28539(06-03-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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                          Proceso No  28539   

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 052  

Bogotá,  D. C., seis (6) de marzo de dos mil  ocho (2008).   

V I S T O S  

La  Corte decide respecto del cumplimiento de  los  presupuestos  de  logicidad  y  debida  argumentación  de  la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor de MISAEL RUIZ  ALVIS.   

A N T E C E D E N T E S  

1.  Los hechos fueron sintetizados por el  juzgador de primera instancia de la siguiente manera:   

“Se  conoce  de  autos  que  en  el Municipio de Puerto Concordia (Meta), el día 20 de noviembre  de  2002,  fueron capturadas unas personas, entre ellas Juan José Silva Vallejo  y  Campo  Elías  Hernández,  cuando  transportaban  en  un vehículo al doctor  Santander  Antonio Suárez, luego de que lo sustrajeran de su lugar de trabajo y  pretendieran  llevárselo  con  rumbo  desconocido.  De  las  sindicaciones  que  realizara  Juan José Silva se logró la vinculación del procesado Misael  Ruiz  Alvis  al presente proceso  penal  al  sindicarlo  de  ser  miembro  de las autodefensa de Casanare, el cual  tenía    como    función    reclutar    civiles    para    esa   organización  delictual”.   

2.   El  Juzgado Segundo  Penal del  Circuito  Especializado  de  Villavicencio,  mediante sentencia fechada el 18 de  marzo  de  2005  y  con  base en la resolución de acusación proferida el 10 de  julio  de  2003,  la  cual quedó ejecutoriada el 19 de  agosto  siguiente, condenó a los siguientes acusados,  así:   

2.1.     Campo   Elías   Hernández  Pérez   y  Juan José Silva Vallejo a las penas principales de 99 meses de  prisión  y  multa  de 2.050 salarios mínimos legales mensuales vigentes y a la  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  mismo  lapso  de  la  pena  privativa  de  la libertad, como  coautores  de  los delitos de concierto para delinquir  agravado (con fines  de  organizar,  promover,  armar  o  financiar  grupos  al  margen  de  la ley),  secuestro  simple  en  grado  de  tentativa  y porte ilegal de armas de fuego de  defensa personal.   

2.2.  Oscar Mauricio Espinosa González,  Jhon    Freddy   Bastos   Caicedo   y   Misael   Ruiz  Alvis  a las penas principales de 72 meses de prisión  y  multa  de 2.000 salarios mínimos legales mensuales vigentes y a la accesoria  de  inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y funciones públicas por el  mismo  lapso  de  la pena privativa de la libertad, como coautores del delito de  concierto  para  delinquir  agravado  (con fines de organizar, promover, armar o  financiar grupos al margen de la ley).   

3.  Apelado el fallo por el defensor del  procesado  Ruiz  Alvis, quien  alegó  que  no  existen elementos de juicio que concrete en grado de certeza la  autoría   y  responsabilidad  de  su  representado,  el  Tribunal  Superior  de  Villavicencio, el 20 de marzo de 2007, lo confirmó.   

Contra   esta   determinación,  el  citado  profesional      del      derecho     interpuso el recurso extraordinario de casación.   

LA      DEMANDA      DE   CASACIÓN   

El   defensor   del   procesado  Misael Ruiz Alvis, al amparo de la causal  primera   de   casación,   presenta   dos   cargos   contra  la  sentencia  del  Tribunal.   

Primer cargo  

Afirma  el  libelista  que  los juzgadores de  instancia  incurrieron  en  violación indirecta de los artículos 6° y 232 del  Código    de    Procedimiento    Penal,    toda    vez    que   “valoraron  errónea  y  equivocadamente el testimonio de Juan José  Silva  Vallejo”,  olvidando que la prueba de cargo y  de descargo debe ser apreciada en conjunto.   

Recuerda  que  Silva  Vallejo “es   la   persona   que   referenció   dentro  del  proceso  a  mi  defendido,   manifestando  en un principio que se contactó con MISAEL RUIZ  ALVIS  en  la  ciudad  de Villavicencio; después de comentarle las dificultades  económicas  por  las  que  atravesaba, le pidió que le colaborara en conseguir  trabajo,   y   es   aquí  precisamente  cuando  RUIZ  ALVIS  entra  en  escena,  reduciéndose  toda  su  actividad  a  decirle  que  un amigo de él de apellido  BARRIOS  quien  vivía en San José del Guaviare necesitaba un trabajador en ese  lugar.  Afirma  SILVA VALLEJO en su primigenia salida procesal que RUIZ ALVIS le  suministró   dinero   y   transporte  para  desplazarse  hasta  San  José  del  Guaviare”.   

Dice  el  libelista  que  en tal relato no se  encuentra  referencia alguna a grupos al margen de la ley, como tampoco a que se  desplazara  para  trabajar con ellos o que su defendido formara parte de una red  dedicada  a  colaborar o apoyar la logística de las autodefensas, razón por la  cual  estima “caprichosa”  la  afirmación  del  Tribunal,  según  la cual Misael  Ruiz “reclutó”  a  Silva  Vallejo,  aseveración que, en su opinión, carece de  total respaldo probatorio.   

Por  ello,  considera  que  dicha  prueba  se  valoró  “fuera  de  contexto  y  se  le  dio  unos  “alcances    que   no  tiene”,  pues  los juzgadores edificaron el fallo en  lo   dicho  por  el  mencionado  testigo,  también  sindicado,  “y  en  ningún  momento  pararon  mientes  en  la valoración de la  retractación  que  hizo en la ampliación de su indagatoria y posteriormente en  la audiencia pública”.   

Asevera que en el proceso no aparece una sola  prueba  que  permita  concluir  que  su  procurado  estaba  concertado  con  las  autodefensas  para  cometer  delitos,  aspecto  que  le permite reiterar que las  conclusiones       de      los      sentenciadores      son      “caprichosas”.   

Respecto de las consideraciones del Tribunal,  procede   el   libelista   a   hacer   dos  precisiones:  la  primera,  que  los  “investigadores   jamás  pudieron  demostrar  que  MISAEL  RUIZ  ALVIS  actuaba  en connivencia con las personas que posteriormente  resultaron   sindicadas,  fueron  nulos  los  esfuerzos  que  realizó  en  esta  dirección  todo el equipo investigativo sin lograr aportar ningún elemento que  demostrara   esta   conducta”,  y  la  segunda,  que  “dentro  del  informativo no hay un solo órgano de  prueba  que  de  la  certidumbre  de  que  RUIZ ALVIS había pactado o se había  organizado    con    estos    ciudadanos    para   cometer   delitos”.   

Afirma  que  el juzgador también erró en la  valoración    de    la    prueba    indiciaria,    pues   del   “mismo  hecho  indicador  ha querido desprender varios indicios como  son  el indicio de mala justificación, el indicio de colaboración y el indicio  de   concertación,   pero  los  elementos  esenciales  de  éstos  no  aparecen  plenamente probados”.   

De  esa manera, reitera que no existen medios  de  convicción  para  condenar a su procurado, pues si bien es cierto que Silva  Vallejo  afirmó  inicialmente  que su defendido “le  había  suministrado  los dineros para viajar a San José del Guaviare, también  es   cierto   que   posteriormente   se  retractó  de  esta  afirmación  y  el  investigador   jamás  ahondó  en determinar cuál había sido el motivo o  el  origen  de  ese  cambio  en  su  dicho”, sin que,  conforme  a  los criterios plasmados en la jurisprudencia, se sepa en cuál acto  el  declarante  dijo la verdad, si en su primera versión o cuando se retractó.   

Así  mismo,  estima que la conducta de Silva  Vallejo  no  “violó” el  artículo  340  del  Código Penal, toda vez que estudiando el comportamiento de  Ruiz  Alvis  frente a lo dicho por aquél, se concluye que no hay un sola prueba  que   “pueda   llevar  al  convencimiento  de  los  juzgadores  que  mi  defendido en algún momento se hubiere encontrado con una o  varias  personas  para  planear  actividades  al  margen  de  la ley”.   

En    consecuencia,  concluye  que  el  juzgador   incurrió  en  violación  de  la  ley  sustancial,  por  cuanto  que  distorsionó  (falso  juicio  de  identidad)  el  sentido  de  la  prueba  en su  expresión fáctica, yerro propio del error de hecho.   

Segundo cargo  

Acusa  al  sentenciar  de  haber incurrido en  “error  de  hecho” en la  valoración de la prueba indiciaria.   

Luego de hacer unos breve comentarios sobre la  prueba   indiciaria,   afirma  que  el  juzgador  de  segunda  instancia  trató  “de  llegar  a  la  conclusión  fatal  de  que  se  reunían  los  presupuestos  para condenar, argumentando dos indicios, uno el de  la  tenencia  y  el otro el de la mala justificación para referirse al decomiso  de  la  munición  y  los radios de comunicación, pero ello podría estudiarse,  analizarse  y  determinarse  si  fuere una investigación al tenor del artículo  365  del  Código Penal, es decir por fabricación, tráfico y porte de armas de  fuego  o  municiones,  pero jamás cuando aquí estamos hablando de una conducta  criminal  diferente  y que se encuentra ubicado en capítulos separados y que no  fueron  parte integradora del delito ni de la conducta que se requiere desplegar  en estas actividades”.   

Reitera  una  vez más que el Tribunal le dio  credibilidad  al  testimonio  de  Silva  Vallejo, obteniendo de él conclusiones  equivocadas,   pues   su   defendido   jamás   perteneció   a  la  multicitada  organización   criminal,  máxime  cuando  las  explicaciones  que  dio  en  su  indagatoria  no  pudieron ser desvirtuadas, sin olvidar que del relato de aquél  (Silva  Vallejo)  no  surge  ninguna  imputación  clara  y  directa que lleve a  colegir  que  efectivamente  su  procurado hacía parte de la actividad ilícita  por la que fue condenado.   

En  síntesis,  dice  el  libelista  que  los  juzgadores  incurrieron  en  error de hecho por falso raciocinio “por  indebida  aplicación  de las reglas de la ciencia”,  “al afirmar que es impropio que en  un  mes  se  le  hagan  diferentes  llamadas a una persona, más cuando no es un  miembro   de   la   familia   y   no  se  trata  de  un  hecho  o  circunstancia  grave” (sic).   

Por lo expuesto, solicita a la Corte casar el  fallo impugnado y, en su lugar, absolver a su defendido.   

CONSIDERACIONES    DE    LA   CORTE   

Surge  evidente  que  la demanda de casación  presentada  por el defensor del sentenciado Misael Ruiz  Alvis no reúne los requisitos de claridad, precisión  y  coherencia  que  para  ser  admitida  establecen  las  normas  que regulan la  casación.   

En  efecto,  no  distingue el censor entre un  alegato  de  instancia  y una demanda de casación, en la que no se puede hacer,  de  manera  libre,  cualquier  cuestionamiento  a  una  sentencia que por ser la  culminación  de  todo  un  proceso,  viene amparada por la doble presunción de  acierto  y  legalidad,  sino  que  debe  ser  un  escrito  lógico,  coherente y  sistemático  que  busca  restaurar la legalidad del fallo, por lo cual sólo es  procedente  denunciar  los  errores  cometidos  por el fallador, al tenor de las  causales   expresa   y  taxativamente  señaladas  en  la  ley,  demostrarlos  y  evidenciar   su   trascendencia  en  la  parte  dispositiva  de  la  providencia  impugnada.   

Tales  presupuestos  no los reúne el escrito  que  ocupa  la  atención  de  la  Sala,  pues  si  bien el actor anuncia que lo  sustenta  en  la  causal primera de casación, de todos modos en su desarrollo y  argumentación  no se respetan los parámetros y las reglas técnicas que la ley  ha establecido para tal hipótesis.   

Así,    en    cuanto   al   primer  cargo, se hace necesario recordarle  al  actor  que  el  error de hecho por falso juicio de identidad “tiene  lugar  cuando el juzgador se equivoca al apreciar la prueba,  dado  que,  obrando  en  el  proceso,  al  valorarla  distorsiona  su  contenido  cercenándola,  adicionándola o tergiversándola, caso en el cual está llamado  a  señalar  mediante el cotejo objetivo de lo dicho en el medio probatorio y lo  asumido  en  el  fallo,  qué  aparte  fue  omitido o añadido a la prueba, qué  efectos  se  produjeron  a  partir  de  ello  y, lo más importante, cuál es la  trascendencia  del  yerro  en  la declaración de justicia contenida en la parte  resolutiva  de  la sentencia atacada, tópico que no puede ser demostrado con la  exposición   subjetiva  del  criterio  del  impugnante  acerca  del  valor  que  corresponde  al  medio  de prueba que estima tergiversado, pues menester resulta  que  materialmente  acredite  que el error condujo a la falta de aplicación o a  la  aplicación  indebida  de  la  ley  sustancial  en  el  fallo,  esto es, que  corregido  el  yerro,  la prueba debidamente valorada en conjunto con las demás  modifica  sustancialmente  el  sentido  de  la  decisión reprochada”.1   

Así, resulta claro que el libelista no acató  las   anteriores   premisas,  pues  si  bien  se  entiende  que,  dentro  de  su  argumentación,  acusa la violación indirecta de la ley sustancial por error de  hecho  generado  en  un  falso  juicio de identidad recaído en el testimonio de  coprocesado  Juan  José  Silva Vallejo, también lo es que no particularizó el  contexto  que  fue supuestamente tergiversado por el sentenciador, ni evidenció  su  trascendencia  frente a la parte resolutiva del fallo impugnado, sin olvidar  que  tampoco  correlacionó dicho error de apreciación con los restantes medios  de   convicción  que  fueron  fundamento  del  juicio  de  responsabilidad  del  procesado.   

Por el contrario, alejándose de la hipótesis  enunciada,  dedica su discurso a hacer afirmaciones generalizadas tales como que  de  la  versión  de  Silva Vallejo no se deduce ninguna imputación concreta en  contra  de  su  defendido,  o que los funcionarios judiciales nunca determinaron  cuales  fueron  las  causas  por  las  cuales  éste  se retracto de su versión  inicial,  o  que  el procesado Misael Ruiz nunca  perteneció a ningún grupo armado al margen de la ley, o que  la  prueba  fue  valorada “fuera de contexto y se le  dio  unos alcances que no tiene”, o que en el proceso  no  aparece  un  solo  elemento  de  juicio  que permita concluir en la conducta  ilícita  del  acusado,  aseveraciones  que  se reducen a críticas surgidas del  personal  punto  de vista  del  actor  y  que  en   manera    alguna    precisan   las   supuestas  distorsiones  objetivas  propias  del  falso  juicio  de  identidad, además de que tampoco se  correlacionan  con  los restante elementos de juicio que el sentenciador tuvo en  cuenta para fundar el juicio de reproche en contra del procesado.   

Como   se  advierte,  su   inconformidad   radica  en  la  credibilidad  que   los  juzgadores  le  otorgaron  a  la versión suministrada por Juan José Silva  Vallejo,  descartando  su posterior retractación, olvidando que la simple   disparidad   de  criterios  no  constituye  yerro   demandable   en  casación,  pues de acuerdo con el sistema de apreciación  probatoria   que  rige  el  juzgador   goza   de   libertad   para   justipreciar   los  medios  de  prueba allegados  al   proceso,  sólo  limitado  por  los  postulados  que  informan  a  la  sana  crítica.   

Ahora   bien,   si   la   inconformidad    del    censor   estaba   destinada   a  demostrar       una      trasgresión      de      los   postulados   de   la sana  crítica en la apreciación individual  y  mancomunada  de  la  versión del testimonio de Juan José Silva Vallejo y de  los  medios  indiciarios  sobre  los  cuales  se  infirió  la  participación y  responsabilidad   penal  de  Ruiz  Alvis  en  el  delito  de concierto para delinquir agravado por el cual fue  condenado,   ha  debido   fundar   el   ataque  a   través    del    error   de   hecho   por   falso  raciocinio,   señalando   cuál   fue  la  regla   de   la   lógica,   de   la   ciencia  o de   la   máxima   de   la   experiencia   vulnerada,   de   qué  manera  lo  fue  y su  incidencia   en    la    parte    dispositiva    del    fallo,   labor  que  tampoco emprendió.   

Y  similar  es la situación del segundo  cargo fundado en el error de hecho  por   falso   raciocinio   recaído   en   los   indicios   de   “tenencia”     y     “de  mala  justificación”, censura que,  así  expuesta,  quedó  imprecisa,  incompleta  y  ausente  de coherencia, pues  siendo  cierto  que el actor reprocha unos determinados indicios, los cuales, en  su  opinión,  carecen  de  demostración,  o  fueron objeto de distorsión o no  tienen  capacidad probatoria,  también lo es que frente a ellos no dedicó  argumentación  lógica y coherente tendiente a concretarlos ni logró demostrar  la  trascendencia  de tales presuntos vicios, así como su correlación frente a  los demás medios de convicción que no son objeto de ataque.   

Ante una tal argumentación, se hace necesario  recordar  que  cuando   el reproche se centra en la prueba indiciaria, como  lo  ha  reiterado  la jurisprudencia de la Corte, el censor debe “informar   si   la   equivocación  se  cometió  respecto  de  los  medios      demostrativos      de      los      hechos   indicadores,   la   inferencia   lógica  , o en el proceso   de    valoración   conjunta   al   apreciar   su   articulación,    convergencia   y   concordancia   de   los     varios     indicios    entre    sí,    y   entre    éstos    y   las   restantes   pruebas,   para     llegar     a    una    conclusión    fáctica  desacertada.   

“De  manera  que  si el error radica en la  apreciación   del   hecho  indicador,  dado  que  necesariamente  éste  ha  de  acreditarse  con  otro medio de prueba de los legalmente establecidos, necesario  resulta  postular  si  el  yerro  fue  de  hecho o de derecho, a qué expresión  corresponde, y cómo alcanza demostración para el caso.   

“Y  si  el error se ubica en el proceso de  inferencia  lógica,  ello  supone partir de aceptar la validez del medio con el  que  se acredita el hecho indicador, y demostrar al tiempo que el juzgador en la  labor  de  asignación  del  mérito  suasorio  se  apartó  de  las leyes de la  ciencia,  los  principios  de  la  lógica o las reglas de experiencia, haciendo  evidente  en qué consiste y cual es la operancia correcta de cada uno de ellos,  y cómo en concreto esto es desconocido.   

“Si    lo    pretendido   es   denunciar  error  de  hecho  por  falso   juicio    de   existencia   de   un   indicio   o   un   conjunto   de  ellos,  lo  primero  que   debe  acreditar  el  censor es la existencia material en el proceso de medio con  el  cual  se  evidencia  el hecho indicador, la validez de su aducción, qué se  establece  de  él, cuál mérito le corresponde, y luego de realizar el proceso  de  inferencia  lógica  a  partir de tener acreditado el hecho base, exponer el  indicio  que  se  estructura  sobre  él, el valor correspondiente siguiendo las  reglas  de experiencia, y su articulación y convergencia con los otros indicios  o medios de prueba directos.   

“Además, dada la naturaleza de este medio  de  prueba,  si el yerro se presenta en la labor de análisis de la convergencia  y  congruencia entre los distintos indicios y de éstos con los demás medios, o  al  asignar la fuerza demostrativa en su valoración conjunta, es aspecto que no  puede  dejarse de precisar en la demanda, concretando el tipo de error cometido,  demostrando   que  la  inferencia  realizada  por  el  juzgador  transgrede  los  postulados  de  la  sana  crítica, y acreditando que la apreciación probatoria  que  se propone en su reemplazo, permite llegar a conclusión diversa de aquella  a  la  que  arribara  el sentenciador, pues no trata la casación de dar lugar a  anteponer  el  particular  punto  de  vista del actor al del fallador, ya que en  dicha  eventualidad  primará  siempre  éste,  en  cuanto la sentencia se halla  amparada  por  la  doble  presunción  de  acierto y legalidad, siendo carga del  demandante  desvirtuar  con  la  demostración  concreta de haberse incurrido en  errores determinantes de violación en la declaración del derecho.   

“Es  en  este  sentido   que   el   demandante   debe   indicar   en   qué  momento    de    la    construcción   indiciaria   se    produce,   si   en   el   hecho  indicador  o  en  la   inferencia  por violar las reglas de la sana crítica, para lo cual ha  de  señalar   qué  en concreto el medio demostrativo del hecho indicador,  cómo  hizo la  inferencia el juzgador, en qué consistió el yerro, y qué  grado  de   trascendencia  tuvo  éste  por  su  repercusión  en  la parte  resolutiva         del         fallo”.2   

Como  puede  observarse,  surge  claro que el  demandante   no   agotó   los   ineludibles   presupuestos   en   precedencia    indicados,    dejando   la   censura  sin  la  necesaria   demostración   y,   por  lo  mismo,  el  debido  agotamiento,   pues   si   bien   es   cierto  que  apoyado   en     el     error    de   hecho    por    falso   raciocinio   censura   la   apreciación   de  la   prueba  indiciaria,  también lo es que no precisó de manera clara y lógica si  el  reproche   recae  sobre  el  hecho  indicador   o   probado,   la   inferencia  lógica  o  la  fuerza persuasiva  obtenida del análisis conjunto de los diferentes indicios.   

Desconociendo  los  derroteros  que guían el  ataque  contra  la  prueba  indiciaria,  se  limitó  el actor a afirmar que las  conclusiones  del  Tribunal sobre las cuales edificó la condena de su procurado  carecen  de  sustento  probatorio,  argumentación  que  así expuesta en manera  alguna  contiene una lógica y adecuada censura y, por el contrario, se reduce a  una  crítica  generalizada que no permite la exhibición de yerro alguno, menos  cuando  vuelve  a  retomar  sus  criticas alrededor del testimonio de Juan José  Silva   Vallejo,   cuestionando   en   el   anterior   cargo,   abandonando   la  inconformidad  propuesta respecto de la prueba indiciaria.   

En  esas condiciones, al no reunir la demanda  los presupuestos de claridad y precisión, la Corte la inadmitirá.   

Finalmente,  cabe  señalar  que  el  estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R   E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR   la  demanda  de  casación  presentada  por  el defensor de  MISAEL   RUIZ  ALVIS.  En  consecuencia,  se  declara  desierto el recurso extraordinario de casación interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                         MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                             JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                     

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                             JULIO  ENRIQUE  SOCHA  SALAMANCA                                     

JAVIER  ZAPATA ORTÍZ  

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

         Secretaria     

1 Ver,  entre otras, casación 23032 del 22 de junio de 2005.   

2  Casación  12062  del  2 de agosto de 2001. También ver casaciones 14535 del 30  de noviembre de 1999 y 11135 del 26 de noviembre de 2003,     

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