29415(04-02-09) nulidad por falta de impacrialidad

2009

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  29415   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

Aprobado Acta Nº 27  

Bogotá D.C., cuatro (4) de febrero de dos mil  nueve (2009).   

VISTOS  

Procede  la  Sala  a  decretar la nulidad del  juicio  adelantado  contra  NELSON JAVIER RÚA ECHAVARRÍA en el Juzgado Primero  Penal  del  Circuito  de  Bello  (Antioquia), al constatar una irregularidad que  socava  las  bases  sustanciales del debido proceso inherentes a la sistemática  implementada a través de la Ley 906 de 2004.   

SÍNTESIS PROCESAL  

1. Con ocasión de la  muerte  de  Richard  Andrés Piedrahita Giraldo por herida con proyectil de arma  de  fuego  infligida en desarrollo de una riña que se presentó en la madrugada  del  14  de mayo de 2006, en un establecimiento público de la vereda Hato Viejo  del  municipio de Bello (Antioquia), la Fiscalía Doscientos Veintiocho Delegada  ante  los  Jueces  Penales  del  Circuito,  el  29 de agosto siguiente, formuló  imputación  contra  NELSON  JAVIER  RÚA ECHAVARRÍA como probable autor de esa  conducta punible.   

2. El 17 de octubre  del  mismo  año  se  realizó  ante el Juez Primero Penal del Circuito de Bello  audiencia  en  la  que  el  ente  investigador  formuló  acusación  contra  el  precitado  como  autor  de  los  delitos de homicidio agravado y porte ilegal de  armas  de  fuego  de  defensa personal (artículos 103, 104-7, y 365 del Código  Penal).   

3.  Celebrada  la  audiencia  preparatoria,  el  juicio se adelantó en dos sesiones los días 12 y  13  de  diciembre  de  2006,  y  en  su desarrollo se recibieron, de parte de la  Fiscalía,   los   testimonios   de   Luis  Enrique  Vargas  Urueña1  (agente  del  Cuerpo  Técnico de Investigación), Marly Sugeni Piedrahita Giraldo2 (hermana de la  víctima)    y   Luis   Eduardo   Betancur   Guisao3  (amigo  del occiso), en tanto  que  por  la  defensa  los  de  Deibis  Alexander  Martínez  Gómez4  (amigo  del  acusado),     Gloría     Patricia     Hernández5  y,  superada  la  discusión  acerca  de  un  testigo  que la asistencia letrada estimaba como ordenado (el de  Abelardo  Benítez  Alcaraz),  a  cuya  recepción  no  accedió  el juez porque  consideró    que    no    lo    había   decretado6,  a petición de la defensa se  escuchó     en    declaración    al    procesado7,  luego  de lo cual las partes  presentaron  sus  alegatos  conclusivos, y tras anunciar el a-quo que el sentido  del  fallo  era  condenatorio,  el  24  de  enero  de  2007  profirió sentencia  congruente  con  lo  anterior,  decisión  que  en  audiencia fue apelada por el  defensor.   

4.  El  Tribunal  Superior  de  Distrito  Judicial de Medellín, mediante pronunciamiento de 12 de  abril  de  2007,  acogió  la  pretensión  principal del apelante y decretó la  nulidad  de  lo  actuado,  dado  que  al  revisar  la grabación de la audiencia  preparatoria   encontró   que   en  su  desarrollo  y  dirección  gobernó  la  “confusión”, tanto del  juez  como  de las partes, en el tema de solicitud y decreto de pruebas, lo cual  fue      determinante      para      que      la     defensa     “entendiera”   que  con  descubrir  los  elementos  materiales  probatorios  era  suficiente  para  que  se  ordenara  la  práctica  de los mismos, como en su momento también equivocadamente lo estimó  el  fiscal,  al  solicitar  la  exclusión  de  uno  de  aquellos, y el juez, al  señalar   que   accedía  a  las  pruebas  enunciadas  por  la  defensa  en  el  descubrimiento,  tal  y  como  se  consignó en el acta que recoge la respectiva  diligencia.   

Consecuente con lo anterior, el ad-quem anuló  parcialmente  la  audiencia de juzgamiento a partir de los alegatos finales, con  el  fin de que el fallador de primer grado rehiciera desde ahí el juicio con la  práctica  de  los  testimonios  de  Melquisedec  Restrepo  Sánchez  y Abelardo  Benítez   Alcaraz,   descubiertos  por  la  defensa8.   

5.  Acatando  lo  dispuesto  por  el  ad-quem,  el 9 de julio de 2007, el mismo Juez Primero Penal  del  Circuito de Bello adelantó la audiencia en la que recibió los testimonios  ordenados     por     la     segunda     instancia9,  y  luego  de las alegaciones  finales  de  las  partes, anunció que el sentido del fallo era condenatorio por  los    delitos    objeto    de    la    acusación10;  en  tal  virtud,  el  3  de  agosto  siguiente  en  audiencia dio lectura a la respectiva sentencia, mediante  la  cual  impuso  al  procesado  pena principal de treinta y cuatro (34) años y  nueve  (9)  meses  de  prisión,  así  como la accesoria de inhabilidad para el  ejercicio  de  derechos y funciones públicas por un lapso de veinte (20) años,  la  cual  fue apelada en el mismo acto por el defensor del procesado11.   

6.  El  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Medellín, el 17 de noviembre de 2007, en  Sala  de  Decisión  integrada  por los magistrados que decretaron la nulidad en  anterior  oportunidad,  revocó  la sentencia y en su lugar absolvió al acusado  de  los  cargos  atribuidos, al considerar que los testigos presentados por cada  una  de  las  partes  eran  “sospechosos”,    circunstancia    que   atribuyó   a   las   “antitécnicas  intervenciones”  de  las  partes   al   practicar   los   respectivos  interrogatorios,  así  como  a  la  intervención  del juez en el desarrollo de todas las declaraciones, dado que no  se  limitó  a ejercer la facultad otorgada en el artículo 397 de la Ley 906 de  2004,   sino  que  las  volvió  a  recibir  en  su  integridad  “causando     en    muchas    ocasiones    más    confusión    que  aclaraciones”12.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

1. Precisión inicial.  

Es  necesario señalar que aun cuando la Sala  halló  ajustada  a  derecho la demanda de casación presentada por la fiscalía  contra  el  fallo de segundo grado, y realizó la audiencia de sustentación del  recurso  extraordinario,  ahora,  al percatarse de la manifiesta trasgresión de  la  garantía  del  juez imparcial, inherente al debido proceso, se ve avocada a  decretar  la  nulidad  del  juicio  en  su  integridad, no obstante la decisión  absolutoria emitida a favor del acusado.   

Lo anterior porque se advierte la posibilidad  de  que  el  fallo  atacado  responda  a  una  motivación sofística o aparente  derivada  de  yerros  de  hecho en la apreciación de las pruebas relativos a la  aplicación    del    principio    in   dubio   pro  reo,   tal  como  lo  reclama  el  Fiscal  Doscientos  Veintiocho  Delegado  ante  los  Jueces  Penales  de  Circuito  de  Bello  quien  interpuso  el  recurso  y  allegó  la respectiva demanda; de suerte que ante la  eventual  modificación  de  la  situación  jurídica  del  procesado,  resulta  palmario  que  una  sentencia definitiva, cualquiera sea el sentido de la misma,  únicamente   es  válida  y  genera  los  efectos  vinculantes  propios  de  la  res  iudicata  si  ha  sido  cimentada  en  un  procedimiento legal y regular, en cuyo desarrollo se hubiesen  observado  a  cabalidad  todas las garantías y derechos constitucionales de las  partes,  y  se  hayan  cumplido  sus  etapas  sustanciales con sujeción al rito  previsto en la ley.   

2.  El  derecho  a  un  juez  independiente e  imparcial.   

2.1.  No  concita  discusión  afirmar  que  uno de los pilares fundamentales de un Estado Social y  Democrático  de  Derecho  es  la  justicia, garantía que se materializa, entre  otras  formas, a través de las decisiones de los jueces, las cuales deben estar  ungidas  de  unos  atributos  esenciales,  entre  ellos,  sin  lugar  a duda, la  independencia    e    imparcialidad    de    la   que   deben   estar   aquellos  revestidos.   

En efecto, en todo sistema judicial un aspecto  medular  es  conseguir que la justicia sea impartida por jueces independientes e  imparciales  y  que la sociedad en general tenga una percepción objetiva de que  efectivamente  lo son, de suerte que el Estado ha de procurar, sin reservas, que  en  todo acto de juzgar concurran los requisitos para que las partes trabadas en  el  conflicto,  y  la  comunidad, puedan afirmar que se está en presencia de un  juez  dotado  de  esas  características ya que sólo así podrá hablarse de un  juicio      que     satisfaga     la     justicia13.   

2.2. Lo anterior no  constituye  una  simple  aspiración  retórica o filosófica, sino un predicado  materializado   en   diversas   normas  de  carácter  supranacional;  así,  la  Convención  Americana  sobre  Derechos  Humanos,  al tratar las “Garantías  Judiciales” en el artículo  8°,  señala  en el numeral 1° que “[t]oda persona  tiene  derecho  a  ser  oída, con las debidas garantías, y dentro de una plazo  razonable,   por   un    juez   o   tribunal  competente,  independiente  e  imparcial…”,   y   en   similar  orientación  se  encuentra  consagrada  esa  garantía  en  el  artículo XXVI de la Declaración  Americana   de   los  Derechos  y  Deberes  del  Hombre,  en  el  14  del  Pacto  Internacional  de  Derechos  Civiles  y  Políticos,  y  en  el  10  de la Carta  Internacional de Derechos Humanos.   

En   la  legislación  patria,  la  aludida  consagración  de  la  garantía de independencia e imparcialidad de los jueces,  si  bien  es  cierto no aparece en el artículo 29 de la Constitución Política  mediante  una  formulación expresa, implícitamente si se hace alusión a ésta  al  prever  que  “[n]adie  podrá  ser juzgado sino  conforme  a  las  leyes  preexistentes  al  acto  que  se le imputa, ante juez o  tribunal  competente  y  con observancia de la plenitud de las formas propias de  cada  juicio”,  además,  la misma Carta Fundamental  señala      que     la     administración     de     justicia     —encarnada    en    los    jueces   y  magistrados—  es función  pública,       cuyas      “decisiones      son  independientes”,       su       “funcionamiento   será   desconcentrado   y   autónomo”  (artículo  228),  y  que  los  jueces en sus providencia sólo  están  sometidos  al  imperio de la Constitución y la Ley (artículo 230), sin  que  sobre destacar que los preceptos internacionales inicialmente aludidos, por  expreso  mandato  del artículo 93 del Digesto Superior forman parte del llamado  “Bloque     de    Constitucionalidad” y prevalecen en el orden interno.   

Por su parte, la Ley 906 de de 2004, mediante  la  cual  se  implementó el sistema de enjuiciamiento acusatorio, en sus normas  rectoras  consagra  la  garantía  de  imparcialidad precisando que “[e]n  ejercicio  de  las  funciones  de  control  de garantías,  preclusión  y  juzgamiento,  los  jueces  se  orientarán  por el imperativo de  establecer  con  objetividad la verdad y la justicia”  (artículo  5°)  y que “[l]a actuación procesal se  desarrollará  teniendo  en  cuenta  el respeto de los derechos fundamentales de  las  personas  que  intervienen en ella y la necesidad de lograr la eficacia del  ejercicio  de la justicia. En ella los funcionarios judiciales harán prevalecer  el derecho sustancial” (artículo 10).   

2.3.  Es  menester  aclarar  que  los  conceptos  independencia  e  imparcialidad, aun cuando son de  contenido,   naturaleza   y   fundamento   sustancialmente  distintos,  resultan  necesariamente  complementarios  y  por  ende no puede prescindirse de alguna de  esas   condiciones   si   se   aspira   a   concretar  una  válida  y  efectiva  administración de justicia.   

La  independencia  hace referencia a que cada  juez  individual  y  personalmente considerado, tiene la atribución de resolver  el  asunto  sometido  a su jurisdicción con absoluta autonomía de criterio, lo  cual  no  quiere  decir  de manera caprichosa y arbitraria, sino con sujeción a  una  correcta  interpretación  y  aplicación  de  la  Constitución  y la Ley,  apreciando  las pruebas de acuerdo con los principios de la sana crítica, dando  un   trato  igualitario  a  las  partes  e  intervinientes,  en  síntesis,  con  objetividad, honestidad y racionalidad.   

Este  atributo  implica que sea cual fuere la  jerarquía   del   juez,   atendida   la  división  de  los  poderes  públicos  —ejecutivo, legislativo y  judicial—,  ningún  otro  funcionario  estatal  puede  incidir  o  determinarlo a resolver el asunto de su  competencia  con  un  criterio  diferente al que tiene al respecto, y así mismo  entraña  para  el  juez  el  deber  de  mantenerse  ajeno  e inmune a cualquier  influencia  o factor de presión que provenga de esferas particulares, como, por  ejemplo,  de  los  medios  de comunicación masiva, los partidos políticos, las  coyunturas    sociales,    los    reclamos    populares,   etc.   (independencia  externa).   

Aún  dentro  de  la  misma  organización  judicial,  pese  a  su  estructura  piramidal,  el juez mantiene su autonomía e  independencia  de  criterio,  ya  que  esa  conformación  escalonada tiene como  finalidad  hacer  efectivo,  por medio del ejercicio de los recursos, el control  de  las  decisiones  de  los  jueces  inferiores  como  garantía  para  las partes y la sociedad de evitar posibles errores judiciales,  mas  en manera alguna ello significa que los jueces de instancia superior puedan  influir  de  algún  modo  en la libertad de criterio de los de menor jerarquía  (independencia interna).   

La imparcialidad, en cambio, se relaciona con  la  forma  en  que  el  juez  se  posiciona  ante  el  objeto  del  proceso y la  pretensión  de  las partes, de manera que sea equidistante de éstas y distante  del  conflicto  que  debe  resolver,  esto  con  el fin de que el fallador pueda  analizar  y  concluir  con objetividad cuál es la más ecuánime y justa manera  de adjudicar la controversia o dictar sentencia.   

En otras palabras, el juez sólo puede decidir  con  justicia  si  es  imparcial,  y  este  atributo se concreta cuando no tiene  inclinación  de  ánimo  favorable  o  negativo  respecto  de cualquiera de las  partes, ni interés personal alguno acerca del objeto del proceso.   

En la orientación marcadamente acusatoria con  la  que  fue diseñada la sistemática introducida con la reforma constitucional  dispuesta  por  el Acto Legislativo Nº 03 de 2002, y concretada progresivamente  a  través  de  la  Ley  906  de  2004,  la  separación  de  las  funciones  de  investigación   y   juzgamiento  constituye  bastión  estructural  del  debido  proceso, y en la práctica ésta se refiere:   

“[…]  a todo  sistema  procesal  que  concibe  al  juez  como  un  sujeto  pasivo rígidamente  separado  de  las  partes  y al juicio como una contienda entre iguales iniciada  por  la  acusación,  a  la  que  compete la carga de la prueba, enfrentada a la  defensa  en  un  juicio  contradictorio,  oral y público y resuelta por el juez  según    su    libre    convicción”14.   

De  lo  anterior se colige que esta rigurosa  separación   entre   la  labor  del  funcionario  judicial  y  las  actividades  procesales  a cargo de las partes está de manera inexorable ligada al principio  de  imparcialidad  y, en particular, al derecho de todo procesado de ser juzgado  por un juez o tribunal imparcial:   

“La separación  de  juez y acusación es el más importante de todos los elementos constitutivos  del  modelo teórico acusatorio, como presupuesto estructural y lógico de todos  los  demás  […].  Comporta  no sólo la diferenciación entre los sujetos que  desarrollan  funciones  de  enjuiciamiento  y  los  que tienen atribuidas las de  postulación   –con  la  consiguiente  calidad  de  espectadores pasivos y desinteresados reservada a los  primeros  como  consecuencia de la prohibición ne procedat iudex ex officio [de  no  proceder  de oficio]–,  sino    también,    y    sobre   todo,   el   papel   de   parte   –en   posición  de  paridad  con  la  defensa–  asignado  al  órgano  de  la  acusación,  con la consiguiente falta de poder alguno sobre la  persona   del   imputado.  La  garantía  de  la  separación,  así  entendida,  representa  […]  una  condición  esencial  de la imparcialidad […] del juez  respecto  de  las  partes  de la causa, que, como se verá, es la primera de las  garantías       orgánicas       que      definen      al      juez”15.   

Acerca  del principio de imparcialidad y del  papel  que  desempeña  el juez dentro del proceso acusatorio, la jurisprudencia  constitucional ha dicho lo siguiente:   

“15. La doctrina  procesal  considera que la garantía de la imparcialidad, constituye no sólo un  principio  constitucional,  sino  también  un derecho fundamental conexo con el  derecho  al  debido  proceso.  Ello  porque  en  un Estado Social de Derecho, la  imparcialidad  se  convierte  en  la  forma  objetiva y neutral de obediencia al  ordenamiento  jurídico.  En efecto, el derecho de los ciudadanos a ser juzgados  conforme  al Derecho, es decir, libre e independiente de cualquier circunstancia  que  pueda  constituir  una  vía  de hecho (C.P. Artículos 29 y 230), exige de  forma  correlativa  el deber de imparcialidad de los jueces (C.P. artículos 209  y  230), ya que solamente aquél que juzga en derecho o en acatamiento pleno del  ordenamiento  jurídico, puede llegar a considerarse un juez en un Estado Social  de Derecho.   

”En   otras  palabras,  para  hacer efectiva dicha garantía, es necesario que la persona que  ejerza  la  función  de  juzgar,  sea  lo  suficientemente  neutral y objetiva,  precisamente,  con  el  propósito  de  salvaguardar  la  integridad  del debido  proceso y de los demás derechos e intereses de los asociados.   

”A partir de las  citadas  consideraciones, la doctrina procesal ha concluido que la imparcialidad  requiere  de  la  presencia  de  dos  elementos.  Un  criterio  subjetivo y otro  objetivo.  El componente subjetivo, alude al estado mental del juez, es decir, a  la  ausencia  de  cualquier  preferencia, afecto o animadversión con las partes  del  proceso,  sus  representantes  o  apoderados.  El elemento objetivo, por su  parte,  se  refiere  al  vínculo que puede existir entre el juez y las partes o  entre  aquél  y el asunto objeto de controversia – de forma tal – que se altere  la  confianza  en  su  decisión,  ya  sea  por  la  demostración de un marcado  interés  o  por  su  previo conocimiento del asunto en conflicto que impida una  visión neutral de la litis.   

(…)  

”En consecuencia,  la  garantía  de la imparcialidad se convierte no sólo en un elemento esencial  para  preservar  el  derecho al debido proceso, sino también en una herramienta  idónea  para  salvaguardar  la  confianza en el Estado de Derecho, a través de  decisiones     que     gocen    de    credibilidad    social    y    legitimidad  democrática”16.   

Por   su   parte  esta  Sala  ha  precisado  que:   

“[e]n  correlación  con  que  la  jurisdicción juzga sobre asuntos de  otros,  la  primera exigencia respecto del juez es la que éste no puede ser, al  mismo  tiempo,  parte  en  el conflicto que se somete a su decisión. La llamada  imparcialidad,  el  que juzga no puede ser parte, es una exigencia elemental que  hace  más  a  la  noción  de  jurisdicción  que a la de proceso, aunque éste  implique  siempre  también  la  existencia  de dos partes parciales enfrentadas  entre  sí que acuden a un tercero imparcial, esto es, que no es parte, y que es  el  titular de la potestad jurisdiccional. Por lo mismo la imparcialidad es algo  objetivo  que  atiende,  más  que a la imparcialidad y al ánimo del juez, a la  misma  esencia  de  la  función  jurisdiccional,  al reparto de funciones en la  actuación  de  la misma. En el drama que es el proceso no se pueden representar  por  una  misma  persona el papel de juez y el papel de parte. Es que si el juez  fuera  también parte no implicaría principalmente negar la imparcialidad, sino  desconocer  la esencia misma de lo que es la actuación del derecho objetivo por  la  jurisdicción  en  un caso concreto”17.   

Así mismo, el principio de imparcialidad se  halla  en  directa  relación  con  el  fundamento democrático de legitimación  judicial,   consistente   en   buscar  la  verdad  y  en  amparar  los  derechos  fundamentales:   

“El juez no debe  tener  ningún interés, ni general ni particular, en una u otra solución de la  controversia  que  está  llamado  a  resolver, al ser su función la de decidir  cuál  de  ellas  es  verdadera  y cuál es falsa. Al mismo tiempo, no tiene por  qué  ser un sujeto “representativo”, puesto que ningún interés o voluntad  que  no  sea la tutela de los derechos subjetivos lesionados debe condicionar su  juicio,  ni siquiera el interés de la mayoría, o incluso el de la totalidad de  los  asociados  lesionados:  […]  al  contrario  que  el  poder ejecutivo o el  legislativo,  que  son  poderes de mayoría, el juez juzga en nombre del pueblo,  pero   no   de   la   mayoría,   para   la   tutela   de  la  libertad  de  las  minorías”18.   

En   síntesis,   la   garantía   de   la  imparcialidad  se  traduce,  entre  otros  aspectos,  en  que  el funcionario de  conocimiento  (i)  carezca  de  cualquier  interés  privado  o  personal  en el  resultado  del  proceso  y (ii) ni siquiera busque dentro del mismo un beneficio  público  o  institucional  distinto al respeto de las garantías fundamentales;  particularmente,  que  no  haya ejercido o mostrado la  intención  de  ejercer  funciones afines a la acusación, ni tampoco a favor de  los designios del procesado durante el transcurso de la actuación.   

3.   Las   facultades   probatorias   del  juez.   

3.1.  Uno  de  los  aspectos  que  guarda  singular importancia con la debida imparcialidad del juez  es  el  referido  a  la  atribución que en materia de pruebas ostenta, pues, en  términos        de       teoría       general19,  el  sistema acusatorio que  debe  preservarse durante la etapa del juicio implica que sólo a las partes les  corresponde  la  iniciativa  en ese rubro, debiendo el fallador mantenerse ajeno  al  impulso  oficioso  de  incorporar  pruebas  en la causa, ya que toda actitud  mediante  la  cual  por  sí  solo  pretenda  obtener el ingreso de elementos de  conocimiento  o de orientar el sentido de los propuestos por los intervinientes,  hace  evidente una predisposición o inquietud de parte, indistintamente que sea  originado   en  pro  o  en  contra  de  alguna  de  ellas,  y  tal  proceder  es  inconciliable  con  la  equidistancia y ecuanimidad que debe guardar el juez con  los sujetos y el objeto de la controversia.   

En la legislación patria, el artículo 361 de  la  Ley  906  de  2004  consagra  la  prohibición  perentoria  para  el juez de  practicar  pruebas  de  oficio, norma que fue declarada exequible y en relación  con la cual esta Sala ha puntualizado lo siguiente:   

“Gravita en torno  del   principio  de  imparcialidad,  muy  caro  a  los  sistemas  con  tendencia  acusatoria,  que el Juez no tenga facultades probatorias autónomas, puesto que,  si  tuviese atribución para decretar pruebas de oficio, se daría al traste con  uno  de los pilares fundamentales de ese régimen de enjuiciamiento, consistente  en   la  definitiva  separación  entre  actos  de  investigación  y  actos  de  juzgamiento,  que es emblemático de las democracias contemporáneas, con el fin  de  evitar  que el Juez predisponga el rumbo del proceso, y por ende anticipe su  convicción  o pierda la ecuanimidad, como podría suceder si dirige o reorienta  el   destino   final   del  asunto  a  través  de  su  injerencia  en  el  tema  probatorio.   

”El  tratadista  argentino  Eduardo M. Jauchen, quien destaca que en el sistema de enjuiciamiento  con  tendencia  acusatoria  está  vedado  al  Juez  inmiscuirse  en  la materia  probatoria  decretando  pruebas de oficio, acude a pronunciamientos del Tribunal  Europeo   de  Derechos  Humanos  como  referente  altamente  calificado  en  ese  tópico:   

”“Ya   el  Tribunal  Europeo  de  Derechos  Humanos, al resolver el caso “De Cubber” se  pronunció  en  el  sentido  de  que  las  funciones  investigadoras del órgano  juzgador  en  cuanto  a  los  hechos y datos que puedan servir para averiguar el  delito  y  sus  posibles  responsables,  puede  provocar en su ánimo, incluso a  pesar  de  sus  mejores deseos, prejuicios o impresiones a favor o en contra del  acusado  que  influyan  a  la  hora  de  sentenciar. Y aunque ello no suceda, es  difícil  evitar  la  impresión de que el juez no acomete la función de juzgar  sin    la    plena    imparcialidad   que   requiere   el   ejercicio   de   tal  actividad.   

””Siguiendo  estos  lineamientos  el  Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha declarado en el  caso  “Piersack”  que  desde  el  punto de vista objetivo el juez o tribunal  debe  ofrecer garantías suficientes para excluir cualquier duda legítima sobre  la  imparcialidad  de su actuación. No basta que el juez actúe imparcialmente,  sino  que  resulta menester que no exista siquiera apariencia de parcialidad, ya  que  lo  que  está en juego es la confianza que los tribunales deben inspirar a  los  ciudadanos  en  una  sociedad democrática.” (JAUCHEN Eduardo M. Derechos  del  Imputado.  Rubinzal –  Culzoni     Editores,     Buenos    Aires,    2005.    Pág.    219)”20.   

La  Corte  Constitucional  en  el  fallo  que  declaró  la  exequibilidad  de  la  norma  en  cuestión, señaló la siguiente  excepción  a  la facultad probatoria de los jueces en la sistemática de la Ley  906 de 2004:   

“A juicio de esta  Sala,   la   prohibición   contenida   en  el  artículo  361  del  Código  de  Procedimiento  Penal  no  es  absoluta,  en  tanto  que los jueces de control de  garantías  sí  pueden  decretar  y practicar pruebas de oficio en casos en los  que  sea  indispensable  para  garantizar  la  eficacia  de los derechos que son  objeto  de control judicial. A esa conclusión se llega después de adelantar el  análisis  sistemático  y  teleológico de la norma acusada que a continuación  se expone:   

”El artículo 361  de  la  Ley  906  de 2004 se encuentra incluido en el Libro III del Juicio en el  sistema   penal   acusatorio,   Capítulo  I,  correspondiente  a  la  audiencia  preparatoria.  En  efecto,  el  Código  de  Procedimiento  Penal  se  encuentra  dividido  en  siete  libros, el I, correspondiente a disposiciones generales, el  libro  II  sobre  las  Técnicas  de Indagación e Investigación de la Prueba y  Sistemas  Probatorios,  el  III  sobre  el  Juicio,  el  libro IV, relativo a la  ejecución  de sentencias, el libro V sobre Cooperación Internacional, el libro  VI,  Justicia Restaurativa y, el libro VII sobre el Régimen de Implementación.   

”Nótese, que no  sólo  la  ubicación  de  la norma demandada en el contexto normativo significa  que  la  pasividad  probatoria  del juez está limitada a la etapa del juicio y,  especialmente  en  la  audiencia  preparatoria, sino también que la ausencia de  regulación  al  respecto  en  las  etapas anteriores al juicio, muestran que la  prohibición  acusada  obedece  a  la  estructura del proceso penal adversarial,  según  el  cual,  mientras  se  ubica  en  la etapa de contradicción entre las  partes,  en la fase del proceso en la que se descubre la evidencia física y los  elementos  materiales  probatorios  y  en  aquella  que  se  caracteriza  por la  dialéctica  de  la  prueba,  es  lógico,  necesario  y adecuado que el juez no  decrete  pruebas  de  oficio  porque rompe los principios de igualdad de armas y  neutralidad  en  el  proceso  penal  acusatorio.  No sucede lo mismo, en aquella  etapa  en  la que el juez tiene como única misión garantizar la eficacia de la  investigación  y  la  preservación  de  los  derechos  y libertades que pueden  resultar       afectados       con       el      proceso      penal.”     21.   

3.2. Ahora bien, en  tratándose  de  la  práctica  de la prueba testimonial en el juicio, según la  orientación  del  respectivo  modelo  de  enjuiciamiento,  hay  tres  formas de  proceder   al  interrogatorio;  son  ellas:  el  directo,  el  indirecto,  y  el  cruzado.   

“El  directo es  aquél  en  el  que las partes interrogan al testigo haciéndole directamente al  mismo  las  preguntas  una  vez  que  el juez o el presidente del tribunal le ha  otorgado  el permiso o la venia para ello, conservando el órgano jurisdiccional  el  control  del  interrogatorio  en  cuanto  a la pertinencia y utilidad de las  preguntas  que  se formulan, y pudiendo ampliar en cualquier momento las que las  partes  formulen.  Pero  las  partes  comienzan  a  interrogar una vez el juez o  tribunal ha terminado de examinar al testigo con su interrogatorio.   

”En el indirecto,  propio  del  sistema  inquisitivo  y  antiguo,  las  partes  sólo  pueden hacer  preguntas  al testigo por intermedio del juez o tribunal, lo cual implica que la  pregunta  se  dirige  a  ellos,  quienes a su vez la reformulan al testigo en la  forma  en  que  lo  consideren apropiado, procurando no alterar o tergiversar el  sentido de la misma a menos que lo consideren pertinente.   

”El   tercer  sistema  es  el  de  interrogatorio  cruzado  o cross examination, propio de los  sistemas  acusatorios  como  los imperantes en los países anglosajones o en los  Estados   Unidos.   El   mismo   implica  que  las  partes  dirigen  al  testigo  sucesivamente  todas  las  preguntas,  asumiendo  el  juez una actitud pasiva en  principio,  interviniendo solamente en los supuestos en que las partes requieran  su  decisión  por impugnaciones o irregularidades del procedimiento; las partes  son    dueñas    del   interrogatorio”22.   

En la legislación colombiana, esto es, en la  Ley  906 de 2004, se acoge expresamente éste último sistema, al disponer en el  artículo 391 lo siguiente:   

“INTERROGATORIO  CRUZADO  DEL TESTIGO. Todo declarante, luego de las formalidades indicadas en el  artículo   anterior,   en   primer  término  será  interrogado  por  la  parte que hubiere ofrecido su testimonio como prueba. Este  interrogatorio,  denominado  directo, se limitará a los aspectos principales de  la  controversia,  se  referirá a los hechos objeto del juicio o relativos a la  credibilidad  de otro declarante. No se podrán formular preguntas sugestivas ni  se insinuará el sentido de las respuestas.   

”En  segundo  lugar,  si  lo  desea, la parte distinta a quien solicitó el testimonio, podrá  formular  preguntas  al  declarante  en  forma  de  contrainterrogatorio  que se  limitará a los temas abordados en el interrogatorio directo.   

”Quien hubiere  intervenido  en  el  interrogatorio  directo podrá agotar un turno de preguntas  dirigidas  a  la aclaración de los puntos debatidos en el contrainterrogatorio,  el  cual  se  denomina  redirecto. En estos eventos deberán seguirse las mismas  reglas del directo.   

”Finalmente, el  declarante  podrá  ser  nuevamente  preguntado  por la otra parte, si considera  necesario  hacer  claridad sobre las respuestas dadas en el redirecto y sujeto a  las pautas del contrainterrogatorio”.   

Y el artículo 392 de la misma codificación  señala  las reglas a las que debe sujetarse el interrogatorio, incluyendo entre  ellas  las  precisas facultades de intervención del juez a quien le corresponde  prohibir  toda  pregunta sugestiva, capciosa, confusa, o que tienda a ofender al  testigo;  autorizar  al  declarante para consultar documentos que le ayuden a su  memoria;  excluir  toda  pregunta que no sea pertinente y, en general, controlar  “que   el   interrogatorio  sea  leal  y  que  las  respuestas  sean  claras  y  precisas”, atribuciones  que    son    extensivas    a   la   práctica   del  contrainterrogatorio reglado en el artículo 393 ídem.   

De las anteriores disposiciones se sigue que  el  juez  de  la  causa,  en materia de prueba testimonial, debe tener diligente  cuidado  para  no  rebasar aquellas facultades en forma tal que al ejercerlas no  emprenda   una   actividad   inquisitiva  encubierta,  consciente  o inconsciente, toda vez que además de los referidos parámetros de  intervención,  en  congruencia  con  la prohibición consagrada en el artículo  361 de la Ley 906 de 2004, el artículo 397 de la misma prevé:   

“Excepcionalmente,   el   juez   podrá  intervenir  en  el  interrogatorio o contrainterrogatorio, para conseguir que el  testigo  responda la pregunta que le han formulado o que lo haga de manera clara  y  precisa.  Una  vez terminados los interrogatorios de las partes, el juez y el  Ministerio      Público      podrán      hacer      preguntas     complementarias    para    el    cabal  entendimiento      del      caso”     (se     ha  resaltado).   

Lo           excepcional,   de   acuerdo   con   el  Diccionario  de  la  Lengua Española, es aquello que se aparta de lo ordinario,  que  ocurre rara vez, o que difiere de la regla común y general, y complementario, según el mismo glosario  de  términos,  es  lo  que  sirve  para  perfeccionar  algo,  complemento es la  cualidad  o  circunstancia  que  se  añade  a  otra  para  hacerla  íntegra  o  perfecta.   

En consecuencia, en materia probatoria, y en  particular  en  lo  atinente  al  testimonio,  la  regla  es  que  el  juez debe  mantenerse  equidistante y ecuánime frente al desarrollo de la declaración, en  actitud  atenta  para captar lo expuesto por el testigo  y  las  singularidades  a  que  se  refiere  el  artículo  404 de la Ley 906 de  200423,  interviniendo  sólo para controlar la legalidad y lealtad de las  preguntas,  así  como la claridad y precisión de las respuestas, asistiéndole  la    facultad   de   hacer   preguntas,   una   vez  agotados los interrogatorios de las partes, orientadas  a  perfeccionar  o  complementar  el núcleo fáctico introducido por aquellas a  través  de  los  respectivos interrogantes formulados  al  testigo,  es decir, que si las partes no construyen esa base que el juez, si  la  observa  deficiente,  puede  completar, no le corresponde a éste a su libre  arbitrio  y sin restricciones confeccionar su propio caudal fáctico.   

La   literalidad   e  interpretación  que  corresponde  a  la  citada norma no deja espacio distinto al de concluir que con  la  misma  se  restringe entonces igualmente la posibilidad de intervención del  juez  en  la  prueba testimonial practicada a instancia de alguna de las partes,  para  preservar  el  principio  de  imparcialidad y el carácter adversarial del  sistema,   en  el  cual  la  incorporación  de  los  hechos  al  litigio  está  exclusivamente  en  manos  de  aquellas, evitando de esa manera que el juicio se  convierta,  como ocurre en los sistemas procesales con tendencia inquisitiva, en  un  monólogo  del  juez  con  la  prueba  bajo  el  pretexto eufemístico de la  búsqueda   de   la   verdad   real,  pues  el  esquema  acusatorio  demanda  un  enfrentamiento,  en  igualdad  de  condiciones  y  de  armas,  entre las partes,  expresado  en afirmaciones y refutaciones, pruebas y contrapruebas, argumentos y  contrargumentos,   desarrollado   ante   un   tercero   que  decide  objetiva  e  imparcialmente la controversia.   

4. El caso concreto.  

Según  quedó  evidenciado  al  consignar la  síntesis  de  lo  actuado,  la actividad del juez de primer grado quebrantó el  principio  del  juez  imparcial,  pues  es  manifiesto  el abandono de su rol de  tercero  ajeno  a  las partes y desinteresado del objeto del proceso, cayendo en  una  actividad  inquisitiva  durante  la  práctica  de  las  pruebas  de  orden  testimonial.   

Obsérvese  que, salvo en la declaración del  agente  del  C.T.I.,  Luis  Enrique  Vargas  Urueña24,  la intervención del a-quo  no  se  redujo a decidir acerca de las continuas y antitecnicas objeciones de la  defensa    —o   de   la  fiscalía—,  y  menos  se  limitó  a  garantizar  un interrogatorio y contrainterrogatorio leal, así como  respuestas  claras  y  precisas  de  los exponentes, sino que, en algunos casos,  incluso  trascendió a sugerir a las partes la forma en que debían interrogar a  los  testigos, y en otros impidió el cabal contrainterrogatorio por parte de la  defensa  de  los  testigos  de cargo Marly Sugeni Piedrahita Giraldo25   y   Luis  Eduardo           Betancur           Guisao26,  tal  y  como igualmente lo  pone   de  presente  el  juez  de  segundo  grado  en  la  sentencia  objeto  de  recurso.   

Resulta   también   trascendente  para  la  desfiguración   del  carácter  adversarial  inherente  al  sistema  acusatorio  implementado  con  la  Ley  906  de  2004,  y  redunda en el desconocimiento del  principio  del  juez  imparcial,  el hecho de que una vez las partes concluyeron  los  respectivos  interrogatorio  y contrainterrogatorio, en todos los casos, el  juez  sometió  a los testigos a un nuevo   y  extenso  cuestionario,  con  preguntas  que  lejos  están  de  dirigirse  a  complementar  o  facilitar el cabal entendimiento del asunto, sino  mas   bien  orientadas  a  concretar  la  predisposición  psicológica  que  el  funcionario  de  primer grado se formó por los continuos enfrentamientos con el  defensor debido a su forma de interrogar.   

Otro  aspecto  que  confirma  ese  sesgo  de  parcialidad  del  a-quo,  se  concreta  en  la  negativa  a practicar uno de los  testimonios  solicitados  por  la  defensa  (el de Abelardo Benítez Alcaraz), a  cuya  recepción  no  accedió porque erróneamente consideró que la asistencia  letrada  no  lo  había  solicitado en su oportunidad27,   irregularidad   que  fue  conjurada  de  manera incompleta por el Tribunal al conocer de la apelación del  primer  fallo  condenatorio emitido por el a-quo, pues si bien es cierto ordenó  que  se  recibiera  aquella prueba, para lo cual declaró la nulidad parcial del  juicio,  igualmente  es  verdad  que  la  solución  que correspondía era la de  ordenar  la  invalidación total de la audiencia de juzgamiento, ya que el a-quo  estaba  contaminado  con  el  conocimiento  previo  de  los medios de prueba, su  propia   percepción   del   caso  y  la  subsiguiente  valoración  del  caudal  probatorio,  resultando  obvio  que ninguna oportunidad tenía el acusado de que  con  las  pruebas ordenas por el ad-quem el fallador fuera a variar su criterio,  máxime cuando se había negado a recibirlas.   

Con base en lo normado en el artículo 457 de  la  Ley  906  de  2004,  como  la  Sala advierte que se desconoció la garantía  fundamental  del  juez  imparcial,  es  claro que de conformidad con su función  constitucional  y  legal  (artículo  181  ídem)  está obligada a pronunciarse  ordenando  la nulidad de la audiencia de juicio oral, con el fin de que la misma  se repita en su integridad ante un funcionario diferente.   

En  mérito  de  lo expuesto, la Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Penal,   administrando  justicia,  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la Ley,   

RESUELVE  

DECLARAR  LA NULIDAD  del  proceso  seguido  contra  NELSON  JAVIER  RÚA  ECHAVARRÍA  a partir de la  audiencia   de   juicio   oral,   conforme   a   lo   reseñado   en   la  parte  motiva.   

Contra  esta  decisión  no  procede  recurso  alguno   

Notifíquese,  cúmplase  y  devuélvase  al  Despacho de origen.   

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                              SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                        MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  L.   

Excusa justificada  

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN                            JORGE  LUÍS  QUINTERO  MILANES   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                                    JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1 C. D.  #    1,    grabación   #   …109001_0, minuto 16:50 a 34:44.   

2 Ídem,  minuto    36:35   a   01:18:19;   y   grabación   #  …109001_1, minuto 00:45 a 21:37.   

3 Ídem,  grabación  #  …109001_3,  minuto 01:17 a 42:54.   

4 Ídem,  minuto 48:30 a 01:29:17.   

5 Ídem,  grabación  #  …109001_4,  minuto 02:27 a 43:22.   

6 Ídem,  grabación  #  …109001_3,  minuto 01:33:17 a 01:53:10.   

7 Ídem,  grabación  #  …109001_4,  minuto 45:35 a 01:21:05.   

8 Folios 82 a 105 del cuaderno principal.   

9 C. D.  #    2,    grabación   #   …109001_4, minuto 05:15 a 01:32:48.   

10  Ídem,    grabación    #   …109001_6, minuto 39:00.   

11  Ídem,    grabación    #   …109001_7      y      …109001_8.   

12 C.  D.   #   3,   grabación  #  …204011_2      y      …204011_5.   

13  LÓPEZ  BARJA  QUIROGA,  Jacobo  “Tratado de Derecho  Procesal  Penal”.  THOMSON ARANZADI. España, 2004,  pág. 357.   

14  FERRAJOLI,  Luigi,  “Derecho  y razón. Teoría del  garantismo  penal”,  Editorial  Trotta  2005, pág.  564.   

15  Ídem, pág. 567.   

16 Sentencia C-095 de 2003.   

17  Auto  de  8  de  noviembre  de 2007, radicación 28648, citando a  Montero  Aroca,  Juan,  “Sobre la imparcialidad del  juez    y    la    incompatibilidad   de   funciones   procesales”, Tirant Lo Blanch, Valencia, 1999, pp. 186-188.   

18  FERRAJOLI,       Luigi,       “Derecho       y  razón…”, pág. 580.   

19  JAUCHEN,   Eduardo   M.   “Derechos  del  imputado”,  Rubinzal  –  Culzoni  Editores, Argentina, 2005,  pág. 218.   

20 Cfr.  Sentencia  de  30  de  marzo  de  2006,  radicación Nº 24468. En igual sentido  sentencia de 16 de mayo de 2007, radicación Nº 26186.   

21  Sentencia  C-396  de  23  de  mayo  de  2007, M. P. Doctor. Marco Gerardo Monroy  Cabra.   

22  JAUCHEN,  Eduardo  M.  “Tratado  de  la  prueba  en  materia     penal”.     Rubinzal    –  Culzoni  Editores, Argentina, 2004,  pág. 304.   

23  “Para   apreciar   el  testimonio,  el  juez  tendrá  en  cuenta  los principios técnico científicos  sobre  la percepción y la memoria y, especialmente, lo relativo a la naturaleza  del  objeto  percibido,  al  estado  de  sanidad  del sentido o sentidos por los  cuales  se  tuvo  la  percepción, las circunstancias de lugar, tiempo y modo en  que  se  percibió, los procesos de rememoración, el comportamiento del testigo  durante  el interrogatorio y el contrainterrogatorio, la forma de sus respuestas  y su personalidad.”   

24 C.  D.   #   1,   grabación  #  …109001_0, minuto 16:50 a 34:44.   

25  Ídem,  minuto  36:35  a  01:18:19;  y  grabación  #  …109001_1, minuto 00:45 a 21:37.   

26  Ídem,    grabación    #   …109001_3, minuto 01:17 a 42:54.   

27  Ídem,    grabación    #   …109001_3, minuto 01:33:17 a 01:53:10.     

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