27490(16-09-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 27490  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta Nº  265  

Bogotá  D.C., dieciséis (16) de septiembre  de dos mil ocho (2008).   

V   I   S   T   O   S   

La  Sala  resuelve sobre los presupuestos de  lógica  y  debida  argumentación  de la demanda de casación presentada por el  defensor    de    los    procesados    JUAN   CARLOS  PELÁEZ   y  GABRIEL  JAIME  ARENAS SUÁREZ.   

H E C H O S  

Así los resumió el sentenciador de segundo  grado:   

“Se   tiene  conocimiento  de  autos  de  dos hechos, el primero ocurrido el 17 de febrero de  2004,  siendo  las  11:00 horas, la patrulla motorizada Orión 1, conformada por  el  SI. PELÁEZ JUAN CARLOS y  Ag.  ARENAS  SUÁREZ  JAIME,  adscritos  a  la Estación de Policía Cuba, Departamento de Policía Risaralda,  realizaban  patrullaje  por  el  sitio  Los Corales, donde hicieron el pare a un  vehículo   Willys  conducido  por  el  señor  RAMÍREZ  FORERO  FREDDY,  quien  transportaba  carne en canal, propiedad del señor BEDOYA GARCÍA JHON JAIRO, al  solicitar  los  uniformados los documentos del vehículo y el respectivo conduce  al  conductor,  éste no los poseía y pidió que le colaboraran, les manifestó  que  les  daba  para  la  gaseosa,  por  lo  que  los  policiales  le  exigieron  cuantía   de  cien  mil pesos.  El segundo hecho, sucedió el día 21  de  febrero  de  2004,  a  las  10:30  horas cuando, por el sector del hospital,  vieron  una  motocicleta  de  alta  velocidad,  conducida por JAMINTON JARAMILLO  GONZÁLEZ  y  como  parrillero  iba  su  propietario  HERNEY JARAMILLO, tío del  primero,  quienes no portaban casco ni chaleco, y como hicieron caso omiso   al   llamado   de   pare  que  les  hacían  los  uniformados  SI.  PELÁEZ  JUAN  CARLOS y el AG ARENAS  SUÁREZ  JAIME, éstos decidieron  salir  en  persecución,  y  en  el  sitio  Las Mercedes les atravesaron la moto  policial,  logrando  pararlos, conduciéndolos a la Estación de Policía de San  Joaquín.    Posteriormente,  el  señor  GERMÁN  JARAMILLO COLORADO,  abuelo  y  padre  de los jóvenes, hizo presencia en dicha unidad, quien una vez  enterado  de  los  hechos,  y  sabiendo  que  le  iban a trasladar la moto a los  patios,  y  además  le impondrían un comparendo por las infracciones, decidió  ofrecerles  cien  mil  pesos  a  la  patrulla policial, con el fin de que no les  impusieran  el  comparendo  y la retención de la moto, lo cual fue aceptado por  los  uniformados,  quienes dejaron ir a los jóvenes y además no cumplieron con  lo   señalado   en   las  normas  de  tránsito”  .   

A N T E C E D E N T E S  

1.   Por  los  anteriores  hechos,  el  Juzgado 159 de Instrucción Penal Militar, a través de  auto  de  11  de mayo de 2005, afectó con medida de aseguramiento de detención  preventiva    (fl.    270-291)    a    JUAN   CARLOS  PELÁEZ   y  GABRIEL  JAIME  ARENAS  SUÁREZ como autores de la conducta punible de  concusión  (artículo 404 de  la ley 599 de 2000).   

2.  En contra  de  la  anterior  decisión,  la  defensa de los procesados interpuso recurso de  reposición  como  principal,  y  de  apelación  de  manera subsidiaria, con la  pretensión  de que la segunda instancia calificara provisionalmente la conducta  como  cohecho (fl. 308-316).  Resuelto  desfavorablemente  el  recurso  horizontal, a través de auto de 31 de  mayo  de  2005  (fl.  320-323),  el  Tribunal  Superior Militar, el 12   de   agosto   de   2005,  modificó  parcialmente  la  decisión  impugnada y calificó la conducta como cohecho  propio  (artículo  405 de la ley  599 de 2000).   

3.   El 16 de  enero  de  2004  (fl. 452-474), la Fiscalía 148 Penal  Militar  de  Cali  acusó  a  JUAN  CARLOS  PELÁEZ  y  GABRIEL JAIME ARENAS SUÁREZ  por     la    conducta    punible    de   cohecho  propio  (artículo  405  de la ley 599 de 2000).   Contra  la  aludida decisión, la defensa de los procesados interpuso recurso de  reposición  como  principal,  y  el  de apelación de manera subsidiaria.   Negado  el recurso principal, la Fiscalía 5ª ante el Tribunal Superior Militar  confirmó  la  resolución  acusatoria  mediante  decisión  del 15 de noviembre de  2005,   la   cual   fue  notificada  por  estado  del  15   de   diciembre   del   mismo   año (fl. 636-651).    

2.   La etapa  del  juicio  la  tramitó  el Juez de 1ª Instancia del Departamento de Policía  del  Valle que, el 18 de abril de 2006, dictó sentencia (fl. 767-794) por medio  de  la  cual  condenó  a JUAN CARLOS PELÁEZ y GABRIEL  JAIME  ARENAS  SUÁREZ  a  las penas principales de 66  meses  de  prisión,  multa  de 55 salarios mínimos legales mensuales vigentes,  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  mismo  término de la pena de prisión, y a la accesoria de separación absoluta  de  la  Policía  Nacional,  como  coautores  responsables del delito de cohecho  propio,  en  concurso  homogéneo  (artículo  405 de la ley 599 de 2000).    

3.  Apelada la  sentencia  por  el  defensor  de  los  dos  procesados, y de manera personal por  JUAN   CARLOS  PELÁEZ,  el  Tribunal  Superior  Militar  la  confirmó el 22 de junio de 2006 (fl. 846-862).   

L  A      D  E  M  A N D  A    D E   C A S A C I Ó N   

El  defensor  de los procesados JUAN  CARLOS  PELÁEZ  y  GABRIEL  JAIME ARENAS SUÁREZ presenta  demanda  conjunta  de casación en la que postula un cargo  principal  por nulidad y uno  subsidiario  por  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  a  efecto  de  que se revoque el fallo o se  declare  su  invalidez,  y de esa manera se unifique la jurisprudencia nacional,  se  provea a la realización del derecho objetivo y se materialice la defensa de  los  derechos  fundamentales  (fl.  895-896).  Sus argumentos se sintetizan  así:   

Primer  cargo:  nulidad  por  violación  al  debido proceso y derecho de defensa.   

De conformidad con la causal 3ª de casación  que  describe el artículo 207 de la Ley 600 de 2000, el demandante denuncia que  la  sentencia  fue  proferida  en un juicio viciado de nulidad por violación al  debido proceso y al derecho de defensa.   

En  desarrollo  del cargo, el censor precisa  dos  razones  que, en su sentir, darían lugar a la nulidad: en primer lugar, la  indebida  acumulación  de  indagaciones preliminares y, en segundo término, el  hecho  de que el fiscal instructor hubiera calificado el mérito del sumario por  el  delito  de  cohecho  propio,  cuando  desde  la  resolución  de  situación  jurídica venía siendo investigado por concusión.    

Agrega el libelista, en sustento del segundo  motivo  de  nulidad  acusado, que la defensa apeló la resolución de situación  jurídica  con  el  fin de que la conducta se calificara como cohecho propio, en  lugar  de concusión.  Dicho recurso fue concedido en el efecto devolutivo,  pero  la  fiscalía entró a calificar el mérito del sumario con resolución de  acusación  por el delito de cohecho  propio,  sin  esperar   la    calificación    del   delito   que   diera   el         ad-quem        al    desatar    la    apelación   contra   la  resolución  de  situación jurídica.    

Fue  así  como la defensa de los procesados  orientó  su alegato precalificatorio para enfrentar el delito de concusión, en  tanto  que la calificación que se le dio al delito por la segunda instancia fue  de   cohecho   propio,   lo   que   impidió   el   ejercicio   del  derecho  de  defensa.   

Segundo  cargo: falso juicio de existencia y  falso juicio de identidad.   

Al amparo de la causal de casación descrita  en  el  cuerpo  2º del artículo 207-1 de la ley 600 de 2000, el censor acusa a  la  sentencia de violar de manera indirecta  la  ley sustancial, por vía del error de  hecho, en las modalidades de falso juicio de identidad  y    falso   juicio   de   existencia;   así   mismo,   reprocha   errores   de   derecho  por  omisión   probatoria.   Los  yerros  acusados,  agrega,  condujeron  a  la inaplicación de los artículos 209, 395 y  401 del Código Penal Militar (fl. 900).   

   

En  desarrollo  del reparo, el censor afirma  que  el  juzgador  no  advirtió  que,  en  el  caso  de los hechos relativos al  transporte  de  carne,  el  proceso demuestra que los declarantes, auxiliares de  policía  ANDRÉS  IVÁN  FERNÁNDEZ  HENAO  y  EDIER  FERLEY  ORTIZ  ECHEVERRY,  mintieron en los siguientes aspectos:   

a) Acerca del lugar  donde  los  hechos  tuvieron  lugar,  toda  vez que,  mientras los testigos  dijeron  que habían ocurrido frente a la Estación de Policía de San Joaquín,  la  prueba demostró que habían acontecido a 8 kilómetros de distancia, frente  a una estación de gasolina.   

b)    La  identidad  de  quien  recibió la dádiva, comoquiera que mientras los policías  auxiliares  dijeron  que  la  había  recibido IVÁN FERNÁNDEZ HENAO, la prueba  demostró que lo había hecho EDIER FERLEY ORTIZ ECHEVERRY.   

c)    El  sentenciador  no advirtió que los auxiliares FERNÁNDEZ HENAO y ORTIZ ECHEVERRY  declararon    de   manera   mentirosa   por   temor   de   ser   “judicializados   por   el   Grupo   Gaula   de   Pereira”.   

En  el  caso  de  la  inmovilización  de la  motocicleta,  el  sentenciador  erró  al no dar por demostrado, estándolo, los  siguientes hechos:   

a)  Que  el señor  GERMÁN  JARAMILLO  mintió  sobre  la  consecución  del dinero “con  el  que  supuestamente  cohechó  a los uniformados”.   

b)    Que  “el  señor  JAIRO  CIFUENTES  ARCILA…  iba con la  intención  de  denunciar  las  supuestas  lesiones  infligidas  por la patrulla  policial  a  su  hijastro  HAMILTON,  pero  como  no le hicieron caso, optó por  encaminar    su   denuncia   por   el   lado   de   la   corrupción”.   

En  ambos  casos,  agrega  el  censor,  el  sentenciador  no vio que los particulares tenían un móvil para mentir, además  de  la  venganza.   En  el primer caso, lo hicieron con el fin de recuperar  los  documentos  del  vehículo  y, en el segundo, para permitir la impunidad de  las  lesiones  ocasionadas  a HAMILTON JARAMILLO GONZÁLEZ.  De manera que,  por  no  advertir  el  sentenciador  las  anteriores inconsistencias, tampoco se  percató  de  “la  duda razonable y manifiesta en el  conjunto  de  pruebas  recaudadas,  y a pesar de la existencia de esa situación  condenó   a   los   señores   JUAN  CARLOS  PELÁEZ  y  GABRIEL  JAIME  ARENAS  SUÁREZ.”   

En  sustento  del  reparo  formulado  como  error   de   derecho   por  omisión  probatoria  (pág.  17,  demanda),  el casacionista manifiesta que el fallador ignoró: i)  la retractación de JUAN JAIRO BEDOYA  GARCÍA,    quien    expresó    que    inventó    el   supuesto   arreglo para obtener la devolución de los  documentos   que  habían  quedado  en  poder  de  los  policías;  ii) la retractación de GERMÁN JARAMILLO  COLORADO,  quien  manifestó  que  elevó  una  queja por corrupción contra los  policías  por  el  hecho  de  no haber sido atendido cuando trató de denunciar  unas    lesiones    personales    ocasionadas    “a  HAMILTON”;                iii)   la   presión  ejercida  por  los  miembros  del Grupo Gaula de Pereira en contra de los anteriores deponentes para  que  respaldaran  la  incriminación  formulada  por Jairo Cifuentes Arcila (fl.  904).   

Aduce,  además,  que fueron “irregular  o  equivocadamente apreciadas”  las siguientes pruebas (fl. 904):   

a) La declaración  del  testigo  de  oídas JAIRO CIFUENTES ARCILA, quien pretendió denunciar unas  lesiones,  pero,  como  no  fue  atendido,  elevó  una  queja  por  corrupción  institucional    “y    ahí    sí    le   pararon  bolas”;   b)  la  declaración  inicial  de  GERMÁN  JARAMILLO COLORADO, cuando  expresó  que  “Antes  de  que Usted pregunte, yo me  ratifico   en   todo  lo  que  dije  en  el  Gaula”;  c)  la  declaración  de los  auxiliares  FERNÁNDEZ HENAO y ORTIZ ECHEVERRY, quienes mintieron sobre el lugar  donde  se  produjo  el hecho que involucró al vehículo de transporte de carne,  así  como respecto de la identidad de quien recibió el dinero, y afirmaron que  declararon  con  mentiras  e inconsistencias por temor a que el Gaula de Pereira  los judicializara.   

El  sentenciador  erró a dar credibilidad a  los  anteriores deponentes, comoquiera que no tuvo en cuenta que mintieron sobre  los  hechos,  que  se  retractaron  de  los  mismos,  y  que sus incriminaciones  estuvieron  orientadas a evitar una investigación en su contra por el delito de  cohecho  por  dar u ofrecer.  Agrega que las retractaciones “no  fueron analizadas dentro de las reglas de la sana crítica, como  tampoco  se hicieron juicios con criterio jurídico para llegar a desvirtuar las  mismas” (fl. 906).   

Sobre   la  trascendencia  de  los  yerros  denunciados,  señala  que  el  fallador desconoció la sana crítica al otorgar  una  exagerada credibilidad a los testimonios de cargo y, de manera correlativa,  al  negársela  a  los  de  descargos,  toda  vez  que  así  no  podía obtener  convicción sobre la responsabilidad de los procesados.    

Por  lo  tanto, asegura, de haberle otorgado  “el  verdadero  y  ponderado  valor  a  una  y  otra  prueba”  (fl.  907) habría prevalecido el principio  de    in    dubio  pro  reo  y  el  de  presunción de  inocencia   a  favor  de  los  procesados.   Precisa  que  el  sentenciador  “desestimó   la   posibilidad   de  solucionar  el  conflicto  de  aplicabilidad  o  no de las normas  consagratorias  del  cohecho propio, bajo el instituto de la  duda”  (fl.  909),  y  que  debió  absolver  a  los  procesados como consecuencia de reconocer la falta de certeza.   

Por  último, solicita a la Sala que case el  fallo  “en  forma  total,  para en su lugar proferir  nuevo  fallo  de  carácter  absolutorio,  con las determinaciones compatibles y  coherentes   con  la  nueva  decisión”  (fl.  910).   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1.  En primer  término,  vale  destacar  que  en el presente asunto sólo procede la casación  excepcional  en  los  términos  del  inciso  3º  del artículo 205 del Código  Penal,  en  tanto que la sentencia impugnada condenó por un delito que, como el  cohecho  propio  (artículo  405 del Código Penal), tiene establecida en la ley  una   pena   de  prisión  que  no  excede de 8 años.   

2.   En tales  condiciones,   el   casacionista,  en  estricto  acatamiento  de  la  ley  y  la  jurisprudencia  de  la  Sala,  ha  debido cumplir con las cargas estatuidas para  este medio de impugnación extraordinario.   

Recuérdese  que,  cuando  de  la  casación  excepcional     se     trata,    el    demandante    debe    exponer,   así  sea  de  manera  sucinta  pero  clara,  qué  es  lo  que  pretende  con  el  recurso,  teniendo  como  norte que solamente procede para el  desarrollo    de    la   jurisprudencia   o   para   garantizar   los   derechos  fundamentales.   

En tratándose del primer punto, esto es, el  desarrollo  de  la  jurisprudencia, el casacionista debe mencionar en la demanda  si  con  la  impugnación  de  la sentencia de segunda instancia persigue que la  Corte  unifique posturas conceptuales, actualice la doctrina o aborde un tópico  aún  no  desarrollado,  precisando, en todo caso, la manera en que la decisión  solicitada  tiene  la utilidad simultánea de brindar solución al asunto y a la  par servir de guía a la actividad judicial.   

Y, respecto de la protección de los derechos  fundamentales,  el  casacionista está obligado a desarrollar una argumentación  lógica  dirigida  a evidenciar el desacierto, siendo imperioso que demuestre el  desconocimiento  de  una  garantía por quebrantamiento de la estructura básica  del  proceso  o  por  violación de un derecho fundamental, e indicar las normas  constitucionales  que  protegen el derecho invocado y su concreto conculcamiento  con la sentencia.   

En el caso que ocupa la atención de la Sala,  surge  claro que el libelista no cumple los presupuestos que permiten acceder al  recurso  extraordinario  de casación por la vía discrecional, por lo que desde  ya  se anuncia la inadmisión de la demanda,   comoquiera   que   los   argumentos  desarrollados  nada   demuestran  y  las  irregularidades  acusadas         no         existen.   

En  efecto,  el  demandante dejó en el mero  enunciado  los fines de la casación discrecional, pero no atinó a demostrar ni  a  fundamentar de manera suficiente una violación a los derechos fundamentales,  menos  aún  a  enseñar  a la Corte cómo podría desarrollar la jurisprudencia  vigente.    En   lugar   de   lo  anterior,  el  casacionista  orientó  la  argumentación  del  libelo  hacia  los presupuestos de la casación común, sin  éxito,  por  demás, es decir, a demostrar una violación intrascendente de las  formas  propias  del  juicio  y  a  discrepar  de la apreciación probatoria del  juzgador.   

Violación al debido proceso y al derecho de  defensa   

3.   Respecto  del   cargo   por   la   violación  de  los  derechos  fundamentales,  de  entrada  el  censor incurre en una  falencia  trascendente cuando solicita a la Sala que declare la nulidad a partir  de  dos  momentos  procesales  diversos:  desde  cuando el instructor dispuso la  unificación  de  las  actuaciones  preliminares,  y a partir del momento en que  corrió  el  traslado  de 8 días para presentar alegatos precalificatorios (fl.  899-900).   

La  Sala encuentra que dichas peticiones son  naturalmente  contradictorias y excluyentes,  toda  vez  que lo primero tuvo lugar el 7 de julio de 2004, fecha  en  la  cual se dio apertura a la etapa de instrucción, mientras que lo segundo  acaeció  el  12  de  julio  de  2005, una vez clausurada la investigación (fl.  370).    Las   aludidas   pretensiones   no  pueden  demandarse  de  manera  simultánea,  como  erróneamente lo hace el casacionista, sino que debieron ser  postuladas  en  cargos  separados  y principales, siguiendo un orden conforme al  mayor o menor grado de invalidez que proponen.    

De  otra  parte,  el  impugnante se limita a  señalar  que  fue indebida la acumulación  de  actuaciones  procesales,  así  como  el hecho de proferir  acusación sin aguardar a que se  resolviera  el recurso de apelación elevado contra la resolución de situación  jurídica;  pero  en  ambos casos no demuestra de qué manera dichas situaciones  alteraron   las   formas  propias  del  juicio  en  evidente  perjuicio  de  los  procesados,  ni  cómo incidieron de manera definitiva en una lesión al derecho  de defensa.    

La Sala, a efecto de otorgar algún sentido a  los  deficientemente  formulados  reparos  del  casacionista,  encuentra que los  hechos  denunciados como violatorios del debido proceso y del derecho de defensa  no  existieron, toda vez que,  aunque  es cierto que el artículo 286 del Código Penal Militar consagra que la  acumulación   de   procesos   procede   “desde  la  ejecutoria   de  la  resolución  de  acusación  hasta  la  iniciación  de  la  audiencia”,  y  que  en  decisión del 7 de julio de  2004  (fl.  97), el funcionario penal militar dispuso la acumulación de las dos  indagaciones  preliminares  seguidas  en  contra  de los policiales PELÁEZ  y ARENAS  SUÁREZ,  también lo es que en esa misma decisión el  funcionario   instructor,   de   manera  simultánea,  ordenó  la  apertura  de  investigación  formal  por  los  hechos  ocurridos  el  17  y  21 de febrero de  2004.   

Por  lo  tanto,  en términos reales, nunca  existió  el  trámite  de  dos actuaciones preliminares, sino la investigación  conjunta  -desde  el  inicio  de  la instrucción formal- de hechos naturalmente  conexos,  bajo la modalidad  de  conexidad procesal, esto  es,   tal   como   lo   expresó  el  funcionario  instructor,  por  razón  del  “principio  de  economía  procesal,  para que ambos  hechos  se  sirvan   de  unas  mismas  pruebas,  evitando dilaciones en las  investigaciones   y   dualidad   en   la  práctica  de  diligencias” (fl. 97).    

En   otras  palabras,  la  decisión  del  funcionario  instructor  del  7  de julio de 2004 (fl. 97), a través de la cual  dispuso  la investigación bajo la misma cuerda procesal de los hechos ocurridos  el  17  y 21 de febrero de 2004, dio cumplimiento a lo dispuesto en el artículo  217  de  la ley 522 de 1999, la cual dispone que “Los  hechos  punibles  conexos,  de  competencia  de  la  justicia  penal militar, se  investigarán  y  juzgarán  conjuntamente”, tal como  de manera atinada lo apreció el acusador (fl. 468).   

Con todo, habida cuenta que la figura de la  conexidad,  como  una  de  las  aristas  del principio de unidad procesal,   tiene  efectos  en la determinación de la competencia en los eventos en que una  de  las  conductas  punibles  involucradas  tenga  asignado su conocimiento a un  funcionario  judicial  de  mayor  jerarquía,  en el caso que estudia la Sala no  habría  trasgresión  en  este  sentido,  por cuanto las conductas –ya  sea  que  se hubiesen tramitado de  manera  conjunta  o  separada-  tenían  asignada  idéntica  competencia.    

De manera que, aún cuando pudiera admitirse  que,  de  manera  indebida,  en  algún momento se adelantaron conjuntamente dos  indagaciones   preliminares,   ello   no   pasaría  de  ser  una  irregularidad  intrascendente   para   la  estructura básica del proceso.   

Tampoco  existe irregularidad alguna cuando  el     funcionario     instructor    calificó    el  mérito  del  sumario sin aguardar a que se resolviera  el  recurso  de  apelación en contra de la resolución de situación jurídica,  comoquiera  que  la  estructura básica del proceso se mantuvo incólume, ya que  previamente   a  la  formulación  de   acusación,  el  instructor  había  resuelto  la  situación  jurídica,  como  lo  exige el debido proceso, sin que  tenga  mayor  relevancia,  para  efectos  de las formas propias del juicio o del  derecho  de  defensa,  que  no  hubiera estado ejecutoriada, en la medida que el  trámite  del  recurso,  por  haber  sido  concedido en el efecto devolutivo, no  interrumpía el curso de la actuación.   

Además, la circunstancia que se estudia no  tiene  la  relevancia  que le asigna el libelista porque, como ya lo tiene dicho  la  Corte, la calificación dada en la resolución de situación jurídica no es  una  camisa  de  fuerza  que  sujete  al  instructor al calificar el mérito del  sumario.   

Y tampoco afecta el derecho de defensa, toda  vez  que  los  procesados  y  su defensor conocieron los hechos investigados, su  calificación  provisional  y  frente  a  ellos  pudieron  ejercer el derecho de  defensa.   De  otra  parte,  si  al  final  de  la  etapa  de instrucción,  el  funcionario  investigador admitió que los hechos  constituían  delito  de  cohecho  propio, tal como lo pidió el defensor de los  procesados   al   apelar  la  resolución  de  situación  jurídica  (fl. 312), no se entiende de qué manera se violó dicha garantía  cuando   el   funcionario  judicial  accedió  a  la  petición  defensiva  (fl.  472).   

En  desarrollo  de su pretensión de que el  libelo  se  admita  por  la  vía  discrecional,  el  censor invoca la necesidad  “de    unificar    la  jurisprudencia               nacional”   (fl.  895);  pero  ningún  argumento  ofreció  al  respecto, razón por la cual no puede la Corte entrar a  subsanar la ostensible omisión.   

Los errores de hecho denunciados  

4.    Por  último,  en  lo  que  tiene que ver con los errores de  hecho  acusados, el censor incurre en varias falencias  que   dan  al  traste  con  su  pretensión  de  que  se  revoque  la  decisión  condenatoria.   

Vista  la modalidad de ataque que ensaya el  demandante,  conviene  recordar que cuando el libelo contiene una argumentación  encaminada  a  desvirtuar  la presunción de acierto y legalidad que ampara a la  sentencia   que   llega   a   esta   sede   a   través   de   la   violación  indirecta  de la ley sustancial  por error de hecho, la jurisprudencia ha indicado:   

“derivado de un  falso  juicio  de  existencia,  o  uno  de  identidad  o  finalmente de un falso  raciocinio,  significa  que  el  cuestionamiento  lo  es  en  relación  con  la  apreciación  o  valoración  que  el  juzgador  haya efectuado de los medios de  convicción  y  por  ende su postulación y acreditación exige demostrar que el  fallador  en  el ejercicio intelectual que demanda la determinación del mérito  persuasivo  del elemento probatorio lo tergiversó o distorsionó en su material  contemplación   (falso   juicio   de  identidad),  o  tuvo  por  acreditado  un  determinado  hecho  suponiendo  el  obrar  de  medios  de  convicción que no se  hallaban  en  la  actuación o dejando de valorar otros que por el contrario sí  obraban  (falso  juicio  de existencia), o en últimas le dio un alcance del que  carecía  o  le  negó  el  que  permitía  vulnerando los postulados de la sana  crítica  bien  por infracción de los principios de la lógica, de las leyes de  la  ciencia,  ora  de  las  reglas  de  la  experiencia (falso raciocinio), para  finalmente  en  frente  de  los  demás  medios  demostrativos  valorados por el  sentenciador  acreditar  la  trascendencia del yerro o yerros en la declaración  de   condena   hecha   en   el   fallo”1.   

Ninguno de los anteriores presupuestos para  demostrar  los  yerros  acusados,  cumple el argumento que ofrece el demandante,  toda  vez  que  incurre  en  la  equivocación  de hacer recaer sobre las mismas  pruebas  un  falso  juicio  de  existencia  por  omisión  (que enfoca de manera  equivocada  como  un  error de derecho),  un  falso juicio de identidad y un falso raciocinio, lo cual, de  entrada,  viola  el principio de autonomía    y    no   contradicción,   en   la  medida  que  resulta  en  contra  de  toda  lógica  que  el  sentenciador,  al  mismo  tiempo,   hubiera  ignorado  una  prueba,  la  hubiera  hecho  expresar  lo  que  materialmente  no  dice,  y hubiese errado al apreciarla conforme a las máximas  de la sana crítica.    

Con dicha formulación, el censor olvida que  se  trata de reproches naturalmente excluyentes, y que solamente son compatibles  si se proponen en cargos separados.   

De  otra  parte,  aunque  el  casacionista  hubiera  postulado  de  manera correcta el conjunto de reproches, nada lograría  para  demostrar  una  ilegalidad  en  el  fallo,  comoquiera  que  su desarrollo  argumentativo  no  cumple con el deber de demostrar cada uno de los presupuestos  de la modalidad de error de hecho acusado.    

Es  así  como  el  libelista  no  atina  a  demostrar  que  las  pruebas  supuestamente  ignoradas en realidad lo fueron, no  acredita  de  qué  manera  el sentenciador tergiversó el contenido material de  las  pruebas  viciadas  en  su  apreciación  por  falso juicio de identidad, ni  precisa  cuál  fue  la máxima de la experiencia, de la lógica o de la ciencia  que  desconoció  el  fallador,  ni  su incidencia en la parte dispositiva de la  decisión.   En  lugar de lo anterior, el casacionista limita su discurso a  afirmar  que “de habérsele dado  el verdadero y  ponderado  valor  a una y otra prueba, muy seguramente se hubiere creado un  fenómeno  de eliminación directa de una y otra prueba, quedando así incólume  el       principio       de       presunción      de      inocencia”.     

Así  desarrollado el reparo, el impugnante  no  logra  más  que  mostrar su discrepancia con la apreciación probatoria del  sentenciador,  lo  que, como lo tiene dicho la Sala, no es por sí mismo idóneo  para   demostrar   una   trasgresión   al   debido  proceso  o  al  derecho  de  defensa.    

La aludida falencia le impide al impugnante  avanzar   hacia   una   etapa   ulterior  del  debido  raciocinio,  cual  es  la  demostración de la trascendencia del yerro.    

Para  acreditar  la  trascendencia  de  los  yerros    –los   cuales  quedaron  sin  demostración  –  el  impugnante  ha  debido  atacar todas   las   bases   probatorias  de  la  decisión  condenatoria y no solamente ofrecer su propia apreciación de algunos  de  los  medios  de  convicción.  De manera que, una vez más, aún cuando  hubiera  tenido  éxito  al demostrar los yerros que pregona, éstos carecerían  de  trascendencia,  habida  cuenta  que  el casacionista olvida que el juzgador,  aparte  de  las  declaraciones  cuya  apreciación  critica,  se  apoyó  en  el  comportamiento   posterior   de   los   procesados  y  en  lo  ilógico  de  sus  explicaciones   (fl.   790-791)   para   reforzar  la  certeza  respecto  de  su  responsabilidad en la conducta punible.    

Por  lo tanto, al no ocuparse el impugnante  de  la  integridad  del  razonamiento  probatorio  que  sustentó la condena, su  ataque  deviene inidóneo para los efectos que se propone, toda vez que el fallo  mantendría  su  vigencia  al lado de los yerros de hecho acusados, gracias a la  prueba de la que el impugnante no se ocupó.   

En últimas, el demandante acusa al fallador  por  no  otorgar  un  mejor  mérito  a la retractación de los auxiliares de la  policía  y  por  no apreciar de manera diferente sus contradicciones, así como  por  no  advertir  que  los  afectados   tenían  motivos  de venganza para  denunciar   a   los  policiales.   Todo  ello  en  verdad  lo  apreció  el  sentenciador  (fl.  855-861),  pero  no  le otorgó el mérito que aquí pide el  casacionista.   

Así  formulado  el  reproche, el censor no  demuestra  ningún  yerro  en  la  apreciación de la prueba, menos aún de qué  manera  éste  trascendió  hacia  el  debido  proceso,  tal  como lo exigen los  presupuestos  de  la casación discrecional,  única  vía  para  demandar la sentencia de este proceso en sede  extraordinaria de casación.   

En           conclusión,    la    demanda   conjunta  presentada   por   el   defensor   de   JUAN   CARLOS  PELÁEZ   y  GABRIEL  JAIME  ARENAS     SUÁREZ    no  cumple   con   los   requisitos   de   admisibilidad.   

5.   Para  terminar,  se advierte que del estudio del proceso no se vislumbra violación de  derechos  fundamentales  o  garantías  de los sujetos procesales que amerite el  ejercicio  de  la facultad oficiosa de índole legal que al respecto le asiste a  la Sala para asegurar su protección.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

        R E S U E L V E   

INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada  por el     defensor     de     JUAN  CARLOS  PELÁEZ  y  GABRIEL  JAIME ARENAS SUÁREZ.     En     consecuencia,    se   DECLARA   DESIERTO el recurso.     

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Cópiese,  notifíquese  y  cúmplase.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                          ALFREDO     GÓMEZ     QUINTERO           

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                     AUGUSTO J. IBÀÑEZ GUZMÁN   

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                          YESID     RAMÍREZ     BASTIDAS                                             

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                                          JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

                                                                                                                                   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  Sentencia   de   12   de   octubre   de  2006,  Rad:  26090     

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