29254(22-02-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 29254  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta Nº  038  

Bogotá  D.C.,  veintidós (22) de febrero de  dos mil ocho (2008).   

V   I   S   T   O   S   

La Sala resuelve la admisibilidad del recurso  de  casación interpuesto por el defensor de MARÍA DEL  PILAR  TERESA  RODRÍGUEZ  PARDO contra la sentencia de  segunda  instancia  proferida  por  el  Tribunal  Superior  de Bogotá, el 21 de  agosto  de  2007,  mediante  la  cual confirmó la dictada, el 19 de febrero del  mismo  año,  por  el  Juez  Décimo Penal del Circuito de la misma ciudad, y la  condenó  a  las penas principales de 27 meses de prisión y multa de $3.000 mil  pesos  y  a  la accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas por  el  mismo  lapso de la pena privativa de la libertad, como coautora  de las  conductas    punibles    de    falsedad    en   documento   privado   y   estafa  agravada.   

H E C H O S  

El   juzgador   de  segunda  instancia  los  sintetizó de la siguiente manera:   

“El  12  de marzo de 1999 en el Banco de  Colombia,  sucursal  Galerías,  se  recibieron  dos  traslados  de fondos de la  cuenta   corriente   perteneciente  a  la  empresa  Coasmedas,  por  valores  de  $19.580.000,oo   y   $18.720.000,oo   el   primero   con  destino  a  la  cuenta  0420947016632  del  Banco  de Colombia Sucursal Salitre de Bogotá, cuyo titular  era  el  señor  Carlos  Julio  Quintero  Robayo;  y  el segundo, a la ciudad de  Medellín,   Banco   Industrial   Colombiano,   Sucursal   América,  cuenta  No  012.536177-07, a cargo de la señora María Cecilia Correa Mejía.   

“El  15  de  marzo  de ese mismo año, por  información  suministrada por el tesoro de la empresa Coasmedas, se estableció  que  los documentos mediante los cuales se oficializaron los traslados de dinero  eran  falsos,  momento  para  el  cual  en  la ciudad de Medellín la titular ya  había  retirado  de  su  cuenta  la  suma de $16.300.000,oo más $700.000,oo en  cajeros  electrónicos,  mientras  en  Bogotá  el  señor Carlos Julio Quintero  Robayo  en  transacciones  a  través de cajeros electrónicos había realizados  retiros  hasta  alcanzar  la  suma  de  $1.960.000,oo,  siendo aprehendido en el  momento  en que intentaba retirar por medio de libreta de ahorros en el Banco de  Colombia    Sucursal    Salitre    la    suma    de   $17.500.000,oo”.   

A N T E C E D E N T E S  

1.   Por  los  anteriores  hechos,  la  Fiscalía  99  Delegada  ante los Juzgados Penales del Circuito, el 21 de agosto  de  2001,  calificó el mérito del sumario con resolución de acusación, entre  otros,  contra  María  del  Pilar  Teresa  del  Pilar  Rodríguez  Pardo  por  los  delitos  de  falsedad  en  documento  privado  y  estafa agravada, decisión que cobró ejecutoria el 22 de  febrero de 2002.      

1. La  etapa  del  juicio  la  tramitó  el  Juzgado  Décimo Penal del  Circuito  de  Bogotá  que, luego de celebrar la audiencia de juzgamiento, el 19  de  febrero de 2007, dictó sentencia de primera instancia, en la que condenó a  Carlos  Julio  Quintero Robayo, María del Pilar Teresa  Rodríguez  Pardo, María Cecilia Correa Mejia y Javier  Yamith  Osorio  Córdoba   a la penas principales de 27 meses de prisión y  multa  equivalente  a  $3.000  y  a  la  accesoria  de  inhabilitación  para el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el mismo lapso de la pena  privativa  de  la libertad, como coautores de las conductas punibles de falsedad  en documento privado y estafa agravada.     

Apelado  el  fallo  por  los  defensores  de  María   del   Pilar   Teresa  Rodríguez  Pardo,  Javier  Yamith  Osorio  Córdoba y Carlos Julio Quintero Robayo, el Tribunal Superior de  Bogotá,   el   21   de   agosto   de   2007,   al   desatar   el   recurso,  lo  confirmó.   

LA DEMANDA DE CASACIÓN  

El  defensor  de  la  procesada María   del   Pilar  Teresa  Rodríguez  Pardo,   al  amparo de la causal primera de casación, presenta cuatro cargos  contra la sentencia del Tribunal, así:   

Primer cargo  

El  citado profesional del derecho, acusa al  Tribunal  de  haber violado, de manera indirecta, la ley sustancial por error de  hecho por falso juicio de identidad.   

Acota  que  en  el  trámite no se encuentra  demostrado  un  nexo causal entre el empleado de la entidad bancaria con los dos  titulares de la cuenta en donde fueron sustraídos los dineros.   

Dice que tampoco está acreditado dicho nexo  entre  los  titulares  de  las  cuentas  donde  de  manera ilícita llegaron los  emolumentos.   

Así mismo, asevera que tampoco se encuentra  demostrado  dicho  nexo causal entre María del Pilar Teresa  Rodríguez   Pardo  y  la  persona  que  prestó  su  cuenta  en  la  ciudad  de  Medellín.   

Por  último,  manifiesta que en el trámite  tampoco  se  demostró  vínculo entre su defendida con el empleado del Banco de  Colombia, señor Javier Yamith Osorio Córdoba.   

Después  de  reseñar  cómo  operan  las  conductas         “defraudatorias”   en  las  entidades  bancarias,  anota  que  el  comportamiento  ilícito  parte al interior del banco y que dicha acción se subdivide en la que  cada  persona,  en  este  caso,  no  tiene  nexo  de  causalidad “criminal  con  el  organizador o autor intelectual y material de la  acción principal”.   

En  tratándose de su defendida, asevera que  ella   aceptó   la   consignación   del   dinero   a   cambio  “de  una  pingüe comisión”, que fue por  $18.720.000,  motivo  por  el  cual  la  conducta  sería  de estafa simple y no  agravada.   

Segundo cargo  

El  defensor  de  la acusada, con base en la  causal  primera  de  casación,  acusa  al  Tribunal   de haber violado, de  manera  directa, la ley sustancial por falta de aplicación del artículo 27 del  Código Penal.   

Después  de  conceptualizar  sobre  el iter  criminis,  manifiesta  que  la  conducta  de  estafa atribuida a su representada  “sólo  alcanzó  el  grado de mera tentativa, pues  aunque  el  dinero  salió de la esfera de custodia de Bancolombia, el resultado  proyectado:     apropiación    ilícita    nunca    se    concretó”.   

Tercer cargo  

El defensor de la procesada, también por la  vía  de  la violación directa de la ley sustancial, acusa al Tribunal de haber  aplicado indebidamente el artículo 31 de la Ley 599 de 2000.   

Anota que en este caso la conducta punible de  falsedad  fue  un  delito  medio para llegar a la estafa, en la medida en que en  que  sin  la  comisión  del  primero  no  se  habría podido consumar el delito  atentatorio contra el patrimonio económico.   

Cuarto cargo  

Por último, acusa el citado profesional del  derecho  al  Tribunal de haber violado, de manera directa, la ley sustancial por  falta  de  aplicación  del  artículo  6°  del  Código Penal y del Código de  Procedimiento Penal.   

Manifiesta que los juzgadores de instancia no  hicieron   una   confrontación   normativa  frente  al  tipo  penal  de  estafa  contemplado en el Decreto 100 de 1980 y la Ley 599 de 2000.   

De  ahí  que  argumente  que el juzgador ha  debido   tomar   de   dichas   normas   los   apartes   que   favorecían  a  su  representada.   

Por   manera  que  si  la  resolución  de  acusación  cobró ejecutoria material el 22 de febrero  de  2002,  resulta  fácil  advertir, concluye, que la  extinción  de  la  acción  penal  por  razón de la prescripción se cumplirá  “el    próximo    22   de   febrero   del   año  2008”.   

Por  lo  expuesto,  depreca  a  la  Corte lo  siguiente:   

     

a. Casar  la  sentencia  y, en su lugar, absolver a su defendida, en la  medida   en  que  se  debe  dar  aplicación  al  principio  del  in  dubio  pro  reo.     

     

a. Que  se sustituya el fallo de condena y, por lo mismo, absolver a su  defendida   de   los   cargos   formulados  en  la  resolución  de  acusación;  y,     

     

a. Que  se  case  parcialmente  la  sentencia  y se redosifique la pena  aplicando el principio constitucional de favorabilidad.     

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

ACOTACIÓN PREVIA  

De acuerdo con la anterior reseña procesal,  resulta  claro  que  respecto  de  la  conducta punible de falsedad en documento  privado,    la    acción    penal    se    extinguió    por   razón   de   la  prescripción.   

En  efecto,  recuérdese  que  el  artículo  83   y  86  de la Ley 599 de 2000 establece el término de prescripción de  la  acción  penal,  reglando,  entre otros, que éste será por “un  tiempo  igual  al  máximo de la pena fijada en la ley si fuere  privativa  de  la  libertad,  pero  en  ningún  caso será inferior a cinco (5)  años,  ni excederá de veinte (20)….”. De la misma  manera,  la  última  de  las  normas en precedencia citadas contempla que dicho  plazo  se  interrumpe  con  la  resolución  de  acusación,  esto es,  que  producida    “la   interrupción   del   término  prescriptivo,  éste  comenzará  a  correr  de  nuevo por un tiempo igual de la  mitad  del  señalado  en  el  artículo 83”, sin que  pueda ser inferior a cinco (5) años ni superior a diez (10).   

En  tales  condiciones,  conociendo  que  la  resolución    de   acusación   adquirió   ejecutoria   el   22   febrero   de  2002,  y que el delito  de  falsedad en documento privado, de acuerdo con el artículo 289 de la Ley 599  de  2000 contempla como pena máxima la de 6 años, que en este momento procesal  (el  juicio), tal guarismo queda en 5 años, surge claro que la acción penal se  extinguió  por razón de la prescripción el 22 de febrero de 2007, fecha en la  cual  expediente  se  encontraba  en  el  periodo  de notificación del fallo de  primera instancia.   

En  consecuencia,  la  Sala  procederá  a  declarar  la  extinción  de  la  acción  penal  razón de la prescripción y a  determinar nuevamente la pena.   

LA CALIFICACIÓN DE LA DEMANDA  

1.   Recuérdese  que  la  demanda  de  casación  no  es  un  escrito  de   libre  confección sino que debe estar  sujeta  a  una  estricta elaboración, de acuerdo con los parámetros señalados  en  la ley y en la jurisprudencia. Tal afirmación tiene su respaldo en que esta  impugnación  es  de carácter extraordinaria y rogada establecida para demandar  vicios  de  derecho  o  de  actividad  cometidos  en  la  sentencia o durante el  trámite judicial.   

Por  manera  que  no  basta  con postular la  censura  sino  que  corresponde  al casacionista que demuestre la existencia del  vicio  y  su  trascendencia  frente  a  las  plurales decisiones adoptadas en el  fallo.  Si  no  se  cumple  con  dichos  presupuestos  se impone la inadmisión,  máxime  cuando  la  Corte,  en  virtud  del  principio de limitación, no puede  entrar a complementar al libelista.   

2. De acuerdo con los anteriores derroteros,  se  advierte  que la demanda de casación presentada a nombre de la procesada no  reúne los requisitos de claridad y precisión. Veamos:   

En  lo  atinente  al  primer  cargo,  valga  reiterar  que  el  error  de  hecho  por falso juicio de identidad se estructura  cuando  el  juzgador al momento de apreciar un medio de prueba lo distorsiona en  su  contenido  material,  al  punto que lo lleva a declarar una verdad que no se  revela  de su proceso. De ahí que corresponda al casacionista que indique cuál  fue  el  medio  de  prueba  mal  apreciado y cómo de no haberse incurrido en el  citado  error, necesariamente el fallo habría sido favorable a los intereses de  la  acusada,  para lo cual debía tener en cuenta los demás elementos de juicio  sustento del juicio de responsabilidad.   

Por  último,  en  procura de cumplir con la  proposición  jurídica  completa,  el  libelista tenía que enseñar a la Corte  cómo  el  citado  error  de apreciación probatoria condujo a aplicar una norma  que  no  era  la  llamada  a  gobernar el asunto o a excluir otra que encontraba  soporte   en   los   supuestos   fácticos   declarados   como  probados  en  el  fallo.   

En  lo  que  se  podría  entender  como  el  fundamento  de la censura, el casacionista en vez de señalar cuál fue el medio  de  prueba  mal  apreciado  y  en  qué  consistió la distorsión del contenido  material  de  la  prueba,  como  si  la  casación  fuera una instancia más del  trámite  judicial,  arremete  contra las conclusiones probatorias del fallador,  en  procura  de evidenciar que en el proceso no se logró demostrar el nexo y la  participación  de  todos  los  procesados  que  intervinieron  en  la  conducta  ilícita.   

Dicho  de otra manera, sin demostrar ningún  error  en  el  acto  de  apreciación  de  la  prueba, el libelista presenta una  personal  apreciación  del  mérito  dado a la pruebas, en abierta discrepancia  con  la  del  sentenciador,  argumentando  que  entre  los acusados no había un  acuerdo  de  voluntades,  máxime  cuando defendida aceptó la consignación del  dinero     a     cambio     de    una    “pingüe  comisión”,  para  seguidamente  concluir  que  a ésta sólo se le debe atribuir  una  estafa  simple,  en  tanto  que  a  su  cuenta  sólo  llegó  la  suma  de  $18.720.000.   

En  tales  condiciones,  surge indispensable  reiterar  que  la  sentencia llega amparada a esta sede por la doble presunción  de  acierto  y  legalidad,  esto  es,  que  los  hechos  y  las  pruebas  fueron  correctamente  apreciadas  y  el  derecho estrictamente aplicado, presunción de  hecho  que  corresponde  al  libelista  desvirtuar  a través de las causales de  casación  y  demostrando la trascendencia del vicio en las decisiones adoptadas  en el fallo atacado.   

En lo atinente al segundo cargo, recuérdese  que  cuando  la  censura  se  postula  por  la  violación  directa  de  la  ley  sustancial,  compete  al  casacionista  que  acepte los hechos y las pruebas tal  como  fueron  estimadas en la sentencia, en tanto que la discusión se centra en  la  aplicación  del  derecho, es decir, que se seleccionó una norma que no era  llamada  a gobernar el asunto, que se excluyó otra que encajaba en el acontecer  plasmado  en  el  fallo  o, habiéndose seleccionado correctamente se le dio una  interpretación que no consulta su tenor literal.   

En  el supuesto que ocupa la atención de la  Sala   resulta  fácil  concluir  que  el  censor  no  respetó  los  anteriores  presupuestos,  toda  vez  que  la  labor  demostrativa  en  vez  de  dedicarla a  evidenciar  el  yerro  en  la  aplicación  del  derecho,  anota que la conducta  punible  de  estafa  realizada por su defendida no fue consumada sino que quedó  en  el grado de mera tentativa, habida cuenta que la apropiación ilícita nunca  se  concretó,  aunque  acepta  que  el  dinero  había  salido  de la esfera de  custodia de la entidad bancaria.   

Dicho  de otra forma, el censor se aparta de  los   hechos   declarados   como  probados  en  el  fallo  al  plantear  que  el  comportamiento  delictual  de la procesada no se consumó, conclusión que en el  fallo de instancia no se plasmó ni se reconoció.   

En lo que tiene que ver con el tercer cargo,  que  el  actor  formula  por  los  senderos  de  la violación directa de la ley  sustancial,  tampoco  cumple  con  el requisito de claridad y precisión, puesto  que  de  sus  argumentos  no se puede evidenciar en qué consistió el error del  juzgador  al  haber  condenado a la acusada por los delitos de falsedad y estafa  agravada.   

En efecto, la labor demostrativa del actor la  hizo  consistir  en  manifestar  que  el  delito  de  falsedad fue el medio para  cometer  la  conducta  punible  de  estafa,  debiéndose,  por  tanto,  condenar  únicamente  por  el  último  delito, argumento que no pone en evidencia que en  este  caso  la  conducta  punible  contra  el  patrimonio económico subsumía a  aquella.   

Y,  además,  por ello que no resultaba  aceptable  la  tesis  del juzgador, según la cual, el comportamiento desplegado  por  la  sentenciada  no  sólo vulneró el bien jurídico patrimonio económico  sino  que  también  agredió  la  fe  pública, sin que la vulneración de este  último    sea    un   presupuesto   indispensable   para   la   violación   de  aquél.   

Por  último,  en  lo que respecta al cuarto  cargo,  que  también  lo postula por la vía de la violación directa de la ley  sustancial,  el  libelista  no  demuestra  cómo en este particular asunto se ha  debido  tener  en  cuenta,  para  efectos  de  determinar la pena de la conducta  punible  de  estafa, tanto lo regado por el Decreto 100 de 1980 y por la Ley 599  de 2000.   

La labor demostrativa de la censura el actor  la  hizo  consistir  en  manifestar  que  el  juzgador  ha debido, al momento de  dosificar  la  pena,  tomar  las partes pertinentes del precepto que contiene la  conducta  punible  de  estafa  en  las  anteriores  legislaciones,  en tanto que  resultaban favorables a los intereses punitivos de su representada.   

El  actor no podía cumplir con dicha carga,  puesto  que  tal situación fue lo que hizo el Tribunal al momento de revisar el  proceso  de  determinación  de  la  pena  hecha  por  el  juzgador  de  primera  instancia.  Así,  el  cargo  carece de sentido, en tanto que sus planteamientos  fueron   acogidos   por  el  Tribunal,  al  desatar  el  recurso  de  apelación  interpuesto contra la sentencia de primera instancia.   

En  síntesis, el reproche se quedó a mitad  del  camino  por cuanto que no dio las razones jurídicas que lleven a la Sala a  colegir  que  efectivamente  en este asunto aplicando las normas como lo plantea  el  libelista, el juzgador de segunda instancia debió declarar la extinción de  la acción penal por razón de la prescripción.   

Así  las  cosas, como quiera que ninguno de  los  cuatro  cargos  formulados contra la sentencia de segunda instancia reúnen  los  requisitos  de  claridad  y  precisión,  se  impone  la  inadmisión de la  demanda.   

Por último, se advierte que del estudio del  proceso  no  se  vislumbra  violación de derechos fundamentales o garantías de  los  sujetos  procesales  que  determine el ejercicio de la facultad oficiosa de  índole  legal  que  al  respecto  le  asiste  a la Sala en punto de asegurar su  salvaguarda.   

LA DETERMINACIÓN DE LA PENA  

La  Sala procederá a declarar la extinción  de  la  acción  penal por razón de la prescripción respecto de la falsedad en  documento  privado y a determinar la pena, con acatamiento en lo preceptuado por  el   artículo   31   de   la   Constitución   Política,   de   la   siguiente  manera:   

El  juzgador de segunda instancia consideró  que  como  quiera  que se trataba de un concurso de delitos se debía proceder a  determinar  la  pena  de  la  sanción  más  grave  según  su  naturaleza,  de  conformidad  con  el  artículo  31  de  la  Ley  599  de 2000. De ahí que haya  concluido   que   la   conducta   punible   de  estafa  agravada  reunía  dicho  presupuesto.   

En efecto, en virtud que al acusado no se le  atribuyó  ninguna  circunstancia  de  mayor punibilidad, el juzgador de segundo  grado  estimó  que  debía determinar la pena según el sistema previsto por la  Ley   599   de   2000,   en   tanto   que   resultaba   más   favorable  a  los  sentenciados.   

Por manera que, concluyó, en este caso sólo  concurre  la  circunstancia  de menor punibilidad de la carencia de antecedentes  penales,  el  ámbito  de  movilidad  para  la  conducta  de  estafa,  según lo  preceptuado  por  los  artículos  246  y  267 de la Ley 599 de 2000, normas que  resultaban  más  favorables  en  lo  atinente  a  la  sanción  máxima,  es el  consagrado  para  el  cuarto  mínimo, esto es, entre 16 y 48 meses de prisión.  Así,  ponderando  los  factores  de  la  mayor gravedad de la conducta, el real  daño  causado  con la conducta punible, la intensidad del dolo, la necesidad de  la   pena   y  la  función  que  ella  ha  de  cumplir  impuso  “una  pena  de  19  meses  de  prisión”.   

A dicho guarismo, le aumentó  la cifra  de  8  meses  por razón del concurso de delito de falsedad en documento privado  (2).   

En tales condiciones, como consecuencia de la  declaratoria   de  extinción  de  la  acción  penal   por  razón  de  la  prescripción  de  la  falsedad  en  documento  privado,  sin  duda que se deben  excluir  en  el  proceso  de la determinación de la pena los citados 8 meses de  prisión.   

Por   último,  respecto  de  la  pena  de  multa,   el  Tribunal  resaltó  que  “como la  misma  no  fue  objeto  de  impugnación  la Sala no se pronunciará frente a la  impuesta por el juzgado de instancia”.   

Por  manera  que la Sala condenará a Carlos  Julio   Quintero   Robayo,  María  del  Pilar  Teresa  Rodríguez,  María  Cecilia  Correa  Mejía  y Javier  Yamith  Osorio  Córdoba  a las penas principales de 19 meses de prisión y  multa  equivalente  a  $3.000  y  a  la  accesoria  de  inhabilitación  para el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el mismo lapso de la pena  privativa  de  la  libertad,  como  coautores  de  la conducta punible de estafa  agravada.   

En  lo  demás,  el  fallo  no sufre ninguna  modificación.   

Como  quiera  que  a los sentenciados se les  concedió  la  suspensión  condicional  de la ejecución de la pena, la Sala se  abstendrá,   por  sustracción  de  materia,  de  realizar  cualquier  tipo  de  análisis al respecto.   

Por último, como quiera que se advierte que  el  trámite  del  juicio adelantado por el titular del despacho Juzgado Décimo  Penal  del  Circuito se cumplió en casi 5 años; por Secretaría de la Sala, se  dispondrá  la  expedición  de  copias  del  proceso  con  destino  al  Consejo  Seccional de Judicatura de Cundinamarca, para lo de su cargo.   

En  mérito  de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

         R E S U E L V E   

1. Declarar la extinción de la acción penal  por  razón  de  la prescripción respecto de la conducta punible de falsedad en  documento  privado.  En  consecuencia,  se  cesa  todo  procedimiento a favor de  Carlos  Julio  Quintero Robayo, María del Pilar Teresa  Rodríguez  Pardo,  María  Cecilia  Correa  Mejía  y  Javier Yamith Osorio Córdoba.   

2.  Como  consecuencia  de  lo anterior, se  condena  Carlos  Julio  Quintero  Robayo, María    del    Pilar   Teresa   Rodríguez   Pardo,   María  Cecilia  Correa Mejía y Javier Yamith Osorio Córdoba   a  las  penas principales de 19 meses de prisión y multa equivalente a $3.000 y  a  la  accesoria  de  inhabilitación  para el ejercicio de derechos y funciones  públicas  por  el  mismo  lapso  de  la  pena  privativa  de  la libertad, como  coautores de la conducta punible de estafa agravada.   

3.  En lo demás, el fallo no sufre ninguna  modificación.   

4.  INADMITIR   la   demanda  de  casación  presentada  a nombre de la procesada, MARÍA DEL PILAR  TERESA   RODRÍGUEZ  PARDO,  por  lo  anotado  en  la  motivación de este proveído.   

5.    Por  Secretaría   de   la   Sala,  expídanse  las  copias  a  que  se  contrae  las  consideraciones de esta providencia.   

6.  Contra esta decisión no procede ningún  recurso.   

Comuníquese     y     cúmplase.  Devuélvase  al  Tribunal de  origen.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                        MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                                            JORGE   LUIS   QUINTERO   MILANÉS           

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                          JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

JAVIER  ZAPATA ORTÍZ  

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria  

    

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