  aplicarse  aquel  aforismo de que “quien puede lo más  puede  lo  menos”,  esto  es, si está fallando de fondo debe de incluir en el  cuerpo  de  la  sentencia la pena, consecuencias y como ha de pagarse la misma y  en que lugar”.   

En  otro  orden  de  ideas,  el  recurrente  relaciona  la  filosofía  tuitiva  de  los  menores  que acompaña el sustituto  deprecado  a  favor  del  procesado, criticando que el fallador de segundo grado  sustente  su  denegación en la presunción de que ello pondría en peligro a la  comunidad o sus hijos menores.   

Luego,  pondera  las  calidades  personales,  familiares  y  sociales de su prohijado legal, quien, por lo demás, hallándose  en  detención  domiciliaria  siempre  acudió  a  los  llamados de la justicia,  razones    suficientes    para    advertir    que    no   requiere   tratamiento  penitenciario.   

Solicita  el  casacionista,  acorde  con  lo  visto,  que  se  case  la  sentencia  para  que  “la  decisión  del  a-  quo  se  revoque  en  el punto de la negativa a pronunciarse  respecto de la solicitud del sustituto penal impetrado…”.   

2.   A  favor  de  DIEGO  ANDRÉS  GALINDO  POLANÍA   

Dos cargos formula el casacionista, en contra  de lo decidido por el Ad quem.   

     

a. PRIMER CARGO     

Se  funda en la causal inserta en el ordinal  primero  del  artículo  181 de la Ley 906 de 2004, que así resume “violación   indirecta   proveniente   de   una  interpretación  errónea  y  una  aplicación  indebida  de  una norma de bloque constitucional,  constitucional    (sic)    y    legal”.     

En  desarrollo  del  cargo,  el  demandante  señala,  sin  transcribir  las  normas,  que  se interpretó erradamente por el  Tribunal,   el   artículo   314   de   la   Ley   906   de   2004  “que  llegó  con la Ley 750 de 2002”,  normatividad   examinada   por  la  Corte  Constitucional  advirtiendo  que  esa  sustitución  del  artículo  314  de  la  ley  906  de  2004,  es  “la  misma  figura  de  la prisión domiciliaria del artículo 38  del C.P.”.   

Ya luego, cambiando completamente el sentido  del  discurso y de la causal propuesta, el impugnante destaca cómo allegó a la  foliatura  amplia  prueba  que  demuestra,  en su sentir, la condición de padre  cabeza  de  familia  de  su representado legal, pero ella no ha sido considerada  por el fallador o éste ha supuesto la existencia de otras.   

Aduce, así, que los registros civiles de los  menores,  si  bien  no  determinan  la condición de padre cabeza de familia del  procesado,  cuando menos informan de esa primera condición paternal exigida por  la ley.   

A  su  vez,  la  declaración  extrajuicio  aportada  reseña  que  el  acusado  vela por el sostenimiento económico de sus  hijos  “siendo  la  cabeza  del  ceno  (sic)  de su  hogar”,  a cuya ausencia quedarían estos en absoluta  desprotección.   

En   igual   sentido,  documentalmente  se  aportaron,  aduce  el  casacionista,  elementos  probatorios  que  hablan  de la  condición  laboral  del procesado y su emprendimiento en el cometido de atender  las necesidades del núcleo familiar.   

Añade  que si bien, la cónyuge del acusado  reside  con  éste  y  sus  hijos,  dada  su  escasa preparación cultural no se  encuentra  habilitada  para  trabajar,  y  si  lo  estuviese,  habría  de dejar  expuestos a los menores.   

Esos  elementos  de  juicio,  concluye  el  libelista,  satisfacen  a cabalidad las exigencias contempladas en la Ley 750 en  cita,  a  efectos  de  estimar fehacientemente padre cabeza de familia a GALINDO  POLANÍA.   

Conforme a ello, aduce, de haberse analizado  en  conjunto  las  pruebas  aportadas,  necesariamente  se  hubiese  otorgado el  beneficio a su prohijado.   

Lejos  de ello, anota, el Tribunal advirtió  que   la   presencia   de   la   madre   representa   suficiente   garantía  de  protección.   

Esa postura, expresa el recurrente, pasa por  alto  que  la  progenitora de los menores no está en capacidad de responder por  ese  cuidado,  en  lo  que  corresponde  a  su  salud,  alimentación y vivienda  “que  no  es  más  que  aquella incapacidad moral,  entendida    como   incapacidad   intelectual   para   desarrollar   actividades  productivas,   a   que   se   refiere   el   artículo  2°  de  la  Ley  82  de  1993”.   

Reitera  el demandante que la posibilidad de  que  la  madre  de  los menores labore fuera del hogar, deja en desprotección a  los  menores,  debiendo  acudirse a las normas internacionales que propugnan por  los derechos de éstos.      

A renglón seguido, se ocupa el recurrente de  analizar  las  que  a  su juicio constituyen condiciones ideales, en el seno del  hogar,  para  que  el  procesado se rehabilite y logre la necesaria reinserción  social.   

     

a. SEGUNDO CARGO     

Lo radica el impugnante en la causal tercera  del  artículo  181 de la Ley 906 de 2004, advirtiendo que el Tribunal incurrió  “en  el  manifiesto  desconocimiento   de  la  apreciación    de    las   pruebas   sobre   la   cual   (sic)   se   a   (sic)  fundado”.   

Seguidamente, el casacionista parece referir  que  la  violación  obedece  a  errores  por falso juicio de existencia, hechos  radicar  en  la  interpretación  del  Ad quem referida a que no se demostró la  condición  de  padre  cabeza  de  familia de su asistido, no obstante aportarse  elementos      de      juicio      –declaración  extrajuicio  referida  a  la asistencia alimentaria de  sus  hijos y esposa, certificación de la afiliación al sistema contributivo de  salud  de  los  mismos  y  copia del contrato de trabajo- que demuestran lo  contrario.   

Concluye  el  censor acotando que el Ad quem  “desestimo”  (sic)  las  pruebas   que   definían   la   condición  de  padre  cabeza  de  familia  del  acusado.   

A  tono  con  lo  resumido  en  precedencia,  depreca  el  recurrente  se case la sentencia para que se revoque la negativa de  otorgar    a    su    representado    legal    el    subrogado    de    prisión  domiciliaria.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

Previo a examinar los cargos presentados por  los  impugnantes  en  contra  de  la sentencia objeto de censura, debe relevarse  cómo,  con  el  advenimiento  de  la Ley 906 de 2004, se ha buscado resaltar la  naturaleza  de  la  casación  en cuanto medio de control constitucional y legal  habilitado  ya  de  manera  general  contra  todas  las  sentencias  de  segunda  instancia  proferidas  por  los  Tribunales,  cuando  quiera  que  se  adviertan  violaciones  que  afectan  garantías  de  las  partes,  en  seguimiento  de  lo  consagrado  por  el  artículo  180  de  la  Ley  906  de  2004, así redactado:   

“Finalidad.  El  recurso  pretende  la  efectividad  del  derecho  material,  el  respeto  de las  garantías  de  los  intervinientes,  la reparación de los agravios inferidos a  estos, y la unificación de la jurisprudencia”   

                   Precisamente,  en  aras  de  materializar el cumplimiento de tan específicos intereses, la Ley  906  de  2004,  faculta  a  la  Sala  de  Casación Penal de la Corte Suprema de  Justicia,  entre  otros,  de  la  potestad  de superar los defectos de que pueda  adolecer  la  demanda,  a efectos de que pueda emitirse pronunciamiento de fondo  –art.   184,   inciso  3°-.   

         Es  necesario,  sin embargo, inadmitir la demanda si, como postula el inciso segundo  de  la  norma  citada:  “el  demandante  carece  de  interés,  prescinde  de  señalar  la  causal,  no  desarrolla  los  cargos  de  sustentación  o  cuando  de  su  contexto  se  advierta  fundadamente que no se  precisa    del    fallo   para   cumplir   alguna   de   las   finalidades   del  recurso”.   

Atendidos  estos  criterios, ha señalado la  Corte1:   

“De  allí  que  bajo la óptica del nuevo  sistema  procesal  penal, el libelo impugnatorio tampoco puede ser un escrito de  libre  elaboración,  en cuanto mediante su postulación el recurrente concita a  la  Corte  a  la  revisión del fallo de segunda instancia para verificar si fue  proferido o no conforme a la constitución y a la ley.   

“Por lo tanto, sin perjuicio de la facultad  oficiosa  de  la  Corte  para prescindir de los defectos formales de una demanda  cuando  advierta la posible violación de garantías de los sujetos procesales o  de  los  intervinientes, de manera general, frente a las condiciones mínimas de  admisibilidad, se pueden deducir las siguientes:   

“1.  Acreditación  del  agravio  a  los  derechos    o    garantías    fundamentales    producido   con   la   sentencia  demandada;   

“2.   Señalamiento   de  la  causal  de  casación,  a  través  de  la  cual  se  deja  evidente tal afectación, con la  consiguiente   observancia  de  los  parámetros  lógicos,  argumentales  y  de  postulación propios del motivo casacional postulado;   

“3.  Determinación de la necesariedad del  fallo  de  casación  para alcanzar alguna de las finalidades señaladas para el  recurso en el ya citado artículo 180 de la Ley 906 de 2004.   

“De  otro  lado,  con  referencia  a  las  taxativas  causales  de  casación  señaladas  en  el  artículo  181 del nuevo  Código, se tiene dicho que:   

“a)  La  de  su  numeral  1º –falta  de aplicación, interpretación  errónea,  o aplicación indebida de una norma del bloque de constitucionalidad,  constitucional  o  legal, llamada a regular el caso-, recoge los supuestos de la  que  se  ha  llamado  a  lo  largo  de  la  doctrina  de  esta Corporación como  violación directa de la ley material.   

“b)  La  del  numeral  2º  consagra  el  tradicional  motivo  de  nulidad por errores in iudicando, por cuanto permite el  ataque  si  se  desconoce  el  debido  proceso  por afectación sustancial de su  estructura  (yerro  de  estructura) o de la garantía debida a cualquiera de las  partes (yerro de garantía).   

“En  tal  caso, debe tenerse en cuenta que  las  causales  de  nulidad  son  taxativas  y  que  la  denuncia  bien sea de la  vulneración  del  debido  proceso  o  de las garantías, exige clara y precisas  pautas                 demostrativas2.   

“Del  mismo  modo, bajo la orientación de  tal  causal  puede  postularse  el  desconocimiento del principio de congruencia  entre       acusación       y       sentencia3.   

“c) Finalmente, la del numeral 3º se ocupa  de  la  denominada  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  –manifiesto   desconocimiento  de  las  reglas  de  producción  y apreciación de la prueba sobre la cual se ha fundado  la  sentencia-;  desconocer  las  reglas  de  producción alude a los errores de  derecho  que  se  manifiestan  por  los falsos juicios de legalidad –práctica  o  incorporación  de  las  pruebas   sin  observancia  de  los  requisitos  contemplados  en  la  ley-,  o,  excepcionalmente  por  falso  juicio  de convicción4,     mientras     que    el  desconocimiento  de  las reglas de apreciación hace referencia a los errores de  hecho   que  surgen  a  través  del  falso  juicio  de  identidad  –distorsión   o   alteración  de  la  expresión  fáctica  del  elemento  probatorio-, del falso juicio de existencia  –declarar un hecho probado  con  base  en una prueba inexistente u omitir la apreciación de una allegada de  manera    válida    al   proceso-   y   del   falso   raciocinio   –fijación  de  premisas  ilógicas  o  irrazonables    por    desconocimiento    de    las    pautas    de    la   sana  crítica-.   

“La  invocación  de  cualquiera  de estos  errores  exige  que  el  cargo  se  desarrolle conforme a las directrices que de  antaño  ha desarrollado la Sala, en especial, aquella que hace relación con la  trascendencia  del  error,  es  decir,  que  el mismo fue determinante del fallo  censurado.”   

Establecidas   las  premisas  básicas  de  evaluación,   de   inmediato  debe  significar  la  Corte  cómo  los  escritos  presentados   por   los  defensores  de  los  procesados  carecen  de  los  más  elementales  rudimentos  de fundamentación atrás referenciados, constituyendo,  en  la  práctica, un simple alegato de instancia, completamente ajeno a la sede  casacional,  en  el  cual pretenden entronizar su particular visión, obviamente  interesada,  de  lo  que  las normas facultan para acceder la sustitución de la  prisión  efectiva  por  domiciliaria,  pasando por alto que los fallos de ambas  instancias  llegan  a la Corte revestidos de una doble connotación de acierto y  legalidad,   por   virtud   de   lo  cual,  aún  de  estimarse  juiciosos,  los  argumentos   en  contrario  de  las  partes,  cuando dejan de demostrar una  violación  o  yerro  ostensibles,  no  tienen  la  virtualidad de derrumbar sus  efectos.        

Para  una  mejor  comprensión  del  asunto,  se   asumirá  independientemente el examen de cada demanda, aunque se haga  evidente  que  ellas  tienen  un  mismo  propósito  e incurren en muy similares  yerros de fundamentación.     

1. DEMANDA A NOMBRE DE CÉSAR AUGUSTO NARVÁEZ MENDOZA.     

           Desde  un  comienzo se evidencia la incongruencia del escrito, en tanto, anuncia que se  trata  de  falta de aplicación, interpretación errónea o aplicación indebida  de  una  norma  sustancial, con lo cual inscribe el recurrente la demanda dentro  de  la violación directa, para después, sin hilo argumental o soporte fáctico  que  verifique el cambio, significar que el Tribunal desbordó su competencia al  pronunciarse  de  fondo,  dado  que  solo  estaba  facultado  para  resolver  la  manifestada  incompetencia  de  la Jueza de primer grado, recayendo con ello, el  casacionista,  en  la  causal  segunda,  por  afectación  supuesta del trámite  procesal, generativa de nulidad.   

             Ya   después,  sin  mayores  precisiones  normativas  que  soporten  el  simple  enunciado  de  que  se desbordó el marco de lo apelado, el impugnante procede a  analizar,  bajo  su  particular  magín,  el  beneficio de prisión domiciliaria  consagrado  en  el artículo 38 del C.P., significando que su representado legal  es persona de bien, en cuyo favor debe otorgarse el subrogado.   

           Y  finaliza  reclamando  se revoque la decisión de primer grado, para que el A quo  se pronuncie en torno del beneficio en cuestión.   

                  Contradictoria,   equívoca,   confusa  y  carente  de  desarrollo  la  crítica  consignada  en  el  libelo examinado, a la Corte le resulta imposible determinar  cuál  en concreto el vicio que se entiende materializado, cómo operó el mismo  o  qué consecuencias son las buscadas por el demandante, razón suficiente para  inadmitir la demanda.   

                 Ahora,  si  se tratase de hallar algún contenido material que haga necesario el  pronunciamiento   de  fondo,  una  ostensible  limitación  para  el  efecto  la  constituye  el  hecho  de  que  el  recurrente  no  aborda en el plano jurídico  ninguna  crítica  a lo decidido por las instancias, única manera de determinar  la  existencia  de  algún  vicio  trascendente  para  dejar sin efecto la doble  connotación  de  acierto  y legalidad atrás enunciada.       

                 Si  lo  buscado por el impugnante como lo sostiene en el colofón de su escrito,  es  obligar  de la primera instancia analizar de fondo la posibilidad de otorgar  al  procesado  el  sustituto  de  prisión  domiciliaria,  lo  menos  que debió  emprender  consistía  en  definir  los  argumentos  tenidos  en  cuenta  por la  funcionaria  para  omitir  el pronunciamiento que se rechaza y oponer a ello una  adecuada  contradicción  que tome en cuenta esa posición, los hechos concretos  y las normas que regulan el tópico.   

           Por   lo  demás,  para  zanjar  el  asunto,  ya  sobre  el  tema  de  la forma de reclusión en el  domicilio,   sus   varios  momentos  y  efectos,  se  ha  pronunciado  amplia  y  reiteradamente  la  Sala,  advirtiendo  que si se trata de recurrir al mecanismo  alternativo  dispuesto  en el artículo 461 de la Ley 906 de 2004, por remisión  al  artículo  314  ibídem,  la  competencia  para  resolver  el punto se halla  adscrita  a  los  jueces  de  ejecución de pena, tan pronto cobre ejecutoria la  sentencia.   

           Así  expresamente  se  dejó  planteado  en  auto del 19 de octubre de 2006, radicado  25.724:   

             “ No obstante lo anterior,  la  Corte se detiene en las aseveraciones del Ad quem, de acuerdo con las cuales  el  artículo  461  del  Código  de  Procedimiento Penal derogó el presupuesto  punitivo del artículo 38.1 del Código Penal.   

Obsérvese.  

4.1.  Textualmente,  el  Tribunal  dijo  lo  siguiente:   

2.  De  la  prisión  domiciliaria  como  sustitutiva de la pena de prisión.   

El instituto aquí enunciado, regulado en el  artículo  38  de  la  ley 599 de 2000 –Código  Penal-, se entiende que mediante la expedición del sistema  de  juzgamiento  verbal  o  acusatorio (Ley 906 de 2004), fue modificado por los  artículos  461  en  concordancia  con  el 314, toda vez que no ha de tenerse en  cuenta  el  aspecto  objetivo  de  pena  previsto  para  el delito por el que se  procede,  esto  es,  5  años  de  prisión  o  menos, como tampoco el segundo o  subjetivo  que  hace  referencia  al  desempeño  laboral,  personal, familiar o  social  del  sentenciado, que permitan al funcionario concluir razonadamente que  este  no  evadirá el cumplimiento de la pena y que no colocará en peligro a la  comunidad,  pues  ahora los nuevos presupuestos a los que se remite el artículo  461  de la ley 906 de 2004, son los consagrados en el artículo 314 ibídem, que  para el caso en estudio se supeditan al numeral 1º.   

Conforme  se puede inferir y se reitera, en  las  precitadas  normas  no aparece el presupuesto objetivo o un límite mínimo  de  pena  prevista  para  la  conducta por la que se juzgó al acusado, pero sí  corresponde  evaluar  el  contenido del citado numeral 1º del artículo 314 que  es del siguiente tenor:   

“…la   detención   preventiva   en  establecimiento  carcelario (pena de prisión para el caso) podrá (facultativo)  sustituirse  por  la  del  lugar  de  residencia  en  los siguientes eventos: 1.  Cuando  para  el  cumplimiento de los fines previstos  para  la  medida  de  aseguramiento  sea suficiente la reclusión en el lugar de  residencia,  aspecto que será evaluado por el Juez al  momento de decidir su imposición” (resaltado del Tribunal.   

Concretamente  se tiene que las finalidades  por  las  cuales  se  impone  la  restricción de la libertad se concretan en la  necesidad   de   “evitar  la  obstrucción  de  la  justicia,  o  asegurar  la  comparecencia  del imputado al proceso, la protección  de  la  comunidad  y  de  las  víctimas,  o  para el cumplimiento de la pena”  (resaltado  del  Tribunal),  por  manera que no han de  mirarse   únicamente  los  fines  de  la  pena  como  la  prevención  general,  retribución  justa,  prevención especial, reinserción social y protección al  condenado  (art.  4º del C.P.), sino que el pronóstico debe estar fundado   en   la   gravedad   y   las   modalidades   del  injusto  cometido,  incluyendo este estudio la entidad del bien  jurídico  afectado, la magnitud del daño potencial o  real  causado  con  la  conducta reprobada, acudiendo a  las  pautas  de  lesividad  del  hecho  ejecutado y así determinar si merece la  sustitución  de  la  detención preventiva en establecimiento carcelario por la  de su lugar de residencia.   

4.2.  La  Sala5  ha  afirmado  la vigencia del  artículo 38 del Código Penal en los siguientes términos:   

En  segundo  lugar, como equipara sin ninguna  explicación  dos  instituciones  diferentes  -la  detención  domiciliaria y la  prisión  domiciliaria-  para reclamar se conceda la segunda con el lleno de los  requisitos  de la primera, las críticas que formula al Ad quem por no otorgarla  se tornan infundadas.   

En  auto del 23 de febrero del 2006, radicado  24.082,  si  bien  examinando  un  proceso tramitado al amparo de la Ley 600 del  2000,  dijo  la  Sala  sobre las diferencias entre la prisión domiciliaria y la  detención domiciliaria:   

“[c]uando  se  estudia la procedencia de la  segunda  se  aprecian,  además  de los requisitos legales y los fines legales y  constitucionales  de  la  medida,  las  exigencias  del artículo 38 del Código  Penal  –por remisión del  parágrafo  del artículo 357 del Código de Procedimiento Penal- pero cuando se  trata    de   la   primera   es   indispensable   valorar   además   de   estas  últimas”.   

“[l]as  funciones de la pena, de manera que  la  definición  de  cada  asunto  responda a la idea básica según la cual, al  tiempo   que  se  propenda  por  la  resocialización  del  sentenciado,  no  se  obstaculice  la  estabilidad  del  ordenamiento  jurídico  por la sensación de  desprotección  e  incertidumbre  que  una  errada  decisión  generaría  en el  entorno                  social”.6   

Y  señaló que esas diferencias se sustentan  en que   

“[c]uando  se  cambia  de  la  posición de  procesado  a  la  de  condenado,  se  produce  también  una  variación  en  la  naturaleza  y finalidades de la privación de libertad, que de medida preventiva  para  asegurar  el  cumplimiento  de los fines previstos en el artículo 355 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  se torna en pena cuya efectiva ejecución se  condiciona  al  cumplimiento de las funciones señaladas en el artículo 4º del  Código Penal”.   

Quizás por ello el nuevo estatuto procesal no  remite  al Código Penal cuando regula la detención domiciliaria, eliminando el  requisito  objetivo  de  la cantidad de pena prevista para el delito y limitando  la  exigencia  respecto  de  la causal general del numeral 1º del artículo 314  –precepto  que  consagra  otros  motivos  de  detención domiciliaria para situaciones específicas- a que  el  juez  estime que la reclusión en el lugar de residencia sea suficiente para  el    cumplimiento    de    los    fines    previstos    para   la   medida   de  aseguramiento.   

La prisión domiciliaria, en cambio, regida  por  el  artículo  38 del Código Penal, sólo es viable cuando la pena mínima  señalada  para la conducta punible por la que se procede, no supere los 5 años  de prisión (auto del 23 de marzo del 2006, radicado 24.927).   

Posteriormente,  en  sentencia  del  1° de  junio del 2006 (radicado 24.764), explicó:   

Ahora  bien, como el defensor considera que  la  ley  906  de  2004  no  fijó  límite  punitivo  alguno  como  requisito de  procedencia  para la prisión domiciliaria, afirmación que, como lo advierte el  Ministerio  público,  dejó  huérfana  de  sustento, advierte la Sala frente a  esta  propuesta,  que de ninguna manera la nueva normatividad procesal modificó  el  artículo  38 de la Ley 599 de 2000 sobre ese instituto, pues una cosa es la  detención  domiciliaria,  que  procede  en el trámite del proceso, y otra, muy  distinta,  la  prisión  domiciliaria que procede para la ejecución de la pena.   

Es cierto que en la sistemática de la Ley 906  de  2004,  la  detención  domiciliaria  no  exige  límite punitivo, como está  consagrado  en  el artículo 314, norma que en verdad tiene efectos sustanciales  favorables  en  la regulación de este específico instituto, como lo reconoció  la Sala en proveído del 4 de mayo de 2005, Rdo. 23.567.   

Este trato benévolo se entiende porque en la  filosofía  del  sistema oral acusatorio el querer del legislador fue restringir  el  cumplimiento de la detención bajo el régimen carcelario, para privilegiar,  de  manera  general,  un  régimen  que  no  esté  sujeto  a la severidad de la  reclusión  intramural,  la  que  tendrá  lugar únicamente cuando se considere  necesario  para los fines estrictamente señalados en el artículo 308 de la Ley  906 de 2004.   

Pero,  esa  regla  general  que  rige  en  el  trámite  procesal  no  puede extenderse a los casos donde el Estado después de  destronar  la  presunción  de  inocencia,  condena  al cumplimiento de una pena  privativa  de  la  libertad, porque en tales eventos la aplicación de la medida  debe  responder a otros fines distintos a los señalados en el referido precepto  instrumental,   que  no  son  otros  que  los  fines  específicos  de  la  pena  establecidos   en   el   artículo   4º   del   Código   Penal   -Ley  599  de  2000-.   

La observancia de esos fines en la aplicación  de  la  pena,  necesariamente  deben  armonizarse  con  las  exigencias  legales  establecidas  en  el  artículo  38  de  la  Ley  599  de  2000 para la prisión  domiciliaria,   como  sustitutiva  de  la  prisión,  además  de  su  requisito  objetivo.   

Es decir, en la sistemática del nuevo Código  Procesal  Penal,  la detención domiciliaria responde a unos fines específicos,  aquellos  señalados  en  el  citado  artículo  314,  distintos  a los fines de  prevención  general,  retribución  justa,  prevención  especial, reinserción  social  y  protección  al  condenado,  que  se  activan  en  el  momento  de la  imposición  de la pena de prisión, por lo que no puede entenderse reformado el  artículo  38  del  Código  Penal  por el citado artículo 314 de la Ley 906 de  2004.   

Así,  resulta imperioso entonces recordar el  pronunciamiento  de  la  Sala  relacionado  con  el  alcance  de  la  expresión  “conducta  punible”  inserta  en  el  Art.  38-1  del  C. Penal, al fijar el  condicionamiento  objetivo  para la procedencia de la prisión domiciliaria como  sustitutiva  de la prisión intramuros o carcelaria, tema ampliamente discutido,  entre  otras  decisiones,  en  las  casaciones  de  11  de febrero de 2004, Rad.  20.945;  de  15  de  septiembre de 2004, Rad.19.948; y 13 de abril de 2005, Rdo.  21.734;  así  como   en  sentencia  de  única instancia de 29 de junio de  2005.   

“Las  conclusiones a  las  que  llegó  la Corte en estas decisiones, son en síntesis las siguientes:  (1)  que  la  sanción  a  tener en cuenta no es la aplicable al procesado en el  caso  concreto, sino la prevista de manera abstracta para la conducta punible en  el  tipo  penal  respectivo;  (2)  que  por  conducta punible debe entenderse el  comportamiento  típico  con las circunstancias genéricas y específicas que lo  califican  o privilegian, y que modifican los extremos punitivos establecidos en  la  norma;  y  (3)  que  las  circunstancias  que  sean  tenidas  en cuenta para  incrementar   la   pena,  deben  haber  sido  imputadas  en  la  resolución  de  acusación.   

“En  relación  con  las circunstancias y  modalidades  conductuales concurrentes, que alteran los extremos punitivos de la  conducta,   y  deben   por  tanto  ser tenidas en cuenta como factores  modificadores  de  la  punibilidad  abstracta, han sido señalados, entre otros,  los   dispositivos  amplificadores  del  tipo  (tentativa  y  complicidad),  las  modalidades  de  comportamiento  previstas en la parte general del código (como  la  marginalidad,  ignorancia  o  pobreza  extremas;  la ira e intenso dolor; el  exceso  en  las  causales  de  justificación),  y las específicas de cada tipo  penal  en particular, que amplían o reducen su ámbito de punibilidad (como las  previstas  para  el  hurto  en  los  artículos  241,  267  y  268  del  Código  Penal).    

“En  cambio,  quedan  por  fuera  todos  aquellos  factores que no guardan relación directa con la conducta punible, por  no  encontrarse vinculados con su ejecución, sino con actitudes postdelictuales  del  procesado,  cuya  concurrencia  solo  tiene  la  virtualidad  de afectar la  punibilidad  en  concreto,  en  cuanto  operan sobre la pena ya individualizada,  como  por  ejemplo  la  confesión,  la  reparación  en  los  delitos contra el  patrimonio  económico,  el reintegro en el peculado, la sentencia anticipada, o  la retractación en el falso testimonio.    

“En  síntesis, por conducta punible para  efectos  de lo dispuesto en el  artículo 38 numeral 1° del Código Penal,  ha  de entenderse la conducta propiamente dicha, con las circunstancias modales,  temporales  o  espaciales que la califican o privilegian, o que de alguna manera  los  especifican,  cuya  concurrencia  tiene  la  virtualidad  de  incidir en el  ámbito  de  movilidad  punitivo previsto por el legislador, en cuanto determina  la   variación  de  sus  extremos  mínimo  y  máximo,  como  ocurre  con  los  dispositivos  amplificadores del tipo, la atenuante de la ira o intenso dolor, y  demás    hipótesis    relacionadas   a   manera   de   ejemplo.”7.   

4.3.  El artículo 461 del nuevo Código de  Procedimiento    Penal,    ubicado    dentro    del    Libro   IV   –Ejecución  de  sentencias-, Título I  –Ejecución  de  penas  y  medidas  de  seguridad-,  Capítulo  I –ejecución   de  penas-,  ha  sido  establecido  para  sustituir  la  materialización intramural de la sanción.   

Los  artículos  313 y 314 de la Ley 906 de  2004     están    localizados    en    el   Capítulo   III   –Medidas de aseguramiento-, del Título  IV  –Del  régimen  de la  libertad  y  su  restricción-,  del Libro II del nuevo Código de Procedimiento  Penal.   

La  prisión  domiciliaria  aparece  en  el  artículo  38  del  Código  Penal,  conformante  del  Capítulo  I –De  las  penas, sus clases y efectos-,  del  Título  IV  –De las  consecuencias  jurídicas de la conducta punible-, del Libro I del Código Penal  –Parte    general-.   

Es  claro,  entonces,  que cada uno de esos  institutos posee su propio ámbito y contenido.   

La detención domiciliaria tiene que ver con  el  decurso  del  proceso;  la  prisión  domiciliaria, con el proferimiento del  fallo;  y  la  sustitución  de  la  pena,  con la efectividad corporal de esta.   

Se trata, entonces, de fenómenos jurídicos  bien  diversos,  que  cumplen  funciones en diferentes momentos de la actuación  procesal.  Los requisitos, así, son particulares para cada uno de ellas, lo que  implica  que  no  puede  haber  incompatibilidad  de  la  normativa  de  los dos  primeros, o de alguno de ellos, con el tercero.   

En casos como este, desde el punto de vista  estructural  y  desde  el  punto  de  vista  temático,  no  es posible afirmar,  entonces,    que    una   norma   modifique,   subrogue,   abrogue   o   derogue  otra.   

La  sustitución  de la pena, por tanto, no  tiene  el  mismo  escenario  procesal  ni  la  misma sustancia que la detención  domiciliaria, ni que la prisión domiciliaria.   

4.4. El artículo 461, bajo el título de  “Sustitución de la ejecución de la pena”, dice:   

El juez de ejecución de penas y medidas de  seguridad  podrá  ordenar  al  Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario la  sustitución  de la ejecución de la pena,  previa caución, en los mismos casos de  la   sustitución  de  la  detención  preventiva  (Lo  resaltado es ajeno al texto).   

El  artículo 314 regula la sustitución de  la  detención  preventiva  en  desarrollo  del  proceso, que procede cuando sea  suficiente  frente  a las finalidades de la medida de aseguramiento; el imputado  o  acusado  sea  mayor  de  65  años,  teniendo  en  cuenta su personalidad, la  naturaleza  y  modalidad  del  delito;  la  imputada o acusada esté próxima al  alumbramiento  o  después  del  mismo;  cuando  el  imputado  o acusado padezca  enfermedad  grave;  o cuando se esté ante imputado o acusado “madre cabeza de  familia”.   

La lógica más sana enseña, entonces, que  partiendo   de  la  fase  correspondiente  dentro  de  la  actuación,   la  sustitución   de  la  ejecución  material  de  la  pena,  ya  ejecutoriada  la  sentencia, es viable cuando se demuestra que :   

a)  El  condenado  tiene  más de 65 años,  según su personalidad y la gravedad y modalidades de la conducta.   

b)  A  la  condenada  le faltan dos meses o  menos para dar a luz.   

c) El condenado o condenada sufre enfermedad  grave.   

d)  Con  posterioridad  a  la firmeza de la  sentencia,  el  condenado  o condenada adquiere el estatus de “madre cabeza de  familia”.   

De   lo   anterior   emanan   otras   dos  conclusiones:   

a)  Para  otorgar  o no la sustitución del  artículo  461  del  Código  de Procedimiento Penal, no se tienen en cuenta las  finalidades  de  la  medida  de  aseguramiento,  por  evidente  sustracción  de  materia,  pues  tal  tema ya ha sido más que superado. Por esta razón, el juez  de  ejecución,  cuando  percibe  la  remisión  que  el  artículo  461 hace al  artículo  314,  no  debe  atender  el  numeral  1º de este pues, se repite, su  contenido      sólo      opera      dentro     del     proceso     –excluida  la sentencia- y porque ya ha  sido objeto de tratamiento, positiva o negativamente.   

b)   Tampoco  se  tienen  en  cuenta  las  finalidades  de  la  pena,  que  ya  han sido estimadas en el momento del fallo,  sobre todo para efectos de su individualización.   

c) No se puede observar el mínimo punitivo  previsto  en  el  tipo  penal  correspondiente, al que alude el artículo 38 del  Código  Penal,  pues  tal  exigencia  es propia y exclusiva del juez cuando, al  dictar  la  sentencia, dedica su atención al reconocimiento o no de la prisión  domiciliaria.   

4.4.  Lo  expuesto  obedece a la tradición  legislativa  del  país.  Bastan  dos ejemplos, con retroceso leve: el artículo  507  del  decreto  2700  de  1991 preveía la suspensión de la ejecución de la  pena,  en  manos  del juez de ejecución de penas y medidas de seguridad, en los  mismos  casos  en  que era posible la suspensión de la detención preventiva, y  conforme  con  su  artículo  407  esta  procedía  en  los  casos de mayoridad,  gestación  avanzada  y  grave  enfermedad;  y  el  decreto  0050  de  1987, que  esencialmente   aludía  a  lo  mismo,  como  emana  de  sus  artículos  613  y  432.   

En  síntesis, para otorgar la sustitución  de  la pena a que se refiere el artículo 461 del nuevo Código de Procedimiento  Penal  se  miran  exclusivamente  las  hipótesis  relacionadas  con la edad, la  enfermedad  grave,  la  gravidez  y el estatus de “madre cabeza de familia”,  todo ello surgido con posterioridad a la ejecutoria del fallo.   

Como es obvio, si en las instancias no se ha  resuelto  nada  sobre  la  prisión  domiciliaria,  el  juez de ejecución está  habilitado  para  hacerlo, siempre frente al artículo 38 del Código Penal, con  las  exigencias propias de esa institución, sin miramiento alguno del contenido  de  la  sustitución  de  la  prisión –artículo     461-,     tema     jurídico,     se     dijo,     muy  diferente.”   

            Descendiendo  al caso concreto, ninguna discusión opera en torno de la correcta  forma  de  actuar  de  la  funcionaria  judicial  de  primera  instancia  (ni el  recurrente  hizo  algo  para  demostrarlo,  cabe  agregar),  dado que, en primer  lugar,  se  negó  la prisión  domiciliaria inserta en el artículo 38 del  C.P.,  en  razón  a  que  la  pena  dispuesta  por el legislador para el delito  atribuido  al  procesado, supera los 5 años; y, en segundo término, se abstuvo  la  funcionaria  de  decidir  en  torno  de  la  sustitución  establecida en el  artículo  461 de la Ley 906 de 2004, por ocasión de que ello corre del resorte  del  juez  de  ejecución  de  penas y medidas de seguridad, una vez en firme el  fallo.   

             Ello    resulta  suficiente  para  significar,  en  un  plano material, que ninguna violación se  aprecia  en  el  trámite  y  decisiones tomadas por la A quo, motivo por el que  carece  de  fundamento  la  solicitud  inmotivada  del  recurrente,  buscando se  revoque el pronunciamiento de primer grado.   

         Además,  tanto  los  innegables  yerros de fundamentación del recurso, como la  apreciación  del  actuar  apegado a derecho de la funcionaria, emergen factores  suficientes  para  inadmitir  la  demanda  presentada  a favor de CÉSAR AUGUSTO  NARVÁEZ MENDOZA.      

1. DEMANDA A FAVOR DE DIEGO ANDRÉS GALINDO POLANÍA.     

           Desde  un  principio,  es  necesario  significar  que  la discusión, centrada en ambos  cargos,  referida a que al procesado debió otorgársele el sustituto consagrado  en  el  numeral  5°  del  artículo  314  de  la Ley 906 de 2004, por remisión  expresa,  para  los  casos  de prisión domiciliaria, del artículo 461 ibídem,  resulta  completamente impertinente, dado que, como ampliamente se determinó en  la  demanda  anterior,  es  ese  un  asunto  que  compete  en  primera instancia  decidirlo  a  los  Jueces de Ejecución de Penas y Medidas de Seguridad, una vez  ejecutoriada la sentencia.   

             Y  si  ello  es  así,  no  cabe  más  que  inadmitir  la demanda, dado que emerge, lo  pretendido, extemporáneo por anticipación.   

           Sin  embargo,  para  que  se  entienda  mejor  la  razón del rechazo, la Sala estima  prudente  significar al recurrente que de ninguna manera, como lo sostiene en el  libelo,  lo  consignado  como  sustitución  de la pena de prisión efectiva por  domiciliaria,  en  el  artículo 461 de la Ley 906 de 2004, opera o se asimila a  la  figura  contemplada  en  el  artículo 38 de la Ley 599 de 2000, y para ello  basta   remitir   a   la   jurisprudencia  profusamente  transcrita  en  líneas  anteriores, respecto de la otra demanda inadmitida.   

             A  su  vez,  se  impone  destacar, si se dijera que es posible resolver anticipadamente  el  tópico,  en  sede  del  fallo de primera o segunda instancias,  que la  crítica  planteada  por  el impugnante se queda en el mero enunciado, a través  de  la imposición de sus propias consideraciones sobre lo que la norma consagra  y  cuál ha de ser la interpretación adecuada, en típico alegato de instancia,  pero  no  aborda  seriamente  el  contenido  de las normas en juego, vale decir,  numeral  5°  del  artículo  314 de la Ley 906  de 2004, Ley 750 de 2002 y  artículo  2°  de  la  Ley 82 de 1993, para demostrar, en punto de la causal de  violación  directa propuesta (aunque la diga indirecta en el escrito), cómo el  Tribunal las interpretó erradamente o aplicó indebidamente.   

           En  este  sentido,  el  Tribunal,  a  pesar  de señalar previamente que, en efecto,  había   actuado   correctamente   la  jueza  de  primer  grado  cuando  omitió  pronunciarse  acerca  de  la sustitución de la prisión efectiva, extrañamente  decide  abordar  de  fondo  el  examen  del asunto, para lo cual señaló que se  recurría  a  la  Ley  750  de  2002  (sin  tomar  en  consideración  que  esta  normatividad  sirve  precisamente  de  soporte  a  la  sustitución  que se dijo  competencia  de  los  Jueces  de  Ejecución  de Penas), para colegir que no era  posible  definir  al  procesado  padre  cabeza  de familia, pues, esa condición  jurídica  no  se  aviene  con  la  definición  que sobre el particular trae el  artículo  2°  de  la  Ley 82 de 1993 , en concreto, porque se demostró que el  los  menores  hijos  del  procesado  viven  bajo  la  tutela y protección de su  madre.   

            Y,  se  recuerda,  si  la  norma  en  cuestión  exige  para la mujer u hombre cabeza de  familia,  que  éste  no  cuente  con  la  ayuda  de  su  cónyuge  o compañera  permanente  “…ya  sea  por  ausencia permanente o  incapacidad   física,   sensorial,   síquica   o   moral…”,   apenas  natural  emerge  la  conclusión  del  A  quo,  cuando no se  discute  ni  siquiera  por  el  demandante,  que en efecto esa figura materna se  encuentra adscrita al seno del hogar.   

           La  discusión  si  se  quiere  especiosa  acerca  de cómo la falta de preparación  académica  de  la madre de los menores, que le impide por sí sola laborar para  conseguir  el  sustento,  o  constituiría factor de abandono de los hijos de la  pareja,  carece  de  seriedad  y  desde luego que se aparta bastante, pese a los  esfuerzos  argumentativos  del  recurrente,  del  tenor objetivo de la norma, en  cuanto  demanda  “incapacidad  física,  sensorial,  síquica o moral del cónyuge”.   

             Entonces,  indiscutible  que  la  cónyuge del procesado no padece, dentro de su  expresión  y significado naturales, de incapacidad física, sensorial, síquica  o  moral,  o  cuando  menos,  ajenos a la discusión y la prueba estos concretos  factores,   nada   se   hace   por   demostrar   que   el  Tribunal  interpretó  erradamente  la normatividad aplicable al caso.   

              No  es  posible, en este sentido, afirmar, como lo hace el impugnante para dotar  de  alguna  fuerza  disuasiva  su discurso, que esa incapacidad “moral” a la  que  alude  la  norma,  es  similar  o se compadece con una supuesta incapacidad  “intelectual”  que  limita  las  posibilidades de trabajo de la cónyuge del  procesado.   

           Y,  junto  con  ello,  la  auscultación  que  hace  el demandante de las normas del  bloque  de  constitucionalidad,  en  punto de la necesidad de protección de los  menores,   se   erige   apenas   en   discursiva,   buscando  anteponerla  a  la  interpretación  del  Tribunal, pero sin capacidad suficiente para demostrar que  el  Ad  quem  se  equivocó en la interpretación de la norma.      

                  El primer cargo, por lo anotado, debe inadmitirse.   

                  Similar  suerte  ha  de  correr  el  segundo,  en  tanto,  resulta  equívoca su  postulación,  ya  que parte por significar cómo el Tribunal omitió considerar  pruebas  pertinentes, para después, en el desarrollo del cargo, advertir que lo  ocurrido fue que no se valoraron adecuadamente.   

                   En  un  plano  lógico la crítica se evidencia completamente incongruente, dado  que  mal  puede el Ad quem valorar inadecuadamente las pruebas si lo que sucede,  a la par, es que ni siquiera las tuvo en cuenta.   

                     Desde  luego,  en  uno  u  otro  casos, era necesario que el recurrente, bajo la  férula  del  falso  juicio  de  existencia, en el primero, o  dentro de la  perspectiva  de  la errada valoración, en el segundo, abordase adecuadamente la  crítica,  al  tenor  de  las  pautas  ya  suficientemente  establecidas  por la  jurisprudencia de la Corte.   

                    En  otros  términos,  si finalmente discute el casacionista, porque  a eso  remite  el  desarrollo  del cargo, la interpretación dada por el Tribunal a las  pruebas,  era menester, dentro de los principios que gobiernan la sana crítica,  señalar  en  concreto  cuál  fue  la  norma  de la experiencia, la regla de la  lógica  o  el  fundamento  científico  pasados  por alto, cómo ocurrió ello,  transcribiendo  el  apartado  del  fallo  donde se consigna, respecto de cuál o  cuáles  elementos  de  juicio  específicos operó el yerro, y la manera en que  ello  incide  sobre la decisión, una vez examinadas las pruebas en conjunto con  la corrección del vicio.   

             Evidente  que nada de ello intentó el censor, es claro que lo suyo no supera la  simple  exposición  de  un  criterio  contrario  al del fallador, por lo demás  sustentado  en  una  premisa  mayor,  arriba examinada, que parte por darle a la  norma,  artículo  2°  de   la  Ley 82 de 1993, un alcance y consecuencias  ajenos a lo que de su texto se lee.   

               Así,  también carece de trascendencia el vicio alegado, pues, si sucediera que  en  efecto  el  Tribunal  dejó  de  examinar  o valoró inadecuadamente algunos  elementos  probatorios,  ello  a nada conduce si las pruebas en cuestión buscan  demostrar  las supuestas limitaciones académicas de la cónyuge del procesado y  su  incidencia  en  la  posibilidad de hacerse a un trabajo remunerado, dado que  equivocadamente  las  asimila  el recurrente a la incapacidad moral de que habla  la norma en cuestión.       

               Tampoco  el  segundo  cargo de la demanda, por lo visto, supera mínimos rigores  de   fundamentación   lógica  y  soporte  argumental,  razón  que  obliga  su  inadmisión.   

                En  suma, para lo que a las dos demandas de casación compete, verificado, de un  lado,   que   el  asunto  discutido  resulta  impertinente  cuando  aún  no  se  ejecutoría  la sentencia, y atendidas las enormes limitaciones argumentativas y  de  fundamentación  que  pueblas  los  libelos  en  cuestión, no cabe más que  proceder  a  su rechazo, en tanto, cabe agregar,  la Corte no observa en el  trámite  del  asunto  o  lo  consignado  en  el  fallo  atacado,  violación de  garantías     fundamentales     que    haga    necesaria    la    intervención  oficiosa.   

Cuestión       final.   

Habida cuenta de que contra la decisión de  inadmitir  la  demanda  de  casación  procede  el  mecanismo  de insistencia de  conformidad  con lo establecido en el Art. 186 de la Ley 906/04, impera precisar  que  como  dicha legislación no regula el trámite a seguir para que se aplique  el  referido  instituto  procesal, la Sala ha definido las reglas que habrán de  seguirse       para       su       aplicación8 como sigue:   

         

         a)  La  insistencia  es  un  mecanismo  especial que sólo puede ser  promovido  por  el  demandante,  dentro  de  los cinco (5) días siguientes a la  notificación  de la providencia por cuyo medio la Sala decida no seleccionar la  demanda  de  casación,  con el fin de provocar que ésta reconsidere lo decido.  También  podrá  ser  provocado  oficiosamente  por alguno de los Delegados del  Ministerio  Público  para  la  Casación  Penal  -siempre  que  el  recurso  de  casación   no   hubiera  sido  interpuesto  por  un  Procurador  Judicial-,  el  Magistrado  disidente  o  el Magistrado que no haya participado en los debates y  suscrito la providencia inadmisoria.   

         b)  La  solicitud  de  insistencia puede elevarse ante el Ministerio  Público  a  través de sus Delegados para la Casación Penal, o ante uno de los  Magistrados  que  haya  salvado  voto  en  cuanto  a la decisión mayoritaria de  inadmitir  la  demanda  o ante uno de los Magistrados que no haya intervenido en  la discusión.   

         c)  Es potestativo del Magistrado disidente, del que no intervino en  los  debates  o  del  Delegado  del Ministerio Público ante quien se formula la  insistencia,  optar  por  someter  el  asunto  a  consideración de la Sala o no  presentarlo  para  su  revisión,  evento  último  en que informará de ello al  peticionario en un plazo de quince (15) días.   

         d)  El  auto  a  través  del  cual  no  se selecciona la demanda de  casación  trae  como  consecuencia  la  firmeza  de  la  sentencia  de  segunda  instancia  contra  la  cual  se  formuló  el recurso de casación, salvo que la  insistencia prospere y conlleve a la admisión de la demanda.   

   

En  mérito  de  lo  expuesto, LA  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de Casación Penal,   

RESUELVE   

1.   INADMITIR  las  demandas  de  casación  presentadas en nombre de  CÉSAR  AUGUSTO  NARVÁEZ  MENDOZA y DIEGO ANDRÉS GALINDO POLANÍA,    en   seguimiento  de   las  motivaciones plasmadas en el cuerpo del presente proveído.   

De  conformidad  con  lo  dispuesto  en  el  artículo  184  de  la  Ley  906  de  2004,  es  facultad  del demandante elevar  petición de insistencia en relación con el punto.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                ALFREDO      GÓMEZ  QUINTERO   

MARIA    DEL    ROSARIOGONZÁLEZ    DE  L.                            AUGUSTO J.  IBAÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                YESID      RAMÍREZ  BASTIDAS   

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                          JAVIER   DE   JESÚS  ZAPATA  ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

            Secretaria     

1 Auto  del 2 de noviembre de 2006, Radicado 26.089   

2 Cfr.  auto de casación del 24 de noviembre de 2005, radicación 24.323.   

3 Cfr.  auto de casación del 24 de noviembre de 2005, radicación 24.530.   

4 ib.  radicación 24.530   

5  Si  bien desde una perspectiva diferente al argumento que hoy se trae.   

6  Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal, sentencia del  17 de junio del 2003, radicado 18.684.   

7 Sentencia de 31 de agosto de 2005, Rdo. 21.720.   

8  Providencia del 12 de diciembre de 2005. Rad. 24322.     

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