29809(15-07-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No.  29809   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

Aprobado Acta No.189  

Bogotá  D.C.,  catorce (14) de julio de dos  mil ocho (2008)   

VISTOS  

Decide  la  Sala  acerca  de los fundamentos  lógicos  y  debida  argumentación de la demanda de casación presentada por el  defensor  de  LIBARDO  ANTONIO TABA BAÑOL,  contra la sentencia del Tribunal Superior de Distrito Judicial de  Bogotá  que  revocó  la dictada en el Juzgado Segundo Penal del Circuito, y en  su    lugar    lo    condenó    como    autor    penalmente    responsable   de  homicidio.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

1. En Bogotá, el 7  de  noviembre  de 2005, a eso de las 3:30 p.m., en la Central de Abastos ubicada  en   la  carrera  80  Nº  2-51  Sur,  entre  Milton  Giovanny  Díaz  López  y  LIBARDO  ANTONIO TABA BAÑOL,  luego  de  que  este  se  negó  a  suministrarle  a aquél $ 1000 para pagar el  consumo  de  media  botella  de  aguardiente,  se presentó un altercado en cuyo  desarrollo  el  primero  recibió  por parte del segundo varias heridas con arma  cortopunzante  (cuchillo)  a  consecuencia de las cuales falleció.   

2.  Aprehendido en  situación   de   flagrancia  TABA  BAÑOL,  el  8 de noviembre de 2005 se llevó a acabo ante el Juez Sesenta  Penal  Municipal con funciones de control de garantías, audiencia preliminar en  la  que la Fiscalía le formuló imputación por el delito de homicidio previsto  en  el  artículo  103  del  Código  Penal,  en  armonía  con la modificación  dispuesta  en  el  artículo  14  de  la Ley 890 de 2004, cargos a los que no se  allanó el procesado.   

3. El 8 de febrero  de  2006,  bajo  la  dirección  del Juez Segundo Penal del Circuito se llevó a  cabo  audiencia  en  la que la Fiscalía formuló acusación contra LIBARDO  ANTONIO  TABA BAÑOL en calidad de  autor  del  referido  delito  contra  la  vida  e  integridad  personal,  y  con  posterioridad,  ante el mismo funcionario tuvieron lugar, el 21 de marzo de 2006  y  el  29  de  mayo  de  2007,  las  audiencias  preparatoria  y de juicio oral,  respectivamente.   

4. Luego de que al  finalizar  el debate oral y público el juez titular anunció que el sentido del  fallo  era  absolutorio,  finalmente,  el  25 de septiembre de 2007, se llevó a  cabo  la  audiencia  de  lectura  de  la  sentencia con la cual se formalizó la  absolución  del  procesado  frente  a  los  cargos  atribuido por la Fiscalía,  decisión que impugnó el funcionario responsable de la acusación.   

5.  Surtida  la  audiencia  de  sustentación  de  la alzada, el 4 de febrero de 2008 el Tribunal  Superior  de  Bogotá, se pronunció revocando la sentencia absolutoria, y en su  lugar  condenó  a TABA BAÑOL  como  autor  penalmente responsable del delito de homicidio, a la pena principal  de  diecisiete  (17)  años  y cuatro (4) meses de prisión, y a la accesoria de  inhabilidad  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones públicas por igual  lapso,  sentencia  de  segunda  instancia contra la que el apoderado del acusado  interpuso y sustentó oportunamente el recurso de casación.   

LA DEMANDA  

El  defensor del procesado presentó el 6 de  mayo  de  2008,  un escrito orientado a sustentar el recurso extraordinario, con  base en los siguientes reproches:   

1.  Como  primer  cargo,  propone la nulidad de la actuación al amparo del artículo 181, numeral  2°,  del  Código  de  Procedimiento Penal (Ley 906 de  2004),  por  desconocimiento  del  derecho de defensa,  pues  estima  que si el ad-quem consideró que la sentencia de primera instancia  carecía  de  motivación,  la  decisión que debió adoptar era la de anular el  fallo  de  primera grado y no dictar sentencia condenatoria de reemplazo como lo  hizo,  ya  que  con  tal  proceder suplantó al a-quo y dejó sin posibilidad de  segunda  instancia al procesado, razón por la que solicita a la Corte invalidar  la sentencia cuestionada.   

2.  En  el  cargo  segundo,  con  fundamento  en  el  artículo  181, numeral 3°, de la Ley 906 de  2004,  alega  la  violación indirecta de la ley sustancial a consecuencia de un  error  de  hecho consistente en falso raciocinio, el cual habría conducido a la  falta   de  aplicación  del  artículo  32,  numeral  6°,  del  Código  Penal  (Ley  599  de  2000),  pues,  según  el  actor,  con base en el protocolo de necropsia, la declaración de la  respectiva  perito,  y  los  testimonios  de  Heidy Alejandra Sánchez Beltrán,  Nelson  Darío  Zuleta  Galeano  y  José Vidal Martínez, el Tribunal concluyó  erradamente   que   no   existió   legítima   defensa  en  la  actuación  del  acusado.   

Sostiene  que  el  ad-quem  desconoció  la  máxima  de  la  experiencia  según  la  cual,  cuando  una  persona  no quiere  enfrentar  un  peligro,  se  va  del  lugar  en el que se cierne la amenaza para  evitarla.   

De acuerdo con lo anterior puntualiza que si  el  acusado  salió esgrimiendo un cuchillo del establecimiento en el que estaba  con  el  hoy  fallecido, fue para evadir el peligro que giraba en su entorno por  la  actitud  agresiva  de éste quien lo amenazaba con un bisturí, y agrega que  de  acuerdo  con  la necropsia sólo una de las heridas que sufrió Milton Díaz  fue  mortal,  ya  que la pericia no indica que las demás hubiesen sido causadas  con  intención  homicida,  razón  por la que debe colegirse que en el forcejeo  que  se  presentó  entre  el  procesado  y  el  inicial agresor “cualquier    eventualidad”    habría  ocurrido,  tal  como  en  el  presente  caso,  en  el  que  resultó mal librado  justamente Milton Díaz.   

Indica  que  el  Tribunal  “no  apreció” que el acusado se retiró  de  la  cantina  porque  no  quería  enfrentarse  con  Milton  Díaz,  quien lo  persiguió   afuera   de   la   tienda   en  actitud  agresiva,  “lo    correteo”   alrededor   de   una  “zorra”     hasta  alcanzarlo,  “lo abrazó por los hombros”,      lo     “tumbó”  al piso, y cayó sobre él sufriendo en ese momento las heridas  que  determinaron  su  fallecimiento,  es  decir  que el ad-quem “no  atiende  el  contexto  real” ni los  “movimientos  instantáneos  de defensa frente a la  agresión      de      que      fue     víctima     TABA     BAÑOL”.   

Califica  de  errada  la  negación  de  la  legitima  defensa  con  base  en  que  el  acusado  no  sufrió  heridas  en  el  enfrentamiento   con   su   agresor,  pues  el  ad-quem  debió  “observar”      que     TABA       BAÑOL      “quizá”  fue  más  rápido  que Milton  Díaz,     lo     cual     “tendría”      explicación      en      que      sus      “movimientos  podían  ser torpes como consecuencia de la ingesta de  alcohol  en  grado tres”, circunstancia que no podía  exigirse  que  fuera  conocida  y  atendida  por el acusado, quien lo único que  quería  era  defender  su  vida,  luego  el  fallador  de  segundo grado debió  “admitir”   que   la  embriaguez  de  Milton  Díaz  no  le  permitía  lesionar  con  el  bisturí al  acusado.   

Agrega   que  también  son  ambiguas  las  consideraciones  del Tribunal acerca del arma cortante de la que estaba provisto  el  hoy  fallecido,  ya  que  niega  la existencia de ese instrumento y luego la  acepta  como  probable,  a  pesar  de  que  la  declaración  de Heidy Alejandra  Sánchez  Beltrán  da  cuenta de cómo esgrimía el  agresor en una de sus  manos  el  aludido objeto cortante, por lo que el ad-quem, con base en el citado  medio   de   prueba,  debió  concluir  que  aquél  sí  pretendió  agredir  a  TABA  BAÑOL con el bisturí,  y  que  por  esa  actitud  agresiva se vio precisado ésta a salir de la cantina  como  lo  hizo,  enseñando  el  cuchillo  que  portaba,  así  tal  arma  fuera  potencialmente mas lesiva que la de su atacante.   

Destaca   que   si   el   acusado   salió  “fresco”      o  “tranquilo” del expendio  de  licor,  como  lo  indicó  la  testigo  Sánchez Beltrán, no fue por que no  existiera  la  agresión,  como  lo  infirió  el ad-quem, sino porque prefirió  retirarse  en  actitud  pacifista,  sin darle importancia al incidente provocado  por  Milton  Díaz,  y  agrega que si el procesado sacó su cuchillo tampoco fue  para   desafiarlo,   como   lo   estimó   el   Tribunal,  sino  “seguramente  para  advertirle que no se acercara, es decir, quizá,  para  producirle  la  sensación  de  que si lo atacaba con el bisturí, este se  defendería  con  el  cuchillo”,  luego  el  juez de  segundo    grado    debió    inferir    que    TABA  BAÑOL  esgrimió  el  arma  que portaba para mantener  “a  raya”  al agresor y  “alejarlo     de     su     entorno”.   

Precisa  que  el Tribunal se “aparta”  de las pruebas al concluir que  TABA  BAÑOL  y Milton Díaz  salieron  del  expendio  de  licor  al  mismo  tiempo,  ya  que  los testimonios  recaudados  en  el  juicio  enseñan  que  el  acusado salió primero y después  persiguiéndolo  el hoy fallecido para continuar con la agresión iniciada en el  interior  de la cantina, además que también se equivocó el ad-quem al inferir  que  el  procesado se aprovechó del estado de ebriedad de Milton Díaz, pues en  la  situación  apremiante en la cual estaba el enjuiciado no podía exigírsele  que  percibiera  y  conociera aquella circunstancia, sino únicamente considerar  que  advirtió  que  lo iban a agredir con un bisturí y ejerciendo su derecho a  defender    la    propia    vida    reaccionó    según    su    instinto    de  conservación.   

Solicita casar el fallo impugnado y dictar el  de    sustitución    reconociendo    la    causal    de    la   “legítima                defensa               presunta”.   

3.  Finalmente,  propone  un  tercer  cargo,  igualmente  por  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  a consecuencia de un error de hecho por falso juicio de existencia,  que  condujo  a  la  falta  de  aplicación  del  artículo 32, numeral 6°, del  Código Penal.   

Aduce  que  el  Tribunal,  al afirmar que la  muerte  de Milton Díaz se produjo en desarrollo de una riña aceptada o querida  por  este  y  el  acusado,  supuso  la  existencia  de pruebas que acreditan esa  situación,  cuando  lo  cierto  es  que  la gresca a la que se refiere nunca se  presentó,  toda  vez  que  de  una  situación  semejante  no  dan  cuenta  los  testimonios allegados en el juicio oral.   

Precisa    que    una    “discusión”,  que fue lo ocurrido en el  interior  del expendio de licor, no es una riña o gresca, y que la agresión de  la   que   fue   víctima   TABA   BAÑOL  minutos  después,  tampoco  tiene  esa connotación, sino, por el  contrario,  la de un verdadero ataque a traición del que se dio cuenta a tiempo  el  acusado,  repeliéndolo  como  lo  hubiera  hecho  cualquier  persona  en su  lugar.   

Indica  que  el  Tribunal  “no    le    dio    credibilidad    al    real   contexto   de   los  acontecimientos”, y pretendiendo que su defendido le  dio  muerte  intencional  a Milton Díaz como consecuencia de una riña, sin que  existiera  amenaza  alguna contra su vida, negó la justificación del procesado  para  dar muerte a su agresor, razón por la que solicita casar el fallo atacado  y     reconocer     la     “legítima    defensa  presunta”.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

1.  El  recurso  extraordinario  de  casación  fue concebido en la Ley 906 de 2004 (Libro  I,  Título VI, Capitulo IX, artículos 180 a 191),   como  mecanismo  de  control  constitucional  y  legal  de  las  sentencias  proferidas  en  segunda  instancia, cuando la decisión expresada en  ellas  afecta  derechos  o  garantías  procesales,  de  suerte  que acatando lo  dispuesto  en el artículo 235-1 de la Constitución Política y en el artículo  180  del  citado estatuto procesal penal, esta Sala tiene la función suprema de  fungir  como  guardián  de  los  fines  a  los cuales sirve este instrumento de  impugnación,  los  cuales  no son otros que asegurar la efectividad del derecho  material,  el respeto de las garantías de los intervinientes, la reparación de  los    agravios    inferidos    a    éstos,    y    la   unificación   de   la  jurisprudencia.   

Para garantizar el cumplimiento de ese deber  constitucional,  en  el  régimen  procesal  de la Ley 906 de 2004 se dotó a la  Sala  Penal  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia  de facultades sustanciales al  conferirle,  entre otras, la potestad de superar los defectos de la demanda para  decidir  de  fondo,  cuando  los  fines  de la casación, fundamentación de los  mismos,   posición   del   impugnante  dentro  del  proceso  e  índole  de  la  controversia  planteada  así  lo  ameriten  (artículo  184),  y  la  de  emitir  fallo anticipado en aquellos  eventos  en  que  por razones de interés general en decisión mayoritaria de la  Sala  se  estime  necesario anticipar los turnos para convocar a la audiencia de  sustentación  y  decisión  (artículo 191).   

Sin   embargo,  y  no  obstante  la  nueva  dimensión  del recurso de casación dentro del contexto normativo de la Ley 906  de  2004,  ello  de ninguna manera significa que la naturaleza de este mecanismo  sea  de  libre  configuración,  desprovisto  de  todo  rigor,  y que tenga como  finalidad  abrir  un  espacio  procesal  semejante  al  de  las  instancias para  prolongar   el   debate   respecto  de  los  puntos  que  han  sido  materia  de  controversia,  pues ha de resaltarse que mediante la proposición del recurso el  censor  debe  persuadir a la Corte de revisar el fallo de segunda instancia para  verificar   si   fue   proferido   o   no  conforme  a  la  Constitución  y  la  Ley.   

De  ahí  que  según  lo  dispuesto  en  el  mencionado  estatuto  procesal,  en  materia  de  inadmisión  de  la demanda de  casación,  la  Sala  Penal de la Corte Suprema de Justicia, sin perjuicio de su  facultad  oficiosa  para  prescindir  de los defectos formales de aquella cuando  advierta  la  violación  de  garantías  de  los  sujetos  procesales  o de los  intervinientes,   puede   rechazarla  si  se  presenta  uno  cualquiera  de  los  siguientes  aspectos:  cuando  el  demandante  no tenga interés para acceder al  recurso;  en  eventos  en  que  la  demanda  sea  infundada,  esto es, cuando su  motivación  no  evidencie  la potencial violación de garantías fundamentales;  y,  cuando  de  su  inicial  estudio  sea  ostensible  que  no se requiere de la  emisión  de  una  sentencia  de casación para el desarrollo de los fines a los  cuales sirve este instrumento de impugnación.   

Así  expresamente  lo  señala el artículo  184,  inciso  segundo,  de  la  Ley  906  de  2004,  al  advertir  que  no será  seleccionada, por auto debidamente motivado,   

“la demanda que  se  encuentre en cualquiera de los siguientes supuestos: si el demandante carece  de  interés,  prescinde  de  señalar  la  causal,  no desarrolla los cargos de  sustentación  o  cuando  de  su  contexto  se  advierta  fundadamente que no se  precisa    del   fallo   para   cumplir   algunas   de   las   finalidades   del  recurso”.   

Por  ello,  de  manera  general  la  Sala ha  afirmado  que la demanda de casación, frente a los requerimientos de la Ley 906  de   2004,  debe  cumplir  con  las  siguientes  condiciones  mínimas  para  su  admisibilidad:   

“1.  Acreditación  del  agravio  a los derechos o garantías fundamentales producido  con  la  sentencia  demandada.  2.  Señalamiento  de  la causal de casación, a  través  de  la  cual  se  deja  evidente  tal  afectación, con la consiguiente  observancia  de los parámetros lógicos, argumentales y de postulación propios  del  motivo casacional postulado. 3. Determinación de la necesariedad del fallo  de  casación para alcanzar alguna de las finalidades señaladas para el recurso  en   el   ya   citado   artículo   180   de  la  Ley  906  de  2004”1.   

2. Descendiendo lo  anterior  al  presente  caso,  la  parte impugnante es el defensor del procesado  LIBARDO  ANTONIO TABA BAÑOL,  respecto  de  quien  no  cabe  duda  acerca  de  su  legitimidad e interés para  recurrir,   toda   vez  que  aun  cuando  en  primera  instancia  el  fallo  fue  absolutorio,  al  ser  apelado  por  el representante de la Fiscalía, pese a la  intervención  de  la  defensa  como  no recurrente, el juez de segundo grado lo  revocó tornando la decisión en condena.   

Ahora bien, no obstante que la legitimidad e  interés  del  recurrente  están  acreditados, lo cierto es que la disertación  ofrecida  por  el  actor  para cada uno de los cargos propuestos hace gala de un  manifiesto  desconocimiento  de  los  parámetros  lógicos, argumentativos y de  postulación  propios  de  los  motivos  de casación invocados, además que las  razones  esgrimidas  no  persuaden a la Corte acerca de una potencial violación  de  garantías  fundamentales,  y  menos  de  la  necesidad  de un fallo para el  desarrollo  de la jurisprudencia en provecho de los fines a los que debe atender  el presente recurso.   

2.1.  El  censor  formula  el primer reproche con base en el artículo 181, numeral 2°, de la Ley  906  de  2004,  el  cual  consagra  el  tradicional motivo de nulidad por vicios  in  procedendo,  es  decir,  permite  el  atacar  los  fallos cuando se han producido con desconocimiento del  debido   proceso   o   de   las   formas   propias   del   juicio  (yerro  de estructura), o con violación de  las    garantías   debidas   a   cualquiera   de   las   partes   (yerro  de  garantía). Además, al abrigo  de  este  motivo de impugnación es factible reclamar por el desconocimiento del  principio    de    congruencia    entre   acusación   y   sentencia2.   

En cualquier caso, debe tenerse en cuenta que  las    causales    de    nulidad   son   taxativas3 y que la denuncia, bien sea de  vulneración  del  debido  proceso  o  de  garantías fundamentales, requiere de  claras    y    precisas    pautas    demostrativas4,  toda  vez  que aun cuando su  acreditación  suele  no  ser  tan  estricta  como  la  exigida  para  las otras  causales,  de  todas  formas  es  necesario  que  el  demandante  observe reglas  lógicas,  sumadas  a  la claridad y precisión acerca del vicio de estructura o  de  garantía  que  denuncia,  pues esa mayor libertad permitida al optar por la  aludida  causal,  no  exime  al  actor de acatar los principios que en cualquier  régimen  orientan  la  declaración y convalidación de las nulidades, y es por  ello  que  debe  advertir  la  entidad del vicio procesal, las normas que estima  conculcadas,  especificar  el  momento  de  la  actuación  en  que se produjo y  demarcar   su  radio  invalidante,  así  como  también,  ha  de  acreditar  la  injerencia  desfavorable  que  tuvo  la  anomalía  en  el  fallo para demostrar  cabalmente  que  al  no  existir  otra  manera  diversa  de restaurar el derecho  afectado, se impone la anulación.   

Igualmente  la Corte ha puntualizado que los  requisitos  de  la demanda de casación no sólo hacen referencia a su contenido  lógico  armónico,  es  decir  a su corrección formal, sino que también deben  contener   una  corrección  material.  Ello  significa  que  entre  las  piezas  procesales  sobre  las  que  se fundamentan los cargos y la presentación que se  haga  de  ellas  en  la  demanda,  debe existir una relación de correspondencia  objetiva,  respetando  siempre  su  realidad.  En  tales  eventos no se trata de  determinar  a  priori  la  prosperidad  de  la  demanda, sino de prevenir que la  corrección  formal  de  la  misma  no  esté  sustentada  sobre inexactitudes o  mendacidades,  conscientes  o  inconscientes,  pero  en  todo caso advertibles a  simple   vista5.   

Según  el  actor  en el asunto examinado se  materializó  un  vicio  de  garantía,  en  concreto, la lesión del derecho de  defensa,  ya  que si el fallador de segunda instancia concluyó que la sentencia  de  primer  grado carecía de motivación, su deber era invalidarla y remitir la  actuación  al a-quo para proferirla con la motivación echada de menos, más no  dictar  el fallo sustituyendo al juez de primera instancia, con lo cual dejó al  procesado  sin  posibilidad  de  ejercer  del  derecho de contradicción ante la  segunda instancia.   

En  dicha  postulación  el recurrente no es  fiel  al  devenir  procesal,  pues perdió de vista que el fallo de primer grado  fue  absolutorio,  y  que entre los motivos de apelación expuestos por la parte  acusadora,   se   esgrimió  justamente  la  ausencia  de  una  motivación  que  sustentara  tal  decisión  favorable al acusado, pretensión desestimada por el  ad-quem, al precisar que,   

“Otro aspecto que  critica  el  censor  es  la  falta  absoluta  de  motivación de la sentencia de  primera  instancia  absolutoria. Ciertamente la motivación de la sentencia hace  parte     de     la     garantía     al     debido     proceso     —artículo    29    de    la   Carta  Política—,  la  que  se  traduce  en el derecho que tiene los sujetos procesales de conocer los supuestos  fácticos,  las  razones  probatoria  concretas y los juicios lógicos sobre los  cuales  el juez construye su decisión, lo que les permitirá ejercer un control  sobre    el   proceso   e   identificar   los   puntos   que   son   motivo   de  discordia.   

“No  obstante,  observa  la  Sala  que  tampoco  hay yerro, porque la juez si tuvo en cuenta las  pruebas  aportadas al juicio oral y les dio un valor; diferente es que el juicio  lógico   efectuado   corresponda   efectivamente  a  las  conclusiones  que  le  permitieron  llegar  al  convencimiento  más  allá de toda duda para emitir un  fallo   en   el   sentido   que   lo   hizo.   Asunto  que  será  tratado  más  adelante.   

“Quiere decir lo  anterior   que   tampoco  por  esta  vía  es  procedente  decretar  la  nulidad  deprecada”.   

En  otras palabras, el ad-quem, en ejercicio  de  su  competencia  al  desatar  la  apelación,  y  con base en los motivos de  impugnación  alegados  por la Fiscalía, halló que la sentencia si contaba con  una  motivación,  pero  que tal valoración no era acertada por las razones que  de  manera  subsidiaria  expuso la parte apelante, y conforme a ello procedió a  dictar  sentencia  de  segundo  grado  revocando  la absolución y condenando al  procesado.   

No  procedía  la  nulidad  pues la tensión  dialéctica  entre  las  consideraciones del fallo absolutorio de primer grado y  los  motivos  de  desacuerdo esgrimidos por el apelante acerca de la estimación  de  la  pruebas para arribar a la conclusión contraria, imponían al ad-quem la  obligación   funcional   de  resolver,  confirmando  la  sentencia  objetada  o  revocándola  con  base en los planteamientos del apelante, como ocurrió aquí,  sin  que  ello entrañe vulneración del derecho de defensa en los términos que  lo  entiende el demandante, ya que la argumentación del fallo de segundo grado,  aun  que  adversa  a  los  intereses  del  procesado,  se  aviene  al  modelo de  organización  jerárquica  de  la administración de justicia contemplado en la  Ley  906  de  2004,  y  en  particular  es desarrollo o expresión del principio  Constitucional  de la doble instancia, sede en la que el superior, sin desbordar  los  límites  que  le  imponen los motivos de apelación, puede revocar total o  parcialmente al decisión recurrida.   

2.2. En los cargos  Segundo  y  Tercero  el  libelista  propone  la  violación  indirecta de la ley  sustancial  a  consecuencia de errores de hecho consistentes en falso raciocinio  y  falso  juicio  de  existencia,  respectivamente, los cuales, según el actor,  fueron  determinantes  para  que dejara de aplicarse el artículo 32, numeral 6,  de  la  Ley  599  de  2000,  precepto  que  consagra  la  causal  de ausencia de  responsabilidad  conocida  como legitima defensa, más, sin embargo, al concluir  las   censuras   expresa   que  se  violó  el  artículo  7°  del  Código  de  Procedimiento  Penal  y  el  29  de  la  Constitución Política, en cuanto a la  presunción   de  inocencia  y  el  “in  dubio  pro  reo”,  y  termina reclamando el reconocimiento de la  “legitima      defensa     presunta”.   

La  falta  de  sindéresis  lógica  en  la  propuesta  es  ostensible,  debido  a  la  manera ambivalente, contradictoria, y  desprovista   de   claridad   acerca   de   la   pretensión   común   a  ambos  reproches.   

En    efecto,    el   demandante   alude  simultáneamente  a  varias  figuras  jurídicas:  de  una  parte, a la legitima  defensa,  y  de otra, al error de prohibición al exigir el reconocimiento de la  “legitima      defensa     presunta”  —o defensa  putativa,    llamada    por    otros—,  las  cuales tenían sustento jurídico en los artículos 29-4° y  40-4°  del Decreto Ley 100 de 1980, como causales de justificación del hecho y  de  inculpabilidad,  respectivamente, y que en la actualidad están previstas en  el  artículo  32,  numerales  6°  y  10 de la Ley 599 de 2000 como causales de  ausencia  de  responsabilidad,  no obstante lo cual obedecen a caracterizaciones  dogmáticas diferentes.   

La legítima defensa se considera como causal  excluyente  de la antijuridicidad porque la conducta de quien obra en defensa de  un  derecho  propio  o  ajeno,  contra  una  agresión  que es injusta, actual o  inminente,  no  es pasible de juicio de reproche dado que en esas condiciones se  afirma  que  el  hecho es justificado; en cambio, en el error de prohibición no  es  acertado  hablar  de legítima defensa, sino de defensa putativa o supuesta,  porque  quien actúa lo hace bajo el errado convencimiento de que ha sido objeto  de  una  injusta agresión, cuando en realidad no ha existido un ataque injusto,  actual  o  inminente,  luego  la  conducta  del agente está determinada por una  deformación  de  la  verdad  que  da  lugar  a excusar la responsabilidad, pero  siempre   y   cuando   el   error   sea   invencible,  dado  que  si  fuere  “vencible  la  conducta será punible cuando la ley  la hubiere previsto como culposa”.   

De  acuerdo  con lo precisado los institutos  analizados  son incompatibles pues difieren, no sólo desde el punto de vista de  la  exclusión  del elemento integrante de la estructura del delito, sino porque  indiscutiblemente  tienen  origen  en  un  diferente sustento fáctico; en otras  palabras,  sí  la  conducta  delictiva  del  sujeto  activo se justifica por la  defensa,  es  porque  realmente hubo la agresión injusta, actual o inminente, y  por  ende  el presunto error de apreciación del sujeto activo no tendría sobre  qué  recaer,  o  mejor,  no  habría  error  del  sujeto  activo  acerca  de la  percepción del acaecer fáctico frente al cual reacciona o actúa.   

2.3.   Pero  la  indefinición  de  la censura no se limita a lo precisado con anterioridad, pues  también  se  asegura  como  desconocidos  los artículos 29 de la Constitución  Política  y  7°  de  la Ley 906 de 2004, normas que en conjunción desarrollan  las  garantías de presunción de inocencia e in dubio  pro  reo, de acuerdo con las cuales en el proceso penal  quien  es  señalado de la comisión de una conducta punible se presume inocente  mientras  no  quede  en  firme  decisión  judicial  definitiva  que  declare su  responsabilidad,  y  toda  duda,  imposible  de  eliminar  racionalmente con las  pruebas    legal    y   oportunamente   producidas,   debe   resolverse   a   su  favor.   

Luego  si  la presunción de inocencia es un  estado  garantizado  constitucional y legalmente a toda persona que se le inicie  un  proceso  penal,  desprendiéndose del axioma de in  dubio  pro  reo que toda duda debe resolverse en favor  del  procesado,  y  que  al  aplicarlo los funcionarios judiciales se llega a la  declaratoria  de  no  responsabilidad  a través de la sentencia absolutoria, el  ejercicio  dialéctico  que  el  censor  debió  desarrollar, según la senda de  ataque  elegida —violación  indirecta—  era  el  de  demostrar  que  por  errores  en las reglas de producción o apreciación de las  prueba  el  fallador  arribó a un estado de certeza que era imposible alcanzar,  si   los   elementos  de  convicción  hubieran  sido  apreciados  en  conjunto,  objetivamente y con sujeción a los postulados de la sana crítica.   

En  el  cargo  Segundo    el    actor    denuncia    el  vicio  conocido en la doctrina y en la  jurisprudencia   como   falso  raciocinio,     vinculado     a    la  desviación  de  la  sana  crítica  como método de valoración  probatoria;  a  su  turno,  en  el  Tercero  alega la configuración de un falso  juicio de existencia.   

Cuando  se alega la primera especie de error  de  hecho  aludida, debe partirse de la base de aceptar que el específico medio  de  prueba  del que se predica es legal y que fue producido de manera regular en  el  debate,  así  como que el fallador al aprehender su contenido fue fiel a su  expresión  fáctica,  toda  vez  que  la  discusión  gira  en  cuanto  que por  desconocimiento  de determinada regla de la lógica, ley de la ciencia o máxima  de  la experiencia o el sentido común —postulados     que    informan    la    sana    crítica—,   el  juez  llegó  a  conclusiones  equivocadas  o  le  otorgó un poder suasorio que no le corresponde, hallándose  el  demandante  en  el  deber de señalar cuál era la norma de la sana crítica  probatoria    que    correspondía    activar   para   su   acertada   y   cabal  valoración.   

El  falso  juicio  de  existencia  implica  demostrar  que  el  fallador dio por acreditados hechos con medios de prueba que  no  fueron  producidos durante el juicio, o que desconoció determinado elemento  de  convicción  que,  cabalmente  configurado  en  el  debate  oral, demostraba  circunstancias  fácticas con incidencia trascendente para adoptar una decisión  favorable y distinta a la declarada en la sentencia.   

Sin  embargo,  nada  de  lo  anterior  fue  observado  por  el  libelista,  pues,  al  referirse al error de hecho por falso  raciocinio,  no  precisó el medio de prueba en relación con el cual se habría  configurado  el  vicio,  y  en  lugar  de  una  máxima de la experiencia lo que  ofreció  para refutar las conclusiones del fallo, fue un razonamiento que puede  obedecer  a  sus particulares vivencias, pero que carece de universalidad, y por  lo  mismo  no  es  fundamento  válido  para  estructurar  axiomas empíricos de  aceptación  dentro  de  un  conglomerado,  en  determinado  contexto  social  y  cultural,  con  la  aspiración de ser esgrimidos para desvirtuar el reproche de  responsabilidad que se hace en materia penal.   

Igualmente  abundan afirmaciones con las que  el  censor  abandona la demostración del vicio propuesto, e incursiona en otras  especies,   al   señalar,   por   ejemplo,   que   el  ad-quem  “no    apreció”    una    determinada  circunstancia  fáctica,  o  que  “no  atendió  el  contexto   real”  de  los  acontecimientos,  o  que  “se   apartó”  de  lo  acreditado con los medios de prueba, etc.   

En  cuanto  al  falso  juicio de existencia,  relativo  a  la  suposición  de la riña predicada por el ad-quem, no advirtió  que  el fallador de segundo grado expresamente dijo deducir tal circunstancia de  las  declaraciones  vertidas  por  los  testigos,  así como de la diversidad de  heridas   y   excoriaciones  que  presentaba  la  víctima,  reveladoras  de  un  enfrentamiento  físico  inicial,  además que igualmente descartó la legítima  defensa  en  razón  de que las heridas causadas a Milton Díaz por TABA  BAÑOL  con  el  arma corto punzante  esgrimida  por  este  —un  cuchillo       de      aproximadamente      veinte      centímetros—,   registraban  una  trayectoria  de  atrás  hacia  adelante,  es  decir,  de  la  espalda  hacia  el tórax, aspecto  indicante  de  que  el acusado consiguió dominar a su supuesto agresor, máxime  cuando  este último se hallaba en un estado tal de ebriedad que tenía alterada  su  percepción  sensorial  y  la  coordinación  de sus movimientos, lo cual le  impedía   desplegar   un   ataque   serio   e   inminente   para  la  vida  del  acusado.   

En suma, como si se tratara de una instancia  adicional,  que  no  lo es la sede casación, el demandante se dedicó a exponer  su  particular  y sui generis  percepción  jurídica  de  los hechos, con el inaceptable propósito de hacerla  prevalecer  frente  a la declarada en el fallo de segundo grado, sin demostrar o  ilustrar   con   el   rigor   lógico   argumental   que  demanda  este  recurso  extraordinario,  la  configuración  de los vicios denunciados, olvidando que la  sentencia  de segunda instancia arriba ungida de la doble presunción de acierto  y   legalidad,   que  únicamente  puede  ser  resquebrajada  en  virtud  de  la  acreditación   de   yerros   manifiestos   y  con  trascendencia  en  la  parte  dispositiva.   

Atendida  la inocuidad de los planteamientos  acerca  de  los  errores de hecho denunciados, con los que de manera ambivalente  se  aspira  al  reconocimiento  de  la  legítima  defensa,  la  cual  exige  la  concurrencia   de   todos   los   elementos   que   la  configuran  —a)  una agresión ilegítima que ponga  en  peligro  algún  bien  jurídico  individual, b) actualidad o inminencia del  ataque,  esto es, que se haya iniciado o sin duda alguna vaya a comenzar, y haya  posibilidad  de  proteger  el  bien  jurídico,  c) necesidad de la defensa para  impedir  que  el  ataque  se  haga efectivo, y d) proporcionalidad cualitativa y  cuantitativa  de  la  defensa,  es  decir, respecto de la respuesta y los medios  utilizados—,   si   el  desamparo  de  la  censura  llega  a  extremos  en  los  que  ni  siquiera puede  avizorarse  cómo  cada  uno  de  los factores de la justificante hallan su real  existencia  a través de las pruebas acerca de las cuales supuestamente cometió  el  error  el  Tribunal,  forzoso es concluir que no hay juicio técnico, con la  inmediata  consecuencia  de no poder acceder la Sala a la revisión de las notas  de acierto y legalidad del fallo.   

3. De acuerdo con lo  anterior,  en  estricta  observancia  del  principio  de  limitación  no pueden  superarse  las  graves deficiencias ni corregir las ostensibles imprecisiones de  la  demanda,  luego  se  ve avocada la Corte a inadmitirla de conformidad con lo  dispuesto  por  el artículo 184, inciso 2°, de la Ley 906 de 2004, máxime que  no  observa  que  con ocasión del trámite procesal o en el fallo impugnado, se  haya   configurado   violación  de  derechos  o  garantías  fundamentales  del  procesado   LIBARDO  ANTONIO  TABA  BAÑOL,  como  para  que  sea  necesario el ejercicio de la facultad legal  oficiosa que le asiste, a fin de asegurar su protección.   

Finalmente, como respecto de la decisión de  inadmisión  de  la  demanda  de  casación presentada por la defensa procede el  mecanismo  de  insistencia de conformidad con lo establecido en el artículo 186  de  la  Ley  906  de  2004, es necesario precisar que como allí no se regula su  trámite,             la             Sala6  clarificó  su  naturaleza  y  definió las reglas que habrán de observarse para su aplicación:   

3.1. La insistencia  es  un  mecanismo  especial,  que  sólo  puede ser promovido por el demandante,  dentro  de  los  cinco (5) días siguientes a la notificación de la providencia  mediante la cual la Sala decide inadmitir la demanda de casación.   

3.2. La solicitud de  insistencia  puede  elevarse  ante  el  Ministerio  Público  a  través  de sus  Delegados  para  la  Casación  Penal,  ante  uno  de  los Magistrados que hayan  salvado  voto  en  cuanto  a  la decisión mayoritaria de inadmitir la demanda o  ante  uno  de los Magistrados que no haya intervenido en la discusión y no haya  suscrito el referido auto de inadmisión.   

3.3. Es facultativo  del  Magistrado  disidente,  del  que no intervino en los debates o del Delegado  del  Ministerio Público ante quien se formula la insistencia, optar por someter  el  asunto  a  consideración  de  la  Sala  o no presentarlo para su revisión,  evento  último  en que informará de ello al peticionario en un plazo de quince  (15) días, y   

3.4.  El  auto  a  través  del  cual se inadmite la demanda de casación trae como consecuencia la  firmeza  de  la  sentencia  de  segunda  instancia contra la cual se formuló el  recurso  de  casación,  salvo  que  la  insistencia  prospere  y  conlleve a la  admisión del libelo.   

En  mérito  de lo expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE  

1.  NO   ADMITIR   la  demanda  de  casación  interpuesta  por  el  defensor  del  procesado  LIBARDO  ANTONIO  TABA  BAÑOL, por las razones expuestas en la  anterior motivación.   

2.  De conformidad  con  lo  dispuesto  en  el  artículo 184 de la Ley 906 de 2004, es facultad del  demandante  elevar  petición  de insistencia en los términos precisados por la  Sala en la presente decisión.   

Notifíquese y cúmplase.  

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                         ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  L.            AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUÍS  QUINTERO MILANÊS                                                YESID  RAMÍREZ BASTIDAS   

JULIO  ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA                                             JAVIER ZAPATA  ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1 Autos  de  10  de  mayo  de  2006,  Rad.  Nº  25248, y 17 de octubre de 2007. Rad. Nº  28451.   

2 Auto  de 24 de noviembre de 2005, Rad. Nº 24530.   

3 Ley  906  de 2004, artículo 458. Son ellas: nulidad derivada de la prueba ilícita y  cláusula  de  exclusión  (artículos  23 y 455 ib.); nulidad por incompetencia  del   juez   (art.   456   ib);  y,  la  nulidad  por  violación  a  garantías  fundamentales:  derecho  a la defensa y debido proceso, en aspectos sustanciales  (art. 457 ib.).   

4 Auto  de 24 de noviembre de 2005, Rad. Nº 24323.   

5 Sala  Penal, auto de 28 de febrero de 2006. Proceso N° 24783.   

6  Sentencia del 12 de diciembre de 2005 Rad. 24322     

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