28752(02-04-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  28752   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARÍA    DEL    ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

Aprobado Acta No. 077.  

          Bogotá D.C., abril dos (2) de dos mil ocho (2008).   

  VISTOS  

La   Sala,  compuesta  por  Magistrados  y  Conjueces,  acomete  el  examen de las exigencias de admisibilidad de la demanda  de   revisión   presentada   por   la   apoderada   especial   de  CÉSAR  AUGUSTO  PARDO  CHAMORRO, contra el  fallo  de  segundo  grado  proferido  por  el Tribunal Superior Militar el 14 de  julio  de 2006, confirmatorio del dictado por el Juzgado de Primera Instancia de  la  Inspección  General  de  la  Policía  Nacional  el 25 de abril de la misma  anualidad,  por  cuyo  medio  lo  condenó como autor penalmente responsable del  delito    de   lesiones   personales   culposas   en   el   menor   Juan Alberto Molina.   

HECHOS  

Aproximadamente  a las cinco de la tarde del  10  de  octubre  de  2001,  cuando  el  Teniente CÉSAR  AUGUSTO  PARDO  CHAMORRO se encontraba en compañía de  otros  miembros  de  la  fuerza  pública realizando labores de vigilancia en el  Barrio  Villa  del  Tejar  de  Cúcuta,  fue  abordado por un individuo quien le  informó   que   varios  muchachos,  entre  ellos,  los  hijos  de  Ángel  Rafael Molina se habían ido de una  tienda sin pagar los alimentos que consumieron.   

Por  tanto,  se dirigió a la residencia del  mencionado  ciudadano,  de  donde  salió el niño Luis  Eduardo  Molina, a quien inquirió sobre el paradero de  los  citados jóvenes; en el ínterin, de la casa salió un perro que mordió al  Oficial  en  una pierna, motivo por el cual éste desenfundó su arma y anunció  que  iba a matar al animal. Entonces, disparó en dos ocasiones, en la primera a  las  tablas  de  la  casa,  y  luego,  a  pesar  de  que el menor le dijo que no  disparara  más  porque  adentro  se  encontraba  su  hermanito,  efectuó  otro  disparo,  con  el cual atravesó las tablas de dicha residencia e impactó en la  cabeza   del  niño  Juan  Alberto  Molina,  quien  al  gritar consiguió que el informante lo sacara y, junto  con  el  agresor,  lo  llevara  al  Hospital  Erasmo  Meoz,  donde  el menor fue  intervenido, salvándose su vida.   

Al  lesionado le fue dictaminada incapacidad  médico  legal  definitiva  de  treinta  y  cinco  (35)  días  y  como secuelas  permanentes,  perturbación  funcional  del  sistema  nervioso  central  para la  motricidad  fina,  concretamente  en  su  mano  derecha y deformidad física que  afecta el cuerpo en el cráneo.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

Con fundamento en la denuncia presentada por  Ángel  Rafael  Molina, padre  de  la víctima, la Fiscalía Penal Militar declaró abierta la instrucción, en  desarrollo   de   la   cual   vinculó   mediante   indagatoria  a  CÉSAR  AUGUSTO  PARDO  CHAMORRO  a  quien  posteriormente   acusó  como  presunto  autor  delito  de  lesiones  personales  culposas (artículos 114 y 120 de la Ley 599 de 2000).   

Transcurrida la etapa del juicio, el Juzgado  de  Primera  Instancia  de  la  Inspección  General  de  la  Policía  Nacional  profirió,  el  25 de abril de 2006 fallo por medio del cual condenó al acusado  a  la  pena  principal de veintisiete (27) meses de prisión y multa por la suma  de  veintiséis  (26)  salarios  mínimos legales mensuales, y a la accesoria de  prohibición  de  porte  y  tenencia  de  armas  por  un  (1)  año,  como autor  penalmente  responsable  del delito de lesiones personales culposas. En la misma  decisión  le  fue  concedida  la suspensión condicional de la ejecución de la  pena.   

Impugnado  el  fallo  por  la  defensa,  el  Tribunal  Superior  Militar lo confirmó a través de sentencia dictada el 14 de  julio  de  2006,  contra  la  cual  el  mismo  sujeto procesal interpuso recurso  extraordinario  de  casación.  Esta  Sala,  mediante  auto del 28 de febrero de  2007, decidió inadmitir el libelo.   

LA  DEMANDA   

Con   fundamento   en  la  preceptiva  del  “inciso  3º  del  artículo 192 de nuestro Estatuto  Procesal   Penal   Actual,   Ley  906  del  31  de  Agosto  de  2004”,  la  actora  aduce  que  en  el  proceso  adelantado  contra su  asistido  “no hubo el modo de esclarecer por medio de  la  investigación  integral los sucesos con el fin de comprobar la identidad de  los responsables”.   

          Resalta  que  en  el  expediente  no obra prueba alguna que acredite  “la     peligrosidad    del    animal”  que  atacó  a  su  representado  y  le  causó las lesiones no  tenidas  en cuenta en el fallo contra el cual se dirige la acción, amén de que  sólo se otorgó credibilidad a testigos familiares de la víctima.   

          También,  que no se demostró el “estado  psicológico”     del    Teniente    PARDO  CHAMORRO  y  se omitió ponderar lo  establecido  en  la  Ley  746  de  2002  sobre la clasificación de los animales  terribles,  sus  razas  y  características,  “ya que  podía  darse  una  ausencia  de  responsabilidad  penal, como un acto de fuerza  mayor   o   fortuito   (solicitado   desde   el   principio   por   su   defensa  técnica)”.   

          Agrega  que  el  sentenciado  no hizo más que defenderse del ataque  del  canino “envidiado (sic)  por las otras personas como retaliación, porque es de  la fuerza pública”.   

          Aduce  que  durante  el  periodo  probatorio  de esta acción podrá  escucharse  en  declaración  a  los doctores Marcelino  Niño  Patiño, médico veterinario quien dará cuenta  de  la peligrosidad de los perros, y a Franklin Escobar  Córdoba  y  Jaime  Gaviria  Trespalacios,  médicos  psiquiatras  quienes  pueden  establecer  el  estado  emocional  del condenado al momento de ocurrencia de los  hechos;  profesionales  que  suscriben  sendos conceptos aportados por la actora  como pruebas nuevas no conocidas al tiempo de los debates.   

En  apoyo  de su pretensión allega copia de  los  fallos de instancia y del auto inadmisorio del libelo casacional presentado  en nombre de su asistido.   

Con  base en lo expuesto, solicita a la Sala  anular   el   fallo   de  segundo  grado  proferido  por  el  Tribunal  Superior  Militar.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

Inicialmente   observa   la  Sala  que  la  demandante  invoca de manera impropia el numeral 3º del artículo 192 de la Ley  906  de  2001,  precepto que si bien es sustancialmente igual al contenido en el  numeral  3º  del  artículo  220  de  la Ley 600 de 2000, de conformidad con el  artículo   553   de  aquella  legislación,  sólo  rige  para  “los  delitos  cometidos  con  posterioridad  al  primero de enero de  2005”,  salvo,  desde  luego, las situaciones en las  cuales   se   imponga   aplicar   la  nueva  ley  en  virtud  del  principio  de  favorabilidad.   

Por  tanto, si la conducta aquí investigada  ocurrió  el  10  de  octubre  de  2001  y no se advierte que la Ley 906 de 2004  brinde  al  sentenciado un tratamiento más benéfico en comparación con la Ley  600  de  2000  respecto  de  la  acción  que  a  través  de apoderada especial  interpone,  es  claro  que  el  trámite  de  este diligenciamiento se encuentra  gobernado por esta última legislación.   

Puntualizado  lo anterior se tiene que, como  el  propósito  primordial  de  la  acción de revisión se orienta a remover la  intangibilidad  inherente  a  la  cosa  juzgada, el legislador ha dispuesto como  condición   de   admisibilidad   del  libelo  dirigido  a  tal  propósito,  el  cumplimiento  de  exigentes y específicos requisitos contenidos en el artículo  222 de la Ley 600 de 2000.   

Como  la  acción procede únicamente contra  providencias  que  hayan cobrado ejecutoria (fallos, resoluciones de preclusión  de  la investigación o autos de cesación de procedimiento), es deber del actor  anexar  a  la  demanda  copia de las decisiones de primero y segundo grados cuya  revisión    pretende,    junto    con    la   respectiva   constancia   de   su  ejecutoria.   

Además, cuando se invoca la causal contenida  en  el  numeral  3º  del  artículo  220 de la Ley 600 de 2000, esto es, por la  aparición  de  hechos  nuevos  o  el surgimiento de medios probatorios de igual  naturaleza  no  conocidos  al  tiempo  de los debates con virtud suficiente para  demostrar   la   inocencia   del   condenado   o   su  inimputabilidad,  resulta  imprescindible  que junto con la demanda se aporten tales pruebas novedosas, las  cuales  deben ser idóneas para acreditar cualquiera de las finalidades anotadas  en precedencia.   

En  el  asunto objeto de estudio se advierte  que  aunque  la  actora  allega  copias  de  las sentencias de primera y segunda  instancia,  y  del  auto  mediante  el  cual  esta  Sala  inadmitió  el  libelo  casacional  presentado  en  nombre  de  su  procurado,  no aportó la respectiva  constancia de ejecutoria.   

Adicionalmente se observa que si bien allega  como  pruebas  nuevas  el  concepto  de un veterinario en torno a los alcances y  consecuencias  de  la  mordedura  de  un  perro,  las  razas de los caninos y su  peligrosidad,  amén  de algunas normas del Decreto 2257 de 1986 y de la Ley 746  de   2002,   así   como   el  concepto  de  dos  psiquiatras  respecto  de  las  circunstancias  que  rodearon  la  conducta  por la cual se condenó al Teniente  PARDO  CHAMORRO, es evidente  que  de  su  contenido  material no emerge con la nitidez requerida el anunciado  carácter  novedoso, ni la aptitud suficiente para derruir de conformidad con la  causal   invocada   el  recaudo  probatorio  que  sirvió  de  fundamento  a  la  atribución  de  responsabilidad  que  se  considera injusta, por las siguientes  razones:   

En  primer lugar, porque si bien se trata de  elementos  que no obraron en la actuación, lo cierto es que los aspectos de los  cuales   se  ocupan  fueron  abordados  a  espacio  y  suficiencia  durante  las  instancias,  independientemente  de que se comparta la argumentación expresada,  como  que,  según  lo  refiere  la  misma  accionante,  la invocación del caso  fortuito  o  de  la  fuerza  mayor en la producción del resultado lesivo fue un  tema  “solicitado  desde el principio por su defensa  técnica”.   

          Sobre   tal   temática   se   dijo   en   el   fallo   de   primera  instancia:   

“La defensa trata  de  justificar la conducta de su prohijado, en el sentido de que éste actuó en  ejercicio  de  una causal de inculpabilidad, como fue el caso fortuito (…). No  es   el   caso   del  implicado,  puesto  que,  como  ya  se  vio,  tuvo  el espacio suficiente para realizar dos disparos al perro que  huía   y  que,  así  las  cosas,  ya  no  representaba  ningún  peligro  para  él   y   sobraba   entonces   ejercer  la  violencia  injustificada  que  ejecutó,  tan  injustificada que lesionó un bien jurídico  como  es  la  integridad  personal  de  un  niño  indefenso  que  se encontraba  refugiado   en   su   casa”   (subrayas   fuera  de  texto).   

Acerca  de la misma causal de inculpabilidad  expresó el Tribunal:   

El  acusado  “al  momento   propiamente  dicho  en  que  es  atacado,  estaba  centrado  única  y  exclusivamente  en obtener información concreta de parte del niño LUIS EDUARDO  MOLINA,  ante  la  mordida  del  animal,  se encaminó apenas con su interés en  matarlo,  lo  que  desde  todo  punto de vista jurídico aleja la posibilidad de  ubicarnos  frente  a  un caso fortuito, ya que a pesar  de  su  conocimiento y habilidad en el uso de las armas dispara ante un objetivo  sin  prever  qué  hay  detrás de él, a sabiendas que estaba frente a una casa  construida  en  madera  y  conocía  de  los  efectos,  fuerza y capacidad de un  disparo  de arma de fuego, ubicándonos así dentro del  evento     culposo”     (subrayas     fuera    de  texto).   

          En   segundo   término   se   encuentra,  en  cuanto  atañe  a  la  peligrosidad  del  perro que atacó al sentenciado, que tal situación no fue en  modo  alguno  desconocida  dentro  de  las  instancias  y sobre dicho aspecto se  detienen   en   sus   providencias   los   funcionarios  de  primero  y  segundo  grado.   

Así  pues,  el  a  quo sobre el particular señala:   

“Tiene  razón  tanto  la  Fiscalía  como  el  Ministerio  Público, al predicar que el oficial  encausado  actuó  de  manera  imprudente  al  disparar dos veces con su arma de  dotación  oficial  en  una  zona  poblada, sin prever que podía lesionar o dar  muerte    a   alguna   de   estas   (sic),  a pesar de la súplica y del pedido que  el  menor  LUIS EDUARDO MOLINA le hizo para que no disparara contra el perro que  le  había  atacado,  antecedente  que  no  se muestra  suficiente  o  de  tal  entidad  como  para  legitimar  al uniformado para haber  actuado  como  lo hizo, pues no existe realmente proporcionalidad en la defensa,  es  decir,  la mordedura de un perro no es suficiente  para  utilizar  un  arma como la utilizada por el acriminado, y menos aún si se  observa  que  el  perro huía cuando el oficial procedió a disparar,  tal y como él mismo lo reconoce en su indagatoria, al manifestar  que  se  proponía  matar  al  canino para llevarle a un estudio en el Instituto  departamental  de  Salud  y  averiguar  si  padecía mal de rabia, con lo que la  ponderación  de  los  bienes  jurídicos  no  tuvo  ninguna  evaluación en ese  momento  por  parte del implicado, quien no justipreció las consecuencias a las  cuales  podría  verse  avocado  con  su  comportamiento  imprudente” (subrayas fuera de texto).   

          Por   su  parte,  el  ad  quem puntualizó:   

“Infortunadamente  para   el  niño  JUAN  ALBERTO  MOLINA,  apenas  con  ocasión  de  la  mordedura  de  un perro, de manera por demás irresponsable el  Oficial   de   la   Policía   acciona   su   arma  de  dotación,  generándole  consecuencias  descritas  en  el  último  dictamen de  Medicina  Legal,  alegando  que  se  trataba  de matar a un animal rabioso y que  pensaba  llevar  a  la  Secretaría  de  Salud  del  departamento,  cuando es de  público  conocimiento  que  si ello fuera así, el procedimiento policivo no se  orientaba  primero  por matar al canino y luego verificar si contaba o no con la  enfermedad  aludida  (…)  [El sindicado] si  conocía  de  plano  e  incuestionablemente, por principio en el  manejo  de  las  armas,  que no debía accionarla sin prever qué había detrás  del  objetivo  al  cual  pensaba  disparar, para el caso concreto a una pared de  madera,  lo  que se constituye en infracción al deber de cuidado previsto en el  decálogo  de  seguridad  de  las  armas  de  fuego”  (subrayas fuera de texto).   

En tercer lugar se tiene, que sobre el estado  mental  del  procesado al momento de disparar su arma se especificó en el fallo  de primera instancia:   

“Dice la defensa  que  el encartado no pudo ponderar las consecuencias de su comportamiento porque  se  hallaba sumido en un estado de obnubilación que le impidió poder discernir  lo  que  hacía,  argumento  que  se  desvirtúa  con lo ya dicho, es decir, que  se  dio todo el tiempo para dirigir su arma contra el  canino  que  huía, luego no es admisible que su ofuscación le hubiera impedido  determinarse” (subrayas fuera de texto).   

          Acerca  de  la  temática  precedente  se expresa en la sentencia de  segundo grado:   

“Eran apenas las  cinco  de la tarde, luego la visibilidad era perfecta y ante unas calles vacías  en  las  que  algunos  ciudadanos  salían  curiosos  a  observar  el paso de la  patrulla  policial,  donde  apenas  la única arma disparada fue la mini uzi que  portaba  el  Teniente  y ante la certeza que el único  ataque  desprevenido se hizo por parte de un perro, que a pesar de lo inesperado  del  suceso  el  señor  PARDO  tuvo  todo  el  tiempo  del  mundo para lanzarle  improperios  y  para  pretender matar, previo descolgar  su  arma  y  apuntar  (…) El Subteniente PARDO CHAMORRO faltó a la prudencia,  coherencia,  tolerancia,  ecuanimidad,  con  que debe actuar un hombre al que el  Estado  le confía el uso de las armas y la fuerza, previo instruirlo y formarlo  como Oficial” (subrayas fuera de texto).   

Como viene de verse, es claro que los medios  de  prueba ahora aportados en nada cuestionan las pruebas que sirvieron de pilar  a  la  sentencia  contra  la  cual  se  dirige la acción, pues en los fallos de  primero  y segundo grado se dilucida que el sentenciado disparó imprudentemente  sobre  un  perro  que  lo  había mordido, sin tener en cuenta que detrás de su  objetivo  se encontraba una pared de madera y dentro de la residencia se hallaba  un  menor,  circunstancia de la cual fue enterado por el hermano de la víctima,  dando  lugar  al comportamiento lesivo que motivó el curso del diligenciamiento  que  a  la  postre  concluyó con el fallo condenatorio contra el cual se dirige  ahora esta acción.   

          En  suma,  la demandante no dice, ni la Sala consigue establecer, de  qué   manera   con   las  pruebas  nuevas  se  demuestra,  de  una  parte,  que  el sentenciado actuó en una  situación  de caso fortuito y, de otra, por qué no era capaz de determinarse a  actuar  conforme a los cánones especiales que en su caso rigen el manejo de las  armas.   

          Como  según lo establecido en la ley, la acción de revisión no se  encuentra  instituida  para  debatir  nuevamente  los  elementos  de  prueba que  sirvieron  de  fundamento a una decisión judicial con tránsito a cosa juzgada,  amén  de  que  tampoco corresponde a una instancia adicional dentro del proceso  judicial,  observa  la  Sala  que  si la pretensión de la defensa se orienta en  este  asunto a provocar una nueva ponderación probatoria, con base en elementos  de  juicio  despojados de la aptitud requerida para ello, su propósito es ajeno  a   las   exigencias   establecidas   por   el   legislador   para  el  referido  instituto.   

Así las cosas, habida cuenta que la demanda  incumple   fundamentalmente  la  exigencia  dispuesta  en  el  numeral  3º  del  artículo  222  de  la Ley 600 del 2000, se impone su inadmisión de conformidad  con lo previsto en el artículo 223 del mismo estatuto.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE   JUSTICIA,   SALA   DE   CASACIÓN   PENAL,   compuesta  por  Magistrados  y  Conjueces,   

RESUELVE   

         INADMITIR   la   demanda  de  revisión  presentada    por    la  defensora  del   sentenciado   CÉSAR  AUGUSTO  PARDO  CHAMORRO, de conformidad con  las    razones    consignadas    en    la    anterior    motivación.   

Contra  esta  decisión  procede  recurso de  reposición.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

LUIS  BERNARDO  ALZATE  GÓMEZ                                          FERNANDO ARBOLEDA RIPOLL   

      Conjuez                                                                                                                              Conjuez   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                          RICARDO      CALVETE     RANGEL                                                                                                                              Conjuez   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS                         ABEL DARÍO  GONZÁLEZ SALAZAR   

        Conjuez   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                                          WILLIAM MONROY VICTORIA   

                                                                                               Conjuez    – Excusa justificada   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria     

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